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La memoria de los sueños
 

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    La memoria de los sueños La memoria de los sueños Document Transcript

    • La memoriade los sueños Célile Black
    • -2-
    • A Mari, por su apoyo incondicional,su paciencia, y buena predisposición en leer el manuscrito.Para Daniel, insufrible compañero de fatigas, cumbre de mi inspiración, ypor regalarme un amor más allá de lo incomprensible.Y también en memoria de mi abuelo,que vela por mí todos los días de mí vida. -3-
    • PROLOGO La muerte vendrá hasta ti, la esclavitud que te dio la vida ya no la tendrás aquí. No temas a la muerte terrenal, porque la muerte tiene muchas formas y solo una de subsistir. Mira a tu amor eterno, sigue estando ahí, ya no existe el tiempo que fue tu elixir. Abrázame eternamente, que siempre estaré aquí. Cécile Black Existen momentos en la vida, que nos hacen echar la vista hacia lodesconocido, aquello de lo que tanto hablan y todo el mundo desconoce,excepto aquellos que han pasado por ello y pueden contarlo. Todos nacemoscon un don: unos con la pintura, otros con la música; y, hay otros, queesconden su don por miedo al repudio de la sociedad. Son aquellas personas,que con él, hacen cambiar el mundo y muchas veces, dan felicidad a otraspersonas. Su don es igual de auténtico y especial que todos los anteriores, ungran desconocido para la ciencia, pero igual de válido. El terrible error quealgunos comenten, es involucrarse demasiado con ello, cosa que los haceenloquecer e incluso llegan a pagar con su vida. Ellos nos miran, pasean a nuestro lado sin alterar nuestrosubconsciente, leen nuestras mentes, ven nuestro futuro y solamentealgunos, encierran sus secretos en los rincones más oscuros de su mente.Son aquellos que llegan a hacernos daño, nos substraen la savia, se llenande nuestra energía vital. Callados, ausentes, guardan una tristeza eterna, sabiduríainquietante de aquellos que han visto pasar el tiempo; sus cambios abruptos,la morfología de la creación. Buscan cariño, comprensión; débiles de alma yfuertes de espíritu. Se camuflan en la soledad, el oscuro y tenebroso retironostálgico de un alejamiento imparcial de humanidad. -4-
    • No son tan diferentes a nosotros, con la salvedad de que sonincreíbles. Viven con nosotros, desde que el mundo se hace llamar mundo,sabiduría eterna o quizás eternidad cruenta. Cuenta la leyenda, que al principio de los tiempos, la paz invadíatodos los rincones de lo que la vista llegaba a alcanzar. Los rayos del sol, sealzaban ante el inmenso cielo y todos vivían en armoniosa tranquilidad. Asídurante siglos. Pero ese equilibrio no iba a durar eternamente. A pesar de haber firmado un tratado entre clanes de no intromisión,las guerras por el control de los territorios; demonios de la noche y los de laluz, luchaban encarnizadamente por situarse en un lugar más alto en lajerarquía. Los asedios a ciudades se multiplicaban y el caos se hacíainminente. Algunos de los clanes, decidieron aliarse con otros al ver lasituación precaria que se avecinaba, mientras que otros en cambio, seescudaban en el exilio ajenos a la cruel realidad. Tashantir, era uno de los demonios oscuros, un incubo que decidiódoblegarse. Su misión: engendrar nuevos soldados para su legión yexterminar con ello a la raza humana. Aquella noche, volvió a la ciudad. Buscaba a una virgen, sana y joven.Cambiaría su aspecto por un atractivo galán, pues su verdadera fisionomíalas haría correr despavoridas. Allí estaba ella, recogía del suelo unamanzana que se escurrió de entre sus manos. La volvió a colocar en su cestoy prosiguió su camino. La siguió despacio, debía ser precavido. Las prostitutas se acercaban a él ansiosas de dinero fresco, era unextraño en la ciudad y eso las atraía como las abejas a la miel. No deseaba aninguna de ellas, por alguna razón, quería a aquella joven. Su aroma leextasiaba, su sed por aquel cuerpo avivó su apetito. Volvió a caerse de nuevo la manzana del cesto, con lo que aprovechópara colocarse delante de ella y recogerle la fruta del suelo. Cuando la miróa los ojos, un sentimiento le hizo estremecer; aquella sonrisa, sus ojos, supelo…, se enamoró de ella en aquel instante. Nunca había experimentadotal sensación. No fue capaz de hacerlo, si lo hacía, perdería su esencia, suolor, su frescura. Deseaba mantenerla intacta, admirarla. Enloqueció, Exadius estaba descontento y rabioso por su acción. Norealizó su cometido; lo tenía en gran estima. Hasta aquel día era su brazoderecho. Mandó a otro de sus soldados a exterminarla y él lo paró. Aquel soldado desenvainó su espada amenazando a Tashantir conaniquilarlo si volvía a anteponerse en su camino. Agarró el brazo de aquel -5-
    • soldado y se lo retorció casi hasta llegar a partírselo. Cuando estaba a puntode cortarle el cuello, Tashantir sacó su espada y le cortó la cabeza. Fue desterrado de su clan, nunca se debía matar a un semejante, elloconllevaba la muerte, pero Exadius, mirando atrás hacia el pasado yrecordando que él siempre había estado a su lado en los malos momentos, lodejó marchar. Un pequeño sentimiento de humildad se apoderó de él enaquel momento. Comenzó una relación con aquella mujer y decidió hacerse bohemiocomo los humanos, aprendió sus costumbres y poco a poco, fue perdiendo suesencia de nacimiento. Cada vez más, sentía menos la necesidad de mostrarsu naturaleza abrupta y saciar su sed. Una noche, ella le confesó que estabaesperando un hijo cosa que él anhelaba con todas sus fuerzas. Pero sabíaque ese niño la mataría en el momento de nacer, debía sacarlo de ella antesde que terminase su proceso. Noche tras noche, encerrado en su habitación, buscaba una solución aaquel fatídico desenlace, amaba a aquella mujer, deseaba la nueva vida quese engendraba en su vientre; estaba enloqueciendo y su cuerpo, volvía aexperimentar de nuevo la transformación a su verdadero ser. La rabia, se estaba apoderando de él. Tenía amigos aun después de loque hizo; algunos, estuvieron de acuerdo con su decisión, el soldado al quemató no era precisamente un buen compañero para muchos e hizo un granfavor a la comunidad. Cubierto por amplias telas, capas que envolvían todo su cuerpo;Asirian, un gran amigo de Tashantir de la infancia, irrumpió aquel día en elpueblo, lo buscaba desesperadamente en todos los rincones. Exadius,armado en cólera, había mandado una redada para exterminar a la mujercuyo hijo era más peligroso que el mismo Tashantir. Hacía unas semanas, que había mandado informantes hasta el pueblopara saber de él y el nuevo nacimiento lo enfureció. Después de muchodeliberar, optó por la opción más sencilla, matarlos a los dos. Asirian, los ayudó a atravesar las montañas hacia el norte, allíencontrarían a un estimado amigo del clan íncubo dominante que lesayudaría a esconderse. Solo tenían que estar precavidos en algo muyimportante: la mujer en su estado delataría su posición en muchoskilómetros a la redonda y cuanto más fuese el tiempo de gestación,aumentaría la distancia. Debían darse prisa. -6-
    • Nació un niño sano, un mestizo con una fuerza desmedida. Pasaronvarios años de paz y tranquilidad, hasta que una noche, en represalia porsus actos, Exadius mandó matar a Tashantir, su esposa y al niño mientrasdormían en su nueva residencia. Aquel niño, logró salvarse y Marlond lo acogió en su clan como partede él. Pero un amanecer funesto, cambió el rumbo de la historia. Se tornó lanoche en el amanecer, estruendos ensordecedores hacían callar las almasdormidas. El ejército de la oscuridad, liderados por Morgan Le Fay clamabasentencia y el de la oscuridad más pacífica, la paz entre los pueblos, comodespués se llamó en modo coloquial como “la gran purga”. Muchos cayeron aquel día, razas enteras se exterminaron y los quequedaron, poco a poco por falta de suministro y por desesperación fueronmuriendo. Marlond, escondió a aquel niño en un lugar seguro hasta que todopasó, lo depositó en la madriguera de una loba recién parida que al menos lotendría alimentado y cuidaría de él como uno más de sus cachorros. Algunos siglos después, llegó a los oídos de Marlond, que Darklay, elhijo ilegítimo de Exadius había sobrevivido a la masacre y clamabavenganza por la muerte de su padre a manos de él. Desde entonces hasta ahora, su búsqueda ha sido incesante. Algunos,quedarían escondidos y refugiados en cuerpos mortales para no serdetectados. No sabía que el mestizo había evolucionado y vivía tambiénajeno a la guerra que se avecinaba. Él sería la clave, la avanzadilla de unejército indestructible. Esta es la historia de aquel mestizo, juró amor eterno a una mortal,siguió los pasos de su padre. Ella, le procesaba su amor hasta desfallecer,aunque el destino los apartó durante unos siglos de oscuridad desolada.Ahora, en la actualidad, se han vuelto a encontrar de nuevo: otro nombre,distinto pelo, sin recuerdos que muestren lo que un día fue. Sus sueños,tienen la clave, solo ellos la guiarán hasta su amor eterno. -7-
    • 1 La carta Long Island, Agosto de 1719 Unos gritos me hicieron despertar. Mi habitación se iluminó por la luzde las antorchas. Me levanté de la cama y al asomarme a la ventana la vi.Esos campesinos se llevaban a Mell. Habían roto sus ropas, casi desnuda yatada de manos, la exhibían por las frías calles descalza. La lluvia mojó porcompleto lo poco que le quedaba seco de su cuerpo; su cabello, pegado a lapiel y las heridas se mezclaban con el barro de los charcos. Dos monjes denegro con una túnica que les cubría todo el cuerpo, sin dejar ni un rastro a lavista, encabezaban la comitiva. Cogí mi capucha y salí a la calle. Los insultos que le procesaban eraninnecesarios. La empujaban, maltrataban sobre manera y cuando caía alsuelo, la arrastraban por él como un perro. Estaba llena de heridas por todoel cuerpo. Intenté llegar hasta ella, pero todos mis intentos eran inútiles. Meempujaban, esa gente estaba como poseída por alguien maligno. Comoborregos seguían las órdenes de aquellos monjes. Anduvimos hasta llegar a los límites del poblado, las antorchas sehicieron más visibles. El bosque y la espesa niebla que nos envolvía, nublabami vista y las de todo aquel que se encontrase en ese lugar. Todos quedaronun segundo en silencio. Los sollozos de Mell, retumbaron en cada piedra,árbol y mente, poniéndome la piel de gallina. El frío se metía en los huesos,la lluvia había calado mi ropa pero intentaba acercarme a ella sin éxito. Llegaron hasta las puertas de un monasterio. Tirada en el suelo derodillas, uno de aquellos monjes se le acercó. La cogió de sus cabellos hastaalzarle la cabeza a un ángulo de visión más apropiado. Le escupió a la cara.Zarandeándola, se levantó y la metieron en el monasterio. Sus puertasmacizas de madera, se cerraron creando un estruendo. No entendía lo que estaba pasando, la masa de gente embravecidaexigía venganza. Había niños con palos alzados y gritando ¡matadla!;mientras que otros, rompían el silencio de la noche con el retumbar de sustambores. Las antorchas, dibujaban un halo siniestro en el oscuro cielo deaquella noche. La noche en la que desgarraron una parte de mi alma. Me escondí en un callejón a la espera de que todo aquel gentío sedispersara. Allí estaba él, altivo y cabizbajo, mirándome desde las sombras.Un demente, hubiera pensado que la lluvia se apoyaba en un cuerpo pétreo, -8-
    • acariciando sus contornos, haciendo del agua una forma sobrenatural y bellaal mismo tiempo. Pero al limpiarme los ojos, desapareció. Todo quedó en silencio. Me acerqué temerosa a aquel portón. Losdetalles tallados en aquel macizo de madera ponían los bellos de punta. Miréa ambos lados y vi que todo seguía en calma. Abrí la puerta y entré. Lúgubrey frío; así era el vestíbulo vacio al que accedí. No sabía donde la habíandepositado pero tenía que encontrarla. Unos monjes, calcos de los que habíavisto anteriormente, pasaron por un pasillo alejado de donde yo meencontraba. Inspiré el poco aire que me quedaba en los pulmones y puse mimano en la boca, no podían encontrarme. En aquellas paredes huecas, el ecode una simple respiración, se repetía y extendía por todas las instancias. Caminé hasta un gran pasillo lleno de antorchas colgadas en lasparedes. La puerta de una habitación estaba abierta y salía una luz lúgubre,casi a punto de apagarse. Escuché un lamento, gemidos de dolor y su voz.Era ella, quizás estaba en aquella habitación. Me aproximé despacio,intentando hacer el menor ruido posible. Miré por la rendija y ahí estabaella. La tenían maniatada a una cama, estremeciéndose de dolor. Seencontraba entre el delirio y la locura. ¿Qué clase de personas podíanhaberle hecho esto y por qué? Llegué hasta los pies de la cama y la admiré. A pesar de su penosoestado, su piel brillaba como piedras tintineantes a la luz de la única velaque quedaba encendida. Abrió los ojos y pensó que sus delirios la hacían verfantasmas entre las sombras. Cogí mi pañuelo y le sequé la cara. Su estadofebril no ayudaba demasiado. Cogió fuertemente mi mano, sus ojos seabrieron casi hasta salirse de sus órbitas. -Elisabeth Williams, Haud metuo is ere metui funesta; ad morsmortis; sòlus alius a um; Carpe Diem-.* -Pero, ¿qué es lo que te han hecho?-. Mis ojos se llenaron de lágrimas. Vivíamos en una sociedad corrupta,la horrible ley de unos pocos de acabar con todo aquel siervo del demonio ohereje, ya fuese en la hoguera o decapitado llenaba de rabia mi ser enaquellos momentos. Sus mentes enajenadas no dejaban ver más que lo quedeseaban que en verdad fuese como creían.*No temas a la muerte, solo es otro estado diferente; recoge lo bueno de cadadía. -9-
    • -Van a echarme a la hoguera mañana al amanecer. Nunca me hasconocido ni has tenido relación alguna conmigo, ¡nunca! acuérdate siemprede esto-. Le costaba hablar, en su estado era comprensible. Perdió elconocimiento. Empecé a escuchar pasos cada vez más cerca y tenía que salirde allí. Mis ojos comenzaron a arder y mi corazón advirtió una extrañasensación. Cuando me sentí a salvo me derrumbé. Seguía lloviendo y mis fuerzas comenzaron a flaquear. Crucé de nuevoel bosque hasta llegar al poblado. Una extraña sensación conmovía mi ser.Allí volvía a estar él, desdibujándose entre las sombras. No hubo cincel nipluma capaz de expresar la hermosura de aquel ser. Levantó lentamente sucabeza hasta tener a mi altura sus ojos clavados en los míos. Profundos,tintineaban a través de la lluvia. No luché por intentar huir. El terror, daba paso a la comprensión. Diounos pasos hasta situarse delante de mí. Podía oler su aliento, un perfumeque no se parecía a nada que yo hubiese olido antes, sus ojos brillaban en lanoche, como los felinos de los que hablaban en los libros; su boca ¡Dios!,incitaba a besarlo y entregarle con ello el alma en cada beso. Compartía su naturaleza con lo celestial, haciéndome sentir como laúnica rosa abierta en un jardín de espinas. Extendió su mano, no pude explicar por qué hice tal insensatezviniendo de un extraño, saqué mi brazo de detrás de la capa y posé mi manoencima de la suya. Estaba fría, su tacto era pétreo y ardiente al mismotiempo. Subió despacio mi mano hasta sus labios y besó mi piel. Era cálido,erizó hasta el último resquicio de mi piel y mi respiración tambaleaba entreel suspiro y el delirio. Volvió a mirarme de nuevo a los ojos, soltó mi mano y su voz semezcló entre el susurro del viento y la lluvia al caer en los charcos. Se acercóa mi oído y su voz, permaneció grabada en mi tímpano como la más bellamelodía jamás compuesta. -Volveremos a vernos pronto-. Desapareció, se esfumó entre la niebla. Mell, me habló de los que seesconden en las sombras de la noche, una mezcla entre humanos y seresextraños del ocaso. No había que temerles si te reverenciaban, pero si por elcontrario, enseñaban su cara oscura, debía de correr hacia lugar seguro.¿Sería aquel ángel, uno de aquellos de los que hablaba? -10-
    • Esta noche no terminará nunca, siempre estará en mi mente,consolando mi dolor, acompañando mi soledad en su larga ausencia. Ellos secreían héroes y en realidad fueron su verdugo, considerando tal acto comoun cumplido. Lo hicieron sin prisa, admirando su rostro; aún sigo oyendo sunítida voz pidiendo clemencia. Los buitres, exigían su festín y las moscas revoloteaban a sualrededor. Una escena cruenta en la que todos en la plaza festejaban como side una aparición divina se tratara. El humo, no me dejaba ver más de lo quequisiera; el olor era insoportable, se metía en mis pulmones como el peor delos cánceres y en lo alto del balcón presidencial allí estaban ellos: el consejo,regocijándose de sus actos y bebiendo vino no sé a la salud de quien. Admiré con rabia hacia aquel balcón de ajusticiadores insolentes. Micuerpo se estremeció sobremanera al ver a mi padre sentado a la derecha deljuez. Era frío, calculador, sobre protector hasta límites insospechados, peroesto llenó de rabia mi ser hacia su persona. Pasaron los meses, me refugié en una profunda depresión. No ingeríalimentos en mucho tiempo y mi cuerpo se consumía poco a poco. Nadacalmaba mi desaliento, las pesadillas apenas me dejaban dormir y mi mentesiempre reflejaba la misma imagen como si hubiese fotografiado el momentoy no quisiera desaparecer de mi vida tan fácilmente. Solo sus visitasnocturnas llenaban mi ser de un placer indescriptible, su simple aroma mehacía sentir llena y sus palabras musitaban en mis oídos una músicacelestial. Nos veíamos a escondidas en mi habitación, entraba por la ventanacada noche y me contaba historias hasta que el sueño se apoderaba de mí.Sólo sabía su nombre y por las historias que me contaba hice algunasconjeturas pero aún así, no sentía miedo en su presencia. Me empecé a enamorar de él. Algo irónico ya que él… no podría llegara ser de momento mío, algunas circunstancias deberían de pasar para poderser así, y él de momento se abstenía que ocurriesen. Llené su tristeinexistencia de paz, algo que deseaba desde hacía ya varios siglos. Ansiaba besarle, abrazar su cuerpo pétreo, sentía una necesidadinmensurable de hacerlo mío. Quería responder a los instintos quepresionaban mi mente; pero el terror, el verdadero terror a perderlo alquebrantar sus normas, me hacía desfallecer cada noche como el mismoveneno penetrando en las venas. Aquella noche, deseaba abandonar mi mente a otra realidad. Lanoche era apacible, cálida. La luz de la luna, se derramaba sobre mi tocador -11-
    • formando luces y sombras sobre la cama. Él se mezclaba como en cadaencuentro, entre las sombras de mi habitación. Inmóvil, no dejándomeapreciar su belleza hasta que él se dignaba a inclinar su cuerpo levementehacia adelante, sacando su morfología de las tinieblas. Eran momentos desesperantes para mi corazón, que desbocado,esperaba con quietud tenerle en mi ángulo de visión. Siempre la mismatortura, debía haberme acostumbrado ya a sus formas pero no era así. El tiempo, lo había llenado leyendo libros de leyendas de todos loscontinentes. Su mente, realmente cultivada, añoraba en cada palabra losvaliosos recuerdos de su pasado más remoto. Añoraba la belleza de la luz,su calor. Si intentaba mirar dentro de su alma; el mundo, se abriría a misojos. Su voz, hipnotizaba mi ser de tal forma, que podía llegar a hacer loque quisiera conmigo. Me abandonaba a su persona en cuerpo y alma, esteamor loco por lo desconocido comenzaba a corroer mi alma. Siempre, en suforma antigua, caballerosa, romántica. Cogió mi mejilla con su mano y se acercó lentamente hasta tener suslabios a muy poca distancia de los míos. Sabía que él sentía lo mismo que yoy el desenfreno no era su mejor opción en aquellos momentos. No sé quéextraña ley le hacía hacernos sufrir tanto. Imposible discutir, imposiblerazonar con él, tenía que mantenerme al margen de su situación sinpasiones, sin deseos. Bajó su mano, estaba tenso, su cara se desfiguró y sus ojos cambiaronla expresión. Nos estaba haciendo mucho daño aquello, no debió llegar tanlejos y ahora éramos uno. Él era mi existencia y yo su abandono. Se retiró demí en un suspiro y volvió a mezclarse entre las sombras de mi cuarto. Estanoche la visita sería mucho más corta y desconcertante. Se marchó sin más. Las cortinas lucharon por retenerlo un instanteen la ventana pero desapareció. Su dolor era tan intenso, que no mediópalabra aquella noche. ¿Qué le ocurría? Estaba perdida en la oscuridad,esperando una señal, sin embargo todo era silencio. ¿No puedes escucharmis gritos? Nunca dejaré la esperanza, necesito saber dónde estás. Una cosa essegura, siempre estarás en mi corazón. Te encontraré en algún lugar, loseguiré intentando hasta el momento en el que la vida, de paso a mi muerte.Necesitaba saber, fuese lo que fuese que sucedió, la verdad liberaría mialma. -12-
    • Casi llegué a desear que su morada estuviese en el cielo, para asídañar su alma igual que él lo estaba haciendo con la mía, con todos aquellosactos que me arrastraban a la desesperación. Quería que al menos, no laatormentase dejándome los recuerdos, ésos que sólo nosotros deseábamoscompartir juntos. No podía dormir, el desasosiego corrompía mi triste mente perturbadapor aquel momento fatídico. Decidí llenar mi tiempo, con algún libro queapaciguara al menos mi dolor y transportara mi mente a otra situaciónnueva, diferente, que ocupara mi tiempo. Cuando las nubes cubren el cielo, no puedo evitar pensar lo que haydetrás. En el marchitamiento de la noche, puedo sentir extrañospensamientos en mi mente. No me sentía sola, él, siempre estabaacompañando mi sino aunque los ojos no lo vislumbraran. Era micompromiso, mi tiempo se estaba deteniendo. Deseaba, ansiaba con todasmis fuerzas que me llevara con él, quería sentir algo infinito: su vida. Estaba refugiándome en la oscuridad, un invierno eterno estabainvadiendo mi vida demasiado rápido. Algunos gratos recuerdos, mellevaban a mi infancia, hasta días que recordaba haber sido feliz entonces. Al día siguiente, subí antes de lo previsto, deseaba verlo aunque solofuera un instante, pero no apareció. Me estremecí. No se puede describir eldolor tan intenso que puede llegar a sentir una persona por amor. Estabavacía, sin aliento en mi cuerpo, su recuerdo llenaba mi mente desembocandoa un mundo sin él. Ansiaba el frío en mi piel o el palpitar de mis pupilas al admirarlo.Sin saber, ya no estaba plena, lo necesitaba a mi lado y aquel dolor partía mialma con mil puñales ardientes. La poca luz en mi oscuridad, metransportaba hasta él. El dolor y la tristeza causados por mis errores, sin saber quién era elculpable de aquella insaciable situación, tornaban mi mente en un turbiocrepúsculo funesto. No quería perder la esperanza de volver a sentirlo, nopodía haberse ido así, sin más. Esa noche, mi padre subió a la biblioteca, sabía que me encontraríaallí. Me dio un vestido nuevo y llamó a la doncella. -Ponte esto para la cena. Esta noche vienen a pedir tu mano-. Mequedé sin aliento, mi corazón se paró en un suspiro. Me estaba muriendo envida. Era una orden. -13-
    • Lloré sin consuelo perdiendo la noción del tiempo. Estaba decidida.Llamé a Margaret, le dije que me ayudara con el vestido y con lágrimas enlos ojos así lo hizo. Me cepilló el cabello y con mirarnos a través del espejo,es inimaginable pensar cómo sin palabras, nos lo dijimos todo en unsegundo. Me di la vuelta y le pedí un favor. -Entrégale esto a Jillian, es muy importante que le llegue esta noche-.Ella asintió. Fue la única persona, que acompañó mis desvaríos al creertodas las historias que le contaba. Sólo podíamos tener encuentros ilícitos yeso nos recompensaba. “Mi muy estimado ángel: Esta noche es la más triste de mi vida y al mismo tiempo, la más feliz.Mi vida es tuya y mi corazón eternamente latirá gracias a ti. Recuerda nodejar de mirar todas las noches nuestra estrella, yo estaré velando por tidesde allí donde esté. No pierdas nunca la esperanza, se fuerte, yo soy laúnica responsable de mis actos y me enorgullezco de ello. No sé si tú meencontrarás o lo haré yo, seguiré el hilo que nos une aunque pase unaeternidad hasta volver de nuevo a tu lado. Tomo conciencia de lo que he perdido y de todo lo que he vivido a tulado. Velaré por tu alma donde quiera que esté ella y te mandaré tuestrella. Siempre me tendrás, eso nunca podrán quitártelo. Siempre tuya, Elisabeth.” Le entregué la carta a Margaret con las instrucciones de entrega. -No debes tener miedo a nada, salvo al miedo mismo que te conmueveel alma sin motivo. Ve tranquila-. Salió en aquel preciso momento. Me acerqué a la ventana y la viavisar al cochero, los caballos relincharon despertando mi alma con undesgarrador suspiro. Posé mi mano en el cristal, el coche se alejaba con lomás preciado en este momento. Me estremecí al pensar el dolor tan cruelque le produciría. Me costaba respirar, pero adoraba esa sensación. Esperé hasta que mis ojos no vieron el coche y me giré hacia la cama.Di unos pasos y la ventana se abrió gritando al aire. Las cortinas bailabandescontroladas y el agua se metía en la habitación. Me acerqué a ella y lacerré. Languidecía en mí un eco roto, frente a la cruel mirada del ángeloscuro que estaba a punto de acompañarme. Se arruina en mí la antiguarima, aquella historia del cisne, que en su corazón vehemente, decidió -14-
    • darse muerte en busca de verdades, que ahora derraman lágrimas dedespedida, en un vacío negro, oscuro y orgulloso, ese era mi destino. Quizás ahora comprendía por qué estaba tan tenso y perturbado. Élsabía lo que iba a pasar y no hizo nada al respecto, cobarde incoherente.Sabía que estaba preparada para irme con él en cuanto lo pidiera, ¿por quéno lo hizo? Allí volvía a estar él. Desdibujándose entre las cortinas, inmóvil.Tenía algo muy importante que hacer en los minutos siguientes y no mepodía detener en extrañas visiones o ensoñaciones que no me llevaban aninguna parte. Me volví de nuevo hacia la cama, ignorando a mi acompañante. Cogíel cuchillo de debajo de la almohada y lo coloqué en el corazón. La herida meardería y la sangre brotaría a borbotones. La vela de mi vida se apagaríapoco a poco y un sueño eterno impediría mantener mis ojos abiertos, caeríaal suelo y me sumiría en el mayor de los sueños, aquel del que nuncadespertaría. Por primera vez en mi vida, había trazado mi rumbo. Se colocó delante de mí. Una lágrima furtiva se deslizaba por uno desus ojos, negra, impoluta. Levantó su mano y la puso en mi mejilla. -Así no, todavía no. Tienes mucho que aprender-. -Entiende que necesito hacerlo, deseo que hubiera otras opciones perotendré que dañar al único ser que amo. Sé que es mejor dejar de intentarlo,no muestres misericordia por mí, no cambiará lo que estoy a punto de hacer.He esperado toda mi vida alguien como tú, pero ahora te estás escabullendode los acontecimientos, ¿por qué?-, le dije dolida e indignada. Ese dolor, es el peor que una persona puede experimentar. Ver comoel ser al que más he amado, se quedaba impasible ante la brutalidad queestaba a punto de hacer con mi vida. Quizás todo fue un engaño y solo memostraba lo que yo quería ver. Mi mente, desvariaba en hipotéticasconclusiones que hacían más daño a mi corazón. Endurecían mi acción, lafosilizaba como válida. El silencio se tornó oscuro. La ventana, vapuleaba entre la pared y lascortinas. Un estruendo, un gemido callado, precedió el final de mi existencia.Mi amor, mi ángel, mi sino, no me acompañaba; aunque mi alma insensata,lo buscaría eternamente. No hizo caso a mis palabras y me clavé el cuchillo en el corazón. Sequedó inmóvil, mirando como mi vida se apagaba. Yo no sabía lo que pasaría -15-
    • a partir de ahora. En un segundo, se escondió entre las sombras de mihabitación, flaqueaban mis fuerzas y mis piernas no sostenían mi cuerpo. Las puertas del tiempo se abrían ante mí, ahora sus cadenas estabanrotas y sus pedazos yacían esparcidos por todo el rededor. Una fuerzaantigua, liberaba poco a poco mi cuerpo. Mientras entraba en aquel portal,sentía su encanto. Me llevaba lejos, me inundaba de paz. Mi padre irrumpió en la habitación, se echó en el suelo de rodillas enun ademán de sostenerme en sus brazos. Sus manos se llenaron de sangre yaunque los gritos de auxilio retumbaban en mi ser como golpesincandescentes, era demasiado tarde. Mi vida se apagaba lentamente y mialma volaría en libertad. -16-
    • 2 Preludio de amor Long Island, 2009 No sé cómo llegó hasta mí, pero al hacerlo cambió mi vida porcompleto. Me desperté agitada ese día, aquel sueño, no dejaba de rondarmela cabeza. Ya le había visto en varias ocasiones, siempre en sueños, peroaquella noche fue diferente, despertó un sentimiento escondido que no soycapaz de describir, la simple ironía de querer quedarme dormida para volvera verle, rondaba mis pensamientos durante el día. Ya no recuerdo cuando lo conocí, aunque pienso que fue hace unassemanas. Mi relación con él no puede describirse con palabrasconvencionales, ya que nada hay de convencional en nosotros. Todavía tengolatente nuestro primer encuentro, brilla en mis recuerdos con unaintensidad cegadora, casi onírica. Por alguna extraña ley del destino, mirealidad ha quedado suspendida, congelada. A partir de ese día, tengo laseguridad que el don de soñar, es un valioso tesoro. “La oscuridad nublaba mis ojos llorosos y mis pies caminaban sinsentido, por alguna inercia invisible hasta una fuente. Allí estaba él,observándome bajo la luz de la única farola que parecía encendida con susojos fríos. Cuando lo miré fijamente, desapareció y un escalofrío recorrió micuerpo. Lo busqué hasta la saciedad pero no lo encontré.” Me desperté sobresaltada a media noche, la ventana de mi habitaciónestaba abierta, el viento movía las cortinas y el aire me hacía tener la pielerizada. Dominada probablemente por el pánico, cuyo origen podría ser elpropio miedo a ser desnudada por la mirada de alguien desconocido, cerré laventana y me acosté de nuevo. Tenía que descansar, la mañana siguienteiba a ser muy dura para todos. Busqué palabras de consuelo para apaciguar al menos un instante sudolor. Imagine en mi mente cualquier cosa que no tuviera nada que ver conlo acontecido y aliviar su sentimiento de culpabilidad. No sabía que decir, elpoco consuelo que ya le quedara por recibir, no le iba a traer de vuelta aMadeline. Muchos la adoraban pero yo la extrañaría. No logro comprendercomo Andrew perdió el control de su coche estampándolo con aquel fatídicoárbol. Escuché en silencio el sermón del cura mientras se escuchabansollozos y lamentos. Sus padres, estaban destrozados. Estábamos en el -17-
    • último curso antes de ir a la universidad, sólo nos faltaban unos meses parala graduación, siento que no hubieran podido despedirse de ella, estaba tandesfigurada que no fueron capaces de verla. Cuando la gente comenzó a desvanecerse, llegó el momento de irme acasa y seguir con mi vida. Orlando, no se separó de mí en ningún momento,cosa que agradecí. Me sentía culpable por no corresponderle de la mismaforma que él me procesaba pero era verdad, que en mis momentos másdolorosos siempre estaba allí para tenderme su hombro. Le di un último vistazo de despedida a Madeline, me enjugué laslágrimas y le lancé la rosa blanca que desde hacía un rato sostenían mismanos temblorosas. Bajé la vista al suelo, no hay descripción para tantodolor, iba hipnotizada siguiendo mis pasos como si ellos supiesen el camino.Orlando me secundó y cuando llegó a mi altura paré en seco. Me di la vueltay le miré a los ojos. -Me gustaría caminar sola hasta el coche, ¿te puedes adelantar yesperarme allí?, necesito liberar mi mente un momento-. -No te preocupes, tarda lo que necesites, yo estaré esperándote-. Vi como se alejaba y dejaba un espacio entre nosotros. Mi corazón sedesbocó y el estómago se encogió, tuve que volver a coger el pañuelo parasecarme las lágrimas que volvían a brotar de nuevo en mis ojos. Comencé a caminar, no podía aprovecharme tanto de la hospitalidadde Orlando, algún día se cansaría de esta nuestra rara situación. A lo lejos,un chico, sostenía una rosa roja entre sus manos y la depositaba en unatumba. Me llamó la atención la delicadeza con la que sus dedos colocaban laflor en la lápida y después acariciaba lo que desde mi posición intuía quefuese el nombre de la persona que allí se encontraba. Se incorporó y estuvoun rato inmóvil admirando aquella tumba. Parecía un ángel oscuro llevando algo de espiritualidad al ser queyacía en aquel lugar. La desgracia acude a nosotros de muchas formas y enalgunas ocasiones, nos hace llegar a ser desdichados. ¿Cómo es que labelleza llega a reencarnarse en un halo de fealdad? La única prisión queparecía quedarle era la memoria del pasado que se convertía en su angustia.Estaba tan triste que me hizo olvidar por un instante mi dolor y convertirloen un mal menor a comparación del suyo. Cuando llegué a su altura, él se giró hasta tenerme a su alcance devisión. Quizás se había dado cuenta que lo estuve observando desde hace unrato, que incoherencia por mi parte, pensaría que lo estaba intimidando en -18-
    • aquella situación. Bajé mi cabeza y seguí hasta el coche de Orlando, seguroque ya estaba cansado de esperar. Recordaba aquel bello rostro pero no sabía dónde lo había visto antes.¿Él la amaba?, su pasión terminó en ese caso y lo convirtió en unsentimiento miserable en su egoísta corazón. Me monté en el coche dando mis disculpas por la tardanza, cosa que aél no le importó, sólo deseaba tenerme a su lado un rato más, lococonformista. Llena su alma con esos momentos de compañía y rebosafelicidad por ello. Paró en mi puerta, aunque no debía haberlo hecho. Su casa estaba doscalles antes de la mía, no me hubiese importado ir andando. Se tomabamuchas molestias hacia mi persona y en ese momento llegué a preguntarmecuando llegaría el día en el que pidiera algo a cambio. Era egoísta por miparte aprovecharme de la situación pero él también se prestaba, no sabréquien era la presa y quien el cazador. Pensé todo el camino quién podría ser aquel chico y de repente tuve lanecesidad de volver al cementerio. Miré a Orlando y como un torbellino,salió mi voz de repente. -Orlando, ¿me puedes hacer un favor?, sería importante para mí-. -Lo que quieras si está dentro de mis límites-, dijo mientras unasonrisa salía de sus labios. -Necesito volver al cementerio para comprobar una lápida, sé quesuena irónico, no sé quién es la persona que está allí enterrada pero tengocuriosidad por saber quién es-. No dijo nada. Puso sus manos en el volante y arrancó el coche denuevo. Cuando llegamos se apresuró a intentar acompañarme aunquepensaba que no sería necesario, pero esta vez acepté. Caminamos hasta latumba de la rosa que ya estaba sin acompañante. Los dos nos quedamos inmóviles mientras leíamos la información quela piedra nos mostraba. Leí la inscripción:Elisabeth Williams Gordon (1699 – 1719)“No vale la pena llorar por lo que he hecho, ni mi muerte merece quederrames tus lágrimas” -19-
    • -Curiosa frase ¿no?-, dijo con admiración y desasosiego. Dio un pasoatrás y se limitó a mirarme con aquellos ojos dulces con los que solíahacerlo. Ninguno de los dos nos esperábamos que impactase tanto una simplefrase pero en el lugar donde se encontraba llamaba mucho la atención. Larosa seguía en su lugar. Me agaché hasta ella y la cogí. Su aroma todavíaperduraba a pesar del tiempo que ya llevase cortada. Inspiré de nuevoaquella flor y dejé que impregnara todo mi ser, su frescura me hizo darmecuenta de que tenía que aprovechar el tiempo que me quedase y no darlemás vueltas a muchas de las cosas que eran vanas historias. No sé porquéme vino de repente ese pensamiento pero me llenó de fuerzas ante lasituación tan dolorosa que acababa de pasar apenas unas horas. Comenzó a llover como todos los días, era novedad que algún día, pordeseo divino, nos dejara entrever los rayos del sol luchando entre las nubespara regalarnos un poco de calidez. La naturaleza no da saltos abruptos, esvariable pero es fielmente a su estado y sólo si se le antoja nos puedemostrar lo que queremos ver. Hoy especialmente, el dulce aroma a tierra mojada, me llenó desaciedad. La noche ya casi nos cubría, aún así por ventura quizás lostintineantes rayos que deseaban atravesar las espesas nubes, lograríanganar su guerra. Fuimos dando un paseo hasta el coche, el agua mojando mipelo me reconfortaba. Volvió a dejarme en casa y nos despedimos hasta ellunes en clase. Esa noche me acosté temprano, el día ya había dado demasiado de sípor hoy. Estaba cansada, y necesitaba al menos descansar mi mente yevadirla de nuevo en mis sueños. “Volví a la fuente. Allí estaba él, mirándome. El control de laprovidencia terminaba y quedaba a merced de su locura. Indebidamentepreocupada por conservar lo que sólo se puede perder cuando no vale la penaconservarlo. Pero no era algo mío, solo de mi ángulo de visión. Desprovistade la verdad y el sentido común, decidí acercarme sigilosamente hacia aquelcuerpo que me llamaba en susurros. Cedí a la tentación a pesar de negarmea su placer; veneraba de forma expectante una sombra entre sombras, unaúnica luz en la fría noche. Cortésmente inclinó su cabeza cabizbaja hastamirarme fijamente a los ojos. Era el ser más bello que mis ojos habían vistoen mi corta vida. Me quedé allí, inmóvil, deleitando mis ojos con aquellacriatura que hacía temblar hasta el último aliento que quedase escondido enmi cuerpo.” -20-
    • Desperté de improviso de la larga noche, de eso que parecía, sin serlo,la no existencia. No es raro que mirara a mi alrededor con ojos asombrados yardientes y disparara mi corazón en disparatadas ensoñaciones. Lasrealidades terrenales me afectaban como visiones, mientras que lasextrañas ideas del mundo de los sueños, se tornaron, en cambio, en mi sola yentera existencia. Los extraños dominios del pensamiento, me hicieron volver de nuevoa aquella lápida. Alguna fuerza invisible, me hacía volver de nuevo allí.Desbordante de fuerzas, me levanté, desayuné un poco de leche y unatostada y decidí dirigirme de nuevo al cementerio. No sabía qué era lo queme impulsaba a saber de aquella persona o ¿quizás era el extraño que lavisitaba el que llamaba mi atención? Sólo su mero recuerdo hacía que misojos tintinearan de una forma especial y mi piel rezumara alegría, irónico enaquellos momentos. -¿Te encuentras bien Ann?-, dijo mi madre preocupada. -Si-. Me quedé un instante traspuesta, se me vino a la menteMadeline y un nudo se aferró a mi garganta, dejándome sin voz. –Hay que pasar página, esto solo es una fase más que todos al fin y alcabo algún día tendremos que pasar-, dije después de carraspear un par deveces. Me miró con resignación. Era lo bastante cerrada en mí misma comopara expresar mis sentimientos, no me gustaba hacerlo así parecería másfuerte de lo que soy en realidad. Mucha gente lo hace y quizás a ellos lesfuncione pero a mí hay momentos en los que me cuesta. Vivía encerrada enmí misma y entregada en cuerpo y alma a la intensa y penosa meditación, ledaba tantas vueltas a las cosas que había momentos que dolían a pesar deser indiferentes para el resto. Mi estúpida sensibilidad a veces hacía mechapara los demás. Subí a mi habitación, encendí el ordenador e intenté buscar algúnindicio de Elisabeth en internet. Aparecieron páginas de varios árbolesgenealógicos y me dispuse a revisarlos. Mi asombro fue encontrar unanoticia sobre ella en un periódico local de la época: “Muere la hija del doctorWilliams en extrañas circunstancias. Huérfana de madre a los 5 años ycriada por su padre en el seno de una familia acomodada, el médico forenseafirmó encontrar indicios de suicidio en la escena del crimen…”…A mi querida hija con amor, que dios la tenga en su seno y que los brazosde su madre y mi querida esposa la acojan sin juicios y calmen mi tristedesconsuelo.” -21-
    • Apagué el ordenador aquello era suficiente, pensé no encontrar nadareferente a ella pero aquel artículo me reveló algunas cosas. Cogí michaqueta y el bolso y decidí ir hasta allí dando un paseo. En la puerta delcementerio, había una mujer vendiendo flores para los difuntos y cuando ibaa entrar pensé que debería llevarle algo a esa mujer, compré una rosablanca y entré. Qué ironía, no quería visitarla a ella, sólo quería volver a ver a aquelchico. Estaba absorta en una extraña sombra que caía oblicua sobre uncostado de la piedra y perdí la noción del tiempo. Miré a todas lasdirecciones donde mis ojos llegaban a alcanzar y no lo encontré. Deposité larosa junto a la que había en aquella tumba de un rojo sangre y me fuidecepcionada. Esperaba verle pero no fue así. Pensé que por la situación enla que me encontraba ayer, absorta en mi pena, podría haberlo imaginado. Detrás de un árbol, entre las sombras creí verlo observándome. Paréen seco y observé difícilmente hacia aquel lugar pero no vi a nadie. Debíavolver a casa, hoy me tocaba hacer la comida y ya había perdido un tiempodecepcionante. Caminé cabizbaja por aquellos pasillos llenos de humildes moradores,sintiéndome observada y comencé a estar inquieta. Los nichos me absorbían,adosados en las paredes, apilando los desechos de un tiempo de plenitud,asfixiando mi espacio vital. A lo lejos divisé un viejo mausoleo, con cipreses asu alrededor y una valla de forja negra. Allí estaba él, apoyado en un costado de la fornida pared de piedra.Sus ropas, las mismas del día anterior y su piel brillante a pesar de nohaber sol y pálida como una noche fría sin luna. En sus manos sostenía unarosa del mismo tono que la de ayer, se la llevó hasta su nariz y la oliósuavemente. Sus movimientos eran delicados, como de otra época en la quelos hombres eran simples caballeros y el romanticismo rezumaba encualquier entorno fuera cual fuese. Abrí mi bolso para coger un pañuelo y al mirar ya no estaba allí. Mimente me estaba jugando malas pasadas, era hora de salir de allí y volver ala realidad, la inquietante conexión entre esas dos personas estabaabsorbiendo mi sino. Llegué a casa agotada. Mi madre había salido a comprar y a mihermana se la escuchaba hablando por teléfono como siempre. Subí a mihabitación y dejé las cosas encima de la cama. Me quedé fija en el armario ydecidí abrirlo. Necesitaba una ducha y cogí algo de ropa cómoda. El día pasótranquilo sin altibajos, solo pasó. Echaba de menos a Madeline, ahora -22-
    • estaríamos colándonos en alguna fiesta furtiva de alguna hermandad ohaciendo la nuestra en el cuarto. Era tan alegre, tan llena de vida ydecidida…, tendría que haber aprendido de ella y parecerme en esosaspectos un poco más. El lunes, pasaba sin novedad, sonaba el timbre y se aproximaba unahora interminable de literatura con el señor Owen. En su hora, me dedicabaa mirar por la ventana, aunque no pasaba nada especial, pero mi mente setransportaba a un estado en el que la ronca voz del señor Owen notintineaba en mis tímpanos, solo era un susurro lejano. Estuve toda la hora hablando con Orlando sobre lo que descubrí deaquella chica y se sorprendió sobre manera. También que volví alcementerio cosa que le molestó el que no le hubiera avisado paraacompañarme, estuvo todo el fin de semana en casa sin hacer nadainteresante. -¿Está de acuerdo señorita Williams?- dijo en tono sarcástico. Yo ni me había enterado que me estaba hablando. Andrew me diounos golpes en el brazo y me señaló al profesor. Toda la clase me miraba entono acusador y escuché algunas risas. -Ah, ¿sí?, creo-, contesté sin saber a ciencia cierta lo que habíapreguntado, estaba tan inmersa en mis pensamientos que ni tan siquierahabía escuchado su voz formulándome una pregunta. En ese momento, sonó el timbre. Quizás las campanas salvaron elespectáculo bochornoso que me precedía. La gente, comenzó a levantarse yesperaba salir del aula para lograr pillar mejor sitio hoy en el comedor, yatendrían algo de qué hablar durante la comida. Cuando llegué al comedor, Julia me alzó el brazo para que me sentaracon ella. Estaba con Emma y Orlando. Al sentarme llegó Erika agitada y conun panfleto en la mano y detrás de ella Andrew. -¡Mirad!, es la última función de “La Tempestad” de Shakespeare enel PROSPECT PARK BANDSHELL de Brooklyn. Podemos ir mañana averla, me apetece mucho experimentar el glamur de la ópera, ¿no os llama laatención? Han puesto un precio especial para estudiantes y no se me hacetan caro, será como ir al cine pero viendo las escenas en directo-. -No sé Erika, ¡estas desvariando!, ¿qué pintamos en la ópera?, si almenos fuese un concierto de los Nightwish me lo pensaría, ¡Tarja estremenda!-, dijo Julia intentando cambiar de tema. -23-
    • -No está tan mal del todo. Dentro de unos meses, nos graduaremos;cada uno irá a una universidad diferente y perderemos nuestros rastroshasta volver en vacaciones. No me parece una mala idea, estaremos todosjuntos y la ópera, no está pasada de moda. Seríamos unos privilegiados alasistir, ¿cuándo volveríamos a tener esa ocasión?, pensarlo detenidamente-,dijo Andrew mientras miraba a Erika y le guiñaba un ojo esbozando unasonrisa. -No sé Andrew, la ópera es para cultos y nosotros entender,entendemos poco, pero lo que queráis. Yo, estoy conforme; estaremos juntosy es lo que importa-, dijo Orlando mientras miraba como sus dedosjugueteaban con el bote de kétchup. -El único inconveniente, es que a esos sitios hay que ir vestido deetiqueta sino no nos dejan entrar, dijo Julia mientras terminaba de tragarun trozo de sándwich. Deliberamos las opciones durante la comida, yo siempre cayadaasentía sin rechistar. No me agradaba la idea de vestirme como una cursipara asistir a la ópera, pero era unanimidad y había que aceptarlo. Por otraparte, tenían razón. Íbamos a estar todos juntos, el lugar tampoco importabademasiado. Llegué a casa agotada pero tenía que preparar la cena, hoy me tocabaa mí. Nos repartíamos las tareas, desde que mis padres se separaron haceunos años. Mi madre tuvo que ponerse a trabajar y debíamos echarle unamano. Un poco de puré y unas chuletas estaría bien. Durante la cena estuve bastante cayada y mis ojos denotabanpreocupación. Siempre he dicho que mi madre, tenía una especie de sextosentido y no le faltó mucho tiempo para que se diese cuenta. Me hizo decontarle lo del vestido y mi hermana eufórica de emoción se ofreció parahacerme un cambio radical. Después de pasar por sus manos, parecería unaseñorita. Alice esperaba ese día con entusiasmo, daría rienda suelta a suimaginación y gozaría con hacerme un cambio en mi descuidado estilismo.Cogió los rulos, potingues y maquillaje. Después de una sesión interminable de tres horas consiguió terminar.Abrió su armario y sacó un vestido de terciopelo burdeos palabra de honorhasta la rodilla; después de todo era uno de mis colores favoritos; y unabrigo largo negro. Abrió su joyero y quiso que me pusiera una gargantilla yunos pendientes, pero pensando en lo poco que quedaría de mí, fui hasta miescritorio y cogí mi cinta de terciopelo negra con la amatista y los aros. -24-
    • Cuando terminé mi insufrible transformación con los zapatos y la billeteranegra, dejó que me mirase al espejo. No era yo. Pensé que había hecho un trabajo estético inimaginable.Descubrí que detrás de toda esa ropa ancha existía un cuerpo con sus formasdefinidas. Mi madre estaba esperando en el vestíbulo con la cámara de fotos.Decía que tenía que inmortalizar ese momento porque no sabría cuándo mevolvería a ver de esa guisa. Alice, tomó las llaves del coche y me llevó hasta el teatro. Todavía nohabían llegado, pero me bajé del coche y quedé con ella en que la llamaríacuando termináramos. Me miré el reloj cada minuto, la gente comenzaba aentrar y ya habían dado el aviso que en quince minutos cerrarían laspuertas. Cogí mi móvil, Julia seguro que me contestaba. Ya estaban decamino, Andrew se había parado a comprar unas chucherías en un puesto ylas había escondido en el bolsillo interior de su chaqueta. Qué se pensaba,¡no íbamos al cine! -¡Dios mío, Ann!, pero ¡esa eres tú!, ¡ganas mucho cuando te arreglas!-, dijo Orlando con asombro. -¡Vamos a darnos prisa!, ya han dado unos cuantos avisos y van acerrar-, les dije impulsivamente. No tenía ganas de escuchar máscomentarios de ese estilo, bastante rara me sentía ya con los tacones y lasmedias. Nos acomodamos en nuestros asientos, fielmente numerados para nohaber equívocos y apagaron las luces. Una luz tenue alumbraba un balcónen el escenario y música barroca se escuchaba de fondo. Comienza lafunción. Me estaba aburriendo y ya no sabía de qué forma escabullirme de allíaunque solo fuesen diez minutos, así que utilicé la excusa perfecta, les dijeque tenía que ir al baño. Al salir por la puerta del teatro hacia el vestíbulo, allí estaba él. Labelleza puede ser motivo de desaliento, de profunda desolación, y así mesentí en su presencia. Estaba allí, apoyado en una columna con la cabezagacha y mirando al suelo. Todas las líneas de su cuerpo habían sidocinceladas por un ángel, porque era lo que estaba viendo. Me quedé inmóvil,mirándolo con quietud e ilusión. La figura comenzó a avanzar hacia mí. Inmóvil, mi corazón comenzó alatir con una fuerza inmensurable. ¿Qué me estaba pasando? Sus pasosetéreos, parecían flotar sobre el suelo. Me dejé abandonar por esos ojos -25-
    • pétreos, mientras llegó casi a mi altura. Sus labios esbozaron una sonrisa yacercándose un poco más, metió su mano en la chaqueta y sacó un viejoreloj, quizás su cita llegaba tarde y se encontraba detrás de mí. No sabíaqué hacer ni que decir. Se acercó a mí cariñosamente, ya habíamos tenido algunos encuentrosfurtivos en el cementerio pero me incomodaba la situación. Cogió mi mano yacercó su mejilla a mi cara. Comenzó a susurrar palabras incomprensiblespara mí en ese momento, mi piel se erizó y comencé a temblar, mi cuerpo sebloqueó y no sabía qué hacer. -Elisabeth, te dije que te encontraría, mi amor-. Aquella voz sonó en mi mente o vibró en el aire, no lo sé. Es curioso,basta con sentir el amor para que el mundo se detenga; si no lo hubiera vistoaquella noche en mis sueños, quizás ahora no sabría que era él. Después deser contemplada por sus ojos, aquella noche siempre se desarrollará en mimente como un suspiro. Él era el extraño de mis sueños, aquel que volvíamis noches el mejor momento del día. Se abrieron las puertas del teatro. Había terminado el primer acto yla gente salía a estirar las piernas, nos envolvían al pasar, pero yo seguíainmóvil, mirándole a los ojos, hipnotizada. Sentí como me tocaban en laespalda y me llamaban por mi nombre. Era Julia, que también salía aestirar las piernas. Me di la vuelta y no pude mediar palabra. Hasta que ella habló al fin. -Ann, ¿te encuentras bien?-. Me di la vuelta y ya no se encontraba a mi alcance. La gente se movíade un lado para otro buscando las bandejas con bebidas y se arremolinabandelante de la puerta. Le perdí. No supe que decirle a Julia, era complicado. No podía explicarle quehabía soñado con ese hombre y que de repente aparece en el teatro de lamisma forma en la que yo lo soñaba, apoyado, mirándome con sutileza ycariño. Y que era real. Flaqueé un instante y en un descuido mío, queinsolencia por mi parte, ya no se encontraba en ninguno de mis ángulos devisón. La gente se movía de un lado a otro, era difícil incluso distinguir a losque eran de mi grupo. No volví a verlo más aquella noche. El resto de la obra la pasé inmersa en un mundo en el que ninguno demis acompañantes estaba. Ya no me parecía interesante ver a unenamorado enfermizo de deseo por poseer a su ángel ni tampoco el trabajoque tenía que hacer sobre lo que estaba viendo. ¿Por qué me llamóElisabeth?, así se llamaba la chica de las flores. -26-
    • Nunca me había sentido así. Vacía, como si una parte de mí sehubiera ido con aquella belleza personificada. Al terminar la obra, los cuatrodecidieron ir a tomar algo; yo sin embargo, decidí llamar a mi hermana yvolver a casa. Sonó el móvil, yo ya estaba en la puerta despidiéndome de ellos. Erami hermana, en cinco minutos estaría allí. Me monté en el coche y el silencioque se generó en aquel momento no era incómodo, mis ojos se iluminaron deuna forma que no lo habían hecho antes y mi respiración se aceleró de talforma que hasta ella se dio cuenta y esbozó otra sonrisa. Sentí mil palabras agitándose en mi boca, pero mis labios se negabana abrirse. Supongo que aquel congelamiento, duró algunos instantes,aunque no puedo asegurarlo. Finalmente, alcancé a articular algunaspalabras, pero cuando fui a hacerlo, ella puso su mano en mi pierna. -Hermanita, la obra esta te ha cambiado el carácter o es que hapasado algo allí dentro que no me quieres contar-, dijo gentilmente. Nunca le había escuchado hablar con ese tono hacia mí, siempre eranvoces y más voces. Quizás la madurez que estaba adquiriendo con los años,la volvieron de repente mejor persona. El silencio nos inundó de nuevo. Estaba sumida en un vaivén desensaciones que no explicarían nunca mi comportamiento. Soy una personaracional y esto me sobrepasaba. Su presencia me brindaba cierta calidez,como si no necesitásemos demasiadas introducciones para sentirnoscómodas. -A mí me pasa lo mismo, desde que conocí a Matt, dijo-. Entonces levantó la vista y me miró, con cierta timidez alzó la manocon el ademán de querer acariciarme el rostro, pero se detuvo. Cené las sobras que me quedaban en la nevera de lasaña y puse unpoco de música de Nightwish mientras me tomaba un baño caliente. Habíanpasado muchas cosas en el día de hoy y mi mente tenía que asimilarlas perono sabía si mi corazón lo querría hacer tan rápido o retendría el momento. Entré en mi habitación y la ventana estaba abierta. Las cortinasbailaban al son del aire y detrás de ellas estaba él. Inmóvil, mirándome. Laluz tenue de la luna era la única que nos iluminaba. Durante un segundosentí algo extraño, no era terror en el sentido convencional de la palabra,sino algo verdaderamente ominoso, como los ecos de una pesadilla quedurante la mañana apenas recordamos. -27-
    • La belleza puede ser motivo de desaliento, de profunda desolación yasí me sentí en su presencia. Estaba atónita de lo que mis ojos veían. Penséque estaba sumida de nuevo en otro de mis sueños. Comenzó a avanzarhacia mí. Su cabello se mezclaba con el brillo de la luna y su piel despertabaen mi ser una sensación de bienestar. Me limpié los ojos, el delirio se estabaapoderando de la poca parte racional que quedaba en mi mente.Desapareció, se esfumó. No entendía lo que estaba pasando. La locura solo tiene un paso haciala poca sensatez que podía existir en aquel momento. Eché un paso atrás;hacía frío en la habitación y la ventana seguía abierta. Sumida en un vaivénde sensaciones inequívocas, caí al suelo. En mi mente solo aparecían susojos, aquella sonrisa. Quizás Orlando tenía razón y necesitaba a un compañero a mi lado.Suele decir que una mujer necesita a su lado un timón que le haga sentirfuerte ante los problemas de la vida y que esté ahí simplemente cuandonecesite que se le regale una simple caricia cuando sus fuerzas flaqueasen. Pasaron dos meses sin volver a verle, sin saber nada de él. No habíasueños, mis noches pasaban a oscuras en desaliento. El trabajo de literaturafue un éxito, nos pusieron un sobresaliente. La primavera deseaba haceraparición y las primeras flores, flotaban entre la hierba del jardín. Seguí visitando aquella tumba todas las semanas, siempre con mirosa blanca en la mano, esperando que él las encontrara, pero dejó de llevarsus rosas y no volvió a recoger ninguna de las que yo dejaba. La gente estaba enarbolada o sería la primavera que nos agitabacomo perros en celo. Se acercaba el baile de primavera y todavía no habíapensado a quién iba a invitar. Votaremos para elegir al rey y la reina deprimavera, las chicas nos volvemos locas buscando a nuestro acompañante ylos chicos se pavonean con actitud altiva y con cara de ternura muy biendisimulada, esperando a que alguna de las chicas se dignara a invitarlo cosaque los llenaban de satisfacción. Me consta que Dorian, es un gran bailarín, con clase y elegancia, unabuena pareja para cuando quiera bailar. Roy, tiene buena conversación, esinteresante y estaría bien para comentar los hechos mientras tomamos algode picar cuando termine de bailar con Dorian. Evan, es... digamos paradespués del baile, con mordaz sentido del humor y un desmedido morbo.Thomas, es el rey de las mentiras, fantástico para presentar en sociedadcomo pareja y que todas mueran de envidia por tan suma felicidad yromanticismo, Hm ¿sexy? Sí, sí, eso ayuda también. -28-
    • Jim, puede aparentar estabilidad, mientras ambos planeamosemborrachar a Esther, podrá parecer que hablamos sobre el tiempo yademás, es demasiado atractivo para mi gusto. Robert, es sencillamente…sin palabras. Luego, moriría por ver a Josh borracho, y en una fiesta de estecalibre, ¿podría faltar el alcohol? Seguro que sería completamentecomprometedor sentirle desprender ese aroma a hombre y a whisky. Y aOrlando… lo de él ya es algo personal y creo que las visitas de mi misteriosoacompañante nocturno, me habían hecho mecha dejándome un poco tocada.¡¡Los quiero a todos!! Aunque para este baile elegiré, si no tengo más remedio, a Orlando,aunque temerosa de lo que pueda llegar a pasar por su cabecita por estaacción mía. No quisiera llegar a inequívocos, suele ser propenso a ellos trasalgunos de mis actos. De momento, me abstendré de elegir, todavía quedanalgunas semanas y siempre hay alguno que se queda a las puertas del bailesin pareja, no es algo que me preocupe demasiado. ¿¡Un baile de gala!? Iré preparando mi vestido para la ocasión, tendréque pedirle a mi madre prestado algo de dinero. No suelo ser tan prepotenteante este tipo de actos, pero por alguna razón, me apetece. Sólo tengo queesperar para saber el tema de este año, gracias a que Julia está en el comité,seré de las primeras en enterarme. Aquella noche cambió mi rumbo totalmente. Tenía calor y sudaba aborbotones, tuve que levantarme y abrir la ventana para que el poco aireque corría, pasara para enfriar mi piel. Me costó conciliar el sueño, estabainquieta por algo que no llegaba a entender, de esas veces que intuyes queva a pasar algo pero no sabes el qué. El aire comenzó a cambiar mi cuerpo y no recuerdo cuando me quedédormida. “Las frías calles oscuras eran desoladoras. Aquellas gentes estabanalborotadas por algo que debía de ocurrir camino adelante. Se iluminabancon antorchas y farolillos de aceite, cosa que hace muchos años quedesaparecieron a mi parecer. Una chica, cubierta de pies a cabeza con unacapa, los seguía inquieta, dando la sensación de estar buscando a alguien.Llegué hasta la comitiva y una mujer era apaleada, insultada, que crimentan atroz hacia una persona. Después entré en un monasterio lleno depenumbra y desolación. No comprendía la situación. Entonces ahí me vi:delante de una cama hablando con aquella mujer maniatada, delirante ydolorosamente cruel situación. Me llamó Elisabeth y habló en un idiomadesconocido que quizás ella si comprendiera. Estaba algo cambiada, micabello era largo y rubio, y mi forma de hablar algunas veces era -29-
    • incoherente. Yo estaba allí, en tercera persona admirando la penosa escena.Después aparecí en un cuarto, me estaban cepillando el cabello y en uninstante, tenía un cuchillo clavado en mi pecho, él me observaba desde laoscuridad de las sombras del cuarto admirando mi penoso final.” Desperté sobresaltada, mi piel estaba pegada al colchón y no eracapaz de mover mi cuerpo para incorporarme. La ansiedad me recorrió,necesitaba levantarme. Cuando lo logré, allí estaba él. Mezclándose entrelas cortinas de mi habitación, en acción de sumisión. La habitación, carecíade los elementos esenciales para los amantes del terror. Pero, a pesar de loprosaico de la situación, lo ominoso se hacía presente. Me recorrió una corriente eléctrica por la columna; mi mente, buscabadesesperadamente un argumento que contradijera aquel miedo irracional yabsurdo. El tiempo, se convirtió en algo físico, pegajoso. Su movimiento fueleve, apenas perceptible, pero innegable. Fue una visión fugaz, como esosdestellos de la tormenta que son demasiado repentinos para observarlos aldetalle. Sus ojos, inmóviles y anhelantes, parecían recordar en mí un amorperdido. Algunos ensayaron frases inciertas, cortejos mal disimulados. Yocontemplaba algo bello, distante e inabarcable, cayendo en la neciapretensión de poseerlo, absorberlo y asimilarlo para mi propia esenciaestéril. Nunca me había sentido así, concebía que fuera parte de mí; hacíatanto tiempo que no admiraba su rostro que ahora me parecía más belloaún. -Estuve perdido muchos años, pero mi amor te ha vuelto a encontrar-.Su voz era dulce, derritió hasta el último resquicio de mi cuerpo. Escuché el ruido característico de la puerta de entrada al cerrarse.Por las horas, sería Alice después de dar una vuelta con Matt. Llamaron ami puerta. -Ann, ¿estás dormida?-, dijo mientras entraba. -No, este calor me está asfixiando y no puedo dormir-. Mi voz denotóangustia, las palabras salieron entrecortadas y temía que hubiese notado laanomalía notable que se escondía entre las sombras. -Mañana, ¿tienes que hacer algo?, lo decía porque podíamos ir a laplaya y pasar un día de chicas. Necesito desconectar y pensé que teapetecería-, se notaba que ansiaba hacerlo a lo que accedí. -30-
    • Otra vez desaparecido, ¿por qué no termina lo que empieza? Me dejócon la palabra en la boca. Tenía tantas preguntas, tantas respuestas porcomprender que estuve toda la noche sin poder pegar ojo. Abrí demadrugada la ventana, su vía de entrada hasta mí, por si por algún afándivino, se dignara a hacerme de nuevo compañía. El agotamiento hizo queme quedara dormida al fin. Cuando me levanté, ella me estaba esperando en la cocina. Habíametido en una mochila algo de picar y unos refrescos, se había tomadomuchas molestias. Orlando apareció en la puerta, no le dio tiempo a llamar. -¿Llego en mal momento Ann?-, se sorprendió de la escena, no eranormal que las dos estuviéramos juntas sin tirarnos de los pelos. -¿Puedo hablar contigo un momento?-, dijo. Me disculpé de mi hermana un segundo y salí con Orlando a lapuerta. -Esta mañana vino Emma a mi casa-. Prosiguió contando. -No me andaré por las ramas, me ha pedido que fuera al baile con ellay le dije que lo pensaría. Si te parece mal, puedo decirle que ya me lo habíanpedido antes e iré contigo si lo prefieres-. -¡Orlando eso es fantástico!, no te lo dije pero le gustas desde hacetiempo. Eso es ¡genial!, no te preocupes, ve con ella le va ha hacer muchailusión-. Su cara cambió de ilusión a decepción. Sé que aquello le dolería, perotenía que empezar a salir con alguien que no fuera yo. Quizás pensó que condecírmelo, se removería algún bicho en mi interior que me hiciera verlo deuna forma algo más pasional que amistoso, pero no fue así. Dio media vuelta y se marchó, pero antes de llegar a la cera, se giró ynos deseó que lo pasáramos bien. Alice, lo vio todo desde la ventana, quemomento más vergonzoso. Salió con las llaves del coche en la mano y nosmarchamos. El silencio era incómodo. Encendí la radio y puse algo de música. UnCD de Matt, seguro. A mi hermana, no le agradaba mucho el rock y él eraun apasionado. Esta es la mejor regla de la teoría que los polos opuestos seatraen, es eficaz más de lo que llegamos a imaginar. Las vistas eran impresionantes, acostumbrada a la ciudad, aquelloparecía el paraíso. El aire limpiaba mis pulmones en cada inspiración, la -31-
    • libertad rezumaba por mis poros. Me tiré todo el viaje mirando por laventana y sacando de vez en cuando mi mano para sentir el aire chocandocontra ella. Estaba deseando llegar. Al llegar a la arena, me descalcé. El tacto de ella en mis pies megustaba, hacía mucho que no recordaba esa sensación. La brisa con sabor asal, reconfortaba mi cuerpo, hacía que me sintiera libre. Decidí dar un paseopor la orilla, quizás no fue mala idea después de todo el venir a pasar el día.Alice, estaba perdida en sí misma, nunca la había visto así. Estaba sentadacon la mirada perdida en el horizonte abrazando sus piernas y en un halo detristeza. Era ese típico momento en el que si hubiese tenido pareja, sería pararecordar. Me sentía sola, estaba en el último curso, el año que viene iría a launiversidad y todavía no había tenido ninguna cita. Era horrible, vistodesde el punto de vista de Julia. Ella, nunca estaba sola y si era así estaríarara. Muchos decían que era un poco ligera de cascos, probablementetendrían razón, pero era mi amiga y eso creo que no tiene nada que ver conla amistad. Me encantaba aquel lugar, tenía algo de mágico y no dejaba ni unresquicio de mi ser que no sintiera paz. Quise romper nuestro silencio, porun momento estuvo bien pero ya se hacía un poco incómodo. -¿Te ocurre algo?, estás muy rara-. -Matt y yo, lo hemos dejado por un tiempo. Necesitaba un poco deespacio-. Me quedé perpleja. Eran asquerosamente envidiables y secompenetraban, no entendí aquello del espacio. Suele ser muy relativo, lamonotonía estaba empezando a hacer mecha en ellos o él se había cansadode ella, incomprensible por parte de Matt. Es demasiado empalagoso conella, no la dejaba a sol ni a sombra y se moría en cada detalle. Estaba destrozada, sus lágrimas me dañaban como pequeños puñalesen el estómago. Éramos como el perro y el gato, pero en estos momentos meuní a su bando para pelear en aquella guerra juntas. -No te preocupes-, le dije. –Hay veces que estas cosas os pueden venirbien a los dos-. -No es tan sencillo Ann. Ha aceptado una beca en Francia por seismeses y mañana cogerá el avión. Me dijo que había pasado unos añosmonótonos a mi lado y que el cambio de aires le vendría bien. Quiere que -32-
    • pruebe con otros chicos, la pasión se había esfumado y la situación generadale agobiaba-. Mi mente, tenía que asimilar demasiado de golpe. No me esperabaesto de Matt, los hombres no saben lo que quieren muchas veces y lo que nosaben es que lo que necesitan, lo tienen delante de sus narices y lo dejanpasar. Son demasiado impulsivos y eso les pierde. Tenía que cambiar la conversación, no debía torturarla con su penatodo el día. Estábamos en un sitio maravilloso y era una lástima quegastáramos nuestras retinas en lágrimas cuando el paisaje se merecía unpoco de ellas. -¡Vamos a bañarnos!-, me incorporé y la cogí del brazo. -¿Pero si no hemos traído bañador?, ¡estás loca!-, sus ojos se abrieroncomo platos y su boca gesticuló una sonrisa. Creo que estaba empezando ahacerlo bien. -¡Venga!, no hay nadie y hace calor-, volví a tirarle otra vez del brazoen un ademán de levantarla. -Tienes razón, hemos venido a divertirnos-. El resto del día, despellejamos a los hombres, nos reímos y creo queevadí un poco su mente hacia algo más agradable. En ese sentido me sentíbien, pero, me preocupaba Orlando. Me di cuenta de que no llegué a ser deltodo consciente de la repercusión que tuvo mi contestación. Al fin y al cabo,les hice un favor. Emma, estaba coladita por sus huesos y la dulce timidez lehizo no contar nada. -Tendríamos que haberle dicho algo a tus amigas, contra más gentehubiéramos estado mejor, pero así también ha estado bien. ¿Sabes ya algodel baile? Recuerdo el mío, inspirado en los años cincuenta….- -Y las pintas que llevabas con esa cinta en el pelo y las mayasajustadas. No sé de qué irá este año, pero creo que me quedaré en casa.Barajé las opciones y Orlando era el único disponible y se lo he cedido aEmma, sabrá aprovecharlo mejor que yo-. -No digas eso ni en broma. Es la antesala de la graduación y no debesperdértelo. No quiero que te arrepientas de ello toda tu vida-. El sol comenzó a esconderse entre las montañas y la suave brisa, seconvirtió en un aire que calaba los huesos. Esperamos a ver atardecersentadas en la arena y después fuimos de vuelta a casa. Había sido un día -33-
    • provechoso, esperé que pronto pudiésemos repetirlo. Pensé que detrás de suprepotencia podría haber algo de dulzura en ella y así era. Tantos añosdurmiendo en la habitación de al lado y no sabía el potencial que podíaesconder. Matt cogió su avión sin tan siquiera llamarla para despedirse. Fuetriste, después de haber estado cerca de dos años. No fue un hombre y dejómucho que desear. Sentí pena por ella, no había estado nunca en esasituación pero es evidente el dolor y vacío que se generaría en su mente. No llegaría a ser amor, es una cosa de dos y Alice sería para él suabsurda mitad. El tiempo, solo necesitaba tiempo. Es lo bueno que tenemosal fin y al cabo, las heridas se superan y encontraría a alguien que supiesevalorarla. Había aprendido muchas cosas de ella en un espacio de tiempomuy reducido pero me gustaba lo que había visto. No éramos tan distintas,ella era más extrovertida, alocada y se reía de sus propias vergüenzas perosu nobleza y entrega para los demás se hacía latente. Estaba deseando que llegara el lunes, la tarde se me estaba haciendoeterna. Por lo menos estaría entretenida escuchando a Julia y a los demáshablar del baile. Pensé lo que me dijo Alice y creo que aunque fuese sola nodebería perder esa ocasión. En clase de literatura, Orlando no me habló. Fue comprensible encierto modo pero yo tampoco le había hecho nada para que estuviese asíconmigo. Cogió más notas que otros días y estuvo inmerso en suspensamientos. Fue un milagro divino que sonara el timbre. Se levantó en unsuspiro y salió de clase, a mí ni siquiera me había dado tiempo a cerrar ellibro. Se rompió la amistad, o eso llegué a pensar. Tendría que ser duropara él ser mi amigo cuando en realidad quería algo más y yo no podíacorresponderle. No me gustaría estar en su situación. Quizás era mejor así. Julia llegó agitada. Me tambaleó y no dejó de hablar rápido hasta quela calmé. Intenté que al menos me dejara cerrar la taquilla. Ya sabía eltema: góticos del siglo XVIII. Había quedado con Emma y Erika para ir aechar un vistazo a una tienda de disfraces que habían abierto hacía poco yquería que las acompañara. Tenía un subidón de adrenalina, no podía versequieta. Un cosquilleo removía mi estómago. Quedaba poco para el baile y nose lo había pedido a nadie. Quizás algún cerebrito del club de cienciasestaría libre o sino, como dijo Alice, mejor sola que mal acompañada. -34-
    • En la tienda fue un desbarajuste. Los corsés volaban por encima demi cabeza, las pelucas…, los probadores ardían aunque yo, me abstuve deprobarme nada. Me reí mucho, eso no puedo negarlo. Julia iría con Dorian,no tuvo una mala elección, sería la envidia de todas, bailaría mucho, eso nocabía duda. Emma, con Orlando y Erika, estaba pensando en pedírselo aAndrew. Había pasado poco tiempo desde lo de Madeline, pero era nuestroamigo y ninguna chica que estuviese en su sano juicio se lo pediría y endefinitiva queríamos estar todos juntos. Se acercaba el día y Julia se tiraba de los pelos. Había pocosvoluntarios para adornar el salón de actos y el gimnasio. Temía que no lesdiera tiempo a ambientar el lugar. Quise ofrecerme, le vi tan desesperadaque no pude negarme. Después de clase, estuve quedándome durante unasemana con otros voluntarios para que todo estuviera perfecto. Al final, decidí ir sola. Se aplacaron un poco las cosas con Orlando conel paso de los días, decidió que me recogería a mí y luego iríamos a porEmma, cosa que a ella no le importó. Alice, me acompañó a elegir un disfrazacorde con mis gustos, al final más a gusto de ella pero no me disgustó.Pensé de primeras en alquilarlo, pero le gustó tanto que me lo regaló. Abrió su monedero y pagó el vestido, me lo regalaba por micumpleaños que sería dentro de dos semanas. En eso estuve de acuerdo,siempre nos comemos la cabeza para hacer ese tipo de regalos y era laocasión de darme algo que mereciera la pena, necesitara y me gustara, lastres leyes fundamentales de un regalo. Lo cierto era que mi mente estaba tan ocupada en asuntos mástrascendentales que elegir un disfraz, pero al final, y después de mirar todoslos de la tienda vi uno escondido al fondo de una estantería que llamó miatención sobre manera. Un traje beige de época con adornos en marrón ypedrería. De media manga hasta el codo y en su final, sujetado por una cintacon una mariposa, un pequeño volante de tul. El corpiño, era todo bordadopor su parte delantera y en la parte de atrás, a la altura de la cintura, otramariposa sujetaba la sobre tela simulando un lazo. Lo que más me encantó fue el remate del cuello. Simulaban las alasde un dragón con efectos brillantes al contacto con la luz y un abanico ajuego del mismo color del vestido y ribeteado con los bordados de lasmangas. Era perfecto para ir acompañado de una cruz con una cadena deencaje negro que mi hermana me regaló en un viaje con sus compañeros dela universidad. En ese momento lo decidí, quería llevar ese traje aunqueincluyera en el lote los incómodos zapatos de tacón, el corsé ajustado hastala médula y unos aparatosos colmillos de vampiro. -35-
    • Me sentía un poco vacía por tener que ir sola a un baile, era triste notener pareja para al menos bailar una sola vez. Creo, que en cierta manera,Alice se dio cuenta. Ella tampoco estaba para tirar cohetes, había terminadosu relación con Matt, no sé de dónde sacaba tantas fuerzas para estaragradable para con los demás y esconder su pena. -Vamos a enseñarle a mamá el vestido, es precioso. No pensé queencontraríamos esta joya escondida entre tanta fanfarria, seguro que suprecio era mucho más caro, he hecho una buena inversión, ¿no te parece?-,dijo ilusionada. Parecía un poco más animada. Tomamos unos refrescos y dimos unpaseo por Brooklyn. Tenía tantas tiendas que no sabías donde entrar amirar. Nos encontramos a un compañero de Alice en una terraza tomandoun café. Llamó su atención para saludarla y nos acercamos. -Sentaos a tomaros algo, estoy aburrido de leer el periódico sincompañía-, dijo esbozando una sonrisa. Sus ojos se iluminaron y cerró elperiódico dejándolo apartado en un pico de la mesa. -Ya nos íbamos a casa, pero gracias-, quiso evadir la invitación, peroahí estaba yo para echarle un cable. -Alice, todavía tenemos tiempo de tomarnos algo-, guiñé un ojo aaquel chico y me senté en la silla. No tuvo más remedio que sentarse. Sus mejillas se ruborizaron. Hacía mucho tiempo que había perdido lapráctica y parece que aquel chico intentaba coquetear con ella, o eso llegabaa parecerme. -Ann, él es James, un compañero de fatigas en la universidad-, dijo mihermana. -Algo así, si se puede decir-, contestó él con la voz entrecortada. –Aguanto a tu hermana todos los días en clase, aunque me embelesomirándola más de lo debido y al final termino pidiéndole las notas de lasclases porque me pierdo casi todas las explicaciones-. Creo que estaba estorbando. Le había dicho claramente que estabainteresado en ella. Si me iba sin excusa, ella se levantaría así que, me lasingenié y le dije que quería ir a la biblioteca a coger un libro, no tardaríamucho, me podía esperar allí. Aceptó de mala gana. Estaba nerviosa, se lenotaba, pero sabía que esto le iba a hacer mucho bien. El chico era atractivo,con el pelo un poco despeinado y algo descuidado pero parecía buena gente. -36-
    • No se parecía en nada a los chicos con los que la había visto saliranteriormente. Este no era generalmente guapo, tenía un atractivo especialque no lo hacía indiferente, su cuerpo no estaba trabajado en gimnasio y porsu forma de hablar, no era tan estúpido y engreído como los componentes delequipo de fútbol. En cierta manera, me gustaba. Paseé durante un rato, quise dejarle algo de tiempo al chico para quese lo currara. Me miré el reloj, comenzaban a encender las luces de las callesy los comercios estaban cerrando, me había demorado más de la cuenta.Alice, estaría nerviosa por mi tardanza. -¿Y el libro?-, preguntó extrañada al ver que no llevaba ninguno. -Tenían prestado el que buscaba, es igual, otro día me pasaré-. Se levantaron y él le dio un beso en la mejilla cariñosamente. Creoque no había estado del todo tan mal haber ido ese día a comprar. Habíasido provechoso quizás más para ella que para mí. Nos montamos en el coche. Me dispuse a poner la radio y ella paró mimano. Sacó el CD que había dentro y lo tiró por la ventanilla. Dijo que en laguantera había un paquete con ces de música y que eligiera el que quisiera.Este había sido un gran paso de gigante, acababa de lanzar el rock de Mattpor la ventana. La miré extrañada y me sonrió. No quise preguntarle nada, estaba en un estado entre las nubes y elsuelo y no quería bajarla de allí. Dejé que su mente recorriera despacio cadapalmo, palabra, mirada. Ojalá yo llegara a sentir en mi piel lo que se sentía,me tenía que conformar con las ensoñaciones que hacía tiempo me habíannublado la existencia. Cantamos cada canción que sonaba hasta que llegamos a casa.Estaba plena, algo había cambiado la conversación con aquel chico y eso mealegraba, a pesar de mi malestar general. -37-
    • 3 Aaralyn Llegó el ansiado día del baile. Alice, me ayudó a ponerme eseaparatoso traje y con mi pelo. No había estudiado peluquería, pero se ledaba bastante bien. Miramos en google algunos peinados de la época y ellacon su maña, hizo el resto. Todavía no estaba del todo lista cuando llamaronal timbre. Mi madre abrió la puerta. Eran Andrew y Erika, que detalle por su parte. Pensaron no dejarmeir sola hasta el baile y pasaron a recogerme. No debía hacerles esperardemasiado, Alice volvió a subir y terminó de retocarme. Tenía queanunciarme, era lo propio, había que meterse en el papel. Hacía muchotiempo que no la veía así desde lo de Matt, quizás ya habría algo entre ella yJames. Mi madre nos pidió que no saliéramos, esta ocasión necesitaba lacámara de video, las fotos se le quedaron cortas. No sabía lo que ocurría.Volvió a sonar el timbre de casa. Era Orlando, a él también se le habíaablandado el corazón y decidió recogerme. Alice terminó con los últimosdetalles, cogí mi cruz y me la puse en el cuello. Mi hermana me dejó comosiempre, estupenda, aunque me faltaba mi pareja; los demás estarían allí,en el fondo no estaría del todo sola. Había llegado el momento. Deseaba mirarme al espejo. La historia mefascinaba y aquella época especialmente me tenía enamorada. Era uno demis muchos sueños, el poder vestirme de aquella forma. Mi hermana mellevó hasta el primer peldaño de la escalera y llamó a los chicos. Estabanerviosa, inquieta. Orlando, se colocó al final de la escalera. Descendí despacio, el maldito corsé me aprisionaba el estómago y mecostaba respirar. Cogió mi mano ayudándome a bajar el último peldaño. Mimadre y mi hermana se apartaron y detrás estaban Andrew y Erika. Sentí un escalofrío recorriendo mi piel. Orlando…, sentía pena por él;estaba tan enamorado que sus ojos lo delataban. No le bastó ir con Emma,su mente no estaría con ella y eso me entristecía. Ella, llegaría a darsecuenta si no escondía un poco sus sentimientos. Mi conciencia se removíaentre sus sentimientos cuando su mano temblorosa tomó la mía. Mi madre sostenía la cámara de video, no me di cuenta que llevaba unrato grabando. Andrew, sacó del bolsillo una cámara de fotos, ellos estaban -38-
    • geniales. Parecíamos sacados de un libro de Anne Rice, todos de vampiros,pensé que no seríamos los únicos aquella noche. A Alice, le entró el gusanillo y se ofreció a llevarnos en coche. Primerorecogeríamos a Emma, era una insensatez no hacerlo y después nosencontraríamos en el baile con Julia. Tenía ganas de ver a mis compañerosvestidos de aquella guisa, echaba de menos la época en la que ella esperabailusionada su primer baile de primavera. Había llovido mucho desdeentonces, pero la añoranza nunca se pierde. Cuando llegamos a la puerta del gimnasio, la música retumbabahasta en el último resquicio de mi cuerpo. La oscuridad, solo hacía algovisible a causa de los flashes de luz que lanzaban los focos que habíancolocado en el escenario y miles de velas encendidas esperaban a que elaquelarre comenzara. Habían contratado a un grupo de música rock para amenizarlo,aunque no sabíamos de cual se trataba, ni Julia lo sabía, eso era cosa delconsejo escolar. Julia, nos había reservado una mesa, yo la utilizaría másque ninguno. Enseguida, las chicas cogieron a sus acompañantes del brazo ylos lanzaron a la pista de baile. Una tras otra, sonaban en mi cabeza convirtiendo mis pensamientosen mera distracción. Comenzaron los acordes de la primera canción lenta,bebí un sorbo de mi refresco y un suspiro salió despedido incapaz deretenerlo. Desde la pista, noté como Orlando me miraba descontento por suposición, Emma no lo dejaba descansar y ahora aun menos. Mis ojos me engañaban de nuevo. Altivo, pétreo, con su sonrisaangelical y sus ademanes de caballero oscuro. Sus pies parecían no tocar elsuelo, los destellos de los focos blancos incandescentes lo acercaban a mí acámara lenta. El sonido del piano y la voz dulce del cantante combinado conel vaivén de su cuerpo al caminar me hicieron desfallecer. Miré a mi alrededor, no parecían darse cuenta de lo que ocurría, elgraderío estaba sumido entre la locura y la esquizofrenia colectiva delambiente. Algunos habían bebido más de la cuenta y otros ya se habríancolocado. Me levanté de la silla, busqué a Julia o a Erika con la mirada, peroninguna estaban en mi ángulo de visión. Los centelleos de los focosdifuminaban mi perspectiva y me era imposible distinguirlos entre tantagente. No sé como lo hizo pero al volver a mirar ya lo tenía en frente de mí.Sin saber cómo ni por qué, la música, la gente, sus voces, pasaron a otronivel. Me hablaba en susurros y lo escuchaba sin ninguna interferencia. -39-
    • Extendió su mano en ademán de acompañarlo pero titubeé un momento.Tomó mi brazo delicadamente deslizándolo hasta tocar la punta de misdedos, llevándome entre la gente hasta un lugar más íntimo. Decir que el corazón dio un vuelco de trescientos sesenta grados sequedaba corto. El pretendiente de mis sueños, hacía tanto tiempo que no loadmiraba, no visitaba mi cuarto, pensé más de una vez reprocharle sus actospero ahora era incapaz. Estiró su mano, que sostenía una rosa blanca haciamí. -Digno al menos estoy de recibir tu compañía por esta noche-. Cogiómi mano y depositó en ella dulcemente la flor que contenía su aroma, aquelque anhelaba sobremanera. Sus manos, estaban frías como el hielo y su piel dura como laspiedras. Un diamante, eso parecía. Miles de estalactitas tintineando en supiel y la mía, el fuego abrasador de un volcán a punto de estallar. Llegó a míde forma extraña, los sueños, ella…, quizás sería mejor dejar que losacontecimientos me sumieran en la locura, o era real y mis fantasíassobrepasaban la poca sensatez que me quedaba. Tomó delicadamente mi cintura y se acercó más a mí. Balanceó micuerpo al unísono con la música que mis oídos escuchaban y sin saber cómo,cuándo ni por qué, allí estaba bailando con aquel ser que iluminaba mis ojosy dejaba mi mente en desconcierto. Su aroma, sus susurros, invadían mi cuerpo cargándolo con unaespecie de droga invisible. Los nervios desaparecieron, me postré sumisa asus encantos. Apoyó mi cuerpo en la pared posando sus dos brazos alrededorde mi cara, era una presa fácil, quizás más de lo que yo me pensaba. Acercósus labios a los míos dejando un atisbo entre ellos, su aliento penetraba enmi morfología como la medicina en la que me refugiaría para curar miinsufrible dolor por tantas pérdidas. Mis ojos se movían de un lado para otro, sentía como mi cuerpo perdíasus fuerzas. El mareo por el calor, el humo y el corsé estaban haciendomecha. Era incapaz de que mi boca gesticulara ninguna palabra, estabaabsorta, llena. Posó una de sus manos en mi cara, di una encogida. Con el simplegesto, enfrió mi cuerpo hasta el límite de sentir los latidos de mi corazónmás débiles. Estaba helada y dura como acero. No fue una sensación cálida,más bien sentía la necesidad de apartársela pero mi cuerpo ya no respondía. -40-
    • -Necesito tomar el aire-, mi voz era tan tenue que, con el mundanalruido que me envolvía ninguno hubiera escuchado mi súplica, pero él lo hizo. Mi cuerpo comenzó a flaquear, no llegué a la puerta cuando tuvo quecogerme en sus brazos. El poco aire de mis pulmones estaba llegando a sufin. Mis ojos se cerraban pero pude ver a Orlando a mi lado desesperado porsoltar el corsé y llevarme a la calle para que retomara de nuevo larespiración. No imagino a saber lo que pasó después de aquello. Desvarié en misensoñaciones, todo era un cúmulo de sensaciones amargando mi existencia.Entre delirios y ensoñaciones sucesivas me quedé dormida. Al cabo de las horas desperté. Estaba en una cama de sábanas conaroma a vainilla. Abrí despacio los ojos, la luz tenue molestaba mis pupilasdilatadas. Mi ángel, esperaba en un sillón velando mi recuperación. Estuve unos minutos removiéndome y quejándome del dolor tanintenso que sentía en todo mi cuerpo. Escuché su voz y cómo llamaba aalguien. Por el nombre parecía el de una mujer. Se acercó a mícariñosamente, me acarició la frente y retiró el pelo de mi cara. Sus manoseran cálidas, no tenía nada que ver con la sensación que en mi piel seprodujo cuando el príncipe de mis ensueños me agarró, era un recuerdofamiliar. En esencia, fue la misma emoción que recordaba haber tenidocuando por descuido la mano de Jillian y la mía, chocaron por un instante alfinal de la escalera. Fui acostumbrándome poco a poco a la luz y lo que antes era borrosoahora iba cobrando forma. Era una mujer de cabello largo y ondeado; su tezpálida, hacía destacar las ondas cobrizas que rodeaban su cara; sus ojos erangrandes y de un verde penetrante. Los pómulos, dejaban entre ver elresquicio del tono rosado de la piel que algún día fue, y sus labios; pintadoscon rojo carmín, gruesos y apetecibles, incitaban desear besarlos. Sus manos eran delicadas y cada vez que rozaban mi piel paraacariciar mi rostro, calmaban mi sino, llenaban mi cuerpo de paz y unatranquilidad tal, haciendo que me tele transportara a un lugar seguro sinpreocupaciones. Tendría unos pocos años más que yo. Aventuré a conjurar que sería dela edad de mi hermana aunque no estaba segura. Me dolía todo el cuerpo apesar de no haber caído al suelo. Me senté en la cama, la habitación estabamuy oscura, apenas unas velas alumbraban la instancia. -41-
    • Vi como él se acercaba hasta mi altura y ella, atajando una orden, selevantó de la cama y dejó la habitación dedicándome una cálida sonrisa. -¿Cómo te encuentras?-, dijo preocupado. -Me preguntas que, ¿cómo me encuentro?-, una risa sarcástica salió demis labios, apenas era capaz de hablar. Qué ironía, llevaba mucho tiemposin saber de él, apenas llegaba a vislumbrar la realidad de mis sueños yaparezco en un lugar que por lo menos era acogedor, aunque desconocido. Se quedó reparado. No entendía lo que estaba pasando. Me sobresaltéal intentar mirar la hora en el reloj, sería tarde y mi madre estaríapreocupada. Al mirar mi muñeca desnuda, me di cuenta que no lo llevaba. -¿Cómo he llegado aquí, por qué me duele tanto el cuerpo?-, dijenerviosa mirando todo a mi alrededor. -Has sufrido un pequeño percance con el corsé, él intentó…, bueno note ha pasado nada que tengamos que reprocharnos, te cogí y te traje a casa,era lo más coherente-. -¿Lo más coherente?, ¿no hubiera sido mejor un Hospital?-, me encogí.Un dolor agudo apareció de repente en mi estómago y era incapaz deincorporarme. -Tengo que volver a casa, estarán preocupadas-. Me intenté levantarsin éxito. Mi cuerpo estaba dolorido y mi mente cansada. Se giró y llamó a aquella mujer por su nombre, Aaralyn. Era la únicapresencia racional y amistosa que sentía segura en aquel momento, era lasolidaria que había invadido mi existencia con un poco de dulzura ypreocupación. -El pasado está alcanzando al presente, todo lo que queda es unaabsoluta ilusión. Todas las cosas que no pudieron ser ahora vuelven arodearnos. Su agonía volverá a envolverla de nuevo, no tardará mucho encomprender-, dijo ella turbada por las visiones que acababa de tener. -Ella solo es la silueta de los resquicios de la persona que creíste tuamante. La anticuada evolución de su conciencia no tardará en aflorar-,prosiguió hablando. Yo, miraba de un lado a otro, aquella situación se hacíainsosteniblemente irracional. La esencia de mi vida volvía a mostrarse entodo su esplendor. Me sentía mucho mejor y con fuerzas de volver a casa,pero antes, necesitaba más de una explicación. -42-
    • Ellos dos se miraron cuando terminó de exponer sus diligencias.Volvió a salir de la habitación y nos dejó solos de nuevo. Ya tenía las fuerzassuficientes para levantarme de la cama y me puse de pié. Él seguía sentadoen el sillón y me dirigió una mirada terriblemente dulce, la cual hizo encogermi corazón. Me quedé allí, inmóvil, esperando una aclaración. Estuvo meditando largo tiempo en silencio, mirándonos a los ojos sindecir nada. En cierta forma, se sentía culpable de lo que me habían hecho yla furia se escondía detrás de la dulzura de su mirada. Encogió sus nudillos,giró sus muñecas haciendo que los huesos de los dedos sonaran uno detrásde otro. Las venas de sus manos se hincharon en un gesto de desolación y enun silbido, volvieron a su estado natural calmando la situación. -Debo acompañarte a casa, es tarde y estarán preocupadas por ti-, selevantó despacio, parecía medir sus movimientos o seguir una doctrinaexistencial en cualquiera de ellos. Guardó las distancias y me acompañóhasta el coche. No fui capaz de decirle nada, tenía muchas preguntas, mi mentepalidecía. No lograba comprender lo que me estaba ocurriendo, eraincoherente. -Di mi nombre, así sabré que estás de vuelta, que estás aquí de nuevopor un momento-, su voz era dulce y sus ojos no dejaron en ningún momentode mirar a la carretera. Me quedé perpleja. No sabía lo que me estaba diciendo, pensé que seestaba confundiendo de persona, que estaba desvariando. -Me gustaría compartir esos recuerdos contigo pero no sé tu nombre.Lo siento-, le dije mientras movía mi cabeza para mirarle. -Tocaste mi mano, los colores revivieron en mi mente y mi corazón.Crucé los bordes del tiempo dejando el hoy atrás para volver a estar contigo-, parecía languidecer, su voz tornó triste y entre susurros escuché como elaire formulaba un suspiro de sus labios. -Mi nombre es Jillian-. Nos inundó un silencio eterno, algunospodrían pensar que podía volverse incómodo pero yo no lo vi así. Nonecesitaba hablar con él para sentirme más cerca, ya lo tenía a mi lado y esome bastaba. -Mañana vendré a buscarte, no te preocupes. Hay muchas cosas quedebes saber, pero todo a su tiempo. Descansa, yo velaré por ti-. -43-
