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los indios cuando ansían tomar un fortín y tienen carneros a mano, consiste en dirigirlos haciael foso. Estos tontos anima...
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nadie. El soldado no tiene, como en los otros ejércitos, su caballo propio que manta y cuida élsolo, del cual responde y a...
La finalidad es que cada soldado tenga su caballo correspondiente, no por gracia temporariasino como derecho adquirido, co...
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Caballos en las guerras de fronteras alfredo ebelot

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Caballos en las guerras de fronteras alfredo ebelot

  1. 1. Alf Los Caballos en la Guerra de Fronteras –Alfredo Ebelot Eran notables los caballos de la sección Costa-Sur: cuidados con mucha solicitud dado lo que se les exigía, eran con todo más vigorosos que los de la frontera vecina, que galopaban mucho menos. Constituía un placer verlos regresar a la noche, o durante el día, a cada una de las alarmas simuladas o reales que tenían al soldado en estado de alerta. Pastoreaban en libertad, según las costumbres argentinas, pero siempre a la vista del fuerte. A pesar de la vigilancia más estricta, los caballos que pastorean están siempre muy expuestos. Los anales de las fronteras están colmados de invenciones originales y audaces de los indígenas para apropiárselos en las mismas narices de las tropas del gobierno. Por ejemplo, acostados a lo largo del flanco de caballos en pelo y sin rienda que obedecen a la voz, algunos indios vienen a apostarse a cierta distancia de los caballos del fuerte. Viendo pastorear a lo lejos caballos aparentemente sin jinete, aquéllos se dirigen inconscientemente hacia ellos, llevados por ese instinto de sociabilidad que posee este animal. Los indios guían entonces a sus montados de manera que toda la manada vaya alejándose insensiblemente de sus guardianes. Esperan con una paciencia infinita el momento propicio y repentinamente, seguros del golpe, se yerguen con grandes alaridos sobre el lomo de sus montados y arrean delante de ellos la caballada espantada, que en un abrir y cerrar de ojos está fuera de vista. Para evitar esta mala jugada y cien otras del mismo género, en la frontera Sur no les bastabacon poner en torno a cada tropilla de caballos cuatro soldados rondando constantemente como perros pastores alrededor de sus ovejas. Se tenía permanentemente ensillados unos quince caballos para ir a buscar a los otros en caso de alerta, además de haber acostumbrado a los soldados a partir a toda rienda y a regresar de igual manera. La partida de estos hombres se parecía más a una carrera que a una maniobra; el regreso de los 400 o 500 caballos al fuerte, habituados a este ejercicio y sabedores de que era el preludio de una buena comida, era de lomás pintoresco. Al primer son de la trompeta miraban hacia el fuerte, y en cuanto veían salir elprimer grupo de soldados tomaban impulso, aumentaban la velocidad y se precipitaban en elcorral como un huracán. Agreguemos que éstos eran a la vez otros tantos "galopes deentrenamiento" que los preparaban para grandes marchas(…).…Hacia las diez, una espesa nube de polvo nos anunció que llegaba. Pronto distinguimos elmugido de las vacas y, cosa más inquietante, el balido de los carneros. Una artimaña propia de
  2. 2. los indios cuando ansían tomar un fortín y tienen carneros a mano, consiste en dirigirlos haciael foso. Estos tontos animales se amontonan hasta la altura del parapeto formando una calzadasobre la cual arriesgados jinetes pueden cargar con la lanza. Hay que reconocer que nohabíamos contado con los carneros. Nunca había ocurrido que los indios llevaran esosanimales de marcha tan lenta y prontos a fatigarse; pero Catriel, al volver al desierto, se habíaocupado de aclimatar majadas cuya importancia le habían revelado los rudimentos decivilización que poseía. Así pues, arreaba delante suyo primero sus propios carneros y despuéstodos los que había encontrado en el camino. Eran unas treinta mil ovejas: veinte veces másque las necesarias para sumergirnos en montañas de lana. Finalmente oímos del lado Lavalleuna viva fusilería; pero en vano interrogamos el horizonte; la fusilería se alejó. No era sino unadiversión de los indígenas para arrastrar las tropas sobre una falsa pista. Nos preparamos puespara las grandes cosas que íbamos a llevar a cabo. Los aborígenes habían hecho alto y parecíanvacilar. Finalmente un jinete se dirigió hacia nosotros, desarmado. A través del largavistacreíamos reconocer a un cristiano por la manera de montar a caballo. Lo dejamos acercarse, leintimamos la orden de echar pie a tierra. Era un cristiano en efecto, muy amigo de lossoldados, un orfebre de Azul o más bien --pues el término orfebre explica muy mal estaprofesión