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Narrativa de octavo
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Narrativa de octavo

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  • 1. Narrativa octavo El hijo Horacio QuirogaEs un poderoso día de verano en Misiones, con todo el sol, el calor y la calma quepuede deparar la estación. La naturaleza, plenamente abierta, se siente satisfechade sí.Como el sol, el calor y la calma ambiente, el padre abre también su corazón a lanaturaleza.-Ten cuidado, chiquito -dice a su hijo, abreviando en esa frase todas lasobservaciones del caso y que su hijo comprende perfectamente.-Sí, papá -responde la criatura mientras coge la escopeta y carga de cartuchos losbolsillos de su camisa, que cierra con cuidado.-Vuelve a la hora de almorzar -observa aún el padre.-Sí, papá -repite el chico.Equilibra la escopeta en la mano, sonríe a su padre, lo besa en la cabeza y parte.Su padre lo sigue un rato con los ojos y vuelve a su quehacer de ese día, feliz conla alegría de su pequeño.Sabe que su hijo es educado desde su más tierna infancia en el hábito y laprecaución del peligro, puede manejar un fusil y cazar no importa qué. Aunque esmuy alto para su edad, no tiene sino trece años. Y parecía tener menos, a juzgarpor la pureza de sus ojos azules, frescos aún de sorpresa infantil. No necesita elpadre levantar los ojos de su quehacer para seguir con la mente la marcha de suhijo.Ha cruzado la picada roja y se encamina rectamente al monte a través del abra deespartillo.Para cazar en el monte -caza de pelo- se requiere más paciencia de la que sucachorro puede rendir. Después de atravesar esa isla de monte, su hijo costearála linde de cactus hasta el bañado, en procura de palomas, tucanes o tal cualcasal de garzas, como las que su amigo Juan ha descubierto días anteriores. Sóloahora, el padre esboza una sonrisa al recuerdo de la pasión cinegética de las doscriaturas. Cazan sólo a veces un yacútoro, un surucuá -menos aún- y regresantriunfales, Juan a su rancho con el fusil de nueve milímetros que él le ha regalado,y su hijo a la meseta con la gran escopeta Saint-Étienne, calibre 16, cuádruple
  • 2. cierre y pólvora blanca.Él fue lo mismo. A los trece años hubiera dado la vida por poseer una escopeta.Su hijo, de aquella edad, la posee ahora y el padre sonríe...No es fácil, sin embargo, para un padre viudo, sin otra fe ni esperanza que la vidade su hijo, educarlo como lo ha hecho él, libre en su corto radio de acción, segurode sus pequeños pies y manos desde que tenía cuatro años, consciente de lainmensidad de ciertos peligros y de la escasez de sus propias fuerzas.Ese padre ha debido luchar fuertemente contra lo que él considera su egoísmo.¡Tan fácilmente una criatura calcula mal, sienta un pie en el vacío y se pierde unhijo!El peligro subsiste siempre para el hombre en cualquier edad; pero su amenazaamengua si desde pequeño se acostumbra a no contar sino con sus propiasfuerzas.De este modo ha educado el padre a su hijo. Y para conseguirlo ha debido resistirno sólo a su corazón, sino a sus tormentos morales; porque ese padre, deestómago y vista débiles, sufre desde hace un tiempo de alucinaciones.Ha visto, concretados en dolorosísima ilusión, recuerdos de una felicidad que nodebía surgir más de la nada en que se recluyó. La imagen de su propio hijo no haescapado a este tormento. Lo ha visto una vez rodar envuelto en sangre cuando elchico percutía en la morsa del taller una bala de parabellum, siendo así que lo quehacía era limar la hebilla de su cinturón de caza.Horrible caso... Pero hoy, con el ardiente y vital día de verano, cuyo amor a su hijoparece haber heredado, el padre se siente feliz, tranquilo y seguro del porvenir.En ese instante, no muy lejos, suena un estampido.-La Saint-Étienne... -piensa el padre al reconocer la detonación. Dos palomas demenos en el monte...Sin prestar más atención al nimio acontecimiento, el hombre se abstrae de nuevoen su tarea.El sol, ya muy alto, continúa ascendiendo. Adónde quiera que se mire -piedras,tierra, árboles-, el aire enrarecido como en un horno, vibra con el calor. Unprofundo zumbido que llena el ser entero e impregna el ámbito hasta donde lavista alcanza, concentra a esa hora toda la vida tropical.El padre echa una ojeada a su muñeca: las doce. Y levanta los ojos al monte. Suhijo debía estar ya de vuelta. En la mutua confianza que depositan el uno en el
