Episodios nacionales 6 a 10
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Episodios nacionales 6 a 10 Episodios nacionales 6 a 10 Document Transcript

  • Zaragoza Benito Pérez Galdós[5] -I- Me parece que fue al anochecer del 18 cuando avistamos a Zaragoza. Entrando por lapuerta de Sancho, oímos que daba las diez el reloj de la Torre Nueva. Nuestro estadoera excesivamente lastimoso en lo tocante a vestido y alimento, porque las largasjornadas que habíamos hecho desde Lerma por Salas de los Infantes, Cervera, Agreda,Tarazona y Borja, escalando montes, vadeando ríos, franqueando atajos y vericuetoshasta llegar al camino real de Gallur y Alagón, nos dejaron molidos, extenuados yenfermos de fatiga. Con todo, la alegría de vernos libres endulzaba todas nuestras penas. Éramos cuatro los que habíamos logrado escapar entre Lerma y Cogollos,divorciando nuestras inocentes manos de la cuerda que enlazaba a tantos patriotas. Eldía de la evasión reuníamos entre los cuatro un capital de once reales; pero después detres [6] días de marcha, y cuando entramos en la metrópoli aragonesa, hízose un balancey arqueo de la caja social, y nuestras cuentas sólo arrojaron un activo de treinta y uncuartos. Compramos pan junto a la Escuela Pía, y nos lo distribuimos. D. Roque, que era uno de los expedicionarios, tenía buenas relaciones en Zaragoza;pero aquella no era hora de presentarnos a nadie. Aplazamos para el día siguiente elbuscar amigos, y como no podíamos alojarnos en una posada, discurrimos por la ciudadbuscando un abrigo donde pasar la noche. Los portales del Mercado no nos parecíantener las comodidades y el sosiego que nuestros cansados cuerpos exigían. Visitamos latorre inclinada, y aunque alguno de mis compañeros propuso que nos guareciéramos alamor de su zócalo, yo opiné que allí estábamos como en campo raso. Sirvionos, sinembargo, de descanso aquel lugar, y también de refectorio para nuestra cena de panseco, la cual despachamos alegremente, mirando de rato en rato la mole amenazadora,cuya desviación la asemeja a un gigante que se inclina para mirar quién anda a sus pies.A la claridad de la luna, aquel centinela de ladrillo proyecta sobre el cielo su enjutafigura, que no puede tenerse derecha. Corren las nubes por encima de su aguja, y elespectador que mira desde abajo, se estremece de espanto, creyendo que las nubes estánquietas y que la torre se le viene encima. Esta absurda fábrica bajo cuyos pies ha cedidoel suelo [7] cansado de soportarla, parece que se está siempre cayendo, y nunca acabade caer. Recorrimos luego el Coso desde la casa de los Gigantes hasta el Seminario; nosmetimos por la calle Quemada y la del Rincón, ambas llenas de ruinas, hasta la plazuelade San Miguel, y de allí, pasando de callejón en callejón, y atravesando al azar angostase irregulares vías, nos encontramos junto a las ruinas del monasterio de Santa Engracia,
  • volado por los franceses al levantar el primer sitio. Los cuatro lanzamos una mismaexclamación, que indicaba la conformidad de nuestros pensamientos. Habíamosencontrado un asilo, y excelente alcoba donde pasar la noche. La pared de la fachada continuaba en pie con su pórtico de mármol, poblado deinnumerables figuras de santos, que permanecían enteros y tranquilos como si ignoraranla catástrofe. En el interior vimos arcos incompletos, machones colosales, irguiéndoseaún entre los escombros, y que al destacarse negros y deformes sobre la claridad delespacio, semejaban criaturas absurdas, engendradas por una imaginación en delirio;vimos recortaduras, ángulos, huecos, laberintos, cavernas y otras mil obras de esaarquitectura del acaso trazada por el desplome. Había hasta pequeñas estancias abiertasentre los pedazos de la pared con un arte semejante al de las grutas en la naturaleza. Lostrozos de retablo podridos a causa de la humedad, asomaban entre los restos de la [8]bóveda, donde aún subsistía la roñosa polea que sirvió para suspender las lámparas, yprecoces yerbas nacían entre las grietas de la madera y de la piedra. Entre tanto destrozohabía objetos completamente intactos, como algunos tubos del órgano y la reja de unconfesonario. El techo se confundía con el suelo, y la torre mezclaba sus despojos conlos del sepulcro. Al ver semejante aglomeración de escombros, tal multitud de trozoscaídos sin perder completamente su antigua forma, las masas de ladrillo enyesado quese desmoronaban como objetos de azúcar, creeríase que los despojos del edificio nohabían encontrado posición definitiva. La informe osamenta parecía palpitar aún con elestremecimiento de la voladura. D. Roque nos dijo que bajo aquella iglesia había otra, donde se veneraban los huesosde los Santos Mártires de Zaragoza; pero la entrada del subterráneo estaba obstruida.Profundo silencio reinaba allí; mas internándonos, oímos voces humanas que salían deaquellos misteriosos antros. La primera impresión que al escucharlas nos produjo fuecomo si hubieran aparecido las sombras de los dos famosos cronistas, de los mártirescristianos, y de los patriotas sepultados bajo aquel polvo, y nos increparan por haberturbado su sueño. En el mismo instante, al resplandor de una llama que iluminó parte dela escena, distinguimos un grupo de personas que se abrigaban unas contra otras en elhueco [9] formado entre dos machones derruidos. Eran mendigos de Zaragoza que sehabían arreglado un palacio en aquel sitio, resguardándose de la lluvia con vigas yesteras. También nosotros nos pudimos acomodar por otro lado, y tapándonos conmanta y media, llamamos al sueño. D. Roque me decía: -Yo conozco a D. José de Montoria, uno de los labradores más ricos de Zaragoza.Ambos somos hijos de Mequinenza, fuimos juntos a la escuela y(1) juntos jugábamos altruco(2) en el altillo del Corregidor. Aunque hace treinta años que no le veo, creo que nosrecibirá bien. Como buen aragonés, todo él es corazón. Le veremos, muchachos;veremos a D. José de Montoria... Yo también tengo sangre de Montoria por la líneamaterna. Nos presentaremos a él; le diremos... Durmiose D. Roque y también me dormí. - II -
  • El lecho en que yacíamos no convidaba por sus blanduras a dormir perezosamente lamañana, antes bien, colchón de guijarros hace buenos madrugadores. Despertamos,pues, con el día, y como no teníamos que entretenernos en melindres de tocador, bienpronto estuvimos en disposición de salir a hacer [10] nuestras visitas. A los cuatro nosocurrió simultáneamente la idea de que sería muy bueno desayunarnos; pero al puntoconvinimos con igual unanimidad, en que no era posible por carecer de los fondosindispensables para tan alta empresa. -No os acobardéis, muchachos -dijo D. Roque-, que al punto os he de llevar a todos acasa de mi amigo, el cual nos amparará. Cuando esto decía, vimos salir a dos hombres y una mujer de los que fueron durantela noche nuestros compañeros de posada, y parecían gente habituada a dormir en aquellugar. Uno de ellos, era un infeliz lisiado, un hombre que acababa en las rodillas y seponía en movimiento con ayuda de muletas o bien andando a cuatro remos, viejo, derostro jovial y muy tostado por el sol. Como nos saludara afablemente al pasar,dándonos los buenos días, D. Roque le preguntó hacia qué parte de la ciudad caía lacasa de D. José de Montoria, oyendo lo cual repuso el cojo: -¿D. José de Montoria? Le conozco más que a las niñas de mis ojos. Hace veinteaños vivía en la calle de la Albardería; después se mudó a la de la Parra, después... Peroustés(3) son forasteros por lo que veo. -Sí, buen amigo, forasteros somos, y venimos a afiliarnos en el ejército de estavaliente ciudad. -¿De modo que no estaban ustés aquí el 4 de Agosto? [11] -No, amigo -le respondí-, no hemos presenciado ese gran hecho de armas. -¿Ni tampoco vieron la batalla de las Eras? -preguntó el mendigo sentándose frente anosotros. -Tampoco hemos tenido esa felicidad. -Pues allí estuvo D. José de Montoria; fue de los que llevaron arrastrando el cañónhasta enfilarlo... pues. Veo que ustés no han visto nada. ¿De qué parte del mundo vienenustés? -De Madrid -dijo D. Roque-. ¿Con que Vd. nos podrá decir dónde vive mi granamigo D. José?... -Pues no he de poder, hombre, pues no he de poder -repuso el cojo, sacando unmendrugo para desayunarse-. De la calle de la Parra se mudó a la de Enmedio. Ya sabenustés que todas las casas volaron... pues. Allí estaba Esteban López, soldado de ladécima compañía del primer tercio de voluntarios de Aragón, y él solo con cuarentahombres hizo retirar a los franceses. -Eso sí que es cosa admirable -dijo D. Roque.
  • -Pero si no han visto ustés lo del 4 de Agosto, no han visto nada -continuó elmendigo-. Yo vi también lo del 4 de Junio, porque me fui arrastrando por la calle de laPaja, y vi a la Artillera cuando dio fuego al cañón de 24. -Ya, ya tenemos noticia del heroísmo de esa insigne mujer -manifestó D. Roque-.Pero si Vd. nos quisiera decir... -Pues sí; D. José de Montoria es muy amigo del [12] comerciante D. AndrésGuspide, que el 4 de Agosto estuvo haciendo fuego desde la visera del callejón de laTorre del Pino, y por allí llovían granadas, balas, metralla, y mi D. Andrés fijo como unposte. Más de cien muertos había a su lado, y él solo mató cincuenta franceses. -Gran hombre es ese; ¿y es amigo de mi amigo? -Sí señor -respondió el cojo-. Y ambos son los mejores caballeros de toda Zaragoza,y me dan limosna todos los sábados. Porque han de saber ustés que yo soy PepePallejas, y me llaman por mal nombre Sursum Corda, pues como fui hace veinte ynueve años sacristán de Jesús y cantaba... pero esto no viene al caso, y sigo diciendoque yo soy Sursum Corda y pue que hayan ustés oído hablar de mí en Madrid. -Sí -dijo D. Roque cediendo a un impulso de amabilidad-; me parece que allá he oídonombrar al señor de Sursum Corda. ¿No es verdad, muchachos? -Pues ello... -prosiguió el mendigo-. Y sepan también que antes del sitio yo pedíalimosna en la puerta de este monasterio de Santa Engracia, volado por los bandidos el13 de Agosto. Ahora pido en la puerta de Jerusalem, donde me podrán hallar siempreque gusten... Pues como iba diciendo, el día 4 de Agosto estaba yo aquí, y vi salir de laiglesia a Francisco Quílez, sargento primero de la primera compañía del primer batallónde fusileros, el cual [13] ya saben ustés que fue el que con treinta y cinco hombres echóa los bandidos del convento de la Encarnación... Veo que se asombran ustés... ya. Puesen la huerta de Santa Engracia, que está aquí detrás, murió el subteniente D. MiguelGila. Lo menos había doscientos cadáveres en la tal huerta, y allí perniquebraron a D.Felipe San Clemente y Romeu, comerciante de Zaragoza. Verdad es que si no hubieraestado presente D. Miguel Salamero... ¿ustés no saben nada de esto? -No, amigo y señor mío -dijo D. Roque-, nada de esto sabemos, y aunque tenemos elmayor gusto en que Vd. nos cuente tantas maravillas, lo que es ahora, más nos importasaber dónde encontraremos al D. José mi antiguo amigo, porque padecemos los cuatrode un mal que llaman hambre y que no se cura oyendo contar sublimidades. -Ahora mismo les llevaré a donde quieren ir -repuso Sursum Corda, después deofrecernos parte de sus mendrugos-. Pero antes les quiero decir una cosa, y es que si D.Mariano Cereso no hubiera defendido la Aljafería como la defendió, nada se habríahecho en el Portillo. ¡Y que es hombre de mantequillas en gracia de Dios el tal D.Mariano Cereso! En la del 4 de Agosto andaba por las calles con su espada y rodelaantigua y daba miedo verle. Esto de Santa Engracia parecía un horno, señores. Lasbombas y las granadas llovían; pero los patriotas no les hacían más caso que si fuerangotas de agua. [14] Una buena parte del convento se desplomó; las casas temblaban ytodo esto que estamos viendo parecía un barrio de naipes, según la prontitud con que seincendiaba y se desmoronaba. Fuego en las ventanas, fuego arriba, fuego abajo: los
  • franceses caían como moscas, señores, y a los zaragozanos lo mismo les daba morir quenada. D. Antonio Quadros embocó por allí, y cuando miró a las baterías francesas, se lasquería comer. Los bandidos tenían sesenta cañones echando fuego sobre estas paredes.¿Ustés no lo vieron? Pues yo sí, y los pedazos del ladrillo de las tapias y la tierra de losparapetos salpicaban como miajas de un bollo. Pero los muertos servían de parapeto, ymuertos arriba, muertos abajo, aquello era una montaña. D. Antonio Quadros echaballamas por los ojos. Los muchachos hacían fuego sin parar; su alma era toda balas,¿ustés no lo vieron? Pues yo sí, y las baterías francesas se quedaban limpias deartilleros. Cuando vio que un cañón enemigo había quedado sin gente, el comandantegritó: «¡Una charretera al que clave aquel cañón!» y Pepillo Ruiz echa a andar comoquien se pasea por un jardín entre mariposas y flores de Mayo; sólo que aquí lasmariposas eran balas, y las flores bombas. Pepillo Ruiz clava el cañón y se vuelveriendo. Pero velay(4) que otro pedazo de convento se viene al suelo. El que fueaplastado, aplastado quedó. D. Antonio Quadros dijo que aquello no importaba nada, yviendo que la artillería de los bandidos [15] había abierto un gran boquete en la tapia,fue a taparlo él mismo con una saca de lana. Entonces una bala le dio en la cabeza.Retiráronle aquí; dijo que tampoco aquello importaba nada, y expiró. -¡Oh! -dijo D. Roque con impaciencia-. Estamos encantados, señor Sursum Corda, yel más puro patriotismo nos inflama al oírle contar a Vd. tan grandes hazañas; pero siVd. nos quisiera decir dónde... -Hombre de Dios -contestó el mendigo- ¿pues no se lo he de decir? Si lo que más séy lo que más visto tengo en mi vida es la casa de D. José de Montoria. Como que estácerca de San Pablo. ¡Oh! ¿Ustés no vieron lo del hospital? Pues yo sí: allí caían lasbombas como el granizo. Los enfermos viendo que los techos se les venían encima, searrojaban por las ventanas a la calle. Otros se iban arrastrando y rodaban por lasescaleras. Ardían los tabiques, oíanse lamentos, y los locos mugían en sus jaulas comofieras rabiosas. Otros se escaparon y andaban por los claustros riendo, bailando yhaciendo mil gestos graciosos que daban espanto. Algunos salieron a la calle como endía de Carnaval, y uno se subió a la cruz del Coso, donde se puso a sermonear, diciendoque él era el Ebro y que anegando la ciudad iba a sofocar el fuego. Las mujeres corríana socorrer a los enfermos, y todos eran llevados al Pilar y a la Seo. No se podía andarpor las calles. La Torre Nueva hacía señales para que se supiera cuándo [16] venía unabomba; pero el griterío de la gente no dejaba oír las campanas. Los franceses avanzanpor esta calle de Santa Engracia; se apoderan del hospital y del convento de SanFrancisco; empieza la guerra en el Coso y en las calles de por allí. Don Santiago Sas, D.Mariano Cereso, D. Lorenzo Calvo, D. Marcos Simonó, Renovales, el albéitar MartínAlbantos, Vicente Codé, D. Vicente Marraco y otros atacan a los franceses a pechodescubierto; y detrás de una barricada hecha por ella misma, les espera llena de furor yfusil en mano, la señora condesa de Bureta. -¿Cómo, una mujer, una condesa -preguntó con entusiasmo D. Roque- levantababarricadas y apuntaba fusiles? -¿Ustés no lo sabían? -dijo Sursum-. ¿Pues en dónde viven ustés? La señora doñaMaría Consolación Azlor y Villavicencio, que vive allá por el Ecce-Homo, andaba porlas calles, y a los desanimados les decía mil lindezas, y luego haciendo cerrar la entradade la calle, se puso al frente de una partida de paisanos, gritando: «¡Aquí moriremostodos, antes que dejarles pasar!».
  • -¡Oh, cuánta sublimidad! -exclamó D. Roque bostezando de hambre-. ¡Y cuánto meagradaría oír contar hazañas de esa naturaleza con el estómago lleno! Conque decía Vd.,buen amigo, que la casa de D. José cae hacia... -Hacia allá -repuso el cojo-. Ya saben ustés [17] que los franceses se enredaron y seatascaron en el arco de Cineja. ¡Virgen mía del Pilar! Aquello era matar franceses, lodemás es aire. En la calle de la Parra, en la plazuela de Estrevedes, en la calle de losUrreas, en la de Santa Fe y en la del Azoque los paisanos despedazaban a los franceses.Todavía me zumban en las orejas el cañoneo y el gritar de aquel día. Los gabachosquemaban las casas que no podían defender y los zaragozanos hacían lo mismo. Fuegopor todos lados... Hombres, mujeres, chiquillos... Basta tener dos manos para trabajarcontra el enemigo. ¿Ustés no lo vieron? Pues no han visto nada. Pues como les ibadiciendo, aquel día salió Palafox de Zaragoza para... -Basta, amigo mío -dijo D. Roque perdiendo la paciencia-; estamos encantados consu conversación; pero si no nos guía al instante a casa de mi paisano o nos indica cómopodemos encontrar su casa, nos iremos solos. -Al instante, señores, no apurarse -repuso Sursum Corda echando a andar delante denosotros con toda la agilidad de sus muletas-. Vamos allá, vamos con mil amores. ¿Venustés esta casa? Pues aquí vive Antonio Laste, sargento primero de la compañía delcuarto tercio, y ya sabrán que salvó de la tesorería los diez y seis mil cuatrocientospesos, y quitó a los franceses la cera que habían robado. -Adelante, adelante, amigo -dije, viendo que el incansable hablador se detenía paracontar de un [18] modo minucioso las hazañas de Antonio Laste. -Ya pronto llegaremos -repuso Sursum-. Por aquí iba yo en la mañana del 1.º deJulio, cuando encontré a Hilario Lafuente, cabo primero de la compañía de escopeterosdel presbítero Sas, y me dijo: «Hoy van a atacar el Portillo». Entonces yo me fui a ver loque había y... -Ya estamos enterados de todo -le indicó don Roque-. Vamos aprisa, y despuéshablaremos. -Esta casa que ven ustés toda quemada y hecha escombros -continuó el cojovolviendo una esquina- es la que ardió el día 4, cuando D. Francisco Ipas, subtenientede la segunda compañía de escopeteros de la parroquia de San Pablo, se puso aquí conun cañón, y luego... -Ya sabemos lo demás, buen hombre -dijo don Roque-. Adelante, y más que de prisa. -Pero mucho mejor fue lo que hizo Codé, labrador de la parroquia de la Magdalena,con el cañón de la calle de la Parra -continuó el mendigo deteniéndose otra vez-. Pues alir a disparar, los franceses se echan encima; huyen todos; pero Codé se mete debajo delcañón; pasan los franceses sin verle, y después, ayudado de una vieja que le dio unacuerda, arrastra la pieza hasta la bocacalle. Vengan ustés y les enseñaré. -No, no queremos ver nada: adelante, adelante en nuestro camino.
  • Tanto le azuzamos, y con tanta obstinación cerramos [19] nuestros oídos a sushistorias, que al fin, aunque muy despacio, nos llevó por el Coso y el Mercado a la callede la Hilarza, donde la persona a quien queríamos ver tenía su casa. - III - Pero ¡ay!, D. José de Montoria no estaba en ella y nos fue preciso buscarle en losalrededores de la ciudad. Dos de mis compañeros, aburridos de tantas idas y venidas, sesepararon de nosotros, aspirando a buscar con su propia iniciativa un acomodo militar ocivil. Nos quedamos solos D. Roque y un servidor, y así emprendimos con másdesembarazo el viaje a la torre de nuestro amigo (llaman en Zaragoza torres a las casasde campo) situada a poniente, lindando con el camino de Muela y a poca distancia de laBernardona. Un paseo tan largo a pie y en ayunas no era lo más satisfactorio paranuestros fatigados cuerpos; pero la necesidad nos obligaba a tan inoportuno ejercicio ypor bien servidos nos dimos encontrando al deseado zaragozano, y siendo objeto de sucordial hospitalidad. Ocupábase Montoria cuando llegamos en talar los frondosos olivos de su finca,porque así lo exigía el plan de obras de defensa establecido por los jefes [20]facultativos ante la inminencia de un segundo sitio. Y no era sólo nuestro amigo el quepor sus propias manos destruía sin piedad la hacienda heredada: todos los propietariosde los alrededores se ocupaban en la misma faena y presidían los devastadores trabajoscon tanta tranquilidad como si fuera un riego, un replanteo o una vendimia. Montorianos dijo: -En el primer sitio talé la heredad que tengo al lado allá de Huerva; pero estesegundo asedio que se nos prepara dicen que será más terrible que aquel, a juzgar por elgran aparato de tropas que traen los franceses. Contámosle la capitulación de Madrid, lo cual pareció causarle mucha pesadumbre, ycomo elogiáramos con exclamaciones hiperbólicas las ocurrencias de Zaragoza desde el15 de Junio al 14 de Agosto, encogiose de hombros y contestó: -Se ha hecho todo lo que se ha podido. Acto continuo D. Roque pasó a hacer elogios de mi personalidad, militar ycivilmente considerada, y de tal modo se le fue la mano en este capítulo, que me hizosonrojar, mayormente considerando que algunas de sus afirmaciones eran estupendasmentiras. Díjole primero que yo pertenecía a una de las más alcurniadas familias de labaja Andalucía en tierra de Doñana, y que había asistido al glorioso combate deTrafalgar en clase de guardia marina. Le dijo también que la junta me había concedidoun [21] destino en el Perú y que durante el sitio de Madrid había hecho prodigios devalor en la Puerta de los Pozos, siendo tanto mi ardor, que los franceses, después de larendición, creyeron conveniente deshacerse de tan terrible enemigo, enviándome conotros patriotas a Francia. Añadió que mis ingeniosas invenciones habían proporcionadola fuga a los cuatro compañeros refugiados en Zaragoza, y puso fin a su panegírico
  • asegurando que por mis cualidades personales era yo acreedor a las mayoresdistinciones. Montoria en tanto me examinaba de pies a cabeza, y si llamaba su atención mi maltraer y las infinitas roturas de mi vestido, también debió advertir(5) que este era de losque usan las personas de calidad, revelando su finura, buen corte y aristocrático origenen medio de la multiplicidad abrumadora de sus desperfectos. Luego que me examinó,me dijo: -¡Porra! No le podré afiliar a Vd. en la tercera escuadra de la segunda compañía deescopeteros de D. Santiago Sas, de cuya compañía soy capitán; pero entrará en el cuerpoen que está mi hijo; y si no quiere Vd., largo de Zaragoza, que aquí no admitimos genteharagana. Y a Vd., D. Roque amigo, puesto que no está para coger el fusil ¡porra!, leharemos practicante de los hospitales del ejército. Luego que esto oyó D. Roque, expuso por medio de circunlocuciones retóricas y degraciosas elipsis la gran necesidad en que nos encontrábamos y [22] lo bien querecibiríamos sendas magras y un par de panes cada uno. Entonces vimos que frunció elceño el gran Montoria, mirándonos de un modo severo, lo cual nos hizo temblar, yparecionos que íbamos a ser despedidos por la osadía de pedir de comer. Balbucimostímidas excusas y entonces nuestro protector con rostro encendido, nos habló así: -¿Con que tienen hambre? ¡Porra, váyanse al demonio con cien mil pares de porras!¿Y por qué no lo habían dicho? ¿Con que yo soy hombre capaz de consentir que losamigos tengan hambre, porra? Sepan que no me faltan diez docenas de jamonescolgados en el techo de la despensa, ni veinte cubas de lo de Rioja, sí señor; y tenerhambre y no decírmelo en mi cara sin retruécanos, es ofender a un hombre como yo. Ea,muchachos, entrad adentro y mandar(6) que frían obra de cuatro libras de lomo, y queestrellen dos docenas de huevos, y que maten seis gallinas, y saquen de la cueva sietejarros de vino, que yo también quiero almorzar. Vengan todos los vecinos, lostrabajadores y mis hijos si están por ahí. Y ustedes, señores, prepárense a hacerpenitencia conmigo. ¡Nada de melindres, porra! Comerán de lo que hay sin dengues niboberías. Aquí no se usan cumplidos. Vd., Sr. D. Roque, y Vd., Sr. de Araceli, están ensu casa hoy y mañana y siempre, ¡porra! José de Montoria es muy amigo de los amigos.Todo lo que tiene es de los amigos. La brusca generosidad de aquel insigne varón [23] nos tenía anonadados. Comorecibiera muy mal los cumplimientos, resolvimos dejar a un lado el formularioartificioso de la corte, y vierais allí cómo la llaneza más primitiva reinó durante elalmuerzo. -Qué, ¿no come Vd. más? -me dijo D. José-. Me parece que es Vd. un boquirrubioque se anda con enjuagues y finuras. A mí no me gusta eso, caballerito; me parece queme voy a enfadar y tendré que pegar palos para hacerles comer. Ea, despache Vd. estevaso de vino. ¿Acaso es mejor el de la corte? Ni a cien leguas. Con que, porra, bebaVd., porra, o nos veremos las caras. Esto fue causa de que comiera y bebiera mucho más de lo que cabía en mi cuerpo;pero había que corresponder a la generosa franqueza de Montoria, y no era cosa de quepor una indigestión más o menos se perdiera tan buena amistad.
  • Después del almuerzo, siguieron los trabajos de tala, y el rico labrador los dirigíacomo si fuera una fiesta. -Veremos -decía- si esta vez se atreven a atacar el castillo. ¿No ha visto Vd. las obrasque hemos hecho? Menudo trabajo van a tener. Yo he dado doscientas sacas de lana,una friolera, y daré hasta el último mendrugo. Cuando nos retirábamos a la ciudad, llevonos Montoria a examinar las obrasdefensivas que a la sazón se estaban construyendo en aquella parte occidental. Había enla puerta del Portillo una gran [24] batería semicircular que enlazaba las tapias delconvento de los Fecetas con las del de Agustinos descalzos. Desde este edificio al deTrinitarios corría otra muralla recta, aspillerada en toda su extensión y con un buenreducto en el centro, todo resguardado por profundo foso que se abría hacia el famosocampo de las Eras o del Sepulcro, teatro de la heroica jornada del 15 de Junio. Más alNorte y hacia la puerta de Sancho, que da paso al pretil del Ebro, seguían lasfortificaciones, terminando en otro baluarte. Todas estas obras, como hechas a prisa,aunque con inteligencia, no se distinguían por su solidez. Cualquier general enemigo,ignorante de los acontecimientos del primer sitio y de la inmensa estatura moral de loszaragozanos al ponerse detrás de aquellos montones de tierra, se habría reído defortificaciones tan despreciables para un buen material de sitio; pero Dios ha dispuestoque alguien escape de vez en cuando a las leyes físicas establecidas por la guerra.Zaragoza, comparada con Amberes, Dantzig, Metz, Sebastopol, Cartagena, Gibraltar yotras célebres plazas fuertes tomadas o no, era entonces una fortaleza de cartón. Y sinembargo... [25] - IV - En su casa, Montoria se enfadó otra vez con don Roque y conmigo, porque noquisimos admitir el dinero que nos ofrecía para nuestros primeros gastos en la ciudad, yaquí se repitieron los puñetazos en la mesa y la lluvia de porras(7) y otras palabras queno cito; pero al fin llegamos a una transacción honrosa para ambas partes. Y ahora caigoen que me ocupo demasiado de hombre tan singular sin haber anticipado algunasobservaciones acerca de su persona. Era D. José un hombre de sesenta años, fuerte,colorado, rebosando salud, bienestar, contento de sí mismo, conformidad con la suerte yconciencia tranquila. Lo que le sobraba en patriarcales virtudes y en costumbresejemplares y pacíficas (si es que esto puede estar de sobra en algún caso), le faltaba eneducación, es decir, en aquella educación atildada y distinguida que entoncesempezaban a recibir algunos hijos de familias ricas. D. José no conocía los artificios dela etiqueta, y por carácter y por costumbres era refractario a la mentira discreta y a losamables embustes que constituyen la base fundamental de la cortesía. Como él llevabasiempre el corazón en la mano, quería que asimismo lo [26] llevasen los demás, y subondad salvaje no toleraba las coqueterías frecuentemente falaces de la conversaciónfina. En los momentos de enojo era impetuoso y dejábase arrastrar a muy violentosextremos, de que por lo general se arrepentía más tarde.
  • En él no había disimulo, y tenía las grandes virtudes cristianas, en crudo y sinpulimento, como un macizo canto del más hermoso mármol, donde el cincel no hatrazado una raya siquiera. Era preciso saberlo entender, cediendo a sus excentricidades,si bien en rigor no debe llamarse excéntrico el que tanto se parecía a la generalidad desus paisanos. No ocultar jamás lo que sentía era su norte, y si bien esto le ocasionabaalgunas molestias en el curso de la vida ordinaria y en asuntos de poca monta, era untesoro inapreciable siempre que se tratase con él un negocio grave, porque puesta a lavista toda su alma, no había que temer malicia alguna. Perdonaba las ofensas, agradecíalos beneficios y daba gran parte de sus cuantiosos bienes a los menesterosos. Vestía con aseo, comía abundantemente, ayunando con todo escrúpulo la Cuaresmaentera, y amaba a la Virgen del Pilar con fanático amor de familia. Su lenguaje no era,según se ha visto, un modelo de comedimiento, y él mismo confesaba como el mayor desus defectos lo de soltar a todas horas porra y más porra, sin que viniese al caso; peromás de una vez le oí decir, que conocedor de la falta, no la podía remediar, porqueaquello de las [27] porras le salía de la boca sin que él mismo se diera cuenta de ello. Tenía mujer y tres hijos. Era aquélla doña Leocadia Sarriera, navarra de origen. Delos vástagos, el mayor y la hembra estaban casados y habían dado a(8) los viejos algunosnietos. El más pequeño de los hijos llamábase Agustín y era destinado a la Iglesia, comosu tío del mismo nombre, arcediano de la Seo. A todos les conocí en el mismo día, yeran la mejor gente del mundo. Fui tratado con tanto miramiento, que me tenía absortosu generosidad, y si me conocieran desde el nacer no habrían sido más rumbosos. Susobsequios, espontáneamente sugeridos por corazones generosos, me llegaban al alma, ycomo yo siempre he sido fácil en dejarme querer, les correspondí desde el principio conmuy sincero afecto. -Sr. D. Roque -dije aquella noche a mi compañero cuando nos acostábamos en elcuarto que nos destinaron-, yo jamás he visto gente como esta. ¿Son así todos losaragoneses? -Hay de todo -me respondió- pero hombres de la madera de D. José de Montoria, yfamilias como esta familia abundan mucho en esta tierra de Aragón. Al siguiente día nos ocupamos en mi alistamiento. La decisión de aquella gente meentusiasmaba de tal modo, que nada me parecía tan honroso como seguir tras ella,aunque fuera a distancia, husmeando [28] su rastro de gloria. Ninguno de Vds. ignoraque en aquellos días Zaragoza y los zaragozanos habían adquirido un renombrefabuloso; que sus hazañas enardecían las imaginaciones y que todo lo referente al sitiofamoso de la inmortal ciudad, tomaba en boca de los narradores las proporciones y elcolorido de una leyenda de los tiempos heroicos. Con la distancia, las acciones de loszaragozanos adquirían dimensiones mayores aún, y en Inglaterra y en Alemania, dondeles consideraban como los numantinos de los tiempos modernos, aquellos paisanosmedio desnudos, con alpargatas en los pies y un pañizuelo enrollado en la cabeza, eranfiguras de coturno. Capitulad y os vestiremos -decían los franceses en el primer sitio,admirados de la constancia de unos pobres aldeanos vestidos de harapos-. No sabemosrendirnos -contestaban- y nuestras carnes sólo se cubren de gloria. Esta y otras frases habían dado la vuelta al mundo.
  • Pero volvamos a lo de mi alistamiento. Era un obstáculo para este el manifiesto dePalafox de 13 de Diciembre, en que ordenaba la expulsión de forasteros mandándolessalir en el término de veinticuatro horas, acuerdo tomado en razón de la mucha genteque iba a alborotar sembrando discordias y desavenencias; pero precisamente en los díasde mi llegada se publicó otra proclama llamando a los soldados dispersos del ejércitodel Centro, desbaratado [29] en Tudela, y en esto hallé una buena coyuntura paraafiliarme, pues aunque no pertenecí a dicho ejército, había concurrido a la defensa deMadrid, y a la batalla de Bailén, razones que con el apoyo de mi protector Montoria, mevalieron el ingreso en las huestes zaragozanas. Diéronme un puesto en el batallón devoluntarios de las Peñas de San Pedro, bastante mermado en el primer sitio, y recibí ununiforme y un fusil. No formé, como había dicho mi protector, en las filas de mosénSantiago Sas, fogoso clérigo, puesto al frente de un batallón de escopeteros, porque estavaliente partida se componía exclusivamente de vecinos de la parroquia de San Pablo.Tampoco querían gente moza en su batallón, por cuya causa ni el ni mismo hijo de D.José de Montoria, Agustín Montoria, pudo servir a las ordenes de Sas, y se afilió comoyo en el batallón de las Peñas de San Pedro. La suerte me deparaba un buen compañeroy un excelente amigo. Desde el día de mi llegada, oí hablar de la aproximación del ejército francés; peroesto no fue un hecho incontrovertible hasta el 20. Por la tarde una división llegó aZuera, en la orilla izquierda, para amenazar el arrabal; otra mandada por Suchet acampóen la derecha sobre San Lamberto. Moncey, que era el general en jefe, situose con tresdivisiones hacia el Canal y en las inmediaciones de la Huerva. Cuarenta mil hombresnos cercaban. Sabido es que impacientes por vencernos, los [30] franceses comenzaron susoperaciones el 21 desde muy temprano, embistiendo con gran furor y simultáneamenteel monte Torrero y el arrabal de la izquierda del Ebro, puntos sin cuya posesión eraexcusado pensar en someter la valerosa ciudad; pero si bien tuvimos que abandonar aTorrero, por ser peligrosa su defensa, en el arrabal desplegó Zaragoza tanto y tantemerario arrojo, que es aquel día uno de los más brillantes de su brillantísima historia. Desde las cuatro de la madrugada, el batallón de las Peñas de San Pedro fuedestinado a guarnecer el frente de fortificaciones desde Santa Engracia hasta elconvento de Trinitarios, línea que me pareció la menos endeble en todo el circuito de laciudad. A espaldas de Santa Engracia estaba la batería de los Mártires: corría luego latapia, aspillerada hasta el puente de la Huerva, defendido por un reducto: desviábaseluego hacia Poniente, formando un ángulo obtuso, y enlazándose con otro reductolevantado en la torre del Pino, seguía casi en línea recta hasta el convento de Trinitariosdejando dentro la puerta del Carmen. El que haya visto a Zaragoza, comprenderáperfectamente mi ligera descripción, pues todavía existen las ruinas de Santa Engracia,y la puerta del Carmen ostenta aún no lejos de la Glorieta su despedazado umbral y sussillares carcomidos. Estábamos, como he dicho, guarneciendo la extensión descrita, y parte de lossoldados teníamos [31] nuestro vivac en una huerta inmediata al colegio del Carmen.Agustín de Montoria y yo no nos separábamos, porque su apacible carácter, el afectoque me mostró desde que nos conocimos, y cierta conformidad, cierta armoníainexplicable en nuestras ideas, me hacían muy agradable su compañía. Era él un jovende hermosísima figura, con ojos grandes y vivos, despejada frente y cierta gravedad
  • melancólica en su fisonomía. Su corazón, como el del padre, estaba lleno de aquellagenerosidad que se desbordaba al menor impulso; pero tenía sobre él la ventaja de nolastimar al favorecido, porque la educación le había quitado gran parte de la rudezanacional. Agustín entraba en la edad viril con la firmeza y la seguridad de un corazónlleno, de un entendimiento rico y no gastado, de un alma vigorosa y sana, a la cual nofaltaba sino ancho mundo, ancho espacio para producir bondades sin cuento. Estascualidades eran realzadas por una imaginación brillante, pero de vuelo seguro yderecho, no parecida a la de nuestros modernos geniecillos, que las más de las vecesignoran por dónde van, sino serena y majestuosa, como educada en la gran escuela delos latinos. Aunque con gran inclinación a la poesía (pues Agustín era poeta), había aprendido laciencia teológica, descollando en ella como en todo. Los padres del Seminario, hombresde mucha ciencia y muy cariñosos con la juventud, le tenían por un prodigio en lasletras humanas y en las divinas, [32] y se congratulaban de verle con un pie dentro de laIglesia docente. La familia de Montoria no cabía en sí de gozo y esperaba el día de laprimera misa como el santo advenimiento. Sin embargo (me veo obligado a decirlo desde el principio), Agustín no teníavocación para la iglesia. Su familia, lo mismo que los buenos padres del Seminario, nolo comprendían así ni lo comprendieran aunque bajara a decírselo el Espíritu Santo enpersona. El precoz teólogo, el humanista que tenía a Horacio en las puntas de los dedos,el dialéctico que en los ejercicios semanales dejaba atónitos a los maestros con laintelectual gimnasia de la ciencia escolástica, no tenía más vocación para el sacerdocioque la que tuvo Mozart para la guerra, Rafael para las matemáticas o Napoleón para elbaile. -V- -Gabriel -me decía aquella mañana-, ¿tienes ganas de batirte? -Agustín, ¿tienes tú ganas de batirte? -le respondí. (Como se ve nos tuteábamos a lostres días de conocernos.) -No muchas -dijo-. Figúrate que la primera bala nos matara... [33] -Moriríamos por la patria, por Zaragoza, y aunque la posteridad no se acordara denosotros, siempre es un honor caer en el campo de batalla por una causa como esta. -Dices bien -repuso con tristeza-; pero es una lástima morir. Somos jóvenes. ¿Quiénsabe lo que nos está destinado en la vida? -La vida es una miseria, y para lo que vale, mejor es no pensar en ella. -Eso que lo digan los viejos; pero no nosotros que empezamos a vivir. Francamente,yo no quisiera ser muerto en este terrible cerco que nos han puesto los franceses. En el
  • otro sitio también tomamos las armas todos los alumnos del Seminario, y te confiesoque estaba yo más valiente que ahora. Un fuego particular enardecía mi sangre, y melanzaba a los puestos de mayor peligro sin temer la muerte. Hoy no me pasa lo mismo:estoy medroso y el disparo de un fusil me hace estremecer. -Eso es natural -contesté-. El miedo no existe cuando no se conoce el peligro. Poreso dicen que los más valientes soldados son los bisoños. -No es nada de eso. Francamente, Gabriel, te confieso que esto de morir sin más nimás me sabe muy mal. Por si muero voy a hacerte un encargo, que espero cumpliráscon la solicitud de un buen amigo. Atiende bien a lo que te digo. ¿Ves aquella torre quese inclina de un lado y parece alongarse hacia acá para ver lo que aquí pasa u oír lo queestamos diciendo? [34] -La Torre Nueva. Ya la veo; ¿qué encargo me vas a dar para esa señora? Amanecía, y entre los irregulares tejados de la ciudad, entre las espadañas,minaretes, miradores y cimborrios de las iglesias, se destacaba la Torre Nueva, siemprevieja y nunca derecha. -Pues oye bien -continuó Agustín-. Si me matan a los primeros tiros en este día queahora comienza, cuando acabe la acción y rompan filas, te vas allá... -¿A la Torre Nueva? Llego, subo... -No hombre, subir no. Te diré: llegas a la plaza de San Felipe, donde está la Torre...Mira hacia allá: ¿ves que junto a la gran mole hay otra torre, un campanario pequeñito?Parece un monaguillo delante del señor canónigo, que es la torre grande. -Sí, ya veo al monaguillo. Y si no me engaño, es el campanario de San Felipe. Yahora toca el maldito. -A misa, está tocando a misa -dijo Agustín con grande emoción-. ¿No oyes elesquilón rajado? -Pues bien, sepamos lo que tengo que decir a ese señor monaguillo que toca elesquilón rajado. -No, no es nada de eso. Llegas a la plaza de San Felipe. Si miras al campanario,verás que está en una esquina: de esta esquina parte una calle angosta: entras por ella y ala izquierda encontrarás al poco trecho otra calle angosta y retirada que se llama deAntón Trillo. Sigues por ella hasta llegar a espaldas [35] de la iglesia. Allí verás unacasa: te paras. -Y luego me vuelvo. -No; junto a la casa de que te hablo hay una huerta, con un portalón pintado de colorde chocolate. Te paras allí... -Me paro allí, y allí me estoy.
  • -No hombre: verás... -Estás más blanco que la camisa, Agustinillo. ¿Qué significan esas torres y esasparadas? -Significan -continuó mi amigo con más embarazo cada vez-, que en cuanto estésallí... Te advierto que debes ir de noche... Bueno; llegas, te paras; aguardas un poquito;luego pasas a la acera de enfrente, alargas el cuello y verás por sobre la tapia de lahuerta una ventana. Coges una piedrecita y la tiras contra los vidrios de modo que nohaga mucho ruido. -Y en seguida saldrá ella. -No, hombre, ten paciencia. ¿Qué sabes tú si saldrá o no saldrá? -Bueno: pongamos que sale. -Antes te diré otra cosa, y es que allí vive el tío Candiola. ¿Tú sabes quién es el tíoCandiola? Pues es un vecino de Zaragoza, hombre que según dicen, tiene en su casa unsótano lleno de dinero. Es avaro y usurero y cuando presta saca las entrañas. Sabe deleyes, y moratorias y ejecuciones más que todo el Consejo y Cámara de Castilla. El quese mete en pleito con él está perdido. Es riquísimo. [36] -De modo que la casa del portalón pintado de color de chocolate será un magníficopalacio. -Nada de eso: verás una casa miserable, que parece se está cayendo. Te digo que eltío Candiola es avaro. No gasta un real aunque lo fusilen, y si le vieras por ahí, le daríasuna limosna. Te diré otra cosa, y es que en Zaragoza nadie le puede ver, y le llaman tíoCandiola por mofa y desprecio de su persona. Su nombre es D. Jerónimo de Candiola,natural de Mallorca, si no me engaño. -Y ese tío Candiola tiene una hija. -Hombre, espera. ¡Qué impaciente eres! ¿Qué sabes tú si tiene o no tiene una hija?-me dijo, disimulando con estas evasivas su turbación-. Pues como te iba contando, eltío Candiola es muy aborrecido en la ciudad por su gran avaricia y mal corazón. Amuchos pobres ha metido en la cárcel después de arruinarlos. Además en el otro sitio nodio un cuarto para la guerra, ni tomó las armas, ni recibió heridos en su casa, ni lepudieron sacar una peseta, y como un día dijera que a él lo mismo le daba Juan quePedro, estuvo a punto de ser arrastrado por los patriotas. -Pues es una buena pieza el hombre de la casa de la huerta del portalón color dechocolate. ¿Y si cuando arroje la piedra a la ventana, sale el tío Candiola con un garrotey me da una solfa por hacerle chicoleos a su hija? -No seas bestia, y calla. ¿No sabes que desde que [37] oscurece, Candiola se encierraen un cuarto subterráneo y se está contando su dinero hasta más de medianoche? ¡Bah!Ahora va él a ocuparse... Los vecinos dicen que sienten un cierto rumorcillo o sonsonetecomo si estuvieran vaciando sacos de onzas.
  • -Bien; llego, arrojo la piedra, espero, ella sale y le digo... -Le dices que he muerto... no, no seas bárbaro. Le das este escapulario... no, ledices... no, más vale que no le digas nada. -Entonces, le daré el escapulario. -Tampoco: no le lleves el escapulario. -Ya, ya comprendo. Luego que salga, le daré las buenas noches y me marcharécantando La Virgen del Pilar dice... -No: es preciso que sepa mi muerte. Tú haz lo que yo te mando. -Pero si no me mandas nada. -¿Pero qué prisa tienes? Deja tú. Todavía puede ser que no me maten. -Ya. ¡Cuánto ruido para nada! -Es que me pasa una cosa, Gabriel, y te la diré francamente. Tenía muchos,muchísimos deseos de confiarte este secreto, que se me sale del pecho. ¿A quién lohabía de revelar sino a ti, que eres mi amigo? Si no te lo dijera, me reventaría el corazóncomo una granada. Temo mucho decirlo de noche en sueños, y por este temor noduermo. Si mi [38] padre, mi madre o mi hermano lo supieran, me matarían. -¿Y los padres del Seminario? -No nombres a los padres. Verás: te contaré lo que me ha pasado. ¿Conoces al padreRincón? Pues el padre Rincón me quiere mucho, y todas las tardes me sacaba a paseopor la ribera o hacia Torrero o camino de Juslibol(9). Hablábamos de teología y de letrashumanas. Rincón es tan entusiasta del gran poeta Horacio que suele decir: «Es lástimaque ese hombre no haya sido cristiano para canonizarlo». Lleva siempre consigo unpequeño Elzevirius, a quien ama más que a las niñas de sus ojos, y cuando noscansamos en el paseo, él se sienta, lee y entre los dos hacemos los comentarios que senos ocurren... Bueno... ahora te diré que el padre Rincón era pariente de doña MaríaRincón, difunta esposa de Candiola, y que este tiene una heredad en el camino deMonzalbarba, con una torre miserable, más parecida a cabaña que a torre, pero rodeadade frondosos árboles y con deliciosas vistas al Ebro. Una tarde, después que leímos elQuis multa gracilis te puer in rosa, mi maestro quiso visitar a su pariente. Fuimos allá,entramos en la huerta, y Candiola no estaba. Pero nos salió al encuentro su hija, yRincón le dijo: -Mariquilla, da unos melocotones a este joven y saca para mí una copitade lo que sabes. -¿Y es guapa Mariquilla? [39] -No preguntes eso. ¿Que si es guapa? Verás... El padre Rincón le tomó la barba, yhaciéndole volver la cara hacia mí, me dijo: «Agustín, confiesa que en tu vida has vistouna cara más linda que esta. Mira qué ojos de fuego, qué boca de ángel y qué pedazo decielo por frente». Yo temblaba, y Mariquilla, con el rostro encendido como la grana, se
  • reía. Luego Rincón continuó diciendo: «A ti que eres un futuro padre de la Iglesia, y unjoven ejemplar sin otra pasión que la de los libros, se te puede enseñar esta divinidad.Joven, admira aquí las obras admirables del Supremo Creador. Observa la expresión deese rostro, la dulzura de esas miradas, la gracia de esa sonrisa, el frescor de esa boca, lasuavidad de esa tez, la elegancia de ese cuerpo, y confiesa que si es hermoso el cielo, yla flor, y las montañas, la luz, todas las creaciones de Dios se oscurecen al lado de lamujer, la más perfecta y acabada hechura de las inmortales manos». Esto me dijo mimaestro, y yo, mudo y atónito, no cesaba de contemplar aquella obra maestra, que erasin disputa mejor que la Eneida(10). No puedo explicarte lo que sentí. Figúrate que elEbro, ese gran río que baja desde Fontibre hasta dar en el mar por los Alfaques, sedetuviera de improviso en su curso, y empezase a correr hacia arriba volviendo a lasAsturias de Santillana: pues una cosa así pasó en mi espíritu. Yo mismo me asombrabade ver cómo todas mis ideas se detuvieron en su curso sosegado, y volvieron [40] atrás,echando no sé por qué nuevos caminos. Te digo que estaba asombrado y lo estoytodavía. Mirándola sin saciar nunca la ansiedad tanto de mi alma como de mis ojos, yome decía: «La amo de un modo extraordinario. ¿Cómo es que hasta ahora no habíacaído en ello?». Yo no había visto a Mariquilla hasta aquel momento. -¿Y los melocotones? -Mariquilla estaba tan turbada delante de mí como yo delante de ella. El padreRincón se puso a hablar con el hortelano sobre los desperfectos que habían hecho en lafinca los franceses (pues esto pasaba a principios de Setiembre, un mes después delevantado el primer sitio) y Mariquilla y yo nos quedamos solos. ¡Solos! Mi primerimpulso fue echar a correr, y ella, según me ha dicho, también sintió lo mismo. Pero niella ni yo corrimos, sino que nos quedamos allí. De pronto sentí una grande y extrañaenergía en mi cerebro. Rompiendo el silencio, comencé a hablar con ella. Dijimos variascosas indiferentes al principio, pero a mí me ocurrían pensamientos que según mientender, sobresalían de lo vulgar, y todos, todos los dije. Mariquilla me respondíapoco; pero sus ojos eran más elocuentes que cuanto yo le estaba diciendo. Al fin,llamonos el padre Rincón, y nos marchamos. Me despedí de ella y en voz baja le dijeque pronto nos volveríamos a ver. Volvimos a Zaragoza. ¡Ay! Por el camino, losárboles, el Ebro, las cúpulas del Pilar, los campanarios [41] de Zaragoza, lostranseúntes, las casas, las tapias de las huertas, el suelo, el rumor del viento, los perrosdel camino, todo me parecía distinto; todo, cielo y tierra habían cambiado. Mi buenmaestro volvió a leer a Horacio, y yo dije que Horacio no valía nada. Me quiso comer, yamenazome con retirarme su amistad. Yo elogié a Virgilio con entusiasmo, y repetíaquellos célebres versos: Est mollis flamma medullas interea, et tacitum vivit sub pectore vulnus. -Eso pasó a principios de Setiembre -le dije-. ¿Y de entonces acá? -Desde aquel día ha empezado para mí la nueva vida. Comenzó por una inquietudardiente que me quitaba el sueño, haciéndome aborrecible todo lo que no fueraMariquilla. La propia casa paterna me era odiosa, y vagando por los alrededores de laciudad sin compañía alguna, buscaba en la soledad la paz de mi espíritu. Aborrecí elcolegio, los libros todos y la teología, y cuando llegó Octubre y me querían obligar avivir encerrado en la santa casa, me fingí enfermo para quedarme en la mía. Gracias a la
  • guerra, que a todos nos ha hecho soldados, puedo vivir libremente, salir a todas horas,incluso de noche, y verla y hablarle con frecuencia. Voy a su casa, hago la señaconvenida, baja, abre una ventana con reja, y hablamos largas horas. Los transeúntespasan; pero como estoy embozado en mi capa hasta [42] los ojos, con esto y laoscuridad de la noche, nadie me conoce. Por eso los muchachos del pueblo se preguntanunos a otros: «¿Quién será el novio de la Candiola?». De algunas noches a esta parte,recelando que nos descubran, hemos suprimido la conversación por la reja. María baja,abre el portalón de la huerta y entro. Nadie puede descubrirnos, porque D. Jerónimo,creyéndola acostada, se retira a su cuarto a contar el dinero, y la criada vieja, única quehay en la casa, nos protege. Solos en la huerta, nos sentamos en una escalera de piedraque allí existe, y al través de las ramas de un álamo negro y corpulento, vemos apedacitos la claridad de la luna. En aquel silencio majestuoso nuestras almascomprenden lo divino y sentimos con un sentimiento inmenso, que no puede expresarsepor el lenguaje. Nuestra felicidad es tan grande que a veces es un tormento vivísimo; ysi hay momentos en que uno desearía centuplicarse, también los hay en que unodesearía no existir. Pasamos allí largas horas. Anteanoche estuve hasta cerca del día,pues como mis padres me creen en el cuerpo de guardia, no tengo prisa por retirarme.Cuando principiaba a aclarar la aurora, nos despedimos. Por encima de la tapia de lahuerta se ven los techos de las casas inmediatas, y el pico de la Torre Nueva. María,señalándole, me dijo: -Cuando esa torre se ponga derecha, dejaré de quererte. [43] No dijo más Agustín, porque sonó un cañonazo del lado de Monte Torrero, y ambosvolvimos hacia allá la vista. - VI - Los franceses habían embestido con gran empeño las posiciones fortificadas deTorrero. Defendían estas diez mil hombres mandados por D. Felipe Saint-March y porONeille, ambos generales de mucho mérito. Los voluntarios de Borbón, de Castilla, delCampo Segorbino, de Alicante y el provincial de Soria: los cazadores de Fernando VII,el regimiento de Murcia y otros cuerpos que no recuerdo, rompieron el fuego. Desde elreducto de los Mártires vimos el principio de la acción y las columnas francesas quecorrían a lo largo del Canal para flanquear a Torrero. Duró gran rato el fuego defusilería; mas la lucha no podía prolongarse mucho tiempo, porque aquel punto no seprestaba a una defensa enérgica, sin la ocupación y fortificación de otros inmediatoscomo Buenavista, Casa-Blanca y el cajero del Canal. Sin embargo, nuestras tropas no seretiraron sino muy tarde y con el mayor orden, volando el puente de América ytrayéndose todas las piezas, menos una, que había sido desmontada por el fuego [44]enemigo. Entre tanto sentíamos fuertísimo estruendo que resonaba a lo lejos, y como por allícasi había cesado el fuego, supusimos trabada otra acción en el Arrabal.
  • -Allá está el brigadier D. José Manso -me dijo Agustín-, con el regimiento suizo deAragón, que manda D. Mariano Walker, los voluntarios de Huesca, de que es jefe D.Pedro Villacampa; los voluntarios de Cataluña y otros valientes cuerpos. ¡Y nosotrosaquí, mano sobre mano! Por este lado parece que ha concluido. Los franceses secontentarán hoy con la conquista de Torrero. -O yo me engaño mucho -repuse-, o ahora van a atacar a San José. Todos miramos al punto indicado, edificio de grandes dimensiones, que se alzaba anuestra izquierda, separado de Puerta Quemada por la hondonada de la Huerva. -Allí está Renovales -me dijo Agustín-, el valiente D. Mariano Renovales, que tantose distinguió en el otro sitio, y manda ahora los cazadores de Orihuela y de Valencia. En nuestra posición todo estaba preparado para una defensa enérgica. En el reductodel Pilar, en la batería de los Mártires, en la torre del Pino, lo mismo que en Trinitarios,los artilleros aguardaban con mecha encendida, y los de infantería escogíamos tras losparapetos las posiciones que nos parecían más seguras para hacer fuego, si algunacolumna intentaba [45] asaltarnos. Se sentía mucho frío, y los más tiritábamos. Alguienhabría creído que era de miedo; pero no, era de frío, y quien dijese lo contrario, miente. No tardó en verificarse el movimiento que yo había previsto, y el convento de SanJosé fue atacado por una fuerte columna de infantería francesa, mejor dicho, fue objetode una tentativa de ataque o más bien sorpresa. Al parecer, los enemigos tenían malamemoria y en tres meses se les había olvidado que las sorpresas eran imposibles enZaragoza. Llegaron, sin embargo, con mucha confianza hasta tiro de fusil, y sin dudaaquellos desgraciados creían que sólo con verlos, caerían muertos de miedo nuestrosguerreros. Los pobrecitos acababan de llegar de la Silesia y no sabían qué clase deguerra era la de España. Además como ganaran a Torrero con tan poco trabajo,creyéronse en disposición de tragarse el mundo. Ello es que avanzaban como he dicho,sin que San José hiciera demostración alguna, hasta que hallándose a tiro de fusil o pocomenos, vomitaron de improviso tan espantoso fuego las troneras y aspilleras de aqueledificio, que mis bravos franceses tomaron soleta con precipitación. Bastantes, sinembargo, quedaron tendidos, y al ver este desenlace de su valentía, los quecontemplábamos el lance desde la batería de los Mártires, prorrumpimos enexclamaciones, gritos y palmadas. De este modo celebra el feroz soldado en la guerra lamuerte de [46] sus semejantes, y el que siente instintiva compasión al matar un conejoen una cacería, salta de júbilo viendo caer centenares de hombres robustos, jóvenes yalegres que después de todo no han hecho mal a nadie. Tal fue el ataque de San José, una intentona rápidamente castigada. Desde entoncesdebieron de comprender los franceses, que si se abandonó a Torrero fue por cálculo yno por flaqueza. Sola, aislada, desamparada, sin baluartes exteriores, sin fuertes nicastillos, Zaragoza alzaba de nuevo sus murallas de tierra, sus baluartes de ladrilloscrudos, sus torreones de barro amasado la víspera para defenderse otra vez contra losprimeros soldados, la primera artillería y los primeros ingenieros del mundo. Grandeaparato de gente, formidables máquinas, enormes cantidades de pólvora, preparativoscientíficos y materiales, la fuerza y la inteligencia en su mayor esplendor, traen losinvasores para atacar el recinto fortificado que parece juego de muchachos, y aun así espoco, todo sucumbe y se reduce a polvo ante aquellas tapias que se derriban de una
  • patada. Pero detrás de esta deleznable defensa material está el acero de las almasaragonesas, que no se rompe, ni se dobla, ni se funde, ni se hiende, ni se oxida ycircunda todo el recinto como una barra indestructible por los medios humanos. La campana de la Torre Nueva suena con clamor de alarma. Cuando esta campana daal viento su lúgubre [47] tañido la ciudad está en peligro y necesita de todos sus hijos.¿Qué será? ¿Qué pasa? ¿Qué hay? -En el arrabal -dijo Agustín- debe de andar mala la cosa. -Mientras nos atacan por aquí para entretener mucha gente de este lado, embistentambién por la otra parte del río. -Lo mismo fue en el primer sitio. -¡Al arrabal, al arrabal! Y cuando decíamos esto, la línea francesa nos envió algunas balas rasas paraindicarnos que teníamos que permanecer allí. Felizmente Zaragoza tenía bastante genteen su recinto y podía acudir con facilidad a todas partes. Mi batallón abandonó lacortina de Santa Engracia y púsose en marcha hacia el Coso. Ignorábamos a dónde senos conducía; pero era probable que nos llevaran al arrabal. Las calles estaban llenas degente. Los ancianos, las mujeres salían impulsados por la curiosidad, queriendo ver decerca los puntos de peligro, ya que no les era posible situarse en el peligro mismo. Lascalles de San Gil, de San Pedro y la Cuchillería(11), que son camino para el puente,estaban casi intransitables; inmensa multitud de mujeres las cruzaba, marchando todas aprisa en dirección al Pilar y a la Seo. El estrépito del lejano canon más bien animaba[48] que entristecía al fervoroso pueblo, y todo era gritar disputándose el paso parallegar más pronto. En la plaza de la Seo vi la caballería, que con el gran gentío casiobstruía la salida del puente, lo cual obligó a mi batallón a buscar más fácil salida porotra parte. Cuando pasamos por delante del pórtico de este santuario sentimos desdefuera el clamor de las plegarias con que todas las mujeres de la ciudad imploraban a lasanta patrona. Los pocos hombres que querían penetrar en el templo eran expulsadospor ellas. Salimos a la orilla del río por junto a San Juan de los Panetes y nos situaron en elmalecón esperando órdenes. Enfrente y al otro lado del río se divisaba el campo debatalla. Veíase en primer término la arboleda de Macanaz, más allá y junto al puente elpequeño monasterio de Altabás, más allá el de San Lázaro y a continuación el de Jesús.Detrás de esta decoración, reflejada en las aguas del gran río, la vista distinguía unfuego horroroso, un cruzamiento interminable de trayectorias, un estrépito ronco, de lasvoces del cañón y de humanos gritos formado, y densas nubes de humo que serenovaban sin cesar y corrían a confundirse con las del cielo. Todos los parapetos deaquel sitio estaban construidos con los ladrillos de los cercanos tejares, formando con elbarro y la tierra de los hornos una masa rojiza. Creeríase que la tierra estaba amasadacon sangre. [49] Los franceses tenían su frente desde el camino de Barcelona al de Juslibol, más alláde los tejares y de las huertas que hay a mano izquierda de la segunda de aquellas dosvías. Desde las doce habían atacado con furia nuestras trincheras, internándose por el
  • camino de Barcelona y desafiando con impetuoso arrojo los fuegos cruzados de SanLázaro y del sitio llamado el Macelo. Consistía su empeño en tomar por audaces golpesde mano las baterías, y esta tenacidad produjo una verdadera hecatombe. Caíanmuchísimos, clareábanse las filas, y llenadas al instante por otros, repelían la embestida.A veces llegaban hasta tocar los parapetos y mil luchas individuales acrecían el horrorde la escena. Iban delante los jefes blandiendo sus sables, como hombres desesperadosque han hecho cuestión de honor el morir ante un montón de ladrillos, y en aquelladestrucción espantosa que arrancaba a la vida centenares de hombres en un minuto,desaparecían, arrojados por el suelo el soldado y el sargento y el alférez y el capitán y elcoronel. Era una verdadera lucha entre dos pueblos, y mientras los furores del primersitio inflamaban los corazones de los nuestros, venían los franceses frenéticos, sedientosde venganza, con toda la saña del hombre ofendido, peor acaso que la del guerrero. Precisamente este prematuro encarnizamiento les perdió. Debieron principiarbatiendo cachazudamente con su artillería nuestras obras; debieron [50] conservar laserenidad que exige un sitio, y no desplegar guerrillas contra posiciones defendidas porgente como la que habían tenido ocasión de tratar el 15 de Julio y el 4 de Agosto;debieron haber reprimido aquel sentimiento de desprecio hacia las fuerzas del enemigo,sentimiento que ha sido siempre su mala estrella, lo mismo en la guerra de España queen la moderna contra Prusia; debieron haber puesto en ejecución un plan calmoso, queprodujera en el sitiado antes el fastidio que la exaltación. Es seguro que de traer consigola mente pensadora de su inmortal jefe, que vencía siempre con su lógica admirable lomismo que con sus cañones, habrían empleado en el sitio de Zaragoza no poco delconocimiento del corazón humano, sin cuyo estudio la guerra, la brutal guerra, ¡parecementira!, no es más que una carnicería salvaje. Napoleón, con su penetraciónextraordinaria. hubiera comprendido el carácter zaragozano y se habría abstenido delanzar contra él columnas descubiertas, haciendo alarde de valor personal. Esta es unacualidad de difícil y peligroso empleo, sobre todo delante de hombres que se baten porun ideal, no por un ídolo. No me extenderé en pormenores sobre esta espantosa acción del 21 de Diciembre,una de las más gloriosas del segundo sitio de la capital de Aragón. Sobre que no lapresencié de cerca, y sólo podría dar cuenta de ella por lo que me contaron, me mueve ano ser prolijo la circunstancia de que son tantos [51] y tan interesantes los encuentrosque más adelante habré de narrar, que conviene cierta sobriedad en la descripción deestos sangrientos choques. Baste saber por ahora que los franceses al caer de la tardecreyeron oportuno desistir de su empeño, y que se retiraron dejando el campo cubiertode cadáveres. Era la ocasión muy oportuna para perseguirlos con la caballería; perodespués de una breve discusión, según se dijo, acordaron los jefes no arriesgarse en unasalida que podía ser peligrosa. - VII - Llegada la noche, y cuando parte de nuestras tropas se replegaron(12) a la ciudad, todoel pueblo corrió hacia el arrabal para contemplar de cerca el campo de batalla, ver losdestrozos hechos por el fuego, contar los muertos y regocijar la imaginación,
  • representándose una por una las heroicas escenas. La animación, el movimiento y bullahacia aquella parte de la ciudad eran inmensos. Por un lado grupos de soldadoscantando con febril alegría, por otro las cuadrillas de personas piadosas que trasportabana sus casas los heridos, y en todas partes una general satisfacción, que se mostraba enlos [52] diálogos vivos, en las preguntas, en las exclamaciones jactanciosas y conlágrimas y risas, mezclando la jovialidad al entusiasmo. Serían las nueve cuando rompimos filas los de mi batallón, porque faltos deacuartelamiento, se nos permitía dejar el puesto por algunas horas(13), siempre que nohubiera peligro. Corrimos Agustín y yo hacia el Pilar, donde se agolpaba un gentíoinmenso, y entramos difícilmente. Quedeme sorprendido al ver cómo forcejeaban unascontra otras las personas allí reunidas para acercarse a la capilla en que mora la Virgendel Pilar. Los rezos, las plegarias y las demostraciones de agradecimiento formaban unconjunto que no se parecía a los rezos de ninguna clase de fieles. Más que rezo era unhablar continuo, mezclado de sollozos, gritos, palabras tiernísimas y otras de íntima eingenua confianza, como suele usarlas el pueblo español con los santos que le sonqueridos. Caían de rodillas, besaban el suelo, se asían a las rejas de la capilla, se dirigíana la santa imagen, llamándola con los nombres más familiares y más patéticos dellenguaje. Los que por la aglomeración de la gente no podían acercarse, hablaban con laVirgen desde lejos agitando sus brazos. Allí no había sacristanes que prohibieran losmodales descompuestos y los gritos irreverentes, porque estos y aquellos eran hijos deldesbordamiento de la devoción, semejante a un delirio. Faltaba el silencio solemne delos lugares sagrados, y todos estaban allí [53] como en su casa, como si la casa de laVirgen querida, la madre, ama y reina de los zaragozanos, fuese también la casa de sushijos, siervos y súbditos. Asombrado de aquel fervor, a quien la familiaridad hacía más interesante, pugné porabrirme paso hasta la reja, y vi la célebre imagen. ¿Quién no la ha visto, quién no laconoce al menos por las innumerables esculturas y estampas que la han reproducidohasta lo infinito de un extremo a otro de la Península? A la izquierda del pequeño altarque se alza en el fondo de la capilla, dentro de un nicho adornado con lujo oriental,estaba entonces como ahora la pequeña escultura. Gran profusión de velas de cera laalumbraban, y las piedras preciosas pegadas a su vestido y corona, despidendeslumbradores reflejos. Brillan el oro y los diamantes en el cerquillo de su rostro, en laajorca de su pecho, en los anillos de sus manos. Una criatura viva rendiríase sin duda alpeso de tan gran tesoro. El vestido sin pliegues, rígido y estirado de arriba a abajo(14)como una funda, deja asomar solamente la cara y las manos; y el Niño Jesús, sostenidoen el lado izquierdo, muestra apenas su carita morena entre el brocado y las pedrerías.El rostro de la Virgen, bruñido por el tiempo, es también moreno. Posee una apacibleserenidad, emblema de la beatitud eterna. Dirígese al exterior, y su dulce mirada escrutaperpetuamente el devoto concurso. Brilla en sus pupilas un rayo de las cercanas luces, yaquel artificial fulgor de los ojos remeda [54] la intención y fijeza de la mirada humana.Era difícil, cuando la vi por primera vez, permanecer indiferente en medio de aquellamanifestación religiosa, y no añadir una palabra al concierto de lenguas entusiastas quehablaban en distintos tonos con la Señora. Yo contemplaba la imagen, cuando Agustín me apretó el brazo, diciéndome:
  • -Mírala, allí está. -¿Quién, la Virgen? Ya la veo. -No, hombre, Mariquilla. ¿La ves? Allá enfrente junto a la columna. Miré y sólo vi mucha gente: al instante nos apartamos de aquel sitio, buscando entrela multitud un paso para transportarnos al otro lado. -No está con ella el tío Candiola -dijo Agustín muy alegre-. Viene con la criada. Y diciendo esto, codeaba a un lado y otro para hacerse camino, estropeando pechos yespaldas, pisando pies, chafando sombreros y arrugando vestidos. Yo seguía tras él,causando iguales estragos a derecha e izquierda, y por fin llegamos junto a la hermosajoven, que lo era realmente, según pude reconocerlo en aquel momento por mis propiosojos. La entusiasta pasión de mi buen amigo no me engañó, y Mariquilla valía la penade ser desatinadamente [55] amada. Llamaban la atención en ella su tez morena ydescolorida, sus ojos de profundo negror, la nariz correctísima, la boca incomparable yla frente hermosa aunque pequeña. Había en su rostro, como en su cuerpo delgado yligero, cierto abandono voluptuoso; cuando bajaba los ojos parecíame que una dulce yamorosa oscuridad envolvía su figura, confundiéndola con las nuestras. Sonreía congravedad, y cuando nos acercamos, sus miradas revelaban temor. Todo en ellaanunciaba la pasión circunspecta y reservada de las mujeres de cierto carácter, y debíade ser, según me pareció en aquel momento, poco habladora, falta de coquetería y pobrede artificios. Después tuve ocasión de comprobar aquel mi prematuro juicio.Resplandecía en el rostro de Mariquilla una calma platónica y cierta seguridad de símisma. A diferencia de la mayor parte de las mujeres, y semejante al menor número delas mismas, aquella alma se alteraba difícilmente, pero al verificarse la alteración, lacosa iba de veras. Blandas y sensibles otras como la cera, ante un débil calor sinesfuerzo se funden; pero Mariquilla, de durísimo metal compuesta, necesitaba la llamade un gran fuego para perder la compacta conglomeración de su carácter, y si estemomento llegaba, había de ser como el metal derretido que abrasa cuanto toca. Además de su belleza, me llamó la atención la elegancia y hasta cierto punto el lujocon que vestía; pues acostumbrado a oír exagerar la avaricia del tío [56] Candiola,supuse que tendría reducida a su hija a los últimos extremos de la miseria en lo relativoa traje y tocado. Pero no era así. Según Montoria me dijo después, el tacaño de lostacaños no sólo permitía a su hija algunos gastos, sino que la obsequiaba de peras ahigos, con tal cual prenda, que a él le parecía el non plus ultra de las pompas mundanas.Si Candiola era capaz de dejar morir de hambre a parientes cercanos, tenía con su hijacondescendencias de bolsillo verdaderamente escandalosas y fenomenales; pero aunqueavaro, era padre: amaba regularmente, quizás mucho, a la infeliz muchacha, hallandopor esto en su generosidad el primero, tal vez el único(15) agrado de su árida existencia. Algo más hay que hablar en lo referente a este punto, pero irá saliendo poco a pocodurante el curso de la narración, y ahora me concretaré a decir que mi amigo no habíadicho aun diez palabras a su adorada María, cuando un hombre se nos acercó de súbito,y después de mirarnos un instante a los dos con centelleantes ojos, dirigiose a la joven,la tomó por el brazo, y enojadamente le dijo:
  • -¿Qué haces aquí? Y Vd., tía Guedita, ¿por qué la ha traído al Pilar a estas horas? Acasa, a casa pronto. Y empujándolas a ambas, ama y criada, llevolas hacia la puerta y a la calle,desapareciendo los tres de nuestra vista. Era Candiola. Lo recuerdo bien, y su recuerdo [57] me hace estremecer de espanto.Más adelante sabréis por qué. Desde la breve escena en el templo del Pilar, la imagen deaquel hombre quedó grabada en mi memoria, y no era ciertamente su figura de las queprontamente se olvidan. Viejo, encorvado, con aspecto miserable y enfermizo, de miraroblicuo y desapacible, flaco de cara y hundido de mejillas(16), Candiola se hacíaantipático desde el primer momento. Su nariz corva y afilada como el pico de un pájarolagartijero, la barba igualmente picuda, los largos pelos de las cejas blanquinegras, lapupila verdosa, la frente vasta y surcada por una pauta de paralelas arrugas, las orejascartilaginosas, la amarilla tez, el ronco metal de la voz, el desaliñado vestir, el gestoinsultante, toda su persona, desde la punta del cabello, mejor dicho, desde la bolsa de supeluca hasta la suela del zapato, producía repulsión invencible. Se comprendía que notuviera ningún amigo. Candiola no tenía barbas; llevaba el rostro, según la moda, completamente rasurado,aunque la navaja no entraba en aquellos campos sino una vez por semana. Si D.Jerónimo hubiera tenido barbas, le compararía por su figura a cierto mercader venecianoque conocí mucho después, viajando por el vastísimo continente de los libros, y enquien hallé ciertos rasgos de fisonomía que me hicieron recordar los de aquel quebruscamente se nos presentó en el templo del Pilar. -¿Has visto qué miserable y ridículo viejo? -me [58] dijo Agustín cuando nosquedamos solos, mirando a la puerta por donde las tres personas habían desaparecido. -No gusta que su hija tenga novios. -Pero estoy seguro de que no me vio hablando con ella. Tendrá sospechas; pero nadamás. Si pasara de la sospecha a la certidumbre, María y yo estaríamos perdidos. ¿Vistequé mirada nos echó? ¡Condenado avaro, alma negra hecha de la piel de Satanás! -Mal suegro tienes. -Tan malo -dijo Montoria con tristeza-, que no doy por él dos cuartos con cardenillo.Estoy seguro de que esta noche la pone de vuelta y media, y gracias que no acostumbraa maltratarla de obra. -Y el Sr. Candiola -le pregunté- ¿no tendrá gusto en verla casada con el hijo de D.José de Montoria? -¿Estás loco? Sí... ve a hablarle de eso. Además de que ese miserable avarientoguarda a su hija como si fuera un saco de onzas y no parece dispuesto a darla a nadie,tiene un resentimiento antiguo y profundo contra mi buen padre porque este libró de susgarras a unos infelices deudores. Te digo que si él llega a descubrir el amor que su hijame tiene, la guardará dentro de un arca de hierro en el sótano donde esconde los pesosduros. Pues no te digo nada, si mi padre lo llega a saber... Me tiemblan las carnes sólo
  • de pensarlo. La pesadilla más atroz que puede [59] turbar mi sueño, es aquella que merepresenta el instante en que mi señor padre y mi señora madre se enteren de esteinmenso amor que tengo por Mariquilla. ¡Un hijo de D. José de Montoria enamorado dela hija del tío Candiola! ¡Qué horrible pensamiento! ¡Un joven que formalmente estádestinado a ser obispo... obispo, Gabriel, yo voy a ser obispo, en el sentir de mis padres! Diciendo esto, Agustín dio un golpe con su cabeza en el sagrado muro en que nosapoyábamos. -¿Y piensas seguir amando a Mariquilla? -No me preguntes eso -me respondió con energía-. ¿La viste? Pues si la viste ¿a quéme dices si seguiré amándola? Su padre y los míos antes me quieren ver muerto quecasado con ella. ¡Obispo, Gabriel, quieren que yo sea obispo! Compagina tú el serobispo y el amar a Mariquilla durante toda la vida terrenal y la eterna: compagina túesto, y ten lástima de mí. -Dios abre caminos desconocidos -le dije. -Es verdad. Yo tengo a veces una confianza sin límites. ¡Quién sabe lo que nos traeráel día de mañana! Dios y la Virgen del Pilar me sacarán adelante. -¿Eres devoto de esta imagen? -Sí. Mi madre pone velas a la que tenemos en casa para que no me hieran en lasbatallas; y yo la miro, y para mis adentros le digo: -¡Señora, que esta ofrenda de velassirva también para recordaros que no puedo dejar de amar a la Candiola! [60] Estábamos en la nave a que corresponde el ábside de la capilla del Pilar. Hay allí unaabertura en el muro, por donde los devotos, bajando dos o tres peldaños, se acercan abesar el pilar que sustenta la venerada imagen. Agustín besó el mármol rojo: beselo yotambién y luego salimos de la iglesia para ir a nuestro vivac. - VIII - El día siguiente, 22, fue cuando Palafox dijo al parlamentario de Moncey que venía aproponerle la rendición: No sé rendirme: después de muerto hablaremos de eso.Contestó en seguida a la intimación en un largo y elocuente pliego, que publicó laGaceta (pues también en Zaragoza había Gaceta); pero según opinión general ni aqueldocumento ni ninguna de las proclamas que aparecían con la firma del capitán generaleran obra de este, sino de la discreta pluma de su maestro y amigo el padre BasilioBoggiero, hombre de mucho entendimiento, a quien se veía con frecuencia en los sitiosde peligro rodeado de patriotas y jefes militares. Excusado es decir que los defensores estaban muy envalentonados con la gloriosaacción del 21. Era preciso para dar desahogo a su ardor, disponer [61] alguna salida. Así
  • se hizo en efecto; pero ocurrió que todos querían tomar parte en ella al mismo tiempo, yfue preciso sortear los cuerpos. Las salidas, dispuestas con prudencia eran convenientes,porque los franceses, extendiendo su línea en derredor de la ciudad, se preparaban paraun sitio en regla, y habían comenzado las obras de su primera paralela. Además elrecinto de Zaragoza encerraba mucha tropa, lo cual a los ojos del vulgo era una ventaja,pero un gran peligro para los inteligentes, no sólo por el estorbo que esta causaba, sinoporque el gran consumo de víveres traería pronto el hambre, ese terrible general que essiempre el vencedor de las plazas bloqueadas. Por esta misma causa del exceso de genteeran oportunas las salidas. Hizo una Renovales el 24 con las tropas del fortín de SanJosé, y cortó un olivar que ocultaba los trabajos del enemigo; por el arrabal salió el 25D. Juan ONeille con los voluntarios de Aragón y Huesca, y tuvo la suerte de cogerdesprevenido al enemigo, matándole bastante gente, y el 31 se hizo la más eficaz detodas por dos puntos distintos y con considerables fuerzas. Durante el día, en los anteriores, habíamos divisado perfectamente las obras de suprimera paralela, establecida como a ciento sesenta toesas de la muralla. Trabajaban conmucha actividad, sin descansar de noche, y notamos que se hacían señales en toda lalínea con farolitos de colores. De vez [62] en cuando disparábamos nuestros morteros;pero les causábamos muy poco daño. En cambio si se les antojaba destacar guerrillaspara un reconocimiento, eran despachadas por las nuestras en menos que canta un gallo.Llegó la mañana del 31, y a mi batallón le tocó marchar a las órdenes de Renovales,encargado de mortificar al enemigo en su centro, desde Torrero al camino de la Muela,mientras el brigadier Butrón lo hacía por la Bernardona, es decir por la izquierdafrancesa, saliendo con bastantes fuerzas de infantería y caballería por las puertas deSancho y del Portillo. Para distraer la atención de los franceses, el jefe mandó que un batallón sedesplegase en guerrillas por las Tenerías llamando hacia allí la atención del enemigo, yentre tanto con algunos cazadores de Olivenza, y parte de los de Valencia, avanzamospor el camino de Madrid, derechos a la línea francesa. Desplegadas guerrillas a un ladoy otro del camino, cuando los enemigos se percataron de nuestra presencia, yaestábamos encima, veloces como gamos, y arrollábamos la primera tropa de infanteríafrancesa que nos salió al paso. Tras una torre medio destruida se hicieron fuertesalgunos, y dispararon con encarnizamiento y buena puntería. Por un instantepermanecimos indecisos, pues flanqueábamos la torre unos veinte hombres, mientraslos demás seguían por la carretera, persiguiendo a los fugitivos; pero Renovales se lanzódelante y nos llevó, matando [63] a boca de jarro y a bayonetazos a cuantos defendían lacasa. En el momento en que pusimos el pie dentro del patiecillo delantero, advertí quemi fila se clareaba, vi caer exhalando el último gemido a algunos compañeros; miré ami derecha temiendo no encontrar entre los vivos a mi querido amigo; pero Dios lehabía conservado. Montoria y yo salimos ilesos. No podíamos emplear mucho tiempo en comunicarnos la satisfacción queexperimentábamos al ver que vivíamos, porque Renovales dio orden de seguir adelanteen dirección hacia la línea de atrincheramientos que estaban levantando los franceses;pero abandonamos la carretera y torcimos hacia la derecha con intento de unirnos a losvoluntarios de Huesca, que acometían por el camino de la Muela. Se comprende por lo que llevo referido, que los franceses no esperaban aquellasalida y que completamente desprevenidos, sólo tenían allí, además de la escasa fuerza
  • que custodiaba los trabajos, las cuadrillas de ingenieros que abrían las zanjas de laprimera paralela. Les embestimos con ímpetu, haciéndoles un fuego horroroso,aprovechando muy bien los minutos antes que llegasen fuerzas temibles; cogíamosprisioneros a los que encontrábamos sin armas; matábamos a los que las tenían;recogíamos los picos y azadas, todo esto con una presteza sin igual, animándonos conpalabras [64] ardientes, y exaltados por la idea de que nos estaban viendo desde laciudad. En aquel lance todo fue afortunado, porque mientras nosotros destrozábamos tan sinpiedad a los trabajadores de la primera paralela, las tropas que por la izquierda habíansalido a las órdenes del brigadier Butrón, empeñaban un combate muy feliz contra losdestacamentos que tenía el enemigo en la Bernardona. Mientras los voluntarios deHuesca, los granaderos de Palafox y las guardias walonas(17) arrollaban la infanteríafrancesa, aparecieron los escuadrones de caballería de Numancia y Olivenza,cautelosamente salidos por la puerta de Sancho, y que describiendo una gran vuelta,habían venido a ocupar el camino de Alagón por una parte y el de la Muela por otra,precisamente cuando los franceses retrocedían de la izquierda al centro, en demanda demayores fuerzas que les auxiliaran. Hallándose en su elemento aquellos briososcaballos, lanzáronse por el arrecife, destruyendo cuanto encontraban al paso, y allí fue elcaer y el atropellarse de los desgraciados infantes que huían hacia Torrero. En sudispersión muchos fueron a caer precisamente entre nuestras bayonetas, y si grande erasu ansiedad por huir de los caballos, mayor era nuestro anhelo de recibirlos dignamentea tiros. Unos corrían, arrojándose en las acequias por no poder saltarlas, otros seentregaban a discreción, soltando las armas, algunos se defendían con heroísmo,dejándose matar [65] antes que rendirse, y por último no faltaron unos pocos que,encerrándose dentro de un horno de ladrillos cargado de ramas secas y de leña, lepegaron fuego, prefiriendo morir asados a caer prisioneros. Todo esto que he referido con la mayor concisión posible pasó en brevísimo tiempo,y sólo mientras pudo el cuartel general, harto imprevisor en aquella hora, destacarfuerzas suficientes para contener y castigar nuestra atrevida expedición. Tocaron agenerala en monte Torrero, y vimos que venía contra nosotros mucha caballería. Perolos de Renovales, lo mismo que los de Butrón, habíamos conseguido nuestro deseo y noteníamos para qué esperar a aquellos caballeros que llegaban al fin de la función; así esque nos retiramos dándoles desde lejos los buenos días, con las frases más pintorescas ymás agudas de nuestro repertorio. Tuvimos aún tiempo de inutilizar algunas piezas delas dispuestas para su colocación al día siguiente; recogimos una multitud deherramientas de zapa, y destruimos a toda prisa lo que pudimos en las obras de laparalela, sin dejar de la mano las docenas de prisioneros a quienes habíamos echado elguante. Juan Pirli, uno de nuestros compañeros en el batallón, traía al volver a Zaragoza unmorrión de ingeniero, que se puso para sorprender al público, y además una sartén en lacual aún había restos de almuerzo, comenzado en el campamento frente a Zaragoza, yterminado en el otro mundo. [66] Habíamos tenido en nuestro batallón nueve muertos y ocho heridos. Cuando Agustínse reunió a mí, cerca ya de la puerta del Carmen, noté que tenía una manoensangrentada.