esencialmente argentina--un platero, un "argentier", un fabricante de esos pesadosornamentos de plata con los cuales los gauchos y los indios adornan sus sillas y sus bridas.Tomado prisionero a las puertas de Azul, y felizmente ligado a Catriel por viejas y amistosasrelaciones, había sido simplemente retenido como cautivo;¡pero qué cautiverio! Semidesnudo,molido a palos, hambriento, acababa de pasar tres días sobre un caballo sin silla dirigiendo losrebaños, y tres noches a campo abierto fuertemente atado a una estaca.Catriel nos lo enviaba como parlamentario, y le prometía la libertad a cambio del éxito en sunegociación; el cacique nos hacía ofrecer majestuosamente la paz o la guerra, declarándonosque tenía los medios para pasar sobre nuestros cadáveres, pero que nos daba su "palabra dehonor" de no molestarnos si no lo atacábamos. A pesar de la gravedad de las circunstancias, unestallido de risas homéricas acogió esta tirada: ¡la palabra de honor de Juan José Catriel! Elpobre platero, que no esperaba este resultado, quedó desconcertado. Había interrumpido doso tres veces su arenga para suplicarnos que hiciéramos atar su caballo que había quedadosuelto al pie del fortín, agregando que si el animal se escapaba era hombre perdido…Le dimosa entender que desde ese momento formaba parte de la guarnición del fortín, y que si perecíaen esta circunstancia, perecería en buena compañía. Esto no le convenía: quedarse connosotros significaba que queríamos batalla. El cacique le había hablado perentoriamente de600 indios armados con fusiles que tenía su ejército. Sabíamos muy bien que los indios teníanfusiles, pero no ignorábamos que no sabían usarlos. Esos 600 tiradores trotaban en el cerebrodel parlamentario, que no consideraba posible que 18 hombres pretendían enfrentar a 3.000.Insistió de tal manera para volver con los salvajes, y este deseo parecía tan poco natural --deacuerdo a lo que él mismo contaba de sus sufrimientos en medio de ellos--que empezamos acreer más prudente atarlo, pues podía ser un espía. Se hizo la proposición. Sin embargo, elladino gaucho se las ingenió tan bien que, prestando su concurso los balidos de los carneros, lodejamos regresar para que hiciera saber al cacique que no hartamos salida alguna, pero quedispararíamos sobre todo aquel que pasara a tiro de fusil. Se fue lleno de júbilo,agradeciéndonos efusivamente haberle salvado la libertad y la vida. En el fortín no teníamos lamisma confianza; nos manteníamos sobre el "quien vive"; pero el platero conocía mejor quenosotros a Catriel. Ante todo afirmó al cacique que los ingenieros no estaban en el fortín, quesolamente había soldados. Catriel lanzó un suspiro. El platero creyó de su deber agregar quehabía al menos unos sesenta soldados y que, por el lado donde lo habían hecho entrar, habíavisto tres cañones. Era una osada mentira: 60 hombres y 3 cañones no hubieran cabido en elfortín. Los indios estaban demasiado apurados para detenerse en este detalle.Catriel y Rumay, el jefe de los indios del desierto, dieron órdenes para que sus columnas,describiendo alrededor del fortín un semicírculo de dos kilómetros de radio, no nos dieranocasión de ejercitar nuestra puntería. En cuanto al cautivo, Catriel cumplió su palabra y nos lomandó de vuelta después de haber cambiado el buen caballo en que había llegado
  3. 3. primeramente por el peor rocín que se pueda encontrar. Tratándose de caballos, los indiospiensan en todo (…).…Es oportuno ahora decir dos palabras sobre los cuidados que los argentinos prodigan a suscaballos de tropa, empleando para ello procedimientos cuya bárbara rutina responde mal a losprogresos que su ejército regular ha realizado en otros sentidos. En este país de buenos jinetesy caballos excelentes, se ve con frecuencia los cuerpos de caballería montados sobreesqueletos, imposibilitados así de hacer una larga marcha o una hermosa carga. La infantería,que lleva guerra a los indios montada a caballo, está más bien paralizada que favorecida en susmovimientos por sus éticas caballerasLos caballos no faltan; en general, los cuerpos están provistos de dos y hasta de tres porsoldado. Menos aún es la calidad lo que le falta: el caballo argentino está dotado de unaresistencia sorprendente; pero los pocos cuidados, un régimen debilitante, la brutalidad de lossoldados, dejan muy pronto a los caballos en un estado lamentable. Se les extenúa el capricho.En principio, no se los alimenta: ignoran lo que son los forrajes secos, el maíz, la cebada; y loignoran de tal modo que al presentárselos los rechazan, siendo necesario una educaciónespecial para acostumbrarlos. Se los trata como rumiantes en libertad en la llanura. Pero comono son rumiantes, y aún están en libertad, nueve días de cada diez no sacian su hambre. Suestómago, que no asimila bien como el de la vaca los jugos nutritivos de los pastos frescos,exige más tiempo para proveerse convenientemente. Necesitarían ocho o diez horas diarias detranquilidad en praderas fértiles para no perder poco a poco las fuerzas. Y esas horas no lastienen casi nunca. Encerrados durante la noche, luego a la intemperie, en corrales estrechos ymal tenidos, devorados por los tábanos en verano, disgustados por un pasto raquítico eninvierno, al más leve signo de alerta amontonados junto al campamento en espacios pelados,¿cómo no habrán de enflaquecer? Lo más incómodo para ellos es el pertenecer a todos y a
