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Libro - Pequeña
 

Libro - Pequeña

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    Libro - Pequeña Libro - Pequeña Document Transcript

    • GENEVIÈVE BRISAC EDITORIAL ANDRES BELLO Edición original en Santiago de Chile, 2000. 1
    • Pequeña © Geneviève Brisac (Traducción de Carolina Díaz) © Editions de l’Olivier, 1994. © Editorial Andrés Bello, 1998. Santiago de Chile, 2000 ISBN 84-89691-61-4 2
    • A mi madre Para mis hijas, Nadia y Alice 3
    • Capítulo 1 No volveré a tener hambre, me dije. Eran las siete de la tarde y tenía hambre. En la mesa rodante de la cocina, apoyada contra la pared, resplandecía la tarta de nueces. La cocina estaba en penumbra, brillaba el chocolate helado. Una rueda negra trufada de medias nueces perfectas, blancas, sin ninguna mancha de chocolate. Le dije adiós para siempre. Tenía trece años, y había terminado de crecer. Se come para crecer. Yo no volvería a crecer, me había dicho. Sólo comería lo necesario. Lo que se necesita para durar. Todo se volvía un inmenso campo de exploración, el descubrimiento de un territorio salvaje y secreto. Yo no tenía ningún secreto. Deseos sí, una voluntad de niña de hierro. Tenía un plan. En primer término, vaciar mis bolsillos. Los adorados bolsillos de mi abrigo, llenos de migas. Cuidar la capucha de cuello de piel que me da aspecto de esquimal y, desde ahora, ir con la cabeza cubierta y los bolsillos vacíos. Hasta ese sábado decisivo, guardaba tesoros en los grandes bolsillos de mi abrigo. Trozos de queso aplastados envueltos en papel de aluminio, barras de chocolate de cuatro cuadrados, que mezclan muy bien con el queso, tortillas bretonas para el recreo, y finalmente, cincuenta centavos para comprarme a la salida un galletón con pasas. Mi plan: supresión del galletón con pasas, acumulación de monedas de cincuenta centavos. Dos pájaros de un tiro. Podría hacer más regalos, sería rica muy pronto. De repente me sentía fuerte, llena de futuro. Tuve hambre desde el domingo en la mañana. Me vestí y bajé a comprar croissants para el desayuno; hice ejercicios musculares en los peldaños de la escalera. Los olores de la panadería me exaltaron. Subí las escaleras tensando los tendones de los muslos. Era primavera. La angustiosa gracia de la primavera. Mientras preparaba la bandeja, un croissant para cada uno, cero croissant para mí, sentí un hilillo de felicidad a la altura del pecho. 4
    • Sentada en una silla, Nouk, sentada en el borde mismo de la silla para impedir que se le aplaste la carne de las nalgas, lee La leyenda de los siglos a sus hermanas menores. Es El Cantar de Roldán1: “Luchan, terrible combate, cuerpo a cuerpo. Hace ya tiempo que sus caballos están muertos…” Es muy hermoso. Roldán no tiene un solo gramo de grasa en los muslos. Tienen corazas atornilladas muy limpias, y ninguna migaja los molesta por dentro. Cora y el bebé escuchan mientras desmigajan sus croissants siguiendo técnicas particulares. Nouk salmodia. No hay que alzar la voz en mitad de un verso. Un ritmo oscuro y parejo que llene toda la habitación. Nouk soy yo. Mis hermanos son muy bonitos. Cora tiene ojos inmensos como el mar Negro, Tchernoïe Morie, y un aire trágico. El bebé es rubio y cremoso. Yo soy la esclava de los dos, su otra madre y su jefe. Dejo combatir a Roldán y Olivier. Es perfectamente posible leer manteniendo el tono y pensar frente a otra cosa. De pronto tengo siete años y la profesora cuenta una historia, los hunos invaden la Galia, están ahí muy cerca de Lutecia y una mujer se pone de pie. No tiene un solo gramo de grasa en las caderas, está totalmente recta y tiene un brazo alzado, como la Estatua de la Libertad. La profesora dice con voz suave y graciosa: saben cómo se llamaba esta mujer. Un nombre muy gracioso. Se llamaba Geneviève2. Y yo me pongo de pie, sola, en una isla desierta, roja, conmovida por este destino. Me llamo Geneviève. Ese es mi verdadero nombre. Sin embargo, nadie me dice así. Es un nombre demasiado pesado. Mi plan funciona de maravillas. Ya no como. Con talento, con discreción. 1 Poema épico francés del siglo XI 2 Santa francesa (423 – 502) de destacada participación en la resistencia de parís contra los hunos. Patrona de Francia, se la invoca para ayudar en las grandes calamidades. 5
    • Camino al colegio, soñamos en voz alta. Mi amiga del alma se llama Joëlle, tiene miles de pecas y me fascina su minúscula nariz respingada. Tiene perfil de cerdito, dice mi madre, que siempre ha detestado a mis amigas. Mi madre cree que Joeëlle es tonta. Tiene razón. Pero no entiende que me da igual. Lo que me importa es la enorme boca rosada de Joëlle, sus ojos redondos y su manera de escucharme. Lo que más me gusta es su casa, que huele a coliflor a toda hora, a coliflor y a telas, un olor a fundas, a cubrecamas, a lana y a sábanas. Como un nido. En el gran nido de Joëlle hay una vida tibia, desconocida, tranquilizadora sin embargo. Este año instalaron en el suelo una alfombra de pelo largo. Me parece el colmo del lujo y del mal gusto. Del abandono. Casi como no vestirse los domingos antes de comer. En mi casa, la habitación de los niños tiene suelo de linóleo azul turquesa, ya muy rayado. Es otro tipo de modernidad, del cual alguna vez estuve orgullosa. A Joëlle le va mal en el colegio; le da igual. A sus padres también les tiene sin cuidado, creo. Va a fiestas sorpresa y escucha discos de 45 revoluciones. Ya se ha puesto medias y barniz de uñas. Tiene un hermano de diecisiete años, a quien nunca dirijo la palabra. Joëlle es un poco como el diablo. Un diablo rosado, con ojos redondos y dientes separados de felicidad. Cuando estamos juntas, hablamos de nuestro futuro. Hago juramentos que ella no entiende. Me cuenta lo que dicen las otras niñas de la clase. No sé cómo sabe tantas cosas de las cuales yo nunca me entero. Joëlle dice que les doy miedo. Me encuentran orgullosa y temen las frases malintencionadas que por lo visto salen de mi boca. Un día juro a Joëlle que jamás me psicoanalizaré. Queda estupefacta. Sus padres, de todos modos, dicen que son cosas de locos para sacar dinero a otros locos y que no entienden cómo podría servirte ir a contar tu vida a un chiflado que ni siquiera te escucha. Sus padres también dicen que todas las casas de campo que se han construido los diez últimos años cerca de Savigny -allí viven- se edificaron, piedra por piedra, con el dinero de los bobos que se tienden en los divanes. No le explico a Joëlle mis razones. No me voy a psicoanalizar, porque le tengo miedo a lo que hay dentro de mi cabeza, igual que mis compañeras de curso. Y también porque no me da la gana. Según mi tío abuelo comunista, es mi capital más valioso. Por lo demás, Joëlle y yo no nos 6
    • entendernos en nada y esto, sin duda, es la base misma de nuestro profundo cariño. Tampoco le cuento a Joëlle que decidí dejar de comer. Odiaría que me imitara. Tengo la impresión de que cualquier persona a quien confiara mi secreto trataría de copiarme y el mundo dejaría de girar. 0, en un primer momento, mi proyecto quedaría anulado. Y es interesante porque soy la única en el mundo que ha tenido la idea. El martes, después de clases, voy a la piscina. La monitora dice que podría ser campeona de crawl de espaldas; si quisiera. Me gusta la competencia. La línea de salida, el instante cuando uno se lanza al sonar el disparo, el movimiento de volteo, el giro al final de la piscina, el agua que se te mete en los ojos, las boyas azules que marcan los pasillos de las nadadoras, la gorra aerodinámica de plástico que te pones en la cabeza. Me gustaría ser campeona de natación. O campeona de lo que sea. Mi mayor orgullo es resistir más que todas las otras debajo del agua. Quiere decir que tengo pulmones inmensos. Y eso resulta tranquilizador. Al volver de la piscina, paso junto a un vendedor de crepes. Tomo uno de almendras. Está muy caliente, compacto, y las almendras molidas crujen entre los dientes. A veces pienso en ese crepe apenas llego a la piscina. Pienso en él con cada brazada, con cada taza que bebo. Este martes del cambio de vida renuncio al crepe de almendras. Nunca volveré a probar uno. En el andén del metro, pienso en ese nunca. El tren llega, las puertas se abren y se cierran. Detrás del vidrio sucio, un hombre y una mujer se besan. Tengo la sensación de que he hecho un descubrimiento. La convicción aguda y brutal de que los hijos se hacen por la boca. El tren se marcha. No tendré hijos. Hace tiempo que pienso en ello; una certeza que adquirí en los baños ingleses, hace unos dos años. La casa era triste y sus habitantes, incomprensibles. Pasé allí el mes de julio, para sumergirme en su lengua. Todo el tiempo tenía miedo. Miedo de la hija mayor que me llevaba al camino donde se encontraba con chicos que la besaban y le tocaban los pechos. Eran muy grandes, sus pechos, colgados de su torso magro. Lo que más me asustaba era su risa. Una risa de lobo, pensaba. Yo soy como una pequeña cabra, trivial y estúpida. Temía que me tocaran y, aún más, ser tonta. 7
    • Me quedaba días enteros con la otra hija de la familia, una pequeña mongólica, y después me encerraba en mi cuarto y escribía discretos llamados de auxilio a mis padres, temiendo que mis huéspedes leyeran las cartas y se vengaran de mi tristeza. Pero entonces tenía otra noción del modo como nacen los niños. Por abajo, como se caga. Sentada en ese excusado inglés, mientras contemplando la puerta de vidrio grueso, el picaporte torcido y las capas de pintura descascarada, estreñida por el exilio, tuve la convicción íntima, profunda y luminosa de que si era incapaz de librarme de un simple mojón, era natural que fuera completamente inepta para dar a luz un bebé. Pero no había que decirlo a nadie. Es incómodo y peligroso confesar a la gente que tú eres diferente. Tratan de demostrarte lo contrario, atraes su atención y se vuelven malvados. A los diez años, yo era un niñita rolliza y le tenía miedo al agua. Estaba segura de que, necesariamente, mi peso me arrastraría al fondo de la piscina. La monitora a quien lo confesé -en esa época todavía confiaba en la comprensión del prójimo- me empujó con su vara para demostrarme mi error. Caí al agua. Al olor tibio del cloro, al rumor agudo e intenso de la piscina, sucedieron el sofoco y el silencio. El agua, viscosa y mortal, me invadió. Me hundí como una piedra, como una esponja atiborrada de agua, lastrada de resignación. No hice ni un solo movimiento. Por supuesto, subí a la superficie después de haber tocado el fondo. Quedé convencida de que tenía razón. La monitora de la vara metálica también. En este pobre pasado pensaba en el andén del metro. En ese ahogo, en ese estreñimiento, en la victoria que representaba mi gran futuro de campeona nadadora de espalda. Campeona como Kiki Caron, con espaldas de armario y un gorrito azul pegado a la cabeza. ¿Pero era éste un destino digno de mis padres? Por cierto que no. Camino al colegio, Joëlle y yo hablábamos de eso. Era yo la que hablaba. "Tú sabes, mi padre y mi madre reúnen entre ellos dos todos los talentos. Mi padre es ingeniero. Adoro esa palabra. Es como señor, como genio. Es experto en matemáticas y en geografía. El es la ciencia, la lógica y de él recibí el don de los números. Mi madre habla a las piedras de los caminos, pon e nombres a las ranas, sabe leer las líneas de la mano y conoce todas las gárgolas de Notre-Dame por su nombre de pila. Es filósofa y dibuja en el anotador que está junto al teléfono. Escribe programas de radio, se sabe la mitología de memoria y de ella recibí el don de las palabras". 8
    • Esto impresionaba a JoëIle. También, sin duda, la exasperaba. Me decía: "Solo son dos hadas en tu cuna". O: "¿Y qué queda para tus hermanas?" Decía: "Qué pretenciosos son en tu familia". Decía: "Serías menos orgullosa si fueras a catecismo. El cura dice que todos somos falibles, débiles, es lo mismo, miserables ovejas que el Pastor salva". A veces Joëlle parece una oveja. Cuando no parece un cerdo. No me gustaba la idea de la oveja, me recordaba una frase penosa, una frase que estaba en el aire. Los judíos se dejaron matar como ovejas. ¿Y qué hacía entonces el Pastor? ]oëlle decía: "¿Y lo modesta te viene de tu padre o de tu madre?" Yo decía a ]oëlle: "El valor es más importante que tu modestia. Modestia es la palabra amable para decir pereza". Y se creaba cierta tensión entre nosotras. Con una herencia genética tan pesada, era imposible ser únicamente campeona de natación. Incluso de espalda, especialidad que siempre me ha parecido algo sofisticada. En esa época, poco después de cambiar de vida y de renunciar a los pasteles de chocolate, al queso y a los crepes-de-mantequilla-con- azúcar-y-almendras, ingresé en mi temporada de accidentes. Ser campeona de accidentes me pareció, durante un breve lapso, una cosa bastante válida. Pero debo reconocer que, aparentemente, no tenía ninguna gracia. Durante seis meses, fui como un boxeador que sale del ringo Todo empezó, una vez más, en la piscina. Un puño me golpeó en medio del ojo. Después, alguien se zambulló justo cuando yo pasaba, ciega como estaba por el agua que mi pataleo y el movimiento de mis brazos levantaba, y me aturdió. Al tercer accidente, mis padres, esas hadas inclinadas sobre mi glorioso futuro, decidieron interrumpir temporalmente mi carrera de nadadora. En las semanas que siguieron me abrí el cráneo con un radiador, luego una mano caritativa me golpeó con fuerza la cabeza contra la reja del jardín público. Regresé a casa de prisa y me planté ante el espejo del baño. Vi cómo me estaba hinchando. Como si eso nunca fuera a detenerse. Mi nariz desapareció, solo quedaron los dos hoyuelos para señalar su 9
    • existencia. Empecé a gritar sola ante esa imagen irreconocible, sola en la casa. El tiempo se distendió. Qué se puede hacer cuando una se vuelve loca, me pregunté, llena de pánico. Era una nueva certidumbre, superior a ésa de no poder tener hijos que se hadan por la boca: estaba a punto de volverme loca y, lo peor, pensaba con espanto, no era tanto el miedo a estar loca como efectivamente estar loca y, por tanto, no darme cuenta de que lo estaba; una inquietud bastante legítima, porque estaba enloqueciendo sin darme cuenta. Pero, naturalmente, esto no ocurría ante el espejo del baño ni tampoco se relacionaba con mi nariz rota y mis ojos tumefactos. Yo era una loca lógica como mi padre y poética como mi madre. Los dones de las hadas se pueden utilizar de muchas maneras. Está decidido: no puedo ser campeona de natación. En cambio, estudio latín, matemáticas e historia. Estoy enamorada de la profe de latín. Le copio la voz dulce y el paso contoneado. Me gustaría tener su pelo blanco y, como no puedo, imito el movimiento horizontal de su brazo cuando camina, un movimiento de parabrisas bajo la lluvia, que me parece ideal. Todas las tardes hago todas las tareas de toda la semana. Me paso horas confeccionando listas de vocabulario, me embriago de álgebra, de fechas. Antes de la cena, cada día, calculo mi promedio por materia. Ya no veo a Joëlle. Me aburre. Todo el mundo me aburre. Hablar es una pérdida de tiempo. Mis promedios aumentan y mi peso baja. Todo está muy bien. Todo está muy, muy bien. Me paso la vida delante de mi escritorio, que está en un rincón de la habitación de mis padres. A veces me vuelvo y miro su cama, el cubrecamas rojo desgastado me emociona. Antes de irme a acostar les escribo mensajes que deslizo debajo de la almohada. Nunca los voy a abandonar. Los amo. Mis padres los encontrarán mientras duermo. Estarán felices con su hija mayor tan cariñosa. Tan perfecta. Deslizo mensajes debajo de sus almohadas. Nunca me contestan. Cada vez que escribo: "Siempre estaré con ustedes", pienso: "Algún día tendré que irme". ¿Y adónde iré? Tengo miedo de que un día se mueran. Las notas son todo lo que he encontrado para evitar este desgarrarse lento, esta amenazante fisura del mundo. Son rezos. Y mentiras. 10