    • Lo miré fijamente. No comprendía sus palabras pero, después de todolo que había pasado era justo hacer caso a sus palabras. Salí del coche ensilencio. Entré en casa y ellas estaban dormidas, no había indicios deintranquilidad por mi tardanza. Subí a mi habitación y al asomarme a laventana, allí seguía su coche. Había apagado las luces y el motor. Seguía con las manos puestas enel volante y la mirada perdida. Recorrí la cortina un poco más para verlemejor y su cara se giró hasta mí. Sentí una rabia irrefrenable, había estadoconsumiendo en exceso mi corazón sin su presencia durante muchos días,ahora que el mío se debatía por retener su esencia cerca de mi piel. Posé mi mano en el cristal, quizás con la intención de sentirlo máscerca de mí. Necesitaba sentir sus labios, que sus manos cincelaran micuerpo como el mejor de los artistas. Mis ojos, estaban cansados. La tristezaera abrumadora, a veces lo sentía tan distante, perdido entre suspensamientos a pesar de nuestra cercana presencia. Muchas veces se hace difícil esconder nuestros instintos y hacer quedesaparezcan, y teniéndolo allí delante, era todo un reto. No era capaz demoverme de la posición en la que me encontraba, deseaba admirarlo,aunque sólo fuera lo único que me dejara hacer en ese segundo. Unrelámpago iluminó el cielo en aquella noche funesta. El estruendo que loacompañó, removió hasta el último resquicio de mi cuerpo. No tardó mucho en romper a llover. Caía con tal virulencia, que unmanto de agua nos separaba. Sin ángulo de visión, mis nervios empezaron acarcomer mi sino. No escuché el motor al arrancar el coche, por lo queadiviné a pensar que seguiría en su casta trinchera. Dejé caer las cortinas asu estado inicial y salí corriendo escaleras abajo. Abrí la puerta de casa, elagua corría con tanta fuerza que arrastraba todo lo que quería a su paso. Apesar de secarme los ojos, me sentía hostigada por la cruel agua que losnublaba. La hierba, reposaba satisfecha después de haber recibido las cariciasde la tormenta. La luna no resplandece en el cielo, y sin embargo su cocheno permanecía en penumbras. Con una agudeza sorprendente, los latidos demi corazón penetraban en los oscuros abismos de la melancolíaarrebatándole a las sombras los ignotos secretos que se agitaban en mialma. Comencé a caminar hacia el coche, andaba descalza deslizándomeentre el agua que ya había calado hasta mis huesos incluso antes de llegarhasta él. El vestido, estaba pegado a mi cuerpo y dificultaba mis pasos, pero -44-
    • conseguí llegar hasta el coche. Puse mi mano en la ventanilla y noté unentumecimiento en mis venas. Cargaban con tanta sangre por la aceleraciónrepentina de mi corazón, que me llevaron a un estado de éxtasis. Losdestellos de las luces incandescentes de los rayos no cesaban en su intentopor iluminar aquel cielo agitado; la contrarréplica era aún peor, no dejandoningún rincón de mi tembloroso cuerpo en circunstancias un poco másapetecibles. El agua descendía por el cristal como un río embravecido; el aire, consus turbulencias innecesarias, mecía mi cuerpo con masiva indulgencia. Nose había percatado de mi presencia. Aquella estampa, habría reblandecido elalma de cualquiera, más por la situación infernal en la que me encontrabaque por la mera cuestión que me llevó a sentirla de aquel modo. Al advertir que la ventanilla vibraba más de lo normal ydescompensada con el rubor de los truenos, giró su cara hacia ella. Pudevislumbrar sus ojos a pesar del agua empañando ferozmente mi visión. Notardó en abrir su puerta y salir del coche. -¡Estás empapada!, No deberías estar aquí, tienes que descansar-, dijopreocupado. Sus manos hicieron el ademán de coger mi cara pero se reparó.Alguna fuerza invisible no le dejaba hacerlo. Comenzó a empaparse, notardó mucho en tener su ropa calada hasta la saciedad. Su cuerpo se quedórígido, sus pupilas se dilataron y las venas de su cuello surgían comoserpientes esforzadas por llegar a su presa. Con un movimiento casisobrenatural se situó al otro lado del coche. -Entra en casa, por favor. Ya has sufrido bastante por hoy y temohacerte aún más perjuicio. El deseo, muestra mi efusión más animal y lalucha contra él está debilitando mi razón.- dijo entre dientes, temía abrirmás sus labios. Pero me quedé allí, inmóvil. Mi cuerpo entumecido, arrastraba mimente a una lucha entre el amor y la insensatez que no me dejabareaccionar. Escuché voces, que al principio eran susurros en mi espalda. -Ann, ¡entra en casa!-, dijo mi madre desesperada un par de veceshasta que logré escucharla y giré mi cuerpo. Salió a la puerta y abrió un paraguas. Volví a echar un último vistazoa Jillian, pero ya no estaba el coche. Era imposible imaginar como enfracciones de segundo se montara en el coche y desapareciera de allí sinhacer el menor ruido. Me tomó del brazo y entré en casa. Debía despojarme -45-
    • de la ropa y secar mi cuerpo, enfermaría si no lo hacía. Mi madre volvió a lacama, pensó que me había levantado en sueños y había salido a la calle. Aquella noche no pude dormir. Mi imaginación tenía mucho alcance yestaba desvariando. Había cambiado mi vida en un trascurso de tiempodemasiado corto para asimilar tanto de golpe. Sin saberlo, estaba enredadaen una historia donde el amor consumía mi alma sin darme cuenta. Fue la primera vez desde hacía mucho tiempo, que esperé sentada enel banco de mi ventana hasta ver amanecer. En silencio, luchando con lospensamientos que inundaban mi ser. El sol intentaba despuntar detrás delos árboles cuando mi madre irrumpió en la habitación. -¿Ya te has levantado?, menudo susto me diste anoche, ¿qué hacías enla calle con la que estaba cayendo?-, dijo mientras recogía del suelo la toallaque utilicé para secarme el pelo. Rebusqué hipotéticas razones en las cuales yo hubiera estado enaquella situación anoche pero sin saberlo racionalmente. -Quizás me levanté entre sueños y me dio por bañarme en el porche-,sonreí. Era un toque algo irónico, pero tragó. Tenía por delante un domingo aburrido, con muchas preguntas, peroseguía siendo domingo. Hubiese preferido un día de clase, viendo como lagente va de un lado a otro en los cambios de aula, el ruido de las taquillas alcerrarse, los timbres; en fin, el ajetreo de un estudiante normal. Estaba desayunando cuando llamaron a la puerta. Escuché a unamujer hablando con mi madre sobre un pastel de arándanos. La voz,recordaba haberla escuchado antes, quizás era la señora Perry, propensa adeleitarnos con sus postres, cosa que agradecíamos estaban buenísimos.Percibí que la puerta de casa la habían cerrado y se dirigían a la cocina. -Ann, ha venido la nueva vecina y nos ha traído un pastel dearándanos-, dijo cortésmente agradecida por el gesto. Levanté la vista y allí estaba ella, Aaralyn. Mi madre la invitó asentarse conmigo en la mesa, haría más café y degustaríamos el pastel. Semovía de un lado para otro de un punta a la otra de la cocina cogiendo vasos,encendiendo la cafetera, en fin, lo que se hace en ocasiones como aquella. Ensus descuidos, miraba a Aaralyn y ella respondía mi mirada siempre con sugesto amistoso hacia mi persona. -Si no es molestia-, llamó la atención de mi madre, -mi marido y yo,vamos a pasar el día en el lago y a nuestro hijo Jillian le vendría bien que -46-
    • Ann viniera con nosotros, ¿no le importa que nos acompañe?- dijoamistosamente. Mi madre se extrañó no de la propuesta sino de que fuese su madre laque le pidiera permiso para acompañarles. Aceptó gustosa. Me vendría bientomar el aire y así podría contarle a mi vuelta qué tal eran los nuevosvecinos. -Ann, no tienes que preparar nada, ya lo llevamos todo nosotros, solocon tu compañía ya nos vale-, dijo esbozando una sonrisa. Seguía teniendo la misma cara dulce de la noche anterior. Incluso susojos resaltaban más con el color de su cabello. No vestía con la ropa con laque suelen ir “las madres”, iba demasiado moderna según el gusto de la mía,pero no me importó. Habló de su marido, pero yo solo vi a Jillian y a ella,quizás no se encontraba en casa o mis pupilas no lo percibieron. Hice el ademán de levantarme de la mesa y ella me secundó. Nosdespedimos de mi madre que se quedó conforme y nos dirigimos a la calle. ElFord F650 negro de Jillian, ya estaba en la puerta esperándonos. Anoche,me acompañó en aquel coche y lo que más llamaba mi atención era elordenador de a bordo y sus puertas de gaviotas. Era una pasada su equipoestéreo y la velocidad que llegaba a alcanzar aquel coche. Aaralyn, abrió la puerta del copiloto y me señaló que me montaradetrás. Mis manos temblaban y luché por atinar a abrirla sin levantarmuchas sospechas y no quedar en evidencia. Cuando conseguí abrir lapuerta, Jillian estaba sentado en la parte trasera del coche. Me sentécuidadosamente y me quedé fija mirándolo. -Ann, ponte el cinturón si no quieres salir disparada del asiento, aMarlond le encanta correr con este cacharro-, dijo Aaralyn volviendo sucabeza hasta los asientos traseros, buscando mi cara para verificar quehabía entendido su información. Hasta ahora no había caído en la cuenta, Marlond fue el único que nose pronunció a la hora de entrar en el coche. Le miré a través del espejo;estaba serio, con el ceño fruncido y de vez en cuando dirigía sus ojos alespejo para mirarme de reojo. Debía de ser bastante fuerte ya que lacorpulencia de su cuerpo era evidente. Un brazo de los suyos, podía llegar aser perfectamente la mitad de mi cuerpo. No me dio tiempo a ajustarme deltodo el cinturón cuando puso en marcha el coche con un acelerón que dejómarcadas las huellas en el asfalto. -47-
    • -¿Tienes algún gusto en especial para la música, Ann?-, dijo Aaralynmientras era cortada por Marlond. -Ya basta, me estáis poniendo dolor de cabeza-. Su voz era grave,varonil. Me hizo temblar el alma; la forma de expresarse revelaba unainteligencia constructiva aunque duro de carácter. Jillian, le pasó un CD a Aaralyn. En ese momento, su brazo estuvo apunto de rozar el mío y un frío herizante roció mi piel hasta convertirla enescamosas escarchas. Dulce placer enfermizo, que paralizaba mi sentidocomún y la sensación de realidad se tornaba en sombras decoloradas. Llevábamos un buen rato en el coche, canción tras canción, hacíadelimitar el espacio musical que nos quedara por escuchar, eso era lo únicodel viaje. Cuatro notas entrelazadas con guitarras eléctricas y una cantanteen tono lírico acompañando un cuarteto de violines y chelos al compás deuna batería. Se parecían bastante a mi grupo favorito pero no adivinaba aaveriguar de quienes se trataban. Ninguno abrió la boca para variar y escuchar alguna voz diferente.Nos adentramos en un camino regocijado de encontrarse en aquel paraje, unbosque espeso de álamos, que hasta donde llegaba mi alcance no dejaban verel cielo. Jillian, abrió su ventanilla y una bocanada de aire con olor a tierramojada y una pequeña esencia de vainilla, colapsó mis pulmones. Entre tanta espesura, un pequeño claro se vislumbraba en el frente.Una pequeña casa escondida entre la espesura intentaba no ser cubierta porenredaderas y pequeñas matas secas. El lago, hacía reflejar los destellos delsol en el agua, haciendo balancear una pequeña barca anclada en un postigoviejo. -Ann, ya hemos llegado. La antigua casa de Jillian, donde se crió depequeño. Es una maravilla este lugar, te va a encantar. Parece que desdeque no venimos, las zarzas se han adueñado de las ventanas y la puerta,tendremos que arreglarlo un poco-. Aaralyn estaba emocionaba, parecía eldesear ir a aquel lugar desde hacía bastante tiempo. Denotaba en sus ojosmelancolía de tiempos pasados, quizás buenos momentos que ya novolverán. Añoranza de una época feliz quizás. Bajamos del coche y ella me tomó de la mano. Quería que laacompañara a desempolvar la casa mientras que ellos sacaban las cosas delcoche, recogían un poco de leña para la noche y preparaban la barca paradar un paseo después de comer. -48-
    • Estaba oscuro, lo normal para una casa cerrada que tenía todas susventanas apuntaladas. Se dirigió a una de las ventanas para abrirlas y alhacerlo, el aire arrastró una bocanada de polvo que reposaba en el suelo.Según iban abriéndose las ventanas y la luz iluminaba súbitamente lainstancia, mis ojos se abrían cada vez más ante aquella escena. En cierta forma, comprendí el sentimiento de añoranza o tal vezculpabilidad que sentía Aarayn por volver a aquel lugar. Una gran escalerade madera labrada ascendía hasta el segundo piso. Su cara se entristeció alretirar una sábana de un escritorio. Los recuerdos, liberaron algún dolorinterno, aquellos que mantenían cerca en aquel momento de silencio,imagino, algo importante de su vida o quizás a alguien que ya no está.Suspiró. -Me hizo prometer que intentaría encontrar el camino para regresar yestar de nuevo a mi lado, pero no lo hizo. Le echo de menos, era importanteen mi vida aunque tengo la esperanza que de alguna forma sabe que ahoraestoy bien-. Abrió el escritorio y sacó un viejo retrato. Era su padre. Parecía más pequeña desde fuera, era enorme y las habitaciones delpiso superior estaban decoradas con muebles de madera labrada quizás dela misma época que la escalera. No tardamos mucho tiempo en terminar deacondicionar un poco la instancia, lo imprescindible para sentirnos cómodos. Estaba deseando hacerle mil preguntas pero no me atreví aengendrarlas. Pensaría que era demasiado indecoroso hacérselas a alguienque acabas de conocer. Parecía leer mis pensamientos, justo cuando terminéde tener aquellos lapsus en mi mente, ella respondió de palabra. -Ann, todo a su debido tiempo, querida. No ansíes respuestas, todastus preguntas serán contestadas. He visto como miras a Jillian, ¿te gusta?-,contestó una pregunta con otra, era propio de ella. Bajé la cabeza y me puse como un tomate. Comencé a dibujar círculoscon la punta de mi bota en el suelo. -Creo que sí-, mi voz fue más un susurro entrecortado que un suspiro,creo que a pesar de haber sido tan ininteligible para cualquiera, ella sí loentendió. -Ahora solo tenemos que esperar a que traigan un poco de leña ycaldearemos un poco la habitación. Las noches aquí, son muy frías y cuandolos días son como hoy, sin apenas sol que caliente un poco el ambiente, no sepuede estar sentado sin moverte porque los huesos se congelarían-, me miróy sonrió. -49-
    • Era todo ternura, la poesía parecía fluir de sus labios en cada palabra.Denotaba haber vivido más de lo que yo me imaginaba, la sabiduría queencerraba era inmensa. Pero había un rincón escondido en su interior, quemostraba una tristeza tal, que no llegaría a llenar nunca por más momentosfelices que viviese. Me gustó compartir aquel momento con ella. Se acercó a mí cariñosamente. Sentía la necesidad de protegerme deaquello que me haría daño. Escucharía palabras incoherentes y sinsignificado racional que atañían mi persona y consideraba apropiadoordenar mi mente de alguna forma, para que no me pillase todo tan deimprovisto. -Si te hablo… ¿escucharás?-, dijo mientras me despejaba la caracolocando un mechón de pelo detrás de la oreja. Asumí con la cabeza. No entendía lo que quería decirme, pero seríaalgo importante. Comenzaba a sincerarse conmigo. Llegué a pensar si esoera realmente bueno, quizás ella necesitara hablar con una mujer. -¿Te quedarás?, ¿estarás aquí para siempre?, ¿Nunca te irás?-, cogiómi mano con una fuerza desmedida, motivo más que suficiente para hacercrujir mi muñeca. Prosiguió hablando. -Por favor, no digas otra vez que tienes que irte-. -Lo siento, pero no soy capaz de seguirte. Quizás sea algo corta demente-, estaba extrañada, no entendía lo que quería decirme. Mis ojos,bailaban de un lado a otro sin saber a ciencia cierta dónde mirar. Estabadesconcertada. -Ven, quiero enseñarte algo-. La seguí en silencio. Subimos las escaleras hasta llegar al pisosuperior. Al final del pasillo, había una puerta más pequeña que las demás.Sacó de su cuello una cadena con una pequeña llave colgada en ella. Yo laadmiré en silencio. Agarró el pomo y metió la llave en la cerradura. La giródos veces hasta escuchar un clic de afirmación. Volvió a colgarse la cadena, admiró mi rostro dedicándome otra de susdelicadas sonrisas y me invitó a seguirla. Un ventanal grande ocupaba casitoda la pared del fondo. A mis dos lados, bultos tumultuosos tapadoscuidadosamente por sábanas desgastadas y amarillentas, ilusión elocuentedel paso del tiempo. -50-
    • Agarró una de ellas con una mano y la levantó, destapando lo queresguardaba con tanto anhelo. Encima de un pilar de cajas, se encontrabaun estuche de violín. Lo agarró con cuidado, parecía ser valioso, mássentimental que lujoso, seguramente también pertenecía a su padre. Me señaló un bulto tapado con otra sábana, situado en el centro de lainstancia. Quité con cuidado la protección. Debajo había un escritorio con sutintero con pluma incluido, un paquete de folios de música con suspentagramas y una partitura escrita. The Devil´s Trill, un título quizás de estilo barroco-gótico, o unréquiem quizás, y sin ningún autor. Solo aquel título y pentagramas llenosde notas ininteligibles para mí. Nunca quise aprender música, más difícilaun, leer aquella partitura. Dejó el maletín en el escritorio y se dispuso aabrirlo. -Ann, esto es un Stradivarius del siglo XVIII. Las característicassonoras e individuales de estas obras de arte son consideradas únicas; lamadera con la que se fabricaba, era más densa y mejor para lograrpropiedades acústicas superiores. Se distingue por sus finísimos acabados,madera de extrema belleza tornasolada y la etiqueta citando el año y ellugar donde fueron construidos-. Giró cuidadosamente el violín y en laetiqueta ponía: “Antonius Stradivarius Cremonensis Faciebat anno 1711 ”. -Pertenece a Jillian. Es un buen músico y su violín es su alma.Amenizó muchas noches frías con su música-. Se giró para volver a colocarloen su estuche, si él la viese con su preciado tesoro, se enfurecería bastante. Me quedé perpleja. No llegué a imaginar que Jillian, tuviese aquellaafición oculta. Debía de ser muy valioso, había leído en algún artículo algoreferente a esos violines y llegan a conseguir valores incalculables. Acariciéel estuche labrado con delicadeza e ilusión. Los bellos se me pusieron depunta al tacto con el cuero verde que lo cubría. Estaba emocionada en aquelmomento, esperaba que pudiese deleitar mis oídos con su música y meaventuré a proponérselo a Aaralyn. -¿Cabría la posibilidad de escucharlo tocar?-, pregunté con ansiedad. -No creo que sea posible, hace mucho que no lo hace. Algo tuvo quepasarle para que lo escondiera lejos de su vista. Aunque cabe la posibilidadde que lo convenzas, quizás por complacerte volvamos a escuchar el sonidode esta joya-, sonrió ansiosa por que sus palabras se convirtiesen en actos. En la planta inferior, se escucharon voces. Nos estaban llamando,habían terminado de hacer su tarea y esperaban que le acompañáramos en -51-
    • el salón. Según bajábamos las escaleras, el peculiar olor a leña quemándoseinundaba la instancia de un ambiente más familiar. Marlond, sostenía una botella de brandy en la mano y se disponía aservirse una copa. Jillian, en cambio, esperaba de pie junto a la chimenea;con sus ojos puestos en los escalones, nos miraba al bajar. Aaralyn, se acercóa Marlond y lo cogió de la cintura en gesto de cariño y yo me quedé en mediode la habitación mirando a Jillian con postura retraída. -Jillian, deberías llevártela a dar un paseo-, dijo Marlond mientrasbebía un sorbo de brandy y secundaba su acción besando en la mejilla aAaralyn. -Sí, creo que será lo mejor. Debo hacerlo yo, es mi deber-. Me señaló lapuerta y dejó un espacio considerable entre nosotros mientras se acercaba aabrir caballerosamente la puerta para que saliera. Me despedí con educación de Aaralyn. Marlond, era más reacio y nocontestó. Todavía no se había dirigido a mí de ninguna de las formasposibles, llegué a pensar que estuviese molesto por haber irrumpido en susvidas de forma molesta. Parecía que el aire imploraba su espacio. Mi pelo bailaba con suengorrosa melodía, hizo que tuviera que recogérmelo en una coleta. Él secolocó delante, yo le seguí los pasos. Aquel lugar era hermoso aunquesiniestro. El ruido de las ramas de los árboles al chocar unas contra otras acausa del fuerte viento, hacían dormitar mi corazón vanidoso. -¿Cómo te encuentras?-, su voz sonaba apagada, triste, increíblementedesalentadora. -Bien-, solo se me ocurrió contestar aquello. Estaba nerviosa, era laprimera vez que estábamos tan cerca y yo sentía por él algo tan intenso, quedaría mi vida en el solo intento de besar sus labios. Se giró. Inmóvil, esperé a que llegara a mi altura. Mi cuerpo comenzóa temblar, las pupilas se dilataron y mi alma fue arrebatada en un suspiro.Alzó su mano con el ademán de acariciar mi brazo. Lo hizo despacio, sinaspavientos. Cuidadosamente, fui notando como las yemas de sus dedosrozaban mi piel, dejando una estela de frío tras su paso. Subió su mano hasta mi rostro; poco a poco, fue cincelando con susdedos todas las hendiduras de mi cara. Su acción, mandaba escalofríos a miespalda; mi razón, se derrumbaba. Cerré mis ojos para conservar aquelmomento, quería no despertar de aquel retardo dulce, pero en un segundo sedesvaneció. -52-
    • Abrí los ojos despacio. Temí no encontrarlo a mi lado pero seguíainerte frente a mí. Mi cuerpo, experimentó un alivio tal, que lo dejó libre decargas emocionales durante un rato. -Creo que deberíamos sentarnos en aquel claro. Tienes que saber algosobre mí antes de hablarte de él-, expuso. Ahora sí que estaba asustada de verdad. Mi cabeza caviló en un hazde luz, un millón de hipótesis posibles; sería algo malo, de eso estabaconvencida, pero hasta que no escuché su historia no llegué a imaginar elhorror tan tremendo que pude llegar a sentir. Todo salía de mi comprensión, o al menos, lo que conocía. Presa de unhorror más que considerable, intenté guardar mi temor de la espantosavisión de otras realidades; tan cercanas para la percepción sensible, y a lavez lejanas para la consciencia. Su voz sonó tan rotunda, que incluso sus pausas erizaban toda mipiel. Esperó en silencio un instante, quizás con la intención de que mi menteaclarase mis ideas confundidas. Con la mirada perdida en algún puntodónde yo no era capaz de imaginar, esperó a que al menos estuviese algomás preparada para escucharlo. Por mi cabeza, se removían en difusa armonía, un universo debrutales contrastes, de infinitas sutilezas y densas tinieblas; sólo paraencontrarnos al final de la jornada, con la abrumadora visión del verdaderoterror; el cual reside naturalmente, demasiado cerca de nosotros. Lo cierto es que, un axiomático éxtasis se despertaba en mi ser,causándome sensaciones realmente contrapuestas. Por una parte estaba elterror mismo y por la otra, la simple ironía o quizás la ilusión deforme queme hacía desearlo en sentimientos antagónicos. Eran sus formas, o quizás el tono de su voz rozando el aire al unísono,no lo sé. Con gesto humilde, demasiado poderoso como para entenderle; nohe tenido el tiempo suficiente para conocerlo más de lo que quisiera, perosabía que mi vida estaba cambiando su rumbo. Lo admiré de reojo, intentando no intimidarlo más de lo necesario.Pero al final, terminé haciéndolo descaradamente, no podía dejar de hacerlo.Había llegado a tal punto, que incluso todo lo que me ocurría podría ser unmal sueño, aunque era difícil admitirlo. Pero en ese momento, mi ser se conformaba con escucharlo a pesar, deque lo que estaba a punto de entrever de sus labios, no era precisamentealgo que escuchase todos los días. -53-
    • 4 Recuerdos tumultuosos -Desde el inicio de los tiempos, una guerra ha perdurado, entreaquellos que luchan por la oscuridad y los que defienden la luz. Todosqueremos conseguir nuestros objetivos, el mío es hacerle desaparecer. Soy elúnico de mi clase, un mestizo engendrado por las fuerzas de la oscuridad yuna mortal-, comenzó a argumentar viendo que no era capaz de apartar misojos de él. -Mi padre fue un íncubo, con demasiados sentimientos mortales quehicieron corromper su mente de tal forma que, cuando conoció a mi madreno pudo llegar a su propósito y huyó con ella para crear una familia. Elloslos persiguieron con un propósito: eliminarlos-. -Una noche, irrumpió en la casa y no dejó tregua. Mis padres estabanacostados y no les dio el atisbo de defenderse. Yo, me escondí en un armariode la cocina hasta que se cansó de buscar. Fue cuando conocí a Marlond y aAaralyn. Ellos me acogieron. Por eso, digo que son mis padres en la práctica-. Estaba atónita. No sabía cómo reaccionar, las criaturas de las quehablaba existían en la imaginación de los cuentacuentos no en la vida real.Meditaba mucho cada palabra, se expresaba con contundencia ynaturalidad. Se estaba quedando conmigo, eso era evidente, pero lo dejé queprosiguiera sin alterar su estado. -¿Tienes miedo de mí?-, musitó mientras giraba su mirada hacia lamía. -Estoy confundida. No tengo miedo, solo siento desolación. Temo queahora cambien las cosas entre nosotros y no vuelva a saber más de ti. Todoesto, me sabe más a una despedida amenazadora-. Quise en aquel momento acercarme un poco más a él, pero me rehuyó.Se levantó del suelo y se acercó a la orilla. -Jillian, me estoy enamorando de ti. No me importa lo que seas, yaestás en mis entrañas enredado entre todo mi ser como un cáncer. Por favor,no te alejes de mí ahora-, estaba desesperada, mi voz parpadeaba entresilencios. -Deberías huir. Eso es lo que haría una persona sensata y racional-. -54-
    • Encontró mi debilidad, la única que podría hacerme caer de rodillassuplicando clemencia; las lágrimas, amigas de la desolación comenzaron aempañar mis ojos. Hacía frío, mi piel se tornó blanquecina y las contorsionesde la piel por mantenerse caliente, lo hicieron desfallecer. Se acercó a mídespacio, en un gesto de galantería se quitó la chaqueta y delicadamente mela colocó en los hombros. Me quedé inmóvil, admirando su naturaleza etérea. Sus ojos,volvieron a ser marrones y las pupilas, tintineaban al son de mi corazón.Quise parar el tiempo, sus labios parecían acercarse a los míos lentamente,intentando sostener cada detalle, aquel instante. Cerré los ojos, deseabadesde lo más hondo de mi ser que nos fundiéramos en uno, sumisa a susdeseos, no podía cambiar la dirección del viento, pero sí ajustar mis velaspara llegar siempre a sus labios. Una ráfaga de aire, atravesó el poco espacioque existía entre su boca y la mía. Dio un paso atrás. Teniente, miró hacia todas direcciones. -Tenemos que volver a la casa, aquí no estamos seguros-. Obedecí. Era nueva en todo esto. Solo pensaba, que era un regalodivino tenerlo a mi lado. Podría ser un demonio, hasta entonces, no fui capazde pensar esa palabra calificativa hacia él, pero mi corazón no entendíavanas diferencias absurdas. Caminamos despacio, se equivocó con el olor que percibió. Entre losárboles, apareció un ciervo con su cría. Eran bellos en esencia, nunca loshabía visto tan de cerca. El corazón se me encogió al ver a esa madreproteger a su hijo y dirigiéndolo hasta un lugar seguro. Por un instante, giróla cabeza hasta donde nos encontrábamos, se quedó fija un instante y al noencontrar peligro alguno, prosiguió con su marcha. -Tengo una pregunta Jillian. ¿Siempre has sido así o fuiste un niñoque creció con el tiempo?-. -Creo que podremos dar una vuelta en la barca. Te va a gustar, no tepreocupes, la historia no termina donde la dejé, todo a su ritmo. No quierasadelantarte o terminarás perdiéndote-. Nos subimos en la barca. Se alejó lo bastante como para no llegar adivisar la casa. Remaba rápido y sin crear en su cuerpo ningún esfuerzo.Parecía estar moviendo una pluma con el soplo de un susurro. Esperéexpectante hasta que decidió volver a hablar, estaba impaciente por seguirescuchando su historia. -55-
    • No comprendía el por qué me estaba contando todo aquello. Aunqueinsulsa ante sus palabras posiblemente muy bien estudiadas, con el simpledeseo de alegrar mis oídos con historias fantásticas; algo comenzó ainquietarme. Era tan explícito, tan sensible en sus formas, que llegó unmomento en el que llegué a cuestionarme que realmente, me estabacontando su verdad. -En 1605, viajé a Transilvania y me instalé en el castillo Ecsed de lacondesa Bathory. Fue convertida por el conde Ferrencz Nadasdy alvampirismo, quien poco después se convertiría en su marido. Fue una granmaestra, mi analfabetismo la abrumaba. Comencé mi investiduraatrayéndole a muchachas jóvenes para su disfrute en la tortura. Comodisciplina corriente, las hacía colgar de los tobillos y les propinaba palizascon un pesado bastón, les colocaba púas en los labios de la boca y de lavulva, las quemaba con antorchas o les hacía salir desnudas a la nieveempapadas de agua, en invierno; o cubiertas de miel, en verano, para queles atacasen los grandes insectos de la zona-. -Dios mío, eso es horrible, ¿por qué consentiste todo aquello?, ¿por quélo hacías?-, estaba asquerosamente furiosa por lo que mis oídos escuchaban.No pensé que fuera tan cruel, fue tremendo todo lo que oía de su propiaboca. -Cuando se trataba de disciplinar a un varón, en cambio, delegaba lalabor en el leal Thorko, quien solía solventar la cuestión sacando la piel deldesdichado a tiras con un látigo de puntas de hueso. Quien durante elcastigo manifestara algo distinto de la más absoluta sumisión y aceptacióndel mismo, fuera hombre o mujer, podía irse preparando para discutirlo conunos inquietantes alicates de plata que la condesa había encargado a unorfebre local, manejados personalmente por ella-. Mis gestos denotaban asco y las tripas se revolvieron. No queríaseguir escuchando aquellas palabras, era un horror sólo escucharlas y nolograba a imaginar el llegar a haberlas presenciado. -Por favor, esto es muy cruel. Me cuesta escucharte-. -Lo malo ya ha pasado, no te preocupes. Pero debías de saberlo, sihubiese sido al contrario, me hubiera gustado que me lo contaras aunque ladureza de los hechos, estremeciera mi cuerpo hasta tal punto de llegar adesfallecer-. Prosiguió con su relato. Ahora parecía dejar los detalles escabrosos ycontarlo en un plano más general, cosa que agradecí. -56-
    • -Debe observarse que torturar a los siervos por sus errores era unapráctica habitual en la época, algo que se daba por supuesto: no hay nada deextraño o inusual en estos castigos. Utilizando sus contactos, comenzó atomar a niñas y adolescentes de buena familia para educarlas. Como nopodía ser menos, algunas de ellas comenzaron a morirse pronto por lasmismas "causas misteriosas y desconocidas". Esto no era raro en la EdadMedia, con sus elevadísimas tasas de mortalidad infantil y juvenil, pero enel internado de Cachtice, el número de fallecimientos era demasiado alto.Ahora las víctimas eran hijas de la aristocracia menor, por lo quecomenzaron los rumores-. -Cada vez, me era más difícil encontrar vírgenes por mi falta deolfato, cosa que le disgustó sobre manera. Una noche, me hizo llamar al gransalón. Tenía una propuesta que hacerme que no debía rechazar. Queríasolventar mi pequeño defecto, convirtiéndome. Yo tenía dieciocho años, conmis plenas facultades mentales bien desarrolladas. Sabía a lo que meexponía, pero acepté-. -La vieja bruja Darvulia le había prevenido que nunca tomara nobles,pero esta anciana había fallecido algún tiempo atrás. Fue su amiga ErsziMajorova, viuda de un rico granjero que vivía en la cercana localidad deMilova, quien convenció a la condesa de que no pasaría nada-. -Se dieron cuenta de los crímenes a órdenes de la condesa y laprocesaron, encerrándola en una celda. El 21 de agosto de 1614, uno de loscarceleros fue a echar un vistazo y la vio caída en el suelo, boca abajo. LaCondesa Isabel Bathory estaba muerta. Decidí que mi cometido habíaterminado y volví con mis padres-. Se creó un silencio. Era un monstruo lo que tenía delante de mis ojos.Debía tener miedo, cualquier persona racional, hubiera intentado saltar dela barca y nadar imperiosamente hasta la orilla, correr hasta que los pies leardieran y esconderse en lo más remoto. Yo, no lo vi así. Confiaba en él,sabía que nunca me haría daño, ¿por qué iba a hacerlo ahora? Estuve atónita, observándolo un buen rato sin hablar. Se habíancongelado mis palabras, la mente se debatía entre la locura y el amor. Ganó,el corazón sobrepasó con creces todas mis expectativas. No iba aabandonarlo, pero algo corroía mi sino: ¿qué tenía que ver todo estoconmigo? Seguimos debatiendo todo aquello durante un rato más, hasta que elhambre se hizo latente en mi estómago. Comenzó a rugir desesperado por -57-
    • ingerir cualquier cosa que saciara mi apetito. Habíamos perdido la nocióndel tiempo, se había hecho demasiado tarde. Volvimos a la casa. Antes de entrar me reparé un segundo. -¿Qué te ocurre, te encuentras bien?-, dijo preocupado. -Si solo es que, ¿coméis comida normal o….?-. Esbozó una gran sonrisa, hacía mucho tiempo que no lo hacía y esome gustó. -No te preocupes, los libros inventan demasiado. Comemos lo mismoque tú y que los demás mortales, salvo que lo hacemos todo crudo. Somosdepredadores, por lo que comemos cuando cazamos. Aaralyn y Marlond, yahabrán comido, no te haremos pasar por ese trago, yo iré ahora. Aaralyn,preparó algo para ti en casa -. Me quitó un gran peso de encima, llegué a pensar que yo sería lacomida. Mis nervios se consumieron poco a poco. Aaralyn, ya tenía la mesapuesta. Pensé que debí haberla ayudado, me sentí mal en ese aspecto. -¿Qué tal el paseo? Ann, ¿te ha gustado ir en barca?-, preguntó contotal normalidad aunque ya sabía que Jillian me había contado parte de lahistoria. En ese momento, me di cuenta que lo que me había contado hastaahora, podía ser del todo cierto aunque a mi mente, ciertamente le costabaasimilarlo. -Es un lugar precioso. Me alegro de haber venido. Gracias porinvitarme-. La comida transcurrió tranquila, excepto la decepción que sentía porJillian, denotaba rabia en su mirada cada vez que por descuido mis ojos sequedaban clavados en los suyos durante un segundo. -Ann, ¿le has dicho a Jillian lo que te apetecía escuchar después decomer?- En ese momento me quedé en blanco, costó que mi memoriareaccionara, pero al final me acordé. -No he tenido tiempo de pedírselo. Creo que ahora estaría bien-. Jillian, miró a Aaralyn en desacuerdo. Intuyó lo que iba a pedirle. Selevantó y subió las escaleras. Esperamos expectantes. Cuando estuvo alfinal de las escaleras, colocó el violín en su hombro y deslizó su brazo poraquellas cuerdas. -58-
    • Bajó despacio, deleitando los oídos de los allí presentes. Se colocódelante de mí. Cerró los ojos, estaba inmerso en aquella melodía, la másbella que había escuchado en un solo de violín. Siguió tocando una detrás deotra. El violín, era parte de su cuerpo, se conocían desde una punta hasta laotra de sus cuerpos pétreos, cada uno a su manera. El uno, con su madera acomodada fielmente a su cuerpo y el otro,haciendo fluir sentimientos y sensaciones a través de sus notas. Nuncallegaré a comprender la forma en la que un intérprete, sea el instrumentoque esté tocando en ese instante, puede llegar a conocer tan bien a suacompañante, haciendo que los sentimientos de uno, pasen a ser parte delotro. Hubiera estado toda la noche escuchándolo tocar sin cerrar los ojos niun instante para descansar mis pupilas, pero ya se nos había hecho muytarde. Nos quedaba un largo camino en coche de vuelta a la ciudad ymañana teníamos que ir a clase. Jillian, volvió a subir para guardar el violín en su lugar de origen.Aaralyn, salió hacia el coche, dejándome a solas por un instante conMarlond. Me sentí incómoda, deliberadamente observada de pies a cabeza. -Ann, ahora lo tienes en tus manos, es frágil. No debió enamorarse deti, pero lo ha hecho. No interfieras en su cometido, tienes dos caminos:ayúdalo o apártate de su vida para siempre. Escoge con sabiduría, ysopesando bien todas las opciones posibles de beneficios y pérdidas-. -Hay momentos en la vida, en la que una sola decisión, en un soloinstante, cambia irremediablemente el curso de las cosas. Cuando decidesquererle o dejar de hacerlo; tirar hacia delante, mentir, traicionar, ocultar ocruzar la línea. Esa décima de segundo, puede hacer girar todo al ladooscuro o inundarlo de luz. Podrá hacer de ti una heroína o un criminal.Llevarte al cielo o al infierno, pero siempre será un lugar de donde no podrásvolver atrás-. Me quedé perpleja. Ya sé el porqué de su antipatía hacia mí. Temíaque lo arrancase de su lado. Eso nunca pasaría, sé lo importante que es lafamilia aunque ésta fuera bastante peculiar. Salimos de la casa y nosmontamos en el coche. No hubo motivos para comentar nada durante todo elviaje. La música, fue la única que rompía nuestro silencio. Me dejaron en casa, ya era de noche y tenía que descansar. Medespedí de ellos amistosamente y de Jillian hasta el día siguiente o eso fuelo que él me dijo. Ahora sabía dónde vivían, habían comprado la casa de laesquina, la de la señora Gordon. -59-
    • Mi madre, estaba viendo la televisión en el salón y mi hermana, habíasalido a tomar algo con James. Parece que su historia estaba comenzando,me alegré. No tenía ganas de cenar, estaba llena en todos los sentidos. Subía mi habitación para coger mis pantalones y la camiseta con la que dormía yme pegué una ducha. Pero antes, ya imaginaba que no se iba a quedar impasible y estabadeseosa por saber qué tal eran. No le dije mucho, nada de lo que sabía claro.Lo típico, una familia unida que habían venido por trabajo y que su hijocomenzaría el lunes en el instituto donde yo iba. Así esperaba conformarla,cosa que hice. Estaba bastante cansada, el día había dado para mucho. Tenía tantasimágenes grabadas en mi mente, que darían para toda una noche depensamientos. Tardé poco en dormirme, caí en la cama rendida. Peroaquella noche, era existencial para mi vida. No llegué a imaginar hasta quépunto, tendría que sacrificar todo lo que quería por estar con él. Daría mi vida por él. Estaba rodeada de mariposas volando sobre micabeza, lo dejaría todo en ese instante por sentirlo eternamente. Quéextraño sentimiento este, que me llevaba a desear lo inalcanzable. Un almaoscura, cuyo conocimiento sobrepasa los límites de mi realidad más quetangible. Una inclinación contemplativa permitió que convirtiera en metódicoslos pocos conocimientos que tenía sobre el amor diligentemente adquiridosen tempranos hechos acontecidos últimamente. Me proporcionaba granplacer solo su nombre: Jillian. No por una desatinada admiración a suelocuente forma de ser, sino con la facilidad con que mis rígidos hábitosmentales me permitían detectar su hermosura ahora más visible. Atraía mi atención la coloración del tono blanquecino de su piel, y laextraña apariencia de sus ojos según su estado de ánimo. Éstos sufrían unaextraña transformación que no llegaba a comprender, su almendradotintineante cambiaba al negro azabache. Al principio pensé que se poníalentillas, pero después de mucho deliberar llegué a la conclusión que quizásera una anomalía bastante latente de su extrañeza en general. Tampoco quería admitir, ante mi única afirmación, lo que mi mentelograba a imaginar sin perder el control de mis sentidos. Lo más extraño eraque por primera vez en mi vida, estaba de acuerdo mi mente y mi corazón enun mismo punto. Fui lo bastante afortunada para encontrarle o por insólitoque pudiese parecer a simple vista, él me encontró a mí. -60-
    • Mi atención se había apartado de la realidad. Divino tesoro aquel quetiene su ángel velando por su calma y bienestar, que haciéndose uno en lainmensidad de este cruento mundo, se acompañan mutuamente hasta laeternidad. Estaba sufriendo una metamorfosis genérica, que ni yo mismacomprendía. Lo único que rondaba en mi cabeza verdaderamente real ypalpable si a no tener contacto alguno con él podría llamarse de algunaforma, era Jillian. Mi mundo giraba en torno a él, ¿había estado ciega durante todo estetiempo? Llegó sin permiso, sin avisar y mi alma se encogió como un papelarrugado listo para llenar la papelera. Un aroma a vainilla inundaba mihabitación, una parte de él inconscientemente se había quedado conmigo yeso me gustaba, mi mente había dejado el reflejo de aquel olor para que mehiciera compañía aquella noche. “La espesa niebla no me dejaba ver más que mis zapatos. Las piedras,me hacían tropezar más de lo que esperaba. Deseaba correr más rápido peromi ángulo de visión era casi nulo. Sentía cómo las ramas de los árboles, seagitaban con el viento dibujando entre las sombras de la noche, una películafantasmagórica. Por más que corría, parecía retrasar más mi huida. Sentíacomo su aliento estaba cada vez más cerca. Su respiración, pausada. En uninstante, un olor familiar me hizo mirar hacia mi derecha parando en seco.Allí estaba él, altivo, pétreo, haciendo tintinear mis pupilas con la poca luzque la luna me procesaba. Mi corazón se revolucionó. Estiró su mano hastami ángulo de visión y corrí hasta él. Sólo eran sombras mezcladas con lanoche pero su mano me guió a correr en su dirección. No volví a mirar hacia atrás, me sentía a salvo a pesar de la dificultaddel camino. No desapareció, estaba a punto de coger su mano. Mi corazónlatía sin consuelo pero ahí estaba, Jillian. Caí de rodillas al suelo y cuandoalcé mi vista, aquella mujer de cabellos oscuros; con talante firme ymelancólico, me admiraba en penitencia. Desperté”. Mi piel sudaba a borbotones, el pelo pegado a mi cara y la camisetaque llevaba puesta parecían mi segunda piel. Me senté en la cama, elsobresalto había sido tremendo. Un rayo iluminó mi habitación haciéndolade día por un instante, otra noche como muchas de primavera. El estruendono se hizo esperar, llegué a la conclusión que ya había dormido bastante, lostruenos no me dejarían dormir. Hay pocas almas que no se hayan sobresaltado algunas veces antesdel amanecer, después de una de esas noches de sueños que nos hacen casienamorados de la muerte; o una de esas noches de horror y de alegríainforme, cuando a través de las brumas de la mente se deslizan fantasmas -61-
    • más terribles que la realidad, impulsados por esa vida intensa que seesconde en todo lo grotesco y recorre la noche con ojos ávidos y sutiles. Lo cierto es que las tormentas me gustaban, era un bicho raro y enpeligro de extinción. El viento, hacía golpear las ramas en mi ventana, unaescena dantesca típica de una película de miedo y yo, sentada en el banco dedebajo de mi ventana, admirando aquel cuadro en el cielo de luces y sombraspeleándose por destacar las unas con las otras. No recuerdo cuando volví a quedarme dormida. Pero el segundo sueñofue peor que el anterior. “Me encontraba en un lugar conocido; demasiado, llegué a pensarmientras abría la puerta situada al final del largo pasillo de paredesinterminables. Sentada en una mecedora, se encontraba aquella mujer decabellos negros como el azabache, balanceando su cuerpo con el vaivén de suacomodo. Frente a ella, se encontraba mi abuelo, como traspuesto por lo queadmiraba ante él. Extraña similitud de contrastes, ahora mezclaban entreluces y sombras vanas, al hombre que desde muy pequeña, admiraba contesón. No hablaba, extraño en él; admiré con quietud la sorprendente luzque su cuerpo emanaba en gloria. Intenté hablarle y acariciar su fornida mano, con dedos deformados aconsecuencia del duro trabajo en el campo, pero el tacto era frío. La terriblesensación de impotencia, me sumió en un instante de confusiónincandescente en el que, aquella mujer de ojos tristes y a punto de llorar, meadmiraba desde su posición”. Cuando desperté estaba en el banco y arropada con una manta. Hoyel cielo me regalaría unos minutos el sol, los rayos incandescentes denuestro suministro de calor haciendo que mis ojos se abrieran paraadmirarlos, muy considerado por su parte ya que son raros estos momentos. Pero mi mente seguía en penumbras. Nunca había soñado algo tanreal. La imaginación puede llegar a límites insospechados; llegué a pensarque mi abuelo había recaído de nuevo en su enfermedad, y traspuesta, corríhasta la cocina. Agarré el teléfono, intentando que mis dedos temblorosos, no seequivocasen al marcar los números. La espera entre tonos, fue unapenitencia recargada, hasta que por fin; su voz resurgió en el otro lado delinterfono. -62-
    • Algo más débil que la última vez que hablamos, con palabrasrecortadas y respiraciones profundas. Agradecí escucharle, a pesar de sudificultad para articular frases y alguna que otra palabra con recortes en elsonido. -63-
    • 5 Sin sabores Volví de nuevo a mi habitación, algo más tranquila pero preocupada.Miré hacia la ventana, sentándome de nuevo en el banco. Estuve un rato allí, las nubes no tardaron mucho en esconder su luzpero de vez en cuando sus rayos las atravesaban con fuerza. Llamaron a lapuerta de mi habitación, era Alice. -Ann, ¿cómo te encuentras?-, dijo preocupada. -Bien, ¿te apetece que hagamos algo hoy?, necesito tomar el aire-, dijocon tono quizás demasiado alicaído de lo acostumbrado. -Podías llamar a Orlando e ir a cualquier sitio, la montaña es lo suyo,seguro que nos lleva a un lugar hermoso. Podías llamar a tus amigos siquieres-. -¿Orlando?, ¡Alice! -, dije alucinando. -¿Por qué dices eso?, sabes que nos llevamos bien, tienes que abrir losojos, ¿ya te ha pedido que salgas con él más en serio?-, se extrañó bastantede mi respuesta. -¿Pero, Alice?, ¿él te ha comentado algo sobre eso?-, se sentó en lacama con gesto ilusionado, su cara se alegró y los ojos ganaron el brillocaracterístico de sus pupilas cuando la ilusión la acompañaba. -Lo siento Alice. No me ha dicho nada, pero no soy ciega y me he dadocuenta la forma en la que me mira-. Me llevé las manos a la cabeza y caminéde un lado para otro sin coherencia. -¿Eso es cierto?, ¿crees que te lo pedirá?, ¡por favor1- Me lo pidió condesesperación, ella necesitaba saberlo, era mi hermana, no podía verlavolver a pasar el mal trago tenía que estar teniente por si ocurriera estotambién. En cierta manera, debía subirle un poco la moral pero sin suscitaren ella falsas esperanzas. -Alice, no sé si pasará. A Orlando, le gusto. Solo tengo que fijarme ensus ojos cuando me mira-. El corazón se me encogió. Ahora sé dónde se esconde el más oculto delos sentimientos. Mis ojos comenzaron a tintinear al verla. Bajó la cabeza y -64-
    • miró a ningún punto, su mente viajó a un estado que ni yo me encontraba.Quise acercarme a ella pero no sabía que decirle después de aquello. -¡Ah!, se me olvidaba. He hablado con el abuelo esta mañana, meapetecía escuchar su voz. Perdona por no avisarte, sé que te gustaaprovechar la oportunidad cada vez que a mamá le da por llamar apreguntar por él-, le dije intentando cambiar de tema. -No importa Ann, pero la próxima vez que lo hagas me avisas ¿Eh?-,dijo esbozando una sonrisa a medias. Bajó su mirada hasta perderla en las baldosas de la habitación. No seencontraba demasiado bien, sabía que algo estaba carcomiendo su mentehasta el punto, de entristecerla. Comenzó a llorar y eso me partía el alma, en cierto modo me sentíaculpable por lo que había hecho. Me senté a su lado y puse mi brazo en suhombro. Parecía tan frágil, sin fuerzas, desprotegida y desconcertada. Apoyósu cabeza en mi hombro y rompió a llorar con más resignación. Cuando logró calmarse, se enjugó las lágrimas de su cara y comenzó ahablar. -Nuestra relación no iba tan bien como la gente se piensa. Al exteriorponemos una cara pero no es tan bonito como parece. Estuvimos unos mesesque se nos hacía inaguantable el estar juntos, discutimos más de lo que unapareja que se quiere lo haría y lo cierto es que no quise que terminara, mehubiera gustado estar como antes, no sé lo que nos pasó y no deseo que conJames ocurra lo mismo-. Se reparó un instante para dejar escapar un suspiro entre susurros.Toda su relación pasaría por delante de ella en flases de pequeñosmomentos. Colocó sus dedos en las mejillas volviendo a secarse alguna queotra lágrima furtiva que todavía permanecía en su entristecido rostro. Subiósu mirada hasta la mía, sus ojos denotaban súplica e indignación peropedían a gritos una explicación que yo no podría darle. Una ruptura suele ser difícil para las dos partes aunque cada unapasa el dolor a su manera. A él se le olvidaría pronto, no tardaría mucho enencontrar otra distracción un poco más apetecible por la novedad y ella, sinembargo, caminaría entre recuerdos y lágrimas hasta que el tiempo lehiciera abrir los ojos y darse cuenta que todo aquel tiempo que le dedicó arecordarlo fue perdido. -65-
    • Parecía una niña pequeña escuchando a un anciano hablar sobre losmisterios de la vida. Se encontraba perdida. Cuando menos te lo esperas lavida puede llegar a sorprenderte, estaba llena o eso pensaba ella y seencontró de repente en un momento de vacío incapaz de reaccionar por elnerviosismo que la envolvía. Su mirada. No pude rebuscar entre mis pensamientos algún recuerdoque me hiciera evidenciar aquel gesto en sus ojos. Las manillas del relojparecieron pararse en aquel instante carismático y no existían aliados quese afianzasen de su penar. Tendría que entenderla a pesar de no habersufrido de ese modo, necesitaba ayuda aunque en apariencia no sabía de quéforma brindársela. Se estaba convirtiendo en un problema. El amor era un terrenopedregoso en el que solo habitan dos, no debí entrometerme en cierto modo.Pero por otra parte, era mi hermana la que estaba implicada y mi deber eraestar allí. A veces estos dos principios entran en lucha y se combaten. Entoncesse escuchan ruidos tan misteriosos en las mentes, rugidos horrendos en elcorazón, sacudidas tan formidables en el alma que deseamos huir enprocura de aquel lugar hasta donde nuestra seguridad se hace latente. Yo nodeseaba hacerlo sola, si salía de aquella situación sería en compañía deAlice, no la dejaría sola ni un segundo. Su aptitud me dejó en desconcierto. Se levantó repentinamente de lacama, me miró con gesto de agradecimiento y sonrió. -Cuando termine de lo que tengo que hacer, iremos donde tú quieras-. Salió de la habitación y se dirigió a la suya. Era obvio que llamaría aMatt por teléfono y hablarían del tema. Esperaba que fuese lista y no dejaraque él la hiciera sentir mal de nuevo. Sería un paso bastante duro pero laayudaría a superar el trance antes de lo esperado. A despecho del gran amor que Alice alimentaba por él, suconversación no fue larga. Según todas las probabilidades, había hecho locorrecto, Matt se había extrañado a lo sumo un par de minutos pero sehabría sentido aliviado. Ya no hubo más lágrimas. Ninguna persona en elmundo se las merecía, y si alguien las mereciera, no la harían llorar nunca.Tampoco debía de pensar que fue un error lo suyo. Esa experiencia la haríamás fuerte si cabe y cambiaría hasta el punto de ser más selectiva para susfuturas parejas. -66-
    • Entró en mi habitación, su cara estaba triste pero con ganas de vivir.Llevaba su teléfono móvil en la mano, después de hablar con Matt no lometió de nuevo en su bolso. Abrió su boca para decirme algo cuando le sonóel teléfono, se disculpó y miró en la pantalla detenidamente el nombre de suinterlocutor. Contestó la llamada y volvió a su habitación. No había desayunado y me apetecía un zumo y unas tostadas. Mimadre estaba todavía dormida y las ventanas estaban aun bajadas. Estabasirviéndome un poco de zumo cuando Alice apareció por la puerta. -Tendremos que dejarlo para otro momento, tengo que terminar untrabajo con James para la clase de derecho y le he pedido que lo hagamosaquí en casa, podrías llamar a tus amigos y hacer algo con ellos seguro quelo agradecerán después de lo que te ha pasado-. La miré, la monotonía comenzaba a hacer mecha de nuevo. Yo lleguétambién a la cuenta de que me había retrasado un poco en mis clases ydebía ponerme al día. -No te preocupes, llamaré a Emma para que me ponga al día con lasclases, cogió apuntes, de todas formas tengo que hacerlo-. Terminé de desayunar. Pensé que no sería buena idea estar a solascon Emma, pero si nuestra conversación se basaba en las clases, notendríamos ningún momento de incomodez y si por un casual saliera el tematendría que afrontarlo. No tardó mucho en aparecer con los libros y sucarpeta de Betty Boop. Nos acomodamos en el salón, se me había acumuladomucha tarea y tenía que hacer todo lo posible para que al día siguienteestuviera todo o al menos gran parte de ello. Alice se despidió de nosotras, llevaba colgado el bolso y las llaves delcoche en la mano. -Ann, enseguida vengo, voy a recoger a James, me da apuro que tengaque venir andando hasta aquí desde la otra punta-. Saludó a Emmaamistosamente y se dirigió al coche. Mi cara cambió de expresión ya no me preocupaba en absolutocualquier conversación engorrosa con Emma. James, así se llamaba el chicodel café; ahora caí en la cuenta que eran compañeros de clase. Emma y yo yaestábamos sentadas en el sofá abriendo los libros y buscando apuntes. Todos los domingos me pasaba lo mismo. Me quedaba tan absortamirando por la ventana en las clases que no cogía apuntes ni me enteraba -67-
    • de las fechas de los exámenes y luego me pasaban factura. Me quedabanpocos meses para selectividad y tenía que ponerme las pilas. Se limitó a explicarme las materias que habían estado dando y lasfechas de exámenes. Estaba tensa, sus ojos escondían una rabia contenidaque no tardaría mucho en aflorar; la sola posibilidad de que llegara amirarme con indiferencia y enemistad, me detenía bruscamente en cadapalabra que imaginaba a decir. La imaginación en aquel instante podíaengendrar más de un millar de contenidos insospechados y su cabeza noestaba precisamente en los ejercicios de aritmética. -¿No podías haberte quedado cayada y dejar que las cosas siguieransu curso? No, tenías que ablandecer el corazón de Orlando para que merechazara de esa forma-. Estaba enfadada, nunca me había hablado así,tardé más de lo que esperaba en reaccionar para contestarle. -Emma, lo siento. Yo…-. -Siempre eres tú Ann. No ve por otros ojos que no sean los tuyos, no ledejas vivir su vida, hay gente que si está interesada en hacerlo feliz y tú encambio lo tratas a tu antojo para tus intereses. Es una persona, no unanimal que se mueva a tu capricho, estoy enamorada de él, daría los vientossi una pequeña parte de lo que siente por ti lo hiciera por mi persona…-. Suvoz varió el tono, su nariz comenzó a expandirse y sus cejas bailaban dearriba abajo en su frente. Me giré, hasta ese momento mantuve mi cabeza en las letras de aquellibro, pero tenía la necesidad de volverme y contarle la verdad, nuestrarelación no sería como lo había sido hasta ahora pero tenía que ser sinceracon ella. -Emma, yo no he hablado con él. ¿No será que es una excusa que te hapuesto?-. -Me dejó tirada en la pista, cuando te mareaste corrió hasta ti y derepente desapareció. No lo volví a ver. Es injusto, siempre pensando en ti, nosé cuando abrirá los ojos y se dé cuenta que no lo mereces-. Se quedó reparada un segundo, descolocada, sin saber qué decir.Cogió los libros y su carpeta, se levantó del sofá en un silbido y se dirigió a lapuerta de entrada. En ese momento, Alice tenía la llave en la cerradura y alabrir la puerta se encontró con la imagen dantesca de los resquicios denuestra discusión. Escuché desde el salón como se despedía de ella. Desde laventana pude ver como se alejaba. -68-
    • Puse mi mano en la frente y cerré los ojos fuertemente. Ya habíaperdido a Madeline y ahora ella. No debí decirle lo que le dije, estos son losmomentos en los que tenía que haber dejado que los sentimientos siguieranescondidos y no anteponerlos a mi amistad. No me di cuenta de losespectadores que tenía en el umbral de la puerta del salón. -Os dejo cinco minutos solas y acabáis discutiendo. ¿Qué ha pasado?-,preguntó Alice intrigada. Deslicé mi mano hasta ponerla encima de la rodilla y levanté la vista.Allí estaba él, altivo, con su pelo enmarañado, sus gafas de intelectual y supeculiar movimiento de brazo al rascarse detrás de la nuca por sentirsenervioso al tener a mi hermana a su lado. -Nada que no cure un bote de helado, ¡hola James!-, dije mientras melevantaba del sofá y recogía de la mesa mis libros. Decidí dejarlos hacer su trabajo en el salón. Mi hermana se adelantópara colocar la instancia a su gusto y él se quedó en la puerta. Al pasar pordelante de él me vi en la obligación de avisarlo, ésta era su ocasión, entresusurros y haciéndole el gesto de que escuchase atentamente, bajó su cabezaa mi altura. -Invítala a salir está libre pero no por mucho tiempo, aprovecha laoportunidad-. Me sonrió mientras salía del salón pero no dijo nada. Subí a mihabitación, poco me había aclarado Emma con sus apuntes, no dio tiempo amucho. Todavía tenía que preguntar por literatura y en esa asignatura soloestaba con Orlando, ninguno de los demás podrían ayudarme. Después deestar un buen rato mirando por la ventana hacia ninguna parte, miré elreloj y decidí ir a su casa. No lo había hecho antes y estaba un poco nerviosapor ello. En cierto modo, él era algo así como mi confesor. Siempre meescuchaba, o al menos lo disimulaba demasiado bien. No había hablado connadie sobre mis sueños, la agónica tensión que mi mente ocasionaba a miestado anímico, ahora, algo más decadente, me estaba volviendo paranoica. Necesitaba hablar con alguien, desahogarme en cierta manera.Entendía que algunos resquicios, debería guardarlos. No podría contarle mifrenética ilusión por este enamoramiento repentino por Jillian, aunquepodría enmascarar los acontecimientos con algún que otro matiz sinimportancia. -69-
    • Sería ocioso perderme en elogios ante su persona; razón por lo quepasaré directamente a lo que importa. La ironía, siempre presente en mispalabras, debía dejarlas en un segundo plano; pero por lo demás, sabía queal menos me escucharía. Me coloqué en frente de la puerta. Sentí un escalofrío en todos misnervios; amor, deseo…, una y otra cosa eran en mí gemelas, agudas ymezcladas; porque si le deseaba con todas las fuerzas de mi alma incorpórea,le adoraba con todo el torrente de mi sangre substancial. Me armé de valor yllamé a la puerta. No hubo ninguna respuesta. Llamé hasta tres veces y aquella puerta no se abrió y ni tan siquierahizo el intento. Me giré al escuchar la voz de un niño que parecía hablarme amí. Paró su bicicleta en frente de la puerta y siguió llamándome. -No hay nadie, salieron esta mañana temprano con el coche-, dijobalbuceando entre dientes. Le di las gracias y el niño prosiguió su camino. ¿Dónde habría ido? Mequedé desalentada. Volví a casa cabizbaja, comenzaban a caer algunas gotasy a pesar de aquello no aceleré mi paso. Llevaban toda la vida viviendo enesa casa y nunca había visto a sus padres, nos costó bastante que él entraraen el grupo y se relacionara con la gente y aún así, es un chico pocohablador, encerrado en sí mismo he irrisorio a hablar de él. No teníateléfono móvil con lo que, por más que quisiera localizarlo, sería inútil. Pero esa sensación de incertidumbre, volvió a dejar mi gargantarepleta de gritos callados, por lo que, decidí retroceder todos los pasos que yahabía andado, y esperarlo en la puerta de su casa. A medida que los minutos iban acomodándose en mi viejo reloj, laansiedad por encontrar la salvación de mi sino, se hacía cada vez másasfixiante. Decidí esperar sentada en el primer escalón de su puerta, penséque no tardaría lo bastante tarde como para dejar unos minutos de cortesía. Los minutos, terminaron convirtiéndose en dos interminables horas,que intenté pasar entre miradas perdidas hacia la esquina e incesantesgiros de muñeca al reloj. -Ann, ¿ocurre algo, llevas mucho tiempo esperando?-, dijo al vermemedio tumbada en el escalón con la espalda apoyada en la pared. Debí quedarme traspuesta, ni tan siquiera me había dado cuenta deltiempo que había transcurrido hasta que de nuevo, volví a mirar mi reloj. -70-
    • -No te preocupes por eso Orlando, solo te estaba esperando-, lecontesté incorporándome de mi acomodo improvisado. -Tenía que hablar contigo. Hay extrañas situaciones que estánturbándome desde hace ya un par de meses y que con el paso del tiempo seestán agravando. Necesitaba hablar con alguien, eso es todo. Había pensadoen ti, si no es mucha molestia llenarte la cabeza de incoherencias-, expusecon gesto humilde. -Vamos a dar un paseo si te apetece y me vas contando. Mi madre telo agradecerá enormemente; de paso, le traeré un paquete de golosinas-, dijosonriendo y con una sinuosa alteración de sus sentidos. ¿Cómo podía decirme siempre que sí a todo? No había un momentoque admitiese estar cansado o simplemente no desear mi compañía. Lástima que mis sentimientos sean como él espera. Es guapo, esonunca podré desmentirlo; y ese aire de desaliño mañanero que lecaracteriza, le hace incluso algo más interesante. Es triste ver como una persona se desvive por tu felicidad y no podercorresponderla con al menos, la mitad de todo lo que llega a procesarte. Hacía ya un par de manzanas que habíamos comenzado a caminar,pero ni tan siquiera sabía cómo empezar, aunque desde el principio era lomás razonable. -¿Recuerdas cómo nos conocimos? Yo pienso que las cosas pasan poralguna razón y creo que nuestro destino era encontrarnos. Puedes reírte siquieres…-, dije terminando con una sonrisa nerviosa. Él, alagado, me respondió con un disimulado movimiento de suscomisuras, mientras me admiraba desconcertado. Nuestros pasos, eranahora más lentos y la cálida brisa, me recordaba aquellos veranos en los quesolo con jugar al balón en la calle, nos bastaba de excusa para estar juntos. -Ann, nos conocemos desde hace ya demasiado tiempo como para queahora te andes con rodeos, ¿qué es lo que pasa?-, dijo con su expresión típicade amigo complaciente. No sé por qué, pero de repente, sentí unas ganas irrefrenables dellorar. Aún hoy no puedo explicarlo; aquella su compañía, resultó ser máscálida de lo que yo esperaba, inundando mi pecho con una tímida ternura. Temía que un simple roce, abriera las heridas que mantenía cayadas,ardiéndoles en silencio. Hubiera preferido volver a la inocencia de aquellos -71-
    • veranos, en los que como niños, podíamos hablar de cualquier cosa sin hacerdaño al otro. -¿Recuerdas cuando, en el cementerio, volvimos para admirar latumba de aquella chica?... No es tan sencillo, algo ha ocurrido y tiene quever con ella-, le dije presa del infortunio. -¡Ann!, te dije que no me importaba en absoluto estar contigo en loreferente a ese tema. ¿Qué has averiguado?-, preguntó impaciente. Suspiré, ya no tenía vuelta atrás. Tenía derecho a saber todo lo queme estaba pasando, se lo debía después de comenzar con mi numerito en lasescaleras de su casa. Debía haber pensado esta situación, mucho antes deimaginarme retroceder mis pasos decidida, a este escenario embarazoso. Titubeé al principio, pero poco a poco, fui cogiendo las fuerzasnecesarias para contárselo todo. Sólo se dignó a escucharme, sin perder niun segundo el hilo de mi historia. Mis sueños, parecieron impresionarleincluso más que saber lo de Jillian. Me sorprendió la expresión de su cara durante mi exposición, nopareció enfurecerse. Incluso disimulaba demasiado bien si en sus formas, sesentía dolido por mis palabras. Cuando terminé de mi exposición, mi corazón se recogió en unaespecie de soledad infranqueable. No estaba loca aunque, a un cuerdo no sele solían escuchar las palabras que yo acababa de esbozar en mis labios. Elsilencio nos envolvió durante un instante no demasiado largo, como parapensar conclusiones sensatas. -Pero…, no hay mucho tiempo para coger algo que se quiere en tuspropias manos. Solamente quiero que me contestes a una cosa. ¿Qué es loque deseas?-, preguntó suavizando el tono de su voz. Me dejó perpleja. No imaginaba que llegase a tomárselo de esa formay menos aún sabiendo los sentimientos que me procesaba. -Es importante, pero por otro lado, no es suficiente. Yo no voy ajuzgarte, ni tacharte de lo que todo el mundo haría si te escuchara hablar deello. Es algo que debes elegir por ti misma, tus sentimientos son lo primero,eso nunca debes olvidarlo-. -Creo que es un poco tarde para seguir con la conversación, deberíasvolver a casa, ya te acompaño. Tómate tu tiempo, pero ten mucho cuidado.De lo que me has hablado…, bueno-. -72-
    • Me acompañó hasta mi casa. Agradecí no pronunciar palabra alguna.Tan solo, un pequeño roce de sus dedos en mi muñeca, hizo palpitar micorazón con tal fuerza, que necesité unos segundos para recuperar larespiración de nuevo. Entré por la puerta de la cocina, no quería molestar a Alice con sutrabajo. Mi madre, estaba preparando la comida: ¡espaguetis!, había dado enel clavo, para un día terriblemente ostero y desalentador, arreglar elestómago con unos espaguetis de mi madre solventarían por un momento elmalestar y preocupación de mi mente. No dejé de darle vueltas a la cabeza como siempre, me sentía culpablepor la situación creada con Emma y la repercusión que mi relato ocasionaseen mi relación con Orlando. Necesitaba un momento de soledad acompañadode algo de música. Me acerqué al salón. Todavía seguían con el trabajo, peroen un atisbo de esperanza, vi como una sonrisa recorría la cara de Alice y éltímidamente intentaba rozar sus dedos en un descuido al capturar el foliojuguetón que se escurría de la mesa. Se sorprendieron al verme. Habían sido descubiertos en su juego y sesintieron en cierta forma intimidados. -Perdonad por la intrusión, pero no hay otro camino para ir a mihabitación. Ya no os molesto más-, les dije intentando disimular la coquetasonrisa que se dibujaba en mis labios. ¿Acaso necesitaba mostrarle mi quietud para sentirme mejor? No,ahora creo que terminé equivocándome. Me sentía incluso con una mayornecesidad de liberación. ¿En qué se iba a convertir mi vida? -73-
    • 6 Una historia atípica Escuché a mis espaldas susurros mientras me alejaba hacia laescalera. Yo esbocé la mía también a escondidas mientras subía a mihabitación. Me quedé fija mirando la ventana, las nubes habían oscurecidola instancia hasta tal punto de necesitar encender la lamparilla delescritorio. Puse a Nightwhish y me tumbé en la cama. Todo recuerdo que pasaba por mi percepción era triste. Incluso ladesnuda evocación de un momento de felicidad solo servía para recordarmeque ese soplo ya había pasado, y a pesar de querer encontrar consuelo en susecos, jamás volvería a repetirse en sus infinitas sutilezas. La soledad que anegaba el triste contexto en el que me hallaba enaquel lapso, era uno de los estados menos deseables para cualquiera, y elque más a menudo suele atormentar a cualquier persona sensata. Latristeza y abatimiento ante la idea de un aislamiento pegajoso, ensañadacruelmente hacia mi persona, solo eran los reflejos de un dolor másprofundo, cuyo rostro tiene un detalle peculiar y un deseo de desconsueloque era común a todos: el amor. El agotamiento me dejó dormida. No me despertaron para comer,cuando mis ojos abrieron y miré el reloj ya era casi la hora de cenar. Almenos había pasado el día en un suspiro. Me levanté y decidí volver a lacasa de Orlando. Obtuve la misma respuesta que en el día anterior, ninguna. Comencéa preocuparme, nunca se había ido de esa manera, sin referenciar al menosalguna situación por muy hipotética que pudiese resultar. Esta noche cenaríamos mi madre y yo solas. Alice había salido conJames a cenar, quería agradecerle la invitación a comer de aquella mañanay yo me lo había perdido. No me importó, le estaba haciendo bien y eso mereconfortaba. Tenía que terminar de preparar la mochila para mañana y tardaríapoco en acostarme. Mejor era ir a descansar, mañana será algo mejor;obsesionarse con las pequeñas trabas, era como querer sembrar en el mar, onadar en el desierto. Estaba preocupada por Emma, bajé a la cocina y llamé por teléfono aOrlando. Saltaba el contestador automático, quizás habían salido. Probé en -74-
    • varias ocasiones después de unos minutos y seguía saliendo el malditocontestador. Decidí acostarme, mañana aclararíamos el malentendido. No tardé mucho en apagar la luz, lo peor sería conciliar el sueñodespués de haber estado casi todo el día durmiendo. Abrí la ventana, lasuave brisa que me descargaría con olor a tierra mojada favorecería mitemprano descanso. El vaivén de las cortinas a su son, me produjeron unacalma hipnótica que tardó poco en hacer su efecto. Aquella mañana, esperé a Orlando un rato en la esquina dondesolíamos quedar para ir a clase pero tampoco acudió. El desconcierto estabahaciendo mecha en la escasa materia que quedaba en mi razón. Tampoco acudió a literatura. Así pasaron unos cuantos días sin saberde él. Andrew, que era con quien mejor relación tenía de todos, también seextrañó de su desvanecimiento repentino. Cuando llegué a clase de literatura, volví a ver el asiento contiguo almío de nuevo vacío. La preocupación dio paso al desasosiego. Llevaba toda lasemana sin dar señales de vida y eso me exacerbaba. Miré toda la hora porla ventana pensando alguna razón lógica con la cual conformar mi corazóncon algún juicio sensato de su partida inesperada. -No sé por qué no lo arregláis, Ann. Es triste veros así de esa manera-,dijo Andrew preocupado. -Andrew, Ann no le ha hecho nada a Emma. Es ella, su imaginaciónda para mucho y ya se veía saliendo con Orlando, aun sabiendo todos que esa Ann con quien quiere estar. Debía de recapacitar un poco sus aptos, estascircunstancias duelen, y más si es una amiga la que está en medio de todoesto, pero Ann no tiene la culpa-, dijo Julia afirmando los hechos pero sincontar mi confesión. -Hablando de Orlando, ¿alguno sabe lo que le pasa?, lleva toda lasemana sin venir y se va a perder el baile-, dijo Erika desconcertada. Sólo se escucharon negativas. Ninguno sabía nada de él, parecía comosi la tierra se lo hubiese tragado. Llegué a casa agotada de toda la semana,mi esfuerzo había sido el doble por los exámenes atrasados y las redaccionespor entregar. Esperaba que mañana Alice no estuviese muy ocupada yfuésemos a tomar el aire a cualquier lugar, en ese momento ni meimportaba. No tenía mucha ilusión en aquel momento a causa de lascircunstancias. La espina de mi enfado con Emma perforaba mi piel como -75-
    • puñales encendidos y no me dejaba respirar. Necesitaba hablar con ella.Tenía que arreglar las cosas en su cierta medida, nada sabía de su mal estary de cómo le habían afectado ni tampoco si hubo chismes a su alrededorsobre el tema en cuestión. La llamé por teléfono, alguna de las dos tenía que dar el primer paso. -Emma me gustaría hablar contigo, ¿podemos vernos ahora?-. Noescuché su voz, innegablemente estaría calculando sus palabras odebatiendo el aceptar mi oferta. Al cabo de unos segundos contestó. -Está bien, nos vemos en el parque-. Colgó, no dijo nada más. Medesconcertó, me puse una chaqueta y me destiné hasta allí. Estuve un par de minutos esperándola, incluso llegué a pensar que noaparecería pero lo hizo. Tenía la cara demacrada, los ojos hinchados dehaber llorado un tiempo recurrente y sus labios estaban cortados. La invitéa que se sentara conmigo en el banco. -Siento mucho todo lo que ha pasado. No debimos pelearnos por unchico-. -Ann, no es una simple cuestión. Has herido mi corazón, estoyenamorada de él, no entiendo tu cambio de aptitud, ¿es por hacerme daño?-,dijo desconsolada, denotaba no tener apenas fuerzas ni para expresarse. -Emma, yo nunca quise hacerte daño. No siento nada por él. Entiendotu postura hacia mí, nunca debí decirte que te aventurases a pedirle lo delbaile y hacerte sentir peor de lo que ya lo estabas haciendo. Lo siento-. El aire tapaba su cara con el pelo, no medió palabra en un rato. Nosdignamos a esperar sin decirnos nada. Al cabo de un rato se levantóbruscamente. -No merece la pena seguir con esta conversación, no va a llegar a buenpuerto para una de las dos y esa innecesariamente soy yo. Olvidarlo, noesperes que lo haga, es amor no una riña de niñas por una muñeca.Mantendremos la palabra, eso no te lo voy a negar nunca, pero no esperesnada más de mí, somos compañeras de clase, las amigas se esfumaron comoel humo de un cigarro al desvanecerse-. Me estiró su brazo para estrecharmi mano, cosa que hice y acto seguido se marchó. Yo me quedé un rato sentada en el banco. Estaba peor que antes. Mivida se había complicado con una vida nocturna completamente diferente.Todo lo que amaba, desaparecía de mi ángulo de visión: Madeline, Emma y -76-
    • ahora Orlando. Me habían quedado recuerdos osteros, palabras de las queno puedo defenderme y desengañada del mundo. No entendía por qué seguía pensando que yo estaba intentando salircon Orlando, menuda insensatez. Estaba preocupada por su huida repentinaa no sé qué lugar, eso no puedo negarlo pero de ahí al amor, hay un paso ¿ono? Pensé en volver a casa, al día siguiente vería las cosas de otra forma. Esa noche desvarié en mis ensoñaciones, todo era un cúmulo desensaciones amargando mi existencia. “Sentía como el frio calaba mis huesos. El cielo estaba embravecido ylos buitres volaban con su ritual de los círculos escogiendo su presa. En loalto de una montaña, se encontraba un monstruo si con ello podíadescribirlo y detrás de él, un ejército de bichos horrendos, con los mismosgustos estéticos; levantaban hachas y escudos clamando victoria en suguerra. Miré a mi derecha y el alma entera la entregué en aquel desaliento.Cuerpos sin vida, unos encima de otros. Salí corriendo despavorida, sinrumbo fijo, quería despertar. Orlando cortaba mi camino. Sujetó mi brazo, tan fuerte que dejómarcados sus dedos en mi piel. Intenté deshacerme de él; le imploré,supliqué, pero no me soltó. Una voz resonó en eco en todas direcciones. Mecogió del cuello con una mano y me estampó contra las rocas. Algo le hizohuir, estaba débil, confusa. Entre procuras insólitas, logré distinguir la silueta de mi abuelocaminando hasta donde me encontraba. De nuevo cubierto con un halo deluz, que parecía llenar sus pasos con armoniosa hermosura ”. Desperté desconcertada incorporándome súbitamente en la cama. Mirespiración más acelerada de lo habitual hacía que el pecho latiera al ritmodel corazón. La vaga sospecha de que otra cosa y no el viento, moldeabaformas extrañas en las cortinas, ya era habitual. Apareció precedido por unainquietud sorda. Débiles atisbos de un terror arcaico fueron barridos amedidas que sus ojos cobraron constancia. Surgió entre los pliegues de la cortina; caminando altivo, torciendo larealidad con el movimiento de sus brazos. Avanzó en silencio hasta mi lecho,silencioso, fugitivo, manteniendo su cabeza gacha. Agarré las sábanas con fuerza e intenté hacer un impulso inútil porretroceder de él. Mis ojos estaban desencajados, una profunda desolacióncorroía mi ser y aquel miedo era más que una pequeña suposición. -77-
    • Siguió avanzando despacio hasta situarse a los pies de mi cama.Intenté encender la luz de mi mesita pero inexplicablemente cayó al suelo.Contemplé su cabello, ráfagas de penumbra derramándose sobre su cuelloblanco e interminable. Comenzó a subir la cabeza muy despacio. Los mechones de pelo ibanabriéndose en su cara como un telón muestra el escenario de su obra.Permaneció inmóvil, escrutando mis ojos, mi alma. -¿Jillian?, ¿Jillian, eres tú?-, estaba confusa, creí que aquellos rasgosentre penumbras eran de él. -Sí. Siento haber irrumpido de esta manera. La más luminosa vela detodas, ha sido extinguida. Sofocada por aquellos que no pudieron encarar larealidad-. -Jillian, ¿te encuentras bien?, me estás asustando-. -Cada latido de tu corazón, fue acercándome más a ti haciendoestremecer a lo establecido y yo tiemblo. Ann, eres la luz que ilumina mitriste existencia y ahora, quieren apartarte de mí-. Aparté la sábana de mis piernas y despacio me acerqué hasta él. No loentendía, estaba desvariando, despertarse en sueños es malvado perodespertarle aún más. Cuando estuve a su altura, acarició mi cara, pude vercomo sus manos, estaban cubiertas de una especie de líquido pegajoso, quecon la poca luz que entraba por la ventana solo llegué a distinguir de coloroscuro. -¿Cómo puedo dejar que esto ocurra y solo tener nuestros ojoscerrados hasta el final? Intenta olvidar todo lo que has aprendido, intentaoír tu corazón-, dijo entre susurros. Me quedé admirándolo, un escalofrío recorrió mi columna. Eso es algoque había escuchado antes, no me venía de sorpresa. Mis nervios secalmaron, era Jillian, no tenía nada que temer. Tengo miedo a las cosasdesconocidas, que el futuro no pase y el pasado no se adelante al presente.Todo lo que quedaba en ese momento en mi mente era una ilusión obsoleta. Decidí quedarme lo más alejada de él que me fue posible, pero cuantomás lo hacía, más se acercaba él a mí con la mirada. Ahora me acordaba dela presa y el cazador, al final yo sería la presa de una caza que quizás seeternizó demasiado. Aquella noche terminó como tenía que hacerlo. Pensé que ahora era él, el que se haría de rogar, un juego de ratón ygato un poco extraño ya que el gato ahora podía comerse al ratón sumiso a -78-
    • su ronroneo. No sé ese cambio de aptitud, siempre había sido muy atentoconmigo y de repente temía acercarse demasiado a mí, por alguna extrañaatracción divina, mi cuerpo se estremecía cada vez que nuestras miradaschocaban en la lejanía aunque fuese en una ráfaga incandescente. -Tengo que llevarte a un lugar para que veas algo, es importante parati y quizás para tu elección futura, ¿confías en mí?-, dijo mientras extendíasu mano hacia mi cuerpo. -Jillian son las 5:24 de la madrugada, ¿puedes esperar a mañana?-,dije asombrada al mirar mi reloj. -Mañana será tarde, por favor acompáñame, solo será un segundo, notardaremos mucho-. Acepté, de todos modos me había desvelado y no volvería a dormirme.Me cogió en brazos y salimos por la ventana. No llegué a explicarme como lohizo, la ventana estaba demasiado alta como para saltar y no hacerte daño.Su coche, estaba esperando en la puerta de mi casa. No comprendía los motivos que me llevaron a pensarlo pero, exigía lanecesidad irremediable de estar a su lado. Debí darme cuenta antes, tantotiempo buscando lo imposible, la perfección personificada. Lo tenía delantedesde hacía mucho tiempo y no fui capaz de darme cuenta, no quise abrirmis ojos ante tal belleza. Era todo tan perfecto que daba miedo solo el simplehecho de pensarlo. No necesitaba muchos preámbulos para hacer que mi alma se agitarasolo con mirarlo, estaba condenada a su sed, armonía incierta de un amordesenfrenado, incoherente, pero que me bastaba para respirar. Habíailuminado la ilusión de mi vida, desde que Madeline falleció, me sentíavacía, algo de mí se había marchado con ella. Perdí mi alegría, mis ganas devivir, y ahora él, me había regalado el cielo. Recordé aquella carretera, pronto, llegaríamos al desvío del caminoque conducía al bosque de álamos interminables. Sentía como mi corazón seaceleraba por momentos, no sabía lo que se proponía y en parte measustaba. Sus ademanes, sus formas al tratarme, eran en cierta forma algoincómodas. No podía subestimarle, no sería como yo, podía perder losestribos en un momento de pasión enajenada y llegaría a hacerme daño sindesearlo. Mi razón viajaba a contra corriente. Rendida a su control, al filo de micomprensión, mi convención a adorar su vanidad y venerarlo sin parar, -79-
    • sería capaz de cualquier cosa que me pidiera. Era dueño de mi voluntad,posesivo amor, cruel adoración. -¿Te encuentras bien?, estás muy callada-. -No, ¿eso crees?, me ha sorprendido todo esto. Eres tan previsible queno entiendo esta actitud nueva, pero ¡no te preocupes!, me gusta-, lo mirévergonzosamente. Era la primera vez que a su lado tenía que bajar lamirada, eclipsaba mi ser. -Mira hacia tu derecha, creo que te gustará-. En un claro, una manada de caballos corrían contra corriente,salvajes, libres. Al fondo un gran acantilado y una cascada rabiosa ydesbordante de vida, se desprendía de su cascarón para lanzarse al vacío. Imaginé a lo que se refería. Esperaba que hoy no tuviese que veraquello, sería desagradable. -Hoy ya estoy satisfecho, no voy a negar que son apetecibles y merelamo solo de pensarlo pero tendré que aguantar mi hambre-. Mis conjeturas eran ciertas, ¿existían especies diferentes? No sé porqué lo hice, pero en ese momento, levanté mi puño y le propiné un puñetazoen el hombro en gesto de desaprobación. -Creía que te conocía y no era así. Por una parte, estoy confundidapero por otra, me gusta más el Jillian de ahora-. -Lo sé. La verdad, se esconde en tus ojos y está colgando de tus labios.Pero crees que no puedo darme cuenta, no soy capaz de saber lo que piensassi no me lo haces saber, tengo los instintos limitados y eso me vuelve loco-. Así estuvimos un rato, reprochándonos todo lo que se nos venía a lamente hasta que paró el coche en la puerta de la casa. Me aproximé a ella y él llamó mi atención. -Ann, tengo algo que enseñarte no debemos entrar, acompáñame-. Le seguí. Llevaba unos días desaparecido y ahora, iba a abrir denuevo para mí una faceta nueva. Hacía calor, comenzaba a estorbarme lachaqueta y cuando fui a hacer el ademán de quitármela, él insistió en que nolo hiciera. Cortó unas cuantas zarzas que cubrían una pequeña puerta deforja y un muro de piedra. -80-
    • Esto sí que llegó a sorprenderme, un lugar secreto escondido entre laespesura, olvidado durante muchos años por lo que parecía. Estabaagachado, un pequeño candado mantenía la esencia de lo que se encontraraen el otro lado. Lo acarició con anhelo. Su gesto se endureció, agarrófuertemente aquel candado entre su mano con rabia, no sería grato para élvolver a aquel lugar. Unos árboles con las ramas silvestres y demasiado largas, cortabanmi ángulo de visión cuando atravesé la puerta. Unos pasos más adelantellegué a vislumbrar las cruces de unas tumbas. -¿Quiénes son?-, aventuré a preguntar. -Acércate, por favor-, su voz se apagó. Me quedé atónita. Había muchos niños, en realidad todos eran niños ygente joven. En total, llegué a divisar una docena de tumbas en su totalidad.Me quedé mirándolo, no entendía por qué me había llevado hasta allí. Seacercó a mí temeroso y flaco en sus fuerzas. Me señaló una tumba e incitó a que la leyera en alto. -“Julius Robins, 1696 – 1719”- -“Theotord Black 1696 – 1719”-…. -Lee la que está justo a su derecha, por favor-. -“Elisabeth Williams, 1699 – 1719”- Posé mis rodillas delante de aquellas tumbas. Estaba perdida, mimente comenzó a girar a un ritmo frenético que no era capaz de parar.Fieles lamentos de antaño, volvieron a pasar delante de mí como recuerdosincandescentes. Estaba muriendo por atrapar mi respiración, ¿por quénunca aprendo? Había perdido toda mi confianza aunque seguramente intentaríacambiar la razón lógica de lo que me rodeaba. Las fechas de los nacimientosde aquellas tumbas, podían cambiar cronológicamente en un par de años,pero sus defunciones eran la misma en todas. -Entonces, ¿la tumba del cementerio de Elisabeth?, no lo comprendo-,dije confusa. -En el cementerio no hay cuerpo, Ann. No soportaba estar separado desu esencia y tuve que hacerlo. Siento que su familia llevara flores a unatumba vacía-, dijo acercándose a mi lado con la cabeza gacha. -81-
    • Se quedó un momento en silencio. En su interior, sentía lo que hizo ensu momento pero aunque lo hiciera, no podía arreglar su error ahora, eraincoherente. -Una profecía incierta, un instante maldito. Todos nacieron en lasmismas condiciones; distintas circunstancias, pero cada uno de ellos,jugando un papel importante-, dijo mientras se dirigía hacia un árboldelicadamente en posición de reverencia, situado a unos metros de la últimatumba. -Todos hijos de un mismo ser, encarnizado lamento de antaño.Engendrados con un solo propósito: la existencia de una raza en decadencia-,prosiguió admirando la tenue luz de la luna escondida entre las nubes. Yo escuché cada palabra en silencio. Era difícil intentar seguir el hilode una historia algo extraña para una mente, que a pesar de ser algo másabierta de lo normal, no llegaba a imaginar hasta qué punto todo aquello,llegaría arrastrarme a un mundo desconocido. -¿Todavía puedes ver mi corazón?, toda mi agonía desaparece cuandome sostienes en tus pupilas. No me destroces por todo lo que necesito, haz demi corazón un lugar mejor, dame algo que pueda creer. Ahora que hasabierto la puerta, no dejes que se cierre-, dijo volviendo de nuevo su miradahacia donde me encontraba. Ardían en mi interior, aquellas palabras retumbaban en mis sienescomo puñales. Estaba allí, de nuevo a su lado, al filo de la mítica existenciaperenne. Sé que estoy a un paso de cambiar su rededor pero me sentíaincompleta. Esperaba una respuesta y yo un momento de soledad. Ahora parecía ver las cosas más claras, no eran sueños en el buensentido de la palabra, sabía que aquella chica que aparecía en mis desvelosnocturnos era yo, como también bajo conjeturas, que su fiel y desdichadoamante, su ángel de la oscuridad, era Jillian, eso fue lo que creí en esemomento, hasta que más adelante me di cuenta que estaba algo equivocada;pero no demasiado. Seguía delante de mí a unos pasos de pie observando. -Entrégame una razón, ¿por qué no hiciste nada entonces?, es lo únicoque no llego a comprender-, le dije mientras me incorporaba y volvía micuerpo hasta el suyo. -Temo en lo que me estoy convirtiendo, a perder esta lucha interior.No puedo resistir más esto, las fuerzas se desvanecen y mi alma se corroe. -82-
    • No sabes el remordimiento que ha estado atormentando tantos años miinagotable vida, deseé morir. Lo intenté varias veces pero no fui capaz dehacerlo, sentía que estaba perdiendo mi dignidad, la promesa no debíaromperla. Esperaría los años que hicieran falta para solventar mi error yencontrarte de nuevo-. -Me has arrastrado hasta ti, he hecho comprender lo que en mi menteestaba dormido, no esperes que sea la de antes, la que conocías. Soy Ann, ytú, eres Jillian. Esa es mi realidad en este momento. No voy a marcharme,estoy aquí, ahora, contigo. Esperaré el tiempo que haga falta paraescucharte, comprender, aprender-. Fui acercándome despacio mientras lo escuchaba de hablar. Despuéshubo un silencio. Moví mi mano despacio, no quería hacerlo retroceder,intenté medir lo más posible mis movimientos para no dejarlo aturdido ydesorientado. Despacio, la acerqué hasta su cara. Muy lento, poco a poco, posé uno a uno mis dedos en ella y cuando yaexistió el contacto se derrumbó. Hundió su cara en mi mano mientras lasujetaba con la suya. Nuestros dedos se entrelazaron. Mi corazón, quedóvencido, ungido en deseo. Tenía ante mis ojos lo que una vez tuve, a pesar desolo recordar a grandes rasgos aquel amor, ardientes caricias enterradasque de nuevo, volvían a resurgir. Cogió mi cintura delicadamente con su otra mano, acercandosuavemente su cuerpo al mío. Mirándome en el silencio, dibujando con susojos todos mis contornos, soltó mi mano y la posó en mis labios. Muydespacio, midiendo los movimientos. Acarició mi cara suavemente, su aromahacia desfallecer mi alma. Aferrándome al momento y desear mantenerlo lomás posible en mi ser, cerré los ojos, me abandoné a mi suerte. Deslizó sus dedos por mis labios hasta volver a sentirlos en mi cara,acercó su boca a la mía. Al principio fue un susurro, un leve roce accidental.Fue cogiendo fuerza, la pasión se desbocó y nos fundimos en un beso quearrancó mi existencia y la elevó súbitamente. Luego vinieron caricias, besos entrelazados y más caricias. Estábamosexhaustos, aquella pasión se nos estaba yendo de las manos. Nos fundimosen un abrazo y de la emoción, una lágrima furtiva salió de mis ojos. Estuvimos un buen rato sin hablar, tampoco necesitábamos ningúntipo de introducción, nuestros ojos ya hablaban por nosotros. El viento, selevantó embravecido de repente, haciendo que mi pelo moldeara sus manos. -83-
    • -Ann, hay algo que creo que te hará ilusión ver. No está lejos, iremoscaminando-. Me incorporé y seguí sus pasos. Era un camino de piedras bastanteangosto. Me costaba caminar, las piedras se clavaban en los pies y el vientovencía mi cuerpo de vez en cuando por culpa de la velocidad sulfurada quealcanzaba en algunas ocasiones. Sujetaba mi mano con fuerza y habíamomentos que parecíamos andar sobre los cúmulos de polvo que searremolinaban entre los pies. A lo lejos, se vislumbraba un pueblo fantasma. Sus casas, parecían nohaber sobrevivido el paso de los años. Algunos tejados estaban totalmentehundidos y sus paredes demolidas aunque había algunas que aúnconservaban la puerta de entrada y sus ventanas de madera. -No es eso exactamente lo que quería que vieras. Mira hacia tuizquierda, aquella casa apartada. Sus jardines, están algo descuidados perotodavía quedan los resquicios de lo que un día fue. Muchas noches, en misoledad, volvía acercarme a ella y subía a la habitación del segundo pisoquedándome inmerso en la ventana-. -¿Esa era la casa donde vivía Elisabeth?- Sentía nostalgia, añoranza. Pensaba, que yo hubiera actuado de unaforma muy diferente a como lo hice. Estaba triste, después de todos aquellosaños, muchos a mi parecer, todavía quedaba un resquicio escondido dentrode mí, que anhelaba volver a pisar aquel lugar. Fue una sensación extraña, verme en aquel lugar donde en algúnmomento de la historia, un pequeño pedazo de la existencia que ahoracompartía, mi vida estuvo ligada a esas paredes. Parece irracional pensar deesta manera, pero mis sueños eran la clave, pistas que apuntaban a midestino. Cuando entré al recibidor, un escalofrío recorrió mi columna, estabamás vieja, tenue. Las paredes, llenas de magulladuras y escombros sobre elsuelo. Pero su esencia seguía estando allí. Fui mirando una a una, todas lasinstancias de la planta baja, estuve retrasando volver a aquella habitación. Mis pensamientos eran cada vez más claros. Incluso detalles quequedaron olvidados en mi subconsciente. Subí las escaleras agarrándome ala barandilla, algunos peldaños estaban desgastados por la carcoma y temíacaerme. La puerta, estaba cerrada con llave, no había forma alguna deabrirla; Jillian, dio una patada y se abrió descolgándose de un lateral. -84-