  • -¿Te han herido? -le dije, examinándole-. No es más que una rozadura. -Una rozadura es -me contestó-, pero no de bala, ni de lanza, ni de sable, sino dedientes, por que cuando le eché la zarpa a aquel francés que alzó el azadón paradescalabrarme, el condenado me clavó los dientes en esta mano como un perro de presa. Cuanto entrábamos en la ciudad, unos por la puerta del Carmen, otros por el Portillo,todas las piezas de los reductos y fuertes del Mediodía hicieron fuego contra lascolumnas que venían en nuestra persecución. Las dos salidas combinadas habían hechobastante daño a los franceses. Sobre que perdieron mucha gente, se les inutilizó unaparte, aunque no grande, de los trabajos de su primera paralela, y nos apoderamos de unnúmero considerable de herramientas. Además de esto, los oficiales de ingenieros quellevó Butrón en aquella osada aventura habían tenido tiempo de examinar las obras delos sitiadores y explorarlas y medirlas para dar cuenta de ellas al capitán general. La muralla estaba invadida por la gente. Habíase oído desde dentro de la ciudad eltiroteo de las guerrillas, y hombres, mujeres, ancianos y niños, [67] todos acudieron aver qué nueva acción gloriosa era aquella entablada fuera de la plaza. Fuimos recibidoscon exclamaciones de gozo, y desde San José hasta más allá de Trinitarios, la larga filade hombres y mujeres mirando hacia el campo, encaramados sobre la muralla ybatiendo palmas a nuestra llegada o saludándonos con sus pañuelos, presentaba ungolpe de vista magnífico. Después tronó el cañón, los reductos hicieron fuego a la vezsobre el llano que acabábamos de abandonar, y aquel estruendo formidable parecía unasalva triunfal, según se mezclaban con él los cantos, los vítores, las exclamaciones dealegría. En las cercanas casas, las ventanas y balcones estaban llenos de mujeres, y lacuriosidad, el interés de algunas era tal que se las veía acercarse en tropel a los fuertes ya los cañones para regocijar sus varoniles almas y templar sus acerados nervios con elruido, a ningún otro comparable, de la artillería. En el fortín del Portillo fue precisomandar salir a la muchedumbre. En Santa Engracia la concurrencia daba a aquel sitio elaspecto de un teatro, de una fiesta pública. Cesó al fin el fuego de cañón, que no teníamás objeto que proteger nuestra retirada, y sólo la Aljafería siguió disparando de tardeen tarde contra las obras del enemigo. En recompensa de la acción de aquel día se nos concedió en el siguiente llevar unacinta encarnada en el pecho a guisa de condecoración; y haciendo [68] justicia a loarriesgado de aquella salida, el padre Boggiero nos dijo, entre otras cosas, por boca delGeneral: «Ayer sellasteis el último día del año con una acción digna de vosotros... Sonóel clarín y a un tiempo mismo los filos de vuestras espadas arrojaban al suelo lasaltaneras cabezas, humilladas al valor y al patriotismo. ¡Numancia! ¡Olivenza! ¡Ya hevisto que vuestros ligeros caballos sabrán conservar el honor de este ejército y elentusiasmo de estos sagrados muros!... Ceñid esas espadas ensangrentadas, que son elvínculo de vuestra felicidad y el apoyo de la patria!...». - IX -
  • Desde aquel día, tan memorable en el segundo sitio como el de las Eras en elprimero, empezó el gran trabajo, el gran frenesí, la exaltación ardiente, en que vivieronpor espacio de mes y medio sitiadores y sitiados. Las salidas verificadas en los primerosdías de Enero no fueron de gran importancia. Los franceses, concluida la primeraparalela, avanzaron en zig-zag para abrir la segunda, y con tanta actividad trabajaron enella, que bien pronto vimos amenazadas nuestras dos mejores posiciones del mediodía,San José y el reducto del Pilar, por imponentes [69] baterías de sitio, cada una con diezy seis cañones. Excusado es decir que no cesábamos en mortificarles, ya enviándoles unincesante fuego, ya sorprendiéndoles con audaces escaramuzas; pero así y todo, Junot,que por aquellos días sustituyó a Moncey, llevaba adelante los trabajos con muchadiligencia. Nuestro batallón continuaba en el reducto, obra levantada en la cabecera del puentede la Huerva y a la parte de fuera. El radio de sus fuegos abrazaba una extensiónconsiderable cruzándose con los de San José. Las baterías de los Mártires, del jardínBotánico y de la torre del Pino, más internadas en el recinto de la ciudad tenían menosimportancia que aquellas dos sólidas posiciones avanzadas, y le servían de auxiliares.Nos acompañaban en la guarnición muchos voluntarios zaragozanos, algunos soldadosdel resguardo, y varios paisanos armados de los que espontáneamente se adherían alcuerpo más de su gusto. Ocho cañones tenía el reducto. Era su jefe D. Domingo Larripa,mandaba la artillería D. Francisco Betbezé, y hacía de jefe de ingenieros el granSimonó, oficial de este distinguido cuerpo, y hombre de tal condición que se le puedecitar como modelo de buenos militares, así en el valor como en la pericia. Era el reducto una obra, aunque de circunstancias, bastante fuerte, y no carecía deningún requisito material para ser bien defendida. Sobre la puerta de entrada, al extremodel puente habían puesto sus [70] constructores una tabla con la siguiente inscripción:Reducto inconquistable de Nuestra Señora del Pilar. Zaragozanos: ¡morir por laVirgen del Pilar o vencer! Allí dentro no teníamos alojamiento, y aunque la estación no era muy cruda, lopasábamos bastante mal. El suministro de provisiones de boca se hacía por una juntaencargada de la administración militar; pero esta junta a pesar de su celo no podíaatendernos de un modo eficaz. Por nuestra fortuna y para honor de aquel magnánimopueblo, de todas las casas vecinas nos mandaban diariamente lo mejor de susprovisiones y frecuentemente éramos visitados por las mismas mujeres caritativas quedesde la acción del 31 se habían encargado de cuidar en su propio domicilio a nuestrospobres heridos. No sé si he hablado de Pirli. Pirli era un muchacho de los arrabales, labrador, comode veinte años y de condición tan festiva, que los lances peligrosos desarrollaban en éluna alegría nerviosa y febril. Jamás le vi triste; acometía a los franceses cantando, ycuando las balas silbaban en torno suyo, sacudía manos y pies haciendo mil grotescosgestos y cabriolas. Llamaba al fuego graneado pedrisco; a las balas de cañón las tortascalientes; a las granadas las señoras, y a la pólvora la harina negra, usando ademásotros terminachos de que no hago memoria en este momento. Pirli, aunque poco formal,era un cariñoso compañero. [71] No sé si he hablado del tío Garcés. Era este un hombre de cuarenta y cinco años,natural de Garrapinillos, fortísimo, atezado, con semblante curtido y miembros de acero,
  • ágil cual ninguno en los movimientos e imperturbable como una máquina ante el fuego;poco hablador y bastante desvergonzado cuando hablaba, pero con cierto gracejo en sugarrulería. Tenía una pequeña hacienda en los alrededores, y casa muy modesta; mascon sus propias manos había arrasado la casa, y puesto por tierra los perales, para quitardefensas al enemigo. Oí contar de él mil proezas hechas en el primer sitio y ostentababordado en la manga derecha el escudo de premio y distinción de 16 de Agosto. Vestíatan mal que casi iba medio desnudo, no porque careciera de traje, sino por no habertenido tiempo para ponérselo. Él y otros como él, fueron sin duda los que inspiraron lacélebre frase de que antes he hecho mención. Sus carnes sólo se vestían de gloria.Dormía sin abrigo y comía menos que un anacoreta, pues con dos pedazos de panacompañados de un par de mordiscos de cecina, dura como cuero, tenía bastante para undía. Era hombre algo meditabundo, y cuando observaba los trabajos de la segundaparalela, decía mirando a los franceses: gracias a Dios que se acercan, ¡cuerno!...¡Cuerno!, esta gente le acaba a uno la paciencia. -¿Qué prisa tiene Vd., tío Garcés? -le decíamos. -¡Recuerno! Tengo que plantar los árboles otra [72] vez antes que pase el invierno-contestaba-, y para el mes que entra quisiera volver a levantar la casita. En resumen, el tío Garcés, como el reducto, debía llevar un cartel en la frente quedijera: Hombre inconquistable. Pero ¿quién viene allí, avanzando lentamente por la hondonada de la Huerva,apoyándose en un grueso bastón, y seguido de un perrillo travieso, que ladra a todos lostranseúntes por pura fanfarronería y sin intención de morderles? Es el padre fray Mateodel Busto, lector y calificador de la orden de mínimos, capellán del segundo tercio devoluntarios de Zaragoza, insigne varón a quien, a pesar de su ancianidad, se vio duranteel primer sitio en todos los puestos de peligro, socorriendo heridos, auxiliandomoribundos, llevando municiones a los sanos y animando a todos con el acento de sudulce palabra. Al entrar en el reducto, nos mostró una cesta grande y pesada que trabajosamentecargaba, y en la cual traía algunas vituallas algo mejores que las de nuestra ordinariamesa. -Estas tortas -dijo sentándose en el suelo y sacando uno por uno los objetos que ibanombrando- me las han dado en casa de la Excma. Sra. condesa de Bureta, y esta encasa de D. Pedro Ric. Aquí tenéis también un par de lonjas de jamón, que son de miconvento, y se destinaban al padre Loshoyos(18), que está muy enfermito del estómago;pero él, renunciando [73] a este regalo, me lo ha dado para traéroslo. ¿A ver qué osparece esta botella de vino? ¿Cuánto darían por ella los gabachos que tenemos enfrente? Todos miramos hacia el campo. El perrillo saltando denodadamente a la muralla,empezó a ladrar a las líneas francesas. -También os traigo un par de libras de orejones, que se han conservado en ladespensa de nuestra casa. Íbamos a ponerlos en aguardiente; pero primero que nadiesois vosotros, valientes muchachos. Tampoco me he olvidado de ti, querido Pirli-añadió, volviéndose al chico de este nombre-, y como estás casi desnudo y sin manta,
  • te he traído un magnífico abrigo. Mira este lío. Pues es un hábito viejo que teníaguardado para darlo a un pobre; ahora te lo regalo para que cubras y abrigues tus carnes.Es vestido impropio de un soldado; pero si el hábito no hace al monje, tampoco eluniforme hace al militar. Póntelo y estarás muy holgadamente con él. El fraile dio a nuestro amigo su lío, y este se puso el hábito entre risas y jácara deuna y otra parte, y como conservaba aún, llevándolo constantemente en la cabeza, elalto sombrero de piel que el día 31 había cogido en el campamento enemigo, hacía lafigura más extraña que puede imaginarse. Poco después llegaron algunas mujeres también con cestas de provisiones. Laaparición del sexo [74] femenino trasformó de súbito el aspecto del reducto. No sé dedónde sacaron la guitarra; lo cierto es que la sacaron de alguna parte; uno de lospresentes empezó a rasguear primorosamente los compases de la incomparable, de ladivina, de la inmortal jota, y en un momento se armó gran jaleo de baile. Pirli, cuyagrotesca figura empezaba en ingeniero francés y acababa en fraile español, era el másexaltado de los bailarines, y no se quedaba atrás su pareja, una muchacha graciosísima,vestida de serrana, y a quien desde el primer momento oí que llamaban Manuela.Representaba veinte o veinte y dos años, y era delgada, de tez pálida y fina. La agitacióndel baile inflamó bien pronto su rostro, y por grados avivaba sus movimientos,insensible al cansancio. Con los ojos medio cerrados, las mejillas enrojecidas, agitandolos brazos al compás de la grata cadencia, sacudiendo con graciosa presteza sus faldas,cambiando de lugar con ligerísimo paso, presentándosenos ora de frente, ora deespaldas, Manuela nos tuvo encantados durante largo rato. Viendo su ardorcoreográfico, más se animaban el músico y los demás bailarines, y con el entusiasmo deestos aumentábase el suyo, hasta que al fin, cortado el aliento y rendida de fatiga, aflojólos brazos y cayó sentada en tierra sin respiración y encendida como la grana. Pirli se puso junto a ella y al punto formose un corrillo cuyo centro era la cesta deprovisiones. [75] -A ver qué nos traes, Manuelilla -dijo Pirli-. Si no fuera por ti y el padre Busto, queestá presente, nos moriríamos de hambre. Y si no fuera por este poco de baile con quequitamos el mal gusto de las tortas calientes y de las señoras, ¡qué sería de estos pobressoldados! -Os traigo lo que hay -repuso Manuela sacando las provisiones-. Queda poco y siesto dura, comeréis ladrillos. -Comeremos metralla amasada con harina negra -dijo Pirli-. Manuelilla, ¿ya se te haquitado el miedo a los tiros? Al decir esto, tomó con presteza su fusil disparándolo al aire. La muchacha dio ungrito y sobresaltada huyó de nuestro grupo. -No es nada, hija -dijo el fraile-. Las mujeres valientes no se asustan del ruido de lapólvora, antes al contrario deben encontrar en él tanto agrado como en el son de lascastañuelas y bandurrias.
  • -Cuando oigo un tiro -dijo Manuela, acercándose llena de miedo-, no me queda gotade sangre en las venas. En aquel instante los franceses que sin duda querían probar la artillería de su segundaparalela, dispararon un cañón y la bala vino a rebotar contra la muralla del reducto,haciendo saltar en pedazos mil los deleznables ladrillos. Levantáronse todos a observar el campo enemigo; la serrana lanzó una exclamaciónde terror, y el [76] tío Garcés púsose a dar gritos desde una tronera contra los franceses,prodigándoles los más insolentes vocablos acompañados de mucho cuerno y recuerno.El perrillo recorriendo la cortina de un extremo a otro ladraba con exaltada furia. -Manuela, echemos otra jota al son de esta música, y ¡viva la Virgen del Pilar!-exclamó Pirli saltando como un insensato. Manuela, impulsada por la curiosidad, alzábase lentamente alargando el cuello paramirar el campo por encima de la muralla. Luego al extender los ojos por la llanura,parecía disiparse poco a poco el miedo en su espíritu pusilánime, y al fin la vimosobservando la línea enemiga con cierta serenidad y hasta con un poco de complacencia. -Uno, dos, tres cañones -dijo contando las bocas de fuego que a lo lejos sedivisaban-. Vamos, chicos, no tengáis miedo. Eso no es nada para vosotros. Oyose hacia San José estrépito de fusilería, y en nuestro reducto sonó el tambor,mandando tomar las armas. Del fuerte cercano había salido una pequeña columna que setiroteaba de lejos con los trabajadores franceses. Algunos de estos corriéndose hacia suizquierda, parecían próximos a ponerse al alcance de nuestros fuegos: corrimos todos alas aspilleras, dispuestos a enviarles un poco de pedrisco, y sin esperar la orden del jefe,algunos dispararon sus fusiles con gran algazara. Huyeron en tanto por [77] el puente yhacia la ciudad todas las mujeres, excepto Manuela. ¿El miedo le impedía moverse? No:su miedo era inmenso y temblaba, dando diente con diente, desfigurado el rostro porrepentina amarillez; pero una curiosidad irresistible la retenía en el reducto, y fijaba losatónitos ojos en los tiradores y en el cañón que en aquel instante iba a ser disparado. -Manuela -le dijo Agustín-. ¿No te vas? ¿No te causa temor esto que estás mirando? La serrana con la atención fija en aquel espectáculo, asombrada, trémula, con loslabios blancos y el pecho palpitante, ni se movía, ni hablaba. ¡Manuelilla -dijo Pirli corriendo hacia ella-, toma mi fusil y dispáralo! Contra lo que esperábamos, Manuelilla no hizo movimiento alguno de terror. -Tómalo, prenda -añadió Pirli haciéndole tomar el arma-; pon el dedo aquí, apuntaafuera y tira. ¡Viva la segunda artillera Manuela Sancho y la Virgen del Pilar! La serrana tomó el arma, y a juzgar por su actitud y el estupor inmenso revelado ensu mirar, parecía que ella misma no se daba cuenta de su acción. Pero alzando el armacon mano temblorosa, apuntó hacia el campo, tiró del gatillo e hizo fuego.
  • Mil gritos y ardientes aplausos acogieron este disparo, y la serrana soltó el fusil.Estaba radiante de satisfacción y el júbilo encendió de nuevo sus mejillas. [78] -Ves: Ya has perdido el miedo -dijo el mínimo-. Si a estas cosas no hay más quetomarlas el gusto. Lo mismo debieran hacer todas las zaragozanas, y de ese modo laAgustina y Casta Álvarez no serían una gloriosa excepción entre las de su sexo. -Venga otro fusil -exclamó la serrana-, que quiero tirar otra vez. -Se han marchado ya, prenda. ¿Te ha sabido a bueno? -dijo Pirli, preparándose ahacer desaparecer algo de lo que contenían las cestas-. Mañana, si quieres, estásconvidada a un poco de torta caliente. Ea, sentémonos y a comer. El fraile, llamando a su perrillo, le decía: -Basta, hijo; no ladres tanto, ni lo tomes tana pechos, que vas a quedarte ronco. Guarda ese arrojo para mañana: por hoy, no hay enqué emplearlo, pues, si no me engaño van a toda prisa a guarecerse detrás de susparapetos. En efecto, la escaramuza de los de San José había concluido, y por el momento noteníamos franceses a la vista. Un rato después sonó de nuevo la guitarra, y regresandolas mujeres, comenzaron los dulces vaivenes de la jota, con Manuela Sancho y el granPirli en primera línea. [79] -X- Cuando desperté al amanecer del día siguiente, vi a Montoria, que se paseaba por lamuralla. -Creo que va a empezar el bombardeo -me dijo-. Se nota gran movimiento en la líneaenemiga. -Empezarán por batir este reducto -indiqué yo, levantándome con pereza-. ¡Qué feoestá el cielo, Agustín! El día amanece muy triste. -Creo que atacarán por todas partes a la vez, pues tienen hecha su segunda paralela.Ya sabes que Napoleón, hallándose en París, al saber la resistencia de esta ciudad en elprimer sitio, se puso furioso contra Lefebvre Desnouettes porque había embestido laplaza por el Portillo y la Aljafería(19). Luego pidió un plano de Zaragoza, se lo dieron eindicó que la ciudad debía ser atacada por Santa Engracia. -¿Por aquí? Pronto lo veremos. Mal día se nos prepara si se cumplen las órdenes deNapoleón. Dime, ¿tienes por ahí algo que comer? -No te lo enseñé antes, porque quise sorprenderte -me dijo mostrándome un cesto,que servía de sepulcro a dos aves asadas fiambres, con algunas confituras y conservasfinas. [80]
  • -¿Lo has traído anoche?... Ya. ¿Cómo pudiste salir del reducto? -Pedí licencia al jefe, y me la concedió por una hora. Mariquilla tenía preparado estefestín. Si el tío Candiola sabe que dos de las gallinas de su corral han sido muertas yasadas para regalo de los defensores de la ciudad, se lo llevarán los demonios.Comamos, pues, Sr. Araceli, y esperemos ese bombardeo... ¡Eh! ¡Aquí está!... unabomba, otra, otra... Las ocho baterías que embocaban sus tiros contra San José y el reducto del Pilar,empezaron a hacer fuego; ¡pero qué fuego! ¡Todo el mundo a las troneras, o al pie delcañón! ¡Fuera almuerzos, fuera desayunos, fuera melindres! Los aragoneses no sealimentan sino de gloria. El fuerte inconquistable contestó al insolente sitiador conorgulloso cañoneo, y bien pronto el gran aliento de la patria dilató nuestros pechos. Lasbalas rasas rebotando en la muralla de ladrillo y en los parapetos de tierra, destrozabanel reducto, cual si fuera un juguete apedreado por un niño; las granadas cayendo entrenosotros reventaban con estrépito, y las bombas pasando con pavorosa majestad porsobre nuestras cabezas, iban a caer en las calles y en los techos de las casas. ¡A la calle todo el mundo! No haya gente cobarde ni ociosa en la ciudad. Loshombres a la muralla, las mujeres a los hospitales de sangre, los chiquillos [81] y losfrailes a llevar municiones. No se haga caso de estas terribles masas inflamadas queagujerean los techos, penetran en las habitaciones, abren las puertas, horadan los pisos,bajan al sótano, y al reventar desparraman las llamas del infierno en el hogar tranquilo,sorprendiendo con la muerte al anciano inválido en su lecho y al niño en su cuna. Nadade esto importa. A la calle todo el mundo y con tal que se salve el honor, perezca laciudad y la casa, y la iglesia, y el convento, y el hospital, y la hacienda, que son cosasterrenas. Los zaragozanos, despreciando los bienes materiales como desprecian la vida,viven con el espíritu en los infinitos espacios de lo ideal. En los primeros momentos nos visitó el capitán general, con otras muchas personasdistinguidas, tales como D. Mariano Cereso(20), el cura Sas, el general ONeilly, SanGenis y D. Pedro Ric. También estuvo allí el bravo y generoso y campechano D. Joséde Montoria, que abrazó a su hijo, diciéndole: «Hoy es día de vencer o morir. Nosveremos en el cielo». Tras de Montoria se nos presentó don Roque, el cual estaba hechoun valiente, y como empleado en el servicio sanitario, desde antes que existieran heridoshabía comenzado a desplegar de [82] un modo febril su actividad, y nos mostró unmediano montón de hilas. Varios frailes se mezclaron asimismo entre los combatientesdurante los primeros disparos, exhortándonos con un furor místico, inspirado en el librode los Macabeos. A un mismo tiempo y con igual furia atacaban los franceses el reducto del Pilar y elfortín de San José. Este, aunque ofrecía un aspecto más formidable había de resistirmenos, quizás por presentar mayor blanco al fuego enemigo. Pero allí estaba Renovalescon los voluntarios de Huesca, los voluntarios de Valencia, algunos guardias walonas(21)y varios individuos de milicias de Soria. El gran inconveniente de aquel fuerte consistíaen estar construido al amparo de un vasto edificio, que la artillería enemiga convertíapaulatinamente en ruinas; y desplomándose de rato en rato pedazos de paredón, muchosdefensores morían aplastados. Nosotros estábamos mejor; sobre nuestras cabezas noteníamos más que cielo, y si ningún techo nos guarecía de las bombas, tampoco se nosechaban encima masas de piedra y ladrillo. Batían la muralla por el frente y los
  • costados, y era un dolor ver cómo aquella frágil masa se desmoronaba, poniéndonos aldescubierto. Sin embargo, después de cuatro horas de fuego incesante con poderosaartillería apenas pudieron abrir una brecha practicable. Así pasó todo el día 10, sin ventaja alguna para los sitiadores por nuestro lado, sibien hacia San [83] José habían logrado acercarse y abrir una brecha espantosa, lo cualunido al estado ruinoso del edificio anunciaba la dolorosa necesidad de su rendición.Sin embargo, mientras el fuerte no estuviese reducido a polvo y muertos o heridos susdefensores había esperanza. Renováronse allí las tropas, porque los batallones quetrabajaban desde por la mañana estaban diezmados, y cuando anocheció, después deabierta la brecha e intentado sin fruto un asalto, aún se sostuvo Renovales sobre lasruinas empapadas en sangre, entre montones de cadáveres y con la tercera parte tan sólode su artillería. No interrumpió la noche el fuego, antes bien siguió con encarnizamiento en los dospuntos. Nosotros habíamos tenido buen número de muertos y muchos heridos. Estoseran al punto recogidos y llevados a la ciudad por los frailes y las mujeres; peroaquellos aún prestaban el último servicio con sus helados cuerpos, porque estoicamentelos arrojábamos a la brecha abierta, que luego se acababa de tapar con sacos de lana ytierra. Durante la noche no descansamos ni un solo momento, y la mañana del 11 nos vioposeídos del mismo frenesí, ya apuntando las piezas contra la trinchera enemiga, yaacribillando a fusilazos a los pelotones que venían a flanquearnos, sin abandonar ni uninstante la operación de tapar la brecha, que de hora en hora iba agrandando suhorroroso espacio vacío. Así nos sostuvimos toda la mañana, [84] hasta el momento enque dieron el asalto a San José, ya convertido en un montón de ruinas, y con gran partede su guarnición muerta. Aglomerando contra los dos puntos grandes fuerzas, mientrascaían sobre el convento, dirigieron sobre nosotros un atrevido movimiento; y fue quecon objeto de(22) hacer practicable la brecha que nos habían abierto, avanzaron por elcamino de Torrero con dos cañones de batalla, protegidos por una columna deinfantería. En aquel instante nos consideramos perdidos: temblaron los endebles muros, y losladrillos mal pegados se desbarataban en mil pedazos. Acudimos a la brecha que seabría y se abría cada vez más, y nos abrasaron con un fuego espantoso, porque viendoque el reducto se deshacía pedazo a pedazo, cobraron ánimo llegando al borde mismodel foso. Era una locura tratar de tapar aquel hueco formidable; y hacerlo a pechodescubierto era ofrecer víctimas sin fin al furioso enemigo. Abalanzáronse muchos consacos de lana y paletadas de tierra, y más de la mitad quedaron yertos en el sitio. Cesó elfuego de cañón, porque ya parecía innecesario; hubo un momento de pánico indefinible;se nos caían los fusiles de las manos; nos vimos destrozados, deshechos, aniquilados poraquella lluvia de disparos que parecían incendiar el aire, y nos olvidamos del honor, dela muerte gloriosa, de la patria y de la Virgen del Pilar, [85] cuyo nombre decoraba lapuerta del baluarte inconquistable. La confusión más espantosa reinó en nuestras filas.Rebajado de improviso el nivel moral de nuestras almas, todos los que no habíamoscaído, deseamos unánimemente la vida, y saltando por encima de los heridos ypisoteando los cadáveres, huimos hacia el puente, abandonando aquel horrible sepulcroantes que se cerrara, enterrándonos a todos.
  • En el puente nos agolpamos con pavor y desorden invencibles. Nada hay másfrenético que la cobardía: sus vilezas son tan vehementes como las sublimidades delvalor. Los jefes nos gritaban: «¡Atrás, canallas! ¡El reducto del Pilar no se rinde!». Y almismo tiempo sus sables azotaron de plano nuestras viles espaldas. Nos revolvimos enel puente sin poder avanzar, porque otras tropas venían a contenernos, y tropezamosunos con otros, confundiendo la furia de nuestro miedo con el ímpetu de su bravura. -¡Atrás, canallas! -gritaban los jefes abofeteándonos-. ¡A morir en la brecha! El reducto estaba vacío: no había en él más que muertos y heridos. De repente vimosque entre el denso humo y el espeso polvo, y saltando sobre los exánimes cuerpos, y losmontones de tierra, y las ruinas, y las cureñas rotas, y el material deshecho, avanzabauna figura impávida, pálida, grandiosa, imagen de la serenidad trágica; era una mujerque [86] se había abierto paso entre nosotros, y penetrando en el recinto abandonado,marchaba majestuosa ¡hasta la horrible brecha! Pirli, que yacía en el suelo herido en unapierna, exclamó con terror: -Manuela Sancho, ¿a dónde vas? Todo esto pasó en mucho menos tiempo del que empleo en contarlo. Tras deManuela Sancho se lanzó uno, luego tres, luego muchos, y al fin todos los demás,azuzados por los jefes que a sablazos nos llevaron otra vez al puesto del deber. Ocurrióesta transformación portentosa, por un simple impulso del corazón de cada uno,obedeciendo a sentimientos que se comunicaban a todos sin que nadie supiera de quémisterioso foco procedían. Ni sé por qué fuimos cobardes, ni sé por qué fuimosvalientes unos cuantos segundos después. Lo que sé es que movidos todos por unafuerza extraordinaria, poderosísima, sobrehumana, nos lanzamos a la lucha tras laheroica mujer, a punto que los franceses intentaban con escalas el asalto; y sin quetampoco sepa decir la causa, nos sentimos con centuplicadas energías, y aplastamos,arrojándolos en lo profundo del foso, a aquellos hombres de algodón que antes nosparecieron de acero. A tiros, a sablazos, con granadas de mano, a paletadas, a golpes, abayonetazos, murieron muchos de los nuestros para servir de defensa a los demás consus fríos cuerpos; defendimos el paso de la brecha, y los franceses se retiraron, dejandomucha gente al pie de la muralla. Volvieron [87] a disparar los cañones, y el reductoinconquistable no cayó el día 11 en poder de la Francia. Cuando la tempestad de fuego se calmó, no nos conocíamos: estábamostransfigurados, y algo nuevo y desconocido palpitaba en lo íntimo de nuestras almas,dándonos una ferocidad inaudita. Al día siguiente decía Palafox con elocuencia: «Lasbombas, las granadas y las balas no mudan el color de nuestros semblantes, ni toda laFrancia lo alteraría». - XI - El fuerte de San José se había rendido, mejor dicho, los franceses entraron en élcuando la artillería lo hubo reducido a polvo, y cuando yacían entre los escombros uno
  • por uno todos sus defensores. Los imperiales, al penetrar, encontraron inmenso númerode cuerpos destrozados, y montones de tierra y guijarros amasados con sangre. Nopodían aún establecerse allí, porque eran flanqueados por la batería de los Mártires y ladel Jardín Botánico, y continuaron las operaciones de zapa para apoderarse de estos dospuntos. Las fortificaciones que conservábamos estaban tan destrozadas, que urgía unacomposición general, y se dictaron órdenes terribles [88] convocando a todos loshabitantes de Zaragoza para trabajar en ellas. La proclama dijo que todos debían llevarel fusil en una mano y la azada en la otra. El 12 y el 13 se trabajó sin descanso, disminuyendo bastante el fuego, porque lossitiadores escarmentados, no querían arriesgarse en nuevos golpes de mano, ycomprendiendo que aquello era obra de paciencia y estudio más que de arrojo, abríandespacio y con toda seguridad zanjas y caminos cubiertos que les trajesen a la posesióndel reducto, sin pérdida de gente. Casi fue preciso hacer de nuevo las murallas, mejordicho, sustituirlas con sacos de tierra, operación en que además de toda la tropa, seocupaban muchos frailes, canónigos, magistrados de la Audiencia, chicos y mujeres. Laartillería estaba casi inservible, el foso casi cegado, y era preciso continuar la defensa atiro de fusil. Así nos sostuvimos todo el 13 protegiendo los trabajos de recomposición,padeciendo mucho y viendo que cada vez mermábamos en número, aunque entrabagente nueva a cubrir las considerables bajas. El 14 la artillería enemiga empezó adesbaratar de nuevo nuestra muralla de sacos, abriéndonos brechas por el frente y loscostados; mas no se atrevían a intentar un nuevo asalto, contentándose con seguirabriendo una zanja en tal dirección que no podíamos de modo alguno enfilarla connuestro fuego, ni con los de las baterías inmediatas. El valeroso, el provocativo fuerte de tierra, iba a [89] estar bien pronto bajo losfuegos cubiertos de baterías cercanas que arrojarían a los cuatro vientos el polvo de queestaba formado. En esta situación le era forzoso rendirse más tarde o más temprano,pues se hallaba a merced de los tiros del francés, como un barco a merced de las olas delOcéano. Flanqueado por caminos cubiertos y zig-zags, por cuyos huecos discurría sinpeligro un enemigo inteligente lleno de fuerza material y con todos los recursos de laciencia, el baluarte era como un hombre cercado por un ejército. No teníamos cañonesservibles ni podíamos traer otros nuevos, porque las murallas no los hubieran resistido. Nuestro único recurso era minar el reducto para volarlo en el momento en queentraran en él los franceses, y destruir también el puente para impedir que nospersiguieran. Así se hizo, y durante la noche del 14 al 15 trabajamos sin descanso en lamina, y pusimos los hornillos del puente, esperando que los enemigos se echasenencima al día siguiente por la mañana. Con todo, no fue así, porque, no atreviéndose adar un asalto sin tomar las precauciones y seguridades posibles, continuaron sus trabajosde zapa hasta muy cerca del foso. En esta faena, nuestra infatigable fusilería les hacíapoco daño. Estábamos desesperados; sin poder hacer nada, sin que la mismadesesperación nos sirviera para la defensa. Era una fuerza inútil como la cólera de unloco en su jaula. [90] Desclavamos también el tablón que decía Reducto inconquistable, para llevarnosaquel testimonio de nuestra justificada jactancia, y al anochecer fue abandonado elfuerte, quedando sólo cuarenta hombres para custodiarlo hasta el fin y matar lo que sepudiera, como decía nuestro capitán, pues no debía perderse ninguna ocasión de hacerun par de bajas al enemigo. Desde la torre del Pino presenciamos la retirada de los
  • cuarenta a eso de las ocho de la noche, después de haberla emprendido a bayonetazoscon los ocupadores y batiéndose en retirada con bravura. La mina del interior delreducto hizo muy poco efecto; pero los hornillos del puente desempeñaron tan bien sucometido, que el paso quedó roto y el reducto aislado en la otra orilla de la Huerva.Adquirido este sitio y San José, los franceses tenían el apoyo suficiente para abrir sutercera paralela y batir cómodamente todo el circuito de la ciudad. Estábamos tristes, y un poco, un poquillo desanimados. Pero ¿qué importaba undecaimiento momentáneo, si al día siguiente tuvimos una fiesta divertidísima? Despuésde batirse uno como un frenético, no venía mal un poco de holgorio y bullangaprecisamente cuando faltaba tiempo para enterrar los muchos muertos, y acomodar enlas casas el inmenso número de heridos. Verdad es que para todo había manos, gracias aDios; y el motivo de la general alegría fue que empezaron a circular noticias estupendassobre ejércitos españoles que venían a socorrernos, [91] sobre derrotas de los francesesen distintos puntos de la Península y otras zarandajas. Agolpábase el pueblo en la plazade la Seo, esperando a que saliese la Gaceta, y al fin salió a regocijar los ánimos y hacerpalpitar de esperanza todos los corazones. No sé si efectivamente llegaron a Zaragozatales noticias, o si las sacó de su cacumen el redactor principal, que era D. Ignacio Asso:lo cierto es que en letras de molde se nos dijo que Reding venía a socorrernos con unejército de sesenta mil hombres; que el marqués de Lazán, después de derrotar a lacanalla en el Norte de Cataluña, había entrado en Francia llevando el espanto por todaspartes; que también venía en nuestro auxilio el duque del Infantado; que entre Blake yla Romana habían derrotado a Napoleón matándole veinte mil hombres, inclusosBerthier, Ney y Savary, y que a Cádiz habían llegado diez y seis millones de duros,enviados por los ingleses para gastos de guerra. ¿Qué tal? ¿Se explicaba la Gaceta? A pesar de ser tantas y tan gordas, nos las tragamos, y allí fueron las demostracionesde alegría, el repicar campanas, y el correr por las calles cantando la jota con otrosmuchos excesos patrióticos que por lo menos tenían la ventaja de proporcionarnos unpoco de aquel refrigerio espiritual que necesitábamos. No crean Vds. que porconsideración a nuestra alegría había cesado la lluvia de bombas. Muy lejos de eso,aquellos condenados parecían querer [92] mofarse de las noticias de nuestra Gaceta,repitiendo la dosis. Sintiendo un deseo vivísimo de reírnos en sus barbas, corrimos a la muralla, y allí lasmúsicas de los regimientos tocaron con cierta afectación provocativa, cantando todos eninmenso coro el famoso tema: La Virgen del Pilar dice que no quiere ser francesa... También ellos estaban para burlas, y arreciaron el fuego de tal modo, que la ciudadrecibió en menos de dos horas mayor número de proyectiles que en el resto del día. Yano había asilo seguro, ya no había un palmo de suelo ni de techo libre de aquel satánicofuego. Huían las familias de sus hogares, o se refugiaban en los sótanos; los heridos queabundaban en las principales casas eran llevados a las iglesias, buscando reposo bajo susfuertes bóvedas: otros salían arrastrándose; algunos más ágiles llevaban a cuestas suspropias camas. Los más se acomodaban en el Pilar y después de ocupar todo elpavimento, tendíanse en los altares y obstruían las capillas. A pesar de tantos infortunios
  • se consolaban con mirar a la Virgen, la cual sin cesar con el lenguaje de sus brillantesojos les estaba diciendo que no quería ser francesa. [93] - XII - Mi batallón no tomó parte en las salidas de los días 22 y 24, ni en la defensa delMolino de aceite y de las posiciones colocadas a espaldas de San José, hechos gloriososen que se perdió bastante gente, pero donde se les sentó la mano con firmeza a losfranceses. Y no era porque estos se descuidaran en tomar precauciones, pues en latercera paralela, desde la embocadura de la Huerva hasta la puerta del Carmen,colocaron 50 cañones, los más de grueso calibre, dirigiendo sus bocas con mucho artecontra los puntos más débiles. De todo esto nos reíamos o aparentábamos reírnos, comolo prueba la vanagloriosa respuesta de Palafox al mariscal Lannes (que desde el 22 sepuso al frente del ejército sitiador), en la cual le decía: «La conquista de esta ciudadhará mucho honor al señor Mariscal si la ganase a cuerpo descubierto, no con bombasy granadas que sólo aterran a los cobardes». Por supuesto en cuanto pasaron algunos días se conoció que los refuerzos esperadosy los poderosos ejércitos que venían a libertarnos eran puro humo de nuestras cabezas yprincipalmente de la del diarista que en tales cosas se entretenía. No había tales [94]auxilios, ni ejércitos de ninguna clase andaban cerca para ayudarnos. Yo comprendí bien pronto que lo publicado en la Gaceta del 16 era una filfa, y así lodije a D. José de Montoria y a su mujer, los cuales en su optimismo atribuyeron miincredulidad a falta de sentido común. Yo había ido con Agustín y otros amigos a lacasa de mis protectores para ayudarles en una tarea que les traía muy apurados, puesdestruido por las bombas parte del techo, y amenazada de ruina una pared maestra,estaban mudándose a toda prisa. El hijo mayor de Montoria, herido en la acción delMolino de aceite, se había albergado, con su mujer e(23) hijo en el sótano de una casainmediata, y doña Leocadia no daba paz a los pies y a las manos para ir y venir de unsitio a otro trayendo y llevando lo que era menester. -No puedo fiarme de nadie -me decía-. Mi genio es así. Aunque tengo criados, noquedo contenta si no lo hago todo yo misma. ¿Qué tal se ha portado mi hijo Agustín? -Como quien es, señora -le contesté-. Es un valiente muchacho, y su disposición paralas armas es tan grande, que no me asombraría verle de general dentro de un par deaños. -¡General ha dicho Vd.! -exclamó con sorpresa-. Mi hijo cantará misa en cuanto seacabe el sitio, pues ya sabe Vd. que para eso le hemos criado. Dios y la Virgen del Pilarle saquen en bien [95] de esta guerra, que lo demás irá por sus pasos contados. Lospadres del Seminario me han asegurado que veré a mi hijo con su mitra en la cabeza ysu báculo en la mano.
  • -Así será, señora; no lo pongo en duda. Pero al ver cómo maneja las armas, no puedeacostumbrarse uno a considerar que con aquella misma mano que tira del gatillo ha deechar bendiciones. -Verdad es, Sr. de Araceli; y yo siempre he dicho que a la gente de iglesia no le caebien esto del gatillo, pero qué quiere Vd. Ahí tenemos hechos unos guerreros que danmiedo a D. Santiago Sas, a D. Manuel Lasartesa, al beneficiado de San Pablo D.Antonio La Casa, al teniente cura de la parroquia de San Miguel de los Navarros, D.José Martínez, y también a D. Vicente Casanova, que tiene fama de ser el primerteólogo de Zaragoza. Pues los demás lo hacen, guerree también mi hijo, aunquesupongo que él estará rabiando por volver al Seminario y meterse en la balumba de susestudios. Y no crea usted... últimamente estaba estudiando en unos libros tan grandes,tan grandes que pesan dos quintales. Válgame Dios con el chico. Yo me embobocuando le oigo recitar una cosa larga, muy larga, toda en latín por supuesto, y que debede ser algo de nuestro divino Señor Jesucristo y el amor que tiene a su Iglesia, porquehay mucho de amorem y de formosa, y pulcherrima, inflammavit y otras palabrillas porel estilo. [96] -Justamente -le respondí-, y se me figura que lo que recita es el libro cuarto de unaobra eclesiástica, que llaman la Eneida(24), que escribió un tal Fray Virgilio de la ordende Predicadores, y en cuya obra se habla mucho del amor que Jesucristo tiene a suIglesia. -Eso debe de ser -repuso doña Leocadia-. Ahora, Sr. de Araceli, veamos si me ayudaVd. a bajar esta mesa. -Con mil amores, señora mía, la llevaré yo solo -contesté cargando el mueble, apunto que entraba D. José de Montoria echando porras y cuernos por su bendita boca. -¿Qué es esto, porra? -exclamó-. ¡Los hombres ocupados en faenas de mujer! Paramudar muebles y trastos no se le ha puesto a Vd. un fusil en la mano, Sr. de Araceli. Ytú, mujer, ¿para qué distraes de este modo a los hombres que hacen falta en otro lado?Tú y las chicas ¡porra!, ¿no podéis bajar los muebles? Sois de pasta de requesón. Mira,por la calle abajo va la condesa de Bureta con un colchón a cuestas, mientras sus dosdoncellas trasportan un soldado herido en una camilla. -Bueno -dijo doña Leocadia-, para eso no es menester tanto ruido. Váyanse fuera,pues, los hombres. A la calle todo el mundo, y déjennos solas. Afuera tú también,Agustín, hijo mío, y Dios te conserve sano en medio de este infierno. -Hay que trasportar veinte sacos de harina del [97] convento de Trinitarios alalmacén de la junta de abastos(25) -dijo Montoria-. Vamos todos. Y cuando llegamos a la calle, añadió: -La mucha tropa que tenemos dentro de Zaragoza hará que pronto no podamos darsino media ración. Verdad es, amigos míos, que hay muchos víveres escondidos, yaunque se ha mandado que todo el mundo declare lo que tiene, muchos no hacen caso yestán acaparando para vender a precios fabulosos. ¡Mal pecado! Si les descubro y caenbajo mis manos, les haré entender quién es Montoria, presidente de la junta de abastos.
  • Llegábamos al Mercado, cuando nos salió al encuentro el padre fray Mateo delBusto, que venía muy fatigado, forzando su débil paso, y le acompañaba otro fraile aquien nombraron el padre Luengo. -¿Qué noticias nos traen sus paternidades? -les preguntó Montoria. -Efectivamente, D. Juan Gallart tenía algunas arrobas de embutidos que pone adisposición de la junta. -Y D. Pedro Pizcueta, el tendero de la calle de las Moscas, entrega generosamentesesenta sacos de lana y toda la harina y la sal de sus almacenes -añadió Luengo. -Pero acabamos de librar con el tío Candiola -dijo el fraile- una batalla, que ni la delas Eras se le compara. -Pues qué -preguntó D. José con asombro- ¿no [98] ha entendido ese miserablecicatero que le pagaremos su harina, ya que es el único de todos los vecinos deZaragoza que no ha dado ni un higo para el abastecimiento del ejército? -Váyale Vd. con esos sermones al tío Candiola -repuso Luengo-. Ha dichoterminantemente que no volvamos por allá si no le llevamos ciento y veinticuatro realespor cada costal de harina, de sesenta y ocho que tiene en su almacén. -¡Hay infamia igual! -exclamó Montoria soltando una serie de porras que no copiopor no cansar al lector-. ¡Con que a ciento veinticuatro reales! Es preciso hacer entendera ese avaro empedernido cuáles son los deberes de un hijo de Zaragoza en estascircunstancias. El capitán general me ha dado autoridad para apoderarme de losabastecimientos que sean necesarios, pagando por ellos la cantidad establecida. -¿Pues sabe Vd. lo que dice, Sr. D. José de mis pecados? -indicó Busto-. Pues diceque el que quiera harina que la pague. Dice que si la ciudad no se puede defender que serinda, y que él no tiene obligación de dar nada para la guerra, porque él no es quien laha traído. -Corramos allá -dijo Montoria lleno de enojo, que dejaba traslucir en el gesto, en laalterada voz, en el semblante demudado y sombrío-. No es esta la primera vez que lepongo la mano encima a ese canalla, lechuzo, chupador de sangre. [99] Yo iba detrás con Agustín, y observando a este, le vi pálido y con la vista fija en elsuelo. Quise hablarle; pero me hizo señas de que callara, y seguimos esperando a ver enqué pararía aquello. Pronto nos hallamos en la calle de Antón Trillo, y Montoria nosdijo: -Muchachos, adelantaos, tocad a la puerta de ese insolente judío: echadla abajo si noos abren, entrad, y decidle que baje al punto y venga delante de mí, porque quierohablarle. Si no quiere venir, traedle de una oreja; pero cuidado que no os muerda, que esperro con rabia y serpiente venenosa. Cuando nos adelantamos miré de nuevo a Agustín, y le observé lívido y tembloroso.
  • -Gabriel -me dijo en voz baja-, yo quiero huir... yo quiero que se abra la tierra y metrague. Mi padre me matará, pero yo no puedo hacer lo que nos ha mandado. -Ponte a mi lado y haz como que se te ha torcido un pie y no puedes seguir -le dije. Y acto continuo los otros compañeros y yo empezamos a dar porrazos en la puerta.Asomose al punto la vieja por la ventana y nos dijo mil insolencias; trascurrió un breverato y después vimos que una mano muy hermosa levantaba la cortina dejando vermomentáneamente una cara inmutada y pálida, cuyos grandes y vivos ojos negrosdirigieron miradas de terror hacia la calle. Era en el momento [100] en que miscompañeros y los chiquillos que nos seguían, gritaban en pavoroso concierto: -¡Que baje el tío Candiola, que baje ese perro Caifás! Contra lo que creímos, Candiola obedeció, mas lo hizo creyendo habérselas con elenjambre de muchachos vagabundos que solían darle tales serenatas, y sin sospecharque el presidente de la junta de abastos con dos vocales de los más autorizados, estabanallí para hablar de un asunto de importancia. Pronto tuvo ocasión de dar en lo cierto,porque al abrir la puerta, y en el momento de salir, corriendo hacia nosotros con un paloen la mano, y centelleando de ira sus feos ojos, encaró con Montoria, y se detuvoamedrentado. -¡Ah!, es Vd. Sr. de Montoria -dijo con muy mal talante-. Siendo Vd., como es,individuo de la junta de seguridad, ya podría mandar retirar a esta canalla que viene ahacer ruido en la puerta de la casa de un vecino honrado. -No soy de la junta de seguridad -declaró Montoria-, sino de la de abastos, y por esovengo en busca del señor Candiola y le hago bajar; que no entro yo en esa casa oscura,llena de telarañas y de ratones. -Los pobres -repuso Candiola con desabrimiento- no podemos tener palacios como elSr. D. José de Montoria, administrador de bienes del común y por largo tiempocontratista de arbitrios. -Debo mi fortuna al trabajo, no a la usura [101] -exclamó Montoria-. Pero acabemos,señor don Jerónimo; vengo por esa harina... ya le habrán enterado a Vd. estos dosbuenos religiosos... -Sí; la vendo, la vendo -contestó Candiola con taimada sonrisa-; pero ya no la(26)puedo dar al precio que indicaron esos señores. Es demasiado barato. No la doy menosde ciento sesenta y dos reales costal de a cuatro arrobas. -Yo no pido precio -dijo D. José conteniendo la indignación. -La junta podrá disponer de lo suyo; pero en mi hacienda no manda nadie más queyo -contestó el avaro-, y está dicho todo... conque cada uno a su casa, que yo me metoen la mía. -Ven acá, harto de sangre -exclamó Montoria asiéndole del brazo y obligándole a darmedia vuelta con mucha presteza-. Ven acá, Candiola de mil demonios; he dicho que
  • vengo por la harina y no me iré sin ella. El ejército defensor de Zaragoza no se ha demorir de hambre ¡reporra!, y todos los vecinos han de contribuir a mantenerlo. -¡A mantenerlo, a mantener el ejército! -dijo el avariento, rebosando veneno-.¿Acaso yo lo he parido? -¡Miserable tacaño! ¿No hay en tu alma negra y vacía ni tanto así de sentimientopatrio? -Yo no mantengo vagabundos. Pues qué, ¿teníamos necesidad de que los francesesnos bombardearan, destruyendo la ciudad? ¡Maldita guerra! ¿Y [102] quieren que yo lesdé de comer? Veneno les daría. -¡Canalla, sabandijo, polilla de Zaragoza y deshonra del pueblo español! -exclamómi protector, amenazando con el puño la arrugada cara del avaro-. Más quisieracondenarme, ¡cuerno!, quemándome por toda la eternidad en las llamas del infierno, queser lo que tú eres, que ser el tío Candiola por espacio de un minuto. Conciencia másnegra que la noche, alma perversa, ¿no te avergüenzas de ser el único que en esta ciudadha negado sus recursos al ejército libertador de la patria? El odio general que por estavil conducta has merecido, ¿no pesa sobre ti más que si te hubieran echado encima todaslas peñas del Moncayo? -Basta de músicas y déjenme en paz -repuso don Jerónimo dirigiéndose a la puerta. -Ven acá, reptil inmundo -gritó Montoria, deteniéndole-. Te he dicho que no me voysin la harina. Si no la das de grado como todo buen español, la darás por fuerza, y te lapagaré a razón de cuarenta y ocho reales costal, que es el precio que tenía antes del sitio. -¡Cuarenta y ocho reales! -exclamó Candiola con expresión rencorosa-. Mi pellejodaría por ese precio antes que la harina. La compré yo más cara. ¡Maldita tropa! ¿Memantienen ellos a mí, Sr. de Montoria? -Dales gracias, execrable usurero, porque no han puesto fin a tu vida inútil. Lagenerosidad [103] de este pueblo ¿no te llama la atención? En el otro sitio y cuandopasábamos los mayores apuros por reunir dinero y efectos, tu corazón de piedrapermaneció insensible, y no se te pudo arrancar ni una camisa vieja para cubrir ladesnudez del pobre soldado, ni un pedazo de pan para matar su hambre. Zaragoza no haolvidado tus infamias. ¿Recuerdas que después de la acción del 4 de Agosto serepartieron los heridos por la ciudad, y a ti te tocaron dos, que no lograron traspasar elumbral de esa puerta de la miseria? Yo me acuerdo bien: en la noche del 4 llegaron a tupuerta, y con sus débiles manos tocaron para que les abrieras. Sus ayes lastimosos noconmovían tu corazón de corcho; salistes(27) a la puerta, y golpeándoles con el pie leslanzaste en medio de la calle, diciendo que tu casa no era un hospital. Indigno hijo deZaragoza, ¿dónde tienes el alma, dónde tienes la conciencia? Pero tú no tienes alma nieres hijo de Zaragoza, sino que naciste de un mallorquín con sangre de judío. Los ojos de Candiola echaban chispas; temblábale la quijada, y con sus dedosconvulsos apretaba en la mano derecha el palo que le servía de bastón.
  • -Sí, tú tienes sangre de judío mallorquín; tú no eres hijo de esta noble ciudad. Loslamentos de aquellos dos pobres heridos ¿no resuenan todavía en tus orejas demurciélago? Uno de ellos, desangrado rápidamente, murió en este mismo sitio en queestamos. El otro arrastrándose pudo llegar hasta el [104] mercado, donde nos contó loocurrido. ¡Infame espantajo! ¿No te asombrastes(28) de que el pueblo zaragozano no tedespedazara en la mañana del 5? Candiola, Candiolilla, dame la harina y tengamos lafiesta en paz. -Montoria, Montorilla -repuso el otro-, con mi hacienda y mi trabajo no engordan losvagabundos holgazanes. ¡Ya! ¡Háblenme a mí de caridad y de generosidad y de interéspor los pobres soldados! Los que tanto hablan de esto son unos miserables gorrones queestán comiendo a costa de la cosa pública. La junta de abastos no se reirá de mí. ¡Comosi no supiéramos lo que significa toda esta música de los socorros para el ejército!Montoria, Montorilla, algo se queda en casa, ¿no es verdad? Buenas cochuras se haránen los hornos de algún patriota con la harina que dan los sandios bobalicones que lajunta conoce. ¡A cuarenta y ocho reales! ¡Lindo precio! ¡Luego en las cuentas que sepasan al capitán general se le ponen como compradas a sesenta, diciendo que la Virgendel Pilar no quiere ser francesa! D. José de Montoria que ya estaba sofocado y nervioso, luego que oyó lo anterior,perdió los estribos como vulgarmente se dice, y sin poder contener el primer impulso desu indignación, fuese derecho hacia el tío Candiola con apariencia de aporrearle la cara;mas este, que sin duda con su hábil mirada estratégica preveía el movimiento y se había[105] preparado para rechazarlo, tomó rápidamente la ofensiva, arrojándose con salto degato sobre mi protector, y le echó ambas manos al cuello, clavándole en él sus dedoshuesosos y fuertes, mientras apretaba los dientes con tanta violencia cual si tuviera entreellos la persona entera de su enemigo. Hubo una brevísima lucha, en que Montoriatrabajó por deshacerse de aquella zarpa felina que tan súbitamente le había hecho presa,y en un instante viose que la fuerza nerviosa del avaro no podía nada contra la energíamuscular del patriota aragonés. Sacudido con violencia por este, Candiola cayó al suelocomo un cuerpo muerto. Oímos un grito de mujer en la ventana alta, y luego el chasquido de la celosía alcerrarse. En aquel momento de dramática ansiedad, busqué en torno mío a Agustín;pero había desaparecido. D. José de Montoria, frenético de ira pateaba con saña el cuerpo del caído, diciéndoleal mismo tiempo con voz atropellada y balbuciente: -Vil ladronzuelo, que te has enriquecido con la sangre de los pobres, ¿te atreves allamarme ladrón, a llamar ladrones a los vocales de la junta de abastos? Con mil porras,yo te enseñaré a respetar a la gente honrada y agradéceme que no te arranco esamiserable lenguaza para echarla a los perros. Todos los circunstantes estábamos mudos de terror. Al fin sacamos al infelizCandiola de debajo de los pies de su enemigo, y su primer movimiento [106] fue saltarde nuevo sobre él; pero Montoria se había adelantado hacia la casa, gritando: -Ea, muchachos. Entrad en el almacén y sacad los sacos de harina. Pronto,despachemos pronto.
  • La mucha gente que se había reunido en la calle impidió al viejo Candiola entrar ensu casa. Rodeándole al punto los chiquillos que en gran número de las cercanías habíanacudido, tomáronle por su cuenta. Unos le empujaban hacia adelante; otros hacia atrás;hacíanle trizas el vestido, y los más tomando la ofensiva desde lejos, le arrojaban engrandes masas el lodo de la calle. En tanto, a los que penetramos en el piso bajo, que erael almacén, nos salió al encuentro una mujer, en quien al punto reconocí a la hermosaMariquilla, toda demudada, temblorosa, vacilando a cada paso, sin poderse sostener, nihablar, porque el terror la paralizaba. Su miedo era inmenso y a todos nos dio lástimacuando la vimos, incluso a Montoria. -¿Vd. es la hija del Sr. Candiola? -dijo este sacando del bolsillo un puñado demonedas, y haciendo una breve cuenta en la pared con un pedazo de carbón que tomódel suelo-. Sesenta y ocho costales de harina, a cuarenta y ocho reales son tres mildoscientos sesenta y cuatro. No valen ni la mitad, y me dan mucho olor a húmedo.Tome Vd., niña; aquí está la cantidad justa. María Candiola no hizo movimiento alguno para [107] tomar el dinero, y Montorialo depositó sobre un cajón, repitiendo: -Ahí está. Entonces la muchacha con brusco y enérgico movimiento que parecía, y lo eraciertamente, inspiración de su dignidad ofendida, tomó las monedas de oro, de plata yde cobre, y las arrojó a la cara de Montoria, como quien apedrea. Desparramose eldinero por el suelo y en el quicio de la puerta, sin que se haya podido averiguar en losucesivo dónde fue a parar. Inmediatamente después, la Candiola, sin decirnos nada, salió a la calle, buscandocon los ojos a su padre entre el apiñado gentío, y al fin, ayudada de algunos mozos queno sabían ver con indiferencia la desgracia de una mujer, rescató al anciano delcautiverio infame en que los muchachos lo tenían. Entraron padre e hija por el portalón de la huerta, cuando empezábamos a sacar laharina. - XIII - Concluida la conducción, busqué a Agustín; pero no le encontraba en ninguna parte,ni en casa de su padre, ni en el almacén de la junta de abastos, ni en el Coso, ni en SantaEngracia. Al fin hallele a la caída de la tarde en el molino de pólvora, hacia San [108]Juan de los Panetes. He olvidado decir que los zaragozanos, atentos a todo, habíanimprovisado un taller donde se elaboraban diariamente de nueve a diez quintales depólvora. Ayudando a los operarios que ponían en sacos y en barriles la cantidadfabricada en el día, vi a Agustín de Montoria trabajando con actividad febril. -¿Ves este enorme montón de pólvora? -me dijo cuando me acerqué a él-. ¿Vesaquellos sacos y aquellos barriles todos llenos de la misma materia? Pues aún me parecepoco, Gabriel.
  • -No sé lo que quieres decir. -Digo que si esta inmensa cantidad de pólvora fuera del tamaño de Zaragoza megustaría aún más. Sí, y en tal caso quisiera yo ser el único habitante de esta gran ciudad.¡Qué placer! Mira, Gabriel; si así fuera, yo mismo le pegaría fuego, volaría hasta lasnubes escupido por la horrorosa erupción, como la piedrecilla que lanza el cráter delvolcán a cien leguas de distancia. Subiría al quinto cielo; y de mis miembrosdespedazados al caer después esparcidos en diferentes puntos no quedaría memoria. Lamuerte, Gabriel, la muerte es lo que deseo. Pero yo quiero una muerte... no sé cómoexplicártelo. Mi desesperación es tan grande, que morir de un balazo, morir de unaestocada no me satisface. Quiero estallar y difundirme por los espacios en milinflamadas partículas; quiero sentirme en el seno de una nube flamígera y que miespíritu saboree, aunque sólo sea [109] por un instante de inconmensurable pequeñez,las delicias de ver reducida a polvo de fuego la carne miserable. Gabriel, estoydesesperado. ¿Ves toda esta pólvora? Pues supón dentro de mi pecho todas las llamasque pueden salir de aquí... ¿La viste cuando salió a recoger a su padre? ¿Viste cuandoarrojó las monedas...? Yo estaba en la esquina observándolo todo. María no sabe queaquel hombre que maltrató a su padre es el mío. Viste cómo los chicos arrojaban lodo alpobre Candiola? Yo reconozco que Candiola es un miserable; pero ella, ¿qué culpatiene? Ella y yo, ¿qué culpa tenemos? Nada, Gabriel, mi corazón destrozado anhela milmuertes; yo no puedo vivir; yo correré al sitio de mayor peligro y me arrojaré a buscarel fuego de los franceses, porque después de lo que he visto hoy, yo y la tierra en quehabito somos incompatibles. Le saqué de allí llevándole a la muralla, y tomamos parte en las obras defortificación que se estaban haciendo en las Tenerías, el punto más débil de la ciudaddespués de la pérdida de San José y de Santa Engracia. Ya he dicho que desde laembocadura de la Huerva hasta San José había 50 bocas de fuego. Contra estaformidable línea de ataque ¿qué valía nuestro circuito fortificado? El arrabal de las Tenerías se extiende al Oriente de la ciudad, entre la Huerva y elrecinto antiguo perfectamente deslindado aún por la gran vía que se llama el Coso.Componíase a principios del siglo el [110] caserío de edificios endebles, casi todoshabitados por labradores y artesanos, y las construcciones religiosas no tenían allí lasuntuosidad de otros monumentos de Zaragoza. La planta general de este barrio esaproximadamente un segmento de círculo, cuyo arco da al campo y cuya cuerda le uneal resto de la ciudad, desde Puerta Quemada a la subida del Sepulcro. Corrían desde estalínea hacia la circunferencia varias calles, unas interrumpidas como las de Añón,Alcover y las Arcadas, y otras prolongadas como las de Palomar y San Agustín. Conestas se enlazaban sin plan ni concierto ni simetría alguna, estrechas vías como la callede la Diezma, Barrio Verde, de los Clavos y de Pabostre. Algunas de estas se hallabandeterminadas no por hileras de casas, sino por largas tapias, y a veces faltando una cosay otra, las calles se resolvían en informes plazuelas, mejor dicho, corrales o patiosdonde no había nada. Digo mal, porque en los días a que me refiero, los escombrosocasionados por el primer sitio sirvieron para alzar baterías y barricadas en los puntosdonde las casas no ofrecían defensa natural. Cerca del pretil del Ebro, existían algunos trozos de muralla antigua, con varioscubos de mampostería, que algunos suponen hechos por manos de gente romana, y otrosjuzgan obra de los árabes. En mi tiempo (no sé cómo estará actualmente) estos trozos de
  • muralla aparecían empotrados en las manzanas de casas, mejor dicho, las casas estaban[111] empotradas en ellos, buscando apoyo en los recodos y ángulos de aquella obrasecular, ennegrecida, mas no quebrantada, por el paso de tantos siglos. Así, lo nuevo sehabía edificado sobre y entre los restos de lo antiguo en confuso amasijo, como la genteespañola se desarrolló y crió sobre despojos de otras gentes con mezcladas sangres,hasta constituirse como hoy lo está. El aspecto general del barrio de las Tenerías traía a la imaginación, acompañados decierta idealidad risueña, los recuerdos de la dominación arábiga. La abundancia delladrillo, los largos aleros, el ningún orden de las fachadas, las ventanuchas con celosías,la completa anarquía arquitectural, aquello de no saberse dónde acababa una casa yempezaba otra; la imposibilidad de distinguir si esta tenía dos pisos o tres, si el tejado deaquella servía de apoyo a las paredes de las de más allá; las calles que a lo mejoracababan en un corral sin salida, los arcos que daban entrada a una plazuela, todo merecordaba lo que en otro pueblo de España, de allí muy distante, había visto. Pues bien: esta amalgama de casas que os he descrito muy a la ligera, este arrabalfabricado por varias generaciones de labriegos y curtidores, según el capricho de cadauno y sin orden ni armonía, estaba preparado para la defensa, o se preparaba en los días24 y 25 de Enero, una vez que se advirtió la gran pompa de fuerzas ofensivas quedesplegó el francés [112] por aquella parte. Y he de advertir que todas las familiashabitadoras de las casas del arrabal, procedían a ejecutar obras, según su propio instintoestratégico, y allí había ingenieros militares con faldas, que dieron muestras de unprofundo saber de guerra al tabicar ciertos huecos y abrir otros al fuego y a la luz. Losmuros de Levante estaban en toda su extensión aspillerados. Los cubos de la murallacesaraugustana, hechos contra las flechas y las piedras de honda, sostenían cañones. Si la zona de acción de alguna de estas piezas era estrechada por cualquier tejadocolindante, azotea o casa entera, al punto se quitaba el obstáculo. Muchos pasos habíansido obstruidos, y dos de los edificios religiosos del arrabal, San Agustín y las Mónicas,eran verdaderas fortalezas. La tapia había sido reedificada y reforzada; las baterías seenlazaban unas con otras, y nuestros ingenieros habían calculado hábilmente lasposiciones y el alcance de las obras enemigas para acomodar a ellas las defensivas. Dospuntos avanzados tenía la línea, y eran el molino de Goicoechea y una casa, que porpertenecer a un D. Victoriano González, ha quedado en la historia con el nombre deCasa de González. Recorriendo dicha línea desde Puerta Quemada, se encontraba,primero, la batería de Palafox, luego, el Molino de la ciudad; luego las eras de SanAgustín, en seguida el molino de Goicoechea, colocado fuera del recinto, después latapia de la huerta [113] de las Mónicas, y a continuación, las de San Agustín; másadelante una gran batería y la casa de González. Esto es todo lo que recuerdo de lasTenerías. Había por allí un sitio que llamaban el Sepulcro, por la proximidad de unaiglesia de este nombre. Al arrabal entero, mejor que a una parte de él, cuadraba entoncesel nombre de sepulcro. Y no os digo más por no cansaros con estas menudenciasdescriptivas, que en rigor son innecesarias para quien conoce aquellos gloriosísimoslugares, e insuficientes para el que no ha podido visitarlos.