  • 3. otro -el padre de sienes plateadas y la criatura de trece años-, no se engañanjamás. Cuando su hijo responde: "Sí, papá", hará lo que dice. Dijo que volveríaantes de las doce, y el padre ha sonreído al verlo partir. Y no ha vuelto.El hombre torna a su quehacer, esforzándose en concentrar la atención en sutarea. ¿Es tan fácil, tan fácil perder la noción de la hora dentro del monte, ysentarse un rato en el suelo mientras se descansa inmóvil?El tiempo ha pasado; son las doce y media. El padre sale de su taller, y al apoyarla mano en el banco de mecánica sube del fondo de su memoria el estallido deuna bala de parabellum, e instantáneamente, por primera vez en las trestranscurridas, piensa que tras el estampido de la Saint-Étienne no ha oído nadamás. No ha oído rodar el pedregullo bajo un paso conocido. Su hijo no ha vuelto yla naturaleza se halla detenida a la vera del bosque, esperándolo.¡Oh! no son suficientes un carácter templado y una ciega confianza en laeducación de un hijo para ahuyentar el espectro de la fatalidad que un padre devista enferma ve alzarse desde la línea del monte. Distracción, olvido, demorafortuita: ninguno de estos nimios motivos que pueden retardar la llegada de su hijohalla cabida en aquel corazón.Un tiro, un solo tiro ha sonado, y hace mucho. Tras él, el padre no ha oído unruido, no ha visto un pájaro, no ha cruzado el abra una sola persona a anunciarleque al cruzar un alambrado, una gran desgracia...La cabeza al aire y sin machete, el padre va. Corta el abra de espartillo, entra enel monte, costea la línea de cactus sin hallar el menor rastro de su hijo.Pero la naturaleza prosigue detenida. Y cuando el padre ha recorrido las sendasde caza conocidas y ha explorado el bañado en vano, adquiere la seguridad deque cada paso que da en adelante lo lleva, fatal e inexorablemente, al cadáver desu hijo.Ni un reproche que hacerse, es lamentable. Sólo la realidad fría, terrible yconsumada: ha muerto su hijo al cruzar un... ¡Pero dónde, en qué parte! ¡Haytantos alambrados allí, y es tan, tan sucio el monte! ¡Oh, muy sucio! Por poco queno se tenga cuidado al cruzar los hilos con la escopeta en la mano...El padre sofoca un grito. Ha visto levantarse en el aire... ¡Oh, no es su hijo, no! Yvuelve a otro lado, y a otro y a otro...Nada se ganaría con ver el color de su tez y la angustia de sus ojos. Ese hombreaún no ha llamado a su hijo. Aunque su corazón clama por él a gritos, su bocacontinúa muda. Sabe bien que el solo acto de pronunciar su nombre, de llamarloen voz alta, será la confesión de su muerte.
  • 4. -¡Chiquito! -se le escapa de pronto. Y si la voz de un hombre de carácter es capazde llorar, tapémonos de misericordia los oídos ante la angustia que clama enaquella voz.Nadie ni nada ha respondido. Por las picadas rojas de sol, envejecido en diezaños, va el padre buscando a su hijo que acaba de morir.-¡Hijito mío…! ¡Chiquito mío…! -clama en un diminutivo que se alza del fondo desus entrañas.Ya antes, en plena dicha y paz, ese padre ha sufrido la alucinación de su hijorodando con la frente abierta por una bala al cromo níquel. Ahora, en cada rincónsombrío del bosque, ve centellos de alambre; y al pie de un poste, con la escopetadescargada al lado, ve a su...-¡Chiquito...! ¡Mi hijo!Las fuerzas que permiten entregar un pobre padre alucinado a la más atrozpesadilla tienen también un límite. Y el nuestro siente que las suyas se le escapan,cuando ve bruscamente desembocar de un pique lateral a su hijo.A un chico de trece años bástale ver desde cincuenta metros la expresión de supadre sin machete dentro del monte para apresurar el paso con los ojos húmedos.-Chiquito... -murmura el hombre. Y, exhausto, se deja caer sentado en la arenaalbeante, rodeando con los brazos las piernas de su hijo.La criatura, así ceñida, queda de pie; y como comprende el dolor de su padre, leacaricia despacio la cabeza:-Pobre papá...En fin, el tiempo ha pasado. Ya van a ser las tres...Juntos ahora, padre e hijo emprenden el regreso a la casa.-¿Cómo no te fijaste en el sol para saber la hora...? -murmura aún el primero.-Me fijé, papá... Pero cuando iba a volver vi las garzas de Juan y las seguí...-¡Lo que me has hecho pasar, chiquito!-Piapiá... -murmura también el chico.Después de un largo silencio:
  • 5. -Y las garzas, ¿las mataste? -pregunta el padre.-No.Nimio detalle, después de todo. Bajo el cielo y el aire candentes, a la descubiertapor el abra de espartillo, el hombre vuelve a casa con su hijo, sobre cuyoshombros, casi del alto de los suyos, lleva pasado su feliz brazo de padre. Regresaempapado de sudor, y aunque quebrantado de cuerpo y alma, sonríe de felicidad.Sonríe de alucinada felicidad... Pues ese padre va solo.A nadie ha encontrado, y su brazo se apoya en el vacío. Porque tras él, al pie deun poste y con las piernas en alto, enredadas en el alambre de púa, su hijobienamado yace al sol, muerto desde las diez de la mañana. EL DIFUNTO JOSÉ Joaquín García Monge No conocía al difunto José. Tengo de él, sin embargo, una impresión tan vivacomo si realmente lo hubiera conocido. Lo que va a saberse ocurrió en tierras cálidas del Pacífico. Me lo contó lamadre del "difunto José" (como ella decía), indiecilla flaca y laboriosa. El padre del difunto José era cholo macizo y holgazán; bebía con frecuencia.El muchacho les resultó canijo, taciturno y amigo de la soledad. Siempre metidoen el hogar. No hacía caso del trago, ni de las mujeres, ni de las juntas. Para lamadre, el difunto José era un santo. No se parecía en nada a ninguno de loshombres que ella había conocido. De sus hijos, era el que más quería. En loscontornos se tenía de él este mismo respetuoso juicio. Trabajaba lo bastante. Pero más gustaba de la caza. De modo que los díasfestivos cogía la guápil y se iba a matar pavas y tepezcuintles por los montesvecinos. Una tarde en que había cierta indecible e inevitable tristeza en todas lascosas, el difunto José salió con la guápil al hombro por el sendero de costumbre,sin decir palabra, como siempre, y sin que ello preocupara lo más mínimo a los desu casa. A cierta distancia, se detuvo a la boca de un barranco, alistó la guápil ytranquilamente se pegó los dos tiros.
  • 6. Como el hijo no regresara, la madre comenzó a preocuparse. Ciertas avesagoreras, al anochecer, algo deplorable le habían anunciado con sus gritos,cuando vinieron a posarse en el naranjo que sombreaba el rancho. Ya de noche, cansado de esperar y a instancias de la indiecilla, salieron elpadre y el otro de los hijos en busca del difunto José. Iban profiriendo malaspalabras en el camino. Apenas si veían, a la escasa luz de una linterna.¡Angustiosa y peligrosa busca! Que en balde duró hasta pasada la medianoche.Regresaron sin noticias. La indiecilla los aguardaba ansiosa. Inquieta, rezaba ycon una de las puntas del pañuelo que le cubría las espaldas, secábase laslágrimas, una que otra. Porque el eco, al amparo de la soledad nocturna, le habíatraído a sus oídos el vano y angustioso clamor paternal: ¡José!, ¡José!... El trágico remate se conoció al día siguiente, cuando fue posible hallar aldifunto. La guápil se quedó entre unas matas, pero el cuerpo rodó más. Lohallaron mutilado, ensangrentado. Años más tarde, aún ocurría esto: de raro en raro, la indiecilla recibíapromesas de los conocidos –cristianos piadosos–: tapas de dulce, puñitos defrijoles, y pesetas. La indiecilla con eso compraba candelas y las prendía al almade difunto José, que era alma milagrosa. Jorge Luis Borges (1899–1986) LA MUERTE Y LA BRÚJULA (Artificios, 1944; Ficciones, 1944) A Mandie Molina Vedia DE LOS MUCHOS problemas que ejercitaron la temeraria perspicacia de Lönnrot, ninguno tan extraño —tan rigurosamente extraño, diremos— como la periódica serie de hechos de sangre que culminaron en la quinta de Triste-le- Roy, entre el interminable olor de los eucaliptos. Es verdad que Erik Lönnrot no logró impedir el último crimen, pero es indiscutible que lo previó. Tampoco adivinó la identidad del infausto asesino de Yarmolinsky, pero sí la secreta morfología de la malvada serie y la participación de Red Scharlach, cuyo segundo apodo es Scharlach el Dandy. Ese criminal (como tantos) había