    • Era la única habitación que conservaba los muebles. Una manchanegra al lado del tocador, hacía sentir más latente el acontecimiento queaquella noche hizo que ella se despojara de su bien más preciado. Una brisa helada rozó mi piel en aquel momento. Me acerqué altocador, conservaba el cepillo y el espejo de mano; la cama, con sus sábanasaun puestas, esperando ser ocupada de nuevo. Me estremecí, no debióhacerlo. Necesitaba salir de allí. Me estaba consumiendo. Era tal el dolor queexperimentaba mi cuerpo que ni tan siquiera la muerte calmaría mi alma. -Tengo que tomar el aire, por favor, vamos al coche-, dijetambaleándome intentando llegar a la puerta de aquella habitación. Siempre estuvo en segundo plano, escuchándome, admirándome.Asintió con la cabeza, no quería romper aquel momento con otro sonido queno fuera mi voz. Antes de bajar la escalera, miré un instante a la habitaciónde mi derecha. La ansiada biblioteca, lugar de descanso de la mente deaquella chica, donde se refugiaba en historias de otro tiempo y hacía viajarsu imaginación pensando en su ángel. -Espera, voy a mirar un momento, esto era la biblioteca-. Entré, las estanterías estaban montadas unas sobre otras en el suelo,algunos libros abiertos cubiertos de polvo, se acomodaban unos sobre otrosintentando pasar lo mejor posible el transcurso del tiempo. Al mirar la brutalidad sobre tanta sabiduría, miré de un lado a otrocon rabia. Entre los libros, dejé entrever uno de tapas rojas que llamó miatención. Me acerqué a él y lo cogí. Soplé el exceso de polvo que dejabaininteligible lo que sus palabras contenían, pasé mis dedos sobre sus líneasleyendo a grandes rasgos lo que ponía en ellas y lo cerré. Pasé mi mano porla tapa para ver su título. Era el libro que ella sostenía en sus manos horasantes de su muerte, estaba segura. Quedó clavado en mi mente aquel librode tapas rojas y los labrados que ella contenía. Lo abracé. Este me lollevaría. Era hora de salir de aquel lugar. Miré el reloj y ya se acercaba la horade salir de clase, por lo que tendríamos que darnos prisa para llegar a casa,yo por lo menos, para la hora de comer. -85-
    • No me fijé en el tiempo, ni tan siquiera advertí que amaneció hacía yademasiadas horas como para no haberme dado cuenta. Pero era la oscuridadde un día íntimamente nublado, el que me hizo perder la noción del tiempo. El camino de vuelta hacia el coche no se hizo tan pesado. Sentía nohaber tenido el tiempo suficiente como para haber entrado a la casa peroaun así estuvo bien, tendría demasiado tiempo en mi vida como paraaburrirme de volver a aquel lugar, estaba segura de ello. Sentía curiosidad por Darklay, no entendía el por qué me perseguíacon tanta insistencia aquel nombre. No tuve que preguntárselo, él estabaesperando el momento para hacerlo. -¿Darklay?...- -Bueno, Darklay. Creo que nos dará para el camino de vuelta si nodeseas otra cosa. Él es un íncubo, un siervo de la oscuridad que el únicocometido es el de no dejar que la especie se extinga. No sé por qué realizabatodas esas barbaridades, por eso decidió cambiar de nombre, cambiaría suforma de vivir la vida. -Eso es horrible. ¿Y ahora dónde está?-, pregunté ansiosa. El debate se me hizo corto, cuando me di cuenta, estábamos entrandoen la ciudad. Pasamos por delante del instituto, la gente estaba en losaparcamientos, con lo que llegamos con buen tiempo. Me dejó en casa, yotenía algo de hambre y él tenía que ir a buscarla. Yo esperaba un beso,sentir sus labios con los míos de nuevo, beber de su elixir, pero me tuve queconformar con uno en la mejilla. Se despidió admitiendo que vendría a verme más tarde si no surgíancomplicaciones, en todo caso, me incitó que no saliera de casa sola, sería lomás racional. Debía apartarme de Orlando. Caminar por la oscuridad, no era tan horrendo como al principio podíallegar a pensar; más bien era un viaje hacia la luz. Una luz, que no alcanzamás allá de lo que deseamos ver, pero que nos alumbra lo indispensablepara seguir andando. Podía llegar a confusiones inequívocas, irreverentes sensacionescontrapuestas, que ahora pensándolo fríamente llegan a acongojar mi alma;pero que sin embargo, han sido las únicas que han colmado mi ser de unaexistencia plena. Es difícil encontrar un amor tan pleno, aquel que con sólo recordar sunombre entre lagunas de recuerdos pasajeros, hiciese erizar hasta el último -86-
    • resquicio de mi cuerpo. Nunca me había enamorado, pero ahora, podríadecirse que soy capaz de describir lo que se siente al estarlo. Orlando, ¿era uno de ellos? No entendí por qué debía apartarme de sulado. Si en verdad, era un ser extraño de la lóbrega oscuridad, insensata pormi parte sería ahora, alejarme de improviso de su lado después de todo loque ya sabía. Muchas de las cosas que ahora no son tan novedosas para mí, medesconcertaban; pero Orlando, o lo que al menos ahora sabía de él, turbó mispensamientos hacia su persona. ¿Cómo si en verdad era un ser maquiavélico, me trataba tandelicadamente hasta el punto de asfixiar? Estaba cansada, aunque llena de vida, feliz. En mi caso extraño,alguien racional no podría llegar a abrir los ojos ante tal desfachatez, unalocura irrefrenable, un mal sueño que heroicamente se acomodaba en mivida. Cuando entré en la cocina, Alice estaba sentada en su silla, con losojos enrojecidos por una consecuencia más que evidente. Sus mejillashumedecidas, removieron mis entrañas. -87-
    • 7 El adios Sus labios temblaban al mismo tiempo que, las lágrimas volvieron adeslizarse por sus mejillas. Miré a mi alrededor, todo parecía estar en orden;pero sin embargo, su situación me inquietaba sobremanera. En ese instante, la mente desvaría en demasiados pensamientosnegativos bloqueándola de tal forma, que ni tan siquiera eres capaz depensar con sensatez. -Alice, ¿te encuentras bien?, ¿dónde está mamá?, ¿ha pasado algo?-,pregunté una y otra vez incesantemente. Ella, no se sentía con fuerzas como para articular palabra. Meacerqué intranquila hacia donde se encontraba. El corazón, empezó apalpitar cada vez más rápido, y la sangre, se paseaba por mis venasdesbordantes. La respiración fue volviéndose cada vez más dificultosa y losnervios, se aferraban a mi ser. -¡Alice!-, repetí vapuleándola una y otra vez sin hallar respuestaalguna por su parte. Agotada por el infortunio que la sumía en su triste aposento,denotaba la necesidad consecuente, de un cuerpo cálido a su lado. Los rolespueden invertirse, pero todos nos hemos sentidos cansados alguna vez. No había sido lo que se dice unos días fáciles para ella. Denotaba lanecesidad de un lecho de lágrimas, a causa de una pena derramada gota agota hasta secarse por completo. Acerqué mis manos hacia su hombro con vacilante titubeo, con lamera intención de acunarla en mi pecho, atrapándola entre mis brazos,sujetando su pesar entre mis dedos. Pero fue esa fotografía, la que intentabaaferrar con fuerza entre sus manos titubeantes, al chocar contra el suelo endeseo abrupto por una ilusión perdida, la que dejó en pétrea sumisión micuerpo. No necesité sus palabras, sabía que había llegado el momento. Eratan pronto…, ni tan siquiera estaba preparada para esto. La muerte solo esun nuevo estado, desconocido para nosotros los mortales inocentes,descontentos por la llegada de este momento; pero, ¿por qué ahora? -88-
    • Se levantó de la silla, recogió del suelo la fotografía, me agarró de lamano y nos dirigimos en silencio hacia el coche. Mi ser se bloqueó porcompleto, ni tan siquiera las lágrimas intentaron hacer acto de presencia. Será mi forma de ser, tan encerrada en mi misma que, ni tan siquieraen este instante donde la única forma quizás de desahogo fuesen unaslágrimas a destiempo, podían retirar de mi garganta el nudo de impotencia. Entendí que el tiempo no da treguas, ni tan siquiera a aquellos quepor alguna acción divina, vendiesen su alma a cambio de un corto periodomás de existencia. Los sueños de los últimos días, habían sidodesconcertantes, siempre aparecía la misma mujer, enseñándomelo engracia. Aquella luz que lo envolvía, su expresión delicada y sumisa, elcansancio de una vida sin sentido, ahora que ya no podía disfrutarplenamente de ella; con el simple deseo absurdo de encontrar un descansoeterno. Era difícil imaginar que ya no volvería a dejar mi pequeña manoencogiéndose en la suya, sus largas tertulias sobre sus vivencias de juventudmientras disfrutaba de su pipa; o admirar el regocijo en su rostro, alcontemplar a su familia en una mesa, disfrutando de un día de acción degracias. A pesar de vivir en la misma ciudad y a escasas manzanas de su casa,el camino se hizo interminable. Quizás era la impresión de no llegar, o lanecesidad de hacerlo más largo, lo que hizo que Alice no llegase a marcar enel velocímetro, el mínimo permitido para la circulación. Todas las luces estaban encendidas. Contemplé los coches aparcadosen la entrada, también estaba el de mi padre. Deseé que al menos, la noviade mi padre respetase el momento y nos dejase algo de intimidad. La puerta de la calle estaba entreabierta. Vi a mi abuela sentada enun sillón, turbada y desorientada ante tal escena. Mi padre, se acercó a mícon una respetada frialdad, insistiendo que subiese a su habitación. Deseabahablar conmigo a solas para despedirse. Armada de un valor del cual ahora intento buscar resquicios sin llegara encontrarlo, tomé aire llenando mis pulmones y agarrando con fuerza labarandilla, subí uno a uno los escalones que me llevarían a su alcoba. -89-
    • Pensamientos contradictorios pasaron por mi mente atormentándomepor la situación tan difícil que, debería pasar; aparentando o al menos,intentando disimular la delicada secuencia. La puerta estaba entre abierta, desde mi posición podía vislumbrar sucama y la manta que arropaba su cuerpo sin fuerza ni tan siquiera paralevantarse de ella. Enfermedades que llegan hasta el punto de dejar a unapersona sin la esencia que un día llegó a ser. Entré despacio, tomando aire de nuevo y sin saber por qué, esbozandouna sonrisa cariñosa cuando sus ojos inquietos, me admiraron a su alcance.Señalándome con su mano, me instó a colocarme justo en el cabecero de sucama. No necesitábamos palabras, aunque, ¿existen palabras exactas paraun momento así? Pienso que no. Pero llegó un momento en nuestra calladaconversación a medias, que su aflicción lo inundó de rabia por el mal tragoque los dos estábamos pasando, y agarrándome del brazo, me pidió quesaliese de la habitación. Sujeté mis labios con los dedos, tragando saliva y dejando que elcorazón dejase de nuevo de palpitar con tanta insistencia. Suspiré tanprofundo que mi estómago en rebeldía parecía arrugarse en descontento,causándome un fuerte dolor. Llegué de nuevo a la cocina, cabizbaja, sin fuerzas tan si quiera paraatender a los parientes más cercanos; aunque pienso que en estos momentosse comprendían las actitudes recogidas. Tardé un rato en volver en sí, fue el gesto acongojado de Alice, lo quedevolvió a mi cuerpo las fuerzas necesarias como para subir la moral. -¿Qué tal con James?, por lo que he escuchado saliste ayer a dar unavuelta con él-, dije intentando apartar el pensamiento amargo de nuestrasmentes por un segundo. Se puso colorada como un tomate, los cubiertos temblaron en susmanos y estuvieron a punto de caer al suelo. Una sonrisa, se daba aentender en sus labios, escondida en lo más recóndito de su cuerpo. -Bien Ann, ¿podemos cambiar de tema, por favor?, es vergonzoso-, dijorozando sus mejillas con las manos. -¿Qué pensarías si te dijera que estoy sopesando la opción decomenzar a salir con alguien?- -90-
    • Colocó los cubiertos en la mesa y se quedó mirándome. Le costórecobrar la consciencia, estaba asombrada. -No te entiendo Ann, hace dos días no sentías nada por nadie del sexoopuesto y ¿ahora si?, llevas mucho tiempo sola, nunca me has hablado deningún amigo especial, nunca como pareja, ¿qué ha pasado para quecambies así de opinión?- -Alice, creo que te confundes, no estoy hablando de Orlando, si es loque estás imaginando-, le dije antes de que llegase a conjeturas engañosas. -Entonces, ¿quién es el afortunado que ha encandilado a mi hermanahasta el punto de plantearse salir con él? ¿Sabe ya lo rarita que eres? Seguroque no, sino ya hubiese salido por patas de tu lado, ¡qué loco!, ¿contigo?-, dijoextrañada y haciéndome algo de burla. -Alice, si llego a saber que ibas a pensar de esta forma sobre mí, ni tansiquiera me hubiera atrevido a contarte esto, para mí es importante…, perono importa, quizás tengas razón y solo es una tontería de las mías-, contestéafligida. En ese mismo instante, mi padre entró en la cocina y acercándose amí en silencio, me abrazó desconsolado. Mi corazón se paró unos segundosen aquel instante, lancé la vista hacia la puerta y vi cómo sujetaban a miabuela con delicada agonía. Subí mi mano hasta rozar sus cabellos en pos de un acercamiento algomás cariñoso y sumiso. Noté como su cabeza se acomodaba en mi hombrocon un desconsuelo más que aparente. Siempre había sido la más fuerte de la familia, incluso llegaban adecir que no tenía sentimientos hacia nadie que no fuese yo, algo injusto porsu parte. Eso nunca me importó, pero esta vez era diferente. Mi mástil me abandonaba. Mi mente quedó bloqueada, sinpensamientos ni sensaciones. El vacio se apoderó de ella, sumiéndome en lomás oculto de mi existencia; con una rabia contenida incapaz de expulsar. Agradecí que Alice, se acercara a nosotros y, tomando a nuestro padredel brazo, lo apartó de mi cuerpo rígido y sin sentidos. Son la miradaperdida, fui caminando entre la gente que se arremolinaba en todasdirecciones. Logré llegar hasta la puerta entre desconciertos y desolacionescontradictorias. Llegué hasta el primer escalón, sentándome en él sinfuerzas apenas para seguir caminando. Puse mi cabeza entre las piernas, -91-
    • dejando que el cabello tapase mi rostro. Ni tan siquiera la suave brisa queintentaba cortar mi cortina, fue capaz de retirarla de la cara. Una extraña luz, parecía resurgir a mi lado. Formas indefinibles, quea menudo pueden resultar imposibles, parecían brotar del suelo y con unligero vaivén, comenzaron a recorrer las escaleras hasta disiparse porcompleto. Existía en ellas una solemnidad ausente, demasiado inclinada aimpresionar unas pupilas titubeantes, sin sombras aparentes, de coloresbrillantes. Pero fue la sensación de paz, la que atrajo mi cuerpo a unsentencioso deseo por admirarlas hasta el punto de entrever siluetasincandescentes formándose en ellas. No tenía que admirarlas en esencia,tenía que ver a través de ellas. Me levanté de súbito de esa cárcel oscura, en la que hasta hacía tansolo unos minutos, se había aferrado mi cuerpo. Alcé la vista hacia el cielo,encapotado como casi siempre, pero logré vislumbrar, cómo unos irresolutosrayos del sol, intentaban dejarse ver entre tanta oscuridad. No había entendido sus palabras, simplemente me digné aescucharlas. Parece absurdo imaginar una señal de un instrumento tancotidiano, pero para mí, lo fue. Sabía que él estaría conmigo, solo era unestado más por el que todos pasaríamos, y yo, debía de asumirlo. -Ann, ¿cómo te encuentras?-, dijo Alice colocándose a mi lado. -He abierto los ojos. Estaba ciega y he visto la luz. Un día, al mirarlo,sentí las mariposas en el estómago y me di cuenta. Así es el amor, túdeberías saberlo, James es especial ¿verdad?, no es como los demás chicoscon los que has estado, no necesito explicártelo-. Se sentó en el escalón. Bajó la mirada, esperaba no haber revivido ensu mente recuerdos, no debí decírselo de esa forma. Pero no tardó encontestar, tenía razón. James, había descubierto sentimientos y sensacionesen su cuerpo que antes no había sentido. Aunque le extrañó ésta mi actitudante la situación en la que nos encontrábamos. No teníamos que hacer nada más allí, ella solo hizo acto de presenciamás bien por cumplir, no tenía apenas recuerdos agradables por parte de miabuelo. Sin embargo, sabía que yo fui lo que se suele decir, “la predilecta”,aquella con la que tenía mayor afín. Quizás lo hizo más por mí. Volvimos a casa. Era tarde y tenía algo de hambre. -92-
    • Terminamos de comer en silencio, no había más explicaciones. Elteléfono, comenzó a sonar y ella, se levantó deprisa de la mesa, dejando caerla servilleta al suelo y moviendo el mantel. Su cara cambió al escuchar alinterlocutor. Quizás esperaba una llamada, se volvió y me incitó que locogiera, era Julia. Estuvimos un buen rato hablando. Más escuchando yo que hablando,siempre hacía lo mismo. Tenía la costumbre de hablar y hacerlo tan rápido,que había momentos que no llegaba a comprender lo que decía y porconjeturas, unía unas cosas con otras y al final lograba descifrar lo quequería decirme. Además, se pasaba de un tema a otro en un flash desegundo, me desquiciaba. Necesitaba relajar un poco las piernas, estaba cansada. Subí a mihabitación, cogí en CD, me puse los cascos y me eché en la cama. Pensé todo lo que me había pasado hasta ahora. Las palabras deJillian, recorrían mi cuerpo con pequeñas descargas molestas. No entendíalo que quería decirme con sus palabras, no sería tan difícil estar conOrlando, o ¿quizás si? Él era inmortal, yo, simplemente vería como los años envejecían micuerpo hasta arrugarlo, ¿Y Jillian? Perdería la fuerza vital, me volveríatorpe, perdería poco a poco mi vida. En cambio él, siempre sería joven,pletórico, hermoso. Un escalofrío, recorrió mi columna vertebral. Cambié mipostura y cerré los ojos. “Había mucha oscuridad. El cielo, lleno de nubes negras, hacíadesprender una especie de ceniza de él. Abrí mi mano, un pañueloensangrentado voló delante de mí. Escuché el sonido lejano de un cuernosonar y un estruendo movió la tierra haciéndome balancear perdiendo elequilibrio. Una sombra se acercaba a mí, su piel era pálida, sus vestimentas,imposibles. Levanté lentamente mi rostro, mi cuerpo se regurgitó al ver susmanos. Grandes, guantes con pinchos de hierro bien afilados que dejabanentrever las puntas de sus dedos, con unas uñas aguileñas y amarillentasque aparentaban despellejar cualquier animal sin utilizar ningún arma. Me cogió del cuello, levantándome varios palmos del suelo. Su aliento,mataría si así se lo propusiera. Estaba débil, me sentía vacía, sin fuerzas.Alzó su otra mano y puso una de sus uñas en mi cuello, deslizó su cortantefilo por él hasta realizarme una incisión. Ardía, sentí en mi piel el gruñido alser cortada y como mi sangre, recorría mi epidermis. Mis ojos se cerraban,estaba perdiendo mi vida. Sentí como lamía la sangre con su lengua viperinay mordió la herida clavando sus colmillos punzantes.” -93-
    • Me despertó Alice, se me hacía tarde e iba a llegar con la hora pegadaa mi primera clase. Recogí los trastos como pude y salí corriendo. Cuandoentré en clase ya estaban todos sentados y el profesor estaba colgando suchaqueta en la silla. Me llevaría una buena reprimenda por mi tardanza,quizás me tendría que quedar después de clase para hablar con él, pero nome importó. Creo que se lo tomó de buena gana y me instó a que me sentara. Hoytendríamos que buscar imágenes en internet para terminar el tutorial dedocumentos con edición de fotografías. Terminé de las primeras, no se medaba demasiado mal manejar un ordenador. A todos los que terminaron, nos dejó navegar por internet hasta queterminase la hora, para mí eso serían unos cuarenta y cinco minutos. Estuvede página en página viendo nada en especial, hasta que una imagen de uncartel publicitario llamó mi atención. Era una página nueva sobre seres dela noche, un mar de sombras, portal interactivo de su forma de vida. Decidí entrar, quizás encontrara algo sobre aquellos seres que fueseimportante, pensando más en la situación en la que me encontrabaactualmente, más que admirar criaturas inmortales que viven entre laimaginación y la realidad. Apareció un foro de lo más extraño, inspiraba a los chicos a formalizarsu tratado y convertirse en vampiros, ¿quién podía creerse eso? Otro de lostemas que llamó mi atención sobre manera fue “el amor de un ser oscuro eseterno”, intentando matar mi curiosidad, entré. No pensaba encontrarmetantas claves, formas de actuar, sus palabras; todo concordaba con lo quecontaban. Existía un anexo que parecía importante, así es que me dispuse aleerlo. Debíamos de tener cuidado y saber si nuestro amor por aquel ser eraincitado o verdadero. Esto, hizo que me extrañara en cierto modo. Aquellosseres, podían hacer que un mortal viera por sus ojos, que se estremecierasolo con verlo y rindiera a sus placeres más ocultos. ¿Era eso lo que hacíaJillian conmigo?, pero ¿por qué no lo hizo antes de contarme lo que ahora sé? Estaba desconcertada, anoté el nombre de la página en mi cuaderno yesperé a terminar las clases para leerlo todo más despacio en casa. Vi aEmma cruzarse en el pasillo cuando salía por la puerta del aula en uncambio de clase, no se giró, siguió su camino con la mirada perdida. Erika y Andrew, se distanciaban del grupo. Su relación parecíaavanzar a pasos agigantados y Julia, se pegaba cada vez más a mí como unalapa. No me incomodaba, estaba acostumbrada a que de vez en cuando lo -94-
    • hiciera, lo que me molestaba en cierta manera era que parecía ser susegundo plato en todos sus planes y que ella, siempre sabría que iba a estarahí si los primeros le fallaban. Orlando, tampoco apareció por clase. No me extrañó tanto, no habíamostrado su verdadero yo y quizás se sentiría incómodo delante de tantagente, intuyendo que sabía algo, o ¿no sé? Fue uno de los pocos días que volvía a casa sola después de clase, locierto es que era extraño ya que Orlando, no solía dejarme o quizásaprovechaba para estar algo más de tiempo a mi lado y disfrutar de micompañía. Me acordé del libro de tapas rojas, que por inercia introduje en lamochila sin darme cuenta. Recordé que el día anterior no saqué el Mp4 conel último disco de Épica, y aproveché para escucharlo hasta que llegase acasa. Abrí con impaciencia la primera página del misterioso libro que conansiedad, solía releer una y otra vez la desdichada Elisabeth. Debíimaginarlo desde un principio, indiscutiblemente aunque no lo pareciese,Los Sonetos de William Shakespeare. Era una de las obras que no me terminaba de llenar del autor quedibujó el amor con las mejores historias, pero quizás en aquella época, fueun icono de la sensualidad, las deslealtades, los celos y el amor. No solía leersus libros, eran demasiado pastelosos para mi forma de pensar, pero leí unatras otra, páginas de poemas repletos de placer estético y la perdurabilidadde la belleza del ser amado en sus versos. En cada una de aquellas palabras, que se iban tatuando en mi mente,aparecía la imagen de Jillian, su nombre. Era difícil mantenerse indiferenteante los primeros síntomas de lo que los iniciados llaman amor. Me sentí asqueada por la situación indecorosa que experimenté conOrlando, ¿en qué estaría yo pensando? De todas formas, no me importaba elcómo. Debía mantenerme al margen, no podía hacerme esto, ahora no. No podía dejar de pensar en porqué me escondió durante tanto tiempoalgo tan importante para él, cuando yo, era todo lo sincera que pude ser,teniendo en cuenta los sentimientos que me procesaba. Estaba preocupada por él, pero por otra parte, la incertidumbre de laspalabras que Jillian me relató sobre su persona, me desconcertabasobremanera. -95-
    • Cuando crees derrumbarte, siempre aparece algo o alguien que tesostiene y mantiene a flote; una luz de esperanza. Pero esta puede serficticia, tenía que comenzar a aprender de mi momento. -96-
    • 8 Ansias pretensiones Estábamos las dos solas para comer con lo que decidimos hacerlo enlas mesas de fuera, la suave brisa, apetecía al cuerpo y los cálidos rayos delsol que hoy dejaban entrever unas cuantas nubes negras, deseosas dedescargar su furia, reconfortaban el alma. Hoy parecía haberse saltado el régimen, dos hamburguesas, un platode patatas y un bollo de postre. O iba a vomitarlo después como hacía lamayoría de las veces o tenía ansiedad porque sus planes, no estabansaliendo como ella esperaba. -¡Que ganas tenía de sentir el sol en mi cara! ¿No lo echabas demenos, Ann?-, decía mientras levantaba su cara al cielo y apoderarse lo másposible de aquellos rayos furtivos, que asomaban entre las nubes. -No mucho. Estoy tan acostumbrada a no sentirlo, que ha llegado unmomento que me da lo mismo, total, solo son unos rayos que no tardarán enesconderse-. -Ann, no digas eso ni en broma, tendremos que ponernos morenaspara el verano, ir a la playa o al lago, eso es lo que se hace en verano. Y paraque sea verano, necesitamos el sol-. No probé bocado, me llenó solo el simple hecho de verla engullir talcantidad de comida. Cuando terminaron las clases, decidí ir a casa dando unpaseo. Quedaban un par de esquinas para llegar cuando los vi. El corazón seme encogió y sentí la sensación más triste aunque emotiva que cabíaesperar. Dos enamorados, se fundían en un beso. Congelados en un besointerminable, refugiados contra el olvido, quizás eso es lo que sentimoscuando vemos el amor. Por ellos, parecía no pasar el tiempo, congelaron elinstante, lo guardaron, lo disfrutaron haciéndolo su momento. Como esos mosquitos, atrapados en ámbar durante millones de años;el mundo, sigue adelante, pero ellos se quedan allí, atrapados sin cambiar;como las fotos guardadas en una caja de zapatos, instantáneas de otrotiempo que nunca volverán. Me hicieron sentir nostalgia, por todos aquellosmomentos que he sentido en mi vida, que recuerdo con anhelo. Personas queconocí y ya no están, amigos que partieron en busca de una estrella y dosnombres, que retumbaban en mi mente desconcertando mi ser. -97-
    • Parece que se dieron cuenta del espectador anónimo. Me miraron y sedieron la vuelta prosiguiendo su camino. Había terminado la última cancióndel CD y volví a colocarlo en el inicio, puse los cascos en mis oídos de nuevo ycontinué andando. Durante los dos últimos años, cada decisión que he tomado, cadapequeño detalle de mi vida, para mi corazón ha sido una puñalada tras otra.Eso se acabó, no sé si mi vida tendrá algún sentido mañana, si elegiré a micompañero de fatigas con buen criterio, pero, de lo único que sí estabasegura, es que lo haría feliz en cada segundo, aunque sus segundos, seaneternos. Volví la última esquina, ya vislumbraba la puerta de mi casa. Uncoche negro a toda velocidad, aparcó a mi altura. En ese momento, sentícomo por detrás me inmovilizaron, taparon mi boca sin posibilidad de pedirauxilio. La desolación, horror y heroísmo, van más allá de las palabras. Noentendía los motivos, ni tan siquiera sabía por qué me estaban haciendoesto. Hay cosas, que no se pueden explicar con simples palabras; comoseguir vivos, sentimientos como el amor y el compromiso, o sensaciones,como volver a abrazar a un amigo. Quizás por eso nuestra vida, se componede imágenes congeladas en el tiempo para siempre. De decisiones que sin remedio, cambian el rumbo de las cosas;fotografías fijas, guardadas en la memoria que nos recuerdan cada segundo,lo hermoso que es vivir. Comencé a marearme, mi visión se tornaba borrosay mi cuerpo, perdía las fuerzas que hacían mantenerme en pie. Vislumbrécomo me introducían en el coche, no distinguía sus caras, perdí elconocimiento. Debieron de suministrarme narcóticos durante horas. Cuando susefectos me hicieron despertar, sentía una especie de torpeza personal;somnolencia y falta de interés hacia el mundo exterior. En la estancia dondeme habían dejado, apreciaba un horrible olor a opio, lo que, hubieraprovocado mi estado. Estaba oscuro y no podía moverme de la cama. Intenté en variasocasiones hacerlo, pero mi torpeza parecía mayor de lo que yo pensaba. Mismuñecas estaban atadas al cabecero, la sensación de estar presa en aquellugar me espeluznaba. Intenté gritar, pero la mordaza no me dejabagesticular palabra. Poco a poco, fui recobrando la consciencia de una personamentalmente sana y aquel escenario, llenó de angustia mi ser. Las paredes,eran de piedra, frías y mohosas. En el suelo, divisé una rata merodeando la -98-
    • cama y la única conexión que existía entre la luz de la calle y el cuchitrildonde me habían metido, era una pequeña hendidura cerca del techo, con unpar de barrotes de hierro y sin cristal. Empecé a escuchar voces a lo lejos, una discrepaba de la otra sobrequé hacer ahora conmigo. Mis huesos dejaron de obedecerme por uninstante; mi mente, se congeló. Introdujeron una llave en la cerradura de lapuerta, su sonido fue ensordecedor. Más de una ocasión, podías imaginarte lo que una persona puedellegar a pensar cuando se encuentra en una situación parecida a la mía,pero no llegas a saberlo hasta que te pasa. -Pero nuestras órdenes eran las mismas, cazarlos y exterminarlos unopor uno-, dijo una voz varonil. -La cadena alimenticia nunca se había roto, nunca en siglos ¿por quétenemos que esconderla aquí?, va a ser un problema mucho mayor, si ellosse enteran de que la tenemos-. -Lo sé Dorian, fue una orden de arriba, había que acatarla. Jillian, seha enamorado de ella y no quiere que llegue a manos de Darklay, en ciertamanera, es su moneda de cambio para llegar hasta ellos-, musitó una mujer. -Tendrá suerte si Marlond consigue que el consejo le perdone la vida,ha sido demasiado incoherente-. Esas dos voces. Escuché su corta conversación detrás de la puertaentre susurros mientras la abrían. No entendía lo que decían, eraincoherente, ¿había más como ellos? Una bocanada de aire, arrastró mi pelohasta la puerta, estaba viciado por ese olor insoportable que ya se habíahecho familiar a mi olfato. Un hombre y una mujer la atravesaron y cuando ella, advirtió quetodo estaba en orden, volvió a cerrarla con llave de nuevo. Mis ojos, ya seiban acostumbrando a ver entre tanta penumbra aunque el frío que micuerpo procesaba, no dejaba de hacerme temblar ni siquiera un segundo. Él, dio un salto desde la puerta y se puso encima de la cama. Sucuerpo en posición de ataque, se contorsionaba de un lado a otro tan rápidoque no me daba tiempo a asimilar los movimientos. Su cara desencajada ysu boca, rezumaba una especie de saliva pegajosa, que se deslizaba hasta labarbilla. Los ojos, le cambiaban de color en cada movimiento, de negro alrojo y después al marrón. -99-
    • Abrió su boca y una fila de dientes punzantes, se acomodaban unossobre otros y su lengua de doble filo en la punta, acariciaba sus labios delado a lado. Fueron facciones de segundo, no llegué a anteponerme a lo queestaba a punto de hacer. Se abalanzó sobre mí, sujetó mi cabeza con una mano, posando susuñas cortantes sobre mi mejilla. Con la otra, cortó las cuerdas que sujetabanmis muñecas al cabecero de la cama y deshizo la mordaza. Aquellas uñaseran el arma más letal que había visto, amarillentas, duras como el acero ycon un filo acusador que daba miedo incluso admirarlas. Me levantó unos palmos de la cama, parecíamos flotar en el aire.Volvió a contorsionar su cabeza con movimientos estrambóticos, casiimposibles. Abrió su boca y amenazó mi sino con aquellos dientesmalintencionados. Noté como en mi cara, dibujaba con una de sus uñas unacicatriz, que hizo arder mi cuerpo y removerme ante el dolor tan intenso queme produjo. No noté la sangre brotar, pero admiré como sus ojos se salían de susórbitas. Movió su cara hacia la herida y la lamió. La mezcla de esos doscomponentes revolvió mi estómago. Miles de bacterias infectaron mi ser. Micuerpo, en acción de defensa, comenzó a sudar, los ojos se movían de un ladopara otro y comencé a tambalearme y tener espasmos irracionales. -¡Dorian, No!- Ella, saltó sobre él. Intentó apartarlo de mí pero le fue inútil. Habíacalculado sus movimientos y justo cuando le quedaban unos centímetrospara alcanzar su cuerpo, extendió su brazo hacia ella, y la despidióhaciéndola rebotar en la pared rompiendo trozos de ella, haciendo que laspiedras cayeran súbitamente al suelo. La puerta, cayó con otro estruendo, este venía de la instanciaanterior. Jillian, entró despavorido, lleno de rabia. Se abalanzó sobre Doriany lo despidió haciéndolo atravesar el hueco de la puerta y chocar contra otromuro hasta hacerlo revolverse de dolor. En ese momento, yo caí desde la altura en la que me sostenía y mecogió al vuelo entre sus brazos. Todo pasó muy rápido, quizás pequeñossegmentos de segundo; estaba tan confundida, que no llegué a admirar loque sucedía a ciencia cierta a mi alrededor. Jillian, miró hacia la mujer, que todavía seguía en el suelo,despojándose de piedras y removiéndose del dolor que comenzó a sentir en -100-
    • su hombro. Me dejó de nuevo tumbada en la cama, con su mirada dulce y sedirigió hasta ella. -¿Cómo has dejado que pasara esto?, ¡animal insolente!, ¡desperdicio!-,le dijo mientras la cogía de su brazo dolorido y la levantaba hasta ponerla enpie ante él. -Ahora deja de quejarte o te retorceré el pescuezo, ¡rata escuálida!¡Date la vuelta!-, dijo soltándola. -Lo siento Jillian, se abalanzó sobre ella, intenté apartarlo pero meretiró, es más fuerte que yo, lo siento. Solo queríamos verla, solo verla, nopensé que le haría daño de esa forma-, dijo entre sollozos, temblando demiedo por alguna acción repentina hacia su persona. Suplicaba clemencia, tal acto para ella, tendría sus consecuencias y nodemasiado agradables. No hablaremos de Dorian, su castigo sería aúnmayor. Temblaba en su presencia, sus ojos denotaban angustia por el actoque acababa de suceder, pero quizás, sentía más las represalias de él que loque había sucedido en sí. No entendía lo que ocurría, solo sentía la necesidad irrefrenable, dever la cara de Aaralyn, la única de aquellos seres, que me producía paz ytranquilidad. Sentí miedo, me estremecí, la herida de la mejilla, me dolíacada vez más. Llevé mi mano hasta ella, estaba pegajosa, alguna especie de líquidogelatinoso salía de la herida. Me miré la mano temblorosa, tenía manchasnegras. Mi corazón, latía demasiado deprisa; la tensión arterial subiórepentinamente y noté como los vapores de la herida se balanceaban a suantojo por mi mente, llevándome de nuevo al éxtasis. -¡Llama a Aaralyn, enseguida!-, su voz, se tornó grave y enunciativa. Ella, no tardó en salir de la habitación despavorida acatando suorden. Volvió a sostenerme entre sus brazos; mi cabeza, no era capaz demantenerse y los ojos hacían que la instancia diera vueltas; estabavolviendo a marearme, sentía que iba a perder el conocimiento. -No te preocupes, Aaralyn está de camino, te pondrás bien-. Sentí como su mano fría, acariciaba mi cara haciéndome temblar,estremecerme ante tal acto, aunque me sentía a salvo a su lado. Mis fuerzas,llegaban al límite, me costaba mantener los ojos abiertos, mi visión se fuetornando borrosa, me abandonaba a mi suerte. -101-
    • En ese momento, Aaralyn entró a la habitación. Jillian me postró enla cama delicadamente escuchando su voz muy lejana. -Cariño, ya estoy aquí, no te preocupes, no voy a dejarte sola-, dijomientras examinaba la herida de mi cara. -¿Cómo se encuentra Aaralyn?, ¿es grave?-, dijo Jillian preocupado ydejándole su espacio a ella para que realizara mejor su trabajo. Entreví como Aaralyn miraba a Jillian con acto preocupante. Sus ojosse entristecieron, bajó su mirada. Un suspiro salió despedido de sus labios,la tristeza inundó su pálida alma. Ella, sabía exactamente lo que me pasabay era peor de lo que pensaba. No vio todo esto en ninguna visión, esperabaque fuese diferente, tenía que elegir por mi propia voluntad, esto se leestaba yendo de las manos. -Jillian, le ha inoculado con el corte, una pequeña parte de la toxinaRH3. Va a sobrecargar sus órganos emuntorios. Se extiende muy deprisa;las derivadas cristaloides, ya son visibles en su sudor, está expulsandodemasiada agua, pronto comenzará a deshidratarse. Esto es solo elprincipio-. -¿Existe alguna forma de parar el proceso?, Aaralyn, ¿se puede haceralgo por ella?-, dijo mientras la zarandeaba. Estaba tan exhausta que nohabía escuchado sus palabras. -Mientras su cuerpo está en equilibrio y el aporte no exceda laeliminación, puede estar en movimiento, vivir sin dogmas ni disciplinasrígidas… Cuando el equilibrio se rompe, de inmediato su cuerpo advierte porlos síntomas que crea la intoxicación en su cuerpo, que existe un intruso.Éste, manda todas las reservas de las defensas inmunológicas a lucharcontra él. El virus, es letal; no existe forma de pararlo, pero obra laposibilidad de retardarlo, aunque no sé como actuará su cuerpo-. La desolación, el miedo a lo desconocido. Nos habían enseñado a tenermiedo a la libertad, a tomar decisiones, a la soledad. Un gran impedimento ala construcción de nuestra autonomía, haciéndonos profundamentedependientes de los demás, y se nos ha hecho sentir que la soledad esnegativa, alrededor de la cual hay toda clase de mitos. Escuché sus palabras en la lejanía, entendía perfectamente cadadetalle escondido en cada una de ellas. Estaba transformándome en unmonstruo, sería como ellos. Pensé, que a la desolación, siempre le acompañala esperanza. Confiaba en ella y sabía que Jillian, no permitiría mi pesar. -102-
    • -¿Cuál es el proceso?, ¡Aaralyn!, no debes dejarla a su amparo, todavíano. Necesito que sea humana, no me perdonaría este error. ¿Qué podemoshacer?-. En ese momento, volví a escuchar la voz de aquella mujer que entróen la habitación con Dorian, agitada y nerviosa por los acontecimientos,apenas capaz de mediar palabra, faltándole el aire. -Jillian, Oscar ha llamado al consejo, llegarán en menos de una hora-. -¡Lárgate de mi vista!, después pensaré que hacer contigo y conDorian-, contestó enajenado por los sucesos acontecidos. Volvió a mirar a Aaralyn, que seguía intentando buscar una soluciónrazonable, mientras calmaba mis espasmos colocando su mano en mi frente.Esperando una respuesta, mis fuerzas me abandonaron, caí sumida en unprofundo sueño, el dolor, me hizo perder la consciencia repentinamente. -Necesita una transfusión de sangre en todo su cuerpo, tenemos quesacarle la infectada y ponerle nueva. Es peligroso Jillian, esto aletargaría sutransformación, pero no eliminaría el virus de su cuerpo totalmente. Losvirus que transmitimos son letales, sería un caso excepcional quesobreviviera a tal exposición. Puede morir en el proceso igualmente, ¿estásdispuesto a poner su vida en peligro?- dijo contundentemente y sin titubearun segundo de sus palabras. -¿Qué otra opción tenemos?, ¡Por favor, Aaralyn!, no quiero perderla-. -Ninguna Jillian, ninguna-, dijo mientras se levantaba de la cama,mirando a Jillian con pena y angustia. Salió de la habitación, Jillian se quedó conmigo, agarró mi mano y nola soltó hasta que un espasmo horrible, golpeó mi pecho haciéndome abrirlos ojos repentinamente agitando mi cuerpo estrambóticamente ydesencajando la mirada. Aquella, que hasta hacía un par de horas era dulceaunque melancólica, sutil melodía de mi recogimiento, aquella sensaciónque ahora, echaba de menos. -Jillian, ¿por qué te enamorarte de mí?-, dije entre susurros. Apretó mi mano con fuerza; sus ojos, disimulaban horriblemente elhedor que en su cuerpo dominaba hacia mi agresor, pero dejaba entrever, enuna pequeñísima porción, un resquicio de dulzura. -Yo no escogí enamorarme de ti, pero cuando te besé, nuestros dientesse rozaron por una milésima de segundo y fue increíble. Ese momento, se -103-
    • quedó detenido en mi memoria, como una tortura, como un lamento. Desdeentonces, miro constantemente ese recuerdo, el único que me hace sentirmepleno en mi eterna agonía-. -Necesito volver a sentir esa sensación, me hace estar pleno, confuerzas. Llevo mucho tiempo esperándote y ahora, no te voy a dejarmarchar-. Aaralyn irrumpió de nuevo en la habitación, llevaba algo entre susmanos. -Ann, tesoro, tienes que tomarte esta pastilla. Te pondrás mejor-. Asentí. Me incorporé gracias a la ayuda de Jillian, mi cuerpo estaba allímite, no tenía fuerzas ni para parpadear, me sentía muy débil y habíacomenzado a perder la sensibilidad en la pierna derecha. -¿Qué es eso Aaralyn?- dijo sorprendido. -Es una mezcla de antihistamínico con una pequeña cantidaddepresora del SCR. Contrastarán los efectos causados en el organismo porla liberación de histamina y bloquearán la dispersión de la toxina RH3. Novolverá a ser como antes, la toxina, ya se ha introducido en su cuerpo, comoun parásito. Con esto, lo que conseguimos, es inhibir que siga extendiéndosepor su cuerpo. Dentro de un rato, volverá a sentirse bien y recuperaremos lanormalidad, espero que salga bien, no te preocupes-. -Gracias Aaralyn, ya entiendo por qué Marlond te escogió comocompañera-, musitó Jillian rozando su mano al marcharse. -Ahora intenta que descanse un poco, no te preocupes por el consejo,cuando llegue ya te aviso-, le dijo poniendo su mano encima de su hombropara confortarlo. Aaralyn, se sentó en la cama un instante. Insistió en que Jillian, nosdejara solas un momento, era importante hablar conmigo antes de que elsueño me dejara inexistente hasta un par de minutos después. Él aceptó,confiaba en su criterio. Esperó a que saliera por la puerta, no debía escuchar lo que tenía quedecirme, era importante que no se enterase de nada de aquella conversación. -Ann, quiero que me escuches un momento todo lo que tengo quedecirte, no debes hablar de esto con Jillian. El consejo, no será muybenemérito contigo. Nunca, debemos mezclarnos con humanos y menos aúnconvertirlos sin el consentimiento del consejo. No te preocupes, a ti no van a -104-
    • hacerte daño, pero Jillian, no correrá la misma suerte. Marlond lo hapreparado todo, si las cosas se torcieran os ayudaríamos a escapar. Esperoque todo salga bien-, expuso. Volvió a regalarme otras de sus sonrisas cariñosas. Hizo que mesintiera protegida a su lado, cerré los ojos y me quedé dormida. “Caminaba por el jardín de una casa. El viento, hacía llover sobre mílas hojas de los árboles, en un otoño temprano. Llegué hasta las escalerasque daban paso a la puerta y observé que a mi derecha, un pequeño rosal, sepeleaba por conservar su esencia. Me acerqué hasta él, cogí una de susramas con cuidado de no pincharme y aspiré el dulce aroma que sus floresdesprendían. Una mariposa, revoloteaba a mi alrededor, abrí mi mano, conel intento de que aquel bello animal se posara en ella. Cuando lo hizo, movió sus alas lentamente y se esfumó, dando paso aun escorpión negro, que recorría mi mano a su antojo. Mi naturaleza, hizoque lanzara el animal al suelo y como en un mal sueño, todos los coloresdesaparecieron. Solo había oscuridad, sombras entrelazadas con máspenumbra. El aire, vibraba con más fuerza, creando remolinos a mi alrededor yhaciendo de las hojas secas, una cortina que no dejaba ver más que lo quedeseaba. Me tapé los ojos con ambas manos, no deseaba ver aquella escena,tenía miedo. Al retirarlas, de nuevo la luz, los colores con sus formas; eldulce olor a tierra mojada, a lo lejos, una niña con una muñeca en su mano,me observaba mientras jugueteaba con el rosal”. En ese momento desperté, estaba algo desorientada, no me acordabade lo que había pasado. Jillian, sujetaba mi mano con cara de preocupacióny siempre sonriente cada vez que me miraba. Marlond apareció por lapuerta serio, con esa expresión que lo caracterizaba. -Jillian, el consejo ya se está reuniendo. He hablado con Oscar,intenté moderar en algo sus ataques y conversamos durante largo rato.Según avanzan los acontecimientos, es prescindible que ella asista comotestigo, quieren verla. Por una parte, sería favorable para el proceso deDorian, pero no sé si contigo serán compasivos. He mandado a Catherine, yatiene preparada algo de ropa para que esté presentable. Acompáñame-. Jillian, soltó mi mano y se levantó de la cama. Intenté retenerlo peroél hizo caso a Marlond. -No te preocupes, todo va a salir bien, te lo prometo-. -105-
    • Me quedé sumisa a la petición de Marlond, dejé que aquella mujer melavara la cara, cambiara mi ropa y colocara mi cabello. El consejo, debía serimportante. Aaralyn, mandó retirarse a mi supuesta doncella y terminó decolocarme el cabello, dándome algunos consejos que serían de gran ayudaantes de entrar. -Ann, no te pongas nerviosa, habla sólo y cuándo te pregunten. Tencuidado con Oscar, es muy traicionero, de todo lo demás ya nos encargamosnosotros-. Me dio un beso en la mejilla e indicó el camino hasta el salónpresidencial, dónde todos estaban esperando a que entrase para comenzarcon el consejo. Jillian, me señaló dónde tenía que colocarme y escuché conatención cada palabra. -Para ser justos, en este momento, con sumo gusto la mataría; peropor otra parte, busco saber la razón de por qué Darklay la busca con tantoahínco. Tenemos mucho que discutir, ¿por dónde empezar?-, dijo Oscarmirando de un lado a otro, a cada uno de los dos acusados en el debate. -Empezaremos por Dorian. Me han contado un montón de cosasinquietantes y quisiera saber, ¿cómo se te ocurre infectar a un humano ennuestras dependencias?-, dijo subiendo el tono de voz haciéndola retumbaren las paredes. -Esta comunidad, se ha vuelto débil, decadente, esto es caótico,insostenible. Es la historia más vieja del libro, pero a pesar de ello, existennormas-, soltó una carcajada que encogió hasta el último resquicio de mipiel. Todos esperaban una respuesta de Dorian ante tal acto, pero no hubonada por su parte. El ambiente, se estaba caldeando por momentos y yoseguía en silencio, esperando responder las preguntas del acusador Oscardel que tenía que estar atenta para no cometer ningún error en misrespuestas. Hizo que Dorian se acercara hasta posicionarse delante de él. Selevantó despacio, tomándolo por el cuello. Lo mordió y dejó que sedesangrara delante de los ojos de todos los allí presentes. Los espasmos,eran cada vez más fuertes, las extremidades se contorsionaban de una formasobre humana, y los gemidos eran inaguantables. Cuando lo soltó, era unpeso muerto sobre el suelo. Se revolvieron mis tripas, en alguna ocasión, tuve que poner mi manosobre la boca para oprimir las ansiosas ganas de vomitar que regurgitaban -106-
    • mi estómago, como consecuencia del olor tan espantoso y lo crítico de laimagen. Mandó retirar el cuerpo de la sala y me miró con desprecio ydesaprobación. En ese momento, Marlond, ocupó el asiento situado a sulado, intentaría aplacar la sentencia. -Jillian, esto es inaceptable. Contradices las órdenes y traes a lamansión a una humana con la que supuestamente tienes una ¿relación?-,dijo en tono acusador. -Oscar, ella es diferente. Ya te lo expliqué, no seas duro con ellos.Ann, ya ha comenzado el proceso, no tardará mucho en realizar sutransformación por completo. Aaralyn, le ha proporcionado una encima pararetrasar el proceso y no hacerlo todo de forma tan brusca. Además, Darklayva detrás de ella y puede ser nuestro nexo hasta él-, le dijo Marlondsusurrándole al oído. -Ann, ¿sabes lo que te está pasando, estás dispuesta a sufrir el cambioy vivir de esta forma eternamente? Loca insolente, no sabe donde se hametido-, lanzó otra sonrisa sarcástica. Todos me miraban, debía contestar. Miré a Aaralyn y asintió con lacabeza, ahora era el momento de dar una respuesta convincente, que ni yomisma sabía a ciencia cierta qué decir. -Esto ha ido demasiado rápido, ni siquiera me ha dado tiempo apensar lo que deseo. Sólo sé, que me siento a gusto con Jillian y no voy adejarlo solo ante este consejo. Acataré con rectitud, cualquier castigo que seme imponga sin rechistar ni suplicar por ello. Solo espero, que seáisconsecuente con vuestros actos, que en realidad, espero que sean loscorrectos-. En ese momento miré a Aaralyn y asintió con la cabeza, me incitó aque había estado bien, no debía seguir con mi exposición, había sidodemasiado contundente con tan pocas palabras. Oscar, se levantó de su asiento y se dirigió hasta donde se encontrabaJillian. Mi corazón se aceleró, temía que en cualquier momento lo cogiera dela misma forma que a mi asaltante y destruyera su vida por mi culpa. Suspasos eran lentos, pausados, quizás tomándose su tiempo para buscar unarespuesta coherente y fidedigna. Se miraron a los ojos durante un instante yyo pensé desfallecer, hasta que al fin, escuché sus palabras. -107-
    • -Nunca conseguiré que sigas las reglas Jillian, eres tan imprevisible.Sabes que te tengo en estima desde que llegaste a nuestra casa, Marlond teha educado lo mejor que ha sabido, pero eso no te da el derecho de hacer lascosas a tu manera. Deberás devolver a la chica con los humanos y esperar sutransformación. Se te prohíbe rotundamente tener contacto con ella hastaentonces, sólo Aaralyn, tendrá el derecho de visitarla para informar alconsejo de sus avances. Si no lo haces, tendré que tomar medidas másdrásticas-. Se dio la vuelta y vi como Jillian bajaba la cabeza ante él. Oscarestaba eufórico, se dirigió al centro de la instancia y aplaudió a todos los quese encontraban allí. -Bueno, y después de tanto sarcasmo, ¿cuándo empieza la fiesta?- Todos comenzaron a reírse y uno a uno, fueron levantándose de susasientos. Esa era la señal de que el consejo había terminado por hoy y dabapaso a una relajada situación. Aaralyn me tomó del brazo y me instó a quela siguiera. -Ann, voy a dejarte en casa, no te preocupes por Jillian, lo superará.Os dejaré unos minutos para que os podáis despedir y después nos iremos-. Acepté, era lo más sensato que había escuchado desde que aquellosseres me introdujeron en el coche. Había perdido la noción del tiempo, nollegaba a calcular los días o las horas, que había estado desaparecida paraellas. Estarían preocupadas, incluso, llegué a pensar, que la policía meestaría buscando. Llegamos a un gran vestíbulo, insubstancial. La luz, brillaba por suausencia; los grandes ventanales que daban al mundo exterior, estabantotalmente tapiadas con listones de madera. Me resigné ante tantamelancolía, tanto de tétrico en aquel lugar; lúgubres estancias que te hacíanviajar hasta lo más oscuro y recóndito de tu ser, donde ni siquiera lasoledad, tenía cabida. Esperé en la puerta como me dijo Aaralyn, Jillian no tardaría enmostrarse para despedirme de él. Cabizbajo, con la mirada perdida y sinfuerzas. -Siento que te hayan traído hasta aquí por la fuerza. No estábamosinformados de ello, quizás algo se nos pasó, tenía que haber pensado queDorian es tan escurridizo y retorcido…- -108-
    • Posé mi dedo en sus labios para hacerlo callar. No me interesaba loque tuviese que decirme. Estaba tan sumida en esa nube, en la que todasnos encontramos cuando el gusano del amor se introduce en nuestra mente,que no me importó en absoluto escuchar sus disculpas. -No ha pasado nada, me has salvado, estoy a tu lado, eso es lo queahora me importa-. Aaralyn, apareció a nuestro lado, era la hora, tenía que pasarme untiempo sin poder admirar sus ojos, oler su perfume y escuchar su voz. Seríacapaz de aguantar un tiempo, podría disfrutar de mi familia. Después, no sélo que pasará después. -Es hora de marcharnos, Ann-. Era de noche. Bajo una escalinata a simple vista interminable, seencontraba el coche de Marlond, con el motor en marcha. No miré atrás, nolo vi necesario. Mi única y principal preocupación en aquel momento, era laexplicación que debía darle a mi madre. Cuando me dejaron en la puerta de casa, mi corazón dio un vuelco.Aaralyn, me concedió una respuesta demasiado convincente. -Ann, cuando nos enteramos de lo que habían hecho contigo ese par dealimañas, llamé por teléfono a tu madre. Le dije, que habíamos pensadopasar el día en la casa del lago y te recogeríamos en el instituto. Creo quecon eso llegó a quedarse algo más tranquila ante tu tardanza inesperada-. -Gracias Aaralyn, ¿cuándo volveré a verte?-, dije preocupada. -Tendré que hacerlo de vez en cuando, no sé como actuará la encimacontigo. Debo estar alerta, por si tu cuerpo comenzara a experimentar antesde lo previsto el cambio, o sin embargo, la espera se eterniza. Entra en casa,estarás deseando verlas-. -Ann, siento lo que te han hecho, todos no somos iguales. Tenlo muyen cuenta-, dijo Marlond antes de llegar a la altura de la puerta de mi casa. Asentí con la cabeza y les volví la espalda. Necesitabadesesperadamente ver a mi madre y a Alice, ansiaba escuchar sus voces, versus caras. Esta experiencia, había cambiado mi forma de apreciar la vidaque llevaba hasta ahora. Es extraño, incluso valorar lo más insignificante,como esperar por la mañana con mal genio, a que Alice salga del baño; o,tener que escuchar de mi madre, que tenemos que ajustarnos más el bolsillo,porque no llegamos a final de mes. -109-
    • Estaría condenada a caminar por la sombra de la muerte, para toda laeternidad si Aaralyn no era capaz de hacer algo por mí. Tenía miedo deperder todo lo que era, todo lo que apreciaba a pesar de ser lo másinsignificante. Sujeté el aliento amargo que recorría mi garganta con ansias delibertad. Encogí mi alma en el intento y caminé hacia la puerta sin volver lavista hacia Aaralyn. Lágrimas calladas recorrieron mis mejillasdesencajadas, entristeciendo mi rostro, reflejando mi pesar. Cuando entré en casa, no había nadie. Me habían dejado una nota enla cocina: “Cariño, tu hermana ha salido a dar una vuelta y yo me he acercado aecharle una mano a Sofía, con la fiesta de nacimiento de su hermana. Te hedejado en la nevera el pollo de esta mañana y un poco de puré. Yo llegarétarde, no me esperes levantada. Te quiero, tesoro.” Me llevé una desilusión pero, estaba en mi casa, deseaba dormir enmi cama, pegarme una ducha y escoger alguna película que no tuviera nadaque ver con ellos, de amor o una comedia estaría bien, tumbada en el sofá. Decidí tomarme un vaso de agua, estaba sedienta, aunque no teníamucha hambre. Pensé que lo primero que haría, sería relajar mi cuerpo conuna ducha y después ya pensaría como ocupar mi tiempo. La luz del salón,estaba apagada. No era normal, mi madre, siempre que salíamos, solía dejaruna lamparilla encendida para que cualquier intruso que se atreviera entrara robar, reparara sus actos un instante, al pensar que había gente dentro. Cuando pulsé el interruptor, me asustaron sobremanera. -¡¡¡Felicidades, Ann!!!-, dijeron todos al unísono. No me lo esperaba, ni tan siquiera llegué a la cuenta de que era micumpleaños. Una gran tarta, adornaba la mesa del comedor y todos estabanallí: Erika, Emma, Andrew, Orlando, Julia, James, Alice, mi madre y¡sorpresa!, también habían invitado a mi padre, acompañado de su jovennovia. -110-
    • 9 Feliz cumpleaños Se abalanzaban uno detrás de otro sobre mí, compitiendo por ser losprimeros en felicitarme. Estaba desconcertada, no imaginé que prepararantodo esto para mí. Lo que más destacó entre tanta felicidad, era la expresiónlánguida de mi padre, parecía estar incómodo con la situación y ella, cogidade su brazo, no lo dejaba acercarse a más de dos metros de mi madre. Para él, tuvo que ser doloroso, pero lo que realmente carcomería sualma era el odio, por eso ella se había convertido en un ser sin sentido, sinremordimientos, sin sentimientos. Ojalá acabara con su triste existencia,vivir así, es como si no existiera. No entendí en su momento, porqué dejó todo lo que construyó con mimadre para irse con ella, una niña insolente que sólo lo buscaría por sudinero, una piel tersa que quizás pensaría hacerlo más joven, cuando eratodo lo contrario. Solamente quedaba él por felicitarme, ella seguía inerte agarrándolodel brazo, no debió traerla, cohibía todos sus actos. Me acerqué a él,despacio, esperando que por un momento sacase su genio y la soltara. No fueasí, lo abracé y en ese momento se despojó de su carcelera por un instante ysintiéndolo muy lejano. Hombros débiles en apariencia, cabizbajo, sin expresión alguna quedetonara un atisbo de alegría por estar a nuestro lado, después de tantotiempo. Serio y tajante, la miró de nuevo esbozándole una sonrisa que a mientender parecía algo falsa, e invitándola a que se sentara en la mesa. Dirigió su brazo hacia mí. Tenía la mano cerrada, pareciendo esconderalgo en su interior. Todos se quedaron en silencio admirándola, era tal subelleza; su cabello largo destellaba en cada movimiento y su fina figuraaunque con algunas curvas, la hacían irresistible a cualquier hombre. -Ann, esto es para ti. Tu padre y yo, hemos pensado que te gustaría- Abrió cuidadosamente la mano y un paquete pequeño, de una joyamás bien, se balanceaba entre sus dedos cadavéricos, y sus pies ligeramentearqueados, se tambalearon con la impresión de tropezar en cualquiermomento y caer al suelo. Tuve que taparme la boca al sonreír, sería una falta de respeto haciami padre, aunque sé que todos se dieron cuenta, no pude esconder aquel -111-
    • arrebato. Debido al incesante esfuerzo de ver un pie más allá de su rostro, elnervio óptico de su ojo derecho, propinó que desvariara la visión hasta elpequeño paquete que sostenía. No quise demorar más su terrible angustia, aunque se lo merecía. Mipadre lo habría pagado, pero estaba casi segura que era obra de ella lo queaquel paquete contenía. Lo abrí por vergüenza, no me apetecía dejar a mi padre en evidenciadelante de todos, era lo mínimo aunque esperaba tener un momento a solascon él, para poder aclarar algunas cosas. Mientras tanto, mi madre comenzóa invitar a mis amigos que ocuparan sus asientos. Alice, con un poco dedisimulo mal disimulado, colocó una silla y unos cubiertos más en la mesa,quizás ellas tampoco la esperaran. Despacio, recreándome, haciendo que palideciera de nervios por latardanza. El lazo, se deslizaba suavemente entre mis dedos. Una cinta deterciopelo rojo que utilizaría para colgarme una cruz celta, que llevabademasiado tiempo escondida en el cajón del escritorio desde hacía ya muchosaños, por lo menos, algo de aquel presente, me serviría de provecho. Dentro, una pequeña caja de terciopelo roja, con un candado imposiblede abrir sin una llave, que busqué entre el papel de regalo y que noencontré. Me quedé admirándola con una risa sarcástica, desconcertada. -Gracias por la caja papá. Cuando consiga abrirla con unos alicates,podré guardar algo en ella, que detalle por tu parte-. Multitud de sensaciones se acumulaba en mis entrañas. Aquello, nome gustó. No debían haberme traído nada, habrían quedado mucho mejor. -Ann, si existe una llave-, dijo ella haciéndose la interesante. -Debes conservar la caja, después de cenar, entenderás por qué no tehemos entregado la llave para que puedas ver su interior, no te enfadescariño-, dijo mi padre resignado por los sarcásticos jueguecitos de su novia. Estaba deseando hablar con mis amigos, después de todo lo que mehabía pasado, solo esperaba disfrutar de ellos el tiempo que me quedara.Pero era evidentemente; Orlando, el que más llamaba mi atención, altivo,callado y admirando cada movimiento como si fuese el último. Admiraba su perseverancia, esa que le hacía permanecer a mi lado,incluso después de haberse abierto a mí, aunque creo que él ya aventurabasaber que yo no pecaba de ignorancia. Julia, no tardó mucho en abalanzarse -112-
    • encima de mí con sus ademanes de prepotente, intentando llamar laatención de los allí presentes. -¡Pensábamos que no ibas a venir!, menos mal que la nueva vecinahizo de cómplice y te mantuvo alejada todo el día, para prepararlo todo. Porcierto, ¿no van a asistir?-, preguntó impaciente. Mi madre, les había hablado de los nuevos vecinos, quizás ella porquien estaba interesada era por su hijo. Sonreí en mi interior, a ninguno delos allí presentes le gustaría mucho escuchar a qué se dedican. Si por unasomo se enterasen, saldrían despavoridos de la ciudad. -Iban a pasar el fin de semana en su casa del lago, Aaralyn, solo metrajo y volvía de nuevo con ellos-. No pareció importar mucho la respuesta, quizás a ella, con sus ojosabiertos y tintineantes de emoción. Hubiera preferido otra respuesta másacorde a lo que en su mente comenzaba a fraguarse. -Bueno cariño, como tu padre ha comenzado por los regalos, tusamigos han dejado los suyos en la mesa ¿por qué no los abres antes decenar?-, dijo mi madre exacerbada. Miré sus caras, detenidamente. Todos sonreían, rezumaban felicidad,tan frágiles, tan humildes. Orlando, apartado en un rincón de la mesa,esperaba que todos los regalos estuviesen abiertos para entregarme el suyo.Era el que más esperaba, sería algo importante para mí, aunque los demásno comprenderían el gesto. Alice, a pesar de regalarme el vestido de la fiesta, apareció con elnuevo CD de Within Temptation; Erika y Andrew, unos vaqueros rasgadosnegros y una camisa de tirantes; Emma, a pesar de nuestras desavenencias,me regaló un frasco de colonia; mi madre, algo de dinero y unas deportivasnuevas. Después de pasar por todos ellos, me quedé expectante, con mispupilas puestas en él. Allí estábamos, mirándonos el uno al otro; donde elamor y la muerte, el terror y el misterio, guardan su santuario. Aunque susojos, eran en ese momento mi abandono, los dibujé en la simplicidad de mialiento. En cuya alabanza, mi voz y su mano se agitan en su larga sabiduría. Me acerqué despacio a él, midiendo mis pasos, dejando que el corazónno se acobardara ante tal acto. Él, sin embargo, inerte en su irremediableaposento, esperaba con su alma desnuda, como el viento inquieto, el aromade aquel amor que dormía escondido en una grieta. -113-
    • Según me iba acercando a él, mis sentimientos, fueron fácilmentedominados por él, encorvando la línea de mis pasiones, balanza que ahora seinclinaba hacia su persona. Ni tan siquiera, se me vino a la cabeza Jillian,solo tenía ojos para Orlando; sumisa, incoherente, derramando mi esenciaen un festín de placeres ocultos. ¿Qué me estaba ocurriendo? Extendió su mano temblorosa, fría. Sus dedos titubeaban sujetandoaquella rosa, adornada delicadamente con su cinta y papel transparente. -Mira en el corazón de la rosa, ese es mi regalo-. Era tan delicada que me dio miedo incluso partirle algún pétalo en mibúsqueda hacia lo desconocido. Había una ampolla, logré despojarla de sucárcel sin dañar la envoltura. Me extrañé, no sabía lo que aquello podíasignificar, agradecí su gesto y me la guardé en el bolsillo. Sabía que no era elmomento, esperaría a estar a solas con él, sería insensato hacerlo ahora. Intenté restaurar eslabones durante la cena, esbozando de vez encuando una sonrisa ante algún comentario gracioso, pero sin hacer cuentade ellos; de mi rígida altivez, el yugo fatal de mi desenfreno retraído porestar un momento a solas con él, hizo que la cena transcurriera más rápidode lo que cabía esperar. -¡¡Ann, pide un deseo y apágalas todas de una vez!!-, escuché alunísono de casi todos en general. En ese momento me quedé reparada, pensativa. No solía creer muchoen los deseos de cumpleaños, pero este año en particular sí que deseaba algoen especial que esperaba se cumpliese. Cerré los ojos y soplé con fuerzatodas las velas que con cariño, habrían colocado entre todos. La noche, llegaba a su fin. Los chicos comenzaron a marcharse,aunque insté a Orlando que aguantase un poco más. Mi padre, se levantó dela mesa dejando a su novia allí y me llamó al salón. -Ann, ¿tienes la caja en el bolsillo?, sácala por favor-. Lo hice, ahora me sentía menos teniente. Estaba más tranquila,añoraba los años que pasamos todos juntos pero, tampoco despreciaba lospocos momentos que podía contar con su presencia. Me entregó una llave diminuta. Incluso jugueteó entre mis dedoshasta que fui capaz de sujetarla en su posición correcta, para abrir la caja.La abrí con cuidado, esto era importante para él. -114-
    • Había un anillo de oro con piedras de colores en los bordes, y en elcentro, un sello con un dibujo extraño grabado en bajo relieve. -Este es el anillo que mi abuela utilizó cuando se casó. Deseo que tú lotengas, es importante para mí. Pensé en dárselo a tu hermana en sumomento, pero tú eres especial Ann. Guárdalo con cariño, no tendrá muchovalor material pero sí sentimental. Espero que te guste, después de todo loque te han regalado ya-. Hubo un silencio entre los dos. Mi corazón se estremeció, sentí lanecesidad irremediable de abrazarlo. Las lágrimas, comenzaban a deslizarseinquietas por mis mejillas y él, me amparó en su pecho como cuando depequeña me había caído jugando o tenía miedo por las noches a la oscuridad. -Gracias papá. Claro que me ha gustado-. Esperamos así hasta que me calmé. Había tenido tantas sensacionesjuntas en un mismo día, que me costaba asimilarlas y ese cúmulo, terminóestallando con su gesto. Todo se venía a la mente; la habitación, las uñas deaquel ser, su muerte a manos de otro como ellos, mi pena, mi angustia. Llamó a su novia, ya era hora de marcharse. Mi madre y Alice, hacíarato que comenzaron a recogerlo todo y Orlando, esperaba en la sala sentadoen el sofá. Cuando su coche se alejó, lo llamé para que me acompañara alporche. Nos sentamos en un banco y nerviosa, esperé que me explicara loespecial de aquella botellita. Estaba serio, la inquietante expresión en susojos llamaba mi atención sobre manera. Brillaban al mirarme, el amor;sentimiento incontrolado por cualquiera que se precie, volvía a crucificarmea su merced. -Te sigo amando aunque tú hayas cambiado de aspecto ypensamiento. Te amo, ser de mi triste inexistencia. No sabes el tiempo queanduve perdido buscándote, y ahora que te tengo, espero clamar compasiónpor este amor ciego que corrompe el alma que un día perdí y que tú meregalas con cada mirada-. -Orlando, tengo algo que preguntarte y quiero que seas sincero, porfavor-, le pregunté sentándome a su lado. -Tengo miedo, incluso ahora tiemblo cuando estás a mi lado. Pero lasensación contrapuesta de no perderte de vista, me asusta más aún-, y enverdad era cierto, algo me atraía a él sin motivo aparente, pero sabía quedebía apartarme de él. -115-
    • -No estás equivocada con tus pensamientos hacia Darklay… ¿Dóndetienes la pequeña ánfora de cristal esmeralda?, es importante que no lapierdas nunca de vista, es más trascendental de lo que puedes llegar aimaginar-, dijo cambiando de tema. Mis manos temblaban cada vez que sus labios pronunciaban algunapalabra, entre susurros, como siempre solía hablarme. Sentía un hormigueointermitente en mi cabeza, dando mil vueltas al unísono y parando de golpe.Un rompecabezas, que no era capaz de completar, confusa, era un objetonada más, pero había algo que no lograba ver. Estaba impaciente, no meparecía que fuera tan transparente; se encontraba en mi interior, pero, apesar de lo inquietante de la situación, deseaba entender el significado deaquella reliquia. Pasamos unos minutos en silencio. Creo que a pesar de lo abrupto dela situación, nuestras presencias nos brindaron cierta calidez. Como si nonecesitásemos demasiadas introducciones para sentirnos cómodos. Mis manos comenzaron a temblar de nuevo, el corazón se me encogió.Despacio, perdiendo los segundos en mi propósito, acaricié las pequeñashendiduras que sobresalían del cristal; del tesoro de mi mano. Imaginaba loque encontraría dentro de él pero tenía que cerciorarme. Orlando estabaexpectante, se inclinó hacia mi hombro hasta sentir su respiración en mimejilla. Me giré lentamente hasta tener sus ojos a mi altura, inmóvil,hipnotizada con el sonido de su respiración. Su aliento recorría mi cuerpo,suspiré. Sus ojos brillaban, estaba pleno, era lo más cerca que habíamosestado nunca y mis ojos le correspondían quizás de una forma que no habríaimaginado nunca. -Estoy halagado. Que te sientas nerviosa en mi compañía, me pareceel mejor de los cumplidos posibles-, dijo al fin rompiendo de nuevo elsilencio. Me giré. No podía aguantar más esta ansiedad que corroía miinterior. Clavó sus ojos en los míos. No debía echarme atrás, llevaba desdehacía mucho tiempo esperando hacerle esta pregunta y ahora, era elmomento oportuno. -¿Qué significa Darklay?-, dije contemplando su tupida sonrisa. Sentí vergüenza en aquel instante, no sé si fue por simple coqueteo opor el hedor que el sentimiento de apresarlo entre mis brazos, me arrastrabaa disimular el deseo. Mordí mi labio inferior, barajando todas las opcionesposibles ante la espera, pero su silencio de nuevo me superaba. -116-
    • -Quizás así sea mejor. Empezaré desde el principio, cambiaré un pocoel rumbo, el tiempo ya no apremia. No recuerdo como llegué hasta aquellugar, escondido en lo más recóndito de la sabana de Namibia. No tengorecuerdos anteriores hasta entonces-. -Una indígena, me encontró medio moribundo a causa del hambre,cuando ella se encontraba recogiendo un poco de agua para cocinar. Noentendía su idioma, hablaban gesticulando en exceso y a veces parecíanpelear. El chamán de la tribu, me miraba con ojos selectivos, tiró en unmanto hecho de pieles unas piedras, y expulsando un humo inalado de unaespecie de cachimba antigua, alzaba sus brazos y contorsionaba su cuerpohasta intentar adivinar si podía llegar a ser como yo…-. -…Bueno, creo que eso no es lo que deseas escuchar. Nunca habíatenido la oportunidad de hablar esto con nadie y me he entusiasmadodemasiado-, dijo suspirando y mirando hacia el cielo, quizás recordandotiempos pasados que ya no volverán. Se paró cuando escuchó el rechinar de la puerta al abrirse, era Alice. -Ann, se está haciendo tarde-, dijo mientras miraba el reloj. -Sí, tiene razón. Podré esperar a mañana para explicártelo. Seré unpoco más explícito esta vez, te lo prometo-, dijo mientras se levantaba. Parece que aquello no le gustó demasiado, su expresión cambió endecepción. Esperó a que Alice volviera de nuevo al interior, dejando lapuerta entreabierta; entonces levantó la vista, me miró, y con cierta timidezse acercó lentamente hasta colocar su fría mano en mi cara dándome uncariñoso beso en la mejilla, que hizo despertar la última sustancia de micuerpo que quedara aún dormida ante su persona. Me dejó inmóvil admirándolo mientras se alejaba y en un suspiro, susombra se mezcló con las de la noche. Estaba tan llena; este amor por él,desconcertante a un tiempo que la adhesión por retenerlo paracontemplarlo, me hacía volver a los sueños de mi amante secreto. Discreto,hasta hacerme desfallecer sin sentir su presencia. Ni tan siquiera imaginéque todo aquello era una estratagema. Un delirio intencionado con unpropósito más que plausible por su parte. Ya era tarde, cuando Alice volvió abrir la puerta de casa y me viosentada en uno de los escalones, admirando insulsa la diminuta botella quese removía entre mis dedos. Me invitó a entrar, debía descansar; mañanatenía que ayudarla con la compra semanal y me costaría levantarme. -117-
    • El pálido espejo de mi coqueta, reanudaba mi vida monótona dentrode aquellas paredes. Las cosas estaban donde las había dejado, nada meparecía cambiado. Fuera de las sombras irreales de la noche, resurge lavida real que conocemos; vacía, estúpida, nuestra. El escritorio era un canto a la pulcritud; el ordenador y los libros delos estantes, destellaban con la luz de la habitación. Esperaban inertes a serde nuevo aprovechados, utilizados modernamente por mis manos. Se apoderó de mí un terrible sentimiento de conformidad; el mismotedioso círculo de costumbres que repentinamente iban a cambiar y quizás,llegado el momento, echaría de menos. Ahí nació un deseo salvaje por abrirmás mis párpados ante un mañana sobre un mundo creado en las tinieblas.Un mundo en el cual las cosas tendrían nuevas formas y colores, con nuevossecretos… un mundo sin pasado. Pero hasta el recuerdo de la dicha tiene su amargura; y el recuerdo delos placeres; su dolor. Me estremecí en aquel instante, no había tenido unasreflexiones tan intensas antes de que aquel ser marcara mi dulce cara conaquella marca antiestética. Lo vi en la cara de Orlando, en su corazón; la angustia, su soledad.Pronto abrazaré la misma tristeza; saborearé la desesperación, sintiendo ladecadencia de mi existencia ahora inerte sin saber cuánto durará. Había especialmente una circunstancia que me ayudó mucho en latarea de reanimar y reconstruir mi pasado, que con el paso del tiempo, alleerlo, lo recordara como una historia; un cuento para niños antes de dormir.Esa persona fue mi madre; era una mujer excepcional, la extrañaría. Tuvo elvalor suficiente de tomar a sus hijas y salir con lo puesto de su casa, paraforjarse un futuro sin ayuda de nadie. Recuerdo que nunca nos faltó un plato en la mesa y sí que muchasnoches, Alice y yo, cenábamos solas en casa porque se dedicaba a echarhoras extras para llegar a fin de mes. Siempre con una sonrisa en sus labios,aunque el cansancio la hiciese desfallecer; ahí estaba siempre ella, paranosotras. La simple idea de recordar aquellos momentos, desarrolló nuevasmaneras de atormentar a los ignotos inquilinos que ahora rondaban mimente, pensamientos llenos de desesperación ante lo desconocido. Algunasde sus apariciones, se habían tornado menos sutiles en cuanto a sunaturaleza acechante; en cambio otros, estrangulaban mi sino. -118-
    • El día estaba terminando con una actividad febril. Me puse mi ropade dormir y frente al espejo, deploré el tétrico paso que mi cuerpoexperimentaría. En cierto modo, aquello no me molestaba realmente; habíaadmirado a aquellos seres, atrayentes, rezumantes de una bellezasobrenatural, altivos y extremadamente etéreos. Comencé a sentirme peor; los violentos dolores que comencé a sentiren el vientre, intercalados y de poca duración, hicieron que me echara en lacama, desconsolada por no hallar sosiego de momento. La pulsión del dolorera insoportable cada vez que volvía a aparecer. Sordos latidos palpitantesen el estómago, como si un cuchillo removiese mis entrañas. Lo peor no era el dolor en sí; el no poder emitir un solo lamento, hizoinstintivamente agarrar las sabanas y ponérmelas en la boca, retorciendo micuerpo, aguardando que se calmase de nuevo o que el cansancio al fin,depositara algo de paz. “El resplandor de las velas jugaba con su rostro. Su corazón leincitaba a la rebelión; algo se fraguaba en su interior, indefinido como elrecuerdo de un sueño… Dio un paso tambaleante al verme dirigirme hasta él; alzó la cabeza yesperó sumiso hasta que llegué a su altura. Las velas palidecieron, unacorriente fría atravesó la instancia desde todas las direcciones. Llegué a sualtura sin temor, como quien observa una obra de arte conocida o como siadmiramos una apuesta de sol, sentados en un paraje inhóspito donde nadienos molesta. Los quejidos de Aaralyn, no hicieron que cambiase de opinión. Laescena dantesca que acababa de presenciar no merecía su perdón. Estabadolida, asqueada por lo que ahora era, en lo que me había convertido. Rocé con mis manos el frasco de cristal, aquel que siempre llevabaconmigo en todo momento. Levanté mi mano y le propiné una bofetada,haciendo que su cara se volteara. Esperé una contrarréplica, una palabra dedesaprobación, pero en cambio, lo único que esperaba de mí, era compasión. Se arrodilló entre lamentos, esperaba alguna acción dearrepentimiento por mi parte o quizás perdonar su acto. Sentía tanta rabia,tanto dolor contenido que no era capaz de mediar palabra, y me quedé allí;observando su decadente aspecto, la pérdida irremediable de aquello queansiaba; que en sus cambiantes ojos, logré ver reflejado. A pesar de todo lo oscuro que ahora me envolvía, sentí un atisbo deluz en mis entrañas, como si una parte de mi ser, se escondiera perenne -119-
    • ante el cambio. Advertí la necesidad irremediable de revelarme ante ella,ser fuerte y terminar con aquella situación, pero una fuerza infinitamentevolcada por la pasión que procesaba a escondidas por Jillian, hizo quevolviera a tener de nuevo, la sensación que experimenta el cuerpo ante lamisericordia.” Los sueños, se hacían cada vez más traumáticos. Llegaban hacermedaño descaradamente cuando despertaba sobresaltada. Todavía mequedaban resquicios de aquel dolor exagerado que removió mi cuerpo hastaestremecer. Miré el reloj y me di cuenta, que todavía quedaban un par de horashasta que amaneciese. Decidí sentarme en el banco de debajo de la ventana,hasta dejar que el aire refrescase no solo mi cuerpo, sino también mi mente. Siempre, desde bien pequeña, me había imaginado cómo iba a ser mivida, las metas a las que deseaba optar cuando llegase a la universidad. La realidad, es muy distinta a la vida que nos toca vivir. Quizás seréde esas personas que no tienen demasiada suerte, o quizás, el destino metenía preparado algo más importante. Era irónico, recordar mi infancia en este momento. Creo que, almenos por lo que quedaba de noche, mi vida era mía. Mi ánimo, solo medejaba voluntad para recorrer la fría penumbra del desierto, vagando sinrumbo entre los antiguos y silenciosos recuerdos que mi mente albergaba ensu infinita esencia. El viento, silbaba con su música triste, extraña y de gran sonoridadcuando rebotaba contra la persiana. Mi corazón latió en abundancia enaquel momento, en el que retumbaba en desesperación dentro del frágilpecho que lo envolvía. Volví la vista hasta el espejo en el que entre penumbras, mi siluetadescolorida, se desdibujaba entre las sombras de la habitación. Nunca penséque las cosas cambiarían, arrastrándome a este sentimiento amargo queturbaba mis sentidos. No me había percatado que lo tenía todo y ahora asumiría dejarlo irabrasándolo en mi silencio. Sabía que era demasiado violento, pero no habíavuelta atrás. Solo esperaba ver aquella luz, esa que en el cielo oscuro brillase másque las demás, dándome un halo de esperanza ante las penumbras que meenvolvían en su tenebroso velo eterno. -120-
    • La vida, ya no tenía sentido, nada que me haga quedarme. Ya habíaexperimentado todo lo que pude hasta la fecha, lo que se quedara en eltintero, ya no valdría la pena. No vendí mi alma, simplemente la regalé. Lloré mis lágrimas hasta que se secaron, en silencio, conmovida en unsinfín de sensaciones que ni yo misma fui capaz de describir. -121-
    • 10 Amarga despedida Sobre el comienzo de mi vida, si lo deseaba o no; nadie jamás mepreguntó, no podía ser de otra manera. Algo que no puede ser, ¿debería de lamisma forma morir? Ahora era yo la que tenía la elección, solo mía. Laesperanza que algún día albergaba mi alma, ahora estaba obsoleta. Lasoledad me inundaba más que nunca; estaba perdida, caminando siguiendoinstintivamente mis pasos. Un corazón confundido, una mente al inicio de laperturbación. Desperté de madrugada enjugada en un sudor pegajoso. Mi mente,enajenada, recorría los lóbregos abismos del remordimiento, el cual habíaelegido, curiosamente, vestirse con las galas de un corazón muerto enesencia, pero aún palpitante. Los dolores, auténtica tortura; cada vez eran más incesantes ytranscurría menos tiempo entre una crisis y la otra. Llevaba semanas sinsaber de Aaralyn, que de vez en cuando, se acercaba al instituto con algunaexcusa; haciéndome salir del aula para suministrarme un inyectable, quesegún ella, me haría sentir mejor. Pero, acaso disconforme con la previsibilidad elocuente de misituación, deseaba con todas mis fuerzas, las que ahora, llegado este puntocomenzaban a flaquear, que al menos Jillian, estuviese a mi lado. Julia, llevaba insistiendo en reiteradas ocasiones que la acompañaseen sus entrevistas de las universidades, siempre demoradas por algunaexcusa aunque incoherentes pero fácil de asimilar. Aquel día, no tuve ninguna excusa, ya las había agotado todas; yo nisiquiera me había preocupado en realizar ninguna, asintiendo a su peticiónde una forma desagradable. Era evidente que el carácter estaba cambiando;mis sentidos, se agudizaban por momentos y los sueños, se tornabanvisiones cada vez más nítidas. -Ann, tienes que descansar más, hoy tienes mala cara, no tepreocupes, iré sola a la entrevista-, dijo en gesto de preocupación. -No, así está bien, solo he tenido una mala noche. Eso es todo-, dije demala gana. -¡Ah, se me olvidaba!, Orlando me dio esto esta mañana, tenía algo deprisa, estaba agitado. Solo tuvo tiempo de darme esta carta para ti, dijo que -122-
    • era importante y que solo podías leerla tú-, dijo mientras introducía sumano en la cartera y sacaba un pequeño sobre lacrado con mi nombre en él. Mis ojos se abrieron dejando mi respiración suspendida unossegundos en aquel sobre cerrado. Ella insistió en que lo abriera y esperabaenterarse de la incertidumbre que le supuso llevarlo toda la mañana sinsaber lo que contenía. Deseaba con todas mis fuerzas leerlo en aquel instante, pero intuí queno era el momento propicio, abrí mi bolso y lo dejé acomodarse en él. Sudescontento fue evidente, aunque mayor era la necesidad de saber de él,¿cómo lo encontró?, ¿se encontraba bien?, ¿por qué no habló conmigodirectamente? -Julia, ¿dónde lo viste?-, pregunté ansiosa de su respuesta. -Esta mañana, camino del instituto. Me pegó un susto de muerte,apareció por detrás y me agarró del brazo, estaba algo fatigado y le costabahablar. Sacó del bolsillo del pantalón el sobre y me hizo prometer que te lodaría. ¿Tenéis una relación muy rara vosotros dos no?- -¿Qué hizo después?, ¿lo notaste muy alterado?- -Ann, los dos últimamente estáis un poco raritos. Ahora que lorecuerdo, miraba hacia todas direcciones mientras hablaba conmigo, como sile tuvieran prohibido hablar o si se escondiera de alguien. Fue todo muyrápido, no me dio tiempo a reaccionar cuando desapareció de mi lado-. Otra contracción en mi estómago, hizo retorcerme delante de ella,nunca me había pasado antes de día, solía ser siempre de noche pero parecíaser que ahora ya no miraba las horas del reloj. Mis pulmones, parecieronexpulsar todo el oxigeno que albergaban, dejándome a merced de una súbitasensación. El bolso cayó al suelo y segundos después lo hicieron mis rodillas.Noté como mis venas se endurecían impidiendo el paso de la sangre porellas; mientras mis ojos, miraban a Julia con lástima, resignación y tristeza. Se abalanzó sobre mí, apartando el cabello de la cara. Cogió su móvil,pero Orlando le sujetó el brazo en aquel instante. La apartó de mí y me tomóen sus pétreos y fríos brazos, dejando mis pertenencias en el suelo. Ella sequedó allí, inmóvil, intentando asimilar lo que sus ojos no dejaban deadmirar. Mi cuerpo sin fuerzas, se balanceaba a su antojo entre sus brazos,mientras mi vida terrenal comenzaba a experimentar por última vez elcálido olor de las flores, mi perfume; el dulce aroma de un café recién hecho. -123-
    • Paró en seco por alguna razón, su cuerpo se endureció hasta sentirmeentre los brazos de una estatua y su aliento cambió de aroma. Todavía eracapaz de estar consciente cuando escuché su voz, su cálida y armoniosa voz,Aaralyn. En ese momento, ella podía haber instigado su propósito, terminarcon la vida de Darklay antes que él lo hiciera con Marlond, pero Aaralyn eradiferente. Esta guerra no iba con ella, su prioridad era retrasar mi agoníaalgún tiempo más. -¿Qué le has hecho?, no tienes derecho hacerle pasar por todo esto.¿Por qué?, ¿por qué a ella?-, dijo enojado y derrotado a la vez. -Necesita que le inyecte el suero, si no morirá-, dijo intentandoacercarse a mi sin éxito. En ese momento, en sus brazos, sin apenas fuerzas para hablar;intenté mover mi cabeza para mirar sus ojos, necesitaba hacerlo. Ladesolación inundaba sus pupilas, de manera que nos parecía inevitable quevolqueáramos toda nuestra pasión a través de una simple mirada. Hablamos del amor, la fidelidad, el terrible dolor ante la muerte delser amado de nuevo para él. Yo lo necesitaba a mi lado y él… me enternecí,asombrándome yo misma; por conmoverme de aquel ser, solo en sí o enesencia, por hacerme recordar lo extraño de un sentimiento oculto queacompañó mi vida desde el mismo instante de mi nacimiento. Una misteriosa serenidad inundó mi cuerpo y, en ese instante, seacercó temeroso y desolado a Aaralyn aproximando sus brazos hasta ellapara que calmara mi agonía. No hubo más palabras, ni tan siquiera miradasfurtivas entre ellos. -Llévala a casa a descansar, esto la mantendrá dormida unas horas,está en el último escalón antes del cambio. Su cuerpo está respondiendobien, esta noche será dura para ella. La toxina ha invadido su cuerpo casipor completo, deberías pensar apartarla de aquí, de su familia. Túcomprendes lo que esto conlleva, no hace falta que ahora pierda el tiempocon explicaciones vanas-, dijo mientras retiraba la aguja de la jeringuilla yla introducía en un pequeño recipiente de plástico con tapa hermética. -¿Quién es el responsable de todo esto?-, dijo contrayendo la rabia yencogiendo sus dedos agitando sus muñecas, pero nunca dejando que cayeraal suelo en ningún momento. -124-
    • -Por eso no debes preocuparte, ya cumplió su sentencia, el jefe denuestro clan acabó con él de raíz. Por favor, cuida de ella, me siento culpableen cierto modo de todo lo que le está pasando y me arrepientotremendamente de ello-. Desapareció, como suelen hacer ellos, en un suspiro se desvanecen.Julia corrió hasta donde nos encontrábamos apenas sin aire y sofocada.Había llamado a una ambulancia y ya estaba de camino. Este acto, que parala gran mayoría fue de buena fe, a Orlando le pareció una insensatez. -No tenías que haberlo hecho. Solo se ha mareado un poco, la llevaréa la cafetería para que tome algo de azúcar y se repondrá-. Julia, se quedó desconcertada. Le entregó a Orlando mi bolso y ellibro que se cayeron al suelo y volvió a clase. Era cierto, pidió unos cuantossobres de azucarillos y me hizo tragarlos, ayudándolos con un poco de zumo.A los pocos minutos volvía a ser la de antes, me encontraba pletórica;parecía mentira que hacía unos minutos, estuviese a punto de decir adiós atodo lo que me rodeaba. Me dejó en la puerta del aula de historia y quedamos en vernos parael almuerzo. Estaba muy emocionada, noté en mi cara como sus lágrimas dealegría recorrían su rostro. No me consideraba lo bastante buena en la vidacomo, por hecho divino, me regalaran aquel momento, pero, era mimomento. Era un goteo incesante de sensaciones contrapuestas, pero apesar de todo, era en aquel instante, la mujer más feliz del mundo y esemomento nadie podría arrebatármelo. Estaba nerviosa. No sabía cómo comportarme en su presencia, sehabía hecho fuerte y a su lado ¡parecía tan pequeña! Sus movimientos erandelicados, siguiendo un patrón invisible, nunca me había fijado pero susmanos eran preciosas. Me sentí rara mirando a Andrew y Erika peroterminaría acostumbrándome. Sus muestras de cariño encogían mi corazón.En una ocasión en la que él la abrazó y le dio un beso, me di cuenta queOrlando me miraba con el mismo deseo y mi cuerpo deseaba también lomismo, a pesar de no haber dado ningún paso más allá de la relación, ahoraalgo delicada que manteníamos. Siguió guardando las distancias. No conseguí que nos rozáramos porilusión divina de la precariedad, algo le impedía tener cualquier contactoconmigo y cuando lo hacía, era delicado y disciplinado en sus formas. Eso mehacía desfallecer. El cortejo, es un subliminal emocional: cenas con velas, lasflores, un ritual que pensé que debía de cambiar con él. Sería más un: quiero -125-
    • tocarte pero despacio o no podré besarte hasta que supere el próximo estado,una agonía desesperante. Salí a esperarlo a la puerta, había tardado menos de lo que esperaba yme sobró algunos minutos hasta que apareciera por la esquina. Solía serpuntual, siempre a la hora indicada: ni un minuto antes, ni ningunodespués. La música bastante alta de un coche, me hizo mirar hacia todasdirecciones. Girando la esquina, aparecía el coche de Orlando con lasventanillas subidas y un ensordecedor ruido. Las lunas tintadas, no mehicieron ver a primera vista quien conducía el coche. Cuando llegó a mi altura, el afamado conductor bajó la ventanilla. EraOrlando. Se había colocado gafas de sol, su peinado había experimentado ungran cambio y estaba, relativamente mucho más atractivo que ayer. Mesonrió e hizo un gesto amigable para que subiese con él en el coche. Estaba efusivo, pleno, satisfecho. Hice que bajara un poco el volumendel altavoz, estaba atronando mis oídos. Este era uno de esos momentos enlos que sobraban las palabras. Mi piel, tuvo un impulso incontrolado cuandoel deseo afloró, al encontrarme con su mirada inventando una sonrisa en sucara. Me costaba controlar tanta locura, el deseo. Tenerlo tan cercaconmocionaba mi ser. Éramos cómplices el uno del otro. Me sentía extrañaa su lado, pero era un momento realmente sensual a la vez. No dejó desonreírme en todo el trayecto hasta el instituto. Todo lo que me habíaocurrido antes de aquel momento, daba la sensación de ser una ensoñacióntípica de una noche de invierno y ahora, mi primavera, florecía con millonesde mariposas en mi interior. Había dejado olvidadas las llaves de casa y el sobre en mi taquilla,con lo que le hice retroceder lo que llevábamos ya andado y le insté que meesperase en el coche, serían solo unos minutos. Todo aquello me hizo que pensar. Quizás Marlond tenía algo de razónen sus palabras; yo, sería un estorbo para Jillian, solo empeoraría las cosasal ser tan frágil. Si ocultaba mis sentimientos y lo dejaba marchar, meatormentaría el resto de mi vida. Nunca hubiera pensado que tendría queelegir entre mi amor por Jillian y mi terrible atracción por Orlando. No eralógico, cada uno tenía su lugar, eran cariños diferentes pero en general, losdos eran algo mío. Era injusto escoger entre uno u otro, un acto demasiadoegoísta visto desde mi punto de vista. -126-
    • Algunos, seguían en los aparcamientos comentando su maravilloso finde semana; otros, en cambio, bajaban ya las escaleras para salir de clase.Miré hacia la puerta intentando divisar a los chicos allí. Cuando salí delcoche, hubo más de uno que me miraba de reojo y otros, simplementeseñalaban el coche. Lo cierto es que era una pasada de vehículo. Divisé a Emma en la puerta. El corazón, pareció salirse de mi cajatorácica y me hizo parar en seco dejando que Orlando, haciendo caso omiso ami petición, avanzara unos pasos más hacia ella. Mis pulmones,necesitaban tomar aire, se inundaron de angustia, amargura, duelo. Deseédesaparecer en aquel momento, Emma pareció no verme y se paró con él. Sus gestos eran generosos. Estaba enamorada de él, eso no podríaesconderlo. Sus ojos se iluminaron y una sonrisa vergonzosa parecía fluir desus labios cada vez que él le preguntaba algo. Su expresión cambió cuandome vio aparecer detrás de él. Se despidió y pasó a buscar su taquilla. Esoentristeció mi alma. No quería perderla, ahora más que nunca, necesitaba auna amiga, pero quizás era mejor así. Ellos, habían guardado su secreto desde hacía muchos años y era unainsensatez por mi parte contarlo a los cuatro vientos, habían confiado en mí,pero la necesidad acérrima que el ser humano alguna vez necesita paradesahogarse, en mi caso era nula. -No te preocupes, volveréis a ser amigas de nuevo. Date prisa, teesperaré-, dijo intentando convencerme de algo que irremediablemente novolvería a pasar. Me despedí de él un segundo. Sentí tal vacio en mi interior que penséestar enferma de nuevo. Estaba sin fuerzas, añorando momentos que nuncavolverían, recuerdos que herían mi alma como puñales de plata. El estómago estaba estragado y profesaba la necesidad de estar sola.Miré hacia la puerta y allí estaban todos: Julia, Andrew acariciando a Erika,Emma sonriéndole a Orlando y un sitio vacío a su lado. No sabía si desearíaaquella vida, no entendía lo que me estaba pasando. Mi corazón, llamaba agritos su destino y mi razón, hallaba una cruz entre la insensatez de misacciones y la realidad de los hechos. En mi corazón, sabía que podía marcharme, rebuscaría paraencontrar un poco de paz interior; pero mi alma, instigaba a quedarme a sulado y abandonarme a aquel deseo que desde hacía unos días, maltrataba mialma desgarrándola. -127-