  4. 4. nadie. El soldado no tiene, como en los otros ejércitos, su caballo propio que manta y cuida élsolo, del cual responde y al cual se aficiona. Cuando se da una orden de marcha, los caballosson introducidos en tropel en el corral. Cada hombre llega, bozal en mano, y atrapa el quepuede. ¿Para qué atenderlo si no volverá a montarlo? Si un pobre animal, en el colmo delcansancio, se niega terminantemente a avanzar, su jinete se repliega sobre la reserva y cambiade montado, dando como adiós al que abandona un fuerte talerazo. Si su recado, demasiadoduro o acomodado con demasiada precipitación ha lastimado el lomo del animal, no sepreocupa para nada; los oficiales, que no siempre pueden asistir a estos frecuentes cambios deanimales, se habitúan a no prestar atención a un accidente tan común. Se comprende así quela caballada mejor elegida ofrezca en poco tiempo el aspecto de un lamentable conjunto decostillas a la vista, coyunturas inflamadas, lomos desollados. El mal estado de los caballos esmás o menos llamativo según sus fronteras. En la Costa-Sur se excedían en esfuerzos, amenudo felices, para mantener el vigor sin extenuarlos.En la división Norte una agradable sorpresa esperaba al visitante, que no veía un solo caballolastimado por la silla. El oficial que había obtenido semejante resultado con la antiguaorganización de la caballería argentina, merece que citemos su nombre: coronel don ConradoVillegas. Hay que haber hecho la campaña del desierto con un ejército argentino paracomprender lo que este simple detalle revela como vigilancia y voluntad."¡Bah, tenemos tantoscaballos!", tienen la audacia de decir algunos oficiales. ¡Pobre riqueza, en verdad! O más biendespilfarro insensato y cruel cuyo primer resultado hasta el presente ha sido el poner lastropillas de las más ricas provincias a merced de algunos salvajes (…)…Cuando seguido por el primer contingente de trabajadores tomé contacto con la fronteradespués de cuatro meses de ausencia, me asombraron los felices cambios ocurridos en elaspecto de la caballada. Abundaban los caballos vigorosos y bien tenidos; pronto tuve laexplicación de este fenómeno: eran caballos tomados al enemigo. Desde cierto tiempo atrás,los aborígenes habían invadido mucho, y siempre de manera desafortunada. Castigadosregularmente al regreso, les había sido imposible hacer franquear la primera línea a una partede sus propios animales. Habían perdido tantos que a simple vista podía asistirse a pequeñosdramas conmovedores por ello ocasionados. Algunos fugitivos se disputaban a cuchilladas uncaballo descansado para huir. No eran éstos los tiempos en que sus numerosas tropillas lespermitían saltar de un animal a otro sin cansar jamás a ninguno.Esta circunstancia, que se había reproducido en todas las fronteras, pero con la cual, para unaremonta regular sería presuntuoso contar, había permitido mejorar la organización de lacaballería. Ante todo se habían puesto aparte "caballos de reserva" que sólo debían actuar enlas ocasiones importantes. Mejor aún, habíamos enviado a cada soldado un caballo del cualestaba dispensado de servirse para las tareas ordinarias y que podía cuidar a su gusto. Losllamaban "caballos de oreja" (orejanos) porque tenían las dos intactas. Niños mimados de loscampamentos y de los fortines, resaltaban por su buen aspecto sobre los infortunados"caballos de marcha, martirizados como de costumbre, Pero éste era un progreso sólo parcial yprecario; la distribución se había hecho a la manera argentina, es decir mal; la arbitrariedad semezclaba allí a la liberalidad. Esta última era revocable, los soldados lo sabían; y como estascaballadas tenían una marca indígena --lo que significaba lo mismo que no tener ninguna,puesto que ningún propietario del interior podía reclamarlos-- tenían un valor comercial. Susdueños de ocasión en lugar de tenerlos preferían, como ellos decían, perderlos; y perderlos eravenderlos; los ofrecían a vil precio a cualquier comprador que estuviera en condiciones dellevárselos lejos. Los cantineros instalados en los campamentos no dejaban de aprovechar laganga. La vigilancia dedicada a evitar este abuso, además de excesiva, era inútil y chicanera;hubiera sido más simple cortar la raíz mediante una buena reglamentación y una marcaespecial.
