SAN IGNACIO DE LOYOLA<br /> Hijo menor de Don Beltrán Yánez de Óñez y Loyola y de Marina Sáenz de Licona y Balda (el nombr...
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San ignacio de loyola

  1. 1. SAN IGNACIO DE LOYOLA<br /> Hijo menor de Don Beltrán Yánez de Óñez y Loyola y de Marina Sáenz de Licona y Balda (el nombre López de Recalde, si bien es aceptado por el sacerdote bolandista Pien, fue un craso error de un copista), n.. En el año 1491 en el castillo de Loyola en Azpeitia, Guipúzcoa; m. en Roma, el 31 de julio de 1556. El escudo de armas de su familia tiene una banda vertical en el centro, o siete figuras curvadas, de los Óñez; y en color blanco, una olla y una cadena de color negro entre dos lobos grises rampantes, de los Loyola. El santo fue bautizado con el nombre de Iñigo, tomado de San Enecón (Innicus), Abad de Oña: el nombre Ignacio lo asumió posteriormente, mientras residía en Roma. Sobre la genealogía del santo, véase Pérez (op. cit. posteriormente, 131); Michel (op.cit. posteriormente, II, 383); Polanco (Chronicon, I, 51646). Para la fecha de su nacimiento cf. Astráin, I,3 S. <br />      I. CONVERSIÓN (1491-1521) <br />387159549466500 A temprana edad recibió la tonsura eclesiástica, sin que se sepa el por qué y cuándo fue relevado de las obligaciones inherentes a la misma. Fue educado en casa de Juan Velásquez de Cuéllar, contador mayor de Fernando e Isabel, y como miembro de su séquito, probablemente, asistió a la corte en algunas ocasiones, pero nunca fue paje de los Reyes Católicos. Éste fue quizás la época de su vida de mayor dispersión y laxitud. Se preocupaba bastante por el arreglo de su cabello y ropa, la cual era bastante ostentosa, lo consumía el deseo de ganar gloria, y, aparentemente, en algunas ocasiones, estuvo involucrado en algunos secretos amoríos, para los cuales éstos jóvenes cortesanos se creían autorizados. Cuán lejos llegó en esta pendiente, no lo sabemos. El balance de las evidencias tiende a mostrar que sus humildes confesiones en las que se declara un gran pecador, no deben ser consideradas exageraciones piadosas. Pero, no tenemos detalles, ni conocemos los hechos de manera clara. Parece que en 1517 experimentó un cambio para bien. Velásquez murió e Ignacio entró al ejército.  En 1521 se dio el gran cambio en su vida. Mientras los franceses sitiaban la ciudadela de Pamplona, una bala de cañón, pasando por entre las piernas de Ignacio, le hirió malamente la izquierda y rompió la derecha debajo de la rodilla (20 de mayo de 1521, lunes de Pentecostés). Caído Ignacio, desalentáronse los defensores de la fortaleza, rindiéndola al poco tiempo al enemigo. Éste trató con toda cortesía al herido, enviándolo en una litera a Loyola, en donde su pierna tuvo que ser nuevamente quebrada y reacomodada, y luego se le serruchó una protuberancia del hueso, quedándole este miembro más corto y contrahecho que el otro, debido a un mal reacomodo del mismo. Estos nuevos sufrimientos los soportó por propia voluntad, sin proferir lamento alguno y con paciencia. Pero el dolor y la debilidad que siguieron fueron tan grandes, que el paciente estuvo en trance de muerte. Sin embargo, en la víspera de San Pedro y San Pablo, las cosas mejoraron, pues la fiebre lo dejó. <br /> Hasta ese momento, Ignacio había mostrado las virtudes propias de un oficial español. Los peligros y sufrimientos hicieron, indudablemente, mucho por purificar su alma, pero todavía no había tomado decisión alguna de reformar su vida y dirigirla a hacia un ideal más elevado. Para poder distraerse durante su convalecencia, pidió le trajeran libros de caballerías, su lectura favorita, pero como no los hubiese en el castillo, le ofrecieron la vida de Cristo, y un tomo de las Vidas de los santos, los cuales leyó con el