    • Anhelaba ver de nuevo a Jillian; sentimientos contrapuestos que mearrastraban a un camino con doble sentido sin ninguna dirección enconcreto. Para mi sino, había pasado mucho tiempo y eso corroía mi mente.Seguía buscando en mi interior aquello que no podía hallar y no llegaba acomprender. Dejé los libros en la taquilla y agarré mi bolso. Cuando fui acerrar la taquilla, un fuerte golpe sobresaltó mi cuerpo indescriptiblemente. -¿Dónde te crees que vas, muñeca?- Cerré súbitamente la taquilla y miré hacia la dirección donde aquelsonido se inició por primera vez. Era Andrew, suspiré, mi cuerpo se relajóaunque el corazón seguía latiendo a una velocidad desorbitada. -Andrew, me has asustado. No me encuentro bien y creo que me voy air a casa-. -Ann, nos conocemos. Yo sé lo que a ti te pasa, tenéis que arreglarlo.No os podéis tirar todo lo que queda de curso así-. -He hablado con Orlando. Me ha comentado que estáis juntos, ¿es esocierto?-, preguntó ansioso por una respuesta sincera. Miré a Andrew a los ojos. Los míos, comenzaron súbitamente aengendrar lágrimas, no sé si de alegría o de resignación. No era capaz dedecir nada, me acobardé. Me di la vuelta e intenté caminar hasta la puerta,pero me fue imposible. Andrew, me sujetó del brazo y reparó mis pasos. -No puedes esconderte de ella eternamente. Debes revelarle toda laverdad, así, podrás liberar esa sensación que te corroe. Tarde o temprano seterminará enterando y creo que lo más lógico y coherente sería, que loescuchase de tu propia voz-. Me giré al escuchar sus palabras, sentía tanto dolor en mi interior queme costaba respirar. Me abalancé a su pecho y acomodé mi cara en él. Loabracé fuertemente, mis lágrimas consumieron mi cara y mi desesperación,hacía presión en mi cabeza dejándola bloqueada. Él simplemente me sostuvo. No dijo nada, solo esperó a que medesahogara y dejara que mi ser expulsara de esa forma todos aquellossentimientos que corroían mi existencia. Cuando logré calmarme, pudehablar con él. -Tengo miedo de todas las cosas que me puedan pasar a partir deahora. Me siento sola y están pasando factores a mi alrededor que no deboechar en el olvido. De ello depende mi futuro y no quiero equivocarme en mielección-. -128-
    • -Ann, todos nos sentimos igual que tú. Yo estoy perdido, no sé quéestudiaré al final, ni tampoco a la universidad a la que iré, pero intento noagobiarme tanto. Te estás haciendo mucho daño injustamente. Deberíastomar aire. ¿Te apetece que esta tarde quedemos los cuatro y demos unavuelta?-. -Recuerdo aquellos tiempos en los que sabía lo que era la felicidad-,dije melancólica. -Deja que esos recuerdos vivan otra vez Ann, quiero verte sonreír.Ésta, no eres tú-. En ese instante, aparecieron Emma y Erika detrás de nosotros. Nosabía el tiempo que estuvieron escuchando o hasta que punto podríanentender aquella situación. Estaba abrazada a Andrew desconsolada yhablábamos en susurros. Cuando escuché toser a Erika, me aparté de él. -¿Me estoy perdiendo algo?-, dijo Erika con gesto de enfado. -Cariño, no te preocupes. No está pasando nada. Ann, no seencontraba bien, necesitaba hablar con alguien y sabes que yo no puedo vera una mujer llorando, es superior a mis fuerzas, le tendí mi hombro, eso estodo-. Erika se quedó conforme y Emma, se despidió de Erika e hizo elademán de marcharse, hasta que Andrew la llamó. Teníamos que arreglarloahora, no podíamos seguir así. El tiempo y la cronología, nos muestran como debería ser todo. En lasformas de la existencia, en sus palabras. Estar consciente en aquelmomento, era un tormento. Mi capacidad de ser relativa y realista,permanecía confusa en mi mente. Intenté mirar de un lado a otro por lospasillos algún indicio de Orlando, ahora lo necesitaba a mi lado pero no fueasí. Su expresión se endureció. Sabía que lo que iba a escuchar en aquelmomento no iba a ser demasiado agradable. Mis lamentos, llevaban sunombre y sus suspiros, tarareaban el mismo nombre. Debía perder misremordimientos, porque quizás ella no me diera redención alguna. Rabiosas voces en mi mente, imploraban terminar de una vez conaquella situación indecorosa, con un aumento de gratitud. Ese fue mimomento, no aguantaba más la agonía que terminaría desfalleciendo miesencia entera. -129-
    • -Emma, Orlando y yo, queremos comenzar una relación más queamistosa. Lo siento, yo no imaginaba que terminaríamos así-. No sé por qué le dije aquello, ni yo sabía a ciencia cierta lo quedeseaba en aquel momento, pero sentía la necesidad de apartarla de él,imploraba que no pasara por todo lo que yo estaba sufriendo. Ella me miró con una rabia desmedida, sus ojos se encendieron ypensé que debía estar lista para recibir, la expresión misma de suindignación sobre mi cara o quizás en el pecho. No fue así, admitió serrealista con la situación. Se marchó, ninguno la retuvo. Tiró sus libros alsuelo y salió corriendo de nuestro alcance. Nosotros nos quedamosmirándonos en silencio. La conversación había terminado en aquel instante,no había que darle más vueltas. En la calle, unos gritos llamaron mi atención. Parecía la voz deEmma, pero no estaba segura. Me apresuré hasta donde se escuchabaaquella voz despavorida y cada vez con menos fuerza. La imagen fuedantesca, incoherente. Me abalancé sobre su cuerpo. Estaba en el suelo, sucamisa estaba llena de sangre y su cuello, tenía un corte demasiadoprofundo como para intentar parar la hemorragia. Me abalancé sobre ella,era incapaz de abrir los ojos. -Emma, ¿qué te ha pasado?-, mis palabras, rebotaban en mi cabeza ymi cuerpo comenzó a temblar. Tomé su cabeza y la puse en mi pecho, mientras mis manos apretabanfuertemente la herida para intentar parar la hemorragia. Grité hasta lasaciedad pidiendo ayuda, mi voz retumbaba en mi cuerpo despavorida.Miraba hacia todos los lados sin dejar de gritar pero parecía que nadie enese momento escuchaba mi súplica. Volví a mirarla, no podía apartar la vista de aquella situación. Entredientes, escuché un susurro de sus labios, ininteligible, sin fuerzas. -Ann, ¡ayúdame!-. -Tranquila Emma, todo va a salir bien, en seguida vendrá unaambulancia-. No estaba segura de que mis palabras fuesen realmente lo quepasaría, pero en esos momentos tenía que conformarla, debía parecer fuerte. -Tengo frío-, intuí a escuchar de su boca. Volví a gritar con más fuerza, mis manos estaban llenas de sangre yella cada vez con menos vida. Su respiración, era más débil y su cuerpo -130-
    • apenas se movía. Estaba asustada, mis manos presionaban con más fuerzala herida, pero la sangre no dejaba tregua. Dicen que el único dolor que se parece al de la muerte, es el de unnacimiento. Se genera un vacío, una sensación de bienestar. Se pierde lapercepción de los sentidos, comenzamos una transición a un nuevo estado.No sentimos, solo nos dejamos llevar. Balanceé a Emma con todas mis fuerzas, no reaccionaba a mispalabras. Parecía un pelele en mis manos. Bajé la cabeza y las lágrimastardaron poco en aparecer. Seguí apretando con fuerza la herida. Losnervios, se apoderaron de mi persona, no era capaz de reaccionar. Abrazabasu cuerpo y lo acunaba intentando darle calor. -¡Llamad a una ambulancia, rápido! ¡Avisar a los profesores!- Era la voz de Orlando. Me la arrebató de los brazos y la cogió. La llevóhasta las puertas del instituto y la colocó en el suelo. Examinó la herida ybuscó un indicio de pulso en su cuerpo. Ya era tarde. Yo me quedé en aquel lugar sentada en el suelo. Un charco de sangre,se extendía a mi alrededor. Miré mis manos. Estaba hiperventilando, micuerpo no dejaba de temblar, aquella imagen se quedó clavada en mi mente.Me costaba respirar, no era capaz de pensar con coherencia, me desvanecíen lo más oscuro de la mente. Una sombra apareció delante de mí. Me sentía tan débil y sin fuerzas,que no fui capaz de subir la vista para intentar averiguar la identidad de miacompañante. -No siempre podemos tener todo lo que queremos, querida-. -Puedo ver tu dolor, sentir tu lamento a grandes rasgos, oler tu miedo.Sigues siendo predecible, y eso, te hace débil. ¿Te sientes bien?- dijomientras una sonrisa sarcástica esbozaba sus labios. Seguía sin mirarlo, parecía que mi silencio le hiciera estar algo másmolesto, o quizás fue mi indiferencia. Noté como se agachaba para intentarque mis ojos lo miraran, cosa que no hice. -Pensé haber dejado atrás los tormentos de mi mente, solo sé queahora no tienes escapatoria, te doy una elección. Tienes que mirarme a losojos-, dijo enfurecido. -131-
    • -No correré, si es a lo que te refieres-, le dije mientras subía mimirada hasta tener un ángulo de visión más concreto. Sabía que era él. Elartífice de tal acto macabro. Todo a mi alrededor, se hacía más fuerte. Podía sentir como micorazón rebosaba en alevosía; la rabia contenida, rezumaba por todos losporos de mi piel. Me levanté, sentía la necesidad de tenerlo cara a cara enuna posición más libre. Alguien me sujetó del brazo por detrás y vi como él, se alejaba con ungesto de irritación y desacuerdo. Se había asustado de algo o de alguien.Cuando miré hacia atrás vi a Marlond. Soltó rápidamente mi piel y se quedóinmóvil admirándome. -Estoy buscando respuestas, Marlond. Sigo las señales, me acercodemasiado al fuego y cuando lo tengo tan cerca que hasta podría quemarmecon las pavesas, siempre hay algo que me retiene a esperar. Estoy cansada-,le dije indignada. -Tu mente es peligrosa, Ann. Tienes mucho que aprender todavía, novoy a negarte que tengas demasiadas preguntas. Esto que ha pasado hoysolo es la punta para hacerte saltar. Él quiere hacerte suya, te necesita paraexistir, su tiempo es limitado y se está agotando. No puede hacerte daño sies lo que temes. Debemos hablar, es algo indiscutible. Aaralyn, estáesperando en el coche, no te preocupes por Jillian, ya sabe donde tiene queir-. Me quedé traspuesta. Estaba buscando respuestas no cuestionadas,pero eran evidentes. La maldición de la conciencia, no dejaba ningúnresquicio de paz en mi mente. Volví a mirarme las manos, sentí la cruelrealidad moviéndose entre mis dedos. Advertía la necesidad de regresar alinstituto y ver a Emma. Escuché las sirenas de una ambulancia acercarse,corrí hacia la puerta lo más que mis fuerzas me dejaron. Había mucha gente alrededor. Me era imposible llegar hasta ella.Erika, se encontraba un poco más adelante y Andrew la abrazabadesconsolada. Veía caras de horror, desconsuelo, desolación. De repente,advertí un sonido en el viento, una voz de un ángel proclamando mi nombre.Era la voz de Emma, todavía regurgitando en mis pensamientos,atormentando mi desconsuelo. Volví a escuchar su voz susurrándome al oído. Me giré lentamente yallí estaba ella. Me sonreía, se sentía feliz. Retorné mi mirada hacia elcuerpo sin vida que se encontraba en el suelo y miré de nuevo al cuerpo quese encontraba a mi lado, era imposible, ella.. -132-
    • Fue desvaneciéndose poco a poco entre la multitud. Mi mente enviómis ojos instintivamente hasta mis manos temblorosas cubiertas por suesencia. Caí al suelo, mi cuerpo se tambaleaba y mis ojos daban vueltas sinton ni son, las piernas comenzaron a flaquear y mis brazos no se sostenían,un pelele erguido que tardó pocos segundos en derrumbarse. Cuando desperté, un ats me reconocía en la enfermería del instituto.Pregunté por Emma, no quisieron contestarme, demasiados traumas por undía, deseaba que me repusiera y que después hablara con mis amigos, era lomás sensato, no demandaba la idea absurda de volver a perder miconsciencia de nuevo hasta no estar del todo repuesta. Habían avisado a mi madre; la pobre, conduzco a toda prisa desde eltrabajo para situarse con mayor brevedad posible a mi lado. No le habíanexplicado la escena cruenta, solo a grandes rasgos que me había mareado. Cuando llegó, sus ojos se entumecieron, pensaba que había sido másgrave de lo que se pensaba ya que mis manos y mi ropa, seguían tintadascon la sangre de Emma. Se acercó a mi desesperada, acunándome comocuando era pequeña e iba a mi habitación a contarme un cuento antes dedormir. Me abracé a ella, estaba eternamente agradecida por aquel gesto, lonecesitaba. -Cariño, ¿qué te ha pasado, estás bien?- -Yo sí mamá. Emma no tanto. La encontré a unos pasos de la puertacon una incisión en el cuello y aunque intenté retenerle la hemorragia hastaque llegara una ambulancia, me fue imposible mamá, no la ayudé, la dejémorir-. Lloré desconsolada durante unos minutos. Mi madre, cayada, meabrazaba sin decir nada. Sus lágrimas, se deslizaban por su cara en silencio,con la mirada perdida. -133-
    • 11 Viaje sin retorno Existen tantas noches como días, y cada una dura lo mismo que el díaque viene después. Hasta la vida más feliz no se puede medir sin unosmomentos de oscuridad, y la palabra "feliz" perdería todo sentido si noestuviese equilibrado por la tristeza. Mi madre me llevó a casa. Pensé estar en lugar seguro, mi lugar. Subía mi habitación y allí estaba él. En ese momento, la única persona quehubiese dejado acompañar mi lecho. -¿Le importa si te miro durante un rato? Quiero recordar tu cara paramis sueños-, dijo mientras se acomodaba entre la pared y las cortinas de mihabitación. -¿Para qué vivir, Jillian? ¿Y cuál es la razón si finalmente todosmorimos? Estoy muriendo por atrapar mi respiración, ¿por qué nuncaaprendo?-. He perdido toda mi confianza a pesar de haber querido cambiar lo queme rodeaba. Todavía puedo ver mi corazón terrenal; toda mi agonía,desapareció cuando me sostuvo en un abrazo eterno. -No me destroces por todo lo que necesito, haz de mi corazón un lugarmejor. Dame algo en lo que creer, no me dejes sola, te necesito-. Mi voz era cada vez más tenue, se estaba apagando como la mecha deuna vela, ya era imposible volver la vista atrás y cambiar el curso de losacontecimientos. -Estoy aquí. No te dejaré sola-. Me agarró más fuerte llevándomehasta su pecho pétreo. El corazón latía cada vez más lento, pausado. Cuandodespertara todo iba a ser diferente. Sería como ellos. No tenía nada que perder y sí tanto que ganar. Me encontraba sola eneste mundo y el único consuelo que me quedaba era vivir eternamente juntoa él. Con el tiempo lo entendería, no hice caso a sus palabras, no le escuché.No sé a lo que me abstengo pero peor era la condena que sobre mi existenciapesaba. -No puedo sentir mis sentimientos. Solo siento frío. Todos los coloresparecen desvanecerse, soy incapaz de alcanzar mi alma. Pararía de correr sisupiera que hay una oportunidad, me destroza sacrificarlo todo, pero estoy -134-
    • forzada a dejarlo así. Me dices que estoy congelada, que no lo entiendes,ahora lo hago por ti, y en esto me he convertido-. -Cuando tus recuerdos se desvanezcan en el vacío, el tiempo noentenderá a razones, si todo lo has hecho en vano, sentirás el fríoeternamente y ya no podrás recobrar la esencia perdida-. Nos inundó un silencio incómodo. Necesitaba un tiempo que ya notenía, la cronología de una obsesión que nos arrastraba a la desesperaciónpor el momento. Los razonamientos sobre los sueños y el amor, vistos enretrospectiva; eran elocuentes, y la sutileza con la que el final de mi vidaterrenal dejaba paso a lo desconocido, me llenó de gratitud. Esa unión se produjo, y tuvo unas consecuencias notables quecausaron en mi ser una impresión profunda. Su mano temblorosa, acariciómi mejilla deslizando los dedos hasta retirar un mechón que se balanceabasin control por mi frente. Su belleza residía en la imposibilidad de determinar su sentido; yaque tal vez, lo que para mí era en sí, el secuestro mismo de la virginalignorancia del principiante, dotada con un sentido en particular. Belleza quedibujaban mis pupilas con sus propios colores y matices. Esa oscuridad quese escondía detrás de tanta hermosura, haciéndola aparentemente unamenudencia ante lo obvio; hacia juguetear entre mis dedos durante unosbreves instantes, cómo sería acariciar su piel, sin temor al rechazo. Fue acercando sus labios delicadamente, despacio; sin dejar de fijarsus pupilas en las mías. Una intrincada sucesión de pensamientos, que unavez estuvieron presentes en mi conciencia insomne, sobre este momento,terminaron por desvanecerse. Sus labios finalmente rozaron los míos en un beso tímido, pero queerizó hasta el último resquicio de mi ser. La pasión por poseerlo fueapoderándose de mí. Le cogí del pelo y lo involucré a besos encadenadoscada vez más ardientes. Ya no sentía su fría piel, ahora éramos dos volcanes a punto derebosar el deseo divino. Subió mis brazos delicadamente, sus ojos habíancambiado de color y mi corazón, ardía en deseos por sentirlo mío. Fue deslizando mi camiseta lentamente hasta que se deshizo de ella.Admiró mi cuerpo despacio, yo no entendía a razones, forcé el momentoarrebatándole su camisa, casi a la fuerza. Me agarró de la cinturaatrayéndome de nuevo hacia él, besándonos con una pasión imparable. -135-
    • Ni una gota de sangre en sus venas era humana, pero él era delicadoy varonil. Estábamos en los confines del paraíso, con él estaba el infierno yen sus besos el cielo. Nos retiramos a la cama entre besos y caricias desenfrenadas y en uninstante, simplemente paró. Se quedó observándome, como un artista apunto de crear su obra maestra, sin perderse ni el más insignificante de losdetalles. Mis ojos lo buscaban en cada movimiento y sus manos implorabanfundirse con mi cuerpo. Apartó el corchete de mi sujetador entre delicadas caricias y besosperdidos entre el cuello y mi pecho. Mi aliento, sacudía su alma como unapluma y su aroma dulce yacía entre mis suspiros. Éramos dos formas que se enroscaban en las luces y las sombras;rogábamos un deseo compartido. Estremeciéndome entre sus brasas yamasando su delicado pecho impregnándome de su esencia, nos dimos alabandono hasta culminar con el mayor de los placeres; nos fundimos, nosamamos. Perdimos la conciencia, deleitándonos el uno del otro; elevandonuestras almas hasta un mismo punto; no sé si al infierno o al cielo, pero elsofoco de mi cuerpo entre sus brazos triunfales, me hizo sonreír al admirarde nuevo sus ojos. Me sentía tímida y ligera, frágil y robusta a su lado. A fin dedevolverle un beso con rendición emocionada, volví a situarme cerca de suslabios; el elixir de mi vida. Cerré los ojos, un helado terror recorrió micolumna y lánguidamente rocé tímidamente de nuevo el deleite de misdeseos. Nos quedamos abrazados un buen rato hasta que instantáneamentese levantó pavoroso y se vistió nervioso pero sin parar en su cometido. -¿Dónde tienes la ánfora de cristal? ¿Y la nota que te escribió?-, dijonervioso mientras terminaba de abrocharse los pantalones con gestoamenazador. Me tapé el cuerpo con la sábana mientras me sentaba en la cama. Enese momento, sentí vergüenza de que admirara mi cuerpo desnudo; unaironía bastante absurda después de lo que acababa de suceder. -En el primer cajón del escritorio está la botella y la carta la metí enmi bolso-, dije extrañada. -136-
    • Rebuscó en el bolso, colocándolo boca abajo haciendo que todo lo quellevaba en su interior golpeara el suelo creando un estruendo en lasbaldosas. Lo balanceó, introdujo su mano hasta verificar que estaba vacío.La carta no estaba en su interior, debió caerse cuando caí al suelo. Se enfureció. Hizo que me vistiera lo más rápido que me fuese posiblemientras abría el escritorio y sacaba el ánfora de su interior. Era obvio queel ruido que se estaba formando en el cuarto, no dejara indiferente a mimadre que estaba abajo, seguramente preparándome algo para comer. Estaba terminando de atarme el cordón de la zapatilla, cuando abriósúbitamente la puerta de la habitación asustada por si había vuelto amarearme. Dio una vuelta a la habitación y vio el bolso desparramado en elsuelo, cosa que no era normal en mí. -¿Estás bien?, he escuchado un ruido muy fuerte y he pensado que tehabías caído al suelo-, dijo preocupada. -Si mamá, el bolso estaba abierto, ha resbalado de la mesa y se haesparcido todo por la habitación, no te preocupes, ahora lo recojo-. Una ráfaga de aire frio hizo remover mi cabello todavía humedecidopor el sudor, miré hacia la ventana y las cortinas se balanceabanacompasadas entre sombras irreales, dibujando su silueta en la pared delfondo. -Ann, deberías cerrar esa ventana, parece que se avecina tormenta yno quiero que se moje todo, ¡vale!. Estoy preparándote espaguetis para quecomas un poco, pronto estarán listos. Yo me voy a trabajar, tengo demasiadotrabajo atrasado; Alice no tardará mucho en llegar. Te quiero, cariño-. No supe cómo reaccionar a lo último que dijo. El corazón seestremeció, palideció ante aquellas palabras. Sabía que no volvería a verla,esa fue nuestra despedida a pesar de que ella no lo supiese. La voz, apenassalió de mis labios, entrecortada y sin fuerza; inspiré lo más hondo que pudey esbocé temblorosa un “yo también mamá”. Cerró la puerta de nuevo. La expresión de su cara, siempre con susonrisa; y sus labios golpeando en la palma de la mano dedicándome unbeso. Bella estampa para recordarla. En ese momento, quizás por la acciónde no existir corriente en la habitación, las cortinas volvieron a su ser, Me quedé insulsa unos instantes, mi mente no era capaz dereaccionar o era el corazón, con su resquicio de humanidad; amargura, tristedesolación de mi existencia. Noté como colocaba su mano en mi hombro, -137-
    • cayado, sin mediar palabra alguna hasta que fui capaz de reaccionar ydébilmente moví mi cabeza hasta divisar sus ojos. Ese instante nunca se olvidaría, imploré desde lo más profundo de miser que no fuera así. Mi dulce y atormentada mente, perturbada por lodesconocido hizo mirarlo con ojos de súplica; las lágrimas, se deslizabansilenciosas por mis blancas mejillas. Al menos, durante unos brevesinstantes volví a ser la de antes. Mi vida entera se convulsionaba a sus pies, ese pobre instanteadoptado por mi ternura; pasos que fui recordando uno a uno hacia atrás sinrespirar. Sus labios se entre abrieron en acto de sumisión. Cerré los ojos confuerza, esperé en cierta manera que todo hubiese sido un sueño; pero alabrirlos de nuevo, tiritantes de pavor hacia el futuro, lancé en últimainstancia el poco aire en un suspiro. -Ann, sé que esto es duro para ti. Algunos, nos dan la opción de elegiresta eterna agonía; incesante, sin sentido. Unos nacimos con este aspectomacabro y otros en cambio; se lamentan por perder todo lo que un díafueron. Siento que te hicieran esto, pero soy egoísta al pensar que ahorapodré estar a tu lado eternamente-. -El líquido que contiene esta ampolla, es muy importante en estemomento-, dijo mientras abría su fornida mano y la dejaba a mi alcance. -Pregúntate si lo que estás haciendo ahora, te acerca al lugar dondequieres estar mañana. Es importante que estés segura totalmente de todo loque vas a dejar atrás y de lo que encontrarás en tu futuro-. Escuchaba expectante cada palabra, sus gestos, su agonía porintentar adentrarse en mi mente y averiguar lo que en ese instanteimaginaba. Su mirada se entristeció, fui capaz de encontrar el temor en surostro, sentir como en un segundo, podría perder todo lo que más amaba. -Es una moneda con dos caras; una te lleva hasta mi, la otra te alejarásin lamentos ni ataduras, simplemente desapareceré. Ha llegado la hora demarcharme, las cosas se han complicado más de lo que yo esperaba. Nopensé que llegáramos tan lejos, tú decides que lado de la moneda escoges.Esta ampolla, recoge un elixir que; por el estado tan avanzado en el que teencuentras, no volverás a ser la de antes pero parará el proceso-. -Si lo tomas, ignoro en el estado en el que te encontrarás, si los fuertesdolores desaparecerían y si llegara el caso; no sé si envejecerías como losdemás. Estoy confuso, esto me supera-. -138-
    • Se giró, el dolor le estaba consumiendo. Dejó la ampolla encima de lacama y se dirigió a la ventana. El aire, ahora más humilde, cálido yapetecible de una tarde de primavera; transmitió de nuevo su olorenvolviendo la habitación con su aroma. Tomé tímidamente el frasco con el que jugueteé un instante antes devolver a dirigir mis ojos hacia él. Sujetaba la cortina con una mano y sumirada perdida hacia el horizonte desprendió en mi ser una melancolíatruncada. Sentía ganas de huir, de echar a volar; mi mente de debatía entre milsensaciones divididas por un mismo sentimiento: el amor por él, el amor pormi familia. Me mentía a mi misma al pensar que podría tener las dos cosaspero no era así. Esperó un rato en esa posición, no encontró respuesta por mi parte; nologré tener el valor suficiente para beberme el líquido que aquello contenía,pero tampoco de lanzarlo contra el suelo y desparramarlo cuando el cristal,se rompiera hecho añicos. Se acercó a mi cabizbajo, sin ilusión por nada. Deslizó sus dedos entremi cabello en acción de despedida y sin ser capaz de mirarme a los ojos, sedirigió de nuevo a la ventana. Sabía que era un adiós, no volvería a verlo amenos que hiciera algo y pronto. Mi corazón, en un impulso de rebeldía, dejóla ampolla encima de la cama y salí corriendo hasta él, antes de que yafuese demasiado tarde para arrepentirme de lo que deseaba hacer en aquelmomento. -No vale nada retrasar lo inevitable. Te agradezco todo lo que hasrevivido de nuevo en mí. Todo lo que amas, está en este lugar…, no puedoretenerte. Los dos podemos desear lo mismo, pero aquí tu presencia es miprisión, me impide unirme a ti como anhelaría. Tú misma lo diste aentender. Así, no podremos estar juntos, las cosas están cambiando, lascomplicaciones se agolpan a mi alrededor-. -Espera un instante, por favor-, le dije sujetando su brazo cuando yaestaba a punto de desvanecerse. Despertó mi amanecer. Fue repentino e indeseado, haciéndome sentirterror y nauseas. Agarró las cortinas con fuerza y dejando sus ojos abiertos,fijos en un punto al azar en la pared. El sudor frío, causó en la piel de sutorso descubierto, un bello destello contra la débil luz que se colaba a travésde la ventana. -139-
    • No pude controlar los escalofríos, cerró firmemente los ojos y esperóinmóvil. Pero incluso después de varios minutos, todavía se encontrabajadeando en vez de respirar, y maldijo internamente por no sentirse capazde controlar el miedo que hacía a su angustia veloz, sus ojos ardientes, susmúsculos tensos y ligeramente temblorosos. Se giró. Instintivamente, sentí unas ganas irrefrenables de abrazarlo.Es triste perder a alguien, y más aún cuando sabes que en algún lugarestará esperándote pero no volverás a verlo. Nos fundimos en un abrazo. Meaferré con fuerza a su cintura y mi desconsuelo no tenía cabida entre los dos.Acarició mi rostro, jugueteó con un mechón de mi pelo intentando guardarmi aroma en su memoria, intenté besarlo pero se apartó y se fue sin miraratrás. Corrí hasta la puerta de entrada entre sollozos, bajé las escaleras conuna energía que nunca había experimentado, me quedé inmóvil en elporche, mirando de un lado para otro, esperando que estuviese detrás dealguna esquina, pero no volví a verlo. A pesar de la sinceridad y desesperación en esa llamada muda, él cayópara nunca levantarse de nuevo. Y su incredulidad alcanzó talesdimensiones inmensurables que su mente, reacia a ser hecha pedazos, loguío a la única opción posible; absoluta, acogedora, agridulce oscuridad. Subí a mi habitación, las lágrimas, no me dejaban ver más quesombras pero pude vislumbrar la pequeña botella encima de ella. Me eché allorar sin consuelo en la cama. La soledad, corroía mi sino y laincertidumbre de lo que pasará mañana. No me había hecho a la idea de loque había conseguido con mis actos pero menos sabía cómo afrontaría elmañana. Cómo he terminado haciendo daño a todo el mundo, a mi misma, a micorazón insufrible; desgarrador ante la inexistencia de Jillian. Yo soloansiaba quererlo, pero a mi manera y no dejar de admirarlo en todo el día.Pero lo único que he conseguido, es caer enferma de tristeza; lo sientotanto…, sentía rabia cada vez que mis ojos furtivos miraban de reojo elcristal de mi tortura. Lo cogí con rabia, abrí el primer cajón de mi escritorio y lo dejé demala gana entre los demás cachivaches que él contenía. No deseaba verlomás, pero por alguna extraña razón, no quería deshacerme de él. Eldesconsuelo era ahora mi aliado y la melancolía mi razón. Sonó el timbre de la puerta, pero no me molesté en bajar a abrir.Escuché un par de veces el dichoso timbre incesantemente, incrustándose en -140-
    • mi cerebro como martillazos; pero no hice el mínimo esfuerzo por atender.No deseaba que nadie me viese en este estado deprimente, aunque; por losacontecimientos, pensarían que sería por Emma. Volvía a estar en el mismo punto de partida; una despedida a unaamiga, el dolor, la desesperación y la monotonía. No tardó mucho en sonar elteléfono, lo dejé hasta que el interlocutor escuchara el demoledor sonidoapagado y repetitivo, anunciando que debería volver a marcar de nuevo. Algo enfadada, descolgué el teléfono que ya había sonado un par deveces sin descanso entre una y otra. Era Julia, estaba preocupada por mí, sequedó algo desconcertada por cómo Orlando la trató cuando me mareédelante de ella y deseaba saber cómo me encontraba. No me apetecía hablar, pero era Julia. La invité a casa, gastaríamucho teléfono y me vendría bien estar con alguien, aunque fuese escuchara Julia con sus des variaciones. A pesar de todo, debía ser fuerte y consecuente con mis actos; es algoque aprendí de pequeña. Todo, todo lo que hacemos o decimos, tiene susconsecuencias tanto negativas como positivas en nuestra vida, rige nuestrodestino y el de las personas que nos rodean. Ahora me encontraba en unpunto; que, tomara la decisión que tomara, siempre habría alguien quesaldría perdiendo. Por mi naturaleza abrupta, sería yo la que perdiera. Era imposiblecomprender, hacer sentir dolor a mi madre de esa manera. Sufriría midesconsuelo en silencio, como hacía siempre. No me había ido tampoco tanmal, después de todo, siempre había sido reservada. Mi mayor error, fueenamorarme. Me enjugué las lágrimas, los ojos ya estaban secos y sin fuerzas paraseguir llorando. Refresqué mi cara con un poco de agua fría e intentédisimular el hinchazón prolijo de mis ojos, con un poco de corrector. Julia se presentó con una bolsa llena de paquetes de palomitas,gominolas y una tarrina de helado…, de vainilla. -¿Cómo te encuentras?, me he tomado la molestia de traer algo depicoteo y unas cuantas películas, espero que no te moleste, pensé que seríabueno pasar una noche juntas como lo hacíamos antes; una fiesta depijamas. ¿Te parece bien?-, dijo efusiva aunque algo receptiva a pesar de quela respuesta fuese negativa. -Me parece bien Julia-, dije mientras cerraba la puerta. -141-
    • -Pondré el helado en el congelador, no quiero que se derrita,tranquila, tú siéntate en el salón y ve poniendo una película o si lo prefiereshablaremos un rato-, dijo llevando la bolsa a la cocina. Cuando llegó al salón, yo estaba sentada en el sofá observandofijamente con la mirada perdida el televisor apagado. ¿Tanto mal habíahecho en mi vida, para que ahora, en este preciso momento, se cobrase portodos mis actos? -Me llamó Erika esta tarde, el funeral será mañana a las 12:00. Eldirector, ha decretado tres días de luto por lo que no tendremos clase hastael lunes. Todos están desalentados, no se explican lo que pudo pasar por sumente para hacerse esa barbaridad. Andrew y Erika, quisieron venir averte; pensaron que desearías estar sola. Buscaron a Orlando, pero no lovolvieron a ver, ¿sabes algo de él?, ¿lo volviste a ver después del incidente?-,dijo preocupada. -No-, dije insulsa y con la mente en otros menesteres. -Bueno, ¿qué te apetece una de vampiros o una comedia?-, dijomientras abría su gran bolso y sacaba un par de películas de él. -No sabía qué coger, así que ya que estaba en el videoclub, arrasé conunas cuantas-. -Mejor una comedia, hoy no tengo ganas de ver vampiros, ni demoniosni nada que se le parezca. ¡Ah!, mi madre hizo espaguetis, traeré la fuente ycenaremos aquí, ¿te parece bien?-, dije mientras me incorporaba parapreparar un plato para las palomitas. -¡Espaguetis!, ¡hace milenios que mi madre no los hace!, ¡sí!, meapetece. Espera, te echaré una mano-, dijo mientras dejaba las películas enla mesita auxiliar y me seguía a la cocina. -Ann, lo tuyo con Orlando, ¿va en serio o ha sido solo algo pasajero?-,dijo intentando evadir un poco el sentimiento por lo de Emma; pero lo queella no sabía es que mi melancolía y sufrimiento, eran por él. -Nunca ha existido nada. Se habrá marchado-. Se abrió un silencio entre las dos. Incluso ella, tan altiva y fuerte deespíritu; palideció cuando me miró a la cara. -Lo siento, Ann. La carta que él te escribió…, se te cayó al suelo. Elaire, la desplazó unos metros de donde estábamos, pero al acacharme paraauxiliarte y con todo lo que pasó después, la perdí de vista. Lo siento. Quizás -142-
    • sea mejor así, si tenía pensado decírtelo con la carta y largarse, al menos loha hecho como un hombre-. Fue la primera vez que escuchaba a Julia hablar de esa manera. Laalocada adolescente que desvariaba con ensoñaciones banales sobre lapopularidad y la apariencia; había cambiado por alguien un poco másracional y madura. En sí, todos estábamos cambiando. Pronto andaríamos nuestroscaminos y con total seguridad, ninguno se cruzaría en el futuro. Al menos,solía quedarnos los recuerdos de nuestra gran amistad y las reuniones de exalumnos que solían hacer de vez en cuando en el instituto. Cuando ya nos disponíamos a cenar y la película con los créditos delprincipio, aparecieron Alice y James. Había estado tan pendiente en misasuntos, que dejé en el olvido a mi hermana. Nos miró con gesto depreocupación, no se hablaba de otra cosa, lo que le había ocurrido a Emma,sobrevenía a los pensamientos de toda la ciudad. -Chicas, no pensaba encontraros aquí. En la ciudad no se habla deotra cosa, ¿os encontráis bien?-, dijo preocupada mientras dejaba el bolsocolgado en una silla y se sentaba en el brazo del sofá. James, se quedó detrás de ella, apoyando la mano en su hombro. Ungesto de comprensión regaba la instancia. Creo que todos estábamosafectados. James, en su posición, menos que nosotras; pero al fin y al cabo,estas situaciones suelen recogernos y aturdirnos, a pesar de no conocer a lapersona. -Habíamos alquilado una película y queríamos verla aquí, pero ya veoque os habéis adelantado. No importa, James, ¿nos apuntamos?-, dijomientras le regalaba una sonrisa mirándolo a los ojos. -No me parece mal, pero espero que queden más espaguetis, me estáentrando hambre-, dijo tocándose la barriga. -Ann, ¿nos ponemos todos en la mesa grande?, aquí va a ser un pocodifícil colocarlo todo. Hemos comprado unos bollos de crema viniendo paracasa que tienen que estar deliciosos, los tomaremos de postre-. Nos levantamos y entre todos colocamos la mesa. Mi madre, era muyirracional a la hora de hacer comida. En principio, los espaguetis eran solopara mí, pero por lo visto; o imaginaba lo que iba a pasar o quería hacermecomerlos durante una semana. -143-
    • Todos agradecimos en cierta forma, aquel momento. No volvimos ahablar de Emma. James, nos deleitó con chistes y comentarios incoherentesacerca de la última película que vio en el cine, haciendo que la velada seconvirtiera en una fiesta privada menos animada que las habituales,aunque íntima. En realidad, la película no la vimos en sí. James nos fue animando yen cada escena absurda, siempre había un comentario y me alegré de volvera escuchar el sonido de mi risa al sonreír. -Bueno y vosotros, ¿ya sois oficialmente pareja?-, dijo Julia impacientepor chismorrear. Los dos se miraron a la vez. Alice, no sabía qué decir, parecía algorara su situación y se sonrojó. James, todavía no le había pedido salir y, aconsecuencia de la circunstancia, esbozó una sonrisa nerviosa mientras setocaba el pelo. -Bueno…, en realidad, no le he pedido a Alice que salgamos. Hemosquedado un par de veces como amigos y no sé si es por mi timidez o porquelos acontecimientos entrelazaban nuestros actos; que creí que era obvio quesalíamos-, dijo James titubeando sin dejar de manosear su cabello y mirandoa Alice. -En realidad tiene razón. Creo que cuando llegamos a una edad, nossaltamos algunos pasos del cortejo en sí, pero tampoco es algo tanimportante ¿no?-, le contestó Alice. -No es en sí el estar o no estar, es un momento romántico eimportante para mí; espero que el chico con el que elija estar, tenga almenos la delicadeza de pedírmelo, porque no tendría que ser yo quien lohiciera-, les contestó Julia. En ese momento, el silencio se rompió cuando comencé a reírmedescaradamente, no por el hecho de lo que estábamos hablando; sino por lasituación tan engorrosa en la que Julia los había colocado. Me levanté,agarré a Julia del brazo y la insté a que me ayudara a recogeracompañándome a la cocina. -Julia, siempre haces lo mismo, no puedes ver a una pareja que no sehayan pedido salir en serio, ¡qué antigua que eres!-, dije mientras no dejabade sonreír. -144-
    • -Soy una romántica empedernida, lo siento. ¿No habré puesto a Jamesen una situación embarazosa?..., debería ir al salón y decirles que no pasanada, que no hay que forzar algunas cosas, si ellos están bien..- La tomé del brazo, estaba decidida a volver al salón y disculparse porsus palabras. Intuí que necesitaban más tiempo, él se lo estaría pidiendo. -Julia, ¡parece mentira! Tú has incitado a la situación y ahora, ¿vas acortarlos? James, es un poco vacilante; déjalos que lo hagan a su manera,creo que necesitan un poco más de tiempo. Fregaremos los platos yprepararemos los bollos y el helado para el postre, eso nos demorará un pocomás-. -Está bien. Pero esto me supera-, dijo resignada. Cuando estábamos colocando en platos de postre una bola del heladoque Julia había traído y los bollos cortados por la mitad para que todostuviésemos ocasión de probarlos, Alice apareció por la cocina. Estabasonrojada y se abanicaba con la mano. Abrió la nevera y se empinó la botellade agua engulléndola. -¿Ya podemos llevar el postre?-, le dije sonriendo. Apartó la botella de su boca para contestar, debía tragar todavía elúltimo sorbo y parecía faltarle el aire. -Sí, creo que ya podemos tomarlo. Venía a echaros una mano-. -Ya hemos terminado Alice, nosotras llevamos los platos, tú cálmateun poco y refréscate la cara, estás demasiado acalorada-, le dijo Julia. Estos momentos le encantaban, aunque no daría de qué hablar. Nosbastaría a Julia y a mí, para echar unas risas cuando, sin ton ni son, salieraa relucir en alguna de nuestras conversaciones. Era obvio que se lo habíapedido y que ella había aceptado. Sonó el timbre de casa, escuché a Alice decir que ella abriría lapuerta. Entró a la cocina con gesto de preocupación. -Ann, en la puerta hay una mujer que dice que te conoce y que tieneque hablar contigo un instante. ¿Cómo dijo que se llamaba?..., ¿Amanda?,¿Anastasia?...- -Aaralyn-, contesté afirmando. Dejé el paño en la encimera y caminé despacio hasta la puerta. -145-
    • -Ann, dime que estás aquí y que todo ha terminado ahora, ya puedollevarte a casa; a nuestra casa-, dijo ella. -Aaralyn, no ha cambiado nada. Estoy dividida en la mismaatmósfera, no he llegado a completar el cambio, o es que ¿esperabas algo enespecial?-, le dije en tono sarcástico. Esta realidad, me estaba volviendo loca y su expresión de impolutaincomprensión me hacía sentirme asqueada por todo lo que me estabaocurriendo. -Sé que puedo detener el dolor si deseo que se vaya-, dije mientrasvolvía de nuevo a la puerta y seguir con mi vida sin ellos. -No me des la espalda, no te entregues al dolor. No intentes ocultarteaunque estén gritando tu nombre. No cierres los ojos, nunca duermas, ni tansiquiera en ese momento con la luz apagada, serás visible para nosotrosdonde estés-. Esas palabras se aferraron a mi mente como escarchas punzantes. Mehicieron parar en seco aunque inmóvil, fui incapaz de darme la vuelta. -Siento pavor por lo que veo, pero de alguna manera, sé que haymucho más por venir-, siguió hablando. Inmovilizada por el miedo y pronto, cegada por las lágrimas; fuidándome la vuelta despacio hasta volver a tenerla en mi ángulo de visión.Aventuré que ella, podría haber dado unos pasos para seguirme pero no lohizo, estaba en el mismo escalón y con la misma postura. Sabía que no mequedaría impasible ante sus palabras. Palabras perdidas, que seguían susurrando lentamente a mi mente.No podía suponer la razón que hostigaba a mantenerme allí. Desde mi malafortuna, me he estado sintiendo vacía, fuera de todo y a pesar de que loscambios en mi cuerpo se hacían evidentes, mi esencia, seguía estando ahí. -Jillian está esperándote. Hizo caso omiso a las leyes impuestas por elconsejo y siguió viéndote a escondidas, entre las sombras; queriéndote. Perohizo algo que les enfureció sobremanera. Lo tienen retenido, ignoro lasconsecuencias, pero me pidió que te dijese, que te esperará hasta que deseesvolver a verlo-, prosiguió. Comencé hacerme a la idea de la precaria situación en la que meencontraba. Llegué a pensar, que fue Orlando, el que súbitamente; abrió laventana de la habitación cuando Jillian y yo nos encontrábamos en ella. Elsentimiento de culpabilidad me entristeció. -146-
    • Mi corazón, golpeaba en su cabeza embravecido y con un horror, quehizo temer por mi vida. Nunca sería lo suficientemente fuerte, como paraafrontar el daño que sin quererlo, le estaba causando a Jillian. -Marlond está en el coche, tienes que coger tus cosas y marcharte conél. No nos queda mucho tiempo, los que mataron a tu amiga, vienensiguiendo tu rastro y no tardarán en llegar a tu casa. Todos a los que amas,serán aniquilados. Te quieren a ti, no a ellos. Sólo son una moneda decambio y tener algo con lo que comerciar-, dijo mientras su gesto se tornabahumilde y sus ojos denotaban angustia por lo imprevisible. -Aaralyn, no quiero dejar mi vida, yo no elegí esto; quiero volver a serla que era, ¿hay alguna manera? ¿Cómo voy a justificar mi desapariciónrepentina?-, dije suplicante. Se abrió un silencio entre nosotras. Era un pecado saber la verdad,pensó que con los fármacos que cada semana me suministraba, el finjustificaría los medios; pero se equivocó. Pero a pesar de todo, su voz dulce,nunca se tornó de ninguna otra forma menos agradable. -No pude salvarte desde el principio. Te amaba mientras herías sualma, o al menos; lo que nosotros pensamos que queda de ella. ¿Podrásperdonarme algún día?-. Sus palabras, tenían un dominio sobre mí y cegada, sin ver lacrueldad de los hechos, la insté a que esperase en la puerta. Subí a mihabitación, llené mi mochila con lo indispensable y algo de dinero. Intentémirar por un instante a mis acompañantes que ya esperaban en el salónviendo los menús de la película, e intenté recordarlos por si por un azar deldestino, no volviera a verlos. El lado más oscuro y mezquino del ser en el que me estabaconvirtiendo, estaba colapsando mi mente. Cuando el aire removió micabello al salir cerrar mi ventana por última vez, el sentimiento de culpadesapareció. Sus mentiras, estaban cautivándome. -Tu silencio, hace que aún mantenga mi aliento. El tiempo ha pasadopara ti. He tratado protegerte de el mundo que no eres capaz de ver y nopudiste enfrentar la libertad por ti misma-, su voz era débil, apenas parecíaun susurro. -Estoy aquí…, a tu lado, ¿no es eso lo que querías desde un principio?-, dije mientras giraba mis ojos hacia su cara acusadora. -147-
    • -Renunciaste a la lucha, me dejaste atrás. Todo lo hecho, estáperdonado. Tú siempre serás mía, lo sé profundamente en mí. En el caso deque la muerte nos permita unos instantes de reflexión, no intentaríarebuscar en los grandes acontecimientos; simplemente me quedaría sitiadoen tu recuerdo-. Sus palabras me desconcertaron. Todo esto fue maquinado desde unprincipio. Ahora, quizás volvía hacerse la víctima, pero por alguna razón, lecreí. Me agarró del brazo y recogiendo mi cuerpo en volandas, sin ningunaacción de guerra por mi parte, me dejé arrastrar a su merced. Arrancó el coche y vi, como poco a poco, las luces de la ciudad fueronquedándose atrás para vislumbrar entre sombras, carreteras perdidas. Lasnubes se alejaban, sabía que estaba destinada a algún especie de cambioimportante y por ello, tenía que acatar con lo que ahora me había tocadovivir. Siempre, busqué ese gran escape a la monotonía, la incomprensión detodos los que me rodeaban y ahora que lo tenía; ansiaba la vida que habíallevado hasta ahora. No quise preguntarle la dirección, solo me dejé llevarmientras admiraba a través de la ventanilla a grandes rasgos, una lunatriunfante en el cielo estrellado. Siempre estuvo en silencio, yo tampoco quise romperlo con preguntasque no serían contestadas. Entramos en la autopista, apoyé mi hombro en laventanilla deslizando mi cabeza hacia la mano, dejando que mispensamientos se abandonaran hasta quedarme dormida por el cansancio. Mi mente quedó vagabundeando, sin saber ¿qué es lo correcto?¡Jillian! Marlond, estaría aún esperando a la entrada de mi casaacompañado por Aaralyn. ¡Insensata! ¿Qué has hecho? No estaba muy segura de si aún era capaz de respirar, pero mi menteparecía despertarse por momentos. Era cierto aquello que leí sobre ellos;manipulantes insaciables. Estoy desapareciendo, podía sentir más, lo sentía demasiado cercacomo para desfallecer entre sus brazos. Miré de nuevo por la ventanilla, unasombra vacilante, parecía mecerse de lado a lado detrás del coche, sinllamar en cierta forma la atención de Orlando. -148-
    • 12 Amnesia Mi abuelo, en su lecho de muerte; comentó que si alguna vez mesentía desolada y perdida, necesitando alguna conexión con respuestas porsu parte; o si, únicamente quería hablar con él; solo debía de mirar hacia elcielo y entre las estrellas, él estaría mirándome y velando por mí. Sólo, debíallevar mi mirada hacia ellas y hablarle. Pero no era a él al que deseaba mandar un mensaje, Jillian abrumabamis pensamientos y pensé que haciendo aquel gesto cariñoso que mi abuelotuvo conmigo, funcionaría también con él. Desde lo más profundo de micorazón, comencé a esbozar en mi mente todos los pensamientos escondidosque deseé haberle dicho. -¿No puedes escuchar mis gritos? Nunca perderé la esperanza,necesito saber dónde estás; pero una cosa es segura: siempre estarás en micorazón. Te encontraré en algún lugar, lo seguiré intentando aunque conello tenga que encontrar la muerte- -Solo necesito saber lo que ha sucedido; la verdad, liberaría mi alma.Intento encontrar el camino que me lleve hasta ti, quiero abrazarte y nuncadejarte ir. Casi esperaría que estuvieras en el cielo para que nadie pudieseherirnos. Estoy viviendo en agonía, a causa de que no sé dónde estás-. Mis lágrimas cayadas, recorrían las mejillas palidecidas de tantoaturdimiento. Seguí mirando las estrellas buscando alguna respuesta,cualquier señal incandescente entre tanta oscuridad, pero no fue así. Esperéentre lamentos, que estuviera escuchando mi plegaria allá donde estuviese yya entre recuerdos, lo poco que me quedaba antes de caer en un súbitosueño, del que no sabía si despertaría, lancé entre suspiros mi últimaplegaria, en mi última maniobra desesperada. Busqué incesantemente de nuevo, aquella sombra abrupta queparecía seguirnos desde hacía ya bastante tiempo, pero ahora parecíahaberse apagado, desintegrado entre tanta oscuridad, dejándome en lasmanos de Orlando, o tendría que decir, de un personaje al cual ya ni tansiquiera conocía. Pero incluso, en estos momentos en los que mi alma desolada buscabaindicios de una añoranza perdida, la luna no dejó de brillar, trayendo conella, un manto de esperanza. -149-
    • -No detendré la búsqueda; todo lo que sufras, deseo sentirlo yotambién. Esperaré tu señal, nunca perderé la esperanza; Jillian, te quiero-. Mis ojos fueron cerrándose hasta quedarme dormida, sentía como devez en cuando, Orlando me miraba de reojo, pero nunca realizó ningún gestode aceptación, aprobación por lo que estaba haciendo. No tenía escape; esta,sería mi condena. Estaba desconcertada, mareada por el hedor que aquel lugarexpresaba en el ambiente. La mirada, se tornaba borrosa y apenas era capazde distinguir lo que me rodeaba. No escuché voces a mi alrededor, todoestaba en silencio, en una penumbra impenetrable, desolada. Intenté llevarme la mano hasta la cabeza para pretender estrujar misojos, con la plegaria de ir despejándome, pero fallé en mi intento. Vislumbréque estaba en el suelo, húmedo y de piedra mal predispuesta. Unas cadenas,bien forjadas e incrustadas en la rígida pared en la que descansaba miespalda, sujetaban mis muñecas y el cuello. La contemple, en silencio. Intenté deshacerme de ellas pero estabanpuestas a conciencia, me sentía tan débil que a pesar de quererincorporarme, cualquier intento fue inútil. Sabía quién era en grandesrasgos, pero mis recuerdos; se habían borrado de mi memoria como un soplo.Miraba alrededor alarmada, inquieta. Quizás por el ruido de las cadenas al chocar con las piedras, alertó alos responsables de mi precaria situación. No tardaron mucho en abrir unapequeña trampilla, por donde un perro no de un tamaño superior a un sanBernardo, sería capaz de pasar. La luz de la antorcha, hizo daño a mis ojos. No era capaz de distinguirquién la llevaba, pero su voz me fue familiar. Parecía tan amistosa que, aúnarriesgándome a ofenderla, le dije que se detuviera en la exploración de loque ella llamaba, “la marca”. Cuando lo hizo, imploré que anhelaba ver laluz del día; las ataduras de las muñecas y el cuello, mostraban una claraansiedad. -Tranquila cariño. Tengo que cerciorarme primero antes de soltarte,no puedo cometer de nuevo otro error-, dijo mientras miraba hacia la puerta,esperando a alguien más. No me sentía consciente de lo que estaba pasando, su voz se perdía enlos ecos y mi cuerpo apenas sin fuerzas, me hacía seguir con la mismapostura. Enajenada quizás por alguna sustancia tranquilizante que -150-
    • empezaba a dejar mi mente algo más despejada, hizo que las nauseas serepitieran cada vez con más insistencia. Entonces extendió sus manos hacia mí en gesto de amparo y comenzóa desatarme de aquella cárcel. Hablaba entre susurros y pronunciandodespacio, para que yo entendiese el hilo de sus palabras. Parecía siempreestar a punto de decirme algo, cuya sola idea era evidente que leaterrorizaba; pero se echaba atrás. -Ann, no me hagas daño-, dijo cuando abrió el grillete del cuello. En ese momento, por el peso de mi propio cuerpo, caí al suelo. Notenía fuerzas ni tan siquiera para mover la cabeza y divisar lo que a mirededor acontecía. Sentí como sus manos se posaron en ella y sentándose enel suelo, me acurrucó en su pecho. Miraba incesantemente la puerta esperando tangiblemente unanueva orden. El repugnante olor a putrefacción mezclado con la humedad deaquella instancia hizo que regurgitara lo poco que llevara en mi estómago.Por una parte, aquello hizo que fuera tomando constancia más a cienciacierta de dónde me encontraba, pero no el por qué estaba allí. Al cabo de un rato, cuando mi mente se sentía algo más refrescada ylos huesos eran capaces de sostener la cabeza, me incorporé sentándome asu lado. Traté de argumentar con ella, pero era difícil discutir con una mujerque no pronunciaría palabra alguna sobre ese tema. Mientras hablábamos, escuché un sonido que era un cruce entre elaullido de un lobo y los gritos de un hombre ante una tortura insufrible. Seoía muy lejos, pero ella se mostró muy inquieta y le costó bastante tiempovolver a calmarse, o eso parecía aparentar. -Está tardando demasiado, solo era pura rutina, ya debería estaraquí-, dijo preocupada. -¿Quién debería estar aquí?-, dije ansiosa a pesar del pavor que mecarcomía las entrañas. -No tiene importancia. ¿Te encuentras mejor?-, dijo ansiosa porescuchar una afirmación por mi parte. Al escuchar de nuevo su voz, volví a recordarla a ella, era ¿Aaralyn?Una sucesión de imágenes desordenadas y bastante desagradablescomenzaron aparecer en mi mente como luces incandescentes. -151-
    • Volví a mirarla de nuevo, ahora más detenidamente. No encontrabaen ella las acciones familiares de Aaralyn, ésta mujer no era ella. -¡Jillian!-, dije dando un salto del suelo y desencajando la mirada. -No te preocupes ahora por eso, estás demasiado cansada y variante-,dijo intentando calmarme colocando su mano en mi hombro. Instintivamente llevé mi mirada hasta su mano. Un sentimiento decrueldad hacia mi persona me desconcertó. Sentía rabia contra ella, contraaquel lugar, contra mi persona. En uno de los laterales de la habitación, una mochila apilada entre lasdos paredes de la esquina, esperaba encontrar un lugar más confortable. Elgesto que mis ojos hicieron de reconocimiento ante aquel objeto familiar,hizo que se dirigiera hasta ella y me la entregara. -Ann, estas son tus pertenencias. De momento, no tengo órdenes deinvitarte a tu nueva habitación, pero mientras tanto si lo deseas, puedesecharles un vistazo-. Sus dedos blancos vapuleaban la mochila hacia todas direcciones.Sabía que aquellas manos lívidas acariciarían mi piel al entregármela. Bajonegras y fantásticas formas, sombras mudas reptaban por los rincones de lahabitación, allí se agazaparon, a esperar. Miré hacia todos los lados con ansiedad, sentía como la piel seerizaba; un gesto de incomodidad, sacudió mi mente haciendo que laexpresión me cambiara de manera vertiginosa. Me aferré instintiva a aquella mochila, la abracé con fuerza, sentí lanecesidad de no perderla de vista bajo ningún concepto. El sollozoangustiante del viento que soplaba desde el exterior, golpeaba los muros dela oscura habitación. Unos pasos firmes y continuados se acercaban hasta la instancia. Allíestaba él. Había dejado su cabello suelto y los girones de luz que sedesprendían de las suaves ondas que contorneaban su figura, lo hacíanirresistible. Sus pantalones de cuero negro, que dejaba entrever a grandesrasgos la envergadura de aquel abrigo; acompañado de unas botas altas,con infinidad de cargantes abalorios de metal entrelazados con cordonesinterminables. ¡Qué elegancia, casi heráldica también!. Extendió su mano hasta mi posición y dedicándole una aceptaciónevidente por su buen trabajo, ella se despidió de nosotros en aquel momentoy me dejó a solas con él. -152-
    • Intenté recordar en lo más profundo de mi ser, la sensación terrenalde vislumbrar el amor, pero ese sentimiento; aquella realidad, habíacambiado. Lo cierto es, que el amor en sí, se torna vulgar cuando intentamosracionalizarlo. El por qué de ésta dramática afirmación excedeostensiblemente mi entendimiento, pero no a mi intuición. No puede reducirse a un solo concepto; su reducción dialéctica, pormás elaborada que sea, sigue siendo el eco de un reflejo, una sombra quetransmite una idea, pero no sus particulares. Entendía en primera instancialo que aquello se suponía que era el reflejo de una sensación, un sentimientoque parecía haber sentido en algún momento de mi vida. Instigando la poca sensatez que me quedaba, intenté consumar unaexplicación de por qué sus formas, su dulzura; la forma tan humilde en laque intentaba tratarme, me apresaban sin pensarlo a abalanzarme en supecho y abrazarlo sin fuerza desmedida. -¡Qué bella eres, mi ángel!-, dijo entre susurros. -¿Jillian?-, dije confusa. -¿Jillian?, no cariño, creo que todavía no piensas con claridad-, dijoesbozando una gran carcajada mientras me sujetaba del brazo, tirando demí. -Mis ojos estuvieron arrasados por la cruel melancolía de no tenerte,dónde las luces últimas del sol atraen a la aurora y la penumbra en su fríaesencia, haciendo sombras de lo más bello-, continué. Escuchaba absorta, sus ademanes de otra época me desconcertaban.Creí que la habitación donde me encontraba, era la cárcel más horrenda quea un hombre dejaran en su abandono, pero los pasillos del siniestro lugardonde me encontraba; no tenía nada que envidiarle. Pero a pesar de todo ypese a lo extraño de la situación: no me sentía en casa. Una visión llegó hasta mí, trayendo con ella una antigua y oxidadallave, cuando de reojo intenté divisar lo que se escondía detrás de unapuerta entreabierta; con el reconfortante recuerdo de una luz potentesaliendo de ella. Hizo que parase en seco unos pasos más adelante y poraquella acción repentina, soltar la mano de aquel ser sin nombre y volver denuevo la vista hacia la habitación. -Ann, debemos seguir. Caroline preparó con mucho mimo tuhabitación y, sería una falta de respeto hacia su persona no instalarte loantes posible. Le llevó mucho tiempo acondicionarla a tus gustos, eres muy -153-
    • difícil de leer, pero todos, esperamos que te guste-, dijo mientras volvía aretroceder sus pasos y me cogía de nuevo de la mano. -¿Jillian?, ¿me quieres?-. No entendí el por qué de mi pregunta pero sentía la necesidad dehacérsela. Paró en seco, se dio la vuelta y me tomó de las manos, haciendopalidecer mi alma con aquella mirada penetrante. -Parpadea una sola vez y dime lo que ves-, dijo tiernamente. Lo hice, esperaba admirar mi respuesta con los ojos, sin tener quenecesitar las palabras para hallar la sabiduría interna de sus sentimientos. -Tenía los ojos vendados como un ciego, ¿cómo no pude verlo antes?-,dijo Orlando arrastrado por la desesperación de lo que sus oídos escuchabanrepitiéndose una y otra vez en el eco de las paredes. No terminé de decir mis palabras cuando dejé caer la mochila al sueloy me abalancé súbitamente sobre su cuerpo. Él respondió con dulzura, elregalo que ansiaba con tanto ímpetu. No entendí el ¿por qué? de aquellaacción, sentía la necesidad de hacerlo, a pesar de que en lo más recóndito demi ser, algo me decía que las cosas no eran como yo pensaba. Alcé mi mirada después de un instante en el que paré a mi antojo lasmanecillas del reloj, para admirar su cara. Posé mi mano hasta su mejilla ydeleité las yemas de los dedos con su delicada hermosura. -Orlando, ¿por qué me estás haciendo esto?, si tanto cariño dices queme procesas, ¿cómo eres capaz de hacerme sentir de esta forma?-, le dijedespués de conjeturar que era él. Un encuentro simbólico, pero aun así verídico, con un coro de mujeresque en las sombras; se debatían por querer estar en mi lugar en eseinstante. Unas palmadas entre aquella multitud, hizo que nos apartáramosen ese preciso momento. -Un pacto memorable está por nacer esta noche, Ann; nos hasregocijado de un gozo inesperado por tu vuelta-, dijo aquel anciano mientrasme apartaba de Orlando un instante y me rodeaba con sus brazos. Las arpías, se removían con recelo alrededor de nosotros, pero Joshep,que así era como se llamaba aquel anciano, no tardó en espantarlas. Ordenóque prepararan una gran fiesta para aquella noche por mi vuelta. Agradecí un poco de espacio para mí. Orlando, me dejó en lahabitación que Caroline había preparado a solas durante un rato, para que -154-
    • me fuera habituando. Dejé la mochila encima de la cama. Algo me hizoechar el pestillo en la puerta. No me sentía en casa; la sensación de noencajar en aquel lugar, fue creciendo por momentos. Admiré reteniendo en mis pupilas todos los detalles, incluso los másinsignificantes. Me sentí desdichada, aunque esta sensación puede tornarseen gran variedad de tonalidades; a la vez tan distintas pero íntimamenteunidas. En realidad, la alegría nace de la tristeza y la armonía; la memoriade la desdicha que hoy sentía, de la sutileza de mis lágrimas calladas. El aroma que rezumaba de las sábanas, recordaba el éxtasis de lo quepudo haber sido; el jarrón chino de la coqueta, predispuesto con una docenade rosas rojas, invitaban a contemplarlas sin desatino. Su perfume,despertaba en mí un siniestro sentimiento, la agonía de un amor perdido; deun amor olvidado. Deleité mi vista un instante con el fresco situado en la pared máspróxima a la ventana; la gran estantería llena de libros envueltos en polvo.Había tantas distracciones en aquel lúgubre cuarto, que hacía tenerelementos suficientes para justificar un abandono substancial. Yo estaba convencida, pero no intentaba arrastrarme al recuerdo quemi alma, guardaba escondido entre más recuerdos, ensortijándolo hastaretenerlo en lo más oscuro de mi mente. Me quedé fija mirando la mochilaque hacía unos minutos, había depositado encima del aposento. No era extraño, que disipara las pocas fuerzas que se ibanacumulando lentamente en mi cuerpo cansado, en abrirla y admirar lo queen ella, se acomodaban todo lo que para mi entender, introduje como notasimportantes sobre mi existencia. Un par de camisetas del estilo de la que llevaba, unos vaquerosdescoloridos; un discman con un CD, en el que podía leer “Épica”; un diario,que sin saber su motivo, comencé a escribir apenas unos días antes, aunquea pesar de ello, quedaban pocas páginas para terminarlo. Decidí esconderloen un lugar seguro, cuando el tiempo me lo permitiera, lo leeríadetenidamente. Pero lo que más me inquietó de todos los elementos que colocabaencima de la cama, como si intentara clasificarlos por alguna forma enespecial; fue una ánfora lacrada rellenada con un líquido viscoso y de colorrojo aterciopelado. Los demás detalles como un anillo, y un monedero conalgo de dinero y sin ninguna fotografía, fueron en su totalidad todo lo queresumía mi vida. -155-
    • Unos pequeños golpes en la puerta, me anunciaron que debíaesconder de nuevo todo en la mochila y como en un suspiro, la escondídebajo de la cama. Me senté en ella e invité a entrar a la persona queincesantemente no dejaba de llamar. -Ann, perdona que te interrumpa. Me gustaría que te pusieras estevestido para la fiesta-, dijo Orlando mientras lo extendía encima de la camapara impedir que se arrugase. -Caroline, vendrá luego para arreglarte el cabello si la necesitas.Nuestras costumbres son muy estrictas, ya las recordarás. El salón, seabrirá para la cena a las ocho y una vez satisfecho nuestros estómagos; lasmujeres invitarán a los caballeros a iniciar el baile. Espero que no se teolvide nada, seguro que lo harás muy bien-. No dejé de asentir con la cabeza a sus razonamientos aunque, en miinterior, me sentía aterrada. Tenía que salir de allí de alguna forma; aunqueesperaba desde lo más recóndito de mi ser, que Jillian me estuviesebuscando. -¡Orlando, espera un momento!-, le dije intentando impedir susintenciones voluntariosas por salir de la habitación, después de haberrealizado su nuevo cometido. Un crujido inconveniente, se introdujo en mis oídos cuando se volviópara cerrar la puerta. Mi corazón latió velozmente, víctima de mi vehementefantasía. Porque así fue como nos conocimos Jillian y yo; ruidos como éste,anunciaban su deseada proximidad. Pensé que de repente, me estaba volviendo demasiado impertinentecon súplicas vulgares para que regresara a mi lado y me acompañara. Se acercó hasta la ventana que aun no había abierto. Sujetó el pestilloque la mantenía en su primitiva posición y dando un delicado giro, dejó queel aire penetrara por ella balanceando las cortinas. -Así está mucho mejor-, dijo mientras suspiraba y dejaba la miradaperdida en el horizonte, que lo sumió en una melancolía infranqueable. Parecía triste, apenado por alguna cuestión de la que yo era ajena. Notardó mucho en comenzar hablar de nuevo, quizás salió del trance repentinoque le produjo la libertad del aire, chocando contra su pétreo rostro. -La tormenta canta a través de las montañas. Mientras, la lluvia queestá cayendo, ilumina el sombrío valle oscuro. Ya te acostumbrarás, no estan difícil sacar lo bello de tanta penumbra. Soy algo complicado, ya te -156-
    • habituarás a mis lúdicos cambios de humor. Suelo ser el raro del clan, coneso de mis aires melancólicos…, veo belleza donde otros admirandesolación…, nunca dejé mis ademanes del renacimiento, en cierto modo,son los que han hecho lo que soy-, expuso. -Amo caminar bajo la lluvia, porque nadie sabe que estoy llorando. Esun juego infame, una salida a mi desesperación. Pero hay días como los dehoy que incluso me sorprendes, cuando te estoy mirando y lo único quehaces es sonreír..-, dijo volviendo su cara un instante hacia mí. -Orlando, me siento sola. ¿Por qué siento tanta pena en estemomento…, tan vacía? ¿Por qué tengo que permanecer encerrada?-, lepregunté entre susurros. -No es la elección, lo que hace la vida que vivimos tan intrigante. Sonlas opciones tan infinitas que tenemos para controlarlas-, dijo acercándosehacia la cama y sentándose a mi lado. -Nuestras mentes, en lugar de nuestros corazones, confunden todo loque pensamos, todo lo que sentimos. No debes preocuparte ahora por todoeso, yo estoy aquí contigo-, dijo colocando su fría mano encima de la mía enun ademán reconfortante. Giré mis ojos hasta intentar divisar los suyos. Era extraño cómo missentimientos se contraponían a mis deseos más ocultos. Era de sabiendas,que estos seres podían encandilar a cualquiera. Mi mayor temor, era queOrlando lo estuviese haciendo ahora conmigo. Ya no era tan desconcertante,la sensación que provocaba en mi cuerpo cada vez que me rozaba, ya sehabía convertido en una sensación habitual en mi piel. -Mi corazón sigue latiendo, pero sé que no será siempre de esa forma-,suspiré, no fui capaz de seguir con mi exposición. Estaba tan aterrada yhastiada, que incluso mis ojos no serían capaces de esbozar una lágrimaescondida en lo más recóndito de mi ser. Me sorprendió la forma en la que sujetó el mentón y lo giró de nuevohacia su rostro. Acercándose despacio, deslizó sus labios en los míos. Notécomo innumerables cristales, se clavaban en mis labios ensortijando missentidos. Cerré los ojos, aquella sensación de dolor y deseo al mismo tiempo,me hizo abandonarme a sus deseos. -Como te gusta hacerme sufrir, ¿qué te hice yo?.. Ah, cierto…;perdóname por quererte-, dijo esbozando una carcajada. -157-
    • Se levantó de súbito, aquel gesto pareció no ser la mejor opción paraun momento taciturno como el que nos acompañaba. -Una sola palabra, podría detenerme…, una sonrisa…, pero ahoraserá mejor que me ausente; no sé si seré capaz de contenerme-, dijoesbozándome una sonrisa. Fue delicado aunque la protección que anteriormente me procesaba setornó más una orden. Salió de la habitación cerrando de nuevo la puerta.Admiré el vestido detenidamente. Precisamente, no era el modelo deestilismo aparentemente de mi gusto, pero la amnesia que sufría, no medejaba ver mucho más de lo que yo quisiera. Lo aparté hacia un costado y volví a sacar de su escondite la mochila,para intentar al menos, leer algunas páginas del diario. Pensé, que siescuchaba el CD mientras leía, recordaría antes algunos detalles. La boca me temblaba por la ansiedad de desear leer en alto y escucharde viva voz aquellas palabras, fijando mis ojos febriles en la primera página.No tardé mucho en cerrarlo, a la tercera o cuarta página; desconcertada ydespavorida, lo volví a guardar en su escondite. No entendía todo lo que ahí había escrito, la incoherencia o quizás lalocura que nos invade la mente después de una pesadilla, principalmenteesas que pensamos demasiado reales para ser simples sueños, no hizorecobrar ningún atisbo de memoria: en su caso, me confundió aún más. El calor, el ambiente; los limbos del dolor de mis sienes, mis mejillasardientes; la boca, amarga y seca y mi cuerpo, obsoleto y sin fuerzas,imploraba descansar de nuevo un instante hasta la hora convenida. Me echéen la cama sin deshacerla, intentando que mis piernas, no llegaran hasta elvestido y conseguir con ello, tratar de no arrugarlo o, lo que era másprobable, mancharlo. Abandonada en un sueño plácido y profundo, no llegué a darmecuenta, que estaba acompañada. La fría sensación de mi brazo, hizo que meremoviera y su voz susurrándome al oído, despertó súbitamente todas laspartes de mi cuerpo, sentándome en la cama sobresaltada y con la sensaciónde insuficiencia de aire en mis pulmones. No estaba segur cuantos tiempo había pasado desde entonces, peropoco había cambiado; el vívido recuerdo de aquella tragedia continuabapersiguiéndolo en sueños y forzándolo a despertares dolorosos. Mi menteenajenada, no me dejaba respirar, era como si mi pasado, se olvidase inclusode mí misma. -158-
    • Con la cara desencajada, miré hacia el bulto que se removía entresombras cerca de la mesita y su expresión, congeló mi corazón. Sus ojoscomo platos, parecían salirse de sus órbitas y la locura, se derramaba por losporos de su piel temblorosa. -Ann es tarde. Debemos darnos prisa, la cena está a punto decomenzar y no podemos hacerles esperar-, dijo Caroline mientras escondíasu intriga recogiendo el vestido y esperando a que me aireara. Sus dedos, seguían temblando cuando se mezclaban con mis cabellos,y entre titubeos, hablaba incoherencias, quizás intentando encontrar unaexplicación escabullendo sus palabras. La lúgubre noche se acercaba, echéun vistazo por la ventana y ya podían vislumbrarse algunas estrellaspredispuestas; cabeceando, casi dormidas, a la espera de una oscuridad másopaca y así, despertar en hermosura. Se oyó de súbito un leve golpe, como si suavemente tocaran a lapuerta. Aquel lúcido recuerdo de un violín haciendo mudas las palabrascalladas, retumbó en mi cabeza con un interés desbordado. Caroline, sedirigió sin pausa hacia la puerta, para no hacer esperar más de lo debido alvisitante. Era Orlando, pidió a Caroline que fuese al salón, deseaba hablarconmigo a solas antes de la cena. -Has dado tregua a mi dolor, mi ángel. Tu belleza, ilumina la tenueluz de la habitación-, dijo mientras terminaba de colocarme los pendientesfija en el espejo de la coqueta. Escrutando atónita su sutil belleza, inmersa en divulgacionesincapaces de comprender, me abrí camino hasta situarme frente a él.Extendió su brazo en acción de invitación y agarrándome a él, abrió lapuerta; caminando hacia lo que yo pensaba que sería el salón. En el silencio, sólo el ruido del eco de nuestros pasos hacía hostigarque nos dirigíamos hasta la nueva instancia. Temerosa, dudando; la quietudcallaba. Admirando todos los puntos, intentando encontrar los flacos si esque los había, de aquel lugar siniestro donde me retenían. Me sentí profundamente intimidada cuando todas aquellas personasfijaban sus ojos en mí. Todos esos ojos turbios, algunos llenos de rabia portanta hospitalidad y otros, sin embargo, abrumados por la nueva inquilina. Joshep sonreía en gozo por mi presencia, levantando su copa einstigando al personal un brindis conmemorativo por mi bienvenida. Ayudó -159-
    • bastante tener a mi lado a Orlando, quien con su talante caballeroso; hizodesviar las miradas hacia su persona con su peculiar alabanza haciatiempos venideros. -No había visto nada igual-, escuchaba cuchichear a un grupo demujeres absortas en Orlando, mientras pasaba por delante de ellas. -Disculpad, lamento la tardanza-, dijo titubeando dirigiéndome aJoshep mientras me sentaba en la mesa dónde me habían indicado. -Estoy bastante acostumbrado, no te preocupes y disfruta de lavelada, Ann-, dijo esbozando una carcajada y desviando su mirada haciaCaroline. Una intrusión repentina en el salón, hizo silenciar la instanciamomentos antes de anunciar el comienzo de la cena. Una criatura no másalta que un infante, apareció vapuleándose y mostrando en su cara, unaespantosa herida, que rezumaba un olor nauseabundo. Se dirigió hasta Joshep sin apenas fuerzas para hablar. Susharapientas ropas, estaban rasgadas; el paso del tiempo, no hubieranrealizado tal desgaste en ellas, más bien parecían arrancadas o quizás, selas desgarró mientras escapaba. -¿Por qué irrumpes de esta forma en una fiesta privada,impresentable?-, dijo Joshep al mismo tiempo que se levantaba de su silla. -He estado buscando la causa señor, es mejor no precipitarse…; señor,jamás había visto nada parecido. Las victimas mueren en menos deveinticuatro horas…-, dijo balbuceando y tembloroso. -¿De qué estás hablando? ¿Qué es lo que me ocultas? ¡Habla!-, su vozse tornó enfurecida. -Nunca había visto algo así señor. Es una bestia de otros tiempos ymuy feroz. Ha arrasado con el poblado de la zona oeste y su rastro damuestras de acercarse a la mansión. Su olor es pestilente y es capaz de serreconocido a varios kilómetros. Ha matado a mi familia, señor….-, dijosuplicante mientras sus rodillas se posicionaban en el suelo en acción desúplica y las lágrimas se reflejaban en su mugrienta piel. Todo un alarido de murmullos, comenzó a rellenar el incómodosilencio que se había creado tras sus palabras. Joshep, llamó aparte aOrlando y a unos cuantos hombres de su conveniencia. No escuchédemasiado pero a grandes rasgos, en un momento que la vista me envióhasta sus cuerpos, pude escuchar parte de la conversación. -160-
    • -Encontrad al responsable. Buscar hasta el último rincón del bosque;doblad las guardias en las entradas. Esta es la clase de causa que desafíanuestra autoridad y mina nuestras obras. Si no controlamos esta epidemia,la congregación buscará remedio en la rebelión. Debemos encontrar a esacriatura y rápido-, escuché decir a Joshep, con su talante más serio ycontundente en sus palabras. Una vez terminadas sus palabras, todos los hombres más fuertes,fueron convocados; mientras que las rapiñas y las mujeres, fueron excusadasa quedarse en sus habitaciones hasta que todo pasara. Caroline fue a mi encuentro. Me cogió del brazo con tanta fuerza, queparecía querer arrancármelo del cuerpo. -Debemos irnos de aquí, Ann. Pensamos que estarías a salvo ennuestras dependencias, pero el cazador, está a punto de encontrar su presa yno anda muy lejos. Recogeremos tus cosas y te sacaremos de aquí. No nospodemos permitir poner en peligro a la congregación, por un gustoincoherente de Orlando-, dijo enfadada y temblorosa. No entendía lo que ocurría, mi mente no daba para mucho y aquellagente, corría despavorida de un lado para otro, intentando esconderse en unlugar seguro. No podía quitárseme de la cabeza aquel hombre, de rodillas, pidiendoclemencia por la intrusión; y llorando, en sus adentros, por la atroz matanzaque acababa de presenciar. No hay dolor más grande, que ver cómo tearrebatan de las manos, todo lo que has estado forjando durante muchosaños con tu sudor. Impasible, y sin apenas fuerzas para pelear contra ellos,tan solo buscó una salida viable para salvarse, al ver como lo que másquería, le había sido arrebatado. Orlando, se acercó un momento hacia nosotras. Estaba furioso ydemasiado protector conmigo, cosa que no comprendía exactamente. -Se instaurará el toque de queda. Nadie podrá salir después de sonarla campana, aislaremos la parte baja de la ciudad; el foco de la mayoría delas víctimas. Será un festín de carroña para quién sabe y no debemosarriesgarnos a un mal mayor. Caroline, debéis marcharos a la casa del lago,es lo más conveniente-, dijo Orlando preocupado. -Orlando, ¿la casa del lago?, ¿has pensado bien tus palabras?. Allí, leserá más fácil encontrarla. ¿Estás loco?-, dijo arrastrándolo unos metroslejos de mi alcance. -161-
    • -Es la única solución. No podemos permitirnos muchas bajas. ¿Creesque no lo he pensado? ¿Qué más puedo hacer?. Tengo que proteger al resto yno puedo permitirme que le pase nada a ella hasta llegada su hora-. -Orlando, todo se está yendo de las manos. ¿De verdad la deseas tantocomo para remover todo un clan a tu antojo?-, dijo en tono sarcástico. -Tú solo cumple mis órdenes, es todo lo que tienes que hacer.Preocúpate de que esté a salvo-, dijo mientras me enviaba una últimamirada acompañada de una pequeña muesca, que intentaba simular unasonrisa y salió de la instancia. -Orlando, algo no ha salido del todo bien. Cuando llegué a suhabitación para terminar de arreglarle el cabello, estaba dormida en lacama…, no paraba de repetir un nombre ¡Jillian!, ¿me estás escuchando?-,dijo propinándole una palmada en el hombro en acción de protesta por noatenderla en su relato. -Haz lo que se te ha ordenado, limítate en hacer bien tu trabajo-, ledijo tajante. Caroline, volvió de nuevo a mi lado y, creyendo que no habíaescuchado nada de la conversación, me hice la insulsa y proseguí con lasórdenes que ella mandaba. Volví a la habitación que utilicé por algunas horas para descansar, meincliné para coger de debajo de la cama mi mochila, eché un último vistazo ala instancia y cuando estaba a punto de salir por la puerta, mirédetenidamente la estantería repleta de libros. Uno de ellos, parecía “descolocado”, no cuadraba en la composición tanminuciosa. Me acerqué hasta ella y lo tomé en mis manos. El polvo que sedesprendió de él, me hizo estornudar. Aparté el sobrante intentando ver eltítulo. No tenía ninguno, solo un relieve de un dibujo de un dragónsujetando con su voraz mandíbula, un libro con la misma encuadernaciónque el que mis manos sostenían. Miré hacia la puerta, vi que Caroline se acercaba con paso ligero. Abrími mochila y lo introduje en ella. Me dio el tiempo justo para hacerlo,cuando estaba a punto de cerrarla, apareció por la puerta insistiendo queera hora de irse. Ya tenía el coche en la puerta y el viaje sería largo y cansado.Pregunté si cabía la posibilidad de salir algo más tarde, a lo que instó que nohabía tiempo para tales sutilezas. -162-
    • Según salíamos de aquellos pasillos interminables y volvíamos alvestíbulo, no dejaban de andar de un lado para otro; incluso cruzándoseentre nosotras, algunas de las caras que me sonaban de la cena que no llegóa celebrarse. En ese momento, las tripas comenzaron a trinar. Llevaba muchashoras sin probar bocado y comenzaba a pasar factura. Agarré el estómagocon fuerza intentando presionarlo hacia dentro, para intentar que no seescuchara demasiado. Vi a Orlando hablando con Joshep en el pasillo contiguo al vestíbulo.Paré en seco y los admiré. A lo lejos, su mirada se volcaba en mis ojostintineantes. Nos buscábamos a pesar del gentío con sus idas y venidasentre nosotros. Deseaba escuchar de nuevo su voz antes de desaparecer desu vista, admirar la dulce expresión de su rostro, deleitarme con el tacto desu cabello en mis dedos. Qué estúpida incoherente era algunas veces, después de todo lo queme estaba haciendo, seguía habiendo algo dentro de mí, que anhelaba elOrlando de antaño. Sentí como los dedos pétreos de Caroline, me arrastraban hasta lapuerta, no dejé de admirarlo hasta perderlo en la lejanía. Un sentimiento deculpa, invadió mi sino. Todo aquello, había pasado por mí. Sin merecerlo,tenía suficiente por ahora; quizás eran peores las consecuencias quetendrían que venir. Después de los acontecimientos ocurridos, algo extraños ycontemplativos, y la precaria situación en la que todo quedaba tras de mí,debía intentar deshacerme de estos sentimientos que había desarrollado. Asituaciones desesperadas, soluciones desesperadas. -163-
    • 13 El violinista El viaje en coche fue agotador. Paramos un par de veces para estirarlas piernas y la amabilidad de Caroline, esencia de la personalidad quealegraba compartir, se tornó arisca e insociable. Algo gruñona y dura en suspalabras, aunque seguía siendo suave en sus comentarios. No cruzamos apenas palabras durante todo el viaje, lasimprescindibles. Ya comenzaban a despuntar las primeras luces del día,cuando parecíamos llegar a un espeso bosque de álamos. La escuché entredientes relatar. -¿Por qué siempre tiene que salirse con la suya? Insolente malcriado,eso es lo que es. Desearía que ella no hubiera aparecido en su vida, todoestaba más tranquilo antes-. -¿Decías algo, Caroline?-, le dije girando mi mirada hacia el asientodel conductor. -¿Qué?, ¿perdona?, ¿me has dicho algo?, estoy en mis cosas y no me heenterado-. El silencio que se abrió entre nosotras, no fue el mismo. Algo estabacambiando en mí o lo hacía antes. ¡Estaba escuchando todos suspensamientos! Por una parte estaba bien, pero por otra, ¿estaría preparadami mente para asimilarlo? -Decía que si no te importaba que escuchara algo de música con eldiscman, ya que no has puesto el CD del coche. Me apetece escucharla unrato-, dije evadiendo mi pregunta anterior. -Ponlo en el coche si quieres, no me importa-, dijo a regaña dientes. Abrí la mochila y saqué el discman. Cogí el CD que estaba en suinterior y se lo entregué a ella para que lo pusiera. Los primeros acordes,retumbaron en mi cabeza, tenía el volumen tan alto que, si hubiera estadotodo el camino de aquella forma, ahora estaría sorda. Hizo un gesto de desaprobación, a ella, no parecía molestarle elvolumen tan agresivo que propinaban los altavoces. Me dirigió una miradade desaprobación y acto seguido bajó el volumen, hasta un estado algo másapetecible. -164-
    • No tardé mucho tiempo en vislumbrar a lo lejos, entre la maleza, unacasa medio en ruinas. Imaginé que aquella, sería la casa del lago de la quehablaban. Cuando nos bajamos del coche, impidió que la siguiera, lo hizo tancontundente que tuve que asentir. -Espera un momento en el coche, algo no marcha bien-, dijointerponiendo su brazo en mi pecho, parando mis pasos. Caminó despacio hasta la puerta que, a causa del aire, se vapuleabadando portazos. Las ventanas, dejaban entrever unas cortinas mugrientasbalanceándose con el viento y un olor a cerrado, quizás más parecido a algopestilente, rezumaba de la casa. Una vez dentro, la puerta se cerró de un portazo y un manantial deaire pestífero acompañado de polvo, me cubrió, teniendo que refugiarmeentre mis brazos hasta que pasase la tempestad repentina. Llevaba varios minutos expectante, ansiosa por entrar en aquel lugar,inquieta. No deseaba seguir sola en aquel sitio mucho más tiempo; con loque, me armé de valor y comencé a subir uno a uno, los peldaños quellevaban hasta la puerta. Agarré el pomo temblorosa. Lo giré despacio, pero cuál fue misorpresa, que por mucho que intenté abrirla, me fue imposible. Parecía comosi la hubiesen cerrado con llave desde dentro. Cuando cesé en mi intento ycomencé a recorrer mis pasos de vuelta al coche, ella se abrió súbitamentedelante de mí. Entré despacio, todo estaba en penumbra, me costaba vislumbrar loque había dentro. La puerta, volvió a cerrarse dando un soberano portazoque hizo erizar mi cuerpo. Un escalofrío recorrió mi ser, llenándome deangustia y desasosiego. Comencé a escuchar el sonido de un violín. Al principio, fue más uneco, que poco a poco, se fue convirtiendo en una sutil melodía. Mis ojos,comenzaron a habituarse a las sombras. Una gran escalera, cubierta detelarañas y polvo, se levantaba ante mis ojos. Mi alma se removió en rebeldía, se estremeció asombrada, conmovidapor un recuerdo. Adornaban lo sombrío de la instancia, todas aquellas notasretumbando en el eco de sus paredes. Sólidas y estoicas, pasión incontroladade un placer infinito, que elevó mi sino a un nivel desconocido hasta ahora. Miré en todas direcciones pero no encontré rastro de Caroline.Aquella música, parecía proceder del segundo piso. Inquieta y titubeante, -165-
    • posé mi mano en la barandilla y escalé lentamente, aquellos chirriososescalones de madera, que más parecían romperse en cualquier momentoquizás, a causa de la carcoma. El sonido, era cada vez más nítido. La melodía, era única en suesencia y el intérprete, debía de ser un maestro en su arte. A lo lejos delgran pasillo, entre sombras, vi a Caroline en posición de ataque, dirigirseante aquel sonido. No quise hacer demasiado ruido, tampoco distraerla en su propósito.Decidí seguirla en silencio, sería lo más oportuno. Se situó detrás de lapuerta de la habitación de donde procedía el sonido. En uno de misparpadeos, le perdí la vista. Una tenue luz de velas, se reflejaba en el suelodel pasillo. El violín, se quedó mudo. Me acerqué despacio, no escuchaba voces ni forcejeos, eso hizo que mesintiera más tranquila y caminara con paso ligero hacia la instancia. -¡Caroline!, ¿estás bien?-, dije al situarme justo en el dintel de lapuerta. Aquella imagen dantesca, se reflejó en mis pupilas como una plegaria,un atisbo de luz entre tanta oscuridad; un recuerdo escondido, que entre misdedos, se reflejaba con la esencia de ese primer encuentro. La belleza, notenía cabida en mis pupilas, y ella, sin embargo; lo admiraba con un ansiaferoz por derribarlo. Escudriñando detenidamente sus gestos, comprobé que aquel hombreno era un desconocido, pero tampoco un semejante, o quizás erasimplemente un amor pasado. El cual, la abandonó y por despecho, ella lodespreciaba. -Maldito seas Jillian-, pensó ella. Fijé mi mirada en ese instante en Caroline. Ahora sus pensamientos,se escudriñaban en mi cabeza tan nítidos, que hasta daba miedo. No eracapaz de saber cuándo hablaba o cuándo pensaba, si no fuera por elmovimiento de sus labios. Dejó el violín apoyado en una mesa cubierta de polvo. Sus ojos, sequedaron clavados en los míos, dejándome extasiada. Éste comportamientoextraño por parte de él, hizo darse la vuelta a Caroline hacia la puerta, yentender el por qué de su atontamiento más allá de ella. -¡Ann!, ¡sal ahora mismo de aquí, es peligroso!-, dijo con sus faccionesdesencajadas. -166-
    • En aquel instante, un cuervo amenazante, graznaba alaridos que mehicieron tapar los oídos, por miedo a que los tímpanos reventasen. Salióvolando despavorido ante tanto bullicio, quizás habíamos molestado sudescanso o simplemente se asustó al escuchar nuestras voces. -Ann, no tienes nada que temer por mi presencia. Caroline, esdemasiado efusiva. Escuché tus plegarias, no entendí sus significados hastaque lo vi con mis propios ojos. Esta gentuza, cree que puede mover los hilosa su antojo, pero no todos somos como ellos. Alguna vez, los demás tambiénpodían ganar algo de gloria-, dijo dulcemente dirigiéndose a mí. -¡Ann, no escuches sus palabras!, es un íncubo. Su poder de sugestión,es mayor de lo que alguien puede llegar a imaginar. Es su naturaleza vil;altivos y horrendamente atrayentes. Hasta uno del clan con pocaexperiencia y débil, puede caer sucumbido a los encantos de estos seres. Esto me reparó. Mi mente, estaba confusa. No entendía el por qué meencontraba con ellos, en cierto modo, no me encontraba del todo segura a sulado. Pero Jillian, me transmitía seguridad. No dejé de admirarlo, sus suculentas formas, cinceladas por el mejorde los artistas. La compostura, el sonido de su voz, su talante…, ahoraentendía el por qué de su poder de sugestión. No era capaz de apartar mimirada de su cuerpo. -Caroline, creo que debíamos darnos una tregua. Tú tienes lo que yoquiero y…, creo que vosotros no estáis en vuestro mejor momento-, dijoesbozando una sonrisa. -No voy a entregártela. Ahora es nuestro dominio. Tiene dueño, y nose pensaría dos veces, matar a cualquiera que se interpusiese entre ellos-,dijo Caroline contundente. -¿Le habéis contado a ella la verdad?, ¿sabe acaso toda lamaquiavélica manipulación que se está llevando a cabo, solo yexclusivamente para que Orlando encuentre a Marlond?-, dijo mientras memiraba. Todo aquello me desconcertó, estaba peor de lo que me imaginaba.Miré con rabia a Caroline, saqué fuerzas desde lo más profundo de mi serpara replicarle. -Caroline, ¿es eso cierto?..., ¿Caroline?-, le dije sujetándolabruscamente del brazo y ladeándola para tenerla frente a mí. -167-
    • Solo hallé silencio por su parte. No fue capaz de mirarme a los ojos, suexpresión se tornó triste y decepcionante. Por algún motivo existente que nollegaba a comprender, sentía miedo en mi presencia. Con esa sensación quealgunos tenemos cuando, de repente, sentimos un escalofrío recorriendonuestro sino, y los sentidos, se orientan expectantes ante un peligropróximo. Me sentí decepcionada, todo había sido una farsa. Orlando, Joshep,Marlond, y los demás. La rabia, hubiera hecho que la cogiera del cuellohasta estrujarlo, y no dejar de hacerlo hasta haberme cerciorado de sumuerte; pero sin embargo, mi razón actuó de una forma más racional. Salícorriendo hasta la puerta. Recogí el vestido con afán de no pisarlo y caer de bruces. Mis lágrimasvolaban a consecuencia del viento que nació de mis pasos livianos ygalopantes. Escuché como seguían intercambiando más palabras ofensivas el unocontra el otro, mientras bajaba por las escaleras. Los golpeé con tantafuerza, que una de mis piernas, atravesó el escalón, causándome una heridaprominente. El grito que lancé al aire, retumbó entre las paredes. Miles deastillas, estaban clavadas en mi piel y aferrándome a la barandilla, intentédeshacerme de mi cárcel. Imploraba aire fresco en mi piel. Deseaba salir de aquel lugar,necesitaba un atisbo de libertad. A pesar de tapar mi boca para que noescucharan los sollozos, éstos eran aterradores ante tantas paredesdesnudas cuyo eco se hacía latente, en cualquier rincón. Mi piel, se iba apretando contra mis huesos; la sangre, se tornó oscurasegún pasaban los segundos, llenando el vestido con girones de miexistencia. Pocas experiencias que yo recordara, me llenaron de tal angustiay desesperación. Conmemoraba la loca inocencia que me llevó a estainsensata situación. Necesitaba, no, imploraba desaparecer de aquel lugar cuanto antes,encontrarme a mí misma; saber la verdad. Saqué con algo más que sangrefría, todas las espinas de mi carne; algunas arrancadas de cuajo contamaños dispares. El dolor, no era lo que me importaba en aquel momento. A pesar deque la facultad de caminar se dificultaba por momentos, conseguí llegarhasta la puerta que se abrió súbitamente ante mí, lanzándome un par demetros hacia atrás. -168-
    • Escuché su voz en mi espalda, cómo me llamaba por mi nombre. Seencontraba al final de las escaleras admirando mi terrible drama. Eché lavista atrás un segundo y lo admiré. No pronunció palabra, pero su rostrocándido y melancólico, inspiraba a rendirme en aquel instante. No recordaba la razón por la que aquel hombre altivo, se deleitaba demi presencia, sin tan siquiera oponerse a mi huida. Comencé a sentirmealgo indispuesta, sabía que había perdido mucha sangre y un desbalancehormonal, me atraía hacia Jillian con una fuerza desmesurada. Seguí en mi empeño. Atravesé la puerta, bajando uno a uno losinterminables escalones. La pierna se resentía, pero el dolor era solo unsusurro en mi mente, deseé que el coche tuviese la puerta del conductorabierta con el motor en marcha. Agilizar la situación en mi beneficio. En ese mismo instante, la puerta se abrió súbitamente y el motorrugió embravecido. Las llaves no estaban en el contacto, miré con angustiael asiento del copiloto, donde minutos antes, había dejado mi mochila. Seencontraba intacta. Sin ningún tipo de remordimientos, sin rumbo, acoplé la palanca demarchas en la primera, pisé fuertemente el embrague y el acelerador. Elcamino de piedras mal configurado, levantaba abundante polvareda. Elmedidor de velocidad, subía descontrolado: 100, 120, 150… Las sombras de los álamos, dibujaban escenas fantasmagóricas dentrodel coche; pulsé el botón de encendido de la radio, para al menos, escucharalgo reconfortante; algo que me hiciera recordar quién era, hacia dóndedebía dirigirme. Hacía ya un par de minutos que dejé atrás el bosque y seguí laprimera carretera que apareció en mi camino. Cuando musité creer estar asalvo, paré en seco. Abracé el volante, dejando mi cabeza descansar sobreellas. Mi respiración, entrecortada y apenas con fuerzas; poco a poco fuecobrando su esencia. Levanté el vestido para admirar la herida de nuevo. Estaba en tanbuen estado, que un cuerdo pensaría, que la imaginación tiene límitesinsospechados. Toqué con mis dedos temblorosos el lugar dónde, hacía solounos instantes, la sangre se derramaba sin cavilación. No entendía,simplemente la confusión bloqueó mi sino. Pensé estar volviéndome loca, ¿era normal todo lo que me estabaocurriendo? Revolví el vestido hasta llegar al lugar exacto donde la sangre, -169-
