Se volverían arena, lo sabes. Los libros, si no les cuentas un cuento cada noche. Arena fría, desparramada.
Exactamente igual que el fuego petrificado. También es arena.
— ¿Sí? ¿Arena? — Los libros y las gotas de agua. Cuéntales un cuento.
Cómo un coleccionista de mariposas. — ¿De mariposas? — De mariposas marinas. ¿No los has visto, recorriendo la playa? Se parecen mucho a los niños.
Se paran siempre, debajo de la sombra de los mejillones y dibujan en la arena. — ¿Qué dibujan? — No lo sé, sólo dibujan.
— ¿Me das una hoja del libro?
— ¿No quieres una llave que abra todas las posibilidades ? ¿No es mejor acaso?
— ¿La posibilidad de disolver un libro? ¿Cómo si fuera medicina?
Mejor como si el buscador de mariposas se calzara unas zapatillas de hierba. Como si no existieran más cuentos que el cuento. Ese cuento para los libros
Un arco de cuentos O un arco de libros O un cuento arco O un libro cuento — Pero ¿por qué?
— ¿Lo has olvidado? Todo, todo es por los libros. — ¿Y por los buscadores de mariposas? — Por ellos. Sobre todo por ellos.
Para que no se vuelvan arena fría. Para que no se queden secos.
— ¿Es esa la primera hoja? — Esa es, que sale ahí. — ¿No te olvidarás de las gotas de agua? — Nunca. No puedo.
— ¿Nunca viste una gota de agua abrazar un libro? Se queda en la solapa. Sin resbalar. Luego lo acaricia. Lento. Amándolo. Hasta que se acaba.
O que un lápiz sea capaz de soportar una estantería. Sin libros. O con ellos. Y con sus gotas.
— ¿Quién desabrocha el vacío? ¿Son los esquimales?
Las gotas que se cuelan. Los platos lavados. Y el tiempo.
— ¿Y cuánto tiempo? — Menos del que dura un segundo. Menos incluso que el tiempo que tarda un libro en llorar.
Lento como un cello. Desgranando notas
Mas lento incluso que ese coleccionista de mariposas. Aquel que ordenó las gotas de lluvia, que les contó un cuento. Y a los libros. Cuando quedan. Cuánto queda. Cuento.
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