  • - XIV - Agustín de Montoria y yo hicimos la guardia con nuestro batallón en el Molino de laciudad, hasta después de anochecido, hora en que nos relevaron los voluntarios deHuesca, y se nos concedió toda la noche para estar fuera de las filas. Mas no se crea queen estas horas de descanso estábamos mano sobre mano, pues cuando concluía elservicio militar empezaba otro no menos penoso en el interior de la ciudad, yaconduciendo heridos a la Seo y al Pilar, ya desalojando casas incendiadas o bienllevando material a los señores canónigos, frailes y [114] magistrados de la audiencia,que hacían cartuchos en San Juan de los Panetes. Pasábamos Montoria y yo por la calle de Pabostre. Yo iba comiéndome con muchagana un mendrugo de pan. Mi amigo, taciturno y sombrío, regalaba el suyo a los perrosque encontrábamos al paso, y aunque hice esfuerzos de imaginación para alegrar unpoco su ánimo contristado, él insensible a todo, contestaba con tétricas expresiones a mifestivo charlar. Al llegar al Coso, me dijo: -Dan las diez en el reloj de la Torre Nueva. Gabriel, ¿sabes que quiero ir allá estanoche? -Esta noche no puede ser. Esconde entre ceniza la llama del amor mientras atraviesanel aire esos otros corazones inflamados que llaman bombas y que vienen a reventardentro de las casas, matando medio pueblo. En efecto: el bombardeo, que no había cesado durante todo el día, continuaba en lanoche, aunque un poco menos recio; y de vez en cuando caían algunos proyectiles,aumentando las víctimas que ya en gran número poblaban la ciudad. -Iré allá esta noche -me contestó-. ¿Me vería Mariquilla entre el gentío que tocó a laspuertas de su casa? ¿Me confundiría con los que maltrataron a su padre? -No lo creo: esa niña sabrá distinguir a las personas formales. Ya averiguarás esomás adelante, y ahora no está el horno para bollos ¿Ves? De aquella [115] casa pidensocorro y por aquí van unas pobres mujeres. Mira, una de ellas no se puede arrastrar yse arroja en el suelo. Es posible que la señorita doña Mariquilla Candiola ande tambiénsocorriendo heridos en San Pablo o en el Pilar. -No lo creo. -O quizá esté en la cartuchería. -Tampoco lo creo. Estará en su casa y allá quiero ir, Gabriel; ve tú al transporte deheridos, a la pólvora o a donde quieras, que yo voy allá. Diciendo esto, se nos presentó Pirli, con su hábito de fraile, ya en mil partesagujereado, y el morrión francés tan lleno de abolladuras y desperfectos en el pelo,chapa y plumero, que el héroe, portador de tales prendas, más que soldado parecía unafigura de Carnaval.
  • -¿Van Vds. al acarreo de heridos? -nos dijo-. Ahora se nos murieron dos quellevábamos a San Pablo. Allá quieren gente para abrir la zanja en que van a enterrar losmuertos de ayer; pero yo he trabajado bastante, y voy a descabezar un sueño en casa deManuela Sancho. Antes bailaremos un poco: ¿queréis venir? -No; vamos a San Pablo -contesté- y enterraremos muertos, pues todo es trabajar. -Dicen que los muchos difuntos envenenan el aire y que por eso hay tanta gente concalenturas, las cuales despachan para el otro barrio más pronto que los heridos. Yo másquiero el pastel caliente que [116] la epidemia, y una señora no me da miedo; pero elfrío y la calentura, sí. Conque ¿vais a enterrar muertos? -Sí -dijo Agustín-. Enterremos muertos. -En San Pablo hay lo menos cuarenta, todos puestos en una capilla -añadió Pirli-, yal paso que vamos, pronto seremos más los muertos que los vivos. ¿Queréis divertiros?Pues no vayáis a abrir la zanja, sino a la cartuchería, donde hay unas mozas... Todas lasmuchachas principales del pueblo están allí y de cuando en cuando echan algo de cantoy bailoteo para alegrar las almas. -Pero allí no hacemos falta. ¿Está también Manuela Sancho? -No: todas son señoritas principales, que han sido llamadas por la junta de seguridad.Y también hay muchas en los hospitales. Ellas se brindan a este servicio, y la que faltaes mirada con tan malos ojos, que no encontrara novio con quien casarse en todo esteaño ni en el que viene. Sentimos detrás de nosotros pasos precipitados, y volviéndonos, vimos mucha gente,entre cuyas voces reconocimos la de D. José de Montoria, el cual al vernos, muyencolerizado nos dijo: -¿Qué hacéis, papanatas? Tres hombres sanos y rollizos se están aquí mano sobremano, cuando hace tanta falta gente para el trabajo. Vamos, largo de aquí. Adelante,caballeritos. Veis aquellos dos palos que hay junto a la subida del Trenque, con una vigacruzada encima, de la que [117] penden seis dogales? ¿Veis la horca que se ha puestoesta tarde para los traidores? Pues es también para los holgazanes. A trabajar, o apuñetazos os enseñaré a mover el cuerpo. Seguimos tras ellos, y pasamos junto a la horca, cuyos seis dogales se balanceabanmajestuosamente a impulso del viento, esperando gargantas de traidores o cobardes. Montoria, cogiendo a su hijo por un brazo, mostrole con enérgico ademán el horribleaparato, y le habló así: -Aquí tienes lo que hemos puesto esta tarde; ¡mira qué buen regalo para los que nocumplen con su deber! Adelante: yo que soy viejo, no me canso jamás, y vosotrosjóvenes llenos de salud, parecéis de manteca. Ya se acabó aquella gente invencible delprimer sitio. Señores, nosotros los viejos demos ejemplo a estos pisaverdes, que desdeque llevan siete días sin comer, se quejan y empiezan a pedir caldo. Caldo de pólvora os
  • daría yo y una garbanzada de cañón de fusil, ¡cobardes! Ea, adelante, que hace faltaenterrar muertos y llevar cartuchos a las murallas. -Y asistir a los enfermos de esta condenada epidemia que se está desarrollando -dijouno de los que acompañaban a Montoria. -Yo no sé qué pensar de esto que llaman epidemia los facultativos, y que yo llamomiedo, sí señores, puro miedo -añadió D. José-; porque eso de [118] quedarse uno frío,y entrarle calambres y calentura y ponerse verde y morirse, ¿qué es si no efecto delmiedo? Ya se acabó la gente templada, sí señores, ¡qué gente aquella la del primer sitio!Ahora en cuanto hacen fuego nutrido y lo reciben por espacio de diez horas ¡unafriolera!, ya se caen de fatiga y dicen que no pueden más. Hay hombre que sólo porperder pierna y media se acobarda y empieza a llamar a gritos a los santos Mártiresdiciendo que lo lleven a la cama. ¡Nada, cobardía y pura cobardía! Como que hoy seretiraron de la batería de Palafox varios soldados, entre los cuales había muchos queconservaban un brazo sano y mondo. Y luego pedían caldo... ¡Que se chupen su propiasangre, que es el mejor caldo del mundo! ¡Cuando digo que se acabó la gente de pecho,aquella gente, porra, mil porras! -Mañana atacarán los franceses las Tenerías -dijo otro-. Si resultan muchos heridos,no sé dónde los vamos a colocar. -¡Heridos! -exclamó Montoria-. Aquí no se quieren heridos. Los muertos noestorban, porque se hace con ellos un montón y... pero los heridos... Como la gente notiene ya aquel arrojo, pues... apuesto a que defenderán las posiciones mientras no sevean reducidos a la décima parte; pero las abandonarán desde que encima de cada unose echen un par de docenas de franceses... ¡Qué debilidad! En fin, sea lo que Diosquiera, y pues hay heridos y [119] enfermos, asistámoslos. ¿Qué tal? ¿Se ha recogidohoy mucha gallina? -Como unas doscientas, de las cuales más de la mitad son de donativo, y las demásse han pagado a seis reales y medio. Algunos no las quieren dar. -Bueno. ¡Que un hombre como yo se ocupe de gallinas en estos días!... Han dichoVds. que algunos no las querían dar, ¿eh? El señor capitán general me ha autorizadopara imponer multas a los que no contribuyan a la defensa, y sin ruido ni violenciaarreglaremos a los tibios y a los traidores... Alto, señores. Una bomba cae por lasinmediaciones de la Torre Nueva. ¿Veis? ¿Oís? ¡Qué horroroso estrépito! Apuesto a quela divina Providencia, más que los morteros franceses, la ha dirigido contra el hogar deese judío empedernido y sin alma que ve con indiferencia y hasta con desprecio lasdesgracias de sus convecinos. Corre la gente hacia allá: parece que arde una casa o quese ha desplomado... No, no corráis, infelices; dejadla que arda, dejadla que caiga alsuelo en mil pedazos. Es la casa del tío Candiola, que no daría una peseta por salvar algénero humano de un nuevo diluvio... Eh, Agustín, ¿dónde vas? ¿Tú también correshacia allá? Ven acá, y sígueme, que hacemos más falta en otra parte. Íbamos por junto a la Escuela Pía. Agustín, impulsado sin duda por un movimientode su corazón, tomó a toda prisa la dirección de la plazuela de San Felipe, siguiendo a lamucha gente que corría hacia [120] este sitio; pero detenido enérgicamente por supadre, continuó mal de su grado en nuestra compañía. Algo ardía indudablemente cerca
  • de la Torre Nueva, y en esta los preciosos arabescos y las facetas de los ladrillosbrillaron enrojecidos por la cercana llama. Aquel monumento elegante, aunque cojo,descollaba en la negra noche, vestido de púrpura, y al mismo tiempo su colosalcampana lanzaba al aire prolongados lamentos. Llegamos a San Pablo. -Ea, muchachos, haraganes -nos dijo D. José-, ayudad a los que abren esta zanja.Que sea holgadita, crecederita; es un traje con que se van a vestir cuarenta cuerpos. Y emprendimos el trabajo, sacando tierra de la zanja que se abría en el patio de laiglesia. Agustín cavaba como yo, y a cada instante volvía sus ojos a la Torre Nueva. -Es un incendio terrible -me dijo-. Mira, parece que se extingue un poco, Gabriel; yome quiero arrojar en esta gran fosa que estamos abriendo. -No haya prisa -le respondí-, que tal vez mañana nos echen en ella sin que lopidamos. Con que dejarse de tonterías y a trabajar. -¿No ves? Creo que se extingue el fuego. -Sí: se habrá quemado toda la casa. El tío Candiola habrase encerrado en el sótanocon su dinero y allí no llegará el fuego. -Gabriel, voy un momento allá; quiero ver si [121] ha sido su casa. Si sale mi padrede la iglesia, le dirás que... le dirás que vuelvo en seguida. La repentina salida de D. José de Montoria impidió a Agustín la fuga queproyectaba, y los dos continuamos cavando la gran sepultura. Comenzaron a sacarcuerpos, y los heridos o enfermos que eran traídos a cada instante veían el cómodolecho que se les estaba preparando, quizás para el día siguiente. Al fin se creyó que lazanja era bastante honda y nos mandaron suspender la excavación. Acto continuofueron traídos uno a uno los cadáveres y arrojados en su gran sepultura, mientrasalgunos clérigos, puestos de rodillas y rodeados de mujeres piadosas, recitaban lúgubresresponsos. Cayeron dentro todos; y no faltaba sino echar tierra encima. D. JoséMontoria, con la cabeza descubierta y rezando en voz alta un Padre Nuestro, echó elprimer puñado, y luego nuestras palas y azadas empezaron a cubrir la tumba a todaprisa. Concluida nuestra operación, todos nos pusimos de rodillas y rezamos en vozbaja. Agustín de Montoria me decía al oído: -Iremos ahora... mi padre se marchará. Le dices que hemos quedado en relevar a doscompañeros que tienen un enfermo en su familia y quieren pasar a verle. Díselo, porDios; yo no me atrevo... y en seguida iremos allá. [122] - XV -
  • Y engañamos al viejo y fuimos, ya muy avanzada la noche, porque la inhumaciónque acabo de mencionar duró más de tres horas. La luz del incendio por aquella partehabía dejado de verse; la masa de la torre perdíase en la oscuridad de la noche y su grancampana no sonaba sino de tarde en tarde para anunciar la salida de una bomba. Prontollegamos a la plazuela de San Felipe, y al observar que humeaba el techo de una casacercana en la calle del Temple, comprendimos que no fue la del tío Candiola sinoaquella, la que tres horas antes habían invadido las llamas. -Dios la ha preservado -dijo Agustín con mucha alegría-, si la ruindad del padre atraesobre aquel techo la cólera divina, las virtudes y la inocencia de Mariquilla la detienen.Vamos allá. En la plazuela de San Felipe había alguna gente; pero la calle de Antón Trillo estabadesierta. Nos detuvimos junto a la tapia de la huerta y pusimos atento el oído. Todoestaba tan en silencio, que la casa parecía abandonada. ¿Lo estaría realmente? Aunqueaquel barrio era de los menos castigados por el bombardeo, muchas familias le habían[123] desalojado, o vivían refugiadas en los sótanos. -Si entro -me dijo Agustín-, tú entrarás conmigo. Después de la escena de hoy, temoque don Jerónimo, suspicaz y medroso como buen avaro, esté alerta toda la noche yronde la huerta, creyendo que vuelven a quitarle su hacienda. -En ese caso -le respondí-, más vale no entrar, porque además del peligro que trae elcaer en manos de ese vestiglo, habrá gran escándalo, y mañana todos los habitantes deZaragoza sabrían que el hijo de D. José de Montoria, el joven destinado a encajarse unamitra en la cabeza, anda en malos pasos con la hija del tío Candiola. Pero esto y algo más que le dije era predicar en desierto, y así, sin atender razones,insistiendo en que yo le siguiera, hizo la señal amorosa, aguardando con la mayoransiedad que fuera contestada. Transcurrió algún tiempo, y al cabo, después de muchomirar y remirar desde la acera de enfrente, percibimos luz en la ventana alta. Sentimosluego descorrer muy quedamente el cerrojo del portalón, y este se abrió sin rechinar,pues sin duda el amor había tenido la precaución de engrasar sus viejos goznes. Los dosentramos, topando de manos a boca, no con la deslumbradora hermosura de unaperfumada y voluptuosa doncella, sino con una avinagrada cara, en la que al puntoreconocí a doña Guedita. -Vaya unas horas de venir acá -dijo gruñendo-, y viene con otro. Caballeritos, haganVds. el favor [124] de no meter ruido. Anden sobre las puntas de los pies y cuiden de notropezar ni con una hoja seca, que el señor me parece que está despierto. Esto nos lo dijo en voz tan baja que apenas lo entendimos, y luego marchó adelantehaciendo señas de que la siguiéramos y poniendo el dedo en los labios para intimarnosun silencio absoluto. La huerta era pequeña; pronto le dimos fin, tropezando con unaescalerilla de piedra que conducía a la entrada de la casa, y no habíamos subido seisescalones cuando nos salió al encuentro una esbelta figura, arrebujada en una manta,capa o cabriolé. Era Mariquilla. Su primer ademán fue imponernos silencio, y luegomiró con inquietud una ventana lateral que también caía a la huerta. Después mostrósorpresa al ver que Agustín iba acompañado; pero este supo tranquilizarla, diciendo:
  • -Es Gabriel, mi amigo, mi mejor, mi único amigo, de quien me has oído hablar tantasveces. -Habla más bajo -dijo María-. Mi padre salió hace poco de su cuarto con unalinterna, y rondó toda la casa y la huerta. Me parece que no duerme aún. La noche estáoscura. Ocultémonos en la sombra del ciprés y hablemos en voz muy baja. La escalera de piedra conducía a una especie de corredor o balcón con antepecho demadera. En el extremo de este corredor un ciprés corpulento, plantado en la huerta,proyectaba gran masa de sombra, formando allí una especie de refugio contra la claridad[125] de la luna. Las ramas desnudas del olmo se extendían sin sombrear por otro lado,y garabateaban con mil rayas el piso del corredor, la pared de la casa y nuestros cuerpos.Al amparo de la sombra del ciprés sentose Mariquilla en la única silla que allí había;púsose Montoria en el suelo y junto a ella, apoyando las manos en sus rodillas, y yosenteme también sobre el piso, no lejos de la hermosa pareja. Era la noche, como deEnero, serena, seca y fría; quizás los dos amantes, caldeados en el amoroso rescoldo desus corazones, no sentían la baja temperatura; pero yo, criatura ajena a sus incendios,me envolví en mi capote para resguardarme de la frialdad de los ladrillos. La tía Gueditahabía desaparecido. Mariquilla entabló la conversación abordando desde luego, el puntodifícil. -Esta mañana te vi en la calle. Cuando sentimos Guedita y yo el gran ruido de lamucha gente que se agolpaba en nuestra puerta, me asomé a la ventana y te vi en laacera de enfrente. -Es verdad -respondió Montoria con turbación-. Allá fui; pero tuve que marcharme alinstante porque se me acababa la licencia. -¿No viste cómo aquellos bárbaros atropellaron a mi padre? -dijo Mariquillaconmovida-. Cuando aquel hombre cruel le castigó, miré a todos lados, esperando quetú saldrías en su defensa; pero ya no te vi por ninguna parte. -Lo que te digo, Mariquilla de mi corazón -repuso [126] Agustín- es que tuve quemarcharme antes... Después me dijeron que tu padre había sido maltratado, y me dio uncoraje... quise venir... -¡A buenas horas! Entre tantas, entre tantas personas -añadió la Candiola llorando- niuna, ni una sola hizo un gesto para defenderle. Yo me moría de miedo aquí arriba,viéndole en peligro. Miramos con ansiedad a la calle. Nada, no había más queenemigos... Ni una mano generosa, ni una voz caritativa... Entre todos aquelloshombres, uno, más cruel que todos arrojó a mi padre en el suelo... ¡Oh! Recordandoesto, no sé lo que me pasa. Cuando lo presencié, un gran terror me tuvo por momentosparalizada. Hasta entonces no conocí yo la verdadera cólera, aquel fuego interior, aquelimpulso repentino que me hizo correr de aposento en aposento buscando... Mi pobrepadre yacía en el suelo y el miserable le pisoteaba como si fuera un reptil venenoso.Viendo esto, yo sentía la sangre hirviendo en mi cuerpo. Como te he dicho, corrí por lahabitación buscando un arma, un cuchillo, un hacha, cualquier cosa. No encontré nada...Desde lo interior oí los lamentos de mi padre, y sin esperar más bajé a la calle. Al vermeen el almacén entre tantos hombres, sentí de nuevo invencible terror, y no podía dar unpaso. El mismo que le había maltratado me alargó un puñado de monedas de oro. No las
  • quise tomar, pero luego se las arrojé a la cara con fuerza. Me parecía tener en la manoun puñado de rayos, [127] y que vengaba a mi padre lanzándolos contra aquellos viles.Salí después, miré otra vez a todos lados buscándote, pero nada vi. Sólo entre la turbainhumana, mi padre se encontraba sobre el cieno pidiendo misericordia. -¡Oh! María, Mariquilla de mi corazón -exclamó Agustín con dolor, besando lasmanos de la desgraciada hija del avaro-, no hables más de ese asunto, que me destrozasel alma. Yo no podía defenderle... tuve que marcharme... no sabía nada... creí queaquella gente se reunía con otro objeto. Es verdad que tienes razón; pero deja ese asuntoque me lastima, me ofende y me causa inmensa pena. -Si hubieras salido a la defensa de mi padre, este te hubiera mostrado gratitud. De lagratitud se pasa al cariño. Habrías entrado en casa... -Tu padre es incapaz de amar a nadie -respondió Montoria-. No esperes queconsigamos nada por ese camino. Confiemos en llegar al cumplimiento de nuestrodeseo por caminos desconocidos, con la ayuda de Dios y cuando menos lo parezca. Nopensemos en lo ordinario ni en lo que tenemos delante, porque todo lo que nos rodeaestá lleno de peligros, de obstáculos, de imposibilidades; pensemos en algo imprevisto,en algún medio superior y divino, y llenos de fe en Dios y en el poder de nuestro amor,aguardemos el milagro que nos ha de unir, porque será un milagro, María, un prodigiocomo los que cuentan de otros tiempos y nos resistimos a creer. [128] -¡Un milagro! -exclamó María con melancólica estupefacción-. Es verdad. Tú eresun caballero principal, hijo de personas que jamás consentirían en verte casado con lahija del Sr. Candiola. Mi padre es aborrecido en toda la ciudad. Todos huyen denosotros, nadie nos visita; si salgo, me señalan, me miran con insolencia y desprecio.Las muchachas de mi edad no gustan de alternar conmigo, y los jóvenes del pueblo querecorren de noche la ciudad cantando músicas amorosas al pie de las rejas de sus novias,vienen junto a las mías a decir insultos contra mi padre, llamándome a mí misma conlos nombres más feos. ¡Oh! ¡Dios mío! Comprendo que ha de ser preciso un milagropara que yo sea feliz... Agustín, nos conocemos hace cuatro meses y aún no has queridodecirme el nombre de tus padres. Sin duda no serán tan odiados como el mío. ¿Por quélo ocultas? Si fuera preciso que nuestro amor se hiciera público, te apartarías de lasmiradas de tus amigos, huyendo con horror de la hija del tío Candiola. -¡Oh! No, no digas eso -exclamó Agustín, abrazando las rodillas de Mariquilla yocultando el rostro en su regazo-. No digas que me avergüenzo de quererte, porque aldecirlo insultas a Dios. No es verdad. Hoy nuestro amor permanece en secreto porque esnecesario que así pase; pero cuando sea preciso descubrirlo, lo descubriré arrostrando lacólera de mi padre. Sí, María, mis padres me maldecirán, [129] arrojándome de su casa.Pero mi amor será más fuerte que su enojo. Hace pocas noches me dijiste, mirando esemonumento que desde aquí se descubre: «Cuando esa torre se ponga derecha, dejaré dequererte». Yo te juro que la firmeza de mi amor excede a la inmovilidad, al grandiosoequilibrio de esa torre, que podrá caer al suelo, pero jamás ponerse a plomo sobre labase que la sustenta. Las obras de los hombres son variables; las de la naturaleza soninmutables y descansan eternamente sobre su inmortal asiento. ¿Has visto el Moncayo,esa gran peña que escalonada con otras muchas se divisa hacia Poniente, mirando desdeel arrabal? Pues cuando el Moncayo se canse de estar en aquel sitio, y se mueva, y
  • venga andando hasta Zaragoza, y ponga uno de sus pies sobre nuestra ciudad,reduciéndola a polvo, entonces, sólo entonces dejaré de quererte. De este modo hiperbólico y con este naturalismo poético expresaba mi amigo sugrande amor, correspondiendo y halagando así la imaginación de la hermosa Candiola,que propendía con impulso ingénito al mismo sistema. Callaron ambos un momento, yluego los dos, mejor dicho, los tres, proferimos una exclamación y miramos a la torre,cuya campana había lanzado al viento dos toques de alarma. En el mismo instante unglobo de fuego surcó el espacio negro describiendo rápidas oscilaciones. [130] -¡Una bomba! ¡Es una bomba -exclamó María con pavor, arrojándose en brazos desu amigo. La espantosa luz pasó velozmente por encima de nuestras cabezas, por encima de lahuerta y de la casa, iluminando a su paso la torre, los techos vecinos, hasta el rincóndonde nos escondíamos. Luego sintiose el estallido. La campana empezó a clamar,uniéndose a su grito el de otras más o menos lejanas, agudas, graves, chillonas,cascadas, y oímos el tropel de la gente que corría por las inmediatas calles. -Esa bomba no nos matará -dijo Agustín, tranquilizando a su novia-. ¿Tienes miedo? -¡Mucho, muchísimo miedo! -respondió esta-. Aunque a veces me parece que tengomucho, muchísimo valor. Paso las noches rezando y pidiéndole a Dios que aparte elfuego de mi casa. Hasta ahora ninguna desgracia nos ha ocurrido, ni en este ni en el otrositio. Pero ¡cuántos infelices han perecido, cuántas casas de personas honradas y quenunca hicieron mal a nadie han sido destruidas por las llamas! Yo deseo ardientementeir, como los demás, a socorrer a los heridos; pero mi padre me lo prohíbe, y se enfadaconmigo siempre que se lo propongo. Esto decía, cuando en el interior de la casa sentimos ruido vago y lejano en que seconfundía con la voz de la señora Guedita la desapacible del tío Candiola. Los tresobedeciendo a un mismo pensamiento [131] nos estrechamos en el rincón y contuvimosel aliento, temiendo ser sorprendidos. Luego sentimos más cerca la voz del avaro quedecía: -¿Qué hace Vd. levantada a estas horas, señora Guedita? -Señor -contestó la vieja, asomándose por una ventana que daba al corredor-, ¿quiénpuede dormir con este horroroso bombardeo? Si a lo mejor se nos mete aquí una señorabomba y nos coge en la cama y en paños menores, y vienen los vecinos a sacar lostrastos y a pagar el fuego... ¡Oh, qué falta de pudor! No pienso desnudarme mientrasdure este endemoniado bombardeo. -Y mi hija, ¿duerme? -preguntó Candiola, que al decir esto se asomaba por unventanillo al otro extremo de la huerta. -Arriba está durmiendo como una marmota -repuso la dueña-. Bien dicen que para lainocencia no hay peligros. A la niña no le asusta una bomba más que un cohete.
  • -Si desde aquí se divisara el punto donde ha caído ese proyectil... -dijo Candiolaalargando su cuerpo fuera de la ventana para poder extender la vista por sobre lostejados vecinos, más bajos que el de su casa-. Se ve claridad como de incendio; pero nopuedo decir si es cerca o lejos. -O yo no entiendo nada de bombas -dijo Guedita desde el corredor-, o esta ha caídoallá por el mercado. [132] -Así parece. Si cayeran todas en las casas de los que sostienen la defensa, y seempeñan en no acabar de una vez tantos desastres... Si no me engaño, señora Guedita, elfuego luce hacia la calle de la Tripería. ¿No están por allá los almacenes de la junta deabastos? ¡Ah! ¡Bendita bomba, que no cayera en la calle de la Hilarza y en la casa delmalvado y miserable ladrón!... Señora Guedita, estoy por salir a la calle a ver si elregalo ha caído en la calle de la Hilarza, en la casa del orgulloso, del entrometido, delcanalla, del asesino D. José de Montoria. Se lo he pedido con tanto fervor esta noche ala Virgen del Pilar, a las Santas Masas y a Santo Domingo del Val, que al fin creo quehan oído. -Sr. D. Jerónimo -dijo la vieja-, déjese de correrías que el frío de la noche traspasa, yno vale la pena de coger una pulmonía por ver dónde paró la bomba, que harto tenemosya con saber que no se nos ha metido en casa. Si la que pasó no ha caído en casa de esebárbaro sayón, otra caerá mañana, pues los franceses tienen buena mano. Conqueacuéstese su merced, que yo me quedo rondando la casa, por si ocurriese algo. Candiola, respecto a la salida, varió sin duda de parecer, en vista de los buenosconsejos de la criada, porque cerrando la ventanilla, metiose dentro, y no se le sintiómás en el resto de la noche. Mas no porque desapareciera rompieron los amantes elsilencio, temerosos de ser escuchados o sorprendidos; y hasta [133] que la vieja no vinoa participarnos que el señor roncaba como un labriego, no se reanudó el diálogointerrumpido. -Mi padre desea que las bombas caigan sobre la casa de su enemigo -dijo María-. Yono quisiera verlas en ninguna parte, pero si alguna vez se puede desear mal al prójimo,es en esta ocasión, ¿no es verdad? Agustín no contestó nada. -Tú te marchaste -continuó la joven-; tú no viste cómo aquel hombre, el más cruel, elmás malvado y cobarde de todos los que vinieron, le arrojó al suelo, ciego de cólera y lepisoteó. Así patearán su alma los demonios en el infierno, ¿no es verdad? -Sí -contestó lacónicamente el mozo. -Esta tarde, después que todo aquello pasó, Guedita y yo curábamos las contusionesde mi padre. Él estaba tendido sobre su cama, y loco de desesperación, se retorcíamordiéndose los puños y lamentándose de no haber tenido más fuerza que el otro.Nosotras procurábamos consolarle; pero él nos decía que calláramos. Después me echóen cara ¡tal era su rabia!, que hubiese yo arrojado a la calle el dinero de la harina;enfadose mucho conmigo, y me dijo que pues no se pudo sacar otra cosa, los tres milreales y pico no debían despreciarse; y que yo era una loca despilfarradora, que lo
  • estaba arruinando. De ningún modo podíamos calmarle. Cerca ya del anochecersentimos otra vez ruido en [134] la calle. Creímos que volvían los mismos y el mismodel mediodía. Mi padre quiso arrojarse del lecho lleno de furia. Yo tuve al principiomucho miedo; después me reanimé, considerando que era necesario mostrar valor.Pensando en ti, dije: «Si él estuviera en casa, nadie nos insultaría». Como el rumor de lacalle aumentara, lleneme de valor, cerré bien todas las puertas, y rogando a mi padreque continuase quieto en su cama, resolví esperar. Mientras Guedita rezaba de rodillas atodos los santos del cielo, yo registré la casa buscando un arma, y al fin pude hallar uncuchillo. La vista de esta arma siempre me ha causado horror; pero hoy la empuñé condecisión. ¡Oh!, estaba fuera de mí, y aún ahora mismo me causa espanto el pensar enaquello. Frecuentemente me desmayo al mirar un herido; me asusto y tiemblo sólo dever una gota de sangre; casi lloro si castigan a un perro delante de mí, y jamás he tenidofuerzas para matar una mosca; pero esta tarde, Agustín, esta tarde cuando sentí ruido enla calle, cuando creí oír de nuevo los golpes en la puerta, cuando esperaba pormomentos ver delante de mí a aquellos hombres... Te juro que si llega a salir verdad loque temí, si cuando yo estaba en el cuarto de mi padre, junto a su lecho, llega a entrar elmismo hombre que le maltrató algunas horas antes, te juro que allí mismo... sinvacilar... cierro los ojos y le parto el corazón. -¡Calla, por Dios! -dijo Montoria con horror-. Me [135] causas miedo, María, y aloírte me parece que tus propias manos, estas divinas manos clavan en mi pecho la hojafría. No maltratarán otra vez a tu padre. Ya ves cómo lo de esta noche fue puro miedo.No, no hubieras sido capaz de lo que dices; tú eres una mujer, y una mujer débil,sensible, tímida, incapaz de matar a un hombre, como no le mates de amor. El cuchillose te hubiera caído de las manos y no habrías manchado tu pureza con la sangre de unsemejante. Esos horrores se quedan para nosotros los hombres, que nacemos destinadosa la lucha, y que a veces nos vemos en el triste caso de gozar arrancando hombres a lavida. María, no hables más de ese asunto, no recuerdes a los que te ofendieron;olvídalos, perdónalos, y sobre todo no mates a nadie, ni aun con el pensamiento. - XVI - Mientras esto decían, observé el rostro de la Candiola, que en la oscuridad parecíamodelado en pálida cera y tenía el tono pastoso y mate del marfil. De sus negros ojos,siempre que los alzaba al cielo, partía un ligero rayo. Sus negras pupilas, sirviendo deespejo a la claridad del cielo, producían, en el fondo donde nos encontrábamos, dosrápidos puntos [136] de luz, que aparecían y se borraban, según la movilidad de sumirada. Y era curioso observar en aquella criatura, toda ella pasión, la borrascosa crisisque removía y exaltaba su sensibilidad hasta ponerla en punto de bravura. Aquelabandono voluptuoso, aquel arrullo (pues no hallo nombre más propio para pintarla),aquel tibio agasajo que había en la atmósfera junto a ella, no se avenía bienaparentemente con los alardes de heroísmo en defensa del ultrajado padre; pero unaobservación atenta podía descubrir que ambas corrientes afluían de un mismomanantial.
  • -Yo admiro tu exaltado cariño filial -prosiguió Agustín-. Ahora, oye otra cosa. Nodisculpo a los que maltrataron a tu padre; pero no debes olvidar que tu padre es el únicoque no ha dado nada para la guerra. D. Jerónimo es una persona excelente; pero no tieneen su alma ni una chispa de patriotismo. Le son indiferentes las desgracias de la ciudady hasta parece alegrarse cuando no salimos victoriosos. La Candiola exhaló algunos suspiros, elevando los ojos al cielo. -Es verdad -dijo después-. Todos los días y a todas horas le estoy suplicando que déalgo para la guerra. Nada puedo conseguir, aunque le pondero la necesidad de lospobres soldados y el mal papel que estamos haciendo en Zaragoza. Él se enfada cuandome oye, y dice que el que ha traído la guerra [137] que la pague. En el otro sitio, mealegraba en extremo cuando tenía noticia de una victoria, y el 4 de Agosto salí yomisma sola a la calle, no pudiendo resistir la curiosidad. Una noche estaba en casa de lasde Urries, y como celebraran la acción de aquella tarde, que había sido muy brillante,empecé a alabar yo también lo ocurrido, mostrándome muy entusiasmada. Entonces unavieja que estaba presente me dijo en alta voz y con muy mal tono: «Niña loca, en vez dehacer esos aspavientos, ¿por qué no llevas al hospital de sangre siquiera una sábanavieja? En casa del Sr. Candiola, que tiene los sótanos llenos de dinero, ¿no hay un malpingajo que dar a los heridos? Tu papaíto es el único, el único de todos los vecinos deZaragoza que no ha dado nada para la guerra». Rieron todos al oír esto, y yo me quedécorrida, muerta de vergüenza, sin atreverme a hablar. En un rincón de la sala estuvehasta el fin de la tertulia, sin que nadie me dirigiera la palabra. Mis pocas amigas, quetanto me querían, no se acercaban a mí; entre el tumulto de la reunión, oí a menudo elnombre de mi padre con comentarios y apodos muy denigrantes. ¡Oh! Se me partía conesto el corazón. Cuando me retiré para venir a casa, apenas me saludaron fríamente, ylos amos de la casa me despidieron con desabrimiento. Vine aquí, era ya de noche, meacosté, y no pude dormir ni cesé de llorar hasta por la mañana. La vergüenza merequemaba la sangre. [138] -Mariquilla -exclamó Agustín con amor-, la bondad de tus sentimientos es tangrande, que por ella olvidará Dios las crueldades de tu padre. -Después -prosiguió la Candiola-, a los pocos días, el 4 de Agosto, vinieron los dosheridos que nombró hoy en la reyerta el enemigo de mi padre. Cuando nos dijeron quela junta destinaba a casa dos heridos para que los asistiéramos, Guedita y yo nosalegramos mucho, y locas de contento empezamos a preparar vendas, hilas y camas. Lesesperábamos con tanta ansiedad que a cada instante nos poníamos a la ventana por versi venían. Por fin vinieron; mi padre, que había llegado momentos antes de la calle conmuy negro humor, quejándose de que habían muerto muchos de sus deudores, y que notenía esperanza de cobrar, recibió muy mal a los heridos. Yo le abracé llorando y le pedíque les diera alojamiento; pero no me hizo caso, y ciego de cólera, les arrojó en mediodel arroyo, atrancó la puerta y subió diciendo: «Que los asista quien los ha parido». Eraya de noche. Guedita y yo estábamos muertas de desolación. No sabíamos qué hacer, ydesde aquí sentíamos los lamentos de aquellos dos infelices, que se arrastraban en lacalle pidiendo socorro. Mi padre, encerrándose en su cuarto para hacer cuentas, no secuidaba ya ni de ellos ni de nosotras. Pasito a pasito, para que no nos sintiera, fuimos ala habitación que da a la calle, y por la ventana les echamos trapos para que [139] sevendaran; pero no los podían coger. Les llamamos, nos vieron, y alargaban sus manoshacia nosotras. Atamos un cestillo a la punta de una caña y les dimos algo de comida;
  • pero uno de ellos estaba exánime y al otro sus dolores no le permitían comer nada. Lesanimábamos con palabras tiernas, y pedíamos a Dios por ellos. Por último, resolvimosbajar por aquí y salir afuera para asistirles, aunque sólo un momento; pero mi padre nossorprendió y se puso furioso. ¡Qué noche, Santa Virgen! Uno de ellos murió en mediode la calle, y el otro se fue arrastrando a buscar misericordia no sé dónde. Agustín y yo callamos, meditando en las monstruosas contradicciones de aquellacasa. -Mariquilla -exclamó al fin mi amigo-, ¡qué orgulloso estoy de quererte! La ciudadno conoce tu corazón de oro, y es preciso que lo conozca. Yo quiero decir a todo elmundo que te amo, y probar a mis padres, cuando lo sepan, que he hecho una elecciónacertada. -Yo soy como cualquiera -dijo con humildad la Candiola-, y tus padres no verán enmí sino la hija del que llaman el judío mallorquín. ¡Oh, me mata la vergüenza! Quierosalir de Zaragoza y no volver más a este pueblo. Mi padre es de Palma, es cierto; perono desciende de judíos, sino de cristianos viejos, y mi madre era aragonesa y de lafamilia de Rincón. ¿Por qué somos despreciados? ¿Qué hemos hecho? [140] Diciendo esto, los labios de Mariquilla se contrajeron con una sonrisa entre incrédulay desdeñosa. Agustín, atormentado sin duda por dolorosos pensamientos, permaneciómudo, con la frente apoyada sobre las manos de su novia. Terribles fantasmas sealzaban con amenazador ademán entre uno y otro. Con los ojos del alma, él y ella lesestaban mirando llenos de espanto. Después de un largo rato, Agustín alzó el rostro. -María, ¿por qué callas? Di algo. -¿Por qué callas tú, Agustín? -¿En qué piensas? -¿En qué piensas tú? -Pienso -dijo el mancebo- en que Dios nos protegerá. Cuando concluya el sitio, noscasaremos. Si tú te vas de Zaragoza, yo iré contigo a donde tú te vayas. ¿Tu padre te hahablado alguna vez de casarte con alguien? -Nunca. -No impedirá que te cases conmigo. Yo sé que los míos se opondrán; pero mivoluntad es irrevocable. No comprendo la vida sin ti, y perdiéndote no existiría. Eres lasuprema necesidad de mi alma, que sin ti sería como el universo sin luz. Ninguna fuerzahumana nos apartará mientras tú me ames. Esta convicción está tan arraigada dentro demí, que si alguna vez pienso que nos hemos de separar [141] en vida para siempre, seme representa esto como un trastorno en la naturaleza. ¡Yo sin ti! Esto me parece lamayor de las aberraciones. ¡Yo sin ti! ¡Qué delirio y qué absurdo! Es como el mar en lacumbre de las montañas y la nieve en las profundidades del océano vacío, como los ríos
  • corriendo por el cielo y los astros hechos polvo de fuego en las llanuras de la tierra;como si los árboles hablaran y el hombre viviera entre los metales y las piedraspreciosas en las entrañas de la tierra. Yo me acobardo a veces, y tiemblo pensando enlas contrariedades que nos abruman; pero la confianza que ilumina mi espíritu, como lafe de las cosas santas, me reanima. Si por momentos temo la muerte, después una vozsecreta me dice que no moriré mientras tú vivas. ¿Ves todo este estrago del sitio quesoportamos? ¿Ves cómo llueven bombas, granadas y balas, y cómo caen para nolevantarse más infinitos compañeros míos? Pues pasada la primera impresión de miedo,nada de esto me hace estremecer, y creo que la Virgen del Pilar aparta de mí la muerte.Tu sensibilidad te tiene en comunicación constante con los ángeles del cielo; tú eres unángel del cielo, y el amarte, el ser amado por ti, me da un poder divino contra el cualnada pueden las fuerzas del hombre. Así habló largo rato Agustín, desbordándose de su llena fantasía los pensamientos dela amorosa superstición que le dominaba. -Pues yo -dijo Mariquilla- también tengo cierta [142] confianza en lo mismo que hasdicho. Temo mucho que te maten; pero no se qué voces me suenan en el fondo de mialma, diciéndome que no te matarán. ¿Será porque he rezado mucho, pidiendo a Diosconserve tu vida en medio de este horroroso fuego? No lo sé. Por las noches, como meacuesto pensando en las bombas que han caído, en las que caen, y en las que caerán,sueño con las batallas, y no ceso de oír el zumbido de los cañones. Deliro mucho, yGuedita que duerme junto a mí, dice que hablo en sueños, diciendo mil desatinos.Seguramente diré alguna cosa, porque no ceso de soñar, y te veo en la muralla y hablocontigo y me respondes. Las balas no te tocan, y me parece que es por los PadreNuestros que rezo despierta y dormida. Hace pocas noches soñé que iba a curar a losheridos con otras muchachas, y que les poníamos buenos en el acto, casi resucitándolescon nuestras hilas. También soñé que de vuelta a casa, te encontré aquí, estabas con tupadre, que era un viejecito muy amable y risueño, y hablaba con el mío, sentados ambosen el sofá de la sala, y los dos parecían muy amigos. Después soñé que tu padre memiraba sonriendo, y empezó a hacerme preguntas. Otras veces sueño cosas tristes.Cuando despierto, pongo atención, y si no siento el ruido del bombardeo, digo: «puedeque los franceses hayan levantado el sitio». Si oigo cañonazos, miro a la imagen de laVirgen del Pilar que está en [143] mi cuarto, le pregunto con el pensamiento, y mecontesta que no has muerto, sin que yo pueda decir qué signo emplea para responderme.Paso el día pensando en las murallas, y me pongo en la ventana para oír lo que dicen losmozos al pasar por la calle. Algunas veces siento tentaciones de preguntarles si te hanvisto... Llega la noche, te veo, y me quedo tan contenta. Al día siguiente Guedita y yonos ocupamos en preparar alguna cosa de comer a escondidas de mi padre; si vale lapena, te la guardamos a ti; y si no, se la lleva para los heridos y enfermos ese frailito quellaman el padre Busto, el cual viene por las tardes con pretexto de visitar a doña Gueditade quien es pariente. Nosotras(29) le preguntamos cómo va la cosa, y él nos dice:«Perfectamente. Las tropas están haciendo grandes proezas, y los franceses tendrán queretirarse como la otra vez». Estas noticias de que todo va bien nos vuelven locas degozo. El ruido de las bombas nos entristece después; pero rezando recobramos latranquilidad. A solas en nuestro cuarto, de noche, hacemos hilas y vendas, que se llevatambién a escondidas el padre Busto, como si fueran objetos robados, y al sentir lospasos de mi padre, lo guardamos todo con precipitación y apagamos la luz, porque sidescubre lo que estamos haciendo, se pone furioso.
  • Contando sus sustos y sus alegrías con divina sencillez, Mariquilla estaba risueña yalgo festiva. El encanto especial de su voz no es descriptible, y sus [144] palabrassemejantes a una vibración de notas cristalinas dejaban eco armonioso en el alma.Cuando concluyó, el primer resplandor de la aurora empezaba a alumbrar su semblante. -Despunta el día Mariquilla -dijo Agustín-, y tenemos que marcharnos. Hoy vamos adefender las Tenerías; hoy habrá un fuego horroroso y morirán muchos; pero la Virgendel Pilar nos amparará y podremos gozar de la victoria. María, Mariquilla, no metocarán las balas. -No te vayas todavía -repuso la hija de Candiola-. Comienza el día; pero aún nohacéis falta en la muralla. Sonó la campana de la torre. -Mira qué pájaros cruzan el espacio anunciando la aurora -dijo Agustín con amargaironía. Una, dos, tres bombas atravesaron el cielo, débilmente aclarado todavía. -¡Qué miedo! -exclamó María, dejándose abrazar por Montoria-. ¿Nos preservaráDios hoy como nos ha preservado ayer? -¡A la muralla! -exclamé yo, levantándome a toda prisa-. ¿No oyes que tocan allamada las campanas y las cajas? ¡A la muralla! Mariquilla, poseída de un pánico imposible de pintar, lloraba, queriendo detener aMontoria. Yo, resuelto a partir, pugnaba por llevármele. Estruendo de tambores y campanas sonaba en la ciudad convocando a las armas, y sien el instante [145] mismo no acudíamos a las filas, corríamos riesgo de serarcabuceados o tenidos por cobardes. -Me voy, me voy, María -dijo mi amigo con profunda emoción-. ¿Temes al fuego?No; esta casa es sagrada, porque tú la habitas; será respetada por el fuego enemigo, y lacrueldad de tu padre no la castigará Dios en tu santa cabeza. Adiós. Apareció bruscamente doña Guedita, diciendo que su amo se estaba levantando atoda prisa. Entonces la misma María nos empujó hacia lo bajo de la huerta,ordenándonos que saliéramos al instante. Agustín estaba traspasado de pena, y en lapuerta hizo movimientos de perplejidad y dio algunos pasos para volver al lado de lainfeliz Candiolilla, que muerta de miedo, derramando lágrimas y con las manoscruzadas en disposición de orar, nos miraba partir, aún envuelta en la sombra del ciprésque nos había dado abrigo. En el momento en que abríamos la puerta oyose un grito en la parte superior de lacasa, y vimos al tío Candiola, que saliendo a medio vestir, se dirigía hacia nosotros enactitud amenazadora. Quiso Agustín volver atrás; pero le empujé hacia afuera, ysalimos.
  • -¡Al momento a las filas! ¡A las filas! -exclamé-. Nos echarán de menos, Agustín.Deja por ahora a tu futuro suegro que se entienda con tu futura esposa. Y velozmente corrimos hasta dar en el Coso, donde observamos el sinnúmero debombas arrojadas sobre la infeliz ciudad. Todos acudían con presteza [146] a distintossitios, cuál a las Tenerías, cuál al Portillo, cuál a Santa Engracia o a Trinitarios. Alllegar al arco de Cineja, tropezamos con D. José de Montoria, que seguido de susamigos, corría hacia el Almudí. En el mismo instante un terrible estampido, resonando anuestra espalda, nos anunció que un proyectil enemigo había caído en paraje cercano.Agustín, al oír esto, volvió hacia atrás, disponiéndose a tornar al punto de dondeveníamos. -¿A dónde vas?, ¡porra! -le dijo su padre deteniéndole-. A las Tenerías, pronto a lasTenerías. La gente que iba y venía supo al instante el lugar del desastre, y oímos decir: -Tres bombas han caído juntas en la casa del tío Candiola. -Los ángeles del cielo apuntaron sin duda los morteros -exclamó D. José de Montoriacon estrepitosa carcajada-. Veremos cómo se las compone ese judío mallorquín, si esque ha quedado vivo, para poner en salvo su dinero. -Corramos a salvar a esos desgraciados -dijo Agustín con vehemencia. -A las filas, cobardes -exclamó el padre sujetándole con férrea mano-. Esa es obra demujeres. Los hombres a morir en la brecha. Era preciso acudir a nuestros puestos, y fuimos, mejor dicho, nos llevaron, nosarrastró la impetuosa oleada de gente que corría a defender el barrio de las Tenerías - XVII - Mientras los morteros situados al Mediodía arrojaban bombas en el centro de laciudad, los cañones de la línea oriental dispararon con bala rasa sobre la débil tapia delas Mónicas y las fortificaciones de tierra y ladrillo del Molino de aceite y de la bateríade Palafox. Bien pronto abrieron tres grandes brechas, y el asalto era inminente.Apoyábanse en el molino de Goicoechea, que tomaron el día anterior, después de serabandonado e incendiado por los nuestros. Seguras del triunfo, las masas de infantería recorrían el campo, ordenándose paraasaltarnos. Mi batallón ocupaba una casa de la calle de Pabostre, cuya pared había sidoen toda su extensión aspillerada. Muchos paisanos y compañías de varios regimientosaguardaban en la cortina, llenos de furor y sin que les arredrara la probabilidad de unamuerte segura, con tal de escarmentar al enemigo en su impetuoso avance. Pasaron largas horas; los franceses apuraban los recursos de su artillería por ver sinos aterraban, obligándonos a dejar el barrio; pero las tapias se desmoronaban,estremecíanse las casas con espantoso sacudimiento, y aquella gente heroica, queapenas [148] se había desayunado con un zoquete de pan, gritaba desde la muralla,
  • diciéndoles que se acercasen. Por fin, contra la brecha del centro y la de la derechaavanzaron fuertes columnas, sostenidas por otras a retaguardia, y se vio que la intenciónde los franceses era apoderarse a todo trance de aquella línea de pulverizados ladrillos,que defendían algunos centenares de locos, y tomarla a cualquier precio, arrojandosobre ella masas de carne y haciendo pasar la columna viva sobre los cadáveres de lamuerta. No se diga para amenguar el mérito de los nuestros, que el francés luchaba a pechodescubierto; los defensores también lo hacían; y detrás de la desbaratada cortina nopodía guarecerse una cabeza. Allí era de ver cómo chocaban las masas de hombres ycómo las bayonetas se cebaban con saña más propia de fieras que de hombres en loscuerpos enemigos. Desde las casas hacíamos fuego incesante, viéndolos caermaterialmente en montones, heridos por el plomo y el acero al pie mismo de losescombros que querían conquistar. Nuevas columnas sustituían a las anteriores, y en losque llegaban después, a los esfuerzos del valor se unían ferozmente las brutalidades dela venganza. Por nuestra parte el número de bajas era enorme: los hombres quedaban por docenasestrellados contra el suelo en aquella línea que había sido muralla, y ya no era sino unaaglomeración informe de tierra, ladrillos y cadáveres. Lo natural, lo humano habría[149] sido abandonar unas posiciones defendidas contra todos los elementos de lafuerza y de la ciencia militar reunidos; pero allí no se trataba de nada que fuese humanoy natural, sino de extender la potencia defensiva hasta límites infinitos, desconocidospara el cálculo científico y para el valor ordinario, desarrollando en susinconmensurables dimensiones el genio aragonés, que nunca se sabe a dónde llega. Siguió pues la resistencia, sustituyendo los vivos a los muertos con entereza sublime.Morir era un accidente, un detalle trivial, un tropiezo del cual no debía hacerse caso. Mientras esto pasaba, otras columnas igualmente poderosas trataban de apoderarsede la casa de González, que he mencionado arriba; pero desde las casas inmediatas ydesde los cubos de la muralla se les hizo un fuego tan terrible de fusilería y cañón, quedesistieron de su intento. Iguales ataques tenían lugar, con mejor éxito de parte suya pornuestra derecha, hacia la huerta de Camporeal(30) y baterías de los Mártires, y la inmensafuerza desplegada por los sitiadores a una misma hora y en una línea de poca extensiónno podía menos de producir resultados. Desde la casa de la calle de Pabostre inmediata al Molino de la ciudad, hacíamosfuego, como he dicho, contra los que daban el asalto, cuando he aquí que las baterías deSan José, antes ocupadas en demoler la muralla, enfilaron sus cañones contra aquelviejo edificio, y sentimos que las paredes retemblaban; [150] que las vigas crujían comocuadernas de un buque conmovido por las tempestades; que las maderas de los tapialesestallaban destrozándose en mil astillas; en suma, que la casa se venía abajo. -¡Cuerno, recuerno! -exclamó el tío Garcés-. Que se nos viene la casa encima. El humo, el polvo, no nos permitía ver lo que pasaba fuera, ni lo que pasaba dentro. -¡A la calle, a la calle! -gritó Pirli, arrojándose por una ventana.
  • -¡Agustín, Agustín!, ¿dónde estás? -grité yo, llamando a mi amigo. Pero Agustín no parecía. En aquel momento de angustia, y no encontrando en mediode tal confusión ni puerta para salir, ni escalera para bajar, corrí a la ventana paraarrojarme fuera, y el espectáculo que se ofreció a mis ojos obligome a retroceder sinaliento ni fuerzas. Mientras los cañones de la batería de San José intentaban por laderecha sepultarnos entre los escombros de la casa, y parecían conseguirlo sin esfuerzo,por delante, y hacia la era de San Agustín, la infantería francesa había logrado penetrarpor las brechas, rematando a los infelices que ya apenas eran hombres, y acabándoles dematar, pues su agonía desesperada no puede llamarse vida. De los callejones cercanos seles hacía un fuego horroroso y los cañones de la calle de Diezma sustituían a los de labatería vencida. Pero asaltada la brecha, se aseguraban [151] en la muralla. Eraimposible conservar en el ánimo una chispa de energía ante tamaño desastre. Huí de la ventana hacia dentro, despavorido, fuera de mí. Un trozo de pared estalló,reventó, desgajándose en enormes trozos y una ventana cuadrada tomó la figura de untriángulo isósceles: el techo dejó ver por una esquina la luz del cielo y los trozos de yesoy las agudas astillas salpicaron mi cara. Corrí hacia el interior, siguiendo a otros quedecían: ¡por aquí, por aquí! -¡Agustín, Agustín! -grité de nuevo llamando a mi amigo. Por fin le vi entre los que corríamos pasando de una habitación a otra, y subiendouna escalerilla que conducía a un desván. -¿Estás vivo? -le pregunté. -No lo sé -me dijo-, ni me importa saberlo. En el desván rompimos fácilmente un tabique, y pasando a otra pieza, hallamos unaempinada escalera; la bajamos, y nos vimos en una habitación chica. Unos siguieronadelante, buscando salida a la calle, y otros detuviéronse allí. Se ha quedado fijo en mi imaginación, con líneas y colores indelebles, el interior deaquella mezquina pieza, bañada por la copiosa luz que entraba por una ventana abierta ala calle. Cubrían las paredes desiguales estampas de vírgenes y santos. Dos o tres cofresviejos y forrados de piel de cabra, ocupaban un testero. Veíase en otro ropa de mujer,colgada de [152] clavos y alcayatas, y una cama altísima de humilde aspecto, aún conlas sábanas revueltas. En la ventana había tres grandes tiestos de yerbas; y parapetadastras ellos, dirigiendo por los huecos la rencorosa visual de su puntería, dos mujereshacían fuego sobre los franceses, que ya ocupaban la brecha. Tenían dos fusiles. Unacargaba y otra disparaba; agachábase la fusilera para enfilar el cañón entre los tiestos, ysuelto el tiro, alzaba la cabeza por sobre las matas para mirar el campo de batalla. -Manuela Sancho -exclamé, poniendo la mano sobre el hombro de la heroicamuchacha-. Toda resistencia es inútil. Retirémonos. La casa inmediata es destruida porlas baterías de San José, y en el techo de esta empiezan a caer las balas. Vámonos. Pero no hacía caso, y seguía disparando. Al fin la casa, que era débil como la vecina,y aún menos que esta podía resistir el choque de los proyectiles, experimentó una fuerte
  • sacudida, cual si temblara la tierra en que arraigaba sus cimientos. Manuela Sanchoarrojó el fusil. Ella y la mujer que la acompañaba penetraron precipitadamente en unainmediata alcoba, de cuyo oscuro recinto sentí salir angustiosas lamentaciones. Alentrar, vimos que las dos muchachas abrazaban a una anciana tullida que, en su pavor,quería arrojarse del lecho. -Madre, esto no es nada -le dijo Manuela cubriéndola con lo primero que encontró amano-. [153] Vámonos a la calle, que la casa parece que se quiere caer. La anciana no hablaba, no podía hablar. Tomáronla en brazos las dos mozas; masnosotros la recogimos en los nuestros, encargándoles a ellas que llevaran nuestrosfusiles y la ropa que pudieran salvar. De este modo pasamos a un patio, que nos diosalida a otra calle, donde aún no había llegado el fuego. - XVIII - Los franceses habíanse apoderado también de la batería de los Mártires, y en aquellamisma tarde fueron dueños de las ruinas de Santa Engracia y del convento deTrinitarios. ¿Se concibe que continúe la resistencia de una plaza después de perdido lomás importante de su circuito? No, no se concibe, ni en las previsiones del arte militarha entrado nunca que, apoderado el enemigo de la muralla por la superioridadincontrastable de su fuerza material, ofrezcan(31) las casas nuevas líneas defortificaciones, improvisadas por la iniciativa de cada vecino; no se concibe que, tomadauna casa, sea preciso organizar un verdadero plan de sitio para tomar la inmediata,empleando la zapa, la mina y ataques parciales a la bayoneta, [154] desarrollando contraun tabique ingeniosa estratagema; no se concibe que tomada una acera sea preciso parapasar a la de enfrente poner en ejecución las teorías de Vauban, y que para saltar unarroyo sea preciso hacer paralelas, zig-zags y caminos cubiertos. Los generales franceses se llevaban las manos a la cabeza diciendo: «Esto no separece a nada de lo que hemos visto». En los gloriosos anales del imperio se encuentranmuchos partes como este: «Hemos entrado en Spandau; mañana estaremos en Berlín».Lo que aún no se había escrito era lo siguiente: «Después de dos días y dos noches decombate hemos tomado la casa número 1 de la calle de Pabostre. Ignoramos cuándo sepodrá tomar el número 2». No tuvimos tiempo para reposar. Los dos cañones que enfilaban la calle de Pabostre,en el ángulo de Puerta Quemada, se habían quedado sin gente. Unos corrimos a servirlo,y el resto del batallón ocupó varias casas en la calle de Palomar. Los franceses dejaronde hacer fuego de cañón contra los edificios que habíamos abandonado, ocupándoseprecipitadamente en repararlos como pudieron. Lo que amenazaba ruina lo demolían, ytapiaban los huecos con vigas, cascajo y sacas de lana. Como no podían atravesar sin riesgo el espacio intermedio entre los restos demuralla y sus nuevos alojamientos, comenzaron a abrir una zanja en zig-zag desde el
  • Molino de la ciudad a la casa que [155] antes ocupáramos nosotros, la cual, sóloconservaba en buen estado para alojamiento la planta baja. Al punto comprendimos que una vez dueños de aquella casa, procurarían, derribandotabiques, apoderarse de toda la manzana, y para evitarlo la tropa disponible fuedistribuida en guarniciones que ocuparon todos los edificios donde había peligro. Almismo tiempo se levantaban barricadas en las bocacalles, aprovechando los escombros.Nos pusimos a trabajar con ardor frenético en distintas faenas, entre las cuales la menospenosa era seguramente la de batirnos. Dentro de las casas arrojábamos por los balconestodos los muebles; afuera transportábamos heridos o arrimábamos los muertos al zócalode los edificios, pues las únicas honras fúnebres que por entonces podían hacérseles,consistían en quitarlos de donde estorbaban. Quisieron también los franceses ganar a Santa Mónica, convento situado en la líneade las Tenerías, más al Norte de la calle de Pabostre; pero sus paredes ofrecían buenaresistencia, y no era fácil tomarlo como aquellas endebles casas, que el estruendo tansólo de los cañones hacía estremecer. Los voluntarios de Huesca la defendían con granarrojo, y después de repetidos ataques, los sitiadores dejaron la empresa para otro día.Posesionados tan sólo de algunas casas, en ellas permanecían a la caída de la tarde comoen escondida madriguera, y ¡ay de aquel que la cabeza asomaba fuera de las ventanas!Las paredes [156] próximas, los tejados, las bohardillas y tragaluces abiertos endistintas direcciones estaban llenos de atentos ojos que observaban el menor descuidodel soldado enemigo para soltarle un tiro. Cuando anocheció empezamos a abrir huecos en los tabiques para comunicar, todaslas casas de una misma manzana. A pesar del incesante ruido del cañón y la fusilería, enel interior de los edificios pudimos percibir el golpear de las piquetas enemigas,ocupadas en igual tarea que nosotros. También ellos establecían comunicaciones. Comoaquella arquitectura era frágil y casi todos los tabiques de tierra, en poco tiempoabrimos paso entre varias casas. A eso de las diez de la noche nos hallábamos en una que debía de ser muy inmediataa la de Manuela Sancho, cuando sentimos que por conductos desconocidos, por sótanos,pasillos o subterráneas comunicaciones, llegaba a nuestros oídos el rumor de las vocesdel enemigo. Una mujer subió azorada por una escalerilla, diciéndonos que losfranceses estaban abriendo un boquete en la pared de la cuadra, y bajamos al instante;pero aún no estábamos todos en el patio frío, estrecho y oscuro de la casa, cuando aboca de jarro se nos disparó un tiro, y un compañero fue levemente herido en elhombro. A la escasa claridad percibimos varios bultos que sucesivamente se internaronen la cuadra, e hicimos fuego, avanzando después con brío tras ellos. [157] Al ruido de los tiros acudieron otros compañeros nuestros que habían quedadoarriba, y penetramos denodadamente en la lóbrega pieza. Los enemigos no sedetuvieron en ella, y a todo escape repasaron el agujero abierto en la pared medianera,buscando refugio en su primitiva morada, desde la cual nos enviaron algunas balas. Noestábamos completamente a oscuras, porque ellos tenían una hoguera, de cuyas llamasalgunos débiles rayos penetraban por la abertura, difundiendo rojiza claridad sobre elteatro de aquella lucha. Yo no había visto nunca cosa semejante, ni jamás presenciécombate alguno entre cuatro negras paredes y a la luz indecisa de una llama lejana, cuyaoscilación proyectaba movibles sombras y espantajos en nuestro derredor.
  • Adviértase que la claridad era perjudicial a los franceses, porque a pesar deguarecerse tras el hueco, nos ofrecían blanco seguro. Nos tiroteamos un breve rato, ydos compañeros cayeron muertos o mal heridos sobre el húmedo suelo. A pesar de estedesastre, hubo otros que quisieron llevar adelante aquella aventura, asaltando el agujeroe internándose en la guarida del enemigo; pero aunque este había cesado de ofendernos,parecía prepararse para atacar mejor. De repente se apagó la hoguera y quedamos encompleta oscuridad. Dimos repetidas vueltas buscando la salida, y chocábamos unoscon otros. Esta situación, junto con el temor de ser atacados con elementos superiores, ode que [158] arrojaran en medio de aquel sepulcro granadas de mano, nos obligó aretirarnos al patio confusamente y en tropel. Tuvimos tiempo, sin embargo, para buscar a tientas y recoger a los dos camaradasque habían caído durante la refriega, y luego que salimos, cerramos la puerta,tabicándola por dentro con piedras, escombros, vigas, toneles y cuanto en el patio se nosvino a las manos. Al subir, el que nos mandaba repartió algunos hombres en distintospuntos de la casa, dejando un par de escuchas en el patio para atender a los golpes de lazapa enemiga, y a mí me tocó salir fuera con otros, para traer un poco de comida, que atodos nos hacía muchísima falta. En la calle nos pareció que de una mansión de tranquilidad pasábamos al mismoinfierno, porque en medio de la noche continuaba el fuego entre las casas y la muralla.La claridad de la luna permitía correr sin tropiezo de un punto a otro, y las calles eran acada instante atravesadas por escuadrones de tropa y paisanos que iban a donde, segúnla voz pública, había verdadero peligro. Muchos, sin entrar en fila y guiados de supropio instinto, acudían aquí y allí, haciendo fuego desde el punto que mejor les venía acuento. Las campanas de todas las iglesias tocaban a la vez con lúgubre algazara, y acada paso se encontraban grupos de mujeres transportando heridos. [159] Por todas partes, especialmente en el extremo de las calles que remataban en lamuralla de Tenerías, se veían hacinados los cuerpos, y el herido se confundía con elcadáver, no pudiendo determinarse de qué boca salían aquellas voces lastimosas queimploraban socorro. Yo no había visto jamás desolación tan espantosa; y más que elespectáculo de los desastres causados por el hierro, me impresionó ver en los dinteles delas casas o arrastrándose por el arroyo en busca de lugar seguro, a muchos atacados dela epidemia y que se morían por momentos sin tener en las carnes la más ligera herida.El horroroso frío les hacía dar diente con diente, e imploraban auxilio con ademanes dedesesperación, porque no podían hablar. A todas estas, el hambre nos había quitado por completo las fuerzas, y apenas nospodíamos tener. -¿Dónde encontraremos algo de comida? -me dijo Agustín-. ¿Quién se va a ocuparde semejante cosa? -Esto tiene que acabarse pronto de una manera o de otra -respondí-. O se rinde laciudad o perecemos todos. Al fin, hacia las piedras del Coso encontramos una cuadrilla de Administración queestaba repartiendo raciones, y ávidamente tomamos las nuestras, llevando a loscompañeros todo lo que podíamos cargar. Ellos lo recibieron con gran algarabía y cierta
  • jovialidad impropia de las circunstancias; [160] pero el soldado español es y ha sidosiempre así. Mientras comían aquellos mendrugos tan duros como el guijarro, cundiópor el batallón la opinión unánime de que Zaragoza no podía ni debía rendirse nunca. Era la medianoche, cuando empezó a disminuir el fuego. Los franceses noconquistaban un palmo de terreno fuera de las casas que ocuparon por la tarde, aunquetampoco se les pude echar de sus alojamientos. Esta epopeya se dejaba para los díassucesivos; y cuando los hombres influyentes de la ciudad: los Montoria, los Cereso, losSas, los Salamero y los San Clemente volvían de las Mónicas, teatro aquella noche degrandes prodigios, manifestaban una confianza enfática y un desprecio del enemigo, queenardecía el ánimo de cuantos les oían. -Esta noche se ha hecho poco -decía Montoria-. La gente ha estado algo floja.Verdad que no había para qué echar el resto, ni debemos salir de nuestro ten con ten,mientras los franceses nos ataquen con tan poco brío... Veo que hay algunasdesgracias... poca cosa. Las monjas han batido bastante aceite con vino, y todo escuestión de aplicar unos cuantos parches... Si hubiera tiempo, bueno sería enterrar losmuertos de ese montón; pero ya se hará más adelante. La epidemia crece... es precisodar muchas friegas... friegas y más friegas; es mi sistema. Por ahora, bien puedenpasarse sin caldo; el caldo es un brebaje repugnante. [161] Yo les daría un trago deaguardiente, y en poco tiempo podrían tomar el fusil. Con que, señores, la fiesta pareceacabarse por esta noche; descabezaremos un sueño de media hora, y mañana... mañanase me figura que los franceses nos atacarán formalmente. Luego encaró con su hijo, que en mi compañía se le acercaba, y continuó así: -¡Oh Agustinillo! Ya había preguntado por ti. Pues estaba con cuidado, porque enacciones como la de hoy suele suceder que muere alguna gente. ¿Estás herido? No, notienes nada; a ver... un simple rasguño... ¡Ah!, ¡chico!, se me figura que no te hasportado como un Montoria. Y Vd., Sr. de Araceli, ¿ha perdido alguna pierna? Tampoco;parece que los dos acaban de salir de la fábrica: no les falta ni un pelo. Malo, malo. Meparece que tenemos aquí un par de gallinas... Ea, a descansar un rato, nada más que unrato. Si se sienten Vds. atacados de la epidemia, friegas y más friegas... es el mejorsistema... Con que, señores, quedamos en que mañana se defenderán estas casas tabiquepor tabique. Lo mismo pasa en todo el contorno de la ciudad; pero en cada alcoba habráuna batalla. Vamos a la capitanía general, y veremos si Palafox ha acordado lo quepensamos. No hay otro camino: o entregarles la ciudad, o disputarles cada ladrillo comosi fuera un tesoro. Se aburrirán. Hoy han perdido seis u ocho mil hombres. Pero vamos aver al excelentísimo [162] Sr. D. José... Buenas noches, muchachos, y mañana tratad desacudir esa cobardía... -Durmamos un poquito -dije a mi amigo, cuando nos quedamos solos-. Vamos a lacasa que estamos guarneciendo, donde me parece que he visto algunos colchones. -Yo no duermo -me contestó Montoria, siguiendo por el Coso adelante. -Ya sé dónde vas. No se nos permitirá alejarnos tanto, Agustín.
  • Mucha gente, hombres y mujeres, en diversas direcciones, discurrían por aquellagran vía. De improviso una mujer corrió velozmente hacia nosotros y abrazó a Agustínsin decirle nada. Profunda emoción ahogaba la voz en su garganta. -Mariquilla, Mariquilla de mi corazón -exclamó Montoria, abrazándola con júbilo-.¿Cómo estás aquí? Iba ahora en busca tuya. Mariquilla no podía hablar, y sin el sostén de los brazos del amante, su cuerpo,desmadejado y flojo, hubiera caído al suelo. -¿Estás enferma? ¿Qué tienes? ¿Por qué lloras? ¿Es cierto que las bombas handerribado tu casa? Cierto debía de ser, pues la desgraciada joven mostraba en su desaliñado aspecto unagran desolación. Su vestido era el que le vimos la noche anterior. Tenía suelto el cabelloy en sus brazos magullados observamos algunas quemaduras. -Sí -dijo al fin con apagada voz-. Nuestra casa [163] no existe; no tenemos nada, lohemos perdido todo. Esta mañana cuando salistes(32) de allá, una bomba hundió el techo.Luego cayeron otras dos... -¿Y tu padre? -Mi padre está allá, y no quiere abandonar las ruinas de la casa. Yo he estado todo eldía buscándote para que nos dieras algún socorro. Me he metido entre el fuego, heestado en todas las calles del arrabal, he subido a algunas casas. Creí que habías muerto. Agustín se sentó en el hueco de una puerta, y abrigando a Mariquilla con su capote,la sostuvo en sus brazos como se sostiene a un niño. Repuesta de su desmayo, pudoseguir hablando, y entonces nos dijo que no habían podido salvar ningún objeto y queapenas tuvieron tiempo para huir. La infeliz temblaba de frío, y poniéndole mi capotesobre el que ya tenía, tratamos de llevarla a la casa que guarnecíamos. -No -dijo-. Quiero volver al lado de mi padre. Está loco de desesperación y dice milblasfemias injuriando a Dios y a los santos. No he podido arrancarle de aquello que fuenuestra casa. Carecemos de alimento. Los vecinos no han querido darle nada. Si Vds. noquieren llevarme allá, me iré yo sola. -No Mariquilla, no, no irás allá -dijo Montoria-; te pondremos en una de estas casas,donde al menos por esta noche estarás segura, y, entre tanto Gabriel irá en busca de tupadre, y llevándole algún [164] alimento, de grado o por fuerza le sacará de allí. Insistió la Candiola en volver a la calle de Antón Trillo, pero como apenas teníafuerzas para moverse, la llevamos en brazos a una casa de la calle de los Clavos dondeestaba Manuela Sancho.
