Desarme y acuerdos internacionales

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Desarme y acuerdos internacionales

  1. 1. ARMAMENTO, DESARME Y SEGURIDAD INTERNACIONAL DESPUÉS DEL FIN DE LA GUERRA FRÍA. ACERCAMIENTO A LA ECONOMÍA POLÍTICA DE LA GLOBALIZACIÓN GERHARD STEINGRESS Profesor Titular de Sociología Universidad de Sevilla “The de facto role of the US armed forces will be to keep the world safe for our economy and open to our cultural assault. To those ends, we will do a fair amount of killings.” (Major Ralph Peters, Constant Conflict, Parameters, Summer 1997, pp. 4-14) “The billions it costs to keep 100,000 American troops in South Korea and Japan, for example, makes Asia more stable -and thus better markets for U.S. goods. The military’s success in holding Irak in check ensures a continued flow of oil from the Persian Golf. (Karen Talbot, Backing up Globalization with Military Might, Covert Action Quarterly, Fall 1999) LA SITUACIÓN TRAS EL FIN DE LA GUERRA FRÍA El diseño de una política exterior acorde con la situación geoestratégica creada por la acelerada desaparición de la Unión Soviética y, con ella, del Pacto de Varsovia ha desencadenado una dinámica política y militar que incluye una serie de graves riesgos para la humanidad. Esto, porque como manifestación del poder y de la situación hegemónica obedece a los objetivos e intereses básicos de Estados Unidos al mismo tiempo que desata tendencias contrarias que oscilan entre futuros conflictos geoestratégicos en torno a un nuevo reparto del mundo y un nuevo tipo de terrorismo global. No obstante, las intenciones de Estados Unidos en esta constelación responden a unos objetivos formulados hace tiempo en dos variantes geoestratégicas distintas por los gobiernos demócrata de Clinton y republicano de los Bush senior y junior. Partiendo de los privilegios de una superpotencia, ambas variantes coincidieron en construir un marco referencial ideológico en función de las aspiraciones hegemónicas de Estados Unidos. El mecanismo básico está al alcance de todos y 47
  2. 2. consiste en la simple fórmula de justificar los propios intereses, objetivos, acciones y valores como “buenos” y los de aquellos que no están dispuestos -por cualquier motivo- a someterse a ellos, como “malos”. De esta manera -como demostraremos en lo siguiente- las emergentes guerras del imperialismo global se convierten aparentemente en una “defensa de la civilización” contra todo tipo de adversarios en el mundo, llevado a cabo mediante una gigantesca y tecnológicamente sofisticada maquinaria bélica. El afán de los constructores ideológicos de la nueva política económica imperial culminó en dos documentos claves: la “Instrucción para la Planificación de la Defense” (Defense Planning Guidance) de 1992, la “Declaración de Principios” (Declaration of Principles) del “Proyecto para el Nuevo Siglo Americano” (Project for the New American Century) de junio de 1997.1 Junto con otros productos de personajes de forzado prestigio internacional, como por ejemplo Fukuyama, Huntington, se trata de justificaciones ideológicas de la actual política exterior de Estados Unidos. 2.1.1 La “doctrina Clinton” de la “guerra humanitaria” Como resultado de su implicación no completamente deseada en la (segunda) Guerra de Yugoslavia (la de Kosovo), el entonces presidente de EE.UU., Bill Clinton, no dudó en formular su doctrina, declarando la voluntad e intención de Estados Unidos de intervenir con la fuerza en el caso de violación de los derechos humanos, siempre que no existan grandes riesgos respecto a la vida de los soldados, y sin autorización del Consejo de Seguridad de la ONU. Había nacido la nueva concepción de las “intervenciones humanitarias” como primer paso a la “guerra preventiva”. La nueva doctrina fue empleada por Estados Unidos por primera vez en la guerra contra Serbia, en 1999, con el fin de responder al creciente pesimismo surgido de la situación de inestabilidad internacional y mostrar su capacidad como fuerza global propia, independiente de los aliados de la OTAN, capaz de mantenerse como tal a nivel mundial en cualquier momento y contra cualquier adversario. Para realizar estas ambiciones, Estados Unidos tuvo que justificar sus acciones. La ocasión -o el pretexto- fue el conflicto de Yugoslavia. Para justificar el ataque contra un Estado soberano, con un gobierno legítimo, independientemente de la deseabilidad o no de su presidente, que defendía sus intereses nacionales como lo hubiera hecho cualquier otro Estado, la legalidad internacional tuvo que ser suspendida para legitimar la acción bélica con el recién formulado principio de la guerra humanitaria (humanitarian warfare). Con su ayuda, Clinton esperaba establecer el nuevo orden mundial a través de una serie de intervenciones armadas reforzando su idea de la “construcción de naciones” (nation building) a partir de 48
  3. 3. principios morales y universales, el ejemplo fue el bombardeo de Serbia como medio de oposición a la “limpieza étnica y la matanza de personas inocentes”, independientemente de interesarse por el verdadero trasfondo del conflicto. De esta manera, mediante la “doctrina Clinton” -basada en una combinación interesada de las tragedias humanas de las emergentes guerras locales con la demostración de fuerza- quedó demostrado ante el mundo que Estados Unidos sí puede imponer su fuerza sin someterse a la legalidad internacional. Surgió una política agresiva bañada en lo que Colomer llama “idealismo moral” (Colomer, 2003) y cuyo resultado sería la división del mundo en “estados democráticos” y “estados canallas” (rogue states), fórmula ideológica aplicada más tarde por George Bush jr. No obstante, como demuestran los conflictos ocurridos desde 1994 (Kuwait, Corea del Norte, Somalia), Clinton intentó aplicar su política de “construcción de naciones” en el marco de su estrategia nacional de “compromiso y extensión”2 (engagement and enlargement), sin querer involucrarse en conflictos armados con consecuencias imprevisibles (Clawson, 1997). Con lo que la doctrina invalidó sus fines, tal como excribió Charles Krauthammer: “La doctrina Clinton aspira hacia la moralidad y la universalidad. Pero la política exterior tiene que ser calculadora y particular.” (Krauthammer, 1999: 2) No obstante, la “bonita mezcla de realismo con ideología” (Waller, 1999: 2) daría lugar a la construcción de los “estados canalla” y -de esta manera- fue un paso decisivo en el desencadenamiento de un comportamiento político que se asemejó sin fisuras a otra estrategia, mucho más fundamentalista (y por esta razón más dispuesta al empleo de la violencia), diseñada en el seno del Partido Republicano desde1992. 2.1.2 “Instrucción para la Planificación de la Defensa” La “Instrucción para la Planificación de la Defensa”, formulada bajo la supervisión de Paul Wolfowitz, el entonces sub-secretario de defensa, enfocó los objetivos para la política exterior de EE.UU. en la era de la Posguerra Fría. Se trata de un documento rutinario de 46 páginas que reúne las instrucciones militares dirigidas a los responsables militares y civiles del Departamento de Defensa con el fin de proveerlos de los argumentos necesarios para sus decisiones y demandas presupuestarias. A pesar de su carácter de documento interno, fue filtrado al Washington Post y a la Casa Blanca, y debido a las fuertes controversias que desató, se ordenó al entonces Secretario de Defensa, Dick Cheney, presentar una versión revisada. Los puntos esenciales de este documento3 son resumidos en dos “objetivos” con sus correspondientes “aspectos adicionales”(Defense Planning Guidance, p. 4; mi trad.): 49
  4. 4. a) Primer objetivo: “evitar la reaparición de un nuevo rival, sea en el territorio de la anterior Unión Soviética, sea en cualquier otro lugar”. Se añaden tres “aspectos adicionales” a este objetivo: (1) Estados Unidos tiene que demostrar su liderazgo con el fin de “establecer y proteger un nuevo orden” que frene las aspiraciones de los potenciales competidores; (2) “desalentar” a las naciones industriales avanzadas “de poner en duda nuestro liderazgo o de anular el orden político y económico establecido”; (3) “mantener mecanismos para desanimar potenciales competidores sólo de aspirar a tener un más amplio papel regional o global”. b) Segundo objetivo: “orientar los elementos de un conflicto regional y de inestabilidad mediante la vía de promocionar un creciente respecto ante la ley internacional, limitar la violencia internacional y animar la difusión de formas democráticas de gobierno y de sistemas económicos abiertos”. Aunque no se trata de asumir el papel del “gendarme global”, “vamos a preservar la responsabilidad dominante dirigirnos contra aquellos equivocados que no sólo vulneran nuestros intereses, sino también los de nuestros aliados o amigos, o que podrían seriamente distorsionar las relaciones internacionales.” A continuación se definen algunos de estos “intereses”: “acceso a materias primas, sobre todo el crudo del Golfo Pérsico; la proliferación de armas de destrucción masiva y de misiles balísticos, amenazas dirigidas hacia ciudadanos estadounidenses procedentes del terrorismo o conflictos regionales o locales”, así como “amenazas contra la sociedad estadounidense relacionadas con el narcotráfico”. (Ibíd.) Consecuentemente, y teniendo en cuenta la lógica de ambos “objetivos”, se perfila la supremacía de EE. UU. “Esto es una consideración dominante respecto a la nueva estrategia defensiva regional y que requiere que nos esforcemos en mantener alejado a cualquier fuerza hostil de una región cuyas materias primas - bajo condiciones de su control consolidado- serían suficientes para generar poder global. Estas regiones incluyen Europa Occidental, Lejano Oriente, el territorio de la antigua Unión Soviética y el Suroeste Asiático.” Como se ve, se trata de apropiarse de estas regiones, consideradas posibles objetivos para el expansionismo de otras naciones o coaliciones de ellas. Para evitar posibles futuros conflictos a gran escala, el documento no deja duda ninguna y propone: “Ya que no estamos ante una amenaza global o una potencia hostil, no- democrática que domine una región opuesta a nuestros intereses, tenemos la oportunidad de enfrentarnos a las amenazas en un nivel bajo y con costos bajos - siempre que estemos preparados para reconstituir fuerzas adicionales en el caso de que resurja la necesidad de enfrentarse a una amenaza global...” (Ibíd.) 50