  • 7. jurado por su honor la muerte de Lönnrot, pero éste nunca se dejó intimidar.Lönnrot se creía un puro razonador, un Auguste Dupin, pero algo deaventurero había en él y hasta de tahur. El primer crimen ocurrió en el Hôtel du Nord, ese alto prisma que dominael estuario cuyas aguas tienen el color del desierto. A esa torre (que muynotoriamente reúne la aborrecida blancura de un sanatorio, la numeradadivisibilidad de una cárcel y la apariencia general de una casa mala) arribó eldía tres de diciembre el delegado de Podólsk al Tercer Congreso Talmúdico,doctor Marcelo Yarmolinsky, hombre de barba gris y ojos grises. Nuncasabremos si el Hôtel du Nord le agradó: lo aceptó con la antigua resignaciónque le había permitido tolerar tres años de guerra en los Cárpatos y tres milaños de opresión y de pogroms. Le dieron un dormitorio en el piso R, frente ala suite que no sin esplendor ocupaba el Tetraca de Galilea. Yarmolinskycenó, postergó para el día siguiente el examen de la desconocida ciudad,ordenó en un placard sus muchos libros y sus muy pocas prendas, y antes demedianoche apagó la luz. (Así lo declaró el chauffeur del Tetrarca, que dormíaen la pieza contigua.) El cuatro, a las 11 y 3 minutos A.M., lo llamó porteléfono un redactor de la Yidische Zaitung; el doctor Yarmolinsky norespondió; lo hallaron en su pieza, ya levemente oscura la cara, casi desnudobajo una gran capa anacrónica. Yacía no lejos de la puerta que daba alcorredor; una puñalada profunda le había partido el pecho. Un par de horasdespués, en el mismo cuarto, entre periodistas, fotógrafos y gendarmes, elcomisario Treviranus y Lönnrot debatían con serenidad el problema. —No hay que buscarle tres pies al gato —decía Treviranus, blandiendoun imperioso cigarro—. Todos sabemos que el Tetrarca de Galilea posee losmejores zafiros del mundo. Alguien, para robarlos, habrá penetrado aquí porerror. Yarmolinsky se ha levantado; el ladrón ha tenido que matarlo. ¿Qué leparece? —Posible, pero no interesante —respondió Lönnrot—. Usted replicaráque la realidad no tiene la menor obligación de ser interesante. Yo le replicaréque la realidad puede prescindir de esa obligación, pero no las hipótesis. En laque usted ha improvisado interviene copiosamente el azar. He aquí un rabinomuerto; yo preferiría una explicación puramente rabínica, no los imaginariospercances de un imaginario ladrón. Treviranus repuso con mal humor: —No me interesan las explicaciones rabínicas; me interesa la captura
  • 8. del hombre que apuñaló a este desconocido. —No tan desconocido —corrigió Lönnrot —. Aquí están sus obrascompletas—. Indicó en el placard una fila de altos volúmenes; una Vindicaciónde la cábala; un Examen de la filosofía de Robert Fludd; una traducción literaldel Sepher Yezirah; una Biografía del Baal Shem; una Historia de la secta delos Hasidim; una monografía (en alemán) sobre el Tetragrámaton; otra, sobrela nomenclatura divina del Pentateuco. El comisario los miró con temor, casicon repulsión. Luego, se echó a reír. —Soy un pobre cristiano —repuso—. Llévese todos esos mamotretos, siquiere; no tengo tiempo que perder en supersticiones judías. —Quizás este crimen pertenece a la historia de las supersticiones judías—murmuró Lönnrot. —Como el cristanismo —se atrevió a completar el redactor de laYidische Zaitung. Era miope, ateo y muy tímido. Nadie le contestó. Uno de los agentes había encontrado en la pequeñamáquina de escribir una hoja de papel con esta sentencia inconclusa La primera letra del Nombre ha sido articulada. Lönnrot se abstuvo de sonreír. Bruscamente bibliófilo o hebraísta,ordenó que le hicieran un paquete con los libros del muerto y los llevó a sudepartamento. Indiferente a la investigación policial, se dedicó a estudiarlos.Un libro en octavo mayor le reveló las enseñanzas de Israel Baal Shem Tobh,fundador de la secta de los Piadosos; otro, las virtudes y terrores delTetragrámaton, que es el inefable Nombre de Dios; otro, la tesis de que Diostiene un nombre secreto, en el cual está compendiado (como en la esfera decristal que los persas atribuyen a Alejandro de Macedonia), su novenoatributo, la eternidad, es decir, el conocimiento inmediato de todas las cosasque serán, que son y que han sido en el universo. La tradición enumeranoventa y nueve nombres de Dios; los hebraístas atribuyen ese imperfectonúmero al mágico temor de las cifras pares; los Hasidim razonan que esehiato señala un centésimo nombre. El Nombre Absoluto. De esa erudición lo distrajo, a los pocos días, la aparición del redactor dela Yidische Zaitung. Este quería hablar del asesinato; Lönnrot prefirió hablarde los diversos nombres de Dios; el periodista declaró en tres columnas que elinvestigador Erik Lönnrot se había dedicado a estudiar los nombres de Dios
