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La Semilla del Diablo. Ira Levin. Resumen del libro
 

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Desde Casa del Libro te ofrecemos el primer capítulo del libro 'La Semilla del Diablo', de Ira Levin, incluido en nuestro catálogo online: http://www.casadellibro.com/libro-la-semilla-del-diablo-/1816035/2900001414429

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    La Semilla del Diablo. Ira Levin. Resumen del libro La Semilla del Diablo. Ira Levin. Resumen del libro Document Transcript

    • LA SEMILLADEL DIABLO —3—
    • —4—
    • LA SEMILLA DEL DIABLO Ira Levin —5—Barcelona • Bogotá • Buenos Aires • Caracas • Madrid • México D.F. • Montevideo • Quito • Santiago de Chile
    • Título original: Rosemary’s BabyTraducción: E. de Obregón1.ª edición: enero 2011Ante la imposibilidad de contactar con el autor de la traducción, la editorial pone a sudisposición todos los derechos que le son legítimos e inalienables.© 1967 by Ira Levin© Ediciones B, S. A., 2011 Consell de Cent 425-427 - 08009 Barcelona (España) www.edicionesb.comPrinted in SpainISBN: 978-84-666-4628-4Depósito legal: B. 41.039-2010Impreso por S.I.A.G.S.A.Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidasen el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida,sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproduccióntotal o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento,comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así comola distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos. —6—
    • A Gabrielle—7—
    • —8—
    • 1 Rosemary y Guy Woodhouse habían firmado el con-trato de un apartamento de cinco habitaciones, situado enuna casa de líneas geométricas de la Primera Avenida,cuando recibieron recado de una tal señora Cortez de queen la casa Bramford había quedado libre un piso de cuatrohabitaciones. Vieja, negra y elefantina, la casa Bramfordparece una conejera, con pisos de techos muy altos, apre-ciada por sus chimeneas y sus detalles ornamentales vic-torianos. Rosemary y Guy habían figurado en la lista desolicitantes desde que se casaron, pero al final perdierontoda esperanza. Guy comunicó la noticia a Rosemary, y se llevó el au-ricular a su pecho. Rosemary gimió: «¡Oh, no!», y pare-ció como si fuera a echarse a llorar. —Es demasiado tarde —dijo Guy al teléfono—. Ayerfirmamos un contrato. Rosemary lo sujetó por el brazo. —¿No podríamos anularlo? —preguntó a su mari-do—. Decirles algo... —9—
    • —Por favor, espere un momento, señora Cortez.—Guy apartó el teléfono de nuevo—. ¿Decirles qué? —lepreguntó. Rosemary vaciló y alzó sus manos con gesto de impo-tencia. —Pues no sé... La verdad. Que tenemos una oportu-nidad de mudarnos a la casa Bramford. —Cariño —dijo Guy—, ¿crees que eso les importaráalgo? —Pues piensa en algo, Guy. Vayamos por lo menos aechar un vistazo. ¿De acuerdo? Dile que iremos a verlo.Por favor, antes de que cuelgue. —Hemos firmado un contrato, Ro; nos hemos com-prometido. —¡Por favor! ¡Que va a colgar! Gimoteando a la vez por la ironía y la angustia, Rose-mary arrebató el auricular del pecho de Guy y trató deacercarlo a su boca. Guy se echó a reír y recuperó el teléfono. —¿Señora Cortez? Tal vez podríamos rescindir esecontrato, porque aún no lo hemos firmado. Se les habíanacabado los formularios, así que sólo firmamos una cartade aceptación. ¿Podemos echar un vistazo al piso? La señora Cortez les dio instrucciones: tenían que ir ala casa Bramford entre once y once y media, preguntarpor el señor Micklas o Jerome y decirle a cualquiera delos dos que encontraran que ellos eran los que había en-viado la señora Cortez para que vieran el 7-E. Luego ten-drían que telefonearle. Y dio a Guy su número de telé-fono. —¿Ves como has podido arreglarlo? —dijo Rosema- — 10 —
    • ry, dando de puntillas saltitos de alegría—. Eres un mag-nífico embustero. Guy, ante el espejo, dijo: —¡Vaya! Me ha salido un grano. —No te lo revientes. —Son sólo cuatro habitaciones, ya sabes. Y no haycuarto para los niños. —Prefiero tener cuatro habitaciones en la casa Bram-ford —dijo Rosemary— que todo un piso en aquella... enaquella colmena blanca. —Ayer te gustaba. —Me gustaba, pero nunca la quise. Apostaría que nola quiere ni el arquitecto que la construyó. Pondremos uncomedorcito en el salón y tendremos un precioso cuartopara los niños. Si los tenemos... —Pronto —repuso Guy, mientras se pasaba la máqui-na de afeitar eléctrica sobre el labio superior, mirándose alos ojos, que eran grandes y oscuros. Rosemary se puso un vestido amarillo y logró subirsela cremallera de la espalda. Estaban en una habitación que había sido el cuarto desoltero de Guy. En la pared había pegados carteles de Pa-rís y Verona, y había un gran camastro y una cocinita por-tátil. Era el jueves 3 de agosto. El señor Micklas era pequeño y vivaracho, pero lefaltaban dedos en ambas manos, por lo que resultaba de-sagradable estrechárselas, aunque él parecía no darsecuenta. — 11 —
    • —¡Oh! Un actor —dijo llamando al ascensor con sudedo medio—. Esta casa es muy popular entre los actores.—Y citó a cuatro que vivían en la Bramford, todos ellosmuy conocidos—. ¿Le he visto a usted actuar en algunaparte? —Veamos —contestó Guy—. Hace poco hice Ham-let, ¿verdad, Liz? Y luego representamos... —Está bromeando —terció Rosemary—. Actuó enLutero, en Nadie quiere un albatros y en un montón decomedias y series televisivas. —Ahí es donde se gana dinero, ¿verdad? —comentóel señor Micklas—. En las series. —Sí —convino Rosemary. Y Guy añadió: —Y se sienten también satisfacciones artísticas. Rosemary le dirigió una mirada de súplica; y él se ladevolvió, poniendo cara de inocente y dedicando lue-go una burlona mirada de reojo a la coronilla del señorMicklas. El ascensor, chapado con madera de roble, con un bri-llante agarradero de metal a su alrededor, era manejadopor un muchacho negro uniformado de sonrisa estereoti-pada. —Al séptimo —le dijo el señor Micklas. Y luego, dirigiéndose a Rosemary y Guy, explicó: —Este apartamento tiene cuatro habitaciones, dos ba-ños y cinco armarios empotrados. Al principio la casaconsistía en pisos muy grandes (el más pequeño teníanueve habitaciones), pero ahora casi todos han sido frac-cionados en apartamentos de cuatro, cinco y seis habita-ciones. El 7-E es uno de cuatro que originalmente era la — 12 —
    • parte trasera de uno de diez. Tiene la cocina del antiguo yel baño principal, que es enorme, como ustedes verán.También tiene el dormitorio principal del piso originario,que ahora es la sala, otro dormitorio que sigue siendodormitorio y dos habitaciones para el servicio que hansido unidas para hacer un comedor o un segundo dormi-torio. ¿Tienen ustedes niños? —Pensamos tenerlos —contestó Rosemary. —Hay una habitación ideal para los niños, con ungran cuarto de baño y un amplio armario empotrado. Elplano fue hecho pensando en una pareja joven como us-tedes. El ascensor se detuvo y el muchacho negro, sonrien-do, lo maniobró haciéndolo subir, bajar y subir de nuevohasta ponerlo al nivel del piso; y, sin dejar de sonreír,abrió la puerta interior de metal y luego la portezuela ex-terior. El señor Micklas se apartó a un lado y Rosemary yGuy salieron de la cabina, para encontrarse en un pasillomal iluminado, empapelado y alfombrado de verde oscu-ro. Un obrero que se hallaba ante una puerta verde escul-pida, con la indicación 7-B, se les quedó mirando y luegovolvió a su tarea de encajar una mirilla en el agujero quehabía hecho. El señor Micklas les indicó el camino hacia la derecha,y luego hacia la izquierda, a través de cortos ramales delpasillo verdioscuro. Rosemary y Guy, al seguirlo, vierondesconchados en la pared empapelada, y una grieta dondeel papel se había levantado y se estaba enrollando haciaarriba; una lámpara de pared de cristal tenía una bombillaapagada, y sobre la alfombra verdioscura, había un re-miendo largo como una cinta, que se veía verdiclaro. Guy — 13 —