mismo espíritu cuasi-competitivo con el que leía las hazañas de los caballeros y guerreros. "Me imaginaba que debía competir con tal santo en ayunos, con este otro en la paciencia, con aquel en peregrinaciones". Después de estas lecturas, alejó su mente de las aventuras de caballería, y de llamar la atención de bellas damas, especialmente de una de alto linaje, cuyo nombre no conocemos. Luego, de manera repentina, fue consciente que, mientras esos sueños lo dejaban árido y nada satisfecho, la idea de competir con los santos lo fortalecían y dejaban lleno de alegría y paz. Enseguida, consideró que las primeras ideas provenían del mundo, mientras que estas últimas, de Dios; finalmente, los pensamientos mundanos empezaron a perder fuerza, mientras que los celestiales crecieron de manera más clara y estimada. Una noche, estando aún despierto, mientras ponderaba acerca de estas nuevas luces, "vio claramente", así lo dice su autobiografía, "la imagen de la Virgen Santísima con el Niño Jesús", a quienes vio durante un tiempo largo, sintiendo una tranquilizante dulzura, la cual obró en su ser un cambio radical, vió un gran aborrecimiento por sus pecados, y lo purificó totalmente de todo afecto deshonesto, especialmente, de la carne, pues todo mal pensamiento o imaginación parecía le brotaba del alma, nunca más consintiendo ni el más mínimo pensamiento carnal. Su conversión estaba ahora completa. Todos notaron que sólo hablaba de cosas espirituales, por lo que su hermano mayor le pidió no tomara ninguna resolución precipitada o extrema, la cual pudiera comprometer el honor de la familia. <br />   <br />    II. FORMACIÓN ESPIRITUAL (1522-24) <br />314896554546500 Cuando Ignacio dejó Loyola, no tenía en mente ningún plan definido para el futuro, sólo tenía claro su deseo de querer rivalizar con todos los santos haciendo penitencia. Su primer propósito fue el de hacer una confesión general, en el famoso santuario de Montserrat, donde, después de tres días de examinar su conciencia y tomar conciencia de sus pecados, se confesó, dio a un pobre la preciosa ropa que llevaba puesta, y se vistió una túnica talar o saco tosco, el cual le llegaba hasta los pies. Su espada y daga las colgó en el altar de la Santísima Virgen, velándolas durante toda la noche. La mañana siguiente,fiesta de la Anunciación del año 1522, después de comulgar, abandonó el santuario sin saber ha donde ir. Al cabo de poco, se encontró con una buena mujer, Inés Pascual, quien le mostró una caverna cerca del cercano pueblo de Manresa, en donde podría retirarse para dedicarse a la oración, a la penitencia, y a la contemplación, manteniéndose de limosnas. Pero allí, en lugar de obtener una mayor paz, se vio asaltado por los más crueles escrúpulos. ¿Habré confesado bien ese pecado? ¿Habré omitido alguna circunstancia? Al propio tiempo, sintió una violenta tentación de acabar con su vida por medio del suicidio, como un medio para acabar con su desdicha, por lo cual hizo el propósito de no comer ni beber nada (mientras no se pusiese en peligro su vida) hasta que Dios no le concediese la paz deseada, pero su confesor al final de la semana le ordenó acabara con eso. Al fin, gracias a Dios, triunfó de todos estos obstáculos, y empezaron a llover sobre él con gran abundancia los dones espirituales, y las visiones. En este tiempo empezó a tomar nota de sus experiencias espirituales, echando así los cimientos de lo que luego fue el pequeño libro de "Los Ejercicios Espirituales". Dios también le afligió con una grave enfermedad, en la que sus amigos velaron por él en un hospital público; pues muchos se sentían atraídos por él, y él recompensaba sus amables cuidados enseñándoles a rezar e instruyéndoles en cosas espirituales. Habiendo recuperado la salud, y con la