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Invictus Invictus Document Transcript

  • CUADRO SINÓPTICO DE LA PELÍCULA Invictus<br />TÍTULOInvictusDIRECCIÓNClint EastwoodPAÍSUSAAÑO2009DURACIÓN134 min.GÉNEROCine histórico, biografía, drama, deporte.REPARTOMorgan Freeman, Matt Damon, Tony Kgoroge, Julian Lewis Jones, Adjoa Andoch, Patrick Mofokeng, Matt Stern, Leleti Khumalo.GUIÓNAnthony Peckham, basada en la novela Playing the Enemy de John Carlin.PRODUCCIÓNLory MacCreary, Robert Lorenz, Mace Neufeld.PRODUCTOR EJECUTIVOMorgan Freeman, Tim Moore, Gary Barber, Roger Birmbaum.FOTOGRAFÍATom Stern, AFC y ASC.MÚSICAKyle Eastwood y Michael Stevens, orquested and conducted by Roger Kellaway.MONTAJEJoel Cox, ACE, Gary D. Roach.VESTUARIODeborah Hopper.CASTINGFiona Weir.EFECTOS VISUALESMichael OwensFECHA DE ESTRENO EN ESPAÑA29 de Enero de 2010.<br />TEMA<br />El deporte como instrumento catalizador de emociones, factor de cohesión social, garantía de pertenencia a un grupo y favorecedor de la búsqueda de la identidad personal más allá de las diferencias particulares entre individuos.<br />ARGUMENTO<br />De Klerk anuncia que el 11 de febrero de 1990 a las tres de la tarde saldrá en libertad de la cárcel Víctor Verster, Nelson Mandela, activista del ANC, en prisión 27 años. De Klerk y Mandela reciben el Nobel de la Paz, el 10 de diciembre de 1993 por su lucha en la abolición del Apartheid, el régimen segregacionista de Suráfrica, creado en 1948. Ese año el radical partido nacionalista ganó las elecciones en una coalición con el partido Afrikáans, dirigido por el pastor protestante Daniel François Malan. Del 26 al 29 de abril de 1994, las primeras elecciones libres en Sudáfrica dan la victoria a Nelson Mandela quien el 10 de mayo de 1994 es investido como el primer presidente negro de la República de Suráfrica. Mandela se encuentra con un país dividido racialmente, económicamente hundido, con un alto grado de desempleo y un alto nivel de criminalidad. Después de cuarenta y seis años de conflictos inter raciales no es fácil pasar página y olvidar el pasado. Estamos hablando de varias generaciones, al menos tres, que sufrieron un régimen totalitario basado en la superioridad racial con millones de excluidos y de miles de desaparecidos, torturados, ejecutados. En el año 1995, Sudáfrica es sede del mundial de rugby. Este hecho es utilizado por Nelson Mandela como recurso para la unificación nacional. “El pasado es el pasado”. Hay que mirar hacia delante. Los Springboks son el equipo nacional de rugby, con anterioridad símbolo del apartheid y ahora reconvertidos en selección nacional. François Pienaar el capitán del equipo tiene un trabajo duro por delante: concienciar a su equipo de que son el equipo de todos los sudafricanos y prepararles física y mentalmente para ganar el mundial.<br />¿CÓMO SURGE LA IDEA?<br />Eastwood y Freeman tienen mucha química y muchos puntos en común que procede de películas como Sin perdón o The Million Dollar Baby. John Carlin comenta que a Eastwood nunca se le habría ocurrido pedir a nadie más que Freeman que hiciera de Mandela. Aunque, en realidad, sucedió a la inversa. En el verano de 2007, Freeman fue a ver a Eastwood con la idea de la película entre las manos. Eastwood recordaba que “Morgan me llamó y me dijo: ‘tengo un guión estupendo para ti. Me encantaría que lo dirigieras’. Así que le contesté: ‘Ok, envíamelo’. Y me senté a leerlo y pensé: ‘Dios mío, me encanta esta historia. No la conocía. Había leído alguna cosa sobre Mandela y muchos artículos sobre él y todo eso, pero no sabía nada sobre este episodio. Esta gran historia en el centro de su vida’. Así que le llamé y le dije: ‘Tienes razón. Esto es extraordinario. Me gusta. Lo voy a hacer’. Él respondió: ‘Vale’, y añadió ‘no lo tiene nadie’; de modo que respondí: ‘Bueno, pues déjame que vea que hago con él’”. Eastwood se puso en contacto con Warner Bross que, curiosamente, tenía un equipo buscando una fórmula para hacer un guión sobre la vida de Mandela. Los ejecutivos de la Warner respondieron a Eastwood con el mismo entusiasmo que Eastwood había respondido a Freeman. Eastwood llamó a Damon que se apuntó inmediatamente y se pusieron en marcha. Veinte meses después, el 5 de mayo del año pasado [2009], se rodó la última escena de Invictus en los Waterfront Studios de Ciudad del Cabo. Freeman se acercó a Carlin con la mano tendida “Bueno, supongo que es la última vez que finjo ser Nelson Mandela”, dijo.<br />JOHN CARLIN<br />El propio Carlin escribe que: “Como corresponsal de The Independent de Londres en Suráfrica entre 1989 y 1995, informé sobre la salida de prisión de Mandela y su ascensión a la presidencia, y le entrevisté y hablé con él más veces de las que puedo recordar. Mandela es, con diferencia, el personaje político más extraordinario que he conocido en mis tres décadas como periodista internacional. En cuanto a la Copa del Mundo de rugby, nunca he presenciado un acontecimiento político –en este caso, disfrazado de partido de rugby- más jubiloso o más influyente en la vida de una nación. Aquel día, el polo opuesto de todos los fenómenos políticos atroces (Hitler, Stalin, las guerras ideológicas grandes y pequeñas) que caracterizaron gran parte del siglo XX fue un momento de reconciliación eufórica y generosa en la que había sido, hasta hacía muy poco, la nación con mayor división racial de la tierra y una de las más violentas”. Y continúa: “Fui a ver a Mandela en 2001 a su casa de Johannesburgo en 2001 y su respuesta fue: ‘¡Sí, sí… entiendo a la perfección el libro que tienes pensado!’