Braudel, fernand, la histora y las ciencias sociciales

2,227 views
2,111 views

Published on

Braudel, fernand, la histora y las ciencias sociciales

0 Comments
0 Likes
Statistics
Notes
  • Be the first to comment

  • Be the first to like this

No Downloads
Views
Total views
2,227
On SlideShare
0
From Embeds
0
Number of Embeds
0
Actions
Shares
0
Downloads
101
Comments
0
Likes
0
Embeds 0
No embeds

No notes for slide

Braudel, fernand, la histora y las ciencias sociciales

  1. 1. http://www.scribd.com/Insurgencia
  2. 2. Títulos originales: Histoire et Sciences Sociales Pour une économie historique Les responsabilités de lHistoire Histoire et Sociologie Lapport de lHistoire des civilisations Unité et diversité des sciences de lhommeTraductora: Josefina Gómez Mendoza .Primera edición en «El Libro de Bolsillo»: 1968 Segundaedición en «El Libro de Bolsillo»: 1970© Fernand Braudel© Alianza Editorial, S. A., Madrid, 1968, 1970 Calle Milán, nº 38; V 200 0045 Depósito legal: M. 353-1970 Cubierta Daniel Gil Impreso en España por Ediciones Castilla, S. A. Calle Maestro Alonso, 21, Madrid Printed in Spain http://www.scribd.com/Insurgencia
  3. 3. índicePrólogo .............................................................................. 7l. Las responsabilidades de la Historia ................. 192. A favor de una economía histórica ..................... 473. La larga duración ..................................................... 60 1. Historia y duraciones .................................. . ...... 64 2. La controversia del tiempo corto .................... 76 3. Comunicación y matemáticas sociales .......... 82 4. Tiempo del historiador, tiempo del sociólogo. 974. Historia y sociología .............................................. 107 Bibliografía seleccionada ....................................... 1285. Aportación de la historia de las civilizaciones. 130 1. Civilización y cultura ........................................... 134 Origen y destino de estos términos ............. 134 Intentos de definición ...................................... 143 Guizot ................................................................ 144 Burckhardt ...................................................... 145 Spengler ........................................................... 146 Toynbee ............................................................. 151 Alfred Weber ................................................... 165 Philip Bagby ................................................... 167 http://www.scribd.com/Insurgencia
  4. 4. 2. La historia en la encrucijada ........................... 17 Sacrificios necesarios ...................................... 170 Criterios a retener .......................................... 171 Las áreas culturales ................................... 174 Los préstamos ............................................... 175 Las repulsas .................................................. 176 Posibilidades que este triple mecanismo abre a la investigación ........................... 176 A favor de un diálogo de la Historia y las ciencias humanas .......................................... 179 Romper las fronteras entre especialistas ... 182 La búsqueda sistemática de estructuras. 184 3. La Historia frente al presente ....................... ... 185 Longevidad de las civilizaciones ..................... 186 El lugar de Francia ..................................... 189 Permanencia de la unidad y de la diversidad a través del mundo ........................ ............. 190 Las revoluciones que definen el tiempo pre sente ............................................................. 194 Allende las civilizaciones .................................. 196 Hacia un humanismo moderno .................. 1996. Unidad y diversidad de las ciencias del hombre. 201Notas .................................................. ........................ 215 http://www.scribd.com/Insurgencia
  5. 5. Prólogo En la historiografía contemporánea, caracteri-zada por una profunda revolución de conceptosy de métodos, constituye incuestionable entidad—en su conjunto y contemplada con la serenidadque proporciona la perspectiva de cierta distan-cia— las novedades de la «escuela francesa». Unsector de la misma escucha temprano la críticaprocedente del campo filosófico —recuérdense,por ejemplo, las consideraciones demoledoras deNietzsche en De la utilidad y desventaja de laHistoria para la vida (1873)— y se aparta dela manera de entender y de reconstruir el pasadoque venía practicándose durante la segunda mitaddel siglo XIX. Aunque no faltaron resistencias,aquellos disidentes, poco a poco, fueron impo-niéndose, hasta prevalecer. Hubieron de lucharcon la rutina académica, atrincherada en las cá-tedras y sostenida por los manuales; el arma fuela Revue de Synthèse Historique. Creada en 1900Por Henri Berr, en su torno agrupó un conjunto http://www.scribd.com/Insurgencia
  6. 6. 8 Felipe Ruiz Martínde colaboradores heterogéneos a los que unía elcomún horror a las limitaciones de los especia-listas a ultranza: ellos influyeron en la formaciónde la generación siguiente, que concretó aspira-ciones y precisó anhelos. Merced al feliz entendi-miento de Lucien Febvre y de Marc Bloch sefunda en 1929 los Annales dhistoire économiqueet sociale, a través de cuyas páginas los estudian-tes de entonces no satisfechos con la monotoníasin alcances de los cursos ordinarios, son alenta-dos con sugerencias y orientados con intuiciones.Fácil es imaginar la perplejidad de los jóveneslicenciados —habiendo al fin superado los exá-menes y acaso las oposiciones de agregados te-niendo que responder a programas absurdos—con la pretensión de doctorarse haciendo su tesisde conformidad con las inclinaciones despertadasen su ánimo por las recientes tendencias. Te-nían en su favor, ciertamente, excelente prepara-ción erudita recibida de los viejos maestros, estoes, sabían moverse en los archivos y en las bi-bliotecas y manejar con tino fuentes inéditas e im-presas, confeccionando sobre la marcha, sutil-mente, papeletas escuetas, pero elocuentes, ysiendo factible tabular series, y representarlasgráficamente, y discurrir con lógica positivista,y, por supuesto, poseían el don de exponer depalabra y por escrito, aprendido desde la escuelaprimaria; habían leído a algunos economistas ysociólogos, destacadamente a Francois Simiand;conocían las exhortaciones de los Annales dhis-toire économique et sociale, y los privilegiadosgozarían de la dirección personal de Marc Bloch(desapareció prematuramente, víctima de la gue-rra) y de Luden Febvre (mentor generoso y pers-picaz, aunque exigente, de cuantos se le acerca-ban): con todo hubieron de abrirse paso a golpesde machete por la enredada selva virgen que eli-gieron para sus penetraciones. No sorprenderá http://www.scribd.com/Insurgencia
  7. 7. Prólogo 9 que sólo algunos llegaran al término. Otros se desviaron hacia la narración política, ideológica, social, económica, sin analizar, sin reconstruir. No faltaron los que sucumbieron, abandonando la tarea, apasionante pero dura de inmediato. Tras de los estupendos resultados conseguidospor E. Labrousse, que serían pauta segura paramúltiples seguidores que circunscribieron sus afa-nes al período de transición que cabalga entre elsiglo XVIII y el siglo XIX —básicamente agríco-la, cuando la renta procedente de la tierra es elsostén de la jerarquización social y del ordeneconómico, y fuente de acumulaciones primariaspara lanzamientos futuros, como ha demostradono hace mucho Pierre Vilar estableciendo ladinámica del crecimiento de Cataluña—, vino Fer-nand Braudel. Y con él la «escuela francesa» tomaotros derroteros, o si, se nos autoriza, más altosvuelos. Braudel inicia por 1923 sus investigaciones so-bre el mundo mediterráneo y durante más dequince años, hasta 1939, afronta problemas que laencuesta científicamente por él conducida le ibasucesivamente planteando, los cuales, hasta enton-ces, nunca habían sido atisbados. Nadie, efectiva-mente, había osado abarcar un espacio dilatado,casi inmenso, donde además se conjuga el ele-mento líquido y las tierras que le circundan, pro-longando elásticamente éstas hasta los límiteslejanos que determinaban complejas repercusio-nes e influencias emanadas del centro de grave-dad. Y esa percepción no se reducía a un instante;se extendía lo suficiente como para captar la me-cánica que operaba los movimientos, las fluctua-ciones observables. Fue la tarea acometida unaempresa intelectual sencillamente gigantesca, querequirió, a cada paso, improvisar el procedimientocon arreglo al cual cernir la masa de conocí- http://www.scribd.com/Insurgencia
  8. 8. 10 Felipe Ruiz Martínmientos cualitativos y cuantitativos que se ibandesvelando. No había precedentes, insístese, quepermitieran establecer un contraste, y frecuente-mente las referencias disponibles eran desorien-tadoras. Pero las dificultades acumuladas, es sa-bido, afianzan a un indagador auténtico en laresolución de vencerlas. Sólo hay un riesgo: de-jarse captar en el recorrido por un paisaje abiertoy atrayente y, deleitándose en su admiración, ge-neralizar después lo que allí, extendiendo la vistay la mano, se ve y se toca. Los que se hayanasomado a un depósito de documentos no ignoranel esfuerzo que supone abandonar unos filonesrápida y fácilmente explotables para pasar a otrosfondos en la certeza de toparse con una marañainextricable. Pero ése es el precio que han de pa-gar cuantos no se conforman con aquello queen la jerga profesional se llama una monografía.Los ficheros así reunidos constituyen para quien,mientras los integraba, vivió desde el presente losacontecimientos pasados, singulares experienciaspersonales. Al clasificar ese material ingente fuehaciéndose paulatinamente patente que los fenó-menos captados entrañaban, según su peculiar na-turaleza, una duración diferente del tiempo querespectivamente les había sido preciso para des-envolverse. Algunos tenían sus orígenes remotos,decenios, si no centurias, atrás, lentamente habíanido tomando forma y vigor, y, llegados a la ac-tualidad de 1550 a 1600, influían decisivamente,siendo incuestionable que se proyectarían en elfuturo más o menos, no faltando los que aúnpersisten. Otros no eran de tan prolongada exis-tencia, aunque sí tuviesen eficacia durante uncierto período; en fin, abundaban los que siendobrillantes, espectaculares, aparecían y desapare-cían con celeridad. La gama de fenómenos en fun-ción de su correspondiente tiempo era múltiple.Simplificando, Braudel las redujo a tres tipos: http://www.scribd.com/Insurgencia