    • Y Cora, el bebé y yo les preparamos regalos. Significan horas de trabajo, meses de ahorro. Vamos a Parthénon, una tienda de objetos. Hay lechuzas de greda, ceniceros de cerámica, jarrones, elefantes negros. A mamá le gustan los búhos y las lechuzas, porque su madre es griega y la lechuza es el pájaro de Atenas. Los elefantes le gustan, por su trompa. Le regalamos miles: como echar tierra en un agujero sin fondo. Para papá compramos pipas en un almacén muy oscuro donde reina un severo olor a cuero y madera. Es el único regalo que le gusta. Las pipas. Siempre está contento de tener una más, incluso si no se distingue muy bien de las demás. A pesar de los mensajes y los regalos, me parece que mis padres nunca están satisfechos. Tienen, sin duda, inquietudes o penas que se nos escapan. Es difícil llamar su atención. Y no sabernos casi nada de ellos, porque aprendimos a no hacer preguntas. Un día subimos al Citroen azul. Vamos a Malesherbes, a ver a la madre de mamá, que está muy enferma. Muere algunos días más tarde. Esto deja a mamá en un estado de inmenso cansancio y, a su vez, se marcha a reposar a una especie de jardín tristísimo, lleno de escritores enfermos. Subimos de nuevo al Citroen azul que al arrancar se infla sobre sus neumáticos. La vamos a visitar. Caminamos sin hacer ruido por las alamedas, la grava rechina y los escritores enfermos parecen fantasmas; mamá también. Estamos al otro lado de la Estigia, comenté a papá, o a Cora, o a nadie, porque nadie escucha este tipo de cosas. Mamá regresa con nosotros, no se muere. Sólo se corta el pelo. Tenía una melena demasiado pesada para su cansancio. No se vuelve a poner el abrigo de astracán ni el de oveja. No es época para pieles. Se pon e un chaquetón. Me gustaría arrastrarla a las tiendas para que elija cosas bonitas. Le escojo suéteres y faldas de cachemira que no le gustan. En todo caso, papá no la mira. El también está triste; su propia madre se está muriendo lentamente desde hace demasiado tiempo. 11
    • Un día nos dicen que ya no la volveremos a ver. No preguntamos nada, ni cuándo murió, ni dónde. Hay una especie de nube que impide decir las cosas. Tampoco vamos al entierro, pero estamos obligados a recordarla constantemente debido a los numerosos vestigios de su difícil existencia: barandillas de acero en los muros de las casas donde íbamos todos juntos, campanillas para llamar, y su olor a persona enferma que no notábamos cuando estaba allí, pero que flota y no se disipa con el tiempo. Me extraña que haya muerto. Estaba tan enferma, y desde hace tanto tiempo, que creía que era inmortal. Comentábamos: la abuela está paralizada. Creíamos que una astilla de hielo le había tocado el corazón, como al pequeño Hans en La reina de las nieves. Después, la astilla soltaba su veneno Y su cuerpo se petrificaba poco a poco. Un día, cuando la abuela tenía treinta años, le habían dolido las piernas, tuvo un vértigo. Veinte años después no podía hacer nada por su cuenta. Además de las piernas, el hielo le había llegado a los brazos, no conseguíamos descifrar las palabras que trataba de escribir, la mitad de su cara estaba lisa e inútil, y su lengua, dentro de la boca, se volvía cada día más pesada e imprecisa. Le gustaba pasear en auto con mi abuelo al volante. Le gustaba conversarle mientras miraba el paisaje, pero mientras él se estaba quedando cada vez más sordo, la voz de ella se volvía más y más inaudible y la lengua se le atascaba en la boca. Además, estaba el ruido del motor. Ella se exasperaba con esas conversaciones absurdas. Tenía la impresión de que no querían entenderla. Entonces, él tuvo una idea: compró una radio para el auto. Y volvieron a tener la sensación de que se comunicaban. El marido de mi abuela compró para ella una casa de campo donde vamos todos los sábados después de comer y volvernos los domingos, como todo el mundo. Tiene un pórtico donde ensayamos números de equilibristas, y hay bicicletas. No me gusta llevar amigas, porque hacen comentarios molestos acerca de las mejillas, los ojos y la dicción de mi abuela. También temo las dos comidas, la del sábado por la noche y la del domingo a mediodía, que invaden el día con su terrible ritual. Pasamos dos horas con mi abuela todos los domingos por la mañana. Ella está en su cama, apoyada en varios almohadones enormes. Delante de ella, y sentadas alrededor de una mesa redonda, Cora, el bebé y yo pintamos 12
    • países, pequeños cuadros de yeso, muñecas a las que dibujamos vestidos acanastados de duquesa o vestidos modernos. Tenernos vocación de modistas de alta costura. Nos concentramos bajo su mirada como si estuviéramos bajo una lámpara: muy silenciosas. Nunca se nos ocurriría faltar a la cita una mañana de sol. También hacernos vitrales con papeles transparentes de colores y a veces algunos juegos. Mi juego favorito es el Diamino, por los diablos que pueden reemplazar todas las letras. Siempre contemplo su carita delgada, la perilla. Nosotras comprendemos todo lo que dice la abuela y, como no nos damos cuenta de que su estado empeora, la acompañamos sin hacernos preguntas. Creo que pensarnos simplemente que está vieja. Permanece inmóvil en su cama o en su sillón y pide cosas que los adultos le traen con un fastidio algo pavoroso. Es como un gran animal enfermo que miramos con un temor y un afecto sin nombre. La enterraron. Hacernos exactamente como si nada hubiera sucedido. Pero esta casa de campo -lo único inteligente que he hecho en la vida, dice mi abuelo- no se sostiene sin ella. A mí me parece una trampa. Trato de no asistir a los almuerzos del domingo. Paseo en bicicleta durante dos horas y tengo la sensación de que así ejerzo una libertad indefinible, de que gano algo con ello. No sé qué, pero estoy convencida de que algún día lo sabré. Pedaleo con fuerza, subo cuestas muy largas, no miro nada, trato de que algo salga de mi cuerpo, la grasa, el exceso de carne y algo más, pesado, asfixiante. Me mido varias veces al día el contorno de los muslos con una cinta amarilla y hago trampa en un sentido o en otro para convencerme de que perdí otro centímetro o, al revés, para mortificarme por no haber perdido ninguno. Aprieto los muslos para comprobar que quedan separados. También me mido los brazos. Me peso en cada báscula varias veces seguidas, buscando a menudo un apoyo para seguir haciendo trampa. Eliminé las pastas, todas las formas de patatas, el arroz, el azúcar, el pan, la mermelada, los pasteles por supuesto, el camembert y los helados. Tengo tablas de calorías y un libro de dietética en mi cuarto. Me alegra la idea de que mi estómago se está reduciendo. Los alimentos me invaden la vida, el cuerpo me copa el espacio mental. A pesar 13
    • de las pruebas, de las pesas y de las medidas, me encuentro enorme. Las voces a mí alrededor se alejan, ya no oigo. Las cosas a mi alrededor pierden color. Escribo pequeñas historias sobre cartulinas. La historia de un cerdo goloso que muere por una indigestión de jamón. El cerdo goloso quiso degustarse y no pudo detenerse. Historia de un cerdo narciso muerto por una introspección de jamón, escribo. Me gustaría hacer una ilustración, pero no es posible dibujar eso. La profesora de historia se llama Madame Néré. Es muy morena, española y cuadrada. Puede hablar horas y horas de los cátaros. Me convierto en cátara. Leo la Hoguera de Montségur3, sueño con castillos muy oscuros, de gruesos muros y habitaciones vacías. Me agrada todo lo que está vacío. Madame Néré es protestante. Hago disertaciones sobre la gracia eficaz, escojo a los calvinistas, porque son más flacos -me parece- que los luteranos, a quienes imagino barrigones. Leo libros de religión y libros de ciencia ficción. Un día el encanto se rompe, brutalmente. Estoy adelante y recito. Me sé de memoria los embriagadores textos del libro de historia. Me lleno de cosas que aprendo de memoria. Esto forma parte de la perfección, como pedalear hasta extenuarse. Madame Néré abre la boca y dice: "¡Te estás convirtiendo en un verdadero ectoplasma!" Todo el mundo ríe. Es una palabra terrible. Ignoro su significado, pero me humilla. Estoy desnuda en la tarima. Acaban de revelar algo de mí. Una palabra, que me salpica, ha hecho trizas algo sagrado y secreto. Ya no estoy unida al mundo de los adultos. 3 Libro de Zoe Oldembourg, que narra el ataque y asesinato de los cátaros “los hombres buenos” por orden del rey de Francia, Felipe II, y el papa Inocencio III. 14
    • Capítulo 2 Poco a poco las cosas se vuelven visibles. Poco a poco, los gestos secretos, repetidos bastante a menudo, durante bastante tiempo, caen en las redes de la atención de quienes nos rodean. Siempre. No sé porqué. No sé cuándo, ni como, me vieron mis padres. Me parece, al contrario que mi adorada profesora de historia, que no me dijeron nada. No dijeron cómo has adelgazado, hija. Ni ¿qué te ocurre? Quizás usaron otras palabras que no recuerdo. Se escribe con lo que se olvida. Soy el camino de esos años a tientas, son mis pequeños años negros, casi no recuerdo los hecho, quizás los invento. Recuerdo todos los detalles, los objetos, los gestos y mi enfermedad como si fuera hoy. Mientras escribo estas líneas, casi treinta años después, tengo miedo y lo hago parsimoniosamente, con exceso de prudencia. Lo hago porque creo que es necesario. No puedo evocar esos años sin miedo ni sin vergüenza sin que mi corazón lata, estúpidamente, demasiado rápido. No dijeron nada. Me imagino que fueron a hablar con un médico. Nuestra hija se calla, evita la mesa familiar, casi no come, adelgaza mucho. No creo que hayan hablado sobre mis senos, que no crecían, ni de las reglas, que no venían a pesar de que mi madre me las había prometido hacía mucho tiempo. Me había hablado de ellas con dificultad, no creo que le fuera fácil. Se trataba del algodón que hay que ponerse entre las piernas. He visto esa sangre en el borde de los excusados de los baños, y no me gusta el olor, habría podido decir en un mundo donde se pudiera decir lo que yo pensaba. Ese mundo no existirá jamás, me temo, jamás, a pesar de las insinuaciones y las salidas temerarias, a causa de los retrocesos a menudo anticipados. El médico es un hombre experimentado, un gran profesor que ha visto a millones de adolescentes torturar a sus padres. Dice que esta jovencita necesita cuidados especiales, ocuparse de ella, tranquilizarla. Quizás se interna en terreno personal, aunque no lo creo. Receta tónicos, comprimidos que dan hambre. Con toda la maña que me doy para luchar en contra, nunca me verán tragar algo semejante. El hambre. 15
    • Convivo con el hambre, lo someto, lo domino, lo domestico, lo adormezco Primero es cruel, pero se calma solo, basta esperar. Sé que un caramelo lo engaña. Me gusta sentirlo durante todo el día, justo debajo del plexo, una corriente de aire que me une con el aire del cielo. Considero que el hambre me da una energía inmensa, una ligereza de sarcasmo. Mis pies cargan menos peso y, aunque la inspectora general me ha dicho que yo era larga como un día sin pan y que ahora tiempo me encuentra agresiva y mala -cuando tengo la impresión de que no digo casi nada a nadie y de que circulo como una bailarina-, estoy orgullosa de mi empresa. Aligero el mundo. Romper el círculo de lo pesado, de la avidez, de los desechos, del exceso. Si nada como, nada me comerá. Me salto las comidas, huyo de las cadenas alimenticias, de todas las cadenas. Me embriago de hambre, me exalto con teorías inmensas y aprovecho de ellas los fragmentos que me sirven. Y apenas llegan las vacaciones, me llevan -de pronto sagrada hija única- al sur. Un viaje, dicen mis padres. Museos, hoteles y después estadía en casa de unos amigos en los Alpes Haute-Provence. Me gusta el sol, los roqueríos. Me gusta Uzés, una región escueta, y me gustan los corderos. Creo que mis padres pelean, oigo de lejos el sonido de su pena. No me interesa. Me preocupo de broncearme el brazo por la ventanilla, pienso en no comer, ya que nada me dicen acerca de eso. Paisajes, castillos, piedras antiguas, no veo gran cosa. Comentan que estamos a punto de llegar a las montañas. Que debería gustarme. Es una majada, se accede a pie por un camino de piedras. Se necesitan 20 minutos de marcha sin equivocarse. Arriba no hay electricidad, no hay agua corriente. Voy a dormir bajo una tienda y todos, salvo mi padre, irán desnudos durante el día. Estacionamos el Citroën en la plaza del pueblo y caminamos. El amigo de mi madre y de mi padre ha venido a buscarnos. Mamá parece contenta. También hay una niña de mi edad, rubia, delgada, con senos grandes y con grandes zapatos para caminar. 16
    • Hay demasiado olor de árboles, de flores; la cabeza me da vueltas. Todo, aquí, tiene una intensidad excesiva. De pronto vemos las piedras de la majada, los dos lienzos de muros en terraza. El día se acaba. Todos beben vino rojo. Sé que hay que sonreír, reírse bastante y estar contenta. Soy un trocito de madera a quien enseñaran a vivir. Le temo a todo, a los escorpiones, al vino, a la niña rubia. Me gustan las alfombras de Túnez que hay en el suelo. Me pregunto qué hace allí mi padre; esto no encaja con él. Hace mucho calor. Agazapada debajo de un árbol, cercada de ciruelas reventadas por la caída, ciruelas amarillas, mermelada de ciruelas, leo cuentos de robots domésticos insurrectos, de encantadoras bestias de pelaje azul, de conflictos conyugales en cápsulas espaciales. Por la noche, el amigo de mi madre enciende una barbacoa. Intento tragar la carne, la mastico incansablemente hasta que se convierte en una bola blanca que me llena extrañamente la boca, plof en una mejilla, plof en la otra. Es imposible tragar un pedazo de carne demasiado masticado: como saltar de un trampolín de cinco metros de altura después de mirar mucho tiempo hacia abajo. Escupo discretamente la bola fibrosa en la hierba. Nadie me ve. Pero sí al cabo de tres días: se ve y, sobre todo, se huele. Tendré que pasar por la mesa cuando no haya nadie para recoger mis guarradas. Lo complicado de mi enorme deseo de simplificarme la vida, del gran deseo de pureza que me invade, es que engendra un universo, mi universo paralelo, donde todo es difícil, donde nada se puede dar por descontado. Después de la comida jugamos, ellas hablan, los mosquitos rodean la gran lámpara de petróleo. Dibujo. Dibujar me tranquiliza tanto como los cuentos de robots. Dibujo dinosaurios saliendo de sus grutas, siempre el mismo dibujo. Un día, el amigo de mi madre se asoma por encima de mi hombro. Me pregunta si sé lo que significan los dinosaurios, las cavernas. Se ríe. Salta tanto a la vista, es tan gracioso, esta niñita inquieta que dibuja sexos, glandes, vergas, testículos y cavernas de tan burdo simbolismo. Dejo definitivamente de dibujar. 17
    • Vivo pensando que me pueden desenmascarar. Todo el día temo que esos cuerpos desnudos me toquen, me da miedo mirarlos, incluso a los ojos, a la altura de la frente. En una de las terrazas hay una piscina de plástico, llena de agua algo estancada y tibia donde zozobran avispas y juegan los niños. Desde allí se ve la costa, espléndida, las rocas pardas y rojas. Un poco más allá se ve Italia. El hermano de la niña rubia propone un juego de Yo mando. Nos sentamos en círculo, en el agua, yo ordeno manos a la cabeza, ordeno manos al hombro, ordeno manos a la cabeza, manos a las rodillas. La niña rubia queda eliminada. Vuelve a dar órdenes. Manos a la nuca, manos a los hombros, yo mando manos juntas, yo mando manos al tuitui. No conozco esa palabra, pero entiendo muy bien lo que él quiere decir. Perdí, porque no puedo hacerlo y, además, soy la única que no lo encuentra gracioso. Me ahogo en una taza de té y no tengo ningún sentido del humor. Por la noche, en mi pequeña carpa, me asustan los ruidos y temo que entre un hombre. Durante el día ya no leo, no me resulta. Me tiendo en la hierba, algo alejada de la majada, y persigo grillos y saltamontes. Los atrapo, los amenazo un poco y los suelto para que conozcan la felicidad de existir. 18