experiencia suficiente para guiarse en su nueva vida, comenzó su tan querida peregrinación a Tierra Santa. Desde el principio veía esta peregrinación como la antesala de una vida de grandes penitencias; ahora también la consideraba una escuela en la que podía aprender con claridad la vida de Cristo y conformarse con perfección a ella. El viaje tuvo tantas dificultades y pesares como Ignacio deseaba. Pues, la pobreza, enfermedades, el clima, las fatigas, el hambre, los peligros de naufragio y captura, prisión, los reveces, y contradicciones eran pan de cada día; y los franciscanos encargados de la custodia de los santos lugares le obligaron, bajo pena de pecado, a abandonarlos. Ignacio les pidió le explicaran, con qué derecho se ponían trabas a un peregrino como él, y los frailes le dieron la explicación, alegando que lo hacían para evitar los muchos problemas que ocurrían para poder rescatar a los prisioneros cristianos, y le mostraron unas Bulas pontificias en las que se les autorizaba para tomar aquella medida. Sometióse Ignacio a ella sin querer ni siquiera ver dichas Bulas, y tomó la vuelta para Barcelona, a pesar que esto significaba cambiar completamente sus planes de vida. Llegó a esta ciudad aproximadamente en marzo de 1524. <br />      III. ESTUDIOS Y COMPAÑEROS (1521-39)  Ignacio dejó Jerusalén con una poco clara perspectiva acerca de su futuro y "preguntándose a sí mismo, mientras iba de camino, quid agendium" (Autobiografía, 50). Finalmente, determinó emprender los estudios, a fin de hacerse más apto para ayudar a otros. A los estudios les dedicó once años, es decir, más de una tercera parte de lo que le quedaba de vida. En Barcelona, estudió con los muchachos de la escuela, y en 1526, había ya hecho los progresos necesarios para empezar a cursar filosofía, para lo cual partió a la Universidad de Alcalá. Pero aquí, tuvo varios problemas, los cuales describiremos posteriormente, y, a finales de 1527, ingresó a la Universidad de Salamanca, en donde sus problemas continuaron, dirigiéndose por ello a París (junio de 1528), en cuya universidad, con gran disposición, repitió el curso de artes, obteniendo el grado de Magister artium el 14 de marzo de 1535. Entretanto, había dado comienzo al estudio de la teología, licenciándose en 1534; el doctorado nunca lo siguió, pues su salud lo obligó a abandonar París en marzo de 1535. Si bien Ignacio, a pesar de sus esfuerzos, no adquirió una gran erudición, adquirió durante esta época, muchas ventajas prácticas. Luego, para poder hablar con conocimiento e información debida al sostener sus ideas ante los eruditos, y poder controlar a otros más sabios que él, fue que se convirtió en un especialista en educación, aprendiendo por experiencia, como la vida de oración y las penitencias podían combinarse con la enseñanza y el estudio, adquisición inestimable para el futuro fundador de la Compañía de Jesús. Los trabajos que Ignacio hizo en beneficio de otros, le trajeron muchos problemas. En Barcelona fue golpeado hasta quedar sin sentido, y su compañero hasta morir, por causa de fuerte cambio de palabras por la negativa a permitirles el ingreso a un convento que él había reformado. En Alcalá, Figueroa, un imprudente inquisidor, lo atormentó constantemente, y, en una ocasión, actuando de forma individual, lo encarceló durante dos meses. Esto lo llevó a marcharse hacia Salamanca, en donde le fue peor todavía, pues fue encerrado en la prisión pública, siendo encadenado al pie de su compañero Calixto, pero, esta indignidad, sólo sacó a Ignacio estas palabras, "no existen suficientes grilletes ni cadenas en Salamanca como las que desearía por amor a Dios". <br /> En París sus dificultades fueron bastante variadas —pobreza, peste, obras de caridad, un castigo universitario, en el