  5. 5. En resumen, el documento está basado en la filosofía de que lo más importante es que “el orden mundial esté respaldado en última instancia por Estados Unidos” y que “Estados Unidos debería ser capaz de actuar independientemente en el caso de que sea imposible consensuar una actuación colectiva o en el caso de una crisis que exija una respuesta inmediata.” (Ibíd.) 2.1.3 La “Declaración de Principios” El segundo documento, la “Declaración de Principios”, fecha de Junio de 1997. Vamos a reproducirlo aquí en su versión española:4 “La política exterior y de defensa americana se encuentra a la deriva. Los Conservadores han criticado las incoherentes políticas de la administración Clinton. Asimismo, han resistido los intentos aislacionistas provenientes de sus propias bases. Pero los Conservadores no han desarrollado con firmeza una visión estratégica sobre el papel de América en el mundo. No han fijado los principios rectores de la política exterior americana. Han permitido que las diferencias entre sus tácticas impidan un acuerdo potencial sobre los objetivos estratégicos. Y no han luchado por un presupuesto de defensa que mantenga la seguridad americana y el avance de los intereses americanos en el nuevo siglo. Nos proponemos cambiar esto. Nos proponemos defender y buscar el apoyo para el liderazgo global americano. Mientras se aproxima el fin del siglo XX, los Estados Unidos se sitúan como la potencia mundial predominante. Al haber liderado al oeste en la victoria en la Guerra Fría, América enfrenta una oportunidad y un reto: ¿Tienen los Estados Unidos la visión para construir sobre los logros de las pasadas décadas? ¿Están los Estados Unidos resueltos a delinear un nuevo siglo favorable a los principios e intereses americanos? Corremos el riesgo de desaprovechar la oportunidad y fallar el reto. Estamos derrochando el capital ––tanto en inversiones militares como en logros de política exterior–– acumulado en administraciones pasadas. Los recortes en el gasto exterior y de defensa, la falta de atención a las herramientas del estado y un liderazgo inconsistente, están haciendo que cada vez sea más difícil mantener la influencia americana alrededor del mundo. Del mismo modo, la promesa de beneficios comerciales a corto plazo, amenaza con anular las consideraciones estratégicas. En consecuencia, estamos poniendo en riesgo la habilidad de la nación para enfrentar las amenazas actuales y para tratar con los retos potencialmente mayores que yacen en el futuro. 51
  6. 6. Pareciera que hemos olvidado los elementos esenciales del éxito de la administración Reagan: un ejército fuerte y preparado para enfrentar los retos actuales y del futuro; una política exterior que promueva sólida y decididamente los principios Americanos y, un liderazgo nacional que acepte las responsabilidades globales de los Estados Unidos. Desde luego que los Estados Unidos deben de ser prudentes en el ejercicio del poder. Pero no podemos evitar, sin riesgo, las responsabilidades del liderazgo global o los costos que están asociados con su ejercicio. América juega un papel vital en el mantenimiento de la paz y la seguridad en Europa, Asia y el Medio Oriente. Si eludimos nuestras responsabilidades, estaremos estimulando el desafío sobre nuestros intereses fundamentales. La historia del siglo XX debería de habernos enseñado que es importante delinear las circunstancias antes de que las crisis emerjan y enfrentar las amenazas antes de que se vuelvan serias. La historia del siglo XX debería de habernos enseñado a abrazar la causa del liderazgo americano. Nuestro objetivo es recordarle a los americanos estas lecciones y señalar sus consecuencias para el presente. He aquí cuatro de ellas: -Necesitamos incrementar significativamente el gasto en defensa si vamos a cumplir hoy nuestras responsabilidades globales y para modernizar nuestras fuerzas armadas para el futuro. -Necesitamos fortalecer nuestros lazos con los aliados democráticos y desafiar a los regímenes que son hostiles hacia nuestros intereses y valores. -Necesitamos promover en el exterior la causa de la libertad económica y política. -Necesitamos aceptar la responsabilidad del papel único de América en la preservación y la expansión de un orden internacional amigable con nuestra seguridad, nuestra prosperidad y nuestros principios. Quizás hoy día esta política reaganiana de poderío militar y claridad moral, no esté de moda. Pero es necesaria si los Estados Unidos pretenden trabajar sobre los éxitos del siglo pasado y para asegurar nuestra seguridad y nuestra grandeza durante el próximo. Firman: Elliott Abrams, Gary Bauer, William J. Bennett, Jeb Bush, Dick Cheney, Eliot A. Cohen, Midge Decter, Paula Dobriansky, Steve Forbes, Aaron Friedberg, Francis Fukuyama, Frank Gaffney, Fred C. Ikle, Donald Kagan, Zalmay Khalilzad, I. Lewis Libby, Norman Podhoretz, Dan Quayle, Peter W. Rodman, Stephen P. Rosen, Henry S. Rowen, Donald Rumsfeld, Vin Weber, George Weigel y Paul Wolfowitz.” 52
  7. 7. Así pues, la situación creada tras el fin de la Guerra fría había dejado a Estados Unidos ante un grave dilema: ¿Cómo garantizar materialmente la existencia del inmenso sector de industria armamentística altamente concentrado y centralizado en el llamado complejo industrial-militar y estrechamente enmarañado con la política desde la Segunda Guerra Mundial? ¿Cómo justificar su peso futuro en una situación en la que ya había desaparecido la anterior amenaza militar? En fin, estamos otra vez ante la conocida relación de la política con los intereses de los sectores económicos más potentes de Estados Unidos. Pero, en esta ocasión no se trató simplemente de buscar y definir nuevos adversarios reales o imaginarios para convencer a los ciudadanos e instituciones norteamericanas de la necesidad de mantener los arsenales destructivos, sino de aprovechar el momento oportuno, que llegó con el 11 de Septiembre del año 2001. A partir de este momento, la Defense Planning Guidance de 1992 y la Declaration of Principles de 1997 se convertirían realmente en el guión de la política exterior de Estados Unidos. Así se nos revela en la siguiente reflexión de William Kristol5 : “Creo que Wolfowitz ahora ha sido justificado por la historia, pero tardó mucho en ser justificado. Además, evidentemente, los realistas de Bush, lo que podría ser denominado como el realismo minimalista del primer gobierno de Bush, ha sido perpetuado por parte de un liberalismo idealista del gobierno de Clinton. Y creo que no fue hasta el 9/11 que el borrador de Wolfowitz, que entonces ya tenía 9 años, empezó a ser visto como algo quizás profético.” (http://www.commonsentie nce.com/PNCA.html; consulta: 25/06/03). Poco después, el 10 de mayo de 2003, Wolfowitz, en la célebre entrevista concedida a Vanity Fair, explicó las razones estratégicas para invadir Irak y concluyó, como recordamos, con la confesión de que esta invasión poco tenía que ver con cualquier programa iraquí de desarrollo de armas de destrucción masiva: “La verdad es”, declaró Wolfowitz, “que por razones que tienen que ver mucho con la burocracia del gobierno de Estados Unidos hemos jugado el todo por las armas de destrucción masiva como principal razón”. (Ibíd.) Estas verdaderas “razones” nunca fueron un secreto, ya que en una carta de Kristol, Perle, Rumsfeld, Wolfowitz y otros, con fecha del 29 de mayo de 1998, dirigida al líder de la House of Representatives y al Senado de Estados Unidos, quedaron claramente definidas: “Debemos establecer y mantener una fuerte presencia militar de Estados Unidos en la región y estar preparados para el uso de esta fuerza para proteger nuestros intereses vitales en el Golfo - y, si es necesario, ayudar a reemplaza a Saddam.” (Ibíd.) 53
  8. 8. 3 Los hechos: el desarrollo de los gastos militares a nivel mundial (1988- 2003) 3.1 ¿Sirven las estadísticas internacionales? Los objetivos políticos y geo-estratégicos definidos a partir o en el marco de los intereses nacionales de cualquier país dependen de una serie de factores materiales e inmateriales. No obstante, entre ellos son los gastos militares o de “defensa” los que mejor indican la capacidad real de verificar estos objetivos.6 Como indicador de su fuerza permiten a los demás países definir la situación en que se encuentran y estimar sus posibilidades en el juego del poder a nivel internacional. De esta manera, los gastos militares como datos permiten calcular el propio margen de operaciones a través de la capacidad de los demás de intervenir en los procesos de realización de los intereses nacionales a nivel internacional. Como destacan Carl Conetta y Charles Knight, la estimación realista de la capacidad militar existente en el mundo permite, además, reducir la inseguridad respecto al futuro, preveer la aparición de amenazas no esperadas y definir el nivel de seguridad militar que una nación considera necesaria (Conetta/Knight, 1997: 1). Sin duda, hay toda una serie de razones que convierten estas comparaciones en una mera aproximación a la realidad. Esto es así, porque se trata de una variable, cuya dinámica está sometida a decisiones incluso de corto alcance, dependiendo de la voluntad política y de la flexibilidad económica de cada país, así como del propio desarrollo de las relaciones internacionales y la conflictividad latente que incluyan. Por esta razón, los datos sólo adquieren valor explicativo si se tienen en cuenta las posibles casualidades y el margen de interpretación que aplica cada uno de los contestatarios a la información relevante sobre su política de armamento. A pesar de todo esto, Conetta y Knight aseguran las ventajas de este cálculo aproximativo si se basa en el análisis de su dinámica: “La observación de las tendencias del desarrollo de los gastos puede enriquecer, pues, los análisis comparativos. Cualquier cambio sustancial y prolongado en un ‘balance de costos’ indica un cambio de la fuerza relativa - incluso si el significado del balance queda poco claro en cualquier aspecto específico.” (Ibíd.) También hay que tener en cuenta ciertos factores contextuales que pueden distorsionar la fiabilidad y validez de los gastos militares como indicador preciso de la capacidad militar real, pues ésta depende en primer lugar de la efectividad de las inversiones y el grado del desarrollo de la tecnología y las habilidades en las que se basa la capacidad militar de un país, además de los factores sociales y culturales de cada país. 54