    • Capítulo 3 La mujer del amigo de mi madre me besó al despedirse. Ese beso seco y franco me enterneció. Pieno de nuevo en su frente inmensa, en sus piernas de niño africano, la confundo con Atonin Artaud4, de quien me regaló un libro muy bello, lleno de gritos de dolor. En el libro hay una fotografía. El recuerdo del rostro de Artaud junto con la expresión de esa mujer configuran una especie de pregunta. Durante el tiempo que pasamos en la majada, tengo la impresión de que vivió aparte, en su negra cocina, pelando berenjenas y calabacines, rebanando las judías tiernas que crecen en una terraza, más arriba. Me di cuenta de que le gustaban Kant5, el pueblo argelino, Gaston Bachelard6 y su marido. Me pareció que había, en su minúsculo cuerpo de mujer flaca, una pasión que la pintaba de negro, una piedra enorme de pena. Fui todos los días a recoger, voluptuosamente, judías para ella. Me encanta comprobar, que cualquiera sea el tamaño de la ensaladera, siempre queda la misma cantidad. Me digo que allí está la fuente de la leyenda de las judías mágicas. No hay que trepar, el tesoro es ilimitado y como las judías se ven apenas, a eso se agrega un juego que se parece al de los siete errores, de France-Soir, que hago religiosamente todos los días. La mujer del amigo de mi madre no come casi nada, solamente bebe y trabaja. Me siento a su lado y leo cosas extrañas, como Angelus Silesius7. Me detengo en una frase: "La rosa no tiene porqué, florece porque florece". La frase me da vueltas en la cabeza como un cartel luminoso. Estoy convencida de que, de tanto dar vueltas, va a cambiar de naturaleza y algo va a ocurrir. Pero solo sucede que nos marchamos. En el coche hago esfuerzos considerables para broncear equitativamente mis dos brazos. Puedo rodear mi bíceps anudando el pulgar con el dedo mayor. Repito el gesto cien veces al día, como una verificación de mí misma. Mis padres van sentados adelante, como si estuvieran muy lejos, en otro mundo. La llegada a la puerta de Orléans siempre me produce una sensación extraña, confluyen los recuerdos de otros, incontables, regresos a París. Las hojas de los árboles me parecen enormes, escucho el 4 Famoso poeta francés (1896-1948). 5 Filósofo alemán (1724-1804) 6 Filósofo y crítico francés (1884-1962) 7 Poeta alemán (1624-1677) 19
    • ruido de los pasos de la gente y después hay ese olor tibio y polvoriento que me tranquiliza. Me siento feliz, estoy en casa. Cuando era niña, volvíamos siempre de madrugada, temprano, y había que volver a acostar a los niños por dos o tres horas. Cerraban las persianas, nos tendíamos en calzones debajo de las sábanas y no podíamos dormir: estábamos demasiado despiertas, demasiado ocupadas en respirar el olor normal de la habitación, reforzado por el olor a encierro que todo lo había invadido. Escuchábamos los automóviles por la ventana entreabierta. Rayas de luz, haces de polvo luminoso, descendían desde cada ranura de las persianas, lo que creaba un tiempo detenido, un entre-dos-mundos gris claro y amarillo pálido, una tibieza. Ese fragmento de paraíso se me incorpora para siempre cada vez que paso por la puerta de Orléans, sólo por ella. Hemos llegado. Tengo, desde hace un año, un cuarto para mí. Lo he decorado con amor. Estoy particularmente orgullosa de los dos escalones de madera que separan el fondo, donde duermo, del otro sector, donde trabajo. Estoy orgullosa también de las telas, como el yute de las cortinas, un tejido de lana amarillo y ocre. He puesto todo lo que me parece hermoso en esta habitación. Pero es como si no fuera para mí. Y suelo pasar sentada en los dos escalones, directamente sobre el suelo, con un cojín de fieltro burdeos detrás. Cora y yo también concebimos las obras de arte de las paredes de nuestros cuartos. Casi todos son cuadros abstractos, hechos de trozos de vidrio quebrados, despedazados Dios sabe dónde, pegados unos con otros de modo que dejen pasar el día y evoquen pájaros, catedrales y bisontes. Son mis vitrales. Me gusta que haya minúsculos reflejos en las cosas de la habitación. Me parece que tiene un sentido. Como un tanque, se reinicia la vida normal. Cora y el bebé regresan esta noche, dice mi madre. Te gustará volver a verlas, te han extrañado mucho. Es el tipo de frases que abre inmediatamente una pequeña herida. Entiendo: estoy segura de que no tienes ganas de verlas, aunque deberías tener, y, para ayudarte, vamos a inventarte un sufrimiento: te extrañaron, sufrieron por tu ausencia y considero, paradójicamente, con tristeza, que no me extrañaron nada. 20
    • Mi madre tiene que hacerme otras recomendaciones: -Preocupas a tus hermanas, Nouk. Cora está melancólica y el bebé se encierra en sus ensueños. Tratemos de comenzar este nuevo año con buen pie. No escucho. Tengo ante mis ojos una fotografía de Cora con aire melancólico, piernitas flacas, hombros encorvados, saltando una cerca en el Pre Catelan. Y otra del bebé rubio y redondo, de panza protuberante, en un balancín, en su ensueño. -Son así -digo- siempre han sido así. Todo tiene que seguir igual. Me gustan y temo los ritos de la vuelta a clases. Sobre todo los teme mamá, pero acomete cada etapa obligatoria como recorrido de combatiente, una seguidilla de pruebas necesarias, agotadoras, angustiantes y tranquilizadoras a un tiempo. Hay que hacer las compras. Primero la ropa, un nuevo conjunto para cada una, que se compone de una falda, un suéter o un vestido. Hubo un año de faldas casulla, las recuerdo, y uno de faldas-pantalón, de tweed de color malva o verde. En ese conjunto básico se afirmaba mi orgullo de uniforme. Este año es diferente, ahora me importa la ropa. Después viene el dentista, que vive lejos y parece un ogro. Dicen que se ha casado sucesivamente con tres hermanas que murieron una tras otra. La última todavía aguanta. Y por fin está monsieur Lepétre, en la calle del Odeón, Paris VI, que todos los años nos hace plantillas ortopédicas, porque parece que las tres tenemos pie plano; ganas de pie plano, pensaba cuando arrastraba los pies hasta su consulta. Tarda horas, dibuja nuestros arcos plantarios en unos cartones y nos hace cosquillas con talante sombrío. La curva no es fantástica, a pesar de los esfuerzos que hacemos para torcer los pies sin que nadie lo advierta. Después de diez años de zapatos marrón y botitas con cordones, después tanta porfía, de clases de danza clásica, de trenzados, de torturas en la barra, en posición señoritas, de travesías naúfragas por la sala de danza, después de tanta humillación hay algo de fatalidad en esto de no tener en los pies lo que hace falta. Años más tarde formulo la hipotesis de que trataban de extirparnos algo esencial. Estoy convencida -¿de dónde me vendrá esta idea abracadabrante'- de que las niñas judías tienen pie plano, que allí está nuestra marca de fábrica invisible, niñas judías que no lo son, hijas de padres que no piensan en ello ni un segundo, pero que lo son suficientemente como para hacer el esfuerzo 21
    • enorme de las plantillas, de los zapatos feos y pesados y caros que siempre hay que estar rehaciendo. Pienso en los pies extremadamente planos de mi bisabuela Sophie Ellissen, en sus pies planos, en su alta figura negra, su bastón, sus ochenta austeros años. Sobrevivió a su hija enferma, que era mi abuela. En sus últimos años parecía haber suplantado a su hija, como si fuera para siempre la más joven. Esta inversión de roles me parecía un poco anormal y cruel y no tengo ningún recuerdo del momento en que ella, a su vez, se extinguió. Seguramente hubo un rabino y un gran entierro al que no fuimos. En mi memoria, mi bisabuela es una especie de esfinge, muy versada en asuntos de nutrición. Sólo comía zanahorias ralladas, lo que me parece buena táctica para llegar a viejo. Provistas de plantillas nuevas aún transparentes, lo que las distingue de las anteriores, ennegrecidas por la transpiración, nos dedicamos a los útiles escolares, la compra de los libros nuevos y la venta de los viejos donde Joseph Gibert. Todos los niños, creo, gozan con la acumulación de detalles que son las listas que entregan los colegios y que en los días posteriores al inicio de clases son complementadas por las exigencias particulares de cada profesor. Las gomas todavía están blancas, los lápices vírgenes, los cuadernos nuevos, la estilográfica y la tinta, y especialmente los libros, forman como un nido, un tesoro de avaro, una reserva intacta de avellanas, el triunfo provisional de la eternidad y del alba. Conseguí una falda muy estrecha de tela de lana, muy corta, beige, con bolsillos planos donde meto los dedos, rojos e hinchados. Haga frío o calor, siempre tengo las manos heladas. También recibí un par de medias blancas y un suéter de shetland anaranjado, corto y ceñido. Necesito ropa que se me pegue al cuerpo como el hombre invisible al que solo se reconoce por sus vendas. Tengo un sostén que se arruga sobre mis senos inexistentes; me molesta. Este año voy sola donde Gibert, con un gran saco pesado de libros viejos colgando del brazo; el sol de septiembre me acaricia la cara y los árboles empiezan a enrojecer. Cuento el dinero que me dieron y compro un anotador para ordenar mis gastos en útiles escolares. Hago columnas a lápiz, muy rectas. Cuando hayas gastado todo, te daré más, me dijo mi padre. Sentada en un banco de hierro, escribo en la columna de la izquierda: goma para grafito, goma para tinta, lápices de colores, estilográfica, sacapuntas, lápices negros (una caja), estuche, regla, transportador-extraño 22
    • objeto que siempre creí que era femenino, al revés de la ecuedra, objeto masculino de nombre femenino. Escribo: compás. Escribo: fichas de cartulina, tres cuadernos Clairefontaine, un cuaderno de borrador y dos cuadernos de trabajo prácticos, un archivador, cinta dhesiva y goma de pegar y un montón de cotras cosas en las que pienso con amor. Es como una historia. Insensiblemente, y para llenar la segunda columna, me divierto rellenando los precios y sumándolos después, tal como sumaba todos los días el año pasado mi promedio de notas, sin fijarme en la gente que pasa y me mira con expresión extraña. De repente es como si me hubiera gastado el dinero y pudiera volver a pedirle a mi padre. Descubro, con voluptuosidad, los errores. Me levanto y me mezclo con el gentío compacto de los asaltantes de Gibert, lleno de papelería mi canasto, intercambio mis libros y algunos codazos agresivos con la masa cálida de cuerpos sudados. Inventé un juego que se parece a mis pequeñas trampas con la cinta de medir o la pesa: compro algo que no es lo que escribí en la lista y, dentro de lo posible, más barato. El juego consiste en tener todo lo que necesito y que eso se parezca lo menos posible a mi lista, que mostraré esta noche, con orgullo, como prueba de mi rigor económico. Y que será, al mismo tiempo y ante mis propios ojos, la prueba de mi bajeza de falsaria y de mi inventiva. Esta empresa, más bien complicada, me abre una puerta, es algo que se parece a la libertad. Exactamente como adelgazar en secreto, como haber renunciado a la vida de los demás, a sus alimentos, como no volver a utilizar un ascensor. Me siento criminal y ligera. Y encaminada a la riqueza, además. Hasta entonces, no mentía. Y no por opción ni por honestidad congénita: Creía que no se podía. A veces me tenté para protegerme de un castigo o de una reprimenda. Pero sabía que, a semejanza de mi abuela paterna, que nos observaba desde su tumbona con prismáticos para saber qué hacíamos en la playa, era muy probable que alguien me estuviera viendo en todo momento. Un ojo encima, Un ojo dentro de mi cabeza. Sabía perfectamente que las paredes tenían ojos y oídos. Por eso nunca hacía cosas prohibidas; y cuando te acostumbras a no hacerlas, ya ni piensas en ellas. No existen. Ese día de septiembre, un día antes de entrar a clases, orgullosa de mi shetland anaranjado, de mi nueva identidad de ladrona y muy cargada de libros y cuadernos, subía por el boulevard San Michel, en París. Eran las seis de la tarde. Y escuché detrás de mi la voz de una mujer. Viste sus piernas, decía, viste sus piernas, pobrecita mía, parecen los barrotes de la jaula de un 23
    • canario, se diría que viene saliendo de Dachau. O de Auswitch8, como sándwich. Me asustó que tuviera derecho a hablar de mis piernas con medias blancas impecables. Fue como un trueno, una de esas frases que uno no debería escuchar, porque resuenan después en la cabeza durante toda la vida. Me gustaría escribir que me volví valientemente y que le dije, como un miembro de la resistencia, señora, no hay que hablar de la gente a sus espaldas. Y no había canarios en Auschwitz. AUSCHWITZ. Pero por mucho que disponga, como la mayoría, de un depósito de valor muy poco explotado, suelo ser de una cobardía excepcional, y simplemente empecé a correr, llorando, con las bolsas de la librería golpeándome las patas de canario y las puntas de los libros taladrándome los huesos. Y no me llevé las manos rojas a las orejas porque iba muy cargada. En casa, con las bolsas tiradas en el suelo, seguí sollozando. El corazón aún me latía muy fuerte, sin que supiera muy bien por qué. Fui a buscar un libro de fotografías que está escondido detrás de la biblioteca. Está firmado por un tal Jean Françoise Steiner9. Se llama Treblinka. Lo miro y no lo puedo soportar: por eso lo escondí. Ahora tengo que contemplar estas imágenes hasta que me abran algo en la cabeza; un indicio. O una pista falsa. Miro fijamente los ojos de la gente de las fotografías hasta que me saltan lágrimas. Y después creo estar haciendo una cosa horrible. Vuelvo a esconder el libro. No se habla de eso en mi casa. Es indecente y peligroso; curiosidad malsana, porque supera la razón. La razón se encarna en mi hermoso anotador con espiral. Me felicitan por mi contabilidad perfecta. Otra vez tengo cincuenta francos para volver a empezar mañana. Mi padre ha dicho “mi niña grande”, dulcemente y me doy cuenta, triste, de que ese mundo nuevo donde el ojo no nos sigue por todas partes está hueco como un huevo vacío. También me dicen, seriamente, que han pedido una cita con el médico. Iré con mi madre. Es la visita ritual, la visita de rutina, pero de todos modos tengo miedo. 8 Campos de concentración nazis donde se recluía y asesinaba a los judíos. 9 Escritor judío francés que cuenta la historia de los prisioneros judíos en el campo de concentración de Treblinka. 24