. Escribí una propuesta de libro, una sinopsis de unas diez páginas; firmé un contrato con una editorial en Nueva York; mi agente envío la propuesta a Hollywood y, entonces, el destino intervino en junio de 2006, El País Semanal me pidió que hiciera un reportaje sobre la pobreza en el sur profundo de los Estados Unidos. Decidí que debía encontrar un pueblo concreto en el que centrarme, y entre los cien que podría haber escogido, elegí, completamente al azar, un lugar llamado Clarksdale, en Misisipi. La mañana del 20 de junio de 2006 llegué en coche a Clarksdale desde Menphis, por la carretera número 61, al mismo tiempo que Morgan Freeman aterrizaba, en un avión privado pilotado por él mismo, en un aeródromo cercano. Fue la más pura casualidad. Como lo fue el hecho de que el único contacto que me habían dado en el pueblo era un abogado llamado Bill Luckett que resultó ser amigo de Freeman. Luckett nos presentó. Al principio no se me ocurrió hacer ninguna conexión entre mi libro y Freeman. Pero luego, sentado con Freeman en el espacioso salón de la casa de Luckett, me vino la idea a la cabeza. ‘Señor Freeman. Le ha tocado la lotería. Tengo una película para usted’ –le dije. Freeman levantó una ceja. ‘¿Ah, sí? ¿De qué va?’. Yo había descubierto que Freeman era un tipo lacónico, desconfiado, inicialmente, de los desconocidos. Sabía que tenía que ser sucinto. De modo que, con toda la concreción de que era capaz, respondí: ‘Está basada en un libro que estoy escribiendo sobre un acontecimiento que expresa la esencia de la genialidad de Mandela y la esencia del milagro surafricano’. ‘¡Oh!, ¿Se refiere al partido de rugby?’”.<br />MORGAN FREEMAN<br />John Carlin comenta que: “Freeman llevaba varios años queriendo interpretar el papel de Mandela. Conocía personalmente a Mandela y le admiraba más que a ninguna otra persona viva. Por otra parte, era evidente que Mandela sentía cierta admiración por él. Cuando los dos se conocieron a mediados de los noventa, Mandela que ya era presidente de Suráfrica, dijo públicamente que le gustaría que Freeman le encarnase en un filme. Freeman, a quien inmediatamente agradó la idea, regresó a Suráfrica varias veces y pasó tiempo en compañía de Mandela, estudiándolo de cerca. Decidió que la primera vía para hacer realidad su sueño era comprar los derechos de la autobiografía de Mandela, El largo camino hacia la libertad. Hubo varios escritores que intentaron elaborar un relato cinematográfico a partir del libro, pero no lo lograron. Resultó imposible”. Freeman conocía el borrador de Carlin. De modo que “cinco meses después, en noviembre [2006], firmamos un contrato para vender los derechos cinematográficos de mi libro, todavía no escrito, a la productora de Freeman, Revelations y, a los pocos días, un guionista vino desde California a verme a Barcelona. Tony Peckham nació en Suráfrica pero había dejado su país a medidos de los ochenta para evitar el servicio militar obligatorio que, en aquellos tiempos, significaba disparar contra los negros en Soweto. Pasamos una semana juntos, explorando todos los ángulos narrativos posibles y, luego se volvió a casa, armado de transcripciones de las entrevistas que había hecho a jugadores de rugby, a los guardaespaldas de Mandela, al propio Mandela, al arzobispo Desmon Tutu y a varios aspirantes a terroristas de la extrema derecha racista a quienes, cuando los conocí, Mandela ya había conquistado con su integridad y su encanto”. En agosto de 2007, este es el momento en el que Freeman, con el guión de Peckham en la mano, llama a Eastwood que afirmó: “Me gusta el hecho de que la historia sea concisa: no hace falta remontarse para verle de joven, la relación con Winnie, todo eso”. Eastwood contó una gran historia en cuyo centro colocó a Morgan Freeman: “Me gustó mucho trabajar con él en Sin perdón y Million Dollar Baby, así que, para ser supersticioso, tenía que seguir con Morgan Freeman. Pero además, si alguien ha nacido para interpretar a Nelson Mandela, es él. Tiene el mismo aura cuando entra en una habitación. Seduce de la misma forma a la gente. Y es difícil estar a la altura de Nelson Mandela. No se puede recurrir a un actor normal y corriente y decirle: ‘Vas a interpretar a este personaje’. Hay muy pocos que puedan hacerlo; en realidad, en estos momentos, sólo hay uno capaz de encarnarle de mayor”. Eastwood destacó la forma económica de actuar de Freeman, su capacidad de transmitir mucho cuando aparentemente expresa muy poco. “Sabe como decir la verdad. La vieja frase de Jimmy Cagney: ‘¿Cómo actúas? Pisas fuerte y dices la verdad’. Es sencillo, pero él es así. Sabe cómo decir la verdad. Tiene una voz magnífica y una presencia magnífica”.<br />MATT DAMON<br />Cuando John Carlin preguntó a Damon ¿por qué había aceptado este papel secundario? Dijo que porque le había gustado la historia y el guión: “Además, sentí que había un mensaje de valor imperecedero para el mundo y eso no es algo que se pueda decir sobre todas las películas que se hacen”. Damon tuvo que aprender el difícil acento surafricano. En opinión de varios surafricanos que han visto la película, lo clavó. Eso era importante para Eastwood, igual que le importaba mucho que el público surafricano diera a Invictus el sello de legitimidad.”Significaba mucho para mí la reacción sudafricana. Hay todo un mundo ahí fuera al que me gustaría transmitirle este mensaje, pero es importante que el país en el que ocurre la historia diga que es un reflejo fiel del espíritu de aquel período asombroso”.