  9. 9. 3.2 ¿Qué estadísticas elegir? La relativa inexactitud en la medición de los gastos militares y de armamento favorecen el argumento de que se trata de datos aproximativos y, por esta razón, conviene comparar la información al alcance más fiable. En este caso hemos optado por dos fuentes de datos bien distintas: la primera se refiere a un informe presentado por el U.S. Department of State en junio de 2002, titulado “World Military Expenditures and Arms Transfers 1999-2000", la segunda ofrece datos ofrecidos por el Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI), que desde hace décadas publica sus informes anuales sobre el desarrollo de los conflictos bélicos, de los gastos militares, el comercio de armas etc. Se trata de una institución independiente, creada en 1966 por una Comisión Real Sueca bajo la dirección del embajador Alva Myrdal y ratificada por el Parlamento Sueco el día 1 de Julio de 1966. En concordancia con lo que dijimos respecto al valor informativo de los datos estadísticos, no debe sorprender que los datos de las dos fuentes no coincidan perfectamente debido a diferencias de criterios y cálculos, aunque sí lo hacen respecto a la estructura y el desarrollo que representan. Las variables que nos interesan aquí son: 1) la dinámica del desarrollo de los gastos militares tras el fin de la Guerra Fría; 2) su característica según países y regiones; 3) el cambio en la composición de la lista de los principales países según sus gastos en defensa. 3.3 El informe “World Military Expenditures and Arms Transfers 1999- 2000 (WMEAT)“ Según el informe del gobierno de Estados Unidos de Junio 2002, los gastos militares alcanzaron el nivel record de 1.310 mil millones de dólares en 1989, es decir, poco antes del fin de la Guerra Fría. A lo largo de la siguiente década, hasta 1999, estos gastos descendieron un 35 %. Tabla 1: Gastos militares: cuota y crecimiento según grado de desarrollo (Fuente: U.S. Department of State) World Share Real Growth Rate 1989 1999 89-99 95-99 World 100,0 100,0 -4,6 0,8 Developed 84,2 71,2 -6,2 -0,6 Developing 15,8 28,8 0,8 5,0 Total (mil millones $) 1.310 55
  10. 10. No obstante, el efecto de la Postguerra Fría se agotó hacia 1996, cuando se volvió a una política de aumento en los gastos de defensa. En 1999, los gastos militares de los países desarrollados alcanzaron el nivel del 71% de los gastos mundiales, todavía por debajo del nivel de 1989, cuando alcanzaron casi el 85%. Entre estos países destacó EE.UU. con un 34 % de estos gastos, seguido por Europa Occidental (22%). En cambio: la parte de Europa Oriental, debido al colapso de la Unión Soviética, disminuyó del 34% en 1989 hasta el 7% en 1999. Diferenciando el desarrollo de la participación en los gastos de defensa, la década de 1989 a 1999 demuestra, según la fuente citada, una dinámica distinta según el grado de desarrollo y la región: Tabla 2: Gastos militares: cuota y crecimiento según región (Fuente: U.S. Department of State) World Share Real Growth Rate 1989 1999 89-99 95-99 World 100,0 100,0 -4,6 0,8 North America 30,0 34,3 -3,1 -1,3 Western Europe 16,2 22,1 -1,7 -0,5 Eastern Europe 34,4 7,3 -19,3 -3,4 Middle East 5,4 6,5 -5,4 0,8 East Asia 10,0 21,4 3,4 5,0 Africa (en total) 1,4 2,4 0,4 11,1 South America 1,3 2,6 4,3 3,9 Como se puede ver, el descenso en general fue sobre todo un efecto de la “desmilitarización” de la ex-Unión Soviética, mientras que el aumento de los gastos militares de los países en desarrollo se refiere -aparte de EE.UU.- en primer lugar a Oriente Lejano, Oriente Próximo y, en menor grado, a América del Sur y África. La siguiente tabla presenta la lista de los principales países consumidores de gastos militares en el año 1999: 56
  11. 11. Tabla 3: Los primeros 15 países según sus gastos militares (1999, mil millones de dólares) (Fuente: U.S. Department of State) 1 Estados Unidos 281,0 9 Arabia Saudita 21,2 2 China (Rep. Popular) 88,9 10 Taiwán 15,2 3 Japón 43,2 11 Corea del Sur 11,6 4 Francia 38,9 12 India 11,3 5 Reino Unido 36,5 13 Turquía 10,0 6 Rusia 35,0 14 Brasil 9,9 7 Alemania 32,6 15 Israel 8,7 8 Italia 23,7 3.4 Los informes anuales del Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI) Los datos ofrecidos por el prestigioso “Instituto Internacional para la Investigación de la Paz” demuestran que tras el máximo de gastos militares alcanzado en 1988, poco antes del derrumbamiento de la Unión Sovietica, éstos descendieron continuamente hasta 1997. A partir de esta fecha y hasta 2001 volvieron a incrementarse moderadamente, para entrar -de nuevo- en una dinámica de significativa aceleración en los años siguientes. No obstante, a pesar de la fuerte aceleración de gastos militares a partir de 1998, el nivel alcanzado en 2003 se encontraba todavía un 16 % por debajo de aquel referente a 1988, como demuestra la siguiente tabla. 7 Tabla 4: Desarrollo de gastos militares a nivel mundial (1988-2002) (Fuente: SIPRI Yearbooks 1995-2004, «Chapter 10. Military expenditure») Año Gastos Desarrollo Relación $/cápita (Mil millones $ reales) (%) GNP(%) (pop. mundial) 1988-1997 de 1060 a 740 -30 - - 1997 740 -1,0 (1996/1997) - - 1998 745 +0,65 2,6 125 1999 780 2,6 125 2000 798 +7,0 (1998-2001) 2,5 130 2001 839 2,6 137 2002 794 6,5 2,5 128 2003 956 +14,0 (1998-2003) - - 57
  12. 12. Entre 1988 y 1997, los gastos militares descendieron en un total del 30 % a nivel global, hasta alcanzar en 1997 el nivel de 740 mil millones de dólares. Esta reducción drástica se ralentizó durante los últimos años de este periodo. La causa principal de la drástica reducción de los gastos entre 1988 y 1997 se debió no solamente al “desahogo” tras el fin de la Guerra Fría, sino en buena parte al desmantelamiento militar por parte de la ex Unión Soviética que provocó un descenso de gastos de armamento por parte de Rusia a un nivel de sólo el 10 % de los gastos de 1988.8 También hubo una sensible reducción en EE.UU., África y América Central; los gastos sólo subieron en Oriente Próximo (+ 9%) y Asia (+ 25%). La tabla 5 demuestra el carácter no-simétrico de la reducción de los gastos militares (Conetta/Knight,1997: 2-3): Tabla 5: Tendencias en el desarrollo de los gastos militares a nivel mundial (1986- 1994) (Fuente: Conetta/Knight, 1997, en mil millones de dólares, base 1994) 1986 1994 % Change 1. World 1297,0 840,3 -35,2 2. OECD 622,6 540,9 -13,6 3. Non-OECD World 674,4 299,4 -55,6 4. NATO 562,6 469,3 -16,6 5. Non-NATO World 734,4 371,0 -49,5 6. Non-NATO OECD 60,0 71,6 +19,3 7. United States 365,3 288,1 -21,0 8. Non-US World 931,7 552,2 -40,7 9. Non-US OECD 257,3 252,8 -1,7 10. Non-US NATO 197,3 181,2 -8,2 1 11. Potential Threat States 550,0 167,0 -69,0 Notes: 1For 1986 includes member states of the Warsaw Treaty, China, Cuba, Irán, Irak, Libya, North Korea, Syria, and Vietnam. For 1994 includes Russia, Belarus, China, Cuba, Iran, Irak, Libya, North Korea, Syria, and Vietnam. Sources: US ACDA, World Military Expenditures and Arms Transfers 1995 (Washington DC: US Government Printing Office, 1996); International Institute for Strategic Studies, The Military Balance 1996/97, - 1995/96, -1994/95, -1992/93 (London: Oxford University Press, 1996-1995; London: Brassey’s, 1992-1994.) 58
  13. 13. A pesar de la disminución a nivel general de un 35,2% a 840,3 mil millones (1986: 1.297 mil millones), el descenso afectó menos a EE.UU (- 21 %), la OTAN (-16,6 %) y los países de la OCDE (-13,1 %), comparado con los países fuera de la OCDE (- 55,6 %) o fuera de la OTAN (-49,5 %). Pero lo más interesante consiste, sin duda, en el hecho de que los llamados “Potential Threat States” (en 1994: Rusia, Bielorusia, China, Cuba, Irán, Irak, Libya, Corea del Norte y Vietnam), que en 1986 todavía se gastaron 550 mil millones de dólares, casi la misma cantidad que la OTAN (562,6 mil millones), habían reducido sus gastos de defensa en un 69% hasta alcanzar el total de 167 mil millones en 1994, un poco más que la tercera parte de lo que contabilizó la OTAN. Más precisamente, hubo una clara polarización respecto al comportamiento de Estados Unidos, como demuestra la siguiente tabla (6), basada en las mismas fuentes que la anterior (ibíd.: 5): Tabla 6: Gastos militares a nivel mundial según cuota de Estados Unidos y grupos escogidos (1986-1194) (Fuente: Conetta/Knight, 1997) Año 1986 1994 1. World 100,0 100,0 2. USA 28,2 34,3 3. Non-US World 1,8 65,7 4. Non-US World 56,6 44,2 5. Non-OECD World 52,0 35,6 6. Potential Threat States 42,4 19,9 El descenso llamativo en el caso de los Potential Threat States se debió en gran medida a la desaparición de la ayuda militar de la Unión Soviética. Pero el hecho verdaderamente importante es que a pesar del descenso general, al que sólo Estados Unidos aportó con una reducción del 21% de sus gastos de defensa, su peso ha aumentado al convertirse en el país que gastó el 34,3% del total, comparado con 1986, cuando ascendió al 28,2%. En otras palabras y citando la conclusión sacada por los autores del artículo citado: “el cambio respecto a lo que los ‘Estados potencialmente peligrosos’ gastan, provocó un cambio en la posición relativa de América equivalente a un aumento de los gastos por parte de EE.UU. del 157% respecto a 1986" (ibíd.). 59
  14. 14. Resumiendo: En el año 2003 se esperó un volumen de gastos de defensa que alcanzará el de los siguientes 15 a 20 países más generosos en este sentido (Brooks/ Wohlforth, 2002: 2), aunque -y este hecho es sumamente interesante- con sólo el 3,5 % del Producto Nacional Bruto (GDP), es decir, en palabras del historiador Paul Kennedy: “ser el Número Uno respecto a los costes es una cosa; ser la única superpotencia del mundo al precio más barato es sorprendente” (ibíd.: 3). La realidad no quedó atrás de la previsión, como demuestran los 956 mil millones de dólares gastados en 2003, fruto de un espectacular aumento de un 11 % en términos reales (SIPRI Yearbook 2004). En fin, todo es fruto de la economía todopoderosa de Estados Unidos, quiera uno o no aceptarlo. Otra variable importante es el ranking de los principales países según los gastos militares. Como muestra la tabla 7, sólo unos pocos de ellos, los económicamente más potentes, consumen la mayor parte: Tabla 7: Los países con más gastos militares según su cuota (Total = 100, valores de cambio de mercado) (Fuente: SIPRI Yearbooks, 2000, 2002, 2003, 2004) Año Rango/País Cuota (%) 1999 1. EE.UU 36,0 (1997: 33,0) 2. Francia 7,0 3. Rusia 3,0 4. China 3,0 2000 EE.UU 37,0 2001 Los primeros 5 países 50,0 Los primeros 15 países 75,0 2002 EE.UU 43,0 Rusia (+12,0) Los primeros 5 países (EE.UU., Japón Reino Unido, Francia, China) 62,0 Los primeros 15 países 82,0 2003 EE.UU 50,0 60