    • El médico es un señor tierno y elegante. Vive cerca de Duroc, en un edificio tierno y elegante, una sólo se topa con ciegos en la acera, en pequeños grupos de dos o tres –a veces con un perro-, que se sujetan amablemente, el rostro impenetrable. El médico me mide. Me comprimo. Me pesa y yo me hago lo más pesada posible. Me toma la presión; ahí no puedo hacer nada. Tiene cara de funeral. Me evacuan a la sala de espera llena de juguetes estropeados y de periódicos rotos. Me quedo jugando a los cubos mientras él y mi madre se entrevistan. Tardan mucho, aparecen, mi madre sale y yo entro. Todo este tejemaneje es ridículo; como si estuviera amenazada, casi presa, acusada por lo menos. Me dice que me han dejado en paz durante todo el verano y que no supe usar bien esa paz provisoria. Me dice que soy inquietante, que podría ser tan bonita si no estuviera así, esquelética. Dice que vamos a hacer un trato entre los dos. Repite una letanía que conozco de memoria acerca de la necesidad que tiene el organismo de lípidos, proteínas, féculas, vitaminas, glúcidos y minerales. Dice que estoy en peligro. Y mi corazón late. Profiere amenazas. A los treinta, se me van a caer los dientes y mis huesos se van a pulverizar. Me habla seriamente, de adulto a adulto, no debo dejarme llevar por una moda ridícula, por las revistas, por Twiggy10, esa modelo. El encanto femenino está en las formas. Vamos a hacer un trato. Sus palabras resbalan por mi cuerpo, trato de cerrarme por entero para impedir que unas pequeñas imágenes de muerte se deslicen por los intersticios de mi ser, sus palabras resbalan en mí, caigo en un miedo animal, me siento acorralada. Y perturbada por una ligera impresión de desprecio, cómo pueden acusarme de copiar los consejos de una revista, me toman bastante en serio, como si hiciera un régimen para estar flaca. Hago un régimen para adelgazar, tengo la boca llena de caries y mis dientes se van a caer, estoy segura. El malentendido es total. ¿Son las malas palabras, es el tono inadecuado o soy una pequeña cabra imposible de salvar? El trato es simple. El doctor deja entender que no soy la primera en hacerlo, ha habido muchas, sobre todo en estos tiempos, algunas han 10 Famosa modelo, actriz y cantante inglesa de la década del 60, destacada por su extrema delgadez. 25
    • jugado el juego y se ha ganado la partida. ¿Quién la ganó? A algunas les ha faltado voluntad. Si Ud. sigue adelgazando no podré hacer nada, dice el médico con frialdad y me tiende calurosamente la mano. Nos veremos dos veces al mes, para pesarla. No debe perder un solo kilo. Sus padres, por su lado, vigilarán su alimentación. No digo nada. No sonrío. Pienso no me atrapará usted tan fácilmente. Pienso no ganará usted la partida, usted es el enemigo. Estoy extremadamente sola. No saben hasta qué punto me siento fuerte, resuelta y en buenas condiciones; simplemente mi camino no es otro y ellos no entienden nada. Lo único que me preocupa es la punta de mi lengua, que se mete en el agujero de un diente. Temo que les ocurra algo a mis dientes. El dentista, cuando sacó sus enormes tenazas de mi boca, coment´ço que seguramente los dientes me rechinaban por la noche. La vida se vuelve muy difícil para todos. La casa se llena de gritos y de silencio. Cada comida degenera en una crisis abierta. Mi padre me sirve después que yo me niego a servirme. No pruebo nada. Las albóndigas de carne y los tallarines se enfrían, las despachurro un poco. Siempre hay un par de ojos clavados en mi plato. No puedo tragar, el contacto con una rodaja de tomate me horroriza; no puedo doblar una hoja de lechuga para que entre en mi boca, sobre las patatas cae una prohibición intransgredible, el arroz me asfixia, las judías verdes se me atraviesan en la garganta, estrangulada por las lágrimas que he tragado. Cora y el bebé, petrificados, bajan los ojos, el trueno y el relámpago. Mi boca empequeñece cada día que pasa y mis dientes se aprietan más y más. Tratan de meterme cosas en la boca, creo que tratan, forzosamente, porque la situación lo exige, y yo escupo. Sollozo, me torturan. Mis padres me torturan. Me dicen hasta qué punto me estoy haciendo daño. Entristeces a tu madre, ella llora. Desesperas a tu padre, está furioso. Me doy cuenta. Ya no podemos hablarnos. No hablo. Hablo todavía con mis hermanas. Deja a tus hermanas fuera de todo esto. De todos modos les hablo. Deberían estar de mi lado. 26
    • Los días en que este enfrentamiento físico se vuelve muy agotador, me hago la traviesa, obro con astucia. Me sirvo un poco de carne, que mastico durante horas, y después deposito las bolas blancas en la servilleta. Tiro el arroz debajo de la mesa, lejos de mi lugar, para ganar tiempo. Un día descubro que puedo vomitar la comida más líquida, el puré, la carne molida, algunos postres, la crema de chocolate. Descubro este truco diabólico un día de violencia. Los tres corrimos un trozo de costilla alrededor de la mesa del comedor. Hubo un silencio. Voló una bofetada. No podría decir si mi madre me golpeó o si yo alcé la mano. Me parece que todo el mundo puso algo de su parte. Nunca me habían pegado, aullé. Las bofetadas no son como las palmadas en las nalgas, las lágrimas brotan sin que uno quiera. Quizá mis padres se digan que debieron hacerlo antes. Las bofetadas son odio, pensé. Y desde entonces habitan en mí el odio y la astucia. Vomito. Como muy poco, el mínimo, justo lo que hace falta para evitar otros enfrentamientos físicos. Vomito y progreso, vomito cada vez mejor. Muy pronto no necesito meterme un dedo en la garganta. Me basta un simple movimiento abdominal: empujo el plexo y me siento aseada, limpia y de nuevo dueña de mi destino. Tengo un solo problema: como disimular mis maniobras y eliminar ese olor tan identificable. Me paso el día abriendo el tragaluz y las ventanas de los baños por donde paso. Después me enjuago la boca y me lavo las manos. Me mojo también los ojos, enrojecidos por el esfuerzo. Estoy convencida de que nadie puede notar nada y la vida resulta más fácil para todo el mundo. A los quince días, voy sola al médico. Hago eslálom entre los ciegos, hago muecas a sus perros. Me subo a la pesa. La aguja oscila alrededor del 36. No seguiré asumiendo la responsabilidad de controlarla por mucho tiempo más, dice el médico, en tono glacial. Me siento débil. Le digo que voy a esforzarme. Llega el otoño, tengo frío todo el tiempo. Voy al colegio con las manos heladas, la nariz roja y los pies congelados. Como si hiciéramos un trabajo de hormigas, ya no me aprendo los teoremas, ese fárrago me parece absurdo y sin objeto. Me dedico a interrogar majaderamente a los profesores de Biología, al profesor de Matemáticas; que me expliquen dónde quieren llegar, qué relación quieren establecer entre esa mortal seguidilla de ecuaciones, integrales, logaritmos y los problemas reales de la vida real. A 27
    • veces tengo intuiciones que me parecen magníficas. Visiones sobre el microcosmos y el macrocosmos. ¿Un átomo no estará hecho exactamente a imagen del mundo? Esto pregunté, suplicante y radiante, a la hermosa profesora de química. Me invita a la modestia, me recuerda que no sé nada y me aconseja, al igual que sus colegas, que abandone mis ensueños y escuche las clases. No puedo escuchar las clases, tengo la cabeza demasiado o aprendí en exceso el año pasado, así que callo, me quedo leyendo al fondo de la sala o hago como que leo. Mis ojos están puestos en las líneas del texto impreso, pero floto. Nunca he tenido tan malas notas desde el antiguo y memorable día en que reprobé un examen de latín para hacerme popular. De hecho, fue un fracaso lamentable. Recuerdo perfectamente ese día negro. Lloré y ninguna de las niñas avispadas de quienes esperaba comprensión me dedicó una sola sonrisa de simpatía. Tampoco me invitaron a la fiesta de Rita Donsimoni, a pesar del disco exclusivo de Johnny Halliday que pedí que me regalaran para la velada. Fue una maniobra demasiado complicada, nadie se dio cuenta y seguí siendo la chica excesivamente seria y demasiado adelantada a la que nunca invitaban. Al fondo de la sala, como semillas de girasol. Es mi único alimento, además de caramelos de leche y avellanas. Tengo algunos problemas con las cáscaras. Y también con los caramelos, son tan grandes que me llenan la boca. No los masco, espero que se diluyan; una especie de bostezo azucarado de tapón. Sentada al fondo de la sala, frotando mis pies congelados y luchando contra un nuevo mal, los calambres, que me atacan a cada momento, soy invisible y leo a Gastón Bachelard, relatos de medicina antigua, de los tiempos en que se creía que el cuerpo era presa de humores espesos o líquidos, negros o amarillos. Leo Le Nouvel Esprit Scientifique, porque adoro el pensamiento antiguo, totalmente no científico, un universo de buenas materias y malos sortilegios, de lavativas y polvos de salamandra. Por otra parte, sospecho que Gastón Bachelard –cuya cara miro muy a menudo en la contratapa del libro, con su barba tranquilizadora y sus ojos dulces- es como yo. Eso me da una idea para luchar contra el positivismo, la balanza del doctor. Antes de ir a verlo, preparo unas botellas de agua, las ordeno furtivamente en la cocina, rezando para que nadie entre. Lleno tres o cuatro. Tres o cuatro litros es igual a tres o cuatro kilos. Bebo. Me duele, pero es necesario. Tengo la impresión de que voy a explotar, pero me siento muy ducha, muy astuta. En el bulevar ya no hago muecas a los perros de los ciegos, lo único que trato de hacer es poner un pie delante del otro. Arrastro 28
    • mis pies planos, uso excepcionalmente el ascensor, lucho contra unas terribles ganas de hacer pipí que, como se sabe, pueden volverse dramáticas en un ascensor. Ya está, estoy en la balanza y la aguja marca 36. No parece reparar en mi aspecto de niño de Biafra, ni en mi palidez mortal. Sólo dice “hasta dentro de quince días”. Salgo arrastrándome, entro a una cafetería, me precipito al baño y, finalmente, exploto. Tengo miedo de morirme –me duele tanto–, de transformarme en un surtidor, en un géiser de agua y de bilis. Me desmayo un poco, me sucede a menudo, pero gozo con ese resbalón furtivo al otro lado del espejo. Nadie me detiene cuando desemboco en la gran sala de la cafetería, los ojos hundidos, el aire perdido y ciertamente culpable. Siempre me sorprende que no me arresten. Desde hoy tengo una doble vida. La vida oficial, en la que aparentemente acato lo que esperan de mí. Y luego mi otra vida, la verdadera, con Gastón Bachelard y las 11semillas de girasol, con Más allá del bien y del mal de Nietszche12, que descubrí por casualidad y que leo como libro de magia, mientras chupo los enormes caramelos que compro con el dinero que sustraigo de mi presupuesto. Siempre estoy sola, sentada en los escalones de mi cuarto, y trato de simplificar mi existencia, de hacer sólo los gestos necesarios además de algunos movimientos de gimnasia para endurecerme aún más el vientre y los muslos. Mi madre filma una película para la televisión. El actor principal es rubio y atractivo. Me impresionan el pelo negro y corto y la nariz delgada de su mujer. Un día vamos a su casa, sin mi padre, a escuchar a los Beatles. Probablemente sea una cosa alegre. Todo esto me da un miedo espantoso. Confusión, pensé, asuntos del diablo. Quiero orden e inmovilidad. Cuelgo de un hilo, camino de la perfección. Me parece que a mi alrededor hay mucho ruido, mucha gente, mucho movimiento. Todo me atemoriza, camino por mi hilo, el menor golpe me puede tirar. Me sobresalto cuando me hablan. Me cubro la cabeza con una 11 Fallido estado africano que proclamó su independencia de Nigeria en 1967 y debió rendirse en 1970. En la zona ha habido constantemente hambrunas. 12 Filósofo alemán (1844-1900) 29
    • especie de kipá13 negro de terciopelo. En el metro leo en voz alta el Heautontimoroumenos, convencida de que eso tiene un sentido. Todo va a seguir así, eternamente. También sé que no puede continuar, pero no veo nada adelante, no veo nada, no tengo ninguna esperanza. Un pequeño infierno ha reemplazado la vida de antes, insensiblemente, no veo la diferencia, sólo veo mi hilo. Mis esfuerzos para respirar mejor, mis movimientos, rarifican el aire, me ahogo sin pausa, me diluyo en la tela, me creo muy astuta, sufro, pero no lo sé. Capítulo 4 Estamos en un acantilado, los pájaros de mar nos circundan. La arena está desierta, allá lejos, allá abajo. Es un día hermoso y frío, es el día de Todos los Santos. Por el descampado, casi amarillo, pasan adolescentes en filas de dos en dos. Miran hacia abajo, tienen la nuca afeitada. Son de un recinto penal, dice la amiga de Cora, que nos ha invitado. ¿Nos invitó a las dos o yo me incluí, me impuse? ¿Entonces, hay cárceles para niños, se están fugando? Me parece que los empujan con unos palos. Me parece que una nube de desesperación los rodea. Me parece que los conozco. Los cormoranes y las gaviotas chillan cuando nos acercamos. Son miles, que se reúnen en ceremonias secretas. Cora y su amiga recogen brezos, escalan las rocas que bajan hacia la cala y gritan de felicidad cuando ven un alga. Me siento tan débil, ya no sé cómo se admira un gijarro, un trozo de vidrio pulido por el mar, cómo se hace para esperar el hallazgo de una amatista. Hace tiempo, en otra parte, en los acantilados del Cabo de la Cabra, había amatistas pálidas, a veces con puntas de un violeta intenso, con las cuales una suponía hacer fortuna. La gruta Verde sólo aparecía cuando la marea estaba muy baja. Le temo al viento que me acuchilla y a esta casa de costumbres desconocidas donde me siento bajo vigilancia. Tengo miedo de que adviertan mi extraño comportamiento, de que me hagan preguntas, de que me oigan vomitar. 13 Gorra ritual judía. 30
    • Y luego hay otro día. Siempre azul y limpio. Estoy en el acantilado, sola. Y los presidiarios pasan como todos los días. La madre de nuestra amiga se sienta en un trozo de roca, a mi lado. Me pregunta qué me parecen unas costillas para la cena. Le digo que no me gusta la carne. Pienso en los animales cuando me los como. Aquí no se pueden evitar los corderos, prisioneros en esta isla donde comen hierbas y después serán comidos. Esta frase me parece muy bella, la marca, el sobrio testimonio de mi sentido trágico, de mi extremosa sensibilidad. Ella alcanza a decir que también hay tomates. El frío especial de los tomates. Dice que cuando era más joven “fui anoréxica y me curé”. No hago preguntas. No conozco esa palabra, pero le agradezco que la haya pronunciado. Todavía hoy siento un agradecimiento especial por esta escena del acantilado. Es uno de los momentos más valiosos de mi vida. Cuando volvemos, la casa está a obscuras, casi ha caído la noche. Creo que la ayudo a preparar las costillas. No le importa si no me las como. Regresamos a París unos días después. Esto ha sido un pequeño paréntesis, que olvido. Me sumerjo brutalmente en el surco de malas costumbres que se ahonda cada día más. Lo olvido por completo. No lo olvido en absoluto, porque, diez años más tarde, recordaría estas palabras: “Me curé”. La convertiré en mi tabla de salvación. 31
    • Capítulo 5 Este es un relato. Ha pasado un cuarto de siglo. El lapso me parece inmenso. Lo reviso, es así, siempre creo que exagero, pero lo peor es comprobar, volviéndose y mirando de soslayo, que la exageración es la verdad. Este es un relato, el relato discontinuo de lo que llamo la época en que enloquecí. No quiero mirar esa época desde mi presunta altura actual, no estoy muy segura de que resulte interesante. Querría que sea gracioso. Que al menos divierta a la gente. No estoy segura de ser muy graciosa. Una de las posibilidades es olvidar esta historia. Tengo un montón de libros que escribir, olvidé cuáles, pero tengo libretas tapizadas de notas, llenas de personajes verdaderamente trágicos o divertidos, barcos llenos de locos que entre ellos se martirizan con ternura y que tienen la inmensa ventaja de que apenas los conozco. Eso no puede dañar a nadie. También puedo no escribir nada de nada. La lectura otorga placeres igualmente grandes, sobre todo cuando se lee pensando en lo que se podría escribir; cuando se lee soñadoramente. Pero advierto que estoy obligada a continuar el relato de Nouk, de Cora y el bebé, tal como se está obligada a terminar el aseo de la casa cuando ya se ha empezado. Escribir un libro es como hacer el aseo, primero lo que realmente nos gusta, apilar en orden, objetos en su lugar, decoración, decoración recuperada, cama y vajilla, y después el resto, las cosas aburridas, donde hay que decidir, quizás eliminar, como la parte superior de los armarios; todo eso puede esperar. Llego a una zona donde no me gusta ir. Habría preferido quedarme un poco más en la isla, porque era un bonito paréntesis, dulce, luminoso. Me repugna volver a zambullirme en lo que me parece una cloaca. Me enseñaron que lo primero que cabe esperar de quien escribe una historia es honestidad. Honradez artesanal. Nouk vuelve a casa. Ahora come pastillas. Compra bolsitas de 150 gramos y las deja en el escalón donde vive. Se preocupa mucho del bebé. Según ella, lo persiguen. Tiene que defenderlo. El bebé es rubio y hermoso, pero al doctor, que interfiere francamente en todo, le parece demasiado gordo. El bebé no debe seguir comiendo azúcar, ni féculas, debe bajar de peso, y Nouk debe engordar y 32