  9. 9. Prólogo 11fenómenos de larga duración, fenómenos de du-ración media y fenómenos de corta duración. Losfenómenos de corta duración —un momento, unashoras, unos días, unas semanas o unos años—son los acontecimientos: la suspensión de pagosa los acreedores de la Real Hacienda de Castillaen 1557, 1560, 1575, 1596, la sublevación de losPaíses Bajos, la batalla de Lepanto, las sucesivastreguas hispano-turcas, la muerte de Felipe II,también cualquier operación de crédito con o sinricorsa entre un ganadero de Segovia y un tejedorde Venecia con éste o aquél mercader-banquero, ola compra de una hidalguía o de un señorío porcualquier enriquecido. Los fenómenos de duraciónmedia son menos nerviosos: la prosperidad quecunde por doquier entre 1540 y 1560, lacontracción que se denota cuando termina elsiglo XVI y comienza el siglo XVII; la pujanzaque pierde la burguesía y gana la nobleza de viejoo de nuevo cuño, con simultaneidad a la dismi-nución en él campo de la pequeña propiedad y alaumento de los dominios enormes; la insuficien-cia del trigo de Sicilia para el abastecimiento desu clientela suplicante y la recepción de cerealesdel Báltico; las alternativas de los precios y dela producción y del consumo. Por último, los fe-nómenos de larga duración, sin duda los másimportantes: el desplazamiento de los montañesesa las poblaciones de la planicie próxima; lamediatización de las ciudades sobre su jurisdic-ción rural; el barbecho de las tierras de labrantíoentre cosecha y cosecha; la trashumancia o el se-dentarismo de unas u otras cabañas de ganados;la capacidad de rendimiento de la agricultura ode las manufacturas. Ateniéndose a esos tres tipos de fenómenos re-dacta Fernand Braudel su obra —en buena me-dida de memoria, entre 1939-1945, circunstanciaque confiere a la trama del texto una notable http://www.scribd.com/Insurgencia
  10. 10. 12 Felipe Ruiz Martíncohesión— y la pone, bajo el título de La Médi-terranée et le monde méditerranéen a lépoque dePhilippe II, dividida en tres partes, a tenor delas duraciones: larga, media y corta, que soncomo tres estratos superpuestos, descansando losfenómenos de las dos capas elevadas, los de cortay media duración, en los fenómenos de la capainferior, los de duración larga. De abajo a arribase producen los impulsos. Por eso si las interco-nexiones son evidentes hay una gradación de in-fluencias entre lo que es fundamental y lo quees más o menos accesorio. Braudel demuestra suaseveración a través de cada caso que registra,bien se trate de un gesto individual, bien sea undestinó colectivo; con otras palabras, un hechosingular o un hecho de repetición. Luden Febvrehizo resaltar esa interdependencia lograda comola conquista más fructífera de la edificación deBraudel tan pronto como apareció en 1949. Lahistoria coyuntural, es decir, la de las oscilacio-nes, la de los ciclos, la de los Kondratieff, queconsagrara Ernest Labrousse entre los historiado-res y Wesley Clair Mitchell y Joseph Schumpeterentre los economistas —asustados por la grandepresión desatada en 1929—, perdía su condi-ción de vedette, aunque no dejase de tener adep-tos fieles. Se inauguraba la era de la historiaestructural que tendría en René Clémens y JohanAkerman sus portavoces entre los economistas ya Fernand Braudel entre los historiadores, y, porsupuesto, en Karl Marx un precursor olvidado. En La Méditerranée et le monde méditerranéena lépoque de Philippe II la articulación mayorestá en la dialéctica espacio-tiempo. Es lo que con-fiere rango especial al libro y lo que le permiteno envejecer. Por eso la segunda edición del mismo,terminada en 1963 y salida en 1966, no obstanteestar renovada y aumentada en proporcionesconsiderables — de las páginas de la versión http://www.scribd.com/Insurgencia
  11. 11. Prólogo 13original no creo que se hayan repetido ni la mi-tad—., sigue siendo sustancialmente la de 1949.Discurre en torno a idéntica trayectoria: la largaduración como factor esencial, determinante, in-cidiendo en la duración media y en la duracióncorta; si acaso es puesto el acento en aspectosque confirman realmente aseveraciones teóricasdel propio autor. Porque las nociones nucleares—la clave— de La Méditerranée et le mondemédi-terranéen á lépoque de Philippe II,expuestas concisamente en su prefacio yaclaradas en párrafos que oportunamente lorequerían como introducción a lo que veníadetrás, fueron por Braudel desarrolladossistemáticamente en unos cuantos artículosposteriores, insertos acá y allá —aunque, porsupuesto, lo principal en los Annales, Sociétés,Économies Civilisations, que bajo sus auspicioscontinuaban la labor, el combate, de losAnnales de histoire économique et socialé—con la más completa exposición de supensamiento sobre la contribución que lahistoria puede y debe prestar a la renovacióndeseable y urgente del conjunto de las cienciassociales. Una selección representativa de esostrabajos, de consulta incómoda, no siempreaccesibles para quien expresamente las busca, esla que se ofrece en este volumen.Fernand Braudel se dirige particularmente, porseparado, unas veces a los historiadores, otras alos economistas, otras a los sociólogos, o a losdemógrafos, o a los antropólogos... por lo comúncomo consecuencia de una invitación a participaren sus debates, en sus polémicas, en el seno desus grupos herméticos. En estas condiciones lasreiteraciones, las repeticiones, se justifican: sonobligadas para quien escribe con destino a lecto-res en cada ocasión distintos, a no ser que sacri-fique con omisiones o amputaciones su mensaje.Lo que variará de conformidad con las convenien- http://www.scribd.com/Insurgencia
  12. 12. 14 Felipe Ruiz Martíncias es el tono de la argumentación. En el encajede su prosa Fernand Braudel utiliza unos u otroshilos aconsejado por la peculiaridad del trance,con miras a conseguir su objetivo: inquietar a losque se encierran en su torre de marfil, creyéndose,los menos perspicaces y más pretenciosos, queson vigías únicos, suficientes. Será solemne conéstos, mientras que con aquéllos apela al recursode la broma; de lo que no se apeará con unos ycon otros es de toques irónicos que brotan espon-táneos de su pluma. Los puntos tratados se ordenan en una sucesióntemática, cuya premisa es la imprescindible con-vergencia de las ramas del árbol que integran lasdiversas ciencias sociales, de modo que cada unasea auxiliar de las demás y todas simultáneamentey de concierto laboren por vencer la crisis que alavanzar independientemente las constriñe, loacepten o lo rehusen, entre querellas recíprocasy pujos unilaterales de exclusivismo. La menta-lidad de campanario, los monólogos estériles de-ben cesar. Se impone un debate colectivo parasuperar ese humanismo retrógrado que ya nopuede valer de cuadro. Las coordenadas que Brau-del propone para la armonía son: la noción clarade que es actuante la larga duración, la adscrip-ción al suelo de los acaecimientos y la matema-tización. Los historiadores tienen mucho queaprender —asevera—, mas también un poco queenseñar, principalmente sobre la larga duración,que vincula el pasado al presente. Porque, capta-do con esa óptica, el pasado penetra en el presen-te. ¿Dónde empieza el presente y termina el pasadobajo los efectos de la larga duración? La fron-tera no es fija.Fernand Braudel toca la espinosa cuestión de lacontinuidad o discontinuidad del proceso social.Recuerda la contradictoria respuesta a la in-terrogante de dos economistas alemanes: Gustav http://www.scribd.com/Insurgencia
  13. 13. Prólogo 15Schmoller, que se pronunció por lo continuo; Er-nest Wagemann, que se inclino por lo discontinuo.Invoca el irrecusable testimonio de lo descubiertopor Ignacio Meyerson en el mundo del pensa-miento, y cómo por su ámbito se camina a sal-tos. Pero es a un sociólogo, George Gurtvich, cuyomagisterio en París fue tan fructífero, al queBraudel concede más prolongada audiencia, y en-tabla con él un diálogo chispeante sobre los cortes—unos someros, otros profundos— que aquéladmite en el proceso social sin por eso excluirun destino sin interrupción. En torno a las mutaciones estructurales no podíamenos de discurrir, aunque fuese raudo, apuntandoinsinuante, más que definiendo con énfasis, quiénpropugna como insoslayable la larga duración. Larecomendación de utilizar modelos estructuralespor el historiador para distinguir cuándo seregistran las transiciones decisivas, es unamanifestación de los deseos de equilibrio y deexactitud que alientan en un hombre de letras ysu fe en que un adecuado tratamiento matemáticotiene reservado el porvenir en las ciencias so-ciales.De ahí la curiosidad complaciente de Braudelhacia cuanto en ese terreno se intenta, aunquesonría cuando se emplee un aparato complicadopara el análisis —por vía de la «comunicación»—de una tribu desde el punto de vista antropoló-gico. Mas tratándose de un ensayo, lo que importaes el procedimiento, no los resultados. Pero quelas cosas marchan con ese rumbo lo estánprobando los tanteos de los económetras norte-americanos y de los contabilizadores franceses delI.S.E.A., aunque sus resultados, hoy por hoy, seande alcances modestos en los norteamericanos yen los franceses demasiado transigente la depura-ción de los datos estadísticos. Sin embargo, ¿no http://www.scribd.com/Insurgencia
  14. 14. 16 Felipe Ruiz Martín es dar vueltas y vueltas, quedándose en el estadio de la historia coyuntural? ¿Y la historia estructural? Fernand Braudel acabade dar cauce y viabilidad a su antiguo proyecto enCivilisation matérielle et capitalisme (XVe-XVIIIe siécle). La superposición de estratos —delarga duración y de duración media y corta— sellaman aquí civilización material, al ras delsuelo, hecha de rutinas, de herencias, de éxitosremotos, y vida económica, que ya presuponeuna ascensión, un resultado, una combinación,sobre la que, en un tercer piso, juega su papelprivilegiado el capitalismo. Sería convencionalexaminar las habilidades del capitalismo sinpreviamente conocer la vida económica, y éstaes incomprensible prescindiendo de la civilizaciónmaterial. Así ordinariamente se hace; de ahí laendeblez de las deducciones: un soplo ligerobasta para disolverlas. Empecemos, pues, por loscimientos, prescribe Braudel, para, planta trasplanta, escalar hasta la cima; y por su parteconsagra un volumen entero al peso de loshombres, al pan de cada día, a lo que se comey se bebe, a las casas y a los vestidos, a lastécnicas, a las monedas y, en fin —capítulo deantología—, a las aglomeraciones urbanas, todoello minuciosa y panorámicamente, abarcandolos cinco continentes. Gestos repetidos, viejasrecetas, procedimientos empíricos, que seremontan a un milenio conforme a Ios cuales semueve la mayoría de los habitantes del planetatodavía en 1800. Y sobre los que cabalga elcálculo de la vida económica —a la que seconsagrará un segundo volumen—, hija del co-mercio, de los transportes, de las condiciones nocoincidentes de los mercados, del juego entre lospaíses avanzados y los países atrasados, entre ri-cos y pobres, acreedores y deudores; por encima,superpuesto, especula ágilmente el capitalismo. http://www.scribd.com/Insurgencia
  15. 15. Prólogo 17Ni la civilización material, ni la vida económica,ni el capitalismo son estables; pero el ritmo desu evolución es diametralmente distinto. En el transcurso del siglo XV al XVIII hay undespliegue, una falta tectónica, si se nos permitela expresión: un desconcierto para la historia eco-nómica y social. La explicación climática —eldescenso de los glaciares— que se brinda, conalegaciones convincentes, en el tomo primerode Civilisation matérielle et capitalisme (XVe-XVIIIe siécle) nos sume en meditación sobre loscambios estructurales. En conclusión, estamos ante las reflexiones deun historiador —precisamente el mentor princi-pal de la «escuela francesa» durante la época enque la corresponde la responsabilidad de un puestode vanguardia—. Pero esto no es por sí solodecisivo en el relato que constituyen los textosahora escogidos y compilados; lo importante esque condensan las impresiones de un observadorque ha reiterado las incursiones por honduras os-curas, para emerger a continuación a zonas claras,adiestrándose en descubrir el engranaje de lascorrientes que configuran una situación y puedenrobustecerla o deteriorarla, redundando en subien o en su mal. Y esto cuando la gran incógnitade las Ciencias Sociales no es ya la riqueza delas naciones, sí la pobreza, si no el hambre, de lasáreas atrasadas —tomo la idea y la frase de JoséLuis Sampedro—, me parece que no deja de seroportuno. Que se haga en un estilo literario pri-moroso —por mérito de la traductora, JosefinaGómez Mendoza, reflejado en la versión españo-la— que apunta y señala, insinuante, sin expla-yarse jamás en consideraciones, es un aliciente,no desdeñable, que se da por añadidura. Felipe Ruiz Martín http://www.scribd.com/Insurgencia