  • 9. para dar con el nombre del asesino. Lönnrot, habituado a las simplificacionesdel periodismo, no se indignó. Uno de esos tenderos que han descubierto quecualquier hombre se resigna a comprar cualquier libro, publicó una ediciónpopular de la Historia de la secta de los Hasidim. El segundo crimen ocurrió la noche del tres de enero, en el másdesamparado y vacío de los huecos suburbios occidentales de la capital.Hacia el amanecer, uno de los gendarmes que vigilan a caballo esassoledades vio en el umbral de una antigua pintorería un hombre emponchado,yacente. El duro rostro estaba como enmascarado de sangre; una puñaladaprofunda le había rajado el pecho. En la pared, sobre los rombos amarillos yrojos, había unas palabras en tiza. El gendarme las deletreó... Esa tarde,Treviranus y Lönnrot se dirigieron a la remota escena del crimen. A izquierda yderecha del automóvil, la ciudad se desintegraba; crecía el firmamento y yaimportaban poco las casas y mucho un horno de ladrillos o un álamo. Llegarona su pobre destino: un callejón final de tapias rosadas que parecían reflejar dealgún modo la desaforada puesta de sol. El muerto ya había sido identificado.Era Daniel Simó Azevedo, hombre de alguna fama en los antiguos arrabalesdel Norte, que había ascendido de carrero a guapo electoral, para degenerardespués en ladrón y hasta en delator. (El singular estilo de su muerte lespareció adecuado: Azevedo era el último representante de una generación debandidos que sabía el manejo del puñal, pero no del revólver.) Las palabrasen tiza eran las siguientes: La segunda letra del Nombre ha sido articulada. El tercer crimen ocurrió la noche del tres de febrero. Poco antes de launa, el teléfono resonó en la oficina del comisario Treviranus. Con ávido sigilo,habló un hombre de voz gutural; dijo que se llamaba Ginzberg (o Ginsburg), yque estaba dispuesto a comunicar, por una remuneración razonable, loshechos de los dos sacrificios de Azevedo y Yarmolinsky. Una discordia desilbidos y de cornetas ahogó la voz del delator. Después, la comunicación secortó. Sin rechazar la posibilidad de una broma (al fin, estaban en carnaval),Treviranus indagó que le habían hablado desde el Liverpool House, tabernade la Rue de Toulon —esa calle salobre en la que conviven el cosmorama y lalechería, el burdel y los vendedores de biblias. Treviranus habló con el patrón.Este (Black Finnegan, antiguo criminal irlandés, abrumado y casi anulado por
  • 10. la decencia) le dijo que la última persona que había empleado el teléfono de lacasa era un inquilino, un tal Gryphius, que acababa de salir con unos amigos.Treviranus fue enseguida al Liverpool House. El patrón le comunicó losiguiente: Hace ocho días, Gryphius había tomado pieza en los altos del bar.Era un hombre de rasgos afilados, de nebulosa barba gris, trajeadopobremente de negro; Finnegan (que destinaba esa habitación a un empleoque Treviranus adivinó) le pidió un alquiler sin duda excesivo; Gryphiusinmediatamente pagó la suma estipulada. No salía casi nunca; cenaba yalmorzaba en su cuarto; apenas si le conocían la cara en el bar. Esa noche,bajó a telefonear al despacho de Finnegan. Un cupé cerrado se detuvo ante lataberna. El cochero no se movió del pescante; algunos parroquianosrecordaron que tenía máscara de oso. Del cupé bajaron dos arlequines; erande reducida estatura y nadie pudo no observar que estaban muy borrachos.Entre balidos de cornetas, irrumpieron en el escritorio de Finnegan; abrazarona Gryphius, que pareció reconocerlos, pero que les respondió con frialdad;cambiaron unas palabras en yiddish —él en voz baja, gutural, ellos con lasvoces falsas, agudas— y subieron a la pieza del fondo. Al cuarto de horabajaron los tres, muy felices; Gryphius, tambaleante, parecía tan borrachocomo los otros. Iba, alto y vertiginoso, en el medio, entre los arlequinesenmascarados. (Una de las mujeres del bar recordó los losanges amarillos,rojos y verdes.) Dos veces tropezó; dos veces lo sujetaron los arlequines.Rumbo a la dársena inmediata, de agua rectangular, los tres subieron al cupéy desaparecieron. Ya en el estribo del cupé, el último arlequín garabateó unafigura obscena y una sentencia en una de las pizarras de la recova. Treviranus vio la sentencia. Era casi previsible; decía: La última de las letras del Nombre ha sido articulada. Examinó, después, la piecita de Gryphius—Ginzberg. Había en el suelouna brusca estrella de sangre; en los rincones, restos de cigarrillo de marcahúngara; en un armario, un libro en latín —el Philologushebraeograecus(1739), de Leusden— con varias notas manuscritas.Treviranus lo miró con indignación e hizo buscar a Lönnrot. Este, sin sacarseel sombrero, se puso a leer, mientras el comisario interrogaba a loscontradictorios testigos del secuestro posible. A las cuatro salieron. En latorcida Rue de Toulon, cuando pisaban las serpentinas muertas del alba,
