La literatura de ficción es mucho más que un pasatiempo - Presentation Transcript
Colección Biblioteca Virtual Carlos Cúdita
Ediciones Cúdita Latinoamericana
Colección Biblioteca Virtual Carlos Cúdita
La escritura de ficción es mucho más que un
pasatiempo:
Material de apoyo para los escritores aficionados
Cátedra Club de Roma y de América
Juan Carlos Anselmi
Ediciones Cúdita Latinoamericana
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Montevideo – Uruguay – 29 octubre 2008
Biblioteca Virtual Carlos J. Cúdita – Cátedra Club de Roma y de América
†…
Biblioteca Virtual Carlos J Cúdita - Cátedra Club de Roma y de América
La escritura de ficción es mucho…:
Material de apoyo para los escritores aficionados
Los disparadores de la escritura o La inspiración para la escritura o
La propia creación literaria sirve muy mucho para consolidar la propia cultura
Los personajes son los seres que intervienen en una trama, o en una descripción, o en
una crónica. Estos seres pueden ser personas más o menos comunes y corrientes
(conocidas o desconocidas), y también pueden ser dignatarios relevantes y científicos
cualificados (reales o ficticios), y también pueden ser animales, o figuras mitológicas
o legendarias, o dioses, o incluso plantas, objetos, o seres sobrenaturales o simbólicos
a los que se les atribuyen características y acciones diversas.
Una obra literaria puede ser autobiográfica, o al menos puede transmitir con mucha
precisión un entorno real conocido por el autor (hacer lo que se llama una pintura de
época y lugar, un fresco de época y lugar, una descripción fidedigna de estructura
social y de relaciones sociales ajustadas a tiempo y lugar). Y por cierto esto no tiene
porqué estar mal. Y por cierto esto no tiene nada de malo. Existen excelentes escritos
literarios de este tipo que han alcanzado gran fama y reconocimiento.
En el acierto o en el error, del colombiano Gabriel García Márquez y del peruano
Jorge Mario Pedro Vargas Llosa, algunos han dicho que es muchísimo más
importante el aporte que ellos han hecho como cronistas y como narradores
autobiográficos que como escribidores literarios.
Aunque la obra literaria pueda ser de ficción, en muchos casos el escritor ciertamente
se proyecta de alguna forma en la misma, (1) ya sea pensando que el narrador es el
propio escritor, y por tanto midiendo las diferentes situaciones según su propia escala
de valores y sus propias reglas de conducta, (2) ya sea atribuyendo a tal o cual
personaje sentimientos propios, o habilidades propias, o costumbres propias, y aún
cuando la supuesta idiosincrasia de algunos de estos personajes pueda diferir de la
suya propia en otros variados aspectos. Y obviamente este encare, este enfoque, esta
forma de escritura, este modo de creación, ciertamente tampoco tiene porqué estar
mal, ciertamente tampoco tiene nada de malo.
Ahora bien, cuando el escritor se limita a escribir sobre lo que a él mismo le ha
ocurrido o sobre lo que él ha observado en su entorno, o cuando con insistencia
atribuye muchas cualidades propias a sus personajes de ficción, o cuando insiste en
generar escritos que más o menos directamente reflejan su propia manera de pensar,
ciertamente así se está claramente constriñendo y restringiendo en las temáticas, en
los enfoques, y en los mensajes, lo que por lo general le impide referirse a temáticas
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muy alejadas de sus propios intereses, y/o lo que por lo general le impide o le dificulta
transmitir mensajes y sentimientos con los que en su fuero íntimo no concuerde.
Un buen actor no se debe limitar a repetir los diálogos propuestos en la obra, sino que
debe meterse en el personaje, tratando de pensar y de sentir como él, y sobre tablas
incluso tratando de hablar y de moverse como realmente lo haría una persona con
similar perfil psicológico y cultural.
Y por el bien de la actuación, y por el éxito y reconocimiento de la puesta en escena,
este enfoque debe llevarlo el actor tan lejos como pueda, aún luego de bajar del
escenario, y tanto en los ensayos, como en los momentos de descanso junto a otros
actores, y en parte incluso en su propia vida de relación.
Cierta vez un periodista preguntó a una actriz brasileña cuál había sido el mejor
elogio profesional que le hubieran hecho. Y la actriz relató que cierta vez, cuando ella
participaba en una telenovela personificando a una mujer de barrio que era
sumamente perversa y mezquina incluso con sus propios familiares, le ocurrió que
una televidente la reconoció en la calle, y que sin meditarlo le insultó y le pegó una
bofetada, por lo mala y avariciosa que ella era. Al margen de esta jugosa anécdota,
indudablemente puede concluirse que esa actriz era muy buena en su profesión, y
cuando actuaba lograba transmitir la personalidad que encarnaba con extraordinario
realismo.
Y en más de un aspecto un escritor debería poder involucrarse y encarnarse de una
manera similar con cada uno de los personajes de sus obras, o al menos con los
personajes más importantes de las obras que imagina y que escribe. Un escritor
debería tener la capacidad y la ductilidad de poder sentir y pensar de la misma forma
que cada uno de los personajes que integran su paleta literaria. Un escritor debería
tener la habilidad de ponerse dentro de la piel de sus distintos personajes, y de pensar
según los puntos de vista de ellos. Un escritor debería tener la destreza de poder
caminar con los zapatos de sus personajes. Pues caso contrario un escritor reflejaría
en sus obras personajes falsos y acartonados, poniendo en boca de un niño modos de
habla y formas de pensamiento propios de los adultos, atribuyendo delicadezas y
gentilezas en personas que supuestamente son intrínsecamente perversas y avaras,
permitiendo el uso de un vocabulario erudito a quienes supuestamente tienen muy
poca instrucción y cultura, y en definitiva atribuyendo a los personajes acciones que
no concuerdan con sus respectivas psicologías, con sus respectivos modos de sentir,
con sus respectivas idiosincrasias.
Y con toda evidencia un escritor no adquiere de la noche a la mañana esta señalada
cualidad de poder pensar como sus personajes de ficción, pues ello requiere práctica,
pues ello requiere oficio. Y esta habilidad en muchísimos casos no es un don natural,
sino que se logra con transpiración, con constancia, y con ejercicios dirigidos, pues
así junto a la práctica irá desarrollando diferentes trucos y diferentes estrategias de
presentación y enfoque, que son los que en definitiva hacen a los buenos escritores.
Un escritor debe habituarse a poder utilizar cualquier cosa como disparador o como
inspiración de un escrito, aunque sea algo absurdo, aunque sea algo intrascendente,
aunque sea algo fantasioso, aunque sea algo que se le propone por capricho, y
aunque ello no concuerde con su propia manera de pensar o con sus intereses.
Y los posibles ejercicios dirigidos a los que recién hicimos referencia ciertamente
pueden ser ellos múltiples y muy variados. Son muchas las formas y los recursos que
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podemos poner en práctica en estos experimentos. Y en mayor o menor grado así el
escritor puede ir mejorando sus capacidades y sus habilidades de expresión y
presentación.
Estos ejercicios dirigidos obviamente pueden ser muy útiles para los aprendices de
escritores, para los que han escrito poco o para los que hace mucho que no escriben.
Luego de adquirido cierto dominio en cuanto al manejo de las formas y de los
contenidos, la propia práctica de la escritura en aquellos proyectos seleccionados y
retenidos por los autores, permitirá mantener en forma al escritor que todos llevamos
dentro, y le hará avanzar cada día más.
Por lo general los escritos de ficción tienen ellos una trama, o sea una sucesión
cronológica de hechos, los que pueden tener mayor o menor relevancia, mayor o
menor interés, mayor o menor coherencia, mayor o menor interferencia unos con
otros, y los que pueden tener pocas interpretaciones o muchas interpretaciones. Y de
las narraciones así logradas a veces pueden extraerse conclusiones, mensajes,
enseñanzas, moralejas, preceptos, normativas y conductas a seguir.
Pero por cierto un buen escritor no solamente debería ser capaz de concretar este tipo
de obras, sino que también debería ser capaz de escribir una simple descripción, ya
sea de un personaje, ya sea de una foto de familia, ya sea de un simple escritorio, ya
sea de un pasaje corto de un film, ya sea de la escenografía de una obra de teatro, ya
sea de una foto de una revista, ya sea del dormitorio de sus padres, ya sea de una
pintura famosa. Y esto hacer tratando de ceñirse exclusivamente a la descripción, y
sin insertar la misma dentro de una trama o de un argumento.
Un buen escritor también debería ser capaz de elaborar un ensayo, o sea de
desarrollar un escrito discursivo y argumental que trate un tema específico
(humanístico, filosófico, político, financiero o económico, social, cultural, común y
cotidiano, etcétera). El tema retenido podría ser más o menos general y amplio, o más
concretamente podría involucrar a una obra artística o a una persona o a una
institución o a un período histórico. Y en el escrito el autor podría presentar y
defender sus propios y personales puntos de vista, aunque también podría exponer y
analizar ideas de otros y teorías de otros. Y en cuanto a los aspectos estructurales,
ciertamente estos escritos son de formato libre, aunque convendría que en los mismos
se reflejara una impronta personal, una voluntad de estilo.
Un buen escritor también debería ser capaz de decir algo o de intuir algo de una
persona, aunque ello fuera vago, impreciso, y en alguna medida arbitrario, con el
único recurso de que se le mostrara una foto de su escritorio de trabajo o de su
dormitorio. Un buen escritor también debería ser capaz de olfatear algo o de presentir
algo partiendo de detalles mínimos relativos a la forma de vestir o de proceder de una
persona, y así concluyendo ciertas cosas sobre su probable idiosincrasia, sobre sus
hábitos y costumbres más plausibles, sobre sus posibles inclinaciones y preferencias,
sobre su posible profesión.
Y si por ejemplo se usa una foto como disparador de una historia, el escritor debería
tener la capacidad suficiente como para ensayar diversas posturas, como para
ensayar diversos niveles de involucramiento, todos terminando en la escena que se
propone como fuente de inspiración.
Así, un caso podría ser imaginar una situación en la cual el propio escritor es uno de
los personajes. Otro caso podría ser cuando el escritor se identifica con el narrador
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omnisciente y omnipresente, ya que así de hecho transmite y transfiere al escrito su
propia escala de valores. Otro caso se da cuando el escritor trata de pensar y de sentir
como si él fuera uno de sus personajes, enfocando la historia desde este particular
punto de vista. Y el caso en el que el escritor en lo personal se involucra menos y por
tanto transporta menos cualidades propias al escrito, sería cuando se identifica de tal
manera con uno de sus personajes, que en su fuero íntimo se convence que realmente
es ese personaje, y lleva esto con mucha constancia y hasta sus últimas consecuencias
a lo largo de toda la obra. Y un buen escritor esto último debería poder hacer no
solamente cuando el personaje es humano (aunque eventualmente no fuera de su
mismo sexo o no tuviera su misma inclinación sexual), sino también cuando el
personaje es la encarnación de una virtud, o cuando el personaje es una mosca, o
una sabandija, o cualquier otro ser que camina o nada o vuela.
Como ilustración de este último enfoque y como ejemplo, bien podría citarse al
escritor checo-judío Franz Kafka Löwy (3 julio 1883 – 3 junio 1924).
Muchas de las obras de este autor presentan descripciones muy detalladas y
visionarias de la realidad, y por momentos muchas de ellas son delirantes y
surrealistas.
Por ejemplo, en “La metamorfosis” (“Die Verwandlung”, 1915) se presenta una
situación misteriosa en la que un joven se ha transmutado en un insecto inmundo y
asqueroso, por lo que el personaje necesariamente debe aislarse, debe esconderse y
alejarse del mundo social, debe manejarse en soledad.
Las situaciones y las escenas se describen allí con mucha fuerza y crudeza, y con
intensidad y pasión abrumadoras. Y la fuerza del lenguaje es tan realista, que en
cierta medida terminan por convencer al lector de la factibilidad de lo que se cuenta.
Por cierto que esta obra es una narración fabulada que claramente alude a la
incomunicación humana, aunque como viene de indicarse, la fuerza de las
descripciones y de los diálogos allí presentados hacen que en alguna medida el lector
se deje atrapar por ellos y se involucre fuertemente, siguiendo las alternativas de la
historia como si ella fuera realista, y riéndose o conmoviéndose según las peripecias y
las situaciones que allí se narran.
Por ejemplo, para referirse a la condición de aislamiento social extremo a la que se
enfrentaba el personaje, posiblemente hubiera bastado indicar que éste decidió no
salir más de su dormitorio a pesar de ser un viajante de comercio, y que incluso allí se
hacía llevar la comida para no tener que salir ni de la casa ni de su propio cuarto.
Pero no, en “La Metamorfosis” el autor insiste en dar detalles, diciendo que el
insecto humano se escondía e intentaba camuflarse debajo de un canapé o debajo de
una sábana, y que intentaba encontrar otros escondites, tal como lo harían muchas
mascotas en situación de peligro o de incomodidad.
Ya que de hecho hemos hecho este desvío temático para referirnos a este notable
escritor que a pesar de ser checo escribió exclusivamente en idioma alemán, vale la
pena decir algo más sobre la obra antes aludida, para así poder explicar mejor lo
dicho un par de párrafos más arriba.
En “La metamorfosis” el autor narra las peripecias de Gregorio Samsa, un simple
viajante de comercio que cierto día despertó con su cuerpo convertido en el de un
monstruoso insecto, aunque aún podía pensar como un humano y recordar su
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pasado, y aunque aún podía hablar como un humano (aunque con muchísimas
dificultades).
Por cierto y como ya se dijo, el realismo de ciertas descripciones escritas por Franz
Kafka en esa obra son dignas de destaque, tal como puede observarse en los pasajes
transcriptos en las siguientes líneas.
< Estaba tumbado sobre su espalda dura, y en forma de caparazón y, al
< levantar un poco la cabeza veía un vientre abombado, parduzco,
< dividido por partes duras en forma de arco, sobre cuya protuberancia
< apenas podía mantener el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo.
< Sus muchas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el resto
< de su tamaño, le vibraban desamparadas ante los ojos. «¿Qué me ha
< ocurrido?», pensó.
< Lo intentó cien veces, cerraba los ojos para no tener que ver las patas
< que pataleaban, y sólo cejaba en su empeño cuando comenzaba a notar
< en el costado un dolor leve y sordo que antes nunca había sentido.
< Sintió en el vientre un leve picor, con la espalda se deslizó lentamente
< más cerca de la cabecera de la cama, para poder levantar mejor la
< cabeza. Se encontró con que la parte que le picaba estaba totalmente
< cubierta por unos pequeños puntos blancos, que no sabía a qué se
< debían, y quiso palpar esa parte con una de sus patas, pero
< inmediatamente la retiró, pues el roce le produjo escalofríos.
El escritor también sitúa preocupaciones típicamente humanas y mundanas en las
situaciones que se describen, y en los pensamientos de ese hombre metamorfoseado.
< El apoderado tenía que ser retenido, tranquilizado, persuadido y,
< finalmente, atraído. ¡El futuro de Gregorio y de su familia dependía de
< ello! ¡Si hubiese estado aquí la hermana! Ella era lista; ya había
< llorado cuando Gregorio todavía estaba tranquilamente sobre su
< espalda, y seguro que el apoderado, ese aficionado a las mujeres, se
< hubiese dejado llevar por ella; ella habría cerrado la puerta principal y
< en el vestíbulo le hubiese disuadido de su miedo.
Los escritos de Franz Kafka en mayor o menor grado se refieren a la lucha espiritual
del individuo que desesperadamente busca un lugar en la sociedad, pero que es
rechazado una y otra vez, por lo que termina sintiéndose frustrado, aislado, solo,
desesperado, desterrado, angustiado, y con gran desasosiego. Las obras de este
escritor checo-judío presentan una sociedad paradójica, contradictoria, refractaria,
injusta, misteriosa, difícil de entender o de predecir, y en donde las personas se
desenvuelven con dificultades diversas y casi como autómatas, como títeres, como
juguetes del destino. Las obras de este autor en buena medida son autobiográficas, ya
que en ellas se reflejan los propios sentimientos de Kafka, sus propias frustraciones,
sus propios conflictos familiares, sus propios aprietos en su vida de relación. Véase la
similitud entre Kafka y Samsa, sin duda pistas dejadas expreso por el escritor.
En lo expresado hasta aquí, seguramente el lector atento podrá encontrar inspiración
suficiente como para improvisar él mismo una serie de interesantes y motivadores
ejercicios a integrar en un personal taller de práctica literaria.
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Y para quienes en este sentido fueran más haraganes, a continuación se describen y
proponen diversos ejercicios dirigidos, los que en alguna medida recomendamos a los
lectores que hagan el esfuerzo de hacer por su cuenta y en forma independiente.
Además de aquí dar una descripción del ejercicio en sí mismo y de su objetivo, más
abajo también se ensayan las respuestas que supieron obtener los autores de estas
notas.
A1 – Descripción de la foto usada como disparador y motivador del escrito (a1)
El cuadro enfocaba una parte de una extensa explanada, de aspecto descuidado y
visiblemente encerrada entre varias construcciones. Esta explanada no tenía ni
árboles ni bancos ni estatuas ni jardines. Apenas si se observaba aquí una hoja de
periódico tirada al descuido, allá un par de baldosones rotos, más allá un pequeño
montoncito de papeles y desperdicios, aún más lejos una pared que visiblemente lucía
algunos afiches junto a una ventana sin balcón y sin cortinas.
En primer plano se veía a un niño muy pobremente vestido y con cara de angustia,
que con andar pausado ascendía por una escalera acercándose al observador.
En un segundo plano y algo alejado del niño, se veía a un transeúnte que con rápido
paso se dirigía a alguna parte, posiblemente ensimismado en sus pensamientos y sin
prestar mucha atención al entorno. Notoriamente el viento soplaba, pues así lo
indicaban las ropas del hombre, así como su mano asegurando su sombrero, y su otra
mano crispada en la agarradera de su portafolio.
A2 – El caso en el que el escritor es uno de los personajes: Soy una basura (a2)
Sin duda soy lo peor de la creación.
Trabajo para un diario de gran tiraje de San Pablo, y me pidieron que obtuviera un
motivo gráfico para documentar los problemas sociales de Brasil.
Yo, que tengo la felicidad de comer tres veces al día.
Yo, que tengo la felicidad de poder dormir en sábanas limpias y almidonadas.
Yo, que tengo la felicidad de poder protegerme del fresco de la mañana con una
manta.
Yo, tuve la osadía y el descaro de justificar mi salario con la foto de ese pobre niño.
Y ni siquiera tuve el coraje de hablar con él. Ni siquiera me interesé en lo que le
ocurría. Y tampoco le invité a tomar un café con leche y a comer unos sándwiches.
¿Y porqué actué así? Tal vez porque soy un egoísta y un insensible. Tal vez porque yo
también tengo aporofobia.
Soy una basura. Soy una inmundicia. Soy un ser repugnante y asqueroso.
A3 – El caso del escritor transformado en un narrador omnisciente y omnipresente:
Las peripecias y las desventuras de un niño (a3)
Sus amiguitos le envidiaban porque tenía una familia, y porque tenía algo que podría
llamarse hogar. Y sin embargo él los envidiaba a ellos, por la libertad que tenían, por
no tener que sufrir en la casa ni peleas ni gritos ni violencia, por no tener que
soportar a un padre alcohólico que pega y que da órdenes, por no tener que
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angustiarse por el desinterés de su madre preocupada solamente por sus cosas, por no
tener que obligatoriamente despertar las noches de lluvia para sacar agua y barro de
la pieza-cocina.
Finalmente se había armado de coraje. Finalmente había optado. Finalmente había
tomado la gran decisión. Se iría a vivir bajo el puente con sus amiguitos y para
siempre.
Y con ese pensamiento salió bien tempranito del ranchito y rápidamente se alejó del
asentamiento. Y lo hizo discretamente, calladamente, sin llamar la atención, sin
despedirse de nadie, sin confiar a nadie lo que pensaba hacer.
Caminó con prisa por el borde de la carretera. No tenía interés que le vieran. No
tenía interés en encontrarse con alguien conocido. No tenía interés que por
casualidad le fueran a preguntar algo. Y al fin, luego de un largo trayecto y luego de
soportar algunos bocinazos, llegó a la ciudad.
Hizo un giro de casi noventa grados para evitar el cementerio y la usina del basurero
municipal, y luego continuó por las calles que ya conocía bien, dirigiéndose
directamente al centro de la gran urbe.
Marchaba con paso corto y rápido, sin tener interés en hablar con nadie, y mirando
de reojo a quienes caminaban, a quienes salían de sus domicilios, a quienes
esperaban en las paradas de los colectivos, a quienes junto a sus carritos hurgaban
dentro de los contenedores de basura. En cierta medida parecía recelar de ellos, en
cierta medida parecía querer defenderse de un posible y sorpresivo ataque.
Finalmente travesó el parque y llegó a la explanada. Su carita reflejaba preocupación
y angustia, a pesar que su corazón estaba excitado y expectante.
B1 – Usando a un personaje como disparador (b1)
Cuando se intenta hacer una novela o incluso cuando se intenta escribir un cuento,
por cierto conviene tener claro los personajes que intervienen en la trama así como la
personalidad y fisonomía de los mismos.
El ejercicio aquí propuesto es muy sencillo, y consiste en elegir al azar las
características de un personaje, y luego en escribir algo sobre él.
Lo que por ejemplo puede hacerse es elegir al azar un número de tres cifras, de modo
que cada cifra se encuentre comprendida entre 1 y 4. Así, haciendo corresponder esas
cifras con las características del personaje que se enumeran en la siguiente sección,
se obtendrá una base a partir de la cual ejercitar la imaginación y las habilidades
para la escritura.
B2 – Características del personaje (b2)
1a Hombre
2a Niño/a
3a Mujer
4a Anciano/a
1b Calvo
2b Rengo
3b Delgado
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4b Petiso/Enano
1c Irritable/Sensible
2c Temeroso/Desconfiado
3c Místico/Misterioso
4c Depresivo/Vergonzoso
B3 – Un hombre /133/ (b3)
Como vestía de negro y era muy delgado, de lejos en cierta medida hacía pensar en
Fúlmine. Sin embargo, esta primera impresión en cuanto a su personalidad
rápidamente podía ser desechada una vez que se hablaba con él.
Parecía tener la sonrisa a flor de labios. Y por momentos se reía sinceramente, aún
cuando la situación no lo ameritara en forma expresa. Su sonrisa no solía ser
estridente, pero bien se le marcaba en su rostro.
Su sonrisa y su alegría de vivir solamente desaparecían cuando le contaban una
desgracia… La enfermedad de alguien… Un robo o un copamiento… Un mal giro de
los negocios… Un incendio… Un accidente automovilístico… El fallecimiento de un
amigo o de alguien conocido…
En esas ocasiones su rostro se ensombrecía, y fruncía el ceño manifestando sincera
preocupación e interés. En esas ocasiones siempre solicitaba ampliación de detalles,
como queriendo saber más, como queriendo conocer los pormenores que provocaron
el desenlace no esperado, como queriendo averiguar de qué forma él mismo podría
ayudar.
Siempre tenía una palabra de aliento, de consuelo, de esperanza. Siempre se ofrecía
para lo que fuera. Siempre estaba a la orden y bien dispuesto. Y cuando alguien le
contaba uno de esos acaecidos que ensombrecían el alma, siempre remataba sus
comentarios con una alusión a la divinidad, expresando respeto y temor por el ser
supremo, y expresando ignorancia respecto del destino y respecto de los misterios de
la vida.
En el tiempo que él frecuentaba nuestras reuniones familiares ciertamente ya tenía
algunos años encima, aunque aún conservaba agilidad y vitalidad. Era alto y
delgado. Y casi siempre se le veía con un hábito negro muy holgado, como si le
quedara grande.
Su rostro era especialmente flaco de carnes, y su cara alargada. Ello permitía que sus
sentimientos se reflejaran muy claramente en su semblante, especialmente cuando
estaba alegre o cuando manifestaba preocupación o contrariedad. Su nariz era
prominente y sus facciones rectilíneas, lo que en parte evocaba algún retrato de algún
pintor francés o italiano del siglo XIX, que alguna vez hubiéramos podido observar
en algún museo o en algún libro.
Cuando hablaba o cuando reía mostraba su dentadura más que otras personas, lo
que junto con su delgadez y su muy acentuada calvicie, sin duda le daba una
apariencia extraña y misteriosa, como de persona enferma, o como de personaje de
ultratumba.
Sabía escuchar, aunque de vez en cuando también hablaba de sí mismo,
especialmente cuando le preguntaban. Su niñez alegre y despreocupada en la
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hacienda. Sus locuras y sus travesuras de esa época ya pasada. Sus vagos recuerdos
de la llamada “Guerra Grande”, lo que entre otras cosas despertó su simpatía por el
Partido Nacional y por la divisa blanca. Luego su establecimiento definitivo en la
capital departamental, y sus primeros pasos como integrante del grupo de juventud
del recién citado partido político. Años más tarde su traslado a Montevideo y su
ingreso al Seminario. Y al fin su ordenamiento como sacerdote católico. Sus tareas en
la catedral metropolitana, en la ciudad vieja montevideana. Su vida rutinaria y sus
pequeñas alegrías.
Recuerdo a Felipe con mucha simpatía y con profunda nostalgia. Sin duda fue una
persona muy especial, que me marcó y que influyó enormemente sobre mi
personalidad. Era un tipo macanudo. Murió de viejo en el Hogar Sacerdotal.
B4 – Un niño /241/ (b4)
Era un niño de unos tres años. En comparación con sus compañeritos de la maternal
sin duda no era de los más altos, y la complexión de su cuerpo insinuaba la
posibilidad que en el futuro fuera un petizo retacón.
En apariencia no tenía mayores problemas de socialización, ni con la gente grande ni
con los niños y niñas de su edad, ya que era alegre y muy comunicativo.
Eso sí, llamaba la atención su pasión por la música. ¡Increíblemente le interesaban
todos los géneros musicales! Incluso los que podríamos denominar como música
culta y como música sacra. Si en la televisión o en la radio escuchaba sones
musicales, rápidamente dejaba lo que estaba haciendo y se acercaba al aparato,
siguiendo el ritmo con su propio cuerpo con gran parsimonia, y manifestando una
atención y un interés propios de una persona adulta.
Un día fue muy gracioso lo que pasó. La madre lo llevó al parque, y en determinado
momento allí llegó una banda de música y se puso a ejecutar marchas militares.
Martín no se había apercibido de la llegada de este grupo pues estaba muy
entretenido en el arenero, pero no bien escuchó el repiquetear de los tambores y el
sonar de las trompetas y de los timbales, de un salto se paró y corrió junto a la
orquesta. Allí se ubico bastante cerca del director, moviendo los brazos y las manos
más o menos como lo hacía quien tenía la batuta. La escena se repitió sin variantes
durante bastante tiempo, y cuando terminó el concierto y los músicos se retiraron,
Martín corrió junto a su madre y le dijo: “Tengo sed”.
El niño ciertamente estaba en la etapa de los descubrimientos así como en el período
de afianzamiento y consolidación del lenguaje. Hacía poco que había descubierto que
su madre tenía además otro nombre.
Y cierto día se le apersonó a su abuela preguntándole con gran seriedad. Dime aba,
¿eres tú la mamá de Verokita? Ante la respuesta positiva de su interlocutora se alejó
complacido y meditabundo, como diciendo: “No estaba muy seguro, pero me lo
figuraba, pero me lo imaginaba”.
Era comunicativo con sus familiares, y contaba los incidentes que le ocurrían en el
parque, en las fiestas infantiles, en la escuela, en el consultorio médico, en los paseos.
Cierto día al regresar de la escuela se le notó algo excitado. ¡Y no era para menos!
Blanca, su maestra, ese día había llevado una pendereta, y luego de que todos
cantaran con el acompañamiento de ese instrumento, Martín no resistió y corrió al
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frente para poder apreciar ese instrumento bien de cerca. Seguramente debe de
haberlo hecho con gran energía y entusiasmo, pues según él mismo cuenta su
maestra le dio un beso y le dijo: “Ve a tu sitio”.
Sin duda Martín en esos días presentaba algunos problemitas de conducta, tanto en
la escuela como en la casa. Era demasiado emotivo e independiente, desplegaba
demasiada energía y vehemencia, y con frecuencia no hacía caso ni a sus familiares
ni a sus maestros.
La psicóloga de la escuela opinó que Martín era un niño-índigo, y recomendó no
insistir en darle órdenes rotundas y absolutas, sino más bien en darle razones
justificadas, y sugiriéndole tal o cual comportamiento, tal o cual respuesta, tal o cual
acción.
Los años dirán si éste es o no un buen consejo. Los años mostraran la evolución de
esta criatura. Los años permitirán saber más sobre esta personalidad en formación.
B5 – Un calvo misterioso /111/ (b5)
Era una noche como tantas. Era una noche que no tenía nada de especial.
Había creído que nadie más vendría, cuando repentinamente entró al lugar un
hombre más bien joven y de estatura media. Era calvo, y el semblante lucía duro y
preocupado.
Y de inmediato presentí que algo no andaba bien. Me maldije por no haber cerrado
cuando me pareció que era el momento, pero proseguí con lo que estaba haciendo,
como si nada. Era lo mejor que entonces podía hacer.
Ya había levantado todas las sillas del salón, y recogido lo que había sobre las mesas.
Así que sólo faltaba lavar el piso, y eso comencé a hacer.
El parroquiano se sentó en la barra, y luego de unos pocos segundos me interpeló con
voz bastante alta y autoritaria.
– ¿Acaso ya van a cerrar? ¡Pero qué clase de cafetín es éste que cierra a las diez de la
noche! Uno para hermanitas de caridad. A ver usted, sí usted mismo, el que está
fregando, ¿dónde está el cantinero?
– Lo tiene frente a usted. –contesté sin demora–
– Sírvame un Caballito Blanco doble, –dijo refregándose la nariz– y agilitando que
no tengo mucho tiempo.
Ya detrás del mostrador y mientras servía el whisky, de reojo fui observando más
detenidamente a mi impulsivo cliente. Tenía el entrecejo fruncido, y una mano
apoyada sobre la barra con la que tamborileaba nervioso. Y de tanto en tanto miraba
furtivamente hacia la entrada, como esperando a alguien, como recelando.
– Mire que no pedí un trago exótico, ¿o acaso nunca trabajó en la barra? ¿Para
cuando con el whisky?
– Perdón señor, es que ya había guardado todo. Pero ya está, sírvase. –contesté algo
nervioso y con voz entrecortada–
– Tome, cóbrese, y así sigue con lo suyo.
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Dejó el dinero sobre el mostrador, y tragó la bebida en menos de lo que tardé en
devolverle su cambio. Luego se encaminó hacia la entrada con andar algo vacilante,
y silenciosamente desapareció en la oscuridad de la noche.
De inmediato cerré con llave el frente, y luego terminé con el piso. Y finalmente me
cambié, acomodé las luces según el gusto del patrón, y salí por la puerta de servicio,
como siempre.
Ya en la esquina del callejón observé con sorpresa a dos hombres altos y bastante
corpulentos que corrían hacia el campo lindero, y casi de inmediato escuché un
gemido detrás del contenedor de basura.
Me acerqué con precaución, y enfoqué hacia la penumbra el ojo de gato que siempre
llevaba en la mochila.
Y allí observé un cuerpo, de costado y con el torso desnudo, y con varios cortes en la
espalda. ¡Era mi último cliente de esa noche que agonizaba!
– Estoy muy seguro que no lo soñé… –dije nerviosamente al Sargento–
– No, no, no puedo explicar porqué el cuerpo desapareció, y tampoco sé porqué no
hay rastros de sangre.
– Le aseguro Sargento que no estoy mintiendo, y que esta noche no tomé ni una sola
copa. Y por otra parte nada sabía que hace tres años ocurrió aquí mismo algo muy
similar.
C1 – Narración donde un personaje es tratado por otro personaje (c1)
La idea en este caso es hacer una narración de algún tipo en donde un personaje se
refiere abundantemente a otro personaje, el que transitoriamente se encuentra
ausente de los escenarios planteados en la historia, o el que aún no estándolo
prácticamente no actúa ni se manifiesta en forma alguna.
El marco de referencia puede ser cualquiera, puede ser seleccionado por el escritor.
Este marco referencial o de base por ejemplo podría ser el de una toldería de indios
en el siglo XVI, en donde un indio charrúa describe su casual encuentro con una
expedición de españoles.
Este marco también podría consistir en los comentarios que hace un sacerdote a un
superior respecto de un alumno muy problemático.
El relato también podría referirse a una simpática y confidente jovencita, quien en la
tranquilidad de una alcoba describe a su mamá su encuentro con un jovencito que la
deslumbró y la emocionó.
C2 – El aspirante a cura (c2)
Enero 29
Antes que nada le pido perdón por no haberle escrito mucho antes. Usted sabe bien
que le aprecio en grado sumo, y que nunca olvidaré que fue usted quien me hizo
recapacitar cuando quise volver a la vida secular para poder desposarme. La falta
que usted tuvo de mis noticias no se deben a que mi admiración y mi respeto por usted
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hayan decaído, sino a un simple exceso de trabajo en la parroquia y en la escuela
sacerdotal.
Ahora sí me he hecho de un espacio para poder enviarle estas improvisadas líneas,
aunque confieso que en esta retoma de comunicación tengo también un interés
personal muy especial. Y es que tengo que pedirle consejo, pues hay un asunto que no
sé bien como manejar.
En la escuela sacerdotal este año ingresaron once aspirantes, todos muchachos muy
jóvenes y muy alegres, y que sin duda tienen un manifiesto interés en aprender.
Además en todos ellos la vocación religiosa parecería que está bastante afirmada, lo
cual es muy bueno pues cada año tenemos menos aspirantes, y como usted sabe hay
parroquias con un solo sacerdote al frente, lo cual es un grave problema,
especialmente teniendo en cuenta la edad promedio de nuestros compañeros.
Pero el motivo de mi preocupación sobre todo es por Adrián, uno de quienes
ingresaron este año aspirando a la carrera sacerdotal.
Sin duda es un muchacho muy puntual, muy trabajador, muy disciplinado, muy
responsable, y de buena familia católica, pero lo que me preocupa es que él es muy
amanerado.
¿Qué me aconseja usted? ¿Debo hacer algo o intervenir de alguna forma, o por el
contrario debo hacerme el desentendido como si nada pasara?
En espera de su seguro y acertado consejo, y con mis mejores saludos para su
hermana, a quien de vez en cuando veo en los noticieros dada su posición en el
INAME, me despido de usted con un fuerte abrazo.
Febrero 24
Recibí su carta en tiempo y forma, y seguí su consejo de acercarme a la familia de
Adrián.
El último domingo fui a almorzar con ellos, y luego me quedé en la casa del
muchacho casi hasta las 17 horas. Ciertamente la armonía reinó en este encuentro, y
hasta jugamos al truco.
Los padres de Adrián son muy formales y muy buenos católicos, y su hijita de siete
años es muy alegre y vivaracha. Obviamente fue ella la que en muchos momentos
puso una nota de color en esa reunión. Adrián estuvo presente casi todo el tiempo, y
aunque lucía satisfecho y sonriente, sin duda estuvo bastante callado y reservado.
Lo más interesante ciertamente fue lo que conversé a solas con el padre de Adrián.
Con mucha sinceridad me contó buena parte de la infancia y de la adolescencia de
este joven.
El muchacho parece estar siempre contento y con la sonrisa a flor de labios, pero en
lo interior parece que sufrió mucho tanto en la escuela como en el liceo. Y cuando
entonces no podía ocultar su tristeza con sonrisas, parece ser que se encerraba en su
cuarto para que no le vieran.
El motivo de estos contratiempos del muchacho evidentemente no fueron sus
estudios, pues siempre fue un alumno brillante. El origen no puede haber sido otro
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que sus compañeritos de estudio, quienes de continuo le hacían bromas crueles y
comentarios burlones, pues por alguna razón lo tomaron de punto. Incluso con
frecuencia le llegaban a molestar con pedidos estrafalarios, o con misteriosos y
anónimos llamados telefónicos.
Por un lado y en conocimiento de estos hechos, por cierto no pude menos que
compadecer a Adrián y solidarizarme con él, pero por otro lado aumentaron mis
temores y mis reticencias respecto del futuro de este joven en la Iglesia.
No sé si lo agregado en esta carta le basta para hacerme una sugerencia sobre lo que
debo hacer. Si quiere saber algo más o pedirme aclaración sobre alguna otra cosa, le
contestaré enseguida.
Me despido con un fuerte abrazo, y mucho le agradezco por estar atendiendo mis
planteos. Cuente conmigo para todo lo que le pudiera ser útil.
Marzo 5
Su noticia que le será imposible venir por aquí al menos por este año me ha llenado
de tristeza, pues esperaba tener la felicidad de poder verle de nuevo. Además, me
parecía importante que usted conociera personalmente a Adrián, pues así tendría la
posibilidad de evaluar mejor la situación y poder mejor elaborar su consejo.
Aquí las cosas siguen más o menos como siempre. Lo único a remarcar es que Adrián
recibió ya cuatro veces la visita de un amigo, quien es además un ex compañero del
liceo. Parecen tenerse mutuo afecto uno al otro. El trato entre ambos es muy correcto.
Con frecuencia charlan en la cafetería, y cuando ella está cerrada se sientan en un
banco del patio por horas, o caminan pausadamente por la galería.
Ni siquiera puedo tener miedo de que estas visitas retrasen los estudios de Adrián,
pues a juzgar por las apariencias, ellos sobre todo hablan de la Biblia e intercambian
ideas y opiniones sobre ella. Este amigo se comporta pues como un excelente
compañero de estudios, y en los hecho me parece es un motor para motivar a Adrián
a pensar más y mejor en la religión y en su vocación.
Le haré saber cualquier cambio en esta situación, si dicho cambio llega a producirse.
Y le recordaré a usted en todas mis oraciones, a pesar que con la bondad que le
caracteriza seguramente usted ya tiene ganada la salvación eterna.
Marzo 21
Le escribo muy breve y rápidamente pues respecto del asunto que tenemos entre
manos hubo una novedad, aunque en realidad no sé con exactitud si ella de alguna
manera se vincula o se relaciona con Adrián.
Lo cierto es que quien se encarga del aseo de los baños encontró en un cesto dos
hojas muy estrujadas que fueron arrancadas de una Biblia. Dichas hojas
correspondían a los capítulos 19 a 25 de Deuteronomio, y allí había tachaduras y
borraduras que con toda evidencia habían sido hechas con saña o rabia, a tal punto
que en ciertas partes la lectura del texto allí se dificultaba enormemente.
Para que usted mejor aprecie el posible motivo que eventualmente pudo llevar al
autor a cometer esta herejía, ayudado por otro ejemplar bíblico transcribo a
continuación los pasajes que aparentemente fueron más borroneados y tachados.