<br />EL TÍTULO “INVICTUS”<br />William Ernest Henley fue Long John Silver el inolvidable pirata con pata de palo de La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson. Nació en 1849 en Gloucester. De niño sufrió tuberculosis. Una de sus secuelas es la amputación de una pierna. En Edimburgo conoce a Stevenson. Se hacen amigos y escriben juntos obras de teatro. Fue crítico y editor de la Revista de arte (1882-86) y de Scots Observer desde 1889. En 1891 dicha revista se transforma en el National Observer y fue transferida su sede a Londres. La revista tuvo una indiscutible importancia en la literatura inglesa de la época pues en ella publicaron pesos pesados como James Barry autor de Peter Pan (1904), George Bernard Shaw famoso por My Fair Lady, obra que se estrenó en 1955, la misma que George Cukor llevará al cine protagonizada por Audrey Hepburn en 1965, H. G. Wells autor de La máquina de explorar el tiempo (1895), El hombre invisible (1897), La guerra de los mundos (1898) o Rudyard Kipling autor de El libro de las tierras vírgenes (1894) y El segundo libro de las tierras vírgenes (1895), Henley junto a T. F. Henderson cuidó la edición centenaria de los poemas de Robert Burns (1759-1796), el poeta escocés que se inspiró en las canciones y baladas escocesas populares, recordemos aquella dedicada a un ratón. In Hospital fue el último libro de Henley, publicado el mismo año de su muerte cerca de Londres en 1903. Allí aparece Invictus un poema del año 1875, célebre ahora por ser el poema que Nelson Mandela se recitaba en prisión: “En la noche que me envuelve/ negra como un pozo insondable,/ doy gracias al dios que fuere/ por mi alma inconquistable./ En las garras del destino/ no he gemido ni llorado. /Ante las puñaladas del azar/ si bien he sangrado, jamás me he postrado./ Más allá de este lugar de ira y llantos/ acecha la oscuridad con su horror,/ No obstante, la amenaza de los años /me halla, y me hallará sin miedo./ Qué importa cuán recto haya sido el camino/ ni cuántos castigos lleve a la espalda,/ Soy el dueño de mi destino;/ soy el capitán de mi alma”. Todo el poema es un canto a la resistencia hasta el fin a pesar de padecer un destino insufrible o una injusticia implacable. Es la definición de resistencia de Albert Camus. El destino de Sísifo.<br />MANDELA Y SÍSIFO<br />Los dioses habían condenado a Sísifo a subir sin cesar una roca hasta la cima de una montaña desde donde la piedra volvía a caer por su propio peso. Habían pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza. Albert Camus escribe: “Si se ha de creer a Homero, Sísifo era el más sabio de los mortales. No obstante, según otra tradición se inclinaba al oficio de bandido. No veo en ello contradicción. Difieren las opiniones que le llevaron a convertirse en el trabajador inútil de los infiernos. Se le reprocha, ante todo, alguna ligereza con los dioses. Reveló los secretos de éstos. (…) Homero nos cuenta que había encadenado a la Muerte. Plutón no pudo soportar el espectáculo de su imperio desierto y silencioso. Envío al dios de la guerra, quién liberó a la Muerte de manos de su vencedor”. “Sísifo es el héroe absurdo y lo es tanto por sus pasiones como por su tormento. Su desprecio de los dioses, su odio a la muerte y su apasionamiento por la vida le valieron ese suplicio indecible en el que todo ser se dedica a no acabar nada. Es el precio que hay que pagar por las pasiones de esta tierra. No se nos dice nada sobre Sísifo en los infiernos. Los mitos están hechos para que la imaginación los anime. Con respecto a éste, lo único que se ve es todo el esfuerzo de un cuerpo tenso para levantar la enorme piedra, hacerla rodar y ayudarla a subir una pendiente cien veces recorrida; se ve el rostro crispado, la mejilla pegada a la piedra, la ayuda de un hombro que recibe la masa cubierta de arcilla, de un pie que la calza, la tensión de los brazos, la seguridad enteramente humana de dos manos llenas de tierra. Al final de ese largo esfuerzo, medido por el espacio sin cielo y el tiempo sin profundidad, se alcanza la meta. Sísifo ve entonces cómo la piedra desciende en algunos instantes hacia ese mundo inferior desde el que habrá de volver a subirla hasta la cima, y baja de nuevo a la llanura. Sísifo me interesa durante ese regreso, esa pausa. Un rostro que sufre tan cerca de las piedras es ya él mismo piedra. Veo a ese hombre volver a bajar con paso lento pero igual hacia el tormento cuyo fin no conocerá jamás. Esta hora que es como una respiración y que vuelve tan seguramente como su desdicha, es la hora de la conciencia. En cada uno de los instantes en que abandona las cimas y se hunde poco a poco en las guaridas de los dioses es superior a su destino. Es más fuerte que su roca. Si el mito es trágico, lo es porque su protagonista tiene conciencia. No hay destino que no se venza con el desprecio”. Me imagino a Mandela en la cantera de Robben Island, como se lo imagina Pienaar, cuando el equipo visita la isla-prisión. Mandela como Sísifo, el martillo en la piedra bajo un sol de justicia, los policías vigilando cada uno de tus movimientos, como Sísifo en los infiernos. No hay destino que no se venza con el desprecio, “en la noche que me cubre, como un pozo insondable, doy gracias al dios que fuere por mi alma inconquistable”. Pienaar piensa en cómo se puede pasar treinta años en una celda minúscula, salir y perdonar a los que te encerraron en ella. El informativo del apéndice documental recoge unas declaraciones de Mandela: “El señor Mandela ha viajado a Durban con el fin de convencer a 100.000 seguidores del ANC de que debe reinar la paz: ‘cojan sus cuchillos, sus armas, sus machetes y arrójenlos al mar’”. Sorprendente ¿no?