  16. 16. 1 Las responsabilidades de la historia∗Señor administrador,Queridos colegas,Señoras y señores: La historia se encuentra, hoy, ante responsabili-dades temibles pero al mismo tiempo exaltantes.Sin duda, porque siempre ha dependido, en su sery en sus transformaciones, de condiciones socialesconcretas. «La historia es hija de su tiempo.» Supreocupación es, pues, la misma que pesa sobrenuestros corazones y nuestros espíritus. Y si susmétodos, sus programas, sus respuestas ayer másrigurosas y más seguras, y sus conceptos fallantodos a la vez, es bajo el peso de nuestras reflexio-nes, de nuestro trabajo, y, más aún, de nuestrasexperiencias vividas. Ahora bien, éstas, en el cursode los últimos cuarenta años, han sido particular-mente crueles para todos los hombres; nos han∗ Fernand Braudel: Lección Inaugural, leída el viernes 1 de di-diciembre de 1950 en el College de France, Cátedra de Historia de lacivilización moderna 19 http://www.scribd.com/Insurgencia
  17. 17. 20 Fernand Braudellanzado con violencia hacia lo más profundo denosotros mismos y, allende, hacia el destino delconjunto de los hombres, es decir, hacia los pro-blemas cruciales de la historia. Ocasión ésta parapiadarnos, sufrir, pensar, volver a poner todoforzosamente, en tela de juicio. Además, ¿por quéhabría de escapar el arte frágil de escribir histo-ría a la crisis general de nuestra época? Abando-namos un mundo —¿ cabe decir el mundo del pri-mer siglo xx?— sin haber tenido siempre tiempode conocer y hasta de apreciar sus ventajas y suerrores, sus certidumbres y sus sueños. Le deja-mos, o mejor dicho, se evade inexorablementeante nuestros ojos.1 Las grandes catástrofes no son necesariamentelos artífices pero sí, con toda seguridad, los pre-goneros infalibles de revoluciones reales; en todocaso, constituyen siempre una incitación a pen-sar, o más bien a replantearse, el universo. De latormenta de la gran Revolución francesa, que,durante años, ha constituido toda la historia dra-mática del mundo, nace la meditación del condede Saint-Simon, y, más tarde, las de sus discípu-los enemigos, Augusto Comte, Proudhon y KarlMarx, que no han cesado, desde entonces, deatormentar a los espíritus y a los razonamientosde los hombres. Pequeño ejemplo más cercano anosotros, los franceses: durante el invierno quesiguió a la guerra franco-alemana de 1870-1871,no hubo testigo más al amparo que JacoboBurckhardt en su querida Universidad de Basilea.Y, no obstante, la inquietud le visita, una granexigencia de gran historia le acosa. Dedica susclases de aquel semestre a la Revolución fran-cesa. Esta no constituye —declara en una profe-cía demasiado exacta— más que un primer acto, http://www.scribd.com/Insurgencia
  18. 18. Las responsabilidades de la historia 21un alzar el telón, el instante inicial de un ciclo,de un siglo de revoluciones, llamado a tener largavida. Siglo interminable, en verdad, y que marcaráa la estrecha Europa y al mundo entero contrazos rojos. No obstante, Occidente iba a cono-cer una larga tregua entre 1871 y 1914. Pero esdifícil calcular hasta qué punto estos años, rela-tivamente apacibles, casi felices, iban progresiva-mente a restringir la ambición de la historia, comosi nuestro oficio necesitara, sin fin, para mante-nerse alerta, el sufrimiento y la inseguridad fla-grante de los hombres. ¿Se me permitirá evocar la emoción con laque leí, en 1943, la última obra de Gastón Roup-nel, Histoire et Destin, libro profético, alucina-do, medio sumido en el sueño pero alentandopor una gran piedad hacia el «dolor de los hu-manos»? Más tarde, el gran autor me escribía:«Comencé [este libro] en los primeros días dejulio de 1940. Acababa de presenciar en mi pue-blo de Gevrey-Chambertin el paso por la carreteranacional de las oleadas del éxodo, del dolorosoéxodo; las pobres gentes, los coches, las carretas,gente a pie, una lastimosa humanidad, la miseriade las carreteras, todo mezclado con tropas, consoldados sin armas... Ese inmenso pánico ¡esoera Francia!... En mi vejez, a los irremediablesinfortunios de la vida privada, venía a añadirseel sentimiento del infortunio público, nacional...»Pero, empujada por la desgracia, por las últimasmeditaciones de Gastón Roupnel, la historia —lagran, la intrépida historia— reemprendía su mar-cha a toda vela, con Michelet de nuevo comodios: «me parece —escribía también Roupnel—el genio que llena la historia».Nuestra época es demasiado rica en catástrofes,en revoluciones, en imprevistos, en sorpresas. Larealidad de lo social, la realidad fundamental delhombre, nos parece nueva; y, se quiera o no el http://www.scribd.com/Insurgencia
  19. 19. 22 Fernand Braudelviejo oficio de historiador no cesa de retoñar yde reflorecer en nuestras manos. Sí ¡ qué decambios! Todos o casi todos los símbolossociales —y por algunos de ellos hubiéramosdado la vida antaño sin discutir demasiado—se han vaciado de contenido. Se trata de saber sinos será posible, no ya tan sólo vivir, sino viviry pensar apaciblemente sin sus puntos dereferencia, sin la luz de sus faros. Todos losconceptos intelectuales se han encorvado oroto. La ciencia sobre la que nosotros,profanos, nos apoyábamos, incluso sin serconscientes de ello, la ciencia, refugio y nuevarazón de vivir del siglo xix, se hatransformado, de un día para otro, brutalmentepara renacer en una vida diferente, prestigiosapero inestable, siempre en movimiento pero inac-cesible; y sin duda nunca más tendremos ya nitiempo ni posibilidad de restablecer con ella undiálogo conveniente. Todas las ciencias sociales,incluida la historia, han evolucionado de maneraanáloga, menos espectacular pero no menos deci-siva. Si estamos en un nuevo mundo, ¿por quéno una nueva historia?Por ello, evocaremos con ternura, y al mismotiempo con algo de irreverencia, a nuestros maes-tros de ayer y de antes de ayer. ¡ Qué nos seaperdonado! He aquí, el libro menudo de CharlesVictor Langlois y de Charles Seignobos, esa In-troduction aux études historiques, aparecida en1897, sin alcance hoy pero hasta no hace muchoy durante largos años obra decisiva. Curioso pun-to de referencia. De este libro lejano, henchidode principios y de pequeñas recomendaciones, sepuede inferir, sin demasiado esfuerzo, un retratodel historiador de principios de siglo. Imagíneseun pintor, un paisajista. Ante él, árboles, casas,colinas, caminos, todo un paisaje apacible. De lamisma manera se presentaba ante el historiador http://www.scribd.com/Insurgencia
  20. 20. Las responsabilidades de la historia 23la realidad del pasado: una realidad verificada,desempolvada, reconstruida. De ese paisaje, nadadebía escapar al pintor: ni esos matorrales, niese humo. No omitir nada; pero sí, algo: el pintorolvidará su propia persona porque el ideal seríasuprimir al observador, como si hubiera que sor-prender a la realidad sin asustarla, como si la his-toria tuviera que ser captada, fuera de nuestrasreconstrucciones, en su estado naciente, por tan-to, en bruto, como hechos puros. El observadores fuente de errores; contra él la crítica debe per-manecer vigilante. «El instinto natural de un hom-bre en el agua —escribía muy en serio CharlesVíctor Langlois— es hacer todo lo posible porahogarse; aprender a nadar es adquirir el hábitode reprimir los movimientos espontáneos y deejecutar otros. De la misma manera, el hábito dela crítica no es natural; exige ser inculcado ysólo se convierte en orgánico tras repetidos ejer-cicios. El trabajo histórico es un trabajo críticopor excelencia; cuando alguien se dedica a él sinhaberse protegido previamente contra el instinto,se ahoga». No tenemos nada que oponer a la crítica de losdocumentos y materiales históricos. El espírituhistórico es básicamente crítico. Pero, más alláde prudencias evidentes, es también reconstruc-ción, como ha sabido decir con su aguda inteli-gencia Charles Seignobos en varias ocasiones.Pero ¿era suficiente, tras tantas precauciones,para preservar el impulso necesario de la his-toria?Cierto es que si nos remontáramos más en estavuelta atrás, si nos dirigiéramos a muy grandesespíritus —como Cournot o Paul Lacombe, am-bos precursores— o a muy grandes historiadores—un Michelet sobre todo, un Ranke, un Burck-hardt o un Fustel de Coulanges— su genio impe-diría la ironía. No obstante, no es menos cierto http://www.scribd.com/Insurgencia
  21. 21. 24 Fernand Braudelque —a excepción quizá de Michelet, una vez más,el más grande de todos, en el que hay tantos re-lámpagos y premoniciones— sus respuestas noconcordarían en absoluto con nuestras pregun-tas: historiadores de hoy, tenemos la sensaciónde pertenecer a otra edad, a otra aventura delespíritu. Nuestro oficio no nos parece ya esa em-presa sosegada, firme, coronada en justicia, conprimas concedidas únicamente al trabajo y a lapaciencia. No nos deja la certidumbre de haberaprehendido el total de la materia histórica que,para rendirse ante nosotros, sólo esperaría yanuestra escrupulosa valentía. Con toda seguri-dad, nada nos es más ajeno que la constatacióndel joven Ranke cuando, apostrofando con entu-siasmo a Goethe, hablaba fervorosamente del «só-lido terreno de la historia».2 Difícil tarea —condenada de antemano— la deexplicar en unas cuantas palabras lo que real-mente ha cambiado en el campo de la historia y,sobre todo, cómo y por qué se ha operado estecambio. Multitud de detalles reclaman nuestraatención. Albert Thibaudet pretendía que las ver-daderas conmociones son siempre sencillas en elplano de la inteligencia. ¿Dónde se sitúa, enton-ces, ese algo, esa eficaz innovación? Con certeza,no en la quiebra de la filosofía de la historia, pre-parada con mucha antelación y cuyas ambicionesy precipitadas conclusiones no aceptaba ya na-die incluso antes de principios de siglo. Tampocoen la bancarrota de una historia-ciencia, por lodemás apenas esbozada. En el pasado, se consi-deraba que no había más ciencia que aquella ca-paz de prever: tenía que ser profética o no ser.Hoy nos inclinaríamos a pensar que ninguna cien-cia social, incluida la historia, es profética; por http://www.scribd.com/Insurgencia