  • 11. Treviranus dijo: —¿Y si la historia de esta noche fuera un simulacro? Erik Lönnrot sonrió y le leyó con toda gravedad un pasaje (que estabasubrayado) de la disertación trigésima tercera del Philologus: Dies Judaeorumincipit a solis occasu usque ad solis occasum diei sequentis. Esto quiere decir—agregó—, El día hebreo empieza al anochecer y dura hasta el siguienteanochecer. El otro ensayó una ironía. —¿Ese dato es el más valioso que usted ha recogido esta noche? —No. Más valiosa es una palabra que dijo Ginzberg. Los diarios de la tarde no descuidaron esas desapariciones periódicas.La Cruz de la Espada las contrastó con la admirable disciplina y el orden delúltimo Congreso Eremítico; Erns Palast, en El Mártir, reprobó “las demorasintolerables de un pogrom clandestino y frugal, que ha necesitado tres mesespara liquidar tres judíos”; la Yidische Zaitung rechazó la hipótesis horrorosa deun complot antisemita, “aunque muchos espíritus penetrantes no admiten otrasolución del triple misterio”; el más ilustre de los pistoleros del Sur, Dandy RedScharlach, juró que en su distrito nunca se producirían crímenes de ésos yacusó de culpable negligencia al comisario Franz Treviranus. Este recibió, la noche del primero de marzo, un imponente sobre sellado.Lo abrió: el sobre contenía una carta firmada Baruj Spinoza y un minuciosoplano de la ciudad, arrancado notoriamente de un Baedeker. La cartaprofetizaba que el tres de marzo no habría un cuarto crimen, pues la pintureríadel Oeste, la taberna de la Rue de Toulon y el Hôtel du Nord eran “los vérticesperfectos de un triángulo equilátero y místico”; el plano demostraba en tintaroja la regularidad de ese triángulo. Treviranus leyó con resignación eseargumento more geometrico y mandó la carta y el plano a casa de Lönnrot,indiscutible merecedor de tales locuras. Erik Lönnrot las estudió. Los tres lugares, en efecto, eran equidistantes.Simetría en el tiempo (3 de diciembre, 3 de enero, 3 de febrero); simetría en elespacio también... Sintió, de pronto, que estaba por descifrar el misterio. Uncompás y una brújula completaron esa brusca intuición. Sonrió, pronunció lapalabra Tetragrámaton (de adquisición reciente) y llamó por teléfono alcomisario. Le dijo: —Gracias por ese triángulo equilátero que usted anoche me mandó. Meha permitido resolver el problema. Mañana viernes los criminales estarán en la
  • 12. cárcel; podemos estar muy tranquilos. —Entonces, ¿no planean un cuarto crimen? —Precisamente, porque planean un cuarto crimen, podemos estar muytranquilos. —Lönnrot colgó el tubo. Una hora después, viajaba en un tren de losFerrocarriles Australes, rumbo a la quinta abandonada de Triste-le-Roy. Al surde la ciudad de mi cuento fluye un ciego riachuelo de aguas barrosas,infamado de curtiembres y de basuras. Del otro lado hay un suburbio donde, alamparo de un caudillo barcelonés, medran los pistoleros. Lönnrot sonrió alpensar que el más afamado —Red Scharlach— hubiera dado cualquier cosapor conocer su clandestina visita. Azevedo fue compañero de Scharlach;Lönnrot consideró la remota posibilidad de que la cuarta víctima fueraScharlach. Después, la desechó... Virtualmente, había descifrado el problema;las meras circunstancias, la realidad (nombres, arrestos, caras, trámitesjudiciales y carcelarios) apenas le interesaban ahora. Quería pasear, queríadescansar de tres meses de sedentaria investigación. Reflexionó que laexplicación de los crímenes estaba en un triángulo anónimo y en unapolvorienta palabra griega. El misterio casi le pareció cristalino; se abochornóde haberle dedicado cien días. El tren paró en una silenciosa estación de cargas. Lönnrot bajó. El airede la turbia llanura era húmedo y frío. Lönnrot echó a andar por el campo. Vioperros, vio un furgón en una vía muerta, vio el horizonte, vio un caballoplateado que bebía del agua crapulosa de un charco. Oscurecía cuando vio elmirador rectangular