    • se quedó mirando a Rosemary: «¿Una alfombra remen-dada?» Ella desvió el rostro y sonrió satisfecha: «Me en-canta; ¡aquí todo es encantador!» —La inquilina anterior, la señora Gardenia —siguiódiciendo el señor Micklas, sin mirarlos siquiera—, murióhace pocos días y aún no se ha tocado nada en el aparta-mento. Su hijo me pidió que dijera a los que vayan a mu-darse al apartamento que las alfombras, los acondiciona-dores de aire y parte del mobiliario se los puede quedarquien lo desee. Dobló por otro ramal del pasillo, cuyo empapeladoverde con bandas doradas parecía nuevo. —¿Murió en este apartamento? —preguntó Rosema-ry—. No es que a mí... —¡Oh, no! En el hospital —contestó el señor Mick-las—. Estuvo en coma durante varias semanas. Era muyanciana y falleció sin recobrar el conocimiento. Ojalá a míme pase lo mismo cuando me llegue la hora. Fue muy ale-gre hasta el final; guisaba sus comidas, compraba en losgrandes almacenes... Fue una de las primeras mujeres de-dicadas a la abogacía en el estado de Nueva York. Habían llegado ahora a un hueco de escalera en dondeterminaba el pasillo. Al lado del mismo, a la izquierda, es-taba la puerta del apartamento 7-E, una puerta sin guir-naldas esculpidas, más estrecha que las puertas que ha-bían pasado. El señor Micklas apretó el perlado botón deltimbre (sobre la puerta había unas letras blancas so-bre plástico negro que decían «L. Gardenia») y metió unallave en la cerradura. A pesar de los dedos que le faltaban,se las arregló para girar el pomo y abrió la puerta suave-mente. — 14 —
    • —Pasen ustedes primero —dijo poniéndose de pun-tillas y manteniendo la puerta abierta con su brazo alar-gado. Las cuatro habitaciones del apartamento estaban si-tuadas de dos en dos a ambos lados de un estrecho pasillocentral que iba en línea recta desde la puerta. La primerahabitación a la derecha era la cocina, y al verla Rosemaryno pudo contener una risita, porque era tan grande (si nomayor) como todo el apartamento en el cual estaban ellosviviendo ahora. Tenía una cocina de gas con seis quema-dores y dos hornos, una enorme nevera y un monumentalfregadero; tenía docenas de alacenas, una ventana quedaba a la Séptima Avenida, un techo alto, muy alto, e in-cluso tenía (imaginándolo sin la mesa cromada, las sillas ylos paquetes de números antiguos de Fortune y MusicalAmérica, atados con cuerdas, de la señora Gardenia) ellugar ideal para algo como el rinconcito para el desayuno,azul y marfil, que ella había recortado el mes pasado deHouse Beautiful. Frente a la cocina estaba el comedor o segundo dormi-torio, el cual, al parecer, había sido utilizado por la se-ñora Gardenia para una combinación de estudio e inver-náculo. Centenares de plantas pequeñas, moribundas omuertas, se hallaban en anaqueles mal construidos y bajoespirales de tubos fluorescentes apagados; en medio sehallaba un escritorio de cantos redondos sobre el que ha-bía una pila de libros y papeles. Era un mueble precioso,grande y reluciente por la edad. Rosemary dejó a Guy y alseñor Micklas hablando en la puerta y entró, evitando un — 15 —
    • anaquel de plantas marchitas. Escritorios como ése po-dían verse en los escaparates de las tiendas de antigüeda-des; Rosemary se preguntó, tocándolo, si sería una de lascosas que serían para el primero que las pidiera. Una gra-ciosa caligrafía azul sobre papel malva decía: «Meramen-te el pasatiempo intrigante que yo creí sería. Yo no puedoasociarme más tiempo», y se dio cuenta de que sin quererestaba curioseando. Alzó la mirada cuando el señor Mick-las entraba con Guy y le preguntó: —¿Sabe usted si este escritorio es una de las cosas quequiere vender el hijo de la señora Gardenia? —No lo sé —contestó el señor Micklas—. Claro quelo puedo averiguar. —Es precioso —dijo Guy. —¿Verdad que sí? —agregó Rosemary, quien, son-riendo, miró a su alrededor paredes y puertas. En esa habitación cabría casi perfectamente el cuartode los niños que ella había imaginado. Era un poco oscu-ro (las ventanas daban a un estrecho patio); pero el empa-pelado blanco y amarillo lo abrillantaría bastante. El cuar-to de baño era pequeño, pero ya bastaría, y el excusadolleno de plantas sembradas en macetas, que parecían cre-cer bastante bien, era apropiado. Se volvieron hacia la puerta, y Guy preguntó: —¿Qué es todo eso? —La mayoría plantas aromáticas —explicó Rosema-ry—. Veo menta y albahaca... Éstas no sé qué son. Más allá, en el pasillo, había otro armario empotrado,a la izquierda, y luego, a la derecha, una amplia arcada quedaba a la sala. Enfrente había grandes ventanas saledizas,dos de ellas con cristales en forma de rombo y asientos de — 16 —
    • ventana de tres lados. Había una pequeña chimenea, conuna repisa en forma de voluta, de mármol blanco. A la iz-quierda se veían altos estantes de roble para libros. —¡Oh, Guy! —dijo Rosemary, buscando su mano yapretándosela. Guy dijo: «¡Humm!», como no queriendo compro-meterse; pero le devolvió el apretón. El señor Micklas es-taba a su lado. —La chimenea funciona, por supuesto —dijo el señorMicklas. El dormitorio, detrás de ellos, era adecuado, de unostres metros y medio por cinco metros y medio, con susventanas dando al mismo estrecho patio del comedor-se-gundo dormitorio-cuarto de los niños. El baño, que esta-ba más allá de la sala, era grande y lleno de adornos bulbo-sos y protuberantes de metal blanco. —¡Es un piso maravilloso! —exclamó Rosemary,cuando estuvo de vuelta en la sala; giró sobre sí mismacon los brazos abiertos, como si quisiera tomarlo y abra-zarlo—. ¡Lo quiero! —Lo que ella está tratando de conseguir —dijoGuy— es que usted baje el alquiler. El señor Micklas sonrió. —Lo subiríamos si nos lo permitieran —dijo—. Másdel aumento del quince por ciento, quiero decir. Hoy endía pisos de esta clase, con su encanto y su personalidad,son tan raros como los dientes de gallina. El siguiente...—Se detuvo en seco, mirando al escritorio de caoba quehabía al principio del pasillo—. Es extraño —dijo—. Hayun armario empotrado detrás de ese escritorio. Estoy se-guro de que lo hay. Hay cinco: dos en el dormitorio, uno — 17 —
    • en el segundo dormitorio, y dos en el pasillo, aquí y allí.—Se acercó al escritorio. Guy se puso de puntillas y dijo: —Tiene usted razón, puedo ver las rendijas de la puerta. —Se ve que ella cambió de sitio el escritorio —comentóRosemary—. Antes estaba allí. Y señaló a la fina silueta que había quedado de modofantasmal sobre la pared, cerca de la puerta del dormitorio,y las profundas marcas de cuatro patas redondas en la al-fombra color rojo borgoña... Débiles rascaduras y rayas securvaban y cruzaban desde las cuatro marcas hasta dondeestaban ahora las patas del escritorio, colocadas junto a ladelgada pared adyacente. —Écheme una mano, ¿quiere? —dijo el señor Micklasa Guy. Entre ambos lograron llevar poco a poco el escritoriohasta su antiguo lugar. —Ya veo por qué entró ella en coma —dijo Guy, em-pujando. —Ella no pudo haberlo movido sola —respondió elseñor Micklas—. Tenía ochenta y nueve años. Rosemary se quedó mirando con gesto dubitativo lapuerta del armario empotrado que habían dejado al des-cubierto. —¿La abrimos? —preguntó—. Quizá debiera abrirlasu hijo. El escritorio encajó exacto en las cuatro marcas de suspatas. El señor Micklas se masajeó sus manos faltas dededos. —Estoy autorizado a enseñar el piso —dijo, y se diri-gió a la puerta, abriéndola. — 18 —
    • El armario estaba casi vacío; a un lado había un aspira-dor de polvo y en el otro tres o cuatro estantes de madera.El estante de encima estaba atestado de toallas de bañoazules y verdes. —Quienquiera que encerrara, se escapó —dijo Guy. El señor Micklas opinó: —Probablemente ella no necesitaba cinco armarios. —Pero ¿por qué encerró su aspirador y sus toallas?—preguntó Rosemary. El señor Micklas se encogió de hombros. —No creo que nunca lo sepamos. Puede que ya estu-viera chocheando —sonrió—. ¿Quieren que les enseñe oque les explique algo más? —Sí —dijo Rosemary—. ¿Hay instalación para el la-vado de la ropa? ¿Hay máquinas lavadoras abajo? Dieron las gracias al señor Micklas, que fue a despe-dirlos hasta la puerta de la calle, y luego, por la acera, sealejaron paseando lentamente por la Séptima Avenidaarriba. —Es más barato que el otro —dijo Rosemary, tratan-do de aparentar que ella tenía en cuenta, sobre todo, lasconsideraciones prácticas. —Pero tiene una habitación menos, cariño —replicóGuy. Rosemary caminó en silencio por un momento, y lue-go replicó a su vez: —Está mejor situado. —¡Oh, claro! —exclamó Guy—. Podré ir andando atodos los teatros. — 19 —
    • Animada, Rosemary dejó de lado las consideracionesprácticas. —¡Oh, Guy! ¡Alquilemos este piso! ¡Por favor! ¡Porfavor! ¡Es tan maravilloso! Esa anciana señora Gardeniano le supo sacar partido. Esa sala podría ser preciosa, cá-lida... ¡Oh, por favor, Guy, alquilémoslo! ¿De acuerdo? —Pues claro —contestó Guy sonriendo—. Si pode-mos librarnos del otro compromiso... Rosemary lo agarró por el codo, contenta. —¡Nos libraremos! —exclamó—. Piensa en algúnmedio. ¡Sé que lo lograrás! Guy telefoneó a la señora Cortez desde una cabina te-lefónica callejera, mientras Rosemary, desde fuera, trata-ba de leer en sus labios. La señora Cortez dijo que lesdaba de plazo hasta las tres; si no tenía noticias de ellospara entonces, llamaría a los que siguieran en la lista desolicitantes. Fueron a la Sala de Té Rusa y pidieron dos BloodyMary y bocadillos de pollo con ensalada, hechos con re-banadas de pan negro. —Puedes decirles que me he puesto enferma y quetengo que ir al hospital —sugirió Rosemary. Pero eso no era un argumento convincente. En vez deello, Guy se inventó una historia acerca de una proposi-ción para unirse a una compañía que representaría Vengaa soplar su corneta, que iba a hacer una gira de cuatro me-ses por bases norteamericanas en Vietnam y el ExtremoOriente. El actor que hacía el papel de Alan se había rotola cadera y a menos que él, Guy, quien se sabía el papel, seofreciera a ir en su lugar, la gira tendría que retrasarse lomenos dos semanas. Lo cual sería una vergüenza, ya que — 20 —