  15. 15. Como anota el informe de SIPRI respecto al año 2003, los gastos militares de los países más ricos ascendieron al 75 % de los gastos a nivel global y en su totalidad alcanzaron una suma algo por encima de la deuda acumulada de todos los países con ingresos bajos juntos. Ahora bien, la dinámica del ascenso de gastos indica posibles futuras zonas de conflicto: Tabla 7: Incremento según países/regiones (1999-2000, 2001 y 2003) (Fuente: SIPRI Yearbooks) 1999-2000 2001 2003 (Total: 11%) EE.UU +2,3% +14% (3,5% PNB) +18 Rusia +44% (=18,7% nivel 1991) -- -- África +37% -- -- Asia (Sur) +23% -- -- Europa +11% -- -- Es importante subrayar que en término de valores de 2003, “el nivel actual de los gastos militares a nivel mundial en valores reales está un 14% por encima del nivel alcanzado en 1998, pero todavía está un 16% por debajo del nivel de 1988 cuando los gastos militares mundiales estaban cerca al máximo de la Guerra Fría.” (SIPRI Yearbook, 2003: cap. 10). No obstante, lo que llama la atención es el traslado del aumento de gastos en zonas potencialmente conflictivas, como por ejemplo Asia. Además, hay que tener en cuenta el enorme fire power gap que existe entre los diferentes estados a consecuencia del acceso restringido o muy costoso a las tecnologías bélicas más sofisticadas. Como recuerda Philip Butterworth-Hayes, el aumento de la fuerza militar en los diferentes países europeos es muy desigual y hay grandes diferencias, sobre todo con respecto al nivel tecnológico alcanzado por Estado Unidos en el terreno del transporte aéreo estratégico y las llamadas armas inteligentes (smart weapons). De este modo, la distancia entre los niveles cualitativos y cuantitativos de EE.UU. y Europa (capabilities gap) es cada vez más evidente a pesar de que a lo largo de los años 2000 y 2001 varios países europeos (Francia, Reino Unido, Italia) empezaron a aumentar sus presupuestos de defensa. El aumento se debe a fuertes inversiones en materiales militares, sobre todo en material de aviación. El Reino Unido, por ejemplo, tuvo previsto aumentar los gastos de 34,80 mil millones en 2002 a 37,75 mil millones para 2003-2004 con el fin de comprar misiles inteligentes para el Eurofighter así como tecnología sofisticada de comunicación tierra-aire. (Butterworth-Hayes, 2001) 61
  16. 16. En Estados Unidos este cambio, iniciado ya en 1998, encontró su plena justificación pública después del 11-S. Antes, entre 1997 y 2002, los gastos militares crecieron de 296 a 335,7 mil millones de dólares, es decir, en un 13%. Hasta el año 2005 está previsto un incremento hasta 400 mil millones de dólares, sin tener en cuenta los gastos de la actual guerra de Irak, cuyos costes se calculan en más de 150 mil millones (Deen, 2003).9 Las consecuencias de esta política se reflejan en el contenido de la intervención realizada por el senador demócrata Robert Byrd de Virginia del Oeste el día 22 de mayo de 2003 en un debate sobre los presupuestos. Entre otras cosas, destacó lo siguiente: “La administración ha elegido ahora un rumbo hacia el incremento del presupuesto de defensa hasta 502,6 mil millones dentro de los próximos 5 años. (...) En vez de saltar por encima de una generación de armas y ahorrar dinero, metemos nuestro país aun más en deudas que otra generación de Americanos tiene que aguantar pagando nuestro despilfarro en defensa. Sin ninguna duda, podemos y debemos garantizar el máximo nivel de capacidad defensiva para nuestra tropa. Pero podemos alcanzar esta meta sin presupuestos de defensa que cada vez suben más y más. (...) Vivimos en una época, donde la mayor amenaza a nuestra seguridad nacional consiste en el peligro de un estado de guerra asimétrico. Esto es lo que aprendimos el 11 de septiembre del 2001. No estamos en peligro de ser eliminados militarmente por parte de ninguna nación de la tierra, pero como nos recuerda el actual status naranja de alarma, seguimos siendo vulnerables respecto a la muy real amenaza de terroristas. A pesar de esto, nuestro Departamento de Defensa está a punto -tengalo en cuenta- a punto de ser un instrumento de una doctrina de ataques de tanteo: listo y dispuesto a invadir y ocupar estados soberanos que ni siquiera representan ningún peligro eminente para nuestra seguridad. La denominación ‘Departamento de Defensa’ es cada vez más un atributo erróneo para una burocracia that is poised to undertake conquests at the drop of a hat.”10 3.5 El desarrollo de la producción de armas A continuación analizaremos el desarrollo de los gastos públicos invertidos en la producción de los arsenales de armas en el mismo periodo. Estos gastos se redujeron paralelamente al descenso de los gastos militares durante la primera mitad de la década de los años 90. En 1997 tuvo lugar un significativo cambio caracterizado por una serie de fusiones y adquisiciones sobre todo en el marco de la industria armamentística de EE. UU. (SIPRI Yearbook 1998). Tras la reducción 62
  17. 17. de la producción en los años anteriores, la industria armamentística se vio obligada a tomar medidas drásticas que aumentaron todavía más el ya alto grado de concentración de capital. Después de una primera fase de concentración a nivel nacional, a partir de 2001 destaca la tendencia hacia la concentración de capital en la industria armamentística a nivel internacional (SIPRI Yearbook 2002) De igual manera aumentó el volumen de capital relacionado con la compra-venta de armas convencionales que respecto a 1996 en 1997 creció un 12%. Casi la mitad de este volumen (43%) se refiere a la venta realizada por EE. UU., mientras que la de Rusia descendió en un 14%. Una tendencia semejante tuvo lugar en Europa, donde en 1997 creció la concentración de capital en este sector. Hasta el 2002, esta tendencia había producido una situación cuyas consecuencias económicas son obvias: “Debido a la creciente concentración un nuevo riesgo de costes crecientes surgió como efecto de la reducida competencia en muchos sectores de la industria armamentística estadounidense. Por ejemplo, el número de proveedores de misiles tácticos descendió de 13 en 1990 a 3 en 2000. Esto aumenta el poder negociador de las restantes empresas a la hora de negociar los contratos de armas con el gobierno” (SIPRI Yearbook 2003). Debido a la falta de datos globales, el SIPRI estimó que los 100 primeros países de la lista de productores de armas alcanzaron un volumen total en 1996 de unos 156 mil millones de dólares. El siguiente comentario del SIPRI se refiere a esta tendencia: “Estimates of national armes sales -used as an approximation of arms production- for the 7 largest arms-producing countries in Western Europe show a sharp decline between 1990 and 1995 in most countries, and a slower decline thereafter. (...) Attempts to compensate for decreased domestic arms procurement by increased arms exports do not appear to have been succesfull. Since the mid-1990s the main goal of the large arms-producing companies has been to expand and to improve capacity to win arms procurement contracts, through takeovers, mergers, joint ventures and other forms of company-to-company cooperation, both nationally and internationally. These developments, combined with the processes of commercialization and privatization, are resulting in fundamental changes in the global system of arms production and trade. The increased commercialization of arms production is a result of changes in technology but also of privatization of the arms industry and outsourcing of an increasing range and amount of military services and functions. The process of concentration of ownership within the arms industry has moved from the national to the international level, driven by the largest companies in their search for access to military markets. A limited number of 63
  18. 18. extraordinarily large companies have emerged, each producing military goods and services with an annual value of $5 billion to $19 billion. Internationalization efforts in Europe are seen as a prerequisite for becoming competitive with the USA and for establishing military––industrial partnerships with US companies. However, European industrial integration is proceeding slowly, and there has been renewed interest in the establishment of transatlantic industrial links, largely within the context of government-to-government programmes for the development and production of specific weapon systems. Market access is the predominant motive for European and US acquisitions of arms-producing companies in minor producer countries that constitute potential markets. The increased acceptance of foreign ownership in the arms industry by governments in these countries primarily reflects their search for access to advanced technology and to some extent to foreign markets. Both the commercialization and the internationalization of arms production are driven by companies in search of higher profit margins. Private arms-producing companies have assumed an important role in defence industrial policy decisions. Governments have maintained their role as key supporters of arms-producing activities within their countries——through R&D funding, procurement and export support. This raises the question of the extent to which the role of national governments is diminished with regard to the control and regulation of the supply of armaments to national and foreign armed forces. It also raises the issue of transparency in the development of military technology and the production of equipment and services that increasingly take place in large, powerful, privately owned companies.” (SIPRI Yearbook 2002) Como vemos, la actual tendencia en la producción de armas se caracteriza por la comercialización a nivel internacional, privatización y concentración, en una palabra: monopolización capitalista a nivel global. 4 Hacia una economía política del imperialismo global Los datos presentados y la dinámica que revela su análisis indica la necesidad de una interpretación de las tendencias en el marco de los actuales procesos de globalización que considera la existente asimetría militar y tecnológica como un elemento estratégico en la lucha por la futura supremacía económica y política en el planeta. 64