    • Cora tiene que arreglárselas como pueda, lo que no es fácil en una casa donde aparentemente cada uno está conminado a hacer lo contrario de lo que hace. Alimentar clandestinamente al bebé se convierte en la obsesión número dos de Nouk. Se trata de colocar cerca de su hermanito maltratado la mayor cantidad de chocolates, de bombones Suchard, de galletones de chocolate, de todas las golosinas posibles. Es una guerrilla. Y el bebé parece contento con este apoyo y estas conmovedoras atenciones. Nouk lo considera un prisionero a quien aligera sus desgracias. Le lleva también lecturas prohibidas, diaruchos sin ciudadanía en la casa. Defiende el derecho de los niños a ser niños, a leer bobadas, más aún si se lo impiden. A veces cree ser el amigo malo de Pinocho, que el bebé es esa marioneta que tanto desea ser un niño de verdad y que se deja arrastrar a la Isla de los Placeres. El gran problema de Nouk es el dinero. No tiene suficiente dinero para las pastillas, los bombones, las revistas ilustradas, para los bollos, los caramelos, las revistas ilustradas, para los bollos, los caramelos, las revistas gigantes tipo Picsou o Akim, y tanta cosa cuyo nombre he olvidado y que resulta increíblemente numerosa cuando empiezo a explorar el filón. Podría meter mano en los bolsillos de sus padres, pero no se atreve. No puede. Creo que lo piensa, pero no puede llevar esto a la práctica. Descubre una librería de saldos, muy cerca de su casa. Lleva allí libros de arte, pesados volúmenes que saca discretamente de la biblioteca de sus padres. Pide precios irrisorios por gruesos libros de pintura. No vende los que más le gustan, la obra de Jeronimus Bosch, los cuadros de Giotto y de Fra Angelico. Me pregunto quién es el tipo que compra por veinte francos libos bastante más valiosos a una niña de catorce años. Nouk tiene ahora una vida llena de ocupaciones secretas. Caminar por París a merced de los cafés, alimentar a ultranza a su hermano. Comer pastillas y vomitar las comidas que le imponen. Vender libros de arte para comprar horrorosos folletos de nombre absurdo. Cada cierto tiempo sobrevienen crisis brutales. Una de sus tretas queda al descubierto. Llora, está asustada. Se encarama en el dintel de la ventana y dice: voy a saltar. Pasa de verdad una pierna y se tambalea, siente que tendrá que hacerlo y estrellarse mucho más abajo. No salta, espera y luego recoge la pierna; agotador. 33
    • Se halla presa de sus obsesiones, como se dice. Traer cada vez más pasteles, bombones, encontrar nuevas cosas exquisitas. Tienes que dejar tranquila a tu hermana, le dicen, le estás haciendo daño. ¿De dónde sale todo el daño de que la acusan? Sabe que sólo puede descansar pagando un precio: que el bebé esté atiborrado y que ella, Nouk, sienta en el vientre los calambres vertiginosos del hambre. La tienda del liquidador de libros se llama Kalevala14. Adoro ese nombre, adoro las historias extraordinariamente rubias y violentas que oculta. Las he leído veinte veces y guardo un recuerdo vago de mujeres atadas por la cabellera inmensa, de mujeres arrastradas por el pelo, de hombres y mujeres que los celos despedazan en un paisaje de rocas, de glaciares, de oleaje tempestuoso; todos llevan coronas de reyes, de reinas, de dioses y se gritan, se odian y se aman. Los hombres tienen lanzas en la mano, mazas cubiertas de púas, músculos enormes, y las mujeres, escotes de donde brotan senos enormes. Hasta los nombres tienen sonoridades feroces. En las puertas de la verdad, sueño que deslizo la mano y que se cierran. Golpeo la puerta de Kalevala. Voy a vender libros robados. Obtengo muy poco dinero. El saldista acepta todo lo que le llevo, pero las reservas menguan y acometo los libros de la primera fila, los muy visibles y cuya ausencia se distingue como un diente menos. Los libros que desaparecen de la biblioteca reaparecen en el escaparate de Kalevala. Mi madre pasa delante de la tienda, no se le escapa la coincidencia. Me ha cogido. Sin embargo, no ocurre nada, no me dicen nada. Yo no digo nada, no me dicen nada. Dejo de vender libros. El saldista ya no quiere más. Intento, obstinadamente, venderlos más lejos, en otros locales. Tampoco funciona. Leo el anillo de oro de los nibelungos y busco en él la clave. ¿Cómo vivir en un mundo así, cómo escapar de éste? Trato de huir de la muerte, de los sentimientos, de los celos de los dioses, de los sentimientos que preparan para los que aman, para los que viven. Armo mi pequeña mezcla. 14 Es el nombre de un poema épico finlandés compilado por Elías Lonnrot. 34
    • Nouk, robot esquelético y malvado, poseído por el diablo, sigue su órbita. En ese lapso, Francia se moderniza. Digamos, en todo caso, que la casa se moderniza. Una alfombra reemplaza al linóleo, el nuevo refrigerador y la trituradora instalada en la cocina lo atestiguan. La trituradora fascina a Nouk. Según sus inventores, debería sustituir a los basureros, enmascarar la loca inflación de desechos que acompaña al progreso. La trituradora, según Nouk, es como la absolución de los católicos (aunque de ésta nada sabe). Allí se tiran los pedazos de pan apolillado que sobran de las comidas, las cáscaras de queso, los huesos de pollo, los despojos de las chuletas con jirones de carne colgando. Se aprieta un botón y con un estrépito regocijante, la trituradora ejerce su oficio. Todo desaparece. Otro nuevo accesorio: el aspirador de mesa, que se come las migas del mantel. Ahora se puede comer sin dejar rastro. El refrigerador también participa de la nueva visión del mundo. Es más bien un armario, un armario lleno de cajones de plástico opaco. Al abrirlo, nada sobresale. No hay olores. Los huevos, la mantequilla, las ciruelas, los tomates, las alcachofas, los petits- suisses y los pepinos, los calabacines y la crema fresca, los yogures y los bifes parecen pasteurizados, parecen tan incorruptibles como la loza o la porcelana. En todos los alimentos ya aparece la fecha de caducidad. La madre de Nouk cambió de costumbres. Ahora hace encargos, puntea catálogos, llama por teléfono a Inno, un refrigerador central que alimenta a miles de enormes refrigeradores locales. Desembarcan el pedido en casa, ordenado en cajas cuadradas; botellas de desinfectante y pasteles, barras de chocolate y detergente, bandejas de fruta, verduras, productos lácteos etiquetados, fechados, cubiertos de números que los definen en julios, en calorías, en vitaminas, en sales minerales. Nouk especula. Se siente invadida por la avalancha. Imagina un mundo donde se come una sola cosa, un solo plato de un solo color. Observa a la gente que come mientras piensa en la mezcla repugnante de alimentos que, tras haber estado tan apretados en sus envoltorios, se desenfrenan y multiplican los olores. Últimamente, ahora que la Navidad está cerca, Nouk se alimenta de ositos rojos de caramelo, que vomita como de costumbre. Un río azucarado, como una cinta que saliera de su cuerpo. Es ilógico y Nouk lo sabe. Cree que ha separado los alimentos en dos grupos, los que le imponen y que vomita para proteger su integridad, y los buenos, que no pesan en su estómago encogido. Pero los que no pesan, igual pesan. Y este sistema perfecto también se desajusta. 35
    • Nouk vomita todo, los ríos se mezclan. Ayunar se vuelve una esclavitud. El cuerpo puro de Nouk está magullado por el frío, sus brazos se estiran y los dientes le duelen, los pies se le llenan de sabañones, la boca se le agrieta y se le quiebran las uñas, los huesos de sus nalgas sobresalen y le hacen daño al sentarse. Es un espíritu ambulante, es una boca inmensa, sólo es una boca. Nouk camina horas por París, avanza por calles oscuras con los brazos cruzados contra el torso, atenta a que no la sigan, se precipita en todas las panaderías, compra galletones de chocolate recién salidos del horno, tartas de manzana que la escaldan, baguetes enteras, tartas con crema, éclairs. Cuando está a punto de ahogarse, se detiene, entra a un café, baja temblando la fétida escalera que conduce a los baños, evita mirar las terribles inscripciones que cubren las paredes, coloca sus pies sobre las posaderas de loza de los cagaderos turcos y expulsa con alegría, con vergüenza, la pasta caliente, mezclada, de los pasteles. Se ensucia a menudo la ropa, se siente mancillada. Los días son muy breves. Tiene que seguir consiguiendo dinero, luchar durante las comidas oficiales, escapar de las fibras maléficas de los platos que su madre prepara con amor, tiene que deslizarse en secreto cerca del bebé, meterle en la boca los tesoros anunciados, inmovilizarle, envolverle las piernas con lana suave, crearle un paraíso. Los paraísos inventados por Nouk se pudren por dentro. La televisión ha entrado en la casa. Mi madre trabaja en la televisión. Es guionista de ORTF15. Estamos orgullosos. Todas las tardes nos sentamos en círculo para ver un capítulo de su teleserie. Cuando éramos muy pequeñas, sabíamos que ella era la autora de una radionovela famosa que daban en RTL16 justo después de comer. En la nueva vida, la que me da miedo, la gente ya no come en casa a mediodía y la teleserie es en la tarde, justo antes de la cena. No tenemos recuerdos de la radionovela, sólo recordamos los orgullosos que estábamos. Y conservamos en el oído la cortina musical de Végételine, que hace patatas fritas ligeras y tiene un olor especial. Para Nouk, la teleserie de mamá es una variante en torno al olor a Végétaline. 15 Oficina de Radio Teledifusión Francesa. 16 Es una corporación europea que incluye diversos medios de comunicación, especialmente radios. 36
    • La televisión tardó en entrar en casa, es el diablo. Los niños pasarán toda la vida pegados a ella. La tele es como la isla del Placer de Pinocho, una fuente inextinguible de granadina y caramelos, el fin de los libros, del esfuerzo, de la imaginación, del estudio. La televisión es el triunfo de la tontería, en blanco y negro y pronto en colores. Es Estados Unidos que nos va a tragar, una manipulación azucarada y solapada, un embudo, el embudo del consumo. Por lo tanto los niños miran únicamente la teleserie de su madre, de ocho menos veinte, a ocho de la noche. Nouk aprovecha para maniobrar cerca del bebé mientras todos los ojos están clavados en la pantalla. Actúa como un asaltante, que también podría ser Robin de los Bosques luchando contra la injusticia de quienes quieren privar de dulzura a su hermanito. Es un hada madrina con los bolsillos de la bata repletos de galletas, de trozos de chocolate ocultos en sus mangas de maga. También es una bruja, porque oye la vocecita agria de su cabeza murmurar que está haciendo daño, que la envidia y el miedo disfrazados de compasión le guían la mano hacia la muda boca del bebé. ¿Sufre este niñito desgarrado entre dos voluntades contrarias? ¿Cómo podría resistir la aparente dulzura de su hermana mayor, su discurso silencioso, esta lucha de influencias en que se juegan lealtades y traiciones infantiles? Me doy cuenta de que Nouk, para soportar algo misterioso, la ahoga bajo su égida17, la atiborra de tortas bretonas. Me doy cuenta de que Nouk ha resbalado, ya no sabe qué es el amor, qué es el odio, confunde todo, sus categorías personales ahora ya no son los sentimientos, no más gritos, no más lágrimas, no más pena. Existe el movimiento, las caminatas que hace, los alimentos que traga y que hace tragar a su hermano, y esa inmovilidad. Está la boca que traga y la que vomita hasta la bilis. Cora, rehén, guarda silencio. A veces acompaña en sus periplos a su desorientada hermana mayor. Caminan con caramelos en los bolsillos. Sus orejas se llenan de veneno, el veneno vertido por la boca amarga de Nouk, la misma que antaño vertía frases de cuentos, la historia de Vassilissa Prekrasnaïa, “la muy bella”, los Cisnes salvajes y las Bestias encantadas. Cora se aferra, sin duda, a ramas desconocidas de mi misma, a briznas de lógica, de razón y de amor filial. En el torrente que arrasa con todo, ella resiste. No sé cómo hace. 17 Originalmente corresponde al nombre de la coraza de Zeus, por extensión, se usa como sinónimo de protección. 37
    • En la pantalla de la televisión, una joven de mejillas perfectas, inventada por mi madre, se inicia en las cosas de la vida, dice las palabras de la superficie asoleada del mundo. La sombra de los muertos hace su trabajo sucio en nuestro salón vuelto a pintar. Nouk y el bebé son los dos polos entre los cuales enloquece la aguja imantada de nuestra existencia. Al mismo tiempo, por ahí, una mujer pregunta si el Diablo existe. El sabio le responde que existe. Y que todo lo enreda. 38
    • Capítulo 6 Nouk está en el baño. Se enjuaga la boca, masca pasta dental, se lava las manos y moja sus ojos enrojecidos. Se dedica a su ajetreo de después de cenar, con el corazón palpitante y a puerta cerrada. Ahora le sucede que, debido a la lentitud de la comida, al silencio, y a los minúsculos movimientos de gente alrededor de los platos los alimentos se resisten a la purga. Las patatas rellenas; cálidas, quemantes, tranquilizadoras, la hacen olvidar todo algunos instantes. Y luego se convierten en veneno y plomo en el estómago. Nouk cree que el veneno llegará a sus venas y conquistará su cuerpo si no corre a su querido recipiente. Pero las patatas rellenas son un alimento que no obedece a las contracciones. El pánico se apodera de ella entonces y cree que se va a morir de pronto; me matará un trozo de patata, con la cabeza en el excusado, las venas en el cuello dilatadas. Me estrangulo, toso. Odio la tos, ese signo precusor de la muerte. Nouk se dirige, lo más calmadamente que puede, al baño a beber agua. El agua la salva siempre. Bebe en el grifo con el cuerpo torcido para ahogar en una marea purificadora a los alimentos reacios. El Ganges18 atraviesa a Nouk, que por fin vomita, lavada. Nouk está en el baño, se lava una y otra vez, bebe y enjuaga el interior de su cuerpo. Está, estará limpia muy pronto. Cree percibir su cuerpo, lo de adentro y lo de afuera separados por un delgado tabique; friega con brutalidad ese objeto insostenible. Golpean, se asusta. Quita el pestillo con la mayor sangre fría posible, como una criminal cogida in fraganti que se seca en la espalda las manos llenas de sangre, como un vampiro atrapado por la luz del día. ¿A qué policía temo? A mis pies yace la balanza. Mi padre me ordena que me suba, tiemblo y me niego. Lloro. Digo que no tienen derecho a pesarme por sorpresa, invoco el derecho elemental de las personas a no ser pesadas por sorpresa, es una trampa innoble, una trampa y estoy dentro. Creo que entonces me suben a la balanza como a una condenada y todavía resisto, me debato. El mundo se desmorona, el frágil edificio que yo creía tan sólido sólo es la cabaña de paja del cerdito. La balanza indica 29. Veintinueve es el fin del mundo. Me advirtieron que no cayera más abajo. Estoy más abajo que la tierra, tengo vergüenza y tengo miedo. Me dicen palabras terribles. Que traiciono todas las confianzas 18 Río sagrado de la India. En la religión hindú, se cree que el Ganges es una diosa que baja del cielo y que al sumergirse en sus aguas se purifica el alma y el espíritu. 39