  • - XIX - Cesado el fuego de cañón y de fusil, un gran resplandor iluminaba la ciudad. Era elincendio de la Audiencia que, comenzando cerca de la media noche, había tomadoterribles proporciones y devoraba por sus cuatro costados aquel hermoso edificio. Sinatender más que a mi objeto, seguí presuroso hasta la calle de Antón Trillo. La casa deltío Candiola había estado ardiendo todo el día, y al fin sofocada la llama entre losescombros de los techos hundidos, de entre las paredes agrietadas salía negra columnade humo. Los huecos, perdida su forma, eran unos agujeros irregulares por donde seveía el cielo, y el ladrillo desmoronado formaba una dentelladura desigual en lo que fuearquitrabe. Parte del lienzo de pared que daba frente a la huerta se había venido al suelo,obstruyendo esta en términos que había desaparecido el antepecho, y la escalerilla depiedra, llegando el cascajo hasta la [165] misma tapia de la calle. En medio de estasruinas subsistía incólume el ciprés, como el pensamiento que permanece vivo alsucumbir la materia, y alzaba su negra cima como un monumento conmemorativo. El portalón estaba destrozado por los hachazos de los que en el primer momentoacudieron a contener el fuego. Cuando penetré en la huerta vi que hacia la derecha yjunto a la reja de una ventana baja había alguna gente. Aquella parte de la casa era laque se conservaba mejor, pues el piso bajo no había sufrido casi nada, y el desplome deltecho sobre el principal no había conmovido a este, aunque era de esperar que con elgran peso se rindiera más o menos pronto. Acerqueme al grupo, creyendo encontrar a Candiola, y en efecto, allí estaba sentadojunto a la reja, con las manos en cruz, inclinada la cabeza sobre el pecho y lleno elvestido de jirones y quemaduras. Era rodeado una pequeña turba de mujeres ychiquillos, que cual abejorros zumbaban en su alrededor, prodigándole toda clase deinsultos y vejámenes. No me costó gran trabajo ahuyentar tan molesto enjambre, yaunque no se fueron todos y persistían en husmear por allí, creyendo encontrar entre lasruinas el oro del rico Candiola, este se vio al fin libre de los tirones, pedradas, y de lascrueles agudezas con que era mortificado. -Señor militar -me dijo- le agradezco a usted que ponga en fuga a esa vil canalla.Aquí se le quema [166] a uno la casa y nadie le da auxilio. Ya no hay autoridades enZaragoza. ¡Qué pueblo, señor, qué pueblo! No será porque dejemos de pagar gabelas,diezmos y contribuciones. -Las autoridades no se ocupan más que de las operaciones militares -le dije-; y sontantas las casas destruidas, que es imposible acudir a todas. -¡Maldito sea mil veces -exclamó llevándose la mano a la cabeza desnuda- quien nosha traído estos desastres! Atormentado en el infierno por mil eternidades no pagaría suculpa. Pero ¿qué demonios busca Vd. aquí, señor militar? ¿Quiere Vd. dejarme en paz? -Vengo en busca del Sr. Candiola -le respondí- para llevarle a donde se le puedasocorrer, curando sus quemaduras, y dándole un poco de alimento. -¡A mí...! Yo no salgo de mi casa -exclamó con voz lúgubre-. La junta tendrá quereedificármela. ¿Y a dónde me quiere llevar Vd.? Ya... ya... ya estoy en el caso de queme den una limosna. Mis enemigos han conseguido su objeto, que era ponerme en el
  • caso de pedir limosna; pero no la pediré, no. Antes me comeré mi propia carne y beberémi sangre, que humillarme ante los que me han traído a semejante estado. ¡Ah,miserables! Le quitan a uno su harina para ponerla después en las cuentas comoadquirida a noventa o cien reales. Como que están vendidos a los franceses, y prolonganla resistencia para redondear sus negocios; [167] luego les entregan la ciudad y sequedan tan frescos. -Deje Vd. todas esas consideraciones para otro momento -le dije- y sígame ahora,que no está el tiempo para pensar en eso. Su hija de Vd. ha encontrado dondeguarecerse, y a Vd. le daremos asilo en el mismo lugar. -Yo no me muevo de aquí. ¿En dónde está mi hija? -preguntó con pena-. ¡Ah! Esaloca no sabe permanecer al lado de su padre en desgracia. La vergüenza la hace huir demí. Maldita sea su liviandad y el momento en que la descubrí. Señor Jesús Nazareno, ytú mi patrono, Santo Dominguito del Val, decidme: ¿qué he hecho yo para merecertantas desgracias en un mismo día? ¿No soy bueno, no hago todo el bien que puedo, nofavorezco a mis semejantes prestándoles dinero con un interés módico, pongo por caso,la miseria de tres o cuatro reales por peso fuerte al mes? Y si soy un hombre bueno acarta cabal, ¿a qué llueven sobre mí tantas desventuras? Y gracias que no pierdo lo pocoque a fuerza de trabajos he reunido, porque está en paraje a donde no pueden llegar lasbombas; pero ¿y la casa, los muebles, y los recibos y lo que aún queda en el almacén?Maldito sea yo, y cómanme los demonios, si cuando esto se acabe y cobre los piquillosque por ahí tengo, no me marcho de Zaragoza para no volver más. -Nada de eso viene ahora al caso, Sr. de Candiola. Sígame Vd. [168] -No -dijo con furia-, no, no es desatino. Mi hija se ha envilecido. No sé cómo no lamaté esta mañana. Hasta aquí yo había supuesto a María un modelo de virtudes y dehonestidad; me deleitaba su compañía, y de todos los buenos negocios destinaba un realpara comprarle regalitos. ¡Mal empleado dinero! Dios mío, tú me castigas por haberdespilfarrado un gran capital en cosas superfluas, cuando a interés compuesto hubiéraseya triplicado. Yo tenía confianza en mi hija. Esta mañana levanteme al amanecer;acababa de pedir con fervor a la Virgen del Pilar que me librara del bombardeo, ytranquilamente abrí la ventana para ver cómo estaba el día. Póngase Vd. en mi caso,señor militar, y comprenderá mi asombro y pena al ver dos hombres allí... allí, en aquelcorredor, junto al ciprés... me parece que les estoy viendo. Uno de ellos abrazaba a mihija. Ambos vestían uniforme; no pude verles el rostro porque aún era escasa la claridaddel día... Precipitadamente salí de mi cuarto; pero cuando bajé a la huerta ya los dosestaban en la calle. Quedose muda mi hija al ver descubierta su liviandad, y leyendo enmi cara la indignación que tan vil conducta me producía, se arrodilló delante de mí,pidiéndome perdón. «Infame -le dije ciego de cólera-, tú no eres hija mía, tú no eres hijade este hombre honrado que jamás ha hecho mal a nadie. Muchacha loca y sin pudor, note conozco, tú no eres mi hija; vete de aquí... ¡Dos hombres, dos hombres [169] en micasa, de noche, contigo! ¿No has reparado en las canas de tu anciano padre? ¿Noconsideras que esos hombres pueden robarme? ¿No has reparado que la casa está llenade mil objetos de valor, que caben fácilmente en una faltriquera?... ¡Mereces la muerte!Y si no me engaño, aquellos dos hombres se llevaban alguna cosa. ¡Dos hombres! ¡Dosnovios! ¡Y recibirlos de noche en mi casa, deshonrando a tu padre y ofendiendo a Dios!¡Y yo, desde mi cuarto, miraba la luz del tuyo, creyendo con esto que velabas allíhaciendo alguna labor!... De modo, miserable chicuela; de modo hembra despreciable,
  • que mientras tú estabas en la huerta, en tu cuarto se estaba gastando inútilmente unavela...». ¡Oh señor militar!, no pude contener mi indignación, y luego que esto le dije,cogila por un brazo y la arrastré para echarla fuera. En mi cólera ignoraba lo que hacía.La infeliz me pedía perdón, añadiendo: «Yo le amo, padre; yo no puedo negar que leamo». Oyéndola, se redobló mi furor, y exclamé así: «¡Maldito sea el pan que te hedado en diez y nueve años! ¡Meter ladrones en mi casa! ¡Maldita sea la hora en quenaciste y malditos los lienzos en que te envolvimos en la noche del 3 de febrero del año91! Antes se hundirá el cielo ante mí, y antes me dejará de su mano la Señora Virgendel Pilar, que volver a ser para ti tu padre, y tú para mí la Mariquilla a quien tanto hequerido». Apenas dije esto, señor militar, cuando pareció que todo el firmamentoreventaba en pedazos, [170] cayendo sobre mi casa. ¡Qué espantoso estruendo y quéconmoción tan horrible! Una bomba cayó en el techo, y en el espacio de cinco minutoscayeron otras dos. Corrimos adentro; el incendio se propagaba con voracidad y elhundimiento del techo amenazaba sepultarnos allí. Quisimos salvar a toda prisa algunosobjetos; pero no nos fue posible. Mi casa, esta casa que compré el año 87, casi de balde,porque fue embargada a un deudor que me debía cinco mil reales con trece mil y unpico de intereses, se desmoronaba; se deshacía como un bollo de mazapán, y por aquícae una viga, por allí salta un vidrio, por acullá se desploma una pared. El gato mayaba;doña Guedita me arañó el rostro al salir de su cuarto; yo me aventuré a entrar en el míopara recoger un recibito que había dejado sobre la mesa, y estuve a punto de perecer. Así habló el tío Candiola. Su dolor, además de profunda afección moral, era como undesorden nervioso, y al instante se comprendía que aquel organismo estabacompletamente perturbado por el terror, el disgusto y el hambre. Su locuacidad, másque desahogo del alma, era un desbordamiento impetuoso, y aunque aparentaba hablarconmigo, en realidad dirigíase a entes invisibles, los cuales, a juzgar por los gestos deél, también le devolvían alguna palabra. Por esto, sin que yo le dijera nada, siguióhablando en tono de contestación, y respondiendo a preguntas que sus idealesinterlocutores le hacían. [171] -Ya he dicho que no me marcharé de aquí mientras no recoja lo mucho que aúnpuede salvarse. Pues qué, ¿voy a abandonar mi hacienda? Ya no hay autoridades enZaragoza. Si las hubiera, se dispondría que vinieran aquí cien o doscientos trabajadoresa revolver los escombros para sacar alguna cosa. Pero señor, ¿no hay quien tengacaridad, no hay quien tenga compasión de este infeliz anciano que nunca ha hecho mal anadie? ¿Ha de estar uno sacrificándose toda la vida por los demás para que al llegar uncaso como este no encuentre un brazo amigo que le ayude? No, no vendrá nadie, y sivienen es por ver si entre las ruinas encuentran algún dinero... ¡Ja, ja, ja! -decía estoriendo como un demente-. ¡Buen chasco se llevan! Siempre he sido hombre precavido,y ahora, desde que empezó el sitio, puse mis ahorros en lugar tan seguro, que sólo yopuedo encontrarlo. No, ladrones; no, tramposos; no, egoístas; no encontraréis un realaunque levantéis todos los escombros y hagáis menudos pedazos lo que queda de estacasa, aunque piquéis toda la madera, haciendo con ella palillos de dientes, aunquereduzcáis todo a polvo, pasándolo luego por un tamiz. -Entonces, Sr. de Candiola -le dije tomándole resueltamente por un brazo parallevarle fuera-, si las peluconas están seguras, ¿a qué viene el estar aquí de centinela?Vamos fuera.
  • -¿Cómo se entiende, señor entrometido? -exclamó [172] desasiéndose con fuerza-.Vaya Vd. noramala, y déjeme en paz. ¿Cómo quiere Vd. que abandone mi casa, cuandolas autoridades de Zaragoza no mandan un piquete de tropa a custodiarla? Pues qué,¿cree usted que mi casa no está llena de objetos de valor? ¿Ni cómo quiere que memarche de aquí sin sacarlos? ¿No ve Vd. que el piso bajo está seguro? Pues quitandoesta reja se entrará fácilmente, y todo puede sacarse. Si me aparto de aquí un solomomento, vendrán los rateros, los granujas de la vecindad y ¡ay de mi hacienda, ay delfruto de mi trabajo, ay de los utensilios que representan cuarenta años de laboriosidadincesante! Mire Vd., señor militar, en la mesa de mi cuarto hay una palmatoria de cobreque pesa lo menos tres libras. Es preciso salvarla a toda costa. Si la junta mandara aquí,como es su deber, una compañía de ingenieros... Pues también hay una vajilla que estáen el armario del comedor, y que debe permanecer intacta. Entrando con cuidado yapuntalando el techo se la puede salvar. ¡Oh!, sí; es preciso salvar esa desgraciadavajilla. No es esto sólo, señor militar, señores. En una caja de lata tengo los recibos:espero salvarlos. También hay un cofre donde guardo dos casacas antiguas, algunasmedias y tres sombreros. Todo esto está aquí abajo y no ha padecido deterioro. Lo quese pierde irremisiblemente es el ajuar de mi hija. Sus trajes, sus alfileres, sus pañuelos,sus frascos de agua de olor podrían valer un dineral, [173] si se vendieran ahora. ¡Cómose habrá destrozado todo! ¡Jesús, qué dolor! Verdad es que Dios quiso castigar elpecado de mi hija, y las bombas se fueron a los frascos de agua de olor. Pero en micuarto quedó sobre la cama mi chupa, en cuyo bolsillo hay siete reales y diez cuartos.¡Y no tener yo aquí veinte hombres con piquetas y azadas...! ¡Dios justo ymisericordioso! ¡En qué están pensando las autoridades de Zaragoza!... El candil de dosmecheros estará intacto. ¡Oh Dios! Es la mejor pieza que ha llevado aceite en el mundo.Le encontraremos por ahí, levantando con cuidado los escombros del cuarto de laesquina. Tráiganme una cuadrilla de trabajadores, y verán qué pronto despacho...¿Cómo quiere que me aparte de aquí? ¡Si me aparto, si me duermo un solo instante,vendrán los ladrones... sí... ¡vendrán y se llevarán la palmatoria! La tenacidad del avaro era tal, que resolví marcharme sin él, dejándole entregado asu delirante inquietud. Llegó doña Guedita a toda prisa, trayendo una piqueta y unaazada, juntamente con un canastillo en que vi algunas provisiones. -Señor -dijo sentándose fatigada y sin aliento-, aquí está la piqueta y el azadón queme ha dado mi sobrino. Ya no hace falta, porque no se trabajará más en fortificaciones...Aquí están estas pasas medio podridas y algunos mendrugos de pan. La dueña comía con avidez. No así Candiola, que despreciando la comida, cogió lapiqueta y resueltamente, [174] como si en su cuerpo hubiera infundido súbita robustez yenergía, empezó a desquiciar la reja. Trabajando con ardiente actividad, decía: -Si las autoridades de Zaragoza no quieren favorecerme, doña Guedita, entre Vd. yyo lo haremos todo. Coja Vd. la azada y prepárese a levantar el cascajo. Mucho cuidadocon las vigas, que todavía humean. Mucho cuidado con los clavos. Luego volviéndose a mí, que fijaba la atención en las señas de inteligencia, hechaspor el ama de llaves, me dijo:
  • -¡Eh! Vaya Vd. noramala. ¿Qué tiene Vd. que hacer en mi casa? ¡Fuera de aquí! Yasabemos que viene a ver si puede pescar alguna cosa. Aquí no hay nada. Todo se haquemado. No había, pues, esperanza de llevarle a las Tenerías para tranquilizar a la pobreMariquilla, por cuya razón, no pudiendo detenerme más, me retiré. Amo y criadaproseguían con gran ardor su trabajo. - XX - Dormí desde las tres al amanecer, y por la mañana oímos misa en el Coso. En el granbalcón de la casa llamada de las Monas, hacia la entrada de la calle de las Escuelas Píasponían todos los domingos [175] un altar y allí se celebraba el oficio divino pudiéndosever el sacerdote, por la situación de aquel edificio, desde cualquier punto del Coso.Semejante espectáculo era muy conmovedor, sobre todo en el momento de alzar, ycuando puestos todos de rodillas, se oía un sordo murmullo de extremo a extremo. Poco después de terminada la misa, advertí que venía como del mercado un grangrupo de gente alborotada y gritona. Entre la multitud algunos frailes pugnaban porapaciguarla; pero ella, sorda a las voces de la razón, más rugía a cada paso, y en sumarcha arrastraba una víctima sin que fuerza alguna pudiera arrancársela de las manos.Detúvose el pueblo irritado junto a la subida del Trenque donde estaba la horca, y alpoco rato uno de los dogales de esta suspendió el cuerpo convulso de un hombre, que sesacudió en el aire hasta quedar exánime. Sobre el madero apareció bien pronto un cartelque decía: Por asesino del género humano, a causa de haber ocultado veinte milcamas. Era aquel infeliz un D. Fernando Estallo, guarda almacén de la Casa-utensilios.Cuando los enfermos y los heridos expiraban en el arroyo y sobre las frías baldosas delas iglesias, encontrose un gran depósito de camas, cuya ocultación no pudo justificar elcitado Estallo. Desencadenose impetuosamente sobre él la ira popular y no fue posiblecontenerla. Oí decir que aquel hombre era inocente. Muchos [176] lamentaron sumuerte; pero al comenzar el fuego en las trincheras, nadie se acordó más de él. Palafox publicó aquel día una proclama, en que trataba de exaltar los ánimos, yofrecía el grado de capitán al que se presentara con cien hombres, amenazando conpena de horca y confiscación de bienes al que no acudiese prontamente a los puntos olos desamparase. Todo esto era señal del gran apuro de las autoridades. Aquel día fue memorable por el ataque a Santa Mónica, que defendían losvoluntarios de Huesca. Durante el anterior y gran parte de la noche, los franceses habíanestado bombardeando el edificio. Las baterías de la huerta estaban inservibles, y fuepreciso retirar los cañones, operación que nuestros valientes llevaron a cabo, sufriendo adescubierto el fuego enemigo. Este abrió al fin brecha, y penetrando en la huerta, quisoapoderarse también del edificio, olvidando que había sido rechazado dos veces en losdías anteriores. Pero Lannes contrariado por la extraordinaria y nunca vista tenacidad de
  • los nuestros, había mandado reducir a polvo el convento, lo cual, teniendo morteros yobuses, era más fácil que conquistarlo. Efectivamente, después de seis horas de fuegode artillería, una gran parte del muro de Levante cayó al suelo, y allí era de ver elregocijo de los franceses, que sin pérdida de tiempo se abalanzaron a asaltar la posición,auxiliados por los fuegos oblicuos del molino de la ciudad. Viéndoles [177] venir,Villacampa, jefe de los de Huesca, y Palafox, que había acudido al punto del peligro,trataron de cerrar la brecha con sacos de lana y unos cajones vacíos que habían venidocon fusiles. Llegando los franceses, asaltaron con furia loca, y después de un brevechoque cuerpo a cuerpo, fueron rechazados. Durante la noche, siguieron cañoneando elconvento. Al siguiente día resolvieron dar otro asalto, seguros de que no habría mortal quedefendiese aquel esqueleto de piedra y ladrillo que por momentos se venía al suelo.Embistiéronlo por la puerta del locutorio; pero durante la mañana no pudieronconquistar ni un palmo de terreno en el claustro. Desplomose al caer de la tarde el techo por la parte oriental del convento. El pisotercero, que estaba muy quebrantado no pudo resistir el peso y cayó sobre el segundo.Este, que era aún más endeble, dejose ir sobre el principal, y el principal, incapaz por sísolo de resistir encima todo el edificio, hundiose sobre el claustro, sepultandocentenares de hombres. Parecía natural que los demás se acobardaran con estacatástrofe; pero no fue así. Los franceses dominaron una parte del claustro; pero nadamás, y para apoderarse de la otra necesitaban franquearse camino por entre losescombros. Mientras lo hicieron, los de Huesca, que aún existían, fijaban su alojamientoen la escalera, y agujereaban el piso del claustro alto, para arrojar granadas de manocontra los sitiadores. [178] Entretanto nuevas tropas francesas logran penetrar por la iglesia, pasan al techo delconvento, extiéndense por el interior del maderamen abohardillado, bajan al claustroalto, y atacan a los voluntarios indomables. Con la algazara de este encuentro, anímanselos de abajo, redoblan sus esfuerzos, y sacrificando multitud de hombres, consiguenllegar a la escalera. Los voluntarios se encuentran entre dos fuegos, y si bien aún puedenretirarse por uno de los dos agujeros practicados en el claustro alto, casi todos juranmorir antes que rendirse. Corren buscando un lugar estratégico que les permitadefenderse con alguna ventaja, y son cazados a lo largo de las crujías. Cuando sonó elúltimo tiro fue señal de que había caído el último hombre. Algunos pudieron salir porun portillo que habían abierto en los más escondidos aposentos del edificio junto a laciudad; por allí salió también D. Pedro Villacampa, comandante del batallón devoluntarios de Huesca, y al hallarse en la calle, miraba maquinalmente en torno suyo,buscando a sus muchachos. Durante esta jornada, nosotros nos hallábamos en las casas inmediatas de la calle dePalomar, haciendo fuego sobre los franceses que se destacaban para asaltar el convento.Antes de concluida la acción, comprendimos que en las Mónicas ya no había defensaposible, y el mismo D. José de Montoria que estaba con nosotros lo confesó. -Los voluntarios de Huesca no se han portado [179] mal -dijo-. Se conoce que sonbuenos chicos. Ahora les emplearemos en defender estas casas de la derecha... pero seme figura que no ha quedado ninguno. Allí sale solo Villacampa. ¿Pues y Mendieta, yPaúl, y Benedicto, y Oliva? Vamos: veo que todos han quedado en el sitio.
  • De este modo, el convento de las Mónicas pasó a poder de Francia. - XXI - Al llegar a este punto de mi narración ruego al lector que me dispense, si no puedoconsignar concretamente las fechas de lo que refiero. En aquel período de horrorescomprendido desde el 27 de Enero hasta la mitad del siguiente mes los sucesos seconfunden, se amalgaman y se eslabonan en mi mente de tal modo, que no puedodistinguir días ni noches, y a veces ignoro si algunos lances de los que recuerdoocurrieron a la luz del sol. Me parece que todo aquello pasó en un largo día, o en unanoche sin fin, y que el tiempo no marchaba entonces con sus divisiones ordinarias. Losacontecimientos, los hombres, las diversas sensaciones se reúnen en mi memoriaformando un cuadro inmenso donde no hay más líneas divisorias que las [180] queofrecen los mismos grupos, el mayor espanto de un momento, la furia inexplicable o elpánico de otro momento. Por esta razón no puedo precisar el día en que ocurrió lo que voy a narrar ahora; perofue, si no me engaño, al día siguiente de la jornada de las Mónicas, y según misconjeturas del 30 de Enero al 2 de Febrero. Ocupábamos una casa de la calle dePabostre. Los franceses eran dueños de la inmediata, y trataban de avanzar por elinterior de la manzana hasta llegar a Puerta Quemada. Nada es comparable a laexpedición laboriosa por dentro de las casas; ninguna clase de guerra, ni las mássangrientas batallas en campo abierto, ni el sitio de una plaza, ni la lucha en lasbarricadas de una calle, pueden compararse a aquellos choques sucesivos entre elejército de una alcoba y el ejército de una sala, entre las tropas que ocupan un piso y lasque guarnecen el superior. Sintiendo el sordo golpe de las piquetas por diversos puntos, nos causaba espanto elno saber por qué parte seríamos atacados. Subíamos a las bohardillas, bajábamos a lossótanos, y pegando el oído a los tabiques, procurábamos indagar el intento del enemigosegún la dirección de sus golpes. Por último, advertimos que se sacudía con violencia eltabique de la misma pieza donde nos encontrábamos, y esperamos a pie firme en lapuerta, después de amontonar los muebles formando una [181] barricada. Los francesesabrieron un agujero, y luego, a culatazos, hicieron saltar maderos y cascajo,presentándosenos en actitud de querer echarnos de allí. Éramos veinte. Ellos eranmenos, y como no esperaban ser recibidos de tal manera, retrocedieron volviendo alpoco rato en número tan considerable, que nos hicieron gran daño, obligándonos aretirarnos, después de dejar tras los muebles cinco compañeros, dos de los cualesestaban muertos. En el angosto pasillo topamos con una escalera por donde subimosprecipitadamente sin saber a dónde íbamos; pero luego nos hallamos en un desván,posición admirable para la defensa. Era estrecha la escalera, y el francés que intentabapasarla, moría sin remedio. Así estuvimos un buen rato, prolongando la resistencia yanimándonos unos a otros con vivas y aclamaciones, cuando el tabique que teníamos ala espalda empezó a estremecerse con fuertes golpes, y al punto comprendimos que losfranceses, abriendo una entrada por aquel sitio, nos cogerían irremisiblemente entre dosfuegos. Éramos trece, porque en el desván habían caído dos gravemente heridos.
  • El tío Garcés que nos mandaba, exclamó furioso: -¡Recuerno! No nos cogerán esos perros. En el techo hay un tragaluz. Salgamos porél al tejado. Que seis sigan haciendo fuego... al que quiera subir, partirlo. Que los demásagranden el agujero: fuera miedo y ¡viva la Virgen del Pilar! [182] Se hizo como él mandaba. Aquello iba a ser una retirada en regla, y mientras parte denuestro ejército contenía la marcha invasora del enemigo, los demás se ocupaban enfacilitar el paso. Este hábil plan fue puesto en ejecución con febril rapidez, y bien prontoel hueco de escape tenía suficiente anchura para que pasaran tres hombres a la vez, sinque durante el tiempo empleado en esto ganaran los franceses un solo peldaño.Velozmente salimos al tejado. Éramos nueve. Tres habían quedado en el desván y otrofue herido al querer salir, cayendo vivo en poder del enemigo. Al encontrarnos arriba saltamos de alegría. Paseamos la vista por los techos delarrabal, y vimos a lo lejos las baterías francesas. A gatas avanzamos un buen trecho,explorando el terreno, después de dejar dos centinelas en el boquete con orden dedescerrajar un tiro al que quisiese escurrirse por él; y no habíamos andado veinte pasos,cuando oímos gran ruido de voces y risas, que al punto nos parecieron de franceses.Efectivamente: desde un ancho bohardillón nos miraban riendo aquellos malditos. Notardaron en hacernos fuego; pero parapetados nosotros tras las chimeneas y tras losángulos y recortaduras que allí ofrecían los tejados, les contestamos a los tiros con tirosy a los juramentos y exclamaciones con otras mil invectivas que nos inspiraba elfecundo ingenio del tío Garcés. Al fin nos retiramos saltando al tejado de la casa [183] cercana. Creímosla en poderde los nuestros y nos internamos por la ventana de un chiribitil, considerando fácil elbajar desde allí a la calle, donde unidos y reforzados con más gente podíamos proseguiraquella aventura al través de pasillos, escaleras, tejados y desvanes. Pero aún nohabíamos puesto el pie en firme, cuando sentimos en los aposentos que quedaban bajonosotros el ruido de repetidas detonaciones. -Abajo se están batiendo -dijo Garcés-, y de seguro los franceses que dejamos en lacasa de al lado se han pasado a esta, donde se habrán encontrado con los compañeros.¡Cuerno, recuerno! Bajemos ahora mismo. ¡Abajo todo el mundo! Pasando de un desván a otro, vimos una escalera de mano que facilitaba la entrada aun gran aposento interior, desde cuya puerta se oía vivo rumor de voces, destacándoseprincipalmente algunas de mujer. El estruendo de la lucha era mucho más lejano y porconsiguiente, procedía de punto más bajo; franqueando, pues, la escalerilla, noshallamos en una gran habitación, materialmente llena de gente, la mayor parte ancianos,mujeres y niños, que habían buscado refugio en aquel lugar. Muchos, arrojados sobrejergones, mostraban en su rostro las huellas de la terrible epidemia, y algún cuerpoinerte sobre el suelo tenía todas las trazas de haber exhalado el último suspiro pocosmomentos antes. Otros estaban heridos, y se lamentaban sin poder [184] contener lacrueldad de sus dolores; dos o tres viejas lloraban o rezaban. Algunas voces se oían derato en rato, diciendo con angustia, «agua, agua». Desde que bajamos distinguí en unextremo de la sala al tío Candiola, que ponía cuidadosamente en un rincón multitud debaratijas, ropas y objetos de cocina y de loza. Con gesto displicente apartaba a loschicos curiosos que querían poner sus manos en aquella despreciable quincalla, y lleno
  • de inquietud, diligente en amontonar y resguardar su tesoro, sin que la última pieza se leescapase, decía: -Ya me han quitado dos tazas. Y no me queda duda: alguien de los que están aquí lasha de tener. No hay seguridad en ninguna parte; no hay autoridades que le garanticen auno la posesión de su hacienda. Fuera de aquí, muchachos mal criados. ¡Oh! Estamosbien... ¡Malditas sean las bombas y quien las inventó! Señores militares, a buena horallegan ustedes. ¿No podrían ponerme aquí un par de centinelas para que guardaran estosobjetos preciosos que con gran trabajo logré salvar? Como es de suponer, mis compañeros se rieron de tan graciosa pretensión. Yaíbamos a salir, cuando vi a Mariquilla. La infeliz estaba trasfigurada por el insomnio, elllanto y el terror; pero tanta desolación en torno suyo y en ella misma, aumentaba ladulce expresión de su hermoso semblante. Ella me vio, y al punto fue hacia mí conviveza, mostrando deseo de hablarme. [185] -¿Y Agustín? -le pregunté. -Está abajo -repuso con voz temblorosa-. Abajo están dando una batalla. Laspersonas que nos habíamos refugiado en esta casa, estábamos repartidas por losdistintos aposentos. Mi padre llegó esta mañana con doña Guedita. Agustín nos trajo decomer y nos puso en un cuarto donde había un colchón. De repente sentimos golpes enlos tabiques... venían los franceses. Entró la tropa, nos hicieron salir, trajeron los heridosy los enfermos a esta sala alta... aquí nos han encerrado a todos, y luego, rotas lasparedes, los franceses se han encontrado con los españoles y han empezado a pelear...¡Ay! Agustín está abajo también... Esto decía, cuando entró Manuela Sancho trayendo dos cántaros de agua para losheridos. Aquellos desgraciados se arrojaron frenéticamente de sus lechos, disputándosea golpes un vaso de agua. -No empujar, no atropellarse, señores -dijo Manuela riendo-. Hay agua para todos.Vamos ganando. Trabajillo ha costado echarles de la alcoba, y ahora están disputándosela mitad de la sala, porque la otra mitad está ya ganada. No nos quitarán tampoco lacocina ni la escalera. Todo el suelo está lleno de muertos. Mariquilla se estremeció de horror. -Tengo sed -me dijo. Al punto pedí agua a la Sancho; pero como el único vaso que trajera estaba ocupadoen aplacar la [186] sed de los demás, y andaba de boca en boca, por no esperar, toméuna de las tazas que en su montón tenía el tío Candiola. -Eh, señor entrometido -dijo sujetándome la mano-, deje Vd. ahí esa taza. -Es para que beba esta señorita -contesté indignado-. ¿Tanto valen estas baratijas, Sr.Candiola?
  • El avaro no me contestó, ni se opuso a que diera de beber a su hija; mas luego queesta calmó su sed, un herido tomó ávidamente de sus manos la taza, y he aquí que estaempezó a correr también, pasando de boca en boca. Cuando yo salí para unirme a miscompañeros, D. Jerónimo seguía con la vista, de muy mal talante, el extraviado objetoque tanto tardaba en volver a sus manos. Tenía razón Manuela Sancho al decir que íbamos ganando. Los franceses,desalojados del piso principal de la casa, habíanse retirado al de la contigua, dondecontinuaban defendiéndose. Cuando yo bajé, todo el interés de la batalla estaba en lacocina, disputada con mucho encarnizamiento; pero lo demás de la casa nos pertenecía.Muchos cadáveres de una y otra nación cubrían el ensangrentado suelo; algunospatriotas y soldados, rabiosos por no poder conquistar aquella cocina funesta, desdedonde se les hacía tanto fuego, lanzáronse dentro de ella a la bayoneta, y aunqueperecieron bastantes, este acto de arrojo decidió la cuestión, porque tras ellos fueronotros, y por fin todos los que cabían. Aterrados [187] los imperiales con tan rudaembestida, buscaron salida precipitadamente por el laberinto que de pieza en piezahabían abierto. Persiguiéndolos por pasillos y aposentos, cuya serie inextricablevolvería loco al mejor topógrafo, les rematábamos donde podíamos alcanzarles, yalgunos de ellos se arrojaban desesperadamente a los patios. De este modo, después dereconquistada aquella casa, reconquistamos la vecina, obligándolos a contenerse en susantiguas posiciones, que eran por aquella parte las dos casas primeras de la calle dePabostre. Después retiramos los muertos y heridos, y tuve el sentimiento de encontrar entreestos a Agustín de Montoria, aunque no era de gravedad el balazo recibido en el brazoderecho. Mi batallón quedó aquel día reducido a la mitad. - XXII -(33) Los infelices que se refugiaban en la habitación alta de la casa, quisieron acomodarsede nuevo en los distintos aposentos; pero esto no se juzgó conveniente, y fueronobligados a abandonarla, buscando asilo en lugares más lejanos del peligro. Cada día, cada hora, cada instante las dificultades crecientes de nuestra situaciónmilitar, se agravaban [188] con el obstáculo que ofrecía número tan considerable devíctimas, hechas por el fuego y la epidemia. ¡Dichosos mil veces los que eransepultados en las ruinas de las casas minadas, como aconteció a los valientes defensoresde la calle de Pomar, junto a Santa Engracia! Lo verdaderamente lamentable estaba allídonde se hacinaban unos sobre otros sin poder recibir auxilio, multitud de hombresdestrozados por horribles heridas. Había recursos médicos para la centésima parte de lospacientes. La caridad de las mujeres, la diligencia de los patriotas, la multiplicación dela actividad en los hospitales, nada bastaba.
  • Llegó un día en que cierta impasibilidad, más bien espantosa y cruel indiferencia seapoderó de los defensores, y nos acostumbramos a ver un montón de muertos, cual sifuera un montón de sacas de lana; nos acostumbramos a ver sin lástima largas filas deheridos, arrimados a las casas, curándose cada cual como mejor podía. A fuerza depadecimientos, parece que las necesidades de la carne habían desaparecido, y que noteníamos más vida que la del espíritu. La familiaridad con el peligro había transfiguradonuestra naturaleza, infundiéndole al parecer un elemento nuevo, el desprecio absolutode la materia y total indiferencia de la vida. Cada uno esperaba morir dentro de un rato,sin que esta idea le conturbara. Recuerdo que oí contar el ataque dado al convento [189] de Trinitarios paraarrebatarlo a los franceses; y las hazañas fabulosas, la inconcebible temeridad de estaempresa, me parecieron un hecho natural y ordinario. No sé si he dicho que inmediato al convento de las Mónicas estaba el de Agustinosobservantes, edificio de bastante capacidad, con una iglesia no pequeña y muy irregular,vastas crujías y un claustro espacioso. Era, pues, indudable que los franceses, dueños yade las Mónicas, habrían de poner gran empeño en poseer también aquel otro monasterio,para establecerse sólida y definitivamente en el barrio. -Ya que no tuvimos la suerte de hallarnos en las Mónicas -me dijo Pirli-, hoy nosdaremos el gustazo de defender hasta morir las cuatro paredes de San Agustín. Como nobasta Extremadura para defenderlo, nos mandan también a nosotros. ¿Y qué hay degrados, amigo Araceli? ¿Con que es cierto que este par de caballeros que están aquí esun par de sargentos? -No sabía nada, amigo Pirli -le respondí, y verdad era que ignoraba aquel mi ascensoa las alturas jerárquicas del sargentazgo. -Pues sí, anoche lo acordó el general. El señor de Araceli es sargento primero y el Sr.de Pirli sargento segundo. Harto bien lo hemos ganado, y gracias que nos ha quedadocuerpo en que poner las charreteras. También me han dicho que a Agustín Montoria[190] le han nombrado teniente por lo bien que se portó en el ataque dentro de las casas.Ayer tarde al anochecer, el batallón de las Peñas de San Pedro no tenía más que cuatrosargentos, un alférez, un capitán y doscientos hombres. -A ver, amigo Pirli, si hoy nos ganamos un par de ascensos. -Todo es ganar el ascenso del pellejo -repuso-. Los pocos soldados que viven delbatallón de Huesca, creo que van para generales. Ya tocan llamada. ¿Tienes qué comer? -No mucho. -Manuela Sancho me ha dado cuatro sardinas: las partiré contigo. Si quieres un parde docenas de garbanzos tostados... ¿Te acuerdas tú del gusto que tiene el vino? Dígoloporque hace días no nos dan una gota... Por ahí corre el rum rum de que esta tarde nosrepartirán un poco cuando acabe la guerra en San Agustín. Ahí tienes tú: sería muytriste cosa que le mataran a uno antes de saber qué color tiene eso que van a repartir estatarde. Si siguieran mi consejo, lo darían antes de empezar, y así el que muriera, eso sellevaba... Pero la junta de abastos habrá dicho: «hay poco vino; si lo repartimos ahora,
  • apenas tocarán tres gotas a cada uno. Esperemos a la tarde, y como de los que defiendena San Agustín será milagro que quede la cuarta parte, les tocará a trago por barba». Y con este criterio siguió discurriendo sobre la [191] escasez de vituallas. Notuvimos tiempo de entretenernos en esto, porque apenas nos dábamos la mano con losde Extremadura, que guarnecían el edificio, cuando ved aquí que una fuerte detonaciónnos puso en cuidado, y entonces un fraile apareció diciendo a gritos: -Hijos míos: han volado la pared medianera del lado de las Mónicas, y ya lestenemos en casa. Corred a la iglesia; ellos deben de haber ocupado la sacristía, pero noimporta. Si vais a tiempo, seréis dueños de la nave principal, de las capillas, del coro.¡Viva la Santa Virgen del Pilar y el batallón de Extremadura! Marchamos a la iglesia con serenidad. Los buenos padres nos animaban con susexhortaciones, y alguno de ellos, confundiéndose con nosotros en lo más apretado de lasfilas nos decía: -Hijos míos, no desmayéis. Previendo que llegaría este caso, hemos conservado unmediano número de víveres en nuestra despensa. También tenemos vino. Sacudid elpolvo a esa canalla. Ánimo, jóvenes queridos. No temáis el plomo enemigo. Más dañohacéis vosotros con una de vuestras miradas, que ellos con una descarga de metralla.Adelante, hijos míos. La Santa Virgen del Pilar es entre vosotros. Cerrad los ojos alpeligro, mirad con serenidad al enemigo y entre las nubes veréis la santa figura de lamadre de Dios. ¡Viva España y Fernando VII! Llegamos a la iglesia; pero los franceses que habían [192] entrado por la sacristía, senos adelantaron, y ya ocupaban el altar mayor. Yo no había visto jamás una molechurrigueresca, cuajada de esculturas y follajes de oro, sirviendo de parapeto a lainfantería; yo no había visto que vomitasen fuego los mil nichos, albergue de mil santosde ebanistería; yo no había visto nunca que los rayos de madera dorada, que fulminan sullama inmóvil desde los huecos de una nube de cartón poblada de angelitos, seconfundieran con los fogonazos, ni que tras los pies del Santo Cristo, y tras el nimbo deoro de la Virgen María, el ojo vengativo del soldado atisbara el blanco de su mortíferapuntería. Baste deciros que el altar mayor de San Agustín era una gran fábrica de entalledorado, cual otras que habréis visto en cualquier templo de España. Este armatoste seextendía desde el piso a la bóveda, y de machón a machón, representando en sucesivashileras de nichos como una serie de jerarquías celestiales. Arriba el Cristoensangrentado abría sus brazos sobre la cruz, abajo y encima del altar, un templeteencerraba el símbolo de la Eucaristía. Aunque la mole se apoyaba en el muro del fondo,había pequeños pasadizos interiores, destinados al servicio casero de aquella repúblicade santos, y por ellos el lego sacristán podía subir desde la sacristía a mudar el traje dela Virgen, a encender las velas del altísimo Crucifijo, o a limpiar el polvo que los siglosdepositaban sobre el antiguo tisú de [193] los vestidos y la madera bermellonada de losrostros. Pues bien, los franceses se posesionaron rápidamente del camarín de la Virgen, delos estrechos tránsitos que he mencionado; y cuando nosotros llegamos, en cada nicho,detrás de cada santo, y en innumerables agujeros abiertos a toda prisa, brillaba el cañón
  • de los fusiles. Igualmente establecidos detrás del ara santa, que a empujones adelantaronun poco, se preparaban a defender en toda regla la cabecera de la iglesia. Nosotros no estábamos enteramente a descubierto, y para resguardarnos del granretablo, teníamos los confesonarios, los altares de las capillas y las tribunas. Los másexpuestos éramos los que entramos por la nave principal; y mientras los más osadosavanzaron resueltamente hacia el fondo, otros tomamos posiciones en el coro bajo, ytras el facistol, tras las sillas y bancos amontonados contra la reja, molestando desde allícon certera puntería a la nación francesa, posesionada del altar mayor. El tío Garcés, con otros nueve de igual empuje, corrió a posesionarse del púlpito,otra pesada fábrica churrigueresca, cuyo guarda-polvo, coronado por una estatua de lafe, casi llegaba al techo. Subieron, ocupando la cátedra y la escalera, y desde allí consingular acierto dejaban seco a todo francés que abandonando el presbiterio seadelantaba a lo bajo de la iglesia. También sufrían ellos bastante, porque les abrasabanlos del altar mayor, deseosos [194] de quitar de enmedio aquel obstáculo. Al fin sedestacaron unos veinte hombres, resueltos a tomar a todo trance aquel reducto demadera, sin cuya posesión era locura intentar el paso de la nave. No he visto nada másparecido a una gran batalla, y así como en ésta la atención de uno y otro ejército sereconcentra a veces en un punto, el más disputado y apetecido de todos, y cuya pérdidao conquista decide el éxito de la lucha, así la atención de todos se dirigió al púlpito, tanbien defendido como bien atacado. Los veinte tuvieron que resistir el vivísimo fuego que se les hacía desde el coro, y laexplosión de las granadas de mano que los de las tribunas les arrojaban; pero, a pesar desus grandes pérdidas, avanzaron resueltamente a la bayoneta sobre la escalera. No seacobardaron los diez defensores del fuerte, y defendiéronse a arma blanca con aquellasuperioridad infalible que siempre tuvieron en este género de lucha. Muchos de losnuestros, que antes hacían fuego parapetados tras los altares y los confesionarios,corrieron a atacar a los franceses por la espalda, representando de este modo enminiatura la peripecia de una vasta acción campal; y trabose la contienda cuerpo acuerpo a bayonetazos, a tiros y a golpes, según como cada cual cogía a su contrario. De la sacristía salieron mayores fuerzas enemigas, y nuestra retaguardia, que sehabía mantenido en el coro, salió también. Algunos que se hallaban [195] en lastribunas de la derecha, saltaron fácilmente al cornisamento de un gran retablo lateral, yno satisfechos con hacer fuego desde allí, desplomaron sobre los franceses tres estatuasde santos que coronaban los ángulos del ático. En tanto el púlpito se sostenía confirmeza, y en medio de aquel infierno, vi al tío Garcés ponerse en pie, desafiando elfuego, y accionar como un predicador, gritando desaforadamente con voz ronca. Sialguna vez viera al demonio predicando el pecado en la cátedra de una iglesia, invadidapor todas las potencias infernales en espantosa bacanal, no me llamaría la atención. Aquello no podía prolongarse mucho tiempo, y Garcés, atravesado por cien balazos,cayó de improviso lanzando un ronco aullido. Los franceses, que en gran númerollenaban la sacristía, vinieron en columna cerrada, y en los tres escalones que separan elpresbiterio del resto de la iglesia, nos presentaron un muro infranqueable. La descargade esta columna decidió la cuestión del púlpito, y quintados en un instante, dejandosobre las baldosas gran número de muertos, nos retiramos a las capillas. Perecieron losprimitivos defensores del púlpito, así como los que luego acudieron a reforzarlos, y al
  • tío Garcés, acribillado a bayonetazos después de muerto, le arrojaron en su furor losvencedores por encima del antepecho. Así concluyó aquel gran patriota que no nombrala historia. [196] El capitán de nuestra compañía quedó también inerte sobre el pavimento.Retirándonos desordenadamente a distintos puntos, separados unos de otros, nosabíamos a quién obedecer; bien es verdad que allí la iniciativa de cada uno o de cadagrupo de dos o tres era la única organización posible, y nadie pensaba en compañías nien jerarquías militares. Había la subordinación de todos al pensamiento común, y uninstinto maravilloso para conocer la estrategia rudimentaria que las necesidades de lalucha a cada instante nos iba ofreciendo. Este instintivo golpe de vista nos hizocomprender que estábamos perdidos, desde que nos metimos en las capillas de laderecha, y era temeridad persistir en la defensa de la iglesia ante las enormes fuerzasfrancesas que la ocupaban. Algunos opinaron que con los bancos, las imágenes y la madera de un retablo viejo,que fácilmente podía ser hecho pedazos, debíamos levantar una barricada en el arco dela capilla y defendernos hasta lo último; pero dos padres agustinos se opusieron a esteesfuerzo inútil, y uno de ellos nos dijo: -Hijos míos, no os empeñéis en prolongar la resistencia, que os llevaría a perdervuestras vidas sin ventaja alguna. Los franceses están atacando en este instante eledificio por la calle de las Arcadas. Corred allí a ver si lográis atajar sus pasos; pero nopenséis en defender la iglesia, profanada por esos cafres. Estas exhortaciones nos obligaron a salir al [197] claustro, y todavía quedaban en elcoro algunos soldados de Extremadura tiroteándose con los franceses que ya invadíantoda la nave. Los frailes sólo cumplieron a medias su oferta en lo de darnos algún gaudeamus,como recompensa por haberles defendido hasta el último extremo su iglesia, y fueronrepartidos algunos trozos de tasajo y pan duro; sin que viéramos ni oliéramos el vino enninguna parte, por más que alargamos la vista y las narices. Para explicar esto dijeronque los franceses, ocupando todo lo alto, se habían posesionado del principal depósitode provisiones, y lamentándose del suceso procuraron consolarnos con alabanzas denuestro buen comportamiento. La falta del vino prometido hízome acordar del gran Pirli, y entonces caí en la cuentade que le había visto al principio del lance en una de las tribunas. Pregunté por él; peronadie me sabía dar razón de su paradero. Los franceses ocupaban la iglesia y también parte de los altos del convento. A pesarde nuestra desfavorable posición en el claustro bajo, estábamos resueltos a seguirresistiendo, y traíamos a la memoria la heroica conducta de los voluntarios de Huesca,que defendieron las Mónicas hasta quedar sepultados bajo sus escombros. Estábamosdelirantes y ebrios: nos creíamos ultrajados si no vencíamos, y nos impulsaba a lasluchas desesperadas una fuerza secreta, irresistible, que no me puedo explicar [198] sinopor la fuerte tensión erectiva del espíritu y una aspiración poderosa hacia lo ideal.
  • Nos contuvo una orden venida de fuera, y que dictó sin duda, en su buen sentidopráctico el general Saint-March. -El convento no se puede sostener -dijeron-. Antes que sacrificar gente sin provechoalguno para la ciudad, salgan todos a defender los puntos atacados en la calle dePabostre y Puerta Quemada, por donde el enemigo quiere extenderse, conquistando lascasas de que se le ha rechazado varias veces. Salimos, pues, de San Agustín. Cuando pasábamos por la calle del mismo nombre,paralela a la de Palomar, vimos que desde la torre de la iglesia, arrojaban granadas demano sobre los franceses establecidos en la plazoleta inmediata a la última de aquellasdos vías. ¿Quién lanzaba aquellos proyectiles desde la torre? Para decirlo másbrevemente y con más elocuencia, abramos la historia y leamos: «En la torre se habíansituado y pertrechado siete u ocho paisanos con víveres y municiones para hostigar alenemigo, y subsistieron verificándolo por unos días sin querer rendirse». Allí estaba el insigne Pirli. ¡Oh Pirli! Más feliz que el tío Garcés, tú ocupas un lugaren la historia. [199] - XXIII - Incorporados al batallón de Extremadura, se nos llevó por la calle de Palomar hastala plaza de la Magdalena, desde donde oímos fuerte estrépito de combate hacia elextremo de la calle de Puerta Quemada. Como nos habían dicho, el enemigo procurabaextenderse por la calle de Pabostre para apoderarse de Puerta Quemada, puntoimportantísimo que le permitía enfilar con su artillería la calle del mismo nombre hastala plaza de la Magdalena; y como la posesión de San Agustín y las Mónicas, lespermitía amenazar aquel punto céntrico por el fácil tránsito de la calle de Palomar, ya seconceptuaban dueños del arrabal. En efecto, si los de San Agustín lograban avanzarhasta las ruinas del Seminario, y los de la calle de Pabostre hasta Puerta Quemada, eraimposible disputar a los franceses el barrio de Tenerías. Después de una breve espera, nos llevaron a la calle de Pabostre, y como la lucha eracombinada entre el interior de los edificios y(34) la vía pública, entramos por la calle delos Viejos a la primera manzana. Desde las ventanas de la casa en que nos situaron no seveía más que humo, y apenas podíamos hacernos cargo de lo que allí estaba pasando;mas luego advertí [200] que la calle estaba llena de zanjas y cortaduras de trecho entrecho, con parapetos de tierra, muebles y escombros. Desde las ventanas se hacía unfuego horroroso. Recordando una frase del mendigo cojo Sursum Corda, puedo decirque nuestra alma era toda balas. En el interior de las casas corría la sangre a torrentes.El empuje de la Francia era terrible; y para que la resistencia no fuese menor, lascampanas convocaban sin cesar al pueblo, los generales dictaban órdenes crueles paracastigar a los rezagados; los frailes reunían gente de los otros barrios, trayéndola comoen traílla, y algunas mujeres heroicas daban el ejemplo, arrojándose en medio delpeligro, fusil en mano.
  • Día horrendo, cuyo rumor pavoroso retumba sin cesar en los oídos del que lopresenció, cuyo recuerdo le persigue, pesadilla indeleble de toda la vida. Quien no viosus excesos, quien no oyó su vocerío y estruendo, ignora con que aparato externo sepresenta a los sentidos humanos el ideal del horror. Y no me digáis que habéis visto elcráter de un volcán en lo más recio de sus erupciones, o una furiosa tempestad en mediodel Océano, cuando la embarcación, lanzada al cielo por una cordillera de agua, caedespués al abismo vertiginoso; no me digáis que habéis visto eso, pues nada de eso separece a los volcanes y a las tempestades que hacen estallar los hombres, cuando suspasiones les llevan a eclipsar los desórdenes de la naturaleza. [201] Era difícil contenernos, y no pudiendo hacer gran hostilidad desde allí, bajamos a lacalle unos tras otros, sin hacer caso de los jefes que querían contenernos. El combatetenía sobre todos una atracción irresistible, y nos llamaba como llama el abismo al quele mira desde el vértice de elevada cima. Jamás me he considerado héroe; pero es locierto que en aquellos momentos ni temía la muerte, ni me arredraba el espectáculo delas catástrofes que a mi lado veía. Verdad es que el heroísmo, como cosa del momento ehijo directo de la inspiración, no pertenece exclusivamente a los valerosos, razón por lacual suele encontrarse con frecuencia en las mujeres y en los cobardes. Por no parecer prolijo no referiré aquí las peripecias de aquel combate de la calle dePabostre. Se parecen mucho a las que antes he contado, y si en algo se diferenciaron fuepor el exceso de la constancia y de la energía, llevadas a un grado tal que allí acababa lohumano y empezaba lo divino. Dentro de las casas pasaban escenas como las que enotro lugar he referido; pero con mayor encarnizamiento, porque el triunfo se creía másdefinitivo. La ventaja adquirida en una pieza, perdíanla los imperiales en otra; la accióntrabada en la bohardilla descendía peldaño por peldaño hasta el sótano, y allí seremataba al arma blanca, con ventaja siempre para los paisanos. Las voces de mandocon que unos y otros dirigían los movimientos dentro de [202] aquellos laberintos,retumbaban de pieza en pieza con ecos espantosos. En la calle usaban ellos artillería y nosotros también. Varias veces trataron deapoderarse con rápidos golpes de mano de nuestras piezas; pero perdían mucha gentesin conseguirlo nunca. Acobardados al ver que el esfuerzo empleado otra vez para ganaruna batalla no bastaba entonces para conquistar dos varas de calle, se negaban a batirse,y sus oficiales les sacudían a palos la pereza. Por nuestra parte no era preciso emplear tales medios, y bastaba la persuasión. Losfrailes, sin dejar de prestar auxilio a los moribundos, atendían a todo, y al advertirdebilidad en un punto, volaban a llamar la atención de los jefes. En una de las zanjasabiertas en la calle, una mujer, más que ninguna valerosa, Manuela Sancho, después dehacer fuego de fusil, disparó varios tiros en la pieza de a 8. Mantúvose ilesa, durantegran parte del día, animando a todos con sus palabras, y sirviendo de ejemplo a loshombres; pero serían las tres de la tarde cuando cayó en la zanja, herida en una pierna, ydurante largo tiempo confundiose con los muertos, porque la hemorragia la pusoexánime y con apariencia de cadáver. Más tarde, advirtiendo que respiraba, la retiramos,y fue curada, quedando tan bien, que muchos años después tuve el gusto de verla viva.La Historia no ha olvidado a aquella valiente joven y además, la calle de Pabostre, [203]cuyas mezquinas casas son más elocuentes que las páginas de un libro, lleva el nombrede Manuela Sancho.
  • Poco después de las tres, una horrísona explosión conmovió las casas que losfranceses nos habían disputado tan encarnizadamente durante la mañana, y entre elespeso humo y el polvo, más espeso aún que el humo, vimos volar en pedazos mil lasparedes y el techo, cayendo todo al suelo con un estruendo de que no puede darse idea.Los franceses empezaban a emplear la mina para conquistar lo que por ningún otromedio podía arrancarse de las manos aragonesas. Abrieron galerías, cargaron loshornillos, y los hombres cruzáronse de brazos, esperando que la pólvora lo hiciera todo. Cuando reventó la primera casa, nos mantuvimos serenos en las inmediatas y en lacalle; pero cuando con estallido más fuerte aún vino a tierra la segunda, iniciose elmovimiento de retirada con bastante desorden. Al considerar que eran sepultados entrelas ruinas o lanzados al aire tantos infelices compañeros que no se habrían dejadovencer por la fuerza del brazo, nos sentimos débiles para luchar con aquel elemento dedestrucción, y parecíanos que en todas las demás casas y en la calle, minadas yatambién, iban a estallar horribles cráteres que en pedazos mil nos salpicaríandesgarrados en sangrientos jirones. Los jefes nos detenían diciendo: [204] -Firmes, muchachos. No correr(35). Eso es para asustaros. Nosotros también tenemospólvora en abundancia, y abriremos minas. ¿Creéis que eso les dará ventaja? Alcontrario. Veremos cómo se defienden entre los escombros. Palafox se presentó a la entrada de la calle, y su presencia nos contuvo algún tanto.El mucho ruido impidiome oír lo que nos dijo; pero por sus gestos comprendí quequería impelernos a marchar sobre las ruinas. -Ya oís, muchachos; ya oís lo que dice el capitán general -vociferó a nuestro lado unfraile de los que venían en la comitiva de Palafox-. Dice que si hacéis un pequeñoesfuerzo más, no quedará vivo un solo francés. -¡Y tiene razón! -exclamó otro fraile-. No habrá en Zaragoza una mujer que os mire,si al punto no os arrojáis sobre las ruinas de las casas y echáis de allí a los franceses. -Adelante, hijos de la Virgen del Pilar -añadió un tercer fraile-. Allí hay un grupo demujeres. ¿Las veis? Pues dicen que si no vais vosotros, irán ellas. ¿No os da vergüenzavuestra cobardía? Con esto nos contuvimos un poco. Reventó otra casa a la derecha, y entoncesPalafox se internó en la calle. Sin saber cómo ni por qué, nos llevaba tras sí. Y ahora esocasión de hablar de este personaje eminente, cuyo nombre va unido al de las célebresproezas de Zaragoza. Debía en gran parte su prestigio [205] a su gran valor; perotambién a la nobleza de su origen, al respeto con que siempre fue mirada allí la familiade Lazán y a su hermosa y arrogante presencia. Era joven. Había pertenecido al Cuerpode Guardias, y se le elogiaba mucho por haber despreciado los favores de una muy altaseñora, tan famosa por su posición como por sus escándalos. Lo que más que nada hacíasimpático al caudillo zaragozano era su indomable y serena valentía, aquel ardor juvenilcon que acometía lo más peligroso y difícil, por simple afán de tocar un ideal de gloria.
  • Si carecía de dotes intelectuales para dirigir obra tan ardua como aquella, tuvo elacierto de reconocer su incompetencia, y rodeose de hombres insignes por distintosconceptos. Estos lo hacían todo, y Palafox quedábase tan sólo con lo teatral. Sobre unpueblo en que tanto prevalece la imaginación, no podía menos de ejercer subyugadordominio aquel joven general, de ilustre familia y simpática figura, que se presentaba entodas partes reanimando a los débiles y distribuyendo recompensas a los animosos. Loszaragozanos habían simbolizado en él sus virtudes, su constancia, su patriotismo idealcon ribetes de místico y su fervor guerrero. Lo que él disponía, todos lo encontrabanbueno y justo. Como aquellos monarcas a quienes las tradicionales leyes han hechorepresentación personal de los principios fundamentales del gobierno, Palafox no podíahacer nada malo: lo malo era obra de sus consejeros. Y [206] en realidad, el ilustrecaudillo reinaba y no gobernaba. Gobernaban el padre Basilio, ONeilly, Saint-March yButrón, clérigo escolapio el primero, generales insignes los otros tres. En los puntos de peligro aparecía siempre Palafox como la expresión humana deltriunfo. Su voz reanimaba a los moribundos, y si la Virgen del Pilar hubiera hablado, nohubiera hablado por otra boca. Su rostro expresaba siempre una confianza suprema, y enél la triunfal sonrisa infundía coraje como en otros el ceño feroz. Vanagloriábase de serel impulsor de aquel gran movimiento. Como comprendía por instinto que parte deléxito era debido, más que a lo que tenía de general a lo que tenía de actor, siempre sepresentaba con todos sus arreos de gala, entorchados, plumas y veneras, y la atronadoramúsica de los aplausos y los vivas le halagaban en extremo. Todo esto era preciso, puesha de haber siempre algo de mutua adulación entre la hueste y el caudillo para que elenfático orgullo de la victoria arrastre a todos al heroísmo. - XXIV - Como he dicho, Palafox nos detuvo, y aunque abandonamos casi toda la calle dePabostre, nos mantuvimos firmes en Puerta Quemada. [207] Si encarnizada fue la batalla hasta las tres, hora en que nos concentramos hacia laplaza de la Magdalena, no lo fue menos desde dicha ocasión hasta la noche. Losfranceses empezaron a hacer trabajos en las casas arruinadas por los hornillos, y eracurioso ver cómo entre las masas de cascote y vigas se abrían pequeñas plazas de armas,caminos cubiertos y plataformas para emplazar la artillería. Aquella era una guerra quecada vez se iba pareciendo menos a las demás guerras conocidas. De esta nueva fase de batalla resultó una ventaja, y un inconveniente para losfranceses, porque si la demolición de las casas les permitía colocar en ellas algunaspiezas, en cambio los hombres quedaban a descubierto. Por nuestra desgracia nosupimos aprovecharnos de esto al presenciar las voladuras. El terror nos hizo ver unacentuplicación del peligro, cuando en realidad lo disminuía, y no queriendo ser menosque ellos en aquel duelo a fuego, los zaragozanos empezaron a incendiar las casas de lacalle de Pabostre que no podían sostener.
  • Sitiadores y sitiados, deseosos de rematarse pronto, y no pudiendo conseguirlo en lalaberíntica guerra de las madrigueras, empezaron a destruirlas unos con la mina otroscon el incendio, quedándose a descubierto como el impaciente gladiador que arroja suescudo. ¡Qué tarde, qué noche! Al llegar aquí me detengo cansado y sin aliento, y misrecuerdos se nublan, como se nublaron mi pensar y mi sentir en aquella [208] tardeespantosa. Hubo, pues, un momento, en que no pudiendo resistir más, mi cuerpo, comoel de otros compañeros que habían tenido la suerte o la desgracia de vivir, se arrastrabasobre el arroyo tropezando con cadáveres insepultos o medio inhumados entre losescombros. Mis sentidos, salvajemente lanzados a los extremos del delirio, no merepresentaban claramente el lugar donde me encontraba, y la noción del vivir era unconjunto de vagas confusiones, de dolores inauditos. No me parecía que fuese de día,porque en algunos puntos lóbrega oscuridad envolvía la escena; mas tampoco meconsideraba en medio de la noche, porque llamas semejantes a las que suponemos en elinfierno, enrojecían la ciudad por otro lado. Sólo sé que me arrastraba pisando cuerpos,yertos unos, con movimiento otros, y que más allá, siempre más allá, creía encontrar unpedazo de pan y un buche de agua. ¡Qué desfallecimiento tan horrible! ¡Qué hambre!¡Qué sed! Vi correr a muchos con ágiles movimientos, les oí gritar, vi proyectadas susinquietas sombras formando espantajos sobre las paredes cercanas; iban y venían no séa dónde ni de dónde. No era yo el único que agotadas las fuerzas del cuerpo y delespíritu después de tantas horas de lucha, se había rendido. Otros muchos, que no teníanla acerada entereza de los cuerpos aragoneses, se arrastraban como yo, y nos pedíamosunos a otros un poco de agua. Algunos, más felices que los demás, tuvieron fuerza pararegistrar entre [209] los cadáveres, y recoger mendrugos de pan, piltrafas de carne fría yenvuelta en tierra, que devoraban con avidez. Algo reanimados, seguimos buscando, y pude alcanzar una parte en las migajas deaquel festín. No sé si estaba yo herido: algunos de los que hablaban conmigocomunicándome su gran hambre y sed, tenían horribles golpes, quemaduras y balazos.Por fin encontramos unas mujeres que nos dieron a beber agua fangosa y tibia. Nosdisputamos el vaso de barro, y luego en las manos de un muerto, descubrimos unpañuelo liado que contenía dos sardinas secas y algunos bollos de aceite. Alentados porlos repetidos hallazgos, seguimos merodeando, y al fin, lo poco que logramos comer, ymás que nada el agua sucia que bebimos nos devolvió en parte las fuerzas. Yo me sentícon algún brío y pude andar, aunque difícilmente. Advertí que todo mi vestido estaballeno de sangre, y sintiendo un vivo escozor en el brazo derecho, juzgueme gravementeherido; pero aquel malestar era de una contusión insignificante, y las manchas de misropas provenían de haberme arrastrado entre charcos de fango y sangre. Volví a pensar sin confusiones, volví a ver sin oscuridad, y oí distintamente losgritos, los pasos precipitados, los cañonazos cercanos y distantes en diálogo pavoroso.Sus estampidos aquí y allí parecían preguntas y respuestas. Los incendios continuaban. Había sobre la ciudad [210] una densa niebla, formadade polvo y humo, la cual con el resplandor de las llamas, formaba perspectivashorrorosas que jamás se ven en el mundo; en sueños sí. Las casas despedazadas con sushuecos abiertos a la claridad como ojos infernales, las recortaduras angulosas de lasruinas humeantes, las vigas encendidas, eran espectáculo menos siniestro que el deaquellas figuras saltonas e incansables, que no cesaban de revolotear allí delante, allí
  • mismo, casi en medio de las llamas. Eran los paisanos de Zaragoza que aún se estabanbatiendo con los franceses, y les disputaban ferozmente un palmo de infierno. Me encontraba en la calle de Puerta Quemada, y lo que he descrito se veía en las dosdirecciones opuestas del Seminario y de la entrada de la calle de Pabostre. Di algunospasos, pero caí otra vez rendido de fatiga. Un fraile, viéndome cubierto de sangre, se meacercó, y empezó a hablarme de la otra vida y del premio eterno destinado a los quemueren por la patria. Díjele que no estaba herido; pero que el hambre, el cansancio y lased me habían postrado, y que creía tener los primeros síntomas de la epidemia.Entonces el buen religioso, en quien al punto reconocí al padre Mateo del Busto, sesentó a mi lado y dijo exhalando un hondo suspiro: -Yo tampoco me puedo tener y creo que me muero. -¿Está Vuestra Paternidad herido? -le pregunté viendo un lienzo atado a su brazoderecho. [211] -Sí, hijo mío; una bala me ha destrozado el brazo y el hombro. Siento grandísimodolor; pero es preciso aguantarlo. Más padeció Cristo por nosotros. Desde que amanecióno he cesado de curar heridos, y encaminar moribundos al cielo. En diez y seis horas nohe descansado un solo momento, ni comido ni bebido cosa alguna. Una mujer me atóeste lienzo en el brazo derecho, y seguí mi tarea. Creo que no viviré mucho... ¡Cuántomuerto, Dios mío! ¿Y estos heridos que nadie recoge...? Pero ¡ay! yo no puedo tenermeen pie, yo me muero. ¿Has visto aquella zanja que hay al fin de la calle de los Clavos?Pues allí yace sin vida el desgraciado Coridón. Fue víctima de su arrojo. Pasábamos porallí para recoger unos heridos, cuando vimos hacia las eras de San Agustín un grupo defranceses que pasaban de una casa a otra. Coridón, cuya sangre impetuosa le impele alos actos más heroicos, se lanzó ladrando sobre ellos. ¡Ay!, ensartándole en unabayoneta, le arrojaron exánime dentro de la zanja... ¡Cuántas víctimas en un solo día, Sr.de Araceli! Pues no tiene Vd. poca suerte en haber salido ileso. Pero se morirá Vd. de laepidemia, que es peor. Hoy he dado la absolución a sesenta moribundos de la epidemia.A Vd. también se la daré, amigo, porque sé que no comete pecadillos y que se haportado valientemente en estos días... ¿Qué tal? ¿Crece el mal? Efectivamente, está Vd.más amarillo que esos cadáveres que nos rodean. Morir de la epidemia durante [212] elhorroroso cerco, también es morir por la patria. Joven, ánimo: el cielo se abre pararecibirle a Vd. y la virgen del Pilar le agasajará con su manto de estrellas. La vida novale nada. ¡Cuánto mejor es morir honrosamente y ganar con el padecer de un día laeterna gloria! En nombre de Dios le perdono a Vd. todos sus pecados. Después de murmurar la oración propia del caso, pronunció, bendiciéndome, el egote absolvo, y extendiéndose luego cuan largo era sobre el suelo. Su aspecto eratristísimo, y aunque yo no me encontraba bien, juzgueme en mejor estado de salud queel buen fraile. No fue aquella la primera ocasión en que el confesor caía antes que elmoribundo, y el médico antes que el enfermo. Llamé al padre Mateo, y como no me respondiera sino con lastimeros quejidos,aparteme de allí para buscar quien fuese en su ayuda. Encontré a varios hombres ymujeres, y les dije: -Ahí está el padre fray Mateo del Busto, que no puede moverse.
  • Pero no me hicieron caso, y siguieron adelante. Muchos heridos me llamaban a suvez, pidiéndome que les diese auxilio; pero yo tampoco les hacía caso. Junto al Cosoencontré un niño de ocho o diez años, que marchaba solo y llorando con el mayordesconsuelo. Le detuve, le pregunté por sus padres, y señaló un punto cercano, dondehabía gran número de muertos y heridos. Más tarde encontré al mismo [213] niño endiversos puntos, siempre solo, siempre llorando, y nadie se cuidaba de él. No se oía otra cosa que las preguntas ¿has visto a mi hermano? ¿Has visto a mihijo? ¿Has visto a mi padre? Pero mi hermano, mi hijo y mi padre no parecían porninguna parte. Ya nadie se cuidaba de llevar los enfermos a las iglesias, porque todas ocasi todas estaban atestadas. Los sótanos y cuartos bajos, que antes se consideraronbuenos refugios, ofrecían una atmósfera infesta y mortífera. Llegó el momento en quedonde mejor se encontraban los heridos era en medio de la calle. Me dirigí hacia el centro del Coso, porque me dijeron que allí se repartía algo decomer; pero nada alcancé. Iba a volver a las Tenerías, y al fin frente al Almudí medieron un poco de comida caliente. Al punto me sentí mejor, y lo que creía síntomas deepidemia, desapareció poco a poco, pues mi mal hasta entonces era de los que se curancon pan y vino. Acordeme al punto del padre Mateo del Busto, y con otros que se mejuntaron fuimos a prestarle auxilio. El desgraciado anciano no se había movido, ycuando nos acercamos preguntándole cómo se encontraba, nos contestó así: -¡Cómo! ¿Ha sonado la campana de maitines? Todavía es temprano. Déjenmeustedes descansar. Me hallo fatigadísimo, padre González. He estado durante diez y seishoras cogiendo flores en la huerta... Estoy rendido. [214] A pesar de sus ruegos le cargamos entre cuatro; pero al poco trecho se nos quedómuerto en los brazos. Mis compañeros acudieron al fuego, y yo me disponía a seguirlos, cuando alcancé aver un hombre cuyo aspecto llamó mi atención. Era el tío Candiola que salió de unacasa cercana con los vestidos chamuscados y apretando entre sus manos un ave decorral que cacareaba sintiéndose prisionera. Le detuve en medio de la callepreguntándole por su hija y por Agustín, y con gran agitación me dijo: -¡Mi hija!... No sé... Allá, allá está... ¡Todo, todo lo he perdido! ¡Los recibos! ¡Se hanquemado los recibos!... Y gracias que al salir de la casa tropecé con este pollo, que huíacomo yo del horroroso fuego. ¡Ayer valía una gallina cinco duros!... Pero mis recibos,¡Santa Virgen del Pilar, y tú Santo Dominguito de mi alma!, ¿por qué se han quemadomis recibos?... Todavía se pueden salvar... ¿Quiere usted ayudarme? Debajo de una granviga ha quedado la caja de lata en que los tenía... ¿Dónde hay por ahí media docena dehombres?... ¡Dios mío! Pero esa junta, esa audiencia, ese capitán general, ¿en qué estánpensando?... Y luego siguió, gritando a los que pasaban: -¡Eh, paisano, amigo, hombre caritativo!... ¡a ver si levantamos la viga que cayó enel rincón!... ¡Eh!, buenos amigos, dejen Vds. ahí en un ladito ese enfermo moribundoque llevan al hospital, y vengan a ayudarme. ¿No hay un alma piadosa? Parece [215]
  • que los corazones se han vuelto de bronce... Ya no hay sentimientos humanitarios...¡Oh! Zaragozanos sin piedad, ¡ved cómo Dios os está castigando! Viendo que nadie le amparaba, entró de nuevo en la casa; pero salió al poco ratogritando con desesperación: -¡Ya no se puede salvar nada! ¡Todo está ardiendo! Virgen mía del Pilar, ¿por qué nohaces un milagro?, ¿por qué no me concedes el don de aquellos prodigiosos niños delhorno de Babilonia, para que pueda penetrar dentro del fuego y salvar mis recibos? - XXV - Luego se sentó sobre un montón de piedras y a ratos se golpeaba el cráneo, a ratossin soltar el gallo llevábase la mano al pecho, exhalando profundos suspiros. Preguntelede nuevo por su hija, con objeto de saber de Agustín, y me dijo: -Yo estaba en aquella casa de la calle de Añón, donde nos metimos ayer. Todos medecían que allí no había seguridad y que mejor estaríamos en el centro del pueblo; peroa mí no me gusta ir allí donde van todos, y el lugar que prefiero es el que abandonan losdemás. El mundo está lleno de ladrones [216] y rateros. Conviene, pues, huir del gentío.Nos acomodamos en un cuarto bajo de aquella casa. Mi hija tenía mucho miedo alcañoneo, y quería salir afuera. Cuando reventaron las minas en los edificios cercanos,ella y Guedita salieron despavoridas. Quedeme solo, pensando en el peligro que corríanmis efectos, y de pronto entraron unos soldados con teas encendidas diciendo que iban apegar fuego a la casa. Aquellos canallas miserables no me dieron tiempo a recoger nada,y lejos de compadecer mi situación, burláronse de mí. Yo escondí la caja de los recibos,por temor a que creyéndola llena de dinero, me la quisieran quitar; pero no me fueposible permanecer allí mucho tiempo. Me abrasaba con el resplandor de las llamas, yme ahogaba con el humo; a pesar de todo, insistí en salvar mi caja... ¡Cosa imposible!Tuve que huir. Nada pude traer, ¡Dios poderoso!, nada más que este pobre animal, quehabía quedado olvidado por sus dueños en el gallinero. Buen trabajo me costó elcogerle. ¡Casi se me quemó toda una mano! ¡Oh, maldito sea el que inventó el fuego!¡Que pierda uno su fortuna por el gusto de estos héroes!... Yo tengo dos casas enZaragoza, además de la que vivía(36). Una de ellas, la de la calle de la Sombra, se meconserva ilesa, aunque sin inquilinos. La otra que llaman Casa de los Duendes, aespaldas de San Francisco, está ocupada por las tropas, y toda me la han destrozado.¡Ruinas, nada más que ruinas! ¡Es feliz la ocurrencia de quemar las casas, [217] sólopor impedir que las conquisten los franceses! -La guerra exige que se haga así -le respondí-, y esta heroica ciudad quiere llevarhasta el último extremo su defensa. -¿Y qué saca Zaragoza con llevar su defensa hasta el último extremo? A ver, ¿quévan ganando los que han muerto? Hábleles Vd. a ellos de la gloria, del heroísmo y detodas esas zarandajas. Antes que volver a vivir en ciudades heroicas, me iré a undesierto. Concedo que haya alguna resistencia; pero no hasta ese bárbaro extremo.