<br />CLINT EASTWOOD, EL DIRECTOR<br />Nacido el 31 de mayo de 1930 en San Francisco, California, de un padre de origen inglés y escocés y una madre de ascendencia irlandesa y holandesa. Clinton Eastwood Jr. ve la luz el día en que la América de la prosperidad acaba de caer en la Gran Depresión, primero en la crisis de crédito de Walt Street el 24 al 29 de octubre de 1929, y después el efecto bola de nieve: hundimiento del consumo y de la producción, stocks perdidos y caída de los precios agrícolas, quiebras y despidos, sopas populares y estado de shock. Una plaga que se hizo sensible en la época gracias a un arte humanista y militante. Por ejemplo: las fotografías de Dorothea Lange, Walker Evans o Ben Shahn, las películas de William Wellman (Wild Boys of the Road, 1933), Frank Borzage (Man´s Castle [Fueros humanos], 1933), King Vidor (Our Daily Bread [El pan nuestro de cada día], 1934), John Ford (The Grapes of Wrath [Las uvas de la ira], basada en la novela de Steinbeck, 1939) o la implacable investigación de James Agee y Walker Evans, Elogiemos ahora a los hombres famosos (1936-39). El pequeño Eastwood nació en una clase media desorientada por una crisis que la dejó sin reservas, el niño tendió a refugiarse en sus sueños más de lo normal y dio curso libre a su imaginación. Este rasgo autobiográfico marcará el inicio de numerosas ficciones futuras en las que el muchacho mira a través de una ventana (El aventurero de medianoche, Un mundo perfecto [A Perfect World, 1993]), una joven en el bosque (El jinete pálido [Pale Rider, 1985]) o una mujer sola (Los puentes de Madison [The Bridges of Madison County, 1995]) formulan un deseo, sueñan como en El mago de Oz en un lugar “over de rainbow”. El director tardaría un tiempo en llegar, antes fue el actor. Para su formación lee To the Actor de Mikhail Chekhov (1891-1955), gran actor, discípulo iconoclasta de Stanislavski y su Método. No obstante, es acusado de hacer una interpretación de mínimos, poker face y economía de gestos, hasta el punto que los críticos le reprocharán durante mucho tiempo no saber actuar. En los años sesenta, la crítica Pauline Kael, en el New Yorker: “Clint no es un actor, por tanto, difícilmente puede decirse que sea un mal actor”. Durante toda su carrera será un free lance. En los años 50, Eastwood se quejaba amargamente de no recibir un papel significativo en la Warner, la Columbia o la Paramount, en la Twenty Century Fox. Recuperada la prosperidad y el American way of life sobre el fondo de la guerra fría: “simplemente me faltaba el aspecto que parece que esta década reclamaba”. La oportunidad se le concede al darle un papel en la serie Rawhide de la CBS-TV a partir de 1959 debe entenderse dentro de una conjunción histórica: el desarrollo del método televisivo en los años cincuenta. Posteriormente, al hablar de Rawhide declara que se convierte en una auténtica escuela de cine, “la experiencia más formadora de su carrera”. No hay que buscar otra razón para que en 1964, acepte casi a ciegas la oferta de un cineasta italiano casi desconocido. Al leer el primer guión de El magnífico extranjero (título en origen de Por un puñado de dólares) y descubrir el papel de el Hombre sin nombre (cowboy adulto, sucio y taimado, terriblemente individualista, adepto al minimalismo, casi al mutismo, violento a placer y también juerguista), encuentra un inesperado negativo de Rowdy Yates. La prensa de la época lo considera una degeneración. Este descrédito crítico repercute sobre Eastwood. En mayo-junio de 1971, Don Siegel, Clint Eastwood y Bruce Surtees, un genial director de fotografía, ruedan para la Warner una película de género que se estrenará en la Navidad de ese mismo año, Harry el sucio. La historia: un poli llamado Harry Callahan, conocido como “Dirty Harry”, con una Magnum 44 en la cintura y que actúa siempre “a su manera”. Pauline Kael exagera. El mismo día que Harry el sucio se estrenó Perros de paja de Sam Peckinpah y ese mismo año de 1971, La naranja mecánica de Stanley Kubrick y French Connection, contra el imperio de la droga de William Friedkin. En definitiva, con un país sacudido por las imágenes de televisión de la guerra de Vietnam, los asesinatos de Martin Luther King y de Robert Kennedy, las revueltas estudiantiles, los tumultos filmados de los ghettos negros de Watts y Newark, los asesinatos de los líderes del Black Panther Party, Hollywood había cambiado de cara decididamente y a sus órdenes todas una generación nouevelle vague salida al declinar el código Hays (la censura), del advenimiento de Bonnie and Clyde de Arthur Penn (1967), de Easy Rider de Dennis Hopper, 1969) y del éxito de la contracultura norteamericana. El paso decisivo en su carrera es en los años setenta cuando Clint Eastwood se convierte en director. <br />MALPASO <br />Desde sus primeros éxitos en Estados Unidos, Eastwood se mostró insatisfecho con la promoción que hacía la Universal, el estudio de sus comienzos y de sus películas con Siegel, por ejemplo, la campaña publicitaria de El seductor fue muy convencional y perjudicó a una película decididamente atípica. Y el retraso de la Universal en este campo le pareció todavía mayor cuando la Warner tuvo que encargarse de sacar Harry el sucio (1971) y su secuela, Harry el fuerte, en 1973. De manera que en Septiembre de 1975, entre el estreno de la Universal de Licencia para matar y el