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El reloj

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  • 1. El reloj por Adriana Ferraggine Luisito dijo: —Quiero tener un reloj. Y la mamá se lo compró. Era todo circular y rojo, con las agujas amarillas y los números verdes. A Luisito le encantó. —¡Tan chiquito y con reloj! —dijo la abuela. Y él, muy serio, aclaró: —Quiero ser dueño de mi tiempo. La mamá se lo puso y Luisito, de tan contento que estaba, se sentó a ver el trajinar de las agujas. Primero vio que eran tres, una cortita, una larguita y otra flaca y larga que daba vueltas todo el tiempo. Después vio que la cortita y la larguita casi ni se movían, pero que la flaca daba vueltas y vueltas, atropellando a las otras dos como un amigo malo. —¡Mamá! —dijo—. ¡Una de las agujas no deja mover a las otras! La mamá trató de explicarle no sé qué cosa de los minutos y los segundos, y de lo que va más rápido o más lento, pero él no le entendió. Solamente veía a esa aguja flaca y larga dando vueltas y vueltas por encima de las demás. Y a las otras, pobrecitas, quietitas y temerosas, casi sin poder moverse. De tanto fijar la vista tenía los ojos mareados y la cabeza chueca, y estaba tan cansado que no servía para nada. Fastidiado, salió al patio, se sacó el reloj y lo puso sobre la mesita de jardín. Después, hizo como que jugaba. Rodó un autito, se hamacó, embocó un par de veces la pelota en el aro. Pero la verdad, es que no podía sacarse de la cabeza a esa aguja peleadora. El sabía bien lo que era eso, porque tenía un compañero así de mandón y, por su culpa, ellos nunca podían jugar a lo que querían. —¿Qué pasa querido? —preguntó la abuela, que pasaba por allí.
  • 2. —Una de las agujas va muy rápido, abuela. —Ah, es que el tiempo nunca se detiene querido —contestó ella, con un cierto pesar. Las palabras de la abuela le cayeron como una bola de cemento sobre la cabeza, porque una cosa era que el tiempo no se detuviera nunca, si iba despacio. Pero esa aguja maldita lo llevaba muy rápido y entonces todo iba a suceder demasiado pronto. Uno a uno, se le empezaron a representar los sucesos de aquel desastre: La abuela envejecería rápido y se moriría. La mamá se pondría vieja y no correría más por la playa ni treparía a los árboles, como ahora. El papá ya no lo subiría a caballito en su espalda. Él mismo se haría grande y terminaría el jardín, y tendría que ir a estudiar a la escuela. Todo por culpa de aquella aguja atropelladora. Y entonces dijo: —Tengo que hacer algo. Recordó primero las recomendaciones de su mamá cuando él le contaba lo que pasaba con ese compañero. —Avísale a tu seño —le decía. Pero acá no había ninguna seño. Recordó luego a los héroes de los cuentos, pero ninguno había tenido que vérselas con una aguja de reloj. Pensó en los héroes de la Patria, en sus ejércitos pobres venciendo a enemigos poderosos. A esta altura, el pobre Luisito estaba tan desanimado que empezaba a darse por vencido y, mientras tanto, la aguja seguía gastando tiempo como si fuera todo de ella. En ese momento, sucedió lo maravilloso. Esas cosas que suelen resolver los problemas en el momento menos esperado. El gato del vecino andaba por las cornisas, provocando al perro de Luisito. El perro, como siempre, ladraba y saltaba, impotente, tratando de alcanzarlo. Un pajarito que pasaba por allí, avistó una miguita de pan en el medio del patio, y bajó a llevársela. El gato saltó de la cornisa para comerse al pájaro, olvidándose del perro. El perro se lanzó sobre el gato y alcanzó a morderle la cola. El gato maulló y, espantado, saltó sobre la mesa del patio con tanto ímpetu que la tiró. Pero se recuperó rápidamente y volvió a la cornisa, a ponerse a salvo del perro que se lo quería comer. El pajarito ya estaba muy lejos de allí.
  • 3. Cuando la mamá y la abuela salieron al patio a ver qué sucedía, todo estaba hecho un lío. La mesa caída, las macetas rotas, y el reloj aplastado, que había dejado de funcionar. Lo miraron a Luisito, pensando que lloraría. Pero no, estaba con una sonrisa de oreja a oreja. —En fin —dijeron ambas—, a los chicos de hoy en día no hay quien los entienda—. Y se pusieron a levantar y a ordenar el desastre. Luisito, lo que nunca, quiso ayudar. Se ocupó de la escoba y de la palita, y, sobre todo, de anudar bien la bolsa donde pusieron la basura, no fuera cosa que la aguja se escapara para seguir haciendo de las suyas.