    • manchó de oscuro la tela. Un rodal ennegrecido, reseco por el calor, seacomodaba entre los degradados del vestido. El sol, ya había comenzado su andadura por conseguir llegar a la cimade un cielo, que hoy parecía darme algo de tregua. Salí del coche. El pocoaire que se vapuleaba en el ambiente, me reconfortó. Suspiré. El estómago, volvió a rugir de nuevo, debía parar en el primer bar decarretera que encontrase a mi paso y tomar algo. Miré fijamente un cartelindicador en el que, a pesar de estar doblado hacia la derecha, se podía leer:“Playa norte-45Km”, “Gasolinera-5Km”. Me dirigí a la mochila, agarré el monedero y visualicé el dinero quedisponía. Hacía un rato que el indicador de la gasolina, se encendía yparpadeaba, con la única intención de avisar que el depósito estaba enreserva. Miré de un lado a otro antes de acoplarme de nuevo en el asiento delconductor. Debía coger el desvío de la derecha, llenaría el depósito, saciaríamis entrañas y después, me acercaría por esa playa; parecía llamarme agritos el mar, su arena vacilante jugueteando con los dedos, la suave brisacon aroma a sal. No parecía pasar mucha gente por aquella carretera. Cuando llegué ala gasolinera, parecía estar abandonada. Todo estaba demasiado cerrado,con la excepción de un hombre recostado en un banco, con el rostro cubiertopor un sombrero de paja y los pies apoyados en la barandilla. Al escuchar el ruido de la puerta al cerrarse, se despertó sobresaltado.Se quedó mirándome extrañado, aunque no dejaba de escanearme de arribaabajo. Pensé que era normal, solemos retenernos ante la novedad, estamosalgo mal acostumbrados a cotillear sin tapujos extrañezas improvisadas. Después de intercambiar algunas palabras, conseguí que llenara eldepósito y me vendiera algo de pan de su propiedad y una botella de leche.No fue demasiado amable, pero al menos, conseguí mi propósito. Sin esperar tan siquiera llegar al coche, engullí literalmente lacomida. Estaba tan hambrienta, que me supo a poco. Al menos, sacié miestómago por unas horas. Miré detenidamente mi ropa, no concordante conel ambiente, por lo que, saqué de la mochila los vaqueros y una de miscamisetas. Introduje el vestido en una papelera subyacente y me encaminéhacia el coche. -170-
    • Me monté de nuevo en el coche, no sin antes preguntarle si midirección era la correcta y proseguí mi camino. No tardé mucho en sentir enla piel, la humedad característica del mar; lo pegajoso del ambiente, el calorsofocante que reseca las fosas nasales, por la cercanía inmediata del océano. Carretera adelante, la flora procesó una transformación notable. Losarbustos característicos de una zona de interior, cambiaron por arena fina ylos álamos, alcornoques y nogales, por palmeras altivas. Giré mi vista haciala izquierda y hay estaba. La extensa masa de agua, que en la lejanía,llegaba a unirse con el vasto cielo. Busqué la forma de salir de aquella carretera y adentrarme en laprecedente arena para evadirme. La sensación de aquellas partículasjugueteando con mis dedos, mandó a mi mente en facciones de segundos,una serie continuada de recuerdos, llenándome de melancolía. El sol, altivo y etéreo, calentaba mi piel. La brisa, despegaba todosentimiento negativo y ostero. Una vez respirado ansiosa aquel aire, medispuse a seguir leyendo el diario. La botellita, seguía intacta en la mochila;me alegré. No comprendía sus intenciones, absurdas prepotencias que losllevaban a distintos puntos con un mismo objetivo. Me repugnaba la idea deestar en medio de tanta prepotencia. No era capaz de recordar nada de mipasado, aunque, aquella melodía era demasiado peculiar y su intérprete, susojos…, lo conocía, creía estar segura de que era en cierto Jillian, pero ¿y siestaba equivocada? Uno puede llegar a confundirse ante una sensación fuera de control,incluso caer en la ignorancia de la incomprensión. Pero era esa sensación dehallarme perdida, la que conmovió mi corazón, haciéndolo vulnerable anteaquella situación insostenible, que había herido mi persona. Agradecí mi soledad forzada, un poco de intimidad relajada. Abrí eldiario, al menos algo de sinceridad ante tanta mentira. Cerré los ojos uninstante lanzando el suspiro que llevaba guardado desde hacía ya un rato.Cuando volví a abrir los ojos, las letras escritas a mano, esperaban conansiedad, ser leídas de nuevo. -171-
    • 14 El castigo No comprendía por qué Darklay no me había procesado ningún daño.Tenía que avisar al clan, el asunto con los poblados, sería obra de él. Cuando fui capaz de levantarme, salí del coche tambaleándome yagarrándome a las paredes. La cabeza me daba vueltas, haciéndome sentiralgo descolocada. Intenté mirar en mi mente cualquier resquicio de Ann,pero algo bloqueaba mis visiones. Jillian, tampoco estaba en la casa. ¿La habrían capturado?, fueronmis primeras impresiones. Pero mi mayor temor, aquel que recorría conincertidumbre mi desdichada existencia, era buscar la manera de decírselo aMarlond. Cuando subí por las escaleras, uno de los escalones estabaliteralmente partido y hundido. Las astillas, como miles de armaspunzantes, ilustraban cierto color extraño en sus formas. Aquel olor, erasangre. Me desconcerté. Nosotros no sangramos, nuestras venas estánexactamente desprovistas del oro rojo, que los humanos guardan como elmás preciado de sus tesoros. Pero su color no era de un humano. Darklay, ensu forma fragmentada, era uno de nosotros; por lo que, esto era de Ann. Pensé que su transformación se había completado con éxito. Unescalofrío heló mis manos, hasta convertirlas en un pequeño bloque degranito inanimado. La angustia y desesperación por incumplir mi trabajo,tendrían crueles consecuencias. Me armé de lo que los humanos llaman, un valor inexistente y bajéhasta el vestíbulo. Admiré con añoranza, el escritorio donde el retrato de mipadre, aguardaba en un oscuro cajón, hasta volver a ser admirado. Mispasos temblorosos, necesitaban contemplarlo, encontrar respuestas. Vencida por un terror desatinado, abrí el cajón disponiendo entre misdedos el pequeño retrato. Estaba del revés, y al darle la vuelta paraadmirarlo nuevamente, me derrumbé. Deseé estar muerta, lo cierto es que, no tardarían mucho en terminarcon mi agonía. Ni tan siquiera Marlond, se interpondría en las decisiones deun enajenado Jillian. Pensé que sería el momento; prefería terminar con mi -172-
    • vida yo misma; Orlando, maquinaría una tortura lenta que acabaríaconsumiendo mi mente, para llegar al mismo desenlace. Una voz lejana y varonil, tintineaba en mi mente. Me acurruquésosteniendo el retrato contra el pecho y cerré los ojos un instante. El silencioy la oscuridad, me retornaron a mi infancia; cuando las preocupaciones sequedaban aisladas y olvidadas con juegos de niños. Mi infancia, hablaba de esa infancia siendo lo que soy; los pocosrecuerdos de mi “vida”, son los que, por alguna extraña razón, Oscar quisocontarme. Esa infancia retórica en la que, sin cargo alguno en el clan,hacían que mis obligaciones ante los demás fuera el simple hecho de existir. La extraña voz, se revolvía cada vez con más fuerza y nitidez. Volví aadmirar de nuevo su cara, el gesto duro de un hombre con carácter. Eltiempo apremiaba, pronto debería tomar una decisión. “Realiza tu cometido Aaralyn, ayuda a tu clan”, escuché claramente.Una corriente con una fuerza descomunal, arrasó todo mi cuerpo. Me sentíacon fuerzas para volver hasta las puertas y enfrentarme a Orlando. Guardéel retrato en su cajón, dónde llevaba bastantes siglos escondido, formando yaparte del mueble y salí a la calle. Imaginé que mi coche, no estaríaprecisamente esperando en la puerta, por lo que, abrí el gran portón delescondite. Un arsenal de armamento, algunas quizás de colección. A Jillian, leencantaban aquellas obras de arte desde pequeño y siempre que viajábamosa alguna tierra lejana, aprendía sus artes de lucha y terminaba trayendoconsigo, el arma con la que aprendió. Un depredador letal, solo el simplehecho de pensarlo, un humano se mearía encima por el terror deencontrárselo cara a cara. Pero también, era dónde Marlond escondía unos cuantos autos derepuesto. Elegí uno de ellos y cerré la puerta de nuevo. Esperé que nadie mehubiera visto. Jillian, se enfadaría sobremanera, si alguien osara marcarcon los dedos sus reliquias. El marcador de la velocidad, se volvió loco y las revoluciones fueronllevadas al límite; parecía que en cualquier momento, el coche estallara enmil pedazos. Conduje lo más rápido que aquel cacharro me dejaba, pero apesar de ello, ya entraba el crepúsculo cuando me adentré en nuestrastierras. La desolación y la muerte, pasaban factura a cada paso. Bajé lavelocidad del coche, todas aquellas imágenes, calaron en mi mente como -173-
    • fotografías del abismo. Una niña, vagaba sola y sin sentido, con haraposcubiertos de mugre; su cabellos rubios, se tornaban tenues bajo la intensanube de humo que la cubría. Fui acercándome hasta ella, encogiendo mi alma inmortal como nuncalo había hecho. Arrastraba una muñeca de trapo por el suelo, a causa de supequeña estatura. Cuando llegué a su altura, su mirada me sobresaltó. Larabia contenida se hacía evidente, era imposible reconocer en su rostro, lainocencia o la dulzura de una niña de su edad. Me quedé descolocada un instante de mi propósito, debía llegarcuanto antes a la mansión. Sólo llevaba un día fuera y mi mundo, aquel queahora me arropaba en su infausto velo, parecía más el resquicio de lo que undía fue. Las ruinas, se agolpaban a mi paso y los cadáveres putrefactos de missemejantes, yacían apilados con mutilaciones varias. Bajé del cocheconsternada, abatida y cabizbaja. Sólo la inquietud de pensar que micompañero, hubiese caído también en aquella batalla, me hacía desfallecer. Subí las escaleras de la puerta principal, lo más rápido que mispiernas temblorosas me dejaron; incluso, tuve que empujar de forma bruscaa la multitud que se agolpaba ante ella pidiendo auxilio. Fueron instantes dramáticos, demasiado angustiosos. Logré pasar porla puerta, sintiendo como aquella multitud a empujones, luchabaaprovechando la oportunidad. Miré en todas direcciones y preguntando porMarlond. Ninguno me daba una respuesta fidedigna, no sabían nada de él. Me pareció ver a Jillian atravesar el vestíbulo algo enfurecido y conpaso firme. -¡Jillian!-, grité mientras me dirigía hasta él. Sus facciones se desorbitaron. La imagen de aquellos ojos encendidosy osados, cruzando su mirada hacia mi cara, atraído por la locura, me hizoadivinar en cierta forma sus acciones en un futuro inmediato. -¡Aaralyn!, ¿se puede saber qué haces aquí?, ¿no estás viendo en lasituación en la que nos encontramos?. Darklay ha colmado mi límite, ahoraMarlond no es el único que desea matarlo con sus propias manos-. -Jillian, no estoy tan segura que Darklay tenga algo que ver con todolo que ha pasado. Un hombre solo, no puede hacer en un par de horas, ladesolación que he encontrado a mi paso-, dije confiada de mis palabras. -174-
    • -Y tú, ¿cómo puedes saber eso si no has estado aquí?, ¿has tenidoalguna visión?-, dijo enajenado por la rabia y la desesperación. -No ha sido una visión exactamente. Lo he tenido frente a mí-, dijecabizbaja y con el tono de voz algo desatinado. Se movía de un lado para otro descontrolado, enajenado. En un súbitorepentino, lo tenía sujetándome del cuello con fuerza. Los orificios de sunariz comenzaron a dilatarse y sus ojos se oscurecieron. Aquellos síntomasque experimentábamos, cuando, en posición de ataque, nos disponíamos amatar. -¿Qué quieres decirme con que lo viste? ¿Dónde está Ann?-, dijobufando su aliento en mi cara. -Jillian, me estás haciendo daño, ¿es que quieres matarme?- mi vozentre cortada, denotaba un avanzado estado de asfixia. Soltó momentáneamente sus prominentes dedos de mi cuello. Intentérecobrar el aliento. No me iba a dejar hasta que le contara lo sucedido.Nuestro pequeño incidente con Darklay. -Cuando llegamos a la casa del lago, algo no iba del todo bien. Unaroma desconocido, impregnaba las paredes. Dejó a Ann en el coche, a salvo.Registré toda la planta baja y fue en un segundo, el sonido de tuStradivarius, se fundía entre ecos por todas las paredes. Me dirigí hasta elfoco mismo del sonido y allí estaba él, esperándonos. Se había adelantado alos acontecimientos, sabía que la llevaríamos hasta allí-. -Jillian, debí dejar los seguros del coche echados, cuando quise darmecuenta, Ann, estaba en la misma puerta expectante. Tuvimos varios crucesde palabras; gracias a la amnesia que todos hemos advertido tras nuestratransformación, se sintió confusa ante ellas-. Me trastornaba su silencio y la expresión de su cara. Con los brazoscruzados y altivo, no interrumpió mis palabras en ningún momento. Aquello,viniendo de él, desorganizaba todos los pensamientos de mi mente. -Le advirtió que la estábamos utilizando, que solo era una moneda decambio. Debía quedarse con él, o al menos, eso fue lo que yo entendí. Mesentía tan impotente ante la situación, que no fui capaz de tomar las riendashasta pasados unos segundos-. -Salió despavorida, Darklay, intentó salir en su busca, pero intentépor todos los medios, que no se produjese tal encuentro. Jillian, su fuerza es -175-
    • terrorífica, pudo haberme matado y no lo hizo. Me apartó de la puerta y fuecuando escuchamos unos desgarradores lamentos-. -Los dos nos quedamos mirándonos, él desde su posición y yo desde elsuelo, dónde me había despedido. La impotencia inundaba mi ser. Saliódespavorido hacia el lugar del violento sonido, intenté levantarme paraoponerme, pero me fue imposible-. -¿Me estás diciendo que viste cómo se la llevaba, sin impedirlo?Aaralyn, eras la única persona a la que consentí tal cometido como si yomismo lo llevase a cabo. Confiaba en ti. Pero en algo te equivocas: miStradivarius no dejo que nadie lo toque, era yo el que lo hacía sonar aunque,no fui capaz de retenerla-, dijo enfurecido y decepcionado. -Entonces, ¿la tiene él?, ¡contesta!- -¡No lo sé Jillian!, mis visiones se tornan confusas. Sigo sintiendo suesencia, pero…, no se ha transformado del todo. Cuando bajé las escalerashasta el vestíbulo, uno de los escalones se había resquebrajado, y entre lasastillas, una mancha de sangre ennegrecida, oscurecía el tono natural de lamadera. Intenté decírtelo, pero no me hiciste caso-. -¿Cómo que no se ha convertido del todo? Aaralyn, ¿de qué me estáshablando?-, dijo descolocado. -No sé lo que ha ocurrido con ella, sólo con la herida del desdichadoDorian, habría bastado para su transformación completa. Pero decidistealargar su agonía con repararla, y quizás las encimas mezcladas con lamedicación, dejaron alguna fisura en ella-, dije afligida. En ese momento, apareció Marlond a nuestro lado. No pude escondermis deseos y me abracé a él desconsolada. Mi acción, fue lo más humillante;había decepcionado a mi clan, a mí misma. Marlond, sabía que algo no ibadel todo bien. La expresión de Jillian, lo delataba sobremanera y mirepentino abrazo, lo desalentó. -¿Alguno de los dos puede contarme lo que está pasando?-, dijomientras me apartaba de su cuerpo y nos colocaba a los dos frente a él. Marlond había sido mi mentor. Era famoso por su mal talante y supoca falta de cariño hacia sus semejantes. Un solitario, así lo llamaban. Peroconmigo fue diferente. Nunca demostró un mínimo de afecto ante ningunodel clan, pero en privado, cuando su compañía ayudaba solventar mi tristesoledad, dejó que sus deseos afloraran. -176-
    • Ninguno, excepto Jillian, sabía de lo nuestro. Se había forjado unareputación y no deseaba mostrarse tal y como realmente era. Me brindabamuchos consejos cuando mi vida, parecía un acertijo y no sabía cómoresolverlo. Comprendiéndome, cuando nadie me entendía; estaba orgullosade su perseverancia. Pero ahora, dudé de su conduzca. Era la primera vez,que sentí, a pesar de su talante amable, que lo había defraudado. Se había esforzado hasta lo indecible por acogerme como parte de suvida, como su compañera en funciones a pesar de nuestro anonimato.Manteniendo la calma ante la desesperación de saciar sus deseos, cuando elmomento no lo requería, y ahora yo, lo estaba echando todo por tierra. -Marlond, ¡Aaralyn ha dejado escapar a Ann, con Darklay pisándolelos talones!, ¡esta inepta, no hizo nada por impedirlo!-, sus palabras sejuntaban unas con otras y era difícil seguirle el hilo de la conversación. Al escuchar sus palabras, mi aflicción hizo que perdiera las pocasfuerzas que me quedaban. Todo había sido por mi culpa, no debí… Me di lavuelta y bajé la cabeza en acción de sumisión. En aquel momento, Marlond,posó su mano sobre mi hombro, en gesto de esperanza. -¡Jillian. basta!-, dijo en reiteradas ocasiones. -Todos cometemos errores, ¿o es que no te acuerdas de tu incidentecon aquella…?-, argumentaba Marlond. -Todos nos acordamos de aquello, no hace falta que salga otra vez arelucir, bastante tuve en su momento, como para refrescar la memoria demuchos-, dijo Jillian descontento. -Jillian, debemos deshacernos de los cadáveres, estamos infestando lazona con demasiada carroña fresca, ayuda a los demás con ese cometido. ¡Esuna orden!-. Se quedó un instante mirando su cara sin mediar palabra,descontento y enojado sobremanera, acató de mala gana todo lo que Marlondexigió. Yo seguía de espaldas, sentía vergüenza de que sus ojos mirasen losmíos; no se merecía deleitarlos con mi presencia. Estaba asqueada,impotente, terrible y ostreramente afligida por todo lo acontecido. Intentó darme la vuelta pero se lo prohibí. Nunca había actuado deesa manera con él, pero estaba demasiado inconsolable, como para aguantarotro jarro de agua fría saliendo de su boca. -177-
    • Corrí despavorida hacia cualquier lugar donde nadie, pudieseencontrarme. En ese momento, tuve una visión. Paré en seco, la gente meenvolvía en su ir y venir sin descanso, pero eso no impidió que mi cabeza,mandara fuertes punzadas y me hiciese retorcerme en el suelo. Duró solo unos segundos, como en general, la infinidad de ellas. Peroesta vez, era ella. Estaba sentada en la arena de una playa, sosteniendo ensus manos un libro. Quise acercarme hasta las palabras, escritas a mano,que con tanto ahínco, leía sin perder el hilo. Logré leer un pequeño pasaje, apenas unos segundos que me haríanencontrar algunas respuestas sobre su paradero: “El dolor, más queinsufrible era un susurro constante de su nombre palideciendo en mi mente.Intenté sacarlo de mi cabeza, pero el amor; este sentimiento estúpido quenos anima a caminar en esta vida, no desea apartarlo de ella. Jillian, Jillian,su nombre palidece mis sentidos, ilumina mis noches insatisfechas, corroemi existencia.” Cuando salí del trance, intenté incorporarme. Marlond estaba a milado, acongojado, expectante. -No está con él. La vi en una playa, no muy lejos de aquí, divisé uncartel de carretera. Está en el norte, tiene en su poder una especie de diarioque sostenía entre sus manos. La página dónde se encontraba en elmomento de la visión, hablaba de Jillian, de su amor por él-, dije mientrasintentaba levantarme agitada. -Eso es bueno, ¿no?, Aaralyn, no te preocupes por Jillian, cuando lascosas no salen como él desea, se comporta como un niño malcriado sincontrol en la lengua. No dejaré que vayas sola, Darklay es peligroso-, dijointentando reconfortarme. -Marlond, Darklay no es el culpable de todo lo que nos está pasando.En cierto modo, creo que quiere protegernos de un mal mayor-, dijeafirmativa. -¿Estás diciéndome que Darklay está de nuestra parte?-, dijoextrañado y en desconcierto. -Eso es lo que intentaba decirle a Jillian, pero no entraba en razones.Ella, es la clave de acontecimientos venideros. Por su forma de actuar, seadelanta a los acontecimientos, sus visiones serán, en cierta forma, másnítidas que las mías. Nos encontró en la casa del lago e intentó retenerla conafán de explicarse. Yo intenté detenerlo y ella salió huyendo, llevándose -178-
    • consigo el coche. Tuve que coger uno de los tuyos prestado para llegar atiempo y avisaros-, dije algo más calmada. Algo que reverenciaba de Marlond, era la forma en la que solíaescuchar a su interlocutor sin rechistar, a pesar de que, algunas de lasconversaciones en las que se veía involucrado, fuesen sencillamenteaburridas. -Entonces, ¿quién está detrás de todo esto?-, dijo preocupado. -La respuesta la tiene Darklay. Si encontramos a Ann, loencontraremos a él. Debemos hablar, dialogar y crear una alianza con él.Ahora, será algo difícil. El único, con el que llegaría a algún acuerdo, yescucharía sería a ti. Cuando sepa algo, te haré llamar. Mientras tanto,hacer lo convenido-, dije mientras acariciaba su lánguidas mejillas con losdedos y me marchaba. Seguía dándole vueltas a la cabeza. Mis visiones muchas vecesescondían una doble intención bajo el forro, solo tenía que averiguar cuál erala respuesta y pronto. Cuando estaba a punto de salir por la puerta, la luz,se hizo visible. Corrí de nuevo en busca de Marlond. Lo que acababa de descubrirpodía ayudar, al menos, nos daría un poco más de tiempo. -¡Marlond!, ella sujetaba un libro. Había escritos de puño y letra.¿Qué documentos están en nuestro poder que están escritos de esta forma?,¡Marlond, piensa!-, dije triunfante. -¡Los archivos de la gran purga!. Si tiene algo que ver con aquello, elpasado vuelve a atormentarnos. Razón de más para que permanezcanocultos-, dijo preocupado. -Pero esos archivos, ¡están sellados!, solo Oscar puede abrirlos y nostraería muchos problemas que llegara todo esto a sus oídos. Son archivosmuy importantes, si llegan a descubrirte, te matarán-, dije consternada. -Tú ve en busca de Ann, yo, encontraré la forma de coger el libro.Aaralyn, te quiero-. Me dejó inmóvil, impresionada por su gesto. Algunos de los quepasaban por nuestro lado, escucharon sus últimas palabras y lo miraban conextrañeza. No pude responderle, me dejó muda. Le dediqué una sonrisa yproseguí con mi marcha. No sin antes, avisar a Jillian. -179-
    • -Jillian, Marlond te necesita. Es importante que estés a su lado en loque está intentando hacer. He tenido una visión, voy a por Ann. No está conDarklay, puedes estar tranquilo. ¡Ah! y está enamorada de ti-, le dijemientras me alejaba. Estaba algo más ligera de mente. Había dejado atrás un gran peso,esperaba que todo saliera con éxito. Viajé durante un par de horas hastavislumbrar el cartel. Todavía quedaban cuarenta y cinco kilómetros,esperaba que no fuese demasiado tarde. La noche ya se había echado encimay quizás se había movido de posición. Dejó mi mente entre ensoñaciones. No esperé que nunca secomportara de aquella forma. No existían muchos momentos parachismorreos, pero estaba segura que a mi vuelta, la gran mayoría hablaría aescondidas sobre su gesto hacia mí. El amor que nosotros sentíamos, era solo un reflejo del amor terrenal.Algo más místico y sexual, pero el amor tiene muchas formas y la pasión, esuna de ellas. Había leído, que en estas situaciones, el corazón se acelera,latiendo a tal fuerza, que parece salirse del pecho. Un hormigueo, recorretodos los resquicios del ser y lo envuelve en una nube imaginaria deendorfinas. Lástima no ser humano para experimentar todas esas sensacionesjuntas sólo un instante. Estaba abrumada, un humano se hubiese sonrojado,en cambio yo, con mi piel siempre pálida y fría, no experimenté ningúncambio. Marlond, siempre solía decirme que yo era especial, a pesar de miolvido, seguía manteniendo intactos algunos sentimientos de mi otra vida. Fue en esencia, lo que le hizo arraigarse a mí. Era tan igual a ellos,pero tan distinta…, cosa que lo atrapaba a esos encantos que ni yo misma,era capaz de desvelar. Fui bajando paulatinamente la velocidad, comencé a vislumbrar laluna reflejada en el agua y escuchar el sonido de las olas al romper con laorilla. Intenté buscar dentro de mi mente. Recrear a cámara lenta,escrutando cualquier detalle, por pequeño que fuese, que inspirase algunapista fiable. Bajé del coche despacio. Teníamos la facilidad de ver en plenaoscuridad, de la misma forma que, hasta los torpes humanos lo hacen en elraso día. Vislumbré una pequeña malformación en la arena, probablementehecha por algún objeto pesado sobre ella. Ni tan siquiera el aire que solíalevantarse en contra partida por las mareas, deshizo tal hendidura. -180-
    • Temí asustarla si aún se encontraba en aquel lugar. Me acerqué lomás sigilosa posible. Al acacharme, contemplé con mayor claridad, lasformas de sus piernas, el respaldo de la mochila y sus pies descalzos;marchados hasta la orilla. Miré hasta donde la vista me dejaba alcanzar yen todas direcciones. Un objeto, semienterrado, destacaba con el resplandor de la luna enél. Una ánfora con… ¡no podía ser! Pero, estaba precintada. El líquido quecontenía, no había sido derramado ni una sola gota. Al sostenerlo entre mismanos, mi cuerpo comenzó a convulsionarse y caí de bruces a la arena. “Darklay, le ofrecía el elixir de la vida a Ann. Quería protegerla ¿denosotros?, creo que no. Ella la sujetaba con inquietud entre sus manos, y enun momento de debilidad, ¿amor?, guardó de nuevo en su escondite laánfora. Una espesa nube de humo, no dejaba ver lo que había más allá dequizás medio metro delante de mí. Cuando poco a poco, se fuedesvaneciendo, pude ver entre disconformidades, algo que no llegaba a micomprensión. Morrigan, o Morgana, como algunos solíamos llamarla,apoyaba sus huesudos dedos en el hombro de Ann”. Abrí los ojos sobresaltada. Intenté reponerme lo antes posible de todolo que acababa de ver. Presentía que la imagen de Morgana a su lado, era lacausa de que mi ceño se frunciera, intentando asimilar tanto sobresalto, lomás rápido que mi mente me dejaba actuar, mientras miraba, con los ojosperdidos, la inmensidad del mar y el reflejo de la luna en él. Es la criatura más terrible del reino de las sombras, sin embargo,también existen ciertos apelativos que definen un poco mejor su condición:“la Gran Reina”, o suprema de la guerra, como era coloquialmente conocida.Me quedé traspuesta, ¿cómo Morgana entraba en todo esto, no estaríapensando hacerla…? Mi mente viajaba a miles de segundos por delante del tic tac del relojde pulsera, que solía llevar más por adorno conformista, que por su merohecho de utilizarlo. Ella no estaría sola, Badbh, su más guerrero fiel y Macha; tresaspectos diferente de una misma unidad. No encontrarías a uno sin tener encuenta, que los otros dos, estarían cubriendo sus espaldas. Asumía la formade cuervo, era de los pocos seres, que podían transformarse. Sería muyenrevesado el pensar, que aquel cuervo fuese ella, pero ahora, no sabía loque era una simple visión de algo banal o la realidad. Algunos desdichados, hace ya algunos siglos atrás, según contaba enciertas ocasiones Marlond, la hicieron llamar por medio de la incitación; -181-
    • graznidos de manadas de cuervos acechantes, alarmados por el sonido que eleco, hacía reproducir una y otra vez atravesando una gran extensión deterreno, a causa de los cuernos al sonar. Ayudó a incrédulos osados que clamaron su ayuda en la batalla, de loscuales, nadie llego a saber nada más de ellos, después de su victoria en lacruzada. Vieron su voluntad sometida ante aquella que susurraba promesasen sus oídos. Se les concedieron virtuosos dones que, pronto terminaronconvirtiéndolos en simples lacayos a su merced. Son aquellos elegidos, quellevarían al ejército de las sombras a la última batalla; esa que Morgana, ensu silencio a voces, maquinaba sin descanso. El asunto se estaba convirtiendo en algo más que una simple riñapasajera. Ahora comprendo la postura de Darklay, debí imaginarlo cuandoaquel cuervo, nos sobrevoló graznando enfurecido. Tenía que salir de aquellugar cuanto antes. Estábamos caminando en círculos, nos equivocábamos. Intenté seguirle la pista a Ann, pero su olor había cambiado, seesfumó. Ansié concentrarme de nuevo, tratando de encontrar algúnresquicio de ella procurando ser imparcial con mi mente, pero fue absurdopretender ver algo que ni tan siquiera mi don, me permitía contemplar. Tenía que volver a la mansión, habían pasado varias horas, y en esepequeño transcurso de tiempo, las cosas podían haber dado un vuelcoinesperado que no atendiera a razones. Algunas de ellas, no tendrían vueltaatrás, y estábamos equivocados. Marlond, estaba apostando su pellejo por un libro que no tenía nadaque ver con Morgana y sus propósitos, aún por averiguar. Imploré que no loreprimiesen por aquel gesto. Con mis ansias depredadoras ante lo que es mío, volví al cocheponiéndolo tan forzado que no me importó salir por los aires: mi misión eraen este momento, avisarlos de los propósitos inciertos de Morgana. Tampoco vi indicios de Darklay en la arena. Clamaba una y otra vezen mi mente, que Ann, se encontrara con él, al menos, me sentiría dentro delo que cabe, algo más calmada. El medidor de la gasolina, llevaba avisando desde hacía un rato, queestaba en reserva. Intenté apurarla al máximo, ya quedaban solo un par dekilómetros, cuando el coche me dejó tirada. La última gota de gasolina, -182-
    • había terminado por evaporarse a causa del calentamiento del motor y delauto en general. Salía humo de todos sitios, bajé del coche. Marlond, me reprimiría poraquello, pero ahora no había tiempo para contemplaciones. Caminé lo másrápido que pude, intentando no perder de vista, entre tanta vegetación, lapequeña senda que marcaba el camino. Unos ruidos entre la maleza, agudizaron mis oídos y me hicieronretenerme un instante. Miré en todas direcciones, los ruidos habían cesado.Tenía la impresión que me estaban siguiendo, por eso, retorné mi caminoandando despacio y expectante. En un instante paré en seco, un zorro algo desorientado, corriódespavorido entre mis piernas, casi llega a tirarme al suelo de bruces.Cuando me calmé, proseguí mi camino a un paso más ligero. ¡Estúpidozorro!, casi me hace echar la hiel. Una forma etérea, o quizás las sombras de los árboles con la luz de laluna, dibujaban tétricas presencias ante mí. Sus movimientos eran rápidos,apenas perceptibles por ojos desentrenados en la materia. Logré a distinguirtres tipos de sombras, que me zarandeaban de un lado a otro, en mi causa deno perderles la vista ni un instante. De la misma forma en la que aparecieron, retornaron a su oscuridadincandescente. Ya vislumbraba las ruinas del poblado, las hoguerasrezumaban pavesas a diestro y siniestro en el aire impuro de aquella nochefunesta. Apilados en montones predispuestos, esperaban a ser calcinados,un centenar de semejantes. Otros, sin embargo, en un silencio absoluto, losadmiraban temerosos por ser ellos los siguientes. Mirara donde mirase, la desolación se hacía inminente. Recordé aaquella niña, no entiendo el por qué, pero apareció en mi mente por algunacuestión hierática. Había cosas de ella, que no llegaban a cuadrarme, enesencia era extraña. El cansancio, hacía mecha en todos nosotros. En los que concentrabanmás leña en las hogueras; los que apilaban los cadáveres; los que buscabansoluciones. Cuando entré en la casa, un silencio sepulcral, acompañaba mispasos. El ajetreo de la mañana, había dado paso a la tranquilidad extrema.Busqué a Marlond en sus aposentos, pero los encontré vacíos. Lo mismopasaba con Jillian. Me acerqué al gran salón, y todo estaba desierto. -183-
    • Inquieta, vacilé buscando en todos los pasillos, en habitacionescomunes y no hallé ningún indicio de alguna presencia. Mi respiración seaceleró, necesité un instante para dejar mi mente en blanco y no recrear loinimaginable. Apoyé mi espalda en la pared de piedra, cerré los ojos yrespiré hasta tres veces; dejando todo el supuesto aire, que mis pulmonesresecos, hacía ya bastante tiempo que no lo albergaba, en absoluto silencio. Aquella acción, que desde siempre realizaba como un propósitonecesario para mi existencia, y que sin embargo, era simplemente unacostumbre primitiva que no dejé de realizar, a pesar de ser innecesaria. Escuché unos susurros, retumbando en la piedra que ahora, sujetabami espalda. Sólo había un lugar en el que me había sido absurdo eimpredecible mirar: El salón de reuniones. Era obvio, según avanzaban los acontecimientos, el consejo debíatomar medidas. Me dirigí temblorosa hasta situarme en la puerta, todoestaba en silencio. Abrí despacio, sin saber a ciencia cierta lo queencontraría en su interior. La imagen dantesca que se representaba ante mis ojos, dejóparalizada mi mente un instante. Un ser horrible del clan de donde proveníaDarklay; un engendro de criatura, pero al fin y al cabo, uno más en lacadena; se debatía entre gritos y difamaciones en un idioma incomprensible,mientras intentaba deshacerse de las cadenas que lo mantenían apresado alpilar mayor. A pesar de su musculatura que se hacía evidente; las costillas, semarcaban en su piel consumida y desgarrada. Sin sexo aparente, las piernasse juntaban con la espalda en un conjunto imposible. Sus manos, largas ygrandes, destacando en proporción con su cuerpo. Lo mismo le pasaban asus pies, éstos con uñas larguísimas y de un tono negruzco; garrasdepredadoras mortales, con falta de empeine. Pero su cabeza deformada, con aquellos ojos ensangrentadossaliéndose de sus órbitas; con solo la cuenca de la nariz, y una boca provistade diminutos dientes afilados y sin ningún indicio de desgaste, encogió miestómago hasta hacerme sentir unas nauseas incesantes. Eché un paso atrás desalentada. Nunca había visto una criaturasemejante. -Aaralyn, ¿traes noticias?-, dijo Oscar entre risas. -184-
    • -Si, creo. ¿Qué es eso, Oscar?-, dije tapándome la boca y con gestoasqueado. -Querida Aaralyn, muchacha, te queda mucho por aprender. Acércate,no muerde. Es un Ghul, a pesar de su aspecto tan espantoso, hubo untiempo que fueron humanos. Se vieron obligados a recurrir al canibalismo, ytras pasar muchos años en criptas oscuras, experimentaron esta horrorosatransformación. Hasta entonces, pensábamos que su hambre eterna, solopodía ser saciada con carne humana, pero tras la escasez de ellos, hancambiado algo sus hábitos y las muertes acontecidas, han llamado suatención-. Yo, no podía dejar de mirarlo con desprecio y con aire repulsivo. Pocoshabían llenado la gran sala de reuniones: algunos superiores, tres o cuatrodel consejo, varios jefes de clanes vecinos y diversos familiares honorables. Caí en la cuenta que, el asunto era más grave de lo que se podía llegara imaginar. Calmé mi sino, al ver entre los asistentes a Marlond y Jillian.Miré de nuevo a Oscar, que prosiguió con su relato. -Después de la Gran Guerra, los necrófagos, que es a la especie dondelos engrosamos, generalmente se volvieron más atrevidos y se multiplicaronen las tierras del norte. Son los “comedores de muertos”. Normalmentevagabundean en grupos, pero a éste, lo encontramos escabullido de sumanada, engullendo a uno de los nuestros-. -Un humano vivo, es materia prima, que debe ser procesada antes desu comida. Los dejan corromperse, hasta que el olor a putrefacción se haceinsoportable. Entonces es cuando los devoran. Con nosotros en cambio, nonecesitan el primer paso, ¡ya estamos muertos! ¿No sanguijuela inmunda?-,dijo mientras lo agarraba del cuello levantándolo unos palmos del suelo. -Oscar, no comprendo por qué no te has desecho ya de este engendro,¿no le pensarás dar una utilidad y guardarlo en la casa como reliquia?-, dijoMarlond enfadado ante los juegos de Oscar. -Querido Marlond, ¿tú tampoco has aprendido la lección?-, dijomientras dejaba de nuevo al ser en el suelo, retorciéndose de dolor yagarrando su cuello. -¿De qué estás hablando?-, dijo uno de los jefes que allí asistían. -Son resistentes a los venenos más comunes, pero vulnerables a laplata. Con su sangre y unos cuantos componentes más, Aaralyn sería capazde hacer un veneno tal, que nos haría invencibles-. -185-
    • -Oscar, estás delirando. Tenemos familias y tememos por ellas. Yo noestoy de acuerdo con tus decisiones. Cogeré a mi pueblo y huiremos lejos, alas tierras del este-. Comenzaron a escucharse susurros, que poco después se convirtieronen voces unas chocando con otras, hasta llegar al extremo de no entender,nada de lo que ahí se comentaba. -¡Ineptos!, ¿No sabéis lo que estáis diciendo? Los Ghuls, son los lealesesbirros de Morgana, si ellos están cerca de nosotros, ella no debe de andarlejos-. Al escuchar aquel nombre, todos se callaron al unísono. Sus gestosfruncidos y las caras de desolación, se hacían evidentes. Morgana, era tanimportante y a la vez tan temida, que ninguno quiso volver a pronunciar sunombre. -Oscar, sí que tengo algo nuevo que añadir; pero no va a ser de tuagrado-, dije mientras me acercaba hasta su altura. -Estábamos equivocados en nuestras suposiciones. Todo, o si no, partede todo lo que está aconteciendo, tiene que ver con ella. En la casa del lago,Darklay deseaba proteger a Ann a toda costa de algo, que precisamente noera mi presencia. Un cuervo, altivo y amenazante, pasó sobre nuestrascabezas graznando enfurecido-, argumenté. Oscar, llevándose la mano a la barbilla, acarició con uno de sus dedossu prominente mentón a la vez que maquinaba respuestas en su mente. -Siento que un mal mayor se acerca. Me siento en la necesidad decontaros una pequeña historia, que se mantuvo oculta entre los superiores,por miedo al terror colectivo del clan-. Necesitó un asiento, que rápidamente le adjuntaron. Con su talanteserio y con gesto de preocupación, palabras bien pronunciadas y midiéndolasal milímetro, advirtió lo que sería el holocausto. “Corrían ya los tiempos del cólera, no sin ir demasiado lejos en eltiempo. Morgan Le Fay, como algunos la llamaban, ha sido desde sunacimiento, la hechicera más temida por todo ser conocido. Para muchos, laclara personificación del mal, el odio y la venganza; así como la bellezaardiente, el deseo, la tentación y por encima de todo, la pasión. Mujer capaz de convertirse en cualquier criatura, como muy bien sesabe, el cuervo es su predilecto. Pero no se puede subestimar, porque suforma humana, es tan poderosa como cualquiera de sus conversiones. En -186-
    • ésta forma, puede persuadir a los mortales y los no muertos mediante latelepatía; ver el futuro e incluso alterarlo. No divulgando más de lo que uno pueda estar más que orgulloso de uncurrículum tenebroso y lascivo, en plena decadencia de la edad media,rozando la eterna añorada ilustración, Morgan, se enamoró de Darkay. ¡Sí!, no miréis todos en desatino. Aquel ser, sin saber los motivos, leatrajeron al hijo de Exadius; aquel que como todo el mundo sabe, murió amanos de nuestro heráldico Marlond. Pero el joven, con corazón mortal yvariable, se enamoró de Elisabeth Williams; hija de un ilustrado doctor ycuyos hobbies más ocultos, podían incluirse: inquisidor de nuestrossemejantes. Morgan, haciéndose pasar por una aldeana, logró ganarse la amistadde Elisabeth con creces. Su poder de sugestión, llegó hasta límitesinsospechados, ya que con el tiempo, Elisabeth llegó a ser su pupila; sin tansiquiera llegar a la cuenta de lo que en realidad haría con ella. La relación entre Darklay y Elisabeth, llegó a un punto más quepreocupante y Morgan, en su intento por separarlos, los unió aún más.Persuadió a un joven apuesto, de tal forma que su amor por Elisabethllegase hasta la locura y la desesperación por poseerla. Una mañana, el joven armado de amor y deseo por hacerla suya, sepresentó ante el padre de ella, y pidiéndola en matrimonio, amenazó demuerte al viejo y desalentado médico, si no daba a su hija en nupcias con supersona. El pobre médico, a pesar de su desacuerdo, aceptó entregar a su hijaen matrimonio con aquel maltrecho lozano. Los planes secretos de Darklay,habían sido descubiertos por Morgan, y aquella noche, mandó llamar a susesbirros al pueblo. Se hicieron pasar por inquisidores supremos, ataviados con túnicasque no dejaban entrever ningún resquicio de sus cuerpos, y maltrataron portodo el pueblo, a la forma humana de Morgan. Indujeron a trance a lamuchedumbre, levantados en júbilo ante tal acto, como una manada deovejas modorras, hasta el viejo monasterio del bosque. Sabía que Elisabeth, intentaría seguirla por todos los medios.Morgan, le había desvelado parte de los secretos mágicos de la alquimia y lateología. No la dejaría marchar tan fácilmente. -187-
    • Su mente, estaba tan corrompida por todos los pensamientos queMorgan le introdujo con afán de su propósito, que aventuró a vislumbrar enuna de sus visiones, que la capturarían dentro del monasterio. Elisabeth, logró escapar de aquel infierno, dirigiéndose a su casadesalentada, lo más rápido que le fue posible. La Morgan, fue quemada en lahoguera como manda la tradición, ¡incrédulos insolentes!, pensaron quehabían terminado con la “bruja” como ellos la llamaban. Pero el as que escondía en su manga, no tardaría en asomarse denuevo ante el destino funesto, que tenía preparado para ella. Una noche,ungido en desesperación y rabia, el padre de Elisabeth, mandó a la doncella,que preparase con real esmero a su hija para su pedida en matrimonio. Ocurrió lo que cabía esperar. La muchacha, al encontrarse en talextrema situación, leyendo a su corazón indomable palpitando por Darklay,sintió la necesidad de clavarse un puñal en el corazón, dejando que su vida,se desparramara por el suelo de la habitación. Darklay, afligido y desalentado, no prohibió el cruel desenlace. Sabíade las intenciones de Morgan. Nunca los dejaría amarse, nunca podríanestar juntos aún escondiéndose. Por represalia a tal acto, Darklay, condenó a Morgan a una vidaeterna en desamor afligido y en condena sin consuelo. Cosa que le hizoenfurecer sobremanera”. Todas las miradas, seguían atónitas el espeluznante relato que Oscar,nos contaba en aquel instante. Lo que no llegaba a comprender, ¿qué teníaque ver la historia de amor de Darklay con aquella muchacha, con lasrepresalias que en la actualidad eran llevadas a cabo por Morgana? Y, ¿por qué Darklay protegía con su vida inmortal a Ann?, ¿tenía ellaalgo que ver con toda esa historia? En cierta forma, él sabía que Morgan nunca le haría daño, era uncirculo vicioso con más vértices de los que podía llegar a imaginar. Deseéexpectante que Oscar prosiguiese su historia, se había quedado en un puntomás que importante para todos los que allí, escuchábamos atónitos aquelrelato que, se nos había ocultado durante mucho tiempo. En ese instante, Oscar, se levantó sobresaltado de la silla. Movió sucabeza contorsionando el cuello, dibujando formas imposibles ante nuestrosojos. -188-
    • -Se acerca. Debemos esconder los cadáveres que todavía no han sidoquemados. Ella viene hacia la mansión-, dijo en tono serio y acusador. Pausó su voz un instante y de repente, soltó una gran carcajadamientras admiraba nuestras caras de espanto ante tal acto. Más de uno,tuvo la necesidad de acabar con su vida en ese instante, pero era el másfuerte del clan. Había vivido casi desde el principio de los tiempos, era unancestro soberano, todos le temían, ninguno era capaz de llevarle lacontraria. -Creo que ya es hora de proseguir con nuestras tareas, estoy cansado-,dijo mientras se apoyaba en el brazo de su asiento y llevando su vieja manotemblorosa a la frente en acción de meditación repentina, en silencio. -Oscar tiene razón, el día ha sido demasiado largo, necesitamosdescansar, pero sin dejar nuestros propósitos. Debemos buscar una soluciónpara todo esto-, dijo Jillian levantándose de su aposento. El cansancio se hacía evidente, pero más por la falta de alimento.Descuidamos nuestras cacerías nocturnas, y nuestros cuerpos se debilitabanpor momentos. Llegué a desear ser humana una vez más; ellos, con un sueñorevitalizador y un desayuno virtuoso al despertar, son capaces de soportartodo un día sin sobre cargarse demasiado. En cambio, a pesar de mantener un instante los ojos cerrados enanhelo de la simple acción de soñar, sería imposible. Enfurecida, apenas sinfuerzas, caminé por los pasillos vacios, escuchando como el eco de mis pasos,retumbaban en las paredes. Sentía lástima por Ann. Pero por otra parte, la envidiaba hasta talpunto, de dar mi posición, por ser como ella, en ese mismo instante. -189-
    • 15 La revelacion Mi mente, quedó suspendida y transparente. Deseé concentrarme enla única obsesión de encontrar algún resquicio de ella. Abrí la puerta, losrayos del sol, ya se vislumbraban detrás de las oscuras montañas y el humode las hogueras, poco a poco, desaparecía en el aire. Una bocanada de aire putrefacto, sacudió mi cara de repente. Miré ami alrededor, sin conseguir calificativos ante lo que mis ojos vislumbraban.Qué difícil es admirar, todo lo que has conseguido con esfuerzo, calcinado ydemolido ante unos ojos temblorosos por un futuro que, aunque incierto, nodejaba de corroer mi mente dolorida. Se estaba reblandeciendo el poco corazoncito que llegaba a quedarguardado ante tanta oscuridad. Estaba descubriendo sensaciones,sentimientos ocultos, que no llegaba a comprender. La melancolía, meabrumaba. Marlond, se quedó en la sala de reuniones, meditando soluciones conlos demás y Jillian, volvió fuera a su cometido. Oscar, llevaba demasiadotiempo sin probar bocado, nos preocupaba que su naturaleza abrupta, noentrara a razones, y comenzara a devorar cualquier figura que se posaraante él. Caminé hasta el antiguo mausoleo de la familia, donde seencontraban todos aquellos que, por alguna razón o por otra, habían tenidoel privilegio de descansar en aquel lugar. Lo cierto es, que no llegué aconocer a ninguno de los que allí se encontraban, pero, era el único lugardonde me apetecía estar en aquel instante. Deseaba ocultarme ante el mundo, sentía la necesidad de escucharalguna revelación imperceptible. Me quedé inmóvil ante una de las enormeslosas de piedra, que se extendían a lo largo del mausoleo. Esta guerra como espíritu mártir, estaba consumiendo mi sino.Esperando en el silencio, mi memoria ansiaba una respuesta justa. Nodeseaba esta vida cruel y sin sentido. Yo, seguiré permaneciendo en elmiserable mañana y ahora, cuando más necesito una revelación, no consigoencontrarla. No conté el tiempo que estuve sentada en una de las tumbas, mirandoa ningún punto fijo, con la mente perdida, desolada, asqueada. Busqué en el -190-
    • cielo, esperando sentir en mi blanquecina piel, el calor del sol, la belleza dela luz. En ese momento, recordé que todavía escondía en un pequeño bolsillo,la ánfora que encontré en la playa. Su cometido, no era el que ahoraacontecía. Enajenada, sin esperanza, en una situación violenta para mi clan.Un instante ilícito, que me hizo abrir el precinto que cubría el valioso líquidode su interior. La casualidad no existe, pero el camino del inmortal no es tanpredestinado. El tiempo y la historia, nos muestra como debería ser en loscaminos de la existencia para saber, por qué estamos aquí. Ser consciente de todo lo que estaba por venir, si alguien no poníaremedio, era un tormento que corrompía mi ser. Nos centrábamos en cosastan banales, que no llegábamos a admirar el alcance que sólo una persona,la Morgan como la llamaba Oscar, sería capaz de hacer. La naturaleza se vestía con el horror de tanta belleza a mi alcance.Casi como un juego que comienza inocentemente, llevé hasta mis labios elelixir que cambiaría el rumbo de mi historia, aquel que me convertiría en unmortal. El aire, comenzó a tantear mis intenciones, y removiéndoseensortijado, llevó el cabello hasta tapar mis ojos. Me detuve en el intento. Bajé despacio la pequeña botella intentandono derramar gota alguna. La sensación de inminencia, crecía lentamente.Rauda, como un relámpago, aquella mano se depositó en mi hombroaletargando mis sentidos. Los colores revivieron ante mis cansados ojos, crucé los bordes deltiempo dejando el hoy atrás, para sentir de nuevo, por un instante, la calidezde la vida en mi piel. Respiré el aire con ansiedad, recordé; acercando misdedos sobre el brazo, la dulce sensación en la dura corteza en la que se habíaconvertido mi piel, con el tacto de una caricia. -No estás consciente. Tus manos siguen ahí, es solo que no sabes queestoy aquí. Dolió mucho, sientes la necesidad de liberarte y volver a dondeperteneces; te escapaste otra vez, no eres capaz de soportar la carga que sete ha encomendado. Débil criatura, siempre huiste con el menor de losresquicios, pero ahora, tu labor es importante. Cierra la ánfora que tu manotemblorosa sostiene entre sus dedos. Éste no es tu propósito-, dijo aquellavoz casi angelical, de la persona que todavía mantenía su mano sobre elhombro. -191-
    • Los rayos del sol, cegaron repentinamente mis ojos no dejándomeadmirar el rostro de mi acompañante. Solo entre sombras, una criatura demediana estatura, con un cabello largo balanceado por el viento y su vestido,que transparentaba unas piernas delgadas y sin formas. -Esta es tu creación, reprime tus nudillos y guarda la ánfora al lugarde donde la sacaste, fría como el viento del norte en diciembre; frío es elgrito que suena en tu mente, pero no desvanezcas Aaralyn-. -¿Cómo ahuyento todos los temores que llevo dentro?-, pregunté a lapresencia que ahora, despacio, se dejaba ver en esencia. -Encontrarás tu camino; tu luz, será la luna; en ella hallarás todas tusrespuestas. No te dejaré sola, ser de mi existencia. Esperaré que el tiempovuelva a traer la alianza que un día nos unió-, dijo encogiendo sus piernascasi hasta arrodillarse ante mí. Sus ojos, brillaban; mientras que sus manos temblorosas, rozaban losduros gestos de mi rostro. Parecía estar viendo mi vivo retrato en aquellamujer, que pretendía con aquel gesto, apaciguar mi mente perturbada. Suslargos cabellos negros, dibujaban estelas en su delgado cuerpo; sus grandesojos verdes, miraban con añoranza un bien perdido; pero yo, sin embargo,por más que intentaba recordarla, me fue imposible. Solo quedaba latenteuna extraña sensación y el secreto que escondía. Representaba un profundo bienestar curativo en mi mente, el centrodonde sabiduría y curación fluyen siempre aún en el momento de la muerte.Hacía mucho tiempo, que no sentía la calidez de una caricia y eso mereconfortó. ¿Qué extraño don escondía entre sus manos con el cualsensaciones y sentimientos se entrelazaron asumiendo su forma original? Deseé hablarle, aprender más de ella, saber al menos…, su nombre.Se desvaneció cuando las nubes cubrieron el generoso sol, que con susllameantes haces de luz, calmaron mi sed por un instante. Mi mente, volvióa la normalidad, no entendí lo que acababa de pasarme, ¡qué visión tanextraña y real! Cerré con sumo cuidado la ánfora y la guardé de nuevo en mi bolsillo.El aire gritaba enfurecido y las hojas de los árboles, se debatían en duelo porseguir ocupando su lugar en las vestiduras de sus ramas. Algo se avecinabay mi intuición, o al menos, lo que quedaba de cuerda en ella, me incitó alevantarme en desesperación por volver a casa. El graznido de un cuervo, me hizo girar la vista hasta un árboldesprovisto de vida. Una intensa luz blanca, cegó mis ojos y a pesar de -192-
    • cubrirlos con mis tímidas manos, se apagó en el mismo instante en el que unrelámpago zigzagueante, atravesó el cielo seguido de un estruendoensordecedor. Pude distinguir a Morgana, tomando de la mano a Ann. En eseinstante, volví al relato de Oscar. ¡Ann se ha reencarnado en el cuerpo deElisabeth, o ella piensa que es Elisabeth!. Esto me dejó descolocada einmóvil. En ese momento, el cuervo voló despavorido dejando en su huida, unpar de plumas deslizándose suavemente hasta que rozaron el suelo. Algo medecía que las cosas habían cambiado de rumbo, la historia estabacambiando. Lo dejé todo atrás, sola y horrorizada, eché un último vistazo al lugardonde me encontraba capturando en mis retinas aquel sentimiento austero,de una pena que; en vano, contra toda preocupación, no volverían a traer denuevo la gloria de todo un tiempo, que un día fue real. Siempre me puso nerviosa, pero en ese instante, estaba un segundomás allá; insegura de sobrevivir a lo que se avecinaba. La realidad es aveces un síntoma que, cambiaba mi perspectiva haciéndome más vulnerableante las acciones que, de una forma o de otra, herían mi consistencia. Pero,sea lo que fuese, lo que aquella mujer me instigaba a desechar como algoerróneo, me hizo recobrar la cordura y correr hasta la casa sin mirar ni unsegundo más atrás. Los estruendos en el cielo ahora oscuro y penetrante, se sucedían acada paso que daba. Escuchaba en mi cabeza, cientos de voces sin llegar aoír claramente lo que hablaban, llenando mi cabeza de gritos consumidos enla locura. Aceleré mis pasos, mezclándome entre el viento codicioso, queintentaba retroceder mi llegada. Todo estaba calmado y en silencio cuando llegué al vestíbulo. Peroaquellas voces, seguían en mi cabeza consumiéndome. Jillian, saliócabizbajo detrás del segundo pasillo, sin rumbo. Me acerqué a él, después dehaberlo llamado un par de veces, pero estaba sumido en sus pensamientos,que cuando tomé su brazo, no pareció retenerme ante tal acto. -¡Jillian!, te he estado llamando, ¿no me has escuchado?, ¡Jillian!-, ledije mientras lo vapuleaba. -Siempre buscando lo que tus ojos no pueden ver, necesitando lo quetus manos, no pueden alcanzar; y sin embargo, todo el tiempo lo tuviste -193-
    • delante y no fuiste capaz de pensar que sentías la necesidad de hacer algoen ese momento-, dijo enajenado, con la voz entre cortada. Comenzaron a aparecer en procesión, todos aquellos que en la casa seencontraban antes de mi partida en recogimiento. Todos con la mismaexpresión de Jillian, todos callados. -Todo el horror al que nos has sometido, sin duda no tiene desperdicioAaralyn. No hay nada más de mí que puedas consumir, todo el dolor al quenos has sometido no tiene sustancia. Suelta mi brazo, ya no tenemos quehacer nada aquí-, dijo mientras vapuleaba su muñeca con la acción máspropensa para que le soltara. -Pero, ¿Jillian?-, le dije mientras veía cómo se alejaba sin responder amis preguntas. Miraban de reojo al pasar por mi lado, incluso intentaban no rozarseconmigo. Sus ojos de rabia, desesperación y angustia, se hacían latentes. Noentendía lo que estaba pasando, pero parecían echarme la culpa de algo queni siquiera conocía. Divisé a Marlond entre la falsa compaña que se dirigía silenciosahasta la puerta y me acerqué hasta tenerlo justo en frente. En un momento,titubeó con la intención más notable de proseguir su camino, pero fijó susojos en los míos; con su gesto menos amigable, aquel que nunca me habíaprocesado, pero sí había visto con otros semejantes. En aquel momento me di cuenta que, era demasiado grave lo que loshabía arrastrado a aquella situación. -¿Qué debo hacer ahora? No seré capaz de mirarte a los ojos de nuevo.Bórralo todo de tu mente, incluso los buenos recuerdos. Cualquier cosa quequede en tu alma, que ya ni siquiera de eso tenemos; hazlo desaparecer apesar de que con ello, te cause dolor-, dijo sin ser capaz de levantar sumirada del suelo. -En los recuerdos, en las palabras que quedan retractadas sobre eleco; está el deseo de olvidarte y apartarte de mi existencia. Lo siento, nopuedo gritar aunque eso reconfortaría mi ser. Tampoco soy incapaz deacabar con la vida, de la única persona que ha llenado mi soledad-. -Marlond, me preocupas, ¿qué ocurre?-, dije desesperada e inquieta. -Espero no sentirme torpe caminando solo, espero que aprendas pocoa poco como sonreír sola. El clan ha llegado a su fin, Morgana, ha -194-
    • persuadido nuestras barreras, se introdujo en tus visiones y encontró ladebilidad que escondíamos aferradamente-. -¡Marlond!, pero…-, me cortó en aquel instante, no dejó que mispalabras empeorasen aun más la situación que desconocía. -Aaralyn…, Oscar ha muerto-. Se creó un silencio indescriptible entre nosotros. ¿Cómo podía sercierto lo que sus labios esbozaban? Oscar fue uno de los fundadores, encierta forma, el único que quedaba con vida, el timón del clan, a pesar de lasdesavenencias que aquello causaba en algunos. Recuerdo que cuando salí,estaba algo débil, pero de eso a la situación que ahora me relataba Marlond,había un paso de gigante. -¿Cómo?-, dije horrorizada. -Estaba algo débil como consecuencia de no ingerir alimentos en untiempo pertinente. Lo acompañamos a sus aposentos y deseó que después desentarse un momento a descansar en su sofá predilecto, lo dejásemos asolas. Pero antes de que Jillian, cerrase la puerta de la habitación, le ordenóque te hiciera llamar; tenía que hablarte acerca de un asunto de relevancia-. -Jillian, te buscó por la casa y una niña algo harapienta y desaliñadaque estaba sentada en los escalones de la entrada, le informó que te habíavisto caminar sola hacia el mausoleo familiar. Pensó que necesitabas unmomento de recogimiento y ella, se ofreció caminar hasta allí para avisarte- -Mientras tanto, Jillian y algunos de los jefes de los clanes vecinos conalgo más de fuerzas, salieron en busca de algún animal para reponer no sololas fuerzas de Oscar, sino también de todo aquel que lo necesitara. Nosolemos actuar de esta forma, pero la circunstancia lo requería-. -Devolví al Ghul a las mazmorras, hasta que Oscar tomase unadecisión de qué hacer con él, cuando todo entró en cólera. La lealtad mecegó, dejé libre aquel ser mientras corría al lugar dónde unos gritosdesgarradores atormentaban mi sino-. -El valioso tiempo que perdí, podía haberle salvado la vida. Unacriada, se acercó con el poco sustento que encontró en las cámarasfrigoríficas para ofrecérselo a Oscar, cuando, al abrir la puerta, tres o cuatroGhuls, se daban el festín de su vida-. -Cuando llegué, ya era demasiado tarde, se habían desecho tambiénde la doncella y mientras que daba muerte a uno de ellos, los otrosescaparon despavoridos. Los cuervos, se disputaban la poca carroña que -195-
    • ellos dejaron. Sin Oscar, ya no hay razón de seguir en este lugar. La terribleguerra de la que él solía presagiar, sólo acaba de lanzar sus primerasllamaradas. El clan, está débil, muchos han perecido y los pocos quequedamos, nos estamos marchando para escondernos-. -¿Qué tan importante era tu visita al mausoleo?, ¿no viste…?-. -¡No Marlond, no lo vi! Desde que Darklay se interpone en mi camino,las visiones han cambiado. Sólo buscaba alguna señal, apartada de todo, enun lugar dónde nada pudiese interpretar de forma distinta, si es que llegabaa tener alguna-. -Marlond, no podemos abandonar ahora. Hay un lugar reservado paranuestro clan, debemos doblegarnos. No podemos dejarlo así. ¿Qué pasa conAnn?, ¿terminó Oscar de contar su historia?, yo lo he visto y creo que todoscambiaríais de opinión cuando lo escuchasen-, dije alentadora. -Aaralyn, no te van a escuchar, ¿no lo ves?, huyen despavoridos, sinrumbo, desalentados. ¿Qué te hace pensar que cambiarán de opinión?-, dijopreocupado y afligido. -A ti te escucharán. No debes dejar que se adentren en el bosque. Elejército de Morgana se acerca. Clama venganza por su derrota en la últimagran guerra, la purga de los desamparados. ¡Por favor!, escúchame. Dilesque entren en la casa-, le supliqué. Agradecí volver a verme reflejada en sus pupilas, pero eso, no queríadecirme, que estuviese de acuerdo con mi decisión. -No puedo perdonarte, pero espero que esta vez tengas razón. Traeréde vuelta a los que ya se han marchado, no habrán ido demasiado lejos.Ordenaré a Jillian, que los concentre a todos en el gran salón sinexcepciones, las órdenes habrán salido de mí. Mantente al margen hasta quevuelva, ¡es una orden!-. -Gracias, Marlond-. -No me tienes que agradecer nada, Oscar sabía que tenía que hablarde una cuestión relevante, tenía que ver contigo y tú tienes la clave. Solo esuna simple diligencia-, dijo mientras se marchaba hasta donde seencontraba Jillian. Intenté no usar el pasado como un pretexto, para todos los defectosque ahora, más que nunca, estaban presentes y caían por su propio peso.Asumí los descuidos, no tenía que engañarme a mí misma con falsasjustificaciones. Privada de los éxitos que un día me hicieron ser una fuente -196-
    • importante; de todos los elogios que conllevaron a excesos, de los quealgunos no gustaban en demasía; volví en silencio a un lugar donde no fuesedemasiado visible. Sabía que no podía suplicar autocompasión, pero debía mantenermefirme, no me mostraré vulnerable. Me justiciarían, escucharía insultos,difamaciones y calumnias entre susurros, pero el resultado final, les haráver que hicieron bien en aceptar escuchar mis palabras. Lo cierto es, que los íncubos del clan, no suponían un problemademasiado importante; eran las mujeres, “las brujas”, como nos llamaban;las que comenzaron atormentar mi mente. No todas tenían el nivel tan avanzado al mío, pero juntas, seríaimposible derrotarlas. Nuestro clan, era una de las legiones oscuras mástemida por nuestros congéneres; en cambio, los débiles humanos, a los queteníamos en estima, rara vez nos admiraban en nuestra primitiva esencia. Solíamos vivir entre ellos, algunos intentando recrear una vidamortal. Nunca, y cuando digo nunca, atacábamos a uno de ellos a no ser quefuese estrictamente necesario. Habíamos evolucionado con los siglos, nonecesitando engendrar hijo alguno con ellos, el último mestizo fue Darklay. Pero había algo que me encogía de veras. Solo el mero pensamiento deAnn con Jillian, estremecía hasta lo más oculto de mi ser. Entré en estadoliminal; un estado intermedio entre el sueño y la razón. Sólo en ocasionescontadas, había llegado a ese estado, y creo que lo que estaba a punto de ver,debía retenerlo y usarlo en provecho propio. “El aire se filtraba por una pequeña hendidura de la ventana,reproduciendo el sonido peculiar del viento al golpear con el cristal, peroesta vez, insistiendo con tanta fuerza, resultando bastante molesto. Norecordaba dónde estaba, cuando averigüé lo poco que logré, ya estabadelante de la ventana apoyando mi mano en el impoluto cristal, que sebalanceaba como consecuencia de las fuertes envestidas. (No estás mirando, admira lo que tienes frente a ti, prepárate paracambiar tu punto de vista). No sé de dónde salió esa voz entre susurros, perome hizo dirigir los ojos a lo que acontecía tras los muros que me refugiabande lo que parecía, una terrible tormenta. Agarré un trozo de tela de las mangas de mi vestido e intenté limpiarel cristal, para ver algo más nítida la imagen; sensación que ocasionóaquella acción de sentirme insatisfecha conmigo misma, por ocultar misimperfecciones. -197-
    • Con los ojos bien abiertos pero todavía ciegos, intenté ver qué erarealmente importante en aquella escena, viniendo con ella otra sensación; lainseguridad a equivocarme de nuevo. (Mírame en las sombras, sigo junto a las ruinas de tu alma, envueltaentre la tormenta de nieve que me acecha), volví a escucharla. Entonces,volví a mirar de nuevo por el cristal y allí estaba ella. Era la misma mujerque me hizo sentir de nuevo más viva por un pequeño espacio de tiempo enel mausoleo. Corrí hacia la puerta, pero el aire era tan violento, que me arrastróhacia detrás, llenando la habitación de viento y nieve desorbitada. Caminédespacio, midiendo mis pasos para no recaer en el intento por alcanzarla.Todo paró, la tempestad desapareció, y allí estaba yo. En la mitad de unaexplanada sin final, con un sol arrebatador luciendo en el ancho cielo y unamano, acariciaba dulcemente mi hombro. Cuando me di la vuelta, no hallé palabras para expresar miextrañeza, esperaba encontrar a aquella mujer, sin embargo, era Ann laque, cariñosamente acariciaba mi piel. -¿No es la elección lo que hace la vida que vivimos tan intrigante?¿Son las opciones tan infinitas como para controlarlas todas con el simpletoque, o con una mirada?. Aaralyn, tú me ayudaste cuando más lonecesitaba, ahora, tengo que pagar mi tributo prestándote mi ayuda-, dijoAnn de una forma demasiado expresiva a como yo la recordaba. -Ann, te he estado buscando, no he cesado en mi empeño ,¿dónde teencuentras?, ¿qué es lo que te ha pasado, por qué no era capaz de verte enmis visiones?-, dije desconcertada. -Yo no elegí mi destino, todo él estuvo en tus manos desde el momentoen el que aquel ser me indujo a lo que soy ahora. He aprendido rápido, ahoracomprendo muchas de las cosas que en mi inicio, me parecían sacadas delmismo terror. Tú, fuiste la única que tendiste tu mano intentando arreglarlo que ya no tenía remedio, y te doy las gracias por ello. Ahora tengo unaoferta, que no debías rechazar: Cuando desperté aquella mañana en la playa, después de haberpasado un buen rato leyendo lo que se suponía la historia de mi vida,Darklay vino a mi encuentro. Recordé sus intrigantes ojos, y lo haría inclusocon la más tenebrosa oscuridad. Su cuerpo tímido, sus manos delicadas ysus dedos fríos. Para vosotros es Darklay, el mestizo, vuestro más temidocontrincante; sin embargo, para mí es Orlando. -198-
    • Habéis estado demasiado tiempo repudiándolo en el exilio, dejándoloal amparo de su existencia y ha sido el único que intentó avisaros de lo quese avecinaba. Morgan intentó persuadirme, conspiró con cambiar mis sentimientoshacia Orlando; ella ya sabe que se repite de nuevo la historia como antañocon Elisabeth, Orlando me lo relató cuando estuve algo más calmada-. -Ann, ¿qué es lo que buscas en mi persona?-, dije intrigada. -La Morgan, ha preparado su ejército. Ella ha sido la culpable de lamuerte de Oscar. Quieren deshacerse de la línea congénita de Oscar y detodos los de tu especie que han tenido alguna relación directa, con lasmuertes de la purga. Orlando, llegó a las mismas fronteras de Aveluan, dónde guardan conansiado esmero, la magia madre de los elementos; aquellos que hace a laMorgan y a su ejército de muertos, Ghuls, Trasgos y demás componentes, enel más temido de las sombras. Pero existe una grieta que se olvidó tapar, y esa simple grieta, puedearrebatar a la Morgan de todo su privilegio como la reina soberana de laoscuridad-. -Ann, ¿cómo has aprendido todo esto en tan poco espacio de tiempo?,¿eres realmente Ann, o mi subconsciente me está perturbando y es unamaquinación de Morgana?-, dije confundida. En ese instante, apareció Darkay de la nada, saludándome a laantigua usanza, saludo que ya ni nosotros utilizábamos, pero que respondícon añoranza. -Aaralyn, es el momento de volver, no queremos que desgastes toda tuenergía, estamos de camino. Gana algo de tiempo, solo te pedimos eso.Debes despertar ¡ahora!-, dijo Darklay.” Salí del trance en ese preciso momento y como un azar del destino,Marlond irrumpió llamando mi atención para que me preparase hacia miexposición más importante. Debía ser convincente y precisa, nosotros no nosandamos por las ramas y tampoco nos gusta demasiado, que se en gloríencon vacilaciones vanas. Aquella visión, había venido en el momento justo. -199-
    • 16 Decisiones contradictorias La tristeza más absoluta envolvía mi existencia. Oscar fue un padrepara mí. Mis mayores logros, mis mayores errores; siempre estuvo a mi ladoguiando mis pasos por el mejor de los caminos. Fue un incomprendido, apesar de sus ademanes bruscos, arrogante en excesos y extravagantes; fueun ser comprensivo. Cada paso que daba, me acercaba más a aquella instancia donde,todos me juzgarían por algo que en sí, llegaría estar en mis manos haberimpedido. Marlond, se limitó a hablar lo justo. Estaba decepcionado, y eso, apesar de todo lo que había acontecido, era lo que más me dolía. Era ese dolor que los humanos describen como la amargura de perderlo que más se quiere. Ese mismo dolor, que es indiferente a cualquiercriatura; todos sentimos dolor, amamos de formas diferentes, pero nuestroamor, es igual de válido. La desolación de sentir que el ser que más he amado ahora merepudia como el resto del clan, enjuiciando mis actos sin comprensión,expresando dureza en sus gestos, maltratando mi sino; eso fue lo másangustioso de toda la situación. Paré un instante en seco, en medio de un pasillo largo, lúgubre y sinapenas un atisbo de esperanza en sus frías paredes de piedra. Siempre medistinguí de los demás, por intentar buscar algo más de alegría ante tantaoscuridad. Oscar, solía contarme en contadas ocasiones, cuando me dejabasentarme en su regazo; que hay almas perversas, almas con sed de venganzay almas con sentimientos contrariados. No solía introducirme en ninguno de ellos, yo era la excepción querompía la regla, quedaban en mi interior, demasiados resquicios mortales, yaquello, me hizo ser especial para él. No para las demás, que envidiaban elaprecio y la complicidad que él me procesaba. Siempre me mantuve al margen, tenía todo lo que necesitaba, noesperaba mucho más de mi existencia entre penumbra. Marlond, se diocuenta que mis pasos habían cesado, ya no se escuchaban retumbar en elextenso pasillo. Se retuvo, pero en ningún momento se giró para mirarme. Se mantuvo recto en sus formas, en silencio esperando mi retorno,apenas quedaban ya unos pocos pasos para llegar a la puerta. Un -200-
    • sentimiento de culpa no por mi parte, sino por la de él, corrompía mis másescondidos sentimientos. -Marlond, tengo miedo-, dije desalentada. Todo quedó en calma, en absoluto silencio. Esperé alguna reaccióninnata ante mis palabras, pero se mantuvo en su postura. Nadie estaba anuestro alcance, pudo flaquear en sus formas pero no lo hizo, reprimiendo loque sí entendía; unos sentimientos que nunca debió procesar a mi persona. -Marlond, por favor, ¡dime algo!-, dije suplicante. -¡Sigamos!-, dijo con voz seca y contundente. Comenzó a seguir sus pasos, y yo, desalentada y sin fuerzas, caminédespacio detrás de él. Siguió con paso firme, sin cavilar un instante,decidido, sabiendo exactamente que todo lo que hacía, era lo correcto paralos dos, para el clan. -Espera un momento en la puerta, yo te haré llamar cuando seaestrictamente necesario-, dijo con su voz algo más apagada. -¡Marlond, espera!-, le dije agarrándolo del brazo impidiendo quegirase el pomo de la puerta. Un suspiro penetrante, se deslizó de sus labios, bajó su mirada y sushombros descargaron la terrible carga que sostenían. Temía mirarme a losojos, un amor como el nuestro no podía desaparecer en un instante.Atravesándole un nudo en la garganta, tragó saliva y volvió a deslizar unnuevo suspiro, éste más acentuado. Apretó fuerte sus nudillos, poniendo en tensión el brazo que yo lesujetaba con ademán de esperar algo más de él. -Aaralyn, no me hagas esto, ya llevo demasiadas cargas como paraahora flaquear ante mi cometido. No tienes derecho, debo entrar con firmezay sin titubeos, no influyas en la decisión final, no puedes hacerme esto-, dijosin darse la vuelta y con la voz débil y sinuosa. -Marlond, no deseo implorar clemencia; quiero sentir que nuestroamor sigue pugnando ante los demás; impones tus leyes a todo y te olvidasque aquí tienes la mayor de tus conquistas, aquella que ahora, no deseasadmirar. Permíteme al menos verme reflejada en tus pupilas una sola vez,no abandones mis reprimidos deseos por poseerte de esa forma al menos-,dije soltándole lentamente el brazo. -201-
    • Mis palabras, había instantes que solía usarlas con el poder de lasugestión, pero con él era incapaz de hacer algo así. No sería justo para míni para él. Noté como su puño, cesó en su empeño de permanecer cerrado ysuscitó una alegría inmensa en mi ser. -Es demasiado tarde para todo lo que me pides. No interpongas lossentimientos a las acciones que ahora nos ocupan. Para mí es más duro de loque puedes llegar a imaginar, cambiaría mi lugar por el tuyo si de mídependiera, pero no puedo-. -¡No puedes rebuscar en mi interior y admirar como me siento!-, dijodándose la vuelta lentamente. Nos quedamos mirándonos en silencio. Mis pupilas tintineaban conlas suyas y mis ganas por abrazarlo, besarle, sentirlo mío; suscitó en mi serun tremendo sentimiento de culpabilidad. Son esos momentos, que las palabras sobran para decirnos todo lo quedebíamos saber. Nunca necesité leer sus pensamientos, tampoco obtuve lanecesidad innata de hacerlo. Éramos tan transparentes el uno con el otro… -Marlond, te quiero-, dije titubeante. Sus fuerzas, dejaron paso a nuestros sentimientos. Los dosdeseábamos lo mismo. Nos fundimos en un abrazo. Mis brazos lo rodearoncon tanto anhelo…, hundí mi cabeza en su vástago hombro y sentí como susmanos abiertas, rodeaban mi cintura y me presionaban contra su pecho. Susdedos, jugueteaban con mi cabello y mis piernas, comenzaron a temblar deemoción. Lentamente, llevó una de sus manos a mi barbilla, y enderezó mi carahasta situarla a escasos centímetros de la suya. Todos los sentimientos ysensaciones se intensificaron. Si mi corazón latiera, ese sería el momento enel que desbocado galoparía al encuentro de sus labios; si mi piel, sintiese eltacto de una caricia, tendría todo el bello erizado y la piel deseosa decualquier galanteo; si la sangre fluyera por mis venas, obstruiría todas ellasa consecuencia de la velocidad gentil con la que galoparía por ellas. Llevó uno de sus dedos hasta mis labios y los acarició con ternura ydeseo; yo, me dejé llevar y cerré los ojos un instante para sentir con másapego, todo lo que mi bien me estaba regalando. Sentí como su respiración,chocando en mis mejillas, aturdía todos los sentidos. Puede haber besos demuchas formas y pasiones, pero este fue en esencia, el más puro y sincero;nos fundimos en un solo ser. -202-
    • -Abre los ojos-, dijo sujetándome la mejilla. -No debes temer. Tú sabes lo que tienes que decir, tú sabes losmovimientos que se deben realizar. Sé contundente, pero prudente al mismotiempo. Todos están asqueados, reprimidos y desalentados. Un paso en falso,puede llevarnos a la perdición. Yo estaré a tu lado pase lo que pase-, dijocariñosamente. Asentí. Volví a tener mis fuerzas en su alto nivel. Me sentía con ganasde enfrentarme ante ellos, esperaba que Darklay y Ann, no tardasen enaparecer con más detalles, debía darles tiempo, era lo más correcto. Entró en el salón y cerró la puerta. Comenzó su exposición, pero notardaron mucho tiempo en recriminarle, cuando mi nombre surgió entre suspalabras. El graderío solo clamaba una cosa: matarme. No harían casoomiso a mis palabras, ni tan siquiera deseaban tenerme presente. Los insultos subieron de nivel, no esperé a que me llamarasimplemente irrumpí abriendo con gran soberbia aquel portón de maderamaciza. Todos se callaron en ese instante. Lanzaron sus miradas haciadonde yo estaba, no esperando en ninguna de ellas, algún gesto deamabilidad; pero allí estaba él, altivo y orgulloso, por lo que, hice caso omisoa todos los pensamientos que en mi cabeza se reproducían y caminé hastasituarme en el centro de la instancia. -No todas las visiones me avisan de todo lo que tiene que acontecer ono en el clan. Juzgáis sin conocer, ninguno de vosotros tiene derecho areprochar algo que no llegué a distinguir en ellas. Pero siempre esperáis queos tenga al corriente. Quizás pequé de ignorancia, cosa que a muchos devosotros os sobra por lo visto-. -Percibí en ese instante, suertes o desventuras del destino quecompeten a nuestra supervivencia como clan, más relevantes que la trágicadesdicha de Oscar-. Tuve que parar en ese instante, todos hablaban al mismo tiempo;furiosos, coléricos, algunos descompuestos y otros simplemente reprimidos.Miré a Marlond inquieta, sin saber qué hacer o qué decir para proseguir conmi discurso. Se levantó posicionándose a mi lado, las mujeres se ensañabanconmigo y los hombres, claramente, seguían la conversación de ellas peroalgo menos insultantes aunque majaderos. Sabían que no debían llevarle lacontraria a ellas, a pesar de que la última decisión de todo lo que se llevaraa cabo en el clan, pasaba por las manos del jefe. -203-
    • Humildemente Marlond, había ocupado el puesto de Oscar. Todossabían que si en algún momento Oscar relegaba su estatus, Marlondocuparía su lugar bajo ningún concepto y los demás, deberían acatar esaorden como si el mismísimo Oscar lo hiciese de viva voz. -¡Morgana viene con su ejército de desechos coléricos clamandovenganza!-, dijo Marlond enfurecido. Me sorprendió cómo todas esas voces brabuconas y vacilantes setornaron en silencio al unísono. Sus caras cambiaron, Oscar pasó a unsegundo plano en el mismo instante en el que el nombre de la innombrable,resurgió de los labios de Marlond. Tan temido era su ejército, que clanes enteros se exiliaban dejandotodas sus pertenencias en el lugar de origen, por temor a la muerte a manosde un ejército que más que infernal, era catastrófico, Todos la temíamos,incluso aquellos que como yo, nunca había tenido la oportunidad de verla. Esperaron expectantes y algunos haciendo temblar sus asientos, aque se expusieran clara y concisamente, todos los argumentos que dieronlugar a aquella suposición. -Hay situaciones en la que es estrictamente por ley, no convertir aningún humano bajo ningún concepto, eso solo traería la desgracia al clan.Con los siglos, hemos aprendido a ser autosuficientes; cuando se hanecesitado un miembro nuevo en el clan, nuestras mujeres nos han provistode fornidos guerreros y valiosas brujas. ¿Por qué en vez de echar la culpa denuestra fatídica situación a Aaralyn, no comenzamos por el desatino deDorian?-, dijo Marlond en su exposición. -¿Dónde quieres llegar con todo esto Marlond?, ¿Estás intentandodecirnos que todo ha sido culpa de Dorian por convertir a la humana queJillian trajo a la casa del clan como un juguete para todos nosotros, o es queera la diversión de un niño malcriado?-, dijo el jefe del clan Eldrian. Los demás comenzaron a llamar la atención con comentarios delmismo modo que aquel hombre, levantándose de su asiento, desafió con suspalabras a la conducta que Marlond exponía sin remordimientos. Pero esoscomentarios, enfurecieron a Jillian, que se acercó a su semejante hastasituarse frente a él desafiante y dolorido. -¿Estás diciendo que soy un malcriado?, no tienes ni idea de todo loque hemos pasado por la incoherencia de esa rata repulsiva. Oscar debióhacer lo mismo con muchos de vosotros, pero sin embargo su indulgencia espremiante-, le dijo mientras lo sujetaba por la solapa de su chaqueta con los -204-
    • ojos fuera de sus órbitas y las duras venas de sus ojos; rezumaban,experimentaban la esencia salvaje que todos guardábamos en nuestrointerior. -Ella solo era un señuelo. ¡Si, caras insulsas!, solo fue el valioso ceboque nos traería de vuelta a Darklay. ¿Pensabais que me había vuelto loco ygozaba de los placeres del amor con una mortal?-, dijo Jillian esbozando unasonrisa al mismo tiempo que soltaba de sus ataduras a su reprochantecongénere. Miré a Jillian abatida. Su propósito en los inicios fue el que musitó,pero por alguna extraña razón, sus palabras no concordaban con los gestos ylas actitudes que últimamente le procesaba. Fue demasiado amable,delicado y me atrevo a instaurar, que durante su transformación, se sintiócautivado y atraído por ella. -Vamos a dejar a Dorian donde está, éste no es el tema que ahora nosocupa. Una rebelión del ejército oscuro se acerca. Aaralyn tiene algunos delos detalles, no me los explicó con determinación pero a pesar de ser algoarriesgado, merece la pena intentar lo que nuestros ancestros desecharon enplena instancia-, dijo Marlond a la vez que guardaba orden. -He de reconocer que nuestra vida, se ha basado siempre en seresclavos del destino. Cuando los tiempos fueron venideros y la paz nos hacíala existencia más fácil, todo permanecía en su orden natural de las cosas.Nos preocupábamos meramente de alimentarnos y pasar los años de lamejor forma posible-, expuse. -Lo que Aaralyn está intentando decir, es que lo que va a acontecer, esaquello que nuestros ancestros contaban sobre las guerras del ejército de laoscuridad. Cómo la invencible legión liderada por la Morgan, devastaba todoa su paso sin escuchar las plegarias de todo clan que fue aniquilado por ella-, dijo Marlond con talante serio y fidedigno. -Nuestras tropas, no son lo que podía llamarse una milicia queaguantaría las embestidas de una cruzada de este talante; eso esindiscutible. Pero tenemos algo que ella desea desde los principios de suexistencia: a Darklay-, dijo Marlond. Todos los asistentes, rellenaron el silencio de la sala con susurros,aterrados por la brutalidad que Marlond estaba intentando dar como últimaopción. -No debemos dejar que Morgan se salga con la suya de nuevo. Todosrecordamos las historias que Oscar o el mismísimo Julius nos contaban -205-
    • sobre aquel ataque al clan, y cómo todos en comunión, intentaron sobrevivirante la guarnición de invencibles y majestuosos esclavos de su gran ejércitodel terror. Sin cuya magia, naturalmente, ninguno de ellos sería capaz dederrotar a cualquiera de nosotros-, interrumpí los murmullos que ahora yaparecían una conversación a varias bandas y con el volumen algo más altoque un simple susurro. -Exadius, siempre fue nuestro mayor enemigo, se alió con la Morganen un acierto desatinado que terminó acabando con su vida. Pero su hijo, suilegítimo hijo, al que todos manteníamos olvidado por despecho o quizás portemor, no tiene nada que ver con su padre-, expuse. -De Darklay, hasta hace tan solo un par de días, pensaba lo mismoque todos vosotros. Incluso imaginé que sería la misma imagen de su padre.Todos, especulábamos en nuestro interior, que aquel muchacho llegaría undía a las puertas del clan, clamando venganza por lo que Marlond hizo consu padre, pero estábamos equivocados-. -Yo no soy la más oportuna para contar su historia, él mismo lo harápor mí. Ese innombrable, como muchos hemos tachado de aterrador, se hizoun hueco entre los humanos, como antaño lo haría su padre, y vive enarmonía con ellos-. -Nunca pensó en vengar a sus padres, su naturaleza llega más allá dela nuestra, y sus sentimientos llenan de grandeza la persona en la que se haconvertido. Es conocedor del gran poder que posee, de las maravillas que almando de un ejército bien adiestrado llegaría a realizar; pero sin embargo,eligió una vida bohemia y sin ninguna complicación-. -Aaralyn, ¿pero qué estás diciendo, nos estás dando a entender quedebemos seguir las órdenes en la batalla del hijo de Exadius?, ¡lo que nosfaltaba por escuchar!-, dijo Eldrian bufando y aireando sus brazos a diestroy siniestro. -Sé que muchos de vosotros, y sobre todo, aquellos que llegaron al clanmucho antes que yo, conocéis de mejor tinta lo que aconteció tiempo atrásentre nuestro clan y el de Exadius. Años de raudos enfrentamientos ymuertes innecesarias; pero los errores y acciones de su padre, no debenllevar la carga a su hijo Darklay. Ese niño, no tiene la culpa de lo que supadre realizó hasta el día de su muerte a mis manos-, dijo Marlond. Una gran ovación se instauró entre los ecos de aplausos y alabanzaspor el ejecutor del que hasta la fecha, había sido el más temido por el clan. -206-
    • -Marlond tiene razón, no podemos juzgar a un hijo por los pecados desu padre, como tampoco juzgamos a Marlond por los del suyo. De la mismaforma que aceptamos a Marlond en el clan, ¿por qué no dejamos queDarklay exponga sus credenciales?, es lo más justo viendo a lo que nosenfrentamos-, dijo Jillian sereno y contundente. Su gesto me alabó. No estaba de parte de Darklay, pero él nos llevaríaal menos a una victoria justa. Pero el futuro de ellos dos me dejaba enincertidumbre. Ann, no era exactamente la reencarnación de Elisabeth comointuí en primera instancia, simplemente Darklay se había enamorado deella. Jillian, la utilizó a su antojo, los acontecimientos que surgieroninesperadamente, cambiaron de parecer su forma de mirarla. Los dos lucharían por lo que es suyo, eso era indiscutible. Ann, eranueva en todo esto, su amnesia era todavía evidente. Todos necesitamosnuestro tiempo de asimilación y compilación de información, pero ella esespecial. Su fuerza, el poder que alberga es incluso superior con creces almío. La unión de Darklay y Ann…, solo de pensarlo se estremecía todo miser. Esperaba no equivocarme, entré en aquella sala implorando clemencia;los instigué a la locura con los reflejos de unas visiones más que claras, soloesperaba que Darklay cumpliera su parte del trato; yo al menos, estabacumpliendo la mía. -Marlond, ¿estás seguro de tener frente a ti al ser que quizás en undescuido acabe con tu vida en represalia por lo que le hiciste a su padre?-,dijo Eldrian. -Confío en las palabras de Aaralyn, ella no pondría en peligro al clan,y sé que tampoco me pondría a mí, ahora soy el jefe por infortunio. Sé queella hace todo esto por el clan, por nuestra supervivencia, por la existenciade una raza en desuso que con el paso de los años; si no lo remediamosahora, llegaremos a la extinción como muchos de los que ya lo han hecho-,dijo Marlond dedicándome una mirada furtiva acompañada de una sonrisaescondida; gestos llenos de complicidad que me llenaron de satisfacción. Marlond, vio justo dejar un margen para que todos deliberasen;estábamos hablando de nuestra existencia, aunque precaria, con unaventana entre abierta hacia la libertad. Eso, le daría algo más de tiempo aDarklay; deseosa, esperé que en cualquier momento irrumpiera en la salaafirmando todo lo que hasta ahora se había debatido. Me acerqué a una de las pocas ventanas que en la casa hicieroninstalar. El crepúsculo ya había hecho su aparición y las montañas del -207-
    • extenso valle, cambiaron sus contornos por azules apagados y negrosdegradados. El cielo con sus tonos rojos y morados; la luna, temerosa, hacíasu aparición apenas visible a pesar de la poca luz que nos acompañaba. ¡La luna!, recordé con impresión. Me dirigí a Marlond, sabía que algose había quedado en el tintero. El único lugar dónde ellos se habían puestoen contacto conmigo fue en el mausoleo. Tenía que volver. La luna me daríala clave. No podía perder más tiempo, la oscuridad me atraparía en su negrovelo y las criaturas coléricas de Morgana acechaban. Corrí hasta Marlond, estaba sentado apoyando su codo en el regazodel asiento y sus dedos acariciando su prominente barbilla, con la miradaperdida. -¡Marlond!, debo volver al mausoleo, es de vital importancia queregrese-, dije colérica. -¿Ha pasado algo Aaralyn?-, dijo intrigado y en posición dedesconcierto. -Aquella voz, en mi visión, me habló de la luna. Ella me daría la clave.No había tenido ninguna como aquella antes, fue el lugar o la predisposiciónde mi mente. No logro comprenderlo, pero siento que tengo la necesidad deregresar al mausoleo ahora. Presiento que si no lo hago en este instante, lolamentaré-, dije consternada. -Pero, ¡eso no es posible!. Estamos en pleno consejo, esperamos lavisita de Darklay, o es que ¿algo ha cambiado?. Aaralyn, ¡no me digas eso!-,dijo invadido por la incertidumbre. Me agaché y apoyando mis brazos sobre sus robustas piernas, imploréque debía sacarme de allí. Tenía que volver al mausoleo, era de vitalimportancia. La angustia y desesperación que mis ojos le suplicaban,requerían de él más de lo que podía ofrecerme en ese preciso momento. Hizo el ademán de levantarse del asiento, como contrapartida volví alevantarme y esperé en silencio. Admiró a los asistentes detenidamente.Ahora en pequeños grupos, comentaban con infortunio, todo lo que hasta eseintervalo de tiempo habían escuchado. Observó sus movimientos, las posibles salidas; calculó la forma mássegura de sacarme de aquella multitud sin levantar sospechas. Recordó queOscar, siempre solía realizar un “truco de magia”; en el que cuando todosestaban pendientes de sus asuntos y le quitaban un instante de susmiradas, desaparecía de forma inminente sin saber cómo lo había hecho. -208-
    • Algún mecanismo cerca de la mesa o en su mismo asiento, abriríaalguna puerta secreta que lo llevara lejos del bullicio, en su recogimientohabitual, pero ¿dónde se encontraba?. Me hizo una señal y comprendí sus intenciones. Me acerqué condisimulo a la mesa y la analicé detenidamente; por desgracia, no encontrénada que hiciera tales fines. Cuando me encontraba analizándola, Eldrianapareció delante de nosotros, deseaba hablar en privado sobre el asunto. Marlond y yo nos miramos perturbados y apáticos por su presencia.Lancé una mirada furtiva hacia la ventana, el cielo había oscurecidodemasiado deprisa desde la última vez que lo admiré. Los sinuosos coloresnaranjas ya se tornaban de un morado casi negro. La luna, comenzaba adistinguirse ante tal oscuridad y el tiempo apremiaba. Volví a mirar a Marlond, intranquila. Nunca me había preocupadopor el tiempo, era indiscutible hacerlo en nuestro estado; pero ahora, eraesencial y lo estaba perdiendo. Él en cambio, se mostró sereno ycomplaciente con nuestro invitado. -Eldrian, por favor, no te quedes ahí de pié, sentémonos aparlamentar en aquella mesa, estaremos más cómodos-, le dijo mientras leextendía su brazo hasta poner la mano en su hombro y llevarlo algo másalejado de donde nos encontrábamos para así al menos, seguir con miempeño de encontrar la salida. Yo me quedé en mi lugar, sonriendo amistosamente a Eldrian y en elmismo instante en el que Marlond dio un paso con él, paró en seco y se dio lavuelta. -Aaralyn también debería acompañarnos en la velada, en esencia esella la que a maquinado todo esto ¿no?-, dijo sarcástico. Nos miramos asombrados, me quedé bloqueada sin saber si dar unpaso o esperar a que a Marlond se le ocurriese alguna excusa con algúnfundamento concluyente. -Eldrian, querido amigo, sabes nuestras leyes: las conversaciones dehombres, son sólo de hombres. Las mujeres nos informan de la situación,pero somos nosotros los que tomamos las decisiones. Así ha sido desde loscomienzos del mundo y así debe seguir, ¿qué diría Oscar si aparecieseahora…., por la puerta del mango de su asiento, con su risa sarcásticaadmirando como una mujer toma las riendas del clan, solicitando un lugaren las decisiones como un hombre?-, dijo resaltando lo del asiento ylanzando una mirada al brazo izquierdo del asiento de Oscar. -209-