    • aquellos muchachos estaban allí luchando heroicamentecontra los comunistas. Su esposa tendría que quedarsecon su familia en Omaha... Se lo pensó dos veces y luego fue en busca del telé-fono. Rosemary aguardó tomando su bebida a sorbitos,manteniendo los dedos de su mano izquierda cruzadosbajo la mesa. Recordó el apartamento de la Primera Ave-nida que ella no quería, y repasó mentalmente sus buenascualidades: la cocina nueva y reluciente, el lavavajillas, lavista sobre el East River, el aire acondicionado... La camarera trajo los bocadillos. Pasó una mujer embarazada, con un traje azul marino.Rosemary se puso a observarla. Debía de estar en su sex-to o séptimo mes, y hablaba satisfecha, por encima delhombro, a una mujer mayor que llevaba paquetes, proba-blemente su madre. Alguien saludó con la mano desde la pared opuesta, lachica pelirroja que había entrado en la CBS unas semanasantes de que Rosemary se despidiera. Rosemary le devol-vió el saludo. La chica dijo algo, y como Rosemary no al-canzara a entenderla, lo volvió a repetir. Un hombre queestaba frente a la joven se volvió para mirar a Rosemary.Era un hombre de rostro pálido y demacrado. Y entonces vino Guy, alto y guapo, tratando de repri-mir una sonrisa bonachona; pero con los ojos brillándolede felicidad. —¿Lo conseguiste? —le preguntó Rosemary mien-tras se sentaba frente a ella. —Lo conseguí —contestó él—. Han anulado el con-trato, y nos devolverán el depósito; tendré que estar al — 21 —
    • tanto con el teniente Hartman, del Cuerpo de Señales. Laseñora Cortez nos espera a las dos. —¿La has llamado? —La llamé. La chica pelirroja apareció de repente al lado de ellos,ruborizada y con ojos brillantes. —Se ve que os va bien de casados. Tenéis muy buenaspecto —les dijo. Rosemary, tratando de recordar el nombre de la chica,se echó a reír y contestó: —¡Gracias! Estábamos celebrándolo. ¡Acabamos deconseguir un apartamento en la casa Bramford! —¿La Bram? —dijo la chica—. ¡A mí me enloquece!Si alguna vez queréis subarrendar, yo soy la primera, ¡nolo olvidéis! ¡Aquellas gárgolas tan extrañas, y esos mons-truos trepando por las ventanas! — 22 —
    • 2 Hutch, cosa sorprendente, trató de disuadirlos, ba-sándose en que la casa Bramford era «zona de peligro». Cuando Rosemary llegó a Nueva York en junio de1962, se fue a vivir con otra muchacha de Omaha y doschicas de Atlanta a un apartamento de la parte baja de laavenida Lexington. Hutch vivía en el piso de al lado, yaunque se negó a ser el sustituto del padre de las chicas (yahabía criado dos hijas suyas, y con eso tenía bastante, gra-cias a Dios), estuvo, sin embargo, siempre a mano paracasos de emergencia, como «la noche en que había alguienen la escalera de incendios», y «la vez en que Jeanne porpoco muere estrangulada». Se llamaba Edward Hutchins,era inglés y tenía cincuenta y cuatro años. Bajo tres seu-dónimos escribía tres series diferentes de libros de aven-turas para muchachos. A Rosemary le prestó otra clase de ayuda de emergen-cia. Ella era la menor de seis hermanos; los otros cinco sehabían casado muy jóvenes y se habían instalado en apar-tamentos cerca del de sus padres. Tras ella, en Omaha, ha- — 23 —
    • bía dejado a un padre malhumorado y suspicaz, una ma-dre poco habladora y cuatro hermanos y hermanas resen-tidos. (Sólo el siguiente al mayor, Brian, que era aficiona-do a la bebida, le dijo: «Vete, Rosie, y haz lo que quiereshacer», y le alargó un bolso de mano de plástico que con-tenía ochenta y cinco dólares.) En Nueva York, Rosema-ry se sintió culpable y egoísta, y Hutch tuvo que animar-la con tazas de té cargado y charlas sobre los padres y loshijos, y el deber que uno tiene para consigo mismo. Ella lehacía preguntas que no habría podido hacer en la EscuelaSuperior Católica, y él la envió a que hiciera un cursonocturno de filosofía en la Universidad de Nueva York. —Todavía haré una duquesa de esta florista arrabalera—decía. Rosemary aún tenía humor para contestarle: —¡Cuentista! Y ahora, una vez al mes, más o menos, Rosemary yGuy cenaban con Hutch, bien en su apartamento, o,cuando les tocaba invitar a Hutch, en un restaurante. Guyencontraba a Hutch un poco aburrido; pero siempre lotrataba con cordialidad. Su esposa había sido prima deTerence Rattigan, el dramaturgo, y Rattigan y Hutch seescribían. En la vida teatral era importantísimo tener rela-ciones, como bien sabía Guy, aunque fueran relaciones desegunda mano. El jueves, después de que ellos vieran el piso, Rosema-ry y Guy cenaron con Hutch en Kuble’s, un pequeño res-taurante alemán de la calle Treinta y tres. Habían dado sunombre a la señora Cortez el martes por la tarde como unade las tres referencias que ella había pedido, y él ya habíarecibido y contestado su carta de demanda de informes. — 24 —
    • —Estuve tentado de decirle que erais adictos a las dro-gas o sabandijas de catre —dijo—. O cualquier otra cosacapaz de repeler a los caseros. Ellos le preguntaron por qué. —No sé si ya lo sabéis —dijo untando mantequilla aun panecillo—, pero la casa Bramford tiene muy malafama desde principios de siglo. Alzó la mirada, vio que no lo sabían y prosiguió (teníauna cara ancha y reluciente, ojos azules que miraban en-tusiasmados, y algunos mechones de cabello negro hu-medecido peinados a través de su cuero cabelludo). —Además de Isadora Duncan y Theodore Dreiser—explicó—, la casa Bramford ha albergado a gran núme-ro de personajes mucho menos atractivos. Ahí es dondelas hermanas Trench realizaron sus pequeños experimen-tos sobre dieta, y donde Keith Kennedy celebraba sus reu-niones. Adrian Marcato vivió también allí, lo mismo quePearl Ames. —¿Quiénes eran las hermanas Trench? —preguntóGuy. —¿Quién fue Adrian Marcato? —inquirió Rosemary. —Las hermanas Trench —explicó Hutch— fuerondos señoras muy decentes de la época victoriana que, enocasiones, cometieron actos de canibalismo. Guisaron yse comieron a varios niños, incluyendo a una sobrina. —¡Qué encanto! —exclamó Guy. Hutch se volvió hacia Rosemary: —Adrian Marcato practicó la brujería. Armó unabuena hacia 1890 anunciando que había logrado conjurara Satanás vivo. Mostró un puñado de cabellos y algunasraspaduras de garras, y, por lo visto, hubo gente que le — 25 —
    • creyó; por lo menos la suficiente para formar una muche-dumbre que lo atacó y lo dejó casi muerto en el vestíbulode la casa Bramford. —Bromeas —dijo Rosemary. —Hablo en serio. Pocos años después comenzó elasunto de Keith Kennedy, y hacia los años veinte la casaestaba medio vacía. Guy manifestó: —Yo ya estaba enterado de lo de Keith Kennedy y delcaso de Pearl Ames; pero no sabía que Adrian Marcatohubiera vivido allí. —Y esas hermanas —añadió Rosemary estremecién-dose. —Pero luego vino la Segunda Guerra Mundial y la es-casez de viviendas —continuó Hutch—, y la casa se viollena de nuevo, y ahora hasta ha adquirido un poco deprestigio como casa antigua de pisos grandes; pero en losaños veinte la llamaban la Negra Bramford y la gente sen-sible se mantenía apartada de ella. El melón es para ti,¿verdad, Rosemary? El camarero depositó en la mesa los aperitivos. Rose-mary se quedó mirando interrogativamente a Guy; ésteenarcó las cejas y meneó la cabeza como diciendo: «Nohagas caso, no dejes que te asuste.» El camarero se marchó. —A lo largo de los años —siguió diciendo Hutch—,en la casa Bramford han pasado demasiadas cosas feas ydesagradables. Y no todas ellas en un pasado lejano. En1959 encontraron en el sótano el cadáver de un niño en-vuelto en un periódico. Rosemary replicó: — 26 —