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Deuteronomio (22,5) No vestirá la mujer hábito de hombre, ni el hombre
vestirá ropa de mujer, porque abominación es a Jehová tu Dios cualquiera
que esto hace.
Deuteronomio (22,16-17) Y dirá el padre de la moza a los ancianos: Yo di
mi hija a este hombre por mujer, y él la aborrece.
Y he aquí, él le pone tacha de algunas cosas diciendo: No he hallado tu
hija virgen. Empero he aquí las señales de la virginidad de la hija. Y se
extenderá la sábana delante de los ancianos de la ciudad.
Deuteronomio (22,20-22) Más si este negocio fue verdad, que no se
hubiere hallado virginidad en la moza.
Entonces la sacarán a la puerta de la casa de su padre, y la apedrearán
con piedras los hombres de su ciudad, y morirá, por cuanto hizo vileza en
Israel fornicando en la casa de su padre. Así quitarás el mal de en medio
de ti.
Y cuando se sorprendiera alguno echado con mujer casada y con marido,
ambos morirán, el hombre que se acostó con la mujer, y la mujer. Así
quitarás el mal de Israel.
Deuteronomio (23,1-2) No entrará en la congregación de Jehová el que
fuere quebrado o castrado.
No entrará bastardo en la congregación de Jehová, y ni aún en la décima
generación entrarán en la congregación de Jehová.
En una de estas arrugadas hojas y al margen, en desprolija y temblorosa letra de
imprenta también se hallaba agregada la siguiente leyenda: “Jesús fue un hijo
adoptivo de Dios”. Este agregado tal vez pretendía hacer alusión a ciertas antiguas y
heréticas creencias adopcionistas, algunas de las que en su momento surgieron en
propios medios cristianos, y que hoy por hoy y por fortuna están totalmente superadas
y abandonadas.
Ciertamente ya hemos analizado todos los ejemplares bíblicos de nuestros alumnos,
incluido también el de Adrián, pero todos ellos estaban completos y bien cuidados.
Este asunto es todo un misterio, y evidentemente también es un problema que de
alguna forma deberíamos aclarar. La palabra de Dios está reflejada en los escritos
bíblicos, y por tanto no podemos actuar como si este libro fuera uno cualquiera que
tranquilamente se puede botar a la basura.
Le escribiré o incluso le llamaré por teléfono si las novedades lo ameritan.
Abril 5
Mucho le agradezco Monseñor por su llamado telefónico del día viernes, a través del
que pude comprobar que usted está mucho más enterado de lo que aquí pasa de lo
que me figuraba.
Efectivamente uno de nuestros aspirantes al sacerdocio intentó suicidarse en el día de
ayer. El hecho por cierto conmovió nuestra colectividad, y luego de pasadas las
primeras corridas y de la llegada de la emergencia móvil, avisamos con prontitud a la
familia del afectado.
El padre de Adrián vino casi enseguida y pasó unas dos horas con su hijo. Y luego
salió al claustro y comenzó a discutir y a insultar al Padre Mateo, quien como usted
sabe es el profesor de primer año en nuestra escuela sacerdotal.
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Las cosas que entonces ese hombre afirmó e insinuó son ellas terribles e irrepetibles.
Y el Padre Mateo en sus argumentaciones y en sus descargos, solamente parecía
aludir a un amigo de Adrián que le visita en el convento con alguna regularidad.
Por cierto estoy muy acongojado por este desgraciado acontecimiento, aunque debo
confesarle que no estoy de acuerdo con las medidas ejemplarizantes y drásticas que
usted mencionó en su llamada telefónica que piensa proponer a Roma.
Ya sabemos que Adrián se retira, pues por lo menos ello ha dicho su padre, y por
cierto le daremos la dispensa de inmediato. Así que por este lado el tema
aparentemente está resuelto.
Y en lo que concierne al Padre Mateo, su destitución o separación nos pondría en
una encrucijada de difíciles y muy molestas consecuencias.
No tenemos quien le remplace en la escuela sacerdotal, pero tal vez lo más importante
y trascendente, sería el escándalo que presumiblemente así se generaría en nuestra
colectividad y en su entorno.
Tengo muy presente lo que usted me dijo al teléfono, eso de que no podemos encubrir
hechos de esta naturaleza, y que a las flores marchitas se las retira por inservibles
pues son una mancha en el jardín. Además concuerdo con usted que nosotros los
sacerdotes también somos pecadores, así que cuando cometemos pecado debemos
reconocerlo, debemos arrepentirnos, y debemos pedir perdón. También concuerdo
con usted que en casos graves, las jerarquías eclesiásticas en nombre de la institución
deben pedir perdón a la comunidad toda, por lo que tal vez hubiera podido suceder.
Sin embargo, para mí lo más importante hoy por hoy es la institución que
representamos y las obras sociales que están a nuestro cargo: (1) el trabajo en la
Colonia María Auxiliadora, (2) las colectas de ropa y de zapatos para los necesitados,
(3) el hogar diurno para la tercera edad, (4) la policlínica pediátrica para los pobres,
(5) los encuentros de meditación para los jovencitos, (6) las tertulias de lecturas
bíblicas razonadas, (7) la enfermería para matrimonios y para noviazgos, etcétera,
etcétera. Y es hacia aquí que nosotros deberíamos dirigir nuestras máximas
preocupaciones y nuestros más denodados esfuerzos.
No podemos poner en peligro todas estas importantes obras, por una cuestión de
principios morales que son muy defendibles e importantes en el plano teórico, pero
que no aportan nada en el lado práctico. Si nuestra institución se deteriora y se
reduce, ello sin duda afectaría negativamente de mil maneras a la comunidad, y
además sería caldo de cultivo para esos predicadores de falsas Iglesias.
Piense muy bien Monseñor en la problemática completa y no solamente en una parte.
En mi opinión lo mejor sería que usted hablara con el Obispo, y que no informen
nada a Roma sobre estos hechos. Y si acaso ustedes ya hubieran elevado vuestro
informe a la Santa Sede, me tomo la libertad y el atrevimiento de sugerir un nuevo
informe, indicando que las cosas no eran tan graves como inicialmente se habían
pensado.
Así podremos dejar todo como está. Así nuestra comunidad en esta localidad podrá
seguir avanzando tranquilamente. Así podremos continuar en calma con nuestra
importante prédica. Así podremos atender los requerimientos de enfermos y
necesitados. Así podremos intentar salvar el alma de los pecadores.
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Mayo 28
Quien le escribe con devoción y respeto es el Padre Aguerrondo. No sé Monseñor si
usted me recuerde. Soy quien tomó los hábitos junto al Padre Mateo, aquí, en la
Iglesia principal de esta capital departamental, hace ya unos cuantos años.
Ciertamente soy amigo personal del Padre Mateo desde que fuimos seminaristas, y
evidentemente he seguido bastante de cerca los desgraciados acontecimientos
ocurridos en los últimos meses referidos a Adrián. También estoy en conocimiento de
las injustas acusaciones dirigidas contra el Padre Mateo en relación a su
comportamiento con este alumno.
Mi amigo y confidente está muy amargado y apenado por todo lo que ha pasado, y al
saber que pensaba escribirle, me pidió que le dijera que le sigue recordando con
mucho afecto y respeto, y que si hace ya varias semanas que no le escribe, es porque
se siente mal, es porque se siente muy angustiado, y en ese estado le es imposible
tomar la pluma para escribir algo coherente.
El objetivo de estas breves y mal colocadas líneas, es para decirle que tanto el Padre
Mateo como yo hemos analizado en profundidad todo lo ocurrido, incluyendo las
posiciones de algunos de nuestros superiores sobre este asunto, y respecto de las que
nos hemos enterado tanto en forma directa como indirecta. Y obviamente también
hemos intercambiado ideas entre nosotros con mucha seriedad, y con mucha
profundidad y responsabilidad.
Por cierto ambos sentimos mucha pena por Adrián. Este muchacho es muy sensible,
es muy delicado, es muy frágil, es incomprendido por casi todos en su entorno social,
y en su vida ha sido presionado de mil maneras por sus compañeros de colegio e
incluso por su propia familia. Probablemente ingresó al seminario buscando un
cambio, buscando un respiro, buscando un lugar donde se sintiera cómodo y seguro,
y en lugar de ello aquí también encontró censura y rechazo de parte precisamente de
quienes había tomado como referentes. Toda esta situación debe haber sido tan dura
e insoportable para Adrián, que entonces tomó la amarga decisión de terminar con
sus días, y sólo de casualidad su intento resultó fallido.
Por todos estos hechos, por toda esta desagradable situación, finalmente tanto el
Padre Mateo como yo hemos decidido colgar nuestros hábitos y retirarnos a la vida
secular, pues no podemos continuar en una institución que admite y promueve una
doble moral, y que juzga determinadas situaciones tan a la ligera. Precisamente en
estos días ambos estamos elevando una solicitud de dispensa por las vías formales.
La presente precisamente tiene por objetivo prevenirle sobre nuestra decisión, para
que ella no le tome por sorpresa. Mucho le agradeceríamos facilite en lo posible los
trámites de nuestra solicitud, ya que por una cuestión de respeto no deseamos
retirarnos efectivamente antes que nuestro pedido sea aprobado y respondido.
Reciba usted la expresión de nuestros respetuosos sentimientos.
C3 – Adrián y el Padre Mateo (c3)
El día derretía la manteca. Se traspiraba con solamente pensar. Tres hojas iniciadas
con fecha enero 29 estaban ya estrujadas en el cesto de papeles. Tres hojas con fecha
enero 29 esperaban su destino final en el basurero municipal.
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Pensativo y sombrío, me enfrentaba en mi celdario a mi pequeña y poco iluminada
mesa de trabajo. Me revolvía en la silla. No podía encontrar una posición cómoda.
¿Cómo se lo expreso? ¿Cómo se lo planteo? ¿Qué me aconsejará? Si es que atiende
mi pedido y me aconseja algo. ¡Hace tanto que no le envío ni una sola línea!
Si bien es muy discreto, seguro que lo va a comentar con su hermana, con la que
trabaja en el INAME, pues con la otra tiene poco contacto pues ella vive en el
exterior.
¡Qué horror! ¡Qué es lo que Mercedes podría llegar a pensar de mí! Es cierto que
ella debe estar acostumbrada a este tipo de cosas, y a cosas bien peores, pues a diario
trabaja con jovencitos que tienen la libertad restringida. En ese ambiente ciertamente
pueden llegar a darse situaciones muy problemáticas. Sin embargo, diferente debe ser
cuando se trabaja estrictamente con criterios profesionales, a cuando se conoce a uno
de los actores como desde hace años ella me conoce a mí.
El repique de campanas llamando a los fieles me sobresaltó. La torre campanario
estaba demasiado cerca de donde yo estaba.
Debía decidirme con rapidez. ¿Le escribiría o no? Tomé los tres papeles estrujados
que reposaban en la papelera, los planché, y decidiéndome por el que me pareció
mejor, desde allí copié la carta que finalmente sería la que enviaría.
Luego nerviosamente escribí el sobre, pegué el sello, y salí presuroso hacia la capilla.
El monaguillo me haría el favor de depositar esta misiva en el buzón.
Esa misma tarde tuve que enfrentarme con los once aspirantes. Ellos llegaron como
siempre, puntuales y ordenados. No parecían estudiantes, y su forma de proceder no
concordaba con la juventud publicada en sus cuerpos y en sus rostros. Y entre ellos
estaba Adrián, de impecable presencia, de finos modales, tal vez demasiado finos y
estudiados, con zapatos que brillaban, y con camisa y pantalón que parecían recién
salidos de la tintorería.
Y la clase de ese día comenzó. La semana anterior ya habíamos terminado con
Génesis, y hoy comenzaríamos con Éxodo. Seguíamos el orden. Debíamos seguir el
orden. Todo en el convento y en la escuela sacerdotal estaba determinado desde
siempre. Todo seguía la rutina y la tradición.
Y el tiempo continuó escurriéndose por horas interminables, en esa rutina que tenía
algo de diabólico y de infernal. Y día tras día mi ansiedad aumentaba, pues no recibía
ninguna noticia, pues no recibía carta de él.
Pero todo llega en esta vida, y finalmente, en la mañana de febrero 18 el monaguillo
apareció, agitando un sobre bastante pequeño en su mano izquierda, y con una
sonrisa como la de un sapo, de lado a lado.
Agradecí, y displicentemente introduje el sobre en el bolsillo de mi sotana, como si no
diera una excesiva importancia a lo ocurrido, como si nada fuera de lo acostumbrado
hubiera pasado. Pero luego de unos minutos y con una excusa cualquiera, me alejé
del lugar. Y me precipité a mi celdario.
El consejo que me daba Monseñor era muy razonable, así que de inmediato lo
pondría en práctica. Seguramente Adrián no se iba a negar. No tenía ningún motivo
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para negarse. No podría negarse. Y no se negó. El domingo 23, luego de haber
repartido las ostias entre los fieles y una vez culminada la ceremonia, me cambié de
zapatos y de sotana, y al volver sobre mis pasos, desde lejos observé a Adrián que me
esperaba.
Él estaba de pie, y al ver que me acercaba levantó el brazo y agitó su mano. Saludé a
su padre con gran deferencia y con una amplia sonrisa, e ingresamos al automóvil.
En la casa me recibió el resto de la familia. La madre, muy delgada, muy respetuosa,
por todos sus poros y en todos sus gestos respiraba su condición de ferviente católica.
Y la hermanita de siete años, alegre y vivaracha, desde el comienzo puso una nota de
color y de bullicio.
Adrián estuvo atento y discreto, como siempre. Lucía satisfecho y ligeramente
sonriente porque todo se desarrollaba a satisfacción, porque todo ocurría con
normalidad. Y como siempre estuvo bastante callado, como si no quisiera cometer
errores, como si no quisiera incomodar.
La sobremesa con el café se extendió por más de media hora, y luego, mientras la
mamá de Adrián se retiraba ya a la cocina, salió a relucir un mazo de cartas.
Y jugamos al truco. La hermanita de Adrián se paró junto a mí para seguir las
alternativas del juego, y yo, canchero, en secreto le mostraba mis cartas, y susurrando
con ella discutía mis próximas jugadas.
Y durante hora y media todo fue jolgorio y bullicio, y de a ratos reíamos, y yo reí
como hacía mucho tiempo no lo hacía.
Luego quedé solo con el padre de Adrián, y él, confidente, me contó lo esencial de la
infancia y de la adolescencia de su hijo.
Las bromas de sus compañeritos del colegio. Los pedidos estrafalarios y los
misteriosos llamados telefónicos de sus amigos del liceo. Por alguna razón lo tomaron
de punto.
Ciertamente no pude menos que compadecer a Adrián y solidarizarme con él, pero
también aumentaron mis temores y mis reticencias respecto del futuro de este joven
en la Iglesia.
Hacia las 17 horas el padre de Adrián me llevó de vuelta, pues no podía faltar a mi
guardia en el confesionario. Y atendí a quienes ya me esperaban y a quienes vinieron
luego. Casi todas mujeres, y poca juventud. Parecería que los hombres no son muy
pecadores.
Ese día me acosté muy cansado pero satisfecho, y al día siguiente le escribí
prestamente a Monseñor, contándole todo lo ocurrido. Y días más tarde… Y días más
tarde comenzaron las visitas de un amigo de Adrián.
Al principio estas visitas me inquietaron. Ninguno de sus otros diez compañeros de
estudio recibía visitas de este tipo. Pero luego, al no observar nada raro, mis
reticencias se desvanecieron.
Pasaron varias semanas y todo continuó más o menos como siempre. La rutina, los
gestos repetidos y el uso de frases hechas, las inclinaciones de cabeza en momentos
que se podían adivinar.
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Si en esos días hubiera llevado un diario de mi vida, casi casi hubiera podido escribir
el mismo con un día de adelanto. Pero luego, repentinamente, comenzaron a
sucederse los hechos extraños o extraordinarios. Los acontecimientos se precipitaban
en tropel.
Primero Feliciano con su historia del encuentro de dos hojas de la Biblia en uno de
los cestos de basura, donde estaba esa leyenda que indicaba que Jesús bien podría ser
hijo adoptivo de Dios.
Días más tarde y ya a principio de abril, el intento de suicidio de Adrián.
La llegada casi inmediata del padre de Adrián. Su discreto y lógico encierro con su
hijo por un par de horas. Luego su furibunda salida al claustro, descargando su
cólera y sus injustos insultos sobre mí. Y luego su partida llevándose al muchacho.
De inmediato un cambio de atmósfera. Algunas risitas burlonas de vez en cuando.
Algunos sermones pasados de moda defendiendo una doble moral. Las miradas
lacerantes y desconfiadas de casi todos en el convento, con la única excepción del
Padre Aguerrondo. Lo que más me hirió sin duda provino de las jerarquías.
Por eso, por todo esto que está pasando, ya me decidí. Esta decisión en realidad
debería haberla tomado mucho antes, cuando Mercedes y yo aún teníamos un futuro.
¡Qué lástima, cómo me equivoqué!
Pediré la dispensa y colgaré la sotana. Y ahora nadie podrá torcer esta decisión del
Padre Mateo. Y ahora nadie me hará cambiar de opinión. Y ahora tal vez podré tener
un futuro, un verdadero futuro.
C4 – Comentarios sobre el escrito “El aspirante a cura” (c4)
En este conjunto de seis cartas cuyas respectivas fechas son enero 29, febrero 24,
marzo 5, marzo 21, abril 5, y mayo 28, se intenta desarrollar una temática de tipo
religioso, concerniente a las dudas y frustraciones que con alguna frecuencia
aquejan a los sacerdotes en relación a su fe o a su vocación, y también concerniente a
las contradicciones y al conservadurismo que en algunos casos se observan en las
jerarquías eclesiásticas. Sin duda las fechas de estas cartas ayudan a fijar una
cronología, ayudan a establecer una idea de tiempo.
Los personajes que son sacerdotes y que son quienes escriben las cartas, son ellos los
siguientes: (A) el Padre Mateo, (B) el Padre Aguerrondo, (C) un jerarca de ambos en
la congregación local (y de quien no se indica nombre), y (D) un jerarca religioso que
está lejos, que es de mayor jerarquía religiosa que los otros tres citados, y a quien
simplemente se identifica como Monseñor. Las seis cartas están dirigidas a
Monseñor, y este último responde esas cartas con esquelas escritas y con llamados
telefónicos, de lo que se tiene certeza a través de referencias hechas por los otros
actores en las seis cartas citadas. Las cuatro primeras cartas fueron escritas por el
Padre Mateo, la penúltima por el citado jerarca religioso en la localidad, y la de fecha
mayo 28 por el Padre Aguerrondo.
Al transcribir las cartas se ha omitido el destinatario de las mismas y también se han
omitido los nombres de los firmantes. No obstante esta situación, perfectamente
pueden identificarse a estas personas por los contenidos de las propias cartas. Para el
escritor hubiera sido muy sencillo aclarar desde el inicio estos detalles. Le pareció sin
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embargo más conveniente obrar como se ha indicado, pues así se puede introducir
cierta tensión y cierto suspenso en el relato, pues así se obliga al lector a poner
atención en los detalles, y a construir sus propias suposiciones y sus propias
conclusiones.
La quinta carta tiene un claro cambio de estilo respecto de las precedentes, lo que
hace suponer un cambio de remitente desde la lectura de las primeras frases. Además,
quien escribe en esta carta de fecha abril 5, en ningún momento en ella señala, ni
directa ni indirectamente, que el firmante hubiera tenido un contacto muy directo y
frecuente con Adrián y con los otros diez novicios, pero sí se refiere a que el Padre
Mateo es el profesor de primer año en la escuela sacerdotal. Esta circunstancia, este
indicio, junto al contexto general de esa carta y de las cuatro primeras, debería
permitir a cualquier lector atento deducir sin dificultades que el Padre Mateo es
precisamente quien escribió las cuatro primeras cartas. Nuevos indicios en la sexta
carta de fecha mayo 28, sin duda permiten descartar cualquier posible duda sobre
este punto, pues allí se confirma que el Padre Mateo escribía con regularidad a
Monseñor, aunque admite que esto no ocurrió en las últimas semanas (la última
carta del Padre Mateo a Monseñor data precisamente de marzo 21).
Se reitera que el objetivo del autor de este cuento al así proceder, no es el de
arbitraria y artificialmente dificultar la comprensión del mismo por parte de los
lectores, demostrando así una intensión mezquina o perversa.
Todo lo contrario, el autor pretendió así agregar interés y suspenso a la obra,
obligando al lector a hacer sus propias deducciones y elaboraciones, cosa que por
otro lado es lo habitual en nuestra experiencia cotidiana de la vida real.
Los otros personajes referidos en esta obra son los siguientes: (a) la hermana de
Monseñor que trabaja en el INAME, (b) Adrián, alrededor de quien gira la mayoría
de los acontecimientos, (c) los otros diez novicios, (d) el padre de Adrián, (e) la madre
de Adrián, (f) la hermanita de Adrián, (g) los compañeros de estudios de Adrián de
escuela y liceo, (h) el amigo de Adrián, (i) un limpiador que trabaja en el monasterio
y a quien no se identifica por su nombre, (j) otros personajes visitantes frecuentes o
residentes en el monasterio, a quienes ni siquiera se identifica bien en estas seis
cartas.
Quienes pudieran hacer una lectura atenta de estas seis cartas, tal vez puedan quedar
con cierta insatisfacción, con cierta frustración o cierto desengaño, pues si bien se
indica con claridad que Adrián tiene algún tipo de problema, no se indica muy bien si
este problema es la homosexualidad, o la transexualidad, o la timidez exacerbada, o
tal vez la simple falta de simpatía y de carisma. Adrián tal vez podría sufrir de pánico
social o de alguna otra cosa. La verdad es que no se sabe con certeza, pues con la
lectura de las seis cartas no es posible arribar a una conclusión definitiva.
La relación de Adrián con su progenitor, con su amigo, con el Padre Mateo, no es
muy bien aclarada en ninguno de estos tres casos, aunque se establecen rastros y
sospechas que en los tres casos estos lazos pudieran ser conflictivos. Sin duda podría
ser sumamente interesante profundizar más en la relación de estos tres personajes
con Adrián, y/o en dar mayores detalles sobre la personalidad, los sentimientos, los
hábitos, de ellos tres e incluso del propio Adrián.
Evidentemente la obra ampliada de esta forma podría llegar a ser sumamente
interesante y atrayente, pero ella sería una obra diferente, que pondría sobre el tapete
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otras temáticas no especialmente profundizadas en la obra original. Así se estaría
cambiando la intencionalidad retenida por el escritor al concebir la obra.
Las seis cartas reunidas bajo el título “El aspirante a cura”, básicamente tienen por
objetivo plantear dos temáticas principales: (1) una doble moral de hecho defendida a
veces por algunas jerarquías eclesiásticas (no por todos sino sólo por algunos
religiosos, no siempre sino sólo a veces), (2) ciertos problemas de fe o de vocación o
de circunstancias, que a veces afectan a quienes se integran a una colectividad
religiosa, como por ejemplo ciertos aspectos referidos al celibato sacerdotal.
“El aspirante a cura” pretende ser un cuento en donde el conflicto y el mensaje se
centran precisamente en estos dos asuntos (1) y (2), y para que este escrito realmente
sea un cuento, y para que esta obra realmente pueda ser considerada cuento, sin
duda se debe cuidar la economía de medios, vale decir, se debe tratar de no
profundizar demasiado en temáticas accesorias o en detalles intrascendentes, que
excedan estos dos asuntos sobre los que principalmente se desea llamar la atención.
Si no se procediera de esta forma, o sea si el relato se enriqueciera con otras
vertientes, ampliando la relación entre Adrián y el Padre Mateo, y/o profundizando
en los conflictos y en las diferencias que pudieran existir entre Adrián y su
progenitor, o entre este muchacho y el amigo que con alguna frecuencia le visita en
el convento, tal vez se podría obtener una obra muy interesante, muy motivadora,
muy impactante y removedora, aunque sin duda ella sería más extensa que el
primitivo relato, y también la estructura de la nueva obra sin duda sería más
compleja, todo lo cual posiblemente habilitaría a afirmar que el nuevo producto
obtenido sería más bien una novela corta y no un cuento largo.
C5 – Comentarios sobre el escrito “Adrián y el Padre Mateo” (c5)
Esta nueva obra pretende plantear las mismas temáticas ya tratadas en “El aspirante
a cura”, y de forma de más o menos arribar a conclusiones o a mensajes muy
similares.
Ciertamente existen notorias diferencias entre estos dos escritos, tanto de estilo como
de formato y de contenido.
En primer lugar “Adrián y el Padre Mateo” no tiene presentación epistolar. En este
nuevo cuento se pretende plantear el suspenso y la tensión más bien recurriendo al
procedimiento de sugerir los hechos y las situaciones a través de señales indirectas,
de indicios, de pistas, de signos.
Si bien determinados asuntos o circunstancias son revelados en las dos obras casi de
la misma forma y con similar profundidad, otros detalles son tratados de manera bien
diferencial.
Por ejemplo en “Adrián y el Padre Mateo”, el personaje llamado Padre Aguerrondo
apenas si es mencionado, mientras que por el contrario en la otra obra, este actor es
quien escribe la carta de fecha mayo 28. En “Adrián y el Padre Mateo” se incluye
como personaje al monaguillo, actor que no se encuentra en la otra obra.
Para que el lector de esta crítica literaria pueda establecer bien las diferencias, a
continuación se señalan los actores que explícitamente son mencionados en la obra
“Adrián y el Padre Mateo”: (a) el narrador quien es también un actor, de quien
pronto se sabe que es sacerdote y también profesor en la escuela sacerdotal, y de
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quien por el título de la obra y por una escueta referencia hacia el final, se deduce sin
dificultad que se llama Padre Mateo, (b) Mercedes, (c) el hermano de Mercedes, de
quien pronto se sabe que llaman Monseñor, (d) la hermana de Mercedes que está
radicada en el exterior, (e) el monaguillo, (f) los once estudiantes de la escuela
sacerdotal, y entre ellos Adrián, (g) los fieles que comulgan, (h) el padre de Adrián,
(i) la madre de Adrián, (j) la hermanita de Adrián, (k) los compañeros de colegio y de
liceo de Adrián, (l) los hombres y mujeres que van a confesarse, (m) el amigo de
Adrián, (n) Feliciano, quien es limpiador en el convento, (o) el Padre Aguerrondo,
confidente y amigo del Padre Mateo, (p) las jerarquías eclesiásticas.
Compárese esta lista con la que fuera antes señalada para el caso de la obra titulada
“El aspirante a cura”, la que es detallada seguidamente: (a) el Padre Mateo, autor de
las cuadro primeras cartas, (b) una jerarquía eclesiástica local, autor de la quinta
carta, (c) el Padre Aguerrondo, autor de la sexta y última carta, (d) Monseñor,
destinatario de las seis cartas, y jerarca de relevancia en la Iglesia, (e) la hermana de
Monseñor, (f) Adrián, (g) los otros diez novicios de primer año en la escuela
sacerdotal, (h) el padre de Adrián, (i) la madre de Adrián, (j) la hermanita de Adrián,
(k) los compañeros de estudios de Adrián de escuela y liceo, (l) el amigo de Adrián,
(m) el limpiador del monasterio, (n) otros personajes visitantes frecuentes o residentes
en el monasterio.
Respecto de las conclusiones o de los mensajes de ambas obras, no hay mucho más
para agregar aparte de lo ya expresado. Las problemáticas principales planteadas en
las dos obras son: (1) la doble moral que a veces defienden integrantes de la Iglesia,
(2) los problemas de vocación y de fe que a veces afectan a quienes han adoptado la
carrera sacerdotal, y entre ellos y en la religión católica, uno de los importantes
cuestionamientos se refiere al celibato sacerdotal.
D1 – Desarrollando argumento (d1)
La sugerencia aquí propuesta consiste en tomar el comienzo de un cuento o de una
novela de algún escritor famoso, y tratar de continuar con ese escrito por cuenta
propia, y de forma de obtener un cuento o narración breve. Esto es lo que bien
podríamos llamar cuento-continuado o cuento-completado o narración-proseguida.
En este ejercicio de práctica se deberá poner especial énfasis en la descripción y
presentación de algún personaje, y también se deberá tratar que de este escrito pueda
extraerse alguna conclusión, algún mensaje, alguna moraleja, alguna enseñanza,
alguna idea-fuerza. La lectura entre líneas del escrito producido no tendrá porqué ser
similar a la que eventualmente pueda existir en la obra original.
Podría ser especialmente útil tomar como disparador una obra que aún no haya sido
leída por el escritor que hace esta práctica, pues así y luego de concluido el
experimento, se podría comparar el escrito obtenido con la obra original.
Como texto de arranque específicamente se proponen los primeros párrafos de
“Nineteen Eighty Four” (“1984”), que como se sabe fue publicada en 1949 bajo el
seudónimo de George Orwell. Realmente quien escribió esta obra fue el novelista y
ensayista británico Eric Arthur Blair (25 junio 1903 – 21 enero 1950).
Este escritor especialmente se dedicó a crear obras de ficción con alto contenido
ideológico, y en donde con frecuencia se resaltaba la tendencia a la degradación de
los ideales sociales propuestos, cuando los grupos que los sustentaban accedían al
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poder político-administrativo. Este pensador británico a través de sus obras, a través
de sus anti-utopías, criticó particularmente al nazismo, al fascismo, y también al
estalinismo.
Ciertamente este analista y comunicador siempre tuvo una gran sensibilidad personal
frente a las injusticias sociales y frente a los males de nuestra organización social, y
si bien fue crítico del pensamiento liberal e individualista, también lo fue de los
ideales socialistas y de sus métodos (como ya se dijo, especialmente cuestionó al
régimen estalinista).
La obra “Nineteen Eighty Four” sin duda es una sátira a los estados totalitarios, que
para eternizarse en el poder no dudan en avasallar y en sojuzgar a los individuos,
recurriendo para ello a métodos no santos, que incluso interfieren con las propias
vidas privadas, y que incluso intentan falsear la historia.
El texto tomado como modelo-disparador eventualmente podrá ser ligeramente
alterado en redacción, a efectos de así obtener un escrito final con más unidad, con
más coherencia en estilo, con más homogeneidad.
D2 – Dos mil ochenta y cuatro (d2)
Era un luminoso y frío día de abril, y los relojes daban las trece. Winston Smith, con la
barbilla clavada en el pecho en su esfuerzo por burlar el muy molesto viento, se deslizó
rápidamente por entre las puertas de cristal de las Casas de la Victoria, aunque no con la
suficiente rapidez para evitar que una ráfaga polvorienta se colara con él.
El vestíbulo olía a legumbres cocidas y a esteras viejas. Al fondo, un cartel de colores,
demasiado grande para hallarse en un interior, estaba pegado a la pared. Éste era ocupado
casi en su totalidad por un enorme rostro de más de un metro de anchura: la cara de un
hombre de unos cuarenta y cinco años, con un gran bigote negro y facciones hermosas y
endurecidas.
Winston se dirigió hacia las escaleras. Era inútil intentar subir en el ascensor. No
funcionaba con frecuencia, y además en esta época la corriente se cortaba durante las horas
diurnas. Esto era parte de las restricciones con que se preparaba la Semana del Odio.
Necesariamente tenía que subir a un séptimo piso. Con sus treinta y nueve años y una úlcera
de várices por encima del tobillo derecho, subió lentamente y descansando varias veces.
En cada descansillo y frente a la puerta del ascensor, el cartelón del enorme rostro miraba
desde el muro. Era uno de esos dibujos realizados de tal manera que los ojos le siguen a uno
adondequiera que vaya. “EL GRAN HERMANO TE VIGILA”, decía la leyenda al pie.
Al llegar al piso siete llamó con los nudillos en la puerta de más al fondo. Y al cabo
de algunos segundos le atendió una mujer bastante baja y muy entrada en años.
– Usted debe ser la mamá de Marcela. –dijo el hombre con su mejor sonrisa–
– Sí, –dijo ella acariciándose la mejilla– y usted tiene que ser Lorenzo.
– Efectivamente. –le contesté, y ambos reímos ya más distendidos–
Muy amablemente la señora le hizo entrar, y señalando una silla informó al señor
Smith que Marcela no estaba, pero que seguramente no tardaría.
Y con rapidez se disculpó por no acompañarle, pero lo cierto es que debía atender a
los dos hijos de Marcela que estaban en el dormitorio, y a quienes no se les podía
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dejar solos. En son de disculpa, afirmó que eran pequeños y muy revoltosos. Luego la
mujer giró sobre sus talones y desapareció detrás de una cortina.
Winston Smith se sentó inmediatamente, cruzó los brazos, y así permaneció casi sin
moverse, y con cara muy pensativa y sombría. Debía bien planificar su entrevista con
Marcela. Tendría que pensar bien qué era lo que iba a proponer o a sugerir.
Por cierto que ya conocía a Marcela. La había visto varias veces. Pero ésta sería su
primera reunión a solas. Y en su casa. ¿Sería ella como aparentaba ser en las
reuniones del grupo?
El hombre era alto y delgado, y había nacido en EEUU, muy cerca de la frontera
mexicana. De muy niño con sus padres había deambulado por el mundo entero y
especialmente por América Latina, pues su progenitor era diplomático. Debido a ello
hablaba tan bien el español como el inglés. Y como era de esperar, Windston pronto
también desarrolló sensibilidad social e interés por la política.
A pesar de su delgadez sin duda lucía fuerte y elegante. Sus ropas eran casi nuevas y
le sentaban bien.
En la calle su apariencia muy probablemente llamaría la atención, porque en esa
época no se solía ser tan cuidadoso con la vestimenta.
Pero seguramente lo que más resaltaría a cualquier observador en esos años, sería la
extrema delgadez de ese hombre. En ese tiempo la gente por lo general no pasaba
hambre, pero los alimentos naturales eran muy escasos, y por eso casi el noventa por
ciento de la población era obesa. Lo que mayoritariamente se comía era la llamada
comida chatarra, y por cierto eso era lo que entonces también comía Winston Smith.
Y si él no engordaba como tantos otros, seguramente era porque su metabolismo
mucho le ayudaba.
Un ruido en la puerta de entrada sobresaltó a Winston. Posiblemente estaba muy
distraído. Posiblemente estaba muy concentrado en sus meditaciones y sus
elucubraciones sobre la delicada situación política del momento.
Hombre y mujer se saludaron con cortesía y efusividad, e inmediatamente se
instalaron en la mesa del comedor, donde desplegaron sus afiches y sus libretas de
apuntes.
Inmediatamente la mujer le recordó al hombre que para todos y que para ellos
mismos sus respectivos nombres eran Lorenzo y Marcela, y que por nada del mundo
debían revelar sus verdaderas identidades y sus verdaderos lugares de reunión.
– No se preocupe por eso, –dijo el hombre con una sonrisa– estoy aquí para ayudar y
no para complicar las cosas.
– Tenga fe en mí como yo tengo fe en usted y en todo el grupo. De esta situación
salimos todos juntos y unidos, o no salimos. Tengamos total confianza en nuestro
futuro. Tengamos esperanza en un porvenir venturoso. –recalcó bien pausadamente–
Hombre y mujer hablaban en un español muy fluido, a pesar que esa no era la
lengua materna ni en el caso de él ni en el caso de ella.
Sin duda el Gran Hermano y su entorno les vigilaba, y ellos lo sabían bien, y ellos les
temían, y ellos recelaban, y si podían se escondían o intentaban pasar desapercibidos.
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El Gran Hermano parecía estar muy decidido a de alguna manera abortar o al menos
empequeñecer la Semana de la Solidaridad Internacional, y por eso hasta la había
rebautizado Semana del Odio. Seguramente estarían dispuestos a todo. Seguramente
serían capaces hasta de falsear la propia historia.
Las actividades de protesta que se llevarían a cabo en esos emblemáticos siete días,
coincidirían en fecha y lugar con la realización de los XLVIII Juegos Olímpicos, los
que sin duda serían bendecidos con gran pompa por el propio Gran Hermano
durante la ceremonia inaugural.
– Es una vergüenza que el propio Comité Olímpico Internacional permita que los
Juegos Olímpicos sean usados tan vilmente como propaganda proselitista. –dijo
Lorenzo muy contrariado– Así se repite lo ocurrido Berlín–1936 y en Beijing–2008,
donde se permitió el show por personajes que no merecían este honor. Es indignante,
pues es una forma de apoyo a esta gente, una forma de reconocimiento.
– Ellos parecen estar dispuestos a todo para impedir que nos manifestemos y que
digamos nuestras verdades. –afirmó la mujer– ¡Si hasta cortan la electricidad en
buena parte del día y en casi toda la ciudad, para así intentar dificultar nuestros
desplazamientos y nuestras movilizaciones, para así intentar desanimarnos! ¡Y eso
que aún faltan unas cuantas semanas antes que la gran fiesta comience!
– ¿Dime Marcela, aparte de las protestas a organizarse en todo el mundo al paso del
fuego olímpico, qué otras actividades de relevancia están previstas? ¿En la reunión
del lunes pasado con los otros grupos y a la cual no pude asistir, finalmente se aprobó
la plataforma de peticiones? ¿Qué tipo de coordinación piensa establecerse con las
organizaciones no gubernamentales de otros países?
Con movimientos lentos y parsimoniosos, Marcela desplegó unas hojas de papel un
poco ajadas, en donde con letra grande y clara podía leerse lo indicado en las
siguientes líneas.
• Constitución y reconocimiento de un verdadero Gobierno Mundial, con
amplias facultades de decisión, y con financiamiento asegurado.
• Implantación de una verdadera moneda internacional llamada bancor, y
organización del comercio internacional con similitud a lo oportunamente
propuesto en 1944 por John Maynard Keynes, incluyendo algún tipo de
gravamen tanto a las balanzas de pago deficitarias como a las balanzas de
pago supernumerarias.
• Ayuda a los Gobiernos en la implementación de sistemas tributarios
nacionales de recaudación compulsiva y totalmente automatizada.
• Implantación de recaudación compulsiva y automatizada también en la
colecta de aportes al Gobierno Mundial por parte de los distintos países.
• Implantación de procedimientos financiero-contables mucho más estrictos
y seguros, de forma de poder hacer un mucho mejor seguimiento de las
cadenas de pago.
• Paso total de control al Gobierno Mundial en todo lo concerniente a la
operación y a la ampliación de Supernet, dada la gran importancia de esta
tecnología en nuestra actual organización social, dada las grandes
posibilidades futuras de esta Internet de segunda generación, y dado los
peligros que la misma podría provocar en manos de Gobiernos corruptos y
autoritarios.
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• Sustitución de la actual cooperación internacional por un sistema mucho
más organizado y racional, y con financiamiento asegurado por el propio
Gobierno Mundial.
• Promoción a escala internacional tanto de los servicios empresariales
como de los servicios familiares. Promoción de los conglomerados
empresariales. Gran apoyo a los grupos familiares, y gran apoyo a la
pequeña y mediana empresa.