  19. 19. 4.1 Globalización y neo-imperialismo Michael Mandelbaum opina que “Estados Unidos ya no es solamente una superpotencia; ha ascendido al status de ‘hiperpotencia’” (Mandelbaum, 2002: 1), y esta nueva supremacía tiende, como suele ser, a la polarización de opiniones. En términos menos altisonantes se trata, pues, de descubrir las bases materiales de este vuelo de altura que refleja la paradoja de la fascinación narcisista combinada con el temor ante las posibles consecuencias inciertas de este estado tan extremo. La combinación de monopolización capitalista y desarrollo tecnológico es la base material de las posibilidades geo-estratégicas -sobre todo de EE.UU. como única superpotencia- y, consecuentemente, la presunta causa de cualquier tipo de malestar en el mundo convertido en objetivo de las nuevas redes de terrorismo. Barbara Conry, en un artículo de Policy Analisis, publicado por el Cato Institute en Washington en 1997, pondera las ventajas y los costes económicos, políticos y humanos del “liderazgo global” de Estados Unidos. Curiosamente opta por el liderazgo económico, moral y cultural de la superpotencia, al considerarlo beneficioso para el mundo, aunque en vista de los elevados costes y riesgos de su supremacía política y militar propuso frenar las ambiciones del poder y establecer unas condiciones favorables para transformar este liderazgo en éxitos diplomáticos orientados en lo que denomina “política exterior sostenible” (Sustainable Foreign Policy). No obstante, esta política tiene que basarse, sigue la autora, en el liderazgo militar de EE.UU.. De acuerdo con esta conditio sine qua non, no admite otro escenario respecto al papel de la política internacional desarrollada por la superpotencia que no cumpla con las siguientes dos opciones: “Primero, el poder internacional y la responsabilidad deben de ser descentralizados; la transferencia de la influencia global de Estados Unidos a otro estado, alianza o organización global como la de EE. UU. no debería estar permitida. No es realista basar el sistema internacional en la ilusión que cualquier otro país u organización internacional realmente podría llevar el mundo tal como está a depender del liderazgo de EE.UU. Segundo, el sistema internacional tiene que incluir medidas para controlar las aspiraciones hegemónicas.” (Conry, 1997: 15) Esta concepción estratégica debe ser aplicada mediante la creación de “organizaciones de seguridad regionales” (como p.e. la Unión Europea Occidental), la consolidación de “esferas de influencia”, es decir un nuevo reparto de la tierra después del fin de la Guerra Fría, y el establecimiento de un “balance de poder” en las regiones conflictivas, como es Oriente Próximo. Hay que tener en cuenta, que estas propuestas de Conry reflejaron la situación y las aspiraciones políticas de la primera mitad de la década de los 90, es decir, de un periodo de intensa búsqueda de una nueva estrategia de Estados Unidos a nivel global acorde con la situación creada por el derrumbamiento de la 65
  20. 20. Unión Soviética. Aun no predominaba la política “realista” del actual presidente Bush. Todavía nadie hablaba de la “apocalypse now” (Lamo de Espinosa), del “Armagedón” (Savater) desencadenados por “una enorme provocación” (Luttwak), de una “guerra red” (Castells) o un “imperio guerrero”(Touraine) enmarañado en un permanente juego de la violencia en el seno de la sociedad; Estados Unidos todavía no era considerado “su propio enemigo” (Fuentes), Occidente aun contaba y nadie hablaba de “la encrucijada de Alá” (Elorza). Lo que sí existía eran ansías de poder, un deseo donde la conciencia de la fuerza y el poder acumulados durante décadas se entremezcló con cierta indecisión y preocupación sobre las opciones de la futura política exterior de Estados Unidos. Los acontecimientos posteriores, parece que han simplificado este proceso de decisión. Como escribe Josep M. Colomer, “el actual predominio americano en el mundo parece que tiene poco que ver con las anteriores formas históricas de dominación imperial” (Colomer, 2003: 13), hoy predomina una política que supera incluso el “crudo realismo” que caracterizó la política entre los dos bloques durante casi cincuenta años: paradójicamente, argumenta Colomer, la actual política norteamericana destaca “por su énfasis en un idealismo moral” que en vez de considerar a los Estados como sujetos políticos que intentan conseguir fines definidos, los diferencia -de acuerdo con una difusa escala moral- en “buenos” y “sinvergüenzas” (rouge states). De este modo, las alianzas, esferas de influencia y balances de poder se reducen a una solidaridad incondicional y, de esta manera, imprevisible en su desarrollo, una sumisión camuflada con la simple fórmula bíblica de que sólo es amigo el que acepta los intereses de la gran potencia como único poder coercitivo válido. El fundamentalismo cristiano, enfrentado al integrismo musulmán, sólo empuja, como destaca Enrique Miret Magdalena, hacia la creación de un “temor irracional al cambio, al pluralismo y a la diferencia”, es decir, a las más importantes experiencias que Occidente aprendió como consecuencia de la modernización y la Ilustración. Estamos de acuerdo con la opinión del sociólogo francés Michel Wievorka, cuando advierte que “los norteamericanos no han entendido lo ocurrido” (Wievorka, 2002: 18). El historiador estadounidense, Gabriel Jackson, encuentra palabras aun más claras al respecto: A diferencia del carácter racional y cauteloso de la política de poder que caracterizaba los gobiernos de Estados Unidos y la Unión Soviética durante el periodo de la Guerra Fría simplemente como consecuencia del inmenso peligro de extinción general del ser humano, “lo que resulta diferente hoy no sólo es que existe una única superpotencia, sino que dicha superpotencia está dirigida por un hombre que no sabe nada de historia ni de economía y que cree que su combinación de cristianismo bíblico, amigos capitalistas y poder militar estadounidense es suficiente para guiar el mundo del siglo XXI.” (Jackson, 2003: 13) 66
  21. 21. La pregunta clave que queda por resolver es el por qué de la nueva guerra desencadenada por lo que se llama “terrorismo global”. Sin duda, la respuesta no es fácil, pero se puede intentar al menos desde dos aspectos: El primero se refiere a las consecuencias negativas del proceso de globalización que afectan a la mayoría de la población mundial de uno u otra manera, es decir, hasta la miseria y la desesperación. El otro aspecto enfoca las reacciones contra este “malestar en la globalización” (Stieglitz) y se puede dividir, también, en dos dimensiones: la primera se refiere a la rabia que acompaña a la apatía social y política, es decir, a la disposición latente de expresar su malestar profundo a través de actos incontrolados, violentos, espontáneos; la segunda dimensión es el cálculo de una élite económica, política y/o cultural, que sabe canalizar y utilizar la rabia de las masas de los desposeídos y “condenados de la tierra” (Fanon), para instrumentalizarlas en su lucha contra el adversario omnipotente convertido en encarnación de Satanás. Como escribió Fanon hace unas décadas respecto a los métodos de lucha anticolonial, los colonizados no suelen dudar en aplicar todo el repertorio de violencia que han aprendido y sufrido bajo el mandato de sus dueños. No obstante, las élites que dirigen, animan y justifican las guerras y actos terroristas no suelen ser las víctimas directas del poder hegemónico, su máscara es bien distinta de la de los oprimidos. Osama Ben Laden y otros destacados miembros de Al Quaeda son un ejemplo más: según su procedencia social pertenecen a las élites económicas de un sector de capital en torno al petro-dollar. Su lucha contra el “diablo” es, en última instancia, podríamos concluir, una lucha contre la competencia poderosa de Wall-Street realizada con sus propios instrumentos. Ya que el terrorismo global no tiene base nacional ni territorial, no se puede atrincherar bajo el sol de un Estado protector, como demuestra el caso de Afganistán, se ve obligado a organizarse en forma de redes y buscar el apoyo polifacético de los pueblos frustrados al unirlos bajo el único lema simplificado de la “cruzada” contra el imperio del Mal (jihâd). El espejismo político-ideológico es evidente, pero no es la causa de “la guerra que hay detrás de la guerra” (Rifkin). Barry Rubin, el director del Global Research in International Affairs Center y editor de la Middle East Review of International Affairs, ve el actual anti-Americanismo de los países árabes y musulmanes como la consecuencia de las discrepancias socio-económicas y políticas en el seno de las propias sociedades árabes, manipuladas por “grupos que utilizan el anti- americanismo como pretexto para distraer la atención pública de otros, mucho más serios problemas en el seno de estas sociedades.” (Rubin: 2002: 1) No obstante, aunque haya instrumentalización y distracción, ésta sería imposible sin la larga experiencia de amplios sectores sociales de estas sociedades con los efectos de la globalización alienada con los intereses estadounidenses, su doble moral política y su cada vez más desesperada situación. Sin minimizar las contradicciones internas de los regímenes autoritarios árabes o musulmanes, hay que recordar, que la mayoría 67
  22. 22. de ellos han sido y siguen siendo apoyados y mantenidos por Estados Unidos: lo es, para dar sólo dos ejemplos, en el caso de Arabia Saudita y lo fue en el caso de Saddam Hussein. Rubin da la pista para explicar esta confusión al destacar que Estados Unidos definió y llevó a cabo su política siempre de acuerdo con sus propios intereses, es decir, instrumentalizado los fines morales de paz, democracia y mercado. En fin: las contradicciones internas y externas se han agudizado durante la última década debido a los efectos devastadores del capitalismo salvaje como principal referente de la política exterior y de fuerza militar de Estados Unidos (Rubin, 2002: 2). 4.2 La globalización como verdadera fase monopolista del capitalismo El proceso de globalización iniciado hace unos 20 años es, pues y en primer lugar, una fase de la expansión del capitalismo que, además de haber alcanzado su nivel monopolista a lo largo de la primera mitad del siglo XX, supo potenciar su capacidad expansionista en la segunda parte del mismo siglo sobre todo gracias a la aplicación del nivel tecnológico alcanzado y al proceso de un nuevo reparto de las riquezas y los territorios (“zonas de influencias”) entre las potencias económicas y militares, sobre todo EE.UU. como única superpotencia. La desaparición de la Unión Soviética ha sido la condición clave para que este potencial tecnológico- económico/financiero-militar latentemente acumulado se pusiera en marcha a partir de 1991. No obstante, la desaparición del antiguo adversario ha revitalizado los mecanismos de la acumulación capitalista y por esta razón conviene profundizar en la economía política del capitalismo en la era de la globalización. Comprendemos este proceso como verdadera fase monopolista del capitalismo, ya que lo que a principios de la década de los ‘90 parecía la posibilidad de crear un orden mundial nuevo basado en la democracia, el desarrollo y la paz, pronto se vería frustrado debido a la política neoliberalista que quiso aprovecharse de la ocasión para imponer sus criterios y seguir sus propios intereses anclados en una visión del capitalismo salvaje altamente potenciado mediante la tecnología de la comunicación y militar. Como destaca Talbot, son estas nuevas tecnologías el núcleo de una globalización que convierte el mundo en una espacio sin fronteras y cada vez más atractivo para las grandes corporaciones económicas que, empujadas por la incesante búsqueda de beneficios, “extienden sus tentáculos sin ningún impedimento en cualquier nicho imaginable del planeta Tierra” (Talbot, 1999: 13). De este modo, la globalización se convirtió en una fase del desarrollo neoimperialista impregnado por un “liberalismo totalitario” (Ulrich Beck) bajo la tutela de EE.UU. y -habría que añadir- estrechamente vinculado con el capital monopolista, sobre todo, el sector armamentístico. Thomas Friedman, ganador repetido del Premio 68
