A+mamá+se..
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A+mamá+se.. A+mamá+se.. Document Transcript

  • A mamá se le ha ido la olla Esa mañana, cuando Leo se despertó, el sol se filtraba por las cortinas. Miró el despertador. ¡Las nueve y media! Y tenía colegio. —¡Mamá! ¡Mamá! Ninguna respuesta. Corrió hacia la habitación anaranjada. —¡Mamá! —gritó sin aliento—. Es tarde, ¡voy a llegar tarde! Pero mamá, en su cama, escondió la cabeza bajo la almohada refunfuñando. Leo no podía creer lo que veía. Normalmente, las sábanas se le pegaban a él. —Tengo hambre —gimió—. ¿Cuándo desayunamos? —Me importa un bledo —gruñó mamá—. Mira en la nevera. Leo, furioso, se encaminó a la cocina. Su desayuno consistió en un resto de cereales rancios y un vaso de agua, lo que lo puso de muy mal humor. Su mamá, por fin, se levantó a las 11, bostezó ruidosamente y encendió el televisor. Cayó en el canal de la «Tele-tienda», donde se puede encargar un robot de cocina, secadores de pelo, joyas, aparatos de ejercicios y cualquier otra cosa con solo llamar a la tele. Mamá solía decir que era un programa archicretino y que había que estar muy mal de la cabeza para mirar esas tonterías. Pero, ese día, ella las veía sonriente, con los ojos como platos, con los pies desnudos sobre el sofá. A la hora de comer, puso el kétchup sobre la mesa y dos platos. —¿Qué comemos? —preguntó Leo, esperanzado, pues con el kétchup a menudo había patatas fritas. —Rebanadas de pan con kétchup —respondió mamá. —¿Y qué más?
  • —Eso es todo —dijo mamá—. Kétchup y coca-cola. —¿Y de postre? —Un buñuelo descongelado. —No es muy bueno para la salud —murmuró Leo, que se sentía extrañamente triste al no tener ni entrada, ni plato fuerte, ni postre. —¿Y no voy al colegio? —No, hoy no se va al colegio. ¿No es lo que querías? Leo se preguntó si su mamá no se habría dado un golpe en la cabeza. Tenía ganas de gritar: «¡Llévame al colegio! Dime que me vista, que me lave los dientes. Que termine mi plato». Pero tuvo una idea mejor. —¿Puedo ver la tele? —Sí, claro, haz lo que quieras —dijo mamá tendiéndole el mando a distancia—. Yo me vuelvo a la cama. Leo tomó el mando y devoró los dibujos animados más prohibidos, más violentos y más idiotas, los más sangrientos y los más vociferantes: «El doctor Niarc-Niarc y sus treinta y seis monstruos apestosos», «El robot japonés sediento de sangre», «El regreso de la gameboy asesina». Dos horas más tarde, le dolía terriblemente la cabeza, y pensó que tenía un serio problema. «¿Qué se hace, se preguntaba, cuando tu mamá pierde la cabeza? ¿Hay que llamar a un médico?» El día anterior, sin ir más lejos, se había enfadado cuando Leo se negó a apagar la tele. Y hoy, de pronto… ¡lo hacía todo al revés! Cuando dieron las 7, Leo vio que nadie lo llamaba para que se bañase. No oía correr el agua, como de costumbre. —¿Me ayudas a bañarme? —le preguntó esperanzado. —Noooo —dijo Mama, que había encendido la tele—. Estoy viendo mi serie favorita. —¿Y para cenar? —preguntó Leo, que empezaba a estar furioso. —Mira en la despensa. Seguro que hay galletas de chocolate. Puedes comértelas con un vaso de coca-cola. A Leo le apetecía oler el aroma de un plato gratinado, o incluso de unas judías verdes al vapor. —¡Estoy harto-harto-harto! —gritó.
  • Y se encerró en su cuarto para pensar. ¿Qué estaba pasando? Se sentía aturdido. Las normas habían desaparecido de la casa, todo el mundo hacía lo que le daba la gana, a él le encantaban los buñuelos, las galletas de chocolate, y la víspera, sin ir más lejos, le puso mala cara a unas zanahorias ralladas y a unos calabacines gratinados. Entonces, ¿por qué se sentía tan desgraciado? ¿Por qué tenía ganas de que su mamá le diese órdenes, que le dijera: Vete al colegio, báñate, cómete las verduras? Sin su baño, se sentía sucio. Había sido un día atroz-atroz-atroz. A las 9, Leo se lavó los dientes y se puso el pijama. Mamá apareció con un libro en las manos. Le preguntó alegremente: —Entonces, mi cielo, ¿qué tal lo has pasado hoy? —Fatal —gruñó Leo—. Fatal. Una pesadilla. Tú ya no eres mi mamá y no quiero volver a verte. Eres una bruja. Mamá abrazó a Leo, igual que cuando era un bebé, y el niñito se embriagó con su aroma a violetas. Parecía que ella se había convertido de nuevo en su mamá. ¿Tal vez se había dado otro golpe en la cabeza, y uno corrigió el otro? —Estoy muy contenta —dijo mamá—, de que lo hayas comprendido. Nadie puede vivir sin normas, sin ley, especialmente los niños. A veces los niños sueñan con estar solos, sin los padres que les digan: «Lávate los dientes, deja de ver la televisión, es hora de ir al colegio, termínate las verduras, te vas a empachar si comes tantos caramelos». Y a veces — susurró—, los padres también sueñan con un mundo en el que no tengan que decir y repetir todo eso… Pero es imposible. Hay que respetar ciertas normas de vida, para ser feliz. ¿Sabes que, si no tuvieras que ir al colegio, te aburrirías terriblemente en casa? Desde el siguiente día, cuando mamá lo despertó a las siete y media, diciéndole con su cálida voz: «Arriba, cariño mío, ya es la hora», Leo se levantó inmediatamente. Luego se dirigió a la cocina, donde le esperaba un olor delicioso: había huevos con jamón, zumo de naranja, un tazón de leche… «¡Miam, Miam!», pensó. Esa mañana no tuvieron que decirle dos veces que se lavase los dientes, que no se olvidase de su mochila. Y, cuando volvió del colegio, créeme si te digo que las judías verdes y la pierna de cordero le resultaron de lo más suculento. Ni siquiera pidió el kétchup… Sophie Carquain Pequeñas historias para hacerse mayor Madrid, Editorial Edaf, 2006