• Discusión a nivel mundial sobre las políticas de planificación familiar y
de control de natalidad, las que necesariamente deberán tener una
organicidad global respondiendo a una estrategia global, bajo especial
responsabilidad y supervisión del Gobierno Mundial, y no tanto a cargo de
las autoridades nacionales.
Lorenzo leyó el escrito con mucha atención un par de veces, y a medida que avanzaba
en su lectura, hacía gestos y cortos comentarios de amplia aceptación, de amplia y
satisfecha aprobación.
Luego el hombre comentó que la instalación de Supernet avanzaba a gran ritmo en
todo el país, pues sin duda la misma podría ser usada para espiar y controlar a la
población toda, incluso hasta en sus propios hogares.
– La mayoría –dijo– aceptará de buen grado la instalación de las terminales de
Supernet en sus propios domicilios, pues son demasiados los servicios que por esta vía
serán ofrecidos. Además, y con el pretexto de la facturación y del ahorro de energía,
muchísimas cosas necesaria y obligatoriamente tendrán que ser vehiculizadas por
este medio. El encendido de luces, la cocción de alimentos, el control de la
temperatura del agua destinada al aseo personal y al lavado de ropa, las
comunicaciones personales, el manejo del dinero, las compras en los comercios, la
apertura y cierre de muchas puertas, etcétera, etcétera.
Inmediatamente preguntó a Marcela si no sería conveniente provocar algún tipo de
atentado o de daño a los cableados y a las instalaciones, como forma de retrasar o de
degradar el funcionamiento de Supernet. La mujer escuchaba con mucha atención a
Lorenzo, y aunque no decía palabra, con insistencia movía negativamente su cabeza.
E1 – Obra epistolar de crítica social (e1)
El escrito titulado “Les Lettres Persanes” (1721) sin duda es una muy interesante
novela epistolar de crítica social, oportunamente escrita por el filósofo y escritor
Charles-Louis de Secondat, barón de Brède y Montesquieu (1689 – 1755).
La trama de esta novela se basa en la circunstancial estadía en Francia de dos
personajes persas, Usbek y Rica, quienes han hecho este viaje con la finalidad de
mejor conocer la civilización occidental y sus adelantos.
Durante su estadía en dicho país, estos ciudadanos orientales les escriben a sus
amigos que han quedado en Persia, así informándoles sobre sus impresiones de viaje,
sobre las costumbres locales, sobre las instituciones francesas, sobre los estereotipos
de justicia y paz de los franceses, sobre la moral cristiana, etcétera, e incluso
incursionando a veces sobre ciertos ideales político-sociales, anticipo de las
elucubraciones del escritor que luego fueron retomadas y ampliadas por éste, en el
libro finalmente publicado en 1748 y que se tituló “De l’esprit des lois” (“Sobre el
espíritu de las leyes”, o “Relaciones que las leyes deben tener con la constitución de
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cada Gobierno, y con las prácticas morales, el clima social, la religión, el comercio,
etcétera”).
En el presente ejercicio de práctica, el estudiante deberá desarrollar un escrito
epistolar que retome algunas características de la recién citada obra de este escritor
francés, especialmente en lo que concierne a la crítica social que implícita o
explícitamente se expone, así como en lo que concierne a las contradicciones puestas
de relieve a través de los enfoques de un observador que no es representativo de la
mayoría.
El escritor tendrá libertad para elegir el observador o testigo que más le acomode.
Este observador o comentarista podría ser alguien nacido lejos de la región que se
pretende analizar y cuestionar. Él también podría tener una religión diferente de la
mayoritaria en la estructura social puesta bajo la lupa, o sea podría tener valores
éticos y morales diferentes de los más frecuentes y corrientes. El comentarista
eventualmente podría ser un loco que por momentos tiene períodos de cordura,
opción de enfoque que fuera magistralmente retenida y aplicada por Miguel de
Cervantes Saavedra (1547 – 1616), en su muy conocida y muy exitosa obra titulada
“El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”.
Este analista social incluso podría ser una mascota, un animal salvaje, un mosquito o
un tábano o un vampiro, un personaje mitológico o una divinidad, una figura
encarnación de una virtud, un personaje histórico que cambia de tiempo, un
gobernante que no conoce la verdadera realidad de sus gobernados por estar preso de
su entorno, un sacerdote que todo lo observa y que todo lo decide a través de sus
creencias, etcétera, etcétera.
Luego de cumplida esta primera etapa, quien hace este ejercicio deberá desarrollar
un breve ensayo de crítica literaria sobre el escrito producido.
El objetivo a alcanzar con esta ampliación del ejercicio es simple. Conviene que un
escritor también se pueda situar en la vereda de enfrente, conviene que un escritor se
pueda poner en lugar de los críticos literarios y de los lectores de las obras que
escribe.
Si quien quiera practicar este ejercicio le parece que el mismo es demasiado largo y
dificultoso, siempre se podrá simplificar su primera parte, allí sustituyendo la versión
personal solicitada, por un escrito del género propuesto que pueda ser ubicado en
alguna biblioteca o a través de Internet. En esta última situación y si el escrito
seleccionado no satisface del todo, siempre se podrá modificar el mismo para así
mejor adaptarlo a los objetivos aquí propuestos.
El aprendiz de escritor no deberá tener miedo de cometer plagio al actuar como
recién fue indicado.
Si alguien se apropia de un escrito cuya autoría no le pertenece, siempre lo podrá
trabajar con tanta constancia, esfuerzo, y amplitud, que finalmente el producto así
logrado puede llegar a ser bastante diferente del que se partió, tanto en contenido
argumental como en forma o extensión o mensaje.
Además y por otra parte, la finalidad del ejercicio propuesto es que quien lo haga
ejercite y perfeccione sus habilidades como escritor, y en esto nada tiene de malo
tomar una obra ajena como modelo o para práctica.
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E2 – La sapiencia del búho (e2)
Queridos hermanos:
Ya casi es mi tiempo, y hay algunas cosas que por el bien de todos quiero y debo decir
antes de partir. Y las digo por escrito, para que así se puedan recordar mejor, para
que así nadie tenga el pretexto de poder decir que las olvidó.
Hoy como tantas otras veces, la tarde de sábado cayó sobre la ciudad con sutiles y
frescos reflejos naranja y rosa, anunciando un domingo con un muy buen tiempo.
Lentamente se fueron apagando los resplandores y los colores, para dar paso a las
sombras y a los ruidos y al misterio y a los aromas. Lentamente la jornada se fue
aquietando, lentamente cada uno de nosotros fue tomando su lugar.
Ruidos metálicos, incisivos, chirriantes, por momentos se escuchan distantes. Ruidos
repetidos de cerrojos que ceden y de motores que arrancan. Ruidos que se esperan,
puntuales, constantes, regulares.
Ruidos que se aguardan con ansia, que se anhelan, y que se temen. Ruidos que en
diversos momentos despiertan sentimientos contrapuestos: por un lado anuncian la
llegada del alimento; por otro recuerdan el encierro y la poderosa mano del
carcelero; por otro provocan alerta y recelo por ser ignorado su origen; por otro
invitan al descanso por señalar que el peligro está lejos.
Todas las noches del zoológico son parecidas, menos las noches de los sábados. Esas
noches especiales respiran una particular tensión y una emoción mal contenida.
¡Ciertamente no es para menos! Es que el domingo es el gran día.
Nosotros, los habitantes del zoológico, tenemos todos nuestros propios códigos, que
son distintos a los de los animales en libertad.
Aquí el rey no es el león, como podría suponerse. Las habilidades propias del rey de
la selva no son útiles en la ciudad. Aquí los leones no deben correr ni cazar a nadie.
Sus potentes garras no ofrecen riesgo detrás de las rejas o a lo lejos tras los fosos.
Sin embargo, sin duda mucho ha obtenido poder aquél que desarrolló capacidades
que lo asemejan al hombre, que es quien domina en esta parte del mundo. Armas
como seducción, astucia, inteligencia, gracia, simpatía, son muy valiosas aquí.
Por eso el mono es rey. Sin duda fue quien mejor supo adaptarse a este medio, y
quien mejor logró ganarse la confianza y simpatía de los humanos. Y por eso es quien
los conoce más. Sabe sus gustos, sus preferencias, sus debilidades, y gracias a ese
conocimiento con relativa facilidad puede obtener lo que quiera.
La competencia por la comida, la lucha por sobrevivir, la búsqueda de cobijo, la
incertidumbre por lo inesperado y peligroso. Nada de eso existe aquí.
Lo que prima es un espíritu común de solidaridad y cooperación entre nosotros los
animales, que excede los propios límites de las jaulas. Una íntima sensación
compartida de encierro, de prisión, de arbitrariedad, de condena a cadena perpetua
sin juicio en tiempo y forma y sin juez.
Pero sin duda los domingos son diferentes. Pero sin duda en los domingos hay un
cambio. Los domingos sirven para hacer menos pesada nuestra condena.
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Casi todos los días el zoológico recibe visitantes, pero el domingo es el día esperado.
Los animales nos preparamos con dedicación. Nos higienizamos. Nos acicalamos.
Nos practicamos en nuestras mejores artes y habilidades, para al día siguiente no
defraudar. Nos preparamos para recibir a la gente con nuestras mejores galas, como
quien se arregla para una fiesta, o para un deslumbrante espectáculo.
El domingo es sin duda el día del gran evento, el esperado día del colorido y
carnavalesco desfile.
He pasado la mayor parte de mi vida en este lugar, y por momentos he tenido la
suerte de estar del otro lado de las rejas, llevando mensajes de jaula en jaula,
escuchando historias, y a veces también siendo parte de ellas.
Como buen búho, he sabido mantener los ojos bien abiertos, y he mirado atentamente
todo cuanto pasó en mi derredor. He podido observar casi casi como tarea exclusiva,
a los seres que transitan frecuente o esporádicamente por este lugar, y antes de morir
mis amigos, quisiera transmitir a ustedes mis descubrimientos. Sé que poco me queda
ya porque siento a la muerte rondando cerca, y no quisiera irme sin compartir con
vosotros, mis queridos animales del zoo, la modesta ciencia que he aprendido.
De todo lo que he visto, escuchado, y vivido, con certeza puedo asegurar mis
hermanos, que entre ellos vuestros carceleros y vuestros ocasionales visitantes,
encontraréis prisioneros aún más esclavos y sumisos que entre nosotros mismos.
Mientras nosotros podemos palpar los barrotes de nuestras jaulas, ellos cargan con
sus celdas desde dentro. Arrastran por la vida sus cadenas, y a cada paso quitan
eslabones que limitan el tranco y empequeñecen el trayecto. Y a veces ellos no tienen
real conciencia de lo que está pasando, mientras que nosotros a cada instante
palpamos y entendemos nuestra real condición.
Muchos de ellos encajonan su existencia entre las paredes de grises oficinas, y
castigan su cuerpo ciñéndolo con ropas incómodas pero supuestamente “adecuadas”
a la ocasión. También aprisionan sus cuellos tal como a veces hacen con sus
mascotas, y se obstinan en usar zapatos no adecuados para la marcha.
Y otros corren tras el dinero, el poder, la gloria, o tras alguna otra estilizada figura de
moda, invirtiendo su vida en pos de esos logros, sin darse cuenta que esa vida
invertida no vuelve, y quizás, si finalmente obtienen lo que deseaban, puede que ya
sea demasiado tarde para poder disfrutar o utilizar lo obtenido, y ya no les sirve.
Hay quienes hipotecan el alma al lado de quien no aman, y muchos de ellos cuando
consiguen liberarse de ese yugo, los domingos pasean sus culpas junto a sus crías
por entre estas jaulas, para volver a dejar ambas cosas hasta el siguiente fin de
semana.
Algunos hombres y mujeres se afanan por exhibirse orgullosamente con sus
humeantes cigarrillos entre los dedos, pensando que así muestran su modernidad, su
esnobismo, su lustre, su adultez, su libertad, su posición de liderazgo o supremacía,
vanos sentimientos y sensaciones que de poco sirven.
Y aún peor, otros hombres y mujeres prefieren lacerarse consumiendo sustancias aún
más nefastas, que sin duda los esclavizan y engañan, y que por fugaces instantes les
mienten libertades que no poseen, y alegrías que no logran atrapar.
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Unos y otros y en algún momento se sumergen en abismales frustraciones y
angustias. Unos y otros, presos de sus adicciones y como hipnotizados o embrujados,
invariablemente regresan a ellas. Unos y otros lamen y huelen sus sustancias
adictivas, tal como entre nosotros los que más se humillan lamen y huelen las manos
de los carceleros.
Y otros, dominados por la frustración y la violencia, acometen furibundamente sobre
sus congéneres, a veces sólo con amenazadores gruñidos y rugidos, y a veces con un
ensañamiento tan atroz, como ninguna bestia sobre la tierra sería capaz de perpetrar
contra un miembro de su propia especie.
Tantas cosas he visto en estos años‼ Tantas cosas podría relatarles con lujo de
detalles‼ Tantas cosas podría yo narrarles mis queridos hermanos‼ Tantas cosas
podría yo decir, que seguro ustedes quedarían de boca abierta‼
Altivos y gallardos caballeros munidos de ostentosos cuernos, detenidos en plan de
mofa delante de la zona de alces y ciervos.
Padres que se agrandan frente a sus crías, y que son capaces de decir o de hacer
cualquier disparate.
Rastreras criaturas, obsecuentes y traicioneras, que con cara de asco y marcha lenta
recorren el serpentario.
Personajes siniestros y a la vez burlones natos, comentando con desdén las perversas
aptitudes de hienas y chacales.
Seres que fruncen la nariz cuando una ráfaga de viento les lleva nuestro aroma, y
que luego son capaces de comer cualquier porquería en la fonda de enfrente.
Y qué decir de esos con aire de inteligentes, que se exhiben arrogante y
orgullosamente frente a burros y asnos. O de esos que displicentes hacen gráciles
movimientos con sus brazos y manos, señalando así sus respectivas figuras frente al
estanque de los hipopótamos. O de esos que con sorna enseñan sus colmillos a las
morsas.
¿Será que esta gente es tan estrecha de mente, que no concibe otra manera de
divertirse que haciendo morisquetas y presumiendo en el zoológico? La visita a
nuestro barrio para ellos debería ser la gran experiencia de sus vidas, y no algo banal
e intrascendente que puede tomarse a la chacota. Con decirles algo mis amigos, que
algunos de ellos hasta han intentado burlarse de mí, imitando mis gráciles y ágiles
movimientos de cabeza.
No voy a cometer uno de los errores más repetidos que he podido observar en los
humanos, generalizando mis conceptos más allá de lo justo y razonable, pero son
indudablemente muchos los que sin residir aquí, con resignación pasean sus jaulas
de gruesos barrotes incrustados en su propia carne.
Si realmente queréis descubrir la verdad mirad a sus ojos. Sólo allí podréis hallar la
verdad. Sólo en sus ojos veréis si verdaderamente se trata de un ser libre o no.
Y cuando por casualidad encontréis uno de esos escasos especimenes humanos que
aún son libres, deberíamos amigos míos sentirnos reconfortados, porque os aseguro
sin temor a equivocarme, que es mucho más difícil ser libre para ellos en medio de su
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selva humana repleta de envidias y hormigón, que para nosotros en medio del
zoológico lleno de rejas y de fosos.
Poned mucha atención mis amigos. Mañana es domingo. Mañana es el gran día.
Mañana es el día del esperado y florido desfile.
Hombres, mujeres, y niños, ofrecen ellos una exhibición singular y vistosa a los
atentos espectadores que aquí vivimos. Humanos de todo tipo, clase, tamaño, color,
condición social, e inclinación sexual, por horas circulan pacientemente frente a
nosotros los animales.
Todo esto quería decirles mis hermanos. Sobre todo esto quería llamarles la atención.
Y no se dejen confundir. Y no se dejen engañar con inocentes ardides o con falaces
argumentaciones que de poco sirven y consuelan.
Recuerden siempre que la libertad se lleva dentro. Recuerden siempre que la libertad
se lleva en los corazones.
Recuerden siempre estos consejos. Recuerden siempre estas palabras. Y hasta
siempre mis amigos, hasta siempre mis hermanos, hasta siempre.
E3 – Comentarios sobre el escrito “La sapiencia del búho” (e3)
La riqueza de sugerencias sobre contradicciones observadas desde fuera de nuestra
estructura social, en esta obra ciertamente es tal que nos inhibe de enumerarlas todas
y de comentarlas todas, en mérito a la brevedad deseada.
En este escrito fantasioso, imaginativo, lúdico, experimental, sin duda hace
referencia a la insaciable y contradictoria sociedad consumista en la que estamos
inmersos.
Allí también se plantea lo absurdo de los prejuicios que con frecuencia invaden a las
personas, el miedo al que dirán, la aprensión de sentir que otros le critiquen o que le
miren como bicho raro, el temor a sentirse rechazado o excluido, el temor a sentirse
diferente.
Tal vez lo que podríamos hacer para mejor apreciar la calidad de este escrito y su
riqueza de diferentes lecturas, sería organizar una reunión lúdica con familiares y
amigos. Y allí leer “La sapiencia del búho” un par de veces, y luego ponerlo a debate,
y luego pedir opiniones y comentarios.
Sería interesante observar las reacciones de un auditorio como el indicado, cuando
por segunda o tercera vez escuchan esa parte del escrito que alude a los paseantes
que se burlan de alces y ciervos, que alude a los padres que aparentan ser más
incluso frente a sus hijos, que alude a los visitantes del serpentario que parecen más
reptiles que los animales allí exhibidos, que alude a los personajes que al igual que
hienas y chacales tienen apariencia de traidores y perversos, que alude a las personas
que la van de finas y delicadas a pesar que son capaces de comer cualquier porquería
o de hacer cualquier otra chanchada.
Sería muy interesante observar desde fuera a un auditorio como el indicado,
describiendo con detalle cuándo y de qué forma ríen al escuchar “La sapiencia del
búho”, y recogiendo todas y cada una de las interpretaciones y conclusiones que ellos
son capaces de elaborar.
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Terminamos aquí esta corta y jugosa crítica literaria, incentivando al lector a que
efectivamente haga una experiencia lúdica como la que venimos de señalar. Verá lo
interesante que es. Verá lo novedoso de ciertas opiniones.
F1 – Escritos sobre virtudes (f1)
Lo que aquí se solicita es muy simple o al menos parece muy simple. Consiste en
generar un relato donde se discurra sobre una virtud.
Por cierto no se trata de generar un escrito que tenga apariencia de definición de
diccionario, ni tampoco de elaborar un cuento con estructura de tal, y cuya moraleja
o mensaje se refiera a una virtud o se relacione con ella.
Lo que se propone es tratar de generar una narración que se encuentre bien
redactada, que sea corta, discursiva, analítica, descriptiva, argumental, y que además
trate en prioridad la virtud elegida. Y por cierto que además tenga cierto valor
literario, o sea que además provoque en el lector esa inefable sensación de
satisfacción y bienestar, que sólo los buenos escritos logran inducir.
Adelante y buena suerte. Adelante, y que la creatividad y el buen gusto les ilumine.
F2 – Las mieles del éxito (f2)
¡Quién no ha escuchado alguna vez que Menganito es un verdadero triunfador en la
vida, o que Sultancito y Zutanito supieron hacerla muy bien! Y no sé por qué, el
hecho de triunfar en esta vida generalmente viene asociado con la idea que el sujeto
en cuestión hizo una fortuna material en la actividad que le tocó desarrollar.
Si bien no es ninguna virtud no tener dinero, tampoco lo es tenerlo a cualquier costo
y a cualquier precio. El disponer o no disponer de recursos financieros y materiales,
ciertamente es un hecho circunstancial. No vale la pena poner en juego nuestro
pellejo en pos de ello.
La vida siempre nos da sorpresas, y ellas hacen que nuestra existencia sea mucho
más entretenida y soportable, porque sería realmente abominable saber que si alguien
nace en un hogar donde siempre hay problemas, necesariamente también debería
siempre correr esta misma suerte, sin que pudiera hacer algo para cambiar esta
condición, sin que pudiera hacer algo para revertir esta penosa situación.
Afortunadamente hemos superado esa concepción resignada sobre nuestro futuro
personal, heredada sin duda de la antigua cultura griega.
Ya no somos juguetes de los dioses del Olimpo. Ya no nos sometemos de buena o
mala gana a sus caprichos. Nuestro porvenir ya no lo determina Zeus. Nuestro futuro
está en nuestras propias manos, y no en la casa de los oráculos o en la mente de las
divinidades. Nuestro destino no está predeterminado de antemano, esperando ser
revelado en alguna casa de oración o en una tirada de tarot. En buena medida
nuestro futuro es producto de nuestro entorno social y de nosotros mismos.
Ésa es la capacidad más interesante y emocionante que tiene el ser humano, la de
sobreponerse a la adversidad, y siempre, pero siempre, poder un poco más.
Aceptado este planteo, podemos entonces coincidir que el triunfo y el éxito nada
tienen que ver con una cuestión monetaria. Es más, quién piense lo contrario, es
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porque no se dio cuenta que en este mismo instante, bien podría estar tratando de
nadar desesperadamente hacia la costa en medio de un mar embravecido, o
maniobrando con un vehículo que se salió de la carretera a alta velocidad. En estos
dos hipotéticos casos, sin duda no serviría de mucho el dinero que se pudiera tener
encima, o en la casa, o en el banco, por mucho que éste fuera.
El triunfo favorece a quienes hacen las cosas bien, y a quienes tienen una gran dosis
de suerte. El triunfo favorece a quienes se sienten bien en su propia piel. El triunfo
favorece a quienes por todos lados saben hacer amigos. El triunfo favorece a quienes
no tienen una doble moral.
¿De qué sirve sacarnos las arrugas, si todas ellas nos las hemos ganado, si todas ellas
son las condecoraciones que nos dio la vida? ¿De qué sirve aparentar ser más joven,
si nuestro documento no miente, y nuestras articulaciones cantan esa fecha? ¿De qué
sirve pretender tener menos años, si la experiencia y la sabiduría se adquieren con el
paso del tiempo?
No dejemos que el no contar con dinero nos arrugue el alma y nos arruine nuestra
existencia. No permitamos que nuestras eventuales frustraciones también se reflejen
en quienes nos rodeen, pues así ellas luego podrían volver a nosotros como un
boomerang. No nos avergoncemos ni disgustemos por nuestra condición, o por
nuestro aspecto físico, o porque no nos comprenden. No nos engañemos tan tonta y
convencionalmente, como una vez lo hizo Cyrano de Bergerac en el imaginario del
escritor Edmond Rostand (1 abril 1868 – 2 diciembre 1918).
Para ser una buena persona no necesitamos ni un solo centavo. Para ser muy
queridos no necesitamos ser jóvenes, delgados, y de impecable apariencia. Para ser
felices y estar satisfechos con nosotros mismos, no necesitamos tener casa propia y
automóvil propio.
Con toda evidencia no necesitamos un préstamo para disfrutar a quienes amamos.
Nadie nos tiene que enseñar a reconocer en la cara de un ser querido, si está
verdaderamente feliz o si no lo está. Nadie nos puede inculcar que vamos a ser
terriblemente infelices, si no nos interesamos en comprar un auto nuevo, o si no
alardeamos de siempre vestir a la última moda. Y ninguna balanza nos puede marcar
el límite entre la felicidad y la desgracia.
Hagamos lo que buenamente podamos con nuestras vidas, y a aquéllas y aquéllos que
les gusta ostentar frente a los demás, les sugerimos que piensen si su ser más querido
los va a querer más o menos según el dinero que tengan, o según los bienes
materiales que posean, o según los sacos de piel o la figura de que dispongan, pues si
esto es así sería para lamentarse.
Triunfar en la vida es algo diferente. Triunfar en la vida es otra cosa. Sería tétrico
pensar que pagando cuotas uno ya tiene comprado el triunfo. El éxito no se adquiere.
Hay cosas que no se compran en ningún supermercado. Y la salvación eterna no se
logra rezando escrupulosamente todos los días domingo en la Iglesia.
Ya para concluir, por un momento pensemos en esa gente que orgullosamente viene a
mostrarnos su última adquisición, con el secreto afán de hacernos sentir inferiores,
con el secreto afán de provocar nuestra envidia. Y a pesar de que pensemos que ellos
son unos pobres desgraciados y unos mentecatos, no tenemos porqué tomar este
asunto a la tremenda, no tenemos porqué hacernos los difíciles y los interesantes.
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Total, el escucharlos con cierto dominio y paciencia no nos hará ningún daño, y así,
prestando oído a sus dichos, les haremos sentir mucho más felices, más realizados,
más autosuficientes. ¡Y qué mejor que hacer feliz a una persona, con el solo recurso
de escucharlo!
G1 – Las técnicas de escritura (g1)
Cuando alguien por alguna razón intenta perfeccionar su técnica de escritura, y
cuando reconociendo sus falencias pide ayuda, pide consejo, verdaderamente pone en
aprietos a su circunstancial referente.
Ciertamente un buen consejo inicial podría consistir en recomendar a este
principiante que tome algunas obras de escritores exitosos, y que las lea varias veces.
Así, con la primera lectura podría obtener una primera impresión general del
contenido de la obra, y luego, en las sucesivas lecturas podría ir profundizando en los
detalles de redacción, de presentación, de manejo del suspenso, de ubicación de los
cortes humorísticos que cambian la atmósfera y que alivian las tensiones, etcétera.
Intentar apropiarse de una técnica de escritura de alguien famoso e imitarle
indudablemente no es algo que pueda criticarse abiertamente, porque de una manera
o de otra esta forma de proceder está validando el producto que de este modo pueda
obtenerse.
Pero por otra parte, siempre constreñirse a imitaciones rebaja la autoestima del
escritor, pues en lugar de hacerlo sentir creador, le da la impresión de ser un simple
copista, un simple imitador. Tal vez mejor sería sentirse completamente libre para
escribir, y desarrollar un estilo propio y personal. Y si lo que así pueda obtenerse le
gusta a los circunstanciales lectores, pues tanto mejor‼
El quid de la cuestión, el intríngulis del asunto, la charada, la respuesta al acertijo,
radica que en literatura y en creación todo es relativo.
Ciertamente un muy buen consejo a dar al principiante, es recomendarle que siempre
tenga un buen diccionario a la mano, y que consulte el mismo toda vez que intente
usar una palabra dudosa, de la que no se encuentre muy seguro de su significado, o
de la que no se tenga certeza si está o no aprobada por la Real Academia de la
Lengua Española.
Pero por otro lado, no podemos negar la realidad. Un idioma es algo que está vivo, es
algo que se transforma con el tiempo, es una entidad en la que constantemente se
están incorporando neologismos, y en la que aún están variando las propias
estructuras gramaticales.
Aún cuando pensemos en que trabajamos con un idioma detenido en el tiempo, el uso
de los neologismos es algo que no puede desecharse completamente.
Pongamos como ejemplo a la obra titulada “La tía Julia y el escribidor”, novela
editada por primera vez en 1977 y que fuera escrita por el pensador y ensayista
peruano Mario Vargas Llosa.
Piénsese que si el uso de un neologismo o cualquier otra novedad es utilizado/a por
alguien famoso, por alguien conocido, por alguien que ya tiene prestigio y
reconocimiento, la gente dice: «¡Qué estupendo! ¡Qué acertado! ¡Qué innovador!
¡Qué genial! ¡Qué inteligente recurso! ¡Qué hábil planteamiento!»
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Sin embargo, si esta clase de cosas las hace un escritor que recién se inicia, o alguien
que no es muy conocido porque sus pocas publicaciones no han tenido mucha
aceptación, la gente dice: «¡Qué torpe! ¡Qué ignorante! ¡Qué ingenuo y desubicado!
¡Qué burriquiño! ¡Qué inculto! ¡Parecería que se expresa como un hurgador que no
fue a la escuela!»
El “gran consejo” a dar a los creadores principiantes, por tanto podría ser
recomendarles que siempre tengan presente la relatividad de los recursos utilizados
por los escritores, y que sepan orientar sus escritos de forma de allí obtener un sano
equilibrio entre las estrategias expresivas y los recursos formales más tradicionales y
establecidos, y las innovaciones y novedades que marquen la impronta del autor o de
las obras producidas.
La práctica que desde esta sección se recomienda realizar, consiste en tomar los
cuatro o cinco primeros párrafos de un cuento o de un capítulo de un libro, y analizar
en detalle la técnica expresiva y de planteo que allí es utilizada. Por cierto conviene
tomar una obra de un autor conocido, de un escritor que ya haya tenido éxito
editorial, pues ello da cierta garantía de la calidad del escrito seleccionado.
Concretamente lo que se pide es analizar en las oraciones retenidas si se utilizan o no
las figuras retóricas, poniendo atención a los contextos y a los momentos en que las
mismas son empleadas, y tratando de sacar una conclusión o una regla que ayude a
saber introducir las mismas de manera oportuna. Lo que se pide es analizar las
formas usadas por el escritor para decir o sugerir las cosas, para describir los
entornos, para fijar fecha y hora, para referirse a los estados de ánimo de los
personajes, para plantear los conflictos y las situaciones delicadas, etcétera, etcétera.
Lo que se pide es analizar el uso de los signos de puntuación, viendo cómo se
plantean los diálogos, observando si el punto contiguo a una comilla se pone antes o
después de ella, examinando la opción de presentación retenida cuando un juego de
comillas debe insertarse dentro de otro juego de comillas, investigando el uso que se
hace de siglas y de abreviaturas, anotando en qué casos las oraciones subordinadas
se ubican al principio y en qué casos al final de la frase, y registrando si dichas
oraciones se incluyen entre paréntesis o entre guiones, o si simplemente ellas se
separan con una coma de la correspondiente oración principal.
Concretamente lo que se pide es analizar si las cosas se dicen en forma más o menos
directa, o si solamente se dan indicios al lector para que éste pueda ir construyendo
su propia composición de lugar. Lo que se pide es investigar la técnica empleada para
introducir suspenso y tensión en la obra, para aprender así a aplicarla, y para tal vez
así poder desarrollar nuestra propia estrategia de planteo de la acción, del suspenso,
de la aventura, del misterio, del humor, de la incitación a la reflexión.
Y si también se lee crítica y analíticamente la obra retenida en forma completa, por
cierto también podría ser muy interesante investigar la forma de plantear o de sugerir
los mensajes y las conclusiones, o indagar si el desenlace se expresa explícitamente o
por el contrario si la obra tiene un final abierto, etcétera, etcétera. Y también podría
ser muy interesante observar si a raíz de información tardía se obliga al lector a
reelaborar varias veces sus suposiciones sobre tales o cuales personajes, sobre tales o
cuales situaciones, sobre tales o cuales entornos.
En resumen, lo que aquí se solicita es seleccionar unas pocas frases de una obra
exitosa, y desarrollar un ensayo de crítica expresiva relativa a las mismas.
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Como sugerencia concreta, se plantea el análisis crítico de los primeros párrafos de la
obra “Nineteen Eighty Four”, y que fuera difundida en 1949 bajo el seudónimo de
George Orwell.
G2 – Análisis de algunas frases de “Mil novecientos ochenta y cuatro” (g2)
En la sección D2 anterior ya fueron transcriptos los cinco primeros párrafos de esta
obra, aunque el propósito de la práctica allí planteada por cierto era bien diferente
del ahora retenido y ensayado.
Se tratará en esta sección de hacer un análisis superficial y breve de estos párrafos,
como una primera aproximación a este tipo de enfoques.
Por cierto que la hilacha de buen escritor de George Orwell se observa desde estas
primeras frases.
El recurso que reiteradamente se usa en esos párrafos, es el de no decir las cosas
directamente, sino obligar al lector a formar su propia composición de lugar en base
a los signos y síntomas que se describen.
Véase por ejemplo la forma elegida por el escritor para dar precisiones sobre la fecha
y la hora.
Véase también cómo se señala que el día está ventoso, dando detalles más o menos
intrascendentes sobre la forma que adopta el protagonista para protegerse del viento,
y la forma como el viento penetra en el condominio cuando se abren las puertas de
cristal.
Véase también cómo se indica que el hombre tenía dificultades para caminar, y que
por tanto le era penoso subir muchos pisos por las escaleras.
Véase la forma retenida para hacer explícito que se debían subir muchos pisos.
Una característica usual de muchos cuentos es la de decir las cosas en forma bastante
directa, para así instrumentar economía de medios, para así lograr que el escrito
finalmente no resulte ser demasiado largo.
En “1984” indudablemente Eric Arthur Blair no se preocupa por orquestar economía
de medios. Claro, podría señalarse que esta interesante obra de este escritor británico
es una novela y no un cuento. Sin embargo, existen cuentos en los que también se
aplica esta misma técnica, como por ejemplo lo hace Julio Florencio Cortázar en
“Continuidad en los parques”.
Para no sacar otro ejemplo del texto que aquí se analiza, bien podría señalarse que
este recurso equivale a no decir directamente que la mujer de nuestros sueños es
desordenada, sino describir su dormitorio indicando que se podía ver un sostén por
aquí, las pinturas labiales entreveradas con los lápices por allá, y otras cosillas de
similar tenor. Y como broche de oro añadiendo por ejemplo que en la alcoba de esta
dama también había una escoba de alambre para césped, o sea allí ubicando un
objeto que debería estar en un garaje o en un cuartito de herramientas, pero no en un
cuarto de dormir.
Esta estrategia de no decir las cosas directamente sino dejar que el propio lector sea
quien las descubra, es además especialmente conveniente cuando también se desea
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obligar al lector a que a lo largo de la obra varias veces reelabore sus interpretaciones
y sus suposiciones.
Por ejemplo en “Cartas de mamá”, Cortázar primero anuncia que Nico tiene o tuvo
un problema, introduciendo así la existencia del conflicto aunque sin dar entonces
mayores precisiones. Varios párrafos más abajo se indica que Luís y Nico se
pelearon, más tarde aún se advierte que ambos son hermanos, más tarde aún se
señala que lo que los distancia es el robo de una novia ahora transformada en esposa
de Luís.
Esta estrategia de decir las cosas por entregas, en episodios, es particularmente útil
para mantener al lector muy atento e interesado en la obra, y por cierto esta técnica
solamente puede ser aplicada cuando las situaciones no se dicen en forma muy
directa y diáfana. Pero además, esta forma de expresarse a media lengua es la que
también facilita los escritos de final abierto, recurso muy utilizado por muchos
escritores, y especialmente útil para así imponerse al lector induciéndolo a que piense
y reflexione.
Bien, ya se han expresado unos cuantos comentarios relativos a los primeros cinco
párrafos de “1984”, así que el objetivo de elaborar un análisis breve y primario sobre
estas frases sin duda está razonablemente bien cumplido.
Con más tiempo y con otro espíritu, volveremos sobre este asunto a efectos de lograr
enfoques más elaborados y profundos.
G3 – Otro análisis sobre frases de “Mil novecientos ochenta y cuatro” (g3)
En cuentos, en ensayos, en escritos de todo tipo, el manejo del humor suele ser un
ingrediente interesante, novedoso, estimulante, ya que atrae la atención del lector, le
distiende, le provoca interés en lo que está leyendo y le incita a continuar leyendo.
Así que comenzaré el presente ensayo con un poco de humor, para así iniciar estas
líneas en una forma un tanto atípica y poco ortodoxa.
Carlos, el conductor de un taller literario virtual que precisamente sugirió la
conveniencia de hacer este ejercicio, aconseja e insiste en señalar que la brevedad es
un mérito, especialmente cuando se analiza y comenta el trabajo de un compañero, o
cuando esto se hace respecto de un texto de un escritor exitoso.
En efecto, la verborragia es un defecto que claramente tienen los aprendices de
escritores, así que hay que parar las orejas cuando Carlos se refiere a este asunto en
estos términos. En líneas generales Carlos así está dando un buen consejo.
Pero por otra parte y en nuestro caso particular, hay también otra importante razón,
puesto que si no se actúa de esta forma, puesto que si en el taller generamos
narraciones y ensayos demasiado largos, ello hace impracticable la discusión de los
mismos en nuestras sesiones de Chat. En nuestro caso específico, esta recomendación
tiene pues también un claro ingrediente pragmático, una clara necesidad práctica.
La lógica argumental manejada por Carlos es de una claridad tan diáfana, que
inhibe cualquier intento de rebatirla. Los escritos largos suelen aburrir al lector.
Estimado Carlos: «Ciertamente tú tienes razón. Ciertamente tú tienes razón sobre
este punto, pero así también demuestras una gran ingenuidad.»
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Mi querido y estimado Carlos: ¡Cómo se te ocurre pedirle a un ingeniero con
veleidades de escritor, que tenga bien desarrollado su poder de síntesis! ¡Si es más
fácil pedirle peras a un olmo, que expresión breve y sintética a un ingeniero!
Durante sus estudios, quien sigue la carrera de ingeniería debe cumplir un
adiestramiento lógico-deductivo de singulares características, pero por encima de
todo se le enseña a ser muy analítico y detallista. Un ingeniero debe preverlo todo,
debe analizarlo todo, debe considerarlo todo.
No en vano en la currícula de estudios de esta carrera universitaria, no existe
ninguna materia que se llame: Matemática, sino que hay materias con títulos tales
como: Análisis Matemático I, Análisis Matemático II, Análisis Matemático III,
Teoría del Cálculo, Análisis Numérico, Cálculo Infinitesimal, Geometría Analítica,
Geometría Proyectiva, Geometría Descriptiva, Espacios Normados, Teoría de la
Numeración, Números Complejos y Transfinita, Introducción a la Topología e
Introducción al Álgebra, Álgebra de Boole y Teoría de la Información, Algorítmica,
Teoría de Conjuntos, Análisis Tensorial, Teoría General de Sistemas, Teoría de la
Relatividad y Física Cuántica, etcétera, etcétera, etcétera.
Lo que el autor de estas líneas suele hacer ante los pedidos de Carlos, es tratar de
cumplir con lo solicitado de la mejor manera posible, y luego repasar quitando frases
enteras y simplificando otras. Aún así, a pesar de que así se suele eliminar más de la
mitad de lo escrito, el resultado final suele ser un documento de abultada apariencia.
Hecho este introito de disculpas por la singular extensión de lo que sigue, pasaré a
analizar los cinco primeros párrafos de “1984”. ¡Y verán lo que cinco inocentes
párrafos pueden llegar a generar!
En un análisis superficial y primario de estos párrafos, se advierte de inmediato que
el escritor evita decir las cosas en forma directa, prefiriendo más bien dar indicios
aquí y allá, para que de esta forma y poco a poco, el lector vaya construyendo su
propia y personal composición de entorno y de situación. La ventaja de este
planteamiento sin duda es la de mantener viva la atención del lector, a la par de crear
una atmósfera de tensión, misterio, incertidumbre, fruto de las informaciones
omitidas, y fruto de los datos proporcionados que admiten dos o más interpretaciones
posibles.