  5. 5. La finalidad es que cada soldado tenga su caballo correspondiente, no por gracia temporariasino como derecho adquirido, con los correspondientes deberes y haciendo que poco a pocosurjan entre el hombre y el animal lazos de entendimiento recíproco. Es imposible recorrerlargo tiempo los caminos sobre un animal sin sentir por él un vivo afecto, aunque tenga todoslos defectos del mundo. Esto es cierto hasta para los argentinos, que son los más grandesverdugos conocidos de caballos, precisamente porque los cambian insaciablemente. El caballo,por su parte, conoce mejor aún a quien lo monta que a quien lo cuida. El hombre que lo cepillay lo enjaeza es su servidor, aquel que le hace sentir el freno y la espuela es su amo; él captaperfectamente este matiz. Cuando se trata de un soldado que llena ambos oficios a la vez, seestablecen afinidades aún más estrechas. Todo jinete sabe que uno hace sobre su caballopreferido lo que no haría sobre un animal desconocido, y que obtiene del mismo lo que otro nopodría pedirle. Es evidente asimismo que para hacer una campaña, por más dura que sea, esmejor tener a disposición un buen caballo probado que muchos de recambio. Si en el ejércitoargentino se han prodigado los rocines no es para obtener una caballería ligera; es para evitarlos gastos de organización y de minuciosos cuidados necesarios para mantener una buenacaballada.Ha llegado el momento de renunciar a esos hábitos; ante todo, el precio de los caballosaumenta continuamente, y seguirá aumentando si la exportación de estos animales -yaensayada con éxito-aumenta, y si las formas poco elegantes pero fáciles de mejorar de las razasdel Plata no hacen menospreciar en Europa sus sólidas cualidades. Dentro de poco tiempo yano se podrá arruinar sin excusas tal cantidad de pobres animales y reemplazarlos a cortosintervalos a razón de dos o tres por hombre. Y luego, la guerra India, por no mencionar otroshechos, incluso esta guerra contra salvajes, continuará haciéndose imperfectamente con tropasmal montadas; esta guerra ha llegado a un punto tal que es indispensable hacerla bien. Asípues, no hay réplica posible: hay que poner el ejército argentino a la par de todos los ejércitosregulares del mundo, por más extraño y paradójico que esto parezca a los hombresexperimentados cuyas charreteras y hábitos ecuestres datan del buen tiempo de las patriadas.Estos se niegan a creer en la penuria de caballos para procurárselos cuentan con
  6. 6. procedimientos no previstos en el presupuesto. Debe darse a los animales una raciónconstante y prodigárseles cuidados incesantes, no dejarlos en libertad más que el tiemponecesario para retozar; que talen el campo para refrescarse y por distracción; pero que seacabe de contar con el pasto fresco como media de hacerlos vigorosos. No es obligatorioconstruirles establos, pues felizmente tenemos que tratar con animales para los cuales éste esun refinamiento desconocido. Respetemos en eso, y solamente en eso, las rutinarias alarmasde algunos oficiales que piensan -no son, naturalmente los de la nueva generación- que larasqueta y el maíz afeminarían a sus montados y les darían exigencias inadecuadas en uncaballo de guerra.

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