  22. 22. Las responsabilidades de la historia 25vía de consecuencia, de acuerdo con las antiguasreglas del juego, ninguna de ellas tendría derechoal hermoso título de ciencia. Además, sólo habríaprofecía —repárese bien en ello— en el caso deque se diera la continuidad de la historia, lo quelos sociólogos, que no todos los historiadores, po-nen violentamente en duda. Pero ¿para qué en-tablar discusión sobre el confuso nombre deciencia y sobre todos los falsos problemas que deél derivan? Tanto vale sumirse en la controversia,más clásica pero más estéril aún, de la objetivi-dad y de la subjetividad en la historia, de la queno nos libraremos mientras algunos filósofos,quizá por costumbre, se sigan complaciendo enla, mientras no se resuelvan a preguntarse silas ciencias más gloriosas de lo real no son, ellastambién, objetivas y subjetivas a un tiempo. Nos-otros, que nos resignaríamos sin esfuerzo a nocreer en la obligación de la antítesis, aliviaríamosde buena gana nuestras habituales discusionesde método prescindiendo de este debate. El pro-blema de la historia no se sitúa entre pintor ycuadro, ni siquiera —audacia que hubiera sidoconsiderada excesiva— entre cuadro y paisaje,sino más bien en el paisaje mismo, en el corazónde la vida. La historia se nos presenta, al igual que la vidamisma, como un espectáculo fugaz, móvil, forma-do por la trama de problemas intrincadamentemezclados y que puede revestir, sucesivamente,multitud de aspectos diversos y contradictorios.Esta vida compleja, ¿cómo abordarla y cómofragmentarla a fin de aprehender algo? Numero-sas tentativas podrían desalentarnos de ante-mano.No creemos ya, por tanto, en la explicación de lahistoria por éste u otro factor dominante. No hayhistoria unilateral. No la dominan en exclusiva niel conflicto de las razas, cuyos choques y http://www.scribd.com/Insurgencia
  23. 23. 26 Fernand Braudelavenencias determinarían el pasado de los hom-bres; ni los poderosos ritmos económicos, factoresde progreso o de caos; ni las constantes tensio-nes sociales; ni ese espiritualismo difuso de unRanke por el que son sublimados, a su modo dever, el individuo y la amplia historia general; ni elreino de la técnica; ni la presión demográfica, eseempuje vegetativo de consecuencias retardadas so-bre la vida de las colectividades. El hombre esmucho más complejo.No obstante, estas tentativas de reducir lo múl-tiple a lo simple, o a lo prácticamente simple,han significado un enriquecimiento sin preceden-tes, desde hace más de un siglo, de nuestros estu-dios históricos. Nos han ido colocando progresi-vamente en la vía de la superación del individuoy del acontecimiento; superación prevista conmucha antelación, presentida, barruntada, peroque, en su plenitud, apenas si acaba de realizarseante nosotros. Quizá radique ahí el paso decisivoque implica y resume todas las transformaciones.No quiere esto decir —sería pueril— que negue-mos la realidad de los acontecimientos y la fun-ción desempeñada por los individuos. Habría, noobstante, que poner de relieve que el individuoconstituye en la historia, demasiado a menudo,una abstracción. Jamás se da en la realidad vivaun individuo encerrado en sí mismo; todas lasaventuras individuales se basan en una realidadmás compleja: una realidad «entrecruzada», comodice la sociología. El problema no reside en negarlo individual bajo pretexto de que es objeto decontingencias, sino de sobrepasarlo, en distinguir-lo de las fuerzas diferentes de él, en reaccionarcontra una historia arbitrariamente reducida a lafunción de los héroes quintaesenciados: no cree-mos en el culto de todos esos semidioses, o, di-cho con mayor sencillez, nos oponemos a la or-gullosa frase unilateral de Treitschke: «Los hom- http://www.scribd.com/Insurgencia
  24. 24. Las responsabilidades de la historia 27bres hacen la historia.» No, la historia tambiénhace a los hombres y modela su destino: la his-toria anónima, profunda y con frecuencia silen-ciosa, cuyo incierto pero inmenso campo se im-pone ahora abordar.La vida, la historia del mundo, todas las historiasparticulares se nos presentan bajo la forma deuna serie de acontecimientos: entiéndase, deactos siempre dramáticos y breves. Una batalla,un encuentro de hombres de Estado, un impor-tante discurso, una carta fundamental, son ins-tantáneas de la historia. Conservo el recuerdo deuna noche, cerca de Bahía, en que me encontréenvuelto por un fuego de artificio de luciérnagasfosforescentes; sus pálidas luces resplandecían,se apagaban, refulgían de nuevo, sin por ello ho-radar la noche con verdaderas claridades. Igualocurre con los acontecimientos: más allá de suresplandor, la oscuridad permanece victoriosa.Otro recuerdo me permitirá abreviar más aún mirazonamiento. Hace unos veinte años, en América,una película, anunciada con gran antelación, pro-ducía sensación sin igual. Se trataba nada menos—anunciábase entonces—, que de la primera pe-lícula auténtica sobre la Gran Guerra, convertidadesde entonces, para nuestra desgracia, en Pri-mera Guerra Mundial. Durante más de una horapudimos revivir las horas oficiales del conflictoy asistir a cincuenta revistas militares, pasadaslas unas por el rey Jorge V de Inglaterra, las otraspor el rey de los belgas o por el rey de Italia,por el emperador de Alemania o por el presidentefrancés Raymond Poincaré. Se nos hizo asistir ala salida de las grandes conferencias diplomáti-cas y militares, a todo un desfile de personasilustres pero olvidadas, que el ritmo entrecortadodel cine de aquellos lejanos años convertía entodavía más fantasmagóricas e irreales. En cuan- http://www.scribd.com/Insurgencia
  25. 25. 28 Fernand Braudelto a la verdadera guerra, estaba representada portres o cuatro trucos y explosiones ficticias: undecorado. El ejemplo es sin duda abusivo, como todos losejemplos a los que se confiere un poder de ense-ñanza. Confiésese, sin embargo, que, a menudo,la crónica, la historia tradicional, la historia-relatoa la que tan aficionado era Ranke no nos ofrece delpasado y del sudor de los hombres más queimágenes tan frágiles como éstas. Fulgores, perono claridad; hechos, pero sin humanidad. Adviér-tase que esta historia-relato pretende siemprecontar «las cosas tal y como realmente acaecie-ron». Ranke creía profundamente en esta frasecuando la pronunció. En realidad, se presentacomo una interpretación en cierta manera sola-pada, como una auténtica filosofía de la historia.Según ella, la vida de los hombres está determi-nada por accidentes dramáticos; por el juegode seres excepcionales que surgen en ella, dueñosmuchas veces de su destino y con más razón delnuestro. Y cuando se digna hablar de «historiageneral», piensa en definitiva en el entrecruza-miento de estos destinos excepcionales, puestoque es necesario que un héroe tenga en cuenta aotro héroe. Falaz ilusión, como todos sabemos.O digamos, para ser más justos, visión de unmundo demasiado limitado, familiar a fuerza dehaber sido rastreado e inquirido, en el que elhistoriador se complace en medrar; un mundo,para colmo, arrancado de su contexto, en el quecon la mejor intención cabría pensar que la his-toria es un juego monótono, siempre diferentepero siempre semejante, al igual que las mil com-binaciones de las piezas de ajedrez: un juego queencausa situaciones siempre análogas, sentimien-tos eternamente iguales, bajo el imperativo de uneterno e implacable retorno de las cosas. http://www.scribd.com/Insurgencia
  26. 26. Las responsabilidades de la historia 29 Nuestra labor consiste precisamente en sobre-pasar este primer margen de la historia. Hay queabordar, en sí mismas y para sí mismas, las rea-lidades sociales. Entiendo por realidades socia-les todas las formas amplias de la vida colectiva:las economías, las instituciones, las arquitectu-ras sociales y, por último (y sobre todo), las civi-lizaciones; realidades todas ellas que los historia-dores de ayer no han, ciertamente, ignorado, peroque, salvo excepcionales precursores, han consi-derado con excesiva frecuencia como tela de fon-do, dispuesta tan sólo para explicar —o como sise quisiera explicar— las obras de individuos ex-cepcionales, en torno a quienes se mueve el his-toriador con soltura. Inmensos errores de perspectiva y de razona-miento, porque lo que se intenta concordar me-diante este procedimiento e inscribir en un mis-mo marco son movimientos que no tienen ni lamisma duración ni la misma dirección, integrán-dose los unos en el tiempo de los hombres, el denuestra vida breve y fugaz, los otros en ese tiem-po de las sociedades, para el que un día, un añono significan gran cosa, para el que a veces unsiglo entero no representa más que un instantede la duración. Entendámonos: no existe un tiem-po social de una sola y simple colada, sino untiempo social susceptible de mil velocidades, demil lentitudes, tiempo que no tiene prácticamentenada que ver con el tiempo periodístico de la cró-nica y de la historia tradicional. Creo, por tanto,en la realidad de una historia particularmentelenta de las civilizaciones, entendida en sus pro-fundidades abismales, en sus rasgos estructura-les y geográficos. Cierto, las civilizaciones sonmortales en sus floreceres más exquisitos; cierto,resplandecen y después se apagan para volver aflorecer bajo otras formas. Pero estas rupturasson más escasas, más espaciadas, de lo que se http://www.scribd.com/Insurgencia
  27. 27. 30 Fernand Braudelsuele creer. Y, sobre todo, no lo destruyen todopor igual. Quiero decir que en un área determi-nada de civilización el contenido social puederenovarse por entero dos o tres veces sin por elloalcanzar ciertos rasgos profundos de estructuraque permanecerán como poderosos distintivos delas otras civilizaciones vecinas. Existe también,"por así decirlo, más lenta aún que la historia delas civilizaciones, casi inmóvil, una historia delos hombres en sus íntimas relaciones con la tie-rra que les soporta y les alimenta; es un diálogoque no cesa de repetirse, que se repite para durar,susceptible de cambiar —como en efecto cambia—en superficie, pero que prosigue, tenaz, como sise encontrara fuera del alcance y de las tarasca-das del tiempo.3 Si no me equivoco, los historiadores empiezana tomar conciencia, hoy, de una historia nueva,de una historia que pesa y cuyo tiempo no con-cuerda ya con nuestras antiguas medidas. Estahistoria no se les ofrece como un fácil descubri-miento. Cada forma de historia implica, en efec-to, una erudición que le corresponde. ¿Me serálícito decir que todos aquellos que se ocupan dedestinos económicos, de estructuras sociales yde múltiples problemas —muchas veces de pocointerés— de civilizaciones se encuentran frentea investigaciones en comparación con las cua-les los trabajos de los eruditos más conocidosdel siglo xviii y hasta del xix nos parecen deuna asombrosa facilidad? No es posible una his-toria nueva sin la enorme puesta al día de unadocumentación que responda a estos problemas.Dudo incluso que el habitual trabajo artesanaldel historiador esté a la medida de nuestras am-biciones actuales. A pesar del peligro que esto http://www.scribd.com/Insurgencia