Antes de llevar el análisis más lejos, aquí efectuamos el ejercicio de reescribir estos
cinco primeros párrafos, tratando precisamente de desmontar esta técnica de
informaciones sugeridas o dichas a media lengua. De lo que se trata es pues de
obtener otros cinco párrafos que digan más o menos lo mismo que los originales,
aunque expresando las ideas en forma explícita y no en forma indirecta o incompleta.
Por cierto, deberá tratarse que los nuevos párrafos también se encuentren bien
redactados, y que ellos también provoquen cierta tensión y cierto misterio, lo que en
alguna medida puede lograrse con la llamada técnica de la suspensión o técnica de la
dilación, figura retórica que consiste en diferir en todo lo posible la referencia
explícita a un sujeto o a un concepto, para así inducir ansiedad en el lector
(evidentemente esto se logra colocando los términos claves al final de las oraciones, o
incluso sustituyendo alguno de ellos por algún pronombre y transfiriendo ese vocablo
a la siguiente frase).
Era un luminoso y frío día de abril, y los relojes daban las trece. Winston Smith, con la
barbilla clavada en el pecho en su esfuerzo por burlar el muy molesto viento, se deslizó
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rápidamente por entre las puertas de cristal de las Casas de la Victoria, aunque no con la
suficiente rapidez para evitar que una ráfaga polvorienta se colara con él.
Era un ventoso y frío día de abril al mediodía. Las Casas de la Victoria se
encontraban en un polvoriento suburbio. El entorno lucía descuidado, y el citado
residencial con toda evidencia estaba mal mantenido. Winston Smith entró por la
puerta principal de la edificación, con una ligera dificultad debido al viento en ese
momento imperante.
El vestíbulo olía a legumbres cocidas y a esteras viejas. Al fondo, un cartel de colores,
demasiado grande para hallarse en un interior, estaba pegado a la pared. Éste era ocupado
casi en su totalidad por un enorme rostro de más de un metro de anchura: la cara de un
hombre de unos cuarenta y cinco años, con un gran bigote negro y facciones hermosas y
endurecidas.
Ya en el vestíbulo con claridad percibió olores desagradables y nauseabundos. Y para
colmo, desde el fondo le observaba un hombre de unos cuarenta y cinco años y bigote
negro. El enorme rostro de facciones hermosas y endurecidas, estaba estampado en
un afiche a colores pegado a la pared. Las dimensiones de este cartel sin duda
desentonaban.
Winston se dirigió hacia las escaleras. Era inútil intentar subir en el ascensor. No
funcionaba con frecuencia, y además en esta época la corriente se cortaba durante las horas
diurnas. Esto era parte de las restricciones con que se preparaba la Semana del Odio.
De inmediato el hombre se dirigió a las escaleras. No valía la pena comprobar si el
ascensor funcionaba o no, pues su vetustez indicaba que estaba fuera de servicio.
Además, en ese tiempo la corriente se cortaba durante las horas diurnas, como parte
de las restricciones que preparaban la Semana del Odio.
Necesariamente tenía que subir a un séptimo piso. Con sus treinta y nueve años y una úlcera
de várices por encima del tobillo derecho, subió lentamente y descansando varias veces.
Antes de comenzar a escalar Winston exhaló un largo suspiro, pues debía subir al
piso siete. Con sus treinta y nueve años ya no era ningún jovencito, y además tenía
problemas circulatorios y dificultades para caminar. Así que subió lentamente y
descansando varias veces.
En cada descansillo y frente a la puerta del ascensor, el cartelón del enorme rostro miraba
desde el muro. Era uno de esos dibujos realizados de tal manera que los ojos le siguen a uno
adondequiera que vaya. “EL GRAN HERMANO TE VIGILA”, decía la leyenda al pie.
El enorme cartelón de enorme rostro se repetía en cada piso. El dibujo estaba hecho
con maestría, pues los ojos de esa figura parecían mirar al visitante adondequiera
que éste fuera. Y una leyenda al pie rezaba “EL GRAN HERMANO TE VIGILA”.
Las frases que se alternan en dorado y en azul, son muy elocuentes en mostrar los
modos de expresarse en forma subrepticia y velada, frente a las formas algo más
directas y explícitas de decir, así que se entiende que con lo hecho esta cuestión debe
de haber quedado relativamente bien planteada y comprendida.
Otro de los asuntillos a remarcar concierne al primer párrafo, el que contiene dos
frases solamente, una bastante corta que básicamente alude al mes del año y a la
hora, y otra bastante larga, la que para más precisión se transcribe en las siguientes
líneas.
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Winston Smith, con la barbilla clavada en el pecho en su esfuerzo por burlar el muy molesto
viento, se deslizó rápidamente por entre las puertas de cristal de las Casas de la Victoria,
aunque no con la suficiente rapidez para evitar que una ráfaga polvorienta se colara con él.
Sin duda aquí se está marcando un desequilibrio, sin duda aquí se está provocando
una singularidad. Una de las recomendaciones más frecuentes que se hacen a los
escritores principiantes, es que eviten las frases largas y complejas, pues ellas a veces
son difíciles de comprender y cansan al lector.
Con toda certeza ésta es una recomendación bastante sabia. Sin embargo el autor de
“Nineteen Eighty Four” se tiró al agua, se arriesgó, y ya en el primer párrafo emplea
una estructura gramatical compleja, que sin duda no es de las más frecuentes. No
obstante ello, no obstante actuar en forma contraria a lo que la prudencia aconseja,
esta frase larga se comprende, y aún dicha a viva voz no provoca esfuerzo en quien
lee y dice, pues las comas están colocadas a espacios regulares, separando las dos
oraciones subordinadas del resto, y cortando en dos a la oración principal. Obsérvese
la longitud de estas oraciones: las dos oraciones secundarias son de una longitud
apenas inferior a la de un renglón, y la oración principal apenas si es un poquito más
larga al unir sujeto y complemento.
Sin duda con este comienzo bastante atípico y original, el escritor Eric Arthur Blair
está mostrando su hilacha, está exhibiendo su temple, está poniendo en evidencia sus
cualidades y habilidades como escritor (y eso que la versión que aquí se analiza es
una traducción).
De este primer párrafo también podría decirse que no es la forma típica y más
frecuente de iniciar una obra.
En efecto, pensemos por ejemplo en un dibujante que quiere dibujar un vaquero a
caballo con un revólver en la mano. Ciertamente el dibujante comenzará primero por
bosquejar la silueta de los dos cuerpos dentro de la hoja de papel, para no fallar en
las proporciones, para encuadrar mejor el conjunto. A ningún dibujante se le
ocurriría comenzar primero por los detalles, comenzar primero por dibujar el pasto y
el revólver.
Está bien, es cierto que un escritor tiene más libertad que un dibujante en cuanto al
orden de los factores que debe combinar. De todas maneras, no es infrecuente que
una obra comience por un esbozo o por una descripción global del entorno físico
donde se van a desarrollar los hechos, o de la problemática que se piensa tratar, o del
conflicto planteado, o que se comience presentando a los personajes. Pero no, en
“1984” el autor inicia el relato enumerando detalles menores e intrascendentes, sin
preparar al lector para lo que va a recibir, sin decirle: “Agua va”.
Otro asuntillo concierne la aplicación de la figura retórica llamada paralelismo o
replicación.
Esta figura retórica consiste en repetir una misma construcción sintáctica y/o en
repetir palabras y expresiones, y/o en repetir o replicar tiempos verbales. Este recurso
se puede usar para reforzar la idea de aburrimiento, o de soledad, o de nostalgia, o de
tristeza, o de desesperación, o de resignación, etcétera.
También se puede usar este recurso literario para buscar algún efecto fonético
especial, para marcar ritmo, para marcar sonoridad (ésta es una técnica utilizada en
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la prosa, para lograr un efecto sonoro y un ritmo similares o que hacen recordar a
los que se presentan en el verso).
Simplemente para ejemplificar, se transcriben seguidamente un par de frases
tomadas de un cuento de un conocido escritor latinoamericano, y en donde
precisamente se aplica esta figura retórica.
«Los perros no debían ladrar y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa
hora y no estaba.» “Continuidad en los parques”, cuento de Julio Cortázar.
Otro ejemplo simplemente para reforzar el concepto. «Había partido hacía más de
un mes, y cada día más y más le quería. Iba a la iglesia hacía más de treinta
días, y cada día pedía más y más por ella.»
Este recurso expresivo también es usado con cierta frecuencia en algunas canciones
populares, en ciertos textos litúrgicos, y también como ya se dijo en muchos textos
poéticos. Así se logra cierto efecto rítmico, cierta resonancia rítmica, que por lo
general transmite algo especial al oyente o receptor, preparándolo mejor para recibir
el mensaje que se está emitiendo, y también así creando cierto clima espiritual
propicio para la recepción de la historia y del mensaje.
El paralelismo a veces también es utilizado para con él conformar una ambientación
arcaica, aprovechando la circunstancia de que esta técnica fue muy utilizada por los
poetas medioevales galaicoportugueses, y que por tanto ésa es la impresión que suele
dar a muchos oyentes y lectores, tanto por su reconocido uso arcaico como por la
baja frecuencia de utilización en las actuales formas habladas y escritas.
El paralelismo o replicación ciertamente se puede presentar en muy variadas formas,
dado que lo que se repite o se imita puede centrarse en los aspectos fonéticos, en las
estructuras sintácticas, en los contenidos semánticos, en la ubicación de las pausas,
en los tiempos verbales, etcétera.
Este docto interludio nos permite descubrir el uso de este recurso también en los
párrafos aquí analizados, según lo que con cierta facilidad puede apreciarse
comparando las dos frases que siguen.
Winston Smith, con la barbilla clavada en el pecho en su esfuerzo por burlar el muy molesto
viento, se deslizó rápidamente por entre las puertas de cristal de las Casas de la Victoria,
aunque no con la suficiente rapidez para evitar que una ráfaga polvorienta se colara con él.
Al fondo, un cartel de colores, demasiado grande para hallarse en un interior, estaba pegado
a la pared.
Como podrá apreciarse, estas dos frases son ambas bastante largas, y ambas utilizan
tres comas, o sea en ambas con claridad están marcadas tres pausas. Además, en
ambas se han evitado el uso de las conjunciones “y”, “o”, recurso al que a veces se
recurre cuando varias oraciones son ubicadas en una misma frase.
Bien, pensamos que muchas más observaciones y señalamientos no pueden hacerse
sobre la porción de texto aquí analizada, en la medida que no se agreguen otros
párrafos para el análisis, o información adicional sobre la obra completa.
Así que este ensayo literario concluye en este momento, con la esperanza que le haya
aportado algo al lector.
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H1 – Continuando con las descripciones (h1)
Varios ejercicios anteriores tenían por objetivo generar una viñeta, o sea solicitaban
una descripción breve de un entorno físico o de una situación, aunque sin referirse al
contexto. La propuesta aquí es describir una casa ideal y discurrir sobre ella.
La restricción o la orientación de esta proposición fundamentalmente está centrada
en el tema propuesto: “la casa ideal”. El desafío para quien se ejercita está en el
enfoque y en la estructura. Y no es indispensable que el escrito sea una viñeta.
Ciertamente la orientación a retener y desarrollar podrá ser elegida libremente por el
escritor, en la medida que respete el tema.
La descripción podría ser ubicada en las palabras del narrador (como es lo
tradicional), aunque también podría imaginarse que dos personas son las que
dialogan sobre este asunto, circunstancia que podría ser propicia para establecer
algún tipo de contrapunto en el dialogado, algún tipo de enfrentamiento de posiciones
y de visiones.
Este escrito también podría ser encarado presentando una especie de monólogo
interior del personaje, quien discurre sobre el tema mezclando fantasías, irrealidades,
anhelos, sueños, ventajas y desventajas desde el punto de vista de quien habita.
El desarrollo de la trama también podría centrarse en las correrías de un promotor
inmobiliario, quien debe “venderle” a sus clientes eso de que justo la oferta que se
presenta es la casa ideal con la que siempre soñaron.
También podría ser interesante encarar este asunto con un escrito de tipo epistolar.
También podría enfocarse este trabajo en un sentido muy metafórico, asumiendo que
la casa ideal alude a nuestro propio planeta, que la casa ideal se refiere a este hogar
que cobija a toda la población humana y que deambula por el espacio sideral, o
asumiendo cualquier otra postura metafórica o alegórica.
H2 – La casa ideal (h2)
Mayo 24
Antes que nada querido amigo, quisiera felicitarte de todo corazón por el concurso
que tú has ganado.
Todos nosotros en el grupo de amigos, desde siempre supimos que tú ibas a ser un
ganador.
Ya lo demostraban tus calificaciones cuando nosotros éramos compañeros en el liceo.
Lo demostró también la rapidez con la cual obtuviste tu diploma de arquitecto. Y para
rematar la cosa, y solamente a dos años de haber comenzado a ejercer tu profesión,
ganas un concurso internacional para el proyecto y dirección de obra nada menos
que de 185 soluciones habitacionales.
Tu calidad como arquitecto y tu pensamiento innovador se reflejan en las ideas que
estas manejando en el diseño y concepción de esas casitas. Casitas que serán
inteligentes, con su seguridad asegurada en la perimetral exterior, con luces que de
noche se encienden y apagan al paso de la gente, con tanques de agua precalentada
por paneles solares, agua que luego podrá ser calentada nuevamente en el interior de
las casitas si las necesidades lo requirieran. Casitas cuya instalación sanitaria
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utilizará tubos dentro de otros tubos, para así facilitar la sustitución de las cañerías
en caso de ser necesario. Casitas cuya instalación eléctrica principalmente irá entre el
cielorraso y ciertas techumbres desmontables, para así facilitar las reparaciones y/o el
tendido de nuevas líneas. Casitas donde se reducirá las pérdidas de calor, para así en
el invierno conseguir un abatimiento de los costes de calefacción.
Nuevamente mis sinceras felicitaciones, en nombre mío, y en nombre del resto de los
integrantes de nuestro siempre unido grupo de amigos.
Pero dejemos los elogios de lado, y dejemos los otros asuntos que nos han ocupado en
nuestras cartas anteriores, para concretamente examinar tu interesante y
prometedora propuesta.
Tanto yo mismo, como Damián, Alberto, Claudio, y Tomás, estamos totalmente de
acuerdo en secundar tu oferta. Todos nosotros también queremos formar nuestro
futuro hogar en ese predio donde tú piensas edificar la solución residencial para 185
familias.
Por el momento todos nosotros somos solteros, pero tarde o temprano todos
seguramente vamos a constituir una familia, así que esta posibilidad que
generosamente nos ofreces, nos llena de alegría a todos y nos viene bien a todos.
Por la parte económica no parece haber mayores inconvenientes. Todos estamos
trabajando bien y ganando bastante bien. Además el proyecto que ahora tú diriges ya
tiene financiamiento asegurado, lo que por cierto facilita las cosas. Pero además,
nuestros respectivos padres seguramente también nos ayudarán un poco, dado que
todos ellos disfrutan de una posición solvente.
Así que considera que ya tienes nuestra respuesta positiva. Damián por cierto, como
tesorero oficial de nuestro grupo de amigos y por su condición de economista, será
quien manejará contigo los aspectos económicos, los envíos de dinero para el señado
de las casitas, la tramitación de la documentación que fuera requerida, y cualquier
otra cosa que fuera necesaria.
Nos entusiasma a todos poder resolver tan rápido el tema del techo. Nos entusiasma a
todos poder vivir tan cerca unos de otros. Pero lo que más nos entusiasma y nos
alegra, es la idea que tienes en cuanto al proyecto específico de nuestras seis casitas.
Ciertamente las 185 casitas se construirán bajo el régimen de propiedad horizontal,
porque es el régimen legal al que se ha optado en este proyectado conjunto
habitacional. Solamente que en vez de crecer en altura, como es lo usual, en este caso
se crecerá horizontalmente.
Y la posibilidad de gestionar y obtener un régimen especial para nuestras seis casitas
sencillamente nos parece una idea genial. Así, uniendo nuestros seis predios en uno
solo, y allí construyendo tanto áreas privadas para uso de una sola familia como
áreas comunes para uso común, obtendremos indudables ventajas para todos.
Como tú bien indicas, hoy por hoy en hogares de cierta categoría se necesita un baño
social para uso de las visitas, pues así nuestra propia privacidad se vería reforzada.
Pues bien, con tu idea podemos construir tres baños sociales en nuestra área común,
y así, teniendo solamente tres baños sociales en lugar de seis, podremos dedicar más
espacio a otros fines sin disminuir confort. Y algo similar podría decirse del garaje,
del jardín, de la sala de juegos, del salón de computación, del par de ambientes que
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adecuadamente podríamos acondicionar en el sector común para que eventualmente
alguno de nosotros ocasionalmente reciba algún cliente, etcétera, etcétera, etcétera.
En definitiva y desde el punto de vista legal, sería como tener un condominio dentro
de otro condominio. Es lo que tú llamas un conglomerado habitacional, término que
por nuevo no nos dice mucho, pero que con los detalles que tú nos has dado, nos
imaginamos su alcance.
Adelante, envíanos un croquis con algunas alternativas, que nosotros cinco queremos
comenzar a soñar.
I1 – El monólogo interior (i1)
El monólogo interior es una técnica expresiva con la que se trata de reproducir el
encadenamiento de pensamientos y de elucubraciones de un personaje, precisamente
en momentos que éste reflexiona introspectivamente, sin interactuar especialmente
con el entorno, sin dialogar con otras personas, sin estar atento a una determinada
tarea intelectual o material.
Cuando una persona simplemente medita sobre una determinada cuestión o sobre un
conjunto de asuntos más o menos vagos e indefinidos, evidentemente esto puede
hacer con mucha libertad y pocas restricciones, pues el posible resultado de este
proceso reflexivo no le compromete con nada y con nadie.
Este proceso, este flujo de pensamiento, se limita exclusivamente a la parte
meramente intelectual e inmaterial; las decisiones a tomar en todo caso vendrán más
tarde, cuando la reflexión haya culminado, y cuando eventualmente el sujeto haya
tomado alguna decisión concreta.
En ese discurrir del pensamiento, en ese torbellino de ideas, la persona simplemente
enfoca su atención en cosas diversas, para así meditar sobre su condición o sobre lo
que le está pasando, para así pensar sobre sí mismo y sobre sus proyectos, para así
eventualmente llegar a alguna conclusión y quedar mejor preparado para en algún
momento enfrentar algún problema o algún peligro, para así cuestionarse sobre la
vida que está llevando.
Por cierto, dado que el pensamiento introspectivo por lo general se expresa en alguna
de las lenguas conocidas por el sujeto, bien podría decirse que este discurrir es una
especie de diálogo consigo mismo, es una especie de monólogo dirigido a la propia
conciencia del individuo. De ahí el nombre dado a esta forma de materialización de
ideas.
Obsérvese que durante el proceso de pensamiento , una persona ciertamente no está
comprometida con una determinada agenda, y no debe dar cuentas a nadie sobre lo
que está pensando, así que por lo general se pasa de un tema a otro en una forma un
tanto desordenada, y si bien tal vez se profundiza en ciertas cuestiones con
razonamientos bien elaborados y completos, en otros casos los razonamientos quedan
inconclusos, y en otros casos se asumen ciertas cosas por conocidas, por más que
ellas no se materializan en la conciencia en forma de palabras y de oraciones.
Dadas las particularidades que vienen de señalarse, los escritos literarios enfocados
como monólogo interior es frecuente que sean difíciles de entender, difíciles de
descifrar, lo que podría dar lugar a múltiples interpretaciones cuando los lectores
llenan las lagunas, cuando los lectores agregan coherencia a lo leído.
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En estilo monólogo introspectivo, el escritor deberá intentar reproducir el flujo
interior de ideas y de sensaciones de un personaje, tratando que el mismo sea
verosímil, tratando que el mismo sea realista, tratando de materializar en palabras las
emociones y las asociaciones de ideas que bien pudieran ser las de una persona
común y corriente, las de una persona de carne y hueso.
Y por tanto en este tipo de escritos, allí es válido pasar de un tema a otro en forma
desorganizada, allí es válido implementar marchas y contramarchas en cuanto al
manejo del espacio y del tiempo, allí recurrentemente se podrá volver una y otra vez
sobre los mismos temas… En fin, allí también se podrán bosquejar proyectos
alocados, allí se podrán tomar decisiones fantasiosas casi imposibles de llevar a la
práctica, allí se podrán expresar deseos reprimidos y pensamientos ocultos, allí se
podrá amalgamar el mundo real y el mundo de fantasía…
Una obra al estilo monólogo interior deberá ser evaluada por su grado de
verosimilitud, deberá ser evaluada porque con naturalidad expresa lo que bien podría
salir de la mente de alguien o de la mente del propio escritor. Y como cualquier obra
literaria, también deberá ser evaluada según el mensaje o conclusión que pueda
transmitir.
En el presente ejercicio se pide al aprendiz que experimente tratando de desarrollar
un escrito con las características que vienen de ser reseñadas.
I2 – ¿Cómo ganarse el cielo? o La Elvira (i2)
Todos los días lo mismo. Mi tía me dice que tengo que acompañar a Pepa. Todos los
días lo mismo.
Todos los santos días debo acompañarla a darse la inyección. La que según dice no
puede faltar. La que según dice es de vida o muerte.
Y a las cinco de la mañana vamos, resignadamente, yo delante y ella atrás. Su mano
sobre mi hombro, como si eso aligerara su cuerpo que cada semana parece haberse
inflado más y más, como si eso aceitara sus articulaciones que parecen estar cada vez
más y más renuentes.
El que pincha el brazo siempre tiene que ser Avelino. Él era quien me pinchaba
cuando era pequeña. Él es quien cada otoño me pincha cuando me doy la vacuna
contra la gripe. Él es quien pincha a mi tía, y a mi abuela, y a toda mi familia.
Avelino es quien pincha a toda la gente del barrio. Mi abuela no se cansa de repetirlo
una y otra vez: «¡Que mano la de este hombre!». Todos estamos de acuerdo con ella.
Todos en el barrio pensamos como mi abuela.
El problema de la levantada temprano, es que Avelino ya no vive más en el barrio, y
además tiene que atendernos siempre bien tempranito, antes de ir a la mutualista.
Como Avelino se mudó a unas quince cuadras de aquí, y como no podemos pagarnos
un taxi todas las mañanas, tenemos que caminar. Y tenemos que caminar lentamente.
Tenemos que caminar más lento que las tortugas, por eso de que Pepa se ha inflado
tanto, por eso de que las articulaciones de Pepa ya casi no le responden.
Mi tía dice que soy quien debe ayudar a Pepa, pues le debo mucho a ella. A ella y por
supuesto también a Juan. De pequeña, cuando la rabieta se me subía hasta la cabeza,
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y mis ojos quedaban como los de un sapo, Juan tomaba el mate y el termo, Pepa
rápidamente preparaba unos bocadillos, y los tres subíamos al jeep. Y como me
decían que íbamos a buscar a mi mamá, me calmaba.
Por lo general me llevaban al parque o a la plaza de deportes, y allí por cierto jugaba,
y andaba en las hamaquitas, y en los petizos, y en el subibaja, y en el gira-gira, y en la
calesita. Juan bancaba todos mis caprichos. Juan compraba todas las entradas a los
jueguitos que yo pedía. Juan estaba siempre atento, no fuera cosa que me
desorientara y saliera a buscarles por cualquier parte. Juan cuidaba que nadie me
hiciera daño. Juan siempre me quiso mucho, y yo a él.
Y cuando preguntaba por mi mamá, Juan me decía que tal vez se había retrasado, y
entonces le decía a su esposa: «A ver Pepa, haz uno de esos cuentos que tú sabes, que
la niña está aburrida». Y yo me sentaba con mucha expectación, y entonces Pepa
relataba su cuento, en donde siempre de una manera o de otra estaba el “hombre del
sombrerón”. Pepa a veces solamente describía lo que pasaba en el cuento y lo que
hacía ese hombre extraño, pero a veces directamente se ponía a hablar con el hombre
de sombrero grandote, con palabras que no se entendían muy bien.
Desde el día que no vi más a mi mamá escondida debajo de la mesa de la cocina, de a
ratos me ponía a llorar y a gritar como loca. Juan siempre era quien primero se
ocupaba de mí. Con un pañuelo me secaba las lágrimas, y trataba de darme los
primeros consuelos. Luego me preguntaba si quería ir con él y con Pepa a buscar a
mi mamá, y como siempre asentía con la cabeza, allá íbamos los dos agarraditos
mano con mano. Allá iban los dos juntitos y de la mano, el flaco Juan y la llorosa
Elvira.
Juan y Pepa vivían justo junto a nosotros, y desde su patio se podía acceder
directamente a la casa de mi tía. Cuando empezaba con mis berrinches, Juan siempre
acudía en mi auxilio, y mi abuela siempre le decía: «Déjela Juan, son puras rabietas,
con el tiempo ella se cansa».
Lo que nunca entenderé mucho es porqué el agradecimiento tiene que centrarse en
Pepa. Mi obligación moral y mi agradecimiento eterno, principalmente debería
dirigirse a Juan, quien realmente era quien me consolaba, quien realmente era quien
se ocupaba de mí cuando de niña me ponía triste y lloraba.
Juan ahora está en la capital con su hija Rosa, pues como le salieron unos bultos en
la espalda, está allá haciéndose ver por los médicos. Rosa es la única hija de Juan y
Pepa, y hace ya unos cuantos años que se casó y que se mudó para la capital.
Cuando de madrugada suena el despertador, maldigo mi suerte. Maldigo ese aparato
diabólico, que suena y suena hasta que atino a apretar el botón. Maldigo la
enfermedad crónica de Pepa, que la obliga a darse una inyección cada día. Y maldigo
también la casa de Pepa, pues esa casa siempre me dio miedo. Pero en esos momentos
que más dormida que despierta oigo el molesto y estridente grito del reloj despertador,
siempre tengo un pensamiento para Juan, siempre le recuerdo con cariño, siempre
está en mi corazón. Y como sé que Juan y Pepa se quieren mucho, siempre me
levanto. Seguro que es lo que Juan querría que hiciera.
La casa de Pepa es demasiado grande y oscura, y por eso me da miedo. Siempre me
dio miedo. Y aún me da cierta cosa hoy día. Apenas uno entra a la cocina, los reflejos
y el cambio de luminosidad generalmente no permiten ver mucho, y una tiene miedo
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de caerse al tropezar con algo. Además, de nochecita o de madrugada, las luces en la
casa de Pepa están casi siempre apagadas. Mi tía y mi abuela dicen que lo de las
luces es una manía de Pepa, y que lo hace por ahorrar.
Aún hoy día cuando entro a la casa de Pepa, siempre siento como un sacudón,
siempre me parece que el corazón se me detiene. Y esa sensación incómoda por cierto
la siento más intensa cuando allí debo entrar de madrugada, mientras supuestamente
Pepa duerme, y mientras supuestamente en la casa no hay nadie más.
Cuando de madrugada entro a la casa de Pepa, y la luna llena ilumina la estancia
porque no hay nubes, la cosa es un poco más soportable. Lo peor sin duda es cuando
las nubes esconden la luna y las estrellas, pues así, en el marco de las ventanas
solamente se destaca un rectángulo negro, el que tal vez esconde el peligro. Siempre
hay que tener precaución. Siempre hay que estar alerta. No es cuestión que a una le
tomen desprevenida.
Cuando de noche mi abuela observa el cielo de esta manera, con nubes por todos
lados, siempre mueve de un lado a otro la cabeza diciendo: «Hay mal tiempo, pronto
vendrá el viento, pronto lloverá».
De pequeña, cuando mi abuela se expresaba de esa forma, casi siempre me
imaginaba que la luna y las estrellas se escondían porque querrían dormir. Siempre
fui muy fantasiosa. Siempre fui muy imaginativa. Siempre adornaba la realidad con
mis sueños. Siempre sentí ese impulso irrefrenable de ver lo que quería ver.
Mi abuela y mi tía, y también los vecinos de la cuadra, con frecuencia critican a
Pepa, a Juan, incluso a Rosa. Los critican todo el tiempo, cuando no tienen nada que
hacer. Y hablan de ellos con un tono ligeramente despectivo, como mirándoles por
encima del hombro.
A Pepa critican por sus extrañas manías de vieja, y por ser tan inmundamente
ahorrativa. A Rosa critican por haberse mudado a la capital, y así haber abandonado
a sus padres en la vejez. Y a Juan critican por ser tan desconfiado.
Juan impuso ciertas reglas en su casa, y una de ellas es que cuando alguien llama a
la puerta, siempre es él quien debe atender. Por lo general Juan no permite que nadie
entre en su hogar. Y al responder a un llamado, solamente entreabre la puerta
siempre con la cadena colocada, y desconfiadamente asoma su cabeza para averiguar
el motivo del inoportuno requerimiento. Y así hablan, Juan asomando la cabeza, y los
visitantes parados en la acera, haga el tiempo que haga.
Las vecinas que visitan la casa de mi tía, siempre me preguntan por los vecinos de
aquí al lado, siempre me preguntan por Juan, por Pepa, incluso por Rosa. Siempre
respondo que son como tantos, que son gente honesta y decente.
Y entonces las visitas se miran unas a otras, y cuchichean: «Deben tener mucho
dinero escondido quién sabe dónde. ¿Tendrán miedo que les roben? Son muy
desconfiados. ¡Y en realidad no es para menos, pues hoy día suceden tantas cosas!».
Ciertamente nunca contesto estos comentarios, aunque me imagino que a veces, por
las noches, los retratos de Juana y Hugo se convierten en fantasmas, en fantasmas
buenos pero decididos, que saltan de la pared para ahuyentar al “hombre del
sombrerón”, y para así proteger a sus hijos y a su nieta, y para así proteger a Juan, a
Pepa, y a Rosa.
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Cuando era pequeña, Pepa siempre me hablaba del “hombre del sombrerón”, y me
contaba diversas y variadas historias sobre él, especialmente cuando llovía, o cuando
comíamos panecillos en el parque. Tal vez algún día me encuentre con el “hombre
del sombrerón”, y hasta hable con él. Seguro que a mí él no me va a hacer daño.
Seguro que si habla conmigo, me hará comprender las palabras extrañas y los
secretos de la vida, esos que con frecuencia él habla con Pepa cuando ella le
pregunta alguna cosa.
De pequeña, cuando me atrevía a hablar del “hombre del sombrerón” frente a mi tía
y a mi abuela, ellas se unían para decirme: «Cállate muchacha, déjate de tantas
sandeces». Y cuando frente a las visitas de mi abuela de casualidad me refería a este
personaje, a ellas se les saltaban los ojos, como si quisieran amordazarme, como si
quisieran matarme o encerrarme para así no tener que oírme.
Mi abuela y sus visitas siempre hablaron de muchas cosas. De la soltería de Rosa
cuando ella aún no se había casado, de la soltería de la amiga de Rosa, quien aún
hoy día continúa soltera a pesar de seguir recibiendo la regular visita del novio de
siempre, de los hijos de las jóvenes solteras, de los hijos criados por los abuelos o por
los tíos. ¡De tantas y tantas cosas las visitas hablaban con mi abuela! Recuerdo bien
que cuando se referían al novio de la amiga de Rosa, siempre decían: «Huy, esa
amistad a mí no me gusta».
Si alguien no se casa será porque tendrá sus razones. Quedarse soltera no es nada
malo. Yo por ejemplo, aún no me he casado y sin embargo soy feliz.
Filomena, la hermana de mi abuela, ya tiene ochenta años y nunca se matrimonió, y
ni siquiera tuvo novio. Y respetuosamente todos la llaman “señorita Filomena”.
¿Será que el respeto por Filomena viene porque ella va a la iglesia casi todos los
días? ¿O será que respetan los años que ella tiene?
Filomena es tan pero tan devota, que en el barrio la llaman “la mano derecha del
cura”. Ella con frecuencia está rezando. Ella con frecuencia invoca a Dios. Ella con
frecuencia se horroriza por cosas que a mí no me parece sean tan terribles, al menos
tan terribles como para calificarlas de herejías.
¡Avelino, que rápido pasó todo! ¿Ya está? ¡Cómo que no me va a cobrar nada! Si es
que corresponde. Por su molestia y su tiempo, usted tiene que cobrar algo. Todos
tenemos que vivir de algo. Bueno, está bien. Pero el domingo sin falta le traigo una
gallina ya desplumada, para que así usted la disfrute con su familia. Muchísimas
gracias don Avelino, y que pase usted un buen día.
Amo los domingos, porque los domingos Avelino no tiene que trabajar, y entonces
podemos venir un poco más tarde. Realmente estoy muy cansada, porque me faltan
horas de sueño. Trabajo demasiado, porque vivo rodeada de mujeres que ya tienen
unos cuantos años encima, y entonces demasiadas tareas recaen sobre mí.
Lo que más me mortifica de todo este asunto, es tener que escuchar tan temprano ese
desagradable aparato que suena y suena. La levantada de la cama tan de madrugada
es lo más desagradable. Luego, después de lavarme la cara con agua bien fría, las
cosas me parecen un poco más soportables.
Bueno, en realidad también mucho me mortifican las manías de Pepa. ¡Eso que me
haga quitar los zapatos para entrar a su casa, es una verdadera exageración! En
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parte me consuelo pensando que total, a mí me gusta andar descalza, pero esto me
gusta decidirlo a mí, y no que otras piensen por mí. ¡Y eso de obligarme a entrar por
un costado de la sala, es una humillación, es un disparate! Ella dice que es para que
no marque los pies justo donde es más visible. Los lugares de la sala donde no se
puede pisar es una de las cosas que más me molesta, pues a mí siempre se me olvida,
y Pepa siempre me lo recuerda.
De pequeña, una de las cosas que me resultaban más extrañas y a la vez más
aberrantes, era que Pepa me llevara al fondo para hacerme orinar en una lata.
Entonces decía que era para no ensuciar el baño. El baño siempre hay que limpiarlo,
y es lo mismo limpiarlo si apenas está un poquito sucio, que limpiarlo si está bastante
sucio.
Otra de las cosas que siempre me llamaron la atención, era esa costumbre de Pepa y
de Juan de en verano bañarse en el patio. Ellos se justificaban diciendo que era
divertido, y que además así no ensuciaban el baño, y que además así usaban agua de
pozo y no agua de OSE. Y como al agua de pozo no se tenía que pagar, así se
ahorraba. ¡Pero qué manía con eso del ahorro y con eso de no ensuciar el baño!
Cuando en el fondo sentía agua que corría, cautelosamente siempre iba a espiar, el
corazón latiendo, y la sangre agolpándose en mi cabeza. Cierto día, como no podía
verles bien en esos menesteres, no tuve otra opción que encaramarme en el borde de
la ventana, y entonces ellos me descubrieron. ¡Qué paliza me dio mi tía por este
asunto! Siempre pienso que se le fue la mano.
Después de todo, mi curiosidad no era malsana. Me gustaba ver el agua resbalando
sobre los cuerpos de ambos, y detenidamente observar la forma como recogían el
agua en un enorme latón. El chorro estaba un poco bajo, así que para mojarse la
cabeza y el torso, no tenían otra solución que ayudarse con un jarro grande, con el
cual sacaban agua del chorro o del propio latón.
Además, en el patio ellos no se bañaban desnudos, así que nada podía haber de malo
si una niña curiosa les espiaba. Juan siempre estaba de calzoncillos, y Pepa de
bombachita. La desnudez no me llamaba mucho la atención, pues en cierta ocasión
había visto a mi tía desnuda. Sin embargo, los enormes senos de Pepa me
asombraban un poco, pues los de mi tía sin duda eran mucho más pequeños. Con
frecuencia fantaseaba y fantaseaba, que los senos de Pepa mucho se parecían en
tamaño a las alforjas que mi abuelo solía traer de la finca. Incluso hasta hoy día creo
que esos senos eran aún un poquito más grandes que esas alforjas.
Por cierto, lo más interesante de la escena del baño era la enjuagada. Juan ayudaba a
Pepa a que todo el jabón se fuera. Se ve que lo que más trabajo le daba eran los
bultos de Pepa, pues allí manipulaba más tiempo que en otras partes. Pepa
ciertamente no podía valerse sola, pues siempre tuvo un brazo enfermo.
¡Ah, cuando será que Juan volverá de la capital! ¡Cuando será que los médicos
terminarán su labor! A pesar de que Juan ya no sale de paseo conmigo, yo le sigo
queriendo mucho, y ahora que está lejos, le extraño de verdad.
Hace poco Rosa envió fotos por Internet. Tuvimos que ir a un cibercafé para poder
verlas, pues en casa no tenemos computadora. Quien atendía ese negocio era un
jovencito que fue muy amable con nosotras, y que nos ayudó en todo. En esas fotos
Juan lucía un poco ojeroso y demacrado. De todo corazón espero que Juan se
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recupere pronto. Le deseo lo mejor. Con todas mis fuerzas deseo que se cure, pues no
quiero que se muera, al menos no mientras sea joven.
Doña Pepa me sigue con sus pasos bien cortitos, y siempre apoyada en mi hombro. Su
mano ya está sudorosa, pues siento la humedad a través de mi blusa.
Sin duda la caminata a Pepa le debe resultar todo un esfuerzo, pues de a ratos me
pide de detenernos.
En verdad debería compartir este trabajo con alguien más. No es justo que tenga que
ocuparme solamente yo de este asunto, los siete días de la semana y sin vacaciones.
Los argumentos esgrimidos por mi tía en relación al agradecimiento, me parecen muy
traídos de los pelos, me parecen muy falaces, me parecen muy vacíos.
Hace ya unos cuantos días, hace tantos días que me parece desde siempre, que a
partir de las ocho de la noche miro el techo de mi dormitorio. Permanezco en la cama
de espaldas y con los ojos abiertos, mirando la luz de la luna que entra por las
rendijas de la ventana, mirando los arabescos de luz plateada que sobre mi cabeza se
forman cuando hay nubes y luna llena, mirando los reflejos de luz de los faros de
algún coche cuando por casualidad por esos lares pasan. Y así, en esa posición, me
quedo bien quieta, y pienso, y sueño, y me regocijo, y me endulzo, y me maravillo por
las cosas de este mundo. Éste es el procedimiento que aplico para invitar a que el
sueño venga, pues al día siguiente debo levantarme bien tempranito.
Sí doña Pepa, sí, usted tiene razón. Afortunadamente ya llegamos, ya nos falta muy
poquito. No se preocupe doña Pepa, la acompañaré hasta la puerta, pues sé de sobra
que tiene problemas con esa cerradura. ¿Quiere que también la ayude a ir al baño?
¿Seguro que no? Bueno, ahora después que usted entre a su casa, voy al almacén y
compro unas cuantas cosas, y hacia las doce como siempre le traigo el almuerzo bien
calentito. No tiene porqué dar las gracias doña Pepa, tanto usted como Juan siempre
fueron muy buenos conmigo. Ustedes dos ya se tienen ganado el cielo.