    • —Pero esas cosas horribles ocurren en todas las casasde pisos de vez en cuando. —De vez en cuando —repitió Hutch—. El caso es queen la casa Bramford ocurren con mucha mayor frecuen-cia. También hay irregularidades de menor espectaculari-dad. Por ejemplo, ocurren allí más suicidios que en casasde tamaño y antigüedad comparables. —Y ¿cuál es la respuesta, Hutch? —preguntó Guy,haciéndose el serio y preocupado—. Debe de haber algu-na explicación. Hutch se lo quedó mirando por un instante. —No lo sé —dijo—. Quizá se deba a que la notorie-dad de las hermanas Trench atrajo a Adrian Marcato, y lanotoriedad de éste atrajo a Keith Kennedy, y finalmentela casa se convirtió en... una especie de centro de reuniónde gente propensa a observar una conducta rara. O quizáshaya cosas que nosotros ignoramos todavía, sobre cam-pos magnéticos o de electrones, o lo que sea, cosas quehacen que un lugar se convierta en maligno. Sé algo deesto porque la casa Bramford no es un caso único. Habíauna casa en Londres, en Praed Street, en la cual ocurrie-ron cinco asesinatos brutales en sesenta años. Ninguno delos cinco tuvo la menor relación entre sí; ni tampoco esta-ban relacionados los asesinos o las víctimas; ni siquierafueron cometidos con la misma Piedra de la Luna o con elmismo Halcón Maltés. Y, sin embargo, cinco brutalesasesinatos ocurrieron separadamente. En una casita conuna tienda en la planta baja y un piso arriba. La demolie-ron en 1954, sin ningún propósito especial, ya que, por lovisto, el solar sigue sin edificar. Rosemary hundió su cucharita en la tajada de melón. — 27 —
    • —Puede que también haya casas afortunadas —dijo—.Casas en donde la gente se enamora, se casa y tiene niños. —Y se convierte en estrellas —añadió Guy. —Probablemente las hay —replicó Hutch—. Lo quepasa es que uno no oye hablar de ellas nunca. Sólo se dapublicidad a las que tienen mala fama. —Sonrió a Rose-mary y Guy—. Me gustaría que buscaseis una casa buenaen vez de mudaros a la Bramford —dijo. La cucharadita llena de melón que Rosemary se lleva-ba a la boca se detuvo a mitad de camino. —¿En serio estás tratando de disuadirnos de que nosmudemos? —preguntó. —Hija mía —dijo Hutch—. Ten presente que esta no-che estaba citado con una mujer encantadora y he cance-lado el encuentro sólo por venir a veros y deciros lo quetengo que decir. Honradamente, estoy tratando de quita-ros esa idea de la cabeza. —¡Santo Dios, Hutch...! —empezó a decir Guy. —No es que yo quiera asegurar —prosiguió Hutch—que al entrar en la casa Bramford os va a caer en la cabezaun piano, que os van a comer unas solteronas o que os va-yáis a convertir en estatuas de piedra. Sólo trato de deci-ros que la casa tiene mala fama y que habría que conside-rar eso, y no sólo el alquiler razonable o la chimenea quefunciona; la casa tiene un historial muy cargado de suce-sos desagradables. ¿Por qué penetrar deliberadamente enzona de peligro? ¿Por qué no vais al edificio Dakota o alOsborne, si se os ha metido en la cabeza vivir en mediodel esplendor del siglo XIX? —La casa Dakota está toda alquilada —replicó Rose-mary— y la Osborne la van a derribar. — 28 —
    • —¿No estás exagerando un poco, Hutch? —preguntóGuy—. ¿Han ocurrido más «sucesos desagradables» enlos últimos años, además de lo del niño en el sótano? —Un ascensorista se mató el pasado invierno —dijoHutch—. En un accidente que no tenía nada de normal.He estado esta tarde en la biblioteca con el Times Index ytres horas de microfilmes; ¿tenéis ganas de oír algo más? Rosemary se quedó mirando a Guy, quien soltó su te-nedor y se limpió la boca. —¡Qué tontería! —dijo—. Está bien, allí han ocurri-do muchas cosas desagradables; pero eso no significa quevayan a ocurrir más. No veo por qué la Bramford ha deser más «zona de peligro» que cualquier otra casa de laciudad. Puedes arrojar una moneda al aire y te saldrá caracinco veces seguidas; pero eso no quiere decir que laspróximas cinco veces haya de salir cara también, y tampo-co significa que esa moneda sea diferente de las demás. Espuro azar; eso es todo. —Si esa casa tiene algo malo de veras —dijo Rosema-ry—, ¿por qué no la han demolido como aquella casa deLondres? —La casa de Londres —replicó Hutch— era propie-dad de la familia del último individuo allí asesinado. LaBramford es propiedad de la iglesia vecina. —Ahí tienes —dijo Guy, encendiendo un cigarrillo—.Entonces contamos con la protección divina. —Que hasta ahora no ha servido —respondió Hutch. El camarero retiró los platos. Rosemary dijo: —No sabía que fuera propiedad de una iglesia. Guy se volvió hacia ella. — 29 —
    • —Toda la ciudad lo es, cariño. —¿Habéis probado en la Wyoming? —preguntóHutch—. Creo que está en la misma manzana. —Hutch —respondió Rosemary—, hemos probadoen todas partes. No hay nada, absolutamente nada, ex-cepto en las casas nuevas, con pulcras habitaciones cua-dradas, todas exactamente iguales, y televisores en los as-censores. —¿Tan terrible es eso? —preguntó Hutch, sonriendoabiertamente. —Sí —contestó Rosemary. —Ya nos habíamos comprometido para mudarnos auna de ellas —dijo Guy—; pero anulamos el compromisopara tomar este apartamento. Hutch se los quedó mirando un momento, luego seretrepó y golpeó la mesa con las palmas de las manos. —¡Basta! —exclamó—. Me ocuparé de lo mío, comohe debido hacer desde el principio. ¡Encended fuego envuestra chimenea, que funciona! Os daré un cerrojo parala puerta y mantendré cerrada la boca a partir de hoy. Soyun idiota; perdonadme. Rosemary sonrió. —La puerta ya tiene cerrojo —dijo—. Y una cadena, yuna mirilla. —Bueno, pues preocupaos de emplearlos —repusoHutch—. Y no vayáis por los pasillos, presentándoos atodo quisque. No estáis en Iowa. —Omaha. El camarero les trajo los platos fuertes. — 30 —
    • El lunes siguiente, por la mañana, Rosemary y Guyfirmaron un contrato de alquiler por dos años del aparta-mento 7-E en el edificio Bramford. Entregaron a la seño-ra Cortez un cheque de quinientos ochenta y tres dólares(la renta de un mes por adelantado, y la renta de otro mes,como garantía) y les dijeron que, si querían, podían ocu-par el apartamento antes del día uno de septiembre, puessería desalojado a finales de semana y los pintores podríanir el miércoles dieciocho. El lunes por la tarde les telefoneó Martin Gardenia,hijo de la anterior inquilina del piso. Convinieron en ver-se con él en el apartamento el martes por la noche, a lasocho. Resultó ser un hombre alto, que ya había cumplidolos sesenta, de carácter animoso. Les indicó las cosas quequería vender y fijó los precios, que fueron atractivamen-te bajos. Rosemary y Guy hablaron entre sí, examinarony compraron dos acondicionadores de aire, un tocador depalo de rosa con una banqueta petit-point, la alfombrapersa de la sala y los morillos, pantalla de la chimenea yherramientas. El escritorio, lamentablemente, no estabaen venta. Mientras Guy rellenaba el cheque y ayudaba aponer etiquetas a las cosas que se iban a quedar en el piso,Rosemary midió la sala y el dormitorio con una regla ple-gable de dos metros que había comprado aquella mañana. En el mes de marzo anterior, Guy había desempeñadoun papel en Otro mundo, una serie televisada. El persona-je tenía que actuar ahora de nuevo durante tres días, asíque durante todo el resto de la semana Guy estuvo ocu-pado. Rosemary sacó un cuaderno de proyectos de deco-ración que había ido reuniendo desde la escuela superior;halló dos que parecían apropiados para el apartamento, y — 31 —
    • con ellos de guía fue por las tiendas de muebles con JoanJellico, una de las chicas de Atlanta con las que compartiósu apartamento cuando se estableció en Nueva York.Joan tenía la tarjeta de un decorador, lo que les permitióentrar en casas de venta al por mayor y en salas de exhibi-ciones de toda clase. Rosemary miró y tomó notas taqui-gráficas, haciendo bocetos para que los viera Guy, co-rriendo a casa con montones de muestras de telas y papelde empapelar, a tiempo de alcanzar a verlo en Otro mun-do; y, luego, echando a correr de nuevo y comprando lonecesario para la cena. Hizo novillos en su clase de escul-tura y canceló, satisfecha, una cita con el dentista. En la noche del viernes el apartamento ya era suyo; unvacío de altos techos y penumbra poco familiar cuandollegaron con una linterna y una bolsa de compras, llenan-do de ecos las habitaciones más apartadas. Pusieron enmarcha sus acondicionadores de aire y admiraron la al-fombra persa, la chimenea y el tocador de Rosemary; ad-miraron también su bañera, los pomos de las puertas, lasbisagras, las molduras, los suelos, la estufa, el refrigera-dor, las ventanas saledizas y la vista. Comieron sobre laalfombra, al estilo campestre, con bocadillos de atún ycerveza, e hicieron planos del suelo de las cuatro habita-ciones; Guy, midiendo, y Rosemary, dibujando. De nue-vo en la alfombra, apagaron la linterna, se desnudaron yse hicieron el amor bajo el resplandor nocturno de venta-nas sin persianas. —¡Chisss! —siseó luego Guy, con los ojos abiertospor el temor—. ¡Oigo masticar a las hermanas Trench! Rosemary le dio un fuerte coscorrón. Compraron un sofá y una cama de matrimonio, una — 32 —