  28. 28. Las responsabilidades de la historia 31pueda representar y de las dificultades que la so-lución implica, no hay salvación fuera de los mé-todos de trabajo en equipo.Por tanto, hay todo un pasado a reconstruir.Interminables tareas se nos proponen y se nosimponen, incluso para las realidades más simplesde estas vidas colectivas: me refiero a los ritmoseconómicos de corta duración de la coyuntura.Consideremos el caso de Florencia, objeto de unacrisis bastante aguda de retroceso entre 1580 y1585, crisis llamada a ahuecarse de prisa paradespués colmarse de una sola vez. Una serie de in-vestigaciones realizadas en Florencia y sus alre-dedores lo pone de manifiesto a través de sínto-mas tan expresivos como las repatriaciones decomerciantes florentinos que dejaron entoncesFrancia y la Alta Alemania, abandonando a vecessus tiendas —hecho todavía más significativo—para comprarse tierras en Toscana. Esta crisis,tan clara en una primera auscultación, habríaque diagnosticarla mejor, establecerla científica-mente gracias a unas series coherentes de precios,lo que es aún trabajo local; pero se plantea in-mediatamente la cuestión de saber si la crisis estoscana o general. Pronto la encontramos en Ve-necia, y en Ferrara es fácilmente detectable. Pero,¿hasta dónde se hizo sentir su repentina herida?Es imposible precisar su naturaleza si no se co-noce su área exacta. ¿ Se impone, entonces, que elhistoriador emprenda un viaje hacia todos losdepósitos de archivos de Europa para tratar deencontrar series ignoradas, por lo general, por laerudición? ¡ Interminable viaje!: pues todo lequeda por hacer. Para colmo, si este historiadorse preocupa por la India y China y considera quefue el Extremo Oriente quien determinó la circu-lación de los metales preciosos en el siglo xvi y,por consiguiente, el ritmo del total de la vida eco-nómica del mundo, advertirá que a estos años http://www.scribd.com/Insurgencia
  29. 29. 32 Fernand Braudelflorentinos de dificultad corresponden, apenasdesplazados en el tiempo, años de perturbacionesen Extremo Oriente en lo que al comercio de lasespecias y de la pimienta se refiere. Este corner-cio pasa de las débiles manos portuguesas a lasde los hábiles mercaderes moros, y, más allá deestos viejos habituados del Océano Indico y dela Sonda, a las de los caravaneros de la India,quedando, al final, absorbido el conjunto por elAlta Asia y China. La investigación acaba por supropio impulso, en este terreno tan simple, dedar la vuelta al mundo. Me dedico, precisamente, con algunos jóveneshistoriadores, a estudiar la coyuntura general desiglo xvi y confío poder hablaros de ello un díano muy lejano. ¿Es necesario señalar, a este res-pecto, que también en este caso es el mundo entero quien reclama nuestra atención? La coyun-tura del siglo xvi no es solamente VeneciaLisboa, Amberes o Sevilla, Lyon o Milán; es tam-bién la compleja economía del Báltico, los viejoritmos del Mediterráneo, las importantes corrien-tes del Atlántico y las del Pacífico, las Ibéricas,los juncos chinos (y prescindo adrede demuchos otros elementos). Pero hay queinsistí también en que la coyuntura del sigloxvi está igualmente constituida por el sigloxv y por el xvii; la determinan no sólo elmovimiento de conjunto de los precios sinotambién el haz variado de estos precios y sucomparación, acelerándose unos más que otros.Sin duda es verosímil que los precios del vino yde los bienes inmuebles precedieron en aquelentonces a todos los demás en su carreraregular. Se explicaría, así, a mi entender, dequé manera la tierra absorbió, atrajo einmovilizó la fortuna de los nuevos ricos. Todoun drama social. Por este mismo motivo seexplicaría también esa civilización invasora yobstinada de la vid y del vino: al exigir lo los http://www.scribd.com/Insurgencia
  30. 30. Las responsabilidades de la historia 33precios aumentan las flotas de barcos cargados debarriles de vino, en dirección del Norte, a partirde Sevilla, de las costas portuguesas o de laGironda; crecen de manera análoga esos ríos decarretas, los carretoni, que, a través del Breñero,trasladan cada año a Alemania los vinos nuevosdel Friul o de las Venecias, vinos turbios que elpropio Montaigne paladeó en su lugar de origen. La historia de las técnicas, la simple historiade las técnicas, por encima de investigaciones in-ciertas, minuciosas, continuamente interrumpi-das —ya que el hilo se rompe demasiadas vecesentre los dedos o, dicho de otra manera, ya quebruscamente faltan los documentos a interro-gar— también descubre paisajes amplios en ex-ceso y plantea problemas demasiado vastos. Enel siglo XVI, el Mediterráneo, el Mediterráneo con-siderado en bloque, fue objeto de toda una seriede dramas técnicos. Es entonces cuando la arti-llería se instala en el estrecho puente de los bar-cos; y, por cierto, ¡ con qué lentitud! Es entoncescuando sus secretos son transmitidos hacia losaltos países del Nilo o el interior del. Oriente Me-dio, con duras consecuencias siempre. Se produ-ce, entonces, un nuevo drama más silencioso, unalenta y curiosa disminución de los tonelajes ma-rítimos. Los cascos se vuelven cada vez más lige-ros. Venecia y Ragusa son las patrias de los grue-sos cargos: sus veleros de carga desplazan hastamil toneladas e incluso más. Son los grandescuerpos flotantes del mar. Pero semejante lujopronto excede los medios de los que Veneciapuede disponer. Contra los gigantes del mar prue-ban por doquier fortuna los pequeños velerosgriegos, provenzales, marselleses o nórdicos. EnMarsella, es la época en que triunfan las tarta-nas, las saetas y las naves minúsculas. Esquifesque cabrían en el hueco de la mano; rara vez re- http://www.scribd.com/Insurgencia
  31. 31. 34 Fernand Braudelbasan las cien toneladas. Pera a la hora de laverdad estos barcos de bolsillo dan pruebas desus posibilidades. El mínimo soplo de viento lesempuja; entran en todos los puertos; cargan enunos cuantos días, en unas cuantas horas, mien-tras que los barcos de Ragusa tardan semanas ymeses en engullir sus cargas. Uno de estos grandes cargos ragusianos puedeapresar a uno de los buques ligeros marselleses,apoderarse de su carga y, tras tirar al agua a latripulación, hacer desaparecer en un minuto albarco rival: el hecho constituiría un suceso queilustra, por un instante, la lucha de los grandescontra los pequeños esquifes del mar. Pero incu-rriríamos en falta si pensáramos que el conflictose circunscribe al mar interior. Grandes y pe-queños pugnan y se devoran sobre los siete ma-res del mundo. En el Atlántico, su lucha es la másimportante del siglo. ¿ Invadirán los ibéricos In-glaterra? Problema planteado antes, con y despuésde la Armada Invencible. En cuanto a los nór-dicos ¿ le meterán el diente a la Península —y es-tamos ante la expedición de Cádiz— o se conten-tarán con atacar al Imperio de los ibéricos —yhenos ante Drake, Cavendish y muchos otros?Los ingleses poseen la Mancha; los ibéricos, Gi-braltar. ¿Cuál de estas dos supremacías es másventajosa? Pero sobre todo ¿quién será el ven-cedor: las pesadas carracas portuguesas y losgrandes galeones españoles o los finos veleros delNorte (1.000 toneladas de un lado contra 200, 100y hasta a veces 50 del otro)? Contienda a menudodesigual, ilustrada por uno de esos grabados deépoca que muestran a uno de los gigantes ibéri-cos cercado por una nube de cascos liliputienses.Los pequeños hostigan a los grandes, los acribi-llan. Cuando logran apoderarse de ellos, cogenel oro, las piedras preciosas y algunos paquetesde especias para después prender fuego al enorme http://www.scribd.com/Insurgencia
  32. 32. Las responsabilidades de la historia 35e inútil casco. ¿Pero se encuentra la razón ocultade la historia únicamente en este resumenexcesivamente claro? Si la resistencia ibérica con-tinúa, se debe a que, a pesar de todo, los convo-yes de galeones consiguen pasar prácticamenteindemnes, llevados de la mano de Dios —dicenlos genoveses— camino de las Antillas, de las quevuelven henchidos de plata; las minas del NuevoMundo permanecen al servicio de los dueñosibéricos. La historia de las embarcaciones no cons-tituye una historia en sí. Hay que volver a situarlaentre las otras historias que la rodean y lasostienen. De esta forma, la verdad, sin negarsede plano, nos elude una vez más. Todo problema, cercano a la temática central,no cesa —insisto en ello— de complicarse, de ex-tenderse en superficie y en espesor, de abrir sintérmino nuevos horizontes de trabajo. Tendréocasión de decirlo a propósito de la vocación im-perial del siglo xvi de la que voy -a tratar estecurso y que no se puede —como es de sospe-char— adjudicar tan sólo al siglo xvi. Ningúnproblema se ha dejado nunca encerrar en un sólomarco. Si abandonamos el terreno de lo económico yde la técnica, si nos aventuramos por el de lascivilizaciones, si pensamos en esas insidiosas ycasi imperceptibles fisuras que, en el curso deun siglo o dos, se convierten en profundas grie-tas más allá de las cuales todo cambia en la viday en la moral de los hombres, si pensamos enesas prestigiosas revoluciones interiores, enton-ces el horizonte, lento en abrirse paso, se amplíay se complica con más intensidad aún. Un jovenhistoriador italiano, después de pacientes pros-pecciones, lanza la hipótesis de que la idea y larepresentación de la muerte cambian totalmentehacia la mitad del siglo xvi. Se abre entonces unprofundo foso: una muerte celeste, vuelta hacia http://www.scribd.com/Insurgencia
  33. 33. 36 Fernand Braudelel más allá —y apacible—, puerta- ampliamenteabierta por la que todo hombre (con alma ycuerpo casi por entero) pasa sin crisparse en ex-ceso, esta muerte serena es sustituida por unamuerte humana, colocada ya bajo el primer sig-no de la razón. Resumo con torpeza un debateapasionante. Pero el hecho de que esta nuevamuerte, morosa en mostrar su verdadero rostro,nazca o parezca nacer con mucha antelación enlos países romanos, orienta la encuesta y nos poneen contacto con esta historia silenciosa, peroimperiosa, de las civilizaciones. Navegaremos en-tonces más allá del habitual decorado de la Re-forma, no sin vacilaciones y mediantecautelosas, y pacientes investigaciones. Habráque leer los; devocionarios y los testamentos,coleccionar los; documentos iconográficos, oconsultar en las ciudades, celosas guardianas desus cartularios, como Venecia, los papeles de losInquisitori contra Bestemmie, esos «archivosnegros» del control de las costumbres deinapreciable valor.Pero no basta, como es sabido, con refugiarse enesta interminable y necesaria prospección demateriales nuevos. Es imprescindible someter es-tos materiales a métodos. Estos, sin duda, varían—algunos al menos— de un día para otro. Den-tro de diez o veinte años, nuestros métodos eneconomía y en estadística habrán perdido su va-lor, al mismo tiempo que nuestros resultados, queserán impugnados y rechazados: sírvanos deejemplo la suerte que hoy corren estudios relati-vamente recientes. Es necesario que estas infor-maciones y estos materiales sean vueltos a pensara la medida del hombre y por debajo de lasprecisiones que puedan aportar; se trata, en lamedida de lo posible, de reencontrar la vida: demostrar cómo están unidas estas fuerzas, si secodean o chocan brutalmente, cómo con frecuen- http://www.scribd.com/Insurgencia