I3 – Comentarios sobre el escrito “¿Cómo ganarse el cielo?” (i3)
Indudablemente este escrito es un cuento, con toda certeza este relato tiene una
estructura de cuento. Desde las primeras frases se plantea el conflicto, y se lo hace
bien, se lo hace dejando muchos aspectos inicialmente indefinidos y algo vagos, para
así imbuir la narración de un sano suspenso, para así vivamente interesar al lector y
atraparle hasta el final. En el inicio el conflicto es esbozado en forma algo borrosa,
sin especificar las razones profundas del mismo, las que el lector podrá ir
descubriendo más tarde a medida que avanza en la lectura del escrito.
Nótese la frescura y la ternura de algunos planteamientos, muy naturales, muy
humanos, muy espontáneos, que pintan al personaje principal como alguien sensible,
como alguien muy femenino, como alguien con el corazón a flor de piel, como
alguien que se refiere a sus propias frustraciones pero sin dar a ellas excesiva
trascendencia, como si así quisiera quitarles importancia, como si así quisiera
mostrar resignación, como si así quisiera aceptar su destino sin pelea.
En resumen, el planteamiento del cuento es bastante bueno, la trama interesante y
atrayente, y el conflicto o asunto motivador está bien planteado.
Ciertamente todo es perfectible, ciertamente el lector tal vez pueda imaginar alguna
mejora aquí o allá, (a) un cambio de redacción, (b) un acomodamiento de frases, en
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algunos casos uniendo dos frases en una, en otros casos partiendo una frase en dos,
(c) un tratamiento más elaborado del hombre del sombrero grandote (personaje que
sin duda podría dar para más), (d) una profundización de la figura de la madre de la
protagonista, quien tal vez falleció, quien tal vez se volvió loca y está en un nosocomio
olvidada por su familia, (e) al menos alguna aclaración adicional sobre el abuelo de
Elvira, quien apenas si es mencionado (¿porqué no está en la casa? ¿falleció? ¿se
distanció de su esposa?).
En líneas generales, “¿Cómo ganarse el cielo?” es una narración que cumple con los
requerimientos solicitados en la sección I1, y que agrada a la mayoría de los lectores.
El estilo monólogo interior se implementa en este escrito con mucha naturalidad, lo
cual indudablemente es un mérito adicional. A veces no es tan fácil imprimir
naturalidad y espontaneidad a un monólogo interior, técnica que como no es
frecuente no es muy fácil de manejar. Véase que los saltos de un tema a otro en este
escrito son frecuentes. Allí ellos se encadenan con cierta lógica, lo cual por tanto no
oscurece ni dificulta la comprensión de lo narrado. Tal vez ésta puede ser una falla,
ya que cuando en la realidad una persona se pone a reflexionar consigo misma, hay
cambios de tema que son más abruptos, hay encadenamiento de ideas que quedan
inconclusos; para conseguir algo más de realismo en esta narrativa, posiblemente
habría que oscurecer un poco algunas oraciones, e implementar cambios de asunto
que parezcan más arbitrarios.
Véase que el escrito tiene un desenlace, tiene un mensaje a descubrir, el cual es
planteado con bastante claridad hacia el final de la obra, a través de una expresión
que además es la que da título al cuento. Por cierto, está bien planteada la
contradicción y oposición entre lo que piensa Elvira de Pepa en su fuero íntimo, con
la forma como Elvira atiende a Pepa en sus necesidades materiales, e incluso con la
manera como la defiende frente a las visitas criticonas.
Obsérvese también que los contactos de Elvira con la realidad son mínimos en esta
obra, pues las distintas oraciones prácticamente expresan casi todas ellas los
pensamientos interiores del personaje y sus recuerdos de cosas ya pasadas.
Las únicas posibles excepciones que se destacan, los únicos pasajes que en este
sentido son dubitativos, son uno de ellos vinculado con Avelino, cuando se deja de
manifiesto que el enfermero no tiene intensión de cobrar su trabajo, y lo que
inmediatamente induce la promesa de Elvira de llevarle de regalo una gallina ya
desplumada.
El otro pasaje de este tipo es al final de la obra, cuando allí se revela que Elvira es
quien también se ocupa de preparar diariamente la comida para Pepa, y cuando
directamente la protagonista afirma que ambos esposos (Juan y Pepa) ya se tienen
ganado el cielo.
Nótese que en realidad incluso podría quedar la duda si estos dos pasajes recogen
dichos fieles de Elvira en el preciso momento que ellos son expresados, o si
simplemente estas expresiones forman parte del torrente de ideas de la protagonista.
Sea cual sea esta cuestión, estos dos pasajes con claridad supuestamente se refieren
en forma más fidedigna a la realidad presente, lo que está en oposición y contrapunto
con el resto de la obra, donde más bien se expresan recuerdos de la protagonista, así
como sus opiniones, sus sentimientos, sus anhelos, su notoria resignación, sus deseos
escondidos. Estos supuestos contactos directos con la realidad no rompen la magia
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del monólogo interior, pues dichos contactos son breves y poco numerosos, y porque
allí a lo sumo únicamente se recogen palabras de la protagonista, omitiendo las
posibles contestaciones de Pepa y de Avelino, y omitiendo también cualquier aporte o
intrusión de un narrador omnisciente y omnipresente.
La otra característica de este escrito, la otra particularidad de este trabajo, se refiere a
las enormes posibilidades que con naturalidad allí se presentan para reiteradamente
aplicar algunas figuras retóricas.
Por lo general las figuras retóricas deben aplicarse con mucha prudencia y mesura, y
muy esporádicamente, pues de otra forma se corre el riesgo de no introducirlas con
espontaneidad. Por su enfoque, este escrito se presta para proceder de una manera
diferente.
En estilo de monólogo interior uno no tiene que preocuparse mucho por la
cronología, y se permite saltar de un tema a otro, así como alterar el tiempo, vale
decir, decir primero lo que pasó después, y haciendo una mezcla. Porque cuando
alguien piensa precisamente eso hace. Y en buena medida eso es lo que se hace en el
escrito aquí analizado. Este esquema, este enfoque, es propicio para las reiteraciones
de ideas, de expresiones, de palabras.
Nótese que por todos lados se aplican el polisíndeton y el asíndeton, es decir, a veces
se omiten conjunciones, y a veces se ponen más conjunciones de las necesarias. Esto
puede que muchos consideren un detalle muy menor. Sin embargo, en el escrito aquí
considerado tienen un efecto notorio y singular. Y muy probablemente el autor debe
haber pasado a veces un par de minutos enfrentado a una de estas frases, pensando si
suprimía las “y” o las “o”, o si por el contrario las ponía por todos lados.
Las otras tres figuras retóricas que aquí se usan bastante bien, sin duda son el
hipérbaton, la repetición o replicación, y el paralelismo. En particular la replicación y
el paralelismo se suelen llevar bien, y son las aquí más usadas, y son las más
aplicadas en el escrito aquí estudiado.
El hipérbaton es la alteración del orden usual, la repetición consiste en repetir un
término, como por ejemplo día tras día, o como por ejemplo siempre pero siempre, o
como por ejemplo fantaseaba y fantaseaba. El paralelismo consiste en una frase o en
una oración seguir la estructura o alguna otra cosa de una frase anterior o de una
oración anterior. El uso de estas tres figuras, sobre todo si ellas se usan mucho,
imprime cierta sonoridad y cierto ritmo al escrito, transmitiendo según los casos
sentimiento, extrañeza, singularidad, y/o reforzando algún mensaje subliminal, como
melancolía, tristeza, rutina, etcétera. Lo que por cierto en la trama aquí desarrollada
viene como anillo al dedo.
Lo expresado hasta aquí sin duda es lo fundamental en relación al escrito “¿Cómo
ganarse el cielo?”. De todas formas, en este relato también se rozan otras temáticas.
(1) Las gentes criticonas y envidiosas, y especialmente las mujeres criticonas de cierta
edad. (2) El tema del matrimonio, asunto que preocupa a las mujeres de todas las
edades, y aún a las mujeres jóvenes. (3) La problemática de los niños que deben
criarse alejados de sus padres biológicos. (4) El eterno asunto del embelesamiento de
una niña con carencias afectivas, que con determinación y hasta con desesperación
se aferra a una figura adulta masculina. (5) Las fantasías infantiles, especialmente
en torno a las cuestiones sexuales. (6) La cuestión de los miedos infantiles y de los
mitos infantiles (el hombre del sombrerón, el hombre de la bolsa, el ratoncito Pérez).
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(7) El problema de las mujeres que en cierta medida renuncian a una vida plena, que
en cierta medida renuncian a un compañero y a tener hijos, porque se sacrifican
atendiendo a varios adultos mayores. (8) El egoísmo de algunos hijos, que a partir de
cierta edad hacen su vida alejados de sus padres, y sin demostrar una especial
preocupación por lo que a ellos les pase. (9) Los avatares de la vejez, las manías, los
achaques, los padecimientos, las enfermedades, los encierros, las soledades y los
aislamientos, los desplantes, las vergüenzas, los fallecimientos.
Indudablemente cualquiera de los nueve temas que recién fueron enumerados, podría
dar lugar a muy interesantes debates y reflexiones sobre la base del monólogo interior
aquí analizado. Tarea que por cierto aquí no desarrollaremos, pues la dejamos en
manos de los lectores.
J1 – Ensayo sobre literatura en estilo híbrido monólogo-conferencia (j1)
Y finalmente, ¿qué es la literatura y para que sirve? Esta pregunta se ha planteado
desde siempre, casi desde el mismo momento en que las historias y las leyendas
comenzaron a compilarse y a registrarse en forma escrita. A este asunto por cierto
han respondido diversos pensadores de todas las épocas, quienes desarrollaron muy
diferentes enfoques, quienes cuestionaron o apoyaron muy diferentes estilos
literarios.
Si el lector ha hecho práctica con las propuestas de ejercicios aquí antes presentadas,
seguramente ya habrá adquirido cierta experiencia, y estará maduro para también él
intentar establecer una respuesta para este interrogante.
Al lector le sugerimos que primero busque en Internet algunas respuestas a esta
pregunta, y que luego intente escribir sobre esta temática.
Para esto sugerimos emplear el estilo conferencia (el estilo discurso oratorio), o el
estilo monólogo interior, o incluso intentar concebir al escrito con un estilo híbrido
monólogo-conferencia, con un estilo a caballo entre monólogo interior y discurso.
J2 – ¿Qué es la literatura? (j2)
Un grupo de amigos me solicitó que indicara las características de mi casa ideal.
En forma espontánea ciertamente les respondí con lo que realmente pienso. No
podría haberlo hecho de otra manera. Soy honesto. Soy sincero. Soy transparente. Me
muestro tal como soy. Pienso con libertad, y con libertad digo lo que pienso.
Mi casa ideal no tiene porqué ser ni muy lujosa ni muy grande ni muy excepcional ni
muy extraordinaria ni muy llamativa.
Lo fundamental es que ella se encuentre bien construida, y que sea terriblemente
utilitaria. Que sea sencillo de limpiarla. Que sus instalaciones no requieran
mantenimiento con excesiva frecuencia.
Que las paredes sean pintadas con colores claros sin demasiadas sofisticaciones, y
que en los techos se utilice pintura antihongos para cielorraso, para que así los
mismos puedan respirar y no condensen humedad.
Mi casa-habitación ideal debe estar bien distribuida, vale decir, su circulación debe
haberse pensado con un criterio lógico. Debe ser cómoda, con ambientes que en el
uso no resulten ser excesivamente estrechos, aunque tampoco tienen porqué ser
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excesivamente grandes. Al menos un lugar para dormir que se encuentre cerca de un
baño. Un baño completo y muy amplio, y un segundo baño algo más pequeño. Un
ambiente donde pueda instalarse en forma integrada un comedor principal y algunos
sillones que oficien de sala y recibidor. Un cuarto-escritorio que no tiene porqué ser
excesivamente grande, y donde se encuentre una computadora, una mesa de trabajo,
y una pequeña biblioteca de madera con estantes a la vista. Un lugar de cómoda
circulación para preparar alimentos sencillos, y que allí también integre la heladera,
algún elemento para calentar alimentos o para cocinarlos, algunos armarios, una
mesa redonda que sirva como comedor diario, una mesada de granito relativamente
amplia con una pileta doble y grifería mono-comando, revestimiento cerámico de
agradable aspecto con guarda perimetral a la altura de los ojos, y con cinco o seis
azulejos decorados distribuidos aquí y allá entreverados con los azulejos lisos de color
claro. Y por cierto que allí también se encuentre instalado un extractor de aire tipo
turbo.
El baño principal debe tener una mesada de granito con dos bachas ovaladas y
grifería mono-comando, debajo de la que debe haber un placard con puertitas para
allí ubicar algunos elementos de limpieza y algunos elementos de tocador (para en
caso necesario poder reponer los mismos). El baño más pequeño tendría un único
lavabo, y por cierto todos los aparatos sanitarios que son tradicionales, al igual que
en el baño principal. Ambos baños tendrían duchero y no bañera. El duchero del
baño principal debería ser el más amplio, para allí permitir el eventual ingreso de una
persona que tenga dificultades de desplazamiento, y para allí eventualmente poder
ubicar un banquito. En ambos baños la roseta debería ser de tipo teléfono, y la
grifería mono-comando como en la cocina debería ser de tipo exterior, de forma de
poder implementar su eventual sustitución en caso necesario sin necesidad de romper
o retirar azulejos. Ambos baños deberían tener amplios espejos, así como al menos
dos aparatos de luz, uno de ellos con un spot dicroico o con dos. Los azulejos de los
baños deberían ser grandes al igual que los de la cocina, de veinte o veinticinco
centímetros por treinta y tres centímetros o de similar tamaño. Ambos baños tendrían
un estante visto ubicado más bien alto, para allí poder poner toallas de repuesto. Un
calefón serviría de agua caliente a ambos baños, y estaría instalado en uno de ellos
dentro de un placard. Este calefón no tendría porqué servir de agua caliente también
a la cocina, pues allí se podría instalar un calefón bien pequeño debajo de la mesada.
Ambos dormitorios tendrían amplios placares, de forma de allí con comodidad poder
ubicar la ropa de abrigo separada de la ropa liviana. En los dormitorios las camas
estarán ubicadas junto a pequeñas mesitas de luz donde poder poner alguna lámpara
y algún aparato de radio, y al frente se ubicará un televisor color manejado con
control remoto. La circulación en los dormitorios deberá ser amplia de modo de
cómodamente poder limpiar con aspiradora, y allí también deberá poder ubicarse un
sillón desde donde también se pueda ver la televisión.
El pasillo deberá tener un placard-despojador, que sirva de desahogo para allí poder
guardar alguna ropa y algunos otros elementos que no puedan ser ubicados en los
otros ambientes.
La instalación eléctrica deberá tener fusibles térmicos de diez o quince amperios por
sector, y una llave general térmica disyuntora, de esas que preservan la vida humana
de eventuales descargas a tierra. Toda la instalación eléctrica por cierto deberá ser
embutida, y en lugares estratégicos se instalarán perillas controladoras para así poder
regular la intensidad lumínica de algunos focos.
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Todos los ambientes deberán tener luz natural, incluso los baños, y de ser posible
incluso el pasillo, y sus ventanas y aberturas deberán tener orientación principal
norte, o noreste, o noroeste, de forma que los rayos solares penetren directamente en
un horario bastante extendido.
Por razones de seguridad y por razones varias de mantenimiento, es recomendable
apartamento en propiedad horizontal y no casa independiente. De preferencia, el
apartamento deberá estar ubicado en un piso alto y deberá tener buena vista.
La terraza lavadero no tiene porqué ser excesivamente grande, pues basta con que
allí pueda instalarse un lavarropa no muy grande, y con que allí pueda colgarse
alguna ropa para secar. Esta terraza deberá ser cerrada con un cerramiento de
aluminio y puertas corredizas, para así protegerse de los elementos, y para así
también proteger a la máquina-lavarropa.
Mi casa ideal, mi casa-habitación preferida y soñada, no tiene porqué tener
numerosos electrodomésticos de mediano o gran porte, como por ejemplo lavarropas
de tamaño mediano o grande, lava-vajillas, secador de ropa, congelador-freezer de
frío intenso, etcétera. Tampoco será necesario allí tener elementos novedosos y
llamativos, como ser abrelatas automático, cuchillo eléctrico, panquequera, juguera
eléctrica, máquina exprimidora, máquina picadora, máquina procesadora con más de
una docena de posibles empleos, dispensador de cubitos de hielo, tostadora
automática, freidora, plancha a vapor, cafetera express, jarra eléctrica, licuadora,
sandwichera, wafflera, enceradora, horno combinado eléctrico y a gas con rotor-grill,
etcétera. La ropa grande se enviará o bien a la tintorería o bien al lavadero. Ciertas
comidas muy elaboradas o muy complicadas de preparar, podrán ser solicitadas a
domicilio o podrán ser degustadas directamente en los restaurantes. En los baños no
será necesario instalar extractores de aire, dado que tendrán buena ventilación a
través de las ventanas corredizas.
Mis amigas y amigos en silencio habían escuchado mis doctas y formales
explicaciones y descripciones, y si bien no habían hecho comentarios ni planteado
preguntas, en apariencia habían seguido mi presentación con atención e interés.
Recordando de improviso que la mejor manera de responder a una pregunta es
planteando otra pregunta, pregunté a mi vez: «¿Y para ustedes, cuál es vuestra casa
ideal?»
Se miraron unos a otros en silencio, como para ver quien estaba decidido a empezar,
y luego uno de los asistentes dijo que reflexionarían y que me enviarían sus
respuestas a la brevedad posible. Y al poco rato la reunión se disolvió.
Y efectivamente ellos cumplieron su promesa y no la olvidaron. Desde hace unos días
poco a poco voy encontrando sus repuestas en la bandeja de entrada de mi casilla
electrónica.
Indudablemente mis amigas y amigos consiguieron asombrarme. Por cierto, no
esperaba que todos compartieran mis criterios. Al contrario, me esperaba algunas
sorpresas, pero no del tipo de las que estoy descubriendo en sus escritos.
Pensé por ejemplo que alguno se inclinaría por casa independiente, para así tener un
fondito o un jardín donde poder cultivar rosas y/o donde poder tener una mascota.
Pensé también que otro preferiría una casa enorme donde pudieran convivir varias
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generaciones: una familia semilla con algún hermano o hermana, más los hijos
(algunos solteros y otros casados y con sus cónyuges), y más algunos nietos.
Incluso pensé en algún detalle insólito y sorprendente, como el que cierta vez observé
en la casa de una señora. Ella quería tener una mascota, pero gatos y perros no
quería pues decía que daban mucho trabajo, pececitos y tortugas no quería pues decía
que eran poco cariñosos. Al final optó por una canarita que compró pocos días
después de nacida, y a la cual crió muy mansita. La señora abría la jaula, y el pájaro
libremente volaba por el comedor, por el pasillo, por la cocina, por el baño.
Naturalmente todas las ventanas estaban cerradas, y el pájaro posiblemente lo sabía
pues hacia ellas no se dirigía. La señora había acondicionado en varios lados unas
peceras grandes para su pajarita. En una había arena que renovaba cada tanto, para
que el pajarraco allí se diera sus baños secos. En otra le dejaba su bañito con agua
fresca y su bebedero, así como unas hojas de lechuga. En otra le ponía alpiste y las
vitaminas, así como un nidito, pues decía que algún día le haría tener crías. Lo de las
peceras era para que de lejos se pudieran ver las evoluciones del bichito a través de
los vidrios. De vez en cuando el pájaro volvía a su jaula abierta, ya que allí también
tenía un bebedero y un comedero. La jaula era grande, y tenía vidrios en la zona baja,
para que así las cascaritas de alpiste y otras cositas no salieran ensuciando el
entorno. Intrigado y asombrado, pregunté de qué forma se lograba hacer que la
canaria volviera a la jaula, y la señora rápidamente respondió: “Ah, simplemente la
llamo y ella viene”. Y me lo demostró. La señora comenzó a piar y puso un dedo
extendido de su mano izquierda cerca de su mano derecha. Y a poco de actuar de esta
manera el pajarito vino volando y se posó en el dedito extendido. La señora entonces
acercó lentamente su otra mano hasta que agarró el cuerpo de su mascotita. Y la besó
varias veces en la cabeza, y el animalito parecía estar acostumbrado a este
tratamiento pues no daba la impresión de querer zafarse. Solamente giraba su
cabecita de un lado a otro, curioso por ver tanta gente que lo rodeaba y lo miraba.
Instantes después la señora llevó a la pajarita de nuevo a su jaula, en donde cerró la
puertita una vez estuvo dentro el animalito. Y así se terminó el espectáculo de ese día.
Por cierto, con toda evidencia, esperaba que mis amigos expresaran sus pareceres
con criterios disímiles pero en la línea que yo había desarrollado. Incluso esperaba
que alguno de ellos relatara alguna jugosa anécdota, o que reclamara alguna
condición insólita. Pero no. Sin lugar a dudas mis amigos me sorprendieron mas allá
de lo que me imaginaba. Sin lugar a dudas los conceptos de casa ideal que se me
presentaron superaron todas mis expectativas.
A una de las respuestas bauticé “Diálogo con un vendedor”, pues en este escrito
precisamente se simula un dialogado entre un vendedor inmobiliario y un posible
comprador. Esta respuesta también podría ser bautizada “Mi casa es mi planeta”,
pues allí no se describe ni una casa urbana apropiada para la vida en nuestra
compleja estructura social actual, ni una confortable residencia en una zona rural,
con adecuadas instalaciones aledañas propicias para las actividades productivas que
allí se pudieran desarrollar.
En realidad esta respuesta es una especie de alegoría que entre líneas parecería que
quiere transmitir un mensaje ecologista. No hagamos pruebas con nuestro suelo pues
de este globo no podemos mudarnos. No nos alejemos mucho de la naturaleza,
cuidemos nuestro entorno. En ecología como en economía, los márgenes de
maniobra no son excesivamente estrechos, pero a la corta o a la larga siempre se debe
pagar un precio.
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En esta descripción de casa ideal es el comprador quien principia expresando sus
necesidades: «Por techo quiero la luna, y el piso tiene que ser suave, acolchado,
natural. En los ambientes los aromas más variados deben llenar hasta los huecos más
imperceptibles, y el frescor del rocío mañanero debe penetrar a raudales por las
ventanas. Y lo más importante, no debe tener precio.»
El vendedor sin duda esperaba un cliente común y corriente, un cliente como tantos,
un cliente con dinero, necesitado de mudarse, y dispuesto a pagar un precio por su
adquisición y una comisión al intermediario.
Así que un tanto incomodado y nervioso dio la respuesta que era de esperar: «La casa
que usted solicita no existe. ¡Pero que pretende! ¿Quiere jugar conmigo? ¿Quiere
gastarme una broma? ¿Quiere hacerme perder el tiempo?»
El comprador tal vez un tanto sorprendido de que su solicitud se tomara a mal,
replicó a su vez: «No se ofusque. Mi pedido es serio. Sabe usted, soy amante de la
naturaleza, y quiero vivir en un lugar seguro, en un lugar que tenga futuro, en un
lugar que también mis hijos y mis nietos puedan disfrutar. Y respecto de su
inmobiliaria, un amigo me aseguró que se buscara lo que se buscara, la casa que
alguien siempre soñó ahí está.»
El vendedor un poco alagado por el elogio, pero también preocupado por sospechar
que estaba tratando con un loco, contestó un poco bruscamente, como queriendo
intimidar, como queriendo imponerse: «Ciertamente variedad aquí es lo que sobra.
Pero usted no está buscando una casa ideal sino una casa irreal. La propiedad que
usted quiere no existe. Esa casa hoy aquí no la tenemos en cartelera, hoy no la
tenemos y nunca la tendremos. ¿Acaso es usted un inadaptado? Le invito a retirarse,
pues de otro modo me obligará a llamar a la policía.»
«Está bien, está bien, ya me retiro, aunque mucho lamento no haber podido negociar
con usted.» Así se expresó quien quería ser futuro promitente-comprador, y con paso
ágil se dirigió hacia la salida, aunque antes de traspasar la puerta titubeó, y
volviéndose hacia su interlocutor muy convencido le dijo: «En un tiempo no muy
lejano, quizás yo deba hacer por usted, lo que usted hoy no quiso hacer por mí.»
Bueno, esta respuesta vale, este escrito está muy bien, estas líneas en forma muy
breve están transmitiendo un mensaje claro y fuerte.
La humanidad está actuando en forma inconducente. La humanidad parece haber
perdido el juicio pues parece estar tratando de autodestruirse.
Cierto. Hay voces de alarma. Hay gritos de alerta. Y la propia Organización de
Naciones Unidas está a la cabeza. Los planes de contingencia. Las consultorías y
asesorías internacionales a los países del Tercer Mundo. Los llamados para la
formación de fondos multimillonarios. Los objetivos del milenio. Las faustosas y
brillantes reuniones internacionales, donde se discute con altura, y donde se firman
declaraciones grandilocuentes que son difundidas por todos los rincones del planeta.
Está bien. Se intenta hacer algo y eso está bien. Parecería que se está tomando
conciencia y eso también está bien.
¿Pero lo que estamos hoy haciendo alcanzará? ¿Lo que hoy estamos promoviendo
servirá para equilibrar las fuerzas que parecen querer destruirnos?
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Todo esto me hace recuerdo a un fresco diálogo infantil entre Mafalda y Susanita.
Finalmente Malfalda logra convencer a su amiga que algo debe hacerse por los
pobres, y entonces la pequeña Susana tiene una idea que le parece apropiada.
«Haremos un té de beneficencia para recaudar fondos, –dice– y allí instalaremos una
pasarela donde desfilarán modelos top con diseños de grandes modistos. Y allí
daremos té y chocolate bien calentitos para beber, y para comer sabrosos sándwiches
y exquisiteces dulces. Y así seguro que podremos recaudar fondos suficientes para
comprar arroz, polenta, lentejones, fideos, y todas esas otras porquerías que comen
los pobres.»
Todo esto también trae a mi memoria esa importante reunión internacional celebrada
hace algún tiempo en un lujoso centro de invierno en Suiza, y en donde se proponía
debatir sobre el ya notorio problema del calentamiento atmosférico global, y sobre la
exagerada emisión de gases de tipo invernadero con origen en las actividades
humanas. En el banquillo de los acusados estaban en primera fila: (a) La innecesaria
quema de neumáticos y de otros desperdicios. (b) Las emisiones provocadas por los
medios de transporte y de calefacción que usan carburantes derivados del petróleo.
(c) Las emisiones industriales. (d) La deforestación alarmante y descontrolada de
zonas boscosas. Claro, a esta reunión llegaron técnicos y dignatarios de todas partes
del mundo, pero la mayoría utilizó el avión y luego el automóvil como medios de
transporte para así llegar a la zona del encuentro, y se alojaron y debatieron en un
lujoso hotel con muy buena vista hacia las cumbres nevadas, y muy bien
calefaccionados con combustibles derivados del petróleo. Y entonces corresponde
plantearse si este tipo de reuniones sirve para algo o no. Y entonces corresponde
plantearse si las personas que concurren a estos encuentros son realmente sinceras o
si no lo son.
La humanidad sin duda hoy día se encuentra en una encrucijada. Y quienes tienen
más peso en la conducción de los grandes temas, parecen no comprender del todo,
parecen estar desorientados. ¿Cómo rectificar rumbos?
En 1721 comenzó a difundirse una novela epistolar que sin duda cambio rumbos, que
sin duda marcó nuevos caminos, nuevos derroteros: “Les lettres Persanes”, o sea
“Las cartas persas”. Una simple obra literaria, una simple colección de cartas de
ficción, logró hacer pensar a mucha gente. Y entonces, ¿la literatura sirve o no?
«Caminante, no preguntes donde conduce este camino. La respuesta es evidente, la
respuesta es obvia. De una forma o de otra todos los caminos conducen a Roma.»
La fuerza de una centralidad es enorme. Y una vez impuesto un paradigma es muy
difícil erradicarlo.
De una manera o de otra hay preguntas que con insistencia se plantean una y otra
vez. ¿Es que la literatura sirve para algo?
A cierto escritor cierta vez le hicieron esta pregunta, y éste respondió en forma muy
breve, en forma cortita y al pie.
«¿Y de que sirve subir una colina para poder mejor apreciar una puesta de sol? Sirve
para disfrutar algo bello. Sirve para embelezarse con ese magnífico espectáculo. Sirve
para hacernos comprender que somos muy pequeños frente a la inmensidad del
universo, y así incentivarnos a pensar sobre nuestro destino y sobre nuestro futuro y
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sobre las condiciones que dejaremos a nuestros hijos y a nuestros nietos. Y con
certeza la literatura es similar a una puesta de sol.»
En 1721 fue la novela epistolar “Les lettres Persanes”. En el siglo XVIII fue el
escrito titulado “Les lettres Persanes”, pensamiento e idea que lentamente fue
decantando, y que fue el germen que en 1748 finalmente concretó un nuevo libro del
mismo autor que se tituló “De l’esprit des lois” (“Sobre el espíritu de las leyes”, o
“Relaciones que las leyes deben tener con la constitución de cada Gobierno, y con las
prácticas morales, el clima social, la religión, el comercio, etcétera”). Y en el siglo
XXI, y en el siglo XXI el elemento catalizador y desequilibrante bien podría ser el
escrito titulado “Diálogo con un vendedor” o “Mi casa es mi planeta”. ¡Quien lo
podría saber! El tiempo lo dirá.
“Con la casa sobre los hombros” es el título que puse a otra de las respuestas llegadas
a mi buzón digital. Sin duda ésta es la respuesta más breve entre todas las que hasta
ahora me llegaron. Con certeza la brevedad no es lo mío. Con sinceridad siempre tuve
dificultades para establecer una síntesis, pues siempre ubico un defecto, pues siempre
descubro un faltante, pues siempre encuentro algo para agregar. ¡Que le voy a hacer!
Soy así. Soy detallista. Soy perfeccionista. Siempre pienso en alguna posibilidad
escondida. La respuesta recién aludida expresaba más o menos lo que sigue.
1. «La casa ideal es la que en suerte me ha tocado. –piensa el caracol mientras su
caparazón arrastra sobre el piso mojado– No todos tienen dicha y fortuna para ser
parte de este mundo. Lo verdaderamente importante es saber fijarse rumbo.»
2. «El caracol continúa con su divague, continúa con su adagio: Mi andar es
parsimonioso y un tanto aletargado, no es tan fácil marchar con coraza puesta y
destino trazado.»
3. «Es orgullo de caracol la espiral tener siempre consigo, y un poco de amor recibir
de algún amigo. La divina proporción en mi morada establece, una cosmovisión de lo
que por negligencia perece.»
4. «El universo se desvanece, cuando en mi casa me meto, lo que no siento no duele,
lo que no veo no siento.»
5. «Ustedes… pobres hombres, sus energías malgastan, persiguiendo ilusiones,
masticando patatas.»
Bueno, este escrito con ciertas aspiraciones de poema, es muy corto pero muy jugoso.
Invita a la reflexión. Invita al divague. Está inundado de simbolismo. Está pleno de
múltiples posibles interpretaciones. Muy pero muy bien. Excelente. Sobresaliente.
Por cierto también corresponde decir alguna cosa referente a la historia de Alberto
Solón, otra de las respuestas recibidas.
1. Albertito vivía solito con sus papitos, quienes por fortuna poseían cuantiosas
riquezas. El niñito con frecuencia estaba tristecito pues estaba solito. Y conseguía
consuelo argumentando que su mamita estaba siempre muy cerquita. Además,
después de todo no la pasaba tan mal leyendo sus numerosos e ilustrados libritos.
2. Y así transcurrió infancia y adolescencia de este hombrecito, leyendo y leyendo, y
algún que otro domingo, dócilmente acompañando a su mamita al cercano y
simpático pueblecito.
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3. Un poquito antes un poquito después todo todito llega en este mundo, y lo que
podía pasar pasó. Sus papitos enfermaron y luego fallecieron.
4. Albertito quedó muy pero muy solito, en esa gran mansión donde había nacido y
crecido, y donde como buen glotoncito, él mismo se encargó de hacerse gordito.
5. Todo en esa gran casita traía recuerdos a este hombrecito. Las grandes
habitaciones. Los enormes espejos. Los sillones de terciopelo, y la biblioteca. También
por cierto la cuadra que ahora ya no albergaba caballitos.
6. Por pasar tanto tiempo solito, en él se fue arraigando una extraña sensibilidad.
Acostumbrado a la soledad, comenzó a amar al silencio. Y cualquier ruidito le hacía
daño, le estresaba, le molestaba, le desconcentraba.
7. Tanto le molestaban los ruiditos, que contrató a un arquitecto para mejor aislar
acústicamente a su gran mansión. Y no contento con los aislantes que mandó instalar
este profesional, en adición hizo colocar colchones en las paredes, y con estos
elementos así también tapó algunas ventanitas.
8. Como estaba muy aburridito, comenzó a ir al pueblito que algunas veces había
visitado con su mamita. Y como la gente y los ruiditos le molestaban cada vez más,
estas visitas las hacía de nochecita.
9. Claro, de nochecita muy poquitos transitaban por las callecitas. Algún mendigo.
Algún solitario como él paseando a su perrito. Algún trabajador retrasado que
presuroso iba a reunirse con su mujer y sus hijitos.
10. Como siempre leía y leía sus libritos, y como su biblioteca era enorme, la cultura
de este hombrecito crecía y crecía. Y también estaba al tanto de las actualidades
locales y de otros lados, pues cada día recibía y leía la prensa escrita.
11. Por curiosidad, en las nochecitas comenzó a ir a los lugares donde alguna cosita
había ocurrido. La placita que ya tenía banquitos nuevos. La esquinita donde habían
derramado vino. La callecita donde un automóvil había matado a un gatito.
12. Con todos estos insumos, poco a poco la imaginación de este hombrecito fue
creciendo y creciendo. Hasta que cierto día pensó que también él podría escribir una
novela.
13. ¿Porqué no, si él era tan capaz como cualquier otro? Y como el proyecto le gustó,
manos a la obra puso de inmediato, se remangó las mangas de su camisa, y comenzó
el garabato. Y trabajó y trabajó en su novela. Y escribió y escribió capítulo tras
capítulo. Y la novela no parecía tener fin. Era un trabajo de nunca acabar.
14. Como los ruiditos por mínimos que fueran le seguían molestando, y como además
ahora le distraían en la tarea de escribir pues le hacían perder el hilito de la trama,
mandó construir un muro grueso y alto todo en derredor de su gran mansión. Y en el
inmenso pórtico de hierro hizo instalar siete cerrojos que se abrían con siete
diferentes llavecitas.
15. En su inmenso jardín quiso instalar algún símbolo relativo al arte de escribir.
Pensó en una diosa griega, como por ejemplo Carlíape o Melpómene o Talía. Pensó
en un busto de algún escritor famoso. Dante Alighieri. Pierre y Thomas Corneille.
Edmundo de Amicis. Chrétien de Troyes. Gracilaso de la Vega. Jean Froissard.
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Friedrich Fouqué. José Sixto Álvarez. Rosalía Castro de Murgía. Eduardo Pondal y
Manuel Curros Enríquez. Edgar Alan Poe. Galileo Galilei e Isaac Newton (no, estos
últimos dos en realidad no, estos últimos dos fueron más científicos que dramaturgos
o poetas). William John Fellner (en realidad este tampoco, pues solamente se dedicó
a la economía).
16. Finalmente se decidió, y mandó construir un laberinto de arcilla, cuya entrada
estaría vigilada por un fauno, de profusa barba, piel de cabra, y con una antorcha en
cada cuerno. Y circundando la cabeza, la infaltable corona de hojas.
17. Cuando le construyeron el muro, y mientras le construían el laberinto, el ir y
venir de los obreros, sus voces, sus gritos, el chirriar de las máquinas, los golpes de
martillo, le sacaban de quicio a tal punto de estar al borde de enloquecer, pero con
voluntad se dominaba y se contenía, y soñaba en la paz que tendría cuando la
construcción hubiera terminado.
18. Y terminado el laberinto decidió ir a explorarlo. Y allí pasó hora tras hora, día
tras día. Cada valla un desafío. Cada falso camino un incentivo aún más fuerte para
encontrar la salida. Cada etapa se parecía a un juego.
19. Ya no tenía tiempo para ir a su escritorito a escribir cuando alguna idea se le
ocurría, así que comenzó a escribir en las paredes del laberinto. Siendo ellas de
arcilla eran aptas para la escritura.
20. Y en estos nuevos ensayos de escritura el hombrecito sufrió una involución, sufrió
una vuelta atrás en la historia. De la escritura alfabética pasó a la escritura silábica,
y de ésta a la cuneiforme, y de ésta a la escritura jeroglífica. En este proceso no tuvo
que inventar nada, pues todo le surgía de dentro, como si lo hubiera sabido de
siempre. Y en los jeroglíficos predominaban las cruces y las lunas.
21. Así cambió la máquina de escribir por el estilete. Su salita-escritorio ya no era su
lugar preferido, sino que lo era el laberinto. Allí se encontraba bastante realizado.
Allí encontraba el desafío que le renovaba, y que le daba energías para seguir.
22. Trabajaba de luna a luna, y cuando ella no iluminaba lo suficiente encendía una
antorcha. Sólo dejaba ese trabajo cuando el sol subía alto, mezclándole el sudor con
el cansancio, y así obligándole a buscar reposo en su mullidita y enorme camita.
23. Su casita ya le parecía horrible. Su gran mansión donde toda la vida había vivido
ya le disgustaba. Quería tener visión en perspectiva. Quería ver lejos. Y para esto
hacer, no se le ocurrió mejor solución que instalar espejos por muros y rincones.
24. Una vez instalados los espejos, lo inhabitual de esta situación le confundía y le
desorientaba, y con frecuencia empujaba a su propia imagen. Pero con el paso de los
días las cosas mejoraron.
25. Sus imágenes se duplicaban y se multiplicaban en los espejos. Las grandes
estaban cerca. Las pequeñas estaban lejos. Poco a poco el hombrecito comenzó a
diferenciar una imagen de otra, hasta que se acostumbró a pensar que esas no eran
sus propias imágenes sino que en realidad eran imágenes de personas todas distintas.
26. Albertito Solón mucho había invertido en remodelar su propiedad para que ella se
transformara en su casita ideal, en su casita soñada, pero cada vez que terminaba
una etapa, surgía alguna cosita, descubría algún problemita, encontraba algún
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defectito, y se daba cuenta que era necesario implementar alguna otra reformita
complementaria. Y entonces todo debía comenzar de nuevo.
27. Su entusiasmo y su urgencia por una posible nueva reforma que lograba
materializar en su mente y en sus croquis, variaban según sus estados de ánimo.