    • y que no respeté el trato. Me dejaron tranquila durante meses, contando con mi inteligencia y apostando a la confianza, base de las relaciones humanas. Traicioné, engañé, les hice creer mentiras, creyeron en mi buena voluntad. Pero se acabó. Me dejan sola y lloro sentada en el suelo, junto a la balanza. Los brazos me cuelgan, la cabeza me arde, los ojos me arden, ya no sé nada. Mañana irás al médico con tu madre. No hago más que repetir que no tienen derecho a pesarme por sorpresa. No tenían derecho. He perdido la partida. Me van a detener. Vamos al médico como si fuéramos donde el juez. Él está melancólico y de su boca también salen frases que me acusan. Una palabra que resuena, confianza, no podemos tenerte confianza. Has perdido nuestra confianza, definitivamente. Son las palabras del abandono. Los hilos que me unen a los demás, marioneta entre marionetas, se cortan, mi corazón se quiebra y se seca. Tienen que creerme, aunque mienta, aunque haga trampa, sobre todo si miento. A partir de ahora, me callo. Donde el médico, me callo. En el largo pasillo de la casa donde a veces nos cruzamos, me callo. Es un silencio intolerable. Para Nouk es un silencio normal, me doy cuenta años después. No tengo nada que decir y mis palabras nada valen. El médico me envía donde otro médico, muy lejos. Creo discernir en las comisuras de su boca arrugada un poco de solicitud, fugaz. Hablan entre ellos, esto es un pretorio19, es un juicio, espero, sé que algo va a ocurrir. Un día de verano me detienen. No recojo mis cosas, nada hay que llevar, es inútil. Relleno mis bolsillos de caramelos de avellana. Una ambulancia aullante cruza París, avanzamos hacia el oeste. Una ambulancia, sus aullidos de bestia. 19 Se refiere al lugar donde los pretores romanos ejercían su autoridad judicial. 40
    • La verdad es que mi padre, mi madre y yo nos subimos al Citroën azul y crema que se alza sobre sus patas y nadie dice una palabra. Es verde y suave, hay miles de rosales en flor que huelen a manzana, jardines y un lago a lo lejos. El cielo está salpicado de pequeñas nubes redondas sobre fondo azul como en los dibujos de los niños. Hemos llegado. Hay una reja de acero a la entrada de un parque como en la casa donde murió la madre de mi madre. Rápidamente, mi padre y mi madre, se van, les han dicho que actúen así. Sin histeria, sin gritos. Me dicen que todo estará bien. Son valientes, hacen lo que los especialistas les han recomendado, porque la situación de esta niñita extremista es más grave de lo que creen. Mueren muchas de estas adolescentes que tienen crisis un poco exageradas. En Estados Unidos mueren muchas. Y en Alemania también. ¿Por qué estoy tan profundamente convencida de que esas niñas que se dejan morir tienen una razón común y secreta, desean saber dónde está la vida y dónde está la muerte, debido a algo que tenían que haberles dicho y que no supieron decirles, algo que les da miedo? ¿El peso desplazado de una falta? Vi al pasar el vestíbulo de la clínica donde estoy. Enseguida me subieron a la habitación. Enseguida me quitaron la ropa y me pusieron pijama. ¿A dónde se llevan mi ropa? Tengo miedo. Recuerdo perfectamente la cama, en el centro de la habitación. La ventana está a la izquierda, se abre con una llave especial. El baño también está cerrado con llave. Aquí conocen los trucos de las chicas anoréxicas, sus lamentables astucias, siempre creen que son sus inventoras y son eternamente las mismas. El truco del agua y los vómitos, los caramelos suaves, los melindres; la enfermera ha visto muchos más. Esto la cansa y punto. Nouk está en la cama, entontecida; la enfermera le explica claramente las cosas. La ventana cerrada: nada de intentos de suicidio, eso la cansa y, para ir al baño, se ruega llamar. Pero no mucho. Y que no intente embaucarla ni amansarla. Reciben una formación especial, les enseñan a desconfiar. “Todas ustedes son iguales, zalameras y solapadas”, explica la enfermera. “Tienen 41
    • cara de gato mojado, son unas briznas, más de una vez nos han engañado, no hay que ceder en nada con ustedes, ni siquiera escucharlas. Los médicos nos hacen clases. Es una enfermedad mental de la que nada se sabe, solamente se sabe lo que funciona, no escucharlas y hacer que sientan, por fin, quién es el más fuerte. La vamos a someter igual que a las demás, mi niña. Las anoréxicas son malas, no saben qué inventar para torturar a su familia, para hacerse las interesantes. Ponen su inteligencia al servicio de su perversidad. Y todo porque son hijas de ricos, demasiado mimadas, no conocieron la guerra, nunca han hecho nada con sus propias manos”. La enfermera habla sola y de pronto se acuerda de Nouk, que la mira con sus nuevos ojos fijos. No trates de complicarnos la vida, es todo lo que tengo que decirte. Nouk entiende que, sencillamente, debe salir de allí lo antes posible. Eso sí que lo entiende. Hay un examen. El médico es inmenso y su frente es inolvidablemente opaca. No tiene olor. Pronuncia palabra simples. Dice: Pesas veintisiete kilos. Saldrás de aquí cuando hayas ganado peso suficiente y consideremos que es bastante. Nouk trata de hacerle entender que está dispuesta a todo, a comer todo el día si hace falta. Cree que siempre podrá volver a ser ella misma después, cuando recobre la libertad. Dice que debe darle cifras más precisas, fechas. Pero se equivoca, no ha entendido el método de los médicos. No hay nada que se deba hacer. Nadie le habla. Tiene que meterse bien en la cabeza que está loca. Nadie habla a las locas de catorce años. Espera que vengan. A las seis y media de la tarde pasaron con una mesa rodante, no vio ningún rostro, solo una bandeja. Una bandeja de alimentos cruzó la puerta blanca, unas manos la depositaron. Es la bandeja de la Bella y la Bestia, no hay velas ni música y tampoco hay amor. En el plato blanco con la sopa anaranjada que tambalea en el centro, una sopa transparente, un revoltijo de verduras desconocidas en el mundo corriente, un yogur y una manzana. Nouk traga todo, embute pedazos de pan en el yogur y vacía el sobre de azúcar Vita Nova en el embase de cartón que termina reventando, lame la sopa, se zampa la ensalada, probablemente un especie de colinabo cultivado especialmente para los hospitales y las cárceles, primos degenerados del 42
    • salsifí. Insulta la comida, llama, llama, la bandeja está vacía, aseada, hay que pedir otra, no perder un minuto. La enfermera entra, un rostro impenetrable, muy protegida por su coraza mental anti anoréxicas peligrosas. -Me lo comí todo- -dice Nouk, llena de esperanza. Quizás le devolverán la ropa, quizás llegarán sus padres, tal vez la pesadilla se va a interrumpir. Es amable, sumisa, dócil, buena. Saben perfectamente que siempre ha sido buena alumna, una niña que gusta de hacer bien las cosas. Hora de levantarse: las seis y media. Desayuno: a las siete de la mañana, dice la mujer. Y la puerta blanca se cierra. La puerta se cerró, la noche ya cae, deben ser las diez y media, es verano. Estoy sola en una caja blanca, tengo mucho miedo, especialmente del tiempo que no pasa. Como atravesar todas estas horas, no tengo reloj y la ventana no se abre. Nouk espera al médico. Hace rato que ya no quedan doctores en la clínica, están en su casa. La petición hace reír a la enfermera. Esto no es un hotel, por favor, a dormir ahora. La enfermera da a Nouk una pastilla para dormir. Nouk la escupe, se asusta, nunca ha tomado algo parecido y, además, cómo puede saber que es para que duerma. En la habitación no hay absolutamente nada. Se llevaron a los únicos amigos de Nouk, los caramelos de avellana, no hay radio y no hay libros, no hay lápices, no hay papel, no hay ropa, no hay fotografías, no hay osos de peluche, nada. Esta noche sí que es noche, eternamente. Nouk se arrepiente de haber escupido la pastilla. De pronto siente que la lengua se le hincha en le aboca, que sus brazos se agitan y le pica toda la piel. Camina por la habitación oscura, no se atreve a gritar; cuando se recuesta le duelen los huesos, siente todas las puntas de su cuerpo como espinas, trata de cantar algo, pero no le queda voz. Le gustaría tomar agua. El baño está cerrado. Sólo es un breve insomnio de hospital, pero ella no lo sabe. Finalmente llama, está segura de que la van a matar, la enfermera de noche tarda mucho en llegar y enciende la luz de golpe. Está furiosa. 43
    • Nouk se encoge en la cama, mira a la mujer que grita. No entiende nada de lo que dice esa boca pálida, mira los dientes de la mujer que grita, unos dientes pequeños que suben y bajan mientras habla. La mujer sale y vuelve con un vaso de agua y un comprimido rosado. Se va. Dice: “No vuelvas a llamar a las cuatro de la mañana para nada; aún me queda paciencia, pero no todas son como yo. Ten cuidado”. Está oscuro, el comprimido rosado actúa. Nouk desaparece de la circulación. Amanece despejado. Pego, con fuerza, la frente contra el vidrio. Eso me transporta a muchos años antes, cuando pasaba días enteros con la frente apoyada en la ventana de mi cuarto. Una sinusitis, había dicho el médico. Esa enfermedad me alegró bastante, estaba harta de no enfermarme, me sentía orgullosa por tener la frente tan pesada, una piedra en la cabeza. Adoraba las inhalaciones, la toalla mojada en el cráneo y los vapores de eucalipto. Me gustaba que me obligaran a no hacer nada, el algodón del día, la nueva medida del tiempo. Me hacía descubrir el suelo azul de la habitación, el ruido exacto del agua que corría en la bañera, el grano minucioso de la madera de mi mesa. Por primera vez me sentía dulce y lenta. Naturalmente, lo fastidioso era que me dolía. Son las siete, un montón de pájaros canta, no sé el nombre de ningún pájaro, aparte de los cuervos y las gaviotas. Los pájaros festejan la luz de la mañana, el sol y las manchas rojas y rosadas de las flores del parque. Me apoyo contra el vidrio, la enfermera entra. Dice: “Desayuno”. Y sale. Hay té, dos tostadas, un cuadradito de mantequilla envuelto en papel dorado, un frasquito de miel para enanos y un pocillo de caldo. Concluyo que quieren retenerme mil años. ¿Cómo podré engordar con semejante régimen? Quiero croissants con mantequilla y bollos, chocolate vienés, siete frascos de mermelada, pero recuerdo que esto no es un hotel y que más vale que calle tan inteligentes comentarios. El caldo es una revelación. Es blanco, cosa normal para un caldo, dulce y salado a la vez. Durante toda mi vida insistiré en recuperar ese gusto sin nombre. Lamo el suave caldo, pido más, pero la respuesta es no. Aquí no hay caprichos, no hay nada que pedir, tengo cara de que me cuesta entenderlo. Ahora vivo para el caldo de las siete de la mañana. 44
    • Hay una chica de catorce años, esperando. Qué remedio, no tiene derecho a nada. Nouk siempre, teme que la castiguen, pero jamás habría imaginado un castigo tan cruel. Tiene tanto miedo que se siente quebrada. Permanentemente tendrá miedo de un castigo imprevisible, que cae del cielo, sabiendo muy bien por qué, sin saber cómo. En la habitación blanca hay únicamente una cama, una repisa vacía y dos puertas cerradas. No hay libros, no hay radio, no hay papel, no hay lápices, no hay ropa. Nouk sola y su cabeza vacía y su boca. Nouk intenta dormir, se enrolla como una pelota en la cama, las pesadillas la invaden. Lo único que sucede: caldo por la mañana, dos comidas engullidas, a mediodía y a las seis y media, y pesadillas. Sueña con sus encías, allí, justo adelante, en la boca. La encía es blanca y muy larga, aparece una fisura larga que se hunde a simple vista y el diente, sin más apoyo, cae. Tras él se sueltan todos los otros dientes que trata febrilmente de reponer, pero no conoce los huecos, es un puzle imposible. Nouk se avergüenza de estar desdentada, sinceramente, se avergüenza mucho, como en los sueños donde una está desnuda en medio de una plaza, sin salida de emergencia, sin puerta falsa, sin nada. El sueño se vuelve recurrente. Nouk prefiere quedarse con los ojos abiertos, contemplando el techo pintado. Tumbada en la cama, golpea las piernas y pedalea durante horas y después no hace nada. Advierte que no tiene vida anterior, que no piensa en nada. Le duele pensar. Se vuelve totalmente flácida, salvo de noche, cuando se revuelve con otros sueños terribles que la dejan sin aire. De noche, en sus sueños, corre para escapar de toda clase de nazis. Pasa una semana y el médico la pesa. Nouk se ha quedado sin voz. Cuando no se habla por mucho tiempo, se tiene miedo de lo que va a salir. De los sonidos. Que salgan al revés o que no salga ninguno. La balanza marca 32, lo cual les da la razón. Nouk preferiría que supieran lo equivocados que están, pero se da cuenta que no vale la pena y sigue manteniendo la prudencia. Dos semanas después le entregan una radio y autorizan a pedir libros según el catálogo de la biblioteca. 45
    • Nouk marca todos los libros de la sección “Humor”. Lee cosas horrorosas, como Jacques Perret20 y La buena mantequilla. Libros grasos, que espera la hagan engordar. Lee lo que sea, lee los libros cuatro veces seguidas, porque sólo se puede pedir tres libros por semana. Nouk pide libros de geografía y los aprende de memoria. La radio pasa mil veces por día la misma canción: Como los chicos, tengo el pelo largo, como los chicos, llevo cazadora. Le dan ganas de vomitar. Deja encendida la radio. Al cabo de un mes, tiene mejillas de hámster. Afortunadamente no hay espejo en la habitación. El médico se acerca a felicitarla. Por su hipocresía, su cobardía y sus nuevas mentiras silenciosas de prisionera. Le dan permiso para guardar papel y un bolígrafo amarillo. Todos los días escribe cartas de amor a sus padres. No le contestan. No pueden contestarle, porque no les hacen llegar sus cartas. En la calle debe de hacer mucho calor, es pleno verano. Me imagino el ruido de las olas, los gritos de los bebés en la playa, las salpicaduras, el color de los quitasoles, las letras que uno dibuja en la arena jugando al ahorcado. En el jardín infantil nos daban cajas de arena blanca para aprender las letras dibujándolas allí con el dedo. Nouk escribe poemas a lo tonto. No creo que se compadezca de su suerte. Le da mucho miedo ponerse a llorar. Y además quiere salir. No piensa acerca de lo que le ocurre. Ocurre y punto. Un día le dan permiso para salir al jardín, un parque magnífico. Pasea sola por las alamedas. Se siente como una recién nacida, llena de alegría ante las flores, reconoce que antes no las miraba de verdad, tiene el corazón henchido de gozo porque respira el aire estival, acaricia las briznas de hierba, tuerce el cuello para admirar los árboles inmensos que seguramente son pinos, robles, alerces, cedros del Líbano. Dice que nunca olvidará la belleza y el olor de las cosas. Se siente llena de agradecimiento. Una chica joven pasa a lo lejos. Sola también. Nouk se le acerca, llena de nuevo amor. Se sientan en un banco. La chica es melancólica, tiene las mejillas pálidas y 20 Ensayista francés (1906-1992). 46