  34. 34. Las responsabilidades de la historia 37cía mezclan sus aguas furiosas. Hay que recogerlotodo para reinstalarlo en el marco general de lahistoria, para que, a pesar de las dificultades, delas antinomias y de las contradicciones funda-mentales, la unidad de la historia, que es uni-dad de la vida, sea respetada.Labor demasiado pesada, se me replicará.Siempre se piensa en las dificultades de nuestrooficio; sin pretender negarlas, ¿puedo permitir-me, una vez más y sin que sirva de precedente,poner el acento sobre las insustituibles comodi-dades que ofrece? Un primer examen nos permi-te, en efecto, desentrañar lo esencial de una situa-ción en lo que a su «devenir» se refiere. Entrelas fuerzas en pugna, somos capaces de distin-guir aquellas que triunfarán; discernimos de an-temano los acontecimientos importantes, «los quetendrán consecuencias», aquellos a quienes per-tenecerá en definitiva el futuro. ¡ Inmenso privi-legio! ¿Quién se considera capaz de diferenciaren la compleja trama de la vida actual lo dura-dero de lo efímero? Ahora bien, esta distinciónse sitúa en el corazón mismo de la investigaciónde las ciencias sociales, en el corazón mismo delconocimiento, de los destinos del hombre, en lazona de sus problemas capitales. Como historia-dores, nos encontramos, sin esfuerzo, dentro deeste debate. ¿Quién puede negar, por ejemplo,que la inmensa cuestión de la continuidad y dela discontinuidad del destino social, que los so-ciólogos discuten, constituye, en primer lugar, unproblema de historia? Si grandes cortes troceanlos destinos de la humanidad, si, tras su desga-rro, todo encuentra fundamento en nuevos térmi-nos y ninguna de nuestras antiguas herramientasde trabajo o de nuestros pensamientos sirve yapara nada, entonces la realidad de estos cortespertenece a la historia. ¿Existe o no una excep-cional y efímera coincidencia entre todos los di- http://www.scribd.com/Insurgencia
  35. 35. 38 Fernand Braudelversos tiempos de la vida de los hombres? Enor-me pregunta, que nos pertenece. Toda progresiónlenta se termina un buen día; el tiempo de lasverdaderas revoluciones es también el tiempo enque florecen las rosas.4Señoras y señores: La historia ha sido arrastrada a estas orillasquizá peligrosas por la propia vida. Ya lo hedicho: la vida es nuestra escuela. Pero sus leccio-nes no sólo las ha escuchado la historia; y, trascomprenderlas, no sólo la historia ha sacado susconsecuencias. En realidad, la historia se ha be-neficiado, ante todo, del empuje victorioso de lasjóvenes ciencias humanas, más sensibles aun queella a las coyunturas del presente. Hemos asis-tido, desde hace unos cincuenta años, al naci-miento, renacimiento o florecimiento de una se-rie de ciencias humanas, imperialistas; y, a cadavez, su desarrollo ha significado para nosotros,los historiadores, tropiezos, complicaciones y,más tarde, inapreciables enriquecimientos. Quizásea la historia la mayor beneficiaría de estos re-cientes progresos.¿Es necesario insistir en su deuda hacia la geo-grafía o la economía política, o también la socio-logía? Una de las obras más fecundas para lahistoria, quizá incluso la más fecunda de todas,ha sido la de Vidal de la Blache, historiador deorigen, geógrafo por vocación. Me atrevería adecir que el Tableau de la géographie de la France,aparecido en 1903, en el umbral de la granhistoria de Francia de Ernest Lavisse, constituyeuna de las obras más importantes de la escuelahistórica francesa. Bastarán también unas pala-bras para subrayar todo lo que la historia debe http://www.scribd.com/Insurgencia
  36. 36. Las responsabilidades de la historia 39a la obra capital de Francois Simiand, filósofoconvertido en economista y cuyo magisterio eneste mismo College de France fue ejercido, pordesgracia, demasiados pocos años. Lo que Si-miand descubrió sobre las crisis y los ritmos dela vida material de los hombres ha hecho posiblela magnífica obra de Ernest Labrousse, la contri-bución más renovadora para la historia de estosúltimos veinte años. Repárese también en todolo que la historia ha podido retener de la presti-giosa enseñanza de Marcel Mauss, que ha sidouna de las auténticas glorias del College de Fran-ce. Nadie nos ha enseñado a los historiadoresmejor que él el arte de estudiar las civilizacionesen sus intercambios y en sus aspectos friables, elarte de seguirlas en sus realidades rudimentarias,fuera de la zona de excelencia o de calidad en laque la historia de antaño, al servicio de todaslas estrellas del momento, se ha complacido mo-rosa y exclusivamente. Por último, me sientoobligado a recordar todo lo que la sociología deGeorges Gurvitch, sus libros y más aún sus des-lumbrantes conversaciones, me han aportado per-sonalmente en sugerencias y en nuevas orienta-ciones. No es necesario multiplicar los ejemplos paraexplicar hasta qué punto se ha enriquecido la his-toria en los últimos años gracias a las adquisi-ciones de las ciencias vecinas. De hecho, puededecirse que se ha construido de nuevo.Pero era necesario que los propios historiadores,molestos en función de su formación y —aveces— de sus admiraciones se convencieran deello. Ocurre con frecuencia que, sometida a lainfluencia de poderosas y ricas tradiciones, unageneración entera atraviese, sin participar en él,el tiempo útil de una revolución intelectual. Pero,por fortuna, existen casi siempre algunos hom- http://www.scribd.com/Insurgencia
  37. 37. 40 Fernand Braudelbres más sensibles y más capacitados que losdemás para percibir las orientaciones del pensa-miento de su época. No cabe duda que la funda-ción, en 1929, en Estrasburgo, por Lucien Febvrey Marc Bloch, de los Annales dhistoire écono-mique et sociale representó un momento decisivopara la historia francesa. Permítaseme que hablede ellos con admiración y gratitud, puesto quese trata de una obra enriquecida por más deveinte años de esfuerzos y de éxito, de la que nosoy más que un artífice de segunda hora. Nada más fácil hoy que subrayar y hacer com-prender la originalidad vigorosa del movimientoen sus orígenes. Lucien Febvre escribía en el en-cabezamiento de su joven revista: «Mientras quelos historiadores aplican a los documentos delpasado sus viejos métodos consagrados, hom-bres cada vez más numerosos dedican con entu-siasmo su actividad al estudio de las sociedadesy de las economías contemporáneas... Esto seríainmejorable, claro está, si cada cual, en la prác-tica de una especialización legítima, en el cultivolaborioso de su jardín, se esforzara, no obstante,en mantenerse al corriente de la labor del veci-no. Pero los muros son tan altos que muy amenudo impiden ver. Y, sin embargo, ¡ cuántassugestiones inapreciables respecto del método yde la interpretación de los hechos, qué enrique-cimientos culturales, qué progresos en la intui-ción surgirían entre los diferentes grupos graciasa intercambios intelectuales más frecuentes! Elporvenir de la historia... depende de estos inter-cambios, como también de la correcta intelecciónde los hechos que mañana serán historia. Con-tra estos temibles cismas pretendemos levantar-nos...» Repetiríamos hoy sin ningún reparo estas pa- labras, que aún no han convencido a todos los historiadores individualmente, pero que, no obs- tante, han marcado —lo admita o no— a toda http://www.scribd.com/Insurgencia
  38. 38. Las responsabilidades de la historia 41la joven generación. Lo admita o no, ya que losAnnales han sido acogidos, al igual que todo loque tiene fuerza, al mismo tiempo con vigorososentusiasmos y con hostilidades obstinadas, mas .han tenido y continúan teniendo a su favor lalógica de nuestro oficio, la evidencia de los he-chos y el incomparable privilegio de encontrarseen la vanguardia de la investigación, inclusocuando esta investigación resulta aventurada. No es necesario que hable aquí ante unpúblico de historiadores, de este largo y múltiplecombate. Tampoco tengo que insistir sobre laamplitud y la diversidad y la riqueza de laobra de mi ilustre predecesor: todo el mundoconoce los trabajos de Lucien Febvre sobrePhilippe II et la Franche-Comté, La terre etlévolution humaine, Le Rhin, Luther, sumagnífico libro eme sobre Rabelais et lincroyancereligieuse au XVI siécle, y el tan fino estudio,último en aparecer, sobre Marguerite deNavarre. Insistiré, por el contrario, sobre losinnumerables artículos y las innumerables cartasque constituyen —lo digo sin vacilar— su másamplia contribución intelectual y humana alpensamiento y a las controversias de su época.En ellos abordó con libertad todos los temas,todas las tesis, todos los puntos de vista, conesta alegría de descubrir y de hacer descubrir ala que nadie que haya estado verdaderamente encontacto con él ha podido permanecerinsensible. No creo que nadie sea capaz deestablecer la cuenta exacta de todas las ideas queFebvre ha prodigado y difundido de estaforma; y no siempre le hemos alcanzado en suságiles viajes.Sólo él hubiera sido capaz, sin duda, de fijarnuestro camino en medio de los conflictos y delos acuerdos de la historia con las ciencias so-ciales vecinas. Nadie mejor que él ha estado en http://www.scribd.com/Insurgencia
  39. 39. 42 Fernand Braudeldisposición de devolvernos la confianza en nues-tro oficio, en su eficacia. «Vivir la historia»: éstees el título de uno de sus artículos, un hermosotítulo y al mismo tiempo todo un programa. Lahistoria nunca supuso para él un juego de eru-dición estéril, una especie de arte por el arte, deerudición que se bastaría a sí misma. Siemprela consideró como una explicación del hombrey de lo social a partir de esa coordenada inapre-ciable, sutil y compleja —el tiempo— que sólolos historiadores sabemos manejar y sin la cualni las sociedades ni los individuos del pasado odel presente pueden recuperar el ritmo y el ca-lor de la vida. Ha sido, sin duda, providencial para la historiafrancesa que Lucien Febvre, al mismo tiempoque demostraba una rara sensibilidad para losconjuntos, para la historia total del hombre, con-siderada bajo todos sus aspectos, al mismo tiem-po que comprendía con lucidez las nuevas posi-bilidades de la historia, permaneciera sensible,con la cultura refinada de un humanista, y fueracapaz de expresarlo con vigor, todo lo que hay departicular y de único en cada aventura indivi-dual del espíritu. Todos somos conscientes del peligro que entra-ña una historia social: olvidar, en beneficio dela contemplación de los movimientos profundosde la vida de los hombres, a cada hombre bre-gando con su propia vida, con su propio destino;olvidar, negar quizá, lo que en cada individuohay de irreemplazable. Porque impugnar el papelconsiderable que se ha querido atribuir a algu-nos hombres abusivos en la génesis de la historiano equivale ciertamente a negar la grandeza delindividuo considerado como tal, ni el interés queen un hombre pueda despertar el destino de otrohombre.Como decía hace un momento, los hombres, in- http://www.scribd.com/Insurgencia
  40. 40. Las responsabilidades de la historia 43cluso los más grandes, no nos aparecen ya tanlibres e indeterminados como a nuestros prede-cesores en el oficio histórico; mas no por ellodisminuye el interés que su vida despierta: másbien al contrario. Y la dificultad no radica enconciliar, en el plano de los principios, la nece-sidad de la historia individual y de la historiasocial; la dificultad reside en ser capaz de tenersensibilidad para ambas al mismo tiempo y enconseguir apasionarse por una de ellas sin porello olvidar a la otra. Es un hecho que la histo-riografía francesa, introducida por Lucien Febvrepor el camino de los destinos colectivos, no seha desinteresado jamás, ni por un momento, delas cumbres del espíritu. El propio Lucien Febvreha vivido con pasión y obstinación junto a Lu-tero, Rabelais, Michelet, Proudhon y Stendhal;una de sus originalidades consiste precisamenteen no haber renunciado jamás a la compañía deestos auténticos príncipes. Pienso, en particular,en el más brillante de sus libros, en Luther, enel que sospecho que por un instante aspiró aofrecer el espectáculo de un hombre verdadera-mente libre, dueño de su propio destino y deldestino de la historia. Por este motivo siguió suspasos tan sólo durante los primeros años de suvida rebelde y creadora, hasta el día en que secierran sobre él, de manera implacable, el des-tino de Alemania y el de su siglo.No creo que esta ardiente pasión por el espírituhaya dado lugar en Lucien Febvre a una con-tradicción. A sus ojos, la historia continúa siendouna empresa prodigiosamente abierta. Resistiósiempre al deseo, no obstante natural, de atarel haz de sus nuevas riquezas. ¿Acaso construirno supone siempre restringir? Por esta razón, sino me equivoco, todos los grandes historiadoresde nuestra generación, los más grandes y porconsiguiente los más poderosamente individuali- http://www.scribd.com/Insurgencia