28. Y entonces, pensando que sería preferible dejar esto de las reformas para un
poquito más adelante, retomó el proyecto de la novela, autosugestionándose que en
realidad era ese su proyecto más importante. La casa de sus sueños vendría luego.
29. Cierto día, cuando una hoja de papel ya estaba en su máquina dispuesta a recibir
los impactos, se fijó con atención en el cenicero que en forma oblicua estaba apoyado
sobre la mesa. Y pensando que esa no era una posición adecuada, creyó necesario
hacer algo al respecto.
30. Y entonces Albertito entró en la fase del orden. Meticulosamente comenzó a
ordenar todos los objetos de la casa según tamaño, según color, según función. Y por
cierto lo mismo hizo con los libritos de la biblioteca, sus bienes más preciados. Nada
podía quedar fuera de su lugar. Un lugar para cada cosita, y cada cosita en su lugar.
31. Cuando se retiraba a descansar, todo quedaba en orden, todo quedaba
exactamente como había dejado el día anterior. Si en ese tiempo hubiera quedado
ciego, seguro que se hubiera podido desenvolver muy bien en la gran mansión, y que
hubiera podido encontrar aún el objeto más pequeñito e insignificante. Y así los días
se fueron pareciendo tanto unos a otros, que el hombrecito comenzó a confundir las
fechas.
32. Cierto día Albertitito Solón se levantó, como siempre puntual, como siempre a la
hora, pero al ir a la cocina observó horrorizado varios charquitos de agua que se
agolpaban junto a la heladera. Prestamente tomó lampazo y fregón, y la arremetió va
y viene con el palito con empeño y decisión. Eso no debía estar ahí. Eso era una
afrenta y una mancha. En todo caso los charquitos de agua debían ser manejados
como algo subliminal, como elemento subyacente, como texto oculto, y no como
oraciones expuestas.
33. Pero Solón Albertito no estaba conforme, algo le faltaba, algo le inquietaba, pues
sentía una inefable sensación que era real, a pesar de no saber expresarla con
palabras.
34. Cierto día al irse a acostar, sobre la mesita de luz que tenía junto a su camita,
observó extrañado una delgadita y chiquita capita de polvo que recubría el vidrio y el
cenicerito (el que nunca usaba puesto que no fumaba). Esa capita de polvo incluso
recubría parte de su veladora. Y desde entonces la limpieza se adueñó del hombrecito.
35. Limpiaba y limpiaba. Limpiaba a toda hora. Limpiaba hasta el cansancio.
Limpiaba hasta que ya un poquito más tranquilo, observaba con cierta satisfacción
que ya no quedaba ni el más leve rastro de suciedad y de polvito.
36. Después de barnizadas, las mesas parecían casi como recién traídas de la
mueblería. Después de pulidos, los pisos brillaban y brillaban como espejos, y
reflejaban las sombras y las imágenes con lujo de detalles. Después de la
acostumbrada limpieza, la cocina tenía el aspecto de nunca haber sido usada para
cocinar alimentos. Después de higienizados, los baños brillaban y brillaban como si
nunca jamás nadie los hubiera utilizado. Después de aspiradas y repasadas, las
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habitaciones lucían ellas como las de fotos de hoteles cinco estrellas. Y después de
hecha su camita, ella mucho se parecía a la de la vidriería de la mueblería.
37. La casita de Alberditito Solón brillaba, estaba limpia, estaba hermosa, pero el
hombrecito no tenía la sensación de disfrutarla, sino que más bien pensaba que él era
esclavo de ella. Para Albertito su hogar se había convertido en el lugar donde se iba a
lavar a limpiar y a repasar.
38. El proyecto de la novela por cierto no lo había abandonado del todo. En algún
momentito que tenía libre, bien dispuesto se ponía a escribir, y mientras limpiaba y
limpiaba en sus próximos capítulos pensaba. Y si bien su novela se engrosaba cada
vez más, como en la persecución de Aquiles a Héctor, el final parecía cada vez más y
más lejano, cada vez más y más distante. Con ahínco Albertito trabajaba y trabajaba
así emulando al de los pies ligeros, pero de todas formas su novelita no conseguía
avanzar sustantivamente.
39. Cierto día miró hacia el techo y observó que el impecable azul que bien recordaba
comenzaba a desmerecerse, comenzaba a decolorarse. ¿Qué haría? ¿Qué decidiría?
Si contrataba pintores debería soportarlos por algún tiempo. Y si lo pintaba él mismo,
el trabajo avanzaría muy lento pues su agenda estaba casi completa.
40. Pero además, pintar solamente las techumbres era un despropósito. También
debería pintar las paredes y barnizar las puertas. Y además su mansión era
demasiado grande. Todo le llevaría demasiado tiempo.
41. Entonces comenzó a cerrar habitaciones y a clausurar baños. Total, su hogar le
quedaba demasiado grande. Bien se podría arreglar utilizando únicamente una
partecita más chiquita.
42. Debía priorizar. Debía simplificar. Retendría su dormitorio, su sala-biblioteca
donde seguiría con su novela, y un solo baño. Y la cocina era muy amplia, así que
perfectamente allí podría cocinar y comer. Eso era mucho más práctico que la
fatigante tarea de ir de la cocina al comedor y del comedor a la cocina, con fuentes,
con platos, con cubiertos, con vasos, con bebidas.
43. Y así pasó cierto tiempo en un espacio más reducido, sintiendo cierta satisfacción
porque ahora estaba algo más descansado y tranquilo. Los domingos eran los días
libres, eran los días que dedicaba al laberinto, al aire fresco, y al solcito.
44. En el laberinto seguía con el proyecto de los jeroglíficos. Era uno de sus proyectos
importantes, y a él se dedicaba con devoción y ahínco. Pero cierto domingo observó
una parte de su jeroglífico un poco borroneada. Claro. Debería haberlo pensado
antes. Era todo el laberinto que poco a poco se desmoronaba, pues como era de
arcilla, su tiempo ya se acababa.
45. Descorazonado miró la mansión, el laberinto, el jardín el galpón la cuadra. Miró
los rosales que otrora fueron su orgullo. Miró el muro y miró el pórtico. Miró la
chimenea que ya no humeaba. Miró la alameda donde de pequeño a veces jugaba.
46. Y tomó su decisión. Buscó las siete llaves. Abrió los siete candados. Abrió el
pórtico de hierro y salió. Y tras de sí cerró la entrada. Pasó las siete llaves. Se alejó
unos metros. Se volvió a echar una última mirada. Suspiró. Respiró hondo. Titubeó
unos segundos. Y luego muy decidido caminó a buen ritmo, y nunca más se lo volvió
a ver por aquellos parajes.
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Bueno, bueno, bueno. ¡Qué decir de la historia de Alberto Solón! Narración
magnífica. Inteligente trama. Buena estructura y presentación. Estilo en realismo
mágico enfocado con bastante acierto, que aquí y allá sugiere muy interesantes y
sutiles ideas y reflexiones. Escrito atrayente, que logra mantener tensión, que logra
interesar al lector hasta el final.
Sobre las interpretaciones tal vez podrían imaginarse centenares. En nuestra época la
soledad se padece aún en las megalópolis. Complicamos nuestra existencia en forma
superabundante, en forma extrema, en forma innecesaria. Nos rodeamos de cosas
que al final son más un tormento que una ayuda. Tenemos la arrogancia de
mostrarnos de una manera, cuando en nuestro fuero íntimo somos de otra manera.
La historia de Alberdito Solón inserta en este documento y que simplemente
podríamos titular “Soloncito” o “Andanzas de Solón”, con bastante fidelidad respeta
ella el argumento originalmente transmitido a mi casilla electrónica. Pero en la
versión aquí presentada se implementaron algunos agregados y un general cambio en
el estilo. Es que el argumento lo vale, es que la trama se presta, es que la idea es
brillante, y palabra más palabra menos, toda una serie de versiones similares y
paralelas pueden tener su interés y su atractivo, pueden desarrollar diferentes
enfoques y estilos, pueden contener diferentes premios escondidos en paciente espera
de ser descubiertos por los lectores.
Bien, hasta ahora los escritos aquí presentados sobre una casa ideal o soñada ya
fueron tres, y contando el mío del principio cuatro. Solamente falta presentar y
analizar un escrito.
La última respuesta recibida describiendo la casa ideal en realidad no es muy
extensa. Para mejor identificarla, a ella titulé “Casa de la enredadera”.
Pero antes de entrar directamente en materia, antes de presentar y analizar el
contenido de esta respuesta, hagamos un paréntesis a efectos de presentar algunos
señalamientos respecto del título recién sugerido. Como encabezamiento, como grifa
de identificación, cuál será en este caso un título más adecuado o más pertinente:
“Casa de la enredadera” o “La casa de la enredadera”.
Fuera de contexto la elección de uno u otro parece indiferente.
Claro, hay una diferencia formal entre ambos títulos, uno de ellos se compone de
cuatro palabras y el otro se compone de cinco. Pero la interpretación semántica de
ambas expresiones sin duda es la misma o muy aproximadamente la misma.
Probablemente ningún hispanohablante siquiera podría marcar un matiz de un
diferencial semántico, si se le enfrentan estas dos frases en forma aislada, y si se le
interroga al respecto. Cierto, el segundo título sugiere que nos estamos refiriendo a
una casa en particular, pero el primer título no se aparta mucho de esta idea debido a
que un artículo se halla calificando a enredadera. Para expresar algo diferente,
deberíamos poner casa en plural, y/o deberíamos suprimir el artículo de enredadera.
Sin embargo, si insertamos uno de estos dos títulos dentro de un discurso, dentro de un
texto, las cosas podrían cambiar ligeramente.
En efecto, dentro de un texto hay una pequeña diferencia entre elegir una de estas dos
opciones. Dentro de un contexto general en el cual en lo posible se haya optado por
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suprimir artículos, sujetos, y adjetivos, la primera opción es preferible para que el
estilo del texto completo sea más homogéneo, mientras la segunda opción es preferible
si voluntariamente así se quiere marcar un quiebre, si voluntariamente así se desea
llamar la atención.
En este tipo de cosas sin duda es conveniente remitirse a los grandes maestros, a los
eminentes profesores.
Como insumo para la reflexión, recordemos por ejemplo una frase célebre expresada
por Blaise Pascal en el siglo XVII: “Si he escrito esta carta tan larga, ha sido porque
no he tenido tiempo de hacerla más corta”.
Recordemos también esta otra frase célebre en algún momento expresada por Emily
Dickinson en el siglo XIX: “La buena suerte no es casual, es producto del trabajo”.
También algo nos puede enseñar un pensamiento atribuido a Publius Ovidio Naso, y
supuestamente expresado en el entorno del inicio de nuestra era cristiana: “La Diosa
Fortuna y la Diosa Venus favorecen al que se atreve”.
Por cierto, también nos debe hacer reflexionar otro de los pensamientos de Blaise
Pascal: “Toda la serie de los hombres en el transcurso de tantos siglos, debe ser
considerada como un mismo hombre, que existe siempre y aprende de continuo”.
John Fitzgerald Kennedy, el gran estadista estadounidense, también aportó lo suyo:
“Amar la lectura, es trocar horas de hastío, por horas de inefable y deliciosa
compañía”.
Recordemos otra frase destacada que en algún momento del siglo XX tuvo cierta
difusión, y cuya autoría pertenece a José Ortega y Gasset: “A la República sólo ha de
salvarla pensar en grande, sacudirse de lo pequeño, y proyectar hacia el porvenir”.
Pero sin duda José Ortega y Gasset fue un pensador muy cuidadoso y completo, y
ciertamente no despreció ninguna de las dos puntas.
En su obra titulada “Las meditaciones del Quijote”, este notable filósofo y ensayista
español sugería siempre buscar el sentido de lo que nos rodea, aún en los aspectos más
simples e inocentes, aún en los aspectos más cotidianos, elementales, y rutinarios, aún
en los detalles más insignificantes.
La filosofía orteguiana propone la conveniencia de ser consecuente con el punto de
vista propio, ya que ello da sentido de continuidad y de coherencia a una propuesta, y
ya que ello también ayuda a adecuar mejor una propuesta a la realidad y a las
circunstancias y a lo buscado, pues la realidad y las circunstancias y lo buscado
pueden ser así captados con más fidelidad.
En algún aspecto siempre son aventuradas las visiones e interpretaciones que puedan
efectuarse sobre nuestro futuro social, o sobre el más conveniente accionar político, o
sobre una particular obra literaria.
Dichas visiones o interpretaciones eventualmente pueden llegar a dar un panorama
completo, global, y acabado, o por el contrario, ellas pueden intentar dar solamente
simples pantallazos o destellos sobre tal o cual aspecto parcial, partiendo más o menos
directamente de una determinada realidad cotidiana y/o de un determinado elemento, y
analizando las incongruencias o particularidades allí observadas.
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Por cierto, ambos enfoques destacados hasta el cansancio por Ortega y Gasset son
válidos, el primero por lo general permitiendo un planteamiento más académico, más
formal, más racional, más ordenado, tal vez más completo y mejor presentado, y el
segundo simplemente presentando argumentaciones y sugiriendo estrategias y
conclusiones, y así procediendo de una manera más informal, más espontánea, y más
analógica.
José Ortega y Gasset por lo general era contrario a siempre empezar por lo más
importante, por lo más trascendente, por el nivel más general y alto posible, para
solamente después y en una instancia o fase posterior, intentar acercarse a los detalles
y a las realidades cotidianas, para así mejorar, para así comprender, para así facilitar
a otros la comprensión y/o el uso.
José Ortega y Gasset recomendaba también fijarse en los detalles y en ciertos casos
incluso recomendaba comenzar por los detalles. José Ortega y Gasset en muchísimas
situaciones sugería comenzar el análisis por las cosas más simples, por las realidades
más cotidianas y más sencillas, aunque ellas pudieran parecer relativamente
superfluas e intrascendentes. Este interesante e inteligente pensador español decía:
“Yo soy yo y mi circunstancia”.
El circunstancialismo orteguiano propone tomar buena nota de las circunstancias
cercanas, a las que precisamente por cercanía y por frecuentes muchas veces se presta
muy poca atención.
El pensamiento de José Ortega y Gasset ciertamente puede llegar a ser fuente de
inspiración en más de un sentido. No lo despreciemos.
Pero este paréntesis ciertamente no puede quedar completo si no recordamos a otro de
los grandes: Ferdinand de Saussure.
Con toda evidencia el gran maestro ginebrino aún puede brindarnos mucho, y en los
apuntes de clase recogidos por sus alumnos aún hay cosas por descubrir, y por cierto
allí también hay muchas cosas para aplicar, muchas cosas que tienen vigencia en el día
a día de muchas profesiones, entre ella la profesión de escritor.
Para cualquiera que desee tener una buena cultura general es recomendable la lectura
de “Cours de linguistique générale”, y en forma especial ello es muy conveniente para
quienes deseen dedicarse a la escritura literaria.
Pero… ¿Por qué remitir a la lingüística general a quienes deseen dedicarse a la
literatura, a quienes deseen dedicarse a la escritura literaria?
Por cierto, no es que se esté recomendando que obligatoriamente un escritor deba
transformarse en todo un experto lingüista. Lo que sí se recomienda a quienes intenten
crear literatura, a quienes intenten escribir textos literarios, es que adquieran cierta
información de base sobre esta materia.
Para mejor entender este requerimiento, tal vez vale la pena poner ejemplos de otras
áreas.
Un buen cirujano necesita bien conocer el instrumental con el que se trabaja en su
profesión, así como las diferentes técnicas quirúrgicas. Un arquitecto no solamente
deberá conocer las técnicas constructivas, sino que también deberá aprender mucho
sobre los materiales usados en la construcción.
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Y por cierto un escritor necesitará saber bastante de los ladrillos usados para construir
las obras literarias (que no son otros que las palabras), así como sobre las leyes que
gobiernan las posibles combinaciones de estos ladrillos (léase: gramática), así como
los destinos y usos funcionales de las construcciones hechas con estos ladrillos (léase:
semántica, reflexión introspectiva, transferencias a la vida diaria).
Hay detalles funcionales que un buen arquitecto nunca debe olvidar. Y por cierto hay
cuestiones que deben ser dominadas y siempre recordadas por los escritores (léase:
figuras retóricas, mensaje, adaptabilidad y aceptación del producto final por parte de
los usuarios). Los usuarios de una obra arquitectónica dependen un poco del destino
de la misma, pero si dicho destino es casa-habitación sin duda son los futuros
residentes. Y los usuarios de una obra literaria sin duda son los futuros lectores.
¿En lo fundamental y lo básico, qué nos enseña y qué nos transmite la lingüística
general? ¿Y sobre todo, qué deberían saber de este tema quienes se dedican a escribir?
Comencemos por algunos conceptos básicos y elementales para poder abordar este
asunto con más soltura.
Al hablar, el mensaje lingüístico básicamente se transmite a través de la cadena
hablada, y naturalmente al escribir, el mensaje lingüístico básicamente se transmite a
través de la cadena escrita. Con toda evidencia, en ambos casos el mensaje lingüístico
es analógico.
Por cierto, los humanos de alguna manera aprendemos desde pequeños a reconocer
los signos lingüísticos dentro de estas cadenas, los fonemas en el primer caso y los
grafemas en el segundo caso. Los grafemas incluyen al conocido alfabeto, o sea a las
letras, y en adición los dígitos, más los signos de puntuación, etcétera. Este proceso,
este pasaje, es una verdadera digitalización de las señales analógicas de origen, en el
mejor concepto que tiene la palabra digitalización en informática.
Ahora bien, si le decimos a alguien que lea un texto en voz alta, o si simplemente le
decimos que hable, ciertamente podemos grabar estos sonidos con un equipo digital de
audio El resultado obtenido será un mensaje digital, será una cadena digital de
sonidos. Y tan digital es este resultado, que no tendremos ningún inconveniente en
manejar el mismo en una computadora digital, en transmitirlo digitalmente a través de
una línea telefónica, etcétera. ¿Por qué decimos que este resultado es digital?
Simplemente porque podemos expresarlo como una cadena numérica, como una serie
de ceros y de unos, o como una serie de los dígitos conocidos por todos, o como una
serie de los dígitos hexadecimales (o sea como una serie de los siguientes signos: 0, 1,
2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, A, B, C, D, E, F).
Muy bien, pero ¿el resultado obtenido como recién fue señalado es la misma cosa que
la señal original? Respuesta: No. En este proceso se pierde información, se cambian
cosas, se distorsionan los sonidos y se los sustituyen por nombres de patrones. Si el
equipo grabador-reproductor es de muy baja calidad, cualquier persona con los ojos
vendados podrá saber si está escuchando a una persona o si está escuchando una
grabación. Si por el contrario el equipo grabador-reproductor es de muy alta fidelidad,
va a llegar un momento en el cual el oído humano ya no perciba la diferencia entre el
sonido original y el sonido reproducido. Eso por cierto no debe interpretarse como que
las diferencias ya no existen, pues las diferencias siguen existiendo.
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Véase también que desde el punto de vista morfológico, una cadena digital es una cosa
bien diferente de un conjunto de garabatos ordenados en líneas sobre una hoja de
papel, y también de una serie de variaciones en la presión del aire de un entorno
cualquiera (por ejemplo una habitación).
Cuando un humano transforma un texto o una cadena hablada en grafemas o en
fonemas, la pérdida de información en cuanto a los sonidos o en cuanto a la forma de
los signos por cierto es muy importante, pero la pérdida de información de tipo
semántico es muy baja, y hasta casi podríamos decir que es casi nula.
En efecto, obsérvese que el número de fonemas varía con las lenguas, pero este valor
nunca sobrepasa de cincuenta o sesenta. En cuanto al número de letras, este valor
varía con los alfabetos, aunque perfectamente podríamos decir que el mismo casi
nunca supera la treintena. Aún agregándole los dígitos y otros signos de tipo frecuente,
por cierto es raro que se supere el centenar. Y aún siendo muy amplios e incluyendo
signos gráficos poco usuales, como por ejemplo los signos matemáticos, los signos
contables, etcétera, el valor al que se llega por cierto siempre es relativamente bajo.
Queda así bien de manifiesto que luego del proceso de fonetización de una cadena
hablada, la pérdida de información morfológica sin duda será importante, pero la
pérdida de información semántica será baja. Y ello se pone de relieve pues el
resultado digital obtenido al aplicar este proceso, con certeza proporciona una cadena
no muy larga, con certeza proporciona una cadena mucho más corta que la obtenida
cuando se hace una simple grabación digital. Es por esto que los archivos de extensión
doc son por lo general mucho más pequeños que los archivos de extensión mp3. Y algo
muy similar pasa con las cadenas escritas, ya sea escritura manuscrita, escritura a
máquina, escritura manual con letra de imprenta, etcétera.
Ahora bien, antes se indicó que hay pérdida de información. ¿Cuál es la información
que se pierde?
Si fonetizamos una cadena hablada y solamente retenemos este resultado, por ejemplo
estamos perdiendo la información gestual. Por lo general los humanos mueven brazos
y manos mientras hablan, o por lo menos reflejan en su cara alguna cosa. Las señas
hechas con manos y brazos sirven para enfatizar algo, y no es lo mismo escuchar un
texto dicho por una persona con ojos llorosos, que escuchar el mismo texto dicho por
otra persona que tenga pintada la alegría y la satisfacción en su rostro.
Pero al hablar también se hacen pausas, se imprimen entonaciones, se alargan ciertos
sonidos y en otro momento se habla bien rapidito. El timbre de voz también nos está
dando alguna información, pues dentro de ciertos límites así podemos reconocer si el
hablante es hombre o mujer o niño o anciano.
Además y solamente fijándonos en la cadena hablada, por lo general algo podremos
afirmar sobre el estado de ánimo de quien habla: alegre, trastornado, excitado,
nervioso, triste, apesadumbrado, temeroso, dubitativo. Por cierto, tampoco es lo
mismo escuchar a alguien que tenga voz de barítono o de soprano, que escuchar a una
persona que no haya trabajado su voz y su dicción. Las maestras y los locutores y los
políticos tienen una dicción muy clara y cierta cadencia al expresarse, lo que sin duda
facilita la comprensión, pues es interés de ellos ser escuchados y comprendidos.
Claro, cuando en su mente una persona hace su proceso de fonetización, toda esta
información subliminal y complementaria no la pierde, pues si bien lo más probable
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es que la digitalización fonética sea hecha independientemente por cierta parte del
cerebro con vistas a producir una interpretación semántica primaria, luego esta
interpretación primaria o primera sin duda será corregida en base a la situación
general de contexto o de entorno, y en base a la recién señalada información
subliminal y agregada que va a caballo de la cadena hablada.
Ahora bien, si no se usan ilustraciones en los escritos, allí no será posible transmitir
por ejemplo información gestual en forma directa, aunque por cierto los escritores
tendrán el recurso de describir las gesticulaciones de manos y brazos, o de referirse a
las expresiones faciales de los personajes, o de aludir a la forma de hablar de los
mismos.
Usando comas, usando puntos, usando los punto y coma, usando los puntos
suspensivos, los escritores podrán señalar los momentos donde deberán insertarse las
pausas, y así también podrán dar idea de la duración de las mismas.
Ciertos estados de ánimo también podrán ser transmitidos subliminalmente en los
escritos y sin necesidad de indicarlos en forma explícita, por ejemplo usando el recurso
de acortar los dichos suprimiendo todos los artículos y los adjetivos que sea posible.
Otra forma de transmitir un estado de ánimo en forma indirecta sin indicarlo
explícitamente, o de dar a entender por ejemplo las limitaciones físicas o el cansancio
de un personaje sin señalarlo a texto expreso, es por ejemplo la que muy bien utilizó
George Orwell en su novela “Nineteen Eighty Four”.
Necesariamente tenía que subir a un séptimo piso. Con sus treinta y nueve años y una úlcera
de várices por encima del tobillo derecho, subió lentamente y descansando varias veces.
Cuando alguien habla, la información adicional y escondida que transmite por cierto
es muy importante, tanto la que llega a través del propio entorno físico, tanto la que a
caballo se monta a lo largo de la propia cadena hablada, y sin que con ello se
modifique la cadena digitalizada en forma fonética.
Y también en los escritos es posible transmitir información en forma subliminal y no
explícita. Pero para ello los escritores deben prepararse adecuadamente, bien
analizando todos los detalles de los recursos que pueden utilizar, y con la práctica
aprendiendo a usarlos sabiamente.
Ya para terminar esta disgregación lingüística, digamos alguna cosa sobre el
reconocimiento de patrones.
En la cadena hablada, el límite entre un fonema y otro no es muy preciso. A pesar de
ello la cadena hablada es dividida en zonas o tramos (eventualmente con una ligera
imprecisión en cuanto a los límites exactos de los mismos y sin evitar superposiciones),
y en cada uno de esos tramos se reconoce un fonema. Esta repartición en tramos, y
este reconocimiento de fonemas, se fundan en el reconocimiento de ciertos rasgos
pertinentes, distintivos, y diferenciales (se fundan en el reconocimiento de ciertos
modelos o patrones que por cierto son muy complejos). De aquí, de esta complejidad,
es que se deriva la enorme dificultad de desarrollo que tienen los programas
informáticos digitales que se orientan al tratamiento de la voz humana.
Y en la cadena escrita, ya se trate de escritura manuscrita, ya se trate de escritura con
máquina que no se encuentre digitalizada, el reconocimiento de grafemas también es
muy complejo, y se funda en procesos algorítmicos y no algorítmicos de muy alta
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complejidad. De aquí, de esta complejidad, es que se deriva la enorme dificultad y
complejidad de los programas informáticos digitales que se orientan al
reconocimiento de la escritura manuscrita.
Damos aquí fin al paréntesis que fue mucho más largo de lo que hubiéramos deseado,
para dar paso al escrito que hemos titulado “Casa de la enredadera”.
Este escrito expresa más o menos lo siguiente.
1. Cuando de afuera la observé supe era lo que buscaba. Frente azul. Jardín. Amplios
ventanales. Apariencia de hogar.
2. La puerta de entrada, amplia, robusta, de madera maciza, sin duda ofrecía la
seguridad y comodidad que quería.
3. La chimenea alta, estilizada, roja, con ligera forma de cono, insinuaba un interior
cálido y acogedor.
4. Y a través de la ventana se atisbaban amplio estar, buenos muebles, cuadros
coloridos.
5. Siempre eso quise, cuadros con bellos paisajes, de pintores cotizados, y sobre todo
que irradiaran belleza, que mostraran magnificencia de cumbres y de valles.
6. Las habitaciones del primer y del segundo piso no se veían muy bien. Parecían bien
iluminadas en su interior. Parecían ofrecer buena vista al residente o eventual
visitante. Y gruesos troncos de enredadera, lamían los bordes de las ventanas y
agitaban sus hojas al viento. El conjunto era acogedor. El conjunto era armonioso.
7. ¿Los dueños de vacaciones? ¿Igual no se podría visitar la estancia? Aún es día.
8. La puerta con brusquedad cerraron. Igual no importa, con apoyo de la enredadera
podría escalar y así curiosear. El botín bien podría valer la pena.
Ésta es una narración corta de solamente ocho párrafos, pero muy bella. Aquí el
objetivo del autor sin duda no fue producir un escrito metafórico con dobles o
múltiples interpretaciones. El enfoque es más bien realista, aunque el lado utilitario y
detallista no fue desarrollado. Probablemente sólo se buscó una descripción corta,
equilibrada, sugestiva, agradable, bella. Y eso sin duda se logró. Y en el sentido recién
expresado respecto de las interpretaciones posibles, tal vez la única excepción o duda
podría ubicarse hacia al final de la obra. La afirmación del narrador respecto del
posible botín, cierra la obra con un final de tipo abierto.
Así se deja un poco en la nebulosa si el escrito alude (a) a un ladronzuelo, o si alude
(b) a una persona honesta que necesita comprar o alquilar una casa en esa zona, y
que simplemente está haciendo una recorrida exploratoria.
Incluso hasta podría existir una tercera posibilidad, ya que podría tratarse de (c) un
mirón curioso e inquieto, que simplemente está dando un paseo porque no tiene
asuntos pendientes que atender, y que siendo sensible a la belleza y a la aventura,
como el ornitólogo busca a los pájaros no para matarlos sino solamente para tener la
emoción de mirarlos y/o para eventualmente fotografiarlos.
Y ya en el terreno de las interpretaciones más remotas, bien podría pensarse que se
trata de (d) un corredor inmobiliario que recientemente se instaló en la zona, y que
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tal vez viendo en esa casa algún cartel o anuncio o indicio de algún otro tipo, intenta
acercarse a los propietarios para a ellos ofrecer sus servicios.
Pero observemos un poco en detalle el estilo en este escrito utilizado. Sin duda se
buscó eliminar conjunciones, incluso eliminar verbos y adverbios. Se evitó alguna
frase larga cortándola en dos, o sustituyéndola por una simple enumeración. Aquí y
allá seguramente también se eliminaron pronombres, artículos, adjetivos, y otras
yerbas.
También se introdujo un par de giros poéticos donde ellos acomodaban. Se alteró el
orden más natural y frecuente de algunas pocas frases. Se buscó un poco de ritmo y
sonoridad empleando vocablos con similitudes fónicas, e imponiendo concordancias
en tiempo y modo a algunos verbos.
Y eso fue todo. ¿El resultado? Un escrito agradable. Un escrito con personalidad, un
escrito sugerente. Un escrito bello. Un escrito bien redactado.
Tal vez los objetivos que así se alcanzan no son espectaculares, no son fuera de serie.
Es cierto, es un escrito sencillo con pretensiones relativamente modestas, pero con
solamente ocho párrafos de solamente unas pocas líneas cada uno, no es posible
pretender una obra por la cual su autor o autora merezcan el Premio Nóbel.
Y un escrito con las características que recién vienen de señalarse, ciertamente
también puede ser un buen escrito literario. Y en particular el escrito de los ocho
párrafos aquí presentados sin duda lo es.
Ya que aquí terminamos con nuestro análisis de casos, volvamos ahora a nuestra
pregunta de fondo. ¿Qué es la literatura y para que sirve?
Porque lo fundamental del presente escrito, porque el propósito principal de este
documento, no era el de presentar y analizar cuatro o cinco descripciones de casa
ideal, sino que lo que se pretendía era el desarrollo de un ensayo sobre la literatura.
Cuando las cosas son complejas, una técnica perfectamente válida podría ser la de
mostrar varios ejemplos. Y por tanto ya está, pues aquí hemos presentado y analizado
varios escritos literarios, los que en particular tratan el tema de una casa ideal y
soñada. Sin duda podríamos haber elegido otros ejemplos, pero elegimos estos.
Ya que antes tratamos el tema de la lingüística, una última reflexión al respecto.
Tiene que quedar clara la diferencia entre (1) lingüística general y (2) lingüística
aplicada.
La lingüística aplicada se refiere a la mejora en el uso de la propia lengua, a través
del enriquecimiento lexical, a través del uso habitual de un más extenso vocabulario,
y a través de extendidas lecturas de material seleccionado. Y también esta materia se
refiere al aprendizaje de una lengua foránea, al estudio de las técnicas de enseñanza
de una segunda lengua, a la traducción de textos de una lengua a otra, etcétera.
En cambio el objeto de estudio de la lingüística general son las propias lenguas y los
propios idiomas “per se”.
La lingüística general abarca los estudios sincrónicos de un particular estado de
lengua. Esta área particular de la lingüística entre otras cosas ayuda a comprender la
diferencia entre habla y lengua, en la medida que la primera se refiere a la particular
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forma de expresarse de un determinado individuo, mientras que la segunda comporta
el abstracto común del habla de todas las personas de una cierta comunidad o de una
cierta cultura. Los estudios sincrónicos abarcan el análisis de la trilogía (1) signo
significante, (2) significado, (3) relación o vínculo entre el significante y el
significado. Al tratar esta materia se establece con claridad lo arbitrario del signo
lingüístico, en despecho de la existencia de vocablos onomatopéyicos, lo que sin duda
podría sugerir otra cosa. Aquí también se analizan las formas de las conjugaciones
verbales y la imitación de modelos, o sea la aplicación de la analogía.
También forman parte de estos conocimientos sincrónicos el estudio de las
estructuras gramaticales de un particular estadio o estado de lengua.
La lingüística general también abarca los llamados estudios diacrónicos. Por ejemplo
el estudio de la evolución en el tiempo de las lenguas humanas, e incluso el estudio de
lenguas muertas como el sánscrito o el latín. Esta materia también incluye establecer
las diferencias entre una lengua y un dialecto, y analizar las interacciones entre
diferentes lenguas (en lo que concierne por ejemplo al préstamo de vocablos y a la
importación de verbos). En fin, la aparición y consolidación de neologismos y la
etimología u origen de los términos, también están incluidas en esta área específica.
Y sin duda esta clara diferenciación que venimos de comentar, nos sirve de analogía
para también bien diferenciar lo que podríamos llamar literatura práctica y literatura
teórica, la primera refiriéndose a la práctica de la escritura, y la segunda refiriéndose
a las teorías sobre la literatura, sobre la prosa, sobre la poesía.
Con relativa certeza la literatura surge en el milenio –I, momento en el cual se
elaboran reglas, ya que así se conciben discursos y se establecen escritos en plena
concordancia con estas reglas, y también se conciben escritos de vanguardia que son
transgresores.
He aquí lo que los escritores deberían siempre tener presente. Reglas a seguir y reglas
a transgredir.
Las innovaciones en literatura dan más libertad en el uso del lenguaje, en el uso por
ejemplo de neologismos, en el uso de nuevos juegos de lenguaje, en el uso de lo que
algunos han llamado errorismos de lenguaje. Cuando el escritor incursiona en estos
recursos, su fantasía y su creatividad tienen rueda libre.
Pero por cierto, un buen escritor no tiene porqué despreciar los escritos de formas
clásicas, sujetándose en un ciento por ciento a las reglas establecidas. Al contrario, es
muy conveniente incursionar también en este tipo de proyectos, pues esto permitirá
pulir al escritor en sus diferentes habilidades y capacidades.
Desde estas líneas invitamos por tanto a los nuevos escritores, a los escritores con
poca práctica, a que desarrollen ambas vertientes, a que busquen nuevas formas de
escritura, a que sean creativos e innovadores, y también a que apliquen estilos de
escritura bien arraigados y conocidos.
Como escritores transgresores que vivieron en el siglo XX, mencionemos únicamente
a dos: (a) Franz Kafka Löwy, y (b) Julio Florencio Cortázar Descotte. Para muestra
solamente hacen falta uno o dos botones.
Como ejemplo de transgresiones, no hay porqué pensar en cosas sumamente
rebuscadas, complejas, elaboradas, muy difíciles de aplicar, súper difíciles de
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explicar. Pongamos como ejemplo, pongamos como botón, pongamos como muestra,
las siguientes dos frases extraídas del mismo párrafo, y perteneciente al cuento largo
de Franz Kafka titulado: “La metamorfosis”.
Pero como, jadeando después de semejante esfuerzo, seguía allí tumbado igual que antes, y
veía sus patitas de nuevo luchando entre sí, quizá con más fuerza aún, y no encontraba
posibilidad de poner sosiego y orden a este atropello, se decía otra vez que de ningún modo
podía permanecer en la cama, y que lo más sensato era sacrificarlo todo, si es que con ello
existía la más mínima esperanza de liberarse de ella. Pero al mismo tiempo no olvidaba
recordar de vez en cuando que reflexionar serena, muy serenamente, es mejor que tomar
decisiones desesperadas.
El autor sin duda quiso enfrentar aquí dos frases, una notoriamente muy larga, y otra
de largo normal (y esto se repite constantemente en la obra citada).
Pero véase la segunda frase. La estructura gramatical de la misma no llama
exageradamente la atención. Se usan allí dos comas, y la coma antes de la
conjugación en presente del verbo ser es relativamente obligada. Cierto, tal vez se
podría suprimir la primera coma, e incluso se podrían suprimir las palabras “serena”
y “muy”, o hacer algún otro cambio sin mayor relevancia.
Véase en cambio la primera frase. El largo de esta frase sin duda sí es muy llamativo.
Y entre otras cosas especiales o novedosas se usan allí ocho comas, pero además la
ubicación de esas comas tal vez no es la más usual o natural. Pero además y sobre
todo esta frase está exageradamente recargada (se la podría simplificar con mucha
facilidad), y algunas oraciones se cortan en dos en forma no habitual. A pesar de
todas estas irregularidades, a pesar de todos estos orrores de presentación, la frase es
relativamente bien comprendida, aún fuera de contexto, y si se hace la prueba, la
misma podría ser leída en voz alta sin un esfuerzo especial, y sin que con ello se
dificulte exageradamente la comprensión de la misma por parte de un eventual
oyente.
K1 – Encarnación mágica (k1)
Acostumbrarse a escribir respetando cualquier restricción de contexto, cualquier
idea-fuerza, cualquier sugerencia o imposición, es una de las virtudes que debe
desarrollar todo buen escritor.
Al escritor aquí se propone que desarrolle un cuento o narración breve, que en forma
central maneje la idea de una encarnación, o sea que imagine y exponga una posible
unión entre una conciencia humana y un cuerpo eventualmente no humano, o una
posible simbiosis entre una conciencia superior y un cuerpo de persona o de animal.
El escritor que realice este experimento tendrá libertad para encararlo de la forma
que pueda, de la forma que entienda es más conveniente e interesante.
Podrá por ejemplo encarar el tema de la encarnación con un sentido teológico y
ortodoxo, asumiendo que la Palabra de Dios se hizo carne, o sea asumiendo que la
Divinidad se expresa a través de un cuerpo humano, así también recibiendo y
sufriendo todas las contingencias y todos los avatares y sufrimientos propios de los
humanos.
Podrá también encararlo con un sentido muy metafórico que en nada se relacione
con la religión, por ejemplo bajo la ya conocida técnica del realismo mágico.
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Y sin lugar a dudas, podrá también encararlo sobre la base que una encarnación
realmente ha ocurrido, debido a alguna razón o circunstancia o maleficio o hecho
sobrenatural, y manteniendo esta suposición en forma muy consistente y coherente
todo a lo largo de la obra.
En este último caso, en esta última hipótesis de trabajo, bien se podría buscar
inspiración y modelo en una muy interesante narración de Franz Kafka que se titula
“La metamorfosis”.
Para el caso que el escritor decida desarrollar este último enfoque, seguidamente se
transcribe el texto completo de este sugestivo cuento largo escrito originalmente en
lengua alemana por el mencionado pensador checo-judío.
K2 – La metamorfosis – Franz Kafka Löwy (k2)
I: Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño
intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. Estaba
tumbado sobre su espalda dura, y en forma de caparazón y, al levantar un poco la
cabeza veía un vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras en forma de
arco, sobre cuya protuberancia apenas podía mantener el cobertor, a punto ya de
resbalar al suelo. Sus muchas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el
resto de su tamaño, le vibraban desamparadas ante los ojos.
«¿Qué me ha ocurrido?», pensó.