  • Verdad es que los edificios valían poco, tal vez menos que esta gran masa de carbón queahora resulta. A mí no me vengan con simplezas. Esto lo han ideado los pájaros gordos,para luego hacer negocio con el carbón. Esto me hizo reír. No crean mis lectores que exagero, pues tal como lo cuento, me lodijo él punto por punto, y pueden dar fe de mi veracidad los que tuvieron la desdicha deconocerle. Si Candiola hubiera vivido en Numancia, habría dicho que los numantinoseran negociantes de carbón disfrazados de héroes. -¡Estoy perdido, estoy arruinado para siempre! -añadió después, cruzando las manosen actitud dolorosa-. Esos recibos eran parte de mi fortuna. Vaya Vd. ahora a reclamarlas cantidades sin documento alguno, y cuando casi todos han muerto, y yacen enputrefacción por esas calles. No, lo digo y [218] lo repito, no es conforme a la ley deDios lo que han hecho esos miserables. Es un pecado mortal, es un delito imperdonabledejarse matar, cuando se deben piquillos que el acreedor no podrá cobrar fácilmente. Yase ve... esto de pagar es muy duro, y algunos dicen: «muramos y nos quedaremos con eldinero»... Pero Dios debiera ser inexorable con esta canalla heroica, y en castigo de suinfamia, resucitarlos para que se las vieran con el alguacil y el escribano. ¡Dios mío,resucítalos! ¡Santa Virgen del Pilar, Santo Dominguito del Val, resucítalos! -Y su hija de Vd. -le pregunté con interés-, ¿ha salido ilesa del fuego? -No me nombre Vd. a mi hija -replicó con desabrimiento-. Dios ha castigado en mísu culpa. Ya sé quién es su infame pretendiente. ¿Quién podía ser sino ese condenadohijo de D. José de Montoria, que estudia para clérigo? María me lo ha confesado. Ayerestaba curándole la herida que tiene en el brazo. ¿Hase visto muchacha másdesvergonzada? ¡Y esto lo hacía delante de mí, en mis propias barbas! Esto decía, cuando doña Guedita, que buscaba afanosamente a su amo, apareciótrayendo en una taza algunas provisiones. Él se las comió con voracidad, y luego afuerza de ruegos logramos arrancarle de allí, conduciéndole al callejón del Órganodonde estaba su hija, guarecida en un zaguán con otras infelices. Candiola, después deregañarla, se internó con el ama de llaves. [219] -¿Dónde está Agustín? -pregunté a Mariquilla. -Hace un instante estaba aquí; pero vinieron a darle la noticia de la muerte de unhermano suyo, y se fue. Oí decir, que estaba su familia en la calle de las Rufas. -¿Que ha muerto su hermano, el primogénito? -Así se lo dijeron, y él corrió allí muy afligido. Sin oír más, yo también corrí a la calle de la Parra para aliviar en lo posible latribulación de aquella generosa familia, a quien tanto debía, y antes de llegar a ellaencontré a D. Roque, que con lágrimas en los ojos se acercó a hablarme. -Gabriel -me dijo-, Dios ha cargado hoy la mano sobre nuestro buen amigo. -¿Ha muerto el hijo mayor, Manuel de Montoria?
  • -Sí; y no es esa la única desgracia de la familia. Manuel era casado, como sabes, ytenía un hijo de cuatro años. ¿Ves aquel grupo de mujeres? Pues allí está la mujer deldesgraciado primogénito de Montoria, con su hijo en brazos, el cual, atacado de laepidemia, agoniza en estos momentos. ¡Qué horrible situación! Ahí tienes a una de lasprimeras familias de Zaragoza, reducida al más triste estado, sin un techo en queguarecerse, y careciendo hasta de lo más preciso. Toda la noche ha estado esa infelizmadre en la calle y a la intemperie con el enfermo en brazos, aguardando por instantesque exhale el último suspiro; y en realidad, mejor está aquí que en los pestilentessótanos, donde no se puede respirar. [220] Gracias a que yo y otros amigos la hemossocorrido en lo posible... ¿pero qué podemos hacer, si apenas hay pan, si se ha acabadoel vino, y no se encuentra un pedazo de carne de vaca, aunque se dé por él un pedazo dela nuestra? Principiaba a amanecer. Acerqueme al grupo de mujeres, y vi el lastimosoespectáculo. Con el ansia de salvarle, la madre y las demás mujeres que le hacíancompañía martirizaban al infeliz niño aplicándole los remedios que cada cual discurría;pero bastaba ver a la víctima para comprender la imposibilidad de salvar aquellanaturaleza, que la muerte había asido ya con su mano amarilla. La voz de D. José de Montoria me obligó a seguir adelante, y en la esquina de lacalle de las Rufas, un segundo grupo completaba el cuadro horroroso de las desgraciasde aquella familia. En el suelo estaba el cadáver de Manuel de Montoria, joven detreinta años, no menos simpático y generoso en vida que su padre y hermano. Una balale había atravesado el cráneo, y de la pequeña herida exterior en el punto por dondeentró el proyectil, salía un hilo de sangre, que bajando por la sien el carrillo y el cuello,escurríase entre la piel y la camisa. Fuera de esto, su cuerpo no parecía el de un difunto. Cuando yo me acerqué, su madre no se había decidido aún a creer que estaba muerto,y poniendo la cabeza del cadáver sobre sus rodillas, quería reanimarle [221] conardientes palabras. Montoria, de rodillas al costado derecho, tenía entre sus manos la desu hijo, y sin decir nada, no le quitaba los ojos. Tan pálido como el muerto, el padre nolloraba. -Mujer -exclamó al fin-. No pidas a Dios imposibles. Hemos perdido a nuestro hijo. -¡No; mi hijo no ha muerto! -gritó la madre con desesperación-. Es mentira. ¿Paraqué me engañan? ¿Cómo es posible que Dios nos quite a nuestro hijo? ¿Qué hemoshecho para merecer este castigo? ¡Manuel! ¡Tú, hijo mío! ¿No me respondes? ¿Por quéno te mueves? ¿Por qué no hablas?... Al instante te llevaremos a casa... pero ¿dónde estánuestra casa? Mi hijo se enfría sobre este desnudo suelo. ¡Ved qué heladas están susmanos y su cara! -Retírate, mujer -dijo Montoria conteniendo el llanto-. Nosotros cuidaremos al pobreManuel. -¡Señor, Dios mío! -exclamó la madre- ¿qué tiene mi hijo que no habla, ni se mueve,ni despierta? Parece muerto; pero no está ni puede estar muerto. Santa Virgen del Pilar,¿no es verdad que mi hijo no ha muerto?
  • -Leocadia -repitió Montoria, secando las primeras lágrimas que salieron de sus ojos-.Vete de aquí, retírate por Dios. Ten resignación, porque Dios nos ha dado un fuertegolpe, y nuestro hijo no vive ya. Ha muerto por la patria... -¡Que ha muerto mi hijo! -exclamó la madre, estrechando el cadáver entre sus brazoscomo si se [222] lo quisieran quitar-. No, no, no: ¿qué me importa a mí la patria? ¡Queme devuelvan a mi hijo! ¡Manuel, niño mío! No te separes de mi lado, y el que quieraarrancarte de mis brazos, tendrá que matarme. -¡Señor, Dios mío! ¡Santa Virgen del Pilar! -dijo D. José de Montoria con graveacento-. Nunca os ofendí a sabiendas ni deliberadamente. Por la patria, por la religión ypor el rey he dado mis bienes y mis hijos. ¿Por qué antes que llevaros a este miprimogénito, no me quitasteis cien veces la vida, a mí, miserable viejo que para nadasirvo? Señores que estáis presentes: no me avergüenzo de llorar delante de Vds. Con elcorazón despedazado, Montoria es el mismo. ¡Dichoso tú mil veces, hijo mío, que hasmuerto en el puesto del honor! ¡Desgraciados los que vivimos después de perderte! PeroDios lo quiere así, y bajemos la frente ante el dueño de todas las cosas. Mujer, Dios nosha dado paz, felicidad, bienestar y buenos hijos; ahora parece que nos lo quiere quitartodo. Llenemos el corazón de humildad, y no maldigamos nuestro sino. Bendita sea lamano que nos hiere, y esperemos tranquilos el beneficio de la propia muerte. Doña Leocadia no tenía vida más que para llorar, besando incesantemente el fríocuerpo de su hijo. D. José, tratando de vencer las irresistibles manifestaciones de sudolor, se levantó y dijo con voz entera: [223] -Leocadia, levántate. Es preciso enterrar a nuestro hijo. -¡Enterrarle! -exclamó la madre-. ¡Enterrarle...! Y no pudo decir más porque se quedó sin sentido. En el mismo instante oyose un grito desgarrador, no lejos de allí, y una mujer corriódespavorida hacia nosotros. Era la mujer del desgraciado Manuel, viuda ya y sin hijo.Varios de los presentes nos abalanzamos a contenerla para que no presenciase aquellaescena, tan horrible como la que acababa de dejar y la infeliz dama forcejeó connosotros, pidiéndonos que la dejásemos ver a su marido. En tanto D. José, apartándose de allí, llegó a donde yacía el cuerpo de su nieto:tomole en brazos y lo trajo junto al de Manuel. Las mujeres exigían todo nuestrocuidado, y mientras doña Leocadia continuaba sin movimiento ni sentido, abrazada alcadáver, su nuera, poseída de un dolor febril, corría en busca de imaginarios enemigos,a quienes anhelaba despedazar. La conteníamos y se nos escapaba de las manos. Reía aveces con espantosa carcajada, y luego se nos ponía de rodillas delante, rogándonos quele devolviéramos los dos cuerpos que le habíamos quitado. Pasaba la gente, pasaban soldados, frailes, paisanos, y todos veían aquello conindiferencia porque a cada paso se encontraba un espectáculo semejante. Los corazonesestaban osificados y las almas parecían haber perdido sus más hermosas facultades,[224] no conservando más que el rudo heroísmo. Por fin, la pobre mujer cedió a lafatiga, al aniquilamiento producido por su propia pena, quedándosenos en los brazos
  • como muerta. Pedimos algún cordial o algún alimento para reanimarla, pero no habíanada, y las demás personas que allí vi, harto trabajo tenían con atender a los suyos. Entanto D. José, ayudado de su hijo Agustín, que también trataba de vencer su acerbodolor, desligó el cadáver de los brazos de doña Leocadia. El estado de esta infelizseñora era tal que creímos tener que lamentar otra muerte en aquel día. Luego Montoria repitió: -Es preciso que enterremos a mi hijo. Miró él, miramos todos en derredor, y vimos muchos, muchísimos cadáveresinsepultos. En la calle de las Rufas había bastantes; en la inmediata de la Imprenta(37) sehabía constituido una especie de depósito. No es exageración lo que voy a decir.Innumerables cuerpos estaban apilados en la angosta vía, formando como un anchoparedón entre casa y casa. Aquello no se podía mirar, y el que lo vio fue condenado atener ante los ojos durante toda su vida la fúnebre pira hecha con cuerpos de sussemejantes. Parece mentira, pero es cierto. Un hombre entró en la calle de la Imprenta yempezó a dar voces. Por un ventanillo apareció otro hombre, que [225] contestando alprimero, dijo: «sube». Entonces, aquel, creyendo que era extravío entrar en la casa ysubir por la escalera, trepó por el montón de cuerpos y llegó al piso principal, una decuyas ventanas le sirvió de puerta. En otras muchas calles ocurría lo mismo. ¿Quién pensaba en darles sepultura? Porcada par de brazos útiles y por cada azada había cincuenta muertos. De trescientos acuatrocientos perecían diariamente sólo de la epidemia. Cada acción encarnizadaarrancaba a la vida algunos miles, y ya Zaragoza empezaba a dejar de ser una ciudadpoblada por criaturas vivas. Montoria al ver aquello, habló así: -Mi hijo y mi nieto no pueden tener el privilegio de dormir bajo tierra. Sus almasestán en el cielo, ¿qué importa lo demás? Acomodémosles ahí en la puerta de la calle delas Rufas... Agustín, hijo mío: más vale que te vayas a las filas. Los jefes pueden echartede menos, y creo que hace falta gente en la Magdalena. Ya no tengo más hijo varón quetú. Si mueres ¿qué me queda? Pero el deber es lo primero, y antes que cobarde prefieroverte como tu pobre hermano con la sien traspasada por una bala francesa. Después poniendo la mano sobre la cabeza de su hijo, que estaba descubierto y derodillas junto al cadáver de Manuel, prosiguió así, elevando los ojos al cielo: [226] -Señor, si has resuelto también llevarte a mi segundo hijo, llévame a mí primero.Cuando se acabe el sitio, no deseo tener mas vida. Mi pobre mujer y yo hemos sidobastante felices, hemos recibido hartos beneficios para maldecir la mano que nos haherido; pero para probarnos ¿no ha sido ya bastante? ¿Ha de perecer también nuestrosegundo hijo?... Ea, señores -añadió luego-, despachemos pronto, que quizás hagamosfalta en otra parte. -Señor D. José -dijo D. Roque llorando-, retírese Vd. también, que los amigoscumpliremos este triste deber.
  • -No, yo soy hombre para todo, y Dios me ha dado un alma que no se dobla ni serompe. Y tomó ayudado de otro, el cadáver de Manuel, mientras Agustín y yo cogimos eldel nieto, para ponerlos a entrambos en la entrada del callejón de las Rufas, donde otrasmuchas familias habían depositado los muertos. Montoria luego que soltó el cuerpo,exhaló un suspiro y dejando caer los brazos, como si el esfuerzo hecho hubiera agotadosus fuerzas, dijo: -Es verdad, señores, yo no puedo negar que estoy cansado. Ayer me encontrabajoven; hoy me encuentro muy viejo. Efectivamente, Montoria estaba viejísimo, y una noche había condensado en él lavida de diez años. Sentose sobre una piedra, y puestos los codos en las rodillas, apoyó la cara entre lasmanos, en cuya [227] actitud permaneció mucho tiempo, sin que los presentesturbáramos su dolor. Doña Leocadia, su hija y su nuera, asistidas por otros individuosde la familia, continuaban en el Coso. D. Roque, que iba y venía de uno a otro extremo,llego diciendo: -La señora sigue tan abatida... Ahora están todas rezando con mucha devoción, y nocesan de llorar. Están muy caídas las pobrecitas. Muchachos, es preciso que deis por laciudad una vuelta, a ver si se encuentra algo sustancioso con que alimentarlas. Montoria se levantó entonces, limpiando las lágrimas que corrían abundantemente desus ojos encendidos. -No ha de faltar, según creo. Amigo D. Roque, busque Vd. algo de comer, cueste loque cueste. -Ayer pedían cinco duros por una gallina en la Tripería -dijo uno que era criadoantiguo de la casa. -Pero hoy no las hay -indicó D. Roque-. He estado allí hace un momento. -Amigos, buscad por ahí, que algo se encontrará. Yo nada necesito para mí. Esto decía, cuando sentimos un agradable cacareo de ave de corral. Miramos todoscon alegría hacia la entrada de la calle, y vimos al tío Candiola, que sosteniendo en sumano izquierda el pollo consabido, le acariciaba con la derecha el negro plumaje. Antesque se lo pidieran, llegose a Montoria, y con mucha sorna le dijo: [228] -Una onza por el pollo. -¡Qué carestía! -exclamó D. Roque-. ¡Si no tiene más que huesos el pobre animal! No pude contener la cólera al ver ejemplo tan claro de la repugnante tacañería yempedernido corazón del tío Candiola. Así es que llegueme a él y, arrancándole el pollode las manos, le dije violentamente:
  • -Ese pollo es robado. Venga acá. ¡Miserable usurero! ¡Si al menos vendiera lo suyo!¡Una onza! A cinco duros estaban ayer en el mercado. ¡Cinco duros, canalla, ladrón,cinco duros! Ni un ochavo más. Candiola empezó a chillar reclamando su pollo, y a punto estuvo de ser apaleadoimpíamente; pero D. José de Montoria intervino diciendo: -Désele lo que quiere. Tome Vd., Sr. Candiola, la onza que pide por ese animal. Diole la onza, que el infame tacaño no tuvo reparo en tomar, y luego nuestro amigoprosiguió hablando de esta manera: -Sr. de Candiola, tenemos que hablar. Ahora caigo en que le ofendí a Vd... Sí... hacedías, cuando aquello de la harina... Es que a veces no es uno dueño de sí mismo, y senos sube la sangre a la cabeza... Verdad es que Vd. me provocó, y como se empeñaba enque le dieran por la harina más de lo que el señor capitán general había mandado... Locierto es, amigo D. Jerónimo, que yo [229] me amosqué... ya ve Vd... no lo puede unoremediar así de pronto... pues... y creo que se me fue la mano; creo que hubo algo de... -Sr. Montoria -dijo Candiola-, llegará un día en que haya otra vez autoridades enZaragoza. Entonces nos veremos las caras. -¿Va Vd. a meterse entre jueces y escribanos? Malo. Aquello pasó... Fue un arrebatode cólera, una de esas cosas que no se pueden remediar. Lo que me llama la atención, esque hasta ahora no había caído en que hice mal, muy mal. No se debe ofender alprójimo... -Y menos ofenderle después de robarle -dijo D. Jerónimo, mirándonos a todos ysonriendo con desdén. -Eso de robar no es cierto -continuó Montoria-, porque yo hice lo que el capitángeneral me mandaba. Cierto es lo de la ofensa de palabra y de obra, y ahora cuando lehe visto a Vd. venir con el pollo, he caído en la cuenta de que hice mal. Mi concienciame lo dice... ¡Ah! Sr. Candiola, soy muy desgraciado. Cuando uno es feliz, no conocesus faltas. Pero ahora... Lo cierto es, D. Jerónimo de Candiola, que en cuanto le vi venira Vd., me sentí inclinado a pedirle perdón por aquellos golpes... yo tengo la manopesada, y... Así es que en un pronto... no sé lo que me hago... Sí, yo le ruego a Vd. queme perdone y seamos amigos. Sr. D. Jerónimo, seamos amigos; reconciliémonos y nohagamos [230] caso de resentimientos antiguos. El odio envenena las almas, y elrecuerdo de no haber obrado bien nos pone encima un peso insoportable. -Después de hecho el daño, todo se arregla con hipócritas palabrejas -dijo Candiolavolviendo la espalda a Montoria, y escurriéndose fuera del grupo-. Más vale que pienseel Sr. Montoria en reintegrarme el precio de la harina... ¡Perdoncitos a mí...! Ya no mequeda nada que ver. Dijo esto en voz baja, y alejose lentamente. Montoria, viendo que alguno de lospresentes corría tras él insultándole, añadió: -Dejadle marchar tranquilo, y tengamos compasión de ese desgraciado.
  • - XXVI - El 3 de Febrero se apoderaron los franceses del convento de Jerusalén, que estabaentre Santa Engracia y el hospital(38). La acción que precedió a la conquista de tanimportante posición fue tan sangrienta [231] como las de las Tenerías, y allí murió eldistinguido comandante de ingenieros D. Marcos Simonó. Por la parte del arrabal pocoadelantaban los sitiadores, y en los días 6 y 7 todavía no habían podido dominar la callede Puerta Quemada. Las autoridades comprendían que era difícil prolongar mucho más la resistencia, ycon ofertas de honores y dinero intentaban exaltar a los patriotas. En una proclama del 2de Febrero, Palafox, al pedir recursos, decía: «Doy mis dos relojes y veinte cubiertos deplata, que es lo que me queda». En la de 4 de Febrero ofrecía armar caballeros a losdoce que más se distinguieran, para lo cual creaba una Orden militar noble, llamada deInfanzones; y en la del 9 se quejaba de la indiferencia y abandono con que algunosvecinos miraban la suerte de la patria, y después de suponer que el desaliento eraproducido por el oro francés, amenazaba con grandes castigos al que se mostraracobarde. Las acciones de los días 3, 4 y 5 no fueron tan encarnizadas como la última quedescribí. Franceses y españoles estaban muertos de fatiga. Las boca-calles queconservamos en la plazuela de la Magdalena, conteniendo siempre al enemigo en susdos avances de la calle de Palomar y de Pabostre, se defendían con cañones. Los restosdel seminario estaban asimismo erizados de artillería, y los franceses, seguros de nopoder echamos de allí por los medios ordinarios, trabajaban sin cesar en sus minas.[232] Mi batallón se había fundido en el de Extremadura, pues el resto de uno y otro nollegaba a tres compañías. Agustín de Montoria era capitán, y yo fui ascendido a alférezel día 2. No volvimos a prestar servicio en las Tenerías y lleváronnos a guarnecer a SanFrancisco, vasto edificio que ofrecía buenas posiciones para tirotear a los franceses,establecidos en Jerusalén. Se nos repartían raciones muy escasas, y los que ya noscontábamos en el número de oficiales comíamos rancho lo mismo que los soldados.Agustín guardaba su pan, para llevárselo a Mariquilla. Desde el día 4 empezaron los franceses a minar el terreno para apoderarse delHospital y de San Francisco, pues harto sabían que de otro modo era imposible. Paraimpedirlo contraminanos, con objeto de volarles a ellos antes que nos volaran anosotros, y este trabajo ardoroso en las entrañas de la tierra a nada del mundo puedecompararse. Parecíanos haber dejado de ser hombres, para convertirnos en otra especiede seres, insensibles y fríos habitantes de las cavernas, lejos del sol, del aire puro y de lahermosa luz. Sin cesar labrábamos largas galerías, como el gusano que se fabrica la casaen lo oscuro de la tierra y con el molde de su propio cuerpo. Entre los golpes de nuestraspiquetas oíamos, como un sordo eco, el de las piquetas de los franceses, y después dehabernos batido y destrozado en la superficie, nos buscábamos en la horrible noche de[233] aquellos sepulcros para acabar de exterminamos.
  • El convento de San Francisco tenía por la parte del coro vastas bodegas subterráneas.Los edificios que ocupaban más abajo los franceses también las(39) tenían, y rara era lacasa que no se alzaba sobre profundos sótanos. Las galerías abiertas por las azadas deunos y otros juntábanse al fin en uno de aquellos aposentos: a la luz de nuestros farolesveíamos a los franceses, como imaginarias figuras de duendes engendradas por la luzrojiza en las sinuosidades de la mazmorra; ellos nos veían también, y al punto nostiroteábamos; pero nosotros íbamos provistos de granadas de mano, y arrojándolassobre ellos les poníamos en dispersión persiguiéndoles luego a arma blanca a lo largo delas galerías. Todo aquello parecía una pesadilla, una de esas luchas angustiosas que aveces trabamos contra seres aborrecidos en las profundas concavidades del sueño: peroera cierto y se repetía a cada instante en diversos puntos. En esta penosa tarea nos relevábamos frecuentemente, y en los ratos de descansosalíamos al Coso, sitio céntrico de reunión y al mismo tiempo parque, hospital ycementerio general de los sitiados. Una tarde (creo que la del 5) estábamos en la puertadel convento varios muchachos del batallón de Estremadura(40) y de San Pedro ycomentábamos las peripecias del sitio, opinando todos que bien pronto sería imposiblela resistencia. El corrillo se [234] renovaba constantemente. D. José de Montoria seacercó a nosotros, y saludándonos con semblante triste, sentose en el banquillo demadera que teníamos junto a la puerta. -Oiga Vd. lo que se habla por aquí, señor don José -le dije-. La gente cree que esimposible resistir muchos días más. -No os desaniméis, muchachos -contestó-. Bien dice el capitán general en suproclama que corre mucho oro francés por la ciudad. Un franciscano que venía de auxiliar a algunas docenas de moribundos tomó lapalabra y dijo: -Es un dolor lo que pasa. No se habla por ahí de otra cosa que de rendirse. Si pareceque esto ya no es Zaragoza. ¡Quién conoció a aquella gente templada del primer sitio!... -Dice bien su paternidad -afirmó Montoria-. Está uno avergonzado, y hasta los quetenemos corazón de bronce nos sentimos atacados de esta flaqueza que cunde más quela epidemia. Y en resumidas cuentas, no sé a qué viene ahora esa novedad de rendirsecuando nunca lo hemos hecho, ¡porra! Si hay algo después de este mundo como nuestrareligión nos enseña, ¿a qué apurarse por un día más o menos de vida? -Verdad es, Sr. D. José -dijo el fraile-, que las provisiones se acaban por momentos yque donde no hay harina todo es mohína. -¡Boberías y melindres!, padre Luengo -exclamó [235] Montoria-. Ya... Si estagente, acostumbrada al regalo de otros tiempos, no puede pasarse sin carne y pan, nohemos dicho nada. Como si no hubiera otras muchas cosas que comer... Soy partidariode la resistencia a todo trance, cueste lo que cueste. He experimentado terriblesdesgracias; la pérdida de mi primogénito y de mi nieto ha cubierto de luto mi corazón;pero el honor nacional, llenando toda mi alma, a veces no deja hueco para otrosentimiento. Un hijo me queda, único consuelo de mi vida y depositario de mi casa y mi
  • nombre. Lejos de apartarle del peligro le obligo a persistir en la defensa. Si le pierdo,me moriré de pena; pero que salve el honor nacional, aunque perezca mi único heredero. -Y según he oído -dijo el padre Luengo-, el señor D. Agustín ha hecho prodigios devalor. Está visto que los primeros laureles de esta campaña pertenecen a los insignesguerreros de la Iglesia. -No, mi hijo no pertenecerá ya a la Iglesia. Es preciso que renuncie a ser clérigo,pues yo no puedo quedarme sin sucesión directa. -Sí, vaya Vd. a hablarle de sucesiones y de casorios. Desde que es soldado pareceque ha cambiado un poco; pero antes sus conversaciones trataban siempre de retheologica, y jamás le oí hablar de erotica. Es un chico que tiene a Santo Tomás en laspuntas de los dedos, y no sabe en qué sitio de la cara llevan los ojos las muchachas.[236] -Agustín sacrificará por mí su ardiente vocación. Si salimos bien del sitio y la Virgendel Pilar me lo deja con vida, pienso casarle al instante con mujer que le iguale encondición y fortuna. Cuando esto decía, vimos que se nos acercaba sofocada Mariquilla Candiola, la cualllegándose a mí me preguntó: -Sr. de Araceli, ¿ha visto Vd. a mi padre? -No, señorita doña María -le respondí-. Desde ayer no le he visto. Puede que esté enlas ruinas de su casa, ocupándose en ver si puede sacar alguna cosa. -No está -dijo Mariquilla con desaliento-. Le he buscado por todas partes. -¿Ha estado Vd. aquí detrás, por junto a San Diego? El Sr. Candiola suele ir a visitarsu casa llamada de los Duendes por ver si se la han destrozado. -Pues voy al momento allá. Cuando desapareció, dijo Montoria: -Es esta, a lo que parece, la hija del tío Candiola. A fe que es bonita, y no parece hijade aquel lobo... Dios me perdone el mote. De aquel buen hombre, quise decir. -Es guapilla -afirmó el fraile-. Pero se me figura que es una buena pieza. De lamadera del tío Candiola no puede salir un buen santo. -No se habla mal del prójimo -dijo D. José. -Candiola no es prójimo. La muchacha desde que se quedaron sin casa, no abandonala compañía de los soldados. [237] -Estará entre ellos para asistir a los heridos.
  • -Puede ser; pero me parece que le gustan más los sanos y robustos. Su carillagraciosa está diciendo que allí no hay pizca de vergüenza. -¡Lengua de escorpión! -Pura verdad -añadió el fraile-. Bien dicen que de tal palo, tal astilla. ¿No aseguranque su madre la Pepa Rincón fue mujer pública o poco menos? -Alegre de cascos tal vez... -¡No está mala alegría! Cuando fue abandonada por su tercer cortejo, cargó con ellael Sr. D. Jerónimo. -Basta de difamación -dijo Montoria-, y aunque se trata de la peor gente del mundo,dejémosles con su conciencia. -Yo no daría un maravedí por el alma de todos los Candiolas reunidos -repuso elfraile-. Pero allí aparece el Sr. D. Jerónimo, si no me engaño. Nos ha visto y viene haciaacá. En efecto, el tío Candiola avanzaba despaciosamente por el Coso, y llegó a la puertadel convento. -Buenas tardes tenga el Sr. D. Jerónimo -le dijo Montoria-. Quedamos en que seacabaron los rencorcillos... -Hace un momento ha estado aquí preguntando por Vd. su inocente hija -le indicóLuengo con malicia. -¿Dónde está? -Ha ido a San Diego -dijo un soldado-. Puede [238] que se la roben los franceses queandan por allí cerca. -Quizás la respeten al saber que es hija del señor D. Jerónimo -dijo Luengo-. ¿Escierto, amigo Candiola, lo que se cuenta por ahí? -¿Qué? -Que Vd. ha pasado estos días la línea francesa para conferenciar con la canalla. -¡Yo! ¡Qué vil calumnia! -exclamó el tacaño-. Eso lo dirán mis enemigos paraperderme. ¿Es usted, Sr. Montoria, quien ha hecho correr esas voces? -Ni por pienso -respondió el patriota-. Pero es cierto que lo oí decir. Recuerdo que ledefendí a usted, asegurando que el Sr. Candiola es incapaz de venderse a los franceses. -¡Mis enemigos, mis enemigos quieren perderme! ¡Qué infamias inventan contra mí!También quieren que pierda la honra, después de haber perdido la hacienda. Señores, micasa de la calle de la Sombra ha perdido parte del tejado. ¿Hay desolación semejante?
  • La que tengo aquí detrás de San Francisco y pegada a la huerta de San Diego, seconserva bien; pero está ocupada por la tropa, y me la destrozan que es un primor. -El edificio vale bien poco, Sr. D. Jerónimo -dijo el fraile-, y si mal no recuerdo,hace diez años que nadie quiere habitarla. -Como dio la gente en la manía de decir si había duendes o no... Pero dejemos eso.¿Han visto por aquí a mi hija? [239] -Esa virginal azucena ha ido hacia San Diego en busca de su simpático papá. -Mi hija ha perdido el juicio. -Algo de eso. -También tiene de ello la culpa el Sr. de Montoria. Mis enemigos, mis pérfidosenemigos no me dejan respirar. -¡Cómo! -exclamó mi protector-. ¿También tengo yo la culpa de que esa niña hayasacado las malas mañas de su madre?... quiero decir... ¡Maldita lengua mía! Su madrefue una señora ejemplar. -Los insultos del Sr. Montoria no me llaman la atención y los desprecio -dijo el avarocon ponzoñosa cólera-. En vez de insultarme el Sr. D. José, debiera sujetar a su niñoAgustín, libertino y embaucador, que es quien ha trastornado el seso a mi hija. No, no sela daré en matrimonio, aunque bebe los vientos por ella. Y quiere robármela. ¡Buenapieza el tal D. Agustín! No, no la tendrá por esposa. Vale más, mucho más mi María. D. José de Montoria, al oír esto, púsose blanco, y dio algunos pasos hacia el tíoCandiola, con intento sin duda de renovar la violenta escena de la calle de Antón Trillo.Después se contuvo, y con voz dolorida habló así: -¡Dios mío! Dame fuerzas para reprimir mis arrebatos de cólera. ¿Es posible matar lasoberbia y ser humilde delante de este hombre? Le pedí perdón de la ofensa que le hice,humilleme ante él, le ofrecí [240] una mano de amigo, y sin embargo, se me ponedelante para injuriarme otra vez, para insultarme del modo más horrendo... ¡Miserablehombre, castígame, mátame, bébete toda mi sangre y vende después mis huesos parahacer botones; pero que tu vil lengua no arroje tanta ignominia sobre mi hijo querido!¿Qué has dicho, que ha dicho Vd. de mi Agustín? -La verdad. -No sé cómo me contengo. Señores, sean ustedes testigos de mi bondad. No quieroarrebatarme; no quiero atropellar a nadie; no quiero ofender a Dios. Yo le perdono aeste hombre sus infamias; pero que se quite al punto de mi presencia, porque viéndoleno respondo de mí. Candiola, amedrentado por estas palabras, entró en el portalón del convento. Elpadre Luengo se llevó a Montoria por el Coso abajo.
  • Y sucedió que en el mismo instante, entre los soldados que allí estaban reunidos,empezó a cundir un murmullo rencoroso que indicaba sentimientos muy hostiles contrael padre de Mariquilla, lo cual, atendidos los antecedentes de aquel, no tenía nada departicular. Él quiso huir, viéndose empujado de un lado para otro; mas le detuvieron, ysin saber cómo, en un rápido movimiento del grupo amenazador, fue llevado al claustro.Entonces una voz dijo con colérico acento: -Al pozo; arrojarle(41) al pozo. [241] Candiola fue asido por varias manos, y magullado, roto y descosido más de lo queestaba. -Es de los que andan repartiendo dinero para que la tropa se rinda -dijo uno. -Sí, sí -gritaron otros-. Ayer decían que andaba en el Mercado repartiendo dinero. -Señores -decía el infeliz con voz ahogada-, yo les juro a Vds. que jamás he repartidodinero. Y así era la verdad. -Anoche dicen que le vieron traspasar la línea y meterse en el campo francés. -De donde volvió por la mañana. ¡Al pozo con él! Otro amigo y yo forcejeamos un rato por salvar a Candiola de una muerte segura;pero no lo pudimos conseguir sino a fuerza de ruegos y persuasiones, diciendo: -Muchachos, no hagamos una barbaridad. ¿Qué daño puede causar este vejetedespreciable? -Es verdad -añadió él en el colmo de la angustia-. ¿Qué mal puedo hacer yo, quesiempre me he ocupado en socorrer a los menesterosos? Vosotros no me mataréis; soissoldados de las Peñas de San Pedro y de Extremadura; sois todos guapos chicos.Vosotros incendiasteis aquellas casas de las Tenerías, donde yo encontré el pollo queme valió una onza. ¿Quién dice que yo me vendo a los franceses? Les odio, no lespuedo ver, y a vosotros os quiero como a mi propio pellejo. Niñitos míos, dejadme enpaz. Todo lo he perdido; que me quede al menos la vida. [242] Estas lamentaciones, y los ruegos míos y de mi amigo ablandaron un poco a lossoldados, y una vez pasada la primera efervescencia, nos fue fácil salvar al desgraciadoviejo. Al relevarse la gente que estaba en las posiciones, quedó completamente a salvo;pero ni siquiera nos dio las gracias cuando, después de librarle de la muerte, leofrecimos un pedazo de pan. Poco después, y cuando tuvo alientos para andar, salió a lacalle, donde él y su hija se reunieron.
  • - XXVII - Aquella tarde, casi todo el esfuerzo de los franceses se dirigió contra el arrabal de laizquierda del Ebro. Asaltaron el monasterio de Jesús, y bombardearon el templo delPilar, donde se refugiaba el mayor número de enfermos y heridos, creyendo que lasantidad del lugar les ofrecía allí más seguridad que en otra parte. En el centro no se trabajó mucho en aquel día. Toda la atención estaba reconcentradaen las minas y nuestros esfuerzos se dirigían a probar al enemigo que antes queconsentir en ser volados solos, trataríamos de volarles a ellos, o volar juntos, por lomenos. [243] Por la noche ambos ejércitos parecían entregados al reposo. En las galeríassubterráneas no se sentía el rudo golpe de la piqueta. Yo salí afuera y hacia San Diegoencontré a Agustín y a Mariquilla, que hablaban sosegadamente sentados en el dintel deuna puerta de la casa de los Duendes. Se alegraron mucho de verme, y me senté junto aellos participando de los mendrugos que comían. -No tenemos donde albergarnos -dijo Mariquilla-. Estábamos en un portal delcallejón del Órgano, y nos echaron. ¿Por qué aborrecen tanto a mi pobre padre? ¿Quédaño les ha hecho? Después nos guarecimos en un cuartucho de la calle de las Urreas ytambién nos echaron. Nos sentamos luego bajo un arco en el Coso, y todos los que allíestaban huyeron de nosotros. Mi padre está furioso. -Mariquilla de mi corazón -dijo Agustín-, espero que el sitio se acabe pronto de unmodo o de otro. Quiera Dios que muramos los dos, si vivos no podemos ser felices. Nosé por qué en medio de tantas desgracias mi corazón está lleno de esperanza; no sé porqué me ocurren ideas agradables y pienso constantemente en un risueño porvenir. ¿Porqué no? ¿Todo ha de ser desgracias y calamidades? Las desventuras de mi familia soninfinitas. Mi madre no tiene ni quiere tener consuelo. Nadie puede apartarla del sitio enque están el cadáver de mi hermano y el de mi sobrino, y cuando por fuerza la llevamoslejos de allí, la vemos luego arrastrándose [244] sobre las piedras de la calle para volver.Ella, mi cuñada y mi hermana ofrecen un espectáculo lastimoso; niéganse a tomaralimentos, y al rezar, deliran, confundiendo los nombres santos. Esta tarde al fin hemosconseguido llevarlas a un sitio cubierto donde se las obliga a mantenerse en reposo y atomar algún alimento. Mariquilla, ¡a qué triste estado ha traído Dios a los míos! ¿Nohay motivo para esperar que al fin se apiade de nosotros? -Sí -repuso la Candiola-; el corazón me dice que hemos pasado las amarguras denuestra vida, y que ahora tendremos días tranquilos. El sitio se acabará pronto, porquesegún dice mi padre, lo que queda es cosa de días. Esta mañana fui al Pilar; cuando mearrodillé delante de la Virgen, pareciome que la Santa Señora me miraba y se reía.Después salí de la iglesia, y un gozo muy vivo hacía palpitar mi corazón. Miraba alcielo y las bombas me parecían un juguete; miraba a los heridos, y se me figuraba quetodos ellos se volvían sanos; miraba a las gentes y en todas creía encontrar la alegría quese desbordaba en mi pecho. Yo no sé lo que me ha pasado hoy, yo estoy contenta... Diosy la Virgen sin duda se han apiadado de nosotros; y estos latidos de mi corazón, estaalegre inquietud son avisos de que al fin después de tantas lágrimas vamos a serdichosos.
  • -¡Lo que dices es la verdad! -exclamó Agustín, estrechando a Mariquillaamorosamente contra su [245] pecho-. Tus presentimientos son leyes; tu corazónidentificado con lo divino no puede engañarnos; oyéndote me parece que se disipa laatmósfera de penas en que nos ahogamos, y respiro con delicia los aires de la felicidad.Espero que tu padre no se opondrá a que te cases conmigo. -Mi padre es bueno -dijo la Candiola-. Yo creo que si los vecinos de la ciudad no lemortificaran, él sería más humano. Pero no le pueden ver. Esta tarde ha sido maltratadootra vez en el claustro de San Francisco, y cuando se reunió conmigo en el Coso estabafurioso y juraba que se había de vengar. Yo procuraba aplacarle; pero todo en vano. Nosecharon de varias partes. Él, cerrando los puños y pronunciando voces destempladas,amenazaba a los transeúntes. Después echó a correr hacia aquí; yo pensé que venía a versi le han destrozado esta casa, que es nuestra; seguile, volviose él hacia mí comoatemorizado al sentir mis pasos, y me dijo: «tonta, entrometida, ¿quién te mandaseguirme?». Yo no le contesté nada, pero viendo que avanzaba hacia la línea francesacon ánimo de traspasarla, quise detenerle, y le dije: «Padre ¿a dónde vas?». Entoncesme contestó: «¿No sabes que en el ejército francés está mi amigo el capitán de suizos D.Carlos Lindener, que servía el año pasado en Zaragoza? Voy a verle; recordarás que medebe algunas cantidades». Hízome quedar aquí y se marchó. Lo que siento es que susenemigos, si saben que traspasa la línea y va al campo francés, le [246] llamarán traidor.No sé si será por el gran cariño que le tengo por lo que me parece incapaz de semejanteacción. Temo que le pase algún mal, y por eso deseo la conclusión del sitio. ¿No esverdad que concluirá pronto, Agustín? -Sí, Mariquilla, concluirá pronto, y nos casaremos. Mi padre quiere que me case. -¿Quién es tu padre? ¿Cómo se llama? No es tiempo todavía de que me lo digas? -Ya lo sabrás. Mi padre es persona principal y muy querido en Zaragoza. ¿Para quéquieres saber más? -Ayer quise averiguarlo... Somos curiosas. A varias personas conocidas que hallé enel Coso les pregunté: «¿Saben Vds. quién es ese señor que ha perdido a su hijoprimogénito?». Pero como hay tantos en este caso, la gente se reía de mí. -No me lo preguntes. Yo te lo revelaré a su tiempo, y cuando al decírtelo, puedadarte una buena noticia. -Agustín, si me caso contigo, quiero que me lleves fuera de Zaragoza por unos días.Deseo durante corto tiempo ver otras casas, otros árboles, otro país; deseo vivir algunosdías en sitios que no sean estos, donde tanto he padecido. Sí, Mariquilla de mi alma -exclamó Montoria con arrebato-; iremos a donde quieras,lejos de aquí, mañana mismo... mañana no, porque no está levantado el sitio; pasado...en fin, cuando Dios quiera... [247] -Agustín -añadió Mariquilla, con voz débil que indicaba cierta somnolencia-, quieroque al volver de nuestro viaje, reedifiques la casa en que he nacido. El ciprés continúaen pie.
  • Mariquilla inclinando la cabeza, mostraba estar medio vencida por el sueño. -¿Deseas dormir, pobrecilla? -le dijo mi amigo tomándola en brazos. -Hace varias noches que no duermo -respondió la joven cerrando los ojos-. Lainquietud, el pesar, el miedo me han mantenido en vela. Esta noche el cansancio merinde, y la tranquilidad que siento me hace dormir. -Duerme en mis brazos, María -dijo Agustín-, y que la tranquilidad que ahora llenatu alma no te abandone cuando despiertes. Después de un breve rato en que la creímos dormida, Mariquilla mitad despierta,mitad en sueños, habló así: -Agustín, no quiero que quites de mi lado a esa buena doña Guedita, que tanto nosprotegía cuando éramos novios... Ya ves cómo tenía yo razón al decirte que mi padrefue al campo francés a cobrar sus cuentas... Después no habló más y se durmió profundamente. Sentado Agustín en el suelo, lasostenía sobre sus rodillas y entre sus brazos. Yo abrigué sus pies con mi capote. Callábamos Agustín y yo, porque nuestras voces [248] no turbaran el sueño de lamuchacha. Aquel sitio era bastante solitario. Teníamos a la espalda la casa de losDuendes, inmediata al convento de San Francisco, y enfrente el colegio de San Diego,con su huerta circuida por largas tapias que se alzaban en irregulares y angostoscallejones. Por ellos discurrían los centinelas que se relevaban y los pelotones que ibana las avanzadas o venían de ellas. La tregua era completa, y aquel reposo anunciabagrandes luchas para el día siguiente. De pronto, el silencio me permitió oír sordos golpes debajo de nosotros en loprofundo del suelo. Al punto comprendí que andaba por allí la piqueta de los minadoresfranceses, y comuniqué mi recelo a Agustín, el cual, prestando atención, me dijo: -Efectivamente, parece que están minando. Pero ¿a dónde van por aquí? Las galeríasque hicieron desde Jerusalén están todas cortadas por las nuestras. No pueden dar unpaso sin que se les salga al encuentro. -Es que este ruido indica que están minando por San Diego. Ellos poseen una partedel edificio. Hasta ahora no han podido llegar a las bodegas de San Francisco. Si porcasualidad han discurrido que es fácil el paso desde San Diego a San Francisco por losbajos de esta casa, es probable que este paso sea el que están abriendo ahora. -Corre al instante al convento -me dijo-, baja a los subterráneos, y si sientes ruido,cuenta a Renovales [249] lo que pasa. Si algo ocurre, me llamas enseguida. Agustín quedose solo con Mariquilla. Fui a San Francisco, y al bajar a las bodegas,encontré, con otros patriotas, a un oficial de ingenieros, el cual, como yo le expusiera mitemor, me dijo:
  • -Por las galerías abiertas debajo de la calle de Santa Engracia, desde Jerusalén y elHospital, no pueden acercarse aquí, porque con nuestra zapa hemos inutilizado la suya,y unos cuantos hombres podrán contenerlos. Debajo de este edificio dominamos lossubterráneos de la iglesia, las bodegas y los sótanos que caen hacia el claustro deOriente. Hay una parte del convento que no está minada, y es la de Poniente y Sur; peroallí no hay sótanos, y hemos creído excusado abrir galerías, porque no es probable senos acerquen por esos dos lados. Poseemos la casa inmediata, y yo he reconocido suparte subterránea, que está casi pegada a las cuevas de la sala capitular. Si ellosdominaran la casa de los Duendes, fácil les sería poner hornillos y volar toda la parte delSur y de Poniente; pero aquel edificio es nuestro, y desde él a las posiciones francesasenfrente de San Diego y en Santa Rosa, hay mucha distancia. No es probable que nosataquen por ahí, a menos que no exista alguna comunicación desconocida entre la casa ySan Diego o Santa Rosa, que les permitiera acercársenos sin advertirlo. Hablando sobre el particular estuvimos hasta la [250] madrugada. Al amanecer,Agustín entró muy alegre, diciéndome que había conseguido albergar a Mariquilla en elmismo local donde estaba su familia. Después nos dispusimos para hacer un esfuerzoaquel día, porque los franceses, dueños ya del Hospital, mejor dicho, de sus ruinas,amenazaban asaltar a San Francisco, no por bajo tierra, sino a descubierto y a la luz delsol. - XXVIII - La posesión de San Francisco iba a decidir la suerte de la ciudad. Aquel vastoedificio, situado en el centro del Coso, daba una superioridad incontestable a la naciónque lo ocupase. Los franceses lo cañonearon desde muy temprano, con objeto de abrirbrecha para el asalto, y los zaragozanos llevaron a él lo mejor de su fuerza paradefenderlo. Como escaseaban ya los soldados, multitud de personas graves que hastaentonces no sirvieran sino de auxiliares, tomaron las armas. Sas, Cereso(42), La Casa,Piedrafita, Escobar, Leiva, D. José de Montoria, todos los grandes patriotas habíanacudido también. En la embocadura de la calle de San Gil y en el arco de Cineja había varios cañonespara contener los ímpetus del enemigo. Yo fui enviado con otros [251] de Extremaduraal servicio de aquellas piezas, porque apenas quedaban artilleros, y cuando me despedíde Agustín, que permanecía en San Francisco al frente de la compañía, nos abrazamoscreyendo que no nos volveríamos a ver. D. José de Montoria, hallándose en la barricada de la Cruz del Coso, recibió unbalazo en la pierna y tuvo que retirarse; pero apoyado en la pared de una casa inmediataal arco de Cineja, resistió por algún tiempo el desmayo que le producía la hemorragia,hasta que al fin sintiéndose desfallecido, me llamó, diciéndome: -Sr. de Araceli, se me nublan los ojos... No veo nada... ¡Maldita sangre, cómo semarcha a toda prisa cuando hace más falta! ¿Quiere Vd. darme la mano?
  • -Señor -le dije corriendo hacia él y sosteniéndole-. Más vale que se retire Vd. a sualojamiento. -No, aquí quiero estar... Pero, Sr. de Araceli, si me quedo sin sangre... ¿Dóndedemonios se ha ido esta condenada sangre...?, y parece que tengo piernas de algodón...Me caigo al suelo como un costal vacío. Hizo terribles esfuerzos por reanimarse; pero casi llegó a perder el sentido, más quepor la gravedad de la herida, por la pérdida de la sangre, el ningún alimento, losinsomnios y penas de aquellos días. Aunque él rogaba que le dejáramos allí arrimado ala pared, para no perder ni un solo detalle de la acción [252] que iba a trabarse, lellevamos a su albergue, que estaba en el mismo Coso, esquina a la calle del Refugio. Lafamilia había sido instalada en una habitación alta. La casa toda estaba llena de heridos,y casi obstruían la puerta los muchos cadáveres depositados en aquel sitio. En elangosto portal, en las habitaciones interiores no se podía dar un paso porque la genteque había ido allí a morirse lo obstruía todo, y no era fácil distinguir los vivos de losdifuntos. Montoria, cuando le entramos allí, dijo: -No me llevéis arriba, muchachos, donde está mi familia. Dejadme en esta piezabaja. Ahí veo un mostrador que me viene de perillas. Pusímosle donde dijo. La pieza baja era una tienda. Bajo el mostrador habíanexpirado aquel día algunos heridos y apestados, y muchos enfermos se extendían por elinfecto suelo, arrojados sobre piezas de tela. -A ver -continuó- si hay por ahí algún alma caritativa que me ponga un poco deestopa en este boquete por donde sale la sangre. Una mujer se adelantó hacia el herido. Era Mariquilla Candiola. -Dios os lo premie, niña -dijo D. José, al ver que traía hilas y lienzo para curarle-.Basta por ahora con que me remiende Vd. un poco esta pierna. Creo que no se ha roto elhueso. Mientras esto pasaba, unos veinte paisanos invadieron [253] la casa, para hacerfuego desde las ventanas contra las ruinas del hospital. -Sr. de Araceli, ¿se marcha Vd. al fuego? Aguarde Vd. un rato, para que me lleve,porque me parece que no puedo andar solo. Mande Vd. el fuego desde la ventana.Buena puntería. No dejar respirar a los del Hospital... A ver, joven, despache Vd.pronto. ¿No tiene Vd. un cuchillo a mano? Sería bueno cortar ese pedazo de carne quecuelga... ¿Cómo va eso, señor de Araceli? ¿Vamos ganando? -Vamos bien -le respondí desde la ventana-. Ahora retroceden al Hospital. SanFrancisco es un hueso un poco duro de roer. María en tanto miraba fijamente a Montoria, y seguía curándole con mucho cuidadoy esmero.
  • -Es Vd. una alhaja, niña -dijo mi amigo-. Parece que no pone las manos encima de laherida... Pero ¿a qué me mira Vd. tanto? ¿Tengo monos en la cara? A ver... ¿Estáconcluido eso?... Trataré de levantarme... Pero si no me puedo tener... ¿Qué agua demalva es esta que tengo en las venas? Porr... iba a decirlo... que no pueda corregir lamaldita costumbre... Sr. de Araceli, no puedo con mi alma. ¿Cómo anda la cosa? -Señor, a las mil maravillas. Nuestros valientes paisanos están haciendo prodigios. En esto llegó un oficial herido a que le pusieran un vendaje. -Todo marcha a pedir de boca -nos dijo-. No [254] tomarán a San Francisco. Los delhospital han sido rechazados tres veces. Pero lo portentoso, señores, ha ocurrido por ellado de San Diego. Viendo que los franceses se apoderaban de la huerta pegada a lacasa de los Duendes, cargaron sobre ellos a la bayoneta los valientes soldados deOrihuela, mandados por Pino-Hermoso, y no sólo los desalojaron, sino que dieronmuerte a muchos, cogiendo trece prisioneros. -Quiero ir allá. ¡Viva el batallón de Orihuela! ¡Viva el marqués de Pino-Hermoso!-exclamó con furor sublime D. José de Montoria-. Sr. de Araceli, vamos allá. LlévemeVd. ¿Hay por ahí un par de muletas? Señores, las piernas me faltan. Pero andaré con elcorazón. Adiós niña, hermosa curandera... Pero ¿por qué me mira Vd. tanto?... Meconoce Vd. y yo creo haber visto esa cara en alguna parte... sí... pero no recuerdo dónde. -Yo también le he visto a Vd. una vez, una vez sola -dijo Mariquilla con aplomo-, yojalá no me acordara. -No olvidaré este beneficio - añadió Montoria-. Parece Vd. una buena muchacha... ymuy linda por cierto. Adiós, estoy muy agradecido, sumamente agradecido... Venga unpar de muletas, un bastón, que no puedo andar, Sr. de Araceli. Deme Vd. el brazo...¿Qué telarañas son estas que se me ponen ante los ojos?... Vamos allá, y echaremos alos franceses del hospital. [255] Disuadiéndole de su temerario propósito de salir, me disponía a marchar yo solo,cuando se oyó una detonación tan fuerte, que ninguna palabra del lenguaje tiene energíapara expresarla. Parecía que la ciudad entera era lanzada al aire por la explosión de uninmenso volcán abierto bajo sus cimientos. Todas las casas temblaron; oscureciose elcielo con inmensa nube de humo y de polvo, y a lo largo de la calle vimos caer trozosde pared, miembros despedazados, maderos, tejas, lluvias de tierra y material de todasclases. -¡La Santa Virgen del Pilar nos asista! -exclamó Montoria-. Parece que ha volado elmundo entero. Los enfermos y heridos gritaban creyendo llegada su última hora, y todos nosencomendamos mentalmente a Dios. ¿Qué es esto? ¿Existe todavía Zaragoza? -preguntaba uno. -¿Volamos nosotros también?
  • -Debe haber sido(43) en el convento de San Francisco esta terrible explosión -dije yo. -Corramos allá -dijo Montoria sacando fuerzas de flaqueza-. Sr. de Araceli. ¿Nodecían que estaban tomadas todas las precauciones para defender a San Francisco?...¡Pero no hay un par de muletas, por ahí? Salimos al Coso, donde al punto nos cercioramos de que una gran parte de SanFrancisco había sido volada. [256] -Mi hijo estaba en el convento -dijo Montoria pálido como un difunto-. ¡Dios mío, sihas determinado que lo pierda también, que muera por la patria en el puesto del honor! Acercose a nosotros el locuaz mendigo de quien hice mención en las primeraspáginas de esta relación, el cual trabajosamente andaba con sus muletas, y parecía enmuy mal estado de salud. -Sursum Corda -le dijo el patriota-, dame tus muletas, que para nada las necesitas. -Déjeme su merced -repuso el cojo- llegar a aquel portal y se las daré. No quieromorirme en medio de la calle. -¿Te mueres tú? -¡Así parece! La calentura me abrasa. Estoy herido en el hombro desde ayer ytodavía no me han sacado la bala. Siento que me voy. Tome usía las muletas. -¿Vienes de San Francisco? -No, señor; yo estaba en el arco del Trenque... Allí había un cañón: hemos hechomucho fuego. Pero San Francisco ha volado por los aires cuando menos lo creíamos.Toda la parte del Sur y de Poniente vino al suelo, enterrando mucha gente. Ha sidotraición, según dice el pueblo... Adiós, D. José... Aquí me quedo... Los ojos se meoscurecen, la lengua se me traba, yo me voy... la Señora Virgen del Pilar me ampare, yaquí tiene usía mis remos. Con ellos pudo avanzar un poco Montoria hacia [257] el lugar de la catástrofe; perotuvimos que doblar la calle de San Gil, porque no se podía seguir más adelante. Losfranceses habían cesado de hostilizar el convento por el lado del Hospital; peroasaltándolo por San Diego, ocupaban a toda prisa las ruinas, que nadie podíadisputarles. Conservábase en pie la iglesia y torre de San Francisco. -¡Eh, padre Luengo! -dijo Montoria llamando al fraile de este nombre, que entrabaapresuradamente en la calle de San Gil-. ¿Qué hay? ¿Dónde está el Capitán general?¿Ha perecido entre las ruinas? -No -repuso el padre deteniéndose-. Está con otros jefes en la plazuela de San Felipe.Puedo anunciarle a Vd. que su hijo Agustín se ha salvado, porque era de los queocupaban la torre. -¡Bendito sea Dios! -dijo D. José cruzando las manos.
  • -Toda la parte de Sur y Poniente ha sido destruida -prosiguió Luengo-. No se sabecómo han podido minar por aquel sitio. Debieron poner(44) los hornillos debajo de la saladel capítulo, y por allí no se habían hecho minas, creyendo que era lugar seguro. -Además -dijo un paisano armado y que se acercó al grupo-, teníamos la casainmediata, y los franceses, posesionados sólo de parte de San Diego y de Santa Rosa, nopodían acercarse allí con facilidad. -Por eso se cree -indicó un clérigo armado que se nos agregó- que han encontrado unpaso secreto [258] entre Santa Rosa y la Casa de los Duendes. Apoderados de lossótanos de esta, con una pequeña galería, pudieron llegar hasta debajo de la sala delcapítulo que está muy cerca. -Ya se sabe todo -dijo un capitán del ejército-. La Casa de los Duendes tiene un gransótano que nos era desconocido. Desde este sótano partía, sin duda, una comunicacióncon Santa Rosa, a cuyo convento perteneció antiguamente dicho edificio y servía degranero y almacén. -Pues si eso es cierto, si esa comunicación existe -añadió Luengo-, ya comprendoquién se la ha descubierto a los franceses. Ya saben Vds. que cuando los enemigosfueron rechazados en la huerta de San Diego, se hicieron algunos prisioneros. Entreellos está el tío Candiola, que varias veces ha visitado estos días el campo francés, ydesde anoche se pasó al enemigo. -Así tiene que ser -afirmó Montoria-, porque la Casa de los Duendes pertenece aCandiola. Harto sabe el condenado judío los pasos y escondrijos de aquel edificio.Señores, vamos a ver al Capitán general. ¿Se cree que aún podrá defenderse el Coso? -¿Pues no se ha de defender? -dijo el militar-. Lo que ha pasado es una friolera:algunos muertos más. Aún se intentará reconquistar la iglesia de San Francisco. Todos mirábamos a aquel hombre que tan serenamente hablaba de lo imposible. Laconcisa sublimidad [259] de su empeño parecía una burla, y sin embargo, en aquellaepopeya de lo increíble, semejantes burlas solían parar en realidad. Los que no den crédito a mis palabras, abran la historia y verán que unas cuantasdocenas de hombres extenuados, hambrientos, descalzos, medio desnudos, algunos deellos heridos, se sostuvieron todo el día en la torre; mas no contentos con esto,extendiéronse por el techo de la iglesia, y abriendo aquí y allí innumerables claraboyas,sin atender al fuego que se les hacía desde el Hospital, empezaron a arrojar granadas demano contra los franceses, obligándoles a abandonar el templo al caer de la tarde. Todala noche pasó en tentativas del enemigo para reconquistarlo; pero no pudieronconseguirlo hasta el día siguiente, cuando los tiradores del tejado se retiraron, pasando ala casa de Sástago. - XXIX -
  • ¿Zaragoza se rendirá? La muerte al que esto diga. Zaragoza no se rinde. La reducirán a polvo: de sus históricas casas no quedaráladrillo sobre ladrillo; caerán sus cien templos(45); su suelo abrirase vomitando llamas; ylanzados al aire los cimientos, caerán las tejas al fondo de los pozos; pero entre [260]los escombros y entre los muertos habrá siempre una lengua viva para decir queZaragoza no se rinde. Llegó el momento de la suprema desesperación. Francia ya no combatía: minaba.Era preciso desbaratar el suelo nacional para conquistarlo. Medio Coso era suyo, yEspaña destrozada se retiró a la acera de enfrente. Por las Tenerías, por el arrabal de laizquierda, habían alcanzado también ventajas, y sus hornillos no descansaban uninstante. Al fin ¡parece mentira!, nos acostumbramos a las voladuras, como antes noshabíamos acostumbrado al bombardeo. A lo mejor se oía un ruido como el de miltruenos retumbando a la vez. ¿Qué ha sido? Nada: la Universidad, la capilla de laSangre, la casa de Aranda, tal convento o iglesia que ya no existe. Aquello no era viviren nuestro pacífico y callado planeta; era tener por morada las regiones del rayo,mundos desordenados donde todo es fragor y desquiciamiento. No había sitio algunodonde estar, porque el suelo ya no era suelo y bajo cada planta se abría un cráter. Y sinembargo, aquellos hombres seguían defendiéndose contra la inmensidad abrumadora deun volcán continuo y de una tempestad incesante. A falta de fortalezas, habían servidolos conventos; a falta de conventos, los palacios; a falta de palacios, las casas humildes.Todavía había algunas paredes. Ya no se comía. ¿Para qué, si se esperaba la [261] muerte de un momento a otro?Centenares, miles de hombres perecían en las voladuras y la epidemia había tomadocarácter fulminante. Tenía uno la suerte de salir ileso de entre la lluvia de balas, y luegoal volver una esquina, el horroroso frío y la fiebre, apoderándose súbitamente de lanaturaleza, le conducían en poco tiempo a la muerte. Ya no había parientes ni amigos;menos aún: ya los hombres no se conocían unos a otros, y ennegrecidos los rostros porla tierra, por el humo, por la sangre, desencajados y cadavéricos, al juntarse después delcombate, se preguntaban: «¿quién eres tú? ¿Quién es Vd.?». Ya las campanas no tocaban a alarma, porque no había campaneros: ya no se oíanpregones, porque no se publicaban proclamas; ya no se decía misa, porque faltabansacerdotes; ya no se cantaba la jota, y las voces iban expirando en las gargantas amedida que iba muriendo gente. De hora en hora el fúnebre silencio iba conquistando laciudad. Sólo hablaba el cañón, y las avanzadas de las dos naciones no se entreteníandiciéndose insultos. Más que de rabia, las almas empezaban a llenarse de tristeza, y laciudad moribunda se batía en silencio para que ni un átomo de fuerza se le perdiera envoces importunas. La necesidad de la rendición era una idea general; pero nadie la manifestaba,guardándola en el fondo de su conciencia, como se guarda la idea de la culpa que se vaa cometer. ¡Rendirse! Esto parecía [262] una imposibilidad, una obra difícil, y perecerera más fácil.
  • Pasó un día después de la explosión de San Francisco; día horrible que no parecehaber existido en las series del tiempo, sino tan sólo en el reino engañoso de laimaginación. Yo había estado en la calle de las Arcadas poco antes de que la mayor parte de suscasas se hundieran. Corrí después hacia el Coso a cumplir una comisión que se meencargó y recuerdo que la pesada e infecta atmósfera de la ciudad me ahogaba, de talmodo que apenas podía andar. Por el camino encontré el mismo niño que algunos díasantes vi llorando y solo en el barrio de las Tenerías. También entonces iba solo yllorando, y además el infeliz metía las manos en la boca, como si se comiese los dedos.A pesar de esto nadie le hacía caso. Yo también pasé con indiferencia por su lado; perodespués una vocecilla dijo algo en mi conciencia, volví atrás y me le llevé conmigo,dándole algunos pedazos de pan. Cumplida mi comisión, corrí a la plazuela de SanFelipe, donde después de lo de las Arcadas, estaban los pocos hombres que aunsubsistían de mi batallón. Era ya de noche, y aunque en el Coso había gran fuego entreuna y otra acera, los míos fueron dejados en reserva para el día siguiente, porqueestaban muertos de cansancio. Al llegar vi un hombre que envuelto en su capote [263] paseaba de largo a largo sinhacer caso de nada ni de nadie. Era Agustín Montoria. -¡Agustín! ¿Eres tú? -le dije acercándome-. ¡Qué pálido y demudado estás! ¿Te hanherido? -Déjame -me contestó agriamente-, no quiero compañías importunas. -¿Estás loco? ¿Qué te pasa? -Déjame, te digo -añadió, repeliéndome con fuerza-. Te digo que quiero estar solo.No quiero ver a nadie. -Amigo -exclamé, comprendiendo que algún terrible pesar perturbaba el alma de micompañero-, si te ocurre algo desagradable dímelo y tomaré para mí una parte de tudesgracia. -¿Pues no lo sabes? -No sé nada. Ya sabes que me mandaron con veinte hombres a la calle de lasArcadas. Desde ayer, desde la explosión de San Francisco, no nos hemos visto. -Es verdad -repuso-. Gabriel, he buscado la muerte en esa barricada del Coso y lamuerte no ha querido venir. Innumerables compañeros míos cayeron a mi lado y no hahabido una bala para mí. Gabriel, amigo mío querido, pon el cañón de una de tuspistolas en mi sien y arráncame la vida. ¿Lo creerás? Hace poco intenté matarme... Nosé... parece que vino una mano invisible y me apartó el arma de las sienes. Después, otramano suave y tibia pasó por mi frente. [264]
  • -Cálmate, Agustín, y cuéntame lo que tienes. -¡Lo que tengo! ¿Qué hora es? -Las nueve. -Falta una hora -exclamó con nervioso estremecimiento-. ¡Sesenta minutos! Puedeser que los franceses hayan minado esta plazuela de San Felipe donde estamos, y tal vezdentro de un instante la tierra, saltando bajo nuestros pies, abra una horrible sima en quetodos quedemos sepultados, todos, la víctima y los verdugos. -¿Qué víctima es esa? -¿No lo sabes? El desgraciado Candiola. Está encerrado en la Torre Nueva. En la puerta de la Torre Nueva había algunos soldados, y una macilenta luzalumbraba la entrada. -En efecto -dije-, sé que ese infame viejo fue cogido prisionero con algunosfranceses en la huerta de San Diego. -Su crimen es indudable. Enseñó a los enemigos el paso desde Santa Rosa a la casade los Duendes, de él solo conocido. Además de que no faltan pruebas, el infeliz estatarde ha confesado todo con esperanza de salvar la vida. -Le han condenado... -Sí. El consejo de guerra no ha discutido mucho. Candiola será arcabuceado dentrode una hora por traidor. ¡Allí está! Y aquí me tienes a mí, Gabriel, aquí me tienes a mí,capitán del batallón de las Peñas de San Pedro; ¡malditas charreteras!, aquí [265] metienes con una orden en el bolsillo en que se me manda ejecutar la sentencia a las diezde la noche, en este mismo sitio, aquí, en la plazuela de San Felipe, al pie de la torre.¿Ves, ves la orden? Está firmada por el general Saint-March. Callé, porque no se me ocurría una sola palabra que decir a mi compañero en aquellaterrible ocasión. -¡Amigo mío, valor! -exclamé al fin-. Es preciso cumplir la orden. Agustín no me oía. Su actitud era la de un demente y se apartaba de mí para volverenseguida, balbuciendo palabras de desesperación. Después mirando a la torre, quemajestuosa y esbelta alzábase sobre nuestras cabezas, exclamó con terror: -Gabriel, ¿no la ves, no ves la torre? ¿No ves que está derecha, Gabriel? La torre seha puesto derecha. ¿No la ves? ¿Pero no la ves? Miré a la torre, y, como era natural, la torre continuaba inclinada. -Gabriel -añadió Montoria-, mátame: no quiero vivir. No: yo no le quitaré a esehombre la vida. Encárgate tú de esta comisión. Yo, si vivo, quiero huir; estoy enfermo;
  • me arrancaré estas charreteras y se las tiraré a la cara al general Saint-March. No, no medigas que la Torre Nueva sigue inclinada. Pero hombre, ¿no ves que está derecha?Amigo, tú me engañas; mi corazón está traspasado por un acero candente, rojo, y lasangre chisporrotea. Me muero de dolor. [266] Yo procuraba consolarle, cuando una figura blanca penetró en la plaza por la calle deTorresecas. Al verla temblé de espanto: era Mariquilla. Agustín no tuvo tiempo de huir,y la desgraciada joven se abrazó a él, exclamando con ardiente emoción: -Agustín, Agustín. Gracias a Dios que te encuentro aquí. ¡Cuánto te quiero! Cuandome dijeron que eras tú el carcelero de mi padre, me volví loca de alegría, porque tengola seguridad de que has de salvarle. Esos caribes del Consejo le han condenado amuerte. ¡A muerte! ¡Morir él, que no ha hecho mal a nadie! Pero Dios no quiere que elinocente perezca, y le ha puesto en tus manos para que le dejes escapar. -Mariquilla, María de mi corazón -dijo Agustín-. Déjame, vete... no te quiero ver...Mañana, mañana hablaremos. Yo también te amo... Estoy loco por ti. HúndaseZaragoza; pero no dejes de quererme. Esperaban que yo matara a tu padre... -Jesús, no digas eso -exclamó la muchacha-. ¡Tú! -No, mil veces no; que castiguen otros su traición. -No, mentira, mi padre no ha sido traidor. ¿Tú también le acusas? Nunca lo creí...Agustín, es de noche. Desata sus manos, quítale los grillos que destrozan sus pies; ponleen libertad. Nadie lo puede ver. Huiremos; nos esconderemos aquí cerca, [267] en lasruinas de nuestra casa, allí en la sombra del ciprés, en aquel mismo sitio donde tantasveces hemos visto el pico de la Torre Nueva. -María... espera un poco... -dijo Montoria con suma agitación-. Eso no puede hacerseasí... Hay mucha gente en la plaza. Los soldados están muy irritados contra el preso.Mañana... -¡Mañana! ¿Qué has dicho? ¿Te burlas de mí? Ponle al instante en libertad, Agustín.Si no lo haces, creeré que he amado al más vil, al más cobarde y despreciable de loshombres. -María, Dios nos está oyendo. Dios sabe que te adoro. Por él juro que no mancharémis manos con la sangre de ese infeliz; antes romperé mi espada, pero en nombre deDios te digo también que no puedo poner en libertad a tu padre. María, el cielo se nosha caído encima. -Agustín, me estás engañando -dijo la joven con angustiosa perplejidad-. ¿Dices queno le pondrás en libertad? -No, no, no puedo. Si Dios en forma humana viniera a pedirme la libertad del que havendido a nuestros heroicos paisanos, entregándolos al cuchillo francés, no podríahacerlo. Es un deber supremo al que no puedo faltar. Las innumerables víctimasinmoladas por la traición; la ciudad rendida, el honor nacional ultrajado, son recuerdos yconsideraciones que pesan en mi conciencia de un modo formidable. [268]
  • -Mi padre no puede haber hecho traición -dijo Mariquilla, pasando súbitamente deldolor a una exaltada y nerviosa cólera-. Son calumnias de sus enemigos. Mienten losque le llaman traidor, y tú, más cruel y más inhumano que todos, mientes también. No,no es posible que yo te haya amado: vergüenza me causa pensarlo. ¿Has dicho que no lepondrás en libertad? ¿Pues para qué existes, de qué sirves tú? ¿Esperas ganar con tucrueldad sanguinaria el favor de esos bárbaros inhumanos que han destruido la ciudad,fingiendo defenderla? ¡Para ti nada vale la vida del inocente ni la desolación de unahuérfana! ¡Miserable y ambicioso egoísta, te aborrezco más de lo que te he querido!¿Has pensado que podrías presentarte delante de mí con las manos manchadas en lasangre de mi padre? No, él no ha sido traidor. Traidor eres tú y todos los tuyos. ¡Diosmío! ¿No hay un brazo generoso que me ampare; no hay entre tantos hombres uno soloque impida este crimen? ¡Una pobre mujer corre por toda la ciudad buscando un almacaritativa, y no encuentra más que fieras! -María -dijo Agustín-, me estás despedazando el alma; me pides lo imposible, lo queyo no haré ni puedo hacer, aunque en pago me ofrezcas la bienaventuranza eterna. Todolo he sacrificado ya, y contaba con que me aborrecerías. Considera que un hombre searranca con sus propias manos el corazón y lo arroja al lodo; pues eso he hecho yo. Nopuedo más. [269] La ardiente exaltación de María Candiola la llevaba de la ira más intensa a lasensibilidad más patética. Antes mostraba con enérgica fogosidad su cólera, y despuésse deshacía en lágrimas amargas, expresándose así: -¿Qué he dicho, y qué locuras has dicho tú? ¡Agustín, tú no puedes negarme lo que tepido! ¡Cuánto te he querido y cuánto te quiero! Desde que te vi por primera vez ennuestra torre, no te has apartado un solo instante de mi pensamiento. Tú has sido paramí el más amable, el más generoso, el más discreto, el más valiente de todos loshombres. Te amé sin saber quién eras; yo ignoraba tu nombre y el de tus padres; pero tehabría amado aunque hubieras sido hijo del verdugo de Zaragoza. Agustín: tú te hasolvidado de mí desde que no nos vemos. ¡Soy yo, Mariquilla! Siempre he creído y creoque no me quitarás a mi buen padre, a quien amo tanto como a ti. Él es bueno; no hahecho mal a nadie, es un pobre anciano... Tiene algunos defectos; pero yo no los veo, yono veo en él más que virtudes. No he conocido a mi madre, que murió siendo yo muy niña; he vivido retirada delmundo; mi padre me ha criado en la soledad, y en la soledad se ha formado el grandeamor que te tengo. Si no te hubiera conocido a ti, todo el mundo me hubiera sidoindiferente sin él. Leí claramente en el semblante de Montoria la indecisión. Él miraba con aterradosojos tan pronto [270] a la muchacha como a los hombres que estaban de centinela en laentrada de la torre, y la hija de Candiola, con admirable instinto, supo aprovechar estadisposición a la debilidad, y echándole los brazos al cuello, añadió: -Agustín, ponle en libertad. Nos ocultaremos donde nadie pueda descubrirnos. Si tedicen algo, si te acusan de haber faltado al deber, no les hagas caso y vente conmigo.¡Cuánto te amará mi padre al ver que le salvas la vida! Entonces ¡qué gran felicidad nosespera, Agustín! ¡Qué bueno eres! Ya lo esperaba yo, y cuando supe que el pobre presoestaba en tu poder, se me figuró que me abrían las puertas del cielo.