  41. 41. 44 Fernand Braudelzados, se han sentido a sus anchas a la luz y enel impulso de su pensamiento. No es necesarioque insista sobre las oposiciones que existen en-tre las obras capitales, cada una a su manera, deMarc Bloch, de Georges Lefebvre, de Marcel Ba-taillon, de Ernest Labrousse, de André Piganiol,de Augustin Renaudet. Y, no obstante, todas ellasse concilian sin esfuerzo con esa historia vislum-brada, y más tarde conscientemente propuesta,hace más de veinte años. Quizá sea ese haz de posibilidades el que con-fiere su fuerza a la escuela histórica francesa dehoy. ¿Escuela francesa? Un francés apenas seatreve a pronunciar esta palabra; y, si la pronun-cia, se percata en el acto de tantas divergenciasinternas que vacila en repetirla. Y, sin embargo,vista desde el extranjero, nuestra situación noparece tan compleja. Un joven profesor inglésescribía hace poco: «En el caso de que una nuevainspiración deba penetrar en nuestro trabajo his-tórico, lo más probable es que nos venga de Fran-cia: parece como si Francia estuviera llamada adesempeñar en este siglo el papel que Alemaniadesempeñó en el precedente...» No es necesarioinsistir en que juicios de este tipo sólo puedenaportarnos aliento y orgullo. Nos confieren tam-bién la sensación de una excepcional responsa-bilidad, la inquietud de no mostrarnos dignos dela confianza que se nos concede.Señor administrador, queridos colegas, sabenustedes muy bien que este desasosiego que pare-ce sobrecogerme en los últimos instantes de miconferencia me acompañaba ya incluso desde an-tes de haber pronunciado la primera palabra.¿A quién no le causaría, en efecto, ansiedad elentrar a formar parte del College de France? Me-nos mal que la tradición es una buena consejera;ofrece, por lo menos, tres refugios. Leer la con- http://www.scribd.com/Insurgencia
  42. 42. Las responsabilidades de la historia 45ferencia; y es la primera vez en mi vida, loconfieso, que me resigno a ello. ¡ Buena pruebade mi confusión! Eludir el compromiso tras lapresentación de un programa, al amparo de susideas más apreciadas: ciertamente, pero la pan-talla no todo lo tapa. Por último, hacer alusióna las amistades y a las simpatías, a fin de sen-tirse menos solo. Esas simpatías y esas amistadesestán todas ellas presentes en mi recuerdo agra-decido: simpatías activas de mis colegas de laÉcole Pratique des Hautes Études, a donde fuillamado hace ya casi diez años; simpatías activasde mis colegas historiadores, mayores que yo ycontemporáneos míos, sobre todo en la Sorbona,en donde he tenido tanto placer en conocer, bajosu amparo, la juventud de nuestros estudiantes.Por último, otras, muy queridas, velan aquípor mí. He sido conducido a esta casa por la excesivabenevolencia de Augustin Renaudet y de MarcelBataillon. Sin duda porque, a pesar de mis de-fectos, pertenezco a la estrecha patria del si-glo xvi y he querido mucho y sigo queriendo ala Italia de Augustin Renaudet y a la España deMarcel Bataillon. No han reparado en el hechode que fuera, con relación a ellos, un visitantedel atardecer: la España de Felipe II no es yala de Erasmo, la Italia de Tiziano o del Cara-vaggio no se ilumina ya con las antorchas dela Florencia de Lorenzo el Magnífico y de Mi-guel Ángel. ¡ El crepúsculo del siglo xvi! LucienFebvre acostumbraba a hablar de los tristes hom-bres de después de 1560. Hombre tristes, sin duda,aquellos hombres, expuestos a todos los golpes,a todas las sorpresas, a todas las traiciones delos otros hombres y de la suerte, a todas las amar-guras, a todas las rebeldías inútiles. A su alre-dedor, y en ellos mismos, tantas guerras inexpia- http://www.scribd.com/Insurgencia
  43. 43. 46 Fernand Braudelbles... Pero, por desgracia, esos hombres tristesse parecen a nosotros como hermanos. Gracias a ustedes, queridos colegas, ha sidopreservada la cátedra de historia de la civiliza-ción moderna y me incumbe el honor de asegu-rar su continuidad. Amistades, simpatías, buenavoluntad, interés por una labor que se siente enel fondo de uno mismo no pueden impedir quese tema, con toda conciencia y sin falsa humildad,el suceder a un hombre sobre quien reposa toda-vía hoy la inmensa tarea que he definido, al mar-gen de sus libros, en los derroteros mismos desu pensamiento incansable: a nuestro gran y que-rido Lucien Febvre, gracias a quien, duranteaños, se hizo oír de nuevo, para mayor gloria deesta casa, la voz de Jules Michelet, a la que sehubiera podido creer callada para siempre. http://www.scribd.com/Insurgencia
  44. 44. 2 A favor de una economía histórica∗¿Los resultados conseguidos por las investiga-ciones de historia económica son ya lo suficien-temente densos como para que sea lícito, en teo-ría al menos, rebasarlos y desentrañar, más alláde los casos particulares, reglas tendenciales? Di-cho en otros términos: ¿puede el esbozo de unaeconomía histórica, atenta a los amplios conjun-tos, a lo general, a lo permanente, ser de utilidada las investigaciones económicas, a las solucionesde amplios problemas actuales o, lo que es más, ala formulación de estos problemas? Los físicos setropiezan de cuando en cuando con dificultadescuya solución sólo la pueden encontrar losmatemáticos en virtud de sus reglas particulares.¿Nos encontraríamos nosotros, los historiadores,en análoga posición respecto de nuestros colegaseconomistas? La comparación es sin duda dema-siado ventajosa. Supongo que si se aspira a ob-∗ Fernand Braudel: «Pour une économie histonque», La RevueÉconomique, 1950, I, mayo, págs. 37-44 47 http://www.scribd.com/Insurgencia
  45. 45. 48 Fernand Braudeltener una imagen más modesta, y quizá másexacta, habría que compararnos a esos viajerosque van tomando nota de los accidentes del ca-mino y de los colores del paisaje y a los que laadvertencia de semejanzas y de similitudes move-ría a recurrir, para salir de dudas, a amigos geó-grafos. Tenemos la sensación, en efecto, en elcurso de nuestros viajes a través del tiempo delos hombres, de haber adivinado realidades eco-nómicas, las unas estables, las otras fluctuantes,dotadas o no de ritmo. ¿Se trata de ilusiones, decomprobaciones inútiles o, por el contrario, detrabajo ya válido? No podemos juzgarlo nosotrossolos.Tengo, pues, la impresión de que puede y debeentablarse un diálogo entre las diferentes cien-cias humanas: sociología, historia, economía.Como consecuencia de ese diálogo, cada una deestas ciencias humanas podría experimentar con-mociones. Estoy, de antemano, dispuesto a aco-ger a estas conmociones en lo que a la historiase refiere; y, por consiguiente, no trato o no soycapaz de definir un método en estas pocas líneasque he aceptado escribir, no sin aprensión, parala Revue Économique. Pretendo, todo lo más, po-ner de relieve algunas cuestiones sobre las quedesearía que los economistas volvieran a reflexio-nar, a fin de que, a su regreso a la historia, lasencontráramos transformadas, aclaradas, amplia-das, o, quizá, a la inversa, devueltas a la nada(pero incluso en este caso se trataría de un pro-greso, de un paso adelante). No es necesario in-sistir en que no pretendo plantear todos los pro-blemas, y ni siquiera los problemas esencialesque sacarían provecho de un examen confronta-do de ambos métodos, el histórico y el económi-co. Se podrían enunciar miles de ellos. Pero melimitaré, en este caso, a algunos que me preocu-pan personalmente y sobre los que he tenido oca- http://www.scribd.com/Insurgencia
  46. 46. A favor de una economía histórica 49sión de reflexionar en la práctica del oficio dehistoriador. Quizá se aproximen a las preocupa-ciones de algunos economistas, aunque nuestrospuntos de vista me siguen pareciendo muy aleja-dos unos de otros.1 Se piensa siempre en las dificultades del oficiode historiador. Sin pretender negarlas, permíta-seme insistir, por una vez, en sus insustituiblesventajas. Podemos, en efecto, en un primer exa-men, desentrañar lo esencial de una situaciónhistórica en lo que a su porvenir se refiere. Dis-cernimos entre las diferentes líneas de fuerzacuáles serán las triunfadoras. Distinguimos de an-temano los acontecimientos importantes, los quehan de tener consecuencias, aquellos a los que,en definitiva, pertenece el futuro. ¡ Inmenso pri-vilegio! ¿Quién, en efecto, sería capaz, en la com-pleja urdimbre de hechos de la vida actual, dedistinguir con tantos visos de seguridad lo dura-dero de lo efímero? A los ojos de los contempo-ráneos los hechos se presentan, por desgraciacon excesiva frecuencia, en un mismo plano deimportancia; y los muy grandes acontecimientosconstructores del futuro hacen tan poco ruido—llegan sobre patas de tórtola, decía Nietz-sche— que es difícil adivinar su presencia. Deahí el esfuerzo de un Colin Clark añadiendo a losdatos actuales de la economía proféticas prolon-gaciones hacia el porvenir, en la pretensión dedistinguir de antemano las corrientes esencialesde acontecimientos que fabrican y arrastran anuestra vida.Lo que primero percibe el historiador es, pues, latropa de acontecimientos vencedores en la ri-validad de la vida; pero estos acontecimientos sevuelven a colocar y se ordenan en el marco de http://www.scribd.com/Insurgencia
  47. 47. 50 Fernand Braudelmúltiples posibilidades contradictorias, entre lasque la vida ha realizado finalmente una selección:por una posibilidad que se ha realizado decenas,centenas y millares de ellas, demasiado humildeso demasiado secretas para imponerse de golpe ala historia, se han esfumado. Conviene, no obs-tante, tratar de reintroducirlas, porque estos mo-vimientos derrotados representan las fuerzas múl-tiples, materiales e inmateriales, que en cadainstante han frenado los grandes impulsos de laevolución, retrasado su florecimiento y puesto aveces un término prematuro a su carrera. Es in-dispensable conocerlos. Diremos, pues, que es necesario que los histo-riadores vayan contra corriente, reaccionen con-tra las facilidades del oficio y no se limiten aestudiar el progreso, el movimiento vencedor,sino también su opuesto, esa proliferación de ex-periencias contrarias cuya derrota exigió muchosesfuerzos —cabe decir, en una sola palabra, lainercia, en el caso de que no se confiera a estetérmino ningún valor peyorativo. En cierta ma-nera, Lucien Febvre estudia en su Rabelais unproblema de este tipo cuando se pregunta si laincredulidad que tan gran porvenir tenía reser-vado —para precisar el ejemplo, yo diría inclusola incredulidad reflexiva, de raigambre intelec-tual— era una especulación posible en la primeramitad del siglo xvi, si el utillaje mental del siglo(entiéndase su inercia frente a la incredulidad)autorizaba su nacimiento y su clara formulación.Volvemos a encontrar —y, por lo general, másclaramente planteados, si no más fáciles de re-solver— estos problemas de inercia, de frenazos,en el terreno económico. ¿No se ha descrito aca-so bajo los nombres de capitalismo, de economíainternacional, de Welwirtschaft (con todo lo queel término arrastra consigo de turbio y de rique- http://www.scribd.com/Insurgencia