que, según un relato, fue sentenciado por el Dc. Govea, el rector del Collège Ste-Barbe, a ser azotado públicamente, pero, al explicar su conducta, el rector le pidió perdón públicamente. En una ocasión fue cuestionado por los inquisidores, y, luego que Ignacio pidió una rápida solución, el Inquisidor Ori le dijo que los procedimientos quedaban suprimidos. Notamos que hubo cierta progresión en la forma en que Ignacio trató las imputaciones en su contra. La primera vez dejó que cesaran sin intervenir para nada. La segunda, le objetó a Figueroa, buscando así terminar con el asunto.ercera, después de que la sentencia fue pronunciada, apeló al Arzobispo de Toledo sobre algunas de sus cláusulas. Finalmente, sin esperar la sentencia, fue al juez pidiéndole un juicio, tomando en el futuro, como práctica habitual para exigir una sentencia, siempre y cuando estuviera en duda su ortodoxia. actas de los procedimientos legales de Ignacio en Azpeitia, 1515; Alcalá, 1526, 1527; Venecia, 1537; Roma, 1538, se encuentran en "Scripta de S. Ignatio", pp. 580-620.) En esta época, Ignacio por tercera vez reunió en torno a sí un grupo de compañeros. Sus primeros seguidores en España habían perseverado durante un tiempo, incluso en medio de la gran prueba del encarcelamiento, pero en lugar de seguir a Ignacio a París, tal como decían lo harían, lo abandonaron. En París, su primer compañero tampoco perseveró por mucho tiempo, pero esta tercera vez, ninguno lo abandonó. Ellos eran (San) Pedro Fabro (q.v.), saboyano; (San) Francisco Javier (q.v.), navarro; Diego Laínez, Alonso Salmerón, y Nicolás Bobadilla, castellanos; Simón Rodrigues, portugués. Luego se les juntaron otros tres, Claudio Le Jay (Jayo), saboyano; Jean (Juan) Codure y Paschase Broët (Pascasio Broet), franceses. Podemos ver como Ignacio fue progresando en la formación de sus compañeros. A todos estos inicio Ignacio en la perfección cristiana, ejercitándoles en la oración, el ayuno, ir descalzos, etc., a las que el santo estaba habituado. Pero, si bien esta disciplina había prosperado en un lugar rural como Manresa, había sido duramente criticado en la Universidad de Alcalá. En París, asumió la ropa y los hábitos de los grandes pueblos; los ayunos, etc., fueron reducidos; intensificándose, en cambio, los estudios, los ejercicios espirituales, y las limosnas fueron consolidadas. <br /> El único vínculo que por aquel entonces unía a los seguidores de Ignacio, aparte de la devoción a él, era el propósito de partir a Tierra Santa y hacer allí una vida tan parecida como fuese posible a la que había hecho Cristo. El 15 de agosto de 1534, en Montmartre (probablemente cerca de la actual Chapelle de Saint-Denys, Rue Antoinette), hicieron todos ellos voto de pobreza y castidad, y un tercer voto de marchar a Tierra Santa al cabo de dos años, una vez terminados los estudios. A los seis meses Ignacio, debido a su quebrantada salud, hubo de regresar a su país natal, y después de restablecido, partió a Bolonia, donde su falta de salud le impidió continuar sus estudios, dedicándose, en cambio, a realizar obras de caridad hasta que sus compañeros pasaron de París a Venecia (6 de enero de 1537), con intento de embarcar para Tierra Santa. Viendo que era imposible a causa de la guerra con los turcos,dieron aguardar un año para cumplir su voto, y si dentro de ese plazo no podían realizarlo, se pondrían a disposición del Papa. A mediados de la Cuaresma de dicho año, Fabro y algunos otros fueron a Roma, y consiguió la licencia para que todos recibieran las sagradas órdenes. Fueron finalmente consagrados como sacerdotes el día de San Juan Bautista. Pero Ignacio se preparó durante dieciocho meses para decir su primera misa. <br />        IV. LA FUNDACIÓN DE LA COMPAÑÍA <br /> Más o menos por el