  • Mi amigo dio algunos pasos y retrocedió después. Había bastantes militares y gentearmada en la plazuela. De repente se nos apareció delante un hombre con muletas,acompañado de otros paisanos y algunos oficiales de alta graduación. -¿Qué pasa aquí? -dijo D. José de Montoria-. Me pareció oír chillidos de mujer.Agustín, ¿estás llorando? ¿Qué tienes? -Señor -gritó Mariquilla con terror, volviéndose hacia Montoria-. Vd. no se opondrátampoco a que dejen en libertad a mi padre. ¿No se acuerda Vd. de mí? Ayer estaba Vd.herido y yo le curé. -Es verdad, niña -dijo gravemente D. José-. Estoy muy agradecido. Ahora caigo enque es Vd. la hija del Sr. Candiola. [271] -Sí señor: ayer, cuando le curaba a Vd., reconocí en su cara la de aquel hombre quemaltrató a mi padre hace muchos días. -Sí, hija mía, fue un arrebato, un pronto... No lo pude remediar... Tengo la sangremuy viva... Y usted me curó... Así se portan los buenos cristianos. Pagar las injurias conbeneficios, y hacer bien a los que nos aborrecen es lo que manda Dios. -Señor -exclamó María toda deshecha en lágrimas-, yo perdono a mis enemigos:perdone usted también a los suyos. ¿Por qué no han de poner en libertad a mi padre? Élno ha hecho nada. -Es un poco difícil lo que Vd. pretende. La traición del Sr. Candiola no puedeperdonarse. La tropa está furiosa. -¡Todo es un error! Si Vd. quiere interceder... Usted será de los que mandan. -¿Yo?... -dijo Montoria-. Ese es un asunto que no me incumbe... Pero serénese Vd.,joven... De veras que parece Vd. una buena muchacha. Recuerdo el esmero con que mecuraba, y me llega al alma tanta bondad. Grande ofensa hice a Vd., y de la mismapersona a quien ofendí he recibido un bien inmenso, ¡tal vez la vida! De este modo nosenseña Dios con un ejemplo que debemos ser humildes y caritativos, ¡porr...!, ¡ya la ibaa soltar...! ¡Maldita lengua mía! ¡Señor, qué bueno es Vd.! -exclamó la joven-. ¡Yo le creía muy malo! Vd. meayudará a [272] salvar a mi padre. Él tampoco se acuerda del ultraje recibido. -Oiga Vd. -le dijo Montoria tomándola por un brazo-. Hace poco pedí perdón al Sr.D. Jerónimo por aquel vejamen, y lejos de reconciliarse conmigo, me insultó del modomás grosero. Él y yo no casamos, niña. Dígame Vd. que me perdona lo de los golpes, ymi conciencia se descargará de un gran peso. -¡Pues no le he de perdonar! ¡Oh señor, qué bueno es Vd.! Vd. manda aquí sin duda.Pues haga poner en libertad a mi padre.
  • -Eso no es de mi cuenta. El Sr. Candiola ha cometido un crimen que espanta. Esimposible perdonarle, imposible: comprendo la aflicción de Vd... De veras lo siento;mayormente al acordarme de su caridad... Ya la protegeré a Vd... Veremos. -Yo no quiero nada para mí -dijo María, ronca ya de tanto gritar-. Yo no quiero sinoque pongan en libertad a un infeliz que nada ha hecho. Agustín, ¿no mandas aquí? ¿Quéhaces? -Este joven cumplirá con su deber. -Este joven -repuso la Candiola con furor- hará lo que yo le mande, porque me ama.¿No es verdad que pondrás en libertad a mi padre? Tú me lo dijiste... Señores, ¿québuscan ustedes aquí? ¿Piensan impedirlo? Agustín, no les hagas caso y defendámonos. -¿Qué es esto? -exclamó Montoria con estupefacción-. [273] Agustín, ¿ha dicho estamuchacha que te disponías a faltar a tu deber? ¿La conoces tú? Agustín, dominado por profundo temor, no contestó nada. -Sí, le pondrá en libertad -exclamó María con desesperación-. Fuera de aquí, señores.Aquí no tienen Vds. nada que hacer. -¡Cómo se entiende! -gritó D. José, tomando a su hijo por un brazo-. Si lo que estamuchacha dice fuera cierto; si yo supiera que mi hijo faltaba al honor de ese modo,atropellando la lealtad jurada al principio de autoridad delante de las banderas; si yosupiera que mi hijo hacía burla de las órdenes cuyo cumplimiento se le ha encargado, yomismo le pasaría una cuerda por los codos, llevándole delante del consejo de guerrapara que le dieran su merecido. -¡Señor, padre mío! -repuso Agustín, pálido como la muerte-. Jamás he pensado enfaltar a mi deber. -¿Es este tu padre? -dijo María-. Agustín, dile que me amas, y quizás tengacompasión de mí. -Esta joven está loca -afirmó D. José-. Desgraciada niña: la tribulación de Vd. mellega al alma. Yo me encargo de protegerla en su orfandad(46)... Pero serénese Vd.. Sí, laprotegeré, siempre que usted reforme sus costumbres... Pobrecilla: Vd. tiene buencorazón... un excelente corazón... pero... sí... me lo han dicho, un poco levantada decascos... Es [274] lástima que por una perversa educación se pierda una buena alma...Con que ¿será Vd. buena?... Creo que sí... -Agustín, ¿cómo permites que me insulten? -exclamó María con inmenso dolor. -No os insulto -añadió el padre-. Es un consejo. ¡Cómo había yo de insultar a mibienhechora! Creo que si Vd. se porta bien, le tendremos gran cariño. Queda Vd. bajomi protección, desgraciada huerfanita... ¿Para qué toma Vd. en boca a mi hijo? Nada,nada: mas juicio, y por ahora basta ya de agitación... El chico tal vez la conozca a Vd...Sí, me han dicho que durante el sitio no ha abandonado Vd. la compañía de lossoldados... Es preciso enmendarse: yo me encargo... No puedo olvidar el beneficio
  • recibido; además, conozco que su fondo es bueno... Esa cara no miente; tiene Vd. unafigura celestial. Pero es preciso renunciar a los goces mundanos, refrenar el vicio...pues... -No -exclamó de súbito Agustín, con tan vivo arrebato de ira, que todos temblamosal verle y oírle-. No, no consiento a nadie, ni aun a mi padre, que la injurie delante demí. Yo la amo, y si antes lo he ocultado, ahora lo digo aquí sin miedo ni vergüenza, paraque todo el mundo lo sepa. Señor, Vd. no sabe lo que está diciendo ni cuánto falta a loverdadero, sin duda porque le han engañado. Máteme Vd. si le falto al respeto; pero nola infame delante de mí, porque oyendo otra vez lo [275] que he oído, ni la presencia demi propio padre me reportaría. Montoria, que no esperaba aquello, miró con asombro a sus amigos. -Bien, Agustín -exclamó la Candiola-. No hagas caso de esa gente. Este hombre noes tu padre. Haz lo que te indica tu buen corazón. ¡Fuera de aquí, señores, fuera de aquí! -Te engañas, María -repuso el joven-. Yo no he pensado poner en libertad al preso, nilo pondré; pero al mismo tiempo digo que no seré yo quien disponga su muerte.Oficiales hay en mi batallón que cumplirán la orden. Ya no soy militar: aunque estédelante del enemigo, arrojo mi espada, y corro a presentarme al capitán general para quedisponga de mi suerte. Diciendo esto, desenvainó, y doblando la hoja sobre la rodilla, rompiola, y despuésde arrojar los dos pedazos en medio del corrillo, se fue sin decir una palabra más. -¡Estoy sola! ¡Ya no hay quien me ampare! -exclamó Mariquilla con abatimiento. -No hagan Vds. caso de las barrabasadas de mi hijo -dijo Montoria-. Ya le tomaré yopor mi cuenta. Tal vez la muchacha le haya interesado... pues... no tiene nada departicular. Estos eclesiásticos inexpertos suelen ser así... Y Vd. señorita doña María,procure serenarse... Ya nos ocuparemos de Vd. Yo le prometo que si tiene buenaconducta, se le conseguirá [276] que entre en las Arrepentidas... Vamos, llevarla(47) fuerade aquí. -¡No, no me sacarán de aquí sino a pedazos! -gritó la muchacha en el colmo de ladesolación-. ¡Oh! Sr. D. José de Montoria: Vd. le pidió perdón a mi padre. Si él no leperdonó, yo le perdono mil veces... Pero... -Yo no puedo hacer lo que Vd. me pide -replicó el patriota con pena-. El crimencometido es enorme. Retírese Vd... ¡Qué espantoso dolor! ¡Es preciso tener resignación!Dios le perdonará a Vd. todas sus culpas, pobre huerfanita... Cuente Vd. conmigo, ytodo lo que yo pueda... la socorreremos, la auxiliaremos... Estoy conmovido, y no sólopor agradecimiento, sino por lástima... Vamos, venga Vd. conmigo... Son las diezmenos cuarto. -Sr. Montoria -dijo María poniéndose de rodillas delante del patriota y besándole lasmanos-. Vd. tiene influencia en la ciudad, y puede salvar a mi padre. Se ha enfadadoVd. conmigo, porque Agustín dijo que me quería. No, no le amo; ya no le miraré más.Aunque soy honrada, él es superior a mí, y no puedo pensar en casarme con él. Sr. de
  • Montoria, por el alma de su hijo muerto, hágalo Vd. Mi padre es inocente. No, no esposible que haya sido traidor. Aunque el Espíritu Santo me lo dijera, no lo creería.Dicen que no era patriota: mentira, yo digo que mentira. Dicen que no dio nada para laguerra; pues ahora se dará todo lo que tenemos. En el sótano [277] de casa hayenterrado mucho dinero. Yo le diré a Vd. dónde está, y pueden llevárselo todo. Dicenque no ha tomado las armas. Yo las tomaré ahora: no temo las balas, no me asusta elruido del cañón, no me asusto de nada; volaré al sitio de mayor peligro, y allí donde nopuedan resistir los hombres me pondré yo sola ante el fuego. Yo sacaré con mis manosla tierra de las minas, y haré agujeros para llenar de pólvora todo el suelo que ocupanlos franceses. Dígame Vd. si hay algún castillo que tomar, o alguna muralla quedefender, porque nada temo, y de todas las personas que aún viven en Zaragoza, yo seréla última que se rinda. -Desgraciada muchacha -murmuró el patriota, alzándola del suelo-. Vámonos,vámonos de aquí. -Sr. de Araceli -ordenó el jefe de la fuerza, que era uno de los presentes-, puesto queel capitán don Agustín Montoria no está en su puesto, encárguese Vd. del mando de lacompañía. -No, asesinos de mi padre -exclamó María, no ya exasperada, sino furiosa como unaleona-. No mataréis al inocente. Cobardes verdugos, los traidores sois vosotros, no él.No podéis vencer a vuestros enemigos, y os gozáis en quitar la vida a un infeliz anciano.Militares, ¿a qué habláis de vuestro honor, si no sabéis lo que es eso? Agustín, ¿dóndeestás? Sr. D. José de Montoria, esto que ahora pasa es una ruin venganza, tramada porVd., hombre rencoroso y sin corazón. Mi padre no ha hecho mal a nadie. [278] Vds.intentaban robarle... Bien hacía él en no querer dar su harina, porque los que se llamanpatriotas, son negociantes que especulan con las desgracias de la ciudad... No puedoarrancar a estos crueles una palabra compasiva. Hombres de bronce, bárbaros, mi padrees inocente, y si no lo es, bien hizo en vender la ciudad. Siempre le darían más de lo queVds. valen... ¿Pero no hay uno, uno tan solo, que se apiade de él y de mí? -Vamos: retirémosla, -señores; llevarla(48) a cuestas. ¡Infeliz muchacha! -dijoMontoria-. Esto no puede prolongarse. ¿En dónde se ha metido mi hijo? Se la llevaron, y durante un rato oí desde la plazuela sus desgarradores gritos. -Buenas noches, Sr. de Araceli -me dijo Montoria-. Voy a ver si hay un poco de aguay vino que dar a esa pobre huérfana. - XXX - Vete lejos de mí, horrible pesadilla. No quiero dormir. Pero el mal sueño que anhelodesechar vuelve a mortificarme. Quiero borrar de mi imaginación la lúgubre escena;pero pasa una noche y otra, y la escena no se borra. Yo, que en tantas ocasiones heafrontado sin pestañear los mayores peligros, [279] hoy tiemblo: mi cuerpo se estremece
  • y helado sudor corre por mi frente. La espada teñida en sangre de franceses se cae de mimano y cierro los ojos para no ver lo que pasa delante de mí. En vano te arrojo, imagen funesta. Te expulso y vuelves porque has echado profundaraíz en mi cerebro. No, yo no soy capaz de quitar a sangre fría la vida a un semejante,aunque un deber inexorable me lo ordene. ¿Por qué no temblaba en las trincheras, yahora tiemblo? Siento un frío mortal. A la luz de las linternas veo algunas carassiniestras; una sobre todo, lívida y hosca que expresa un espanto superior a todos losespantos. ¡Cómo brillan los cañones de los fusiles! Todo está preparado, y no falta másque una voz, mi voz. Trato de pronunciar la palabra, y me muerdo la lengua. No, esapalabra no saldrá jamás de mis labios. Vete lejos de mí, negra pesadilla. Cierro los ojos, me aprieto los párpados con fuerzapara cerrarlos mejor, y cuanto más los cierro más te veo, horrendo cuadro. Esperantodos con ansiedad; pero ninguna ansiedad es comparable a la de mi alma, rebelándosecontra la ley que obliga a determinar el fin de una existencia extraña. El tiempo pasa, yunos ojos que yo no quisiera haber visto nunca, desaparecen bajo una venda. Yo nopuedo ver tal espectáculo y quisiera que pusieran también un lienzo en los míos. Lossoldados me miran, y yo disimulo mi cobardía, frunciendo el ceño. Somos estúpidos yvanos [280] hasta en los momentos supremos. Parece que los circunstantes se burlan demi perplejidad, y esto me da cierta energía. Entonces despego mi lengua del paladar ygrito: ¡Fuego! La maldita pesadilla no se quiere ir, y me atormenta esta noche, como anoche, ycomo anteanoche, reproduciéndome lo que no quiero ver. Más vale no dormir, yprefiero el insomnio. Sacudo el letargo, y aborrezco despierto la vigilia como antesaborrecía el sueño. Siempre el mismo zumbido de los cañones. Esas insolentes bocas debronce no han cesado de hablar aún. Han pasado días, y Zaragoza no se ha rendido,porque todavía algunos locos se obstinan en guardar para España aquel montón depolvo y ceniza. Siguen reventando los edificios, y Francia después de sentar un pie,gasta ejércitos y quintales de pólvora para conquistar terreno en que poner el otro.España no se retira mientras tenga una baldosa en que apoyar la inmensa máquina de subravura. Yo estoy exánime y no me puedo mover. Esos hombres que veo pasar por delante demí no parecen hombres. Están flacos, macilentos, y sus rostros serían amarillos, si noles ennegrecieran el polvo y el humo. Brillan bajo la negra ceja los ojos que ya no sabenmirar sino matando. Se cubren de inmundos harapos, y un pañizuelo ciñe su cabezacomo un cordel. Están tan escuálidos, que parecen los [281] muertos del montón de lacalle de la Imprenta, que se han levantado para relevar a los vivos. Generales, soldados,paisanos, frailes, mujeres, todos están confundidos. No hay clases ni sexos. Nadiemanda ya, y la ciudad se defiende en la anarquía. No sé lo que me pasa. No me digáis que siga contando, porque ya no hay nada. Yano hay nada que contar, y lo que veo no parece cosa real, confundiéndose en mimemoria lo verdadero con lo soñado. Estoy tendido en un portal de la calle de laAlbardería, y tiemblo de frío; mi mano izquierda está envuelta en un lienzo lleno de
  • sangre y fango. La calentura me abrasa, y anhelo tener fuerzas para acudir al fuego. Noson cadáveres todos los que hay a mi lado. Alargo la mano, y toco el brazo de un amigoque vive aún. -¿Qué ocurre, Sr. Sursum Corda? -le preguntó. -Los franceses parece que están del lado acá del Coso -me contesta con vozdesfallecida-. Han volado media ciudad. Puede ser que sea preciso rendirse. El capitángeneral ha caído enfermo de la epidemia y está en la calle de Predicadores. Creen que semorirá. Entrarán los franceses. Me alegro de morirme para no verlos. ¿Qué tal seencuentra Vd., Sr. de Araceli? -Muy mal. Veré si puedo levantarme. -Yo estoy vivo todavía, a lo que parece. No lo creí. El Señor sea conmigo. Me iréderecho al cielo. Sr. de Araceli, ¿se ha muerto Vd. ya? [282] Me levanto y doy algunos pasos. Apoyándome en las paredes, avanzo un poco yllego junto a las Escuelas Pías. Algunos militares de alta graduación acompañan hasta lapuerta a un clérigo pequeño y delgado, que les despide diciendo: «Hemos cumplido connuestro deber, y la fuerza humana no alcanza a más». Era el padre Basilio. Un brazo amigo me sostiene y reconozco a don Roque. -Amigo Gabriel -me dice con aflicción-. La ciudad se rinde hoy mismo. -¿Qué ciudad? -Esta. Al hablar así, me parece que nada está en su sitio. Los hombres y las casas, todocorre en veloz fuga. La Torre Nueva saca sus pies de los cimientos para huir también, ydesapareciendo a lo lejos, el capacete de plomo se le cae de un lado. Ya no resplandecenlas llamas de la ciudad. Columnas de negro humo corren de Levante a Poniente, y elpolvo y la ceniza, levantados por los torbellinos del viento, marchan en la mismadirección. El cielo no es cielo, sino un toldo de color plomizo, que tampoco está quieto. -Todo huye, todo se va de este lugar de desolación -digo a D. Roque-. Los francesesno encontrarán nada. -Nada: hoy entran por la puerta del Ángel. Dicen que la capitulación ha sido honrosa.Mira: ahí vienen los espectros que defendían la plaza. [283] En efecto, por el Coso desfilan los últimos combatientes, aquel uno por mil quehabía resistido a las balas y a la epidemia. Son padres sin hijos, hermanos sin hermanos,maridos sin mujer. El que no puede encontrar a los suyos entre los vivos, tampoco esfácil que los encuentre entre los muertos, porque hay cincuenta y dos mil cadáveres, casitodos arrojados en las calles, en los portales de las casas, en los sótanos, en lastrincheras. Los franceses, al entrar, se detienen llenos de espanto ante tan horribleespectáculo, y casi están a punto de retroceder. Las lágrimas corren de sus ojos y se
  • preguntan si son hombres o sombras las pocas criaturas con movimiento que discurrenante su vista. El soldado voluntario, al entrar en su casa, tropieza con los cuerpos de su esposa y desus hijos. La mujer corre a la trinchera, al paredón, a la barricada, y busca a su marido.Nadie sabe dónde está: los mil muertos no hablan y no pueden dar razón de si estáFulano entre ellos. Familias numerosas se encuentran reducidas a cero, y no queda enellas uno solo que eche de menos a los demás. Esto ahorra muchas lágrimas, y la muerteha herido de un solo golpe al padre y al huérfano, al esposo y a la viuda, a la víctima y alos ojos que habían de llorarla. Francia ha puesto al fin el pie dentro de aquella ciudad edificada a orillas del clásicorío que da su nombre a nuestra Península; pero la ha conquistado sin domarla. Al vertanto desastre y el aspecto que [284] ofrece Zaragoza, el ejército imperial, más quevencedor, se considera sepulturero de aquellos heroicos habitantes. Cincuenta y tres milvidas le tocaron a la ciudad aragonesa en el contingente de doscientos millones decriaturas con que la humanidad pagó las glorias militares del imperio francés. Este sacrificio no será estéril, como sacrificio hecho en nombre de una idea. Elimperio francés, cosa vana y de circunstancias, fundado en la movible fortuna, en laaudacia, en el genio militar que siempre es secundario, cuando abandonando el serviciode la idea, sólo existe en obsequio de sí propio; el imperio francés, digo; aquellatempestad que conturbó los primeros años del siglo y cuyos relámpagos, truenos y rayosaterraron tanto a la Europa, pasó, porque las tempestades pasan, y lo normal en la vidahistórica, como en la naturaleza, es la calma. Todos le vimos pasar, y presenciamos suagonía en 1815: después vimos su resurrección algunos años adelante, pero tambiénpasó, derribado el segundo como el primero por la propia soberbia. Tal vez retoñe portercera vez este árbol viejo; pero no dará sombra al mundo durante siglos, y apenasservirá para que algunos hombres se calienten con el fuego de su última leña. Lo que no ha pasado ni pasará es la idea de nacionalidad que España defendía contrael derecho de conquista y la usurpación. Cuando otros pueblos sucumbían, ellamantiene su derecho, lo defiende, [285] y sacrificando su propia sangre y vida, loconsagra, como consagraban los mártires en el circo la idea cristiana. El resultado esque España, despreciada injustamente en el Congreso de Viena, desacreditada con razónpor sus continuas guerras civiles, sus malos gobiernos, su desorden, sus bancarrotas máso menos declaradas, sus inmorales partidos, sus extravagancias, sus toros y suspronunciamientos, no ha visto nunca, después de 1808, puesta en duda la continuaciónde su nacionalidad; y aún hoy mismo, cuando parece hemos llegado al último grado delenvilecimiento, con más motivos que Polonia para ser repartida, nadie se atreve aintentar la conquista de esta casa de locos. Hombres de poco seso, o sin ninguno enocasiones, los españoles darán mil caídas hoy como siempre, tropezando ylevantándose, en la lucha de sus vicios ingénitos, de las cualidades eminentes que aúnconservan, y de las que adquieren lentamente con las ideas que les envía la Europacentral. Grandes subidas y bajadas, grandes asombros y sorpresas, aparentes muertes yresurrecciones prodigiosas, reserva la Providencia a esta gente, porque su destino espoder vivir en la agitación como la salamandra en el fuego; pero su permanencianacional está y estará siempre asegurada. [286]
  • - XXXI - Era el 21 de Febrero. Un hombre que no conocí se me acercó y me dijo: -Ven, Gabriel-, necesito de ti. -¿Quién es Vd.? -le pregunté-. Yo no le conozco a Vd.. -Soy Agustín Montoria -repuso-. ¿Tan desfigurado estoy? Ayer me dijeron quehabías muerto. ¡Qué envidia te tenía! Veo que eres tan desgraciado como yo, y vivesaún. ¿Sabes, amigo mío, lo que acabo de ver? Acabo de ver el cuerpo de Mariquilla.Está en la calle de Antón Trillo, a la entrada de la huerta. Ven y la enterraremos. -Yo más estoy para que me entierren que para enterrar. ¿Quién se ocupa de eso? ¿Dequé ha muerto esa mujer? -De nada, Gabriel, de nada. -Es singular muerte: no la entiendo. -Mariquilla no tiene heridas ni las señales que deja en el rostro la epidemia. Pareceque se ha dormido. Apoya la cara contra el suelo, y tiene las manos en ademán detaparse fuertemente los oídos. -Hace bien. Le molesta el ruido de los tiros. Lo mismo me pasa a mí que todavía lossiento. [287] -Ven conmigo y me ayudarás. Llevo una azada. Difícilmente llegué a donde mi amigo con otros dos compañeros me llevaba. Misojos no podían fijarse bien en objeto alguno, y sólo vi una sombra tendida. Agustín y losotros dos levantaron aquel cuerpo fantasma, vana imagen o desconsoladora realidad queallí existía. Creo haber distinguido su cara, y al verla, tristísima penumbra se extendiópor mi alma. -No tiene ni la más ligera herida -decía Agustín- ni una gota de sangre mancha susvestidos. Sus párpados no se han hinchado como los que mueren de la epidemia. Maríano ha muerto de nada. ¿La ves, Gabriel? Parece que esta figura que tengo en brazos noha vivido nunca; parece que es una hermosa imagen de cera a quien he amado en sueñosrepresentándomela con vida, con palabra y con movimiento. ¿La ves? Siento que todoslos habitantes de la ciudad estén muertos por esas calles. Si vivieran, les llamaría paradecirles que la he amado. ¿Por qué lo oculté como un crimen? María, Mariquilla, esposamía, ¿por qué te has muerto sin heridas y sin enfermedad? ¿Qué tienes, qué te pasa; quéte pasó en tu último momento? ¿En dónde estás ahora? ¿Tú piensas? ¿Te acuerdas de míy sabes acaso que existo? María, Mariquilla, ¿por qué tengo yo ahora esto que llamanvida y tú no? ¿En dónde podré oírte, hablarte y ponerme delante de ti para que me
  • mires? Todo a oscuras está en torno mío, desde que has cerrado [288] los ojos. ¿Hastacuándo durará esta noche de mi alma y esta soledad en que me has dejado? La tierra mees insoportable. La desesperación se apodera de mi alma, y en vano llamo a Dios paraque la llene toda. Dios no quiere venir, y desde que te has ido, Mariquilla, el universoestá vacío. Diciendo esto, un vivo rumor de gente llegó a nuestros oídos. -Son los franceses que toman posesión del Coso -dijo uno. -Amigos, cavad pronto esa sepultura -exclamó Agustín, dirigiéndose a los doscompañeros, que abrían un gran hoyo al pie del ciprés-. Si no, vendrán los franceses ynos la quitarán. Un hombre avanza por la calle de Antón Trillo, y deteniéndose junto a la tapiadestruida, mira hacia adentro. Le veo y tiemblo. Está transfigurado, cadavérico, con losojos hundidos, el paso inseguro, la mirada sin brillo, el cuerpo encorvado, y me pareceque han pasado veinte años desde que no le veo. Su vestido es de harapos manchados desangre y lodo. En otro lugar y ocasión hubiéresele tomado por un mendigo octogenarioque venía a pedir una limosna. Acercose a donde estábamos, y con voz tan débil queapenas se oía, dijo: -¿Agustín, hijo mío, qué haces aquí? -Señor padre -repuso el joven sin inmutarse-, estoy enterrando a Mariquilla. -¿Por qué haces eso? ¿Por qué tanta solicitud por [289] una persona extraña? Elcuerpo de tu pobre hermano yace aún sin sepultura entre los demás patriotas. ¿Por quéte has separado de tu madre y de tu hermana? -Mi hermana está rodeada de personas amantes y piadosas que cuidarán de ella,mientras esta no tiene a nadie más que a mí. D. José de Montoria sombrío y meditabundo entonces cual nunca le vi, no dijo nada,y empezó a echar tierra en el hoyo, en cuya profundidad ya habían colocado el cuerpode la hermosa joven. -Echa tierra, hijo, echa tierra pronto -exclamó al fin-, pues todo ha concluido. Handejado entrar a los franceses en la ciudad cuando todavía podía defenderse un par demeses más. Esta gente no tiene alma. Ven conmigo y hablaremos de ti. -Señor -repuso Agustín con voz entera-, los franceses están en la ciudad, y laspuertas han quedado libres. Son las diez: a las doce saldré de Zaragoza, para ir almonasterio de Veruela donde pienso morir. - XXXII -
  • La guarnición, según lo estipulado, debía salir con los honores militares por la puertadel Portillo. Yo estaba tan enfermo, tan desfallecido a causa de [290] la herida querecibí en los últimos días, y a causa del hambre y cansancio, que mis compañerostuvieron que llevarme casi a cuestas. Apenas vi a los franceses, cuando con más tristezaque júbilo se extendieron por lo que había sido ciudad. En la Muela, donde me detuve para reponerme, se me presentó D. Roque, el cualsalió también de la ciudad, temiendo ser perseguido por sospechoso. -Gabriel -me dijo-, nunca creí que la canalla fuera tan vil, y yo esperaba que en vistade la heroica defensa de la ciudad, serían más humanos. Hace unos días vimos doscuerpos que arrastraba el Ebro en su corriente. Eran las dos víctimas de esa soldadescafuriosa, que manda Lannes; eran mosén Santiago Sas, jefe de los valientes escopeterosde la parroquia de San Pablo, y el padre Basilio Boggiero, maestro, amigo y consejerode Palafox. Dicen que a ese último le fueron a llamar a media noche, so color(49) deencomendarle una misión importante, y luego que le tuvieron entre las traidorasbayonetas, lleváronle al puente, donde le acribillaron, arrojándole después al río. Lomismo hicieron con Sas. -¿Y nuestro protector y amigo D. José de Montoria no ha sido maltratado? -Gracias a los esfuerzos del presidente de la Audiencia ha quedado con vida: pero melo querían arcabucear... nada menos. ¿Has visto cafres semejantes? A Palafox pareceque le llevan preso a Francia, aunque prometieron respetar su persona. En [291] fin,hijo, es una gente esa, con la cual no me quisiera encontrar ni en el cielo. ¿Y qué medices de la hombrada del mariscalazo Sr. Lannes? Se necesita frescura para hacer lo queha hecho. Pues nada más sino que mandó que le llevaran las alhajas de la Virgen delPilar, diciendo que en el templo no estaban seguras. Luego que vio tal balumba depiedras preciosas, diamantes, esmeraldas y rubíes, parece que le entraron por el ojoderecho... nada, hijo... que se quedó con ellas. Para disimular esta rapiña, ha hechocomo que se las ha regalado la junta... De veras te digo, que siento no ser joven parapelear como tú en contra de ese ladrón de caminos, y así se lo dije a Montoria cuandome despedí de él. ¡Pobre D. José, qué triste está! Le doy pocos años de vida: la muertede su hijo mayor y la determinación de Agustín de hacerse cura, fraile o cenobita letienen muy abatido y en extremo melancólico. D. Roque se detuvo para acompañarme, y luego partimos juntos. Después derestablecido continué la campaña de 1809, tomando parte en otras acciones, conociendonueva gente y estableciendo amistades frescas o renovando las antiguas. Más adelantereferiré algunas cosas de aquel año, así como lo que me contó Andresillo Marijuán, conquien tropecé en Castilla, cuando yo volvía de Talavera y él de Gerona. FIN
  • Marzo-Abril de 1874.
  • Gerona Benito Pérez Galdós[5] En el invierno de 1809 a 1810 las cosas de España no podían andar peor. Lo demenos era que nos derrotaran en Ocaña a los cuatro meses de la casi indecisa victoria deTalavera: aún había algo más desastroso y lamentable, y era la tormenta de malaspasiones que bramaba en torno a la Junta central. Sucedía en Sevilla una cosa que nosorprenderá a mis lectores, si, como creo, son españoles, y es que allí todos queríanmandar. Esto es achaque antiguo, y no sé qué tiene para la gente de este siglo el talmando, que trastorna las cabezas más sólidas, da prestigio a los tontos, arrogancia a losdébiles, al modesto audacia y al honrado desvergüenza. Pero sea lo que quiera, ello esque entonces andaban a la greña, sin atender al formidable enemigo que por todas partesnos cercaba. Y aquel era enemigo, lo demás es flor de cantueso. Me río yo de insurreccionesabsolutistas y republicanas, en tiempos en que el poder [6] central cuenta con grandeselementos para sofocarlas. Aquello no se parecía a ninguna de estas niñerías de ahora,pues con las tropas que Napoleón envió a España a fines del año 9 constaba detrescientos mil hombres el ejército invasor. Los nuestros, dispersos y desanimados, notenían un general experto que los mandase; faltaban recursos de todas clases,especialmente de dinero, y en esta situación el poder central era un hervidero deintriguillas. Las ambiciones injustificadas, las miserias, la vanidad ridícula, la pequeñezinflándose para parecer grande como la rana que quiso imitar al buey, la intolerancia, elfanatismo, la doblez, el orgullo rodeaban a aquella pobre Junta, que ya en suspostrimerías no sabía a qué santo encomendarse. Bullían en torno a ella políticos depacotilla de la primera hornada que en España tuvimos, generales pigmeos que nosupieron ganar batalla alguna; y aunque había también varones de mérito así en lamilicia como en lo civil, estos o no tenían arrojo para sobreponerse a los tontos, ocarecían de aquellas prendas de carácter sin las cuales, en lo de gobernar, de poco valenla virtud y el talento. Tuvo la Junta allá por Marzo el malísimo acuerdo de establecer el Consejo deCastilla, fundiendo en él todos los demás Consejos suprimidos, y cuando esta antiguallase vio de nuevo con vida; cuando esta máquina roñosa, inútil y gastada se encontrópuesta otra vez en movimiento, allí era de ver cómo pretendía [7] gobernar el mundo.La fatuidad de aquellos consejeros que tanto adularon a José no tenía igual. Desde quese les puso en juego, empezaron a intrigar contra quien les había sacado del olvido, ydecían que la Junta era ilegítima. Valiéndose de D. Francisco Palafox, hermano deldefensor de Zaragoza; de Montijo, a quien hemos visto en alguna parte, del marqués dela Romana y de otros pájaros, llenaron de enredos a la Junta y a la comisión ejecutiva.Por último, en la Regencia, última metamorfosis de aquel poder tan nacional comodesgraciado, también sembraron cizaña los del Consejo. Esta pandilleja no era otra cosaque el partido absolutista, que ya empezaba a sacar la oreja; y para que desde el
  • principio se tuviera completa noticia de su existencia, también repartió dinero entre latropa, fiando sus esperanzas a una sedición militar que por entonces quedó frustrada.Nada de esto era ya nuevo en España, porque el motín del 19 de Marzo en Aranjuez, deque, si mal no recuerdo, hice mención, obra fue de la misma gente; mas no se valieronsólo de la tropa sino también de varios cuerpos facultativos y distinguidos, como loslacayos, pinches y mozos de cuadra de la regia casa. En Sevilla azuzaron a lo que ungran historiador llama con enérgico estilo la bozal muchedumbre, y hubo frecuentesserenatas de berridos y patadas por las calles; mas no pasó de aquí. Un arma moral esgrimían entonces unos contra otros los políticos menudos, y era el[8] acusarse mutuamente de malversadores de los caudales públicos, cuyo groserorecurso hacía el mejor efecto en el pueblo. Cuando se disolvió la Junta en Cádiz, huboun registro de equipajes, que es de lo más vil y bochornoso que contiene nuestramoderna historia; pero no se encontró nada en las maletas de los patriotas, porque estos,malos o buenos, tontos o discretos, no tenían el alma en los bolsillos, ni la tuvieron aunsus inmediatos sucesores, años adelante. Perdonen ustedes, si me ocupo de estos sainetes de la epopeya. Lo extraño es que lasmiserias de los partidos (pues también entonces había partidos, aunque alguien lo dude)no impedían la continuación de la guerra, ni debilitaban el formidable empuje de lanación, con independencia de las victorias o derrotas del ejército. Verdad es que lasdiscordias de arriba no habían cundido a la masa común del país, que conservaba ciertainocencia salvaje con grandes vicios y no pocas prendas eminentes, por cuya razón lahomogeneidad de sentimientos sobre que se cimentara la nacionalidad, era aúnpoderosa, y España, hambrienta, desnuda y comida de pulgas, podía continuar la lucha. Cansaría a mis amados lectores si les contara detalladamente mi vida durante aquelfunesto año 9, que comenzado con las proezas de Zaragoza, terminaba con el desastrede Ocaña y la dispersión del ejército español. Por [9] fortuna no me encontré en aquellajornada, pues incorporado al principio del año al ejército del Centro, me destinaron enAgosto a la división del duque del Parque, y asistí a la acción de Tamames. Poco puedodecir de la de Talavera, que no sea por referencia, pues el 27 y el 28 de Julio meencontraba en Puente del Arzobispo, y aunque algo podría contar de la campaña delduque del Parque, lo omito por no cansar a mis amigos. A fin del año servía en ladivisión de D. Francisco Copons, que con las de D. Tomás Zeraín, de Lacy y Zayasguardaba el paso de Sierra-Morena, porque ha de saberse que los franceses,envalentonados hasta lo sumo y reforzados con nueva tropa, se disponían a invadir laAndalucía, a los diez y ocho meses de la batalla de Bailén, ¡a los diez y ocho meses! Lasfuerzas de que disponíamos apenas merecían el nombre de ejército, y el del duque deAlburquerque, único que aún se conservaba en buen estado, no podía tampoco resistir elempuje de los franceses victoriosos, y se retiraba hacia el Mediodía para proteger laresistencia del poder central. ¡Qué situación, amigos míos! Esto pasaba, como he dicho, al poco tiempo de aquellabrillante y rápida campaña de Junio y Julio de 1808; y los mismos lugares que antes nosvieron victoriosos y llenos de orgullo presenciaban ahora el triste desfile de losdispersos de Ocaña, que a cada instante volvían el rostro con inquietud, creyendo sentirlas pisadas de los caballos de Víctor, Sebastiani y Mortier. [10]
  • -¡Quién hubiera creído -dije a Andresillo Marijuán, cuando almorzábamos en unaventa de Collado de los Jardines- que habíamos de desandar tan pronto este camino!Ahora me parece que no paramos hasta Cádiz. -Con paciencia se gana el cielo -me contestó-. Yo tengo toda la que pueden dar sietemeses de bloqueo como el de Gerona. Todavía estoy admirado de encontrarme vivo,Gabriel. Pero dime, ¿dónde has ganado esa charretera? ¿Creerás que yo no soy nada?Digo mal porque dentro de la plaza me hicieron al modo de sargento y a estas horasnadie me ha reconocido mi grado. Haré una reclamación a la Junta. -Yo gané mis grados en Zaragoza - respondí con orgullo- y también te aseguro que alcabo de un año conservo cierta duda de si seré yo mismo el que en aquellos fieroscombates se halló, o si después de muerto me habré trocado en otro sujeto. -Bien dicen que en Zaragoza y en el ejército del Centro se dieron los grados comoquien echa almorzadas de trigo a las gallinas. Amigo Gabriel, en España no se premiamás que a los tontos y a los que meten bulla sin hacer nada. Dime, teniente de almíbar,¿en Zaragoza comistes ratones flacos y pedazos de estera fritos con grasa de asno viejo? Reíme de la pregunta, y los circunstantes dieron broma a Marijuán, porque estedesde que se nos unió cerca de Almadén del Azogue en los últimos días del año, noshabía venido [11] aturdiendo con el perenne contar de sus privaciones y hambres enGerona. -En mi mochila -continuó el aragonés- tengo un diario del sitio que escribió en laplaza el Sr. D. Pablo Nomdedeu, y os lo daré a leer, para despertar el apetito cuandoestéis desganados. Por ahora en marcha, que me parece dan orden de tomar soleta haciaabajo. En efecto, después de una hora de descanso emprendimos el camino hacia elMediodía, y Marijuán repetía la canción con que nos aporreaba los oídos desde que leencontramos: Dígasme tú, Girona si te narrendiràs... Lirom lireta. Cóm vols que mrendesca si España non vol pas. Lirom fa la garideta, lirom fa lireta la. En Bailén hicimos noche. ¡Qué triste impresión produjo en mí la vista de aquelloscampos, al considerar que los atravesábamos después de dejar casi toda Castilla enpoder de los franceses, a quienes poco antes habíamos sojuzgado con tanta fortuna en elmismo sitio! ¡Cómo se representó en mi imaginación lo que allí había visto y oído, laperspectiva y el estruendo glorioso de la acción, iluminada por el ardoroso sol de Julio!Todo estaba frío, helado, quieto, triste, silencioso, oscuro, y parecía que sobre los llanosy las mansas colinas de Bailén, una pesada e informe sombra se paseaba a flor del suelo.Visitamos luego Marijuán [12] y yo el palacio de Rumblar, creyendo encontrar allí
  • todavía a la condesa y a su familia, y aunque era ya de noche, nos propusimos penetrarseguros de ser bien recibidos. Cuando dimos los primeros aldabazos en la puerta,contestonos el lejano ladrido de un perro, sin que rumor alguno indicase la presencia decriatura humana en el palacio, lo cual nos hizo comprender que estaba abandonado.Insistimos, sin embargo, en dar golpes, y al cabo oímos una voz que desde el patio conenojado tono nos respondía, mejor dicho, nos increpaba exclamando: -Allá voy. ¡Condenados muchachos, qué querrán a estas horas! Abrionos echando sapos y culebras por su fea boca el tío Tinaja, antiguo servidor dela casa (pues no era otro el que a la sazón la guardaba), y luego que nos huboreconocido, desarrugó el ceño, hízonos entrar ofreciéndonos un asiento junto a lalumbre, y allí nos contó cómo toda la familia con buena parte de la servidumbre habíamarchado a Cádiz huyendo de la invasión francesa. -Mi señora la condesa doña María estaba en que se había de quedar -nos dijo-; perosus primas de Madrid, que llegaron por Todos los Santos, le volvieron la cabeza delrevés. D. Paco también tenía mucho miedo, y entre él, las primas y las tres señoritas,todos llorando y moqueando en ruedo, ablandaron el alma de bronce de la condesa,obligándola a marchar. [13] -¿No ha venido también el Sr. D. Felipe? -pregunté comprendiendo a qué personasse refería el tío Tinaja. -El Sr. D. Felipe no ha venido, porque según dijeron, está con el francés. Suhermana, la señora marquesa, es muy española, y habían de ver ustedes cómo disputacon su sobrina, que se ríe del Lord y dice que ningún general español vale dos cuartos. -¿Ha venido también D. Diego? -No señor. Pues pocas lágrimas han derramado las niñas, y pocos mares han corridode los ojos de la señora por las calaveradas de don Diego. No hay quien le saque deMadrid, donde se junta con flamasones, anteos, perdularios, gabachos y gente mala quele trae al retortero. Parece que ya no se casa con la señorita Inés, por cuya razón mi amaestá que trina, y el otro día ella y sus primas hablaron más de lo regular. D. Paco se pusopor medio y echó una arenga en latín. Las señoritas empezaron a llorar, y aquel día en lamesa nadie habló una palabra. No se oía más ruido que el de los dientes mascando, el delos tenedores picando en los platos y el de las moscas que iban a golosinear. -¿Y cuándo salieron para Cádiz? -Hace cuatro días. Las tres señoritas iban muy contentas, y doña María muy triste yensimismada. La mala conducta del señor don Diego la tiene en ascuas y la buenaseñora se va acabando. Nada más me dijo aquel hombre que merezca [14] mención, y a varias preguntasmías harto prolijas e impertinentes, no contestó cosa alguna de provecho. Después quenos ofreció parte de su cena, díjonos que podíamos albergarnos en la casa por aquellanoche, y como la tropa se alojaba en el pueblo, nos quedamos allí. Solo, y mientrasMarijuán dormía, recorrí varias habitaciones altas de la casa, iluminadas no más que por
  • la luna, y una dulce e inexplicable claridad llenaba mi alma durante aquella muda ysolitaria exploración. No hubo mueble que no me dijese alguna cosa, y mi imaginacióniba poblando de seres conocidos las desiertas salas. La alfombra conservaba a mis ojosuna huella indefinible, más bien pensada que vista; vi un cojín que aún no había perdidoel hundimiento producido por el brazo que acababa de oprimirlo, y en los espejos creíver no la huella, ni la sombra, porque estas voces no son propias, sino una nada, mejordicho un vacío, dejado allí por la imagen que había desaparecido. En una habitación que daba a la huerta vi tres camas pequeñas. Dos de ellas parecíacomo que tenían un lugar fijo en los dos testeros de derecha e izquierda. La tercera queestorbaba el paso, revelaba haber sido puesta para un huésped de pocos días. Las tresestaban cubiertas de blanquísimas colchas, bajo las cuales los fríos colchones seinflamaban sin peso alguno. La pila de agua bendita estaba llena aún y mojé las puntasde los dedos, haciéndome en la frente la señal de la cruz. Un fuerte escalofrío [15]corrió por mi cuerpo al contacto helado, como si los dedos que habían tomado lasúltimas gotas se rozaran con los míos en la superficie del agua. Recogí del suelo unapequeña cinta y unos pedacitos de papel retorcidos, engrasados y perfumados, queindicaban haber servido para moldear los rizos de una cabellera. El silencio de aquellugar no me parecía el silencio propio de los lugares donde no hay nadie, sino aquel quese produce en los intervalos elocuentes de un diálogo, cuando hecha la pregunta elinterlocutor medita para responder. Salí de aquella estancia, y después de recorrer otras con igual interés, sintiéndome alfin cansado, me recosté en un sofá, donde cerca ya del alba me dormí profundamente.La luz del día entraba a torrentes por las ventanas y balcones cuando me despertóAndrés cantando su estribillo catalán: Dígasme tú Girona si te narrendiràs. En aquellos días, los últimos del mes de Enero de 1810, ocurrieron las máslamentables desgracias del ejército español. Creeríase que el genio de la guerra,fundamental en nosotros como el eje del alma, nos había faltado, y la lucha fuedesordenada y a la aventura. El general Desolles atacó en Puerto del Rey a la divisiónGirón que se desbandó junto a las Navas de Tolosa, y al mismo tiempo Gazán acometíael paso de Nuradal, mientras Mortier forzaba el de Despeñaperros. El mariscal Víctor[16] penetró por Torrecampo para caer sobre Montoro, y Sebastiani por Montizón, demodo que la invasión de Andalucía se verificó por cuatro puntos distintos con estrategiaadmirable que acabó de desconcertarnos. Verdad es, y sírvanos esto de disculpa, queteníamos por general en jefe a D. Juan Carlos de Areizaga, hombre nulo en el arte de laguerra, y en cuya cabeza no cabían tres docenas de hombres. La pericia de algunos jefessubalternos servía de muy poco, y desmoralizada la tropa, convencida de su incapacidadpara la resistencia, no veía delante de sí ni gloria, ni honor, sino el cómodo refugio deCórdoba, Sevilla o la isla gaditana. Resistencia formal sólo la hallaron los franceses porMontizón entre Venta Nueva y Venta Quemada, donde mandaba D. Gaspar Vigodet, elcual después de batirse con mucho arrojo ordenó la retirada en regla. En suma, señoresmíos, doloroso es decirlo y doloroso es recordarlo; pero es lo cierto que los francesesavanzaron hacia Córdoba cuando nosotros llorábamos nuestra impotencia camino deSevilla.
  • ¿Y qué podré deciros del espectáculo que nos ofreció esta ciudad amotinada,sometida a las intrigas de una facción tan pequeña como audaz? De buena gana no diríanada, tragándome todo lo que sé y ocultando todo lo que vi, para que semejantesfealdades no entristecieran estos cuadros; pero ya la fama ha dicho cuanto había quedecir, y no porque yo lo calle dejará de saberse, que si en mí consistiera, [17] a este y aotros hoyos de nuestra historia les echaría tierra, mucha tierra. Es el caso que fugitiva la Central, los conspiradores erigieron allí una juntillasuprema, y azuzado el populacho, no se oían más que vivas y mueras, olvidándose delfrancés que tocaba a las puertas, cual si en el suelo patrio no hubiese más enemigos queaquellos desgraciados centrales. ¡Lo que es la pasión política, señores! No conozco peorni más vil sentimiento que este, que impulsa a odiar al compatricio con mayorvehemencia que al extranjero invasor. Yo me espantaba presenciando los atropellosverificados contra algunos y la salvaje invasión de las casas de otros. ¡Y gracias queescaparon con vida de manos de aquella plebe holgazana y chillona! En una palabra,aquello era de lo más denigrante que he visto en mi vida, y si la Junta central valía poco,los individuos que en Sevilla y después en Cádiz agujerearon, como inquietos yvividores reptiles, sus fundamentos, no ocupan, a pesar de su mucho bullir y de lasdistintas posturas que tomaron, un lugar visible en la historia. Su pequeñez los hacedesaparecer en las perspectivas de lo pasado, y sus nombres sin eco no despiertanadmiración ni encono. Pertenecen a ese vulgo que, con ser tan vulgo, ha influido en losdestinos del país desde la primera revolución acá; gentezuela sin ideal, que se perderíaen las muchedumbres como las gotas de lluvia en el Océano, si la vituperableneutralidad política de los españoles [18] honrados, decentes, entendidos y patriotas,que son los más, no les permitiera actuar en la vida pública, tratando al país como unobjeto de exclusiva pertenencia que se les ha dado para divertirse. Pero quiero poner punto en esta materia, que seduce poco mi entendimiento.Continuando nuestra retirada llegamos al Puerto de Santa María, donde estuvimos dosdías con sus noches, y allí fue donde adquirí sobre el formidable cerco de Geronaestupendas noticias. Debo una explicación a mis lectores, y voy a darla. Mi objeto al comenzar esta última sesión, en que apaciblemente nos encontramos,amados señores míos, fue referir lo mucho y bueno que vi en Cádiz cuando nosrefugiamos allí, después que los franceses penetraron en Andalucía; pero un deberpatriótico me obliga a aplazar por breve tiempo este mi natural deseo, haciendo lugar aalgunos hechos del sitio de Gerona, que contaré también, si bien los contaré de oídas.Un amigo de aquellos tiempos, y que después lo fue también mío en épocas másbonancibles, me entretuvo durante dos largas noches con la descripción de maravillosashazañas que no debo ni puedo pasar en silencio. Aquí las pongo, pues, suspendiendo elcurso de mi historia, que reanudaré en breve, si Dios me da vida a mí y a ustedespaciencia. Sólo me permito advertir, que he modificado un tanto la relación deAndresillo Marijuán, respetando por supuesto todo lo [19] esencial, pues su rudolenguaje me causaba cierto estorbo al tratar de asociar su historia a las mías. Hago estaadvertencia para que no se maravillen algunos de encontrar en las páginas que siguenobservaciones y frases y palabras impropias de un muchacho sencillo y rústico.Tampoco yo me hubiera expresado así en aquellos tiempos; pero téngase presente queen la época en que hablo, cuento algo más de ochenta años, vida suficiente a mi juiciopara aprender alguna cosa, adquiriendo asimismo un poco de lustre en el modo de decir.
  • Relación de Andresillo Marijuán -I- Yo entré en Gerona a principios de Febrero, y me alojé en casa de un cerrajero de lacalle de Cort-Real. A fines de Abril salí con la expedición que fue en busca de víveres aSanta Coloma de Farnés, y a los pocos días de mi regreso, murió a consecuencia de lasheridas recibidas en el segundo sitio aquel buen hombre [20] que me había dado asilo.Creo que fue el 6 de Mayo, es decir, el mismo día en que aparecieron los franceses,cuando al volver de la guardia en el fuerte de la Reina Ana, encontré muerto al Sr.Mongat, rodeado de sus cuatro hijos que lloraban amargamente. Hablaré de los cuatro huérfanos, que ya lo eran completamente por haber perdido asu madre algunos meses antes. Siseta, o como si dijéramos, Narcisita, la mayor en edad,tenía poco más de los veinte, y los tres varoncillos no sumaban entre todos igual númerode años, pues Badoret (1) apenas llegaba a los diez, Manalet (2) no tenía más de seis, yGasparó empezaba a vivir, hallándose en el crepúsculo del discernimiento y de lapalabra. Cuando penetré en la casa y vi cuadro tan lastimoso, no pude contener las lágrimas yme puse a llorar con ellos. El Sr. Cristòful Mongat era una excelente persona, buenpadre y patriota ardiente; pero aun más que el recuerdo de las buenas prendas deldifunto me contristaba la soledad de las cuatro criaturas. Yo les amaba mucho, y comomi buen humor y franca condición propendían a enlazar el alma de aquellos inocentescon la mía, en algunos meses de trato, Badoret, Manalet y Gasparó, se desvivían por mí.No hablo aquí de Siseta, porque para esta tenía yo un sentimiento extraño, de piedad yadmiración compuesto, [21] como se verá más adelante. Mi ocupación en la casamientras vivió el Sr. Mongat era en primer término hablar con este de las cosas de laguerra, y en segundo término divertir a los chicos con toda clase de juegos,enseñándoles el ejercicio y representando con ellos detrás de un cofre las escenas delataque, defensa y conquista de una trinchera. Cuando yo iba de guardia, bien aMonjuich (3), bien a los reductos del Condestable o del Cabildo, los tres, inclusoGasparó, me seguían con sendas cañas al hombro remedando con la boca el son de cajasy trompetas o relinchando al modo de caballos. Asociado cordialmente a su desgracia, les consolé como pude, y al día siguiente,después que echamos tierra al buen cerrajero, y luego que se retiraron los vecinosfastidiosos que habían ido a hacer pucheros condoliéndose ruidosamente de loshuérfanos, pero sin darles auxilio alguno, tomé por la mano a Siseta, y llevándola a lacocina, le dije: -Siseta, ya tú sabes... Pero antes quiero decir que Siseta era una muchacha gordita y fresca, que sin teneruna hermosura deslumbradora, cautivaba mi alma de un modo extraño, haciéndome
  • olvidar a todas las demás mujeres y principalmente a la que había sido mi novia en laAlmunia de Doña Godina. Rosada y redondita, Siseta parecía una manzana. No eraesbelta, pero tampoco rechoncha. Tenía mucha gracia en su andar, y poseyendo bastantesoltura e ingenio [22] en la conversación, sabía sin embargo acomodarse a lassituaciones, distinguiéndose por una gran disposición para no estar nunca fuera de sulugar, de cuyas prendas puede colegirse que Siseta tenía talento. Pues bien, como antes indiqué, tomándole una mano, le dije: -Siseta... No sé qué me pasó en la lengua, pues callé un buen rato, hasta que al fin pudecontinuar así: -Siseta, ya tú sabes que va para cuatro meses que estoy alojado en tu casa... La muchacha hizo un signo afirmativo, demostrando estar convencida de mipermanencia en la casa durante cuatro meses. -Quiero decir -proseguí- que durante tanto tiempo he estado comiendo de tu pan,aunque también os he dado el mío. Ahora con la muerte del Sr. Cristòful, os habéisquedado huérfanos. ¿Tienen ustedes tierras, alguna casa, alguna renta?... -No tenemos nada -me contestó Siseta dirigiendo tristes miradas a los cacharros de lacocina-. No tenemos nada más que lo que hay en casa. -Las herramientas valen alguna cosa -dije- mas en fin no hay que apurarse, que Diosaprieta, pero no ahoga. Aquí está el brazo de Andrés Marijuán. ¿Dejó tu padre algúndinero? -Nada -respondió- no ha dejado nada. Durante su enfermedad trabajaba muy poco.[23] -Bien, muy bien -dije yo-. Con eso podéis recibir el plus que nos dan ahora y laración que me toca todos los días. No hay que apurarse. Tú serás madre de tushermanos, y yo seré su padre, porque estoy decidido a ahorcarme contigo. Ea, dejarsede lloriqueos; Siseta, yo te quiero. Tal vez creerás tú que yo no tengo tierras. ¡Quétonta! Si vieras qué dos docenas de cepas tengo en la Almunia; si vieras qué casa... sólole falta el techo; pero es fácil componerla, sin fabricarla toda de nuevo. Con que lodicho, dicho. En cuanto se acabe este sitio, que será cosa de días a lo que pienso,venderás los cachivaches de la herrería, me darán mi licencia, pues también se concluirála guerra; pondremos sobre un asno a la señora Siseta con Gasparó y Manalet, ytomando yo de la mano a Badoret, camina que caminarás, nos iremos a ese bajoAragón, que es la mejor tierra del mundo, donde nos estableceremos. Una vez que desembuché este discurso, volví al taller, con objeto de examinar lasherramientas, y todo aquel mueblaje me pareció de poquísimo valor. La huérfanadespués que me oyera, sin decir cosa alguna, púsose a arreglar los trastos ordenandotodo con hábil mano y a limpiar el polvo. Los chicos me rodearon al punto, corriendoprecipitadamente a traer sus cañas, palos y demás aparatos de guerra, viéndome yo
  • obligado en razón de esta diligencia a recomendarles gran celo en el servicio de la patriay del rey, pues bien pronto, [24] si los franceses apretaban el cerco, Gerona necesitaríade todos sus hijos, aun de los más pequeñitos. Por último, después que durante mediahora pusieron armas al hombro y en su lugar, cebaron, cargaron, atacaron e hicieronvarias descargas imaginarias, pero que retumbaban en el angosto taller, les vi soltar lasarmas decaído el marcial ardor, y volver a su hermana con elocuente expresión los ojos. -¿Qué? -pregunté yo, comprendiendo lo que significaba aquel mudo interrogatorio-.Siseta, ¿no hay qué comer? Siseta disimulando sus lágrimas, registraba los negros andamios de una alacena, encuyas cavernosas profundidades la infeliz se empeñaba en ver alguna cosa. -¿Cómo es eso? -dije-. Siseta, no me habías dicho nada. ¿Qué me costaría ir alcuartel y pedir que me adelanten la ración de mañana?... ¿Y para qué quiero yo los sietecuartos que tengo ahorrados? Nada, hija; es preciso no sólo traer lo necesario para hoy,sino también provisiones abundantes, por si escasean los víveres dentro de la plaza.Dicen que ahora nos van a dar dos reales diarios. Ya me figuro lo que harás tú con estariqueza. Pero no es ocasión de detenerme en habladurías, que estos valientes soldados semueren de hambre. Toma los siete cuartos: voy al punto por la libreta. No tardé en volver con el pan, y tuve el gusto de ver comer a mis hijos (desdeentonces empecé a darles este nombre). Siseta se [25] mantuvo en los límites de unasobriedad excesiva, y mientras duró el festín les hablé de los grandes acopios de víveresque se estaban haciendo en Gerona, conversación que parecía muy del agrado de lospequeñuelos. En esto el Sr. Nomdedeu, habitante del piso superior de la casa, pasó pordelante de la tienda en dirección al portal contiguo. Saludonos afablemente a todos, ydespués de decir algunas palabras de desconsuelo con motivo de la pérdida delexcelente señor Mongat, subió a su casa, rogándome que le acompañara. Yo teníacostumbre de ir todas las mañanas a referirle lo que se decía en los cuerpos de guardia, yestas visitas tenían para mí el doble atractivo de contar lo que sabía y de oír lasagradables pláticas del Sr. Nomdedeu, hombre con quien no se hablaba una sola vez sinsacar alguna enseñanza provechosa. - II - El Sr. D. Pablo Nomdedeu era médico. No pasaba de los cuarenta y cinco años; perolos estudios o penas domésticas, para mí desconocidas, habían trabajado en talestérminos su naturaleza que aparentaba mucho más del medio siglo. Era acartonado,enjuto, amarillo, con gran corva en la espina dorsal, y la cabeza salpicada de escasospelos rubios y blancos, como yerba que nace al azar en ingrata tierra. [26] Todoanunciaba en él debilidad y prematura vejez, excepto su mirar penetrante, imagen delalma enérgica y del entendimiento activo. Vivía en apacible medianía, sin lujo, perotambién sin pobreza, muy querido de sus paisanos, consagrado fuera de casa a losenfermos del hospital, y dentro de ella al cuidado de su hija única, enferma también dedoloroso e incurable mal. Para que ustedes acaben de conocer a aquel apacible sujeto,
  • me falta decirles que Nomdedeu era un hombre de gran saber y de mucha amenidad ensu sabiduría. Todo lo observaba, y no se permitía ignorar nada, de modo que jamás haexistido hombre que más preguntase. Yo no creí que los sabios preguntasen tonterías delas que no ignora un rústico; pero él me dijo varias veces que la ciencia de los libros novaldría nada, si no se cursase el doctorado de la conversación con toda clase depersonas. De su casa poco diré. Era tan humilde como decente. Muchos libros, algunasestampas francesas de anatomía, emparejadas con otras de santos, y bastantes cuadrosque ostentaban detrás del vidrio innumerables yerbas secas con sendos letrerosmanuscritos al pie. Pero lo que principalmente impresionaba mi ánimo al subir a casadel Sr. Nomdedeu era una criatura tierna y sensible, una belleza consumida y marchita,una triste vida que junto a la pequeña ventana abierta al Mediodía quería prolongarseabsorbiendo los rayos del sol. Me refiero a la desgraciada Josefina, hija del [27] insignehombre que he mencionado, la cual, enferma y postrada, se me representaba como lasflores secas guardadas por el doctor detrás de un vidrio. Josefina había sido hermosa;pero perdidos algunos de sus encantos, otros se habían sublimado en aquel descendentecrepúsculo que iba difundiendo sobre ella las sombras de la muerte. Inmóvil en unsillón, su aspecto era por lo común el de una absoluta indiferencia. Cuando su padreentró conmigo el día a que me refiero, Josefina no respondió a sus caricias con una solapalabra. Nomdedeu me dijo: -Su existencia de plomo está pendiente de una hebra de seda. Pronunció estas palabras en voz alta y delante de ella, porque Josefina estabacompletamente sorda. -El profundo silencio que la rodea -continuó el padre- es favorable a su salud, porquesiendo su mal un desarrollo excesivo de la sensibilidad, todo lo que disminuya lasimpresiones exteriores, aumentará el reposo, a que debe esa lánguida y decadente vida.No espero salvarla; y todo mi afán consiste hoy en embellecer sus días, fingiendo quenos hallamos rodeados de felicidades y no de peligros. Desearía llevarla al campo, peroel deber y el patriotismo me obligan a no abandonar el cuidado del hospital, cuando nosamenaza un tercer cerco, que parece va a ser más riguroso que los dos primeros. Diosnos saque en bien. ¿Con que se murió ese pobre Sr. Mongat? [28] -Sí, señor -respondí- y ahí tiene usted cuatro huérfanos desvalidos que pediríanlimosna por las calles de Gerona, si yo no estuviera decidido a quitarme el pan de laboca para dárselo. -Dios te premiará tu generosidad. Yo también haré lo que pueda por esos infelices.Siseta parece una buena muchacha, y sube algunas veces a acompañar a mi hija. Dileque venga más a menudo, y hoy mismo encargaré a la señora Sumta (4) que les dé a loshijos de Cristòful Mongat todo lo que sobre en la casa. Pero cuéntame, ¿qué has oído enel cuerpo de guardia? Antes dime lo que ha ocurrido en esa expedición a Santa Colomade Farnés. ¿Fuiste allá? -Sí, señor; mas no nos ocurrió nada de particular. Los franceses se nos presentaronen la tarde del 24 de Abril; pero como éramos pocos, y no llevábamos por objeto elbatirnos con ellos, sino traer provisiones a Gerona, luego que cargamos los carros y las
  • mulas, nos vinimos para acá con D. Enrique ODonnell. Los cerdos (5) dominan toda laSagarra; pero los somatenes les hacen perder mucha gente, y para abastecerse pasan lapena negra. El general francés Pino mandó hace poco un batallón a San Martín en buscade víveres. Al llegar, el coronel pidió al alcalde para el día siguiente [29] de madrugadacierto número de raciones de tocino (porque abundan en aquel pueblo los animalitos dela vista baja); y como el batallón estaba cansado, dioles boletas de alojamiento,distribuyendo a los soldados en las casas de los vecinos. El alcalde aparentó deseo deservir al señor coronel, y al anochecer el pregonero salió por las calles gritando: «Eixanit a las dotse, cada vehí matarà son porch». -Y cada vecino mató su francés. -Así parece, señor, y así me lo contaron en el camino; pero no respondo de que seaverdad, aunque la gente de San Martín es capaz de eso. Luego que hicieron su matanza,escondieron armas, morriones y cuanto pudiera descubrirlos; y cuando se presentó elgeneral Pino trataron de probarle que allí no había estado nadie. -Sabes, Andrés -me dijo Nomdedeu- que eso parece cosa de cuento. -Séalo o no -repuse- con estos y otros cuentos se anima la gente. Los cerdos están yasobre Gerona, y esta mañana les hemos visto en los altos de Costa-Roja. Aquí dentro nosomos más que cinco mil seiscientos hombres, que no son bastantes para defender lamitad de los fuertes. De estos el que no se ha caído ya, es porque no se le ha dadolicencia. Si Zaragoza, que tenía dentro de murallas cincuenta mil hombres, ha caído alfin en poder del francés, ¿qué va a hacer Gerona con cinco mil seiscientos? -Ya serán algunos más -dijo Nomdedeu [30] paseándose por la habitación con lainquietud nerviosa y retozona que se apoderaba de él hablando de las cosas de laguerra-. Todos los vecinos de Gerona toman las armas, y hoy mismo se están formandoen el claustro de San Félix las listas de las ocho compañías que componen la Cruzadagerundense. Yo he querido afiliarme; pero como médico, cuyos servicios no puedenreemplazarse, me han dejado fuera con sentimiento mío. También se está formando hoyel batallón de señoras, de que es coronela doña Lucía Fitz-Gerard, ¿la conoces? Enverdad te digo, amigo Andrés, que en medio de la pena que causa el considerar losdesastres que nos amenazan, se alegra uno al ver los belicosos preparativos que tantoenaltecen al vecindario de esta ciudad. Mientras esto decíamos, expresándonos uno y otro con bastante exaltación, Josefinafijaba en nosotros sus ojos sorprendida y aterrada, y atendía a nuestros gestos, dando aconocer que los comprendía tan bien como la misma palabra. Advirtiolo su padre yvolviéndose a ella, la tranquilizó con ademanes y sonrisas cariñosas, diciéndome: -La pobrecita ha comprendido al instante que estamos hablando de la guerra. Esto lecausa un terror extraordinario. La enferma tenía delante de sí en una mesilla de pino un gran pliego de papel conpluma y tintero. La escritura servía a padre e hija de medio de comunicación. Nomdedeu, tomando la pluma escribió: [31]
  • -Hija mía, no tengas miedo. Hablábamos de las bandadas de palomas que vio ayerAndresillo en Pedret. Dice que mató todas las que quiso y que te traerá un par esta tarde.No, no temas, hija mía, no volverá a haber más sitios en Gerona. Si se ha concluido laguerra. Pues qué, ¿no lo sabías? Esas noticias ha traído el Sr. Andresillo. Verdad que seme había olvidado decírtelo. Estamos en paz. Veremos si mañana puedes salir a dar unpaseo por Mercadal. La semana que entra iremos a Castellà. Dice nostramo Mansió queestán los rosales tan cargados de rosas... ¿Pues y los cerezos? Este año habrá tantacereza, que no sabremos qué hacer de ella. He mandado que pongan dos colmenas más,y parece que dentro de un mes la vaca tendrá su cría. A la gallina pintada se le ha puestouna buena echadura con seis o siete huevos de pata. Dentro de diez días los sacará atodos, y dará gusto ver a esa familia. Luego que esto escribió, volviose a mí el Sr. D. Pablo, y procurando disimular suaflicción, me dijo: -De este modo la voy engañando, para arrancar su ánimo a la tristeza. Si ella supieraque mi casa de campo con todas las plantas y los animalitos que allí tenía no existe ya...Los franceses no han dejado piedra sobre piedra. ¡Pobre de mí! Rodeado de desastres,amenazado como todos los gerundenses de los horrores de la guerra, del hambre y de lamiseria, tengo que fingir junto a esta niña infeliz un [32] bienestar y una paz que estámuy lejos de nosotros, y he de ocultar la amargura de mi corazón destrozado, mintiendocomo un histrión. Pero así ha de ser. Tengo la convicción de que si mi hija llegase aconocer la situación en que nos encontramos y tuviese conocimiento del bombardeo yde las escaseces que nos amagan, su muerte sería inmediata; y quiero prolongarle lavida todo el tiempo que me sea posible, porque confío en que si algún día Dios y SanNarciso resuelven poner fin a las desgracias de esta ciudad, podré salir de Gerona yllevarla a disfrutar la vida del campo, única medicina que la aliviará. Josefina al concluir de leer el papel, movió tristemente la cabeza en señal deincredulidad, y luego dijo: -Pues marchémonos mañana a Castellà. -Este sí que es apuro -me dijo Nomdedeu, tomando la pluma para contestar a suhija-. ¿Qué le voy a decir? Pero sin detenerse escribió: -Hija mía, ten un poco de paciencia. El tiempo que parece bueno, está muy malo, ymañana ha de llover. Yo lo conozco por lo que dicen mis libros. Además tengo quehacer en el hospital durante algunos días. Entonces la enferma, que sin duda se fatigaba hablando o no tenía gusto enpronunciar palabras que no oía, tomó también la pluma, y con rapidez nerviosa trazó losiguiente: -Andrés estaba hablando de batallas. -No, no, corazón mío -repuso el padre, [33] acentuando su negativa con risas yademanes festivos.