No era un sueño. Su habitación, una auténtica habitación humana, si bien algo
pequeña, permanecía tranquila entre las cuatro paredes harto conocidas. Por encima
de la mesa, sobre la que se encontraba extendido un muestrario desempaquetado
(Samsa era viajante de comercio), estaba colgado aquel cuadro que hacía poco había
recortado de una revista, y que había colgado en un bonito marco dorado.
Representaba a una dama ataviada con un sombrero y una boa de piel que estaba
allí, muy erguida y levantada hacia el observador manguito de piel, en el cual había
desaparecido su antebrazo.
La mirada de Gregorio se dirigió después hacia la ventana, y el tiempo lluvioso, –oía
caer gotas de lluvia sobre la chapa del alfeizar de la ventana– lo ponía muy
melancólico.
«¿Qué pasaría –pensó– si durmiese un poco más y olvidase todas las chifladuras?»
Pero esto era algo absolutamente imposible, porque estaba acostumbrado a dormir
del lado derecho, pero en su estado actual no podía ponerse de ese lado. Aunque se
lanzase con mucha fuerza hacia el lado derecho, una y otra vez se volvía a balancear
sobre la espalda. Lo intentó cien veces, cerraba los ojos para no tener que ver las
patas que pataleaban, y sólo cejaba en su empeño cuando comenzaba a notar en el
costado un dolor leve y sordo que antes nunca había sentido.
«¡Díos mío! –pensó– ¡Qué profesión tan dura he elegido! Un día sí y otro también de
viaje. Los esfuerzos profesionales son mucho mayores que en el mismo almacén de la
ciudad, y además se me ha endosado este ajetreo de viajar, el estar al tanto de los
empalmes de tren, la comida mala y a deshora, una relación humana totalmente
cambiante, nunca duradera, que jamás llega a ser cordial. ¡Que se vaya todo al
diablo!»
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Sintió en el vientre un leve picor, con la espalda se deslizó lentamente más cerca de la
cabecera de la cama, para poder levantar mejor la cabeza. Se encontró con que la
parte que le picaba estaba totalmente cubierta por unos pequeños puntos blancos, que
no sabía a qué se debían, y quiso palpar esa parte con una de sus patas, pero
inmediatamente la retiró, porque el roce le produjo escalofríos.
Se deslizó de nuevo a su posición inicial.
«Esto de levantarse pronto –pensó– hace a uno desvariar. El hombre tiene que
dormir. Otros viajantes viven como pachás. Si yo, por ejemplo, a lo largo de la
mañana vuelvo a la pensión para pasar a limpio los pedidos que he conseguido, estos
señores todavía están sentados tomando el desayuno. Eso podría intentar yo con mi
jefe, pero en ese momento iría a parar a la calle. Quién sabe, por lo demás, si no sería
lo mejor para mí. Si no tuviera que dominarme por mis padres, ya me habría
despedido hace tiempo, me habría presentado ante el jefe y le habría dicho mi opinión
con toda el alma. ¡Se habría caído de la mesa! Sí que es una extraña costumbre la de
sentarse sobre la mesa y, desde esa altura, hablar hacia abajo con el empleado que,
además, por culpa de la sordera del jefe, tiene que acercarse mucho. Bueno, la
esperanza no está perdida del todo, si alguna vez tengo el dinero suficiente para pagar
las deudas que mis padres tienen con él, –puedo tardar todavía entre cinco y seis
años– lo hago con toda seguridad. Entonces habrá llegado el gran momento; ahora,
por lo pronto, tengo que levantarme porque el tren sale a las cinco.» Y miró hacia el
despertador que hacía tic tac sobre el armario.
«Dios del cielo», pensó.
Eran las seis y media y las manecillas seguían tranquilamente hacia delante, ya había
pasado incluso la media, eran ya casi las menos cuarto. «¿Es que no habría sonado el
despertador?» Desde la cama se veía que estaba correctamente puesto a las cuatro,
seguro que también había sonado. Sí, pero… ¿era posible seguir durmiendo tan
tranquilo con ese ruido que hacía temblar los muebles? Bueno, tampoco había
dormido tranquilo, pero quizás tanto más profundamente.
¿Qué iba a hacer ahora? El siguiente tren salía a las siete, para cogerlo tendría que
haberse dado una prisa loca, el muestrario todavía no estaba empaquetado, y él
mismo no se encontraba especialmente espabilado y ágil, e incluso si consiguiese
coger el tren no se podía evitar una reprimenda del jefe, porque el mozo de los
recados habría esperado en el tren de las cinco y ya hacía tiempo que habría dado
parte de su descuido. Era un esclavo del jefe, sin agallas ni juicio. ¿Qué pasaría si
dijese que estaba enfermo? Pero esto sería sumamente desagradable y sospechoso,
porque Gregorio no había estado enfermo ni una sola vez durante los cinco años de
servicio. Seguramente aparecería el jefe con el médico del seguro, haría reproches a
sus padres por tener un hijo tan vago, y se salvaría de todas las objeciones
remitiéndose al médico del seguro, para el que sólo existen hombres totalmente sanos,
pero con aversión al trabajo. ¿Y es que en este caso no tendría un poco de razón?
Gregorio, a excepción de una modorra realmente superflua después del largo sueño,
se encontraba bastante bien e incluso tenía mucha hambre.
Mientras reflexionaba sobre todo esto con gran rapidez, sin poderse decidir a
abandonar la cama, –en este mismo instante el despertador daba las siete menos
cuarto– llamaron cautelosamente a la puerta que estaba a la cabecera de su cama.
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– Gregorio, –dijeron (era la madre)– son las siete menos cuarto. ¿No ibas a salir de
viaje?
¡Qué dulce voz! Gregorio se asustó, en cambio, al contestar. Escuchó una voz que,
evidentemente, era la suya, pero en la cual, como desde lo más profundo, se mezclaba
un doloroso e incontenible piar, que en el primer momento dejaba salir las palabras
con claridad para, al prolongarse el sonido, destrozarlas de tal forma que no se sabía
si se había oído bien. Gregorio querría haber contestado detalladamente y explicarlo
todo, pero en estas circunstancias se limitó a decir:
– Sí, sí, gracias madre, ya me levanto.
Probablemente a causa de la puerta de madera no se notaba desde fuera el cambio en
la voz de Gregorio, porque la madre se tranquilizó con esta respuesta y se marchó de
allí. Pero merced a la breve conversación, los otros miembros de la familia se habían
dado cuenta de que Gregorio, en contra de todo lo esperado, estaba todavía en casa, y
ya el padre llamaba suavemente, pero con el puño, a una de las puertas laterales.
– ¡Gregorio, Gregorio! –gritó– ¿Qué ocurre? –tras unos instantes insistió de nuevo
con voz más grave– ¡Gregorio, Gregorio!
Desde la otra puerta lateral se lamentaba en voz baja la hermana.
– Gregorio, ¿no te encuentras bien? ¿Necesitas algo?
Gregorio contestó hacia ambos lados:
– Ya estoy preparado –y con una pronunciación lo más cuidadosa posible, y haciendo
largas pausas entre las palabras, se esforzó por despojar a su voz de todo lo que
pudiese llamar la atención– El padre volvió a su desayuno, pero la hermana susurró:
– Gregorio, abre, te lo suplico. –pero Gregorio no tenía ni la menor intención de
abrir, más bien elogió la precaución de cerrar las puertas que había adquirido
durante sus viajes, y esto incluso en casa–
Al principio tenía la intención de levantarse tranquilamente y, sin ser molestado,
vestirse y, sobre todo, desayunar, y después pensar en todo lo demás, porque en la
cama, eso ya lo veía, no llegaría con sus cavilaciones a una conclusión sensata.
Recordó que ya en varias ocasiones había sentido en la cama algún leve dolor, quizá
producido por estar mal tumbado, dolor que al levantarse había resultado ser sólo
fruto de su imaginación, y tenía curiosidad por ver cómo se iban desvaneciendo
paulatinamente sus fantasías de hoy. No dudaba en absoluto de que el cambio de voz
no era otra cosa que el síntoma de un buen resfriado, la enfermedad profesional de
los viajantes.
Tirar el cobertor era muy sencillo, sólo necesitaba inflarse un poco y caería por sí
solo, pero el resto sería difícil, especialmente porque él era muy ancho. Hubiera
necesitado brazos y manos para incorporarse, pero en su lugar tenía muchas patitas
que, sin interrupción, se hallaban en el más dispar de los movimientos y que, además,
no podía dominar. Si quería doblar alguna de ellas, entonces era la primera la que se
estiraba, y si por fin lograba realizar con esta pata lo que quería, entonces todas las
demás se movían, como liberadas, con una agitación grande y dolorosa.
«No hay que permanecer en la cama inútilmente», se decía Gregorio.
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Quería salir de la cama en primer lugar con la parte inferior de su cuerpo, pero esta
parte inferior que, por cierto, no había visto todavía y que no podía imaginar
exactamente, demostró ser difícil de mover; el movimiento se producía muy despacio,
y cuando, finalmente, casi furioso, se lanzó hacia delante con toda su fuerza sin
pensar en las consecuencias, había calculado mal la dirección, se golpeó fuertemente
con la pata trasera de la cama, y el dolor punzante que sintió le enseñó que
precisamente la parte inferior de su cuerpo era quizá en estos momentos la más
sensible.
Así pues, intentó en primer lugar sacar de la cama la parte superior del cuerpo y
volvió la cabeza con cuidado hacia el borde de la cama. Lo logró con facilidad y, a
pesar de su anchura y su peso, el cuerpo siguió finalmente con lentitud el giro de la
cabeza. Pero cuando, por fin, tenía la cabeza colgando en el aire fuera de la cama, le
entró miedo de continuar avanzando de este modo porque, si se dejaba caer en esta
posición, tenía que ocurrir realmente un milagro para que la cabeza no resultase
herida, y precisamente ahora no podía de ningún modo perder la cabeza, antes
prefería quedarse en la cama.
Pero como, jadeando después de semejante esfuerzo, seguía allí tumbado igual que
antes, y veía sus patitas de nuevo luchando entre sí, quizá con más fuerza aún, y no
encontraba posibilidad de poner sosiego y orden a este atropello, se decía otra vez que
de ningún modo podía permanecer en la cama, y que lo más sensato era sacrificarlo
todo, si es que con ello existía la más mínima esperanza de liberarse de ella. Pero al
mismo tiempo no olvidaba recordar de vez en cuando que reflexionar serena, muy
serenamente, es mejor que tomar decisiones desesperadas. En tales momentos dirigía
sus ojos lo más agudamente posible hacia la ventana, pero, por desgracia, poco
optimismo y ánimo se podían sacar del espectáculo de la niebla matinal, que ocultaba
incluso el otro lado de la estrecha calle.
«Las siete ya, –se dijo cuando sonó de nuevo el despertador– las siete ya y todavía
semejante niebla», y durante un instante permaneció tumbado, tranquilo, respirando
débilmente, como si esperase del absoluto silencio el regreso del estado real y
cotidiano. Pero después se dijo:
«Antes de que den las siete y cuarto tengo que haber salido de la cama del todo, como
sea. Por lo demás, para entonces habrá venido alguien del almacén a preguntar por
mí, porque el almacén se abre antes de las siete.» Y entonces, de forma totalmente
regular, comenzó a balancear su cuerpo, cuan largo era, hacia fuera de la cama. Si
se dejaba caer de ella de esta forma, la cabeza, que pretendía levantar con fuerza en
la caída, permanecería probablemente ilesa. La espalda parecía ser fuerte,
seguramente no le pasaría nada al caer sobre la alfombra. Lo más difícil, a su modo
de ver, era tener cuidado con el ruido que se produciría, y que posiblemente
provocaría al otro lado de todas las puertas, si no temor, al menos preocupación. Pero
había que intentarlo.
Cuando Gregorio ya sobresalía a medias de la cama –el nuevo método era más un
juego que un esfuerzo, sólo tenía que balancearse a empujones– se le ocurrió lo fácil
que sería si alguien viniese en su ayuda. Dos personas fuertes –pensaba en su padre y
en la criada– hubiesen sido más que suficientes; sólo tendrían que introducir sus
brazos por debajo de su abombada espalda, descascararle así de la cama, agacharse
con el peso, y después solamente tendrían que haber soportado que diese con cuidado
una vuelta impetuosa en el suelo, sobre el cual, seguramente, las patitas adquirirían
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su razón de ser. Bueno, aparte de que las puertas estaban cerradas, ¿debía de verdad
pedir ayuda? A pesar de la necesidad, no pudo reprimir una sonrisa al concebir tales
pensamientos.
Ya había llegado el punto en el que, al balancearse con más fuerza, apenas podía
guardar el equilibrio y pronto tendría que decidirse definitivamente, porque dentro de
cinco minutos serían las siete y cuarto. En ese momento sonó el timbre de la puerta
de la calle.
«Seguro que es alguien del almacén», se dijo, y casi se quedó petrificado mientras sus
patitas bailaban aún más deprisa. Durante un momento todo permaneció en silencio.
«No abren», se dijo Gregorio, confundido por alguna absurda esperanza.
Pero entonces, como siempre, la criada se dirigió, con naturalidad y con paso firme,
hacia la puerta y abrió. Gregorio sólo necesitó escuchar el primer saludo del visitante
y ya sabía quién era, el apoderado en persona. ¿Por qué había sido condenado
Gregorio a prestar sus servicios en una empresa en la que al más mínimo descuido se
concebía inmediatamente la mayor sospecha? ¿Es que todos los empleados, sin
excepción, eran unos bribones? ¿Es que no había entre ellos un hombre leal y adicto
a quien, simplemente porque no hubiese aprovechado para el almacén un par de
horas de la mañana, se lo comiesen los remordimientos y francamente no estuviese
en condiciones de abandonar la cama? ¿Es que no era de verdad suficiente mandar a
preguntar a un aprendiz si es que este «pregunteo» era necesario? ¿Tenía que venir
el apoderado en persona y había con ello que mostrar a toda una familia inocente que
la investigación de este sospechoso asunto solamente podía ser confiada al juicio del
apoderado? Y, más como consecuencia de la irritación a la que le condujeron estos
pensamientos que como consecuencia de una auténtica decisión, se lanzó de la cama
con toda su fuerza. Se produjo un golpe fuerte, pero no fue un auténtico ruido. La
caída fue amortiguada un poco por la alfombra y además la espalda era más elástica
de lo que Gregorio había pensado; a ello se debió el sonido sordo y poco aparatoso.
Solamente no había mantenido la cabeza con el cuidado necesario y se la había
golpeado, la giró y la restregó contra la alfombra de rabia y dolor.
– Ahí dentro se ha caído algo. –dijo el apoderado en la habitación contigua de la
izquierda–
Gregorio intentó imaginarse si quizá alguna vez no pudiese ocurrirle al apoderado
algo parecido a lo que le ocurría hoy a él; había al menos que admitir la posibilidad.
Pero, como cruda respuesta a esta pregunta, el apoderado dio ahora un par de pasos
firmes en la habitación contigua e hizo crujir sus botas de charol. Desde la habitación
de la derecha, la hermana, para advertir a Gregorio, susurró:
– Gregorio, el apoderado está aquí.
«Ya lo sé», se dijo Gregorio para sus adentros, pero no se atrevió a alzar la voz tan
alta como para que la hermana pudiera haberlo oído.
–Gregorio, –dijo entonces el padre desde la habitación de la derecha– el señor
apoderado ha venido y desea saber por qué no has salido de viaje en el primer tren.
No sabemos qué debemos decirle, además desea también hablar personalmente
contigo, así es que, por favor, abre la puerta. El señor ya tendrá la bondad de
perdonar el desorden en la habitación.
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– Buenos días, señor Samsa. –interrumpió el apoderado amablemente–
– No se encuentra bien, –dijo la madre al apoderado mientras el padre hablaba ante
la puerta– no se encuentra bien, créame usted, señor apoderado. ¡Cómo si no iba
Gregorio a perder un tren! El chico no tiene en la cabeza nada más que el negocio. A
mí casi me disgusta que nunca salga por la tarde; ahora ha estado ocho días en la
ciudad, pero pasó todas las tardes en casa. Allí está, sentado con nosotros a la mesa y
lee tranquilamente el periódico o estudia horarios de trenes. Para él es ya una
distracción hacer trabajos de marquetería. Por ejemplo, en dos o tres tardes ha
tallado un pequeño marco, se asombrará usted de lo bonito que es, está colgado ahí
dentro, en la habitación; en cuanto abra Gregorio lo verá usted enseguida. Por cierto,
que me alegro de que esté usted aquí, señor apoderado, nosotros solos no habríamos
conseguido que Gregorio abriese la puerta; es muy testarudo y seguro que no se
encuentra bien a pesar de que lo ha negado esta mañana.
– Voy enseguida. –dijo Gregorio, lentamente y con precaución, y no se movió para no
perderse una palabra de la conversación–
– De otro modo, señora, tampoco puedo explicármelo yo. –dijo el apoderado– Espero
que no se trate de nada serio, si bien tengo que decir, por otra parte, que nosotros, los
comerciantes, por suerte o por desgracia, según se mire, tenemos sencillamente que
sobreponernos a una ligera indisposición por consideración a los negocios.
– Vamos, ¿puede pasar el apoderado a tu habitación? –preguntó impaciente el padre–
– No. –dijo Gregorio–
En la habitación de la izquierda se hizo un penoso silencio, en la habitación de la
derecha comenzó a sollozar la hermana.
¿Por qué no se iba la hermana con los otros? Seguramente acababa de levantarse de
la cama y todavía no había empezado a vestirse; y ¿por qué lloraba? ¿Porque él no se
levantaba y dejaba entrar al apoderado?, ¿porque estaba en peligro de perder el
trabajo y entonces el jefe perseguiría otra vez a sus padres con las viejas deudas?
Éstas eran, de momento, preocupaciones innecesarias. Gregorio todavía estaba aquí y
no pensaba de ningún modo abandonar a su familia. De momento yacía en la
alfombra y nadie que hubiese tenido conocimiento de su estado hubiese exigido
seriamente de él que dejase entrar al apoderado. Pero por esta pequeña descortesía,
para la que más tarde se encontraría con facilidad una disculpa apropiada, no podía
Gregorio ser despedido inmediatamente. Y a Gregorio le parecía que sería mucho
más sensato dejarle tranquilo en lugar de molestarle con lloros e intentos de
persuasión. Pero la verdad es que era la incertidumbre la que apuraba a los otros, y
hacia perdonar su comportamiento.
– Señor Samsa. –exclamó entonces el apoderado levantando la voz– ¿Qué ocurre? Se
atrinchera usted en su habitación, contesta solamente con sí o no, preocupa usted
grave e inútilmente a sus padres y, dicho sea de paso, falta usted a sus deberes de una
forma verdaderamente inaudita. Hablo aquí en nombre de sus padres y de su jefe, y le
exijo seriamente una explicación clara e inmediata. Estoy asombrado, estoy muy
asombrado. Yo le tenía a usted por un hombre formal y sensato, y ahora, de repente,
parece que quiere usted empezar a hacer alarde de extravagancias extrañas. El jefe
me insinuó esta mañana una posible explicación a su demora, se refería al cobro que
se le ha confiado desde hace poco tiempo. Yo realmente di casi mi palabra de honor
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de que esta explicación no podía ser cierta. Pero en este momento veo su
incomprensible obstinación y pierdo todo el deseo de dar la cara en lo más mínimo
por usted, y su posición no es, en absoluto, la más segura. En principio tenía la
intención de decirle todo esto a solas, pero ya que me hace usted perder mi tiempo
inútilmente no veo la razón de que no se enteren también sus señores padres. Su
rendimiento en los últimos tiempos ha sido muy poco satisfactorio, cierto que no es la
época del año apropiada para hacer grandes negocios, eso lo reconocemos, pero una
época del año para no hacer negocios no existe, señor Samsa, no debe existir.
–Pero señor apoderado, –gritó Gregorio, fuera de sí, y en su irritación olvidó todo lo
demás– abro inmediatamente la puerta. Una ligera indisposición, un mareo, me han
impedido levantarme. Todavía estoy en la cama, pero ahora ya estoy otra vez
despejado. Ahora mismo me levanto de la cama. ¡Sólo un momentito de paciencia!
Todavía no me encuentro tan bien como creía, pero ya estoy mejor. ¡Cómo puede
atacar a una persona una cosa así! Ayer por la tarde me encontraba bastante bien,
mis padres bien lo saben o, mejor dicho, ya ayer por la tarde tuve una pequeña
corazonada, tendría que habérseme notado. ¡Por qué no lo avisé en el almacén! Pero
lo cierto es que siempre se piensa que se superará la enfermedad sin tener que
quedarse. ¡Señor apoderado, tenga consideración con mis padres! No hay motivo
alguno para todos los reproches que me hace usted; nunca se me dijo una palabra de
todo eso; quizá no haya leído los últimos pedidos que he enviado. Por cierto, en el
tren de las ocho salgo de viaje, las pocas horas de sosiego me han dado fuerza. No se
entretenga usted señor apoderado; yo mismo estaré enseguida en el almacén, tenga
usted la bondad de decirlo y de saludar de mi parte al jefe.
Y mientras Gregorio farfullaba atropelladamente todo esto, y apenas sabía lo que
decía, se había acercado un poco al armario, seguramente como consecuencia del
ejercicio ya practicado en la cama, e intentaba ahora levantarse apoyado en él.
Quería de verdad abrir la puerta, deseaba sinceramente dejarse ver y hablar con el
apoderado; estaba deseoso de saber lo que los otros, que tanto deseaban verle, dirían
ante su presencia. Si se asustaban, Gregorio no tendría ya responsabilidad alguna y
podría estar tranquilo, pero si lo aceptaban todo con tranquilidad entonces tampoco
tenía motivo para excitarse y, de hecho, podría, si se daba prisa, estar a las ocho en la
estación. Al principio se resbaló varias veces del liso armario, pero finalmente se dio
con fuerza un último impulso y permaneció erguido; ya no prestaba atención alguna
a los dolores de vientre, aunque eran muy agudos. Entonces se dejó caer contra el
respaldo de una silla cercana, a cuyos bordes se agarró fuertemente con sus patitas.
Con esto había conseguido el dominio sobre sí, y enmudeció porque ahora podía
escuchar al apoderado.
– ¿Han entendido ustedes una sola palabra? –preguntó el apoderado a los padres–
¿O es que nos toma por tontos?
– ¡Por el amor de Dios! –exclamó la madre entre sollozos– quizá esté gravemente
enfermo y nosotros lo atormentamos. ¡Greta! ¡Greta! –gritó después–
– ¿Qué, madre? –dijo la hermana desde el otro lado, pues se comunicaban a través de
la habitación de Gregorio– Tienes que ir inmediatamente al médico, Gregorio está
enfermo. Rápido, a buscar al médico. ¿Acabas de oír hablar a Gregorio?
– Es una voz de animal. –dijo el apoderado en un tono de voz extremadamente bajo
comparado con los gritos de la madre–
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–¡Anna! ¡Anna! –gritó el padre en dirección a la cocina a través de la antesala, y
dando palmadas– ¡Ve a buscar inmediatamente un cerrajero!
Y ya corrían las dos muchachas haciendo ruido con sus faldas por la antesala, ¿cómo
se habría vestido la hermana tan deprisa? Y abrieron la puerta de par en par. No se
oyó cerrar la puerta, seguramente la habían dejado abierta como suele ocurrir en las
casas en las que ha ocurrido una gran desgracia.
Pero Gregorio ya estaba mucho más tranquilo. Así es que ya no se entendían sus
palabras a pesar de que a él le habían parecido lo suficientemente claras, más claras
que antes, sin duda, como consecuencia de que el oído se iba acostumbrando. Pero en
todo caso ya se creía en el hecho de que algo andaba mal respecto a Gregorio, y se
estaba dispuesto a prestarle ayuda. La decisión y seguridad con que fueron tomadas
las primeras disposiciones le sentaron bien. De nuevo se consideró incluido en el
círculo humano y esperaba de ambos, del médico y del cerrajero, sin distinguirlos del
todo entre sí, excelentes y sorprendentes resultados. Con el fin de tener una voz lo
más clara posible en las decisivas conversaciones que se avecinaban, tosió un poco,
esforzándose, sin embargo, por hacerlo con mucha moderación, porque posiblemente
incluso ese ruido sonaba de una forma distinta a la voz humana, hecho que no
confiaba poder distinguir él mismo. Mientras tanto, en la habitación contigua reinaba
el silencio. Quizás los padres estaban sentados a la mesa con el apoderado y
cuchicheaban, quizá todos estaban arrimados a la puerta y escuchaban.
Gregorio se acercó lentamente a la puerta con la ayuda de la silla, allí la soltó, se
arrojó contra la puerta, se mantuvo erguido sobre ella, –las callosidades de sus patitas
estaban provistas de una sustancia pegajosa– y descansó allí durante un momento del
esfuerzo realizado. A continuación comenzó a girar con la boca la llave, que estaba
dentro de la cerradura. Por desgracia, no parecía tener dientes propiamente dichos,
¿con qué iba a agarrar la llave? Pero, por el contrario, las mandíbulas eran, desde
luego, muy poderosas. Con su ayuda puso la llave, efectivamente, en movimiento, y
no se daba cuenta de que, sin duda, se estaba causando algún daño, porque un
líquido parduzco le salía de la boca, chorreaba por la llave y goteaba hasta el suelo.
– Escuchen ustedes, –dijo el apoderado en la habitación contigua– está dando la
vuelta a la llave.
Esto significó un gran estímulo para Gregorio; pero todos debían haberle animado,
incluso el padre y la madre. «¡Vamos, Gregorio! –debían haber aclamado– ¡Duro
con ello, duro con la cerradura!» Y ante la idea de que todos seguían con expectación
sus esfuerzos, se aferró ciegamente a la llave con todas las fuerzas que fue capaz de
reunir. A medida que avanzaba el giro de la llave, Gregorio se movía en torno a la
cerradura, ya sólo se mantenía de pie con la boca, y, según era necesario, se colgaba
de la llave o la apretaba de nuevo hacia dentro con todo el peso de su cuerpo.
El sonido agudo de la cerradura, que se abrió por fin, despertó del todo a Gregorio.
Respirando profundamente dijo para sus adentros: «No he necesitado al cerrajero», y
apoyó la cabeza sobre el picaporte para abrir la puerta del todo.
Como tuvo que abrir la puerta de esta forma, ésta estaba ya bastante abierta y todavía
no se le veía. En primer lugar tenía que darse lentamente la vuelta sobre sí mismo,
alrededor de la hoja de la puerta, y ello con mucho cuidado si no quería caer
torpemente de espaldas justo ante el umbral de la habitación. Todavía estaba absorto
en llevar a cabo aquel difícil movimiento y no tenía tiempo de prestar atención a otra
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cosa, cuando escuchó al apoderado lanzar en voz alta un «¡Oh!» que sonó como un
silbido del viento, y en ese momento vio también cómo aquél, que era el más cercano
a la puerta, se tapaba con la mano la boca abierta y retrocedía lentamente como si le
empujase una fuerza invisible que actuaba regularmente. La madre –a pesar de la
presencia del apoderado, estaba allí con los cabellos desenredados y levantados hacia
arriba– miró en primer lugar al padre con las manos juntas, dio a continuación dos
pasos hacia Gregorio y, con el rostro completamente oculto en su pecho, cayó al suelo
en medio de sus faldas, que quedaron extendidas a su alrededor. El padre cerró el
puño con expresión amenazadora, como si quisiera empujar de nuevo a Gregorio a
su habitación, miró inseguro a su alrededor por el cuarto de estar, después se tapó los
ojos con las manos y lloró de tal forma que su robusto pecho se estremecía por el
llanto.
Gregorio no entró, pues, en la habitación, sino que se apoyó en la parte intermedia de
la hoja de la puerta que permanecía cerrada, de modo que sólo podía verse la mitad
de su cuerpo y sobre él la cabeza, inclinada a un lado, con la cual miraba hacia los
demás. Entre tanto el día había aclarado; al otro lado de la calle se distinguía
claramente una parte del edificio de enfrente, negrusco e interminable, –era un
hospital– con sus ventanas regulares que rompían duramente la fachada. Todavía
caía la lluvia, pero sólo a grandes gotas que eran lanzadas hacia abajo aisladamente
sobre la tierra. Las piezas de la vajilla del desayuno se extendían en gran cantidad
sobre la mesa porque para el padre el desayuno era la comida principal del día, que
prolongaba durante horas con la lectura de diversos periódicos. Justamente en la
pared de enfrente había una fotografía de Gregorio, de la época de su servicio militar,
que le representaba con uniforme de teniente, y cómo, con la mano sobre la espada,
sonriendo despreocupadamente, exigía respeto para su actitud y su uniforme. La
puerta del vestíbulo estaba abierta y se podía ver el rellano de la escalera y el
comienzo de la misma, que conducían hacia abajo.
– Bueno, –dijo Gregorio, y era completamente consciente de que era el único que
había conservado la tranquilidad– me vestiré inmediatamente, empaquetaré el
muestrario y saldré de viaje. ¿Quieren dejarme marchar? Bueno, señor apoderado, ya
ve usted que no soy obstinado y me gusta trabajar, viajar es fatigoso, pero no podría
vivir sin viajar. ¿Adónde va usted, señor apoderado? ¿Al almacén? ¿Sí? ¿Lo contará
usted todo tal como es en realidad? En un momento dado puede uno ser incapaz de
trabajar, pero después llega el momento preciso de acordarse de los servicios
prestados y de pensar que después, una vez superado el obstáculo, uno trabajará, con
toda seguridad, con más celo y concentración. Yo le debo mucho al jefe, bien lo sabe
usted. Por otra parte, tengo a mi cuidado a mis padres y a mi hermana. Estoy en un
aprieto, pero saldré de él. Pero no me lo haga usted más difícil de lo que ya es.
¡Póngase de mi parte en el almacén! Ya sé que no se quiere bien al viajante. Se
piensa que gana un montón de dinero y se da la gran vida. Es cierto que no hay una
razón especial para meditar a fondo sobre este prejuicio, pero usted, señor apoderado,
usted tiene una visión de conjunto de las circunstancias mejor que la que tiene el
resto del personal; sí, en confianza, incluso una visión de conjunto mejor que la del
mismo jefe, que, en su condición de empresario, cambia fácilmente de opinión en
perjuicio del empleado. También sabe usted muy bien que el viajante, que casi todo el
año está fuera del almacén, puede convertirse fácilmente en víctima de
murmuraciones, casualidades y quejas infundadas, contra las que le resulta
absolutamente imposible defenderse, porque la mayoría de las veces no se entera de
ellas y más tarde, cuando, agotado, ha terminado un viaje, siente sobre su propia
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carne, una vez en el hogar, las funestas consecuencias cuyas causas no puede
comprender. Señor apoderado, no se marche usted sin haberme dicho una palabra
que me demuestre que, al menos en una pequeña parte, me da usted la razón.
Pero el apoderado ya se había dado la vuelta a las primeras palabras de Gregorio, y
por encima del hombro, que se movía convulsivamente, miraba hacia Gregorio
poniendo los labios en forma de morro, y mientras Gregorio hablaba no estuvo quieto
ni un momento, sino que, sin perderle de vista, se iba deslizando hacia la puerta, pero
muy lentamente, como si existiese una prohibición secreta de abandonar la
habitación.
Ya se encontraba en el vestíbulo y, a juzgar por el movimiento repentino con que sacó
el pie por última vez del cuarto de estar, podría haberse creído que acababa de
quemarse la suela. Ya en el vestíbulo, extendió la mano derecha lejos de sí y en
dirección a la escalera, como si allí le esperase realmente una salvación sobrenatural.
Gregorio comprendió que de ningún modo debía dejar marchar al apoderado en este
estado de ánimo, si es que no quería ver extremadamente amenazado su trabajo en el
almacén. Los padres no entendían todo esto demasiado bien: durante todos estos
largos años habían llegado al convencimiento de que Gregorio estaba colocado en
este almacén para el resto de su vida, y además, con las preocupaciones actuales,
tenían tanto que hacer, que habían perdido toda previsión. Pero Gregorio poseía esa
previsión. El apoderado tenía que ser retenido, tranquilizado, persuadido y,
finalmente, atraído. ¡El futuro de Gregorio y de su familia dependía de ello!
¡Si hubiese estado aquí la hermana! Ella era lista; ya había llorado cuando Gregorio
todavía estaba tranquilamente sobre su espalda, y seguro que el apoderado, ese
aficionado a las mujeres, se hubiese dejado llevar por ella; ella habría cerrado la
puerta principal y en el vestíbulo le hubiese disuadido de su miedo. Pero lo cierto es
que la hermana no estaba aquí y Gregorio tenía que actuar.
Y sin pensar que no conocía todavía su actual capacidad de movimiento, y que sus
palabras posiblemente, seguramente incluso, no habían sido entendidas, abandonó la
hoja de la puerta y se deslizó a través del hueco abierto. Pretendía dirigirse hacia el
apoderado que, de una forma grotesca, se agarraba ya con ambas manos a la
barandilla del rellano; pero, buscando algo en que apoyarse, se cayó inmediatamente
sobre sus múltiples patitas, dando un pequeño grito. Apenas había sucedido esto,
sintió por primera vez en esta mañana un bienestar físico: las patitas tenían suelo
firme por debajo, obedecían a la perfección, como advirtió con alegría; incluso
intentaban transportarle hacia donde él quería; y ya creía Gregorio que el alivio
definitivo de todos sus males se encontraba a su alcance. Pero en el mismo momento
en que, balanceándose por el movimiento reprimido, no lejos de su madre,
permanecía en el suelo justo enfrente de ella, ésta, que parecía completamente
sumida en sus propios pensamientos, dio un salto hacia arriba, con los brazos
extendidos, con los dedos muy separados entre sí, y exclamó:
– ¡Socorro, por el amor de Dios, socorro!
Mantenía la cabeza inclinada, como si quisiera ver mejor a Gregorio, pero, en
contradicción con ello, retrocedió atropelladamente; había olvidado que detrás de ella
estaba la mesa puesta; cuando hubo llegado a ella, se sentó encima precipitadamente,
como fuera de sí, y no pareció notar que, junto a ella, el café de la cafetera volcada
caía a chorros sobre la alfombra.
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– ¡Madre, madre! –dijo Gregorio en voz baja, y miró hacia ella– Por un momento
había olvidado completamente al apoderado; por el contrario, no pudo evitar, a la
vista del café que se derramaba, abrir y cerrar varias veces sus mandíbulas al vacío.
Al verlo la madre gritó nuevamente, huyó de la mesa y cayó en los brazos del padre,
que corría a su encuentro. Pero Gregorio no tenía ahora tiempo para sus padres. El
apoderado se encontraba ya en la escalera; con la barbilla sobre la barandilla miró
de nuevo por última vez. Gregorio tomó impulso para alcanzarle con la mayor
seguridad posible. El apoderado debió adivinar algo, porque saltó de una vez varios
escalones y desapareció; pero lanzó aún un «¡Uh!», que se oyó en toda la escalera.
Lamentablemente esta huida del apoderado pareció desconcertar del todo al padre,
que hasta ahora había estado relativamente sereno, pues en lugar de perseguir él
mismo al apoderado o, al menos, no obstaculizar a Gregorio en su persecución,
agarró con la mano derecha el bastón del apoderado, que aquél había dejado sobre la
silla junto con el sombrero y el gabán; tomó con la mano izquierda un gran periódico
que había sobre la mesa y, dando patadas en el suelo, comenzó a hacer retroceder a
Gregorio a su habitación blandiendo el bastón y el periódico. De nada sirvieron los
ruegos de Gregorio, tampoco fueron entendidos, y por mucho que girase
humildemente la cabeza, el padre pataleaba aún con más fuerza. Al otro lado, la
madre había abierto de par en par una ventana, a pesar del tiempo frío, e inclinada
hacia fuera se cubría el rostro con las manos.
Entre la calle y la escalera se estableció una fuerte corriente de aire, las cortinas de
las ventanas volaban, se agitaban los periódicos de encima de la mesa, las hojas
sueltas revoloteaban por el suelo. El padre le acosaba implacablemente y daba
silbidos como un loco. Pero Gregorio todavía no tenía mucha práctica en andar hacia
atrás, andaba realmente muy despacio. Si Gregorio se hubiese podido dar la vuelta,
enseguida hubiese estado en su habitación, pero tenía miedo de impacientar al padre
con su lentitud al darse la vuelta, y a cada instante le amenazaba el golpe mortal del
bastón en la espalda o la cabeza. Finalmente, no le quedó a Gregorio otra solución,
pues advirtió con angustia que andando hacia atrás ni siquiera era capaz de
mantener la dirección, y así, mirando con temor constantemente a su padre de reojo,
comenzó a darse la vuelta con la mayor rapidez posible, pero, en realidad, con una
gran lentitud. Quizá advirtió el padre su buena voluntad, porque no sólo no le
obstaculizó en su empeño, sino que, con la punta de su bastón, le dirigía de vez en
cuando, desde lejos, en su movimiento giratorio. ¡Si no hubiese sido por ese
insoportable silbar del padre! Por su culpa Gregorio perdía la cabeza por completo.
Ya casi se había dado la vuelta del todo cuando, siempre oyendo ese silbido, incluso
se equivocó y retrocedió un poco en su vuelta. Pero cuando por fin, feliz, tenía ya la
cabeza ante la puerta, resultó que su cuerpo era demasiado ancho para pasar por ella
sin más. Naturalmente, al padre, en su actual estado de ánimo, ni siquiera se le
ocurrió ni por lo más remoto abrir la otra hoja de la puerta para ofrecer a Gregorio
espacio suficiente. Su idea fija consistía solamente en que Gregorio tenía que entrar
en su habitación lo más rápidamente posible; tampoco hubiera permitido jamás los
complicados preparativos que necesitaba Gregorio para incorporarse y, de este modo,
atravesar la puerta. Es más, empujaba hacia delante a Gregorio con mayor ruido
aún, como si no existiese obstáculo alguno. Ya no sonaba tras de Gregorio como si
fuese la voz de un solo padre; ahora ya no había que andarse con bromas, y Gregorio
se empotró en la puerta, pasase lo que pasase. Uno de los costados se levantó, ahora
estaba atravesado en el hueco de la puerta, su costado estaba herido por completo, en
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la puerta blanca quedaron marcadas unas manchas desagradables, pronto se quedó
atascado y sólo no hubiera podido moverse, las patitas de un costado estaban
colgadas en el aire, y temblaban, las del otro lado permanecían aplastadas
dolorosamente contra el suelo.
Entonces el padre le dio por detrás un fuerte empujón que, en esta situación, le
produjo un auténtico alivio, y Gregorio penetró profundamente en su habitación,
sangrando con intensidad. La puerta fue cerrada con el bastón y a continuación se
hizo, por fin, el silencio.