de la quinta de Triste-le-Roy, casi tan alto como los negroseucaliptos que lo rodeaban. Pensó que apenas un amanecer y un ocaso (unviejo resplandor en el oriente y otro en el occidente) lo separaban de la horaanhelada por los buscadores del Nombre. Una herrumbrada verja definía el perímetro irregular de la quinta. Elportón principal estaba cerrado. Lönnrot, sin mucha esperanza de entrar, diotoda la vuelta. De nuevo ante el porton infranqueable, metió la mano entre losbarrotes, casi maquinalmente, y dio con el pasador. El chirrido del hierro losorprendió. Con una pasividad laboriosa, el portón entero cedió. Lönnrot avanzó entre los eucaliptos, pisando confundidas generacionesde rotas hojas rígidas. Vista de cerca, la casa de la quinta de Triste-le-Royabundaba en inútiles simetrías y en repeticiones maniáticas: a una Dianaglacial en un nicho lóbrego correspondía en un segundo nicho otra Diana; un
  • 13. balcón se reflejaba en otro balcón; dobles escalinatas se abrían en doblebalaustrada. Lönnrot rodeó la casa como había rodeado la quinta. Todo loexaminó: bajo el nivel de la terraza vio una estrecha persiana. La empujó: unos pocos escalones de mármol descendían a un sotano.Lönnrot, que ya intuía las preferencias del arquitecto, adivino que en elopuesto muro del sótano había otros escalones. Los encontró, subió, alzó lasmanos y abrió la trampa de salida. Un resplandor lo guió a una ventana. La abrió: una luna amarilla ycircular definía en el triste jardín dos fuentes cegadas. Lönnrot exploró la casa.Por ante comedores y galerías salió a patios iguales y repetidas veces almismo patio. Subió por escaleras polvorientas a antecámaras circulares;infinitamente se multiplicó en espejos opuestos; se cansó de abrir o entreabrirventanas que le revelaban, afuera, el mismo desolado jardín desde variasalturas y varios ángulos; adentro, muebles con fundas amarillas y arañasembaladas en tarlatán. un dormitorio lo detuvo; en ese dormitorio, una sola floren una copa de porcelana; al primer roce los pétalos antiguos se deshicieron.En el segundo piso, en el último, la casa le pareció infinita y creciente. La casano es tan grande, pensó. La agrandan la penumbra, la simetría, los espejos,los muchos años, mi desconocimiento, la soledad. Por una escalera espiral llegó al mirador. La luna de esa tardeatravesaba los losanges de las ventanas; eran amarillos, rojos y verdes. Lodetuvo un recuerdo asombrado y vertiginoso. Dos hombres de pequeñaestatura, feroces y fornidos, se arrojaron sobre él y lo desarmaron; otro, muyalto, lo saludó con gravedad y le dijo: —Usted es muy amable. Nos ha ahorrado una noche y un día. Era Red Scharlach. Los hombres maniataron a Lönnrot. Este, al fin,encontró su voz. —Scharlach, ¿usted busca el Nombre Secreto? Scharlach seguía de pie, indiferente. No había participado en la brevelucha, apenas si alargó la mano para recibir el revólver de Lönnrot. Habló;Lönnrot oyó en su voz una fatigada victoria, un odio del tamaño del universo,una tristeza no menor que aquel odio. —No —dijo Scharlach—. Busco algo más efímero y deleznable, busco aErik Lönnrot. Hace tres años, en un garito de la Rue de Toulon, usted mismoarrestó e hizo encarcelar a mi hermano. En un cupé, mis hombres me sacarondel tiroteo con una bala policial en el vientre. Nueve días y nueve noches
  • 14. agonicé en esta desolada quinta simétrica; me arrasaba la fiebre, el odiosoJano bifronte que mira los ocasos y las auroras daban horror a mi ensueño y ami vigilia. Llegué a abominar de mi cuerpo, llegué a sentir que dos ojos, dosmanos, dos pulmones, son tan mostruosos como dos caras. Un irlandés tratóde convertirme a la fe de Jesús; me repetía la sentencia de los goim: Todoslos caminos llevan a Roma. De noche, mi delirio se alimentaba de esametáfora: yo sentía que el mundo es un laberinto, del cual era imposible huir,pues todos los caminos, aunque fingieran ir al Norte o al Sur, iban realmente aRoma, que era también la cárcel cuadrangular donde agonizaba mi hermano yla quinta de Triste-le-Roy. En esas noches yo juré por el dios que ve con doscaras y por todos los dioses de la fiebre y de los espejos tejer un laberinto entorno del hombre que había encarcelado a mi hermano. Lo he tejido y es firme:los materiales son un heresiólogo muerto, una brújula, una secta del sigloXVIII, una palabra griega, un puñal, los rombos