    • mesa para la cocina y dos sillas de respaldo redondeado.Llamaron a la compañía telefónica, y a los almacenes; ehicieron venir operarios y el camión de la mudanza. Los pintores vinieron el miércoles 18; picaron, remen-daron, dieron la primera mano, pintaron, y se fueron elviernes 20, dejando colores muy parecidos a las muestrasde Rosemary. Vino un empapelador solitario y refunfuñóy empapeló el dormitorio. Llamaron a los almacenes y a la madre de Guy, enMontreal. Compraron un aparador y una mesa de come-dor, así como nueva cubertería y vajilla. Estaban conten-tísimos. En 1964 Guy había hecho una serie de anunciostelevisivos para Anacin, ganó con ellos dieciocho mil dó-lares y todavía le producían ingresos. Pusieron cortinas y colgaron estantes empapelados,contemplaron la alfombra en el dormitorio, y la de viniloblanco en el pasillo. Consiguieron un teléfono desconec-table con tres enchufes, pagaron facturas y enviaron unanota a Correos, avisando que habían cambiado de domi-cilio. El viernes 27 de agosto se mudaron. Joan y Dick Jelli-co les enviaron una gran maceta con una planta, y el agen-te de Guy otra pequeña. Hutch les mandó un telegrama: La Bramford cambiará de mala casa a buena casa cuando una de sus puertas tenga el letrero «R. y G. Woodhouse». — 33 —
    • — 34 —
    • 3 Rosemary estuvo muy ocupada y se sintió feliz. Com-pró y colgó cortinas, halló una lámpara de cristal victoria-na para la sala, colgó potes y cacerolas de la pared de lacocina. Un día se dio cuenta de que las cuatro tablas delarmario empotrado del recibidor eran estantes, que enca-jaban en abrazaderas de madera en las paredes laterales.Los cubrió con papel engomado y cuando Guy vino acasa le pudo enseñar un armario lleno de ropa blanca.Luego ella descubrió un supermercado en la Sexta Aveni-da y una lavandería china en la calle Cincuenta y cincopara las sábanas y las camisas de Guy. Guy estaba también muy ocupado, y fuera todo el día,como los esposos de otras mujeres. Cuando pasó la Fies-ta del Trabajo, su profesor de declamación regresó a laciudad; Guy trabajaba con él cada mañana y actuaba encomedias y series casi todas las tardes. A la hora del desa-yuno él leía conmovedoramente la página teatral (¡casitodo el mundo estaba fuera de la ciudad!, mientras se es-cenificaba El Gato, Los años imposibles o Cálido septiem- — 35 —
    • bre; sólo él estaba en Nueva York, con los anuncios deAnacin); pero Rosemary sabía que pronto conseguiríaalgo bueno, y, en silencio, le ponía delante el café y toma-ba la otra parte del periódico. El cuarto de los niños no era de momento más que unestudio, con paredes de un blanco deslucido y el mobilia-rio del anterior apartamento. El empapelado blanco yamarillo vendría más tarde, limpio y fragante. Rosemaryya tenía una muestra de él entre las páginas del libro LosPicassos de Picasso, junto con un recorte mostrando unacamita de niño y un escritorio. Escribió a su hermano Brian para hacerle partícipe desu felicidad. A ningún otro miembro de la familia le ha-bría causado eso alegría en aquellos momentos; todos semostraban hostiles: padres, hermanos y hermanas, queno le perdonaban: a) que se hubiera casado con un protes-tante; b) que se hubiera casado sólo por lo civil, y c) quetuviera una suegra dos veces divorciada y ahora casadacon un judío en Canadá. Ella le preparó a Guy pollo a la Marengo y vitello ton-nato, coció un pastel con una capa de moka y llenó un ta-rro con galletas de mantequilla. Oyeron a Minnie Castevet antes de conocerla; la oíana través de la pared de su dormitorio, gritando con su ás-pero acento del Medio Oeste: —¡Roman! ¡Ven a la cama! ¡Son las once y veinte! —Ycinco minutos más tarde—: ¿Roman? ¡Tráeme un pocode cerveza de raíz cuando vengas! —Yo creí que ya no se hacían películas cómicas de esas — 36 —
    • de Mamá Cafetera —comentó Guy, y Rosemary se echó areír, insegura (él tenía nueve años más que ella, y a vecesno alcanzaba a comprender bien el significado de las citasde su esposo). Conocieron a los Gould, del 7-F, una pareja ancianamuy agradable, y a los Bruhn, de acento alemán, y a suhijo Walter, del 7-C. Sonrieron y saludaron con un movi-miento de cabeza a los Kellogg, del 7-G, al señor Stein,del 7-H, y a los señores Dubin y DeVore del 7-B. (Rose-mary se aprendió los nombres de todos inmediatamente,gracias a los letreros que había sobre los timbres y a lascartas que dejaban boca arriba sobre las alfombrillas, cu-yos sobres ella no sentía escrúpulos en leer.) A los Kapp,del 7-D, no los había visto todavía, ni recibían correo, asíque por lo visto se ausentaban durante el verano, y tam-poco había manera de ver a los Castevet del 7-A, los del«¡Roman! ¿Dónde está Terry?» (o bien eran reclusos, oregresaban y salían a horas intempestivas). Su puerta esta-ba frente al ascensor y su alfombrilla era bastante legible.Recibían cartas de correo aéreo de una variedad sorpren-dente de sitios: Hawick (Escocia), Langeac (Francia), Vi-toria (Brasil), Cessnock (Australia). Estaban suscritos aLife y a Look. Rosemary y Guy no vieron ni la menor señal de lashermanas Trench, Adrian Marcato, Keith Kennedy, PearlAmes o sus posteriores equivalentes. Dubin y DeVoreeran homosexuales; todos los demás parecían gente co-rriente. Casi todas las noches podían oírse los berridos conacento del Medio Oeste procedentes del apartamento que—Rosemary y Guy llegaron a comprenderlo— había — 37 —
    • sido en su origen esa parte delantera mayor que la queahora ellos tenían. —¡Pero es imposible estar cien por ciento seguros!—argüía aquella mujer—. ¡Si quieres saber mi opinión, aella no debemos decirle nada! ¡Ésa es mi opinión! Un sábado por la noche, los Castevet celebraron unafiesta, con una docena de personas que hablaban y canta-ban. Guy se durmió fácilmente, pero Rosemary estuvodespierta hasta las dos, oyendo cánticos desafinados ypoco musicales, y una flauta o clarinete que daba la lata. La única vez que Rosemary recordaba los recelos deHutch y se inquietaba por ellos era cuando bajaba al sóta-no para ir a lavar la ropa, cada cuatro días más o menos. Elmontacargas parecía descompuesto (pequeño, sin ascen-sorista y dado a repentinos crujidos y temblores), y el só-tano era un lugar espectral, con pasillos de ladrillo, queuna vez estuvieron blanqueados, donde las pisadas susu-rraban distantes, puertas invisibles se cerraban de golpe yneveras desechadas estaban de cara a la pared, bajo bri-llantes bombillas en sus jaulas de alambre. Rosemary recordaba que era ahí donde habían encon-trado un bebé muerto envuelto en periódicos, no ha-cía mucho tiempo. ¿De quién sería el niño? ¿Cómo mu-rió? ¿Quién lo había encontrado? ¿Quienquiera que loabandonase, fue descubierto y castigado? Pensó en ir a labiblioteca y leer la historia en periódicos viejos, comoHutch había hecho; pero eso haría todo más real y máshorrible de lo que ya era. Saber el sitio donde el niño ha-bía yacido, tener quizá que pasar por su lado camino de la — 38 —
    • lavandería y de nuevo al regresar al montacargas, habríasido insoportable. Pero decidió que la ignorancia parcialera ceguera parcial. ¡Maldito Hutch y sus buenas inten-ciones! El cuarto de las lavadoras habría parecido apropiadoen una prisión: paredes de ladrillo humeantes, más bom-billas en sus jaulas, y filas de profundos fregaderos doblesen cubículos de hierro. Había lavadoras y secadoras quefuncionaban arrojando una moneda, y, en la mayoría delos cubículos con candado, lavadoras de propiedad parti-cular. Rosemary bajaba los finales de semana o después delas cinco. Los primeros días de la semana, un grupo de la-vanderas negras planchaba y chismorreaba, y, de repente,se quedaban calladas cuando ella entraba, intrusa sin que-rer. Les había sonreído y tratado de ser invisible; pero lasnegras no volvían a decir palabra y ella se sentía torpe yopresora de negros. Una tarde, cuando ella y Guy llevaban en la Bramfordpoco más de dos semanas, Rosemary estaba sentada enel cuarto de las lavadoras a las cinco y media, leyendo elNew Yorker y esperando añadir suavizante al agua paraenjuagar, cuando entró una joven de su edad, una chicamorena con rostro de camafeo, que era, como Rosemarycreyó comprender con un sobresalto, la actriz Ana MaríaAlberghetti. Llevaba unas sandalias blancas, pantalonescortos negros y una blusa de seda color albaricoque, ytraía la ropa en una cesta de plástico amarillo. Saludó conun gesto a Rosemary y luego, sin mirarla, se dirigió a unade las lavadoras, la abrió y comenzó a arrojar dentro ropasucia. Ana María Alberghetti no vivía en la Bramford, que — 39 —