inicio del rodaje de El fuera de la ley, Eastwood definitivamente da el salto y cambia de estudio, su compañía Malpaso se instala en las oficinas de la Warner. Tras obtener beneficios de su fusión-absorción por la Kinney Company en 1969, se dedica a innovar durante los años setenta ayudando a los jóvenes creadores (El exorcista, 1973, de William Friedkin y Malas calles, 1973 de Martin Scorsese) y sobre todo llevando una política de autores que hace del cineasta el verdadero productor ejecutivo de sus películas y el responsable del corte final. Como Alan J. Pakula y su película sobre el Watergate (Todos los hombres del presidente, 1976) y también como Stanley Kubrick, La naranja mecánica, 1971 y Barry Lyndon, 1975. Este estado de cosas benefician a El fuera de la ley, una película de la Warner que inaugura una relación entre el cineasta y el estudio que, más de treinta años después, sigue durando. Todavía en Invictus.<br />A LA BÚSQUEDA DE UNA COMUNIDAD<br />Una heterotopía es “otro lugar”. Un espacio social diferente, una utopía que no será sólo una idea, sino también un lugar en el mundo. Testigo de la masacre de su familia durante la guerra de Secesión, Josey Wales se marcha a la guerra con la vana esperanza de sofocar su odio. De ahí esos dos motivos recurrentes de la película, inolvidables: la cicatriz que cruza la mejilla para expresar el divorcio Norte-Sur y figurar su herida interior, siempre abierta. Y además, Josey Wales escupe. Escupe negro, el tabaco que mastica permanentemente, una bilis oscura que derrama sobre toda la Creación, los hombres, los animales, los vivos y los muertos, escupe como un apestado. Miembro de una comunidad de soldados sudistas, un grupo unido a la pura negatividad (comunidad de muerte), una vez la guerra termina –la suya no- realiza un periplo que le vale para experimentar un poder de atracción inédito: como un predicador inconsciente y tendente al mutismo, Wales reúne, uno a uno, seres a la deriva, supervivientes de una catástrofe, en definitiva, lo que queda de América después de la tabula rasa de la guerra (de Secesión, de Vietnam). Aquí un muchacho que muere en el camino, allá un viejo jefe indio, más tarde una squaw llamada “Claro de Luna”, un perro abandonado, una abuela irascible y su extraña nuera, los últimos inquilinos de una villa fantasma, hasta el encuentro con diez osos, el jefe comanche. Secuencia esencial en la que los dos hombres se cortan la mano en signo de reconocimiento (alter ego y de una cicatriz a la otra, cierran finalmente la herida inaugural de Josey Wales). Surge una comunidad, una familia recompuesta y ampliada y aparece un horizonte político de tono pastoral. Con esta película descubre su tema: la comunidad. Desde el auditorio de Oakland aquella tarde de 1946, donde el joven Clint escuchó tocar por primera vez a Charlie Parker, o el rectángulo iluminado de un escenario en París una noche triunfal, tal como Eastwood lo reinventa en 1988. Pero también el estudio de grabación que recoge las canciones de Honkytonk man. Una heterotopía es también un Cadillac rosa o un Ford Gran Torino. En Invictus hay un reconocimiento a la posibilidad de la comunidad, de un proyecto de Estado, en este caso representado por la República de Suráfrica. La heterotopía es la puesta en marcha del proyecto político de Mandela. La heterotopía es “un espacio de ilusión que denuncia como más ilusorio el espacio real” (Michel Foucault). La escena en la que el Consejo Nacional somete a votación que sean eliminados como símbolo permanente del apartheid los colores, el emblema y el nombre de los Springboks. La unanimidad es completa. Mandela arriesga mucho. Pone en juego su autoridad política, su futuro como líder. No obstante, se presenta en la reunión. Mandela justifica su presencia. Cree que han tomado una decisión equivocada, que deberían restituir a los Springboks. “Su nombre, su emblema y sus colores inmediatamente, les explicaré por qué: En Robben Island, en la prisión de Pollsmoor, todos los carceleros eran Afrikaners. Me pasé 27 años estudiándolos. Aprendí su idioma, leí sus libros, su poesía. Tenía que conocer a mi enemigo antes de poder vencerle. Y les hemos vencido ¿no creen? Todos nosotros hemos vencido. Nuestro enemigo ya no son los Afrikaners. Ahora somos compatriotas. Compañeros de democracia. Y para ellos, lo más sagrado es su equipo de rugby. Si les arrebatamos eso, les perderemos. Les demostraremos que somos como ellos temían que éramos. No podemos caer tan bajo. Tenemos que sorprenderles con compasión, templanza y generosidad. Sé muy bien de todo lo que ellos nos han privado. Pero este no es el momento de aplaudir venganzas absurdas. Es el momento de construir nuestra nación utilizando hasta el último ladrillo disponible aunque ese ladrillo vuelva envuelto en papel verde dorado. Ustedes me eligieron como dirigente. Dejen que les dirija. ¿Quién está conmigo? ¿Quién está conmigo?”. Mandela gana por 12 votos. “Todo un lujo, con un solo voto de diferencia bastaba” –comenta. “¿Y si no lo hubiera conseguido?” –pregunta Brenda, su asesora política. “Hubiera sido la decisión del partido. La minoría Afrikaner controla la policía, el ejército, la economía. “Si les arrebatamos lo que tanto les importa: los Springboks, su himno nacional, alimentamos la espiral de desconfianza. Haré todo lo que deba para evitar esa espiral o acabará destruyéndonos” –sentencia Mandela.