  23. 23. Pulitzer, lo dice claramente, cuando escribe en el New York Times (28 de marzo, 1999): “Para que funcione el globalismo, América no debe temer a actuar como la superpotencia todopoderosa que es (...) La mano invisible del mercado nunca funciona sin el puño invisible. McDonalds no puede prosperar sin McDonnel Douglas, el diseñador del F-15. Y el puño invisible que hace seguro el mundo para las tecnologías del Silicon Valley, se llama United States Army, Air Force, Navy y Marine Corps.” (Cit. en Talbot, 1999: 9-1011 ) Y, de manera no menos explícita, se ha expresado el Secretario de Defensa en 1999, William Cohen: “[L]a prosperidad de la que actualmente disfrutan empresas como Microsoft no existiría sin la existencia de las fuerzas armadas que tenemos.” (Cit. en Talbot, 1999: 10) Parece que a este nivel de reflexión no existe ningún escrúpulo, pues la fuerza militar se considera un instrumento completamente legítimo para imponer las reglas de juego del capitalismo salvaje. El artículo de Anup Shah reúne una serie de datos y opiniones al respecto que justifican la validez de la siguiente conclusión: “Es la fuerza militar de los más desarrollados países la que permite dictar las condiciones de comercio y mantener relaciones desiguales.” (Smith, 1994: 90) La actual geoestrategia estadounidense no sería comprensible sin tener en cuenta su trasfondo económico. La guerra contra Iraq ha sido, ¿quién todavía lo dada?, una guerra por el petróleo y , más concreto, contra las ambiciones de la OPEP de cambiar del dólar al euro. (Clark, 2003). Además, como señala otro autor, los acontecimientos indican los problemas relacionados con una clásica crisis de sobreproducción acelerada por la política económica de los países de costes laborales muy bajos, como China, Indonesia, Brasil, Europa del Este y África del Sur. (Dicke, 2003) En esta situación la hegemonía de EE.UU. encuentra fuerte resistencia por parte de los sectores neo-capitalistas surgidos en torno al petroleo, cuyo representante más destacado es Osama Bin Laden. El control del petroleo, materia estratégica para cualquier país desarrollado, se ha convertido en la clave de la lucha por el poder económico y estratégico. A nivel ideológico, esta lucha se está vistiendo con argumentos fundamentalistas para ganar el apoyo de las masas desesperadas por su eterno calvario económico o aterrorizadas por la crueldad con la que se está luchando por el poder desde el fin de la Guerra fría. Ya que desde el punto de vista del poder capitalista establecido se excluye el funcionamiento del sistema capitalista como principal causa socio-económica de esta situación, aparecen las mistificaciones. De este modo surge el argumento de la lucha del Bien contra el Mal como espejismo que debe camuflar o justificar los verdaderos intereses económicos y estratégicos. No obstante, los eufemismos no pueden desorientar a largo plazo, pues ya se están perfilando los futuros objetivos estratégicos de Estados Unidos y de otros países con ambiciones expansivas: el control del crudo en la cuenca del Mar Caspio y de los conductos para acercarlo a Occidente. 69
  24. 24. Se trata de un panorama diseñado ya en la Defense Guidance de 1992 donde se prevé evitar que cualquier otra posible potencia excepto Estados Unidos se apodere de las materias estratégicamente importantes, objetivo que explica el núcleo de la política de intervenciones en Oriente Próximo por parte de Estados Unidos y que refleja la creciente rivalidad entre los diferentes sectores del capital a nivel mundial, incluyendo a Europa. Mejor dicho: primero en 1999, con motivo del ataque a Yugoslavia, y después en 2003, con la ocupación de Irak, se han puesto de relieve los verdaderos objetivos de Estados Unidos, es decir, imperialistas, basados en la economía política a la que quiere someter a todo el mundo bajo su hegemonía. No obstante, en el caso de Yugoslavia e Irak no se trataba de liberar al mundo de dos líderes políticos no deseados por inconformistas con las medidas del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, ambas instituciones vasallas de Washington, tampoco se trataba en primer lugar y en el caso de Irak de asegurarse de una materia prima, sino de algo mucho más importante: frenar el auge de las economías basadas en el euro, es decir, de hacer frente al emergente adversario económico- financiero que podría ser Europa en el futuro. La al principio no buscada intervención de Estados Unidos en Yugoslavia se convirtió pronto en una demostración de la supremacía militar del imperio y de la ambigua constelación política que todavía existe entre los miembros de la Unión Europea. Irak ya fue más que un gesto: fue el primer paso hacia una posible futura expansión hacia Asia Central y, de esta manera, de una confrontación entre los existentes países imperialistas, incluyendo a China. Pero, el control del crudo iraquí se convierte, sobre todo, en un paso importante hacia el control de los flujos financieros a nivel mundial, de las bases monetarias de la globalización.12 Si dejamos aparte a Japón, Rusia y China, países cuyas economías se encuentran actualmente en una grave crisis o, en el caso de China, en una fase de lenta acumulación de capitales, la principal competencia económica a la que se ve expuesto Estados Unidos es Europa. Estados Unidos tiene que enfrentarse a este reto con una economía inflada ya que ha perdido la capacidad real de financiar su creciente déficit presupuestario mediante la tradicional medida de absorción de dólares ahorrados en otras regiones del planeta. Lo que tiene que evitar con toda su fuerza es que los países exportadores de petróleo cambien de moneda, es decir, del dólar al euro. Contralar los países de producción de petroleo, incluso con la fuerza militar, es -en este sentido- una medida imprescindible que garantiza beneficios inmediatos. No se trata de transformar Irak en un país democrático y estimular el bienestar de sus ciudadanos. Simplemente se trata de controlar sus flujos financieros procedente de la producción de crudo, la segunda más abundante del mundo, como se sabe. La oposición de Alemania, Francia y Rusia a la invasión de Irak no fue simplemente una actitud orientada en una política no-bélica, sino el efecto de un cálculo económico muy real a partir de la emergente competencia entre Europa y Estados Unidos. 70
  25. 25. Parece que la célebre tesis de W. I. Lenin sobre la necesaria transformación del capitalismo de competencia en capitalismo monopolista (formulada en 1916) y la consiguiente aparición del imperialismo como estadio más avanzado del capitalismo monopolista sólo se verificaría definitivamente a partir de la desaparición de la Unión Soviética como último y potente baluarte de la competencia entre el sistema capitalista y el socialista. Las previsiones de Lenin se vieron corregidas temporalmente por los efectos del proceso mismo: tanto la Revolución Bolchevique como la Segunda Guerra Mundial y la posterior política de la “Tercer Vía” establecieron condiciones políticas a nivel global que “corrigieron” las tendencias de un capitalismo desenfrenado, que obligaron a las democracias occidentales a elegir el camino del Estado del Bienestar Social para evitar el riesgo de un profundo cambio político y, de esta manera, garantizar la supervivencia del capitalismo en Europa. La Guerra Fría había congelado, pues, una situación en la que el imperialismo se vio restringido sustancialmente en su tendencia hacia la expansión global debido a una regulación de la ley de valor. Ahora, tras la eliminación de la competencia sistémica que fue el sistema socialista, se pueden aplicar sin más reparo los mecanismo puramente económicos del capitalismo. No obstante, sería erróneo interpretar la actual situación geopolítica exclusivamente a partir del fin de la Guerra Fría y la desaparición del sistema socialista en el mundo. Más bien se trata de una consecuencia de un nueva etapa en el desarrollo del capitalismo y las contradicciones implícitas a éste. Estas contradicciones se ponen de relieve en un aumento de la competencia económica entre los principales estados capitalistas a partir de la década de 1970. Entre sus causas destacan el espectacular desarrollo del intercambio internacional de mercancías, la relación entre el crecimiento económico y la revolución científico- tecnológica y el aumento de la división internacional del trabajo. Debido a estas tendencias, la acumulación de capital exige una rápida concentración y centralización de los capitales así como el desmantelamiento del proteccionismo estatal, considerado un obstáculo para le expansión de los mercados “libres”. En fin, tras la caída de la competencia entre el capitalismo y el socialismo en 1990, estamos ante una espectacular aceleración de la competencia capitalista a nivel global, motivo este para reflexionar sobre las condiciones favorables de un “nuevo orden mundial”, tema favorito de toda una serie de ideólogos del neoliberalismo y su geoestratégia, que consideran al mundo como un “gran tablero” (Brzezinski, 1998) y en cuyo contexto el nuevo terrorismo se nos revela como una de las consecuencias de este “juego”. Sólo a partir de 1991, tras la definitiva caída del sistema socialista a nivel global, podemos hablar, pues, de la definitiva imposición del orden capitalista monopolista en su estado imperialista y sus principales tendencias socioeconómicas, políticas y geoestratégicas, descritas por toda una serie de competentes economistas contemporáneas (Stiglitz, 2003; Sen, 1998; Amin, 1999): 71