    • los ojos hundidos, escucha a Nouk, son iguales, dos prisioneras que pasean. Hace dos mil años que no he tenido amigas. Conversan. Del médico, de las enfermeras, del caldo, de los pasillos y de los crímenes que tienen en la conciencia. Nouk vuelve a su habitación loca de alegría. Son las seis y media, entra la bandeja de la cena y el médico de la frente opaca viene detrás. Mira a Nouk con furia. No se sienta. Dice: le has hecho mucho daño a esa chica. Las enfermas no están autorizadas a conversar. Has destruido todo nuestro trabajo. LE HAS HECHO MUCHO DAÑO. Y sale. Y Nouk se desploma, llora, no hace más que llorar, no sabe a qué parte de si misma aferrarse. Se repite todas las palabras que dijo en el parque, todos los gestos, todas las sonrisas, y el amor. No puede haberle hecho daño o bien es tan mala y está tan loca que no puede darse cuenta de nada. Ella es el veneno. Veneno que no sabe que lo es. Le suprimieron los paseos. Nouk siente a sus espaldas las ácidas palabras de las enfermeras. No vuelve a decir una palabra, salvo, a veces, para preguntar por la hora o el día. Las semanas siguen pasando. Un día la autorizan a pintar. No le extraña que le hagan llegar –de quién sabe dónde– una caja de madera, tubos de colores, trementina, un trapo, dos telas pequeñas, cuchillos. Nouk pinta desde la época de la mesa redonda de la habitación de su abuela. Ella y Cora fueron durante bastante tiempo a un taller donde aprendían a dibujar árboles pensando en su crecimiento, acompañando ese crecimiento como si hubiera que reconstruirlo mediante ágiles y cómplices gestos de los brazos, verdaderos molinetes. Lo bueno de pintar, incluso si se pinta mal, es que los cielos, las colinas y los árboles se miran después de forma totalmente distinta, repitiendo los gestos pensando en los colores. Nouk ha pintado muchos cielos de otoño con marrones, verdes y grises. Después había dejado de pintar, casi totalmente. Lo que le resultaba sobre la tela estaba muy lejos de lo que esperaba, de lo que creía hacer. Había otra razón también. Menos noble. Le parecía que Cora pintaba mucho más bello, más aéreo. Cora tenía más talento. Punto. 47
    • Pero en la habitación no hay nadie que diga quién pinta mejor y pintar se vuelve algo auténtico. Nouk pinta. No sabe qué pintar, no hay árboles, ni cielos, ni montañas que pintar en degradé. Dibuja un rostro con rojo y rosado, con sombras beiges y dos intensos agujeros negros. Fijos. Son los ojos. Nouk hace su autorretrato, un montón de pelo marrón alrededor de una cara inmóvil. Se dedica a él días enteros. No vuelve a preguntar por la hora. La nueva cara de Nouk tiene buen color, es una máscara en la que sólo los ojos muestran profunda incomprensión. Todavía existe el cuadro, lo único que me recuerda esa época. Tenía nueve años. Madame Phély, la institutriz que nos impresionaba porque decían que había sido preceptora del rey Hassan II, le había preguntado a mi madre si yo podía posar para ella. Yo estaba orgullosa. Acudía a las sesiones con una sensación de gloria, estaba convencida de que ese retrato saldría una verdad espléndida. Iba a suceder algo. Un día, Madame Phély terminó el cuadro y me lo mostró. Había una cabeza minúscula y, debajo, un vestido gris. Era un cuadro muerto y triste y saqué de él una conclusión desesperante que ya no recuerdo, Pensé que Madame Phély no me necesitaba ni necesitaba todas mis tardes de jueves para hacer esa cosa decorativa y tonta. Quizás concluí que no era bueno ser un mal pintor que molesta a los niños. Nouk engorda mucho, está un poco inflada. Ahora evita medir el contorno de sus muslos con las manos, que ya no se juntan. El médico está muy contento con los resultados. Dice: saldrás pronto y recibirás visitas a partir de este domingo. Una visita. El corazón le salta. La visita llega. Es un hombre rubio, muy atractivo, un actor que trabaja en la película de su madre. Nouk se enamora. La llevan a París. Necesita otra ropa para salir, no esos vestidos ceñidos, tan estrechos para el nuevo cuerpo que le han fabricado aquí. Las rejas se abren solas para dejar pasar el auto de la reina. El príncipe encantado me lleva a la calle Tronchet, me compra vestidos, es amable. Me dice que voy a tomar un tren que me llevará al Midi, para descansar. Dice ese pantalón te queda bien. Si me ama, debería quedarse conmigo y llevarme. Creo que me ama. 48
    • Nouk toma sola el tren en su nuevo traje beige de chaqueta y pantalón. La esperan en el andén. 49
    • Capítulo 7 Vamos, Geneviève, dice el hombre que espera en el andén. Hace calor y transpiro. No transpiraba desde hacía mucho tiempo; es desagradable. Tendrá que pasar rápido. Nouk está tan mal recuperada que sólo piensa en cómo quitarse de encima toda esa horrible grasa que la obligaron a aceptar, el disfraz de supervivencia. El hombre tiene un acepto áspero, asoleado, me da un nuevo nombre. Me gusta mucho ser esta Geneviève, soy el patito feo. Lo convierto en mi madre, me cobijo bajo su ala. Siento enseguida que me quiere, lo veo en sus ojos, en los acentos de mi nombre. Van en automóvil hacia una casa. La casa se reconoce desde lejos, dice el hombre; por la torre. Esta orgulloso de la torre y yo también. La Torre, en guardia, pensé. Cuídate. De esta temporada, de ese tamiz hacia la libertad, de esa acogida, no tengo nada que decir, no me acuerdo. Creo que la sensación de estar en libertad provisional, la intensa alegría del aire, de estar afuera, invade y borra todo. Recuerdo el aire tibio en mis mejillas gordas. Y una tumbona donde me tiendo todos los días. Hay ciertas consignas, no debo moverme mucho para que la grasa se afirme, no se disuelva demasiado rápido, se arraigue en mis huesos. Como la historia de la tumbona no se sostiene, esto de obligar a una niña de catorce años a quedarse acostada todo el día, mis recientes padres cisnes infringen las órdenes. No son gente común, tienen el descaro, el valor, de recibir a una adolescente resuelta quizás a sembrar el desorden en su nido. Una niña que viene saliendo de la clínica psiquiátrica. Y además siguen sus propios dictados. No la pesan, como deberían, cada dos días. La dejan correr. Me dijeron dos cosas que recuerdo. La primera: al revés de lo que creo, la belleza no es muy importante. Que me equivocaba si pensaba tanto en ello, en ser bella o fea. Me dijeron que era bastante bella y que no debía atormentarme con ese falso problema. No les creí una sola palabra, pero algunas frases se imprimen para siempre y ésa es una; como si me dijeran que me cansara menos. Que me cansara menos. 50
    • Otro día, el hombre entró en la habitación que me habían dado. El sol quemaba. Me pasó un libro minúsculo, delgadísimo; me dijo que tenía que leerlo, que era importante. Dijo: Se llama Un día en la vida de Iván Denisovitch21. Léelo. Nouk no tiene muchas ganas de leer el libro. Todavía teme a la tristeza. Tal como en la clínica, preferiría seguir leyendo libros que nada hacen, que hablan de nada, que anestesian un poco, los dichosos libros de la sección “Humor” del catálogo plastificado de la clínica. Vacila, porque es un libro ruso que le recuerda los libros rusos que leyó por amor a Irina Georgevina –madame Comeau es su verdadero nombre–, la profesora de ruso del colegio. Por amor a la manera como decía çadiste, pajalesta, siéntese, por favor. Porque la habían bautizado “serás Genia”. Por sus gafas cuadradas y meriendas rusas de Pascua, su exclusivo estilo de Rusa blanca bolchevique y anticomunista, por su pasión. Por ella, Nouk leyó de un tirón El Don apacible y Las banderas en las torres, un montón de frescos soviéticos y bucólicos. Por ella, aprendió kilómetros de poemas de Lermontov. Nouk teme que Un día en la vida Iván Desinovitch sabotee este frágil edificio. Esta Rusia inventada. Finalmente, lo lee. El trabajo, el frío, el miedo, la sopa caliente. Relee incansablemente la última página: “Esa jornada le ofreció un montón de oportunidades: no lo llevaron al calabozo; no enviaron su brigada a la Ciudad del Socialismo; durante la comida, consiguió una kacha; el cabo amortizó eficazmente los porcentajes; trabajó alegremente, compró buen tabaco y, en vez de enfermarse, expulsó el mal. Un día a salvo. Sin una sola nube. Casi la felicidad”. Algunas veces los libros te ayudan más que cualquier otra cosa. Nouk cree que todo volverá a ser como antes. Es el final del verano. El regreso. Recuerda su casa y a Cora y al bebé. Le dicen que no piense más en ello. No han previsto que las cosas sean así. No desean su presencia en el hogar que tanto perturbó. Por otra parte, tenía la intención de continuar haciéndolo, es verdad. Cuando se lo dicen, 21 Novela autobiográfica de Alexander Solszhenitzyn, escritor ruso (1918-2008) Premio Nobel de Literatura 1970. 51
    • siente que va a caer en el vacío. Todo está organizado. Vivirá aparte. Tendrá una habitación para ella sola. Una bonita buhardilla. Le compran un cubrecama de pana color mostaza, a franjas. Se encariña mucho con esa cubrecama. La casa está cerca de los ciegos. Al fondo de un patio pavimentado, casi está el campo. Siente agradecimiento por el hombre y la mujer que la han adoptado provisoriamente. Se mantienen a una suave distancia, escuchan música y la tratan con delicadeza. Por la mañana, antes de salir a trabajar, la mujer prepara la cena en una olla a presión. Nadie le hace preguntas. En las paredes hay objetos muy bellos. Nouk amarra los libros escolares con un elástico y parte al colegio con una nueva sensación de ligereza. Dedica todo su tiempo a caminar. La verdad es que no recuerdo nada. Ese año es un misterio. Todo parece normal, vivo con dos personas que me prodigan un afecto discreto y cálido, trabajo. Vivo, no hablo, pero vivo. Me alimento como puedo; una especie de concha, de neblina, me separa del mundo. Han quebrado la nuca demasiado rígida de Nouk, pero ella no lo sabe; atraviesa los días, todo le resbala, o mejor, es ella la que resbala, podría decirse que está en otra parte. Se ha retirado muy lejos. Nouk va donde otro médico una vez por semana. Se sienta frente a él. Debe hablar durante media hora. Esto no la molesta particularmente. Acude. Se sienta, advierte que no le gusta ese hombre porque es gordo. Un hombre gordo qué podrá entender de una chica delgada o enamorada de la idea de delgadez. Sonríe demasiado y a ella eso no le gusta. También se ríe. Nouk tiene la impresión de que habla a su lado. Ella asiente a todo, durante media hora cuenta cualquier cosa y parece que eso le acomoda, porque luce dichoso. Pero a ella no le gusta que no se dé cuenta de las bromas que le gasta. No es muy tranquilizador. Debería advertir cuándo inventa sueños falsos, debería decirle que miente, porque miente todo el tiempo. Por otro lado, quizás no se equivoca en eso. Nouk cree, más bien, que a nadie le importa nada y a ella tampoco. No vivimos en lo auténtico. Todo el mundo aparenta y la vida corre por las plumas de los patos que esperan, para llorar, que sus plumas se ajen. Entonces encuentra una meta en la vida. 52
    • Roba un libro todos los días. Los colecciona. Uno por día, ni más ni menos. Varían las técnicas y los lugares del robo. No tiene idea de qué la empuja a actuar así. Apenas sabe que lo hace bien, que calma algo. Su método preferido es hacer desaparecer el libro entre los faldones de una camisa de cuello tieso. Desaparece. Reaparece afuera. Es una especie de pesca. También es un gesto muy grave y la idea de que la cojan le da un miedo horrible. No tendría nada que aducir en su defensa. Como de costumbre, no le quedaría otro remedio que ponerse de parte de sus acusadores, completamente. Esto es una prueba más del demonio que la habita. Por la tarde, bajo la luz mostaza y suave de su habitación abuhardillada, copia párrafos de libros y luego los ordena uno junto al otro. Coloca la nueva adquisición en su lugar. Observa a la gente en las calles. Desde que adquirió, no sé cómo, una extraña invisibilidad, lo hace cada vez mejor. Cuando uno se acostumbra a observar a la gente en la calle, a mirarla de verdad, eso se convierte en una especie de droga. Ve perros fajados como bebés. Un hombre mira el borde gastado de su chaqueta verde de tweed. Lleva una bolsa deforme colgando del brazo y mira a través de las ventanas de los cafés. Nouk cree que hay un gato muerto en la bolsa. Cerca de un automóvil, oculta por la carrocería, ve a una mujer que golpea a un niño. Ve unos ojos fijos detrás de los cristales de la ventana. Ve, junto a un buzón amarillo, a una anciana con los tobillos tan débiles que los ha envuelto en trapos y que masculla mientras introduce algo por la ranura: “No es nada, no es para nadie, devuelvo los impuestos, porque la gente se marchó hace diez años”. Nouk observa. Mujeres de rostro furioso con trajes rosados. Chicos y chicas de su edad. Un día ve a un hombre que se moja los pies desnudos en una acequia y nadie le sonríe. Puede incluso ver a una niña arrodillada atando los cordones de un anciano. Ve mujeres muy hermosas que no presumen de nada, porque nadie las mira. Todo esto es muy bonito, pero el médico está furioso. Mientras Nouk divaga, creyéndose libre, creyéndose tranquila sin saber qué cree que está viva y sólo es un pobre fantasmita, él certifica que ha adelgazado mucho. ¿Es necesario agregar que, definitivamente, no se puede confiar en ella? 53
    • Capítulo 8 Nouk se preocupa de guardar las apariencias. Se mantiene a duras penas en un peso que sin duda disgusta al médico, pero que no justifica que la vuelvan a encerrar. Ha dejado las provocaciones a la hora de la comida. Come prudentemente la mitad de lo que le ofrecen. Y toma una infinidad de precauciones antes de encerrarse en el baño. Donde sea que vaya, sólo le importa dónde está el excusado y que esté lejos de la habitación principal para que no la oigan. Coma lo que coma, se pregunta si será fácil sacarse eso de encima. Vive como todo el mundo, exteriormente. En verdad está presa en una malla de extrañas obligaciones. Si engorda, sufre, tiene miedo, cree que se va a hundir. Cuando adelgaza, tiembla. Sabe lo que la espera. Todo el día, todos los días de su vida, sólo piensa en eso. Nouk camina sobre un hilo. Se pasa la vida mirándose los pies. Se queda horas y horas contemplando un yogur de durazno, preguntándose si debe comérselo o no. Al mismo tiempo, trata de simplificar los alimentos. Le parece menos peligroso comer, por ejemplo, un durazno solo o un yogur natural. Se oculta detrás de su pelo, una larga melena. Un día, en la avenida, se cruza con gente que grita bajo la lluvia; un montón de paraguas negros que chillan. Ho, Ho, Ho Chi Minh, el FNL22 vencerá. No sabe de qué hablan. Los sigue para ver adónde van. Se da cuenta de que se refieren a la guerra de Vietnam y empieza a leer cosas en los diarios para saber más. Nouk es como un barco atrapado en una calma absoluta, a la espera de un soplo de viento que lo ayude a partir de nuevo. Así que, durante semanas, se dedica a buscar el rastro de esos jóvenes que gritan bajo la lluvia fría. En la pared de un pasillo de la Sorbona hay un tablero de cartón con una flecha: “Comité Vietnam, segundo piso, escalera del fondo”. Me pregunto de dónde saca valor esta niña para empujar la puerta de madera y entrar, sin conocer a nadie, en ese semillero de conspiradores. Hay una docena de jóvenes sentados. Fuman y condenan al imperialismo 22 Sigla del Frente Nacional de Liberación de Vietnam 54