<br />EL FANTASMA<br />La figura del fantasma o del aparecido: el fantasma dice el origen que no se sabe decir, es el que vuelve falto de saber y exige una reparación en nombre de todos, es el caso de Josey Wales y del Jinete pálido; el que representa al indio de Oklahoma o al afroamericano desarraigado, aquellos que no volverán y atormentan el limbo de un presente amnésico y culpable. Mandela es un fantasma que vuelve del pasado o de la reclusión durante 27 años que exige una reparación personal y colectiva, algo que llevará a cabo con una singular maestría, sin resentimiento, un ejemplo de transición pacífica. ¿Nos suena esto? Desde inicios de 1960, el ANC debatía el uso de la violencia, decisión apoyada por Mandela desde 1952. En 1961, el ANC aprobó la creación de una nueva organización militar. Se crea el Umkhonto we Sizwe, “La lanza de la nación”, Mandela es el Comandante en jefe. Esta nueva organización preparaba un ejército que llevaría a cabo acciones de sabotaje (la primera el 16 de diciembre de 1961. En 1962, Mandela viajó al extranjero y el 5 de agosto fue detenido y condenado a cinco años de cárcel por incitación a la huelga y abandonar el país sin pasaporte. Mientras se encontraba en la cárcel, la policía registró el cuartel general del ANC en Rivonia en las afueras de Johannesburgo. La mayor parte de los dirigentes de la organización fueron arrestados; además se confiscaron diversos documentos entre los que estaba el diario escrito por Mandela durante su viaje por el extranjero. Él y otros activistas fueron juzgados, en lo que se conoce como el juicio de la traición de Rivonia que duró desde octubre de 1963 hasta el junio de 1964. Mandela que llevó a cabo su propia defensa y la de otros acusados fue condenado a cadena perpetua. No fue hasta 1989, cuando De Klerk sustituye a Botha, que se pone en marcha el desmantelamiento del apartheid. El 2 de febrero de 1990, F. W. De Klerk pronunció en el parlamento un discurso de apertura en el que se anunció la legalización del ANC, el Partido Comunista de Sudáfrica y otras 31 organizaciones ilegales; liberó prisioneros políticos encarcelados por actividades no violentas; abolió la pena capital y levantó varias restricciones impuestas por el estado de excepción. Como dijimos arriba el 11 de febrero, Mandela fue puesto en libertad. Son muchas las figuras conductoras en las pelis de Eastwood, recordemos a John Thunderbolt en Un botín de 500.000 dólares, el “honkytonk man” claro está, el poli de En la cuerda floja, William Munny (“No te preocupes Kid, no voy a matarte. Eres el único amigo que tengo”), el ladrón de Poder absoluto, el viejo entrenador, con una afición por el gaélico, una lengua celta que nos remonta al origen de una comunidad, de La chica del millón de dólares, por cierto otro face to face con Morgan Freeman. <br />ROSEBUD O LA INFANCIA PERDIDA<br />La Cherokee Strip, Land Race, la carrera en distintos medios y en distintas velocidades (a caballo, en carromato, en caravana, a pie, en carretera, calesa o diversos velocípedos) que se organizó el 2 de abril de 1889, en las tierras indias de Oklahoma para el asentamiento de blancos. Eran dos millones de acres libres. Un oficial del ejército daba el pistoletazo de salida y los colonos, venidos de todas partes del país, se lanzaban a una frenética carrera para llegar mejor que nadie al lugar mejor dotado de esa amplia extensión de terreno con el fin de construir una granja. W. S. Hart en El hijo de la pradera también John Ford había recreado otra situación idéntica en uno de los clásicos silentes Tres hombres malos (Three bad Men, 1926), en torno a la carrera para ocupar tierras libres en Dakota en 1876. Años después en Un horizonte muy lejano, Ron Howard explicaría con más medios pero con menos convicción, la segunda carrera celebrada en Oklahoma el 16 de septiembre de 1893. En El aventurero de medianoche, el viejo cuenta al niño esta historia. El anciano, entonces adolescente, participa junto a millares de colonos norteamericanos en la carrera. Al final de su vida, vuelve a este recuerdo de juventud en la que se aúnan el gesto fundador de la conquista del oeste, la llegada a la tierra prometida, el sueño de un espacio virgen y de un futuro. El abuelo, emocionado, concluye: “¡Lo hemos estropeado todo, lo hemos estropeado todo!”, eco inesperado pero exacto del constante fracaso del Capitán América, el biker de Easy Rider de Dennis Hopper: “We Blew it”. La Cherokee Strip suena también como calderón de una vasta expoliación de tribus indias por el Estado norteamericano. Mandela ha de fundar un Estado. Un Estado libre basado en la reconciliación y la convivencia colectiva entre personas de distinta raza. La condición del hombre es el mestizaje. No existen los sujetos puros. Las razas son culturales todos compartimos el mismo ADN y la misma común humanidad. Mandela se propone poner en marcha este proceso de reconciliación colectiva. América simboliza el Nuevo Mundo la esperanza para millones de europeos que cruzaron el Atlántico en un mundo mejor. Desde el Emigrante de Chaplin, el corto de la Mutual del año 1917 hasta Un Nuevo Mundo de Emanuelle Crialese, en el que los protagonistas se bañan en un río de leche y rosas. Todos sabemos que el sueño americano en ocasiones es pesadilla interminable, dadas las dificultades, trabas y condicionamientos que las autoridades de inmigración imponen al que quiere viajar a aquel país. La doctrina Monroe postulaba: “América para los americanos”, este mensaje forma parte del inconsciente colectivo de aquella nación. ¿Qué queda de ese ideal que representaba América? ¿Qué queda de la Declaración de Derechos de Virginia aprobada el 