  • -¡No, no, señorita Josefina! -exclamé yo a gritos, pues es costumbre instintiva alzarla voz delante de los sordos, aun sabiendo que estos no pueden oír. -Precisamente -escribió D. Pablo- ahora me estaba diciendo que le van a dar licencia,porque ya no se necesitan soldados. Hija mía, esta tarde vendrán aquí algunos amigospara que bailen la sardana y te distraigan un rato. ¿Por qué no sigues tu lectura? Y luego puso en manos de su hija un tomo, que era la primera parte del Quijote, elcual abrió ella por donde lo tenía marcado, comenzando a leer tranquilamente. - III - Nomdedeu llevándome junto a la ventana, me dijo: -La idea de la guerra y del bombardeo le causa mucho horror. Es natural que así sea,puesto que de una fuerte y dolorosa impresión de miedo proviene su desorden nerviosoy la pasión de ánimo que la tiene en tan lamentable estado. En el segundo sitio, amigoAndrés, puedo decir que perdí a mi querida niña, único consuelo mío en la tierra. Yasabes que llego aquí el bárbaro Duhesme a mediados de Julio del año pasado, cuandodijo aquellas [34] arrogantes palabras: El 24 llego, el 25 la ataco, la tomo el 26 y el 27la arraso. Hombre que tales bravatas decía, igualándose a César, era forzosamente unnecio. Llegó en efecto, y atacó, pero no pudo tomar ni arrasar cosa alguna, como nofuese su propia soberbia, que quedó por tierra ante esos muros. Tenía 9.000 hombres, yaquí dentro apenas pasaban de 2.000, con los paisanos que se habían armado a todaprisa. Duhesme puso cerco a la plaza, y abiertas trincheras entre Monjuich y los fuertesdel Este y Mercadal, el 13 empezó a bombardearnos sin piedad. El 16 intentaron asaltarel Monjuich, pero sí... para ellos estaba. El regimiento de Ultonia lo defendía... Pero voya mi objeto. Como te iba diciendo, mi pobre niña perdió el sosiego, y su espanto la teníaen vela de día y de noche, cuyo estado de excitación, junto con la resistencia a tomaralimento, la puso a punto de morir. Figúrate mi pena y la de mi sobrino. Porque he deadvertirte que yo tenía un sobrino llamado Anselmo Quixols, hijo de mi hermana doñaMercedes, residente en La-Bisbal. »No sé si sabrás que mi hermana y yo teníamos concertado casar a Anselmo conJosefina, enlace que era muy agradable a entrambos muchachos, porque desde algunosmeses antes habían gastado algunas manos de papel en escribirse cartas, y díchose milamorosas palabras en honesto lenguaje. Entonces vivíamos en la calle de la Neu, muycerca de la plaza. El día 15 habíamos bajado al portal, [35] donde nos creíamos másseguros del bombardeo, y estábamos comiendo en compañía de Anselmo, que por breverato dejó el servicio para venir a informarse de nuestra situación. ¡Ay, amigo Andrés!¡Qué día, qué momento! Una bomba penetró por el techo, atravesó el piso alto, yhoradando las tablas cayó en el bajo, donde al estallar con horrible estruendo causóespantosos estragos. Anselmo quedó muerto en el acto atravesado el pecho por uncasco, mi fámulo fue mortalmente herido, y la señora Sumta también aunque singravedad. Yo recibí un golpe, y sólo mi hija quedó aparentemente ilesa; pero ¡quétrastorno en su organismo!, ¡qué desquiciamiento, qué horrible perturbación en su pobre
  • alma! La horrenda explosión, el súbito peligro, la muerte de su primo y futuro esposo, aquien recogimos del suelo en el momento de expirar, el riesgo que corríamos con elincendio de la casa hirieron con golpe tan rudo su naturaleza endeble y resentida, quedesde entonces mi hija, aquella muchacha amable, graciosa y discreta dejó de existir, yen su lugar dejome el cielo esta desvalida y lastimosa criatura, cuyos padecimientos másme duelen a mí que a ella propia; esta vida que se me va aniquilando entre el dolor y lamelancolía, sin que nada puede reanimarla. En el primer momento de la catástrofe,Josefina se quedó como si hubiera perdido la razón. A pesar de nuestros esfuerzos porsujetarla, salió corriendo a la calle, y sus lamentos dolorosos detenían al [36] pasajero ycontristaban al invencible soldado. Seguímosla, y llamándola sin cesar con las palabrasmás cariñosas, intentábamos llevarla a sitio seguro donde se tranquilizase, pero Josefinano nos oía. En su cerebro agitado por hirviente excitación reinaba el silencio absoluto. »Yo creí que no sobreviría a aquel trastorno; pero ¡ay, Andresillo!, vive gracias a miscuidados, a mi vigilante y previsor estudio por salvarla. Ha permanecido en cama todoel invierno. Ya ves cómo está. ¿Vivirá? ¿Alargará sus tristes días hasta el verano?¿Podrá salir de Gerona dentro de algunos meses, si resistimos el asedio y se van losfranceses? ¿Qué suerte nos destina Dios en los días que vienen? ¡Pobre niñita mía!Inocente y débil, sufrirá los horrores del sitio tal vez mejor que nosotros los fuertes. Nosé qué daría porque esta situación terminara pronto, permitiéndome salir una temporadade campo con mi pobre enferma Pero figúrate lo que dirían de mí, si ahora escapase deGerona. No lo quiero pensar. Me llamarían cobarde y mal patriota. En verdad,muchacho, que no sé cuál de estos dos calificativos me lastima más. ¡Cobarde o malpatriota! No... aquí, Sr. de Nomdedeu, señor médico del hospital, aquí, en Gerona, al piedel cañón, con la venda en una mano y el bisturí en la otra para cortar piernas, sacarbalas, vendar llagas y recetar a calenturientos y apestados. Vengan granadas y bombas...Puede que se muera mi hija; puede que la débil [37] luz de esta lamparita se apague, nosólo por falta de aceite, sino por falta de oxígeno; morirá de terror, de consunción física,de hambre; pero ¡qué vamos a hacer! Si Dios lo dispone así... Diciendo esto, D. Pablo, vuelto hacia los cristales del balcón, se limpiaba laslágrimas con un pañuelo encarnado tan grande como una bandera. - IV - Por la noche, después de hacer la guardia en la Torre Gironella, volví a mialojamiento y me encontré con una novedad. Pichota había parido, sí, señores, y lafamilia de que orgullosamente me consideraba jefe, estaba aumentada con tres criaturas,a las cuales era preciso mantener. No sé si he hablado a ustedes de Pichota, hermosagata parda con manchas, a quien los tres muchachos profesaban un amor sin límites.Perdóneseme el descuido por no haberla mencionado antes, y ahora sólo falta decir queal ver los tres retoños que nos había regalado, dije a Siseta: -Es preciso que dos de estos caballeritos sean arrojados al Oñá, porque no estamospara mantener a tanta gente. Luego que acaben de mamar, será preciso una ración diariapara alimentarlos, y dicen que vamos a andar escasos. [38]
  • -Déjalos, hombre -me respondió-. Dios dará para todos, y si no que se lo busquenellos mismos. No faltará qué comer en Gerona. Los cerdos no se meterán con ustedes, yhasta me parece que no se atreverán a asomar las narices por acá. -¿Quia, qué se han de atrever? -exclamé yo con festiva ironía-. Nos tienen muchomiedo. Sube conmigo a la Torre Gironella, y verás los mosquitos que andan allá porLevante y Mediodía. Franceses en San-Medir, Montagut y Costa-Roja, franceses en SanMiguel y en los Ángeles, y por variar, franceses en Montelibi, Pau y el llano de Salt. Yaverás, prenda mía. Aquí somos seis mil quinientos hombres que no bastan para empezary tenemos unas murallitas... ¡qué obras, válgame Dios! Da miedo verlas. Figúrate quecuando los lagartos corren por entre las piedras, estas se mueven y dan unas contraotras. No se puede hablar recio junto a ellas, porque con el estremecimiento del sonido,se caen de su sitio. En fin, yo no sé lo que va a pasar cuando abran batería los francesesy empiecen a bombardearnos. La señora Sumta, ama de gobierno de don Pablo Nomdedeu, que solía bajar a darnosconversación en sus ratos de ocio, metió su hocico en nuestro diálogo, diciendo: -Tiene razón Andrés. Las murallas de los fuertes parecen una almendrada hecha conazúcar sin punto. Mi difunto esposo, que de Dios goce, y que hizo la campaña delRosellón [39] contra la República de los cerdos, me decía varias veces: «Si no fueraporque está allí San Fernando de Figueras con sus murallas de diamante, y aquí losgerundenses con sus corazones de acero, todas las plazas del Ampurdán caerían enpoder de cualquier atrevido que pasase la frontera». En fin, lo de menos será la piedra,con tal que haya hombres de pecho y un buen español que sepa mandarlos. ¿Y qué medice usted, Sr. Andresillo, de ese encanijado gobernador que nos han puesto? -D. Mariano Álvarez de Castro. Este fue el que no quiso entregar a los franceses elMonjuich de Barcelona. Dicen que es hombre de mucho temple. -Pues no lo parece -repuso la señora Sumta-. Cuando nos mandaron acá este sujetoen febrero y le vi, al punto lo diputé por poca cosa. ¡Qué se puede esperar de quien nolevanta tanto así del suelo! El otro día pasó junto a mí, y... créalo usted, no me llega alhombro. El tal D. Mariano Álvarez de Castro me serviría de bastón. ¿Le ha visto ustedla cara? Es amarillo como un pergamino viejo, y parece que no tiene sangre en lasvenas. ¡Qué hombres los del día! Quien conoció a aquel general Ricardos, que no cabíapor esa puerta, con un pecho y una espalda... Daba gusto ver su cara redondita y suscarrillos como clavellinas... -Señora Sumta -dije riendo-, cuando los generales tengan un oficio semejante al delas [40] amas de cría, entonces se podrá renegar de los que sean flacos y encanijados. -No, Andresillo, no digo eso -repuso la matrona-. Lo que digo es que sin presenciano se puede mandar. Considera tú: cuando una ve a doña Lucía Fitz-Gerard, coroneladel batallón de Santa Bárbara; cuando una ve aquellas carnes, aquel andar imponente,dan ganas de correr tras ella a matar franceses. Pero dime, Siseta: ¿no estás tú afiliadaen el batallón de Santa Bárbara? -Yo, señora Sumta, no sirvo para eso -repuso mi futura esposa-. Tengo miedo a lostiros.
  • -Es que nosotras no hacemos fuego, hija mía, al menos mientras estén vivos loshombres. Llevar municiones, socorrer a los heridos, dar agua a los artilleros, y si seofrece, ir aquí o allí con una orden del general; esta será nuestra ocupación. Ya les hedicho que cuenten conmigo para todo, para todo, aunque sea para llevar la bandera delbatallón. De veras te digo, Andresillo, que es gran lástima no tener mejores murallas yun general menos amarillo y con algunos dedos más de talla. Yo me reía de las cosas de la señora Sumta, mujer tan amable como entrometida, ylejos de enojarme sus barrabasadas, nos causaban sumo gusto a Siseta y a mí,mayormente al ver que en sus visitas, el ama de gobierno de D. Pablo Nomdedeu nobajaba nunca sin traer algún condumio para los huérfanos. A [41] eso de las nueve sedespidió para regresar a su alojamiento, y entonces nos dijo: -Ya la señorita ha de estar acostada. El señor acaba de entrar, y ahora estaráescribiendo su Diario de todos los días, uno al modo de libro de coro, donde vaapuntando lo que le pasa. ¡Ay!, el amo confía que la niña se curará, y yo, sin sermédico, digo y aseguro que si alarga hasta que caigan las hojas, será mucho alargar...Ahora estamos empeñados en hacerle creer que la semana que viene iremos a Castellà.Sí, ¡buena temporada de campo nos espera! Bombas y más bombas. La niña no se ha deenterar de nada, y el amo dice que aunque arda la ciudad toda y caigan a pedazos todaslas casas, Josefina no lo ha de conocer. Pues digo, si los cerdos aprietan el cerco comose dice, y escasean los víveres... Pero el amo tampoco quiere que la niña comprenda queescasean las vituallas. Si tenemos hambre, capaz es mi señor D. Pablo de cortarse unbrazo y aderezar un guisote con él, haciendo creer a la enferma que tenemos aquel díapierna de carnero. Bueno va, bueno va. Adiós, Siseta, adiós, Andrés. Cuando nos quedamos solos dije a mi futura, mirando a los gatillos: -Sálvense los tres infantes de España. Si hay hambre en Gerona la carne de gatodicen que no es mala. ¡Ay, Siseta de mi corazón! ¡Cuándo nos veremos fuera de estasmurallas! ¡Cuándo se acabará esta maldita guerra! ¡Cuándo estaremos tú y yo con losmuchachos, Pichota [42] y sus niños, camino de la Almunia de Doña Godina! ¿Estaráde Dios que no nos sentaremos a la sombra de mis olivos mirando a las ramas para vercómo va cuajando la aceituna? Hablando de este modo me engolfaba en tristes presagios; pero Siseta, con susobservaciones impregnadas de sentimiento cristiano, daba cierta serenidad celeste a miespíritu. -V- El 13 de Junio, si no estoy trascordado, rompieron los franceses el fuego contra laplaza, después de intimar la rendición por medio de un parlamentario. Yo estaba en laTorre de San Narciso, junto al barranco de Galligans, y oí la contestación de D.Mariano, el cual dijo que recibiría a metrallazos a todo francés que en adelante volviesecon embajadas.
  • Estuvieron arrojando bombas hasta el día 25, y quisieron asaltar las torres de SanLuis y San Narciso, que destrozaron completamente, obligándonos a abandonarlas el19. También se apoderaron del barrio de Pedret, que está sobre la carretera de Francia, yentonces dispuso el gobernador una salida para impedir que levantasen allí baterías.Pero exceptuando la salida y la defensa de aquellas dos torres no hubo hechos de armasde gran importancia [43] hasta principios de Julio, cuando los dos ejércitos principiarona disputarse rabiosamente la posesión de Monjuich. Los franceses confiaban en que coneste castillo tendrían todo. ¿Creerán ustedes que sólo había dentro del recinto 900hombres, que mandaba D. Guillermo Nash? Los imperiales habían levantado variasbaterías, entre ellas una con veinte piezas de gran calibre, y sin cesar arrojaban bombasa los del castillo, que rechazaron los asaltos con obuses cargados con balas de fusil. Porcuatro veces se echaron los cerdos encima, hasta que en la última dijeron «ya no más» yretiraron, dejando sobre aquellas peñas la bicoca de dos mil hombres entre muertos yheridos. No puedo apropiarme ni una parte mínima de la gloria de esta defensa porquela estuve presenciando tranquilamente desde la torre Gironella... En todo el mes de Julio siguieron los franceses haciendo obras para aproximarse a laplaza, y viendo que no la podían tomar a viva fuerza, ponían su empeño en impedir quenos entraran víveres, de cuyo plan comenzaron a resentirse los ya alarmados estómagos. En casa de Siseta, sin reinar la abundancia, no se pasaba mal, y con lo que yo lesllevaba, unido a los frecuentes regalos del señor D. Pablo Nomdedeu, iban tirando loshabitantes todos de la cerrajería. Verdad que yo me quedaba los más de los díasmirando al cielo para darles a ellos lo mío; pero el militar con un bocado aquí y otro allíse mantiene, sostenido [44] también por el espíritu, que toma su sustancia no sé dedónde. Yo tenía un placer inmenso, al retirarme a descansar unas cuantas horas osimplemente unos cuantos minutos nada más, en ver cómo trabajaba Siseta en su casa,arreglando por puro instinto y nativo genio doméstico, aquello que no tenía arregloposible. Los platos rotos eran objeto de una escrupulosa y diaria revisión, y la vajillamás perfecta no habría sido puesta con mejor orden ni con tan brillante aparato. En lasalacenas donde no había nada que comer, mil chirimbolos de loza y lata, que fueron ensus buenos tiempos bandejas, escudillas, soperas y jarros, aguardaban los manjares aque los destinó el artífice, y los muebles desvencijados que apenas servían para arder enuna hoguera de invierno, adquirieron inusitado lustre con el tormento de los diarioslavatorios y friegas a que la diligente muchacha los sujetaba. -Mira, prenda mía -le decía yo- se me figura que no vendrá ninguna visita. ¿A qué terompes las manos contra esa caoba carcomida y ese pino apolillado que no sirve ya paranada? Tampoco viene al caso la deslumbradora blancura de esas cortinas desgarradas, yde esos manteles, sobre los cuales, por desgracia, no chorreará la grasa de ningún pavoasado. Yo me reía, y hasta aparentaba burlarme de ella; pero entretanto una secretasatisfacción ensanchaba mi pecho al considerar las eminentes cualidades de la que habíaelegido para compañera de mi existencia. Un día, después [45] de hablar de estas cosas,subí a visitar al Sr. Nomdedeu y encontrele sumamente inquieto al lado de su hija, queseguía leyendo el Quijote. -Andrés -me dijo dulcificando su fisonomía para disimular con los ojos lo queexpresaban las palabras- principian a faltar víveres de un modo alarmante, y los
  • franceses no dejan entrar en la plaza ni una libra de habichuelas. Yo estoy decidido acomprar todo lo que haya, a cualquier precio, para que mi hija no carezca de nada; perosi llegan a faltar los alimentos en absoluto ¿qué haré?, he reunido bastantes aves; perodentro de un par de semanas se me concluirán. Las pobres están tan flacas que dalástima verlas. Amigo, ya sabes que desde hoy empezamos a comer carne de caballo.¡Bonito porvenir! Álvarez dice que no se rendirá, y ha puesto un bando amenazando conla muerte al que hable de capitulación. Yo tampoco quiero que nos rindamos... deninguna manera; pero ¿y mi hija? ¿Cómo es posible que su naturaleza resista los apurosde un bloqueo riguroso? ¿Cómo puede vivir sin alimento sano y nutritivo? La enferma arrojó el libro sobre la mesa, y al ruido del golpe volviose el padre, encuya fisonomía vi mudarse con la mayor presteza la expresión dolorosa en afectadaalegría. En aquel momento trajo la señora Sumta la comida de la señorita, y esta, como vieseun pan negro y duro, lo apartó de sí con ademán desagradable. [46] El padre hizo esfuerzos por reírse, y al punto escribió lo siguiente: -¡Qué tonta eres! Este pan no es peor que el de los demás días, sino mucho mejor. Esnegro porque he mandado al panadero que lo amasase con una medicina que le envié yque te hará muchísimo provecho. Mientras ella leía, él trinchaba un medio pollo, mejor dicho un medio esqueleto depollo, sobre cuya descarnada osamenta se estiraba un pellejo amarillo. -No sé cómo la convenceré de que tiene delante un bocado apetitoso -me dijo condolor profundo, pero cuidando de conservar la sonrisa en los labios-. ¡Dios mío, no medesampares! La señora Sumta que estaba detrás del sillón de la enferma, dijo a su amo: -Señor, yo no quería decirlo; pero ello es preciso: de las cinco gallinas que quedabanse han muerto tres, y dos están enfermas. -¿Es posible? ¡La Santa Virgen nos ayude! -exclamó el doctor, chupando los huesosdel pollo para animar a su hija a que imitara tan meritoria abnegación-. ¡Con que se hanmuerto! Ya lo esperaba. Dicen que todas las aves del pueblo se están muriendo. ¿Ha idousted a la plaza de las Coles a ver si hay alguna gallina fresca y gorda? -No hay más que alambres, y algunos lechuzos que dan asco. -¡Dios me tenga de su mano! ¿Qué vamos a hacer? [47] Y diciendo esto chupaba y rechupaba un hueso, saboreándolo luego con visajes desatisfacción, para ponderar de este modo a los ojos de la enferma la excelencia deaquella vianda. Pero Josefina, después de probar el seco animal, apartó el plato de sí conrepugnancia. D. Pablo, sin detenerse a escribir, porque en su azoramiento y ansiedadfaltábale la paciencia para recurrir a tan tardo medio, exclamó a gritos:
  • -¿Qué, no lo quieres? Pues está exquisito, delicioso. Algo flaco; pero ahora se usanlos pollos flacos. Así lo prescribe la higiene, y los buenos cocineros jamás te ponen enel puchero un ave medianamente entrada en carnes. Pero Josefina no oía, como era de esperar, y cerrando los ojos con desaliento, pareciómás dispuesta a dormir que a comer. En tanto D. Pablo levantábase, y paseando por elcuarto, cruzadas las manos y con expresión de terror en los ojos, no se cuidaba dedisimular su desesperación. -Andrés -me dijo- es preciso que me ayudes a buscar algo que dar a mi hija. Gallinas,patos, palomas; ¿se han concluido ya las aves de corral en Gerona? -Todo se ha concluido -afirmó la señora Sumta con oficiosidad-. Esta mañana,cuando fui a la formación (pues yo pertenezco a la segunda compañía del batallón deSanta Bárbara) todos los militares se quejaban de la escasez de carnes, y la coroneladoña Luisa dijo que pronto sería preciso comer ratones. [48] -¡Vaya usted al demonio con sus batallones y sus coronelas! ¡Comer animalesinmundos! No, mi pobre enferma no carecerá de alimento sano. A ver: busquen porahí... pagaré una gallina a peso de oro. Luego volviéndose a mí, me dijo: -Cuentan que se espera un convoy de víveres en Gerona, traído por el general Blake.¿Has oído tú algo de esto? A mí me lo dijo el mismo intendente D. Carlos Beramendi,aunque también se manifestó que dudaba pudiera llegar felizmente aquí. Parece queestán en Olot con dos mil acémilas, y todo se ha combinado para que salga de aquí D.Blas de Fournás con alguna fuerza, con objeto de distraer a los franceses. ¡Oh!, si estoocurriera pronto y nos llegara harina fresca y alguna carne... Si no, dudo que nosescapemos de una horrorosa epidemia, porque los malos alimentos traen consigo mildolencias que se agravan y se comunican con la insalubridad de un recinto estrecho ylleno de inmundicias. ¡Dios mío! Yo no quiero nada para mí; me contentaré con tomaren la calle un hueso crudo de los que se arrojan a los perros, y roerlo; pero que no falte ami inocente y desgraciada enfermita un pedazo de pan de trigo y una hila de carne...Andrés ¡si vieras qué malos ratos paso en el hospital! El gobernador ha mandado quelos mejores víveres que quedan se destinen a los soldados y oficiales heridos, lo cual meparece muy bien dispuesto, porque ellos lo merecen todo. Esta mañana estaba [49]repartiéndoles la comida. ¡Si vieras qué perniles, qué alones, qué pechugas había allí!Tuve intenciones de escurrir bonitamente una mano por entre los platos y pescar unmuslo de gallina, para metérmelo con disimulo en el bolsillo de la chupa y traérselo ami hija. Estuve luchando un largo rato entre el afán que me dominaba y mi conciencia,y al fin, elevando el pensamiento y diciendo: «Señor, perdóname lo que voy hacer», medecidí a cometer el hurto. Alargué los dedos temblorosos, toqué el plato, y al sentir elcontacto de la carne, la conciencia me dio un fuerte grito y aparté la mano; pero se merepresentó el estado lastimoso de mi niña y volví a las andadas. Ya tenía entre las garrasel muslo, cuando un oficial herido me vio. Al punto sentí que la sangre se me subía a lacara, y solté la presa diciendo: «Señor oficial, no queda duda que esa carne es excelentey que la pueden ustedes comer sin escrúpulo...». Me vine a casa con la concienciatranquila pero con las manos vacías. Y hablando de otra cosa, amigo Andrés, dicen queal fin se tendrá que rendir Monjuich.
  • -Así parece, Sr. D. Pablo. El gobernador ha ofrecido premios y grados a losseiscientos hombres de D. Guillermo Nash; pero con todo, parece que no pueden resistirmás tiempo. Los que hay dentro del castillo ya no son hombres, pues ninguno haquedado entero, y si se sostienen una semana, es preciso creer que San Narciso hace hoyun milagro más prodigioso [50] que el de las moscas, ocurrido seiscientos años ha. -Esta mañana me dijeron que los del castillo no están ya para fiestas; pero que elgobernador Sr. Álvarez les manda resistir y más resistir, como si fueran de hierro lospobres hombres. Diez y nueve baterías han levantado los franceses contra aquellafortaleza... con que figúrate el sin número de confites que habrán llovido sobre la gentede D. Guillermo Nash. -No necesito figurármelo, Sr. D. Pablo -repuso- que todo eso lo tengo más que visto,pues la torre Gironella donde yo estoy, no tiene ninguna varita de virtudes para impedirque las bombas caigan sobre ella. La enferma, levantándose de su asiento sin ser sentida, se acercó a nosotros. -Hija mía - le dijo Nomdedeu con sorpresa y cariño a pesar de la certeza de no seroído- tu disposición a andar me prueba que estás mucho mejor. Unos cuantos paseos porlas afueras de la ciudad te pondrían como nueva. ¡Ay, Andrés! -añadió dirigiéndose amí-, daría diez años de mi vida por poder dar diez paseos con mi hija por el camino deSalt. Por espacio de muchos meses ha permanecido en una postración lastimosa, y ahorasu naturaleza, sintiéndose renacer, busca el movimiento y quiere sacudir la mortalsomnolencia. Josefina recorría la habitación con paso ligero, y sus mejillas se tiñeron de levísimocarmín. [51] -¡Oh, qué alegría! - exclamó D. Pablo-. En todo un año no has andado tanto como enestos tres minutos. Mira, Andrés, cómo se le colorea el semblante. La sangre circula, losmiembros adquieren soltura y brío, la apagada pupila brilla con nuevo ardor, y unarespiración cadenciosa y enérgica sale del oprimido pecho. Diciendo esto mi amigo abrazó y besó a su hija con entusiasmo. -Aquí tienes, insigne Marijuán -prosiguió con júbilo- el resultado de mi sistema.Todos decían: «El Sr. D. Pablo Nomdedeu, que es tan buen médico, no curará a suhija». Y yo digo: «Sí, majaderos, el Sr. D. Pablo Nomdedeu, que es un mal médico,curará a su hija». Mi hija está mejor, mi hija está buena y con unos cuantos meses detemporada en Castellà... La enferma, en efecto, manifestaba alguna animación. Al ver las demostraciones desu padre hizo y repitió enérgicos signos que no entendí. La falta de oído habíale quitadoel hábito de expresarse por la palabra, adquiriendo con esto insensiblemente la rápidamovilidad facial y manual de los sordo-mudos. Sólo en casos de apuro y cuando no eracomprendida, recurría instintivamente a poner en acción la lengua, exprimiendo lasideas con cierta oscuridad y siempre con rapidez y escasa armonía. -Quiero vestirme -dijo agitando el guardapiés. [52]
  • -¿Para qué, hija mía? -¿No vamos esta tarde a Castellà? En el patio dos caballos... los he visto. Nomdedeu hizo con la cabeza dolorosos signos negativos. -Esos caballos -me dijo- son el mío y el del vecino D. Marcos, que van al matadero. Josefina corrió a la ventana que daba al patio, volviendo luego a nuestro lado. -Quiero salir... calle -exclamó con vehemencia. -Hija mía -dijo D. Pablo, asociando los signos a las palabras- ya sabes que hallovido. Están los pisos llenos de fango. No te sentará bien. Toma mi brazo y demosunos cuantos paseos, de la sala a la cocina y de la cocina a la sala. Josefina mostró inmenso fastidio, y miró a la calle con desconsuelo. -Aquí tienes un gran compromiso -me dijo el doctor, tirándose de un mechón decabellos. Josefina mirando afuera al través de los vidrios, exclamó: -¡Qué precioso... el cielo! -Es verdad -repuso el padre-. Pero... más vale que te sientes en tu silloncito. ¿Por quéno tomas alguna cosa? Mira... uno de estos bollitos. Josefina corrió a su asiento y dejose caer en él, apartando con repugnancia lasgolosinas que le ofrecía su padre. Luego movió la cabeza a un lado y otro cerrando losojos, y [53] pronunciando estas palabras que caían sobre el corazón del padre comobombas en plaza sitiada. -¡Guerra en Gerona!... ¡Otra vez guerra en Gerona! Nomdedeu, sin atreverse a contradecirla habíase sentado junto a ella, y con la cabezaentre las manos lloraba como un chiquillo. - VI - A los dos días de acontecido esto, se rindió Monjuich. ¿Qué podían hacer aquelloscuatrocientos hombres que habían sido novecientos y que caminaban a no ser ninguno?El 12 de Agosto la guarnición del castillo se componía de unos trescientos ocuatrocientos hombres, sin piernas los unos, sin brazos los otros. Monjuich era unmontón de muertos, y lo más raro del caso es que Álvarez se empeñaba en que aún
  • podía defenderse. Quería que todos fuesen como él, es decir, un hombre para atacar yuna estatua para sufrir; mas no podía ser así, porque de la pasta de D. Mariano Dioshabía hecho a D. Mariano, y después dijo: «basta, ya no haremos más». Se rindió el castillo, después de clavar los pocos cañones que quedaron útiles, y porla tarde de aquel día vimos desfilar a la que había sido guarnición, marchando la mayorparte al hospital. Todos quisimos ver a Luciano [54] Aució, el tambor que después dehaber perdido una pierna entera y verdadera, siguió mucho tiempo señalando conredobles la salida de las bombas; pero Luciano Aució había muerto sacudiendo elparche mientras tuvo los brazos pegados al cuerpo. Daba lástima ver a aquella gente, yyo le dije a Siseta que había ido con los tres chicos a la plaza de San Pedro: -Como estosmedios hombres estaré yo dentro de poco, Siseta, porque ya que acabaron conMonjuich, ahora la van a emprender con la torre Gironella, cuyas murallas no se hancaído ya... por punto. Los franceses no esperaron al día siguiente para combatir la ciudad, que se les veníaa la mano, una vez que tenían la gran fortaleza, y desde la misma noche empezaron alevantar baterías por todos lados. Tanta prisa se dieron que en pocos días alcanzamos aver muchísimas bocas de fuego por arriba, por abajo, por la montaña y por el llano,contra la muralla de San Cristóbal y puerta de Francia. El gobernador, que harto conocíala flaqueza de aquellas murallas de mazapán, dispuso que se ejecutaran obras como lasde Zaragoza, cortaduras por todos lados, parapetos, zanjas y espaldones de tierra en lospuntos más débiles. Las mujeres y los ancianos trabajaron en esto, y yo me llevé a la plaza de San Pedroa mis tres chiquillos, que metían mucho ruido sin hacer nada. Por la noche regresaron asu casa, completamente perdidos de suciedad y con los vestidos hechos jirones. [55] -Aquí te traigo estos tres caballeros -dije a Siseta- para que los repases. Ella se enojó, viéndoles tan derrotados, y quiso pegarles; pero yo la contuvediciendo: -Si han ido al trabajo, fue porque así lo ordenó el gobernador D. Mariano Álvarez deCastro. Son los tres muy buenos patriotas, y si no es por ellos, creo que no se hubieraacabado hoy la cortadura que cierra el paso de la calle de la Barca. ¿Ves? Esa arroba defango que tiene Gasparó en la cabeza, es porque quiso meter también sus manos enharina, y subiendo al parapeto, rodó después hasta el fondo de la zanja, de donde lesacaron con una azada. Siseta al oír esto, empezó a solfearle en cierta parte, encareciéndole con enérgicaspalabras la conveniencia de que no tomase parte en las obras de fortificación. -¿Ves este verdugón que tiene Manalet en el carrillo y en la sien derecha? -proseguílibrando a Gasparó de las justicias de su hermana-. Pues fue porque se acercódemasiado al gobernador cuando este iba con el intendente y toda la plana mayor aexaminar las obras. Estas criaturitas, no contentas con verle de cerca, se metían en elcorrillo, enredándose entre las piernas de D. Mariano en términos que no le dejabanandar. Un ayudante las espantaba; pero volvían como las moscas de San Narciso, hasta
  • que al fin, cansados del juego, los oficiales empezaron a repartir bofetones, y uno deellos le cayó en la cara a tu hermano Manalet. [56] -¡Ay, qué chicos estos! -exclamó Siseta-. Todos desean que se acabe el sitio parapoder vivir, y yo quiero que se acabe para que haya escuela. Entre tanto los tres patriotas volvían a todas partes sus ardientes ojos, en cuya pupilaresplandecía el rayo de una vigorosa y exigente vida; miraban a su hermana y memiraban a mí, atendiendo principalmente a los movimientos de mis manos, por ver sime las llevaba a los bolsillos. -Siseta -dije- ¿no hay nada que comer? Mira que estos tres capitanes generales mequieren tragar con los ojos. Y verdaderamente, cómo han de servir a la patria, si no seles pone algún peso en el cuerpo. -No hay nada -dijo la muchacha suspirando tristemente-. Se ha concluido lo que tútrajiste la semana pasada, y hace dos días que la señora Sumta no me da la más mínimahora, porque parece que arriba faltan también las provisiones. ¿Nos traes algo estanoche? Por única respuesta, fijé la vista en el suelo, y durante largo rato guardamos todosprofundo silencio, sin atrevernos a mirarnos. Yo no llevaba nada. -Siseta -dije al fin-. La verdad, hoy no he traído cosa alguna. Sabes que no nos danmás que media ración, y yo había tomado adelantadas dos o tres diciendo que eran paraun enfermo. Esta mañana me dio un compañero un pedazo de pan y... ¿para quénegártelo?... tenía tanta hambre que me lo comí. [57] Felizmente para todos, bajó la señora Sumta trayendo algunos mendrugos de pan yotros restos de comida. - VII - Así pasaban muchos días, y a los males ocasionados por el sitio, se unió el rigor de lacalorosa estación para hacernos más penosa la vida. Ocupados todos en la defensa,nadie se cuidaba de los inmundos albañales que se formaban en las calles, ni de losescombros, entre cuyas piedras yacían olvidados cadáveres de hombres y animales; nipor lo general, la creciente escasez de víveres preocupaba los ánimos más que en elmomento presente. Todos los días se esperaba el anhelado socorro y el socorro novenía. Llegaban, sí, algunos hombres, que de noche y con grandes dificultades seescurrían dentro de la plaza; pero ningún convoy de vituallas apareció en todo el mes deagosto. ¡Qué mes, Santo Dios! Nuestra vida giraba sobre un eje cuyos dos polos eranbatirse y no comer. En las murallas era preciso estar constantemente haciendo fuego,porque siendo escasa la guarnición, no había lugar a relevos, además de que elgobernador, como enemigo del descanso, no nos dejaba descabezar un mal sueño. Allíno dormían sino los muertos.
  • Este continuado trabajo hizo que durante [58] aquel mes aciago estuviese hasta ochodías sin ver a mis queridos niños y a Siseta, los cuales me juzgaron muerto. Cuando alfin los vi, casi les fue difícil reconocerme en el primer instante; tal era mi extenuación ydecaimiento a causa de las grandes vigilias, del hambre y el continuo bregar. -Siseta -le dije abrazándola- todavía estoy vivo aunque no lo parezca. Cuandorecuerdo el enorme número de compañeros míos que han caído para no volverse alevantar, me parece que mi pobre cuerpo está también entre los suyos, y que esto que vaconmigo es una fantasma (6) que dará miedo a la gente. ¿Cómo va por aquí de alimentos? -Con el dinero que me quedaba de lo que tú me diste hemos comprado alguna carnede caballo. De arriba nos envían algo, porque la señorita enferma no quiere comer deestos platos que ahora se usan. El Sr. Nomdedeu parará en loco, según yo veo, y ayerestuvo aquí todo el día rellenando de paja dos pieles de gallina, con lo cual hace creer asu hija que ha recibido aves frescas de la plaza. Después le da carne de caballo, yechándole discursos escritos le hace comer unas tajaditas. La señora Sumta salió ayercon su fusil y volvió diciendo que había matado no sé cuántos franceses. Los tres chicosno me han dejado respirar en estos ocho días. ¿Querrás creer que ayer se subieron altejado de la catedral, donde están los dos cañones que mandó poner el gobernador? Yono sé por dónde subieron, mas creo que fue [59] por los techos del claustro. Lo que nocreerás es que Manalet vino ayer muy orgulloso porque le había rozado una bala elbrazo derecho, haciéndole una regular herida, por lo cual traía un papel pegado consaliva encima de la rozadura. Badoret cojea de un pie. Yo quiero detener al pequeño;pero siempre se escapa, marchándose con sus hermanos, y ayer trajo un pedazo debomba como media taza, llena de granos de arroz que recogió en medio del arroyo... Ytú ¿qué has oído? ¿Es cierto que vienen socorros por la parte de Olot? El señorNomdedeu no piensa más que en esto, y por las noches cuando siente algún ruido en lascalles, se levanta y asomándose por el ventanillo del patio, dice: «Vecinita, esa genteque pasa me parece que ha hablado de socorro». -Lo que yo te puedo decir, Siseta, es que esta noche a la madrugada sale alguna tropade aquí por la ermita de los Ángeles, y se dice que va a entretener a los franceses por unlado mientras el convoy entra por otro. -Dios quiera que salga bien. Esto decíamos, cuanto se sintió fuerte ruido de voces en la calle. Abrí al punto lapuerta, y no tardé en encontrar algunos compañeros, que alojados en las casasinmediatas salieron al oír el estruendo de carreras y voces. La señora Sumta se presentótambién a mi vista, fusil al hombro, y con rostro tan placentero cual si viniese de unafiesta. -Ya tenemos ahí los socorros -dijo la matrona, [60] descansando en tierra el fusil conmarcial abandono. Al punto apareció en la ventana alta el busto del Sr. Nomdedeu, quien sin podercontener su alegría gritaba:
  • -¡Ya ha llegado el socorro! ¡Albricias, pueblo gerundense! Señora Sumta, suba usteda informarme de todo. ¿Pero ha entrado ya el convoy? Traiga usted inmediatamentetodo lo que encuentre a cualquier precio que lo vendan. Un soldado, amigo y compañero mío, nos dijo: -Todavía no ha entrado el convoy en la plaza, ni sabemos cuándo ni por dóndeentrará. -Lo cierto es que hacia el lado de Bruñolas se siente un vivo fuego, y es que por allídon Enrique ODonnell se está batiendo con los franceses. -También se oye tiroteo por los Ángeles, donde dicen que está Llauder. El convoyentrará por el Mercadal, si no me engaño. -Señora Sumta -dijo D. Pablo desde la ventana- suba usted a acompañar a mi hijamientras yo voy a enterarme de lo que ocurre; pero deje usted fuera esos arreos militaresy póngase el delantal y la escofieta. Entre tanto, encienda el fuego, ponga agua en lospucheros, que si usted va por los víveres yo mondaré luego las seis patatas que compréhoy y haré todo lo demás que sea preciso en la cocina. Estas conferencias no se prolongaron mucho [61] tiempo, porque tocaron llamada ycorrimos a la muralla, donde tuvimos la indecible satisfacción de oír el vivo fuego delos franceses, atacados de improviso a retaguardia por las tropas de ODonnell y deLlauder. Para ayudar a los que venían a socorrernos se dispararon todas las piezas, sehizo un vivo fuego de fusilería desde todas las murallas, y por diversos puntos salimos ahostigar a los sitiadores, facilitando así la entrada del convoy. Por último, mientrashacia Bruñolas se empeñaba un recio combate en que los franceses llevaron la peorparte, por Salt penetraron rápidamente dos mil acémilas, custodiadas por cuatro milhombres a las órdenes del general don Jaime García Conde. ¡Qué inmensa alegría! ¡Qué frenesí produjo en los habitantes de Gerona la llegadadel socorro! Todo el pueblo salió a la calle al rayar el día para ver las mulas, y sihubieran sido seres inteligentes aquellos cuadrúpedos, no se les habría recibido con máscariñosas demostraciones, ni con tan generosa salva de aplausos y vítores. Al pasar porla calle de Cort-Real, ya entrado el día, encontré a Siseta, a los tres chicos y a D. PabloNomdedeu, y todos nos abrazamos, comunicándonos nuestro gozo más con gestos quecon palabras. -Gerona se ha salvado -decíamos. -Ahora que aprieten los cerdos el cerco -exclamó D. Pablo-. ¡Dos mil acémilas!Tenemos víveres para un año. [62] -Bien decía yo -añadió Siseta- que por alguna parte había de venir. Aquel día y los siguientes reinó en la plaza gran satisfacción, y hasta nos hostilizaronflojamente los franceses, porque detuviéronse algunos días en ocupar las posiciones quehabían abandonado a causa de la jugarreta que se les hizo. En cuanto a los auxilios,pasada la impresión del primer instante, todos caímos en la cuenta de que los mismos
  • que nos los habían traído nos los quitarían, porque reforzada la guarnición con loscuatro mil hombres de Conde, estos nos ayudaban a consumir los víveres. ¡Funestodilema de todas las plazas sitiadas! Pocas bocas para comer dan pocos brazos parapelear. Muchos brazos traen muchas bocas, de modo que si somos pocos nos vence elarte enemigo; si muchos nos vence el hambre. Sobre esta contradicción se fundaverdaderamente todo el arte militar de los sitios. Así lo decía yo a D. Pablo pocos días después de la llegada de las dos mil acémilas,anunciándole que bien pronto nos quedaríamos otra vez en ayunas, a lo cual mecontestó: -Yo he hecho grandes provisiones. Pero si el sitio se prolonga mucho, también se meconcluirán. Ahora, según dicen, Álvarez tiene proyectado hacer un gran esfuerzo paraquitarnos de encima esa canalla. Ya sabes que a fuerza de cañonazos han abierto brechaen Santa Lucía, en Alemanes y en San Cristóbal. De un día a otro intentarán el asalto.¿Se [63] podrá resistir, Andrés? Yo iré a la brecha como todos; pero ¿qué podremoshacer nosotros, infelices paisanos, contra las embestidas de tan fiero enemigo? Desde aquellos días hasta el 15 de Septiembre en que D. Mariano dispuso una salidaatrevidísima, no se habló más que de los preparativos para el gran esfuerzo, y los frailes,las mujeres y hasta los chicos hablaban de las hazañas que pensaban realizar, peligrosque soportar y dificultades que acometer, con tan febril inquietud y novelería, como siaguardasen una fiesta. Yo le dije a Siseta que era preciso se dispusiera a tomar parte conlas de su sexo en la gran función; pero ella, que siempre se negó a calzar el coturno delas acciones heroicas, me contestó con risas y bromas que no servía para el caso, peroque si por fuerza la llevaban a la batalla, haría la prueba de matar algún francés con lastenazas de la herrería. La salida del 15 no dio otro resultado que envalentonar a los señores cerdos, loscuales, deseosos de poner fin al cerco, tomando la ciudad, se nos echaron encima el día19, asaltando la muralla por distintos puntos con cuatro fuertes columnas de a dos milhombres. En Gerona fueron tan grandes aquella mañana el entusiasmo y la ansiedad,que hasta se olvidó aquella gente de que nuevamente nos faltaba un pedazo de pan quellevar a la boca. Los soldados conservaban su actitud serena e imperturbable; pero en los paisanos se[64] advertía una alucinación, una al modo de embriaguez, que no era natural antes deltriunfo. Los frailes, echándose en grupos fuera de sus conventos, iban a pedir que se lesseñalase el puesto de mayor peligro: los señores graves de la ciudad, entre los cuales loshabía que databan del segundo tercio del siglo anterior, también discurrían de aquí paraallí con sus escopetas de caza, y revelaban en sus animados semblantes la presuntuosacreencia de que ellos lo iban a hacer todo. Menos bulliciosos y más razonables queestos, los individuos de la Cruzada gerundense hacían todo lo posible para imitar en sureposada ecuanimidad a la tropa. Las damas del batallón de Santa Bárbara no se dabanpunto de reposo, anhelando probar con sus incansables idas y venidas que eran el almade la defensa; los chicos gritaban mucho, creyendo que de este modo se parecían a loshombres, y los viejos, muy viejos, que fueran eliminados de la defensa por elgobernador, movían la cabeza con incrédula y desdeñosa expresión, dando a entenderque nada podría hacerse sin ellos.
  • Las monjas abrían de par en par las puertas de sus conventos, rompiendo a un tiemporejas y votos, y disponían para recoger a los heridos sus virginales celdas, jamásholladas por planta de varón, y algunas salían en falanges a la calle, presentándose algobernador para ofrecerle sus servicios, una vez que el interés nacional había alteradopasajeramente los rigores del santo instituto. Dentro de las [65] iglesias ardían mil velasdelante de mil santos; pero no había oficios de ninguna clase, porque los sacerdotes, lomismo que los sacristanes, estaban en la muralla. Toda la vida, en suma, desde loreligioso hasta lo doméstico, estaba alterada, y la ciudad no era la ciudad de otros días.Ninguna cocina humeaba, ningún molino molía, ningún taller funcionaba, y lainterrupción de lo ordinario era completa en toda la línea social, desde lo más alto a lomás bajo. Lo extraño era que no hubiera confusión en aquel desbordamiento espontáneo delcivismo gerundense; pues tan grande como este era la subordinación. Verdad es que D.Mariano sabía establecerla rigurosísima, y no permitía desmanes ni atropellos deninguna clase, siendo inexorablemente enérgico contra todo aquel que sacara el piefuera del puesto que se le había marcado. Las campanas tocaban a somatén, ocupándose en el servicio los chicos del pueblo,por ausencia de los campaneros, y el cañón francés empezó desde muy temprano aensordecer el aire. Los tambores recorrían las calles, repicando su belicosa música, y losresplandores de los fuegos parabólicos comenzaron a cruzar el cielo. Todo estabaperfectamente organizado, y cada uno fue derecho a su sitio, no necesitando preguntar anadie cuál era. Sin que sus habitantes salieran de ella, la ciudad quedó abandonada,quiero decir que ninguno se cuidaba de la casa que ardía, del techo desplomado, [66] delos hogares a cada instante destruidos por el horrible bombardeo. Las madres llevabanconsigo a los niños de pecho, dejándoles al abrigo de una tapia, o de un montón deescombros, mientras desempeñaban la comisión que el instituto de Santa Bárbara lesencomendara. Menos aquellas en que había algún enfermo, todas las casas estabandesiertas, y muebles y colchones, trapos y calderos en revuelto hacinamiento obstruíanlas plazas del Aceite y del Vino. - VIII - Yo estaba en Santa Lucía, donde había mucha tropa y paisanos. Allí me encontré aD. Pablo Nomdedeu, que me dijo: -Andrés, mis funciones de médico y mi deber de patriota me obligan a apartarme hoyde mi hija. Mucho he sermoneado a la señora Sumta para que se quedara en casa: peroese marimacho me amenazó con denunciarme al gobernador como patriota tibio sipersistía en apartarla de la senda de gloria por la cual la llevan los acontecimientos.Mírala; ahí está entre aquellos artilleros, y será capaz de servir sola el cañón de a 12 sila dejan. La buena Siseta se ha quedado acompañando a mi querida enfermita. Ya le hedicho que le haré un buen regalo si consigue entretener a la niña, de modo que esta nocomprenda nada de lo que [67] pasa. Es cosa difícil; pero como no oye ni loscañonazos... He clavado todas las ventanas para que no se asome, y dejando cerrada a la
  • luz solar la habitación, he encendido el candil, haciéndole creer que hay una fuertetempestad de truenos y rayos. Como no caiga una bomba allí mismo o en lasinmediaciones, es probable que nada comprenda, engañada por el profundo y saludablesilencio en que yace su cerebro. ¡Dios mío, aparta de mí las tribulaciones y libra mihogar del fuego enemigo! ¡Si me has de quitar el único consuelo que tengo en la tierra,dale una muerte tranquila y no conturbes su último instante con la cruel agonía delespanto! ¡Si ha de ir al cielo, que vaya sin conocer el infierno, y que este ángel no veademonios junto a sí en el momento de su muerte! La señora Sumta, empujando a un lado y otro con sus membrudos brazos, llegó anosotros, hablando así a su amo: -¿Qué hace ahí, señor mío, como un dominguillo? ¿Pero no tiene fusil, ni escopeta,ni pistolas, ni sable? Ya... no lleva más que la herramienta para cortar brazos y piernasal que lo haya menester. -Médico soy, y no soldado -repuso don Pablo-: mis arreos son las vendas y elungüento, mis armas el bisturí, y mi única gloria la de dejar cojos a los que debían sercadáveres. Pero si preciso fuere, venga un fusil, que curaré españoles con una mano ymataré franceses con la otra. [68] Teníamos por jefe en Santa Lucía a uno de los hombres más bravos de esta guerra,un irlandés llamado D. Rodulfo Marshall, que había venido a España sin que nadie lotrajese y sólo por gusto de defender nuestra santa causa. Aventurero o no, Marshall porlo valiente debía haber sido español. Era rozagante, corpulento, de semblante festivo ymirar encendido, algo semejante al de D. Juan Coupigny que vimos en Bailén. Hablabamal nuestra lengua; pero aunque alguna de sus palabrotas nos causaban risa, decíalascon la suficiente claridad para ser entendidas, y nada importaba que destrozara elcastellano con tal que destrozase también a los franceses, como lo hizo en variasocasiones. Había que ver el empuje de aquellas columnas de cerdos, señores. No parecían sinolobos hambrientos, cuyo objeto no era vencernos, sino comernos. Se arrojaban ciegossobre la brecha, y allí de nosotros para taparla. Dos veces entraron por ella dispuestos aecharnos de la cortina; pero Dios quiso que nosotros les echásemos a ellos. ¿Por qué?¿De qué modo? Esto es lo que no sabré contestar a ustedes si me lo preguntan. Sólo séque a nosotros no se nos importaba nada morir, y con esto tal vez está dicho todo. D.Mariano se presentó allí, y no crean ustedes que nos arengó hablándonos de la gloria yde la causa nacional, del rey y de la religión. Nada de eso. Púsose en primera línea,descargando sablazos contra los que intentaban subir, y al mismo tiempo nos decía: [69]«Las tropas que están detrás tienen orden de hacer fuego contra las que están delante, siestas retroceden un solo paso». Su semblante ceñudo nos causaba más terror que todo elejército enemigo. Como algún jefe le dijera que no se acercase tanto al peligro,respondió: «Ocúpese usted de cumplir su deber, y no se cuide tanto de mí. Yo estarédonde convenga». Marchose después a otro punto, donde creía hacer falta, y sin él nos aturdimos denuevo. Aquel hombre traía consigo una luz milagrosa, que nos permitía ver mejor elsitio y medir nuestros movimientos y los de los franceses, para que estos no pudieranechársenos encima. Los soldados enemigos morían como moscas al pie de la brecha;
  • pero de los nuestros caían también por docenas. Recuerdo que un compañero mío muyamado fue herido en el pecho y cayó junto a mí en uno de los momentos de mayorapuro, de más vivo fuego, de verdadera angustia y cuando un ligero esfuerzo de más ode menos por una parte u otra habría decidido si la muralla quedaba por Francia o porEspaña. El desgraciado muchacho quiso levantarse, pero inútilmente. Dos monjas seacercaron, despreciando el fuego, y lo apartaron de allí. Pero la pérdida más sensible fue la del jefe don Rodulfo Marshall. Tengo la gloria dehaberle recogido en mis brazos en el mismo boquete de la brecha, y no se me olvidarálo que dijo poco después, tendido en la calle en el momento [70] de expirar: «Muerocontento por causa tan justa y por nación tan brava». Cuando esto pasó, ya los franceses indicaban haber desistido de entrar en la ciudadpor aquella parte. Y hacían bien, porque estábamos cada vez más decididos a no dejarlesentrar. Si a tiros no lográbamos contenerlos, los acuchillábamos sin compasión; y comoesto no bastara, aún teníamos a la mano las mismas piedras de la muralla para arrojarlassobre sus cabezas. Esta era un arma que manejaban las mujeres con mucho denuedo, ydesde los contornos llovían guijarros de medio quintal sobre los sitiadores. Cuando lafunción en la muralla de Santa Lucía terminaba, no nos veíamos unos a otros, porque elpolvo y el humo formaban densa atmósfera en toda la ciudad y sus alrededores, y elruido que producían las doscientas piezas de los franceses vomitando fuego por diversospuntos, a ningún ruido de máquinas de la tierra ni de tempestades del cielo eracomparable. La muralla estaba llena de muertos que pisábamos inhumanamente al ir deun lado para otro, y entre ellos algunas mujeres heroicas expiraban confundidas con lossoldados y patriotas. La señora Sumta estaba ronca de tanto gritar, y D. PabloNomdedeu, que había arrojado muchas piedras, tenía los dedos magullados; pero no poresto dejaba de cuidar a los heridos, ayudándole muchas señoras, algunas monjas y dos otres frailes, que no valían para cargar un arma. [71] De pronto veo venir un chico que se me acerca haciendo cabriolas, saludándomedesde lejos a gritos y esgrimiendo un palo en cuya punta flotaba el último jirón de subarretina. Era Manalet. -¿Dónde has estado? -le pregunté-. Corre a tu casa, entérate de si tu hermana hatenido novedad, y dile que yo estoy sano y bueno. -Yo no voy ahora a casa. Me vuelvo a San Cristóbal. -¿Y qué tienes tú que hacer allí, en medio del fuego? -La barretina tiene tres balazos -me dijo con el mayor orgullo, mostrándome el gorrohecho trizas-. Cuando se quedó así la tenía puesta en la cabeza. No creas que estaba enel palo, Andrés. Después la he puesto aquí para que la gente la viera toda llena deagujeros. -¿Y tus hermanos? -Badoret ha estado en Alemanes, y ahora me dijo que él solo había matado no sécuántos miles de franceses, tirándoles piedras. Yo estaba en San Cristóbal: un soldado
  • me dijo que se le habían acabado las balas, y que le llevara huesos de guinda, y le llevémás de veinte, Andrés. -¿Y Gasparó? -Gasparó anda siempre con mi hermano Badoret. También estuvo en Alemanes, yaunque Siseta le quiso dejar encerrado en casa, él se escapó por la puerta de atrás. Ahorahemos estado juntos, buscando algo que comer en aquel montón de desperdicios quehay en [72] la calle del Lobo; pero no encontramos nada. ¿Tienes algo, Andrés? -Algo, ¿qué es eso? ¿Pues acaso queda algo que comer en Gerona? Aquí no se comemás que humo de pólvora. ¿Has visto al gobernador? -Ahora iba por ahí arriba. Parece como que va al Calvario. Nosotros bajábamos conotros chicos, y cuando le vimos, pusímonos en fila, gritando: «Viva Su Majestad elgobernador D. Mariano». ¡Pues querrás creer que no nos dijo tanto así! Ni siquiera nosmiró. -¡Hombre, qué falta de cortesía! ¡No saludar a gente tan respetable! -Después Badoret se metió en las Capuchinas, porque estaba abierta la puerta.Andrés, ¿sabes que allí hay un soldado muerto que tiene un tronco de col en la mano? Sime das licencia se lo quitaré. -No se toca a los muertos, Manalet. Veremos si ahora que hemos destrozado a losfranceses, nos dan alguna cosa. Infinidad de mujeres ocupábanse allí en retirar a los heridos, y también repartían alos sanos algunas raciones de pan negro y muy poco vino. Nosotros veíamos a losfranceses, retirándose por el llano adelante, y no podíamos reprimir un sentimiento deardiente orgullo al ver el resultado tan colosal con tan pequeños medios. Parecíarealmente un milagro que tan pocos hombres contra tantos y tan aguerridos nosdefendiéramos detrás de murallas cuyas piedras se arrancaban con las manos. [73]Nosotros nos caíamos de hambre, ellos no carecían de nada; nosotros apenas podíamosmanejar la artillería, ellos disparaban contra la plaza doscientas bocas de fuego. Pero¡ay!, no tenían ellos un D. Mariano Álvarez que les ordenara morir con mandatoineludible, y cuya sola vista infundiera en el ánimo de la tropa un sentimiento singularque no sé cómo exprese, pues en él había además del valor y la abnegación, lo quepuede llamarse miedo a la cobardía, recelo de aparecer cobarde a los ojos de aquelextraordinario carácter. Nosotros decíamos que el yunque y el martillo con que Diosforjó el corazón de D. Mariano no había servido después para hacer pieza alguna. Manalet se separó de mí, y al poco rato le vi aparecer con otros muchos chicos, todosdescalzos, sucios, harapientos y tiznados, entre los cuales venía su hermano Badoret,trayendo a cuestas a Gasparó, cuyos brazos y piernas colgaban sobre los hombros y porla cintura de aquel. Todos venían muy contentos, y especialmente Badoret que repartíaalgunas guindas a sus compañeros. -Toma, Andrés -me dijo el chico dándome una guinda-. Ya tienes para todo el día.Toma esta otra y repártela entre tus compañeros, que tendrán un hambre... ¿Sabes cómo
  • las he ganado? Pues te contaré. Iba yo con Gasparó a cuestas por la calle del Lobo, y viabierta la puerta del convento de Capuchinas, que siempre está cerrada. Gasparó mepedía [74] pan con chillidos y más chillidos, y yo le pegaba de coscorrones para quecallara, diciéndole que si no callaba, se lo contaría al señor gobernador. Pero cuando viabierta la puerta del convento, dije: «aquí ha de haber algo», y me colé dentro. Metimeen el patio, entré después en la iglesia, pasé al coro; luego a un corredor largo dondehabía muchos cuartos chicos, y no vi a nadie. Registré todo, por si caía cualquier cosa;pero no encontré sino algunos cabos de vela y dos o tres madejas de seda, que estuvechupando a ver si daban algún jugo. Ya me volvía a la calle, cuando sentí detrás de mí,pist, pist... pues... como llamándome. Miré y no vi nada. ¡Qué miedo, Andrés, quémiedo! Allá a lo último del corredor había una lámina grande, muy grande, dondeestaba pintado el diablo con un gran rabo verde. Pensé que era el diablo quien mellamaba, y eché a correr. Pero ¡ay de mí!, que no podía encontrar la salida, y todo eradar vueltas y más vueltas en aquel maldito corredor; y a todas estas pist, pist... Despuésoí que dijeron: -Muchacho, ven acá- y tanto miré por el techo y las paredes que alcancéa ver detrás de una reja una mano blanca, y una cara arrugada y petiseca. Ya no tuvemiedo, y fui allá. La monjita me dijo: -Ven, no temas, tengo que hablarte-. Yo meacerqué a la reja y le dije: -Señora, perdóneme usía; yo creí que era usted el demonio. -Sería una pobre monja enferma que no pudo salir con las demás. [75] -Eso mismo. La señora me dijo: -Muchacho, ¿cómo has entrado aquí? Dios te mandapara que me hagas un gran servicio. La comunidad se ha marchado. Estoy enferma ybaldada. Quisieron llevarme; pero se hizo tarde y aquí me dejaron. Tengo mucho miedo.¿Se ha quemado ya toda la ciudad? ¿Han entrado los franceses? Ahora quedándomemedio dormida soñé que todas las hermanas habían sido degolladas en el matadero, yque los franceses se las estaban comiendo. Muchacho, ¿te atreverás tú a ir ahora mismoal fuerte de Alemanes y dar esta esquela a mi sobrino don Alonso Carrillo, capitán delregimiento de Ultonia? Si lo haces, te daré este plato de guindas que ves aquí, y estemedio pan...-. Aunque no me lo diera, lo habría hecho, encantimás... Cogí la esquela,ella me dijo por dónde había de salir, y corrí a los Alemanes. Gasparó chillaba más;pero yo le dije: -Si no callas te metemos dentro de un cañón como si fueras bala,disparamos, y vas a parar rodando a donde están los franceses, que te pondrán a coceren una cacerola para comerte-. Llegué a Alemanes. ¡Qué fuego! Lo de aquí no es nada.Las balas de cañón andaban por allí como cuando pasa una bandada de pájaros. ¿Creesque yo les tenía miedo? ¡Quia! Gasparó seguía llorando y chillando; pero yo leenseñaba las luces que despedían las bombas, le enseñaba las chispas de los fogonazos,y le decía: -¡Mira qué bonito! Ahora vamos nosotros a disparar también los cañones-.Un soldado me dio [76] una manotada, echándome para afuera, y caí sobre un montónde muertos; pero me levanté y seguí palante. Entró el gobernador, y cogiendo una granbandera negra que parece un paño de ánimas, la estuvo moviendo en el aire, y luego lesdijo que al que no fuera valiente le mandaría ahorcar. ¿Qué tal? Yo me puse delante ygrité: -Está muy bien hecho-. Unos soldados me mandaron salir, y las mujeres quecuraban a los heridos se pusieron a insultarme, diciendo que por qué llevaba allí estacriatura... ¡Qué fuego! Caían como moscas; uno ahora, otro en seguida... Los francesesquerían entrar, pero no los dejamos. -¿Tú también?
  • -Sí; las mujeres y los paisanos echaban piedras por la muralla abajo sobre losmarranos que querían subir; yo solté a Gasparó, poniéndolo encima de una caja dondeestaba la pólvora y las balas de los cañones, y también empecé a echar piedras. ¡Quépiedras! Una eché que pesaba lo menos siete quintales, y cogió a un francés, partiéndolopor mitad. Aquello tenía que ver. Los franceses eran muchos, y nada más sino quequerían subir. Vieras allí al gobernador, Andresillo. D. Mariano y yo nos echamos padelante... y nos pusimos a donde estaba más apurada la gente. Yo no sé lo que hice, peroyo hice algo, Andrés. El humo no me dejaba ver, ni el ruido me dejaba oír. ¡Qué tiros!En las mismas orejas, Andrés... Está uno sordo. ¡Yo me puse a gritar llamándolesmarranos, ladrones y diciendo que Napoleón [77] era un acá y un allá! Puede que no meoyeran con el ruido; pero yo les puse de vuelta y media. Nada, Andrés, para no cansarte,allí estuve mientras no se retiraron. El gobernador me dijo que estaba satisfecho, no, amí no me habló nada, se lo dijo a los demás. -¿Y la carta? -Busqué al Sr. Carrillo. Yo le conocía; lo encontré al fin cuando todo se acabó. Dileel papel, y me dio un recado para la señora monja. Luego acordándome de Gasparó, fuia recogerle donde le había dejado, pero no lo encontré. Todo se me volvía gritar:«¡Gasparó, Gasparó!» pero el niño no parecía. Por fin me lo veo debajo de una cureña,hecho un ovillo, con los puños dentro de la boca, mirando afuera por entre los palos dela rueda y con cada lagrimón... Echémele a cuestas y corrí a las Capuchinas. Pero aquíviene lo bueno, y fue que como yo venía pensando en batallas, y con la cabeza llena detodo aquello que había visto, se me olvidó el recado que me dio el señor Carrillo para lamonjita. Ella me reprendió, diciéndome que yo había roto la carta y que la queríaengañar, por lo cual no pensaba darme el plato de guindas ni el pan ofrecidos. Se puso agruñir y me llamó mal criado y bestia. Gasparó echaba sangre del dedo de un pie y lamonjita le lió un trapo; pero las guindas... nones. Por fin, amigo Andrés, todo se arreglóporque vino el mismo Sr. Carrillo, con lo cual la señora me dio las guindas y el pan yeché a correr fuera del convento. [78] -Lleva este chico a tu casa para que le cuide tu hermana -dije reparando que el pobreGasparó sangraba aún del pie. -Después -me contestó-. He guardado algunas guindas para Siseta. -Muchachos -gritó Manalet que se había alejado con sus compañeros y volvía a lacarrera- por la calle de Ciudadanos va el gobernador con mucha gente, muchasbanderas; delante van las señoras cantando, y los frailes bailando, y el obispo riendo, ylas monjas llorando. Vamos allá. Como se levanta y huye una bandada de pájaros, así corrieron y volaron aquellosmuchachos, dejando libre de su infantil algazara la muralla de Santa Lucía. Yo no memoví de allí en todo el día, y las señoras nos repartieron raciones de pan y carne, ambosmanjares de detestable sabor y olor; pero como no había otra cosa, fuerza era apechugarcon ello, sin mostrar asco, ni repugnancia, ni desgana, para no enojar a D. Mariano. Al anochecer, y cuando marchaba de Santa Lucía al Condestable, encontré a D.Pablo Nomdedeu en la calle de la Zapatería, donde había varios heridos arrojados por elsuelo.
  • -Andrés -me dijo- todavía no he vuelto a mi casa. ¿Pasará algo? Creo que en la callede Cort-Real no ha caído ninguna bomba. ¡Cuánto herido, Dios mío! La jornada ha sidogloriosa; pero nos ha costado cara. Ahora mismo estuvo aquí el gobernador visitando aesta pobre gente, y les dijo que la guarnición y los [79] paisanos habían dejado atrás enel día de hoy a los más grandes héroes de la antigüedad. -¿Ha curado usted muchos heridos? -Muchísimos, y aún quedan bastantes. Mis compañeros y yo nos multiplicamos; perono es posible hacer más. Yo quisiera tener cien manos para atender a todos. También yoestoy herido. Una bala me tocó el brazo izquierdo; pero no es cosa de cuidado. Me heliado un trapo y no he tenido tiempo para más... ¿Qué habrá sido de mi pobre hija? -Pronto lo sabremos, Sr. D. Pablo. La noche llega. Hecha la primera cura de estosheridos, usted podrá ir un rato a su casa, y yo espero que me den licencia por una hora. - IX - Cuando fui a la casa, ya cerca de las diez, aún no había regresado D. Pablo. Dejéabajo el fusil, y subí sin tardanza, anhelando saber de Siseta y de la señorita, y a las dosme las encontré en la sala en actitud no muy tranquilizadora. Estaba Josefina recostadaen su silla con muestras de decaimiento y postración; pero con los ojos abiertos,atentamente fijos en la puerta. De rodillas a su lado, Siseta le tomaba las manos y conademanes y palabras tiernas, a pesar de no ser oídas, procuraba tranquilizarla. -Gracias a Dios que viene alguien de la casa [80] -me dijo Siseta-. ¡Qué día hemospasado! ¿Y el Sr. D. Pablo, y la señora Sumta, y mis tres hermanos? Respondile que a ninguno de los nuestros había pasado desgracia, y ella prosiguió: -La señorita quería salir a la calle, y he tenido que luchar con ella para detenerla.Todo lo comprende, y aunque no oye los cañonazos, se estremece toda y tiemblacuando resuena alguno, aunque sea muy lejano. Tan pronto lloraba, como caía en misbrazos desmayada llamando sin cesar a su padre. La pobrecita sabe muy bien que hayguerra en Gerona. Yo también he tenido un miedo... Figúrate: aquí solas... A cadainstante me parecía que la casa se venía al suelo. Pero lo peor fue que se nos metieronaquí unos hombres. No me quiero acordar, Andrés. A eso de las dos, y cuando parecióque se acababan los tiros, entraron seis o siete patriotas, unos con uniforme, otros sin ély todos con fusiles. Cuando nos vieron, empezaron a reírse de nuestro susto, y luegodieron en registrar la casa, diciendo que querían llevarse todo lo que había de comida,porque la tropa estaba muerta de hambre. La señorita se quedó como difunta cuando losvio, y ellos por broma nos apuntaban con los fusiles para oírnos gritar llamando a todoslos santos en nuestra ayuda. Aunque eran unos bárbaros, no nos hicieron daño algunomás que el gran susto y el llevarse cuanto encontraron en la cocina y en la despensa.¡Ay, Andrés! No han [81] dejado nada de lo que el Sr. D. Pablo había guardado, y estanoche no se encontrará aquí ni una miga de pan que llevar a la boca. ¡Cómo se reían los
  • malditos al meter en un gran saco lo mucho y bueno que encontraron! Yo les rogué quedejasen alguna cosa; pero volvieron a apuntarme con los fusiles, diciendo que la tropatenía ganas, y que la señora Sumta les había dicho que estas despensas estaban bienprovistas. No había concluido mi amiga su relación, cuando entró el Sr. D. Pablo; mas para nopresentarse a su hija con el brazo manchado de sangre, pasó a una habitación interior,con objeto de arreglarse un poco y vendar su herida, en cuyo sitio me reuní con él paracontarle lo ocurrido. -¡Dios y la Virgen Santísima nos amparen! -exclamó con consternación-. ¡Con queme han saqueado la casa! La culpa la tiene esa maldita, y siempre habladora Sumta, quepor todas partes ha de ir pregonando si tenemos o no tenemos provisiones. ¿Y mi hija?La pobrecita habrá comprendido que se encuentra en el cráter de un espantoso volcán, yserán inútiles todas nuestras comedias para convencerla de lo contrario. Es precisobuscar algo que comer, Andrés, sí, algo que comer. Mi hija se morirá de terror; pero noquiero que se muera de hambre. -Nada se encuentra en Gerona -respondí- y menos a estas horas. -¡Qué calamidad! Pero cómo es posible... [82] -dijo en la mayor confusión, mientrasyo le vendaba la herida, y se mudaba de vestido-. ¡Ay!, cómo me duele el brazo; pero espreciso disimular. Andrés, no te marches. Esta noche necesito de tu ayuda... Es precisoque busquemos algún alimento. Al presentarse delante de su hija, ésta mostró su alegría claramente, abrazándole concariño; pero al punto sus ojos revelaron vivísimo espanto, echó atrás la cabeza ycruzando las manos exclamó, «sangre». -¿Qué hablas de sangre, hija mía? -dijo el padre desconcertado-. Que estoymanchado de sangre... Ya... sí, en la chupa hay algunas gotas... pero déjame que tecuente. ¿Sabes que he ido de caza? La muchacha no entendía. -Que fui de caza -escribió en el pliego de papel D. Pablo-. Fue un compromiso; nome pude evadir. El magistral y D. Pedro me cogieron, y zas, al campo... He matado tresconejos. La enferma oprimiéndose la cabeza entre las manos, exclamó: -¡Guerra en Gerona! -¿Qué hablas ahí de guerra? Lo que hay es que hemos tenido un fuerte temporal...Me he mudado de ropa, porque me puse como una uva. ¿Has comido hoy bien? -No ha tomado nada -dijo Siseta-. Ya sabrá su merced por Andrés, que unosbergantes saquearon la casa.