    • -En eso tienes razón, las mujeres nunca se han inmiscuido en lasdecisiones del clan, son las leyes, no debemos cambiarlas ahora. Por favor,tomemos una copa de brandy y parlamentemos-, dijo señalando el lugardónde debían dirigirse. -¡Hay cosas que nunca cambian mi querido Eldrian!-, dije esbozandouna gran sonrisa. Agradecí aquel gesto por parte de Marlond, nunca lo olvidaría. Ahoratenía que darme prisa, miré de un lado a otro del salón; todos seguían a losuyo, a la espera de que la reunión se iniciara de nuevo. En un descuido delos presentes, me senté en el trono que ahora pertenecía a Marlond y busquéel enganche que me sacaría de aquel lugar. Como en un abrir y cerrar de ojos, el asiento se abrió de bruces y caípor un rebosadero de no más de un metro de profundidad, hasta un túneloscuro y húmedo. No había muchas vías dónde escoger. Seguí el estrechotúnel unos metros hasta que llegué a unas escaleras de mármol. Las subí lo más rápido que mis piernas me permitieron. Justo al final,había una trampilla enrejada de forja negra con un candado y en el exterior,el cielo y mi luna. Zarandeé la verja con intención de escapar de mi prisión, pero misfuerzas no eran lo suficientes como para arrancarla de cuajo. Observé conatención el candado que afianzaba sus anchos barrotes a la pared de piedra.Quizás Oscar, tenía la llave en su bolsillo en todo momento, desistí. Noexistía forma alguna de salir de allí. Escuché como gotas de agua golpeaban en un charco tercamente. Mesentía desolada y ese incesante ruido irritaba hasta el último resquicio demi ser. Rastreé el lugar de dónde provenía, me inquietaba, eso no podíanegarlo. La casa no tenía filtraciones de agua por ninguna grieta, en verdad,nuestra prisión que era como llamaba a la casa madre; era un socavónrepleto de humedad y mohosa, pero el agua, no se escuchaba correr por lasparedes como lo hacía en aquella galería. Seguí el rastro de las piedras que al rozarlas con mis dedos, hilos deagua como venas enfurecidas los recorrían con delirio. Encontré un pequeñocharco, creado quizás por algún desnivel en el terreno. Algo parecía brillardentro de él. -210-
    • Me acerqué solventando mis temores, manteniendo la cabeza fría yaunque me irritaba encontrarme en aquella situación, intenté calmar miturbada mente. Al acacharme, introduje mis manos en el pequeño charco y¡ahí estaba!. La agarré con fuerza y corrí hasta la verja de nuevo. Mis dedos temblorosos intentaron introducirla en la pequeñacerradura del candado, pero por más que lo intenté, aquella llave nocorrespondía a esa aldabilla. Me derrumbé, lancé la llave a través de losbarrotes y sentándome bajo la luz que entre los barrotes se introducíantímidos e incomprendidos, lamenté no haber llegado a mi propósito. Ya habrían caído en la cuenta de la falta de mi presencia en el salón,no tardando mucho en iniciar mi búsqueda. Temía por Marlond, a pesar deser Jillian el único conocedor de lo nuestro, algunos imaginaban su estimahacia mi ser. Esperé que no lo juzgaran por mi huida. Pensé que debía volver, era mi única salida. En esencia fue un granplan, pero en la práctica no todo salió como Marlond esperaba. Posé mismanos en el suelo para ayudarme a incorporarme, admiré con indignaciónaquellos destellos que solo ella, era capaz de transmitir en una noche tancerrada como la que se avecinaba. Comencé a retroceder los pasos andados, cuando una voz me llamabadesde el exterior. Me esperanzada, confiada de que aquella voz viniese en miayuda. -Aaralyn, ¿necesitas ayuda?-, dijo. Cuando me acerqué hasta la verja y la agarré con mis manos, la niñadel vestido con jirones hechos ya remiendos estaba al otro lado. -¡Por favor!, tengo que salir de aquí, ¿Puedes ayudarme?..., quetontería-, desistí. ¿Cómo ella podría abrir aquel candado sin la llave? Sus brazos seríanmucho más delicados y sutiles que los míos. A pesar de intentar abrirlaentre las dos, daría resultado. -¿Por qué desistes en tu empeño? Aaralyn, la fuerza se encuentra entu interior, no en tus fornidos brazos. Fortalezas mayores que éstainsignificante reja han caído con tan solo una mirada. Sé que puedeshacerlo, ten confianza en ti misma. Puedes llegar hacer todo cuantoimagines. Tu poder de persuasión es infinito, solo tienes que decirle alcandado que se abra y él se abrirá ante tus ojos-, dijo aquella niñadulcemente. -211-
    • -¿Por qué me ayudas? ¿Dime?- -Aaralyn, hemos perdido demasiado. No todos comprenden la cargatan pesada que llevas sobre tu espalda. Yo solo soy una niña, pero que havisto demasiado. Debes confiar en mí, intenta abrir la verja, no te quedamucho tiempo, ¡por favor Aaralyn!, no dejes que nos exterminen-, dijo entresollozos. Bajé un par de peldaños e intentar hacer lo que ella me pedía, pero nome sentía capaz de hacerlo. Desistí, volví a subir para agradecerle todo loque había intentado pero ya no estaba. Sujeté la verja con mis manos paraintentar saber dónde se encontraba, pero había desaparecido. Escuché el chasquido característico de las puertas de hierro cuando seabren. No reparé en averiguar cómo se había liberado el candado,simplemente eché a correr hasta el mausoleo. -212-
    • 17 Infortunio Tenía el presentimiento de que algo no marchaba del todo bien. Loslobos aullaban desordenados, señal extraña que me hizo sospechar que algono procedía del modo esperado. A pesar del aullido de los lobos, todo parecía estar en calma,aletargado. Me adentré más en la espesa vegetación, ya podía divisar elmausoleo a lo lejos, pero ninguno de los dos se encontraba en aquel lugar. Proseguí mi camino, quizás todavía me quedara algo de tiempo. Elcielo se removió, nubes espesas y colmadas de agua, presagiaban tormenta.No sé de dónde salieron, lo cierto era que estaba tan enciscada en mipropósito, que no advertí aquella manada de Ghuls acechándome. Sus ojos rojos, resaltaban entre tanta oscuridad, me estabanrodeando. Conté al menos seis o siete pares de ojos amenazadores. No debíaestar demasiado intranquila si solo eran un par de Ghuls putrefactos, miespada valdría para defenderme. La intranquilidad de saber que Morgana estaba detrás de todo esto síremovió mis pensamientos a un halo de fluctuación y escepticismo. Tenía lacerteza que algo se estaba maquinando y entonces caí en la cuenta. Corrí hasta el mausoleo olvidándome de mis acechadores, hoy no seríasu comida, esta noche no. Recorrí el reducido tamaño del terreno, pero nohabía indicios de que apareciese nadie. Allí, el suelo estaba limpio de cualquier impedimento, incluso lashojas que solían recogerse de vez en cuando con los cambios de estación,guardaban respeto ante aquellos que moraban los tristes rincones de sudescanso. El mero hecho de la tosca factura y la circunstancia de que fuera obrade manos humanas, parecían darles cierta homogeneidad, a todas aquellastumbas que se alzaban ante mis ojos. Con el bosque como telón de fondo y lacerrada noche que nos cubría sin luna, el lugar tenía un airefantasmagórico. Admirando aquella escena, la idea de la eternidad se convirtió en algoinsoportable. Pudriéndonos en una hueca y solitaria existencia. Lainmortalidad es una idea deseable, hasta que caes en la cuenta que, latienes que vivir solo. Esas compañías que solo fueron un pequeño tránsito, -213-
    • hallaron su merecido descanso, logrando enmudecer su alma; actomisericordioso que los libraría de su eterna y agonizante subsistencia. Me senté en la tumba que albergaba los restos de mi querido Oscar.Recuerdo claramente, la noche que lo conocí; tan serio, con esos aires desupremo tajante e inadmisible en sus decisiones. Con gestos duros ycomprometedores, pero con un alma generosa y complaciente. Con toda esa parafernalia que siempre debía acompañarlo. Lo ciertoes, que me habían infundido tanto terror hacia su persona, que aquellanoche en la que me uní a su clan y, me hicieron pasar con cortesía a unaaudiencia privada, él acabó notando mi extremado pavor hacia su persona, yterminé haciéndole reír como un descosido ante tal acto. Ahora incluso mesonrío recordando aquel instante. Con el paso del tiempo, se fue convirtiendo en un soporte demasiadoimportante para mi existencia. Añoraba sus confidencias, cuando tan soloera una niña; sentada en su regazo, siempre sosteniendo entre sus manosaquel enorme libro negro con sus grabados plateados, hablándome sobre susexperiencias. Comenzamos a cogernos cariño el uno al otro con el paso del tiempo,ya no era una niña que podía entretener con historias que, la mayoría de lasveces fueron inventadas. Pero a pesar de ello, todas las noches, me recostabaen su pecho parlamentando de ningún tema en particular. Creo que su gran pena nunca fue sacada a relucir. Recuerdo que,cuando ya la razón era más que suficiente como para entender ciertos temasmás serios, comenzó con un relato que marcó mi camino más de lo que yoesperaba. A pesar de todo aquello que intentaba aparentar, él también habíatenido un pasado, ése del que muchos ansían olvidar y otros en cambio,dejan aparcado en un rincón del olvido sin pensar en volver atrás, para noatormentarse más de lo que lo hicieron en su momento. No quise resultar inoportuna, en momentos en los que habíaencontrado algo de paz, pero sentía que estaba incómodo con aquellospensamientos. No recuerdo cómo surgió, solo sé que aquella noche cerrada, encendióla chimenea de su habitación, intentando conseguir un lugar algo másacogedor. Me instó a que me sentara en el sillón que colocó frente al suyo, yencendiéndose un puro, comenzó a contarme su verdadera historia. -214-
    • “Me duele saber que el rencor, no permaneció demasiado tiempo en miinterior, puesto que lo convertí en venganza perdiendo nuevamente, unfragmento de mi alma en el proceso… Venganza que proyectó mi propia autocompasión; el mismo rencor, meconsideró víctima, y en su caso contrario, sentí culpa. Una necesidadirrevocable de invertir el proceso en mi beneficio, me ha estado llevando auna contradicción más otra. Al final, nunca logré compadecerme, sentir real lástima por él y nopor mí. Pensé que esa lástima limpiaría mi rencor mucho más efectivamenteque la venganza; en vez de perder un trozo de alma, eso me daría poder”. Así comenzó su relato, palabras inquietantes que ansiaba seguirescuchando balbucear de sus labios. Se tomaba su tiempo, quizás pensandolo que venía a continuación. Dando una calada al puro, volvía a tomar aire,me sonreía y seguía con su historia. “Realidades despertadas de un recuerdo sutil. Simples recuerdos queme han llevado al pasado por unos instantes. Sentir que nada ha cambiado,mi esencia es la misma pero ahora ha cambiado su rumbo. Corría el año…, creo que eso no es lo más importante: yo fui unhombre. Es extraño escucharlo a estas alturas, siempre intenté que mevieran como un anciano venerable, con derecho de una estirpe incluso másantigua que el mismo tiempo. Tenía una familia, una casa, una vida. Mi mujer, acababa deengendrar a nuestro primer hijo y aunque, el alimento que podíasuministrarles con mi trabajo eran insuficientes; a ellos nunca les faltócomida si con ello, yo palideciese a escondidas. El fuerte calor sofocante de aquel verano, fue consumiendo cada vezmás mis fuerzas; hasta que un día, las fiebres se apoderaron de mi ser. Con el único empeño de llevar comida a casa, escondí todo el tiempoque mi cuerpo me acompañó, la locura intransigente que estaba padeciendo.Una mañana, creí que a consecuencia de las fiebres, mi consciencia meestaba tomando malas pasadas. Enloquecí. No podía pasar mis días en la decadencia, pero no iba a ser yo quiencambiara mi pesar. El destino me jugaba bromas sin sentido, los dioseshabían decidido que debía pagar en vida. No hubo juicio en el cual pudieradefenderme, solo castigos por mis supuestos crímenes. Crímenes que aúnahora, intento averiguar cuáles fueron. -215-
    • Aquella tarde, tambaleándome intenté llegar a casa con un poco defruta que había recogido en mi vuelta. No es de extrañar que la imagenabrupta que encontré, me hiciera en delirio agarrar el cuchillo que meacompañaba en el zurrón, y apuñalar a mi mujer hasta desangrarla. La viva imagen de un hombre que creí en mi casa, solo fue el retratode un Julius joven y deseoso de un descendiente a su imagen. Lleno de cólera, intenté hacer lo mismo con él, pero a cambio, mearrastró a lo que soy ahora. Viviría una condena perpetua y eterna, porhaber desechado la vida que él mismo había engendrado en ella. Con todosmis recuerdos, en agonía. Antiguamente mi nombre era la suma de todos los nombres conocidos.Aquel que deseara conocerme, solo tenía que seducirme…, ¡qué peligrososeran aquellos tiempos!. Hoy la situación es bien distinta, ya nadie intentaseducirme, y mi nombre es solo uno: Oscar.” La primera vez que lo escuché de sus labios, me conmocionósobremanera. Pero poco a poco, me fui acostumbrando a que, cada vez que locontaba, siempre añadía matices nuevos a la historia haciéndola másinteresante si cabe que la vez anterior. Eso fue lo que nos unió hasta tal punto de quererlo como a un padre.Nuestra complicidad, molestaba a muchos; pero siempre, terminábamoshaciendo oídos sordos a comentarios sin sentido. Ahora, en este momento, hubiese necesitado alguna de las muchascosas que me decía, siempre haciendo mi camino mucho más fácil. Rebusquéen mi mente alguna de ellas, ¿Aaralyn, que me diría ahora Oscar? Aquellas palabras, llegaron a mi mente como un susurroincandescente. Sabía, o al menos pensé que venían de él. “Nosotros somos los únicos que controlamos nuestro destino.Anticípate a todos tus pensamientos”. La manada de Ghuls me rodeó, salieron todos al unísono festejando sufestín. Miré repentinamente al cielo, las nubes oscurecieron la luna y unrelámpago iluminó el firmamento. Aquel estruendo se metió en mi cabeza,sentí la necesidad de tapar mis oídos. Desenvainé mi espada, aquella manada de Ghuls famélicos y ávidosde sed, se relamían su propia saliva. Su olor a putrefacción era considerable;sus manos provistas de unas uñas que más parecían cuchillas, no mehicieron temer a primera instancia por mi vida. -216-
    • Pero fue esa voz, aquella voz que me alertaba despavorida que todoera una trampa. Miré hasta el lugar dónde supuse que provenía, y allíestaba ella. Badbh, su más guerrero fiel y Macha, cubiertos con capasnegras la tenían atada al lienzo labrado en piedra de la lápida de Julius. Latriada había comenzado su andadura, pero ¿dónde estaba ella?. -Aaralyn, ¡Huye!, ¡es una trampa!-, dijo angustiosa. El golpe que le atestaron en la cara fue brutal. Su cuerpo de cinturapara arriba se desplomó. Su cabeza se balanceaba de un lado a otro sin darseñales de estar bien. El cabello tapaba su rostro, no fui capaz de comprobarsi se encontraba en buenas condiciones después de aquel ataque atroz. Intenté acercarme a ellos, pero los Ghuls me taparon el paso.Arrebatada de todo remordimiento de conciencia, moví mi espada con lamuñeca haciéndola girar un par de veces y la coloqué en señal de ataque. Los Ghuls bufaron y protestaron tal acto, pero no se movieron de suposición, supuse que salva guardaban órdenes estrictas de ataque que aúnno habían sido dadas. Agitaban sus brazos y tambaleaban el suelo gritandopalabras inteligibles, todos al unísono. Otro estruendo, removió los cimientos de cielo y tierra, ese fue mimomento, corrí con furia hasta la pila de Ghuls desorientados espada enmano. Uno a uno, fueron cayendo sin ninguna oportunidad de entrever loque estaba ocurriendo. Todo lo que queda es una ilusión obsoleta. Tenía miedo por todas lascosas que podrían no ser. Avancé unos pasos, esquivando los cuerpos sinvida de los infortunados atacantes y miré a mi alrededor. El cielo rugía conmás fuerza y las delicadas gotas de lluvia que hasta ahora intentaban mojarmis ropas, ahora las calaban. Era una silueta que deambulaba sin rumbofijo. Lágrimas de belleza sin precedente, se deslizaban por las tumbas queahora admiraba con ansiedad y me revelaban la verdad de la existencia. Laantigua evolución de la consciencia, me alejaba de la esencia de la vida. No me sentía bien, mi vista comenzó a nublarse y los oídos pitaban deforma incesante, cada vez más intenso. Intenté mantener el tipo y llevar mivista a la tumba de Julius. Suprimida por todos mis temores o por laenajenación mental que intentaban crearme, me enjugué los ojos paraintentar divisar los cuerpos que hasta hacía un instante se posicionaban enaquel lugar, y ahora ya no estaban. -217-
    • Traté fervientemente de decirme a mi misma que todo había sido unaconfusión de mi mente, que aquella voz gritaba en mi subconsciente y no erareal. Pero al girarme, admiré los cuerpos sin vida de aquellas criaturas queme tentaron sólo hacía unos minutos. Lancé mi mirada hacia el cielo, buscando mi liberación. Lancé ungrito en par de mi lamento, de mi angustia desordenada. Los pocos deliriosde grandeza que me quedaban, expiaron soltando todas mis fuerzas en aquellamento. Caí de rodillas al suelo, dejando mi espada tambaleando con lafuerza del viento. Quise escudarme en el vacío, escuché como alguien se acercaba pordetrás, estaba tan desnuda en la oscuridad que mi mente no se sintió confuerzas para reaccionar. Su aliento fétido se introducía en el últimoresquicio de mi ser. Pensé que era mi mejor opción, cerrar los ojos y dejarme abandonar ami suerte. Pero aquella voz, retumbaba una y otra vez dentro de mi mente:“¡Si quieres vivir, recoge tu espada!”. No quería tocar el cielo, todavía ansiaba sentir la sed de venganza, lased de poder. Oscar siempre me recordaba, día tras día, que era la única enrecrear los grandes logros del clan en mis manos. ¿Por qué me comportabade forma tan cobarde? Cuando ya sentí a pocos centímetros sus lánguidas manos rozándomela piel, aquel que intentaba rehusar alzarme; agarré con furia mi espada ysin moverme de la posición en la que me encontraba, le atravesé con ella. Sentí como mi furia se iba apoderando cada vez más de mi, despuésde todo era mi naturaleza. En ningún momento debí dudar de mi posición.Me incorporé, un gran bulto de aquellas criaturas, se acercaba en acecho.Delirantes, con paso firme levantaban la tierra que se aposentaba en sucamino. Me sentí acorralada, eran demasiados. Si ahora caía y todo se pierde,entonces iré de donde provengo. Mi respiración estaba algo más agitada delo normal, empuñé mi espada con fuerza y determinación. Ya quedaban pocos metros para que la carnicería se hiciera presentecuando, saliendo de la nada, Darklay, Marlond y Jillian, aparecieron por laretaguardia. No hubo palabras, pero me alegré de que por un azar deldestino, llegaran a mi encuentro. Si ellos no hubieran aparecido, nuncaatraparía en mi ser el sentimiento de rendición, mi vida no vale nada acomparación de todas las que se encontraban en la casa. -218-
    • Eran demasiados, las espadas bailaban de un lado a otro cortando elmismo viento, haciéndolo rugir con más virulencia. Debíamos vencernuestros miedos; por ellos, iría a los confines del mundo con tal de queninguna de estas criaturas maltratase a nuestra especie de nuevo. La furia se denotaba en nuestros rostros, pero los Ghuls, tampocovenían de vacío. Llevaban corazas y provistos de lanzas, siendo signo de malagüero. Nos movíamos en todas direcciones y cuantos más derrotábamos,más aparecían detrás de las colinas. Mis fuerzas comenzaron a flaquear, miré un instante a Marlond, confuria y atino con la espada; Darklay retorciéndoles las extremidades y aJillian; combatiendo cuerpo a cuerpo contra uno de ellos y en un descuido,estocándole su espada atravesándole las entrañas. Esto era solo el principio; la lluvia nos dio una tregua y apartó lasnubes descubriendo un cielo estrellado. Cuerpos se apilaban unos encima deotros sin control, dejándome acorralada entre ellos. Uno de ellos se acercócon tal acritud, que no me dejó tregua, agarrándome con sus uñas por lagarganta, alzó mi cuerpo unos palmos por encima de su cabeza. Lo miré a sus ojos encendidos con angustia. No pensé que mi finalfuese a manos de aquel ser sin nombre. Se deleitó olisqueándome y lanzandosu aliento por toda mi piel. Lamió mis mejillas saboreando el goloso festínque se había ganado sacando una daga que llevaba empuñada en sucinturón. Marlond gritó mi nombre. Lo vi correr por encima de los cadáveres ysorteando a todo aquel que se anteponía en su camino. El Ghul, lamió ladaga por los dos lados y se preparó para atravesármela. Marlond lo agarrópor detrás con ira y enseñamiento, clavándole su espada. Al traspasarlo, una bocanada de líquido glutinoso y denso, cubrióparte de mi cuerpo; sus uñas todavía seguían clavadas en mi cuello. En undelirio de sus fuerzas ya casi sin vida, me clavó la daga en la pierna. Darklay avisó que habíamos terminado con ellos entre gritos yalabanzas por una batalla sin pérdidas y Jillian, miraba al cielo mientras selimpiaba la cara con trozos de sus pieles podridas. Marlond se abalanzó sobre mí. Tembloroso e inseguro, admiró laherida de unos centímetros que mi muslo albergaba. Ardía, me hizo retorcerde dolor. Pareció estar rociada con un especie de veneno paralizador, no eracapaz de mover mis piernas y mi cuerpo cada vez se sentía más cansado ysin fuerzas. -219-
    • -No te preocupes cariño, te pondrás bien. No dejaré que te pase nada-,dijo mientras me acomodaba en su pecho. Darklay, al encontrarse con la escena, salió a mi encuentro. Tanteó laherida y sacó la daga de mi carne sin remordimientos. -No tenemos mucho tiempo Marlond. Los Ghuls, suelen rociar susuñas y dagas con la sabia de la comocladia dodonea, e incluso en ocasiones,lo mezclan con blighia sapida. El segundo es muy venenoso y peligroso. Nosuelen sembrarse donde se crean asentamientos, ya que el veneno seencuentra en la cápsula de semillas, que contienen una cubierta blanca ycarnosa alrededor de su base, unida al fruto-. -Las dejan secar y queman las semillas junto con la sabia de lacomocladia creando un veneno mortal-, dijo desolado. -Pero, ¿hay alguna forma de salvarla?, tiene que haber un antídoto¿no?....¡Darklay!-, gritó Marlond desesperado. -Debemos llevarla a la casa. No le queda mucho tiempo, necesitapaños húmedos y beber bastante líquido. Los primeros síntomas sonparálisis y deshidratación-, dijo Darklay. -¿Y después qué?-, le replicó Marlond. Su silencio habló más que cualquiera de las palabras que pudiesensalir de sus labios. No habría mucho que hacer, mi agonía sería lenta apesar de que el desenlace sería el mismo. -¡Jillian!, ¿puedes cargar con ella hasta la casa?-, preguntó Marlondafligido. Jillian no le contestó, simplemente me sujetó en sus brazos y caminóhacia la casa sin mirar atrás. Vi como Marlond se acachaba para recoger unpuñado de tierra donde mi cuerpo había estado recostado hasta ese instante. Sus piernas flaquearon clavando las rodillas en el suelo, levantando elpolvo del camino. Afligido y sin fuerzas para continuar, se quedó fijomirando como Jillian me acunaba. Nuestras miradas se cruzaron en unadesesperación eterna por ser aquel nuestro último encuentro. Busqué fuerzas de dónde no las había y logré levantar mi brazoextiendo mi mano hacia él; él extendió también el suyo, mi amor, miconsuelo. Vagaría solo en este mundo interminable, donde sólo la muertesaciaría su dolor por mi pérdida, pero aprendería a superarlo. -220-
    • Toda mi vida, pasó delante de mis ojos. La luna, consiguió ganar latregua a la colérica tormenta, que nos acompañó durante el combate. Unardiente y febril deseo de paz, recorrió todos los resquicios de mi cuerpo. Celosa penitencia, dejar a mi amor caminar sin consuelo; deseabamantenerme firme y sacar todo resquicio de pena en su ser. Me sentía rota,sola en mi agonía. No volvería a sentirlo, estaba cansada de seguir aquí. Suprimida por todos mis temores; deseaba que se marchara, al menos,que se diera la vuelta para no reproducir en mis retinas el dolor ysufrimiento que su gesto delataba. Mi presencia, aunque apagada todavíapersistía en este mundo; y esas heridas no le dejarían sanar. Había tanto enese instante, que sería imposible que pudiese borrar. Cuando estuvo triste, yo le enjugué sus lamentos; cuando gritaba,combatí todos sus miedos. Sostuve su mano a través de todos estos años;pero todavía tenía…, todo de mí. Una lágrima furtiva se deslizó por mi mejilla. Sabía que mi tiempohabía llegado a su fin. Qué forma más hermosa de acabar mi existencia,reteniendo en mis pupilas al amor que ungió mi ser con el sentimiento mássincero. En ese instante cerré los ojos y mi brazo cayó sin vida en la espaldade Jillian. Pero aquella imagen de Ann, cerca de Jillian, me llenó ese miúltimo instante de una paz eterna. -221-
    • 18 Un amor para recordar Ahora lo entendía todo. No dejé de leer aquel diario palabra porpalabra, página a página; hasta terminar cerrándolo por la tapa del final.No soportaba ver, cómo estaba desperdiciando mi vida, o quizás lo quequedase de ella. Sobre todo cuando estaba tan cerca de llegar a ser feliz. Era bello ver atardecer en el mar. Aparté mi diario a un lado, encogímis rodillas y abrazándolas, esperé ver como el agua engullía al sol en susentrañas. Intenté esperar en aquella posición el tiempo justo para darme cuentaque la luz, pasaría a ocultarse en pocos minutos, por lo que, me levanté;recogí la mochila del suelo y metiendo el libro en ella, caminé descalza hastael coche. Se había levantado un aire engorroso. Las olas rompían con mayorvirulencia al chocar contra las rocas del desfiladero y el fuerte olor a sal, seintroducía en mi cuerpo resecando la piel. Un escalofrío tétrico, recorrió micuerpo desde la cabeza hasta los pies. Me paré en seco. Miré a mi alrededor; el sonido estrambótico del aire,parecía hablar enfurecido; la oscuridad, absorbía mi rededor, sentí miedo,un terror como nunca antes había experimentado. Corrí hacia el coche, intentando sacar las llaves de mi bolsillo almismo tiempo. En mitad del camino, con el traqueteo de los dedossacudiéndose unos a otros como consecuencia del movimiento repentino,cayeron al suelo enterrándose en la arena. Arena que parecía estar en rebeldía suprema. El aire la removía deun lado para otro, creando pequeños túmulos flotantes. Translúcidasparedes granuladas que parecían más bien intentar impedir que llegasehasta el coche. Cavilé un segundo, pero cuando cobré de nuevo la cordura necesariacomo para mantener mi mente más fría y consecuente, sujeté con fuerza lamochila que pesaba más que cuando recordé sostenerla la última vez, meagaché y abriendo mi mano, agarré las llaves dejando que el resto de arena,se deslizase entre mis dedos. -222-
    • Titubeé intentando encajarla en la cerradura. Mis pensamientos sedispersaron una fracción de segundo hacia otros más inoportunos: lamuerte…, el destino…, el amor. Si mostraba más atención a lo que me rodeaba, podían oírse lossusurros incesantes al unísono de un bravo poderío antiguo. Unainsubordinación triste y melancólica; un llanto lejano, Intenté aferrarme alúnico recuerdo hermoso que tenía. Aquel que después de releer el diario quemis manos sostuvieron durante aquella tarde, me hicieron ver lo que enverdad era, quien era. Intenté imaginar a mi ángel, lo que una vez fue solo oscuridad, tansolo un instante, su solo recuerdo lograba abrir una luz que me iluminase.Aún con su aspecto algo intrigante, con su ternura algo disimulada hasta elextremo y sentimientos navegantes; hacía que mis fuerzas siguiesenadelante en su propósito a pesar, del terror ostero que me rodeaba. Conseguí encajarla y con un simple giro de muñeca, escuché el sonidocaracterístico de la cerradura al abrirse. Agarré con fuerza el manillar yentré despavorida en el coche, cerrando todos los pestillos. Intentando tomar el aire, recostada en el asiento, dejé escapar unsuspiro cerrando los ojos fuertemente. Fue ese olor dulce, el que me hizosalir del trance en el que me encontraba. Miré a mi alrededor intentandodescubrir de dónde procedía. En el asiento del copiloto. Ahí encontré unas cuantas flores blancas,con el centro de un amarillo gloriosamente llamativo. Coloqué las manos enel volante, con los ojos abiertos de espanto y el corazón latiendo de formadesmesurada. Miré en todas direcciones, el día estaba dando paso alcrepúsculo; estaba sola y tenía miedo. Introduje la llave en el contacto, pero a pesar del terror desmesuradoque albergaba, era mayor mi curiosidad por aquellas flores, que de la nada,habían aparecido en el coche. Me sentí algo más segura escuchando defondo, el ruido del motor en marcha. Recogí una de ellas, admirándola detenidamente. La llevé hasta minariz, haciendo que el dulce aroma se introdujese dentro de mis fosas en unainspiración profunda. Sus pétalos, rozaban mis labios acariciándolos de unmodo primordial, haciendo que mis sentidos se abandonaran haciasentimientos más íntimos. Recuerdos anhelados. Volví a admirarla, ahora más detenidamente. Tenía un parecido, casisin titubear en su nombre, al alelí; el árbol que aún se mantenía en pie, en el -223-
    • juicioso jardín de la casa de Elisabeth que, a pesar de las enredaderas secas,mantenía rudo su esplendor de antaño. No encontré forma posible de introducirlas de aquella forma en elasiento, pero su olor me encandilaba. Comencé a sentir esa apaciblesensación, cuando el cuerpo cansado se acopla en un lugar cómodo yconfortable, relajándose hasta el punto de que los párpados, pesaban de talforma, que sentí la necesidad de dormir. Las luces fueron ocultándose y con ellas, mis ojos caminaban de lamisma forma. Respiraba despacio, fundiéndome en el bienestar que merodeaba. El cansancio, hizo mecha en mi ser; al menos tenía un lugar dondedescansar unas horas antes de proseguir. Entre sueños, intentaba distinguir la figura que pretendía acercarsehasta mí, pero era tal la necesidad de liberar mi turbado cuerpo, de laextenuación que me acompañaba, que ni tan siquiera le di importancia.Apagué el motor y me recosté en el asiento. “-No mortifiques tu alma cálida con lágrimas calladas-, me dijo convoz melancólica. Levanté mi vista, secando mis ojos. Me senté en la cama, dejando lamente en cavilaciones vacilantes e incomprendidas. El cuerpo, me pesabademasiado como para pretender saltar a sus brazos; la rabia, sabia ironía, sehabía apoderado de él manejándolo a su antojo. Siempre era fiel a su cita aunque, hoy era algo más temprano.Todavía seguía escuchándose en la plaza, el griterío de un concluyente yensimismado crimen. Agradecí que cerrase la ventana al entrar, el horribleolor a carne quemada, se introducía en todos los huecos de mi ser. Hoy estaba especialmente interesante. Con su mano apoyada en eltocador; sus ojos grandes y brillantes, fijos en una dirección completamentedistinta a la de siempre. Quise distinguir un par de flores de alelí,jugueteando entre sus dedos. -¿Por qué son tan crueles con las personas que no son capaces dedefenderse? ¿Cuándo acabarán con esos dones absurdos, acoplados en genteque ni tan siquiera, saben lo que es eso por lo que se les acusa?-, le preguntédesolada. -Elisabeth, te queda demasiado por aprender. Ellos, solo hanescuchado resquicios de algo que ni tan siquiera son capaces de imaginar. Sien verdad estuviesen al tanto de todo lo que vive en la oscuridad de los -224-
    • abismos, respetarían si cabe los actos que originan-, dijo acercándose hastami descanso, sentándose en la cama. No comprendía todo lo que estaba ocurriendo. Es difícil asimilar unapérdida, y más aún la forma en la que me alejaron de ella. Parecía algomolesto por la misma muerte. Estupefacta y espantada, no era capaz de moverme de la postura quehabía adoptado cuando me incorporé de mi llanto. Sabía que habían pasadovarios minutos desde su compañía, pero el silencio ahora se hacía máspresente. El tumulto había cesado; se habían apagado aquellas voces obscenashacia su persona. Se estremeció con una incontenible agitación, ydirigiéndose a la ventana, intentando buscar una respuesta a su descontentorepentino. -Elisabeth, el tiempo se vuelve cada vez más impetuoso. La cautela,ya no es obra divina del oscuro estandarte. Los días ya no transcurren de lamisma forma que antaño;, el aire límpido, ya comienza a tornarse turbio-,dijo acercándose una de las flores hacia sus labios. -Jillian, ¿qué ocurre?, nunca te había visto de esta forma-. -Se aproxima mi eterna desdicha, éste no es mi mundo y tú noperteneces al mío-, esbozó entre susurros admirando un punto distantedesde la ventana. Dejó caer las flores al suelo y abriendo la ventana, se esfumó sin decirnada más. Mi desconcierto, abrumaba mis sentidos; levantándome hacia laventana, dejé que las cortinas me envolviesen. Desperté sobresaltada. Miré a mi derecha, las flores seguían estandoen su lugar. Un desafortunado recuerdo, encogió mis entrañas. Agarré elreloj, todo estaba aún oscuro. Volví a dar el contacto para encender las lucesdel coche, todavía quedaban un par de horas para que amaneciese. Ya ni siquiera me molestaba la herida de la pierna, no le habíaprestado atención desde hacía ya demasiado tiempo. Llevé mi vista haciaella y bien puedo decir, que los dedos titubearon al rozar la piel sin cicatriz.¿Habría sido también un sueño? Encendí el motor, puse la primera y me dispuse volver de nuevo a lacarretera. Dejé que ella me llevase a un lugar de destino. La gasolina,estaba a punto de agotarse y el camino, ahora lo cubrían siembras -225-
    • interminables de álamos altivos. Hacía tiempo que había dejado atrás elasfalto, por un camino rugoso, de baches y desniveles mal dibujados. Sabía que no aguantaría por mucho más tiempo. La batería fueapagándose lentamente, hasta dejarme a oscuras con el coche parado.Agarré mi mochila y salí del coche dejándolo en aquel paraje. No anduve demasiado por aquel camino, que más que andar me hacíatropezar impidiendo mis pasos con mayor constancia. Una sombra meatravesó, haciéndome parar en seco. El corazón, comenzó a palpitar contrami pecho y la respiración acelerada, hizo que un agotamiento confuso,paralizase mi cuerpo. Miré en todas direcciones inquieta. Tenía que pensar algo pronto, nofue una buena idea salir del coche; pero por otra parte, ya no me sería deutilidad. Esa voz; ahora la escuchaba con mayor nitidez. Llevaba un ratoescuchándola, pero más parecían susurros de las ramas de los árboles alchocar unas contra otras, que una voz musitando palabras. Cortó el viento aquel sonido metódico. Notas melancólicas saliendo deun violín, creando una bella melodía de fondo, iban subiendo su tono inicial,al mismo tiempo que yo caminaba hacia lo que pensaba, el foco de aquellacanción. A cada paso que daba, mi mente parecía apreciar con excesiva nitidez,todos los recuerdos que habían quedado suspendidos. ¡Jillian!, grité almismo tiempo que corrí hacia el origen del sonido. Cesó la melodía. Yo paré en seco mirando hacia todos lados como unaposesa. Distinguí una figura apoyada en el árbol, con delicados movimientosy sutilezas bien ensayadas. En su mano, la sombra de lo que parecíadistinguirse como un violín, descansaba en una de sus piernas, mientras queel arco, sobresalía de ellas. Caminé despacio, temerosa de otra oscilación variable de mi menteperturbada. Pero fue mi nombre, musitado de sus labios lo que me hizodesfallecer. Dejé caer mi mochila al suelo, y corrí hasta él con todas misansias. Me sentí absurdamente tonta, los recuerdos que en mi cabeza sedespertaban por momentos, y que con anhelo sublime, encaminaban haciaun solo ser; desconcertaban mi realidad haciéndola cavilar en un hilo desolemne espesura. -226-
    • Apoyada en el mismo árbol, inmóvil, terminé apoyándome en surobusto tronco. El aire, ahora balanceaba con mayor virulencia las ramas,que chocando unas contra otras, creaban la armoniosa melodía que,inútilmente deseé que fuese su violín. Esperé hasta que el alba comenzó su pequeño ritual. El rocío, seescurría entre las hojas del árbol, mojando mi pelo; el cielo, parecía tornarseentre claro oscuros, en un lienzo impenetrable y yo, seguía sentada en elmismo lugar dónde mis ilusiones se desvanecían con el paso de las horas. Pero fue el gran tumulto que, majestuoso se erguía delante de mí, elque enfundó mi cuerpo en un recogimiento tal, que mi alma entera gruñó degozo, al admirar la casa. La casa del lago de Jillian, mis pasos, me habíanvuelto a llevar hasta él. El destino, suele ser variable en muchos casos; peromi destino, siempre guiaba mis pasos hasta él. -227-
    • 19 Desatino Esperé admirando desde la ventana del salón que me traíademasiados malos recuerdos; el cielo se oscureció y la lluvia nubló todas misexpectativas de ver más de lo que deseaba. Un estruendo, removió el suelohaciendo retumbar los viejos y pringosos cristales, alterando mispensamientos. Cada una de esas gotas, parecían contar una triste historia alcaer. Odié las maliciosas e injustas palabras que Jillian utilizó paraexigirme permanecer en aquel lugar, cuando ellos, corrían despavoridos enayuda de Aaralyn. Extrañando profundamente, la presencia de Orlando enaquella casa. Ninguno se dignó hablar conmigo, me miraban con ojos tunos,enlosados en pensamientos indignos hacia mi persona. Detestaba suscomentarios, la forma en la que inquirían en lo desafortunado que estuvoJillian en su momento. Si estaba distraída en mis pensamientos, ya eratema de conversación; y sin embargo, si tomaba parte en una tertulia, todosesperaban expectantes cualquier palabra que mis labios esbozasen. Intenté dejar aquellas voces en un segundo plano. Ansié doblegarmeante este cuerpo inerte que ahora era parte de mi terrible existencia. Aquelgrito, seguía retumbando en mi cabeza como el peor de los lamentos. Esperéinquieta alguna señal, la desesperación me abrumaba. La lluvia dejó paso a la temible calma. Los cielos se abrieron conrebeldía, desviando las nubes a un segundo plano. La luna abrió laoscuridad y dejó que mis pupilas llegaran a distinguir las sombras de lacolina donde se encontraban. Una luz blanca cegadora, se abrió ante mí. No entendía lo que meestaba pasando, vi a Aaralyn a manos de un Ghul; Marlond corríadespavorido y le clavaba su espada hasta retorcer sus entrañas, en pequeñaspartes oriundas. En ese instante, ella cae al suelo, pero…. Sentí la necesidadde correr hasta aquel lugar, Aaralyn no se encontraba bien. -¡Aaralyn!-, grité en agonía mientras mis piernas comenzaron a correrdespavoridas hacia la calle. El broche que recogía mi cabello, salió despedido dejándolo caer sobremi espalda, agitándose descontrolado. Recogí con mis manos la falda del -228-
    • largo vestido con intención de no caer de bruces al pisármelo, y bajé lasescaleras que me llevaban hasta el primer pasillo. No conocía la salida, pero corrí de un lado a otro buscando el vestíbuloque me llevaría a la puerta de entrada. Abrí con furia la pesada puerta demadera labrada. El aire, asfixiaba mis más primordiales temores. Agradecí que lasnubes dieran una tregua, todavía no tenía demasiado acostumbrados los ojosa la oscuridad; y la luna, hizo de mi fiel guía. La angustia me abrumaba, ya no sentía la conexión que desde elprincipio me ataba a Aaralyn. Tropecé en infinitas ocasiones con los altosdel camino, uno de mis zapatos salió disparado. Reparé en mi cometido uninstante para recogerlo, pero estaba destrozado. Como en un destello, me quité el otro zapato lanzándolo al suelo,recogí de nuevo mi vestido y corrí ahora con mayor torpeza, hasta elmausoleo. Reparé, vi a Jillian sosteniendo entre sus brazos a Aaralyn. Sucabeza, se balanceaba y sus extremidades parecían no tener ningún atisbode vida. -¡Aaralyn!-, grité ahora con la voz entre cortada y desvalida. Esperé desconsolada admirando aquella imagen. Jillian caminabadespacio pero con paso firme, podía ver como sus ojos desalentados,portaban algo más que un cuerpo sin vida. A cada paso, levantaba el polvo que se removía del suelo, y los fuearropando en un halo de nobleza, llevando mi interior, a un profundo pesar.No era lo insensible que todos aparentaban, quizás fue mi tempranatransformación, lo que me hizo tragar saliva y acongojar lo que quedase demi corazón. Sin alma, mi espíritu estaría dormido en algún lugar frío pero missentimientos, como tatuados en mi mente, hicieron que tuviese la sensaciónnecesaria, de dejar que mis lágrimas cubriesen la blanca y fría piel, duracomo el cristal. Aquí estoy, no he dejado mucho atrás, ya casi a penas lo recuerdo; solosé, que ahora ellos son mi familia y Aaralyn…, me había enseñado a ser todolo que soy. -229-
    • Luché por la oportunidad de que al menos, su desvanecimiento sedebiese a una pérdida casual de conocimiento. No había nada que pudieradecirle, nada que le hiciera ver lo que significaba para mí, que ella nosabandonara. Aún así, él no pronunciaría palabra alguna; sus pensamientosestaban demasiado lejos, y sus palabras sin sonido. Sabía que les habíafallado; no imaginé que una milésima de segundo, en aquel preciso instante,me podía ofrecer la posibilidad de salvar su vida. Pero ahora, honestamenteveo que era su destino; no podía hacer cuenta de él. Llegó hasta mi altura, abatido y sin fuerzas para seguir. Me abalancésobre su cuerpo, intenté colocarle la cabeza sin encontrar ningún resquiciode vida. Me arrodillé en el suelo desconsolada, sin palabras, abatida. Jillian,dejó un instante suspendida su mirada en mis ojos y prosiguió con sucometido sin mediar palabra. Me quedé sin fuerzas, no fui capaz de acompañarle en la cometida.Luché conmigo misma, contra todo aquello que permitió que esto le pasara,sin encontrar respuestas. Rota, sin vida, me rendí ante lo evidente. Mejustifiqué, al menos, yo no podía haberlo evitado pero aún así, me sentíaculpable. Creé mi propio mundo para escapar de aquella pesadilla, refugiada enmis lamentos, admirando el cielo púrpura que se alzaba ante mí. Tragadapor el sonido de los gritos que nunca exterioricé, no dejé de darle vueltas a lacabeza el triste temor a miles de noches silenciosas en penitencia y soledad. Yo y todo lo que defendí vagamos todos en pedazos, deseandoencontrar mi propio camino, una salida a esta desesperación que corroía misentrañas. Ni siquiera fui capaz de darme cuenta cuando Orlando aparecióalicaído a mi lado y me llamó con intención de volver a la casa. -¿Cómo puede hacer la oscuridad que me sienta tan mal?, tú eres muyimportante para cualquiera, ¿hay algo mal en todo lo que ves?, siento comomi lugar no está aquí en este instante. No lo comprendo-, dije sin queapenas mis palabras retumbasen en los labios. -Pero yo sé quién eres realmente-, dijo firme. -¿A dónde irás cuando no quede nadie que te salve de ti mismo?. Nopodemos escapar de esta condena, ¿por qué me hicieron esto?-, dije mientras -230-
    • me daba la vuelta hacia donde se encontraba y apretaba mis puños una yotra vez contra su pecho. -Piensas que no puedo ver a través de tus ojos, Ann. Todos sentimosmiedo de enfrentar la realidad; damos por hecho que nadie parece oírnuestros más oscuros lamentos, pero yo siento todo lo que tú sufres-, dijosujetando mis brazos por las muñecas dulcemente y con la voz más pausada. -El miedo está solo en nuestras mentes; con el tiempo, aprendemos acontrolarlo. Es nuestra triste existencia la que nos hace remover todos esosfantasmas que nos rodean una y otra vez, perturbándonos. Sé que notardarás en darte cuenta que eres como yo-, prosiguió hablando. -Llévame a casa; mi única esperanza, mi única paz es saber que miamor está donde yo estoy-, dije consternada. Caminamos en silencio. Encontré mis zapatos esparcidos por lamaleza y los recogí. Uno de ellos se había roto, pero los agarré igualmente.Hasta entonces, había ignorado que mis pies desnudos caminaban sinsoportes que los protegiesen. Me tomó en brazos. Nuestras miradas se cruzaron, fui incapaz denegarme ante su acto gentil. Yo nunca hubiera sido capaz de contarle mipercance. -Aún puedo sentir el aroma de tu piel…; espero que sepas que esto nofue tu culpa. Es personal, todo tiene que ver conmigo. Fui un ignorante alenamorarme de ti. Lo siento-, dijo conmovido por el instante. Mis ojos se iluminaron, dejando a un lado la tristeza que se refugiabaen mis adentros. -Orlando, el amor lastima hasta el ser más horrendo de la tierra,estropeando cualquier corazón latiente o aletargado. Toda mi vida he estadobuscando algo que nunca viene, dejándome con el sentimiento más afligido.Siempre pensé que eso nunca llegaría, y ahora mi confusión me abruma-,paré en seco mi exposición. Creí que la situación se estaba volviendo insostenible, ya podía ver lacasa a unos metros y le pedí amablemente que me volviese a dejar en elsuelo. Lo deseaba más de lo que imaginaba, pero el rostro de Jillian, serepetía una y otra vez en mi cabeza como un mal sueño. Sé que nunca amé de esta manera antes, a pesar de que mi vida nosería la misma, tenía que asumirlo; y encontrar la fuerza que me hacía faltapara dejar a uno de ellos marchar. No entendía lo que podía atraerme de -231-
    • Jillian, y menos aún pensar que Orlando, rondase mis pensamientos deaquella manera. El silencio nos envolvía. Cánticos de desesperanza y perdición,retumbaban en las paredes macizas. Jillian, había depositado el cuerpo deAaralyn encima de la mesa del gran salón. Se encontraba frente a ella,sujetándole la mano, inmerso en el mayor de sus pesares. Los demás esperaban en silencio, sin saber qué decir; sin comprender.Orlando y yo, llegamos al mismo tiempo a la puerta del salón. Me dejó pasoreverenciando caballeroso en sus atenciones. Fue aquel gesto, su manosujetando la de Aaralyn, la dulzura con la que sus dedos, se entrelazabancon los de ella. Incluso la mayor tristeza, podía llenar su ser de una luz que enesencia, fue la más bella que mis ojos taciturnos vislumbraron. Me acerquédespacio, noté cómo Orlando me dejó espacio, permitiendo que mis pasosllevasen mi cuerpo hasta ellos. Bajé mi cabeza en señal de respeto cuando me situé en su presencia.Miré de reojo a Jillian, desalentado y afligido. Acerqué mis dedos hasta elmechón de su cabello, que vapuleante, jugueteaba con mis ojos, impidiendoadmirar su rostro. Giró su mirada hacia mi persona, cuando notó el roce de mi manoacariciando delicadamente su pelo. No aguantó tanta presión, salió de lainstancia tambaleándose, perdido. Admiré el bello rostro de Aaralyn. Incluso en aquella situación, su pielseguía destacando con el color de las ondas cobrizas que adornaban sucuerpo. Recogí la mano que Jillian dejó suspendida y la coloqué encima desu pecho. La ventana, se abrió de bruces en estrépita agitación. Las cortinas sebalanceaban descontroladas. El aire, acariciaba con virulencia mi rostro,removiendo mi cabello sin control cegando mis ojos. Agradecí que Orlando seacercase para cerrarla. Cascos de caballos, se escuchaban en la lejanía. La noche volvió acerrarse, parecía llorar por nuestra pérdida; poco a poco, arrebataba susilencio con truenos encarnecidos y atroces envestidas. Entré en la cuenta que Marlond, no había aparecido. Salí del salón yvolví a la calle. Allí se encontraba él. El aguacero descargaba toda su rabiasobre su cuerpo. Cabizbajo y sin fuerzas, se dejaba llevar por los vaivenes -232-
    • del tiempo, sentado en el muro sur que rodeaba la casa, aliviando su pena enla más íntima soledad. Pensé dejarlo un instante a solas, su dolor era intenso. Quizás yo nosería tan fuerte como él; sosteniendo en mis brazos al amor de mi vida yviendo cómo lentamente se va apagando su vela, sin ser capaz de hacer nadapor él. Son momentos indescriptibles. Pero su dolor, era incluso más grandeque cualquiera de aquellos que seguían en el salón, admirando su cuerpo sinvida. Una guerra interna, de debatiría sin control. Por una parte, lapersona más importante se había esfumado, y por la otra, no debía sentirseante los demás; demasiado apenado por la pérdida de un semejante que enesencia, era uno más del rebaño. Sentado en la oscuridad, no puede olvidar que incluso ahora; a pesarde su eterna existencia, se daría cuenta del tiempo que nunca conseguirá.Amargas situaciones del destino que no volverán a traerla de nuevo a susbrazos. Me acerqué despacio hasta él. Necesitaba gritar al viento, soltar todolo que llevaba dentro. Nuestros comienzos, no fueron lo que se suele decirdemasiado agradables, pero ahora, él necesitaba desahogar su pena y yo,estaba dispuesta a escucharlo. -Me pidió que la amara y lo hice; cambié mis sentimientos para uncontrato al compromiso, y cuando me alejé de ella un simple segundo, me laarrebatan de las manos. Oigo su voz dentro de mi cabeza, nosotros nuncavivimos, no volveremos a nacer de nuevo; no podré sobrevivir con lasmemorias muertas en mi corazón-, dijo hundido en la desolación. Apretó los dedos contra sus ojos, parecía ser la única cosa que enaquel momento mitigaba su dolor. Debilitado, intentaba pasar el trago máscrítico de su existencia, asimilando poco a poco todo lo que estaba pasando. -Marlond, no soy la más adecuada para consolarte. Lo siento…-, dijeentre sollozos y sin ser capaz de terminar mi frase. -La única voluntad ahora es la nuestra. Debemos continuar, nopodemos abandonar el cometido que instauró su derrota-, dijo mientras sedaba la vuelta y fijaba su febril mirada en mis ojos. Tan larga como ardiente, la mantuvo en silencio; los dos lo hicimos. Alcabo de un instante, cerró sus ojos. -233-
    • -Morimos cuando el amor está muerto, perdí un sueño que nuncatuvimos. El mundo en silencio, se sentiría siempre solo…, ahora se acabó.Ann, estaba equivocado; agradezco todo lo que has hecho por nosotros, almenos, tuve la oportunidad de compartir sus últimos segundos a su lado-,dijo dando un pequeño golpe en mi hombro mientras se marchaba hacia lacasa. Cerré mis ojos, intentando perder el sentido del miedo. No pensé quepor la imprudencia de Jillian al llevarme hasta la casa, propiciando undefecto en mi ser; provocase la muerte de Aaralyn. No debía estar en aquel lugar. Tenía que abandonarme a mi suerte.Me estaba juzgando demasiado, haciendo daño a mi mente y a lossentimientos confusos que por ella se paseaban. La lluvia, caía con másvirulencia, pero no me importó. El vestido, pegado al cuerpo, parecía mi segunda piel. Agradecí nosentir frío, ni el agua calando mis huesos. ¿Cuántas sensaciones habríadejado escapar en el olvido?. Los relámpagos competían unos con otros,haciéndose notar en el inmenso cielo. Necesitaba subir al mausoleo. Mi mente, pedía a gritos admirar ellugar dónde sucedió la cruel tragedia. Cuerpos de Ghuls sin vida, se mostraban apilados unos sobre otros,incluso algunos miembros desgarrados de sus cuerpos, se balanceabantorpes sobre la tierra mojada. Necesité aquella soledad; la lluvia incesante,siguió largo rato Enmascarando la escena y yo, sentada en una de las losasde piedra con alguna inscripción que ni siquiera reparé en leer, esperé verpasar el tiempo, intentando colocar todos mis sentimientos en orden. Los árboles, eran agitados con furia irónica; mis ojos perdidoscomenzaron a cerrarse cansados. Una extensa niebla, comenzó a cubrir elhorizonte, pero yo seguí en mi posición, inmóvil; viendo como el tiempopasaba sin importarme. El mundo al que ahora pertenezco, es tan prohibido como frágil. Sinsus misterios, no puedes sobrevivir; como con tantas otras cosas en miextraña vida, la corriente me arrastró a ello. No podía comprender el vacio,la necesidad innata de compartir sensaciones en mi cuerpo que ahorapalidecían irremediables. Estaba segura, que si mi vida hubiese seguido de forma mortal,habría echado a perder mi juventud, fue duro separarme de mi familia;echaba de menos a Alice; la voz de mi madre llamándonos para cenar…, solo -234-
    • eran flashes en mi atormentada memoria, pero que en aquel momento mereconfortaron. En lugar de cicatrizar, esa herida estaba cada vez más infectada,pensé que con el tiempo me iría haciendo a la idea, entonces todo este dolordesaparecería. Abandoné mis sentidos hasta dejar mi mente en blanco.Estaba dolida, me habían hecho ya demasiado daño, temía que un simpleroce abriera mis heridas; es como si el desaliento me abrazase en silencio. En un mundo tan miserable, su luz era demasiado cegadora; pormucho que extendiese mi mano, jamás volvería a retener entre mis dedostodo lo que un día resultó ser mi vida. No entendí, por qué volví a quedarmedormida. Tomé una postura algo incómoda que provocó un fuerte dolor decabeza. Todo parecía estar en calma; el sol deseaba aparecer en el vástagocielo. Sus tintineantes y caprichosos rayos, comenzaron a iluminar elhorizonte recelosos. La cruenta imagen que me acompañaba, ahora parecía másdesgarradora. El color de la oscuridad, camufló en cierta forma, aquellamacabra ilusión. Los pensamientos de aquella noche, volvieron a retornarsede nuevo, no me dejaban tregua. Desesperada, nublada por el agobio de misituación; me acaché y recogí del suelo una daga. La admiré sin temor, todo lo que se maquinaba en mi mente no eradel todo una mala opción. Estaba cansada, no había nada que me retuvieseen este lugar; me encontraba sola, no tenía nada que perder. Rocé la yema de mis dedos por su afilada hoja, la sensación que aquelacto produjo; me hizo regalar al sonido del viento un suspiro de mis labios,mientras deleitaba mis ojos con el dulce y cálido amanecer. Cerré mis ojos, inspiré el aire que ahora no necesitaba, aunquereconfortó mi cansada mente. Incliné mi cabeza hacia atrás, sintiendo comoel aire golpeaba mi cara, acariciando mis mejillas con el roce del cabellobailando a su son. -¡Ann!, pero ¿qué estás haciendo?-, escuché a mi espalda como unsusurro. No me giré, estaba tan concentrada en mis pensamientos y en lassensaciones que en aquel instante me estaban regalando, que ni tan siquieracaí en la cuenta que me observaban. -235-
    • -¡Ann suelta eso, puedes hacerte daño!-, insistió nuevamente, peroahora arrebatándome de las manos la daga que mis dedos recelososacariciaban, haciéndola rebotar en el suelo. -¡Orlando!, no te había escuchado llegar-, dije conmocionada. -Estuve toda la noche buscándote, pensé que me habías dejado. Metenías preocupado-, dijo ahora algo más calmado. -¿Te has parado alguna vez a admirar la lucha encarnecida del sol pordestacar entre las nubes y las montañas que lo encierran en su manto deoscuridad, por llegar a coronar victorioso el cielo?, nunca había vistoamanecer desde ese punto de vista, quizás me haya vuelto un poco mássentimental-, dije melancólica, con la mirada perdida en el horizonte. -Esas son dulces palabras que yo jamás hubiese imaginado de unaacción más que cotidiana. Nunca lo había visto desde esa perspectiva-, dijoacercándose hasta donde me encontraba. -Necesito decirte algo…; cuando estamos juntos, me siento perfecto; siestoy lejos de ti, derribo todo lo que a mi alrededor parece cincelado conbelleza; todo lo que dices es sagrado para mí. Tus ojos, no puedo dejar demirar a otra parte-, dijo mirándome a los ojos. -Orlando, presiento angustia en tus palabras. No has venido adecirme algo que yo sé a ciencia cierta desde hace ya bastante tiempo. Nonecesito escucharlo de tus labios para recordar cómo te sientes-, dijeafirmando. -Prométeme que te quedarás conmigo, no debes preguntarme; túsabes que eres mi razón de que todavía esté aquí. Sabes que moriría solo porabrazarte; de alguna manera te mostraré, que eres mi cielo nocturno,siempre estaré a tu lado aunque pase el tiempo sin admirar tu bello rostro-,dijo alicaído. -¡Orlando!-, me sobresalté. -Tantas noches que he pasado a oscuras, ocultando mi primitivaesencia, regurgitando mis sentimientos más profundos, que ahora que notengo la necesidad de esconderme ante ti, no dejaré que te arrebaten de milado; antes daría mi vida, por permitir que tú siguieses manteniendo tuesencia-, dijo cortándome. -Nunca pensé que diría esto, nunca pensé…-, ahora fui yo quien locorté. -236-
    • -¿Existirías si yo ahora cambiase de opinión y bebiese del ánfora quecon tanta insistencia implorabas que tomase?-, le dije tajante. -Aún recuerdo el mundo desde mis ojos mortales; lentamente, esossentimientos fueron nublados por lo que sé ahora. ¿A dónde ha ido micorazón?, un injusto canje que ahora me está pasando factura. Quiero volveratrás, sentir todo lo que mi corazón albergaba; quizás no eran del todobuenos la mitad de los sentimientos que se encontraban en su interior, oquizás eran demasiado buenos para contenerlos-, me giré acercándome a élhasta encontrarnos a punto de rozarnos. -Me estás pidiendo demasiado Ann. Ahora no puedo, tengo un asuntopendiente; aunque quizás, esa opción sea lo más lógico y coherente que heescuchado de tus labios hasta ahora-, dijo desconcertándome. -¿Qué te ocurre?-, dije apenada. -Ann, los errores del pasado, cuando menos te lo esperas, vuelven aatormentar mi existencia. Hay un asunto que no arreglé en su momento yahora, me está pasando factura, nos está pasando factura. Es muy difícil deexplicar, no deseo volver a perderte y esperar otra eternidad hastaencontrarte. Debo dejarte sola, solo por un tiempo; ¿podrás hacerlo por mí?-,suplicó mientras me agarraba de la mano y sus ojos se clavabaninsistentemente en los míos. -Orlando, yo no soy tu dueña, puedes irte cuando lo desees. No teretengo a mi lado, no soy ninguna condena; estoy atrapada en lossentimientos de una extraña, de alguna manera parezco más distante.Pienso que será pasajero, lo siento. No deseo herirte, pero así es como mesiento-, le engañé, no sé por qué lo hice, pero sentí la necesidad de hacerlo. Nos quedamos mirándonos en un segundo eterno. Ese instante,removió todo lo que albergaba en mi interior. Comenzaba a sentir, algo másque un simple capricho por él. Deseaba deleitarme con el almíbar de suslabios, encadenarme a su cuerpo, sentirlo mío. La pasión se estabaapoderando de mi ser, no podía…, no debía martirizarlo más de lo que ya loestaba haciendo. Sabía que su cometido era demasiado importante, como para que sumente se distrajese en preocupaciones banas. Tenía que marcharme, a pesarde luchar contra mis deseos, debía alejarme de él. -Orlando, debo volver a la casa. Es mejor así, todo tiene su momento yahora, no lo es-, dije soltándome de su mano. -237-
    • Comencé a caminar sin mirar atrás, sabía que si no lo hacía así,correría hasta sus brazos y no lo dejaría escapar. Era incluso mayor que unsimple enamoramiento platónico. Él era mi amigo de la infancia, incluso aúnsabiendo, todo el mal que pudo causarme en el pasado, seguía aferrándomea él. -238-
    • 20 El secreto de Darklay Necesitaba avisar a Marlond. Los casquillos de los caballos, ahora seescuchaban con mayor nitidez, no tardarían mucho en aparecer. El cuerpo de Aaralyn, ya no se encontraba donde la noche anterior loadmiré. El gran salón ahora estaba vacío. Busqué a Marlond, preguntando atodo aquel que me encontraba entre los pasillos, aunque ninguno se dignabaa contestar. Lo encontré en la habitación de Aaralyn, con la mirada perdidamientras recogía sus cosas. -Marlond, no quería molestarte pero hay algo que debes saber. Llevoescuchando desde anoche, el sonido de unos caballos acercándose hasta lacasa. Pensé que debía informarte-, le dije intentando no titubear en mispalabras. -Gracias Ann, ya has hecho bastante. Aunque debo pedirte un últimofavor-, dijo dándose la vuelta. -Aaralyn, no era lo que se suele decir un miembro con privilegiosdentro del clan. Era considerada como una más de la plebe. No tiene sulugar en el mausoleo, llevarán a cabo las normas que siguen en estos casos.Ya la están preparando, van a descuartizarla, y después, la quemarán en lahoguera-, dijo apenado. -¿Qué es lo que deseas que haga?-, pregunté alarmada por lo queacababa de escuchar. -No quiero que le hagan todo eso, deseo que permanezca intacta.Cuando nuestra esencia se apaga, nuestros cuerpos no sufren laputrefacción; nos quedamos de la misma forma que nuestra existencia. Loúnico que te pido es que no dejes que Jillian se acerque al gran salón,¿harías eso por mí?-, dijo suplicando. Recordé a Jillian. Si a él le pasase algo y corriera la misma suerte queAaralyn, yo haría lo mismo que Marlond deseaba hacer con ella. No quisenegarme, era justo. Asentí con la cabeza sin mediar palabra, pero loscaballos cada vez se escuchaban con más fuerza en mi mente, tenía quehacer algo al respecto. -Pero, ¿los caballos?...-,dije preocupada. -239-
    • -Avisaré a los centinelas, no te preocupes por nada más. No nos quedamucho tiempo, pronto la llevaran a la sala. Tenemos que darnos prisa-, dijoalterado. Y eso fue lo que hicimos, avisó a los centinelas de nuestra visita yellos acataron sus órdenes. Nos dirigimos hasta dónde preparaban con tododetalle, el cuerpo de Aaralyn. Tenía que pensar en algo y tenía que serpronto. Una gran habitación, rodeada de almenaras pequeñas en sus cuatroesquinas, iluminaban el cuerpo de Aaralyn, colocado encima de una pila deleños y chamizos. Esa escena me sobrecogió. Delante de ella, dos lanceros, esperaban encapuchados la ordendirecta de un superior para iniciar el ritual. Uno de ellos, sujetaba entre susmanos, una antorcha apagada; mientras que el otro, aguantaba una garrafa,que por el olor, parecía bencina. Salí al pasillo, Jillian caminaba con la mirada perdida hacia lahabitación. Esperé impaciente en el dintel hasta que estuvo a mi altura. -¿Dónde estuviste anoche?, te busqué pero no estabas en la casa, metenías preocupado-, dijo posando su mano en mi mejilla. -Ann, todo esto me ha hecho abrir los ojos. No quiero perderte; intentoasimilar la forma en la que Marlond debe de estar sintiéndose en estemomento y ahoga mis sentidos, el pensar que hubieses sido tú la queestuviera en su lugar…-, dijo afligido. -No debes preocuparte por mí, todo irá bien-, le dije acariciándole lamejilla con ternura. No comprendía por qué me embelesaba al admirar sus ojos, el dulcearoma que sus labios desprendían al hablar; su forma de tratarme. Estabacomenzando a perder la razón, y eso era algo que en este momento, no debíapermitirme el lujo de realizarlo, no podía perder los estribos, ahora no. Llevó su cabeza hacia mi pecho y me abrazó con fuerza. Lo tomé entremis brazos, ¿qué otra cosa podía hacer?. Acaricié su cabello una y otra vez,acerqué mi cara a la suya, cubriéndonos algunos mechones recelosos queintentaban rozar su rostro con ternura; en ese instante, el corazón me dio unvuelco y se apartó sobresaltado. -Ann, ¡tu corazón!-, dijo recatado y confundido. -240-
    • -Lo sé Jillian. Sé que mi transformación no ha sido del todo completa.Comparto muchas de las cosas que vosotros contenéis, pero, hay momentosen los que mi alma mortal renace entre mis entrañas para avisarme quetodavía sigue conmigo-, le dije más para conformarlo a él, y así podersoportar el horrible trago del ser en el que me estaba convirtiendo, ensilencio. -Espero que tu esencia nunca desaparezca. Todavía siguesmanteniendo el mismo olor, a pesar de que tu piel palideció. Pero tu corazónsigue estando en el mismo sitio, siento que tengas que pasar por todo esto.De veras que lo siento…-, dijo colocando sus dedos sobre mi pecho, sintiendocómo el corazón descargaba invasiones sobre la dura piel que ahora loprotegía. -Ann, he mantenido en la memoria muchas de las ocasiones que ganéen desaprovecho, ahora sin embargo, existe un solo deseo, que a pesar deintentar retenerlo, parece que cada vez que mis ojos se fijan en él, sedesvanece la simple codicia de suspenderlo entre mis dedos-, dijo aletargado. -Jillian, no deberías hablar de esta forma. Los matices puedencambiar según los ojos que lo admiren; es difícil interpretar unas palabrasque no se corresponden con lo que una mirada puede reflejar. No he tenidotiempo de aprender mucho, pero creo, que debes aprender a moderar tusmodales. No puedes abalanzarte sobre una mujer como lo has hecho ahora,¿qué podrían pensar de ti?-, dije esbozando una sonrisa. Sabía que actuaba de forma incoherente diciéndole aquello, erademasiado imprevisible como para averiguar la forma en la que actuaríadespués de escuchar mis palabras. Nos miramos durante solo un instante, pero nos bastó para decirnostodo lo que deseábamos escuchar. Me sentía afligida, por todo lo quequedaba por acontecer. Existía una gran nube en mi memoria, que no mehacía ver ciertos resquicios, todo era tan…¡superficial!. Se escucharon relinchar varios caballos encrespados. El sonidoprovenía de la entrada. Uno de los centinelas corrió despavorido en busca deMarlond. Temblando de pies a cabeza, era incapaz de pronunciar palabra. Jillian, se colocó a una distancia algo más prudencial pero nunca sinperderme de vista. Cambió su gesto, para recobrar su posición en el clan,nunca debía demostrar sentimientos frente a un inferior; era un actodemasiado atípico para un líder, enseñar sus flaquezas. -241-
    • Cuando recobró la cordura, sus palabras seguían sobrecogidas ante laturbación de lo que sus ojos habían verificado. -Marlond, una mujer desea pedir audiencia con el jefe del clan. Alpreguntar por el asunto que le traía hasta este lugar, se deshizo de la capaque cubría su rostro…, ¡es.., es Morgan!-, dijo sin dejar de temblar. -¿Dices que Morgan desea audiencia?, ¿a qué se deberá tantasatisfacción?-, dijo Jillian en tono sarcástico. -Manda que todos sin excepción, se dirijan al gran salón. Hay asuntosde urgencia que se deben tratar-, dijo Marlond mirándome de reojo,intentando avisarme que aquella era la ocasión que se me había puesto enbandeja. Con un gesto más que disimulado, me disculpé agarrando mi vestidocon ademanes de grandeza, y me dirigí hasta la habitación donde el cuerpode Aaralyn estaba más que preparado. Los dos lanceros seguían en suposición, no habían sido avisados aún de las órdenes estrictas de Marlond. -Señorita, no puede estar aquí, esto es solo un asunto de hombres. Nopodemos dejarla pasar de nuevo-, dijo uno de ellos colocándose delante de mípara que no diera un paso más hacia ella. -Marlond ha ordenado que todos sin excepción se dirijan al gran salón.Tenemos una visita inesperada que pide audiencia con él y creo que es desuma importancia-, dije utilizando mis encantos. Se miraron extrañados, incluso chismorrearon entre ellos duranteunos segundos; uno de ellos, incluso se despojó de la capucha negra quetapaba su rostro, hasta que el otro con sonrisa irónica me mandó volver denuevo a una instancia más apropiada para una mujer. Jillian apareció detrás de mí. Había escuchado todo lo que aquellosseres acababan de pronunciar y la forma en la que lo hicieron. Cuandoadmiraron su rostro, los gestos de aquellos hombres, cambiaron de repente. -¿No habéis escuchado lo que Ann acaba de deciros?, ¡es una ordendirecta de Marlond!, ¡corred si no queréis que su rostro sea lo último queveáis en vuestra bochornosa existencia, despreciables gusanos!-, dijoenajenado por la rabia. Entré sabiendo que no tenía demasiado tiempo. Agradecí que Jillianme hubiese ahorrado trabajo; tenía su belleza intacta, no me sorprendiódespués de todo lo que Marlond estuvo explicándome. -242-
    • Más parecía estar sumida en un profundo sueño del que creíadespertar en cualquier momento. Mi piel se había tornado de un blancoazulado, pero mi peso seguía siendo el mismo y la fuerza, lo cierto es que suvariación había sido solo un espejismo. Admiré su cuerpo y cada vez me iba pareciendo más a ella. Si esa erala forma en la que todos me verían, no me importaba ser un monstruo.Incluso su aroma, seguía intacto en su piel. Los grandes cortinajes que se hallaban ocultando la mesa de todaaquella parafernalia, comenzaron a vapulearse por una extraña inercia.Vislumbré una trampilla oculta, abría una nueva instancia debajo de ella,aquel lugar parecía ser una caja de sorpresas; que al parecer pasabadesapercibida para los demás. Estaba intranquila, había escuchado algunashistorias sobre Morgan, y la verdad, no le tenía en estima incluso antes deconocerla. Perdí el hilo de lo que Marlond había insistido, simplemente seesfumó de mi mente. Le eché un último vistazo a Aaralyn, agradecí queJillian guardase silencio; poco después volvimos hacia el gran salón. Estaba inmersa en miles de pensamientos contrapuestos. Teníamiedo, para ellos todo esto parecía una situación de lo más normal; el terrorenarbolado que se sentía en el ambiente por la visita de Morgan eraevidente. Pensé en Orlando, me extrañó no verle en el gran salón cuandollegamos. Todos esperaban en silencio a que Marlond hiciese su aparición.Las puertas se abrieron de súbito y una mujer apareció detrás de ellas. Con paso firme, sin vacilar ni un solo instante atravesó la distanciaque le separaba de la mesa dónde se suponía que debía estar Marlond.Todos se apartaban con temor, la miraban con recelo, no comprendía laforma en la que sus gestos se tornaban lúgubres y pavorosos ante supresencia. -Nunca dejáis de sorprenderme, siempre con la hospitalidad que osprecede, incluso con mayor osadía al contemplar algo que ansío desde hacíaya bastante tiempo. No habéis perdido el tiempo, me habéis ahorrado másde lo que yo esperaba-, dijo acercándose a mí y admirándome con sus ojosrecios. Me quedé inmóvil, fija en aquella mujer. No entendí cómo podíantemer tanto a una mujer que en apariencia, podía ser tan frágil como -243-
    • cualquiera de los que allí estábamos. Me sorprendió la forma en la queJillian, agarró mi brazo atrayéndome hacia él. -No te preocupes Jillian, de momento todo se puede solucionar sinpérdidas emocionales. Estás en un gran aprieto, ¡enamorarte de la personaequivocada!, aunque, muchos lo hacemos-, su sonrisa me desconcertó. Miré a Jillian, asintió. Debíamos dejar por el momento aquelladiscusión. Era nueva en todo esto, quizás lo que hablaban venía de muchoantes, no debía inmiscuirme en temas que no me concernían, por eso, acatélas formas de Jillian sin resentimiento. Marlond apareció en el gran salón. Admiró la cruenta escena; todoslos miembros del clan con ojos de angustia, Jillian sujetándome intentandoesconderme detrás de él y Morgan tan solo a unos pasos de nosotros. -Querida Morgana, ¿qué osadía la tuya no avisar de tu llegada?,habríamos preparado otro recibimiento más acorde con tu posición-, le dijomientras se acercaba. -No deseo cavilar sobre lo que tú y yo ya sabemos. Los asuntos quehoy nos atañen, no merecen tanta expectación-, ordenó dirigiéndose aMarlond. Se giró para dirigir la palabra a todos los que se encontraban en lainstancia, pidiéndoles que abandonaran la habitación. Jillian, me cogió de lamano con el ademán de acompañarme fuera de las dependencias, pero ella,lo paró sujetándolo ferozmente por el brazo. -Jillian, ¿pensabas que era estúpida?, cuando hablaba de intimidadme refería a que todos éramos multitud, no que ella también saliera de lasala-. Cuando todos abandonaron el salón, Marlond invitó a Morgana aocupar un asiento en la mesa. Dirigió su mirada a Jillian y le instó a quenosotros también lo hiciésemos. -Tú dirás Morgana, estoy ansioso por escuchar tu propuesta, viniendode ti podría esperarme cualquier cosa-, le dijo Marlond colocando sus codossobre la mesa y cruzando sus dedos apoyando su barbilla en ellos. -Parece que los dos hablamos el mismo idioma, eso está bien demomento. Veo que tenéis en vuestro poder un bien demasiado preciado parair enseñándolo de esa forma. ¿Él sabe que se encuentra en vuestrosdominios?- -244-
    • -Cuándo habláis de él, ¿os referís a Darklay?-, le contestó sarcástico. Mi cuerpo se encogió. Miré fijamente a Morgan con recelo. ¿Por qué semarchó de aquella forma?, parecía más una despedida, ¿intuía todo lo queacontecería y por temor a que alguno más sufriese crueles consecuencias seapartó de mí? -No me diréis que el reclamo no ha sido demasiado evidente. Seguroque no anda lejos, por vuestro bien y el de ella; lo mejor sería que lo hicieseisllamar-, dijo clavándome sus ojos sinuosos. -Si en el caso de saber dónde se encuentra, ¿crees que aparecería antetus ojos? Solo un estúpido lo haría. Las mujeres siempre con el romanticismoy las buenas maneras…, a veces pienso que la ignorancia os corroe-, lecontestó Jillian. En ese mismo momento, se levantó de su improvisado asiento, seabalanzó sobre él y tomó con su mano mi cara. Admiró con rabia mi solaexistencia y advertí las cruentas ganas de terminar en ese instante con mivida. No sé de donde salieron mis fuerzas, agarré sus delgados dedos conmi mano y la aparté de la cara. Mi cuerpo comenzó arder, la rabia se estabaapoderando de mi sino; el corazón que hasta ahora no había denotado vida,volvió a resurgir altivo en mi pecho. -No vuelvas nunca osar poner ni un solo dedo en mi piel, ni siquierapienses hacerlo-, dije soltando la mano retorciendo sus dedos. Todos se quedaron despavoridos, nunca antes nadie se habíaenfrentado de esa forma a Morgana, las consecuencias de aquel acto podíanllegar a ser fatales. -Una mujer con carácter, me gusta. El juego será más entretenido ¿noos parece?- -Por favor señoras, ocupen de nuevo sus asientos. Prosigamos, nosería correcto decir que el tiempo corre, pero estos contratiempos meaburren-, dijo Jillian intentando calmar los ánimos. Acepté de mala gana volver a ocupar mi lugar. No soportaba suprepotencia de niña consentida. Todos la temían, se había ganado unestatus demasiado considerable, pero eso a mí me excedía. -245-
    • -Comencemos por el primer punto. ¿Dónde está Darklay, si se puedesaber?, si ella está con vosotros, él no andará lejos. Deberíais hacerlo llamar,sin él, esta reunión no tendría ningún sentido, ¿no os parece?- -Morgana, siento decepcionarte. Darklay no está en la casa, ni tansiquiera he escuchado comentarios sobre su presencia en nuestros dominios-, expuso Marlond. -¡Me quieres hacer sonreír más de la cuenta!, los Ghuls que lograronescapar de la masacre de esta noche, me juraron una y otra vez, quelucharon contra Darklay. ¡Ah Marlond!, siento lo de tu concubina…, ¿cómoera que se llamaba?, ¡ah sí! Aaralyn. Es una lástima que no resistiese a unaembestida pecaminosa de unos simples Ghuls-, dijo con una sonrisasarcástica. Eso no debió de gustarle a Marlond, pero me impresionó como guardósu compostura delante de ella. No mostró ninguna señal de afecto haciaAaralyn, pero tampoco ningún gesto en desaprobación por lo que estabaescuchando. -Con que el ataque de anoche fue obra tuya, ¿qué otros caprichos nostienes preparados?, Morgana, si no fuera por…, te aseguro que ya estaríasmuerta-, le inquirió Jillian. Creo que por momentos soportaba menos a Morgana. Me costabacomprender cómo Darklay tenía algo que ver con ella. Me resultabademasiado ridículo juntarlos a los dos en una misma sala, sin que salieranchispas. -Veo que todavía no le habéis contado la verdad sobre Darklay. Oshabéis dejado demasiadas cosas en el tintero, creáis a un ser que se escapa avuestro entendimiento. Ahora solo es una aprendiz, lleva muy pocos mesesen vuestros dominios, ¿qué haréis con ella cuando se revele y elija sudestino? Marlond, creo que no habías caído en una cuenta tan concluyente-,dijo Morgana dirigiéndose a Marlond pero sin quitarme ojo de encima. Me quedé traspuesta. Miré fijamente a Marlond, su gesto lo dijo todo.Que era nueva era obvio, pero que me ocultaran algo tan importante, eso meirritó. -Sabes demasiado, ¿no es cierto?. Quizás tú sepas más que ellos, ¿porqué no comienzas con tu exitosa exhibición?, estoy expectante. No repares endetalles, son algo que me apasionan-, le inquirí. -246-
    • -Ann, ¡no sabes lo que estás diciendo!, ni siquiera estas preparadapara afrontar lo que se nos avecina. Esto es demasiado duro, creo que nosdeberíamos ahorrar esa absurda introducción. ¡Morgana, tú siempre taninoportuna como siempre! ¡Podías mantener de vez en cuando la boca unpoco cerrada, no?!-, musitó Jillian. -¡Me impresionas Jillian!, ¿cuánto tiempo llevabas buscando unacompañera…, doscientos…, trescientos…? Y ahora que parece que la hasencontrado, ¿le ocultas lo más importante de su existencia? Parece quetodavía estas demasiado verde para comenzar una relación-, dijoremoviéndose en su aposento. -¡Basta!, ya he escuchado suficiente. Morgana, no deseo terminar conésta conversación invitándote a que te marches; sería peor el remedio que laenfermedad. Jillian, Ann debe saber a lo que se enfrenta, Morgana llevarazón en eso-, dijo primero a Morgana, y después con ojos de desconsuelo alatolondrado Jillian, que intentaba protegerme de sus palabras. -Marlond, si no es molestia, me gustaría quedarme a solas conMorgana, si a ella no le parece mal. Creo que es lo más racional que heescuchado hasta ahora. Cuando hayamos terminado, podéis proseguir convuestros ajustes; yo no tengo nada que ver con ellos-, dije levantándome ycolocándome delante de él en acción de súplica. No escuchamos ningún reclamo por parte de Marlond ni de Jillian.Los dos se levantaron y se dirigieron a la puerta. Cuando ya nosencontrábamos a solas, la miré con impaciencia. -Ann, lo cierto es que no soy tan mala como me pintan. Es mi carácter,mi forma de mostrarme ante ellos. Debo hacerme respetar y ello conllevamás de un sacrificio. A veces me siento a pensar detenidamente la forma enla que mis palabras hieren a los que me escuchan y otras; el dolor tanintenso que les hago sentir con mis fechorías-. -Siento que Aaralyn cayera a manos de un Ghul, lo indiscutible es quela tenía en estima; nos parecíamos más de lo que puedas llegar aimaginarte. Lo cierto es que era mi hermana-. Esto sí que me descolocó. ¡Morgana hermana de Aaralyn!, ¿cómoconsintió que hicieran eso con ella, por qué la llevó hasta la muerte? -Pero, ¿qué clase de monstruo eres?, ¿cómo permites que tu hermanamuera a manos de un desperdicio y quedarte impasible?-, le dije mientrasme levantaba y caminaba furiosa hasta la puerta dando por terminadanuestra conversación. -247-
    • Ya había escuchado suficiente. Daba honor a todos aquelloscomentarios acerca de su persona. ¿Qué clase de persona era?. Quedabanunos pocos pasos para llegar a la puerta, cuando escuché aquellas palabrasque me hicieron retenerme en seco sin saber si seguir hacia la puerta ovolverme a escuchar. -Ann, Darklay no es lo que tú te piensas. Detrás de toda su galanteríay su saber estar, es un ser despreciable-, dijo acongojada. Me pensé un instante si todo esto era una simple estratagema parahacerme volver junto a ella y proseguir con nuestra conversación, si aquellopodría llamarse de alguna manera. Pero había algo de sinceridad en suspalabras, sin girarme, suspiré profundamente. -Estoy encadenada a su existencia hasta el fin de la mía. Una condenacruel; si al menos su presencia deleitase mis ojos cada atardecer… Si todossupieran mi penitencia, tendrían algo en lo que refugiarse; no puedomostrar mi debilidad, es cruel y despreciable, pero esa es mi condena-. -Darklay no es como describes. Podrás conocerlo desde mucho tiempoatrás, pero nunca anunciarías la clase de persona que es. Fue el único quequiso impedir mi tortura; el paciente confidente que me acompañó en midesesperación, ¿cómo puedes llegar a calumniar sobre él, cuando mandas auna manada de Ghuls a matar a tu propia hermana?-, le dije volviéndomehasta colocarme delante de ella. Bajó su mirada. La fuerza con la que entró en el salón cuando todos lamiraban con horror, se desvaneció. Noté como sus ojos se entristecieron,como palideció su ser. -Un día, tuve la desgracia de enamorarme de él. Nunca mecorrespondió, por más que intenté que se fijara en mí, nada le hizo cambiarde opinión. Fue esa cegación loca por esa mortal, Elisabeth Williams, la quele hizo perder la cordura-. Al escuchar aquello, sentí lástima por sus palabras, llamó mi atenciónescuchar de nuevo aquel nombre. Agarré la silla y volví a sentarme. -Se veían a escondidas y eso corroía mi alma inmortal. No me sientoorgullosa del plan que maquiné para separarlos. Embrujé a uno de losgalanes más carismáticos de la época para que se enamorase de ella. Penséque aquello me ayudaría en mi propósito de alejarla de él y tenerlo algo máscontrolado-. -248-
    • -Pero todo llegó demasiado lejos; aquel muchacho enloqueció porposeerla, y llegó a amenazar a su padre para que le diera su mano enmatrimonio. El pobre, no tuvo alternativa y accedió al trato. Era su únicahija, la amaba con locura y aquel mozo no era de su total agrado. Con todo eldolor de su corazón, reprimió toda su angustia y le habló a Elisabeth de supróximo enlace-. -Ella, como es lógico, se negó a tales actos. Su corazón ya estabaocupado aunque a escondidas. Sintió tanta rabia y desesperación por lo quesu padre ideó a sus espaldas, que se suicidó ante los ojos desesperados de mianhelado Darklay-. Me quedé atónita. No podía ser eso posible, ¿ella lo maquinó todo?.Ella fue la culpable de que Darklay vagase de un lado para otro sinencontrar su lugar durante siglos, maltratando su mente con recuerdospunzantes. -Morgana, no tienes desperdicio. El amor duele, eso es innegable, peroel tiempo cura heridas y tú de eso sabes mucho más que yo. ¿Qué tieneDarklay que te encadena a él?-, pregunté impaciente. -Darklay es el ser más temido de las sombras. Nunca debes llevarle lacontraria, nunca hacerle daño, nunca arrebatarle lo que es suyo. Me maldijoa sobrevivir en mi eternidad clavada en mis pensamientos, amándole sinconsuelo. No podré tocar su piel, no me dejará poseerlo, nunca saciaré mised con un simple beso o una tímida caricia. ¿Comprendes todo lo que teestoy diciendo?-, dijo desesperada. -Morgana, piensa que todo tiene un por qué. No se puede retener auna persona sin su consentimiento. Repasaste el límite, si yo fuera, novolvería a mirarte a la cara-. Nos quedamos en silencio un instante. Se levantó y agarró la cortinacon una tristeza absoluta. Allí estaba ella, la más temida; arrastrándosecomo un cordero, admirando por la ventana el vástago horizonte con lamirada perdida. -¿Sabes lo que más temo en este instante?-, dijo creando de nuevo otrosilencio. -Darklay piensa que tú eres Elisabeth. Que su gran amor sereencarnó en tu persona y ahora tú eres ella-. -Pero él en eso está equivocado. Yo soy Ann, él es Orlando; mi amigode toda la vida, mi compañero de fatigas, ese es el Darklay del que yo puedo -249-
    • hablar. Lo cierto es que nunca escondió sus sentimientos, pero siemprerespetó mi decisión. Se conformaba con acompañarme hasta casa después declase.., bueno eso ahora no importa-. -Ann, no va a parar hasta que te consiga. No sabes hasta dóndepuede llegar por retener lo que más ansía. Aquí me tienes muestra de ello.¿Cómo vivirías una eternidad de amargura y decadencia?, intentandoencontrar una explicación lógica a tu día a día. Carcomiendo tu mente con lasimple idea de acabar con tu vida, al menos de esa forma, desaparecería eltormento de tu ser-, dijo acercándose de nuevo a mí suplicante. -No entiendo qué es lo que quieres de mí ahora. Yo no tengo nada queofrecerte-. Marlond irrumpió en la habitación. Nuestras voces eran evidentes,subimos un par de veces el tono y como es lógico, la familiaridad de Morganapor intentar realizar actos indecorosos, apremió que apareciese de aquellaforma. -Morgana, ya ha sido suficiente, volveremos dónde lo hemos dejado.Hay asuntos que tengo que discutir contigo y actos que tienes que remediar-,dijo llamando de nuevo a Jillian y acercándose a la mesa. -¿No tendrá todo esto que ver con Darklay?-, le preguntó Marlondenfadado. Ella volvió a levantarse. Caminó sin sentido por la habitación sinsaber qué decir, perdida en sus pensamientos. Noté cómo Marlond laadmiraba con desprecio; guardó su compostura en todo momento, llegué aimaginar que se levantaría y terminaría con su vida, pero a pesar depensarlo, no vi indicios de que aquello fuera a producirse. -Morgana, ¿por qué nos has hecho esto? Está corrompiendo tu mente;tu osadía me abruma. No comprendo cómo has llegado hasta este punto, ¿yosas ponerte ante mis ojos?...- -Marlond, ¿no te das cuenta de todo lo que me está haciendo pasar?-,dijo desesperada. -Pero eso no te da derecho arrebatarle a Marlond a Aaralyn.¿También lo vas a hacer con Ann? , ¿Ella es la siguiente?-, soltó Jillianrecriminándola y señalándome. -¡Vasta Jillian!, no debemos perder la compostura. Eso es lo último, nopodemos colocarnos al final de la cadena alimenticia, ¿quieres ponerte en el -250-
    • mismo lugar que un Ghul?, tenemos un estatus y debemos seguir lasnormas-. Jillian salió del salón pegando un fuerte portazo a la puerta. Mequedé mirando a Marlond, no comprendía los motivos que le llevaron atolerarle sus modales a Morgan. Hice el ademán de levantarme para seguira Jillian, pero Morgan, cogió mi mano y me instó a sentarme de nuevo. -Ann, eres todavía un alma en tránsito; pero aunque sea demasiadopronto, eres parte de una especie, un clan. Siento todo lo que le ha pasado aAaralyn, no quise sacrificarla tan pronto; en cierto modo, comencé a cogerlecariño. Los montajes, suelen ser habituales; ya te irás acostumbrando-, dijoMarlond. No comprendía su cambio de actitud. Era Marlond, ¿cómo pudohacerle eso?, ¿el clan estaba al tanto de todo?. Mis ojos parecían salirse desus órbitas y mi piel, experimentó una sensación repentina. -Llevamos mucho tiempo esperándote, Morgan sobre todo. No debídejarlo vivir, cuantas veces no me arrepiento de haberlo dejado marcharcuando tan solo era un niño indefenso…, es difícil terminar con una vida yen aquel momento, estaba en superioridad de condiciones; me dio lástima.Pero cuándo le hizo esto a Morgan, colmó mi saciedad hasta límitesinsospechados-, prosiguió mientras aprovechaba y se acercó a un pequeñomini bar y llenaba una copa con brandy. -Marlond, ¿cuál es tu verdadero nombre?-, pregunté horrorizada portodo lo que mis oídos debían escuchar. Esbozó una gran carcajada. -¿Preguntas por mi nombre?, ¿no es obvio?. Badbh, su fiel guerrero-,dijo colocando su mano en el hombro de Morgan-. Todo esto me sobre pasaba. Todo fue un engaño. Jillian no sentíanada por mí, mi transformación, su llegada inesperada al vecindario, ¡todomentira!. Intenté escapar de ellos, pero Marlond me tapó el paso. -¿Crees que voy a dejarte marchar sin más?, Aquí todo vale algo. Y tútienes lo que nosotros necesitamos. Haremos un cambio justo: tu vida por lade Darklay. ¿Justo verdad?-, recriminó Morgan. No tenía escapatoria, era mi vida o la de Jillian; estos seres parecíanir demasiado en serio como para llevarles la contraria. Después de muchopensarlo, intentando salvaguardarme mi as en la manga, acepté impasiblesu oferta. -251-
    • Marlond, me invitó de nuevo a ocupar mi asiento, cosa a lo que tuveque aceptar si no quería terminar como la desdichada Aaralyn. Hablaron entre ellos más de un rato sin dejarme entrar para nada enla conversación, sin comprender la mitad de lo que decían. Pasaron horasinterminables allí sentada, sin entender ¿por qué maquinaron tantamaldad? Hablaron sobre la Joya Demon Seal, por lo poco que entendí, unaánfora que Darklay tenía en su poder cuyo contenido era incluso másimportante que nuestras propias vidas. ¿Dónde había escuchado yo esenombre antes? -252-
    • 21 Inocencia interrumpida No tienen sentimientos, sienten antipatía por todo lo que les rodea;cuya naturaleza, resulta del todo incognoscible para la razón. En ciertomodo los comprendo, toda una vida sin tiempo conlleva un precio muyelevado. Yo no era como ellos, todavía tenía resquicios de mi mortalidad,¿qué podría aportar a su plan?. Se les percibe como un viento súbito de las estrellas; o unestremecimiento sin causa aparente en momentos de soledad. Cruzandovelozmente el aire frío del amanecer; como un pensamiento horrible yevanescente que muere antes de haber reparado en él, pero que persiste enlas regiones insondables del espíritu. Me situaba ante unas almas destrozadas, abatidas, cruelmentehostigadas por la desdicha. Movida por una voluntad ignota, acepté susideas el mismo día que comenzó mi transformación, a pesar de no estar deacuerdo con ellas. Uno de mis sentimientos más profusos fue el terror, y acaso elabatimiento, ante la soledad. Estaba sola, no tenía a nadie en quién confiar;ni tan siquiera mi anhelado Orlando, era ya digno de mi confianza. Agradecí que al menos me dejaran a solas pasear por los alrededoresde la casa, pero siempre con vigilancia unos metros atrás. No podía poner enconocimiento a Jillian de todo lo que quedó sellado en aquellas cuatroparedes, él también era una víctima más de maquinaciones banales. La boca de la verdad meditará con sabiduría, pronunciándose conjusticia. Todos alguna vez hemos caído en alguna tentación; sagrada,benévola, encantadora hasta el extremo de que si le damos demasiadasvueltas, toda esa felicidad se esfuma. Con heridas que nunca cicatrizan, como todo aquello que nos rodeacarente de atractivo. Jamás imaginé el dolor que todo esto causaba,lamentando la forma en la que yo podría arreglar las cosas sin hacer sufrirmás daño a personas innecesarias. Es lógico, pero me duele igual. Me sentía agotada, caminé durantelargo rato por los alrededores y perdí la noción del tiempo. ¡Qué irónicoviniendo ahora de mí! La verdad es que la vida, no es un camino de rosas,después de mi transformación, pensé que tendría al menos todo lo quedeseara, pero me equivoqué. -253-
    • Aún así, me siento tan vacía como antes, ¿será que los sentimientosnos arrastran de igual forma sea de la condición a la que ahora pertenezca?Tal vez es, que ni siquiera sé lo que en verdad quiero; estar con Orlando,descubrir a Morgana…, es cierto que lo quiero, pero no es suficiente. Tal vezes que soy demasiado egoísta. A veces el dolor te puede hacer sentir vivo y ahora, era más deagradecer. Los principios siempre son duros, pensé que Orlando, era el únicoser capaz en el que podría confiar, y aún hoy…, lo sigo pensando. Siendo sincera conmigo misma, me doy cuenta que mi admiración porOrlando, podría confundirse por amor fácilmente. Cuando uno habíamadurado lo suficiente, el otro se respaldaba entre sus brazos; apoyándomeen él como una niña mimada. Sentía algo parecido a la felicidad del primeramor, aunque no me hubiese dado cuenta antes. El amor también es sufrimiento, un dolor tan intenso que no te dejarespirar, imaginé que así me sentía cada vez que pensaba en él comohombre y no como amigo. Aún no era tan madura como para perdonarle todo lo que estuvoocultándome, si era cierto lo que había escuchado sobre él; ni tampoco eratan ingenua como para seguir aferrada a él sin una explicación lógica. Yohabía perdido. Estaba incómoda, incluso sin abrir mis labios, pensé que aquellos dosseres que desde la lejanía no me quitaban ojo de encima, fuesen capaces deleer mis pensamientos. Una cálida brisa, se levantaba en el crepúsculo, seríamejor que volviese sobre mis pasos. Sin ganas de pensar en nada más, deseando matar las horas de algúnmodo pero sin fuerzas para intentarlo, colocaba un pie delante del otro,siguiendo un patrón. Aquella noche mientras veía como el sol se escondía en un halo depenumbras, rogué una y otra vez que el destino que me aguardaba al menoscontase con mi vida; ¿es tan difícil de alcanzarlo? Recuerdo que en algúnmomento, sentí la misma sensación de desolación. No hay necesidad de seguir quejándose de cosas que ya no están en elpasado. Entré en la casa, volví a la habitación que con tanto esmero arreglóAaralyn la primera vez que llegué a aquella casa y cerré la puerta conpestillo. -254-