invierno de 1537, al concluir el año de espera, llegó el momento de ofrecer sus servicios al Papa. Mientras Ignacio, acompañado de Fabro y Laínez fueron a Roma, los otros se dirigieron en parejas a los pueblos universitarios cercanos. En La Storta, unos kilómetros antes de llegar a la ciudad, tuvo Ignacio una notable visión. Le pareció ver al Eterno Padre acompañado de Su Hijo, quien le dijo: Ego vobis Romae propitius ero. Muchos pensaron que esta promesa se refería simplemente al éxito posterior de la orden. La interpretación que le dio Ignacio es muy propia: "No sé si seremos crucificados en Roma; pero sí sé que Jesús nos será propicio". Antes de este hecho, o poco después, Ignacio sugirió que el nombre de su hermandad fuese "La Compañía de Jesús". La palabra compañía fue tomada en su sentido militar, y, por esos días, las compañías, generalmente, recibían el nombre de su capitán. En la Bula latina, sin embargo, se les llamó "Societas Jesu". La primera vez que se les llamó jesuitas fue en 1544, como un reproche usado por sus adversarios. En el siglo quince, se acostumbraba hablar con desdén de los grupos que tomaban el Santo Nombre. En 1522 aún era considerado como un desdén, antes de que pasase mucho tiempo, los amigos de la Compañía consideraron que podían utilizar ese nombre sin parecerles desdeñoso, y, aunque nunca fue usado por Ignacio, fue rápidamente adoptado (Polen, "The Month", Junio de 1909). Luego de que Pablo III acogiera a los padres favorablemente, se juntaron todos en Roma con el objeto de trabajar a la vista del Papa. En esta difícil época, una activa campaña de calumnias fue comenzada por Fra Matteo Mainardi (quién en el futuro murió siendo un hereje), y por un tal Miguel, a quien se le había negado la admisión en la orden. No fue hasta el 18 de noviembre de 1538, que Ignacio obtuvo del gobernador de Roma una sentencia honorable, la cual falló en su favor. El pensamiento de los miembros de la Compañía estaba, como es comprensible, ocupado pensando en una fórmula futura sobre el estilo de vida que querían llevar, para someterla al Papa; y, en marzo de 1539, 3761740241490500empezaron a reunirse por las tardes para resolver este asunto. <br /> Hasta ahora, viviendo sin superior, regla o tradición, habían prosperado mucho. ¿Por qué no continuar tal como habían empezado? La respuesta obvia era que sin nada que los ligara, y sin casas que estuviesen dedicadas a la formación de los postulantes, estarían condenados a desaparecer cuando muriesen los actuales miembros, pues el Papa ya deseaba poder enviarlos como misioneros a distintos lugares. Este punto se solucionó pronto, pero, cuando se vio la cuestión acerca de sí debían agregar el voto de obediencia a los votos ya realizados, si formaban una orden religiosa, o permanecían como estaban, es decir, como una congregación de sacerdotes seculares, las opiniones difirieron mucho y seriamente. No sólo les había ido bastante bien sin reglas estrictas, pero (para mencionar sólo un obstáculo, el cual no se superó sin grandes dificultades), existía el peligro, si es que ellos decidían ser una orden, que el Papa los obligase a adoptar una regla existente, lo que significaría el final de todas sus nuevas ideas. El debate sobre este punto continuó durante varias semanas, decidiéndose, con aprobación de todos, en favor de una vida bajo obediencia. Después de este punto, los progresos fueron más rápidos, y, para el 24 de junio, ya se habían tomado dieciséis resoluciones, cubriendo los puntos más importantes sobre el futuro instituto. Ignacio, luego redactó, en cinco secciones, la primera "Fórmula Instituti", la cual sometió al Papa, siendo aprobado de viva voz, el 3 de septiembre de 1539, pero, el cardenal Guidiccioni, encargado de la comisión que debía informar