  48. 48. A favor de una economía histórica 51za en el pensamiento alemán) evoluciones depunta, superlativos y, a menudo, excepciones? Ensu magnífica historia de los cereales en la Greciaclásica, Alfred Jardé, después de haber soñadocon las formas «modernas» del comercio de losgranos, con los negociantes de Alejandría, due-ños de jugosos tráficos, imagina a un pastor delPeloponeso o de Epira que vive de su tierra, desus olivos, y que los días de fiesta mata a uncochinillo de su propio rebaño: ejemplo de milesy miles de economías cerradas o semicerradas,al margen de la economía internacional de sutiempo, y que, a su manera, determinan la expan-sión y los ritmos. ¿Inercias? También hay aque-llas que en cada edad imponen sus medios, supoder, sus velocidades, mejor dicho, sus lentitu-des relativas. Todo estudio del pasado debe ne-cesariamente comportar una minuciosa medidade lo que, en una determinada época, afecta exac-tamente a su vida: obstáculos geográficos, obs-táculos técnicos, obstáculos sociales administra-tivos. Para precisar mi pensamiento, ¿me serálícito decir, confidencialmente, que si yo empren-diera el estudio —que me tienta— de la Franciade las Guerras de Religión, partiría de una im-presión que puede parecer en una primera apro-ximación arbitraria, pero que estoy seguro queno lo es? Los pocos recorridos que he podidohacer a través de esa Francia me han hecho ima-ginarla como a la China de entre las dos guerrasmundiales: un inmenso país en el que los hom-bres se pierden, tanto más cuanto que la Franciadel siglo XVI no tiene la superabundancia demo-gráfica del mundo chino; en cualquier caso, laimagen de un gran espacio dislocado por la gue-rra nacional y extranjera es válida. En amboscasos existen ciudades sitiadas y atemorizadas,matanzas, disolución de ejércitos flotantes entreprovincias, dislocaciones regionales, reconstruc- http://www.scribd.com/Insurgencia
  49. 49. 52 Fernand Braudelciones, milagros, sorpresas. Repárese que no digoque fuera posible mantener durante mucho tiem-po la comparación, hasta el final del estudio, sinoque es de ella de donde habría que partir: deun estudio de ese clima de vida, de esa inmen-sidad, de los frenazos innumerables que suponen,para comprender todo el resto, incluidas la eco-nomía y la política. Estos ejemplos no plantean el problema. Lopresentan, no obstante, en sus aspectos funda-mentales. Todas las existencias, todas las expe-riencias, son prisioneras de una envoltura dema-siado gruesa para ser rota de un solo golpe;límite de poder de un utillaje que sólo permiteciertos movimientos, por no decir ciertas reaccio-nes o innovaciones metodológicas. Grueso lími-te, desesperante y razonable a la vez, bueno omalo, que impide tanto lo mejor como lo peor,hablando en moralista. Actúa casi siempre con-tra el progreso social más indispensable; perotambién puede ocurrir que frene la guerra —pien-so en el siglo xvi con sus luchas ahogadas, entre-cortadas de pausas— o que impida el paro, comoocurrió en el mismo siglo xvi, en el que las acti-vidades de producción están desmenuzadas enorganismos minúsculos y numerosos, de unaasombrosa resistencia a las crisis.Este estudio de los límites, de las inercias —in-vestigación indispensable, o que debería serlo,para el historiador obligado a tener en cuentarealidades de antaño a las que conviene devolversu verdadera medida—, ¿acaso no pertenece tam-bién a la jurisdicción del economista en sus ta-reas más actuales? La civilización económica dehoy tiene sus límites, sus momentos de inercia.Sin duda a un economista le resulta difícil ex-traer estos problemas de su contexto históricoo social. Pero a él le incumbe, no obstante, de-cirnos cómo formularlos de la mejor manera, o http://www.scribd.com/Insurgencia
  50. 50. A favor de una economía histórica 53si no demostrarnos por qué se trata de falsosproblemas, sin interés. Un economista al que yointerrogaba recientemente, me respondía que parael estudio de estos frenazos, de estas viscosida-des, de estas resistencias, contaba sobre todo conlos historiadores. No es seguro. Me atrevería aafirmar que existen ahí, por el contrario, elemen-tos económicos, a menudo discernibles y men-surables, aunque sólo sea en la duración.2 El historiador tradicional presta atención altiempo breve de la historia: el de las biografíasy de los acontecimientos. Ese tiempo no es, enabsoluto, el que interesa a los historiadores eco-nomistas o sociales. Las sociedades, las civiliza-ciones, las economías y las instituciones políticasviven a un ritmo menos precipitado. No llamarála atención de los economistas que nos han su-ministrado nuestros métodos en este terreno elque a nuestra vez hablemos de ciclos, de inter-ciclos, de movimientos periódicos, cuya fase vade cinco a diez, veinte, treinta y hasta cincuen-ta años. Pero aún en este caso se trata, desdenuestro punto de vista, de una historia de ondascortas.Por debajo de estas ondas, en el campo de losfenómenos de tendencia (la tendencia secular delos economistas) se instala, con imperceptiblesinclinaciones, una historia de muy largos perío-dos, una historia lenta en deformarse y, por con-siguiente, en ponerse de manifiesto a la observa-ción. Es a ella a la que designamos en nuestroimperfecto lenguaje bajo el nombre de historiaestructural (structurale), oponiéndose ésta me-nos a una historia episódica (évenementielle)que a una historia coyuntural (conjoncturale) deondas relativamente cortas. Se puede imaginar http://www.scribd.com/Insurgencia
  51. 51. 54 Fernand Braudellas discusiones y los requerimientos que podríanprovocar estas pocas líneas. . Pero supongamos que estas discusiones hansido superadas y que esa historia en profundidadha sido, si no definida, por lo menos suficiente-mente aprehendida. Es también una historia eco-nómica (la demografía con sus telemandamientosa través del tiempo constituiría una buena —in-cluso una excesivamente buena— prueba de ello).Pero las amplias oscilaciones estructurales de laeconomía sólo se pueden registrar válidamenteen el caso de que se disponga de una muy largaserie retrospectiva de documentación, de prefe-rencia estadística. Bien es sabido que no sueleser éste el caso, sino que trabajamos y especu-lamos por lo general sobre series relativamentebreves y particulares, como las series de preciosy salarios. ¿No convendría, sin embargo, exami-nar sistemáticamente el pasado, bien o poco co-nocido, en amplias unidades de tiempo, no yapor años o decenios, sino por siglos enteros?En el supuesto de que existieran entidades, zonaseconómicas de límites relativamente fijos, ¿nosería más eficaz aplicar un método geográfico deobservación? Parece preferible describir, más quelas etapas sociales del capitalismo, por ejemplo,para parafrasear el bello título de una luminosacomunicación de Henri Pirenne, las etapasgeográficas del capitalismo, o, más ampliamenteaún, promover sistemáticamente en nuestrosestudios de historia investigaciones de geografíaeconómica; en una palabra, ver cómo se registranen espacios económicos dados las ondas y lasperipecias de la historia. He tratado, sinlograrlo por mis únicos medios, de mostrar loque podía ser, a fines del siglo xvi, la vida delMediterráneo. Uno de nuestros buenos investiga-dores, M. A. Rémond, está a punto de concluirestudios sobre la Francia del siglo xviii y de http://www.scribd.com/Insurgencia
  52. 52. A favor de una economía histórica 55mostrar cómo la economía francesa se desprendeentonces del Mediterráneo, a pesar del incrementode los tráficos, para volverse hacia el Océano: estemovimiento de torsión supuso importantestransformaciones en lo relativo a rutas, merca-dos y ciudades. Creo también que todavía a prin-cipios del siglo xix Francia estaba compuestapor una serie de Francias provinciales con suscírculos de vida bien organizados y que, vincu-ladas conjuntamente por la política y los inter-cambios, se comportaban una con relación a laotra como naciones económicas, con pagos comodescriben los manuales y, por tanto, con despla-zamientos de numerario para reequilibrar la ba-lanza de cuentas. Esta geografía, con las modifi-caciones aportadas por un siglo fértil en inno-vaciones, puede constituir en el caso francés unplan válido de investigación y una manera dealcanzar, en espera de mejor, esas capas de his-toria lenta cuya vista nos es encubierta por susespectaculares modificaciones y crisis. Por otra parte, las perspectivas largas de la his-toria sugieren, de manera quizá falaz, que la vidaeconómica obedece a grandes ritmos. Las glo-riosas ciudades de la Italia medieval, cuya deca-dencia no señalará brutalmente el siglo xvi, esta-blecieron en un principio muy a menudo sufortuna sobre la base de los beneficios de lostransportes terrestres o marítimos. Esto ocurriótanto con Asti como con Venecia y Genova. Vinodespués la actividad comercial, y más tarde laindustrial. Finalmente, tardía culminación, la ac-tividad bancada. A la inversa, la decadencia afec-tó sucesivamente, a muy largos intervalos a veces—y no sin retrocesos—, a los transportes, al co-mercio, a la industria, dejando subsistir por mu-cho tiempo aún las funciones bancarias. En elsiglo xviii, Venecia y Genova continúan siendolugares de colocación de dinero. http://www.scribd.com/Insurgencia
  53. 53. 56 Fernand Braudel No afirmo que este esquema, simplificado enexceso, sea perfectamente exacto; pero en estemomento trato de sugerir más que de demostrar.Para complicarlo y aproximarlo a lo real, habríaque mostrar que cada nueva actividad correspon-de al derribo de una barrera, a un obstáculo ven-cido. Habría que indicar, asimismo, que estosascensos y descensos no son líneas demasiadosimples, que están enturbiadas —como debe ser—por mil interferencias parasitarias. Habría quemostrar, también, que estas fases sucesivas, des-de los transportes a la banca, no surgen por rup-tura brusca. En el punto de partida, como unasimiente que contiene una planta virtual, cadaeconomía urbana implica en diversos estadios to-das las actividades, algunas todavía en estadoembrionario. Finalmente, existiría un riesgo evi-dente en pretender deducir una ley de un ejemploy en suponer que se llega a conclusiones a pro-pósito de estos Estados en miniatura que fueronlas ciudades italianas en la Edad Media (¿unamicroeconomía?), en servirse de este ejemplopara explicar, a priori, las experiencias de hoy.El salto resulta demasiado peligroso para darlosin preocupaciones. No obstante, ¿no podrían los economistas, unavez más, ayudarnos? ¿Tenemos o no razón en veren los transportes y en lo que suponen (precios,rutas, técnicas) una especie de motor decisivoa la larga; y existe o no, para utilizar un términoastronómico, una precesión de ciertos movimien-tos económicos sobre otros, no en la única yexigua duración de los ciclos e interciclos, sinoen muy largos períodos? http://www.scribd.com/Insurgencia

×