    • Coloqué mi espalda en la puerta y en ese momento, toda mi grandezase desmoronó. Sentí como mis ojos comenzaban a encharcarse de lágrimasque brotaban sin control. Las fuerzas me flaquearon y mi cuerpo poco apoco, se fue deslizando hasta acabar sentada en el suelo tapando mi miradaentre mis dedos. En ese momento yo me seguía diciendo que no quería volver aenamorarme de nuevo después de esto. Sin embargo, no importa cuán duro ydoloroso sea, Orlando era lo más importante y no dejaría que nadie loarrebatara de mi lado. Tocaron a la puerta un par de veces, pararon un instante y volvierona llamar de nuevo. No me sentía con fuerzas de ver a nadie y menos tener lavisita de Marlond o de Morgana. -¡Ann, por favor, abre la puerta!-, dijo Jillian preocupado. Me levanté sin ganas, pero le abrí la puerta. -¡Ann!, ¿qué te ocurre?-, dijo al ver mis mejillas mientras las secabacon sus huesudos dedos dulcemente. Cerré la puerta cuando vi que ya se encontraba dentro. El sonido delpestillo al deslizarse, retumbó con el eco por todo el pasillo. -Lo siento Jillian, soy una estúpida. La verdad es que todo esto, no loestoy llevando todo lo bien que yo imaginaba-, le dije secando mis ojos. -Estaba preocupado, solo es eso, no te atormentes. Para todos ha sidodifícil, no debes reprocharte tus actos. Envidio que tú al menos puedasdemostrarlo, muchos darían lo inimaginable por esbozar una sonrisa decorazón o que una lágrima furtiva se deslizara de sus ojos-. -¿Por esto? ¡Prefiero estar muerta, entiendes!, no soy capaz de seguircon todo esto, me está absorbiendo-. En ese mismo instante, noté como su mano se posaba en mi nuca,apartando los mechones que la cubrían. Un escalofrío, recorrió todo micuerpo haciéndome estremecer. Sus palabras rebotaban en mi cuello comosuspiros ardientes y su aliento frío, parecía calentar mi piel. -Nunca vuelvas a decir eso en mi presencia. Quédate conmigo-. No fui capaz de darme la vuelta y mirarlo a los ojos. Sus dedospresionaban ahora con más fuerza mi hombro y noté cómo me sujetó de lacintura atrayéndome a su ser. -255-
    • -Siempre me ha costado demasiado ser afectivo con cualquiera, no mehabía preocupado por las formas ni los detalles; pero tú me haces sentirpleno. Déjame estar a tu lado-. Aquella noche no amenazaba con tormenta, la luna estaba mediollena y pensé que nos daría una tregua, pero me equivoqué. Se comenzarona escuchar las primeras gotas de agua chocando contra el cristal de laventana. Tal vez era, que me faltaba el valor necesario para decirle todo lo queen mi mente se revolvía anulando todo de mí. Intenté apartarlo, pero micuerpo no me respondía. Cada uno tiene que cargar con las consecuencias desus actos, siempre lo he creído y siempre lo creeré. Pero he llegado a entender, que todo el mundo no es losuficientemente fuerte como para conseguirlo. ¿Será que con el tiempo mehe ido ablandando? Estaba dentro de un nido del que era incapaz de escapar. Solo unamente sumamente controladora podría esconder todo lo que ahora sabía ytomarlo en beneficio propio, pero yo, debía pensar cuál de las dos Ann,saldría impoluta de todo esto; la cayada y sumisa o la egoísta y oportuna. Tenía miedo, tanto que seguía guardando las distancias, me temo queaún me cuesta tomar decisiones y ese miedo todavía duele. Nada deilusiones olvidadas ni fuerzas demasiado flacas; aquella vez, ni siquierabusqué escusas. La persona que quería tener a mi lado cada vez que la soledad meahogaba, nunca había sido Orlando. Ni siquiera yo misma logro entenderlo. Creo que Jillian no dijo ni una sola palabra durante todo ese periodode tiempo, aunque puede ser que de vez en cuando lanzara alguna frasepara tranquilizarme. Para ser sincera, no lo recuerdo. Sin embargo, amedida que el olor dulzón de su piel conforme me iba envolviendo, porextraño que parezca, me fue hundiendo en una grata sensación que me hizocalmar. -Ann, ¿te encuentras bien?, no respondes a mis preguntas, y eso meestá poniendo nervioso. ¿Ha pasado algo que deba saber?-, dijo dándome desúbito la vuelta haciendo que nuestras miradas se encontrasen. -Te preocupas demasiado por mí, más que en cualquier otra cosa y esopuede llegar a asfixiar-, le contesté apartando sus manos de mi cuerpo ydándole de nuevo la espalda hasta colocarme delante de la ventana. -256-
    • -Haría cualquier cosa con tal de hacerte feliz, ¿qué te ocurre Ann?, porfavor, no me dejes con la incertidumbre, tú nunca te habías comportado asíconmigo, ¿qué es lo que te preocupa?-, dijo acercándose de nuevo a míintentando colocar de nuevo su mano en mi hombro, cosa que le impedí. -No quiero hacerte esto, a veces me pregunto por qué es todo tancomplicado. Hazte a la idea que no puedo acomodarme en este lugar toda lavida, espero dejar zanjado todo lo conveniente y no volverás a verme. ¡Nodestroces tu eternidad conmigo, no ves que no significas nada!-. -¿Tan poco valgo, tan poca confianza merezco? Creo que es más fácildecirlo que sentirlo. Si necesitabas un poco de espacio para estar a solas,solo tenías que habérmelo dicho-, dijo dirigiéndose a la puerta y cerrándoladelicadamente dejándome con la palabra en la boca. ¿Dónde estaba mi fuerza de voluntad? Me pregunto si sería capaz dellevar esta doble vida. Para poder aceptarlo hubiera necesitado mayor poderde comprensión y el que yo tenía entonces, era tan pequeño…, y además,antes de ver como todo se alejaba de mí poco a poco, prefería el dolor de vercomo estallaba de golpe la puerta al cerrarse; cosa que ni tan siquiera hizo. Era demasiado débil, no era culpa de Jillian. ¿Podría perdonarmealguna vez todo lo que le estaba haciendo o se volvería en mi contra? Al pensarlo, una herida que no recordaba haberme hecho, palpitabade dolor en mi mejilla izquierda. Vi como Jillian se confundía entre las gotasde lluvia que no cesaban y el aire que las arrastraba con virulencia. Miró uninstante la ventana de mi habitación, sé que me había visto, pero me quedéinmóvil admirando su talante desde dónde me encontraba, en silencio. No podía quedarme así, tenía que hacer algo, pero ¿qué?. En el fondo,me sentía vacía, asqueada por todo en lo que me había convertido y en eldaño que estaba causando. Cuando eché la vista hacia la puerta de la habitación, pude sentircomo me ahogaba en un mundo de soledad dónde no quedaba nada ni nadiemás que yo misma. No sé por qué me asaltaron esas ideas, pero lo hicieron. No sé con qué intención, pero me acaché para buscar de debajo de lacama, la mochila que me acompañó en mis últimos instantes como mortal.Sabía que allí encontraría el libro que por casualidad, recogí de la casa dellago, aquel que tenía un relieve de un dibujo de un dragón sujetando con suvoraz mandíbula algo que ahora no llamó tanto mi atención. -257-
    • Lo abrí y me senté en el suelo, apoyando mi espalda a la cama. No séque quería encontrar entre sus páginas, quizás distraer mi mente conhistorias banales…, qué se yo. “Como un rastro de sangre desde el cielo hasta el suelo, así será elcamino que has de seguir subiendo la colina hasta el Templo del Sacrificio.Para preparar tu asalto al Templo del Sacrificio deberás asegurarte dellevar todo lo necesario, sin olvidarte de la Joya Demon Seal, es laprimordial. Por otro lado, una vez que hayas alcanzado la cima de la colinatómate un tiempo para inspeccionar la zona y podrás encontrar un pequeñocamino que te lleva a tu destino...” Parecía estar dando instrucciones para llegar a algún lugar o paraencontrar a alguien. Me estaba enrollando en todas aquellas páginas, pareceser que a estos seres también les gustaba la literatura fantástica. Pero pocoa poco, fui comprendiendo que lo que sostenían mis dedos, no era un simplelibro. Había cosas que no me concordaban como el elixir para convertirse enun no muerto pero ¿sin serlo?, o algo sobre la boca del infierno que eradescrita con todo tipo de detalles y que me parecía una imagen demasiadosimilar al lugar donde ahora me encontraba: su mausoleo, sus bastasmurallas, su inmortal disposición. Recordé en ese instante en la conversación de Morgana con Marlond,algo referente a ese elixir. De forma repentina, dejé el libro suspendido en elsuelo y agarré la mochila. Saqué nerviosa todo lo que se encontraba en suinterior: unos vaqueros, una camiseta…, me quedé traspuesta. ¿Dóndeestaba el ánfora que Orlando me dio como su bien más preciado? Las únicas personas que habían entrado en esta instancia fueronAaralyn y Jillian. ¿Podría ser que Aaralyn la cogiera? Me levanté, sabía que quizás llegara demasiado tarde. Ahoracomprendía algunas cosas, el porqué de la insistencia de Marlond en lainstancia de Aaralyn; que Jillian no entrase en el gran salón…, lo teníantodo planeado. Corrí hacia la sala dónde el cuerpo de Aaralyn se mostraba aún en suesencia. Si no se encontraba en su habitación, todavía la llevaría encima.Esperaba que no hubiesen comenzado con el ritual y cayese en manos de undesaprensivo. -258-
    • No era capaz de abrir la puerta, moví el pomo y parecía estar cerradapor dentro. Miré por la mirilla, el cuerpo de Aaralyn no se encontraba en elaltar, pero los lanceros seguían en su posición. Tuve que llevarme la mano a la boca, un gemido acompañado de unnerviosismo incómodo, comenzó aflorar. No sabía qué hacer ahora, estaba enun lugar extraño y había demasiadas razones por las cuales no podía hacerque Jillian me ayudase. No después de todo lo que le dije, no después de la forma en la que lotraté. Escuché pasos, en ese instante agradecí el incómodo eco que marcabatodos mis movimientos. Miré en todas direcciones, la única salida era ellugar de dónde procedían. Antes de que diera la vuelta a la esquina, pude contemplar su sombra.Sólo era uno y al parecer un hombre, no creo que me costara muchopersuadirlo, ¡son tan previsibles! -¡Jillian!-, grité corriendo hacia él lanzándome en sus brazosagarrándolo fuertemente. -Ann, ¿qué te ocurre, por qué estás temblando? ¿Qué haces aquí?-, suvoz se tornó ronca y tirante. -Solo quería verla de nuevo, deseaba admirarla una última vez, perola puerta está cerrada-, se me dio bastante bien el arrebato de desesperada,incluso apreté fuertemente mis ojos para que alguna lágrima se deslizarapor mis ojos. La voz entrecortada e incluso desatinada hicieron el resto. Perdí todolo que quedaba de mí. Pensé que con la forma de actuar que había adoptadoconseguiría más de lo que pudiese proponerme. Obtuve mi propósito, el incrédulo Jillian manifestó comprensión, noera algo de lo que me enorgulleciese pero no tenía otra salida. -Ann, Aaralyn ya no está en la habitación, se la llevaron hace un parde horas para vestirla con las ropas del ritual; es nuestra tradición. Yahabrán terminado de todo el proceso, algunos se trasladaron hasta allí pararendirle tributo, yo no fui capaz de hacerlo, por eso sigo en la casa-. Golpeé con fuerza su pecho en señal de resignación mientras repetíauna y otra vez que no había derecho. Estaba consternada, ella guardaría laánfora en su ropa, pero si Jillian aseguraba que se la habían quitado, enalgún lugar habrían dejado las que llevaba. Y en tal caso, si la hubiesendescubierto, ya no tendría forma alguna de encontrarla. -259-
    • -Me hubiese gustado tener un recuerdo de ella. Marlond recogió todolo de su habitación, lo empaquetó y se lo llevó. Ya estará vacía, ¿hay algoque quede de ella, al menos, su ropa?-, pregunté impaciente. En realidad la situación no era como para alarmarse más de lacuenta; pero tenía que aprender a ser más lista. Estos contratiempos noeran del todo favorables. -Ann, me abrumas. Creo que dejaron su ropa en el altar, espero queno la quemaran con ella, aunque es lo más probable-, dijo esbozando unasonrisa. Quemada. Me expresión lo dijo todo, el desánimo invadió mi cara deun extremo al otro. Sentí que la vida dejó de darme todo lo que podía desear,mis esperanzas volaron en un abrir y cerrar de ojos. El futuro, parecíarepleto de oscuridad, había decepcionado a Orlando si de aquella joya setrataba. Algo me decía que no volvería a sentirme envuelta en un manto defelicidad tan perfecta; yo sola había acabado con lo poco que me haría tenerla gran carta bajo mi manga. -Todavía no he dicho que lo hicieran, solo lo he aventurado. Espera,aquí tengo la llave de la habitación, entraremos y echaremos un vistazo, nome gusta verte así-, dijo hurgándose en uno de sus bolsillos. Inmersa en aquel ritmo frenético, ni siquiera me di cuenta de que miplan tenía un error, por eso no se me ocurrió esconder mi prepotencia alechar a correr hacia el altar como una loca, haciendo que los dos lancerossobresaltados, intentaran esquivar al huracán que se les echaba encima. No sabía en qué momento me había convertido tan fría; paré en secomucho antes de llegar al altar. Era igual que Marlond; un hombre frio ycalculador que se aferra a la realidad con ambas manos, y que nunca podráhacer prosperar a un clan con engaños. -Y ahora, ¿qué te pasa, no ves su ropa? ¿O es que ahora has cambiadode opinión y ya no la quieres?- Durante estos meses en los que había estado conviviendo con ellos,fue la primera vez que sentí el vínculo tan grande que se había creado conJillian. Pero eran todas las ocasiones en las que estábamos juntos, lasoledad seguía acompañándome. No estábamos tan unidos. El corazón me dio un vuelco, del bolsillointerno de su falda, parecía apreciarse el tapón de corcho de la ánfora. No lo -260-
    • entendía, ¿por qué todavía ahora mi cuerpo temblaba al intentarapropiarme de ella? Me di cuenta que había llegado el momento de afrontarme a unproblema, que durante meses había fingido no ver pero que seguía estandoallí. Acercándome sigilosa y pensativa, hice un nudo de su falda y la enredéentre mis dedos. -¿Todo este revuelo para solo quedarte con su falda cuando puedesquedarte con todo? Nunca llegaré a entenderte, pero por eso me tienes atadoa ti, ¿cómo lo haces?-, dijo sujetándome de ambos hombros haciéndomeencoger del sobresalto. -Venga, es hora de volver a la habitación, tú tienes que descansar; almenos hay alguien en esta casa que todavía duerme. Yo soñaría contigo sipudiese pero me tendré que conformar viéndote dormir-, dijo arrastrándomehacia la puerta. Caminamos en silencio, yo me aferraba con todas mis fuerzas al trozode tela como si de ello dependiera mi vida, y el ingenuo de Jillian, pensó queera una forma de tener su esencia más cerca de mí. Deseaba llegar a la habitación, su compañía comenzó a ser incómoda,a pesar de que él no volviera a abrir la boca. Me acompañó hasta la puerta ycon su singular gesto galante del beso casto en la mejilla, musitó un buenasnoches entre susurros. Me estaba sintiendo artificial, pero si mis sentimientos mostrasentodo lo que no debieran, quizás el futuro de Jillian se borraría en ese mismoinstante. No podía permitir que a él le pasara nada, al menos lo intentaría. Sus palabras, solían salvarme una y otra vez. Siempre lo encontrabacuando más lo necesitaba, aunque echaba de menos a Orlando. Tenía lasensación de no avanzar con todo esto, me estaba asfixiando. Aunque fuera a morir mañana, estaba convencida que Jillian nomoriría conmigo, pero tampoco me importaba, al fin y al cabo, era de lo másnormal. Es extraño porque sin embargo, darme cuenta de ello medestrozaba. -261-
    • 22 Darklay No puedo soportar ser una persona tan débil. Cuando me veo tanfrágil siento que estoy siendo una carga para los demás y eso me parece, unaforma insensata de ocupar el tiempo de los que me rodean, en el simplehecho de estar pendientes de mí; aunque el tiempo ahora, no era lo que másimportase. Ya casi llevaba un año haciéndome la indiferente en los asuntos de lacasa. Morgana, terminó marchándose, pero dejando sus fondos a buenrecaudo con Marlond. Terminé acostumbrándome a lidiar día sí y díatambién en presencia de él. Apenas recordaba pequeños resquicios del aspecto de mi madre; y deAlice, solo recordaba eso, su nombre. Terminé acostumbrándome a todo loque me rodeaba, era lo más coherente. Por las noches, cuando por suerte me dejaban estar a solas en mihabitación, releía una y otra vez aquel libro, buscando una explicacióncoherente, a todo lo que con simples palabras no podía afirmar su autor pormiedo a las consecuencias. Orlando, siguió sin dar señales. Todas las noches, antes de que elsueño me arrastrase a desaparecer lúdicamente por unas horas, seguía unmismo ritual. Esperaba en la ventana unos minutos intentando ver sureflejo en el cristal. Había noches, que la luna iluminaba la habitación e incluso mi propioreflejo se difuminaba entre las sombras. Comencé a desesperarme, hastaque una noche, volví a sacar de la mochila la intrigante botella. No entiendo por qué Jillian se empeña en seguir a mi lado, ¿de dóndesacará la fuerza? Siempre tan caballero y atento, con ademanes de galán apunto de estrellarse. Decir que estaba ocupada era solo una excusa, y creo que Jillian se diocuenta. Pero si escuchaba la voz de Orlando, sentiría que me faltaba elaliento y eso me asustaba. Hasta ahora había logrado sobrevivir, aceptando los sobornos deMorgana y haciéndome la persona que soy a los ojos del clan: una solitariacon carácter. -262-
    • Estuve toda la noche admirando desde todos los ángulos aquellabotella insignificante a los ojos, pero que encerraba algo más que unassimples gotas de líquido. Me preguntaba una y otra vez si mi vida tendría sentido ya. Estabadentro de un círculo vicioso del que solo había una forma de salir y yo,sopesaba la más fácil e incoherente. Volví a coger el libro, la historia parecía envolverme en una fantasíaque cerraba toda mi conexión con el mundo. Las letras, pasaban ante misojos como flashes, incluso había páginas enteras que sabía de memoria. Durante todo este tiempo, había pensado que lo importante eramantenerse firme para no dejar que la existencia te empuje, aunque tal vezdejarse llevar, no es que sea algo tan malo, si así avanzas. Era el capítulo que más me gustaba, aquel que estaba deseando leercada noche y a pesar de sabérmelo de memoria, imaginaba con cada palabrala bella escena. Ella dormida, con la ventana abierta y las cortinas vapuleándose conel viento. La noche se torna despejada aunque ya había comenzado arefrescar. La lúgubre taberna del piso de abajo, hacía ya un rato que habíacerrado sus puertas y la gente, parecía haberse retirado a sus aposentos.Sólo dos inquilinos a pesar del número tan amplio de habitaciones. El viaje estaba a punto de concluir, pero dónde ella estuviese, aqueldesconocido de tez blanca siempre estaba junto a ella. Sin palabras, sinnombres, un ángel oscuro que velaba por ella, o eso al menos, era lo quepensaba. La noche anterior, había llegado a la colina. Tras mucho buscar,encontró la joya y sin obtener deleite de su hallazgo, la guardó envuelta enun paño negro. Oculta en el último cajón de su mesita, esperaba con anheloseducirse con sus encantos. Como decía, la ventana dejaba entrar el frescor de una noche de lunamenguante, pero que consentía algo de luz en la penumbra. Unas extrañassombras, se dibujaban en las paredes y el frío bajó aún más su temperatura. Abrió tímidamente sus ojos pegados, admiró las sombras y esperó.Poco a poco, el reflejo de la luna en el suelo, fue desvelando a suacompañante. No sintió miedo, no desesperó ni lanzó un grito en el silenciode la noche. -263-
    • Por sus formas y complexión, era aquel hombre que la siguió en cadapaso de su viaje. Su rostro fue el más bello que sus ojos habían admirado.Delicadas ondas, se balanceaban en sus hombros y aquellos ojos, sin lugar adudas, tan penetrantes que no dejó de mirarlos. Pensando que sería una falta de respeto por su parte, apartó lamirada un instante. Cuando quiso darse cuenta, él estaba sentado en lacama jugueteando con su cabello. ¡El beso!, esa es la escena que más megustaba. Será porque anhelaba tanto a Jillian, será porque me sentía sola. Esanoche, no fui capaz de terminar mi lectura. La ventana comenzó a vapulearlas cortinas y algunos estruendos comenzaron a escucharse en el vasto cielo. No sé cuándo me quedé dormida, una insensatez por mi parte, hacerlocon la botella en la mano. Cualquiera que hubiese entrado en la habitaciónno habría dudado en arrebatármela. No podía permitirme ese tipo deerrores. Llamaron a la puerta y me sobresalté. La botella se escurrió de entremis dedos estando a punto de desmoronarse en el suelo. La escondí entre lassábanas y abrí la puerta. Era el juguete nuevo de Marlond, parecía haberse olvidado demasiadopronto de Aaralyn. Como era de suponer, Marlond deseaba tenerme en supresencia aquella mañana. Siempre para lo mismo, cualquier historiarelevante de la cual debe hacer doble vida para que el clan no advirtiese suverdadera identidad. De mala gana, cerré la puerta y acompañé a la insulsa hacia eldespacho de Marlond. Para mi sorpresa, Jillian también nos acompañaríahoy en la velada. -Siéntate Ann. Hoy tenemos varias cosas que discutir-, dijo demasiadosuave para lo que acostumbra. Lo hice, me senté y esperé a que comenzara a hablar. Miré a Jillian yestaba cabizbajo, ni tan siquiera me saludó por cortesía. -Tú dirás Marlond, ¿cuál es el tema de hoy?-, dije sarcástica. -Darklay-, anunció Jillian. Mi corazón se encogió. Había perdido el instante en el que sacó unapitillera de metal de su bolsillo y chasqueó el encendedor. ¿Cuándo habíacomenzado a fumar Jillian? -264-
    • -Cielo, no pongas esa cara, no es tan malo como parece, sólo unasituación inestable con vaivenes establecidos y una que otra tortura sinimportancia, lo típico en estos casos-, dijo Marlond mientras sujetaba unvaso con brandy y tomaba un sorbo. -¿Dónde está?, ¿qué le habéis hecho?-, dije levantándome de miasiento y colocando fuertemente mis manos sobre la mesa, instigando unamirada más que de odio sobre la persona de Marlond. -Querida, no hace falta que saques tanto carácter, él no está del todomal. Morgana le está cuidando, pero el señor, se resiste a hablar y por lo queella pudo averiguar metiéndose en su escabrosa mente, tú estás detrás detodo esto-, volvió a tomar otro sorbo de brandy. -Ann, no intentes lo imposible, tú eres muy distinta a Aaralyn o acualquiera de las del clan, deja de pensar con la cabeza y haz lo querealmente sientes que debes hacer; porque si no, no creo que aguantesmucho tiempo-, dijo Jillian afligido. Me preguntaba cómo se las apañaba para ser tan ofensivo y vivircélibe, no me parecía un monje que ha renunciado a los placeres de la carne,siempre en segundo plano, conformándose con un beso en la mejilla antes deencerrarme en la habitación y algún roce furtivo. Puede que, después de todo este tiempo, lo que sienta por mí seasimplemente amor fraternal. Pero al fin y al cabo, no deja de ser un hombre,es posible que todavía tenga sus deseos y ahora los utilice de formacontraria, ¿será que ahora me odia? ¿Le habría contado Marlond la verdad?, me extrañaba bastante, a noser, por su forma de hablarme, que se haya aliado con él, al ver que no metendría a su lado a pesar de su empeño. -Te he tenido un poco abandonado estas últimas semanas, ¿es eso loque me reprochas?-, dije intentando cambiar el hilo de la conversación. Se levantó, estaba más delgado que de costumbre, llevaba su camisaabierta dejando ver su pecho desnudo. Apagó el cigarrillo en el cenicero, sellevó la mano al bolsillo y se paseó hasta situarse detrás de Marlond. Si Jillian me ha estado protegiendo hasta ahora, es porque ningunoha querido hacerlo. Mi último rayo de esperanza, se había desvanecido,ahora me estoy ahogando y no hay nadie que pueda salvarme. Supongo queéste es mi destino. -265-
    • Un viento frío atravesó mis dedos. Ojalá ese viento que encrespa mipiel, se llevara todos mis pensamientos sin sentido y el fuego consumiera miengrosada piel. Suspiré, ¿qué más podía hacer? Les daría lo que querían, daría mivida por Orlando. Me levanté con intención de dirigirme a por él ánfora,cuando Jillian me agarró fuerte del brazo. -¿No ayudarás si esperas por mí?, somos esclavos de la oscuridad.Siente la sombra del olvido, que espera anhelando que la misericordiamuestre su cara. Caminas hacia tu perdición, congelada en el tiempo, sinnadie que se regocije en tus deseos-, comenzó a susurrar en el oído. -¿Qué seguirá si el mañana es ciego?; mi noche, es eterna. El vientome lleva lejos de ti. Estoy tan cansada…, siente la sombra de mi olvido-, ledije intentando soltarme de su atadura. En ese momento, el cólera se apoderó de él. Me agarró con furia consus dos brazos. Noté como las venas de sus ojos hacían aparición, su cuellose contorsionaba y sus brazos temblaban. -¡Una noche más!, solo te pido eso para soportar esta pesadilla-, dijosoltándome de súbito. Lo admiré con ojos abatidos, su pena era incluso mayor que las quedemostraba tan mal en otras ocasiones. Flaqueé, quizás eso era lo queMarlond andaba buscando; ese punto de mortal que todavía quedabaescondido en algún lugar de mi mente. -Piensa en mí lo suficiente como para crear un recuerdo-, le dije antesde que Marlond me cortase. -Ann, basta de cursilerías, ¡apestas! Morgana espera, no podemoshacerla esperar más de lo necesario. Por favor, las mujeres primero-, en actode galán putrefacto, me inquirió a salir de la instancia y seguirlos. Fueron por él aquella misma noche; arrestado, lo apalearon con ellátigo de púas, atado al moliente del patio trasero. Hay cosas que las pupilases mejor que no viesen. Me llevaron hasta él; me obligaron a admirarle a unpaso de donde se encontraba. La angustia se apoderaba de mi ser. Llevé mi mano hacia mis labiostemblorosos, las lágrimas comenzaron a invadir mi rostro. El cuerpo no merespondía, verlo así, sin fuerzas, tirado en el suelo con la cabeza caída,apenas era capaz de sostenerla… -266-
    • -Pero, ¿qué te han hecho?-, las palabras no salieron de mi boca, pero sifueron esbozadas en mi mente una y otra vez. Intenté llevar mi mano temblorosa hasta su rostro, pero meapartaron de él. -Querida Ann, ¿ya has experimentado lo que se siente cuando amas yno te corresponden? Es difícil admirarlo, pero más difícil es sentirlo-, dijoagarrándolo del pelo y levantando su cabeza para que pudiese admirar sucara. Intenté mantenerme firme, pero mi corazón mandaba. Anclé misrodillas en el suelo intentando acercarme más a su cara, pero volvieron acogerme, y esta vez, me apartaron definitivamente de él. Esa imagen me hundía, me sumergía hasta lo más profundo de misentrañas. -¿Le lloras al último cielo cuando estás confinada aquí? ¿Nunca tepreguntaste por qué aguantamos tus arrebatos?-, dijo Marlond. -Marlond, así no se puede hablar con ella, ¿tenías que hacer todoesto?-, le replicó Morgana. -¡Lleváosla de aquí!, ponedle un somnífero y que descanse. No sepodrá tratar con ella en el estado en el que se encuentra, Marlond, nosubestimes tu rebeldía; esto puede pasarte factura, habéis llegadodemasiado lejos. ¿Tenías que llegar a este extremo sólo por un capricho deMorgana?-, le dijo Jillian soltándose de su brazo y cogiéndomecuidadosamente con ayuda de un lancero del clan, que se encontrabaadmirando la escena. Mis lamentos tenían nombre; el día, era incluso tan oscuro como lanoche. No me quedaban remordimientos ni rendiciones. Gritando mi almaen silencio intentando llamar su atención de alguna forma, rabiosas vocesque en mi mente solo musitaban su nombre, mientras mi rostro se llenabade lágrimas. -Jillian, ¿nunca vas a dejar de sorprenderme? ¿Qué te hace seguirsiendo tan protector con ella? ¿No ves lo evidente?-, dijo esbozando una grancarcajada señalando el cuerpo de Darklay. Hizo caso omiso a las palabras de Marlond. Me llevó hasta lahabitación y me recostó en la cama. Abatida y sin fuerzas, hice un ovillo conmi cuerpo, me abandoné. -267-
    • -No te sientas perdida, yo estoy aquí para compartir tu dolor; gemir tutristeza, es la única forma que tengo para consolarte. Tu frágil corazón,alimenta mi desprecio hacia ellos-. Él como siempre, intentando absolver mi pena con acertadaspalabras, sabiendo de sobra que era el amor que él nunca llegaría a recibirpor mi parte, pero persistente, intentando que mi razón no caiga en elolvido. -Sé que he quitado y tomado vidas a mi antojo, era mi naturaleza, éltambién me obligó. Y aquí estoy un pequeño y simple íncubo en desacuerdocon la mano que meció mi cuna. No sé si alguna vez estuve provisto de alma,incluso ignoro si ahora la tengo, pero ahora es el fuego en ella la que rechazami sabiduría-. -Todo lo que haces en tu vida vuelve a ti, a pesar de que esa vida hayadurado ya más de lo necesario. Ahora sé, que estoy cosechando las semillasque he ido sembrando, rindiendo toda mi verdad-. -Ann, ya no hay vuelta atrás; ya se ha desatado. El día en el que laluna menguante apacigüe su luz en el cielo, habrá llegado el momento. Vasa ver desolación y odio; es el final del equilibrio. Tu destino estará en todomomento vinculado a la supervivencia, tendrás que escoger el caminoadecuado: uno te guiará a la luz y el otro a la oscuridad. Todo depende delenorme poder que late en tu interior-, me dijo tomando aire en cada palabra. -Estoy cansada Jillian. No te enfades por lo que voy a decirte ahora,intenté no cambiar la idea que tienes sobre Marlond, a pesar de todo, ¿él fueel que te crió, no?-, intenté comenzar mi exposición. -Lo único que he hecho hasta ahora, fue protegerte de él. Quizás yasepas lo que esconde, yo tardé un tiempo en averiguarlo, fue un descuidomás bien. Siento que estés involucrada en esta lucha, Darklay ha sidodemasiado imprudente al entregarte la joya Demon Seal-. Al escuchar aquello, me levanté de súbito sentándome en la camamanteniendo mis ojos en su presencia. Solo de pensar que estuvieseengañándome, alarmó todos mis sentidos. -Aunque tú lo ignores, significas una gran desgracia para el clan, porello debes morir. No es algo en lo que yo esté de acuerdo, son asuntos deMorgana y Marlond. Intenta perdonarme, estoy obligado a sentenciarlo.Deberías luchar contra tu destino, debes vivir, amor de mi existencia-. -268-
    • Estaba sentado en una silla, como ausente, enfrente de la cama; susdedos entrelazados, se retorcieron de rabia haciéndolos crujir; apoyando loscodos en sus huesudas rodillas, con la mirada perdida; sus palabrastitubearon al mismo tiempo que mis ojos se abrieron de súbito. Estuvo un instante inmerso en sus pensamientos, en aquella posición,sin mover un ápice. Pasados unos minutos, tampoco demasiados, subió susojos un instante hasta los míos y se levantó de repente, dejándometraspuesta. -Espera un instante, enseguida estoy de vuelta. Hay algo que quisieraenseñarte-, dijo serio y tajante. Salió de la habitación cerrándola como de costumbre, con un ligerosonido del cerrojo, prácticamente un susurro. Me dejó contrapuesta, no sabíaqué hacer en ese momento; cerrar la puerta con el pestillo o esperarlodesvalida. No sabía lo que hacer, ¡tantos sentimientos contrapuestos! Enrealidad, nunca había dudado de Jillian; él nunca me había fallado. Esperésentada en la cama, ¿qué tenía que perder? La puerta se abrió despacio, no podía distinguir ni siquiera a grandesrasgos, la persona que intentaba entrar a escondidas. Agarré las sabanascon fuerza, después de todo lo que me había contado sobre mi futuro, notendría que haber sido tan despreocupada y debí haber echado el pestillo. Era Jillian, bajé la tensión en mi cuerpo y lo admiré en silencio. Trascerrar la puerta, me di cuenta que con un grato disimulo, corrió el pestillo. -Mi único objetivo a raíz de conocer los oscuros pensamientos deMarlond, o quizás sería mejor decir Badbh; fue enriquecer el conocimientosobre la tan codiciada joya. Encontrar sentido a su existencia por otrosmedios, rechazando las banales leyendas que ya todos conocíamos-. -Muchas de ellas, creando centenares de paradigmas, confundiéndosea veces…, a fin de cuentas, una creencia existente de un poder infinito.Después de mucho buscar, encontré esto-, dijo introduciendo su mano en elbolsillo del pantalón y sosteniendo entre sus dedos un pequeño objetoenvuelto en un trozo de satén negro. -Hay un inmenso camino por recorrer, más que aprender; lo que eresy quién eres, lo llevas en tu interior-. No sabía dónde quería llegar, me intrigaba saber qué escondía entresus dedos, que con tanto ahínco se aferraba a ellos. Me sentí más tranquila -269-
    • cuando volvió a sentarse en la silla y dejó el pequeño paquete encima delcolchón a mi lado. Le eché un vistazo, si he de ser sincera, no le quité ojo de encima, perono lo toqué. Esperé a que él aceptase que lo hiciera, a estas alturas ya nosconocíamos y sabía que tenía algo que decirme antes. -Cuando la conocí, ella tendría unos veintiún años. Era como una rosanegra floreciendo salvaje y ella, lo sabía-, dijo comenzando su relato. -Nos veíamos a escondidas, siempre cuando el crepúsculo daba suesplendorosa aparición en el horizonte. Ella percibía que iba a morir, cadadía estaba más débil; Igual que las hojas se van en otoño, ella se fueapagando. Yo siempre esperé su respuesta a mi pregunta, pero nunca larespondió-. -Todos los días, al caer la tarde, bajaba al río para ver la apuesta desol y yo, la acompañaba en silencio, con el único sonido de mi violínhablándole entre notas. Pero un día, habló-. -Me dijo que siempre estaría conmigo, era el ancla de mi dolor. Nohabía final para lo que haría después. Sacó de entre sus enaguas unpequeño paquete envuelto en satén negro, que puso en mi mano-. -Por eso comprendo cuando veo todo lo que estás pasando porDarklay. El dolor de la pérdida, era más de lo que podía soportar entonces yes ahora, teniéndolo ante mis ojos, revivo con todo detalle nuestro últimoencuentro-. Sentí pena por él. La eternidad da para mucho, pero existían muchascosas de su persona que me fueron pasadas inadvertidas. ¡Jillian!, ¿por quéme haces esto ahora?. Ya tuve mi momento de dudas, escogí a Orlando, ¿porqué muestras este lado de ti? -El viento gritaba dando sonido a su corazón, que terminó perdiéndosecon el huracán de sus sentimientos; pero su esencia está sostenida oculta enese trozo de tela-. -Soy consciente de que mi compañía, es la responsable de las penuriasque sufres. Un doloroso pasado amenaza con renacer, solo ansío el perdón;los amigos, se reunirán de nuevo por una causa común, pero hasta que esosuceda, solo tenemos esta pequeña ayuda-. -Jillian, lo siento; perdí el hilo en lo último que has dicho. Nocomprendo lo que intentas decirme, esa historia es…, pero no entiendo quédeseas pedirme-, dije con las ideas algo desordenadas. -270-
    • Suspiró, su semblante era cada vez más firme. Su cuerpo comenzó aconvulsionarse, tan débil, que apenas un ojo mortal sería capaz deadvertirlo. -Quiero que le devuelvas la vida-. Me quedé traspuesta, mi mente no era capaz de asimilar lo que meestaba pidiendo, lo que parecía una súplica sin sentido. ¿Cómo iba a haceryo algo así? No puedo creer esto ahora, no estaba previsto. No entiendo cómopuede pensar que yo soy capaz de hacer algo así, no logro imaginarlo. -271-
    • 23 Luna llena Después de todo lo que he visto y hecho, lo que Jillian me pedía endesesperación, no me pareció de lo más estrambótico. -No importa cuál sea el costo, mi alma es el precio por verla. Tu dolorno desaparecerá, los dos necesitamos lo que ansiamos. Él tiene la fuerza…, yella el conocimiento. Déjame a mí cargar con toda la culpa; si algo salieramal, peor es lo que nos depara el destino, si no hacemos algo pronto-, dijodesesperado. -Estaremos condenados al caos si no lo intentamos, mi corazón, o lopoco que queda de él; no me traicionará. Debemos mantener el equilibrio;nunca en la historia ha existido un vínculo tan antiguo, ese que nos hacetener lo que necesitamos sin dañar a los demás-. -Jillian, ¿nunca has estado enamorado de mi, verdad?, tus formas, lahabilidad con la que me tratas, la delicadeza…, ya puedes guardarte tuspreciosas palabras, no tienen sentido-, le dije apenada. -La veía en ti. Siento haberlo hecho, no tenía derecho. Pero ahora note preocupes por eso, debemos salir de éste bunker sin levantar sospechas-. Tenía que confiar en sus palabras; el cólera se estaba apoderando demi ser, no debía perder los estribos. La intranquilidad por Darklay, ganabami lucha interior, revolvía mis entrañas. Se escucharon los ecos característicos de las pisadas de variaspersonas dirigiéndose a la habitación. Jillian se levantó sobresaltado de suasiento y echó un vistazo a su preciado bien, que seguía intacto encima de lacama. -Ann, tengo que sedarte. Me ofrecí voluntario a hacerlo, ellos vienen averificarlo; no quiero que mi propósito se esfume. Por favor, túmbate en lacama, no te preocupes, eres mi segundo bien más preciado, no dejaría quenadie te hiciese daño. De un estuche clínico, sacó una jeringa con un calmante en suinterior. Hice lo que me pidió, al menos, pasaría un par de horas relajandomi mente del sufrimiento al que la estaba sometiendo. -Te protegeré con mi vida si es necesario, confía en mí-, dijo tomandomi brazo y clavando la aguja en mi piel. -272-
    • -Descansa, volveré cuando todo esté en orden, no te preocupes pornada, yo estaré contigo cuando despiertes..-, esas fueron las últimaspalabras que escuché de sus labios antes de sumirme en el más profundo delos sueños. Las horas fueron pasando en el reloj, el día llegaba a su punto másálgido y yo, seguía sin sentido, sumida en mi descanso obligado. Lasmanecillas, poco a poco fueron cambiando de posición, el día se fueapagando, no conseguía despertar. Escuchaba voces a mi alrededor, entre susurros. Noté como rozabanmi mejilla, pero seguía sin poder moverme, no era dueña de mi cuerpo. Abrí los ojos de forma desordenada, mi visión se tornaba borrosa, peropodía distinguir varios bultos acercándose a mí. Me incorporé de un salto,rozando mis ojos una y otra vez con la intención de recuperar mi visión. -¿Has dormido bien?, perdona que te hayamos traído hasta aquí sindarte explicaciones-, escuché decir a una voz femenina. Nerviosa, volví a insistir por intentar que mis ojos distinguiesen elentorno y la gente que me acompañaba, busqué a Jillian incesantemente. El olor a tierra mojada, se hacía cada vez más evidente. Estábamos enel bosque, con la única luz de la luna llena y un pequeño candil que aquellamujer sostenía entre sus dedos. Me calmé al ver como Jillian se acercaba a mí y con un gesto decariño, acarició mi cabello mientras me dedicaba una sonrisa. -Ann, libérate a ti misma, a tu yo verdadero-, sus palabrasatormentaban mi mente, una y otra vez. La rabia se fue apoderando de mí, no soportaba el tono con el que mehablaba, a pesar de ser una voz dulce y armónica; algo en mi interior seremovía haciéndome retorcer de dolor. -Jillian, es el momento. Sujétala, debe beber ahora-. Estaba delirante, sin apenas fuerzas para mantenerme en pie. Aquelcalmante que me suministró, era demasiado fuerte y más aun, en un cuerpoque llevaba demasiadas horas sin ingerir ningún alimento. -Ann, es el momento, debes beber esto-, dijo poniendo ante mis ojos elánfora que Orlando me había regalado y con tanto esfuerzo volví a recuperardespués de que Aaralyn se apoderase de ella. -273-
    • Lo miré con rabia, ¿quién le había dado permiso para tocar mis cosas?Sus dedos firmes, disimulaban el nerviosismo de lo que sostenían. Parecíaapreciar su interior incluso más que yo. Titubeó un instante antes deposarla en mi mano. Se sentía nervioso y colérico. La tomé entre mis dedos. Callada, inventé alguna explicación por suparte; en esencia, era Orlando el que deseaba que lo ingiriese mucho tiempoatrás, incluso cuando mi transformación eran solo ilusiones pasajeras. Torturé mi corazón con recuerdos perdidos, con odio hacia el ladrónque destruyó mi vida; dudaba que alguien más supiese de su existencia enmi poder y menos aún, que estuviese a punto de ingerirlo. Abrí despacio el tapón de corcho que protegía el líquido de su interior.Jillian, con mirada expectante y los otros dos acompañantes, hablabanacerca de un asunto complicado y de un grave error. Colérico, se echó encima de mí con la intención de arrebatarme elánfora de las manos, quizás con el propósito de bebérselo. Aferré todas misfuerzas en intentar que no se derramase ni una gota. Luché contra su fuerza violenta e irascible, mis gritos avisaron anuestros acompañantes de las intenciones de Jillian, pero también losescucharon aquellos, que por otras cuestiones, se dirigían hacia Morgana. La insensatez de Jillian, mostró nuestra posición, cosa que enfurecióinstintivamente al misterioso hombre sombrío que nos acompañaba. -¡Insensato, suéltala!-, dijo agarrándolo por la espalda, tirando de susbrazos. Como consecuencia del terrible forcejeo, tropecé con los sobresaltos delcamino y caí al suelo, derramando parte del líquido. Jess, corrió rápidohasta donde me encontraba, me pidió que lo tomase rápido, su olor delataríanuestra posición con mayor prontitud. Tragué aquel mejunje. Pensé que sabría a medicinas, esos jarabespringosos y con mal olor que, cuando toman contacto con nuestras papilas,nos hacen apreciar con mayor agrado su aroma que su sabor. El dolor era insoportable, miles de puñales se clavaban en mi interior.Parecía que unas manos, agarrasen mis entrañas y tirasen de ellas conintención de arrancármelas de cuajo. Los bronquios se cerraron; peroagradecí que la sensación de asfixia, durase solo lo necesario; poco despuésperdería el conocimiento. -274-
    • Mi corazón dejó de latir; llevé mi mano hasta él, mirandodesconcertada y con un horror insostenible, los ojos de aquella mujer, Jess.La cabeza tomó presión, ese dolor era sofocante. -¡Jess, el dolor debe ser insoportable!, ¡Haz que termine!-, dijo Jilliandesesperado al verme en esa situación. -Lo siento Jillian, tú has decidido su destino, debe ser aquello por loque ha nacido; toda causa tiene su efecto, solo hay que esperar, yo no puedohacer nada; a ella le corresponde decidir lo que hacer con el tiempo que se leha concedido-, le contestó aquella mujer. Perdí el conocimiento, algo obvio. Cuando abrí los ojos a los pocosminutos, Jillian estaba atado al tronco de un árbol; Jess, sentada a mi lado,esperaba con impaciencia y nuestro acompañante sombrío, sentado al ladode Jillian, chupaba una pipa de fumar, lanzando un repelente olor a tabacorancio. No recuerdo palabras que pudiesen describir la agonía que sentídurante algunos minutos, el dolor era tan intenso que hizo abandonar mimente en perturbadas visiones; pero peor aún fueron las sensaciones que lasacompañaban. “Pálidos estandartes como estelas de nube, se acomodaban a amboslados de aquel pasillo en medio de la nada. Como un sudario de bruma,miles de lamentos imploraban clemencia a mi paso; brazos con sus manosabiertas intentaban alcanzar mi cuerpo, pero que con un simple soplo lashacía desaparecer. Según iba avanzando, la cantidad de aquella extraña bruma fuecomenzando a tomar forma. Mis ojos albergaban un miedo, que haríaencoger mi corazón, los pasos se hacían cada vez más pesados, mi angustiaasfixiaba el mismo alma. Al final del camino, envuelto en un halo de luz incandescente, vi lasilueta de Orlando. Esperándome, brindando su mano entre abierta,sonriendo. Algo desvió mis ojos alrededor de él. Una bruma negra, cegadora, ibacubriendo su cuerpo poco a poco. La belleza que mis ojos admiraban, setornó la mas horrenda imagen. Desdibujándose entre las sombras, fueron formándose varias figurassiniestras, cubiertas de túnicas negras que no dejaban entrever ningúnresquicio de humanidad bajo sus faldas. Lo envolvieron, me lo arrebataron. -275-
    • Grité con rabia y desesperación, mis piernas flaquearon en un intentovano por alcanzarlo. Estiré mi brazo manteniendo mi mano abierta en posde esperanza por rozar la suya, lo alejaban de mí, me lo arrebatabanbruscamente. Las imágenes se fueron desdibujando, un fuerte viento resurgió de miespalda, llevando mi cabello desvariante, arrastrando toda aquella brumaque me envolvía lejos de mi cuerpo; me estremecía con menos virulencia, eldolor desaparecía, se esfumaba. Quedé rendida, abrumada”. Noté cómo unos brazos me sujetaban con fuerza, se opusieron a queme desplomase en el suelo. Cuando mis ojos volvieron a abrirse, allí estabaél, cumpliendo su promesa. Me sentía cambiada, ¿dónde estaba?, ¿qué mehabían hecho? Lágrimas negras brotaron de mis ojos, anhelo eterno de un recuerdoungido en la tristeza más absoluta. -Ann, ahora tienes que reponerte, tu nacimiento…, ¡ya eres uno de losnuestros!-, dijo entusiasmada. Una nacida en el privilegio, en lo que ellos llamaban “la corte de lassombras”. Todo esto era solo un paso más hacia la destrucción de mi esencia.Nada tenía sentido ya en mi triste agonía por cambiar las formas, ahorasería uno de ellos. Vivir con sus reglas; envidiadas criaturas de la noche enlo que ahora…, yo me estaba convirtiendo. Qué conveniente situación, intentaba conformar mi almaatormentada. Entre espasmos admiré mi piel, que en consecuenciamantenía el mismo estado; rocé mis mejillas con los dedos sin sentir elmenor tacto; había hecho desaparecer mi esencia, mi vida. -¿Por qué Jillian? ¿No tenías bastante con la ayuda que accedíprestarte?, ¿por qué me haces esto?..., ya no me queda nada, ¿qué es lo quequieres de mi?-, intenté esbozar de mis labios entre lamentos desesperantese inadvertidos. Admiré impensable al tercer acompañante; un hombre que semantuvo expectante, cayado, sin mediar palabra. Con pinta de ermitaño,con demasiadas vivencias a sus espaldas, algo reservado y medidor de suspalabras. -Estamos en los albores de una nueva era, en la que no habráamanecer. El bien y el mal, siempre estuvieron dentro de ti, Ann. Es tunaturaleza, tu legado; nació contigo, junto con todo este conflicto. Sé que -276-
    • ahora piensas que se han tomado erróneas decisiones sobre tu persona, perohoy, podrán ponerse las cosas en orden-, dijo limitando mi mentesimplemente a escucharlo. -El camino no es fácil, pero posees la cautela que caracteriza a los queson como tú. No conocí a ninguno, por suerte o por desgracia, eres laprimera; pero he escuchado leyendas, yo seré el que te pida ayuda cuandoestés completa. Si tú no puedes liberarnos, nadie podrá-, prosiguió. Su voz varonil y armoniosa, fue cortante pero directa; sabía lo queestaba diciendo, no titubeó un solo instante en su exposición. -Hemos perdido demasiado tiempo, el ejercito de Morgana se escuchaa tan solo dos días, las vibraciones del suelo ahora se sienten con mayorintensidad. Jess, deberíamos dejar un momento a solas a estos dos, creo quenecesita una explicación-, dijo levantándose de la piedra que utilizaba comoreposo; cortó las cuerdas que retenían a Jillian y dirigiéndose hacia donde seencontraba aquella mujer, se alejaron lo suficiente como para no escucharnuestra conversación. -Esto es en lo que me has convertido, ahora eres tú el que se harácargo de todo lo demás; todo estaba en tu mente desde el principio, ¡que locaignorante!…, ahora comprendo el novedoso cambio de domicilio, vuestroacercamiento…-, le dije consternada. -Ann, estás equivocada. Fue Marlond quien nos empujó a compraraquella casa al lado de la tuya, fue él, el que me obligó a tomar contactocontigo. Aaralyn solo siguió sus instintos, había muchas cuestiones queescondía a Marlond, ¿crees que todavía ella era una insulsa y no sabía quetodo esto ocurriría?-, contestó frustrado. -Ya no tiene sentido discutir por algo que no tiene vuelta de hoja, solodeseo ayudar a Orlando, esa es mi prioridad. Tú cumpliste tu parte; mesacaste de aquella mazmorra, a lo que vosotros llamáis casa, salvaste mipellejo. Ahora estoy en deuda contigo-, dije elevando mis ojos ante la lunallena que imperiosa, se regocijaba de la altanera hermosura, quedándosecorta al describirla. Solo el susurro que las hojas de los árboles, al chocar unas contraotras, por la suave brisa de la noche más etérea de mi existencia; llenaban elsilencio incómodo que abrimos ante nuestras presencias. -¡Los que van a morir nos saludan!-, gritó Jillian desenvainando elsable que llevaba a sus espaldas, a la vez que daba unos pasos hastasituarse delante de mí. -277-
    • Nuestros dos acompañantes hicieron lo mismo: ella agarró una flechay la colocó en su arco; y el misterioso de voz penetrante, desenvainó suespada. Los gritos de Jess, llamaron mi atención. -¡Ann, coge mi espada, esta noche tenemos visita!-, dijo lanzándomesu espada, que con acertado desatino, conseguí sujetarla de la empuñadura. Una manada de Ghuls, que se había adelantado al grupo. No eranmás de diez. Mis piernas temblaban de pavor, ¿cómo se utilizan estas cosas?,era más peligrosa blandiendo la espada, que aquellos infelices seres, cuyahora habían encontrado. -Orlando, ayúdame. El futuro permanece oculto ante mí, damefuerzas cuando llegue el momento-, rogué mentalmente, quizás con laintención de que escuchase mi súplica. Suspiré, los Ghuls corrían removiendo el suelo con fiereza. Lancé unúltimo vistazo al cielo, la luna de esa noche…, quizás sería la última que misojos admirarían. Las flechas de Jess, cortaban el viento, miembros despedazadosvolaban; escuché el sonido de las espadas al atravesarlos, me quedéparalizada, no era capaz de reaccionar. Según aparecían más Ghuls, ellos fueron abriendo más el círculoprotector que habían creado. Me quedé sola y uno de ellos, se acercaba haciamí. Mis nervios se incrementaron, la espada temblaba en mis manos. Ya podía percibir sus garras y la forma en la que las utilizaría con micuerpo. Cerré los ojos cuando lo tuve delante, justo cuando levantó su brazopara herirme. Moví la espada en todas direcciones mientras no dejaba degritar. Cuando los abrí, aquel ser yacía en mis pies; pero no por mi actoheroico, el hombre del que todavía no sabía su nombre, le cortó la cabeza porla espalda. Ya había pasado, hiperventilé unos segundos, antes de colocar todasmis ideas en orden. Envainaron sus armas y Jess, recogió la suya de mimano temblorosa. -Ya ha pasado Ann. No te preocupes, la próxima vez lo harás mejor, eslógico que te bloqueases. ¡Qué graciosa Arthir! ¿Has visto qué forma tan -278-
    • peculiar de pelear? ¡Cerrando los ojos!-, dijo acariciando mi cabeza yesbozando una gran carcajada. -Dentro de poco estas tierras no serán seguras, los Ghuls merodean denoche por las orillas del río kholmin, saqueando los pocos poblados quetodavía siguen en pie. Pronto cruzarán a este lado de las montañas, debemosaligerar nuestro paso y llegar cuanto antes al templo-, dijo Arthir conactitud seria y cortante mientras limpiaba su arma y la volvía a envainar. -Deberíamos prepararnos para la guerra, olvidar estas malditasincursiones que solo traen pérdidas de tiempo. Me rugen las tripas, estoyhambriento, delante tengo algo sabroso, puedo olerlo-, dijo dirigiendo sumirada hacia donde me encontraba. -¡Arthir, por favor! ¡Déjate de bromas!-, le replicó Jess sonriendo. Aquella noche, la pasamos caminando, siempre pendientes de unnuevo ataque. Sus rastros en la tierra perduraron un par de kilómetros, suolor también. Restos de animales, se amontonaban esparcidos por el bosque. Quizás fue por todas las sensaciones nuevas o por el sobresalto de lalucha, caminé sus mismos pasos, no sentí sueño, había perdido esanecesidad. Me di cuenta al ver el sol, al intentar aparecer en el horizonte,luchando contra la oscuridad. La misma oscuridad por lo que nosotrosluchábamos; al parecer, no éramos tan distintos. -¿Qué ha sido eso?-, murmuró Jillian mirando hacia todos lados. -Yo también llevo un rato escuchando algo, quizás un rezagado, o¡comida!-, le contestó Jess. Como una ilusión de la que has perdido el hilo, Arthir le clavó laespada al Ghul que nos estuvo siguiendo durante toda la noche. -¡Esta tierra no te pertenece!-, le dijo mientras le clavaba su espadahasta atravesarlo. Aquel ser gruñó su ataque, pero no intentó atacarlo. Una manada decuervos, voló despavorida de su lugar de reposo. En una facción de segundo,con la misma sangre fría con la que se la clavó, sacó la espada de aquelcuerpo haciéndolo caer muerto al suelo, tras nuestras miradas perplejas. Agradecí que nos dejara descansar un rato, con la salida del sol, esascriaturas se refugiarían bajo tierra en cuevas frescas y húmedas. Peropronto retornamos nuestro camino. -279-
    • Debíamos llegar al templo, eso era lo único que me habían dicho.Compensé dejar atrás el bosque, ahora se abría ante mis ojos una granexplanada. Con vistas, que harían volar la imaginación de cualquiera quelas admirase. Se abrían en la lejanía, cultivos de montañas unas pegadas a lasotras; las nubes, diseñaban un extraño velo a la mitad de ellas, formandodibujos imposibles entre ellas. Los rayos del sol, rebotaban en los charcos,creando destellos de infinitos colores en ellos. Si esto no era el paraíso…,poco le faltaba. Bajamos hasta el río, allí saciaríamos nuestro apetito. Fue la primeravez que expresé mi gratitud ante la comida. Pescado recién cogido, unmanjar. Antes, hubiese regurgitado con el simple hecho de admirarlo, peroahora, era mi comida y me gustaba. Incluso Arthir, después de haberse saciado, preparó su pipa con eseasqueroso tabaco que solía fumar, y se sentó a la orilla del río a meditarmientras lanzaba un espeso humo negro de su boca. -280-
    • 24 Confesiones peligrosas Siempre existió la oscuridad, y donde el mundo es sombrío ydesconcertante; la luz, aquella que todo lo ilumina, acompaña la confusiónopaca de las penumbras fantasmagóricas, en la belleza más impresionante. Son las dos caras de una misma moneda; sin la una, la otra no tendríasentido; si nuestros ojos no hubiesen admirado la divina perfección, latenebrosidad de las sombras, no serían tan inquietantes como desconfiadas. Eran argumentos más que obvios de entender. Jess y Arthir, meparecían algo diferentes a lo que conocía hasta ahora. Su forma de actuar,hablar, sus costumbres. No entendía cómo Jillian, trataba a escondidas con esos seres oscuros,que más que eso, parecían divinos. Tenía mucho que conocer de Jillian,aunque ahora me había decepcionado. Me manipuló a su antojo, ¿hasta quépunto todo lo que me dice tiene parte de verdad? El sol estaba en su punto más alto, ya no calentaba mi piel. Es curiosocómo las cosas más insignificantes y cotidianas a las que no prestamosatención, por el mero hecho de sentirlas en un diario, pueden echarse demenos cuando no puedes tenerlas. La sensación del calor en mi piel, sonrojarme, advertir la piel erizadaa consecuencia de algún impulso, y ante todo, observar cómo el corazón seaceleraba ante alguna situación, ya fuese de gozo o terror. Ya no tenía sensibilidad en la yema de mis dedos, la calidez de unacaricia…, la mayor expresión de afecto, se esfumó en el mismo momento enel que bebí la última gota de aquella botella. A veces, me pregunto cómo he llegado a ser lo que soy; pero la vida,nunca acaba siendo lo que esperábamos. El camino que tenía ante mí,estaba vacío; aunque tenía la sensación de que me conducían a un lugarnuevo. Orlando, ¿estarás bien? No puedo quitarme de la cabeza su cuerpo sinfuerzas, arrastrando lo poco que le quedaba de vanidad, ojalá fuera capaz deverte en sueños. Sueños que ya no tendría. Una acción más que comprensible, donde nos dejamos al abandono,relajamos la mente hasta otro nivel y soñamos. Ya no disfrutaré de una -281-
    • noche de incertidumbre, preguntándome qué soñaré esta noche, ya no podréacompañar a Orlando en mis noches. Tendré que acostumbrarme, quizás esta vida no dure tanto como la deantaño. Fue suerte que ellos estuviesen a mi lado, cuando los Ghuls nosatacaron en la noche. La guerra era inminente, había llegado en malmomento a este lugar, ¿o era coincidencia? -Ann, estás muy pensativa, ¿te encuentras bien?-, dijo Jesssentándose a mi lado. -Nunca llegarás a comprender lo que significas para nosotros. Estabaescrito que vendrías, muchos perdieron la esperanza y simplemente optaronpor la más dramática de las salidas-, dijo admirando el horizonte al igualque yo. -¿Puedo hacerte una pregunta, Jess?-, pregunté sin dejar de admirarel paisaje. -¡Sí! Estaba esperando tus preguntas. Seré sincera contigo: sé todo loque piensas, no es mi intención. A veces puede llegar a estorbar, escuchartodas esas voces dentro de mi cabeza, pero cuando controlas esos impulsos,consigues evadirte y escuchar sólo lo que te interesa, y a veces, dejarla enblanco…, en silencio-, dijo mirándome a los ojos y con una sonrisa en loslabios. -¿Cómo llegó Jillian a vosotros, por qué lo mantuvo oculto?- preguntéincesante. -Todo a su momento, Ann. Creo que Arthir pasará todavía un buenrato con la pipa, no empezaré desde el principio, todo va entre lazado-, dijoechándole un vistazo a Arthir. -No se puede escapar del amor; así fue como él la encontró. Ella erauna joven, que sin saberlo, estaba ligada a su destino y él un hombre queignoraba conocerlo-, comenzó. -Estás hablando de Jillian y Elisabeth, ¿verdad?-, pregunté. -Sí, de los mismos. No tuvieron el valor suficiente para afrontar laverdad por triste que sea, variaron sus intenciones, no estuvo dispuesto aemprender el camino-, prosiguió. -Desde el día de su nacimiento, ella fue especial. No en el sentidofamiliar, sino espiritual. Sin saberlo, venía de una estirpe que pensamosextinta. Su don, era el mayor de los que he conocido-. -282-
    • -Su belleza no le hacía justicia, incluso tenéis un afortunado parecido,¡es increíble!. Su timidez, fue su perdición. Podía dominar la luz y lassombras a su antojo, pero nunca estuvo en su conocimiento-. -Morgana, sabía de su existencia, incluso el iracundo Darklay, quecomo cabía de esperar, se enamoró perdidamente de ella. Más razón paraapartarlo de él, que convertirse en su mayor consejera-. -En cierto modo, ella intentó establecerla en su magia, la de laoscuridad. Pero Elisabeth, era demasiado noble, delicada para aquellasformas horrendas-. -Pero, ¿los dos estaban enamorados de la misma persona?, quierodecir; Jillian y Darklay, ¿le procesaban el mismo afecto a Elisabeth?-,pregunté embelesada de su relato. -Sí. Darklay la amaba en silencio, conformándose con admirarlamientras dormía y con algún encuentro furtivo donde intercambiaronalgunas palabras; Jillian, sin embargo, la acompañaba en sus matutinaslecturas a la orilla del río. Deleitando sus oídos en días tristes, con laarmoniosa melodía de su violín-, contestó. Me quedé en silencio, pensativa. Tantas coincidencias para un mismopunto. Los sentimientos de Elisabeth, nunca llegaré a saberlos, pero síalcanzo a distinguir los míos. Es una contradicción, un último alientoespantoso y lúgubre al infierno de mis más ocultas pasiones. -¿Puedo continuar, Ann?-, preguntó después de haberme dejado uninstante entre pensamientos. -Si, por favor-, contesté afligida. -Su desdichado fin, conmocionó al cautivado Jillian; mientrasDarklay, maldijo a Morgana por el cruel desenlace-. -Ahora es cuando Jillian, llega a nosotros. ¡Es lo que esperabas! ¿No?-,preguntó esperando otra expresión en mi cara melancólica. -Si-, contesté doliente y cabizbaja. -Nuestro clan es diferente al suyo; ellos son la oscuridad, seresabominables, ojalá nunca hubiesen tentado a la cruel fascinación por lamaldad. Nosotros también somos horrendos, crueles repugnancias de laoscuridad, con la salvedad de, que nuestra eternidad, defiende la luz divinade dónde todos provenimos-. -283-
    • -Asgeliath, ese es nuestro paraíso; se podría comparar con vuestroanhelado Edén. Como les pasó a ellos, la tentación nos arrastró alcataclismo. El ansia de poder, de ver lo que se escondía detrás de losvástagos muros, corrompió sus mentes-. -Cuando logró salir de Asgeliath, admiró todo un mundo sin explorary su ambición por controlar aquello que pensó de sus dominios, nos empujó ala desgracia-. -Algunos salieron de propio acuerdo, aliándose con aquel semejanteenajenado por el poder y otros fueron desterrados. Los únicos que quedamosen los dominios de Asgeliath, siempre vivimos con la incertidumbre-. -Éramos bellos en esencia, pero el exterior no tenía las condicionesque conocíamos. Poco a poco, fueron acostumbrándose al clima, buscandoformas diversas para sobrevivir. Ahí está el ejemplo: los Ghuls, consiguieronesa forma por vivir tantos años en la oscuridad en el interior de cuevas-. -Los trasgos, demonios de la noche, orcos, nazgul, todos de la mismacondición. Sus aspectos son horripilantes y su fuerza, descomunal. Seinstruyeron en el arte de la guerra, y Morgana, cansada de seguir enAsgeliath, con ansias de poder, creó su ejército de la oscuridad-. -Todos la adoraban, su poder no podía medirse, serían invencibles, yella a cambio, les daría todo tipo de comodidades; pero eso fue al principio-. -No los obligamos a hacerlo, ellos se arrastraron a la perdición.Construyeron su imperio, con aires de grandeza; con la única intención dedominarnos por encima de todo-. -¿Tan crueles son?, ¿Por qué los abandonaron a su suerte? ¿Por quéhabéis dejado que la situación llegue a este punto tan álgido, Jess?-. -Querida, yo no tengo todas las respuestas. Cuando nací, el régimenya estaba instaurado, yo también estoy en desacuerdo pero mi opinión nobasta-. Giró su vista hacia dónde se encontraba Arthir. Se estabaincorporando, ya había terminado de fumar su pipa, dando la intención deproseguir hacia el templo. Jess se levantó, me instó a que lo hiciera también. Me dejódesconcertada y triste. Nunca me había contado su pasado, ¿es tan cerradoen sí mismo?, sentía compasión por Jillian, ¡qué injusta es la vida a veces! -284-
    • Arthir presidió nuestra campaña, Jillian le seguía cabizbajo y sinmediar palabra; yo esperé impaciente a que Jess se colocase a mi altura,para al menos, amenizar el camino con su historia. -Todavía nos queda un largo camino, si no volvemos a tenercontratiempos y seguimos a este ritmo, llegaremos al amanecer-, dijo Jesscolocándose a mi altura. Agradecí que durante largo tiempo, el terreno fuese llano y con pocosaltos. Me gustaba andar por áreas planas, no eran las más continuas; losacantilados parecían verse ya bastante cerca, con lo patosa que soy,esperaba no tropezar con las alteraciones del suelo. -Prosigamos con la historia, ya va quedando menos-, dijo Jessdedicándome una grata sonrisa. -Jillian realizó un largo camino, cuando llegó a las puertas del temploestaba demasiado débil como para hacernos daño. Pronto se extendió en elclan, que un ser oscuro, esperaba junto a la puerta-. -Ellos tienen el corazón corrompido, no son capaces de atravesarlassin una invitación. Avisaron a Arthir, él es nuestro jefe aunque no loparezca-. Me sorprendí, no llegué a imaginar que él fuese el líder de su clan,aunque pensándolo bien, formas tenía. -Leí sus pensamientos, eran puros. Es lo que tenemos, nuestraspalabras pueden llegar a equívocos, pero nuestra mente nos muestra tal ycomo somos. Al principio, Arthir se negó en rotundo dejarle pasar, pero mireflexión le hizo cambiar y le invitó a pasar-. -Se sentía afligido, aturdido por el cansancio, pero predominaba unapena tan inmensa en sus ojos, que expiamos sus pecados y lo acogimos a laespera de su inesperada presencia-. -Tras una larga conversación, nos contó lo que anteriormente teexpliqué sobre su relación con Elisabeth y su trágico desenlace. Arthir quedóperplejo, la profecía mostraba signos claros de ser cierta-. Paró un instante. Parecía como si Arthir escuchase todas sus palabrasa pesar de sacarnos demasiada ventaja como para hacerlo. Le lanzó unaseñal de aviso con la mirada, que hizo sobre cogerme. Después de quizás hablar entre ellos de alguna forma misteriosa,prosiguió con el relato. -285-
    • -Ann, no tengo en conocimiento de sus intenciones ahora-, dijo Jessabrumada. -¿A qué intenciones te refieres? No te comprendo-, le contestéperpleja. -Ann, Jillian nos pidió que devolviésemos a la vida a Elisabeth, perocomo se puede comprender, nosotros no podíamos hacer algo así-, dijoexpectante a la espera de mi respuesta. -¿Qué intentas decirme? ¡No me dejes en ascuas!, ahora no por favor-,dije intranquila. -No se puede devolver a la vida a un mortal, los inmortales comonosotros, no podemos obrar ese milagro. Incluso a nosotros mismos, despuésde siglos de convivencia, a pesar del dolor que eso puede llegar aocasionarnos, nunca lo hemos hecho con un semejante, nuestro poder eslimitado-, prosiguió. -Pero tú…,-, se reparó. -¿Yo qué Jess?, ¿tan difícil es decirme esto?-, dije parándome en seco. Ella dio unos pasos más hacia delante pero al notar mi parada brusca,dejó de caminar. Se dio la vuelta despacio, la suave brisa acarició su rostroatrayendo un perfume distinto, bello. -Todo tiene un precio-, dijo sin conseguir con éxito contener mimirada. -Para que ella vuelva a la vida, con toda la esencia de antaño, túdebes desaparecer. Eres especial, lo sé desde el primer momento en el queJillian nos habló de tu realidad. Nos puso al corriente de todo, inclusocuando las consecuencias de aquel ser, hicieron tu inminentetransformación-. -Comenzamos a movilizarnos, no podías caer de nuevo a manos deMorgana, otra vez no-. -Jess, no comprendo lo que estás intentando decirme. ¿Pensáis que yosoy Elisabeth?-, dije martirizando mi mente a la espera de su respuesta. -No lo pienso, lo afirmo-. La desolación se hizo omnipresente. Era incapaz de razonar, mimente quedó bloqueada en el mismo instante en el que esas palabras -286-
    • brotaron de sus labios. Las fuerzas me abandonaron, era solo un cuerpoinerte bajo aquel sol ardiente, que ya no me hacía sentir fatiga por su calor. Jillian y Arthir, pararon su camino. Hay cosas difíciles decomprender, de afrontar. Pero todo pasa, hasta lo más insignificante. Mivida estaba ligada a Elisabeth, mi corazón, también lo haría. Miles de hipótesis circularon en ese momento por mi cabeza. Si laesencia de ella revivía, ¿seguiría acordándome de Orlando?, ¿mi amor por élquedará intacto?. No deseaba perder mis principios pero, ¡Dios si existes,por qué ahora me abandonas!, imploré al cielo. -Ann, sé que todo esto es duro para ti, el tiempo que nosotrosnecesitamos para asimilarlo, ahora tú no lo tienes. Lo sé, es difícil hacer unaelección acertada. Jillian, me pidió que fuese yo quien te lo hiciera saber, nosolo es por su interés, te necesitamos a nuestro lado-, dijo apoyando su manoen mi hombro. Me quedé un instante admirando sus ojos, sabía que me estabandiciendo la verdad. Hasta en éste punto, Jillian había sido generoso noqueriendo inmiscuirse en mi decisión. ¿Aceptaría mi decreto?, ahora era difícil pensar en una decisión justa,pero ¿para quién sería justa?, ¿para ellos o para mí? -Dejaré que prosigas sola, debes sopesar todas tus opciones. No tepreocupes, bloquearé tus pensamientos, no sabré lo que tu cabeza repase.Tampoco tu decisión, esperaré impaciente-, dijo emprendiendo sus pasos ydejándome atrás. Llegamos al borde del precipicio, ahora deberíamos bajar con cuidadopor la montaña, teníamos que atravesarlo para llegar hasta la otra orilla.En el fondo, millones de piedras afiladas se amontonaban unas sobre otras yal final, el agua del río kholmin, hacía correr su agua hasta la cascada quedejamos atrás. Andamos pegados a la montaña, un pequeño saliente no más anchoque mi zapatilla, hacía de pasarela. Debíamos andar despacio, con cadamovimiento, las piedrecillas sueltas se despeñaban al vacío. Intenté nomirar hacia abajo, era lo más coherente. Estaba deseando llegar al otro lado, la incertidumbre de no saber sillegaríamos a salvo, me inquietaba. No advertí el cuervo que nos vigilabadesde los cielos. Algo le hizo retornar su vuelo hacia otro punto graznandodespavorido. -287-
    • -Debemos darnos prisa, han encontrado nuestra posición-, dijo Arthiralarmándonos. -Las cosas están cambiando. No deberíamos ir directos al templo; esasvoces son demasiadas no consigo entender ninguna con claridad-, dijo Jesscerrando los ojos. -No tardaremos en llegar al otro lado, tan solo nos quedan unosmetros-, dispuso Arthir. Lancé mis ojos al cielo, no sé por qué extraña razón lo hice. Tuve querepararme, nunca lo había visto de aquella forma. Recordaba los cielosencapotados por nubes negras, cerrados por tormentas enfurecidas, pero esecolor, no lo había admirado nunca. -El cielo, ¡mirad el cielo!-, dije aterrada. Ellos también se repararon. Admiré sus expresiones, parecía nopintar nada bien. Arthir agarró de la mano a Jess y noté como Jillian sujetóla mía con fuerza. -¡Corred!-, gritó Arthir con la voz desgarrada y alarmado por lo queacontecería. Parecía no colocar mi pies en el suelo. El cielo se estremeció; los tonosmorados y naranjas, ahora se tornaban púrpuras y negros. El estruendo,removió la tierra. Las rocas se despeñaban por encima de nosotros,debíamos alcanzar el otro lado cuanto antes. Una roca impactó en mi mano haciéndome perder el equilibriosoltándome de Jillian. Mis pies se escurrieron y noté cómo comenzaba a caeral abismo. -¡Jillian!-, grité en última instancia. Me agarró del brazo. Mi cuerpo colgaba en aquel vacío, mis dedoscomenzaron a perder fuerzas, no aguantaría mucho. -¡Jillian, cogeros aquí!-, dijo Arthir lanzando una cuerda. Se aferró con fuerza. Tiraron de nosotros. Cuando llegué arriba, mehundí. Pensé que ahí acabaría mi historia. -288-
    • 25 Avtar khan Intenté colocar todas mis ideas en orden. Estar al borde de la muerteme afectó más de lo que imaginaba. Estuve un instante sentada en el suelo,con la mirada perdida. Ninguno se atrevió a pronunciar ninguna palabra,aunque estaba bastante segura, que se morían de ganas por hacerlo. Notaba sus ojos en mi nuca, incesantes, preocupados. Suspiré, parecíahaber recobrado la conciencia, volví a la realidad. Levanté mi vista y lo vi aél frente a mí. No sé por qué lo hice, pero al incorporarme del todo, meabracé a él con ansiedad. -Jillian, gracias-, le susurré al oído. Todo esto le parecía nuevo. Se quedó inerte, con los brazos pegados asu cuerpo, tardó en reaccionar pero, sus robustas manos, no tardaron muchoen sujetar mi espalda. Regosté mi cabeza en su pecho, me sentía en casa. Noté como susdedos acariciaban mi cabello, consideraba que esa sensación que ahoraenvolvía mi ser, sería la misma a partir de ahora. Alcé mi mirada un instante para apreciar sus ojos. Como un destellode luz incandescente, apareció entre nosotros una imagen: Orlando. Me aparté de él súbitamente. No entendí cómo había sido capaz dehacer aquello, no debía darle falsas esperanzas, me estaba haciendo daño,con esas ideas banales de realizar su propósito. No tenía demasiado claro terminar con todo lo que Jess me habíaexplicado, ¡otra transformación!, estaba cansada de ellas, duelen. La belleza del paisaje que dejé atrás, no tenía nada que ver con ellugar donde nos encontrábamos. El odio y la desolación lo inundaba todo. -¡El cuerno de Édunil!-, dijo Arthir al mismo tiempo que lo escuchaba. -Arthir, ¿qué significa, qué ocurre?-, le preguntó Jillian acercándose aél, inquieto. Arthir se quedó traspuesto, mirando hacia la montaña de dónde salíaun humo negro espeso, que terminaba mezclándose con el oscuro cielo.Todos lo admiramos, era inevitable no hacerlo. La desolación se habíaadueñado de aquel lugar. -289-
    • -¡Ann!, tenemos que hacerlo ahora. No podemos esperar llegar altemplo. Será demasiado tarde-, dijo suplicante. No sabía qué decir, no podía pensar, era demasiado pronto para tomaruna decisión tan importante. Lo cierto era, que no sabía lo que quería quehiciera, la historia todavía no había concluido, había guardado lo másimportante: lo que atañe a mi persona. -Perdona, he leído tus pensamientos, me siento sucia y deshonesta.Tienes razón, no he terminado mi relato, estás en la obligación de saber sufinal, no podemos interferir en tu decisión; aún así, acataremos tu alegatotanto si es lo que nosotros esperamos que hagas, como si por el contrariodecides hacer caso a tus sentimientos-. Arthir y Jillian, caminaron para inspeccionar la zona; había advertidoel repelente y nauseabundo olor de los Ghuls, Morgana estaría detrás detodo esto. -Será mejor que nos sentemos-, dijo Jess esperando que diera elprimer paso. Suspiró. Se quedó un momento en silencio con la mirada perdida ydespués, se deshizo del arco y las flechas que llevaba colgado a su espalda,colocándolo en el suelo delante de ella. En el estuche de las flechas, había unpequeño compartimento. Lo abrió e introdujo su mano despacio y con delicadeza. Lo sostuvoentre sus dedos un instante admirándolo con esperanza y después, conademanes de nobleza inclinando su cabeza, la extendió para que yo locogiera con mi mano. -Ann, hay algo que tienes que saber, mucho más importante que losdeseos de Jillian. Según la enseñanza de la magia cabalística, existieronciertos ángeles que poseían una fuerza y un poder especial llamados“Áángeles cabalísticos” o “ángeles de los quinarios”-. -Esos fueron los fundadores de Ábalon. Siete príncipes de la luz, quecrearon cuatro talismanes para proteger las puertas de nuestro mundo. Esaspiezas de gran sencillez y belleza, llevaban en su adverso un cuadro mágico,con los números místicos de su planeta correspondiente; y en su reverso, laimagen del espíritu planetario junto con la fuerza elementaria que lodistinguía-. -Pero uno quiso destacar ante los demás, y ansiaba atravesar lasparedes de Ávalon y admirar todo lo que se divisaba en el exterior. -290-
    • Guardándose las espaldas, mandó forjar un único talismán, juntando lospoderes de cada uno de ellos-. -La desolación no se hizo esperar. Aquellos seres corrompidos por lacodicia, cambiaron su aspecto con el tiempo. La ley por la supervivencia, lesllevó a transformaciones insospechadas; sus mentes enajenadas, dejaron enel camino el poco resquicio que les quedaba de humanidad-. -Con su muerte, pasó a manos de su descendiente más directo.Nosotros, tuvimos constancia de su paradero, con la muerte de Exadius. Sólolos descendientes directos de él, son capaces de liberar su poder; tan soloellos son capaces, de abrir la puerta que nos devolverá a Ávalon, nuestrohogar-. -Este es el talismán de Avtar Khan. Venerado por todos, ansiado porel mal. La persona que sabía cómo utilizarlo, fue dado muerte en el mismomomento que fue arrebatado de sus manos. Sus grabados, cuentan lahistoria de nuestros ancestros, cuando por la tiranía de los ascendientes delrey Exadius, mandaron exterminar a todo aquel que no pensase como ellos-. -Me sorprende que Darklay no siguiese los pasos de su padre, fue untirano. Mirándolo detenidamente, muchos de sus rasgos y gestos, conidénticos a los de su padre-. -Con este talismán en manos equivocadas, sería la destrucción denuestra existencia. Siento aflicción por los delicados humanos, tan segurosde sí mismos. Nadie escaparía del ahogo que la consternación lesocasionaría, no verían un mañana-. -¿Qué es lo que yo conseguiría hacer con él?-, pregunté. -Ann, nuestro pueblo necesita activar el talismán. Avtar Khan,significa en nuestra lengua “El amor de la dama”. Mientras que estuvoactivado, todos seguíamos un patrón, incluso los seres oscuros lo seguían.Existía un respeto entre los clanes. Desde que se encuentra en este estadolamentable, todo ha sido un caos-, contestó Arthir acercándose a nosotras. -En la vida existe la belleza y el terror que nos rodea. Uno, no debeimponerse al otro; para abarcar los dos necesitas volver a renacer en ti:fuerza, sabiduría y templanza-, explicó Arthir. -Pero, ¿cómo?-, pregunté. -Ellos te encontrarán a ti, tú solo debes seguir las señales de la luz,todo está escrito, yo solo soy un simple mensajero. Siento no poder ayudarte;sé que es difícil pero, nunca pierdas la esperanza. Cada uno forja su propio -291-
    • destino, sólo tienes que elegir sabiamente, tus sentimientos te guiarán haciael camino correcto. Puede que estés más cerca de lo que crees-, contestóArthir. -Solo existen dos descendientes de aquel linaje, que aún quedan convida. Uno es Darklay y el otro…, eres tú-, expuso Jess. ¿Cómo podía ser posible que estuviese emparentada con Orlando? Eraimposible, ¿o no? La cabeza me daba vueltas, era incapaz de asimilaraquellas palabras. No podíamos ser tan parecidos como ellos pensaban, lonegaba una y otra vez. -Demasiados valiosos como para que Morgana, no haga algo alrespecto. Ella está al tanto si no, ¿por qué crees que no se ha deshecho ya devosotros? Darklay es demasiado importante para ella, si algo le pasase, todolo que es, acabaría marchitándose en la más olvidada pena. Es su vida, suregocijo interno-, expuso Jillian. -En cambio tú, podrías ser su problema; sin uno de los dos, eltalismán no funcionaría al cien por cien. La fuerza de uno, es laespiritualidad del otro. Sin esos dos principios, el talismán no se activa-,prosiguió Jillian. Jillian intentó mantenerse en todo momento cayado y expectante. Conmirada melancólica, apresado por la dicha de encontrar de nuevo lafelicidad; pero algo le hizo hablar, esa sensación que corroe nuestra alma alnotar, que nuestro bien, podría esfumarse con el viento, sin poder hacer otracosa que, dejarlo marchar. Admiré detenidamente aquel objeto brillante. Pasé mis dedos porencima de sus bajo relieves, los dibujé mentalmente en mi cabezaintentando buscar en ella las respuestas. El cuerno volvió a escucharse de nuevo. Presagio de un mal muchomayor de lo que yo esperaba. Jess se levantó, volvió a colgarse el arco ycolocó una flecha en él. -Tenemos compañía. Son más, es un grupo bastante grande, calculounos cincuenta. Ha sido un placer llegar hasta aquí y disfrutar de vuestracompañía, estos días han sido agradables a vuestro lado-, musitó Jess entredientes. -¡No vamos a morir!-, dijo Jillian blandiendo su espada realizandomovimientos imposibles con ella. Parecía intentar cortar el viento con ella. -292-
    • -Ann, coge mi espada. Yo guardaré el talismán a buen recaudo-, dijoArthir ofreciéndomela a cambio del objeto que ahora sostenían mis dedostemblorosos. -Tengo miedo Arthir-, le dije sujetando la empuñadura de la espadacon mis dos manos. -No debes tenerlo; tú tienes un propósito, eres más fuerte de lo queimaginas, tan solo tienes que buscar en tu interior. Las clases de luchaahora están de más, ¿no te parece?. Sólo intenta que no te hieran, todosaldrá bien-, dijo intentando conformarme. -¡Arthir, no son Ghuls!-, dijo aterrada. -No llegan a ocho, pero son ¡Trasgos!-, gritó apuntando con su arco alhorizonte. Yo ni siquiera los veía venir, el suelo no temblaba con sus pasos. Elhumo, comenzó a extenderse como una empalagosa niebla. Apenas era capazde distinguirlos, el miedo me paralizó, ¿cómo eran aquellos seres?, si Jess lestemía, debían de ser de peor calaña que los anteriores. -Morgana ha desatado su ejército de devastación, somos demasiadopequeños, su fuerza es descomunal, aunque algo torpes y lentos. Su visiónperiférica es bastante reducida, intentar utilizar sus defectos. Jess,apúntales al cuello, suelen dejar un espacio sin cubrir por la coraza; Ann,intenta que no te arañen con sus garras, son mortales. Mantente firme anteellos, cualquier distracción, por pequeña que sea, puede terminar con tuvida. Córtales una mano o una pierna, se desangran rápidamente-, comentóJillian seguro de sí mismo. -¿Tenemos tiempo para sorprenderlos, Jillian?-, preguntó Arthir confirmeza. -Espero que sí. Están todavía a unos kilómetros de dónde nosencontramos, calculando la velocidad a la que ellos suelen caminar y que noexistan más contratiempos, supongo que tenemos un par de horas-, contestóJillian. -Quedarnos a la orilla del precipicio no es la mejor opción. Deberíamoscaminar hacia el bosque, intentando rodearlos. Somos más rápidos,abarcaremos más terreno en el mismo tiempo-, dijo Jess. Caminamos intentando acortar terreno, para adentrarnos en elbosque, con la suerte de intentar camuflarnos. Según avanzábamos, el olor -293-
    • nauseabundo de aquellos seres, parecía introducirse en mi cuerpo como elpeor de los canceres. El estómago comenzó a dolerme, las intensas ganas de vomitar, sehacían cada vez más latentes. No podía dejar que ellos aminorasen lamarcha por mi culpa, intenté aguantar todo lo que me fue posible, pero noresistí lo suficiente. Los árboles se amontonaban unos sobre otros, ya no era capaz dedistinguir la senda. Agarrada a un árbol, con un dolor que me arrastraba ala misma locura, mis ganas flaquearon. Experimenté una grata sensación,extraña. Disimulé mi estado e intenté proseguir, ahora más despacio. Admitíque aquella luz me dio fuerzas. Reprimí en varias ocasiones las ociosasganas de regurgitar, agradecí que mis ojos no desvariasen en las formas,ahora parecía ver lo que me rodeaba algo más claro. -Ann, ¿te encuentras bien?-, dijo Jess acercándose. Me había visto en una de esas ocasiones en las que las nauseasvolvían de nuevo y reparada, colocaba mi mano en la boca intentando nohacer demasiado ruido. -¡Arthir, Jillian!, tenemos que descansar. Ann, no se encuentra bien-,dijo con la intención de que todos parasen. Se acercó a mi preocupada. -Ann, si no eres capaz de seguir, encontraremos la forma deescondernos. ¿Qué te ocurre?-, preguntó en tono de preocupación. -No es nada Jess, seguro que no es importante. No estoyacostumbrada a la comida, quizás me sentó mal-, dije retorciéndome denuevo y llevando mis brazos al estómago. -Esto es más grave de lo que parece. Jillian, quédate con ella unsegundo, tengo que hablar con Jess-, dijo Arthir ofuscado. Me sujetó en sus brazos, simplemente me admiró. Noté como susmanos temblaban al rozarme, sus ojos cambiaron de color. Miré extrañada,sin entender nada, intentando descubrir leyendo sus labios, qué era taninquietante como para que Jillian y yo, no pudiéramos saberlo. Algo en mi se removió. Una voz tenue y sutil, resurgía de misentrañas. Miré hacia mi estómago, ya no se revolvía como antes. -294-
    • “Está cambiando, ¡cómo no hemos sido capaces de darnos cuentaantes!, esto solo traerá problemas. ¿Cómo se nos ha pasado algo tanevidente?..., Arthir, ¡no es posible! Será solo su transformación, debeacostumbrarse…, No es su transformación, ella no llegará a ser comonosotros pensamos, todo ha sido a medias desde el principio”. Al escuchar aquello entre susurros de la voz de Arthir, llevé mi manohacia el vientre. Jillian, ni tan siquiera los había escuchado, seguía con lamisma expresión en sus gestos. “Será mejor que lo mantengamos oculto, tú te quedarás con ella, comohasta ahora. No podemos levantar sospechas, intentaremos evadir a losTrasgos; ellos no suelen entrar en conflictos, Morgana los utiliza parainspeccionar. Si pasamos desapercibidos, podemos proseguir nuestro caminosin incidencias hasta el templo”. Estaba asustada. ¿Cuándo ocurrió?, hace mucho desde la vez que…,Dorian me hirió. Eso sí puedo recordarlo, en la casa, pero no logroencomendar a la memoria el momento exacto. Ya no podía confiar en nadie,ni tan siquiera en aquellos que ahora me acompañaban. ¿Qué querían decircon sus palabras? Intenté volver la vista atrás, el cuerpo se estremeció. Orlando,¿puedes escucharme?. Pensé que era absurdo intentar que me escuchara. Nopodía seguir, necesitaba verle. Me levanté de súbito. Yo no quería pertenecer a esta guerra pormucho que insistiesen. Mi vida, estaba junto a Orlando, él me necesitaba, noaquellos seres salidos de la nada que me arrastraban hacia un destino, queyo ni tan siquiera había escogido. Se habían portado bien conmigo, en eso no podía quejarme; pero elclan, tampoco se portó mal. Los dos me querían en su posición, para lidiarcon algo que desde hacía muchos años crearon por ambición. Yo, nopertenecía a su mundo. Parte de mis recuerdos, me instaban a abandonar. Mis sentimientos, eran incluso más fuertes que mis ganas de que todoesto terminase, mi lucha había cambiado. Mis aspiraciones, eran muydistintas. Había abierto los ojos, todo esto no tenía sentido. Arthir, acudió a mienajenado, sorprendido por el desconcertado cambio que el talismán estabaexperimentando. -295-
    • -Ann, ¿lo escuchas?, el talismán se ha despertado. Por favor, tómaloen tus manos, dime lo que ves-, dijo colocándome el objeto delante de misojos. -Lo siento Arthir; todo esto es una mentira. Me estáis arrastrando avuestra mentira. No tiene ningún sentido nada de lo que estáis intentando.No soy quien queréis que sea, ¿no os dais cuenta?-, le dije abrumada por lapena que eso les ocasionaría. -Ann, por favor, no queremos obligarte a hacer nada en contra de tuvoluntad. Échale un último vistazo. Si no ves nada, yo misma te llevaré devuelta a la casa; estando dispuesta a afrontar mi castigo por ello-, dijo Jessdesesperada. Era lo más sensato que había escuchado hasta ahora. No tenía nadaque perder y sí ¡tanto que ganar! Solo tenía que volver a echarle un últimovistazo y todo habría acabado. Acepté. Es ese momento, una gran explosión hizo remover la tierra.Rocas salían disparadas por el aire y un extenso humo negro, se alzaba antenosotros. La onda expansiva, nos movió del lugar donde nos encontrábamos,separándonos a unos de los otros. La tierra se abrió en pedazos. Arthir, tropezó dejando caer el talismána escasos centímetros de una de las grietas. Los temblores, eran cada vezmás incesantes. Estiró su brazo esperanzado por agarrarlo con sus dedos,pero las fuertes envestidas, lo iban arrastrando poco a poco a su final. Vapores sulfurosos rezumaban de aquellas grietas. Intentandosujetarme fuertemente al terreno, pretendí reptar hasta el borde. La tierra,ardía en cólera. No eran criaturas las que originaron aquel olor que, podíaconfundirse sin ningún margen de error, con la hediondez que supuraba deellos. Por más que intenté acercar mi brazo, la grieta que separaba a Arthiry a mí, era considerable. Él tendría más probabilidades que yo de alcanzarlo;pero asumía que tenía que darse prisa, los vaivenes eran cada vez másfuertes y las envestidas, en intervalos menores. Hacía mucho calor, tan intenso que era capaz de percibirlo, y losvapores asfixiantes. Parecía como si el mismísimo infierno, nos castigase portodo el mal que habíamos creado a lo largo de nuestras vidas. Errores queahora, no me parecían tan insignificantes. -296-
    • El cielo, comenzó a sacudirse en rebeldía. El aire tempestuoso,arrastraba todo a su paso. La violencia fulminada, fulgores agudizados,iluminaron el cielo ante nosotros. -¡Arthir, está a punto de caerse, cógelo!-, gritó Jess desesperada. Una envestida más y todo habría terminado. El pobre Arthir, eraincapaz de alcanzarlo y yo, estaba demasiado lejos ya como para intentarlo.El rabioso aire, dificultaba los movimientos, ¿qué fuerza sobrehumana seríacapaz de crear tal poder? Jess volvió a gritar, alarmada por el fuerte huracán que se dirigíahacia nosotros a una velocidad colérica. No era capaz de abrir los ojos, mebastaba con seguir sujeta a mi apoyo. Intenté estirar mi brazo luchando contra la fuerza incómoda delviento. Abrí mi mano, con la intención de sujetarlo y fue cuando, unacorriente eléctrica atravesó mi cuerpo. Una energía gravitatoria, salió de la palma de mi mano, en el mismomomento en el que el talismán caía despedido a su olvido. Destellos de luzblanca, como ráfagas de varillas incandescentes, brotaban en él, de la mismaforma que mi cuerpo expulsaba. Poco a poco vino a mí, como si una cuerda lo sujetase. Cuando llegó ami mano, todo se paró: el aire, los temblores. La tierra volvió de nuevo a suposición original, cerrándose cada una de las grietas que se originaron. Elsol, volvió a gobernar impetuoso aquel cielo azul sin contratiempos. Todos nos quedamos en silencio, un silencio que estremecería acualquiera. Miré fijamente a Anthir, con los ojos saliéndose de las órbitas;hiperventilando, o eso creía, la sensación era muy parecida. Aquel objeto se fusionó con mi piel, creando un tatuaje de luz en lapalma de mi mano. Cuando su luz se apagó, dejando mi piel de nuevo sinmarcas, la desolación volvió de nuevo a presenciarse. Toda esa devastación, aquel fuego que se removió de entre lasranuras, había creado delante de nosotros, un enorme campo de lava,cortándonos el único camino que nos llevaba al templo. La lluvia que cayó, solidificó parte de ella, pero los vapores sulfúricos,absorbían lo poco que quedase del paisaje original. Temí mirar al cielo, sivolvía a llover, ésta sería ácida; un inconveniente, teniendo en cuenta que,no teníamos dónde refugiarnos. -297-
    • Sus caras intentaron decirlo todo. Eso era algo que ni tan siquieraellos esperaban. Parecía vislumbrar su maldad en sus ojos, no eran tandistintos a aquellos que me crearon a su forma, todos ansiaban el mismopoder, y ahora, ese poder era yo. Temerosos por mi presencia, sin saber qué decir, se abstuvieron dedecirme nada. Intentamos atravesar aquel campo de lava lo mejor que nosfue posible. El único que mostró algo más de sensibilidad hacia mi persona,fue Jillian. -298-
    • 26 El sacrificio Aquellas punzadas en mi cabeza, una y otra vez, me estaban llevandoa la locura. Miré a mi alrededor, ¿en qué me estaba convirtiendo? No queríaperder mi esencia; esa chica callada, melancólica en exceso y que pensabalas cosas demasiado, antes de tomar la decisión que para mi criterio, era lamás acertada. Ni yo misma podía reconocerme, ahora estaba vulgarmente sola. Casiconseguí convencerme, que me había vuelto una prisionera de mi propiaexistencia. Una soledad cruel, producto del aislamiento de quién estárodeada de dolor e incomprensión, gentes de ¿buenas intenciones?, y deausencias que no terminan de cicatrizar. Su voz pronunciando una y otra vez mi nombre, se repetían con mayorclaridad. La tristeza, me abrazaba con su lúgubre manto; mis pasos,caminaban sin sentido, sin razón. En un intento desesperado y vano porsalvarme, de esta extraña osadía mía de convertirme en algo que anulabamis principios; dejé la mente en blanco, deseando encontrar alguna soluciónjusta y sincera. Nunca había dicho una palabra apresurada, ni aquí ni en otroslugares, de manera que era consciente del hedor, del prosaico olor a carroña,que despedía mi existencia. Era demasiado dura conmigo misma, lo sé. El motivo por el que había decidido seguir con esta farsa que,pensándolo bien, solo traía satisfacciones a terceros; era la loca impresión,de la poca lucidez que presagiaban sus intenciones. Terminar cuanto antes,eso era lo que deseaba en ese momento, dejar atrás todo esto. Intentarempezar de nuevo, forjar mi verdadera historia. No llegarían a aprender nada de alguien que desea llegar a la verdad,estaban tan enciscados en sus propósitos, que saltaron por alto más de undetalle importante. Otra vez su voz, ¿estaría intentando ponerse en contacto conmigo?,¡cuánto te echo de menos!, pensaba mientras mis piernas comenzaban apesar y los vapores que rezumaban del suelo, me hacían desvariar. La extensa lluvia, había inundado las zonas que no fueron afectadaspor las grietas sulfurosas. Ahora, nos encontrábamos con árboles anegados,con ramas partidas; corrientes insinuantes, que chocaban contra nuestras -299-