de una pinturería. El primer término de la serie me fue dado por el azar. Yo había tramadocon algunos colegas —entre ellos, Daniel Azevedo— el robo de los zafiros delTetrarca. Azevedo nos traicionó: se emborrachó con el dinero que le habíamosadelantado y acometió la empresa el día antes. En el enorme hotel se perdió;hacia las dos de la madrugada irrumpió en el dormitorio de Yarmolinsky. Este,acosado por el insomio, se había puesto a escribir. Verosímilmente, redactabaunas notas o un artículo sobre el Nombre de Dios; había escrito ya laspalabras La primera letra del Nombre ha sido articulada. Azevedo le intimósilencio; Yarmolinsky alargó la mano hacia el timbre que despertaría todas lasfuerzas del hotel; Azevedo le dio una sola puñalada en el pecho.Fue casi unmovimiento reflejo; medio siglo de violencia le había enseñado que lo más fácily seguro es matar... A los diez días yo supe por la Yidische Zaitung que ustedbuscaba en los escritos de Yarmolinsky la clave de la muerte de Yarmolinsky.Leí la Historia de la secta de los Hasidim; supe que el miedo reverente depronunciar el Nombre de Dios había originado la doctrina de que ese Nombrees todopoderoso y recóndito. Supe que algunos Hasidim, en busca de eseNombre secreto, habían llegado a cometer sacrificios humanos... Comprendíque usted conjeturaba que los Hasidim habían sacrificado al rabino; medediqué a justificar esa conjetura. Marcelo Yarmolinsky murió la noche del tres de diciembre; para elsegundo “sacrificio” elegí la del tres de enero. Muró en el Norte; para elsegundo “sacrificio” nos convenía un lugar del Oeste. Daniel Azevedo fue la
  • 15. víctima necesaria. Merecía la muerte: era un impulsivo, un traidor; su capturapodía aniquilar todo el plan. Uno de los nuestros lo apuñaló; para vincular sucadáver al anterior, yo escribí encima de los rombos de la pinturería Lasegunda letra del Nombre ha sido articulada. El tercer “crimen” se produjo el tres de febrero. Fue, como Treviranusadivinó, un mero simulacro. Gryphius-Ginzberg-Ginsburg soy yo; una semanainterminable sobrellevé (suplementado por una tenua barba postiza) en eseperverso cubículo de la Rue de Toulon, hasta que los amigos mesecuestraron. Desde el estribo del cupé, uno de ellos escribió en un pilar Laúltima de las letras del Nombre ha sido articulada. Esa escritura divulgó que laserie de crímenes era triple. Así lo entendió el público; yo, sin embargo,intercalé repetidos indicios para que usted, el razonador Erik Lönnrot,comprendiera que es cuádruple. Un prodigio en el Norte, otros en el Este y enel Oeste, reclaman un cuarto prodigio en el Sur; el Tetragrámaton —el nombrede Dios, JHVH— consta de cuatroletras; los arlequines y la muestra delpinturero sugieren cuatro términos. Yo subrayé cierto pasaje en el manual deLeusden: ese pasaje manifiesta que los hebreos computaban el día de ocasoa ocaso; ese pasaje da a entender que las muertes ocurrieron el cuatro decada mes. Yo mandé el triángulo equilátero a Treviranus. Yo presentí queusted agregaría el punto que falta. El punto que determina un rombo perfecto,el punto que prefija el lugar donde una exacta muerte lo espera. Todo lo hepremeditado, Erik Lönnrot, para atraerlo a usted a las soledades de Triste-le-Roy. Lönnrot evitó los ojos de Scharlach. Miró los árboles y el cielosubdivididos en rombos turbiamente amarillos, verdes y rojos. Sintió un pocode frío y una tristeza impersonal, casi anónima. Ya era de noche; desde elpolvoriento jardín subió el grito inútil de un pájaro. Lönnrot consideró por últimavez el problema de las muertes simétricas y periódicas. —En su laberinto sobran tres líneas —dijo por fin—. Yo sé de unlaberinto griego que es una línea única, recta. En esa línea se han perdidotantos filósofos que bien puede perderse un mero detective. Scharlach,cuando en otro avatar usted me dé caza, finja (o cometa) un crimen en A,luego un segundo crimen en B, en 8 kilómetros de A, luego un tercer crimenen C, a 4 kilómetros de A y de B, a mitad de camino entre los dos. Aguárdemedespués en D, a 2 kilómetros de A y de C, de nuevo a mitad de camino.Máteme en D, como ahora va a matarme en Triste-le-Roy.
  • 16. Para la otra vez que lo mate —replicó Scharlach—, le prometo eselaberinto, que consta de una sola línea recta y que es indivisible, incesante. Retrocedió unos pasos. Después, muy cuidadosamente, hizo fuego.1942