12 de junio de 1776? En su artículo primero recoge: “Todos los hombres son, por naturaleza, igualmente libres e independientes, y que tienen ciertos derechos inherentes de los que no pueden privar o desposeer a su posteridad por ninguna especie de contrato, cuando se incorporan a la sociedad; a saber, el goce de la vida y de la libertad con los medios de adquirir y poseer la propiedad y perseguir y obtener la felicidad y la seguridad” y en su artículo segundo: “Que todo el poder está investido en el pueblo y, por tanto, deriva del pueblo; que los magistrados son mandatarios y servidores y en todo momento responsables ante él”, de igual modo, en su artículo cuatro “Que ningún hombre o grupo de hombres tiene derecho o privilegio o ventajas exclusivas o separadas de la comunidad, sino en consideración del desempeño de servicios públicos, cuyos cargos no son transmisibles, no debiendo ser hereditarios los oficios de magistrado, juez o legislador”. En fin, juzgar vosotros.<br />EL TIEMPO ES UN AUTOMÓVIL, UN FORD “GRAN TORINO”<br />En Un mundo perfecto, Butch Haynes explica en la carretera al jovencísimo Phillip que, con un poco de imaginación, todo coche más que un simple vehículo es una máquina del tiempo: el pasado que se aleja en el retrovisor, el futuro ahí delante en el parabrisas y, a golpe de acelerador, el presente en punto muerto. En la entrevista entre Mandela y François Pienaar, el primero pide al segundo que suba al vehículo del futuro. La entrevista es arriesgada. No se conocen personalmente, no se han medido. Los dos son figuras públicas. Uno y otro cumplen funciones idénticas. Conducir un país, el primero. Capitanear un equipo, el segundo. Pienaar entra en el despacho de Mandela. Éste lo saluda familiarmente. Mandela le pregunta por su tobillo. “Nunca se está al 100% aunque uno quiera” –observa Pienaar. “Sí, el deporte es como la vida misma” –afirma el presidente. Cuando éste le pasa la taza del té advierte que: “el suyo es un trabajo muy complicado. Dígame Pienaar ¿cuál es su filosofía a la hora de liderar? ¿Cómo hace para que su equipo se inspire, para rendir al máximo?”. “Dando ejemplo. Siempre he pensado que hay que dar ejemplo” –responde el capitán. “¿Pero cómo lograr que sean mejores de lo que ellos creen que pueden ser? Eso es más complicado. La inspiración es la clave. ¿Cómo hallamos la inspiración para superarnos cuando no nos queda otra opción? ¿Cómo hacemos para que los demás también se inspiren? A veces, yo creo que a través del trabajo de otros. En Robben Island cuando las cosas se ponían muy difíciles, hallaba la inspiración en un poema. Un poema victoriano. Sólo eran palabras pero me ayudaban a levantarme cuando lo único que quería era derrumbarme”. Mandela ha tocado la tecla correcta. Pienaar contesta que “cuando tenemos un partido importante. En el autobús de camino al estadio. Nadie habla. Pero cuando estamos listos, le digo al conductor que ponga una canción que previamente he seleccionado y que todos conocen. Escuchamos la letra juntos y funciona”. Mandela sabe que François lo ha comprendido. Roto el hielo. Se acerca a él y recuerda que: “Cuando en el 92 me invitaron a las olimpiadas en Barcelona. Todo el mundo en el estudio me recibió con una canción. Por entonces, el futuro nuestro futuro parecía más sombrío. Pero al oír esa canción en las voces de personas de todo el planeta, me sentí orgulloso de ser sudafricano. Me inspiró para volver y hacer las cosas mejor. Me motivó para esperar más de mí mismo. La canción era Nkosi Sikelel´IAfrica “Dios salve a África”, una canción muy inspiradora. Necesitamos inspiración François porque para construir nuestra nación todos debemos superar nuestras expectativas”. Resultado de la entrevista. El presidente quiere que la selección gane el mundial. El himno de Suráfrica fue aprobado por Nelson Mandela en 1994 es una mezcla de este himno Bantú y el Die Stern de los Afrikaners.<br />LA FINAL<br />Incumpliendo todas las expectativas, la selección llega a la final. Deberán enfrentarse contra los temibles “All blacks” de Nueva Zelanda. En el Ellis Park la gente ocupa sus localidades. El presidente llega al estadio. Pienaar se asoma por el túnel de vestuario para percibir el ambiente. Un Boeing 747 de las líneas regulares asoma por el horizonte. El comandante de vuelo toma el control. Se dirige al estadio. Parece que va a pasar algo terrible. Se recomienda sacar a Mandela de la sala VIP. Ya no hay tiempo. El avión vuela raso. Hace temblar todo el estadio. Nadie sabe lo que pasa. Por encima de nuestras cabezas podemos leer en los bajos del avión: “God Luck Bokke” (“Buena suerte a los Boks”). Ante la potencia de los motores del avión sobre el estadio quemando queroseno, haciendo vibrar las localidades del estadio, la danza de guerra maorí es una canción de cuna. La selección de Sudáfrica pisa el terreno de juego en medio de una gran ovación. Les siguen los All blacks de negro impecable. Mandela baja a saludar a los jugadores. El presidente viste la camiseta nº6 de los Springboks, la nº6 corresponde al capitán François Pienaar. Se produce un silencio absoluto, unos segundos para la historia. Hasta que estalla un clamor. 72.000 personas rompen a gritar: ¡Nelson, Nelson!” El 95% blancos. “En ese momento nos dimos cuenta que había un país entero detrás nuestro, y que este hombre tuviera puesta la camiseta de los Springboks era un signo, no sólo para nosotros sino también para toda Sudáfrica, que tenemos que unirnos y tenemos que unirnos hoy”, comentó el medio melé Joost van der Westhuhizen. Y el capitán Pienaar: “Yo nunca me imaginé que él iba a estar allí y nunca en mi vida pensé que iba a usar la camiseta de los Springboks. Y él estaba allí con toda su aura. Él sólo nos deseó buena suerte, eso es todo lo que dijo. Luego se dio media vuelta y ahí estaba el número seis en su espalda ¡Y ese era yo!”