  26. 26. a) la fusión del poder económico-financiero, político-estatal y militar (la definitiva formación del complejo industrial-militar y su compenetración con las instituciones políticas); b) el consiguiente debilitamiento del sistema democrático y del Estado nacional; c) el aumento de la desigualdad socio-económica y cultural a nivel mundial; d) el aumento de conflictos bélicos locales; e) la aparición de nuevas formas del terrorismo como fenómeno global. Estados Unidos no es “el capitalismo”, y actualmente se acentúan sus nuevas variantes europeas y asiáticas. Pero el afán hegemónico de la todavía superpotencia, tal como se pone de relieve en su aventurada política armamentística y bélica, arrastra al resto del mundo y tiene consecuencias negativas para todos. La concentración de los intereses económicos y geoestratégicos en la región de Asia Central y Oriente Próximo perfila futuros conflictos que con mucha probabilidad dejarán de ser meramente locales o regionales. A pesar de que la doctrina neoliberal insiste en la separación entre el Estado y la economía, sólo lo hace respecto a las funciones y obligaciones del Estado respecto al Bienestar social. En realidad estamos ante una enorme concentración y centralización de los poderes económico y político, ante una privatización de lo público y de la guerra, tradicional privilegio -desde el siglo XVIII- de los Estados soberanos. 4.3 Estados Unidos en camino hacia una economía de guerra En Noviembre de 2003, el Senado de Estados Unidos aprobó un proyecto ley sobre gastos de defensa de 401,3 mil millones13 de dólares para el año siguiente, destinado, sobre todo, a la compra de 100 aviones cisterna para su ejército del aire, construidos por la empresa Boeing. La mismo ley prevé, además, inversiones en la investigación de nuevos tipos de armas nucleares. Con esta ley, que tras su aceptación por parte de la Cámara de Representantes (House of Representatives) sólo falta ser ratificada por el presidente Bush, Estados Unidos levantará la prohibición de construir bombas nucleares de pequeño tamaño y construirá bombas atómicas tácticas (los llamados mini- nukes, con menos de cinco kilo-toneladas), reformará sus cabezas nucleares existentes y desarrollará una nueva generación de bombas (BBC-News, 6 de agosto 2003). Los efectos económicos de esta nueva inversión son evidentes, 72
  27. 27. ya que la industria aero-espacial y de defensa contribuyen aproximadamente el uno por ciento al Producto Nacional Bruto y el 0,5 por ciento al empleo, generando unos 148 mil millones de dólares en 2002. Y esta tendencia encuentra una sólida base de apoyo en la actual administración en Washington, tal como lo anota un comentarista en un informe tipo online sobre la situación del mercado: “El actual gobierno republicano esta comprometido con el sistema de Defensa Nacional de Misiles (National Missile Defense, NMD) y esta dispuesto a garantizar la financiación de muchas adquisiciones destinadas a la defensa y a programas de abastecimiento tal como el Joint Strike Fighter (JSF). El incremento del presupuesto para el Departamento de Defensa y su I+D debe acelerar varios programas tecnológicos respecto a la comunicación por satélite y equipamiento de reconocimiento. Las diferentes medidas tomadas por parte de la Administración Bush con el fin de aumentar las capacidades de inteligencia y de análisis de las fuerzas armadas son adecuadas para el aumento y la transformación del activo militar y la revitalización de la defensa nacional.” (Frost/Sullivan, 2003). La cosa queda más clara aun en la conclusión sacada por el mismo autor: “Teniendo en cuanta que las autoridades federales, estatales y locales gastarán -según las previsiones- aproximadamente unos 45 mil millones de dólares anualmente entre 2003 y 2006, tanto las empresas grandes como pequeñas pueden esperar cobrar en un mercado en auge de los productos y servicios destinado a la Defensa de la Patria. El gobierno está buscando también a empresas para colaborar en la conceptualización, el desarrollo y la provisión de tecnologías de seguridad tanto para los mercados militares como comerciales.” (Ibíd.) Esta política es bienvenida por las empresas armamentísticas, como demuestra un informe de los analistas de Merril Lynch, una de las consultoras financieras más importantes del mundo representada en 36 países del mundo: su informe confirma las previsiones publicadas por la Government Electronics & Information Tecnology Association (GEITA), una institución dedicada a la promoción de los intereses de la industria electrónica, de comunicaciones y tecnología de información a nivel federal, estatal y local de Estados Unidos, respecto a la década que viene. Según estos informes, la “industria de defensa” actualmente se encuentra en una fase de crecimiento prevista para diez años, aunque con una tendencia descendente (Newratings, 29 de octubre 2003). La combinación de guerra contra el terrorismo y la defensa del propio territorio nacional se convierte, pues, en una potente palanca para una profunda reestructuración de la economía estadounidense a partir de un crecimiento previsto del Departamento de Defensa de más de un por ciento por año durante la siguiente década. Ahora, hay que tener en cuenta que el gobierno estadounidense comprende 73
  28. 28. como “Defensa Nacional” (National Defense) no sólo los gastos militares, sino también los del Departamento de Energía y “Otros”. De esta manera, veamos la dinámica del desarrollo de los presupuestos dedicados a la Defensa Nacional, tal como está previsto por la Administración Bush para el periodo de 2004 a 2009: Tabla 11: Desarrollo de los gastos de la Defensa Nacional de Estados Unidos previstos para el periodo entre 2004 y 2009 (en mil millones de dólares) (Fuente: Datos del U.S. Department of Defense) Año fiscal Presupuesto Aumento anual Dpto. de Defensa Dpto. de Energía Total % 2003 364,6 17,6 382,2 = 100 2004 379,9 19,3 399,1 +16,9 2005 399,8 19,8 419,6 +20,5 2006 419,8 19,9 439,7 +20,1 2007 440,5 19,5 460,0 +20,3 2008 461,8 18,6 480,4 +20,4 2009 483,6 19,0 502,7 +22,3(+120,5) En septiembre de 2003 la Casa de Representantes aprobó unos presupuestos para el Departamento de Defensa de 368,2 mil millones para 2004 dedicados a la modernización de las fuerzas militares (Government Computer News, 25 de sept. 2003). Como vemos, entre 2003 y 2009 la tasa de crecimiento del presupuesto para la “guerra global contra el terrorismo” sería de un 5% anual. Los presupuestos para el 2004 son considerados, por parte del propio Departamento de Defensa, como los primeros que reflejan completamente la nueva estrategia de defensa de la administración Bush (Department of Defense, 2003) diseñada bajo el lema: “Enfrentarse a la amenaza de hoy mientras que se prepara para los retos de mañana”. Hemos entrado, pues, en una década de permanente guerra, en una guerra global permanente, arrastrados por la voluntad unilateral de la superpotencia que es Estados Unidos cuya economía está en fase de transformación en una economía de guerra. Las medidas concretas más destacadas a tomar y tal como se reflejaron en el aumento previsto de los gastos militares (en dólares) para el año 2004 fueron las siguientes: 74
  29. 29. a) casi 10 mil millones están dedicados para la Missile Defense Agency (MDA) incluyendo el desarrollo y respectivamente la modernización de una serie de misiles ( p.e. el “Patriot”) así como la realización de un sistema de defensa limitada contra misiles balísticos a base de interceptores en tierra y mar, la ampliación del sistema de comunicación por satélite y el desarrollo de la Capacidad de Frecuencia Extremadamente Avanzada (Advanced Extremely High Frequency Capability); b) 18,0 mil millones para la construcción de nuevos tipos de aviones (“Super Hornet”, “Raptor”, “Joint Strike Fighter”, “C-17 transport”, “V-22 Osprey”); c) casi 10 mil millones para la construcción de nuevos barcos de guerra (destructores, submarinos, un portaaviones, etc., mejoras técnicas de diferentes tipos de barcos); d) 2,1 mil millones para la compra de helicópteros “Comanche” y el Striker Interim Armored Vehicle (IAV); e) aumentos significativos de los sueldos del personal militar (entre 0,2 y 6,25%) según grado y antigüedad, reducción de gastos de alojamiento privado del personal militar; f) medidas para aumentar el apresto; g) el desarrollo de nuevas concepciones operativas en torno a la estrategia de guerra conjunta (joint warfighting); 5 La futura guerra: ¿sostenible? Opciones para Europa Actualmente, la política exterior de Estados Unidos se encuentra en un callejón sin salida. Esto por dos razones principales. A la primera razón hace alusión el Secretario Asistente para la Política de Seguridad Internacional, J. D. Crouch cuando dice “Hoy tenemos una situación muy diferente [respecto a la Guerra Fría]. Tenemos una situación donde Estados Unidos puede enfrentarse a múltiples adversarios potenciales, pero no estamos seguros quienes podrían ser.” (BBC- News, 6 de agosto 2003, p. 2) Sólo cabe dar la vuelta y evitar el error fatal que consistiría en mantener la opción del poder como único o principal instrumento de establecer un nuevo orden mundial. La alternativa es, sin duda, el reconocimiento de la legalidad internacional, el papel crucial de las instituciones supranacionales y la negociación como principio básico de una política basada en el consenso. La 75