    • Rosemary supiera; pero podía muy bien estar de visita encasa de alguien y estar ayudando en los quehaceres do-mésticos. Sin embargo, al mirarla más de cerca, Rosema-ry se dio cuenta de que se había equivocado: la nariz deaquella joven era demasiado larga y afilada, y había otrasdiferencias de expresión y porte menos definibles. Sinembargo, el parecido era bastante notable, y Rosemary sedio cuenta, de repente, de que la chica la estaba mirandocon una sonrisa embarazosa e interrogativa, al lado de lalavadora cerrada y llena. —Lo siento —se excusó Rosemary—. Pensé que us-ted era Ana María Alberghetti. Si no, no me habría queda-do mirándola. Perdone. La joven se sonrojó y sonrió, mirando al suelo. —Me sucede muchas veces —dijo—. No tiene por quéexcusarse. La gente se ha estado creyendo que yo soy AnaMaría desde que yo era, bueno, una niña, cuando ella co-menzó su carrera con Aquí viene el novio. —Se quedó mi-rando a Rosemary, aún sonrojada, pero ya sin sonreír—.Yo no creo tener ningún parecido con ella. Soy hija de pa-dres italianos, como ella, pero no hay parecido físico. —Pues yo creo que lo hay, y bastante —contestó Ro-semary. —Debe de haberlo —dijo la chica—. Cuando todo elmundo me lo dice... Pero yo no lo veo. Me gustaría que lohubiera, créame. —¿La conoce usted? —inquirió Rosemary. —No. —Como ha dicho «Ana María», pensé... —¡Oh, no! Es que yo la llamo de esa manera. Creoque es de hablar tanto de ella con todo el mundo —se secó — 40 —
    • la mano en su pantalón corto y se adelantó, alargándoselacon una sonrisa—. Me llamo Terry Gionoffrio —dijo—.Si quiere se lo deletreo. Rosemary sonrió a su vez y le estrechó la mano. —Soy Rosemary Woodhouse. Somos inquilinos re-cientes —explicó—. ¿Lleva mucho tiempo aquí? —No soy inquilina de esta casa —contestó la chica—.Estoy con los señores Castevet, en el séptimo piso. Soy suhuésped, bueno, una especie de huésped, desde junio.¿Los conoce usted? —No —contestó Rosemary, todavía sonriendo—;pero nuestro apartamento es justamente el de al lado. An-tes era su parte trasera. —¡Dios mío! —exclamó la joven—. Ustedes son lapareja que se ha mudado al apartamento de la vieja. La se-ñora... La anciana que se murió. —Gardenia. —Eso es. Era muy amiga de los Castevet. Le gustabacultivar hierbas y cosas por el estilo y se las llevaba a la se-ñora Castevet para sus guisos. Rosemary asintió. —Cuando vimos por primera vez el apartamento—dijo—, había una habitación llena de plantas. —Y ahora está muerta —dijo Terry—. La señora Cas-tevet tiene un invernáculo miniatura en la cocina y tam-bién cultiva plantas. —Perdone, tengo que echar suavizante —explicó Ro-semary. Se levantó y sacó la botella de la bolsa que estabasobre la lavadora. —¿Sabe usted a quién se parece? —le preguntó Terry. Y Rosemary, destapando el bote, inquirió: — 41 —
    • —No, ¿a quién? —A Piper Laurie. Rosemary se rio. —¡Oh, no! —dijo—. Tiene gracia que diga eso, por-que mi esposo solía salir con Piper Laurie antes de quenos casáramos. —¿No bromea? ¿En Hollywood? —No, aquí. Rosemary vertió un poco de suavizante. Terry abrió lalavadora y Rosemary le dio las gracias y arrojó dentro elsuavizante. —Su esposo, ¿es actor? —preguntó Terry. Rosemary asintió, complacida, tapando la botella. —¿No bromea? ¿Cómo se llama? —Guy Woodhouse —contestó Rosemary—. Actuóen Lutero y Nadie quiere un albatros, y trabaja muchopara la televisión. —¡Vaya! Yo me paso el día viendo la televisión —con-fesó Terry—. ¡Apostaría a que lo he visto! En alguna parte del sótano se rompió un cristal; unfrasco o un cristal de ventana. —¿Qué ha sido eso? —exclamó Terry. Rosemary se encogió de hombros y miró inquieta ha-cia el pasillo de entrada a la lavandería. —Odio este sótano —confesó. —Yo también —declaró Terry—. Me alegro de queusted esté aquí. Si estuviera sola estaría muy asustada. —Probablemente algún chico de reparto que ha deja-do caer una botella. Terry dijo: —Escuche, nosotras dos bajamos aquí regularmente. — 42 —
    • Su puerta está cerca del montacargas, ¿verdad? Si yo lla-mo al timbre de su puerta, podríamos bajar juntas. Po-dríamos llamarnos primero por teléfono. —Eso sería estupendo —dijo Rosemary—. Detestovenir aquí abajo sola. Terry se echó a reír alegremente, pareció buscar pala-bras, y luego, aún riendo, dijo: —Tengo un amuleto de la buena suerte que a lo mejornos sirve para las dos. —Se abrió el cuello de su blusa ysacó una cadenita de plata, mostrando a Rosemary al finalde ella una bolita de filigrana de plata, de un poco me-nos de una pulgada de diámetro. —¡Qué preciosa! —exclamó Rosemary. —¿Verdad que sí? —preguntó Terry—. La señoraCastevet me la regaló anteayer. Tiene una antigüedad detres siglos. La rellenó con una cosa que ella cría en su pe-queño invernáculo. Es buena suerte, o al menos se supo-ne que la da. Rosemary miró más atentamente el amuleto que Te-rry sostenía entre el pulgar y el índice. Estaba relleno conuna sustancia esponjosa, de un color pardo verdoso, quepugnaba por salirse por entre el calado. Un olor amargohizo que Rosemary retrocediera. Terry volvió a reír. —El olor, desde luego, no me gusta —dijo—; pero es-pero que sirva para algo. —Es un amuleto muy bonito —declaró Rosemary—.Jamás he visto otro igual. —Es europeo —explicó Terry. Apoyó una caderacontra una lavadora y admiró la bola, girándola a un ladoy otro—. Los Castevet son la gente más maravillosa del — 43 —
    • mundo, sin excepción —dijo—. Me recogieron en la ace-ra; así, tal como suena. Yo andaba por la Octava Aveniday ellos me trajeron aquí y me adoptaron como si fueranmis padres. O mis abuelos, mejor dicho. —¿Estaba usted enferma? —preguntó Rosemary. —Eso es decirlo con palabras suaves —dijo Terry—.Yo estaba medio muerta de hambre y drogada, y hacíacosas de las que ahora me avergüenzo sólo de pensarlas.Los señores Castevet me rehabilitaron por completo, mesacaron del vicio, me alimentaron y vistieron de limpio.Ahora no hay nada en el mundo que me parezca bastantebueno para ellos. Me han proporcionado toda clase de ali-mentos sanos y vitaminas, ¡incluso hacen que un médicome haga reconocimientos regulares! Todo eso porqueellos no tienen hijos. Soy como la hija que nunca tuvie-ron, ¿comprende? Rosemary asintió. —Al principio pensé que ellos quizá tuvieran un mo-tivo oculto —dijo Terry—. Que me querían tal vez paraalgo de tipo sexual, para él o para ella. Pero en realidadhan sido conmigo como abuelos. Nada de lo otro. Dentrode poco me van a matricular en una escuela de secretariasy cuando pueda les pagaré. Sólo tengo tres años de escue-la superior; pero creo que lo podremos arreglar. —Volvióa meter la bola de filigrana en su blusa. —Es agradable saber que hay gente así —dijo Rose-mary—. Se oye hablar tanto de apatía y de personas quetemen complicarse la vida... —No hay muchos como los señores Castevet —dijoTerry—. Si no fuera por ellos, ahora estaría muerta. Lapura verdad. Muerta o en la cárcel. — 44 —
    • —¿No tiene ningún familiar que le pudiera ayudar? —Un hermano en la Marina. Cuanto menos hable deél, mejor. Rosemary pasó la ropa lavada a una secadora y aguar-dó con Terry a que la de ésta estuviera lista. Hablaron delpapel ocasional de Guy en Otro mundo («¡Seguro que lorecuerdo! ¿Estás casada con él?»), del pasado de la Bram-ford (del cual Terry no sabía nada) y de la próxima visita aNueva York del papa Pablo VI. Terry era católica, comoRosemary, aunque ya no era practicante; sin embargo, es-taba ansiosa por obtener una entrada para la misa papalque habría de celebrarse en el Yankee Stadium. Cuandosu ropa estuvo lavada y secándose, ambas jóvenes se diri-gieron juntas al montacargas y luego subieron hasta elséptimo piso. Rosemary invitó a Terry a ver su aparta-mento; pero Terry preguntó si podría ir luego, ya que losCastevet cenaban a las seis y ella no quería llegar tarde.Dijo que llamaría a Rosemary por teléfono a última horade la tarde, para que pudieran bajar juntas a recoger suropa seca. Guy estaba en casa, comiéndose el contenido de unabolsa y viendo una película de Grace Kelly. —Esas ropas deben de estar bien limpias —fue su úni-co comentario. Rosemary le contó lo de Terry y los Castevet, y queTerry le recordaba por su actuación en Otro mundo. Élfingió no dar importancia a la cosa, pero en el fondo lecomplació. Se sentía deprimido por la posibilidad de queun actor llamado Donald Baumgart le arrebatara un papelen una nueva comedia que ambos habían leído por segun-da vez aquella tarde. — 45 —
    • —¡Dios mío! —exclamó—. ¿Mira que llamarse Do-nald Baumgart? Su verdadero nombre es Sherman Peden,pero se lo cambió. Rosemary y Terry recogieron sus respectivas ropasa las ocho, y Terry entró con Rosemary para conocer aGuy y ver el piso. Se sonrojó ante Guy, quien la abrumócon floridos cumplidos, y trayéndole bandejas y encen-diéndole cerillas. Terry jamás había visto antes el aparta-mento; la señora Gardenia y los Castevet habían reñidopoco antes de su llegada, y, después, la señora Gardeniasufrió el coma del que nunca salió. —Es un apartamento precioso —dijo Terry. —Lo será —declaró Rosemary—. Aún no lo tenemosni la mitad de amueblado. —¡Ya lo tengo! —gritó Guy dando una palmada. Y se-ñaló triunfalmente a Terry—: ¡Ana María Alberghetti! — 46 —