    • norteamericano. Nouk se queda allí fascinada, prohibida. Cree que fue un error ponerse el pantalón azul petróleo de terciopelo: resalta demasiado. Se sitúa en un rincón. Nadie se da cuenta. Escucha atentamente, como quien asiste a una clase de lenguas extranjeras. Al principio no se entiende una sola palabra, pero una sabe que eso va a mejorar. Y es verdad. Poco a poco empieza a entender lo que dicen. Le parece bien. Entonces hace lo mismo que en clase de física, cuando se le ocurría una idea sobre los electrones y el funcionamiento del mundo. Levanta la mano. Farfulla, porque recuerda un artículo que leyó, sugiere que quizás los norteamericanos no tienen toda la culpa. En ninguna guerra la culpa está exclusivamente a un solo lado. Adquiere confianza, se pregunta en voz alta si no ayudarían mejor a los vietnamitas siendo objetivos, quizás no son absolutamente irreprochables. Todo el mundo se parte de risa hasta que alguien se enfurece. El parqué bajo sus zapatos Clarks se convierte en un pantano que la engulle, Nouk se siente ridícula. Se marcha. Es el comienzo de un largo aprendizaje. Ver de otra manera algo que ya conoce: su arrogancia burguesa, su manera de pensar falsa, que sólo el marxismo, quizás, podría lavar. Nouk deja de escribir poemas y empieza a robar folletos anaranjados y blancos de las Editions Sociales, que no lee. No sabe muy bien qué está haciendo, es el signo de los tiempos. Practica para no decir FLN en vez de FNL. Nouk regresa a la pequeña sala de la Sorbona. Regresa a la casa de sus padres. Roba libros de la “Petite Bibliothèque Maspéro”. Un día, al salir de una tienda, siente una mano en un hombor. Finalmente la han cogido. La llevan al subterráneo, la asustan. No lo vuelve a hacer. Por lo demás, como todo el mundo en París, rápidamente tiene cosas que hacer. Es la época de las manifestaciones, Francia no se aburre. A Nouk le ordenaron desviarse de su recorrido para evitar los desfiles, para que no la golpeen. Busca los golpes y los evita, lo que da extraños resultados: grita junto a desconocidos cosas que le gustan y luego se sale de las filas por alguna tontería que la hace advertir bruscamente que ellos estaban en confianza y ella era una intrusa. 55
    • De todos modos, debe regresar cuando cae la noche, una niña de dieciséis años no sueña ene medio de bombas lacrimógenas. Lo bueno es que olvida ir a hablar donde el médico. Los padres de Nouk están un poco asustados con la revolución y los golpes de porra. Sobre todo, temen que Nouk se acueste con un chico. Están equivocados. Nouk está lejos de considerar tales extremos. Está en las nubes, se siente enamorada, pero nadie puede saberlo. Ese verano, Nouk es anarquista. Sumerge sus jeans en lejía y su pelo en agua oxigenada. Los jeans quedan tiesos y cubiertos de aureolas deslavadas. El pelo tiene ahora el atractivo aspecto de la paja de un camastro. Nouk exagera. Llora con la cabeza entre los brazos, arrodillada a los pies de la cama mientras escucha a Nina Simone cantar Ne me quitte pas. Se acuna con frases de Bakumin y de Lautréamont, llenas de matices. Levantaos anheladas tempestades. Cuenta a quien quiera oírla que se presentó descalza al bachillerato. Hasta el otoño anduvo siempre sin zapatos. Está a punto de cumplir diecisiete años. Le gustaría ser como todo el mundo, así que incluso intenta ir a bailar. Nights in White Satin. Se queda pegada a la pared de la discoteca, puso algodón en su sostén, ojalá que nadie la toque. Nadie se arriesgaría. Nouk tiene una idea alocada y salvaje de violencias sexuales en los dancings del balneario. Strangers in the night23es hora de volver a casa. Nouk ha hecho sus deberes, cumplido su programa. Dos horas de vagabundeo; se reanima, la noche está tranquila, el viento hace volar sus greñas, rueda un poco por la noche, respira el aire de la libertad, pero no demasiado, porque tiene que volver a tiempo. Es lo más importante de su vida: volver a la hora exacta. Un día de otoño va al cine a ver El submarino amarillo24. Se queda a la función siguiente. 23 Famosa canción compuesta en 1966 por Singleton y Kaempfert y que popularizó Frank Sinatra. 24 Película animada producida en 1968 sobre la base de un tema de John Lennon y Paul Mc Cartney. En el film, aparecen los integrantes de The Beatles convertidos en caricaturas. 56
    • En la escalera, siente la presencia inquietante y amenazadora de su padre. Farfulla, se explica. Se quedó, nada más. No le cree. No le cree, porque temía que le pudiera pasar algo. Le dice que no pueden confiar en ella. Lo sabe. Sabe perfectamente que hace tiempo que lo demuestra. Ahora es aún más importante llegar siempre a la hora a todas partes. Nouk, desde entonces, a modo de conciencia, tiene un reloj en el estómago. 57
    • Capítulo 9 Es una reunión en un apartamento. Nouk acude al comité de acción del colegio. Ya ha dejado de hacer demasiados comentarios incongruentes. Toma notas. En clase, toma notas; en las reuniones, toma notas. Subrayar los libros con regla, hacer resúmenes, tomar notas. Le viene bien. Es su vida. Se fija en un chico que toma notas junto a ella. Tiene una letra preciosa, apretada. Es serio. Nunca habla. Ella le envía un dibujo, le pasa papelitos llenos de ocurrencias. Él le responde. Es el primer amor de Nouk. Hacen tiernos comentarios sobre Lenin y la revolución. Se fascinan discutiendo sobre la extinción del Estado burgués. Van a más reuniones. Mezclan Trotski25, me quieres y el imperialismo es un tigre de papel. Se escriben innumerables cartas donde comentan el programa de sus cursos, la correspondencia de William Shakespeare con su mamá, las próximas vacaciones, cuánto te echo de menos preciosa, la liberación del proletariado. Es una esperanza de curación para Nouk, no puede creer que alguien la ame. Pero al mismo tiempo está dispuesta a casarse, no, no a casarse, digamos a dejarse adoptar, a viviré para siempre contigo, me curaré, tendremos hijos. Lo único que quiere es ser normal, hablan de superestructuras, de pureza y de laberintos. Sólo quiere vivir con los padres de él y esperarlo por la tarde. Confía en que, si se aman, ya no tendrá ganas de vomitar. Le oculta que ve en él una medicina. No funciona este amor. Nouk está enterrada en su madriguera. Él le escribe cosas que ella lee frívolamente y que son serias. Él le hace dibujos. 25 Político ruso fundamental en la revolución bolchevique de 1917. Ocupó altos cargos en el gobierno soviético, pero Stalin lo exilió. Murió asesinado en México en 1940. 58
    • Quién se niega: Tú. ¿Quién se niega a qué? Tú, a todo. A quién: A todo el mundo (a mí). Cuando: todo el tiempo, en todas partes. Cómo: camuflando lo que eres detrás de lo que no eres. En qué: subjetivando tu subjetividad. ¿Por qué? Porque eres lo que eres. ¿En vista de qué? De ti. ¿Hacia dónde? Hacia la tierra. No entiende nada de lo que habla este chico con quien todo indica que pasará el resto de su vida. Cree que el amor es eso, escribirse cartas de caligramas, de ternura y de preguntas, y luego vivir juntos y hablar de revolución. Ella adivina que a él le gustaría hacer el amor con ella, lo intuye vagamente, y eso que él insiste majaderamente y con la delicadeza de un chico al mismo tiempo. Ella sabe que si cede, él la abandonará. Se equivoca en la razón de esta fatalidad, pero lo sabe. Después de muchas otras cartas, es lo que ocurre, punto por punto. Nouk se vuelve silenciosa, muy a su pesar, antes del amor, durante y después. Él le reprocha que sólo deja un poco de ironía detrás de ella. Le advierte que no pasará toda su vida detrás de ella. Se lo advirtió. Un día desaparece. Le da muchísima pena. Pero, en el fondo, le parece que él tiene razón. Ella no tiene talento para el amor. Para tratar de sufrir menos, Nouk se sienta en el suelo, aprende de memoria a Mallarmé26 y come cerezas, porque es verano. Kilos de cerezas, centenares de versos. No llora demasiado, aprieta los dientes y escupe los 26 Stephane Mallarmé, famoso poeta francés del siglo XIX (1842-1898) 59
    • huesos. Es una pena de amor trivial como una gripe, los síntomas de la enfermedad son conocidos. Aprieta los dientes y tiene ante sus ojos la mejilla de él, el músculo que tironeaba su mandíbula, ese tic. Recuerda que en casa de su madre, allá en Normandía, comían ruibarbo con queso blanco. Piensa en el mono que le tiraba el pelo, y en los paseos que hacían, a él le gustaban los bosques. Piensa en el día cuando la llevó a dormir a casa de sus padres y entró en su habitación, de noche, con valentía y orgullo. Nouk tenía tanto miedo que él tuvo que marcharse. Organizó un montoncito deshonesto de recuerdos. Si se cuenta una historia, no hay que contarla a medias. Pero no hay derecho a tocar los primeros amores. Una novela, escribiré una novela, así podré hacer reír o hacer llorar con las imágenes que he olvidado. Esto es apenas el relato de Nouk. Nouk desconcertada, devastada sin saberlo, muy decidida a no volver a amar a nadie, recuperada de su miedo a los hombres, como una paranoica a quien la realidad da forzosamente la razón. Desde ese momento Nouk evita los bajos de la rue de Seine donde iba, puntualmente, a las siete y diez de la mañana, a despertar a su enamorado para verlo antes de clases, porque era el único momento que escapaba de los relojes. Se deslizaba en la cama, trataba de olvidar el terrible olor a calcetines de las pequeñas habitaciones masculinas. Él se alegraba porque ella fuera a verlo. Eso es lo difícil de olvidar. Nouk omite confesar que ella, sobre todas las cosas, se alegraba por ser una niña normal. No hablemos más de esto. 60
    • Capítulo 10 En ese momento empecé a visitar con regularidad a mi abuelo. Tendría que verificar las fechas, me parece que fue por única película que le recomendé que viera, sin creer, no obstante, que le fuera a gustar. La salamandra, de Alain Tanner. Empecé a visitarlo regularmente todas las semanas a la hora de comer. Tuvimos que domesticarnos. Durante los primeros años no hablábamos mucho, manteníamos una charla propia de un anciano y su nieta, intercambiábamos noticias, hablábamos de la actualidad, algo que siempre se ha hecho en la familia. Durante veinte años nunca hablamos de lo que él llamaba, hablando muy rápido, “tu enfermedad”. Y cambiaba inmediatamente de tema. Cada vez me gustaba más ir a verlo. Por una especie de tranquilidad, una dulzura que no encontraba en otra parte. Nouk come rábanos, su abuelo también; les pone mucha sal y traga un pedazo de pan entre bocado y bocado. Dice que le gustó la guerra, la del 14.27 Era atroz. Hacía frío y todo estaba lleno de barro, los obuses llovían en las trincheras; pero fue lo más interesante que vivió en su vida. ¿Por qué te gustó? Le cuesta aceptarlo. En la guerra, no tienes más preocupaciones. Todo está organizado, decidido. Sólo hay que hacer lo que hay que hacer, es descansado. Todo el resto de mi vida viví desde la inquietud, la angustia. En realidad, fue un buen estropicio. El abuelo de Nouk tiene una manera muy personal de relatar sus fracasos, con una especie de sofrenado humor judío. Dice que ahora tiene mucho tiempo para pensar en todo eso. Dice que es un hombre temeroso, sin ningún talento particular, torpe y tímido, muy malo para los negocios y que sin embargo era un buen oficial. Después fue un mal arquitecto, un marido insuficiente y ni siquiera pudo participar en la Resistencia. Nouk bebe sus palabras. No le cree, pero adora su manera de contar. Todas las 27 Se refiere a la Primera Guerra Mundial (1914-1918) 61
    • semanas, entra en su escritorio a las doce cuarenta y cinco y él le dice buenos días mi niña grande, sin alzar la cabeza. Lo rodean papeles, carpetas de cartón donde anota cosas. Lee anotando ciertos detalles, porque olvido todo, nunca he tenido memoria. Ella espera que termine. Nouk se acostumbra a llevarle libros. Le gustan los libros de historia, también los de religión. –A veces me pregunto –le dice a Nouk– si no son todos ustedes un sueño mío. Dice que la vida pasa en un abrir y cerrar de ojos o que le teme morir, lo que sorprende a Nouk, que creía que los viejos pensaban que morir era algo normal. No. Se piensa mucho en la muerte. Y da miedo. Habla con frecuencia de Paul, su hermano menor. Cuando éramos niños, me parecía que lo mimaban demasiado. Era muy buen chico, él. Un hombre valiente. Nouk prefiere la cobardía autoproclamada de su abuelo. Le cuenta su infancia. Nunca tuve memoria ni imaginación; los trabajos de redacción eran una tortura, no tenía nada que decir, nada que escribir. Nouk considera que esa manera de hablar siempre de nada es un estilo de escritor, pero no dice nada. Cuenta acerca de la época cuando era estudiante, del hotel Lousiane, en la rue de Seine, de las comidas en casa de su tío Marc y su tía Lili. “Iba a su casa y me quedaba callado, no tenía nada que decir. Así que un día no abrieron la boca durante toda la cena. Hubo un silencio penoso y me preocupé. “Lo que dices no es tan importante”, me comentó Marc. “Nadie te escucha, o muy poco, como todo el mundo. Pero si todos se callan, ya ves lo que sucede”. A Nouk le gusta mucho esta lección de modestia. El abuelo de Nouk cuenta su vida por episodios, le muestra cómo se puede molestar cuando no se quiere molestar. “Por ejemplo, en las fiestas, en los cumpleaños, en los funerales, iba de grupo en grupo, interrumpiendo las conversaciones con mi silencio y después no decía nada, porque nada tenía que decir”. A veces van a un restaurante, a la Coupole o a un chino. Se sientan uno junto al otro, tal como se estilaba antiguamente. 62
    • Nouk no sabe cuánto aprende junto a su abuelo con el correr de las semanas, de los años, pero eso se insinúa suave, muy lentamente, en ella. Sin darse cuenta, lo observa, advierte cómo se fija en todo lo que hace, cómo lo hace lenta y cuidadosamente; le parece muy bella esta manera de hacer las cosas. Observa que tiene mucho cuidado con lo que come. Le explica que tiene costumbres muy fijas. Pongo todos los días el despertador a las siete y media. Después me doy vueltas en la cama hasta las ocho. Esa media hora es mi momento preferido. Más tarde el día pasa volando. Tengo tantas cosas que hacer. Nouk vuelve a aprender las simples reglas de la vida cotidiana. Un día, mucho después, el abuelo tuvo un accidente. Lo habían operado, había tenido enfermedades, cataratas, pero este accidente era más grave, se cayó y se golpeó la cabeza. Nouk lo llama. Él la regaña. Sabes perfectamente que no puedo hablar por teléfono, escucho muy mal. Y me siento muy débil para vernos. Nouk espera que mejore. Por fin puede volver a visitarlo. Esa noche, cuando va, lo encuentra triste. Se queja de sus piernas, ya no le obedecen, y de su cabeza, no consigue sumar; esto lo obsesiona. La hace esperar, discute con la mujer de la limpieza por un asunto de cuentas que no consigue verificar. “No la soporto más”, dice, no tiene tacto. Dice que la vida no vale la pena si ya no se puede considerar las sutilezas. Nouk se va llorando. No sabe qué hacer. Vuelve con una calculadora muy sencilla; para las sumas. Pasan los meses, Nouk se acostumbra a encontrar respuestas y sosiegos para los sufrimientos de Max; a buscarlos, en todo caso. Tiene la sensación de que sirve para algo; en realidad es así sólo porque lo ama. Compra unas bolas triturables para luchar contra los calambres de las manos. No creo que las haya usado mucho. También empiezan a hablar de amor, del amor y sus malentendidos entre los hombres y las mujeres. Es el tema de conversación que prefiere Max y, poco a poco, se convierte en el tema favorito de Nouk. 63
    • Nouk le lleva libros, pero cada vez le cuesta más leer. Le lleva casetes para escuchar Enfance, de Nathalie Sarraute28. Se refiere a lo que ha escuchado diciendo “leí que…”. Es igual. Nouk va a merendar con sus dos hijas. Llevan pastelillos y turrón. Cada vez que va a comer, lleva flores. Él la regaña, dice que son caras, que es una tontería. Así que termina por no volver a llevar. La semana siguiente, descubre un ramo de rosas de tela en la mesa redonda del comedor. –Es su culpa –dice Carmen, la mujer de la limpieza–. Nos acostumbró a ver flores, así que he tenido que comprar. Son flores artificiales, estamos constantemente florecidos. Nouk, desde entonces, lleva flores de verdad. Estas rosas, lirios y fresias que manifiestan su agradecimiento. 28 Escritora francesa de origen ruso (1900 – 1999), su novela Infancia, fue publicada en 1983. 64