sobre la "Fórmula", pensaba que no debía de aprobarse ninguna orden nueva, por lo que la posibilidad de aprobación parecía estar muy lejos. Ignacio y sus compañeros, sin desalentarse, acordaron ofrecer 4000 Misas para obtener la aprobación, y, después de un tiempo, el Cardenal de manera inesperada, cambió de idea, aceptando la "Fórmula", siendo emitida la Bula aprobatoria "Regimini militantis Ecclesiae" (27 de septiembre de 1540), pero, con una cláusula que decía que sus miembros no debían exceder de sesenta (la cual fue abrogada después de dos años). En abril de 1541 Ignacio fue elegido, a su pesar, primer general, y el 22 de abril, él y sus compañeros hicieron su profesión en San Pablo Extra Muros. La Compañía estaba ahora formalmente constituida. <br />        V. EL LIBRO DE LOS EJERCICIOS ESPIRITUALES <br />2997200169672000 Este trabajo tiene su origen en las experiencias de Ignacio mientras estuvo en Loyola, en 1521, y probablemente, las principales meditaciones fueron delineadas durante su vida en Manresa, en 1522, finalizando este periodo, él empezó a enseñarlo a otros. En el proceso de 1527, en Salamanca, se habla del libro por primera vez, llamándolo el "Libro de Ejercicios". El texto existente más temprano es del año 1541. Por pedido de San Francisco de Borja, el libro fue examinado por los censores pontificios, siendo aprobado solemnemente por Pablo III, en el Breve "Pastoralis Officii" de 1548. "Los Ejercicios Espirituales" son un libro escrito de en estilo conciso y en forma de manual para el sacerdote encargado de explicarlos, por lo demás, es prácticamente imposible describir estos ejercicios sin practicarlos, como lo fuera pretender explicar las ordenes de navegación de Nelson a un hombre que no conoce nada de barcos o del mar. El propósito de esta obra es ayudar a que el retirante conozca lo que Dios quiere de él, y darle la fuerza y valor necesarios para decidirse generosamente a ejecutarlo. El retirante, (bajo circunstancias ideales), es guiado a través de cuatro semanas de meditaciones: la primera semana sobre el pecado y sus consecuencias, la segunda en la vida de Cristo en la tierra, la tercera en su Pasión, la cuarta en Su vida después de la Resurrección; y algunas instrucciones (llamadas "reglas", "sumas", "notas") han sido añadidas para enseñarle cómo orar, cómo evitar los escrúpulos, cómo elegir una vocación sin ser influido por el amor propio, o por el amor al mundo. Si se hacen en su totalidad, deben hacerse, según la idea de Ignacio, sólo en una o dos ocasiones; pero si se hacen parcialmente (entre tres o cuatro días) pueden hacerse anualmente, y hoy en día son llamados normalmente "retiro", por el aislamiento o alejamiento del mundo que el retirante experimenta esos días. Las partes más populares son predicadas en las iglesias y se conocen con el nombre de "misiones". La gran sabiduría espiritual contenida en el "Libro de Ejercicios" es en verdad asombrosa, y se cree que su autor fue inspirado mientras los escribía. (Véase también la siguiente sección). Sommervogel enumera 292 escritores, sólo entre los jesuitas, que han realizado comentarios al libro es su totalidad, sin mencionar a otros que han comentado solo partes (por ejemplo las meditaciones), que son por lejos, incluso más numerosas. Pero, el mejor testimonio de esta obra, la tenemos en la cantidad de personas que han realizado los ejercicios. En Inglaterra (únicas estadísticas que da el escritor) las personas educadas que hacen el retiro anualmente son aproximadamente 22,000, mientras que el número de asistentes a las exposiciones populares de los Ejercicios, es decir, las "misiones", es de aproximadamente 27 mil, esto de una población católica de 2 millones.<br />

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