    • 4 Trajeron un paquete de la casa Bonniers, regalo deHutch: un alto cubilete de madera de teca, con una franjaanaranjada brillante, de los que se usan para los cubitos dehielo. Rosemary le telefoneó enseguida para darle las gra-cias. Él había visto el apartamento después de que se fue-ran los pintores; pero no desde que ella y Guy se hubieranmudado. Ella le contó lo de las sillas que debían habertraído ya hacía una semana y lo del sofá, que no lo traeríanhasta dentro de un mes. —Por amor de Dios, no penséis ahora en agasajar anadie —dijo Hutch—. Cuéntame qué tal va todo. Rosemary se lo contó, contenta de poder darle de-talles. —Pues los vecinos no parecen anormales —explicó—.Bueno, hay un par de homosexuales; pero eso son anor-males normales. Al otro lado del pasillo, frente a noso-tros, hay una pareja muy simpática, los Gould, que tienenuna finca en Pensilvania donde crían gatos persas. Podre-mos tener uno en cuanto queramos. — 47 —
    • —Hacen pipí. —Y hay otro matrimonio al que aún no conocemos,pero que recogió a una chica que se había dado al vicio delas drogas, y con la que hemos hecho amistad. Ellos la cu-raron completamente y la van a matricular en una escuelade secretarias. —Parece como si os hubierais mudado al País de lasDelicias —dijo Hutch—. Estoy encantado. —El sótano te pone la carne de gallina —prosiguió Ro-semary—. Yo te maldigo cada vez que tengo que bajar a él. —Y ¿por qué? ¿Se puede saber? —Por tus historias. —Si te refieres a las que escribo, yo me maldigo tam-bién; si aludes a las que te conté, con el mismo motivo po-drías maldecir a la alarma de incendios por el fuego y alservicio meteorológico por los ciclones. Rosemary, intimidada, contestó: —Eso ya no será tan malo para mí a partir de ahora. Lajoven de que te he hablado bajará siempre conmigo. —Es evidente que has ejercido la saludable influenciaque predije —repuso Hutch—. Esa casa ha dejado de seruna cámara de horrores. Que te diviertas con el cubiletepara hielo y saluda de mi parte a Guy. Aparecieron los Kapp, del apartamento 7-D; una pa-reja rolliza, por la mitad de sus treinta, con una niña dedos años, muy inquisitiva, llamada Lisa. —¿Cómo te llamas? —le preguntó Lisa, sentándoseen su cochecito—. ¿Te comiste tu huevo? ¿Te comiste tucapitán Crunch? — 48 —
    • —Me llamo Rosemary. Sí, me comí mi huevo; perojamás he oído hablar del capitán Crunch. ¿Quién es? En la noche del viernes 17 de septiembre, Rosemaryy Guy fueron con otras dos parejas a la presentación deuna obra teatral llamada La señora Dally y luego a unafiesta dada por el fotógrafo Dee Bertillon en su estudiode la calle Cuarenta y ocho Oeste. Entre Guy y Berti-llon hubo una discusión acerca de la política oficial so-bre los actores, que impedía contratar actores extranje-ros. Guy pensaba que era justa y a Bertillon le parecíaequivocada, y aunque los otros invitados acabaronpronto con la discusión bajo un rápido aluvión de chis-tes y chismes, Guy se llevó a Rosemary poco después,cuando sólo hacía unos minutos que habían dado lasdoce y media. La noche era tibia y fragante y fueron dando un paseo;al acercarse a la ennegrecida mole de la Bramford vieronen la acera a un grupo de unas veinte personas, en semi-círculo alrededor de un automóvil. Dos coches de la poli-cía aguardaban uno al lado del otro, con las luces rojas desus techos girando. Rosemary y Guy apresuraron el paso, con las manosentrelazadas, sintiendo agudizarse sus sentidos. Los au-tos aminoraban su marcha como si sus ocupantes quisie-ran enterarse; en la Bramford se habían abierto algunasventanas y asomaban cabezas humanas junto a las cabezasde las gárgolas. Toby, el portero de noche, salió de la casacon una manta de color tostado, y un policía se volvió ha-cia él para tomarla de sus manos. — 49 —
    • El coche, un Volkswagen, estaba abollado de un lado;el parabrisas estaba hecho añicos. —Muerta —dijo alguien. Y alguien más añadió: —Alcé la mirada y creí que bajaba zumbando un avegrande, como un águila o algo así. Rosemary y Guy se pusieron de puntillas para mirarpor encima de los hombros de la gente. —Retírense, por favor —dijo un policía que estaba enel centro. Los hombros se separaron y una espalda con unacamisa deportiva se retiró. En la acera yacía Terry, con-templando el cielo con un ojo, la mitad de su cara conver-tida en pulpa roja. La manta color tostado cayó sobre ella.Al asentarse, se enrojeció en un sitio y luego en otro. Rosemary dio media vuelta, cerró los ojos, y con lamano derecha se santiguó maquinalmente. Cerró su bocaapretadamente, temerosa de vomitar. Guy tuvo un sobresalto y aspiró aire con los dientesapretados. —¡Jesús! —exclamó; luego gimió, y dijo—: ¡Oh, Diosmío! Un policía insistió: —¿Quieren hacer el favor de retirarse? —Es conocida nuestra —explicó Guy. Otro policía se volvió para preguntar: —¿Cómo se llamaba? —Terry. —¿Terry qué? —Tenía unos cuarenta años y estabasudoroso. Sus ojos eran azules y atractivos, con espesaspestañas negras. — 50 —
    • —¿Ro...? —inquirió Guy—. ¿Cómo se llamaba? ¿Te-rry qué? Rosemary abrió los ojos y tragó. —No recuerdo —dijo—. Era un apellido italiano queempezaba con G. Un apellido largo. Ella bromeó y quisodeletreármelo. Ya no puede... Guy dijo al policía de los ojos azules: —Residía en casa de un matrimonio llamado Caste-vet, en el apartamento 7-A. —Ya hemos estado allí —explicó el policía. Otro policía se acercó, trayendo una hoja de papelamarillento. El señor Micklas venía tras él, con la bocaapretada, llevando un impermeable sobre su pijama arayas. —Breve y cariñosa —dijo el policía al de los ojos azu-les, alargándole el papel amarillento—. La pegó al antepe-cho de la ventana con cinta adhesiva, para que no se la lle-vara el viento. —¿Había alguien allí? El otro negó con la cabeza. El policía de los ojos azules leyó lo que había sido es-crito sobre la hoja de papel, sorbiendo pensativo a travésde los dientes. —Teresa Gionoffrio —dijo, pronunciando lo mismoque un italiano. Rosemary asintió. Guy intervino para decir: —El miércoles por la noche nadie habría dicho queella tenía ese pensamiento tan triste en su mente. —Pues sólo tenía pensamientos tristes —contestó elpolicía, abriendo su cartera de documentos. Puso el papel — 51 —
    • dentro de ella y cerró la cartera con una ancha tira degoma amarilla. —¿La conocía usted? —preguntó el señor Micklas aRosemary. —Ligeramente —contestó ella. —¡Oh, claro! —exclamó el señor Micklas—. Ustedvive también en el séptimo piso. Guy dijo a Rosemary: —Vamos, cariño. Subamos. El policía preguntó: —¿Por casualidad saben ustedes dónde podría encon-trar a esos señores Castevet? —No —respondió Guy—. Ni siquiera los cono-cemos. —Suelen estar en casa a estas horas —explicó Rose-mary—. Los oímos a través de la pared. Nuestro dormi-torio está pegado al suyo. Guy puso su mano en la espalda de Rosemary. —Vamos, cariño —insistió. Saludaron con un gesto de cabeza al policía y al señorMicklas, y se dispusieron a encaminarse presurosos haciala casa. —Aquí vienen —dijo el señor Micklas. Rosemary y Guy se detuvieron y se volvieron. Vi-niendo del centro de la ciudad, igual que ellos habían ve-nido, se acercaban una mujer alta, robusta, de cabellosblancos, y un hombre alto, delgado, que arrastraba lospies. —¿Son los Castevet? —preguntó Rosemary. El señor Micklas asintió. La señora Castevet iba vestida de azul claro, con to- — 52 —
    • ques blancos en guantes, bolso, zapatos y sombrero.Como si fuera una enfermera, sostenía el brazo de su es-poso. Él iba deslumbrante, con una chaqueta de todos loscolores, pantalones rojos, una corbata de nudo color rosay sombrero de fieltro suave con ala vuelta, que tenía unacinta rosa. Tendría setenta y cinco años o quizá más; ellahabría cumplido los sesenta y ocho o sesenta y nueve. Seacercaron con expresión de alerta juvenil, con sonrisasamistosas y burlonas. El policía se adelantó para saludar-los y sus sonrisas se debilitaron y desaparecieron. La se-ñora Castevet dijo algo expresando su inquietud. Su am-plia boca de labios finos era rosado rojiza, como pintadacon rojo de labios; sus mejillas eran extraordinariamentepálidas, sus ojos pequeños y brillantes en cuencas profun-das. Tenía una nariz grande y bajo sus labios había unamasa carnosa hosca. Llevaba gafas con bordes rosados,sujetas con una cadenita que colgaba detrás de unos feosaretes de perlas. El policía les preguntó: —¿Son ustedes los señores Castevet, del séptimopiso? —Lo somos —contestó el señor Castevet con una vozseca que había que escuchar con atención. —¿Tienen a una joven llamada Teresa Gionoffrio vi-viendo con ustedes? —La tenemos —dijo el señor Castevet—. ¿Qué le haocurrido? ¿Ha sufrido algún accidente? —Será mejor que se preparen a recibir malas noticias—dijo el policía. Aguardó, mirando a cada uno de ellos por turno, yluego añadió: — 53 —