    • piernas; y los restos de los que ellos llamaron: “la puerta de Thimeria”, elprimer símbolo que regía su talismán: Tierra. -Arthir, sus dos serpientes entrelazadas también han sido destruidas-,dijo Jess desolada. -Las dos fuerzas, que contenían el equilibrio, se han vuelto a oponer.Solo nos queda esperar que, las demás puertas no hayan sufrido daños-,contestó Arthir continuando con sus pasos hacia nuestro destino. Jillian y yo, nos abstuvimos de realizar ningún comentario. Por miparte, no me interesaba lo más mínimo lo que, aquellas palabras pudiesensignificar. Quizás eran importantes, pero no condicionó mi mente a espesasespeculaciones sin sentido. El tiempo, que suele llevarse todo, esta vez había hecho unaexcepción, dejando una de sus columnas principales intacta, un lujo queharían por merecer. La prohibición de volver a su reino añorado, se hacíacada vez más omnipresente. Admiré mi mano cuando llegamos a la altura de la única porción quequedaba en pie. Mis dedos acariciaron la palma, quizás con el intento de quese revelase de alguna forma, pero no lo hizo. Me sobrecogió la forma en laque Jess, admiraba con tristeza toda aquella devastación. Por lo que entendí, o eso creía, deberíamos pasar por las cuatropuertas, antes de llegar al templo. Cuatro puertas, cuatro talismanes...,para ellos ese número, debió ser importante, mágico. Sentí la desmesurada impresión que aquel lugar nos infundía,notando que realmente no estábamos solos. La idea de algún horriblehechizo, como castigo a un crimen olvidado que debían de haber cometidoaquellos que me acompañaban, me intranquilizó. Cuchicheaban entre ellos, dejándome en un segundo plano. ¡Quéironía más absurda!, ahora podía escucharlos. Ella, les susurraba al oído,apenas la escuchaba; pero sus voces, varoniles y roncas, era difícilesconderlas a pesar de su osadía. Estaban en alerta; Jess, sujetaba su arco con desesperación, mirandoen todas direcciones; y Arthir y Jillian, desenvainaron sus espadas y lasblandieron con sed de venganza. Conjurada con maestría, cuya naturaleza resultaba del todoincognoscible para la razón. Se los percibe como un viento súbito, entre las -300-
    • pocas ramas que quedaban en los árboles; un leve oscurecimiento de lasestrellas; o un estremecimiento sin causa aparente en momentos de soledad. Se hacían notar en las inmensidades heladas de las montañas que seapoderaban del paisaje; cruzando velozmente el aire frío del amanecer queno tardaría en hacer presencia de nuevo. Morgana ya estaba preparada, suemboscada bien definida. Estábamos de camino a una trampa sin salida. Jess, tomó en su mano una pequeña brújula. Sin direccionesseñaladas, con dos agujas que se removían en todas las trayectoriasposibles. -¿Cómo sabes dónde tenemos que ir?, esa brújula parece haberseestropeado. Nunca había visto una de estas; sin orientador y con dos agujas,¿cómo te las apañas para encontrar el camino, Jess?-, pregunté inquietada. -Ann, esta brújula no es como las demás, marca la situación de laspuertas de los cuatro poderes sagrados: Tierra, Fuego, Agua y Aire. Perocreo que la de Thimeria, no es la única que han destruido; la aguja pequeña,señala la situación de la puerta y la grande, la del templo-, contestó enojadapor lo que sus ojos veían en aquella brújula. Movido por una voluntad ignota, Arthir decidió cambiar el rumbo.Aceptó escalar las inhóspitas altitudes de la montaña. Incluso Jess, seextrañó de su curioso cambio. Aquellos entes, que lo eran todo sin encarnar nada; aparecían en cadagrieta expectantes, en cada reflejo del tímido sol en la nieve; su paso por estemundo, siempre acarreaba la muerte y la destrucción. Estaba segura queera el ejército de Morgana, almas cautivas a despecho, clamando libertad;encadenados a su desdicha. Me retrasé un poco de ellos adrede. Su voz era ahora tan nítida queparecía salir de mi interior. Desprevenida, me agarraron por detrás,sujetando con su gran mano mis labios, invalida en mi totalidad ante miatacante. Vi como seguían caminando por el terreno escarpado, sin mirar atrás,no advirtieron el ataque. Cerré mis ojos dejando mi mente en blanco;palideciendo entre las sombras de aquella montaña, fueron arrastrándomehasta el lugar más disimulado. -No grites, por favor. Mi amor, ya estoy de vuelta…-, dijo aquella vozdistorsionada por el eco de las paredes. -301-
    • Deslizó sus dedos cuidadosamente por mi piel, acariciando mis labioscon deseo. Agarró mi cintura aferrándose a ella como algo suyo. Mispasiones, no brotaban como antes, pero era otro el canto que despertaba enmis adentros. En el alba de mi tormentosa vida, irguiéndose desde el fondo de misentrañas; encadenándome al misterio que envolvían sus gestos, anhelabaque aquellos brazos que ahora me encadenaban a su cuerpo, fuese él. El aliento que sentía en mi cuello, me arrastró a la ilusión, que prontopasó al delirio. Intenté darme la vuelta, pero me pidió que me quedase unmomento más en esa posición. No era pasión aquello, fue una ternura vaga,cuando el amor lo agitaba poderoso. Agarré su mano con fuerzaentrelazando los dedos. -¿Cuánto has cambiado desde la última vez que te vi?, veo que al finalme has hecho caso, pero demasiado tarde. Tu esencia es muy vaga ahora. Nohay que lamentarse, agradezco que al menos tus sentimientos sigan comoantes, ¿qué he hecho de ti?-, dijo Orlando dándome la vuelta. -No te atormentes mi vida, soy feliz de esta manera. Déjameahogarme en ti. Ojalá te hubiera regalado el cielo para que nadie pudiesehacerte daño, ahora no estarías en esta situación. Mi tormento, es solo elconsuelo de saber que al fin y al cabo estás a salvo-, contesté acariciando surostro. En ese mismo instante, aquel objeto que dejó mi piel tatuada, volvió alanzar haces de luz con el contacto de su piel. Sujetó con rabia mi muñeca yadmiró mi mano con una ira descontrolada. -No te sorprendas, hay muchas cosas que no me has contado-, le dijeapartando mi cuerpo unos pasos de él, sin soltar sus manos. -Nunca seré suficiente para ti, ¿no es eso?. Quizás ya te han regaladoel amanecer en esta interminable oscuridad; o los oídos con monótonashistorias del pasado…; tienes razón, hay mucho que contar, pero ahora no esel momento. No tardarán en averiguar que ya no estás con ellos, debemosescondernos-, dijo nervioso y afligido. No solté su mano, con él me sentía a salvo. Sería la única personasensata que me contaría la verdad de todo lo que ocurriría y de lo queocurrió. Agradecí que mi visión se habituara a la oscuridad, ahora me eramucho más fácil moverme con abstinencia de luz. Miraba hacia todas -302-
    • direcciones, aquellos seres seguían con sus ojos encendidos incrustados en laroca. -¡Espera!, no dejan de mirarnos-, dije parándome un instante. -No te preocupes por ellos, son storks. Viven en la oscuridad de lamontaña, no son peligrosos. Solo esperan a que todo lo que entra, noencuentre la salida; así aprovechan para cazarlos. Nosotros somosdemasiado grandes, su dieta es a base de pequeños animales de sangre fría-,expuso Orlando. Me agarró fuerte de la mano; sin mirar atrás, fui siguiendo sus pasos,sintiéndome cada vez más libre. Pero la conciencia se revolvía en cadarecodo. Era cierto, no tardaron demasiado tiempo en notar la falta de mipresencia. Cada vez se escuchaban más cerca sus pasos, por más queintentábamos avanzar, ellos parecían alcanzarnos con más atino. -¡Darklay, suéltala!-, gritó Jillian. Paramos de súbito. Orlando, soltó mi mano incitándome que mequedase detrás de él. Comenzó a caminar hasta ellos, con talante firme, sindesconfiar en ningún instante de todo lo que mis pupilas esbozarían minutosdespués. -Esta no es vuestra guerra, es un asunto que debo zanjar con él-, ledijo Jillian a Jess y a Arthir dejándolos atrás y caminando hacia Orlando. Presagiaba lo peor. Jillian estaba resentido por todo lo que el padre deOrlando le hizo a su familia en el pasado. Él no tuvo la culpa de los erroresde su padre, pero Jillian no lo veía de ese modo. La rabia los envolvía en unhalo siniestro; en primera instancia, imploré que solo una guerra depalabras nos acomodase en una riña más que merecida, pero Jilliandesenvainó su espada, a lo que Orlando, hizo lo conforme a lo que acontecía. Salí corriendo hacia ellos, no podía dejar que se enfrentaran, ahorano. Orlando, no advirtió mis intenciones y cuando llegué a su altura, Jillianme agarró del cuello sosteniéndome a unos palmos del suelo. -Te mataría en este preciso momento, estoy cansado de tusautoritarios y rudos sentimientos-, dijo mientras apretaba sus uñasatravesando mi piel con dureza. -303-
    • Orlando intentó acercarse a él, pero lo amenazó con su espada. A laúnica persona que era capaz de ver en la lejanía, fue a Jess. Que en eseinstante, titubeante y en desatino, intentó colocar una espada en su arco. Advertí su fallido impulso por correr a mi lado, no entendí porquéArthir la paró en su cometido. -Jillian, me estás haciendo daño-, dije balbuceando las palabras endesatino. En ese momento, él introdujo sus uñas más profundas en mi cuello.Un impulso incontrolado, empeño retraído de un pesar que le acompañabadesde hacía ya más años de los que yo hubiese imaginado vivir, y que ahora,se apoderaron de cólera, haciendo daño a la persona equivocada. Sumido en la desesperación más profunda, Orlando fue incapaz devolver la vista atrás ante tal acto, estaba colérico, fuera de sí. Jillian, habíasido poseído por la saña, ninguno sería capaz de entrarlo en razones. -¡Jillian, suéltala!-, le gritó Arthir desde su posición. Ni tan siquiera miró hacia él. Era tal su pretensión, que nadie podíaquitarle de la mente aquello que se estaba imaginando. Volví a mirar denuevo con las pocas fuerzas que me quedaban a Jess. La impotencia se apoderó de ella. Advertí como la palma de mi manocomenzó arder. La luz que de ella se desprendía, iluminó la oscuridad quenos envolvía. En un descuido de Jillian por admirar lo desconocido de laescena, Orlando corrió hacia él. Todo pasó tan rápido, que ni tan siquiera tuve ocasión de advertir sumovimiento. Cuando quise darme cuenta, la punta de su espada, se quedó aescasos centímetros de mi abdomen. Su mano, perdió toda su fuerza y caí alsuelo. -¡Me has desafiado por última vez!-, escudriñó Orlando entre dientes. Todavía con un hilo de vida en su cuerpo, paré inconsciente el últimoataque de Orlando, aquel que sin lugar a dudas, acabaría con lo poco que lequedase de vida a Jillian. Me abalancé sobre su cuerpo abrazándolo, sujetando su cabeza contrami pecho. Amargo duelo llenaba de angustia mi existencia. No entendí, queoscuro pensamiento se apoderó de él; qué agonía más absurda, gozo infamede un pavor absorto, que le llevó a esta situación sin retorno. -304-
    • Mis labios no fueron capaces de esbozar palabra alguna. Los dedostemblaban al acariciar su rostro; sus ojos volvieron a su ser. Como un niñoindefenso, se aferró al luto que lo estaba arrastrando hasta su final. -Ann, yo…-, intentó hablar. -Jillian, no hables, estás muy débil. ¿No podéis hacer algo por él?,Arthir, ¿todo esto era necesario?-, dije mientras alejaba a todo aquel quequería acercarse a nosotros. No distinguí entre unos u otros, este era un momento difícil, algo demí, se estaba marchando con él. No cumpliría su promesa, eso era lo quemás me importaba en ese momento. No lo pensé, simplemente actué. Cogí la pequeña botella que conservaba en su bolsillo, la abríingiriéndola hasta la última gota. Admiré el rostro de Orlando, afligido porel dolor tan intenso que todo esto nos acarrearía. Aferrándome a ella lasostuve entre mis dedos, acunándola como si de ello dependiese mi vida. Era tan pequeña, que podía esconderla en mi mano cerrándola ynadie se daría cuenta de su paradero. Qué ironía, cómo algo tan pequeño,podía hacer cambiar el curso de los acontecimientos. Hechos que ahora,estaba cambiando al mero capricho de un anhelo perdido. Era un calvario que tenía que sobrellevar en silencio, solo mi pesar yyo. Nadie era dueño de mi existencia, yo era la única propietaria de misdecisiones, y en ese instante; abandoné mi suerte en busca de un nuevoamanecer, con la esperanza de que éste, fuese quizás algo más placentero. Noté como la piel de Jillian, sufría una estrepitosa transformación,aquel color blanquecino que lo acompañó en su tortura, ahora se tornabacálida y delicada. Incluso llegué a distinguir, cómo sus mejillas tomaban unligero rubor. Cerré mis ojos, intenté abandonar mi mente a la única suerte queesperaba con anhelo. Mi piel se erizó al notar sus dedos acariciando mi piel.Ansiaba esa sensación, no entendí cómo fuimos capaces de crear aquelmomento; pero ese era su momento. Los abrí despacio, allí estaba él, con toda su esencia de antaño; suolor, sus gestos…, toda aquella esencia que yo desconocía por completo. Eramás bello aún; sus contornos, su piel, sus gestos tan libidos. Ahoracomprendía el porqué aquella mujer llegó a enamorarse de una horrendacriatura. -305-
    • Quizás él, le mostró su antigua naturaleza abrupta y eso fue lo que laencandiló, a seguir pidiendo en conforme alianza; su simple compañía y lade su música. Un solitario deseoso de comprensión, seducido por el galanteode una mortal, que solo concedía un atisbo de paz a su existencia. Quien amó de corazón, nunca llega a olvidar las sensaciones que elcariño implora en su ser, cuando la persona con quien el afecto es muchomás que la voluntad de amarse, derrite hasta el último resquicio deadoración. -¡Elisabeth!, ¿eres tú mi amor?-, dijo Jillian entre susurros,intentando acariciar mi cara. -Jillian, soy yo. Te prometí que te buscaría hasta mi último aliento, nopodía dejar que te marcharas sin admirarte. Ahora todo está en orden. Miamor, duerme, yo velaré tu sueño-, dije acercando mi boca a la suya. Nos fundimos en un beso eterno. Duró en mi mente, mucho más de loque imaginé, incluso ahora; admirando la luna en esta noche de invierno,recuerdo con añoranza, todo lo que Jillian significó para mí, para ella. -Elisabeth, lo siento. Ahora seré yo el que te buscaré hasta en losconfines, no te olvides nunca de mí-, dijo mientras una lágrima furtiva, sedeslizaba por su mejilla. Su cuerpo perdió las únicas fuerzas que lo llevaron al irrevocablemomento de su final. Coloqué su cabeza en el suelo con delicadeza y melevanté. Abrí mi mano, dejando caer la botella que nunca llegué a ingerir,rompiéndose en mil pedazos, descargando el líquido de su interior, en elsuelo donde el cuerpo de Jillian, yacía sin vida. Todos se quedaron perplejos al admirar mis actos, en realidadpensaron lo mismo que el pobre Jillian, pero más que eso, fue una actuaciónque no me perdonaré nunca. Desahuciada mentalmente por lo que acababa de hacer, caminé sinrumbo por aquella oscuridad infranqueable de un lado a otro,preguntándome una y otra vez si había alguna forma de salvarlo. Ningunode ellos me detuvo, necesitaba tiempo. Una parte de mí, se estaba marchadocon Jillian. Me acaché y le abrí la camisa con la mera idea de contemplar suherida. Sabía que solo estaba aletargado, él no podía morir así, sin más. -306-
    • Recordé todo mi camino andado, todos aquellos momentos en los quepor suerte o por desdicha, él siempre estuvo a mi lado, con palabrasalentadoras, con gestos más que contabilizados. Cuánta desolación había traído. Pensé que todo esto cambiaría miforma de pensar, la forma en la que veía la vida; pero ahora me estabadando cuenta que, era preferible vivir menos años con una vida mortal, queuna eternidad sin todas esas sensaciones y sentimientos; que solo el amor deun perecedero cuerpo con el paso de los años, es capaz de describir con lasarrugas que el tiempo, hace aparecer en su piel. Efímero tormento que aunque frágil y transitorio, se quedaríaatracado en mi mente. Nunca perderé la esencia por completo, siempreseguiré pensando como Ann. -Es hora de proseguir, ya no tenemos que hacer nada aquí. Debemosllegar al templo y terminar lo que hemos empezado. Morgana ya estará altanto…,¡Jess, no te quedes ahí parada!-, escuché de Athir. No miré atrás, me quedé inmóvil a su lado, seguí el único camino queera capaz de distinguir. Dejé que Darklay saliera con ellos de aquel lugar.Divagué entre extrañas visiones, su piel todavía rezumaba vida. En ese instante, el insólito dibujo que se grabó en la palma de mimano, volvió de nuevo a resurgir, ahora con más fuerza. Un calor sofocante,se desprendía de mi piel. Sin motivo aparente, precisé en mi amargura, laúnica opción que yo pensé posible, en aquella consumida agonía. Coloqué encima de su herida mi mano, y como pequeños destellos deluz, diminutas partículas de fuego incandescentes; fueron introduciéndoseen su herida, regenerando todo aquel tejido abierto, que se demostrabaentorpeciendo la belleza de su pecho. Me sentía débil contra más forzaba mi mente, por intentar lo que yopensé imposible. Pero en el fondo, deseaba que volviese abrir sus ojos denuevo, poder admirar sus pupilas tintineantes, verme reflejada en ellos. Qué distinto es el sentimiento cuando, sabiendo que pude tenerlo alalcance de mis anhelos, lo dejé marchar con juegos inconcluyentes; y ahora,me deshacía por volver a escuchar su voz. Vaivenes de un sentimientoinfranqueable, desigual y accidentado, cuya osadía egoísta; nos hace quererlo que ya no somos capaces de tener. -307-
    • No desistí en mi intento a pesar de estar al límite de mis fuerzas.Todo me daba vueltas, estaba a punto de perder la consciencia, cuando elúltimo resquicio de su piel, había quedado en su forma original. Me desplomé encima de su pecho. Intenté resistir a la fuerte presión ala que fue sometido mi cuerpo, pero todo era tan nuevo… Cuando desperté,me encontraba sola, en el suelo, con la simple compañía del eco queoriginaron mis movimientos. Unos zumbidos, golpeaban una y otra vez mi cabeza, haciéndomedesvariar. Con torpeza desatinada, volví a incorporarme. Miré en todasdirecciones; aquellos ojos observadores seguían admirándome, pero todos noeran de esos seres moradores de las profundidades. -¡Jillian!-, grité corriendo hacia los únicos ojos que me admirabandesde las penumbras, distintos a todos los pequeños y petulantes ojos detamaño reducido, que ni tan siquiera parpadeaban. Me esperaba altivo, apoyado en la pared sujetándola con una de suspiernas descansando en ella; igual que la primera vez que advertí supresencia, en aquel sueño, en esa precisa noche. Mi cuerpo comenzó a sudar, sensación lógica ante el nerviosismoatónito de encontrar la esperanza perdida. No perdió su sonrisa, aquella queme encandiló desde el principio. Cuando llegué a su altura, no pude hacerotra cosa que admirarlo. Agradecí volver a sentir de nuevo, todas aquellas sensacionesolvidadas; nadie sabe lo que significan las palabras que anuncian elcrepúsculo de nuestras vidas, pero ahora las comprendía. La simple idea queahora perturbaba mi mente, era si todo esto solo era transitorio, si despuésde que ese instante bello desapareciese de mi mente como un suspiro,volvería a la decadencia de mis expresiones más antiguas. Sentía calor en mi cuerpo, las piernas comenzaron a temblar e inclusoadvertí el leve palpitar de mi corazón callado. Deseaba fundirme en susbrazos, pero aquella introducción me valió para mucho más. Esperé impaciente, admirando sus ojos. En ese instante solonecesitaba eso, con hacerlo ya me bastaba. No sabía cómo había llegadohacer lo imposible, pero ahora, no me importaba en absoluto. Lo tenía frentea mí, mi amor, mi delirio. Ahora ya no importaba nada, era feliz, si a una eternidad con supresencia, se le puede llamar felicidad. De súbito, arrastró su fornido brazo -308-
    • hacia mi cintura, atrayéndome hacia él; en ese momento, sentí desfallecerde pasión encadenada al delirio. Nos fundimos en un abrazo eterno, sobrante de palabras. Era laprimera vez que sentí el calor de su cuerpo; un corazón delirante, una pielcálida, una verdadera sensación de ternura. Acarició mis labios sin dejar desonreírme, deseaba con todas mis fuerzas besar sus labios, escuchar su voz. No necesitaba nada más, ahora comprendía su delirio. Cuán extrañoes el amor que a veces nos encadena en el infranqueable camino de ladesesperación. Era difícil aguantar mi fingido deseo por besarle, hasta elmenos indicado podría darse cuenta. Acaricié su rostro, dejando que mis dedos dibujasen sus contornos. Mebesó, arrebato de furor que descontroló mi sino. Esto era amor, delirio deuna locura que estuvo corroyendo mi mente con fiebres sin sentido; queahora me abrieron la realidad de mis sentimientos. No necesité ser aquella mujer, Elisabeth; era Ann, y aquelsentimiento no sería el mismo que ella le procesó, pero eran missentimientos y me gustaba. Pasamos un buen rato abrazados, besándonos, admirándonos el unoal otro con la sensación de no encontrar consuelo con nuestros actos, peroese momento se quedó congelado por un instante. -Debemos salir de aquí. Morgana estará planeando su ataque, aquíestamos en peligro-, dijo agarrándome de la mano y caminando hacia lasalida de aquel, que más que tétrico, era el lugar más bello y recóndito de latierra. En ese instante desperté a mi realidad; consumida por la culpa y elremordimiento; recorriendo los lóbregos abismos del desasosiego inerte queme perseguía. El cual había elegido, curiosamente, vestirse con las galas deun corazón muerto, pero aún palpitante. Continuamos hasta pasar cada una de aquellas puertas de las quehablaban; en silencio, encerrada en mis pensamientos. Sin dejar en ningúnmomento de admirar mi regalo, mi delirio. Ninguno de los dos se dirigió a mí en ningún momento. Mis pasosparecían caminar a sabiendas del lugar de destino. Agradecí que Orlando nonos acompañara, no sabía ni tan siquiera dónde se encontraba, ahoratampoco me importaba demasiado. -309-
    • Me sentía tan abrumada, enjaulada en unos pensamientosdeprimentes. Es difícil afrontar ciertas contradicciones generadas en lamente, por tan diversas sensaciones que a su vez, vuelven a desembocar enun mismo punto. Uno puede ser dueño de sus actos, pero no puede llegar aserlo de los demás. Huellas que dejaban unos efectos sombríos en mis pasiones másocultas. Quizás sea mejor así; a lo sumo, no hubiese sido capaz decorresponder a Orlando de la misma forma que él intentaba procesarme, o loque es lo mismo, le procesaba a Elisabeth. Había perdido tantas cosas, que ahora me parecían meros antojos delsubconsciente, el intentar recuperarlas a estas alturas. Perdí mi devociónpor todo lo que me rodeaba, ahora los comprendía: la soledad; aquellaternura perdida por el interés que ahora les honraba; me hacía valorar laforma en la que, aquellos seres conseguían presumir de su existencia. No comprendía cómo Orlando, aquel que siempre me protegió, queestuvo a mi lado utilizando un tiempo innecesario; se había convertido, en elabandono de sus orígenes pacíficos. Un ser inmenso y repugnante,testimonio demencial y aterrador de en lo que ahora se había convertido. Nunca llegaría a especular, las razones que lo llevaron a realizar talacto de rebeldía, o quizás la triste cobardía de no conseguir aquello por loque llevaba luchando desde hacía bastante tiempo. Pronto su pasiónterminó, convirtiéndose en un sentimiento miserable en su egoísta corazón;si es que aún le quedaba algo de él. Lo ominoso, no necesita demasiadoselementos para crear un efecto devastador y él lo había hecho sin ningúnesfuerzo. -310-
    • 27 Las puertas de Asgeliath Si los pétalos de la rosa blanca se abren uno por uno, ¿acaso reviviránlos recuerdos de aquellos días? Sus ojos siguen fijos sobre mí, el caminoahora es incierto y sin embargo, la fría ilusión de estar de nuevo a su lado,me llena de satisfacción. Iluminados por las tinieblas, la noche que hace florecer a aquellasflores, es dulce y pacífica pero ahora; se está volviendo tenue y oscura.Mientras sigo el hilo callado de la desesperación, el tiempo fluía en unsilencio atronador. Mi alma estaba desgarrada, dividida por un tormento infame quearrastraba mi sino por las más tortuosas cavilaciones. No entendía cómoaquel que nunca esperó nada de mí, ese que siempre esperaba en segundoplano haciendo compañía a la oscuridad, ahora estaba en contra de todo loque yo amaba, de todo lo que ahora significaba. Siempre estuvo tan cerca…, en el viento, en los recuerdos, cuidandode mí. Esperaba no tener que cruzarme de nuevo con su presencia; la rabiacontenida, puede llegar a ser la mayor de las armas y yo ahora, era unaescopeta sin seguro. -Tu sonrisa es el calor que derrite mi pecho, como un débil sueño, quesutil me llevó hasta ti aquel día. Si nuestro presente ahora fuese cortado,por la sutil daga del destino, mi sombra buscaría la tuya-, dijo Jillianmientras intentábamos salir de aquel lugar. No fui capaz de contestarle. Simplemente lo miré y le regalé unasonrisa entrecortada, era lo único que ahora podía ofrecerle. Estaba tanabrumada por aquellas palabras, que ahora radiantes se agolpaban en suslabios, que mi mente no paraba de darle vueltas a otros pensamientos,dejándolas aparcadas en un segundo lugar. Me aferré una y otra vez a una situación que ahogaba mis sentidos.La luna se había nublado, sacudiéndose en un rojo púrpura por debajo de lasespesas nubes que intentaban esconderla. Orlando, ¿por qué estoy tandecepcionada? Agradecí no tener que pronunciar palabra hasta que llegamos a laaltura de Arthir y Jess. Siempre era yo la que, se rendía una y otra vez,cuando la muerte me ahogaba. Inciertos sentimientos mortales que nunca -311-
    • me abandonarían, y que marcaban una indulgencia sublime en miexistencia. Mis emociones, que no tienen dónde ir entre tanta melancolía ysoledad infranqueable, me despertaban sentimientos contrapuestoshaciendo daño a mi mente, como puñales encendidos. No me extrañó en absoluto la desolación que se acomodaba en elentorno, estaba tal y como la recordaba. Divisamos unos metros másadelante a Arthir y Jess, que caminaban hacia su propósito, el mismo que yointentaba terminar cuanto antes. Sabía que estaba llegando el momento. Ya habíamos atravesado todaslas puertas de los elementos; todas ellas en la misma situación en la que seencontraba la primera. Llegó un momento que me pregunté, ¿dónde estaríaOrlando?. Los árboles habían dejado caer sus hojas, la distancia; la pocadistancia que nos quedaba hasta lo que parecía las puertas de Asgeliath, eraahora solo un mero hecho desconcertante. Era consciente de que lo que debió perderse, seguía estando ahí.Nubes negras y desapacibles, arropaban un amanecer funesto; ladestrucción del lugar, era evidente. Sabía que mi más grande dolor estabaaún por venir. Árboles devastados, se apilaban unos sobre otros; lagunasimprovisadas, regaban nuestro camino hasta la oscura puerta que ya sehacía visible a los ojos. El aire, arrastraba cúmulos de oscuridad a nuestropaso y el silencio; un lecho de muerte que iba ensortijando nuestras mentes. Espesas nieblas se levantaban desde las montañas del norte, quepronto nos conducirían al más remoto desamparo. Todo cubierto de coloresfríos; la oscuridad, se había apiadado de nuestras almas. Según íbamos caminando, la sensación de incertidumbre, se tornabacomo un martirio incesante en mi mente. Ningún atisbo de esperanza logréencontrar, ninguna señal inequívoca que hiciera cambiar esta sensación deangustia. Plantados en un día agonizante; Arthir, Jess, Jillian y yo,caminábamos en silencio. -Prepárate para odiarme profundamente, este amanecer te dolerácomo ninguno. A ti te corresponde decidir lo que hacer, con el tiempo que sete ha concedido. Renunciaste al don de ser mortal, ahora no puedo -312-
    • protegerte; ya han sido convocados. Es irremediable, no hay vuelta atrás-,escuché decir a Orlando que aparecía sinuoso entre las sombras y que de lamisma forma que se mostró, volvió a abandonar nuestra comitiva,perdiéndose en las mismas sombras de donde surgió. Jillian cambió su talante, agarró su espada con fuerza, con una rabiacontenida que solo él era capaz de sobrellevar. Habría librado más batallasde las que yo hubiese sido conocedora, pero ésta le superaba. Arthir desenvainó también su espada y Jess, confusa; se acercó a míen silencio, aferrándose a su arco con fuerza. Aquella puerta se levantabamajestuosa ante tanta desolación. Belleza muerta de un tiempo deesplendor, que ahora yacía por su propio peso. -Hay una voz en el aire, se fusiona con el sonido degradante delviento; este silencio…; debemos darnos prisa, Morgana está demasiado cercay no está sola-, dijo Arthir acelerando el paso. El suelo comenzó a temblar, una sinuosa sombra se movía en laoscuridad. ¡Ya vienen!. Miramos a nuestro alrededor; golpes incesantes,ahora con mayor virulencia y acompasados, se escuchaban cada vez máscerca. Jillian miró hacia atrás, su cara se desencajó por completo. No hubotiempo para explicaciones, teníamos que salir de allí. -¡Corred!-, dijo Jillian agarrándome de la mano. No comprendía lo que estaba pasando. La mano, comenzó arderme denuevo, su luz nos delataba. Sin dejar de correr, esperé por acción divina queaquella puerta se abriera para así encontrarnos a salvo, pero no fue así. -¡Ann, abre la puerta!-, gritó Arthir sin dejar nuestro empeño. -¡No sé qué es lo que tengo que hacer!, Arthir no puedo-, le contestéangustiada. Nos quedaban apenas unos metros cuando el sonido cesó de repente.Ya no temblaba la tierra, todo quedó en una calma absoluta, intrigante.Miramos a nuestro alrededor, todo parecía estar en su sitio, excepto losincesantes cambios de la naturaleza; accidentados y repentinos. -¡Arthir, es una trampa!-, escudriñó Jillian. -Ann, no disponemos de tiempo. Tenemos que abrir la puerta-, dijoJess asustada. -313-
    • Un gruñido escabroso, quebrantó el silencio. Los cielos, se movieronen rebeldía oscureciendo el amanecer. Nubes negras, encapotaron el limboinfinito con su aire enredado. Él también quiso acompañarnos. Cuandoaquel sonido turbulento, nos dejó en dudoso incierto, acompañó con su ira;perpetuas llamaradas incesantes, que encadenadas, fueron iluminando elfirmamento. Rompió persistente una lluvia cuyo manto, parecía arroparnos concallada prudencia. Lanzas golpeaban el suelo, ocultas entre tantadesolación. Sus bufidos, parecían ahogar el alma de todo aquel queintentase penetrar sus defensas. Se escuchaban en la lejanía, pero con paso firme y replicado. Nosquedamos de pié; admirando tal escena estridente. En uno de esos destellosde luz, que nos iluminaba lo que había de acontecer, mis ojos sedesencajaron al admirar lo que se nos venía encima. No era capaz demoverme, estaba clavada en el suelo, presa de un terror que jamás llegaría ami comprensión. Contemplamos la agonía, como si la angustia y el terror nos hubieraparalizado a todos. Arthir se encogió, acobardado de pronto por lo que susojos no podían dejar de admirar abatidos. El tiempo parecía haberse parado en la incertidumbre, si yo no eracapaz de abrir aquella puerta, solo les bastaría un par de ellos paraeliminarnos sin muchos raspamientos. Teníamos ante nosotros, al ejércitode Morgana. Pero en ese mismo instante hubo un resplandor, como si un rayohubiese salido de las entrañas mismas de la tierra. Durante un pequeñoinstante, aquella luz atravesó las puertas del templo, haciéndoloresplandecer como un faro rutilante; y un momento después, cuando volvió acerrarse la oscuridad, un trueno ensordecedor y prolongado, llegó desde lasmismas filas de criaturas ávidas de triunfo. Como si su mente se desbloquease por aquel ruido atronador, Arthirse giró súbitamente hacia la puerta agarrándome del brazo y llevándome ensu intento hacia ella. -Deja tu mente en blanco, coloca tu mano en la cerradura. Ella hará elresto-, insistió alarmado. De pie, sin oír nada más que el suspiro y el murmullo de las gotas delluvia salpicando en el suelo, aquel sonido me traspasó el corazón. Seguían -314-
    • retumbando aquellos gritos de lujuria en mi mente, no era capaz de dejarlasumida en la más silenciosa soledad. Salida de la duda, libre de las tinieblas, volqué mis pensamientos aun solo propósito. Iba más allá de la muerte, el miedo o el destino; no toda lagente errante tiene la suerte que ahora me acompaña: mi amor estaba a milado, ¿qué mejor manera de morir si todo acababa mal? Siempre me había sentido lejos de él, incluso justo cuando lonecesitaba teniéndolo tan cerca. Mentiras tan profundas que ahora sedesvanecieron. Miré a Jillian, esperando verme reflejada en sus pupilas, unamirada bastaría para adjudicarse un lugar en mis pensamientos en estemomento. Me di cuenta que contra más pensaba en Jillian, mi mano intentabacoger temperatura, señal de que solo bastaría unos cuantos recuerdos más,para darme la fuerza suficiente y que el talismán que se había incrustado enmi piel, resurgiera de nuevo. Las veces que lo había hecho, yo nunca lo previne; incluso ahorapuedo llegar a aventurar, que no sé cómo se utiliza. Era el fin de todaesperanza, aquellos seres se aproximaban con más rapidez hacia la puerta yyo ni siquiera había sido capaz de abrir la puerta. La cama de la muerte, estaba siendo cubierta lentamente, porlágrimas silenciosas que el firmamento nos regalaba. Sólo mientras ellosestén cerca, esta vida sin perdón no habría sido en vano. Jillian posó su mano encima de la mía, con gesto noble. Lo mirédesesperada, los estaba arrastrando al final y me era imposible adivinar laforma posible de utilizar el bien que se me había otorgado; pero él me ladevolvió complacido, con sus ojos tintineantes y su sonrisa a medio hacer,curvando la comisura de sus labios. Congelé el tiempo en ese instante. Admiré su rostro abatido, aquelgesto, derrotó mi alma en un silencioso lamento. Noté cómo una lágrima seescondía sinuosa en su mirada. Solté la puerta y me abalancé en sus brazos. Fin de la esperanza, del amor, del tiempo que ya no nos importaba.Dormida, él fue el único que me acunó; esa voz que me llama y pronuncia minombre con cariño. En este inmortal momento, hace que sueñe de nuevo,haciéndome descubrir que ya tengo todo lo que deseo. Que ahora, sería felizal hallar la muerte en sus brazos. -315-
    • -No sé si la vida es más grande que la muerte, pero mi amor por ti esmejor que ambas.-, dijo jugueteando con un mechón de mi pelo. No podía apartar mis ojos de sus pupilas. Esta quizás era la últimavez que podría sentirlo tan cerca que hasta el corazón se hubieseestremecido. Volví la vista un instante hacia aquella masa iracunda de seresexcitados por una guerra sin sentido. Estaban tan cerca, que casi era capazde sentir sus alientos fétidos acariciando mi piel. El terror a lo desconocido se apoderó de mi. Me quedé rígida,bloqueada por las circunstancias. La impotencia de saber lo que tenía quehacer en ese momento y no hallar la forma de hacerlo, me arrastraba hastael abismo más tétrico. Pero fueron aquellas palabras saliendo nuevamente de sus labios, lasque me hicieron volver a él de nuevo, con más ansias. -No recuerdo olvidarte ni un solo instante. Mi amor por ti es como elviento; no puedo verlo pero si sentirlo. No creo que pueda ver otra apuestade sol si tú no estás a mi lado. No quiero existir toda una eternidadnecesitándote…, todo lo especial que hay en mí eres tú. Todo eso es lo que túme has dado y lo que yo esperaré darte siempre-, me dijo entre susurros. Acaricié su mejilla, dejando que la yema de mi dedo se empapara deaquella lágrima que era incapaz de deslizarse. Bajé la vista, temerosa dedejarme convencer, por mis instintos más íntimos. Volvió de nuevo a subirmi cara hasta su alcance, fue entonces cuando cerré los ojos y me abandonéen sus labios. En ese instante ilícito, ya no me importaba lo real que pudiese ser elpeligro que nos acechaba. La muerte, era solo un paso más, otro estadoimpalpable de lo existente. Te conviertes, en aquello en lo que piensas lamayor parte de tu tiempo. En ese mismo instante, la luz volvió a resurgir de mi mano y con unrepentino movimiento sobrenatural, la colocó en la cerradura; que comoalma que ansía la libertad, abrió sus puertas para acogernos en su lecho. Nuestras miradas se entrecortaron, Arthir me cogió en volandas yarrastrándome hasta la puerta, me apartó de él un instante. Todo pasó tanrápido, que apenas tuve tiempo de reaccionar. Sentí cómo a mis espaldas,aquella puerta maciza, se cerraba creando un estruendo ensordecedor. Apenas era capaz de moverme, incluso aunque hubiese querido. Nopodía pensar en nada, mi mente se bloqueó en esencia; esa era la sensación -316-
    • que necesitaba encontrar segundos antes, un blanco impoluto en mi mente,que dejara fluir con atino, mi mano sobre aquella cerradura. Cerraron la puerta con todos aquellos aparejos extraños, decían queera infranqueable, que cualquier ser oscuro debía ser invitado para poderatravesarla; ahora no estaba tan segura de esas palabras que intentaronreconfortarme. Miré a mi alrededor, solo dos sombras me acompañaban. No podía…,¿dónde estaba Jillian?. Comencé a ponerme nerviosa, agarré a Arthir de sucamisa. -¡Jillian!, ¿dónde está?-, le pregunté colérica. No fue capaz de contestarme, lo solté y volví hacia la puerta gritandouna y otra vez su nombre, pero no hallé respuesta alguna. Intenté abrirla denuevo, pero aquellos cierres estaban colocados a conciencia. En un intento desesperado, volví a colocar mi mano temblorosa enaquella cerradura sin dejar de gritar su nombre. La amargura invadió micuerpo hasta hacerme desfallecer. Poco a poco, su nombre parecía más unsusurro, mi cuerpo se arrastró sin fuerzas hacia su angustia másdestructiva. -El equilibrio depende de la serenidad de tu mente…; no esperes a quemuera, para decirte una y otra vez cuánto me amabas, dímelo hoy que metienes más cerca de lo que te imaginas-, dijo colocando su mano sobre mihombro. El girarme, lo vi frente a mí. ¿Cómo había sido tan necia de no darmecuenta? La sola inquietud de no verlo a mi lado, nubló mi ojos a lo obvio. -¡Debemos darnos prisa Ann!-, dijo Jess ayudándome a levantarme. -¡Jillian! nosotros nos quedaremos en la puerta, son demasiados,debemos intentar ganar tiempo para Ann-, dijo Arthir preocupado. Yo esperé un lugar más bello en esencia, un paraíso como ellos lodescribían. La catástrofe también llegó a dejar en penumbras, la expresiónmisma de lo admirable. Pero a pesar de ello, mis ojos quedaron maravilladosante todo lo que contemplaba. Al final de todo un enrevesado laberinto de estructuras difíciles, selevantaba un palacio de perdurable belleza. En el centro del gran pasillo porel que ahora nos era algo dificultoso atravesar como consecuencia de ladevastación, se encontraban tres vestíbulos alzados en terrazas de mármol. -317-
    • Dragones esculpidos también en mármol, servían además de unainsólita y curiosa decoración, para drenar las aguas de lluvia; que aquíparecía caer muy a menudo. Nos quedaba todavía atravesar una majestuosa avenida ceremonial,para llegar hasta el palacio dónde según Jess, estaba la fuente. Corrimos todo lo que nuestros pies nos dejaron, teniendo en cuentalas adversidades del camino, hasta que llegamos a la gran puerta que nosconducía a la fuente de la que no dejaba de hablar. Teníamos que llegar a una tumba, situada en el centro de un jardínque ahora, envidiaba su pérdida hermosura. Tumba que albergaba su mayortesoro en su interior: la fuente de la vida. En el mármol del zócalo de aquella tumba, veteado y traslúcido; habíalabrados de plantas y flores que aludían al paraíso, con incrustaciones depiedras preciosas. Sentía estar envuelta en un halo de paz. Jess no esperó un segundo. Sujetó la piedra que la tapaba. Una fuenteno más grande que un cuenco, expulsaba a borbotones cinco chorros de aguacristalina. No había tiempo para contemplaciones, aquello que había venidoa hacer, no podía esperar ensimismamientos. -¡Tememos que salir de aquí, ya están dentro!-, gritó Arthirintentando llegar a nuestra posición. Una masa impenetrable se seres procedentes de la oscuridad, gruñíanenfurecidos blandiendo sus lanzas. El cielo, seguía revolviéndose endescontento. Hubo algo que los paralizó, de súbito, todos aquellos seres,dejaron de avanzar en su empeño. Una fuerte luz resurgió del suelo, haciéndolo temblar con virulencia,causándonos un retroceso irremediable de nuestra posición y cerrandonuestros ojos ante lo evidente. Partió todo lo que halló a su paso, hastaconseguir su objetivo: se alzó hasta el mismo cielo con ademanes degrandeza. La fuerza que desprendía aquella energía, reflejó en mis ojos el mismomiedo que encogía mi alma. -Pase lo que pase, quédate a mi lado-, suplicó Jillian abrazándome confuerza. -318-
    • (A ti corresponde decidir lo que hacer con el tiempo que se te haconcedido). No sabía el motivo, solo sé que aquellas palabras volvieron a mimente con fulminante plenitud, abriendo mi sino ante evidente estado. Los cuernos clamaban al viento con una ofuscación fanática; susbufidos se mezclaban con el fuerte aire que nos envolvía. Era un momentodesagradable y violento. Sentía como si algo se rompiese dentro de mi ser,llenándome de una sensación amarga; como si mis entrañas se revelaran. El dolor carcomía mis adentros, me hacía retorcer palideciendoseveramente con espasmos descontrolados. Realicé un esfuerzo mental,dentro de lo que mis fuerzas me propinaban a estas alturas, sintiendo unanecesidad irrefrenable de ingerir agua de aquella fuente. Mi cuerpo ardía insistente, ahogando todos mis sentidos. Sentía cómolos brazos de Jillian y Arthir me sujetaban con desesperación, mientrasseguían sin quitarle el ojo a nuestro triste final en aquel preciso momento. Comenzaron a impacientarse, aquella fuerza que los retenía los volviósi cabe más agresivos, con mayor sed de venganza. Esa sensación sofocante,se tornó fría. Mi mente, vagaba confundida pero con esa sensación de terror,que no era capaz de controlar. Un silencio eterno, pareció envolvernos de repente. Aquellos serescallaron sus confrontaciones; el suelo, dejó de temblar y el cielo comenzóabrirse, con un mero intento de ver resurgir el sol, mostrando su mayoresplendor. Una presencia cubierta en un halo de luz incandescente, se abría pasoentre aquellos seres coléricos. Incluso parecían reverenciarla cuandodesfilaba delante de ellos. Extendiendo su brazo hacia donde me encontraba, apartó con unafuerza invisible a Jillian de mi lado, haciéndolo caer de forma bruscagolpeándose en el brazo con el mármol. Arthir y Jess, fueron despedidoshasta chocar contra la pared de la muralla, que se alzaba detrás de nosotros. Probablemente hubiera terminado derrumbándome, de no ser poraquella fuente que sujetó mi pelele cuerpo contra las fornidas paredes de lafalsa tumba. Durante un corto periodo de tiempo, antes de que aquella luzse acercase demasiado; continué deambulando por mi mente, sujetando confuerza el frío mármol que me sostenía, intentando anteponerme a lo que seme avecinaba. -319-
    • 28 Amanecer oscuro Todo lo que había aprendido y lo que soy ahora, se mece en la balanzadichosa del destino. Todo tiene un principio, todo tiene su final; así es laforma en la que el equilibrio sigue su curso. El mundo no me parece el mismo aunque sé que nada ha cambiado.Es solo mi estado de ánimo, no puedo dejar todo esto atrás, necesitomantenerme firme y hacerme así más fuerte. Las cosas habían cambiado tanto en tan poco tiempo…, pero habíauna cosa por la que merecía la pena sufrir el mayor de los calvarios, aquelen el que sería capaz de entregar mi alma en desatino: Jillian. Debo liberar los pensamientos de mi mente, usar este tiempo quetengo, para hacer algo que merezca la pena, haciendo lo correcto. Pero, ¿quéera lo correcto? Sé que debo darme cuenta, que aunque ahora el tiempo es incierto ymi reloj hace ya bastante que se paró en la hora señalada, es precioso enesencia. A pesar de cómo me siento en mis adentros, tengo que confiar quemi criterio será el correcto. Hoy que es sol es un muerto abandonado, todo está inmerso en la máshumilde tristeza. Es ella la que hace que el egocentrismo, llegue a sumáximo esplendor. No hay nada tan íntimo y puro que trataba de evitarse,que se oculte y se quiere acallar. El halo de luz que la envolvía, fue apagándose progresivamente hastadejarla en penumbras. Advertí como en cada uno de sus pasos, el sonido deunas cadenas arrastrándose por el suelo, llenaban el silencio. Algo debían de querer aquellas cadenas que no dejaban de gritar;sujetadas con fuerza, las hacía deslizar de una mano a la otra, con sinuososmovimientos. Me fue imposible quitar la vista de sus pasos y cómo de entrelas sombras, la siniestra silueta de su cautivo condenado iba tomando forma. Aquel cuerpo, apareció precedido por una inquietud sorda. Débilesatisbos de un terror arcaico, que fueron barridos a medida que sus ojoscobraron consistencia. Surgió de entre los pliegues de su vestido; torciendola realidad, con el movimiento tosco de sus piernas. -320-
    • Los grilletes que lo tenían apresado, dificultaba sus pasos curvandosu cuerpo más de lo debido, pareciendo reverenciar cada uno de loscontoneos de quien ahora lo trataba como un perro. Avanzaba en silencio, silencioso, fugitivo. Lo mismo hacía la figura deaquella mujer. Pude distinguir que era ella su carcelera, más que por suscabellos largos, ráfagas de penumbra derramándose por su cuerpo; por elvestido que se balanceaba con el viento taciturno del amanecer. Sus pasos etéreos parecían flotar en el suelo. No advertí que eraOrlando aquel ser que con grandiosa dificultad intentaba caminar hastadonde me encontraba. Morgana, altiva y presuntuosa. Acompañé susmovimientos torpemente a medida que la distancia se acortaba. Se paró a unos pasos de mí. Admiró triunfante la escena yescudriñando una sonrisa tétrica en sus labios, dejó caer su cuerpo bajo mispies tirando de la cadena con desprecio. El denso calor que se fraguaba en elsuelo, frustraba toda esperanza de que aquella situación se hiciese menosinsostenible por momentos. -¡Orlando!-, pensé en misericordia por la situación en la que seencontraba. Sentí lástima por su situación. Al parecer no tenía más remedio, queseguir siendo testigo silencioso de las formas absurdas de Morgana. Laadmiré consternada, su depravada existencia la había convertido en un sersádico y despreciable. Detrás de esas facciones angelicales, casi divinas, seescondía la propia maldad personificada; con sentimientos escurridizos,andrajoso estado lamentable del desperdicio en el que se había convertido. -Sálvame de la nada en la que me he convertido-, dijo intentandolevantar su cabeza del suelo, con el mero afán de llegar a mis ojos;arrastrando su mano con la tentativa de rozar mi piel. Hundido profundamente en la necesidad irrevocable de cambiar todolo que le condujo hasta esta situación degradante, sus ojos solo hacían otracosa que conjurarse a la desesperación absoluta y cruel. Mi alma se encogió en un intento desesperado por controlar missentimientos. Su lamento, apoderaba toda sensación ilícita de su pobre,dulce e inocente alma. Desgarrador aliento tenue que ahora, implorabaclemencia por su vida. -321-
    • Ella, recogiendo en desagrado la cadena que lo privaba demovimientos, tiró de ella mortificando su cuerpo al arrastrarlo de nuevohasta su posición. No sé si fue a causa de aquella emoción cerrada o del suspiro, mislabios comenzaron a temblar; era la maldición de su tejedura. Se introdujoen mi mente manipulando mis pensamientos, apagando mis sentidos.Estaba seducida sin poder hacer nada. Jess recobró la consciencia, horrorizada por lo que su visión llegabaalcanzar, cogió su arco y con una rapidez insólita, lanzó una de sus flechashacia Morgana. Su sonido rompió el silencio. Aquel ejército nauseabundo se removiógruñendo y golpeando de nuevo el suelo con enfurecida virulencia. Miréhacia ellos, la flecha pasó por delante de mis ojos a escasos centímetros de lacara. Cogí aire, agarrándolo con fuerza. Ella ni tan siquiera se preocupó. Sin desviar sus ojos ni un soloinstante de mi cuerpo, subió su mano y sosteniendo la flecha entre susdedos, la partió dejándola caer al suelo. Un gran regocijo se alzaba a susespaldas. Los lanceros, alzaban sus lanzas una y otra vez gritando en protesta,bufando palabras incompletas mientras golpeaban el suelo con sus pies,haciendo temblar la tierra. Seres irrazonables movidos por la cruelmaquinación de una mujer. No sé si ahora sería el asesino o la víctima, héroe de una causa justa omártir de una maquinación absurda por parte de Morgana para conseguiralgo que yo no le proporcionaría nunca. -Creo que ya hemos jugado bastante. Me estoy cansando de tantasensiblería, es el momento de que te muestre algo-, dijo extendiéndome sumano. -¡Ann, no la toques!-, dijo Jillian intentando alcanzarme. Un ser tapado con una túnica negra, cuyo solo resquicio dehumanidad parecía salir de unos huesudos y blanquecinos dedos, saltó de lanada y agarró a Jillian reduciéndolo. Un ser repugnante, de olornauseabundo. Sus formas eran imposibles pero eso no fue lo que más mepreocupó. Aquel arma con una gran bola de pinchos, que colocó debajo de subarbilla con intención de llegar a utilizarla; estremeció mi alma entera. -322-
    • -No tienes elección. Si me acompañas, no sufrirán ningún daño, encambio, si decides oponerte a mi autoridad, el primero en morir será él-, dijotajante y serena, sonriendo de forma sarcástica. Miré a Jillian, debatiéndose entre la rabia y la impotencia a la quenos arrastraba aquella situación. Con ojos tristes y suplicantes, le implorépiedad por lo que estaba a punto de hacer. No tenía otra alternativa, su vidame importaba mucho más que la mía. Arthir, sujetaba a Jess con fuerza en su desesperada ilusión porsalvarme. Otros dos cuerpos, idénticos al anterior los rodeaban con astuciareprimida; golpeándolos con cualquier movimiento. La decisión de atacar de Morgana, había estado precedida deindisimulables esfuerzos por parte de su ejército, provocándolo y consentido;para poder así involucrarse activamente, en la guerra contra la luz queahora mantenía su eje quebrado. Accedí. Di un par de pasos hacia ella y moviendo la comisura de suslabios en afán de no dejar escapar el sarcasmo que la envolvía, giró su manohasta colocarla debajo de sus labios. No sabía qué se proponía. Su ambición por el poder, no tenía límites.Me miró un instante, con ojos taciturnos. Con un simple soplo, levantó unhuracán a nuestros pies, despidiéndolo hacia donde se encontraba suinfranqueable ejercito de las sombras. La tierra se levantó del suelo creando una intensa nube de polvonegro, una niebla apocalíptica que se fue apoderando de todo lo queencontraba a su paso. Veloces frentes fríos chocaban con los aires secos queella misma producía con su cuerpo. El flujo de aquella tormenta, arrastraba una asfixiante muralla depolvo, llevándose todo lo que encontraba a su paso. De una naturalezasiniestra, brutalmente aterradora. En medio de toda esta confusión, un grantornado de fuego comenzó a fraguarse, anegando el aire. Llevándose con ellaa todo aquel ejército que, majestuoso y delirante, intentó clamar venganza. Llamas interminables que giraban sobre sí mismas, envueltas en unhumo casi transparente que dejaba entrever la magnitud de su locura. Elcielo encarnecido, comenzó a llenarse de nubes negras, chocando unascontra otras, luchando por su supremacía. Todo estaba a oscuras, veloces destellos de luces llameantes, surcabanel firmamento creando estruendos imposibles; rayos serpenteantes que se -323-
    • unieron al fuego abrasador que intentaba llegar hasta ellos con mayorfiereza. Me era imposible mantenerme en pie. El fuerte viento, me arrastrabahacia la tormenta funesta, que solo con un pequeño soplo de sus labios creósin el menor de los esfuerzos. Noté cómo unos dedos intentaron sujetarme,me giré, era Jillian. Temblaban al rozarme. Le escucho hablarme, pero el sonido que nosenvolvía era tan agitado y confuso, que me era imposible entender lo queansiaba contarme. La polvareda, hacía casi inexistente un mayor acercamiento. Intentéestirar más mis dedos, pero cuanto más lo hacía, más lejos encontraba lossuyos. En un momento de silencio absoluto en el que, todo se paró tan soloun pequeño instante, vi el temor en sus ojos tristes y lánguidos. -¡Es la hora!-, gritó Jillian. Al escuchar aquel grito desesperado, Morgana se dio la vuelta.Aquellos seres que sujetaban a mis acompañantes, ya no se encontraban ensus posiciones. Yacían en el suelo, enterrándose con el polvo incesante queno dejaba de girar alrededor de nosotros. Complicaciones que no esperaba. Miré por curiosidad hacia aquel cuyocuerpo estaba casi enterrado, junto a las piernas de Jillian. Sufrí unaparálisis, no esperaba que…, ¿Por qué la siguió? Ellos corrieron hacia Morgana, la paralizaron. Escuchaba sus voces enel aire, como susurros latentes; pero mi mente y mis ojos, no dejaban deadmirar su cara y parte de un brazo, que todavía sobresalía de su tumbaimprovisada. Caí de rodillas al suelo sin dejar de admirar como Marlond, hallaba sufinal en este amanecer funesto. Creo que tenía lo que se mereció desde unprincipio, nunca le perdonaré lo que hizo con Aaralyn, es su castigo por ello.Todo lo demás, ahora sobra en esencia, solo él sabía todos losremordimientos, que con el tiempo, forjaron lo que ahora se entierra delantede mis ojos. Y como empezó, se esfumó de repente. Quedé tendida en el suelo,sujetando a Jillian de la mano. Intentaba levantarme, no podrían retenerlapor más tiempo. -324-
    • -¡Levanta!, ¡tienes que poner el talismán en su ranura!. Debemosdarnos prisa, Morgana es fuerte, no serán capaces de contenerla-, dijoJillian tirando de mí. El aire estaba demasiado viciado. Si mis pulmones no fuesen un merorelleno de mi ser, quizás ahora estarían anegados por el polvo inalado. Mispiernas, no me sostenían, volví a desplomarme en el suelo. Entre el delirio yla locura, admiré con rabia la mano en la que aquel talismán seguíadormitando su esencia. Dibujé con mis dedos, los contornos que habíagrabado en mi mente, con un vago intento de matizar su silueta. Jillian me admiró afligido. No merecía tanto dolor, sentenciada al mássevero castigo, incluso peor que el tratamiento que ellos solían procesar a loscaídos. Los gritos de Jess, alarmaron a Jillian que, dejándome en el suelo,corrió despavorido blandiendo su espada hacia Morgana. De súbito, recobréla consciencia. Advertí lo que un insensato intentaba hacer con alguien mássuperior que él. -¡Jillian!-, mi grito sordo, enmudeció hasta el último cuervo que yasobrevolaba su futuro festín. Corrí tras él, loco atrevido. Morgana, sujetaba a Arthir del cuelloelevándolo del suelo. De su lengua, cuan serpientes hambrientas, se colaronen la boca del pobre demente que, creyó tener en sus manos la sabiduríasuficiente como para creer que saldría impoluto con sus actos. Jess, temblorosa, intentó cargar su arco con una nueva flecha; peroMorgana le lanzó con una fuerza sobrenatural, golpeándose de nuevo con elmuro, cayendo al suelo inconsciente. Al ver aquello, mi voz se partió. -¡Jillian, no!-, grité de nuevo con la voz ronca sin dejar de correr haciaél. Morgana lo estaba esperando, con ojos sádicos, sedientos de ese poderanhelado que cada vez estaba más cerca. Contra más corría, más lejosestaba de Jillian. Mis gritos ahogaban el aire, que ahora taciturno,acompasaba mis movimientos como a una veleta. No advertí que mi mano comenzó arder. El talismán se estabadespertando, pero no era solo él, el que había estado dormitando en miinterior. -325-
    • -¡Jillian!-, grité de nuevo en última instancia. Pero él no cedió en suempeño. La rabia que contenía en mis entrañas, me hicieron correr mucho másrápido que antes. Cuando Jillian estaba a punto de llegar a su altura, losujeté por el pecho despidiéndolo unos metros atrás. La agarré del brazo retorciéndole la muñeca. Los huesos comenzarona crujir, se partían uno a uno pero ella, no parecía sufrir dolor por aquello.El cólera se estaba apoderando de mi alma, le asesté más de un millar degolpes que, parecieron no afectarles en absoluto. Cuando quise darme cuenta, Jillian volvía de nuevo con su espada,poseído por un frenético fulgor, arrasando con todo lo que tenía a su paso.Ese fue mi descuido, nunca debí apartar mi vista de ella. Me agarró del cuello de la misma forma que hizo con el pobre Arthir.Los relámpagos se sucedían en el cielo, iluminando con ensoñaciones vanas,todo lo que la oscuridad dejaba en entredicho. Con una embestida, arrancó su espada de las manos. La blandió conahínco. Su único propósito, aquel por el que ansió tanto tiempo, estabadelante de sus ojos. Solo tenía que cortarme la mano para experimentar elpoder supremo. Jillian se adelantó a sus intenciones, y cuando estaba a punto dehacerlo, saltó sobre su mano con el mero intento de desviar la espada haciaotro punto. El golpe fue certero. Mis ojos, ahora pesaban demasiado como para admirar su rostro.Escuchar mi nombre de nuevo de sus labios, me pareció estar sintiendo lamás bella melodía jamás compuesta. ¿Por qué yo? Intenté preguntarme quizás más como una súplica. Séque no podría explicar la cantidad de sentimientos que me llevaron aelegirlo. Pero…, simplemente no hubiese podido aceptar a alguien a quienno amara. Porque le amo, siempre le he amado. Por eso fue él, aunque no loentienda. Lentamente, mi cuerpo comenzó a embriagarse de una paz que nohabía sentido desde hacía ya bastante tiempo. Mi pecho, ardía en exceso,tenía frío. Escuchaba en la lejanía un grito seco de Morgana, cada vez máslejano… Podía sentir cómo la pasión de mis adentros, aquella que mueve eltiempo a su antojo, se regocijaba en las entrañas de mi existencia. Me tomó -326-
    • en sus brazos, aquella lágrima negra, ahora sí se deslizaba por su pétreamejilla. La lluvia nos cubrió con su fino velo, estaba llorando, puesto que yaconocía el final de esta historia. Una repentina calidez se apoderó de mí y ya no hay culpa, ya nosiento dolor. Se aleja corriendo entre sollozos, no quiere mirar atrás. Micuerpo, parecía congelado como un ángel de cristal, encerrado en las lejanasprofundidades de la nostalgia. Posé mis dedos en su fría piel. Sus ojos tristes no dejaban deadmirarme y sus manos temblorosas, se aferraban a mi cuerpo como si deello dependiese su existencia. Sujetó con dulzura la mano donde el talismán se refugiaba altivo. Lallevó hasta sus labios duros como piedra y lo besó. La resignación puedellegar a ahogar nuestro sino; pero su arrogancia, no le dejaba admitir loinevitable. Sin perder la esperanza, llevó mi mano hasta la herida de mi pecho.Sonriendo, cuando lo que quería hacer en ese instante, era llorar. Eltalismán, no se activaba. -Jillian, mi amor. Todo está bien-, dije para conformarlo. Volvió acariciar de nuevo mis labios, con gesto cariñoso. Me acercó consu ademán cortés, a mi anhelada rosa trémula, tímida ante sus cariciasimperceptibles, que parecía sobrecogerse a cada roce de sus largos dedos, enlos pétalos cerrados; de aquella rosa que mis ojos admiraron depositar porprimera vez, en la tumba de Elisabeth… Palidecía al paso de los minutos, apagándome turbadoramente entresus manos. Sus ojos penetraban dolorosamente en mi alma callada, cada vezcon un deseo más intenso, cada vez más seguro de pertenecer al fondo de esaflor, como un solo ser, con vida o sin ella. Suspiros agónicos de sádica felicidad; brotaban ya en última instanciade mi cuerpo. Era triste el deseo de tener que morir junto a sus labios. Adiferencia de otras ocasiones, ahora entendía, allí entre sus brazos; que nadahay más grande, seguro, ni más fuerte, que lo que había vivido junto a él. Cerré mis ojos, vencida. Y sin embargo, no podía dejar de pensar en larosa, que temblorosa jugueteaba entre sus dedos aquel día. -327-
    • Sentí como sus labios se fundieron con los míos guardando su esenciaen ellos, despacio, como si no quisiéramos que ese momento acabase nunca.No podía saberlo. Únicamente y con la perversidad de una sonrisa,imaginaba paso a paso la muerte que se sucedía entre sus propios dedos. -Te quiero, Ann-, esbozó cuando mi cuerpo, condenado a una vidaeterna sin su presencia, con esa muerte nítida de lo real e imaginable, seapoderó de mi existencia. ¿Qué habría pasado después? No podía saberlo. Allí, frente a él, loadmiré en silencio acurrucarse a mi cuerpo sin vida; insistiendo con eltalismán que ya dejó de funcionar, perdió su poder en el mismo instante enel que lancé mi último aliento. Y desde el respeto, Jess admiraba el pesarque Jillian tomaría en su ser como una condena. Debía marcharme, este ya no era mi lugar. Quizás volviéramos aencontrarnos en un futuro, ¿quién sabe?, ¿no lo hicimos antes? Pero ahorame sentía más tranquila, la luz…, había ganado a la oscuridad. -328-
    • 29 Graduación El tiempo pasa incluso aunque parezca imposible, incluso a pesar deque cada movimiento de las manecillas del reloj, duela como el palpitar de lasangre detrás de un cardenal. El tiempo transcurre de forma desigual, consaltos extraños y treguas insoportables. Pero pasar, pasa. Aquel ruido, mortificaba mi cabeza. Como esas mañanas en las que laresaca hace mecha en tu cuerpo dolorido, y solo tienes ganas de pasarte todoel día echado en la cama, en plena oscuridad, intentando no movertedemasiado. Casi sin escuchar aquel ruido que me dejaba atronados los oídos,bloqueando mi mente en un intento fortuito por conseguir acallar lossuplicios de una agonía inerte, una sensación casi agradable, se deslizóalrededor de mi cuerpo. La luz traspasaba mis párpados cerrados y su voz insistente, dejó dealzarse cuando, balanceó mi cuerpo con indulgencia. Hace frío, pero comotodo, opto por no sentirlo. ¿Frío? Abrí mis ojos sobresaltada, intentando adivinar dónde me encontraba.La vista a veces, puede engañarnos con sus presuntuosas oscilacionesmaquiavélicas. Me parecía estar viendo algo que no concordaba demasiado. La esbelta figura, vestida de un blanco impoluto, parecía estarenvuelta en un halo de luz brillante que incluso hacía daño a mis ojos, yaacostumbrados a la tenue oscuridad. Su tacto dulce y comprensivo, conademanes de ternura incomprendida, turbaron mis adentros. Me senté en la cama angustiada, el corazón latía desmesuradamente.Estrujé mis ojos una y otra vez, admiré mis manos, acaricié mi piel. Sentí eltacto de mis dedos en mis párpados aletargados. El negro y púrpura lóbrego, comenzó a transformarse en colores vivosy brillantes. El destello de luz que envolvía a mi acompañante, fuedesvaneciéndose hasta hacerse un bello reflejo de lo que en realidadescondía en su trasfondo. -¡Vamos dormilona!, Orlando no tardará en llegar y mamá ya preparóel desayuno-, dijo Alice acariciando mi cabello y levantándose de la cama. -329-
    • Estaba enajenada, cerré mis ojos llevando la mano hacia la cabeza conafán de despejarme. Había algo en mi memoria que no dejaba de darmevueltas, sin lograr entender ¿qué era lo que me estaba ocurriendo? -¿Alice?, ¡Alice!-, dije levantándome de súbito y corriendo hacia ella. Me abalancé sobre su cuerpo, como el que busca la vida en ello,abrazándola deseosa y sin consuelo. Presa de una gran tensión emocional, creí perder mis fuerzas por uninstante. No era habitual que nosotras demostrásemos tanto cariño, pero mirepentino acto; hizo un nudo en la garganta con el posible intento de no vercomo mis lágrimas, se deslizasen por las mejillas. La abracé con fuerza, sintiendo hasta el último resquicio dehumanidad hasta hacerlo mío, intransferible. Noté como su pecho seregocijaba de satisfacción por mi acto, acomodando mi cabeza en él. Lacomisura de sus labios, se removió con una sonrisa de resignación, mientrassus manos acariciaban mi pelo enmarañado. -Venga Ann, ¡y eso que solo llevamos unas horas sin vernos!Arréglate, mamá te dejó preparada la toga en la silla y el birrete en elescritorio-, dijo apartándose y señalando la ropa mientras se dirigía hacia lapuerta. La admiré embelesada hasta que desapareció detrás del sonidocaracterístico de la puerta al cerrarse. Aturdida, suspendí mi mente uninstante en contemplar mi habitación. Un suspiro, hizo que toda mi carga seesfumara con él. Tomé aire, ahora mis pulmones volvían a albergar el don de respirar.Ilusa confusión ésta que me hace perder la razón. Me detuve en la puertaacariciando el pomo que tan solo unos instantes antes, había rozado Alicecon sus dedos. Como un niño que ve algo por primera vez, admirando todo lo que merodeaba, con los ojos abiertos como platos y un corazón palpitante a duraspenas por el sobresalto, intenté asimilar la nueva situación en la que ahorame encontraba. Inquieta, me dirigí con ansiedad al escritorio. La toga, aquella que mihermana llevó el día de su graduación, estaba donde mi madre la habíadejado y el birrete, se sostenía encima de un libro. -330-
    • Jugueteé con la borla lanzándola con el dedo, hasta que aconsecuencia de los vaivenes, el birrete se escurrió del improvisado soportedescubriendo el libro en el que se acomodaba. No era esto lo que yo esperaba. Aquel libro del relieve del dragón, hizoque mis dedos temblasen indecorosos. Era extraño que la rebeldía propia dela ansiedad que ahora carcomía mi mente, desembocara en tal histeria solopor un mísero libro que inerte, se acomodaba silencioso en el escritorio justoal lado del ordenador. Directa o evasivamente, mis dedos comenzaron a acercarse hasta sustapas; martilleando una y otra vez en mi cabeza, todos los recuerdos que aúnintactos mantenía del sueño tan magníficamente real, que me habíaacompañado aquella noche. Alcé mi muñeca con la intención de ver la hora del reloj, intentandopoco a poco, regresar de nuevo a la realidad. Eran las siete y media, el actode la graduación no comenzaría hasta las nueve. Tiempo suficiente parapegarme una ducha rápida, desayunar y llegar al salón de actos delinstituto; aventurando con que Alice me llevara en coche, a lo que no lo dudéni un segundo. Estiré la toga en la cama para que no se arrugase y me senté en lasilla colocando mis manos alrededor del libro. Mi mente, comenzó a fundirsegenialmente en las descripciones mórbidas, típicas de los estados anímicos yalucinatorios, que en ese instante manipulaban mi sino con imágenes ysensaciones atípicas para una persona racionalmente en su sano juicio. Fue la sensación voraz de verificar lo inimaginable, la que me hizoabrir el libro por la primera página. Pasé de corrido las demás páginasadmirando lo obvio, hasta llegar a un punto en el cual el corazón comenzó adesbocarse embravecido, parando mis ojos en aquel capitulo. El últimocapítulo de aquel libro que recordaba haber leído una y otra vez aquellanoche inmortal. “Si sigues leyendo estas mis palabras humildes, es que has conseguidollegar a tu destino. Ante tus ojos vislumbras la agónica desolación de lo queun día fue en declive, la mayor fortaleza construida por sus antepasados. En la pared, justo en la parte derecha de la gran roca de piedra, estáescondida entre las zarzas, la cerradura que te abrirá las puertas hacia lainmortalidad. Ya sabes lo que hacer, tu joya es la clave. Colócala en lahendidura y abrirás la puerta que te llevará de nuevo junto el ser que envida os unió en soberano amor. -331-
    • Solo puedo decirte, que si has llegado hasta aquí, tu corazón esincluso más poderoso que mi alma, preocúpate del vacío que llenarás unavez que recojas en tus brazos la recompensa…” Cerré el libro de súbito. ¡Qué estúpida había sido! Aquel libro quizásestuvo encima de mi escritorio más de lo que yo recordaba. Era la historiafantástica que tanto releía una y otra vez, cuando la melancolía seapoderaba de mi existencia. Quizás una cosa conlleva a la otra y esa noche, solo mezclé mismayores anhelos, con todo aquello que entre la oscuridad, atormentaba misdías injustamente. Miré de nuevo el reloj, había perdido demasiado tiempo y Alicecomenzaría a impacientarse. Entré en el baño, ahora con la mente másdespejada y riéndome incluso de la simpleza con la que, sensaciones ysentimientos de angustia de un sueño menos apetecible de recordar queotros, me hicieron perder la realidad por unos minutos. Agradecí el agua templada escurriéndose por mi piel. Esa sensaciónde paz que se introduce en los mismos huesos, cuando inclinas la cabezacerrando los ojos abandonándote al vacío extremo, mientras las gotas deagua van escurriéndose por el cuerpo hasta llegar al plato de ducha. Dejé que empaparan mi cara, sintiendo cómo la vida volvía de nuevo ami ser, liberando mis pensamientos. Apartando mi agónica noche irreal, enel lugar más apartado de mi cabeza. Ese que no solemos mirar cuandopensamos en añorados recuerdos perdidos en el tiempo. Posé mi mano en la pared de la ducha, abrí mis ojos de súbito. Uno deesos recuerdos, dejó muerto mi corazón aquella noche: Jillian. Mi corazón, no ha latido en casi ningún momento de mi vida; pero estoera diferente, era como si hubiera desaparecido. Era no exactamente el amorde mi vida, pero en mis adentros sentía que era el amor de mi existencia.Quería poder creer que era real y no tener miedo; ya no necesitaba tener elcielo a mis pies, si no podía estar en él. Nunca me había parado a pensar en el amor como sentimiento, comouna esencia que transpira en el alma misma del deseo oculto. Era tan real… Ahora el agua parecía caer algo más fría que antes. Quizás, con elsobresalto, no advertí que el calentador no se había encendido. Volví aabandonarme a lo más recóndito de mi ser. La tristeza nos lleva por muchos -332-
    • caminos; la añoranza, a delirios incomprendidos y un amor perdido, a ladesolada indignación. Aún recuerdo intacto en mis pupilas, su cabello especialmentedisimulado al desorden; sus tintineantes ojos al admirarlo; su pétrea pielblanca; su voz, sus susurros. Suspiré abatida. No sabía lo que era el amor hasta que lo encontré yahora, no merece la pena pensar más en un absurdo aturdimiento nocturno,solo fue eso: un sueño absurdo. Ya era demasiado tarde para pararme a picar algo para desayunar, apesar del hambre con la que me levanté. Agarré una magdalena, y salí porla puerta de la cocina hacia el coche de Alice. -Estoy esperando el día en el que seas tú la que tengas que esperar-,dijo Orlando apoyado en el coche de Alice de la misma guisa. No pude contestarle, estaba engullendo literalmente aquellamagdalena de chocolate que mi madre solía comprar en ocasiones especiales.Ni tan siquiera advertí que el coche ya estaba en marcha cuando terminé detragar el último trozo, chupando de últimas uno a uno, los dedos que sehabían impregnado de chocolate derretido. No sentí resentimiento por todo lo que pasó aquella noche, creo que nose lo merecía. Era algo pesado con sus deseos más que abiertos, pero yotampoco podía culparle por ello. Ahora parecía comprenderle en cierto modo.No tendrá lo que más anhela, a pesar de conformarse con lo másinsignificante. Creo que su gesto es más que admirable, hasta qué punto podemosllegar por amor. Él al menos se conforma con sentirme a su lado, escucharmi voz, atormentar mi mente con la realidad de su situación; en cambio, yosolo tendré la nostalgia de una imagen, un sentimiento, una ilusión. Estaba igual que lo recordaba, incluso el color morado de la toga, lehacía resaltar su cara de forma especial. Lo imaginé como Darklay y laverdad, no entiendo cómo lo acoplé en un papel tan profundo cuando enrealidad, cualquiera se aprovechaba de él cuando se le antojase. Siguió en sus formas habituales, hablando solo lo indispensable,respetando el espacio, aunque su sonrisa siempre estuviese presente y susojos brillasen algo más de lo normal. -333-
    • Le dediqué una sonrisa a medias mientras intentaba disimular que nodejaba de mirarlo por el espejo retrovisor. Con esa mirada perdida,pensando en dispersados pensamientos, que nunca llegarían a mi alcance. -Papá dijo que intentaría llegar a tiempo, pero ya sabes cómo son sustiempos, si aparece todo habrá terminado-, dijo Alice en un tono quizásdemasiado acusador y haciendo que desviase mis ojos del espejo y la mirasea ella. -Alice, no te metas con él. Que haga lo que quiera, ¿tú lo vas a echarde menos?, tampoco estuvo para tu graduación. No sería justo que ahoraviniese a la mía-, le contesté sonriendo, con el mero intento de terminar laconversación en ese punto. Encendí la radio y bajé la ventanilla a tope. Los rayos del sol, sedesdibujaban en el cielo con degradados brillantes y el aire golpeando lapalma de mi mano, despojó mi cuerpo de toda aquella sensación amarga queme acompañó incluso momentos después de despertar de aquella pesadilla. No voy a pararme en muchos detalles del acto, que como todos losaños, siempre sigue siendo igual. Bueno, igual no. Este año, era yo la quelanzaría el birrete al aire con mis compañeros. Los admiré a todos con ilusión. Agradecí que Emma siguiese de unapieza; que Julia, no cambiara en sus formas; pero, ver a Andrew y Erikaregalándose caricias a escondidas y besos furtivos, entristeció mi corazón. Lancé mi vista hacia Orlando, cabizbajo esperaba detrás de mí ensilencio. Creo que él también los había visto en sus actos cariñosos, típicosde un noviazgo que acaba de comenzar. Parecíamos dos estúpidosintentando satisfacer nuestras mayores pasiones en sus gestos, era triste. Uno a uno, nos fueron nombrando, hasta que el último de nuestrapromoción conseguía mantener bien sujeto entre sus dedos, el preciadodiploma que nos abría las puertas hacia la universidad. Por delante, tendríamos el verano, nuestro verano. No me habíaparado a pensarlo, pero este sería el último en el cual estaríamos todosjuntos, ya se nos ocurriría algo interesante que hacer para aprovecharlo. Mi madre, había preparado una fiesta en el jardín. Desempolvó laantigua barbacoa y todos mis amigos, se habían unido a la celebración. Ya sesabe cómo somos: escuchamos comida y bebida gratis, o la palabra barbacoay salen amigos de debajo de las piedras. -334-
    • Sabía que mi padre no haría acto de presencia. Hubiese sido injustohaberlo hecho, después del desplante descortés que le hizo a Alice. Quizás suatolondrada novia, en acto cortés se lo habría recordado, aunque dudocoherentemente que lo hiciese con demasiado gusto. La verdad es que no sé cómo fueron capaces de prepararlo todo sinque yo me enterase, debo acordarme de felicitar a mi madre y a Alice por suesmerado trabajo. Allí estaban Orlando, Erika, Julia, Emma, Andrew,bueno; mis tíos y algún que otro familiar retirado, sin dejar de lado anuestros vecinos. Echaba de menos la cámara de fotos de mi madre, me parecía extrañoque todavía no hubiese hecho acto de presencia. Si he de ser sincera, en esemomento, me apetecía inmortalizar el instante con todos los que merodeaban. Pero esta vez era Alice la ansiosa por realizar las fotografías. Sacó lacámara digital que se había comprado un par de meses atrás, con la simpleidea de, que yo pudiese tener en mi poder las imágenes de un recuerdo, quepara todos suele ser uno de los más placenteros de su vida. Me llamó la atención el camión de mudanzas blanco que se paró justoenfrente de nuestra casa. Un volvo negro, con las lunas tintadas, aparcódetrás de él. Me disculpé de mis amigos un instante, algo en mi interior,como una de esas sensaciones extrañas que en algún momento hemos solidotener, me sobrevino de repente al admirar aquellos vehículos. Me acerqué a la verja que daba a la calle. Esos serían los nuevosvecinos que habían comprado la casa de señora Gordon. Hacía tiempo atrás,le dio una embolia cerebral y los hijos, decidieron vender su casa einternarla en una residencia. Sentía lástima por ella, desde que tengo uso de razón, la recuerdosentada en su puerta, con la bolsa de lana a sus pies, tejiendo jerséis parasus nietos. Nietos que nunca vinieron a verla; si acaso, alguno de sus hijosen acción de gracias, se acercaba a visitarla. Tenía un gran interés por saber quiénes serían nuestros nuevosvecinos. En su caso, me dejarían en sus chismorreos por un tiempo, lastípicas vecinas que no tienen otra cosa que hacer; y se ensañarían con losnuevos. Esperé impaciente que las puertas de aquel volvo se abrieran, hastaque por fin lo hicieron. Un hombre alto, con unos vaqueros negros ajustados,camisa negra y gafas de sol, apareció por la puerta del conductor. -335-
    • Estuve tan embelesada en aquel hombre, que no advertí lo que se meavecinaba. Se dirigió hasta el maletero que ya estaba abierto, cuandoaquella mujer se acercó a él cariñosamente acariciando su mejilla ybesándolo en los labios. Sus ondas cobrizas, se deslizaban por su espalda marcando sus curvasbien definidas. Su piel blanquecina, destacaba ante lo lóbrego de su ropa. Unvestido en tono burdeos por debajo de la rodilla, que le hacía parecer inclusomás alta de lo que aparentó en primera instancia. Lo cierto es, que me parecían quizás demasiado familiares; perocualquiera podría decirlo también de mí. Solemos tener la fisionomía típicade muchas personas que se parecen unas a las otras sin tener nada encomún. Caras típicas con cuerpos típicos. Pero fue cuando la puerta de atrás se abrió, cuando mi cuerpo dio unvuelco y mi corazón comenzó a tambalearse en mi pecho con soberanainquietud. Un chico, se bajaba de aquel coche. También con ropa oscura, y pielblanca como la cal. No era porque me enterneciera, ni porque me asombrase,ni porque me conmueva, ni me hiciera volver a soñar, sino porque evocabaen mí un recuerdo, el recuerdo extraño de una cacería en la que se meapareció el amor. Un misterio profundo, flotaba sobre mi mente abrumada. El tiempopareció congelarse, como en uno de esos días en los que la tierra parecíaestar muerta. El frío que me envolvió en ese instante, se introdujo en mishuesos de una manera tan terrible, que no fui capaz de moverme. No había nada que me angustiara tanto como ese suspiro que no seve, y que esbozado de mis labios en silencio, corriendo por el aire sombríoque ahora me envolvía. Un deseo inconfesable, recorrió mi cuerpo. Deseé en infinita esencia, que aquel que ahora se disponía a bajar delcoche, fuese… No podía caer de nuevo en imaginativas ensoñaciones.Aunque lo desease con todas mis ansias. Miré de nuevo hacia el maletero del coche. La mujer, se disponía asacar las maletas, cuando un desafortunado movimiento de la maleta, lehizo perder el equilibrio y las gafas de sol opacas que cubrían su rostro,cayeron al suelo haciéndose añicos. Sabía que la estaba mirando, que insolencia por mi parte, pero nopodía apartar la mirada de ellos. Cuando apartó su cabello de la cara, la vi. -336-
    • Sentí como mis pulmones se quedaron sin aire, aunque recordaba esasensación. Lancé de nuevo la vista hacia el hombre. Sabía que era él. Entoncesfue cuando no tuve más remedio que admirar la prominencia. Abrí la verja y salí hasta la calle. Me acerqué despacio hasta situarmeal lado del volvo negro que seguía con las puertas abiertas. Llevé mi manohasta el corazón, que por momentos parecía salirse del pecho. Su pelo, bailaba con el aire repentino que se levantó removiendo lashojas del suelo. Aquel aroma, que terminó incrustándose en mi piel, no mehizo dudar ni un segundo. Caminé un par de pasos más hasta situarme en elcapó del coche. Deslizó su mano hasta la patilla de las gafas. El hombre y la mujer,colocaron las maletas encima de la cera, dedicándome una sonrisa amistosa. El sol, se reflejaba en los cristales, haciéndolos brillar como siestuviesen en llamas. Sus labios, levemente contraídos por una sonrisa amedias parecían hacer brotar de ella un gemido lejano, casi inaudible. Me quedé inmóvil, sin sentido alguno. El vaso de ponche que sujetabaentre mis dedos, cayó al suelo desparramando todo su contenido. Sus gestosregalaban a mis pupilas, un cúmulo de dulzura y pasión; como pequeñas ytrémulas flores que brotaban en medio de un paisaje irremediablementeyermo. Creer o no en el destino, en los sueños, es una variable a la cual nosinclinamos cuando nos conviene. El espíritu simple ve en cadaacontecimiento un mecanismo por el cual los hados castigan o recompensansus acciones. Y así es como el dulce espíritu femenino puede ser en ocasionesvulnerado por una sonrisa. Detrás de esa simple aceptación, donde undestino tan inevitable como el crepúsculo nunca olvidamos. Bajé los parpados hasta cerrar mis ojos. Mi cuerpo rígido no aceptabaórdenes de ningún tipo. Era tal la ansiedad de reconocer su rostro en él; sussentimientos, todo lo que se reflejaba en mi interior; que me condenaba auna ilusión sin sentido. Volví a abrirlos de nuevo, lo veía relucir con los colores del prisma enuna penumbra púrpura, como cuando se ha estado un instante mirando elsol. Un destello que decidió el destino de un hombre y una mujer. -337-
    • Mientras lo miraba sin mediar palabra, sentía abrirse en mí puertashasta ahora cerradas; tragaluces antes obstruidos dejaban ver perspectivasdesconocidas; la vida me parecía diferente, acababa de nacer a un nuevoorden de ideas. Una amenazante angustia me atenazaba el corazón, encontrándomelejos del mundo, cuya entrada cerraban con furia mis nuevos deseos. Todomi ser se revolvía y protestaba contra la violencia con la que mi lengua lehacía daño a mi alma; sintiendo su nombre en mi sino como un castigoerrante. -Prometí volver hasta ti, ser de mi existencia-, susurró. Noté como el acartonamiento de mi cuerpo, comenzó a desvanecerse ymis pupilas se iluminaron ansiosas por admirar a la persona que teníafrente a mí. Ese amor imperecedero que mi mente no dejaba de repetirse una yotra vez, haciendo que mi corazón palideciera por ello, parecía estar denuevo frente a mí. Una fuerza oculta, me arrancó las palabras de la garganta, más comoun susurro, pero bastó. -¡Jillian!-. -338-
    • EPILOGO Nunca me había parado a pensar, lo mucho que mi vida había cambiadodesde entonces. Ese momento en el que algo mucho más intenso, que la eternidadnata, me arrastró a un amor destructor y atrayente en demasía. Uno de esosamores primerizos, en los que la inexperiencia nos hace vulnerables. Aunque mihistoria, va más allá de lo incomprensible; mi amor, lo era. Él fue el primero en todo. Cómo imaginar que sería, que por un azar deldestino, me arrastrase sin más pretexto ni aspiración, al más profundo de mispesares. Un príncipe malcriado, narcisista y obstinado; absorbente y…; pero conese punto de peligro en sus ojos, que a todas nos llama la atención. Era extraño pensar, que toda nuestra pasión, solo se desbordase en missueños más profundos. Más difícil aún conservar todos esos recuerdos en mi ser yahora, ser una simple desconocida. El amor duele, solo el que ha sido amante oamador a sus efectos, sabe realmente de lo que estoy hablando. Me volví egoísta conmigo misma, sin preocuparme en absoluto por miexistencia. Refugiándome en mi desgastado libro de tapas rojas, deleitando mis ojoscon aquellas palabras que hacían revivir lo que en su momento fue mi promesa,acunando mi pena entre sus páginas. Todavía estaba algo desorientada. Los sueños de mi último mes, con ese airede surrealismo enfermizo, habían cambiado mi forma de ver la vida, la forma en laque quizás mis hormonas, ahora algo más despiertas, se revolucionaban deimprovisto. Tenía todo el verano para habituarme a ellas; la adrenalina, recorría todoslos poros de mi piel. El calor, las hacía estallar, sentía cómo se paseaban cuandopor descuido, en plena mudanza, se dejaba ver solo unos segundos atravesando eljardín hacia el camión. Mientras yo, sentada en el banco de mi habitación,apartando con delicado disimulo la cortina, lo admiraba teniente a escondidas. Su primera impresión hacia mi persona, dejó mucho que desear. Intentabano volver a cruzarme con él, sentía vergüenza, descontento y rabia. Debí ser algomás racional en aquel momento, los sueños nunca son reales, son simplementesueños. La fantasía idealizada de esa sensación, que escondida abrimos sin tapujosen la intimidad; esos deseos ocultos, que en lo más profundo de nuestro ser, nosarrastra de vez en cuando a un momento de satisfacción ficticia. Todavía recuerdo el ridículo espantoso y sus caras de circunstancia absurda.Seguía tan metida en mi historia, que ignoré por completo mis impulsos. Congestos de aprobada ironía y sonrisas complacientes; me dejaron experimentar lasituación más triste y grotesca de mi vida. Pensé que podían… ¿por qué no? Hasta donde llegaba mi entendimiento deapenas unas cuantas horas después de despertar; de manera formidable, con esesubidón de sentimientos a mi cerebro desorientado por medio de la sangre; aquellahistoria había sido la más intensa y pasional que había sentido. Con algunosmatices algo difíciles de entender, pero en esencia, dulce y demasiado bonita. Unailusión, eso me parecía entonces. Mis manos frías, no dejaban de temblar. Sabía que mi expresión recóndita,escondía un inexplicable sentimiento oculto ante lo que mis ojos eran capaces dedistinguir. Rígida, sin -339-
    • apenas sensación en mi piel, tan solo por éste corazón revolucionado que intentabatraspasar mis adentros; lo admiré sin saber qué más decir. Los cristales, se acomodaron unos sobre otros a nuestro alrededor; mientrasque el líquido que contenían, serpenteaba calle abajo sin control. Mi respiración,era cada vez más profunda, y el aire, expandía mis pulmones con regocijo ¿onírico?La garganta reseca, mi mente enajenada y confusa. Ese segundo de ilusióninfranqueable, removido por un sentimiento impulsivo, paró el reloj de mi vida.Pensé que era real; era cierto que en aquel instante lo pensé. Todos eran reales. Fue el movimiento de las comisuras de sus labios, el que me arrastró haciasu cuerpo abrazándolo con fuerza. ¡Jillian!, le susurraba al oído una y otra vez.Pero sus fornidas manos, no correspondieron mi arrebato repentino. Lascarcajadas, se volvieron enfermizas; clavándose como puñales encendidos. Apartándome de su cuerpo, agarré con rabia sus hombros admirando sucara de nuevo. Nunca podré olvidar aquellos ojos, sabía que era él, pero, ¿qué lesocurría? Bajé de nuevo mis manos abrazando mi piel temblorosa, subí mi miradahacia Aaralyn, quien con voz dulce y comprensiva, perdonó mi furor suscitado.Marlond, apartó sus ojos de mí, en el mismo instante en el que comencé acomprender lo irónico de la situación. Volvió su cuerpo hacia el maletero del cochey, abriéndolo de nuevo, recogió un pequeño maletín que parecía haberse olvidadoante la intrusión tan impulsiva y generosamente graciosa por mi parte. Era imposible comprender lo que pasaba dentro de sus cabezas. Él ni tansiquiera me conocía, ellos no me recordaban. Agradecí que mis cuerdas vocalesarticularan unas cuantas palabras, que el sonido de mi voz palpitante, me dejaseun “lo siento” antes de marcharme de nuevo a casa. A duras penas recuerdo cómollegué a mi habitación, dejando a mis acompañantes extrañados por mi absurdaactuación. Era la conciencia del paso de un tiempo que me hizo despertar mis ojosante el amor; aunque la triste realidad, ahogara mis ilusiones en un absorto ynegro abismo. Hecha un ovillo, abracé con fuerza la almohada. Un grito callado, mudo porla confusión y la arrogancia, acompañó mi piel en duelo. Las lágrimas, recorríanmis mejillas cansadas y el tiempo…, volvía a correr de nuevo en mi reloj. Estabaaprendiendo la realidad del amor en sí mismo, comprendiendo ahora más quenunca, la triste situación que arrastra Orlando por mi culpa. ¡Cómo soy tanestúpida! Apenas comprendía lo que me estaba ocurriendo, pero a pesar de loprosaico de la situación, lo ominoso se hacía presente. Es posible que me sintiera tentada a desechar todo lo que estaba por venir,como una mera fantasía. Alguien llegó a contarme en una ocasión, que todosestamos destinados al olvido; algún día de mi vida sería el último. Y como a mí,aquellos que me habían conocido; y después, aquellos que por casualidad, hubiesenescuchado mi nombre. Por eso, tenía que aprovechar el momento. Pero el mundo esmisterioso. Los sueños solo son el portal hacia lo desconocido; la plataforma en laque, de una forma o de otra, somos capaces de experimentar lo que hay después. Encuanto a todo esto, ¿quién puede decir qué veremos después de la muerte? ¿Y si ellanunca llega? ¿Si termina siendo solo el recuerdo de lo que pudo ser y que no llegarájamás? Es difícil escribir estos párrafos, a pesar del tiempo infinito que me rodea.Que asfixia lo que queda de mi alma y se acomoda en mi existencia como el mayorde los calvarios. Nunca llegué a imaginar mi vida de esta forma: en la absolutasoledad. Realmente no lo comprendo, o quizás hizo el miedo que todo se mostrasede esta forma tan irreal. No puedo negar que los veo pasar delante de mí, ausentesy en su mundo de segundos que se estiran en una angustia indecible. Sin ser -340-
    • capaces de apaciguarlo, sin intentar al menos, buscar un resquicio de felicidad,aquella que un día, les hizo ser personas. Hoy me he levantado con el eterno debate interno de cancelar todo lossentimientos que me acompañaron durante tantas noches, y al admirarlo, pensarque sólo es un conocido más. Posiblemente ese sería mi punto de inicio. Un amorexiliado. Aunque por última vez, sentada en la cama con las rodillas en mi pecho,admirando los rayos del sol que intentaban petulantes atravesar mi cortina,prolongué ese instante de oro por unos segundos antes de levantarme y dejar quepoco a poco, los impulsos de mi corazón, se apagasen lentamente. Suspiréprofundamente, sintiendo como el nudo de mi pecho intentaba escapar entre mislabios, mientras mis ojos se abandonaban a la oscuridad por un instante. Abrí mis párpados con lentitud y aún con la vista borrosa, desdibujándoseentre los claro oscuros de la cortina, se encontraba él. Con esa sonrisa sarcástica yatrayente, dibujando círculos con la punta de su bota en el suelo, y ese seductoraroma a vainilla que lo caracterizaba. Mi corazón dio un vuelco al mismo tiempoque me incorporaba de la cama. Me quedé un instante admirándolo, la primera vez que lo hizo sentí pavor,pero ahora, ya estaba acostumbrada a mis visitas nocturnas. ¿Nocturnas?..., giré lavista hacia el reloj, que se escondía bajo la manga de mi camiseta. Eran las ocho yveintinueve. Me levanté agitada hacia su posición, allí no había nadie. Mi memoriame estaba dañando más de lo que imaginaba. Agradecí que me aceptasen en lamisma universidad que Alice; al menos, cambiaría de compañías, de aires que meapartasen de su presencia. Del recuerdo de su irresistible olor, de sus ojosatrayentes, sus delicados dedos en mi piel. Incluso llegué a imaginar, que la locurame estaba arrastrando a una decadente existencia de la que debía curar cuantoantes. Inmóvil, delante de la ventana, admiré cómo el camión de mudanzas cerrabasus grandes portones y arrancaba dejando al descubierto su enorme jardín y lacasa. Algo vieja, medianamente notable, pero con ese aire metafórico e intrigante.Marlond, agradecía por la ayuda prestada, mientras Aaralyn, saludabaamablemente desde el porche. Fueron tres días de movimientos calculados,muebles yendo y viniendo; cajas enormes con recuerdos. Idas y venidas de angustiay sinsabor. Miré hacia todos lados, quizás ya se estaba instalando en su nuevahabitación. Aparté la cortina sin tapujos, no me importó que notasen serobservados. Todo parecía tan normal…, hasta que aquella música comenzó a sonara través de sus cristales. Sabía que no era un CD, había escuchado en reiteradasocasiones ese Stradivarius. -341-