  • Esto pasaba, cuando sentimos gran estruendo [83] en lo bajo de la casa, noestampido de bombas y granadas, sino clamor chillón y estridente, de mil desacordesruidos compuesto, tales como patadas, bufidos, cacharrazos y sones bélicos de variaíndole; pero que al pronto revelaban proceder de una muchedumbre infantil que se habíametido por las puertas adentro. Nomdedeu lleno de confusión, miraba a todos lados,inquiriendo con los ojos qué podía ser aquello; pero pronto él y los demás salimos dedudas, viendo entrar una turba de chiquillos, que desvergonzadamente y sin respeto anadie, se colaron en la sala, dando golpes, empujándose, chillando, cacareando yberreando en los más desacordes tonos. Dos de ellos llevaban sendos cacharroscolgados al cinto, y sobre cuyo abollado fondo redoblaban con palillos de sillas viejas;varios tocaban la trompeta con la nariz, y todos al compás de la inaguantable músicabailaban con ágiles brincos y cabriolas. Parecía una chusma infernal que salía de lasescuelas de Plutón. No necesito decir que al frente del ejército venían Manalet y Badoret, este últimollevando a cuestas a Gasparó, tal como le vi en la muralla. Ninguno dejaba de llevarpalo, caldero viejo o vara con pingajos colgados de la punta, con cuyos objetos sesimulaban fusiles, tambores y banderas. Un fondo de silla de paja atado a una cuerda yarrastrado por el suelo, servía de trofeo a uno, y otro adornaba su cabeza con un cestomedio deshecho, no faltando las casacas de militares hechas jirones [84] y los morrionesde antigua forma con descoloridas plumas adornados. D. Pablo, ciego de cólera y fuera de sí, apostrofó a los muchachos tan violentamente,que casi casi estuvieron a punto de aplacar un poco su entusiasmo bélico. -Granujas, largo de aquí al instante -les dijo-. ¿Qué desvergüenza es esta? ¡Meterseen mi casa de este modo! Siseta, indignada de tal audacia, cogió por un brazo a Manalet, que acertara a pasarjunto a ella, y comenzó a vapulearle de un modo lastimoso. Yo también tomé parte en lapersecución del enjambre, y empezó el reparto de pescozones a diestra y siniestra. Perode pronto observamos que la enferma contemplaba a los desvergonzados muchachoscon complaciente atención y sonreía con tanta espontaneidad y desahogo como si sualma sintiera indecible gozo ante aquel espectáculo. Hícelo notar al Sr. D. Pablo, y alpunto este se puso de parte de los alborotadores, conteniendo a Siseta que iba sobreellos con implacable furor. -Dejarlos -dijo Nomdedeu-. Mi hija demuestra que está muy complacida viendo aesta canalla. Mira cómo se ríe, Andrés; observa cómo les aplaude. Bien, muchachos;corred y chillad alrededor del cuarto. Y diciendo esto D. Pablo, poniéndose en medio de la sala, empezó a llevar elcompás. En mal hora se les ordenó seguir. ¡Santo Dios! ¡Qué algazara, qué estrépito!Parecía que la [85] sala se iba a hundir. Baste decir que se extralimitaron de tal modo, yde tal modo se dejaron llevar a los últimos delirios de la travesura, que al fin fue precisoponer freno a tanto juego y vocerío, porque hasta llegó el caso de que los transeúntes sedetuvieran en la calle, sorprendidos y escandalizados por tan desusado rumor. -¿Dónde has estado todo el día? -exclamó Siseta echando mano a Barodet (7), ydeteniéndole-. ¡Y la criatura tiene sangre en el pie! Ven acá, condenado; me las pagarás
  • todas juntas. Espera a que bajemos a casa, y verás. Y tú, Manalet de mil demonios, ¿quéhas hecho de la camisa? -En la calle de la Ballestería estaban curando unos heridos y no tenían trapos. Mequité la camisa y la di. -¿Para qué habéis traído a casa tanto muchacho mal criado? -Son nuestros amigos, hermana -repuso Badoret-. Hemos estado en el Capitol y allínos han dado un poco de vino. Hermana, aquí en el seno te traigo cinco guindas. -Marrano, ¿piensas que las voy a comer de tus manos asquerosas? Ven acá, Gasparó.Este pobrecito no habrá comido nada. ¿Qué te han hecho en el pie, que tienes sangre? -Hermana, una bala de cañón pasó por donde estábamos, y si Gasparó no se hacepara un lado, le lleva medio cuerpo; no le cogió más que la uña chica. ¡Si vieras quévaliente ha estado! Se metió debajo del cañón y allí se [86] estuvo mirando a losfranceses que querían subir a la muralla. Y les amenazaba con el puño cerrado. ¡Bonitogenio tiene mi niño! Pues no creas... Ningún francés se metió con él. -Te voy a desollar vivo -le dijo Siseta-. Espera, espera a que bajemos. A ver si semarcha pronto de aquí toda esa canalla. -No, que se aguarden un poco -indicó don Pablo-. Son unos jovenzuelos muysalados. Mira qué contenta está Josefina. Lo que quiero, Badoret, es que no metáismucho ruido. Bailen ustedes, y marchen de largo a largo por toda la casa; pero sin gritarpara que no se escandalice la vecindad. Y dime, Manalet, ¿traen ustedes algo de comer? -Yo traigo cinco guindas -dijo prontamente Badoret, sacándolas del seno. -Dadme con disimulo y sin que lo vea mi hija todo lo que traigáis, que yo os daréochavos para que compréis pólvora. -Pauet tiene cuatro guindas -dijo Manalet. -Pues vengan acá. -Y yo tengo también un pedazo de pan, que me sobró del de la monja. -Pepet -dijo otro de mis chicos- trae acá ese medio pepino que le cogiste al soldadomuerto. -Yo doy este pedazo de bacalao -dijo otro entregando la ofrenda en manos de D.Pablo. -Y yo esta cabeza de gallina cruda -añadió un tercero. En un momento se reunieron diversos [87] manjares tales como troncos de col, quellevaban impreso el sello de las limpias manos de sus generosos dueños; garbanzoscrudos que habían sido sacados por los agujeros de las sacas por sutilísimos dedos;
  • algunos pedazos de cecina, andrajos de buñuelos, zanahorias, dos o tres almendras enconfite, que ya habían recibido muchas mordidas, y otras viandas, tan liberalmenteentregadas como alegremente recibidas. Procurando que no se enterase su hija, llamó D.Pablo a la señora Sumta, que acababa de llegar en aquel instante, y llevándola tras elsillón de la enferma, le dijo: -A ver si con todo esto compone usted una cena para la enferma. Es preciso hacerlecreer que nadamos en la abundancia. -¿Qué hemos de hacer con esto, señor, si no lo querrán ni las gallinas? En casa nofalta qué comer. -¡Maldita sargentona; todo se lo han llevado, todo lo han saqueado unos malditosmilitares que se entraron aquí! Si usted no fuera tan entrometida, tan bocona, y tanamiga de meterse donde no la llaman y de hablar lo que nadie la pregunta, no nosveríamos en esta... Y no digo más. Avíe usted una cena con esto; que mañana Dios dirá.¿Se ha olvidado usted de cocinar? ¡Lástima que no se le reventara el fusil entre lasmanos, a ver si se curaba de sus locuras! A la cocina. ¡Uf! Pronto, a la cocina. Estáusted apestando a pólvora. Los muchachos, que como todos los de su [88] edad, eran de los que si se les da elpie se toman la mano, luego que se vieron autorizados por el dueño de la casa para hacerde las suyas, dieron rienda suelta a la bulliciosa iniciativa, y no fue gresca la quearmaron. Rodeando la mesa que la enferma tenía ante su sillón, no se dieron porsatisfechos con mirar los distintos objetos que en ella había, sino que en todos pusieronlas manos, tocando, tentando y moviendo cuanto vieron. Josefina, lejos de manifestardisgusto por tanta impertinencia, se reía de ver su inquietud. Por señas indicó a su padreque debía dar de cenar a los importunos visitantes, a lo que contestó con palabras ycierta festiva ironía D. Pablo: -Sí, ahora. Sumta les está preparando un opíparo banquete. Padre e hija dialogaron un rato como Dios les dio a entender, y al fin la enferma, convoz clara y entera, habló así: -No, no me pueden convencer de que no hay guerra en Gerona. Usted no ha ido decaza, sino a curar los heridos, y estos chicos que vienen imitando a los soldados hacenahora lo mismo que han visto. -¡Qué habladora está! -dijo Nomdedeu-. Buen síntoma. En un año no le he oídotantas palabras juntas. Está visto que las travesuras y lindezas de estos muchachos hanreanimado su espíritu. Andrés y tú, Siseta; riámonos todos, mostrando hallarnos muysatisfechos. Según la orden del amo, prorrumpimos en sonoras risas, siendo al puntoexcesivamente [89] secundados al punto por el coro infantil. D. Pablo sentose luegojunto a ella, y tomando la pluma se preparó a comunicarle algo grave y largo y difícil deexprimir por señas, pues sólo en este caso se valía Nomdedeu del lenguaje escrito.Púseme tras de su asiento, y pude leer, mientras escribía, lo que sigue:
  • -Hija mía, tienes razón. Hay guerra en Gerona. Yo no te lo quería decir por noasustarte; pero pues lo has adivinado, basta de engaños y comedias. Ni yo he estado decaza, ni he pensado en ello. Voy a contarte lo ocurrido para que no estimes ni en más nien menos los sucesos de este gran día. Cierto es que los franceses han vuelto a ponercerco a Gerona. Hace tiempo que se presentó amenazándonos un ejército de docientosmil hombres, mandados por el mismo emperador Napoleón en persona. Josefina al leer esto que era de lo más gordo, mironos a todos, interrogándonos conlos ojos acerca de la exactitud de tal noticia, y no necesitamos que D. Pablo nos loadvirtiera para hacer demostraciones afirmativas que hubieran convencido a la mismaduda. El padre continuó así: -Has de saber que ahora tenemos aquí un gobernador que llaman D. Mariano Álvarezde Castro, el cual en cuanto vio venir a los franceses dispuso las cosas de manera que noquedara uno solo para contarlo. Concertó de modo que un ejército español de quinientosmil hombres, que estaba ahí por Aragón sin [90] saber qué hacerse, viniese en nuestraayuda por el lado de Montelibi, precisamente cuando los franceses nos atacaban estamañana por el otro lado. Al amanecer rompieron el fuego; desde la muralla deAlemanes se veía a Napoleón I montado en un caballo y con un grandísimo morrióntodo lleno de plumas en la cabeza. Embisten los franceses... ¡Ay!, hija mía: habías tú dever aquello. Nuestros soldados los barrían materialmente, y como a la hora de empezarel combate apareció el ejército de quinientos mil hombres como llovido, los pobrescerdos no supieron a qué santo encomendarse. En fin, hija mía, les hemos dado unapaliza tal, que a estas horas van todos camino de Francia con su Emperador a la cabeza,con lo cual se acaba la guerra y pronto tendremos aquí a nuestro rey Femando. Josefina volvió a asesorarse de nosotros antes de dar crédito a tales maravillas. -Yo no te lo había querido decir -continuó Nomdedeu- por no asustarte; pero eljúbilo de la ciudad es tan grande, que ni aun tú que estás tan retraída podrías dejar deconocerlo. Lo mismo que estos chicos, andan los mayores por el pueblo, entregados alas manifestaciones de un delirante regocijo. Figúrate que en los pasados días, losfranceses que andaban por ahí, no permitían llegar comestibles al pueblo y hoy todo esabundancia, y además de lo que puede venir, tenemos todo lo que al enemigo se hacogido, que es, si no me engaño, tantos miles de bueyes, no sé cuántos millones desacos [91] de harina, y los miles de los miles en gallinas, huevos, etc... Ya podemosmarchar a Castellà cuando quieras... -Mañana mismo -dijo Josefina con afán. -Sí, mañana mismo -escribió D. Pablo-. Estamos como queremos, y jamás ha tenidoGerona temporada más alegre, más animada. La gente está loca de contento, y todo sevuelve cantos y bailes y felicitaciones y regocijos. Como los víveres han entrado estatarde con abundancia fenomenal, hija mía, yo te he traído de todo cuanto hay en laplaza; y aunque tu estómago sigue débil, yo creo que debes tomar de todo, con tal quesea en dosis muy pequeñas. Sobre esto consulté a D. Pedro, mi compañero en elhospital, y me dijo que convenía alimentarte con una gran diversidad de manjares,tomando de cada uno ración muy mínima y cuidando según lo ordena Hipócrates, deque alternen en un mismo plato la cecina y las guindas, los buñuelos con la leguminosacicer pisum, que llamamos garbanzo, y las almendras confitadas con esa planta
  • salutífera que se conoce en la ciencia por Beta vulgaris latifolia, y que comúnmentellamamos acelga, manjar de gran virtud medicinal si se le mezcla con dulce, con nuecesy hasta con un poquito de bacalao. Con que disponte a cenar, que mañana si el día estábueno, se podrá ir a Castellà, aunque a decir verdad, hija mía, ahora caigo en que tal vezsea difícil, porque todos los carros y caballerías del pueblo los ha tomado la Junta conobjeto de organizar [92] la gran procesión y cabalgata con que ha de celebrarse estetriunfo sin igual. Pero será cosa de dos o tres días. Es preciso que te animes para salir aver las iluminaciones de esta noche, aunque hablando en puridad no te conviene tomarel sereno; y para que participes de la común alegría, aquí tenemos a Andrés y a Siseta,que se prestarán a bailar delante de ti con los chicos un poco de sardana y otro poco detira-bou, comenzando esta noche, para que también en esta casa se manifieste lainmensa satisfacción y patriótico alborozo de que está poseída la ciudad. Como tú nooyes, suprimiremos el fluviol y la tanora que sólo sirven para meter inútil ruido. Conque puedes dar la señal para que comience la fiesta. Yo voy un instante a preparar en elcomedor la riquísima y abundante cena con que obsequiaremos a estos jóvenes, asícomo a los preciosos y bien educados niños. Y luego volviéndose a Siseta y a mí, nos dijo: -No hay más remedio. Es preciso bailar un poquito, aunque supongo, Andrés, queese cuerpo, venido hace poco de Santa Lucía, no estará para sardanas. Pero, amigos,bailando hacéis una obra de caridad. ¡Quién lo había de decir! ¡Hay tantas maneras depracticar el santo Evangelio! [93] -X- El lector no lo creerá; el lector encontrará inverosímil que bailásemos Siseta y yo enaquella lúgubre noche, precisamente en los instantes en que incendiados varios edificiosde la ciudad, esta ofrecía en su estrecho recinto frecuentes escenas de desolación yangustia. Formando con ocho chiquillos un gran ruedo, bailamos, sí, obedeciendo a laapremiante sugestión de aquel padre cariñoso que nos pedía con lágrimas en los ojosnuestra cooperación en la difícil comedia con que engañaba al delicado espíritu de suhija; pero bailamos en silencio, sin música, y nuestras figuras movibles y saltonas teníanno sé qué mortuorio aspecto. Nuestras sombras proyectadas en la pared remedaban unadanza de espectros, y los únicos rumores que a aquel baile acompañaban eran, ademásde nuestros pasos, el roce de los vestidos de Siseta, el retemblar del piso, y un ligerocanto entre dientes de Badoret que al mismo tiempo hacía ademán de tocar el fluviol yla tanora. Por mi parte sostenía interiormente una ruda lucha conmigo mismo para contraer yesforzar mi espíritu en la horrible comedia que estaba representando, e iguales angustiasexperimentaba Siseta, según después me dijo. Al fin la turbación moral, unida al cansancio, [94] me hicieron exclamar: «ya nopuedo más», arrojándome casi sin aliento en un sillón. Lo mismo hizo Siseta.
  • Pero Josefina que nos contemplaba con indecible satisfacción y agrado, pidionos quebailásemos más, y con elocuentes miradas dirigidas a su padre, nos decía que éramosunos holgazanes sin cortesía. Vierais allí al buen D. Pablo suplicándonos quebailáramos por la salvación eterna; y ¿qué habíamos de hacer? Bailamos comoinsensatos segunda y tercera tanda. Al fin nos sirvió de pretexto para descansar el hechode servirse a la desgraciada joven la hipocrática cena de que antes he hecho mención, lacual fue acompañada de elocuentes discursos mímicos y literarios del doctorNomdedeu, quien ponderaba a su idolatrada enferma las excelencias del repugnantepisto, servido en nueve o diez platos con raciones microscópicas. Todo aquello era unafarsa lúgubre que oprimía el corazón, y don Pablo que la presidía, el infeliz D. Pablo,escuálido, ojeroso, amarillo, trémulo, parecía haber salido de la sepultura y esperar elcanto del gallo para volverse a ella. Siseta lloraba a escondidas, y algunos de los chicos,rendidos al poderoso sueño y a la gran fatiga, habían estirado los miembros y cerradolos ojos en diversos puntos, y donde cada cual encontró mejor comodidad y fácilpostura. -Sr. D. Pablo -dije al médico- no nos mande usted bailar más, porque nosotrosmismos creeremos que estamos locos. [95] -Hijos míos -me contestó- tengo el corazón partido de dolor. Necesito estar en batallaconstantemente para contener las lágrimas que se me caen de los ojos. ¡Pobre Gerona!¿Existirás mañana? ¿Estarán mañana en pie tus nobles casas y con vida tus valienteshijos? ¡Yo tengo espíritu para todo; para lamentar y llorar la muerte de mi ciudad natal,y atender al cuidado de mi pobre hija! ¿Qué cuesta representar esta farsa? Nada; lapobrecita se deja engañar fácilmente, y como su enfermedad no es otra cosa que unafuerte pasión de ánimo, en el ánimo se han de aplicar los cauterios, las cataplasmas, lostónicos y los emolientes que le he recetado esta noche. Puede que le hayamos salvado lavida. ¿Sabéis lo que significan en naturaleza tan delicada, tan sutilmente sensible, unatriste o agradable impresión? Pues significa tanto como la vida o la muerte. Sí, hijosmíos: si yo no cuidara de ocultar a mi hija las angustias que atravesamos, se pondría sualma en tales términos que el menor accidente la mataría, como un soplo de vientoapaga la luz. Es preciso resguardar esta pobre lámpara del aire que la mata, y darla elque la vivifica. Así va tirando, tirando, y quién sabe si la podré salvar. Sed, pues,caritativos, y procurad divertirla. Ved cómo se ríe; reparad qué precioso color hantomado sus mejillas. La creencia de que Gerona está llena de felicidades y la esperanzade ser llevada pronto a Castellà, la fortifican y dan nueva vida. Esta noche marchamos[96] bien; pero mañana ¿qué haré, qué la diré mañana? Si crece la escasez de víveres,como es probable, si se declaran el hambre y la epidemia, y caen bombas en parajescercanos o aquí mismo, ¿qué comedia representaremos? Dios me favorezca y meinspire, pues para su infinita misericordia nada hay imposible. -Estoy muerto de cansancio -dije yo, viendo que Josefina pedía más baile- y ademáses tarde y tengo que marcharme a mi puesto. Siseta ya no podía tenerse en pie, y la señora Sumta, que yacía en el suelo con lainmovilidad de un talego, roncaba sonoramente, remedando en la cavidad de sus fosasnasales el lejano zumbido del cañón. Badoret, cansado ya de tocar en silencio el fluvioly la tanora, dormía como los demás chicos. D. Pablo, bastante generoso para noexigirnos imposibles, se apresuró a complacer a la enferma, poseída de cierto febrilinsomnio, y se puso a danzar en medio de la sala haciendo corro con cuatro chicos de
  • los más despabilados. Cuando yo salí, quedaba el pobre señor haciendo piruetas ycabriolas con ningún arte y mucha torpeza; pero su incapacidad para el baile,provocando la hilaridad de su hija, más le inducía a seguir bailando. Daba saltos, alzabalos brazos descompasadamente, se descoyuntaba de pies y manos, tropezaba a cadainstante, inclinándose adelante o atrás, hacía mil paseos estrambóticos y mil figurasgrotescas que en otra ocasión me habrían hecho reír, y un sudor [97] angustioso afluíade su rostro macilento, desfigurado por las muecas y visajes que le obligaban a hacer elfatigoso movimiento y los agudos dolores de su herida. Nunca vi espectáculo que tantome entristeciera. - XI - Esto que he referido a ustedes se repitió algunos días. Después vinieroncircunstancias distintas y todo cambió. Los franceses escarmentados con la vigorosa ynunca vista defensa del 19 de Setiembre, mediante la cual estrelláronse contra todos lospuntos de la muralla que quisieron franquear, no se atrevían al asalto. Tenían miedo,dicho sea sin petulancia; conocían la imposibilidad de abrir las puertas de Gerona por lafuerza de las armas, y se detuvieron en su línea de bloqueo, con intención de matarnosde hambre. El 26 de Setiembre llegó al campo enemigo el mariscal Augereau, el cualdicen se había distinguido en las guerras de la república y en el Rosellón; trajo consigomás tropas, las cuales poniéndonos por todos lados cerco muy estrecho, nos encerraronen términos que no podía entrar ni una mosca. Excusado es decir a ustedes que lospocos víveres que había se fueron acabando hasta que no quedó nada, sin que elgobernador diera a esto importancia aparente, pues cada hora se sostenía más en su temade [98] que Gerona no se rendiría mientras él viviese, y aunque media poblaciónsucumbiera a las penas del hambre y a las calenturas que se iban desarrollando alcompás de no comer. Ya no era posible pensar en socorros, como no vinieran por los aires. Ya no teníamosel triste recurso de buscar la muerte en las murallas, porque ellos no se cuidaban deasaltarlas, y era forzoso cruzarse de brazos y dejarse morir, mirando la efigie impasiblede don Mariano Álvarez, cuyos ojos vivos no paraban nunca observando aquí y allínuestras caras, por ver si alguna tenía trazas de desaliento o cobardía. Estábamosmoralmente aprisionados entre las garras de acero de su carácter, y no nos era dadoexhalar una queja ni un suspiro, ni hacer movimiento que le disgustara, ni dar a entenderque amábamos la libertad, la vida, la salud. En suma, le teníamos más miedo que atodos los ejércitos franceses juntos. Morir en la brecha es no sólo glorioso, sino hasta cierto punto placentero. La batallaemborracha como el vino, y deliciosos humos y vapores se suben a la cabeza, borrandode nuestra mente la idea del peligro, y en nuestro corazón el dulce cariño a la vida; peromorir de hambre en las calles es horrible, desesperante, y en la tétrica agonía ningúnsentimiento consolador ni risueña idea alborozan el alma irritada y furiosa contra elmísero cuerpo que se le escapa. En la batalla, la vista del compañero anima; en elhambre el semejante [99] estorba. Pasa lo mismo que en el naufragio; se aborrece alprójimo, porque la salvación, sea tabla, sea pedazo de pan, debe repartirse entre muchos.
  • Llegó el mes de Octubre y se acabó todo, señores: se acabó la harina, la carne, laslegumbres. No quedaba sino algún trigo averiado, que no se podía moler. ¿Por qué no sepodía moler? Porque nos comimos las caballerías que movían los molinos. Se pusieronhombres; pero los hombres extenuados de hambre, se caían al suelo. Era preciso comerel trigo como lo comen las bestias, crudo y entero. Algunos lo machacaban entre dospiedras, y hacían tortas, que cocían en el rescoldo de los incendios. Aún quedabanalgunos asnos; pero se acabó el forraje, y entonces los animalitos se juntaban de dos endos y se mantenían comiéndose mutuamente sus crines. Fue preciso matarlos antes queenflaquecieran más; al fin la carne de asno, que es la más desabrida de las carnes, seacabó también. Muchos vecinos habían sembrado hortalizas en los patios de las casas,en tiestos y aun en las calles; pero las hortalizas no nacieron. Todo moría, humanidad ynaturaleza, todo era esterilidad dentro de Gerona, y empezó una guerra espantosa entrelos diversos órdenes de la vida, destruyéndose de mayor a menor. Era una guerra amuerte en la animalidad hambrienta, y si al lado del hombre hubiera existido un sersuperior, nos hubiéramos visto cazados y engullidos. [100] Yo padecía las más crueles penas, no sólo por mí, sino por la infeliz Siseta y sus treshermanos, que carecían absolutamente de todo. Los chicos eran al principio los mejorlibrados, porque ellos salían a la calle, y merodeando o husmeando aquí y allá, siempresacaban alguna cosa; pero Siseta, la pobre Siseta, no tenía más amparo que yo, y yo mevolvía loco para buscarle el sustento. Había, sí, algunos víveres en la plaza, y seencontraban pececillos del Oñá, que más que peces parecían insectos, y pájarosescuálidos, que eran cazados desde los tejados: también había alguna carne de mulo yde perro; pero para adquirir estos artículos se necesitaba dinero, mucho dinero, ynosotros no lo teníamos. La ración de trigo seco había llegado a sernos tan repugnantecomo un veneno. D. Pablo Nomdedeu gastaba todos sus ahorros para poner a su hija una mala comida,y fue de los que dieron por una gallina diez y seis o veinte pesos, cuando algún payés,afrontando mil peligros y venciendo obstáculos mil, lograba entrar en la plaza. En losdías de la gran escasez, la señora Sumta no bajaba nada a casa de Siseta, y los chicos sesecaban los ojos mirando a la escalera por ver si descendía por ella algún maná. Llegótambién el día en que Badoret, Manalet y Gasparó se cansaron de sus correrías por lascalles, porque de todas partes eran expulsados los muchachos vagabundos, por la malaopinión que había respecto a la limpieza de sus manos. Flacos [101] y casi desnudos,mis tres hermanos o mis tres hijos, pues como a tales traté siempre, inspiraban profundacompasión, y formando lastimero grupo junto a Siseta, permanecían largas horas ensilencio, sin juegos ni risas, tan graves como ancianos decrépitos; inertes yquebrantados, sin más apariencia de vida que el resplandor de sus grandes ojos negros,llenos de ansioso afán. Siseta les miraba lo menos posible, deseando así conservar lacalma que se había impuesto como un deber, y hasta se atrevía a mostrar conatos deseveridad, creyendo equivocadamente que en tal trance la fuerza moral servía de algunacosa. Yo estuve tres días sin verlos, porque mis obligaciones me impedían ir a la casa.Cuando fui, encontreles en la situación que he descrito. Desde luego admiré la entereza de los pobres niños, bastante inteligentes para noimportunarnos pidiéndonos lo que sabían no podíamos darles. Únicamente Gasparó,comiéndose sus puños y bebiéndose sus lágrimas, faltaba a la circunspección sostenida
  • por sus hermanos. Llegó un momento en que Siseta, no pudiendo contener su dolor,empezó a llorar amargamente registrando después los últimos rincones de la casa porver si parecía de milagro alguna vianda. Yo salí, volví a entrar, salí de nuevo y regresé,después de dar mil vueltas, con la terrible evidencia de que no podía encontrar nada.Siseta y yo convenimos en que era preciso rezar, con la esperanza de que a [102] fuerzade ruegos, nos enviase Dios por sus misteriosos caminos, algo de lo que tantonecesitábamos. Pero rezamos y Dios no nos mandó nada. - XII - Repentinamente me ocurrió una idea salvadora. -Siseta -dije a mi amiga-. Hace días que no veo a Pichota; pero supongo que andarápor ahí con sus tres gatitos. -¡Oh! -me respondió con dolor-. ¿No sabes que el Sr. D. Pablo ha acabado con todala familia? ¡Pobre Pichota! Él dice que es una carne excelente; pero yo creo que memoriría de hambre antes de comerla. -¿Ha muerto Pichota? No sabía nada: ¿y también los tres angelitos?... -No te lo quería decir. En estos últimos días que has faltado de casa, D. Pablo bajabacon frecuencia. Un día se me puso delante de rodillas rogándome que le diera algo parasu hija, pues ya no tenía víveres, ni dinero para comprarlos. Cuando esto me decía, unode los gatitos me saltó al hombro, y D. Pablo, echándole mano con mucha presteza, selo guardó en el bolsillo. Al día siguiente bajó de nuevo y me ofreció los muebles de susala si le daba otro de los hijos de Pichota, y sin aguardar mi contestación, entró en lacocina, después [103] en el cuarto oscuro, púsose en acecho y lo mismo que un gatocaza al ratón, así cazó él al gato. Cuando salió tuve que curarle los arañazos que traía enla cara. El tercero pereció de la misma manera, y después de esto Pichota hadesaparecido de la casa, tal vez por haber entendido que no está segura. Yo meditaba sobre la deserción del pobre animal cuando se nos presentó de repenteNomdedeu. Su aspecto era por demás macilento y cadavérico, habiendo perdido afuerza de padeceres físicos y morales hasta aquella bondadosa expresión y el dulceacento que le distinguían. Su vestido estaba desordenado y roto, y traía la escopeta decaza y un largo cuchillo de monte. -Siseta -dijo bruscamente, y olvidándose de saludarme, a pesar de que hacía algunosdías que no nos veíamos-. Ya sé dónde está esa pícara de Pichota. -¿En dónde, Sr. D. Pablo? -En el desván que hay en el fondo del patio y que servía de pajar y granero cuandoyo tenía caballo.
  • -Tal vez no será ella -dijo mi amiga en su generoso anhelo de salvar al pobre animal. -Sí, es ella, te digo que es ella. A mí no se me despinta Pichota. La muy tunanta saltóesta mañana por la ventana de la despensa y me robó un pernil que allí tenía. ¡Quéatrevimiento! Comerse la carne de su propio hijo. Es preciso acabar con ese animal.Siseta, ya te he dado gran parte de mis muebles en cambio [104] de los gazapos. No mequeda otra cosa de valor que mis libros de medicina. ¿Los quieres a trueque de Pichota? -Sr. D. Pablo, ni los muebles, ni los libros tomaré; coja usted a Pichota, y ya que nosvemos reducidos a tal extremidad, dé una parte a mis hermanos. -Está bien -respondió Nomdedeu-. Andrés, ¿te atreves a cazar ese terrible animal? -No creo que sean precisos tantos pertrechos militares -respondí. -Pues yo sí lo creo. Vamos allá. Barodet y su hermano quisieron seguirnos, pero Siseta los contuvo, diciéndoles queno fueran curiosos ni entrometidos; y solos el médico y yo subimos al desván, entrandodespacio y con precauciones por temor a ser acometidos del rabioso carnicero, a quienel hambre y el instinto de conservación debían haber dado una ferocidad extraordinaria.D. Pablo, porque la presa no se escapara, cerró por dentro la puerta y quedamos casi encompleta oscuridad, pues la débil luz que por un estrecho ventanillo entraba, no aclaróel lóbrego recinto sino cuando nuestros ojos fueron perdiendo poco a poco eldeslumbramiento de la luz exterior. Multitud de objetos, como muebles destrozados yviejos obstruían buena parte de la estancia y sobre nuestras cabezas flotaban densoscortinajes de tela de araña, guarnecidos por el polvo de un siglo. Cuando empezamos aver los contornos y las oscuras tintas del recinto, buscamos con los ojos al prófugo;[105] pero nada vimos, ni se oyó ruido alguno que indicase su presencia. Manifesté misdudas a D. Pablo; pero él me dijo: -Sí, aquí está. La vi entrar hace un momento. Movimos algunas cajas vacías, arrojamos a un lado algunos pedazos de silla y unpequeño tonel, y entonces sentimos el roce de un cuerpo que se deslizaba en el fondo dela pieza atropellando los hacinados objetos. Era Pichota. Vimos en el fondo oscuro susdos pupilas de un verde aurífero, vigilando con feroz inquietud los movimientos de susperseguidores. -¿La ves? -dijo el doctor-. Toma mi escopeta y suéltale un tiro. -No -repuse riendo-. Es muy fácil errar la puntería. De nada sirve en este caso elfusil. Póngase usted a ese lado y deme el cuchillo. Las dos pupilas permanecían inmóviles en su primera posición, y aquella lumbreverdosa y dorada que no se parece a la irradiación de ninguna otra mirada, ni de piedraalguna, produjo en mí fuerte impresión de terror. Después distinguí el bulto del animal,y sus manchas parduscas y negras sobre amarillo se multiplicaban a mis ojos,ensanchando su cuerpo hasta darle las proporciones de un tigre. Yo tenía miedo, ¿a quénegarlo con pueril soberbia?, y por un momento sentime arrepentido de haber
  • emprendido obra tan difícil. D. Pablo que tenía más miedo que yo, daba diente condiente. [106] Celebramos consejo de guerra, del cual salió que debíamos tomar la ofensiva; perocuando cobrábamos algún valor sentimos un sordo ronquido, un ruido entre arrullo yestertor que anunciaba las disposiciones hostiles de Pichota. En su lenguaje, la gata nosdecía: «Asesinos de mis hijos, venid acá, que os espero». Pichota, que primero estaba en postura de esfinge, se agachó sentando la angulosacabeza sobre las patas delanteras, y entonces su mirada cambió, despidiendo una luzazul que proyectaba de dos rayas verticales. Parecía fruncir el torvo ceño. Luego irguióla cabeza, pasose las patas por la cara, limpiando los largos bigotes; y dio algunasvueltas sobre sí misma, para bajar a un sitio más cercano, donde se puso en actitud desalto. La fuerza muscular que estos animales tienen en las articulaciones de sus patastraseras es inmensa, y desde su puesto podía saltar hasta nosotros. Yo observé que lasmiradas del animal se dirigían más rectamente a D. Pablo que a mí. -Andrés -me dijo- si tú tienes miedo, yo me voy encima de ella. Es una vergüenzaque un animal tan pequeño acobarde de este modo a dos hombres. Sí; señora Pichota,nos la comeremos a usted. Parece que el animal oyó y entendió estas amenazadoras palabras, porque aún nohabía acabado de pronunciarlas mi amigo, cuando con ligereza suma lanzose sobre él,haciéndole presa en el cuello y en los hombros. La lucha [107] fue breve y la gata habíapuesto ya en ejecución el conjunto de su potencia ofensiva, de modo que el resto delcombate no podía menos de sernos favorable. Acudí en defensa de mi amigo, y elanimal cayó al suelo, llevándose en las uñas algunas pequeñas partículas de la personadel buen doctor, haciéndome a mí algunos desperfectos en la mano derecha. Corrióluego en distintas direcciones, pero al lanzarse sobre mí, tuve la buena suerte derecibirla con la punta del cuchillo de monte, lo cual puso fin al desigual combate. -Este animal es más temible de lo que creí -me dijo D. Pablo, apoderándose delcuerpo palpitante. -Ahora, Sr. Nomdedeu -dije yo- partiremos como hermanos la presa. El doctor hizo una mueca que indicaba su profundo disgusto, y limpiándose la sangredel cuello, me dijo con tono agresivo que por primera vez entonces oí de sus labios: -¿Qué es eso de partir? Siseta contrató conmigo a Pichota a cambio de mis libros.¿Tú sabes que mi hija no ha comido nada ayer? -Todos somos hijos de Dios -repuse- y también Siseta y los de abajo han de comer,Sr. D. Pablo. Nomdedeu se rascó la cabeza, haciendo con boca y narices contracciones bastantefeas; y tomando el animal por el cuello me dijo: -Andrés, no me incomodes. Siseta y los bergantes de sus hermanos puedenalimentarse con cualquier piltrafa que busquen en la calle; [108] pero mi enferma
  • necesita ciertos cuidados. Después de hoy viene mañana, y tras mañana pasado. Si ahorate doy media Pichota, ¿qué le daré a mi hija dentro de un par de días? Andrés, tengamosla fiesta en paz. Busca por ahí algo que echar a tus chiquillos, que ellos con roer unhueso quedarán satisfechos; pero haz el favor de no tocarme a Pichota. De esta manera el corazón de aquel hombre bondadoso y sencillo se llenaba deegoísmo obedeciendo a la ley de las grandes calamidades públicas, en las cuales, comoen los naufragios, el amigo no tiene amigo, ni se sabe lo que significan las palabrasprójimo y semejante. Oyendo a D. Pablo, despertose en mí igual sentimiento egoísta dela vida, y vi en él un aborrecido partícipe de la tabla de salvación. -Sr. Nomdedeu -exclamé con súbita cólera- he dicho que Pichota se partirá, y no haymás sino que se partirá. El médico al oír este resuelto propósito, mirome con profunda aversión por algunossegundos. Sus labios temblaban sin articular palabra alguna: púsose pálido, y luego conun gesto repentino, me empujó hacia atrás fuertemente. Yo sentí que mi sangre abrasadacorría hacia el cerebro, un repentino escalofrío que circuló por mi cuerpo me crispabalos nervios. Cerrando los puños, alargué las manos casi hasta tocar con ellas la cara deNomdedeu, y grité: -¿Con que no se parte Pichota? Pues mejor. Mejor, porque es toda para mí. ¿Quétengo yo [109] que ver con la señorita Josefina, ni con sus males ridículos? Dele ustedtelarañas. Nomdedeu rechinó los dientes, y sin contestarme se fue derecho hacia el animal queyacía en tierra desangrándose. Hice yo igual movimiento; nuestras manos se chocaron,forcejeamos un breve instante, descargué sobre él mis puños, y Nomdedeu rodó por elsuelo largo trecho, dejándome en completa posesión de la presa. -¡Ladrón! -exclamó-. ¿Así me robas lo que es mío? Aguarda y verás. Recogiendo la víctima, me dispuse a salir. Pero Nomdedeu corrió, mejor dicho, saltócomo un gato hacia donde estaba la escopeta, y tomándola, me apuntó al pecho diciendocon trémula y ronca voz: -Andrés, canalla: suéltala o te asesino. Miré en derredor mío buscando el cuchillo de monte; pero ya D. Pablo lo tenía en elcinto. Corrí a la puerta del desván y no pude abrirla; entrome de súbito un terror que nopude vencer, y salté maquinalmente, sin saber lo que hacía, hacia los cajones vacíos, losmuebles viejos y el montón de cachivaches donde se nos había aparecido Pichota. Mispies se hundían entre tablas desvencijadas cuyos clavos me lastimaban, y mi cabezatropezó en las vigas del techo haciendo caer el polvo, la polilla y las repugnantesinmundicias depositadas por dos siglos. -Bárbaro -grité desde arriba- ya me las pagarás todas juntas. [110] Pero Nomdedeu seguía tras mí, buscando la puntería y con pie firme hollaba las rotastablas; yo corrí de un extremo a otro seguido por él, y dimos varias vueltas, subiendo,
  • bajando, hundiéndonos y levantándonos en los desfiladeros, laberintos y sinuosidadesde aquella caverna. Por fin, habiendo salido el tiro, Nomdedeu extendió su hocico como ávido cazador,por ver si me había alcanzado. Felizmente la bala no me tocó. -No me ha tocado -dije con furiosa alegría, disponiéndome a caer sobre mi enemigo. Pero él desenvainó al instante su cuchillo, y con acento más frenéticamente alegreque el mío, gritó en medio del desván: -¡Ven, ven!... ¡Ladrón, que quieres matar de hambre a mi hija!... Suelta a Pichota,suéltala, miserable. Y sin esperar a que yo le acometiera, corrió hacia mí. Entrome mayor pánico quecuando me perseguía con la escopeta, y de nuevo nos lanzamos a los precipicios enminiatura, tropezando y saltando, yo delante, él detrás, yo gritando, él rugiendo, hastaque rendido de fatigas caí entre destrozadas tablas que me impedían todo movimiento.Me encontré débil y me reconocí cobarde, sintiéndome incapaz de luchar con aquellafuria, metamorfosis del hombre más manso, más generoso y humanitario que yo habíaconocido. -Sr. D. Pablo -dije- tome usted a Pichota. No puedo más. Se ha vuelto usted tigre.[111] Sin contestarme nada, y mostrando la horrible agitación y crisis de su alma en unsordo mugido, recogió el animal que yo había arrojado lejos de mí, y abriendo la puerta,se marchó. Yo, después de pasada la irascibilidad de aquel cuarto de hora, apenas me podíatener, salí, bajé a casa de Siseta, y cuando esta me vio magullado, arañado y cubierto depolvo, tuvo miedo. En pocas palabras contele lo ocurrido, y los tres muchachos meoyeron con espanto. -No hay nada por hoy -les dije con angustia-. Voy a la calle a ver si encuentro unapersona caritativa. Siseta se abrazó a sus hermanos, derramando lágrimas de desesperación, y yo corrídesolado fuera de la casa. En la calle marchaba como un ebrio, sin dirección, ni aplomo,ni camino, y con la mente en ebullición, cargada, atestada y henchida de criminalesideas. - XIII - A mi paso encontraba las familias desvalidas, formando horrorosos grupos dedesolación en medio de la vía pública, con los pies en el lodo y guarecida la cabeza del
  • sol y la lluvia bajo miserables toldos de sucias esteras. Se arrancaban de las manos unosa otros la seca raíz de legumbre, el fétido pez del Oñá, las habas [112] carcomidas y loshuesos de animales no criados para la matanza. Diestros carniceros, improvisados por lanecesidad, perseguían por todos los rincones de Gerona a los pobres perros, quebastante inteligentes para comprender su próxima suerte, buscaban refugio en lo másrecóndito, y aún se atrevían a traspasar la muralla, corriendo a escape hacia el campofrancés, donde eran acogidas con aplauso y algazara tales pruebas de nuestra penuria.Por todas partes, en sótanos y tejados, los gatos se defendían con sus ásperas uñas delataque de la humanidad, empeñada en vivir. Los soldados recibían su ración de trigo seco; pero los habitantes de la ciudad teníanque buscarse el sustento como Dios les daba a entender. La caza y la pesca eran laocupación más importante. En cuanto a los trabajos militares, no había nada, porquenuestra situación consistía en recibir bombas y granadas, sin poder apenas devolverleslos saludos. En varias partes pedí que me dieran algo para unos pobres huérfanos, perola gente me miraba con indignación, y alguno me echó en cara mi robustez. Yo estabaen los puros huesos. En la calle de Ciudadanos y en la plaza del Vino (8) vi muchos enfermos que habíansido sacados de los sótanos para que se murieran menos pronto. Su mal era de los quellamaban los médicos fiebre nerviosa castrense, complicada con otras muchas dolencias,hijas de la [113] insalubridad y del hambre; y en los de tropa todas estas molestias caíansobre la fiebre traumática. Sin quererlo yo, me apartaba a cada instante de mi objeto, que era buscar alimentopara mis niños, y aquí me llamaban para que ayudasen a arrastrar un enfermo, allí merogaban que ayudara a poner tierra encima de los cadáveres. Mi deseo era arrojarmecomo los demás en medio del arroyo esperando la muerte; pero el ejemplo de algunosque resistían con sin igual tesón el cansancio, me obligaba a seguir en pie. En la calle dela Zapatería Vieja sacamos fuera de los sótanos a varios clérigos, ancianos y niños,mereciendo en premio de nuestro servicio algunos pedazos de pan negro y de cecina.Los otros devoraban su parte; pero yo guardé la mía, adquiriendo con su posesión lafuerza moral que había perdido. La calle o callejón de la Forsa, que conduce desde la Zapatería Vieja a la catedral,era una horrible sentina, una acequia angosta y lóbrega, donde algunos seres humanosyacían como en sepultura esperando quien los socorriese o quien los matase. Entramosen ella, conducidos por D. Carlos Beramendi, hombre de gran mérito que semultiplicaba para disminuir en lo posible las desgracias de la ciudad, y recogimos loscuerpos vivos y medio vivos, muertos y medio muertos, sacándolos a las gradas de lacatedral, donde les bañasen aires menos corrompidos. La catedral ya no [114] podíacontener más enfermos y la plaza se fue convirtiendo en hospital al descubierto. Allí viaparecer en lo alto de la gradería a D. Mariano Álvarez, que daba algunas disposicionespara el socorro de los heridos. Su semblante era en toda Gerona el único que no teníahuellas de abatimiento ni tristeza, y conservábase tal como en el primer día del sitio.Gran número de gente le rodeaba, y entre ellos vi con sorpresa a D. Pablo Nomdedeucon otros médicos, individuos de la junta de salubridad y varias personas influyentes. Lamultitud vitoreó a Álvarez, quien no dijo nada, absteniéndose de manifestar disgusto nialegría por la ovación, y descendió tranquilamente. La gradería ofrecía el máslamentable aspecto y con la algazara de los vivas y aclamaciones dirigidas al
  • gobernador era difícil oír las quejas y lamentos. Desde lejos se observaba claramenteque muchos de los que componían la comitiva del héroe estaban afligidos ante tandoloroso espectáculo. Sin duda hablaban a D. Mariano de la escasez de víveres, porquese oyó una voz de protesta que dijo: «Señor, cuando no haya otra cosa, comeremosmadera». En esto llegó junto a mí D. Pablo Nomdedeu, que se había separado un poco de lacomitiva. ¡Comer madera! -exclamó-. Eso se dice, pero no se hace. Andrés, me alegro de vertepor aquí. ¿Cómo estás, y Siseta y los chicos? Aunque empezaba a extinguirse en mi alma [115] el resentimiento, amenacé con elpuño a Nomdedeu. -¡Ah, todavía me guardas rencor por lo de esta mañana! -dijo-. Andresillo, en estoscasos no es uno dueño de sí mismo. Yo me espantaba entonces y me he espantadodespués de encontrarme tan bárbaro y salvaje. Se trata de vivir, Andrés, y el pícaroinstinto de conservación hace que el hombre se convierta en fierecita. Que yo sea capazde matar a un semejante, es cosa que no se comprende; ¿no es verdad? ¡Ay, amigo mío!La idea de que mi hija me pide de comer y no puedo darle nada, ahoga en mí elpatriotismo, el pensamiento, la humanidad, trocándome en una bestia. Andrés, no somosmás que miseria. Indigno linaje humano, ¿qué eres? Un estómago y nada más. Seavergüenza uno de ser hombre, cuando llegan estos casos en que todas las relacionessociales desaparecen y reina la Naturaleza pura. Pero estoy viendo que el número deheridos es inmenso. Hoy hemos estado haciendo el recuento de medicinas, y no hay nipara la décima parte en un solo día. ¿A dónde vamos a parar? ¿Es posible que esto seprolongue? No, no puede ser. Mira qué horroroso aspecto presenta la gradería cubiertade cuerpos humanos. En efecto, los cien escalones que conducen a la catedral ofrecían en pavorosoanfiteatro un cuadro completo de los males de la heroica ciudad. Álvarez con su comitiva seguía bajando, [116] y la multitud apartábase para abrirlepaso. -Señor -le dijo Nomdedeu, volviéndome la espalda-. Olvidé decir a vuecencia quelos medicamentos que tenemos no bastan ni para la décima parte. D. Mariano miró fríamente y sin marcada expresión al médico. ¡Qué bien vientonces al célebre gobernador, y cuán presentes se quedaron desde entonces en mimente sus facciones, su mirar y sus palabras! La cara pálida y curtida, los ojos vivos, elpelo cano, la figura delgada y enjuta, la contextura de acero, la fisonomía imperturbabley estatuaria, la tranquilidad y la serenidad juntas en su semblante; todo lo examiné, ytodo lo retuve en la memoria. -Si no hay bastantes medicinas -dijo- empléense las que hay y después se hará lo queconvenga.
  • Esta muletilla de lo que convenga era muy suya, y con ella solía terminar susdiscursos y amonestaciones, siendo en él muy natural decir: «Si no se puede resistir elasalto, y los franceses entran en la ciudad, moriremos todos y después se hará lo queconvenga». -Pero señor -añadió D. Pablo- los enfermos no admiten espera. Si no se les cura... sepodrá tirar un día, dos... Álvarez paseó serenamente la vista por el anfiteatro, y después volviéndose aNomdedeu, le dijo: -Ninguno de ellos se queja. Pronto recibiremos auxilios. La plaza no se rendirá,Señor [117] Nomdedeu, por falta de medicinas. ¿No discurre usted algún medio paraaliviar la suerte de los enfermos y heridos? -¡Oh; sí, señor! -dijo el médico alentado por algunos de la comitiva que murmuraronfrases más en consonancia con los pensamientos del médico que con los delgobernador-. Me ocurre que Gerona ha hecho ya bastante por la religión, la patria y elrey. Ha llegado ya al límite de la constancia, señor, y exigir más de esta pobre gente esconsumar su completa ruina. Álvarez agitó ligeramente el bastón de mando en la mano derecha, y sin inmutarsedijo a Nomdedeu: -Ya... sólo usted es aquí cobarde. Bien: cuando ya no haya víveres, nos comeremos austed y a los de su ralea, y después resolveré lo que más convenga. Cuando acabó de hablar, callaron todos de tal modo, que se oía el zumbido de lasmoscas. Nomdedeu volvió atrás la cabeza buscándome con la vista, para disimular suturbación; y harto confuso hubo de abandonar la comitiva. Hasta mucho después de queesta pasara, no recobró el uso de la palabra mi buen doctor, y estaba pálido ytembloroso, señal inequívoca de su miedo. -Andrés -me dijo en voz baja tomándome del brazo, y llevándome en dirección de laplaza de San Félix- ese hombre va a acabar con nosotros. Yo soy patriota, sí señor, muypatriota; pero todo tiene su límite natural, y [118] eso de que lleguemos a comernosunos a otros me parece una temeridad salvaje. -La entereza de D. Mariano -le respondí- nos llevará a tragarnos mutuamente; peropor lo que a mí toca, y mientras sepa que ese hombre está vivo, antes me comeré amordidas mi propia carne, que hablar de capitulación delante de él. -Grande y sublime es su constancia -me dijo- yo la admiro y me congratulo de quetengamos al frente de la plaza hombre cuya memoria ha de vivir por los siglos de lossiglos. ¡Oh, si yo fuera solo en el mundo, Andrés! Si yo no tuviera más que mi indignapersona, si no tuviera otro cuidado que la visita al hospital y el recorrido de losenfermos que están en la calle, yo mismo le diría a D. Mariano: «Señor, no nosrindamos mientras haya uno que pueda vivir almorzándose a los demás»; pero mi hijano tiene la culpa de que una nación quiera conquistar a otra... Sin embargo, humillemosla frente ante la voluntad de Dios, de la cual es ejecutor en estos días ese inflexible D.
  • Mariano Álvarez, más valiente que Leónidas, más patriota que Horacio Cocles, másenérgico que Scévola (9), más digno que Catón. Es este un hombre que en nada estima lavida propia ni la ajena, y como no sea el honor todo lo demás le importa poco. En lasjornadas de Setiembre, cuando Vives, el capitán de Ultonia, se disponía para unapequeña excursión al campo enemigo, preguntó a don Mariano que a dónde se acogeríaen caso de [119] tener que retirarse. El gobernador le contestó: «Al cementerio». ¿Quéte parece? ¡Al cementerio! Es decir, que aquí no hay más remedio que vencer o morir, ycomo vencer a los franceses es imposible porque son ciento y la madre, saca laconsecuencia. ¡Esto entusiasma, Andresillo! Se le llena a uno la boca diciendo: ¡VivaGerona y Fernando VII!, le parece a uno que ya está viendo las historias que se van aescribir ensalzándonos hasta las nubes; pero yo quisiera poder decir ¡Viva España yviva Josefina!, o que al menos entre las ruinas humeantes de esta ciudad y entre elmontón que han de formar nuestros cuerpos despedazados, se alzara rebosando salud miquerida hija única que nunca ha hecho mal a España ni a Francia, ni a Europa, ni a laspotencias del Norte ni del Sur. El doctor detúvose a examinar varios enfermos, y corrí a casa de Siseta para llevarleslo poco que había recogido. - XIV - Casi juntamente conmigo entró Barodet, que había salido a hacer una excursión porla plaza de las Coles, y volvía tan alegre y saltón, que le juzgué portador de víveres paraocho días. -¿Qué hay, Badoret? -le preguntamos Siseta y yo. [120] Nos contestó abriendo los puños para mostrar algunas piezas de cobre, y cerrábalosdespués, bailando con frenesí en medio de la sala. -¿De dónde traes eso? ¿Lo has cogido en alguna parte? -le preguntó su hermana conenojo, sospechando sin duda que el chico había hecho incursiones lamentables en lapropiedad ajena. -Me los han dado por el ratón... Andrés, un ratón tan grande como un burro. Encuanto llegué con él a la plaza, un viejo soltó tres reales por él. -¿Para comérselo? -exclamó Siseta con horror. -Sí -repuso Badoret dándole los cuartos-. Tú no lo quisiste, pues a venderlo. -Mira, Andrés -me dijo Siseta- luego que tú te fuiste, estos condenados bajaron alpatio, y por la puertecilla que está junto al pozo, se metieron en la casa del canónigo D.Juan Ferragut, que está abandonada como sabes. A poco volvieron con una rata tangrande como de aquí a mañana... ¡Qué patas! ¡Qué rabo!
  • -La carne de este precioso e inteligentísimo animal -dije yo dando a Siseta lo quellevaba- no es mala, según dicen los muchos que en Gerona la están consumiendo. Porahora, muchachos, remediémonos con esto que os traigo, y Dios dará más adelante otracosa. Comimos, si así puede llamarse una refacción tan exageradamente sobria, que másparecía hecha para dar entretenimiento a los dientes, que sustancia al cuerpo. Yo medormí [121] sobre el suelo poco después, y cuando desperté, Siseta con gran aflicciónme dijo: -Gasparó está malo. Ha cesado de llorar, y está como desmayado con el cuerpoardiente y temblando de escalofríos. ¿Tardará en volver el Sr. Nomdedeu? Examiné al chico, y su aspecto me hizo temblar, porque no dudé un momento queestuviese atacado de la fiebre a que sucumbía diariamente parte de la población; peroprocuré tranquilizar a su hermana, asegurando que los síntomas del mal que teníadelante, no eran parecidos a los que a todas horas se observaban en los sitios máspúblicos de la ciudad. Pero Siseta, en su buen sentido, no daba crédito a mis consuelos,comprendiendo la gravedad de su hermanito. Con la mayor naturalidad del mundo, yolvidando en su preocupación las circunstancias de la ciudad, me mandó que le llevasealgunas medicinas, y tuve que emplear mil rodeos y circunlocuciones para decirle queno las había. La infeliz muchacha estaba inconsolable. Una hora después entró D. Pablo Nomdedeu, al cual llamamos para que asistiese alenfermo, y se prestó a ello de buen grado. -¡Pobre Gasparó! -dijo al verle-. Ya he dicho varias veces que con los alimentos quediariamente se consumen aquí, estos chicos no han de llegar a viejos. -Pero mi hermano no se morirá, señor don Pablo -afirmó Siseta llorando-. Usted quees tan buen médico, le curará. [122] -Hija mía -repuso fríamente el doctor- tiende la vista por esas calles, y observa dequé valen los buenos médicos. Lo que respiramos en Gerona no es aire, es una sutil einvisible materia cargada de muertes. ¡Ay! Vivimos por especial don de Dios, los quevivimos. Tenemos un gobernador de bronce que manda resistir a estos hombres que secaen muertos por momentos. D. Mariano Álvarez no ve en el cuerpo humano sino unacosa con que rellenar los cementerios, y que no pudiendo servir para batirse no sirvepara nada. Él no atiende más que al inmortal espíritu, y fijando su atención en la vidaperpetua que con los miserables ojos de la carne no podemos ver, desprecia todo lodemás. Sí, la magnitud de ese hombre me tiene asombrado por lo mismo que es superiora mí. El gobernador resistirá el hambre, las privaciones, las enfermedades, mientrastenga una gota de sangre que mantenga en pie la urna de su grande espíritu, pues sualma es el alma menos atada al cuerpo que he conocido; y si no pudiese resistir, serácapaz de comerse a sí mismo... Pero veamos qué se hace con ese pobre Gasparó, hijamía; yo creo que debes ir a enterrarle a la plaza del Vino, donde se ha hecho una granfosa, porque si dejamos aquí su pobre cuerpo, puede corromperse la atmósfera de estacasa más de lo que está. -¿De modo que usted le da por muerto? -preguntó Siseta con desesperación.
  • -Siseta, nuestra misión en el estado a que han llegado las cosas, sin alimentos nimedicinas [123] que recomendar, se reduce a evitar los horribles efectos de ladescomposición atmosférica. Si pudiéramos tener a mano buenas tazas de caldo, unpoco de vino blanco y algunos emolientes y heméticos, creo que sería fácil tornar lasalud a la robusta naturaleza de ese niño; pero es imposible: no hay nada. ¡Felices losque se mueren! Si no consigo salvar a mi hija, me pondré en la muralla, cuando hayaotro asalto, para morir gloriosamente... Pobre Gasparó: ¡con cuánto placer te cuidaría siviera en ti esperanzas de vida! Siseta, sentiría mucho que mi hija conociera laproximidad de un moribundo. En caso de que Gasparó llore o chille, le mandarás callar.Adiós, adiós, hijos míos; cuidado con mis instrucciones. Y subió. Tenía todas la apariencia de un loco. Siseta destrozó un mueble, calentó agua con él y diose a aplicar al enfermo endiversas formas una terapéutica de su invención, compuesta de agua tibia en bebida, encataplasmas, en friegas, en rociadas, en parches. Como advirtiera cierta quietud en elenfermo, creyola repentina mejoría, por efecto de sus extraordinarios específicos, y dijocon tanta inocencia como alegría: -Andrés, me parece que está mejor. Se ha dormido. Mi madre decía que el agua delOñá era la mejor medicina del mundo, y con agua se curaba ella todos sus males. ¿Vescómo está más tranquilo? Cuando despierte querrá ir a [124] jugar con sus hermanos.¿Pero dónde están esos malditos? ¡Badoret, Manalet!... Siseta los llamó gritando varias veces, y los muchachos no parecían. Estaban en lacasa del canónigo. Yo subí a ver a D. Pablo y a su hija, y encontré a esta tan abatida y desfigurada, quecuando cerraba los ojos quedándose sin movimiento con la cabeza hundida entre losalmohadones, parecía realmente muerta. Ya era casi de noche y Nomdedeu, sentadojunto al velador, escribía su diario. -Andrés -me dijo el doctor- te agradezco que vengas a hacerme compañía. ¿No meguardas rencor por lo de esta mañana? Eres un buen muchacho, y sabes hacerte cargo delas circunstancias. En estos casos, no hay amigo para amigo, ni hermano para hermano.Ahora mismo, si metieras tu mano en el plato donde va a comer mi hija, creo que temataría. -¿Y la señorita Josefina -le pregunté- cree todavía que hay fiestas en Gerona, y quemañana irá a Castellà? -¡Ay!, no. La ilusión duró hasta el día siguiente nada más. Su estado moral esespantoso. Ya no puede ocultársele nada, y es inútil representar comedias como la de laotra noche. Lo sabe todo, y no ignora los últimos pormenores, gracias a una indiscreciónde esa endiablada señora Sumta, a quien de buena gana arrastraría por los cabellos.Figúrate, Andrés, que una de estas noches, cuando yo estaba curando enfermos por esascalles, la tal [125] señora Sumta, que a más de ser curiosa como mujer, es entrometida ynovelera como un chico de diez años, deseando dar a su entendimiento el pasto de unabelicosa lectura en armonía con sus aficiones militares, sacó de la alacena de midespacho este diario que estoy escribiendo, y se puso a leerlo aquí mismo delante de mi
  • hija. Esta sintió al instante deseos de leer también, y la muy necia de la señora Sumta selo permitió, añadiendo de su propia cosecha comentarios encomiásticos de los empeñosy heroicidades del sitio. Cuando volví, mi hija había llegado a las últimas páginas, y ensu calenturienta atención y curiosidad se le iba el alma a pedazos. La lectura laembelesaba y la mataba al mismo tiempo, y el terror y la admiración compartíanse eldominio de su alma. ¡Ay, cuánto trabajo me costó arrancarle de las manos el malhadadodiario! La pobrecita no durmió en toda la noche, y puesto su cerebro en erección, allíera de ver cómo imaginaba batallas en la calle, cómo sentía el ruido de las bombas,cómo aseguraba estarse quemando con el resplandor de los incendios, cómo miraba losríos de sangre que enrojecían el Ter y el Oñá, sin que me fuera posible tranquilizarla. Lainfeliz corría de una parte a otra de la habitación como una loca; y llamaba a gritos a D.Mariano Álvarez, ensalzando la bravura y grande ánimo de nuestro gobernador. Otrasveces, dominada por el miedo, me pedía que la escondiese en lo más profundo de lospozos para no oír el zumbido [126] de los cañonazos ni ver el resplandor de las llamas.Tan pronto su delicado organismo nervioso, que es su naturaleza toda, se crispabadándole actividad febril, como cuando dominados por el entusiasmo nos centuplicamos;tan pronto abatiéndose llorosa, su cuerpo caía flojo y blando como una madeja.Precisamente la falta del sentido acústico, que parece debía ser un descanso para suespíritu, es un verdadero tormento, porque oye rumores que sin tener existencia realretumban en su cerebro; y los espectros del sonido aterran su imaginación más que losde la vista. ¡Pobrecita hija mía! Creí verla morir en una de aquellas crisis. Era su vidacomo un hilo muy delgado que por intervalos se pone tirante, tirante, amenazandoromperse. Yo tenía el alma en suspenso, y comprendiendo que contra tal estado de nadavalen la ciencia ni los cuidados, me crucé de brazos y bajé la frente esperando el fallo deDios. De este modo ha pasado algunos días, Andrés, y últimamente todos los síntomasde desorden nervioso han desaparecido, para no quedar más que el del miedo, un miedoen el último grado de lo deprimente, que la tiene aplanada, moribunda. ¿Ves esa cara,ves esa expresión soñolienta y abatida, esa diafanidad propia de los primeros instantesde la muerte? ¿Por ventura eso tiene apariencia de vida? No parece sino que estesimulacro de existencia permanece ante mis ojos por disposición milagrosa del cielopara consolarme durante la ausencia real de mi verdadera hija. [127] Después de un largo y triste silencio, continuó así: -Andrés, mañana saldrá el sol; mañana habrá lo que en nuestro lenguaje llamamosdía; mañana tendremos otro hoy, es decir, nuevos apuros. Veremos qué miga de pan mereserva Dios para el día que ha de venir. Como quiera que sea, mi hija tendrá mañana suplato en esta mesa. Así ha de ser, cueste lo que cueste. Y dicho esto, siguió redactando su diario. Cuando volví al lado de Siseta, la encontré más tranquila, engañada por el aparentealivio del pobre niño. Su principal inquietud consistía entonces en la ausencia deBadoret y Manalet, que a pesar de lo avanzado de la noche, no volvían a casa. Pero deacuerdo les supusimos ocupados en explorar la habitación vecina, y no se habló mássobre el particular. Retireme yo a mi guardia, pesaroso de dejarla sola, y durante toda lanoche estuve mortificado por cavilaciones y presentimientos que no me dejaron dormir.
  • - XV - Al día siguiente no ocurrió novedad particular. Gasparó seguía lo mismo. Badoret ysu hermano aparecieron tras larga ausencia, llenos de rasguños, contusiones,magulladuras y mordidas; pero muy contentos con los cuartos [128] que recientementeles había proporcionado su industria. A pesar de este refuerzo pecuniario, aquel día fueel abastecimiento de la casa más penoso y difícil que otro alguno, y Siseta,desmejorándose por grados, perdía robustez y salud de hora en hora. Como entoncesocurrieron acontecimientos terribles en nuestra casa, no puedo pasarlos en silencio.Después de un breve y violento sueño, despertome al rayar el día el golpear de un pie,que no por ser de amigo carecía de dureza, y cuando abrí los ojos, encaré con el tambordel regimiento, Felipe Muro, que me dijo: -Ha caído una bomba en la casa del canónigo Ferragut, calle de Cort-Real, y el tejadoha ido a buscar refugio dentro de los cimientos. Yo lo he visto, Andrés. Tu amigo elmédico, D. Pablo Nomdedeu, salió a la calle gritando y bufando en cuanto vio arder lasbarbas del vecino. Felizmente la casa no ardió, y hasta hoy no tiene más avería quehaber sido aplastada como un buñuelo. ¿No vas allá? De buena gana habría corrido al lugar de la catástrofe; pero la ordenanza me ataba ala muralla de Alemanes durante algunas horas, y esperé con la más cruel ansiedad.Cuando me encontré libre y pude trasladarme a la calle de Cort-Real, vi con alegría quemi casa estaba intacta, aunque amenazada de algún deterioro por la repentina falta deapoyo de la contigua, cuya fachada yacía casi totalmente en el suelo, viéndose desde lacalle el interior de las habitaciones con parte de los muebles en la [129] misma situaciónen que los dejó el dueño al abandonar su domicilio. Mentalmente di gracias a Dios porhaber librado de la desgracia la casa de los míos, y corrí al lado de Siseta, a quienencontré en el taller y en el mismo sitio donde la había dejado la noche anterior, junto allecho de su hermano. La consternación de la pobre muchacha era tal, que no acerté atranquilizarla con inútiles consuelos. -Siseta -le dije- es preciso resignarse a lo que quiere Dios. ¿Y tu hermano? No me contestó ni había para qué, porque su hermano se moría. Ella mismahallábase en tan lastimosa situación física y moral, que sólo por un enérgico propósitode su fuerte espíritu, se mantenía vigilante y atenta a la agonía del pobre Gasparó. Sin eldolor, Siseta habría caído al suelo, abatida por el insomnio y la inanición; pero elladespreciaba su propia existencia, y para atenderla era preciso que desapareciese la de losdemás. -¿El Sr. Nomdedeu no ha asistido a tu hermano? -le pregunté. -No -repuso-. El Sr. D. Pablo dice que aquí nada falta sino echarle tierra encima. -¿Y es posible que no te haya proporcionado algunas medicinas? Si él quisiera,podría hacerlo.
  • -Dice que no hay medicinas. -Dime: ¿Gasparó ha tomado algún alimento? -Nada. Con los cuartos que trajeron ayer los chicos, se compró un pedacito muychico [130] de cecina; y lo puse en las parrillas, y esta mañana vino D. Pablo, se mearrodilló delante llorando a moco y baba, y como a pesar de esto me resistiera a dárselo,amenazome con matarme y se lo llevó. -¿Tú tampoco has tomado nada?... ¡Oh! Es preciso que yo le siente la mano a eseladronzuelo de D. Pablo. ¿Tenemos nosotros obligación de mantenerle a su hija? ¿Y tushermanos? -No sé dónde están -repuso Siseta con profundo terror-. Desde anoche no han vueltoa casa. -Pero, Siseta -exclamé con angustia- no irían a la casa del canónigo. ¿Sabes que seha venido al suelo? -No sé si irían allá... Esta mañana sentí un gran ruido. Creí que era esta casa la que sevenía al suelo; y abrazando a mi hermano cerré los ojos y me encomendé a Dios. Peroluego que cesó el ruido, miré al techo y lo vi en el mismo sitio. La gente gritaba en lacalle, y era difícil respirar a causa del polvo. No, Dios mío, no es posible que mishermanos estuvieran hasta hoy dentro de esa casa. Yo creo que habrán ido al mercado avender lo que hayan cogido. Cada palabra pronunciada era un esfuerzo angustioso de la decaída naturaleza deSiseta. Cubría su frente helado sudor, y sentada en el suelo apoyaba sus brazos en laestera para sostenerse. Pálida como la misma muerte, y con los ojos apagados yhundidos, daba pena [131] de ver cómo se agostaba aquella planta, sin poder echarle unpoco de agua. De repente bajó metiendo mucho ruido el Sr. Nomdedeu, que al verme, me dijo: -¡Oh, Andresillo! ¡Cuánto me alegro de que estés aquí! Supongo que traerás algo. Túeres generoso y no te olvidas de los buenos amigos. -Nada traigo, señor doctor; y si trajera, no sería para usted. Cada cual se lascomponga como pueda. -¡Qué bromas gastas! Supongo que traerás siquiera un poco de trigo. Y tú, Siseta,¿tienes algo para mí? ¿Tus hermanos no han traído nada? ¡Oh, amigos de mi alma! ¿Nohay nada para este pobre infeliz que ve morir a su hija? Andrés, Siseta -añadió juntandolas manos y poniéndose de rodillas delante de nosotros- haced la caridad, por amor deDios, que todo lo que tuviereis de menos en la tierra lo tendréis de más en el cielo. Yasabéis que aquí dan uno por ciento y allá dan ciento por uno. Andrés, Siseta,queridísimos amigos míos, vosotros que nadáis en la abundancia, socorred a estemendigo. Nada me queda ya: he vendido todos mis libros, y con las plantas de mimagnífico herbario, que he reunido durante veinte años, he hecho un cocimiento paradárselo a ella. Sólo me restan las plantas malignas o venenosas, y la incomparable
  • colección de polipodiums, que os puedo vender... ¿De veras que no tenéis nada? Nopuede ser. Ustedes esconden lo que tienen; ustedes me [132] engañan, y esto no lopuedo consentir; no, no lo consentiré. De esta manera, Nomdedeu pasaba de la aflicción más amarga a una cólera hostil yatrabiliaria, que a Siseta y a mí nos infundió bastante recelo. -Sr. Nomdedeu -dije resuelto a alejar de nosotros huésped tan importuno- notenemos nada. Ya ve usted. El pobre Gasparó se muere, y no podemos darle un buchede agua con vino. Déjenos usted en paz o tendremos un disgusto. -Eso se verá. Yo no me voy de aquí sin algo. Ustedes esconden lo que vancomprando con los cuartos que traen los chicos. Mi hija no puede seguir así muchashoras, Andrés. Que se rinda Gerona, sí, señor, que se rinda, y que se vaya al infiernocon cien mil pares de demonios el Sr. D. Mariano Álvarez, que ha dicho esta mañana:«Cuando la ciudad principie a desfallecer, se hará lo que convenga». No sé a qué espera.Aún no cree que la ciudad está bastante desfallecida. ¡Oh! Lo que debiera hacer elgobernador es castigar a los pillos que acaparan las vituallas, privando a sus semejantesde lo más preciso, y ustedes son estos, sí, señor. Ustedes tienen esas arcas llenas decomestibles, y lo menos hay ahí diez onzas de cecina y un par de docenas de garbanzos.Esto es un robo, un robo manifiesto. Siseta, Andrés, amigos míos: ya he vendido todaslas estampas y cuadros de mi casa. ¿Queréis el perrito que bordó en cañamazo midifunta esposa [133] cuando estaba en la escuela? ¿Lo queréis? Pues os lo daré, aunquees una prenda que he estimado como un tesoro, y de la cual hice propósito de nodeshacerme nunca. Os doy el perrito si me dais lo que está guardado en el arca. Abrimos el arca, mostrándole su horrenda vaciedad; pero ni aun así se dio porvencido. Estaba frenético, con apariencias de trastorno semejante a la embriaguez o aldelirio de los calenturientos, y al hablar su lengua sin fuerza chasqueaba las palabras,entonándolas a medias, como un badajo roto que no acierta a herir de lleno la campana.Temblaba todo él, y el llanto y la risa, la pena, la ira, la resignación o la amenaza seexpresaban sucesivamente en las rápidas modificaciones de su fisonomía agitada ymovible como la de un cómico. Cuando me levanté para obligarle a salir, amenazome con los puños, y en un tonoque no es definible, pues lo mismo podía ser dolorido llanto que honda rabia, nos dijo: -Miserables, ladrones de lo ajeno. Haré lo que dice el gobernador. Sí, Andrés, Siseta.Mi hija no se morirá; mi pobre hija no se morirá, porque cuando no haya otra cosa noscomeremos a ustedes y después se resolverá lo que más convenga. Cuando se retiró, Siseta me dijo: -Andrés, yo no sé si viviré mucho más que Gasparó. Haz el favor de buscar a mishermanos. Si Dios ha determinado que en este [134] día se acabe todo, se acabará.Somos buenos cristianos y moriremos en Dios.
  • - XVI - Dejando para más tarde la exploración al mercado, marché a la abandonada viviendade D. Juan Ferragut, canónigo de la catedral, que desde los primeros días del sitio huyóde Gerona buscando lugar más seguro. Aunque este veterano de las milicias docentes deCristo no figura en mi relación, debo indicar que era el primer anticuario de toda la altaCataluña; hombre eruditísimo e incansable en esto de reunir monedas, escarbar ruinas,descifrar epígrafes y husmear todos los rastros de pisadas romanas en nuestro suelo. Sucolección numismática era célebre en todo el país, y además poseía inapreciable tesoroen vasos, lámparas, arneses y libros raros; pero el grande amor que tenía a estos objetosno fue parte a detenerle en su huida, abandonando la historia romana y carlovingia porponer en seguro la más que ninguna inestimable antigualla de la propia vida. Luego unabomba arregló el museo a su manera. Entrábase en la desierta casa por una pequeña puerta que comunicaba ambos patios,y que los vecinos solían tener abierta para venir a tomar agua en el del nuestro. Cuandopenetré en el patio, hallé que una gran parte [135] de este se había trocado en recintocubierto, formado por la acumulación de vigas y tabiques atascados en un ángulo antesde llegar al piso. Aquel improvisado techo no necesitaba sino ligero impulso, una vozfuerte, una trepidación insensible para caer al suelo. Adelantando cuidadosamentellegué a la caja de la escalera, abierta a la luz y al aire por el hundimiento de las salas dela fachada y de una parte del techo por donde penetró la bomba. Cubrían el suelomuebles confundidos con trozos de pared, vidrios y mil desiguales fragmentos depreciosidades artísticas, materia caótica de la historia, que ningún sabio podía ya reunirni ordenar. La escalera había perdido uno de sus tramos, y para subir era preciso trepar,saltando abruptas alturas. Desde abajo veíase el interior de una alcoba que debía ser ladel señor canónigo, la cual pieza con un testero de menos, y conservando parte de susmuebles, se asemejaba a los aposentos de juguete para los niños, cuando se les quita latapa o pared lateral, cuya ausencia permite ver el lindo interior. Si algunos cuadros,cofres y roperos manteníanse arriba en los mismos puestos que desde luengos añosocupaban, en cambio la cama del canónigo yacía en lo hondo de la escalera en unapostura que podemos llamar boca abajo. Los gruesos pilares de aquel mueble, que noera otra cosa que un mediano monte de roble, aparecían por diversos puntos tronchados,esparciendo sus agudas astillas, y las colgaduras en desorden dejaban [136] ver entre suspliegues los brazos de marfil de un Santo Cristo, y las secas ramas de unas disciplinas.De entre los despojos de la piedra, y en la oscuridad de los rincones y honduras queformaban, vi surgir el brillo de dos discos luminosos, como dos puntos, como dos ojosque me miraban. A pesar de que sentí súbito temor, bajeme a recoger aquellas luces.Eran los espejuelos del buen Ferragut. En la imposibilidad de subir, di voces al pie de la escalera, por ver si desde aquellassolitarias cavidades me respondía alguno de los muchachos a quienes buscaba. Gritécon toda la fuerza de mis pulmones: ¡Badoret, Manalet!, pero nadie me respondía.Recorrí todo lo bajo, explorando lo más escondido y lo más peligroso de los escombros,y sólo encontré la barretina de uno de los chicos; pero esto no era suficiente razón parasuponer que ellos existiesen bajo las ruinas. Por último, regresando al hueco oí unagudo silbido, que resonaba en lo más alto del tejado. Aguardé un rato, y en breveoyéronse de nuevo los mismos agudos sones, y apareció una figura, que desde arribacon evidente peligro se inclinaba para mirar hacia el fondo. Era Badoret.
  • El muchacho, poniéndose ambas manos en la boca, gritó: ¡Manalet, alerta! Y luego forzando la voz, añadió: -¡Allá van! ¡Allá va Napoleón, con toda la guardiaimperial, y la tropa menuda! Dicho esto desapareció, y yo me quedé absorto esperando ver a Napoleón con toda la[137] guardia imperial. En efecto; por la rota escalera descendía a escape tendido unnumeroso ejército cuyos precipitados pasos metían bastante ruido. Saltaban de peldañoen peldaño por entre los pedazos de vigas, y con ligereza suma franqueaban los clarosde la escalera, gruñendo, chillando, escarbando, describiendo piruetas, curvas, círculos,y empujándose, confundiéndose y precipitándose unos sobre otros. Delante iba el mayor de todos que era grandísimo, como ser de privilegiadamagnitud y belleza entre los de su clase, y seguíanle otros de menos talla y muchospequeños, entre los cuales había jovenzuelos, juguetones y muchos graciosos niños. Noeran docenas, sino cientos, miles, ¡qué sé yo!, un verdadero ejército, una nación entera,masa imponente que en otras circunstancias me habría hecho retroceder con espanto.Las oscilaciones de sus largos rabos negros eran tales, que parecían culebras corriendoen medio de ellos, y sus brillantes ojos de azabache expresaban el azoramiento y laansiedad de retirada tan vergonzosa. Venían hostigados, y la inmunda caterva pasójunto a mí y en derredor mío con rapidez inapreciable escurriéndose por entre losescombros hacia el patio. Seguíalos yo con la vista,