  30. 30. segunda razón es más compleja al tocar directamente la constitución socioeconómica del emergente imperialismo global: la competencia entre los países imperialistas. Como rezaba toda una generación de economistas, políticos y movimientos sociales a partir del análisis del origen del fascismo durante la primera mitad del siglo XX, el capitalismo monopolista no sólo tiende hacia el endurecimiento de la explotación de la mano de obra y la sumisión de las personas convertidas en ciegos consumidores de un estilo de vida alienante, sino que lleva en sí mismo el germen de la confrontación social entre los rivales económicos, es decir, las raíces de la guerra global están en la dinámica del capitalismo monopolista. Las futuras enemistades ya están ganando perfiles a nivel ideológico, como demuestra la intencionada percepción de Europa como residuo anacrónico de unos principios pasados de moda, por parte del núcleo del poder norteamericano, con la que intenta dividir el continente en formación económica y política. En su libro titulado significativamente Of Paradise and Power. America and Europe in the New World Order, el columnista y escritor estadounidense y actual miembro de la Fundación Carnegie con sede en Bruselas, Robert Kagan, defiende a lo largo de las más de 150 páginas la tesis de la necesidad absoluta de Estados Unidos de emplear su fuerza militar en vista de la debilidad y falta de voluntad de tenerla por parte de Europa. De este modo, el poder norteamericano es la simple consecuencia de la debilidad europea y este hecho explica las cada vez más visibles diferencias entre ambas regiones. Su posición es claramente “patriótica”: “La persistente visión estadounidense de la posición excepcional de su nación en la historia y la convicción de que sus intereses y los del mundo se identifican, puede ser bienvenida, ridiculizada o lamentada: Pero no debería ponerse en duda.” (Kagan, 2003: 134) Es decir, dudar de esta posición “excepcional” significa declararse en contra de la “nación” americana. Además, “los estadounidenses son tan poderosos que no necesitan tener miedo de los europeos, incluso cuando éstos vienen con regalos.” (Ibíd.: 155) En realidad, su texto es una justificación de la política exterior actual estadounidense basada en tres presupuestos meramente ideológicos: primero, la repetida y polifacética explicación de los motivos que guían la política exterior de EE.UU. se asientan en un simple conductismo: donde no hay poder, hay peligro, así pues hay que extender el poder para reducir el peligro; segundo, la legitimación de esta política a partir de una filosofía moral plagada de utilitarismo instrumentalista; tercero: la explicación de esta filosofía política sin relación con los intereses y las bases económicas subyacentes del capital monopolista estadounidense. No obstante, si Kagan representa el ala conformista de la Administración Bush, Richard Sennett, autor de obras tan importantes como El declive del hombre público, La corrosión del carácter o La era del acceso, resume la opinión crítica de la población 76
  31. 31. estadounidense. En una entrevista concedida a una revista alemana, también hace referencia en una debilidad, pero en este caso es una debilidad que encaja perfectamente con la política de poder cruda que reclama el gobierno de su país como derecho natural en una situación global hobbesiana: Sennett habla de la debilidad de la sociedad civil en Estados Unidos frente a un definición de poder exclusivamente en términos de geopolítica a pesar de las grandes y crecientes discrepancias sociales en el país. Más aun, relativiza la visión dada por Kagan en el libro citado según la cual la filosofía política norteamericana está profundamente enraizado en la Ilustración y el Racionalismo y destaca la “huida de Europa” como rasgo psicológico anclado en el individualismo americano opuesto a la tradición europea del bienestar social. En fin, los actuales y futuros conflictos bélicos y el terrorismo no son simples efectos de algunas líneas divisorias entre las civilizaciones, sino más bien de su monopolización en nombre de los intereses del poder económico, político y las medidas geo-estratégicas resultantes. Concluyendo, conviene recordar que desde el punto de vista de las ciencias sociales, la actual retórica, en la que se basaban todas estas reflexiones, indican la existencia de una amplia superestructura ideológica que camufla o justifica las verdaderas intenciones del sector industrial-militar y -en su cola- del capital altamente concentrado y dispuesto a aprovechar su actual posición a nivel global para imponer el nuevo orden mundial a su medida, incluso al precio de una cierta ruptura con Europa. No obstante, las consecuencias serán muy imprevisibles en una situación, donde la realidad política está reducida a la simple oposición entre el orden norteamericano y la anarquía global. John Ikenberry, en su artículo en torno a la ambición imperial de Estados Unidos, lo ha resumido de manera convincente: “La naciente gran estrategia neoimperial de América amenaza con destruir la fábrica de la comunidad internacional y las relaciones políticas justamente en un momento cuando esta comunidad y estas relaciones son necesitadas con urgencia. Es una pretensión que incluye un alto riesgo y mucha posibilidad de fracasar. No es sólo políticamente insostenible sino también pernicioso desde el punto de vista diplomático. Y si la historia es una guía, va a suscitar antagonismo y resistencia que llevaran a América a un mundo más hostil y dividido.” (Ikenberry, 2002: 1-2) Conry, en su artículo citado, era consciente de este riesgo ya en 1997, cuando trazó las líneas generales de una futura revisión de la política exterior de la superpotencia: “Si Estados Unidos inicia la transición hacia un política exterior sostenible en el futuro próximo, lo debería hacer en sus propios términos. Mediante la cesión de responsabilidades globales ajenas de una manera razonable y ordenada, Washington estará en una buena situación para influir en la redistribución del poder global. En el caso contrario, los políticos pueden seguir en su afán de perseguir una estrategia de liderazgo mundial y 77
  32. 32. enfrentarse a las crisis que resultarán como consecuencias de esta hipertensión. Cuando surgen estas crisis, Estados Unidos puede verse obligado a dar un cambio abrupto en su política y puede tener poca capacidad de influenciar en la resultante redistribución de poderes y responsabilidades a nivel del sistema internacional. Las ventajas de una retractación voluntaria a tiempo de las responsabilidades globales por parte de América en vez de verse forzado a hacerlo más tarde, son evidentes. No se trata de una fórmula utópica sino de algo mucho más realista que una cruzada con el fin de liderar el mundo.” (Conry, 1997: 18) Respecto a esta posible tendencia, Sennett aconseja a Europa no imitar a Estados Unidos, y en su defensa conjunta de una política exterior común, de mayo del 2003, Jacques Derrida y Jürgen Habermas no dejan duda ninguna de que Europa deba tomar rumbo hacia un sistema de gobierno más allá del Estado nacional y capaz de equilibrar el actual unilateralismo hegemónico de Estados Unidos. Europa ha entrado en una etapa crucial para su futuro: la unidad todavía es un lazo débil, hay muchos intereses dispares, pesa el pasado sobre las decisiones actuales. Pero, sobre todo, hay que tener en cuenta las propias aspiraciones imperialistas de Europa. Las conclusiones de Kagan son erróneas por demasiado simplistas e interesadas, pero no se puede negar que ambas economías comparten los mismos principios básicos. Por esta razón Europa y Estados Unidos comparten el mismo lado y se enfrentan a las mismas consecuencias: si Europa no se da cuenta que la política del Bienestar Social es el único contrapeso existente frente al despotismo del mercado en manos de un capitalismo salvaje, la única salvación será el terrorismo como acto de defensa legítima de miles de millones de víctimas que en última instancia se enfrenten al grave problema socioeconómico que culmina en el vergonzoso abismo, fruto de la brutalidad de los ricos y poderosos por un lado y la miseria y la desesperación de los condenados de la tierra por otro. En esta situación, caracterizada por una creciente crisis de sobreproducción, aparecen nuevos competidores en el mercado que se opondrán a la imposición del “New World Order” a la medida de Estados Unidos. Para ciertos sectores de la sociedad y por el momento, las guerras contra el “Mal” son muy beneficiosas, sobre todo si van acompañadas por un drástico auge de armamento. De esta manera, las futuras guerras están programadas ya, aunque, hay que recordarlo, los imperios no suelen ser destruidos “limpiamente” por un enemigo potente, sino hundirse debido a su propio peso en un mundo repleto de adversarios. Si realmente queremos evitar una guerra global, tenemos que partir de dos hechos: primero, ya estamos en sus antecedentes, segundo, nada nos puede salvar de ella excepto un cambio drástico, incluso revolucionario, de las bases socio-económicas del sistema capitalista. El real-socialismo no lo ha conseguido sino sólo intentado, el movimiento obrero se ha agotado, en el mundo sólo quedan, pues, dos esperanzas: que el movimiento anti- 78
  33. 33. globalización sea capaz de arrancar la voluntad de las masas para convertirse, otra vez en la historia del capitalismo, en un sujeto histórico de cambio, o que la guerra de desgaste y cree una situación favorable para un cambio decisivo hacia un orden social mundial realmente basado en las ideales de la Ilustración. Sólo queda el “principio de esperanza” (Bloch) en el sentido de que surja una alternativa política al actual monstruo bicéfalo formado por el imperialismo y el terrorismo. Bibliografía Acronym Institute, The (2003), “SIPRI Charts Steeply Rising Military Spending in Post-9/11 Era”, [www.acronym.org.uk/dd/dd72/72nr11.htm]. Amin, Samir (1999), El capitalismo en la era de la globalización, Barcelona: Paidós [Zed Books Ltd., London/New Jersey, 1997]. Beck, Ulrich (2002), Libertad o Capitalismo, trad. de Bernardo Moreno Carrillo, Barcelona: Paidós. Birnbaum, Norman (2002), “Las raíces del nacionalismo norteamericano”, Le Monde Diplomatique, octubre, p. 3. Brzezinski, Zbigniew (1998), El gran tablero mundial. La supremacía estadounidense y sus imperativos geoestratégicos, Barcelona: Paidós [Basic Books, 1997]. Butterworth-Hayes, Philip (2001), “Turnaround in European defense expenditures?”, Aerospace America Online, [222.aiaa.org/aerospace/Article.cfm?issuet ocid=138&ArchiveIssueID=19]. Brooks, Stephen G./Wohlforth, William C. (2002), “American Primacy in Perspective”, Foreign Affairs, July/August, [http://iona.ghandchi.com/ brooks.htm]. Castells, Manuel (2001), “La guerra red”, El País, 18 de septiembre, p. 27. Center for Defense Information (CDI) (2003), “Highlights of the FY 04 Budget Request”, 3 de febrero, [www.cdi.org/budget/2004/highlights.cfm]. Clark, William (2003), “Revisited - The Real Reasons for the Upcoming War With Iraq: A Macroeconomic and Geostrategic Analysis of the Unspoken Truth”, http://www.ratical.org/ratville/CAH/RRiraqWar.html [consulta 20/01/05]. Colomer, Joseph M. (2003), “Un imperio sin imperialistas”, El País, 9 de julio, p. 13. Conry, Barbara (1997), “U.S. ‘Global Leadership’. A Euphenism for World Policeman”, Policy Analysis, Cato Policy Analysis Nº 267, February 5, (Summary) [www.cato.org/pubs/pas/pa-267es-html]. Conetta, Carl/Knight, Charles (1997), “Post-Cold War US Military Expenditure in the Context of World Spending Trends”, PDA. Project on Defense Alternatives, Briefing Memo 10, [www.comw.org/pda/bmemo10.htm]. 79
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