    • —Ha muerto. Se suicidó. —Alzó una mano con elpulgar señalando por encima de su hombro—. Saltó porla ventana. Se lo quedaron mirando sin cambiar de expresión,como si él no hubiera dicho nada; entonces la señora Cas-tevet se inclinó a un lado, miró más allá de él a la mantamanchada de sangre, y luego se irguió y se lo quedó mi-rando a los ojos. —Eso no es posible —dijo con su alto y ronco acentodel Medio Oeste, del «Roman-tráeme-un-poco-de-cer-veza»—. Debe de tratarse de un error. Ahí tiene que haberotra persona. El policía, sin volverse, dijo: —Artie, ¿quieres dejar que estos señores echen un vis-tazo, por favor? La señora Castevet se adelantó, pasando por su lado,con la mandíbula apretada. El señor Castevet no se movió. —Sabía que esto sucedería —dijo—. Se sentía profun-damente deprimida cada tres semanas, más o menos. Medi cuenta de ello y se lo dije a mi esposa; pero se mofó demí. Es tan optimista que se niega a admitir que las cosas aveces no son como ella quisiera. La señora Castevet replicó: —Eso no significa que fuera a matarse. Era una chicamuy feliz, que no tenía ninguna razón para desear quitar-se la vida. Debe de haber sido un accidente. Estaría lim-piando las ventanas y perdió pie. Siempre nos sorprendíalimpiándonos algo. —No iba a ponerse a limpiar las ventanas a mediano-che —dijo el señor Castevet. — 54 —
    • —¿Por qué no? —preguntó enfadada la señora Caste-vet—. ¡Puede que lo hiciera! El policía sacó de su cartera la hoja de papel amarillen-to y se la entregó. La señora Castevet vaciló, luego la tomó, volvió y laleyó. El señor Castevet asomó la cabeza sobre su brazoy leyó también, moviendo sus labios finos y vívidos. —¿Es ésa su letra? —preguntó el policía. La señora Castevet asintió, y el señor Castevet afirmó: —Sin duda alguna. El policía alargó su mano y la señora Castevet le de-volvió el papel. Él le dijo: —Gracias. Se lo devolveré cuando hayamos acabadocon esto. Ella se quitó las gafas, dejó que colgaran de su cadenadel cuello y se cubrió los ojos con sus manos enguantadasde blanco. —No lo creo —dijo—. No puedo creerlo. Era tan fe-liz. Sus penas eran cosa del pasado. El señor Castevet le puso una mano en el hombro ymiró al suelo, meneando la cabeza. —¿Sabe usted el nombre de su más próximo pariente?—preguntó el policía. —No tenía familia —repuso la señora Castevet—. Es-taba sola. No tenía a nadie, fuera de nosotros. —¿No tenía un hermano? —preguntó Rosemary. La señora Castevet se puso las gafas y se la quedó mi-rando. El señor Castevet alzó la mirada del suelo, mien-tras sus ojos, profundamente hundidos, relucían bajo elala de su sombrero. —¿Tenía un hermano? —preguntó el policía. — 55 —
    • —Ella dijo que lo tenía —afirmó Rosemary—. En laMarina. El policía se quedó mirando a los Castevet. —Ahora me entero —dijo la señora Castevet. —Yo también me entero ahora —aseguró el señorCastevet. El policía preguntó a Rosemary: —¿Sabe usted su rango o dónde está destinado? —No —contestó—. Ella me lo contó el otro día —agre-gó volviéndose a los Castevet—, cuando estaba en lalavandería del sótano. Yo soy Rosemary Woodhouse. Guy explicó: —Vivimos en el 7-E. —Siento lo mismo que usted, señora Castevet —dijoRosemary—. Parecía tan feliz y... tan confiada en el futu-ro. Hablaba muy bien de usted y de su esposo; estabamuy agradecida por todo lo que hacían por ella. —Gracias —dijo la señora Castevet. —Es muy amable diciéndonos eso —añadió el señorCastevet—. Nos alivia un poco. El policía inquirió: —¿No sabe usted nada más de ese hermano, exceptoque está en la Marina? —Nada más —contestó Rosemary—. Me parece queno le tenía mucho cariño. —Será fácil dar con él —opinó el señor Castevet—. Elapellido Gionoffrio no es corriente. Guy puso de nuevo su mano sobre la espalda de Rose-mary y ambos se dirigieron hacia la casa. —Estoy tan asombrada y lo he sentido tanto —dijoRosemary a los Castevet. — 56 —
    • Guy declaró: —Ha sido una pena. Es algo... La señora Castevet le interrumpió para decirle: —Gracias. El señor Castevet dijo algo largo y sibilante de lo cualsólo pudieron comprender «sus últimos días». Subieron en el ascensor. —¡Pobrecilla! ¡Pobrecilla! —iba diciendo Diego, elascensorista. Se quedaron mirando, muy tristes, a la puerta del 7-A,que ahora parecía fantasmal, y recorrieron lentamente elramal del pasillo hasta su propio apartamento. El señorKellogg, del 7-G, atisbó detrás de su puerta encadenada ypreguntó qué había ocurrido allá abajo. Se lo dijeron. Se sentaron en el borde de su cama durante unos mi-nutos, especulando sobre las razones que habría podidotener Terry para suicidarse. Sólo si los Castevet dijeranalgún día lo que había escrito en la nota —convinieron—,podrían saber de seguro lo que la había empujado a esamuerte violenta, de la que casi fueron testigos. Pero aunsabiendo lo que decía la nota, observó Guy, puede que nose enteraran de toda la verdad, porque parte de ella quizásestuviera más allá de la comprensión de Terry. Algo la ha-bía empujado a las drogas y algo la había empujado al sui-cidio. Lo que fuera, tal vez ya era demasiado tarde parasaberlo. —¿Recuerdas lo que dijo Hutch? —preguntó Rose-mary—. ¿Sobre que aquí había más suicidios que en otrosedificios? — 57 —
    • —¡Vamos, Ro! —exclamó Guy—. Eso de la «zona depeligro» son tonterías, cariño. —Pero Hutch lo cree. —Bueno, pero siguen siendo tonterías. —No quiero imaginar lo que va a decir cuando se en-tere de esto. —No se lo digas —sugirió Guy—. Segurísimo que nolo va a leer en los periódicos. Aquella mañana había comenzado una huelga en losperiódicos de Nueva York y corrían rumores de que po-día durar un mes o más. Se desnudaron, se ducharon, continuaron una partidainterrumpida del juego de las letras, se cansaron de ello,hicieron el amor, y hallaron leche y un plato de macarro-nes fríos en la nevera. Poco antes de que apagaran las lu-ces, a las dos y media, Guy se acordó de llamar al serviciode mensajes telefónicos y se enteró de que le habían con-cedido un papel en un número comercial de la radio, paralos vinos Cresta Blanca. Él estuvo pronto dormido, pero Rosemary quedódespierta a su lado, viendo el rostro de Terry convertidoen pulpa y su único ojo contemplando el cielo. Sin embar-go, al cabo de un rato, se imaginó en el colegio de NuestraSeñora. La hermana Agnes estaba gesticulando con elpuño ante ella, destituyéndola de la jefatura del segundopiso: «¡A veces me pregunto cómo has llegado a ser jefade algo!», le decía. Un golpe al otro lado de la pared des-pertó por un momento a Rosemary, y la señora Castevetdijo: —¡Y, por favor, no me cuentes lo que dijo Laura-Louise, porque no me interesa! — 58 —
    • Rosemary se volvió y se hundió en su almohadón. ... La hermana Agnes estaba furiosa. Sus ojos salto-nes habían encogido hasta no ser más que dos rajitas y letemblaban las ventanillas de la nariz como le solían tem-blar cuando se ponía así. Gracias a Rosemary, había sidonecesario tabicar todas las ventanas, y, ahora, el colegiode Nuestra Señora había sido eliminado del campeona-to escolar organizado por el World-Herald. «¡Si me hu-bieses escuchado no tendríamos que haber hecho eso!»,gritaba la hermana Agnes con su áspero acento del Me-dio Oeste. «¡Ahora lo tendríamos todo dispuesto en vezde tener que empezar desde el principio!» El tío Miketrataba de apaciguarla. Él era el director de Nuestra Se-ñora, que se comunicaba a través de largos pasadizoscon su tienda central en South Omaha. «Te dije que no lecontaras nada por anticipado.» La hermana Agnes con-tinuó con voz más baja, con sus ojos saltones mirandodespectivamente a Rosemary. «Te dije que ella no seríade mentalidad abierta. Teníamos bastante tiempo pordelante para meterla en esto.» (Rosemary había contadoa la hermana Verónica lo de las ventanas tabicadas y lahermana Verónica retiró al colegio de la competición; deotro modo nadie se habría dado cuenta y habrían gana-do. Sin embargo, había hecho bien en decirlo, a pesar dela hermana Agnes. Un colegio católico no podía ganarcon artimañas.) «¡Cualquiera, cualquiera! —dijo la her-mana Agnes—. Sólo tiene que ser joven, sana y que yano sea virgen. No tenía por qué ser una puta adicta a lasdrogas, sacada del arroyo. ¿No te lo dije yo desde elprincipio? Cualquiera. Con tal de que sea joven, sana yque ya no sea virgen.» Lo cual no tenía sentido, ni si- — 59 —
    • quiera para el tío Mike; así que Rosemary se volvió, y yaera sábado por la tarde, y ella y Brian, Eddie y Jean esta-ban en el vestíbulo del Orpheum, adonde habían ido aver a Gary Cooper y a Patricia Neal en El manantial,sólo que era de veras, no una película. — 60 —