. Pero no sólo fueron los Springboks los que quedaron afectados por el hecho de que Mandela vistiera una camiseta que durante mucho tiempo había sido un símbolo para los hombres blancos de Sudáfrica, lo mismo les ocurrió a los All Blacks: “Fue verlo caminar hacia el estadio vistiendo la camiseta de François Pienaar y escuchar a 72.000 personas empezar a aclamar: “¡Mandela, Mandela!”… entonces nosotros 15 mirábamos y pensábamos ¡Dios, cómo vamos a hacer para ganar a estos animales!”, admitió el capitán Sean Fitzpatrick. Incluso Jonah Lomu declaró que “Primero te intimidaba darle la mano a Nelson Mandela con la camiseta de los Springboks y te hace sentir que toda la presión estaba sobre nosotros porque ellos tenían a Nelson Mandela de su lado, tenían finalmente un país unido después de años de lucha… ese día todos estaban unidos”. Se palpaba la tensión en todo el país. En Soweto, los bares estaban repletos de negros a los que nunca interesó el rugby. Se interpretan los himnos, ¿cómo le gustan a Eastwood los himnos? Comienza el partido. Mandela propone al Primer Ministro de Nueva Zelanda una apuesta. Éste último sugiere: “Todo su oro por todas nuestras ovejas”. “Yo estaba pensando en algo como una caja de vino” –responde Mandela. Los All Blacks interpretan la haka. Veremos si surte efecto la intimidación, no hay que olvidar que el equipo de Nueva Zelanda tiene el mejor ataque de todo el campeonato. Un chico negro, flacucho de unos 13 años, no ha podido entrar en el estadio. Afuera se acerca a un coche de seguridad que escucha por la radio el partido. Los policías le llaman la atención. El joven disimula. Se agacha, se anuda el cordón de la zapatilla. Intenta seguir el partido, al menos por las ondas. El choque de las dos selecciones es brutal. Placar a Lomu es la misión principal. Varios jugadores Sudafricanos comentaron que ese día su consigna fue “¡No pasarán!”. El muchacho se aproxima cada vez más a la patrulla, busca algo en su bolsa. La cámara hace traslaciones espaciales dentro y fuera del Ellis Park. El poli se acerca para ver si dentro de la bolsa hay algo sospechoso. Dentro, hay que inmovilizar a Lomu. Pienaar se lanza a por él, se monta la bronca. Todo el mundo está expectante. Pitan penalti a favor de los maoríes. Nueva Zelanda inaugura el marcador. Los dos equipos se machacan mutuamente. Ahora el penalti es a favor de Sudáfrica. Empate a tres. El chico, con mucha confianza, se sienta en el capó del coche (un chico negro sentado, holgadamente, en el capó de un coche de policía, increíble). Los polis no le prestan atención. Sólo les interesa el partido. De nuevo penalti, los oceánicos se adelantan: 3-6, en el minuto 13. En el minuto 22, penalti a favor de Sudáfrica: 6-6. Debo deciros que todos los puntos llegaron por penaltis. Las dos selecciones se castigaron duramente. Sudáfrica toma la iniciativa: 9-6. El partido acaba con empate a 9. Ahora habrá un descanso de cinco minutos. Fue la primera final de la copa del mundo en la que se jugó una prórroga. Veinte minutos más. El duelo es de titanes. 9-12, los maoríes puntúan en la primera parte de la prórroga. Placaje al 11. El árbitro llama a François. Están reduciendo a Lomu implacablemente. Le ordena que hable con su equipo. En el estadio, suena el himno sudafricano. Pienaar exclama: “Escuchad a vuestro país. Siete minutos. Defensa, defensa, defensa. Ahora o nunca. Es nuestro destino. Vamos”. Mandela pregunta por el tiempo, quedan siete minutos. El árbitro sanciona con la pena máxima a los polinesios. Joel Stransky dispara y empate a doce. El chico ha progresado, está con los polis bebiendo un refresco de cola, desenfadadamente, la escena es la máxima representación de la integración. La melé es terrible. Los minutos, los segundos se congelan. Stransky pide el balón. Se lo pasan. Dispara y punto. Sudáfrica se distancia: 15-12. Los últimos instantes del encuentro son de infarto: “Fueron los minutos más largos de mi existencia; ellos eran los mejores del mundo, en siete minutos podían hacer cualquier cosa” –confesó el presidente. Todos miran el cronómetro. El árbitro controla el tiempo y final del partido. Se desata la euforia colectiva. En la melé final del equipo, Pienaar pide a Chester Williams (el 15 de la selección, el único jugador mulato) que dirija la oración: “Gracias señor por dejarnos jugar la final. No permitir lesiones graves y, sobre todo, por la victoria”. Los polis levantan al chico negro. Excesivo. Algo insólito. Mandela pisa de nuevo el césped del Ellis Park. El capitán es llevado a hombros. Los medios lo abordan. Le piden unas primeras declaraciones: “No hemos tenido el apoyo de 73.000 sudafricanos sino de 43 millones de sudafricanos”. Pienaar y Mandela se dan la mano. Mandela agradece a François los que ha hecho por el país. “No señor Presidente, gracias a usted por lo que ha hecho por nuestro país”. El Primer Ministro entrega la copa dorada Webb Ellis al capitán. El capitán la transfiere al equipo. De regreso, las calles son una fiesta, atestadas de gente. Impiden que la comitiva presidencial avance. Pero Madiba no tiene ninguna prisa: “soy el amo de mi destino, el capitán de mi alma, doy gracias al dios que fuere por mi alma inconquistable”.<br />