II: Hasta la caída de la tarde no se despertó Gregorio de su profundo sueño, similar
a una pérdida de conocimiento. Seguramente no se hubiese despertado mucho más
tarde, aun sin ser molestado, porque se sentía suficientemente repuesto y descansado;
sin embargo, le parecía como si le hubiesen despertado unos pasos fugaces y el ruido
de la puerta que daba al vestíbulo al ser cerrada con cuidado. El resplandor de las
farolas eléctricas de la calle se reflejaba pálidamente aquí y allí en el techo de la
habitación y en las partes altas de los muebles, pero abajo, donde se encontraba
Gregorio, estaba oscuro. Tanteando todavía torpemente con sus antenas, que ahora
aprendía a valorar, se deslizó lentamente hacia la puerta para ver lo que había
ocurrido allí. Su costado izquierdo parecía una única y larga cicatriz que le daba
desagradables tirones y le obligaba realmente a cojear con sus dos filas de patas. Por
cierto, una de las patitas había resultado gravemente herida durante los incidentes de
la mañana, –casi parecía un milagro que sólo una hubiese resultado herida– y se
arrastraba sin vida.
Sólo cuando ya había llegado a la puerta advirtió que lo que lo había atraído hacia
ella era el olor a algo comestible, porque allí había una escudilla llena de leche dulce
en la que nadaban trocitos de pan. Estuvo a punto de llorar de alegría porque ahora
tenía aún más hambre que por la mañana, e inmediatamente introdujo la cabeza
dentro de la leche casi hasta por encima de los ojos. Pero pronto volvió a sacarla con
desilusión. No sólo comer le resultaba difícil debido a su delicado costado izquierdo, –
sólo podía comer si todo su cuerpo cooperaba jadeando– sino que, además, la leche,
que siempre había sido su bebida favorita, y que seguramente por eso se la había
traído la hermana, ya no le gustaba; es más, se retiró casi con repugnancia de la
escudilla y retrocedió a rastras hacia el centro de la habitación.
En el cuarto de estar, por lo que veía Gregorio a través de la rendija de la puerta,
estaba encendido el gas, pero mientras que –como era habitual a estas horas del día–
el padre solía leer en voz alta a la madre, y a veces también a la hermana, el periódico
vespertino, ahora no se oía ruido alguno. Bueno, quizá esta costumbre de leer en voz
alta, tal como le contaba y le escribía siempre su hermana, se había perdido del todo
en los últimos tiempos. Pero todo a su alrededor permanecía en silencio, a pesar de
que, sin duda, la casa no estaba vacía. «¡Qué vida tan apacible lleva la familia!», se
dijo Gregorio, y, mientras miraba fijamente la oscuridad que reinaba ante él, se sintió
muy orgulloso de haber podido proporcionar a sus padres y a su hermana la vida que
llevaban en una vivienda tan hermosa. Pero ¿qué ocurriría si toda la tranquilidad,
todo el bienestar, toda la satisfacción, llegase ahora a un terrible final? Para no
perderse en tales pensamientos, prefirió Gregorio ponerse en movimiento y
arrastrarse de acá para allá por la habitación.
En una ocasión, durante el largo anochecer, se abrió una pequeña rendija una vez en
una puerta lateral y otra vez en la otra, y ambas se volvieron a cerrar rápidamente;
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probablemente alguien tenía necesidad de entrar, pero, al mismo tiempo, sentía
demasiada vacilación. Entonces Gregorio se paró justamente delante de la puerta del
cuarto de estar, decidido a hacer entrar de alguna manera al indeciso visitante, o al
menos para saber de quién se trataba; pero la puerta ya no se abrió más y Gregorio
esperó en vano. Por la mañana temprano, cuando todas las puertas estaban bajo
llave, todos querían entrar en su habitación. Ahora que había abierto una puerta, y
que las demás habían sido abiertas sin duda durante el día, no venía nadie y, además,
ahora las llaves estaban metidas en las cerraduras desde fuera.
Muy tarde, ya de noche, se apagó la luz en el cuarto de estar y entonces fue fácil
comprobar que los padres y la hermana habían permanecido despiertos todo ese
tiempo, porque tal y como se podía oír perfectamente, se retiraban de puntillas los tres
juntos en este momento. Así pues, seguramente hasta la mañana siguiente no
entraría nadie más en la habitación de Gregorio; disponía de mucho tiempo para
pensar, sin que nadie le molestase, sobre cómo debía organizar de nuevo su vida.
Pero la habitación de techos altos y que daba la impresión de estar vacía, en la cual
estaba obligado a permanecer tumbado en el suelo, lo asustaba sin que pudiera
descubrir cuál era la causa, puesto que era la habitación que ocupaba desde hacía
cinco años, y con un giro medio inconsciente y no sin una cierta vergüenza, se
apresuró a meterse bajo el canapé, en donde, a pesar de que su caparazón era algo
estrujado y a pesar de que ya no podía levantar la cabeza, se sintió pronto muy
cómodo y solamente lamentó que su cuerpo fuese demasiado ancho para poder
desaparecer por completo debajo del canapé.
Allí permaneció durante toda la noche, que pasó, en parte, inmerso en un semisueño,
del que una y otra vez lo despertaba el hambre con un sobresalto, y, en parte, entre
preocupaciones y confusas esperanzas, que lo llevaban a la consecuencia de que, de
momento, debía comportarse con calma y, con la ayuda de una gran paciencia y de
una gran consideración por parte de la familia, tendría que hacer soportables las
molestias que Gregorio, en su estado actual, no podía evitar producirles.
Ya muy de mañana, era todavía casi de noche, tuvo Gregorio la oportunidad de poner
a prueba las decisiones que acababa de tomar, porque la hermana, casi vestida del
todo, abrió la puerta desde el vestíbulo y miró con expectación hacia dentro. No lo
encontró enseguida, pero cuando lo descubrió debajo del canapé «¡Dios mío, tenía
que estar en alguna parte, no podía haber volado!» se asustó tanto que, sin poder
dominarse, volvió a cerrar la puerta desde afuera. Pero como si se arrepintiese de su
comportamiento, inmediatamente la abrió de nuevo y entró de puntillas, como si se
tratase de un enfermo grave o de un extraño. Gregorio había adelantado la cabeza
casi hasta el borde del canapé y la observaba. ¿Se daría cuenta de que había dejado la
leche, y no por falta de hambre, y le traería otra comida más adecuada? Si no caía en
la cuenta por sí misma Gregorio preferiría morir de hambre antes que llamarle la
atención sobre esto, a pesar de que sentía unos enormes deseos de salir de debajo del
canapé, arrojarse a los pies de la hermana y rogarle que le trajese algo bueno de
comer. Pero la hermana reparó con sorpresa en la escudilla llena, a cuyo alrededor
se había vertido un poco de leche, y la levantó del suelo, aunque no lo hizo
directamente con las manos, sino con un trapo, y se la llevó.
Gregorio tenía mucha curiosidad por saber lo que le traería en su lugar, e hizo al
respecto las más diversas conjeturas. Pero nunca hubiese podido adivinar lo que la
bondad de la hermana iba realmente a hacer. Para poner a prueba su gusto, le trajo
muchas cosas para elegir, todas ellas extendidas sobre un viejo periódico. Había
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verduras pasadas medio podridas, huesos de la cena, rodeados de una salsa blanca
que se había ya endurecido, algunas uvas pasas y almendras, un queso que, hacía dos
días, Gregorio había calificado de incomible, un trozo de pan, otro trozo de pan
untado con mantequilla y otro trozo de pan untado con mantequilla y sal. Además
añadió a todo esto la escudilla que, a partir de ahora, probablemente estaba destinada
a Gregorio, en la cual había echado agua. Y por delicadeza, como sabía que Gregorio
nunca comería delante de ella, se retiró rápidamente e incluso echó la llave, para que
Gregorio se diese cuenta de que podía ponerse todo lo cómodo que desease.
Las patitas de Gregorio zumbaban cuando se acercaba el momento de comer. Por
cierto, sus heridas ya debían estar curadas del todo porque ya no notaba molestia
alguna; se asombró y pensó en cómo, hacía más de un mes, se había cortado un poco
un dedo y esa herida, todavía anteayer, le dolía bastante. ¿Tendré ahora menos
sensibilidad?, pensó, y ya chupaba con voracidad el queso, que fue lo que más
fuertemente y de inmediato lo atrajo de todo. Sucesivamente, a toda velocidad, y con
los ojos llenos de lágrimas de alegría, devoró el queso, las verduras y la salsa; los
alimentos frescos, por el contrario, no le gustaban, ni siquiera podía soportar su olor,
e incluso alejó un poco las cosas que quería comer.
Ya hacía tiempo que había terminado y permanecía tumbado perezosamente en el
mismo sitio, cuando la hermana, como señal de que debía retirarse, giró lentamente
la llave. Esto lo asustó, a pesar de que ya dormitaba, y se apresuró a esconderse bajo
el canapé, pero le costó una gran fuerza de voluntad permanecer debajo del canapé
aun el breve tiempo en el que la hermana estuvo en la habitación, porque, a causa de
la abundante comida, el vientre se había redondeado un poco y apenas podía respirar
en el reducido espacio. Entre pequeños ataques de asfixia, veía con ojos un poco
saltones cómo la hermana, que nada imaginaba de esto, no solamente barría con su
escoba los restos, sino también los alimentos que Gregorio ni siquiera había tocado,
como si éstos ya no se pudiesen utilizar, y cómo lo tiraba todo precipitadamente a un
cubo, que cerró con una tapa de madera, después de lo cual se lo llevó todo. Apenas
se había dado la vuelta cuando Gregorio salía ya de debajo del canapé, se estiraba y
se inflaba.
De esta forma recibía Gregorio su comida diaria una vez por la mañana, cuando los
padres y la criada todavía dormían, y la segunda vez después de la comida del
mediodía, porque entonces los padres dormían un ratito y la hermana mandaba a la
criada a algún recado. Sin duda los padres no querían que Gregorio se muriese de
hambre, pero quizá no hubieran podido soportar enterarse de sus costumbres
alimenticias más de lo que de ellas les dijese la hermana; quizá la hermana quería
ahorrarles una pequeña pena porque, de hecho, ya sufrían bastante.
Gregorio no pudo enterarse de las excusas con las que el médico y el cerrajero habían
sido despedidos de la casa en aquella primera mañana, puesto que, como no podían
entenderle, nadie, ni siquiera la hermana, pensaba que él pudiera entender a los
demás, y así, cuando la hermana estaba en su habitación, tenía que conformarse con
escuchar de vez en cuando sus suspiros y sus invocaciones a los santos. Sólo más
tarde, cuando ya se había acostumbrado un poco a todo, –nunca por cierto podría
pensarse en que se acostumbrase del todo– cazaba Gregorio a veces una observación
hecha amablemente o que así podía interpretarse: «Hoy sí que le ha gustado», decía
cuando Gregorio había comido con abundancia, mientras que, en el caso contrario,
que poco a poco se repetía con más frecuencia, solía decir casi con tristeza: «Hoy ha
sobrado todo».
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Mientras que Gregorio no se enteraba de novedad alguna de forma directa,
escuchaba algunas cosas procedentes de las habitaciones contiguas. Y allí donde
escuchaba voces una sola vez, corría enseguida hacia la puerta correspondiente y se
estrujaba con todo su cuerpo contra ella. Especialmente en los primeros tiempos no
había ninguna conversación que de alguna manera, si bien sólo en secreto, no tratase
de él. A lo largo de dos días se escucharon durante las comidas discusiones sobre
cómo se debían comportar ahora; pero también entre las comidas se hablaba del
mismo tema, porque siempre había en casa al menos dos miembros de la familia, ya
que seguramente nadie quería quedarse solo en casa, y tampoco podían dejar de
ningún modo la casa sola. Incluso ya el primer día la criada (no estaba del todo claro
qué y cuánto sabía de lo ocurrido) había pedido de rodillas a la madre que la
despidiese inmediatamente, y cuando, un cuarto de hora después, se marchaba con
lágrimas en los ojos, daba gracias por el despido como por el favor más grande que
pudiese hacérsele, y sin que nadie se lo pidiese hizo un solemne juramento de no
decir nada a nadie.
Ahora la hermana, junto con la madre, tenía que cocinar, si bien esto no ocasionaba
demasiado trabajo porque apenas se comía nada. Una y otra vez escuchaba Gregorio
cómo uno animaba en vano al otro a que comiese y no recibía más contestación que:
«¡Gracias, tengo suficiente!», o algo parecido. Quizá tampoco se bebía nada. A veces
la hermana preguntaba al padre si quería tomar una cerveza, y se ofrecía
amablemente a ir ella misma a buscarla, y como el padre permanecía en silencio,
añadía para que él no tuviese reparos, que también podía mandar a la portera, pero
entonces el padre respondía, por fin, con un poderoso «no», y ya no se hablaba más
del asunto.
Ya en el transcurso del primer día el padre explicó tanto a la madre como a la
hermana toda la situación económica y las perspectivas. De vez en cuando se
levantaba de la mesa y recogía de la pequeña caja marca Wertheim, que había
salvado de la quiebra de su negocio ocurrida hacía cinco años, algún documento o
libro de anotaciones. Se oía cómo abría el complicado cerrojo y lo volvía a cerrar
después de sacar lo que buscaba. Estas explicaciones del padre eran, en parte, la
primera cosa grata que Gregorio oía desde su encierro. Gregorio había creído que al
padre no le había quedado nada de aquel negocio, al menos el padre no le había
dicho nada en sentido contrario, y, por otra parte, tampoco Gregorio le había
preguntado. En aquel entonces la preocupación de Gregorio había sido hacer todo lo
posible para que la familia olvidase rápidamente el desastre comercial que los había
sumido a todos en la más completa desesperación, y así había empezado entonces a
trabajar con un ardor muy especial y, casi de la noche a la mañana, había pasado a
ser de un simple dependiente a un viajante que, naturalmente, tenía otras muchas
posibilidades de ganar dinero, y cuyos éxitos profesionales, en forma de comisiones,
se convierten inmediatamente en dinero constante y sonante, que se podía poner
sobre la mesa en casa ante la familia asombrada y feliz. Habían sido buenos tiempos
y después nunca se habían repetido, al menos con ese esplendor, a pesar de que
Gregorio, después, ganaba tanto dinero, que estaba en situación de cargar con todos
los gastos de la familia y así lo hacía. Se habían acostumbrado a esto tanto la familia
como Gregorio; se aceptaba el dinero con agradecimiento, él lo entregaba con gusto,
pero ya no emanaba de ello un calor especial.
Solamente la hermana había permanecido unida a Gregorio, y su intención secreta
consistía en mandarla el año próximo al conservatorio sin tener en cuenta los
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grandes gastos que ello traería consigo y que se compensarían de alguna otra forma,
porque ella, al contrario que Gregorio, sentía un gran amor por la música y tocaba el
violín de una forma conmovedora. Con frecuencia, durante las breves estancias de
Gregorio en la ciudad, se mencionaba el conservatorio en las conversaciones con la
hermana, pero sólo como un hermoso sueño en cuya realización no podía ni
pensarse, y a los padres ni siquiera les gustaba escuchar estas inocentes alusiones;
pero Gregorio pensaba decididamente en ello y tenía la intención de darlo a conocer
solemnemente en Nochebuena.
Este tipo de pensamientos, completamente inútiles en su estado actual, eran los que le
pasaban por la cabeza mientras permanecía allí pegado a la puerta y escuchaba. A
veces ya no podía escuchar más de puro cansando y, en un descuido, se golpeaba la
cabeza contra la puerta, pero inmediatamente volvía a levantarla, porque incluso el
pequeño ruido que había producido con ello había sido escuchado al lado y había
hecho enmudecer a todos.
– ¿Qué es lo que hará? –decía el padre pasados unos momentos– y dirigiéndose a
todas luces hacia la puerta; después se reanudaba poco a poco la conversación que
había sido interrumpida.
De esta forma Gregorio se enteró muy bien –el padre solía repetir con frecuencia sus
explicaciones, en parte porque él mismo ya hacía tiempo que no se ocupaba de estas
cosas, y, en parte también, porque la madre no entendía todo a la primera– de que, a
pesar de la desgracia, todavía quedaba una pequeña fortuna; que los intereses, aún
intactos, habían aumentado un poco más durante todo este tiempo. Además, el dinero
que Gregorio había traído todos los meses a casa –él sólo había guardado para sí
unos pocos florines– no se había gastado del todo y se había convertido en un
pequeño capital. Gregorio, detrás de su puerta, asentía entusiasmado, contento por la
inesperada previsión y ahorro. La verdad es que con ese dinero sobrante Gregorio
podía haber ido liquidando la deuda que tenía el padre con el jefe y el día en que, por
fin, hubiese podido abandonar ese trabajo habría estado más cercano; pero ahora era
sin duda mucho mejor así, tal y como lo había organizado el padre.
Sin embargo, este dinero no era del todo suficiente como para que la familia pudiese
vivir de los intereses; bastaba quizá para mantener a la familia uno, como mucho dos
años, más era imposible. Así pues, se trataba de una suma de dinero que, en realidad,
no podía tocarse, y que debía ser reservada para un caso de necesidad, pero el dinero
para vivir había que ganarlo. Ahora bien, el padre era ciertamente un hombre sano,
pero ya viejo, que desde hacía cinco años no trabajaba y que, en todo caso, no debía
confiar mucho en sus fuerzas; durante estos cinco años, que habían sido las primeras
vacaciones de su esforzada y, sin embargo, infructuosa existencia, había engordado
mucho, y por ello se había vuelto muy torpe. ¿Y la anciana madre? ¿Tenía ahora que
ganar dinero, ella que padecía de asma, a quien un paseo por la casa producía fatiga,
y que pasaba uno de cada dos días con dificultades respiratorias, tumbada en el sofá
con la ventana abierta? ¿Y la hermana también tenía que ganar dinero, ella que
todavía era una criatura de diecisiete años, a quien uno se alegraba de poder
proporcionar la forma de vida que había llevado hasta ahora, y que consistía en
vestirse bien, dormir mucho, ayudar en la casa, participar en algunas diversiones
modestas y, sobre todo, tocar el violín? Cuando se empezaba a hablar de la necesidad
de ganar dinero Gregorio acababa por abandonar la puerta y arrojarse sobre el
fresco sofá de cuero, que estaba junto a la puerta, porque se ponía al rojo vivo de
vergüenza y tristeza.
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A veces permanecía allí tumbado durante toda la noche, no dormía ni un momento, y
se restregaba durante horas sobre el cuero. O bien no retrocedía ante el gran esfuerzo
de empujar una silla hasta la ventana, trepar a continuación hasta el antepecho y,
subido en la silla, apoyarse en la ventana y mirar a través de la misma, sin duda como
recuerdo de lo libre que se había sentido siempre que anteriormente había estado
apoyado aquí. Porque, efectivamente, de día en día, veía cada vez con menos claridad
las cosas que ni siquiera estaban muy alejadas: ya no podía ver el hospital de
enfrente, cuya visión constante había antes maldecido, y si no hubiese sabido muy
bien que vivía en la tranquila pero central Charlottenstrasse, podría haber creído que
veía desde su ventana un desierto en el que el cielo gris y la gris tierra se unían sin
poder distinguirse uno de otra. Sólo dos veces había sido necesario que su atenta
hermana viese que la silla estaba bajo la ventana para que, a partir de entonces,
después de haber recogido la habitación, la colocase siempre bajo aquélla, e incluso
dejase abierta la contraventana interior.
Si Gregorio hubiese podido hablar con la hermana y darle las gracias por todo lo que
tenía que hacer por él, hubiese soportado mejor sus servicios, pero de esta forma
sufría con ellos. Ciertamente, la hermana intentaba hacer más llevadero lo
desagradable de la situación, y, naturalmente, cuanto más tiempo pasaba, tanto más
fácil le resultaba conseguirlo, pero también Gregorio adquirió con el tiempo una
visión de conjunto más exacta. Ya el solo hecho de que la hermana entrase le parecía
terrible.
Apenas había entrado, sin tomarse el tiempo necesario para cerrar la puerta, y eso
que siempre ponía mucha atención en ahorrar a todos el espectáculo que ofrecía la
habitación de Gregorio, corría derecha hacia la ventana y la abría de par en par, con
manos presurosas, como si se asfixiase y, aunque hiciese mucho frío, permanecía
durante algunos momentos ante ella, y respiraba profundamente. Estas carreras y
ruidos asustaban a Gregorio dos veces al día; durante todo ese tiempo temblaba bajo
el canapé y sabía muy bien que ella le hubiese evitado con gusto todo esto, si es que le
hubiese sido posible permanecer con la ventana cerrada en la habitación en la que se
encontraba Gregorio.
Una vez, hacía aproximadamente un mes de la transformación de Gregorio, y el
aspecto de éste ya no era para la hermana motivo especial de asombro, llegó un poco
antes de lo previsto y encontró a Gregorio mirando por la ventana, inmóvil y
realmente colocado para asustar. Para Gregorio no hubiese sido inesperado si ella no
hubiese entrado, ya que él, con su posición, impedía que ella pudiese abrir de
inmediato la ventana, pero ella no solamente no entró, sino que retrocedió y cerró la
puerta; un extraño habría podido pensar que Gregorio la había acechado y había
querido morderla. Gregorio, naturalmente, se escondió enseguida bajo el canapé,
pero tuvo que esperar hasta mediodía antes de que la hermana volviese de nuevo, y
además parecía mucho más intranquila que de costumbre. Gregorio sacó la
conclusión de que su aspecto todavía le resultaba insoportable y continuaría
pareciéndoselo, y que ella tenía que dominarse a sí misma para no salir corriendo al
ver incluso la pequeña parte de su cuerpo que sobresalía del canapé. Para ahorrarle
también ese espectáculo, transportó un día sobre la espalda –para ello necesitó cuatro
horas– la sábana encima del canapé, y la colocó de tal forma que él quedaba tapado
del todo, y la hermana, incluso si se agachaba, no podía verlo. Si, en opinión de la
hermana, esa sábana no hubiese sido necesaria, podría haberla retirado, porque
estaba suficientemente claro que Gregorio no se aislaba por gusto, pero dejó la
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sábana tal como estaba, e incluso Gregorio creyó adivinar una mirada de gratitud
cuando, con cuidado, levantó la cabeza un poco para ver cómo acogía la hermana la
nueva disposición.
Durante los primeros catorce días, los padres no consiguieron decidirse a entrar en
su habitación, y Gregorio escuchaba con frecuencia cómo ahora reconocían el
trabajo de la hermana, a pesar de que anteriormente se habían enfadado muchas
veces con ella, porque les parecía una chica un poco inútil. Pero ahora, a veces,
ambos, el padre y la madre, esperaban ante la habitación de Gregorio mientras la
hermana la recogía y, apenas había salido, tenía que contar con todo detalle qué
aspecto tenía la habitación, lo que había comido Gregorio, cómo se había comportado
esta vez y si, quizá, se advertía una pequeña mejoría. Por cierto, la madre quiso entrar
a ver a Gregorio relativamente pronto, pero el padre y la hermana se lo impidieron, al
principio con argumentos racionales, que Gregorio escuchaba con mucha atención, y
con los que estaba muy de acuerdo, pero más tarde hubo que impedírselo por la
fuerza, y si entonces gritaba: «¡Déjenme entrar a ver a Gregorio, pobre hijo mío! ¿Es
que no comprenden que tengo que entrar a verlo?» Entonces Gregorio pensaba que
quizá sería bueno que la madre entrase, naturalmente no todos los días, pero sí una
vez a la semana; ella comprendía todo mucho mejor que la hermana, que, a pesar de
todo su valor, no era más que una niña, y, en última instancia, quizá sólo se había
hecho cargo de una tarea tan difícil por irreflexión infantil.
El deseo de Gregorio de ver a la madre pronto se convirtió en realidad. Durante el día
Gregorio no quería mostrarse por la ventana, por consideración a sus padres, pero
tampoco podía arrastrarse demasiado por los pocos metros cuadrados del suelo; ya
soportaba con dificultad estar tumbado tranquilamente durante la noche, pronto ya
ni siquiera la comida le producía alegría alguna y así, para distraerse, adoptó la
costumbre de arrastrarse en todas direcciones por las paredes y el techo. Le gustaba
especialmente permanecer colgado del techo; era algo muy distinto a estar tumbado
en el suelo; se respiraba con más libertad; un ligero balanceo atravesaba el cuerpo; y
sumido en la casi feliz distracción en la que se encontraba allí arriba, podía ocurrir
que, para su sorpresa, se dejase caer y se golpease contra el suelo. Pero ahora,
naturalmente, dominaba su cuerpo de una forma muy distinta a como lo había hecho
antes y no se hacía daño, incluso después de semejante caída. La hermana se dio
cuenta inmediatamente de la nueva diversión que Gregorio había descubierto –al
arrastrarse dejaba tras de sí, por todas partes, huellas de su sustancia pegajosa– y
entonces se le metió en la cabeza proporcionar a Gregorio la posibilidad de
arrastrarse a gran escala y sacar de allí los muebles que lo impedían, es decir, sobre
todo el armario y el escritorio. Ella no era capaz de hacerlo todo sola, tampoco se
atrevía a pedir ayuda al padre; la criada no la hubiese ayudado seguramente, porque
esa chica, de unos dieciséis años, resistía ciertamente con valor desde que se despidió
a la cocinera anterior, pero había pedido el favor de poder mantener la cocina
constantemente cerrada y abrirla solamente a una señal determinada. Así pues, no le
quedó a la hermana más remedio que valerse de la madre, una vez que estaba el
padre ausente.
Con exclamaciones de excitada alegría se acercó la madre, pero enmudeció ante la
puerta de la habitación de Gregorio. Primero la hermana se aseguró de que todo en
la habitación estaba en orden, después dejó entrar a la madre. Gregorio se había
apresurado a colocar la sábana aún más bajo y con más pliegues, de modo que, de
verdad, tenía el aspecto de una sábana lanzada casualmente sobre el canapé.
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Gregorio se abstuvo esta vez de espiar por debajo de la sábana; renunció a ver esta
vez a la madre y se contentaba sólo conque hubiese venido.
– Vamos, acércate, no se le ve –dijo la hermana– y, sin duda, llevaba a la madre de la
mano. Gregorio oyó entonces cómo las dos débiles mujeres movían de su sitio el
pesado y viejo armario, y cómo la hermana siempre se cargaba la mayor parte del
trabajo, sin escuchar las advertencias de la madre que temía que se esforzase
demasiado. Duró mucho tiempo. Aproximadamente después de un cuarto de hora de
trabajo dijo la madre que deberían dejar aquí el armario, porque, en primer lugar,
era demasiado pesado y no acabarían antes de que regresase el padre, y con el
armario en medio de la habitación le bloqueaban a Gregorio cualquier camino y, en
segundo lugar, no era del todo seguro que se le hiciese a Gregorio un favor con
retirar los muebles. A ella le parecía precisamente lo contrario, la vista de las paredes
desnudas le oprimía el corazón, y por qué no iba a sentir Gregorio lo mismo, puesto
que ya hacía tiempo que estaba acostumbrado a los muebles de la habitación, y por
eso se sentiría abandonado en la habitación vacía.
– Y es que acaso no… –finalizó la madre en voz baja– aunque ella hablaba siempre
casi susurrando, como si quisiera evitar que Gregorio, cuyo escondite exacto ella
ignoraba, escuchase siquiera el sonido de su voz, porque ella estaba convencida de
que él no entendía las palabras.
– ¿Y es que acaso no parece que retirando los muebles le mostramos que perdemos
toda esperanza de mejoría y lo abandonamos a su suerte sin consideración alguna?
Yo creo que lo mejor sería que intentásemos conservar la habitación en el mismo
estado en que se encontraba antes, para que Gregorio, cuando regrese de nuevo con
nosotros, encuentre todo tal como estaba y pueda olvidar más fácilmente este
paréntesis de tiempo.
Al escuchar estas palabras de la madre, Gregorio reconoció que la falta de toda
conversación inmediata con un ser humano, junto a la vida monótona en el seno de
la familia, tenía que haber confundido sus facultades mentales a lo largo de estos dos
meses, porque de otro modo no podía explicarse que hubiese podido desear
seriamente que se vaciase su habitación. ¿Deseaba realmente permitir que
transformasen la cálida habitación amueblada confortablemente, con muebles
heredados de su familia, en una cueva en la que, efectivamente, podría arrastrarse en
todas direcciones sin obstáculo alguno, teniendo, sin embargo, como contrapartida,
que olvidarse al mismo tiempo, rápidamente y por completo, de su pasado humano?
Ya se encontraba a punto de olvidar y solamente le había animado la voz de su
madre, que no había oído desde hacía tiempo. Nada debía retirarse, todo debía
quedar como estaba, no podía prescindir en su estado de la bienhechora influencia de
los muebles, y si los muebles le impedían arrastrarse sin sentido de un lado para otro,
no se trataba de un perjuicio, sino de una gran ventaja.
Pero la hermana era, lamentablemente, de otra opinión; no sin cierto derecho, se
había acostumbrado a aparecer frente a los padres como experta al discutir sobre
asuntos concernientes a Gregorio, y de esta forma el consejo de la madre era para la
hermana motivo suficiente para retirar no sólo el armario y el escritorio, como había
pensado en un principio, sino todos los muebles a excepción del imprescindible
canapé. Naturalmente, no sólo se trataba de una terquedad pueril y de la confianza
en sí misma que en los últimos tiempos, de forma tan inesperada y difícil, había
conseguido, lo que la impulsaba a esta exigencia; ella había observado,
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efectivamente, que Gregorio necesitaba mucho sitio para arrastrarse y que, en
cambio, no utilizaba en absoluto los muebles, al menos por lo que se veía. Pero quizá
jugaba también un papel importante el carácter exaltado de una chica de su edad,
que busca su satisfacción en cada oportunidad, y por el que Greta ahora se dejaba
tentar con la intención de hacer más que ahora, porque en una habitación en la que
sólo Gregorio era dueño y señor de las paredes vacías, no se atrevería a entrar
ninguna otra persona más que Greta.
Así pues, no se dejó disuadir de sus propósitos por la madre, que también, de pura
inquietud, parecía sentirse insegura en esta habitación; pronto enmudeció y ayudó a
la hermana con todas sus fuerzas a sacar el armario. Bueno, en caso de necesidad,
Gregorio podía prescindir del armario, pero el escritorio tenía que quedarse; y apenas
habían abandonado las mujeres la habitación con el armario, en el cual se apoyaban
gimiendo, cuando Gregorio sacó la cabeza de debajo del canapé para ver cómo podía
tomar cartas en el asunto lo más prudente y discretamente posible. Pero, por
desgracia, fue precisamente la madre quien regresó primero, mientras Greta, en la
habitación contigua, sujetaba el armario rodeándolo con los brazos y lo empujaba
sola de acá para allá, naturalmente, sin moverlo un ápice de su sitio. Pero la madre
no estaba acostumbrada a ver a Gregorio, podría haberse puesto enferma por su
culpa, y así Gregorio, andando hacia atrás, se alejó asustado hasta el otro extremo del
canapé, pero no pudo evitar que la sábana se moviese un poco por la parte de delante.
Esto fue suficiente para llamar la atención de la madre. Ésta se detuvo, permaneció
allí un momento en silencio y luego volvió con Greta.
A pesar de que Gregorio se repetía una y otra vez que no ocurría nada fuera de lo
común, sino que sólo se cambiaban de sitio algunos muebles, sin embargo, como
pronto habría de confesarse a sí mismo, este ir y venir de las mujeres, sus breves
gritos, el arrastre de los muebles sobre el suelo, le producían la impresión de un gran
barullo, que crecía procedente de todas las direcciones y, por mucho que encogía la
cabeza y las patas sobre sí mismo y apretaba el cuerpo contra el suelo, tuvo que
confesarse irremisiblemente que no soportaría todo esto mucho tiempo. Ellas le
vaciaban su habitación, le quitaban todo aquello a lo que tenía cariño, el armario en
el que guardaba la sierra y otras herramientas ya lo habían sacado; ahora ya
aflojaban el escritorio, que estaba fijo al suelo, en el cual había hecho sus deberes
cuando era estudiante de comercio, alumno del instituto e incluso alumno de la
escuela primaria. Ante esto no le quedaba ni un momento para comprobar las buenas
intenciones que tenían las dos mujeres, y cuya existencia, por cierto, casi había
olvidado, porque de puro agotamiento trabajaban en silencio y solamente se oían las
sordas pisadas de sus pies.
Y así salió de repente, –las mujeres estaban en ese momento en la habitación
contigua, apoyadas en el escritorio para tomar aliento– cambió cuatro veces la
dirección de su marcha, no sabía a ciencia cierta qué era lo que debía salvar primero,
cuando vio en la pared ya vacía, llamándole la atención, el cuadro de la mujer
envuelta en pieles. Se arrastró apresuradamente hacia arriba y se apretó contra el
cuadro, cuyo cristal lo sujetaba y le aliviaba el ardor de su vientre. Al menos este
cuadro, que Gregorio tapaba ahora por completo, seguro que no se lo llevaba nadie.
Volvió la cabeza hacia la puerta del cuarto de estar para observar a las mujeres
cuando volviesen.
No se habían permitido una larga tregua y ya volvían; Greta había rodeado a su
madre con el brazo y casi la llevaba en volandas.
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– ¿Qué nos llevamos ahora? –dijo Greta– y miró a su alrededor. Entonces sus
miradas se cruzaron con las de Gregorio, que estaba en la pared. Seguramente sólo a
causa de la presencia de la madre conservó su serenidad, inclinó su rostro hacia la
madre, para impedir que ella mirase a su alrededor, y dijo temblando y aturdida:
– Ven, ¿nos volvemos un momento al cuarto de estar?
Gregorio veía claramente la intención de Greta, quería llevar a la madre a un lugar
seguro y luego echarle de la pared. Bueno, ¡que lo intentase! Él permanecería sobre
su cuadro y no renunciaría a él. Prefería saltarle a Greta a la cara.
Pero justamente las palabras de Greta inquietaron a la madre, quien se echó a un
lado y vio la gigantesca mancha pardusca sobre el papel pintado de flores y, antes de
darse realmente cuenta de que aquello que veía era Gregorio, gritó con voz ronca y
estridente:
– ¡Ay Dios mío, ay Dios mío! –y con los brazos extendidos cayó sobre el canapé, como
si renunciase a todo– y se quedó allí inmóvil.
– ¡Cuidado, Gregorio! –gritó la hermana levantando el puño y con una mirada
penetrante– Desde la transformación eran estas las primeras palabras que le dirigía
directamente. Corrió a la habitación contigua para buscar alguna esencia con la que
pudiese despertar a su madre de su inconsciencia.
Gregorio también quería ayudar, –había tiempo más que suficiente para salvar el
cuadro– pero estaba pegado al cristal y tuvo que desprenderse con fuerza, luego
corrió también a la habitación de al lado como si pudiera dar a la hermana algún
consejo, como en otros tiempos, pero tuvo que quedarse detrás de ella sin hacer nada;
cuando Greta volvía entre diversos frascos, se asustó al darse la vuelta y un frasco se
cayó al suelo y se rompió y un trozo de cristal hirió a Gregorio en la cara; una
medicina corrosiva se derramó sobre él.
Sin detenerse más tiempo, Greta cogió todos los frascos que podía llevar y corrió con
ellos hacia donde estaba la madre; cerró la puerta con el pie.
Gregorio estaba ahora aislado de la madre, que quizá estaba a punto de morir por su
culpa; no debía abrir la habitación, no quería echar a la hermana que tenía que
permanecer con la madre; ahora no tenía otra cosa que hacer que esperar; y, afligido
por los remordimientos y la preocupación, comenzó a arrastrarse, se arrastró por
todas partes: paredes, muebles y techos, y finalmente, en su desesperación, cuando ya
la habitación empezaba a dar vueltas a su alrededor, se desplomó en medio de la gran
mesa.
Pasó un momento, Gregorio yacía allí extenuado, a su alrededor todo estaba
tranquilo, quizá esto era una buena señal. Entonces sonó el timbre. La chica estaba,
naturalmente, encerrada en su cocina y Greta tenía que ir a abrir. El padre había
llegado.
– ¿Qué ha ocurrido? –fueron sus primeras palabras–
El aspecto de Greta lo revelaba todo. Greta contestó con voz ahogada, si duda
apretaba su rostro contra el pecho del padre:
– Madre se quedó inconsciente, pero ya está mejor. Gregorio ha escapado.
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– Ya me lo esperaba, –dijo el padre– se los he dicho una y otra vez, pero ustedes, las
mujeres, nunca hacen caso.
Gregorio se dio cuenta de que el padre había interpretado mal la escueta información
de Greta y sospechaba que Gregorio había hecho uso de algún acto violento. Por eso
ahora tenía que intentar apaciguar al padre, porque para darle explicaciones no tenía
ni el tiempo ni la posibilidad. Así pues, Gregorio se precipitó hacia la puerta de su
habitación y se apretó contra ella para que el padre, ya desde el momento en que
entrase en el vestíbulo, viese que Gregorio tenía la más sana intención de regresar
inmediatamente a su habitación, y que no era necesario hacerle retroceder, sino que
sólo hacía falta abrir la puerta e inmediatamente desaparecería. Pero el padre no
estaba en situación de advertir tales sutilezas.
– ¡Ah! –gritó al entrar, en un tono como si al mismo tiempo estuviese furioso y
contento. Gregorio retiró la cabeza de la puerta y la levantó hacia el padre. Nunca se
hubiese imaginado así al padre, tal y como estaba allí; bien es verdad que en los
últimos tiempos, puesta su atención en arrastrarse por todas partes, había perdido la
ocasión de preocuparse como antes de los asuntos que ocurrían en el resto de la casa,
y tenía realmente que haber estado preparado para encontrar las circunstancias
cambiadas. Aun así, aun así. ¿Era este todavía el padre? ¿El mismo hombre que
yacía sepultado en la cama, cuando, en otros tiempos, Gregorio salía en viaje de
negocios? ¿El mismo hombre que, la tarde en que volvía, le recibía en bata sentado
en su sillón, y que no estaba en condiciones de levantarse, sino que, como señal de
alegría, sólo levantaba los brazos hacia él? ¿El mismo hombre que, durante los poco
frecuentes paseos en común, un par de domingos al año o en las festividades más
importantes, se abría paso hacia delante entre Gregorio y la madre, que ya de por sí
andaban despacio, aún más despacio que ellos, envuelto en su viejo abrigo, siempre
apoyando con cuidado el bastón, y que, cuando quería decir algo, casi siempre se
quedaba parado y congregaba a sus acompañantes a su alrededor? Pero ahora estaba
muy derecho, vestido con un rígido uniforme azul con botones, como los que llevan
los ordenanzas de los bancos; por encima del cuello alto y tieso de la chaqueta
sobresalía su gran papada; por debajo de las pobladas cejas se abría paso la mirada,
despierta y atenta, de unos ojos negros. El cabello blanco, en otro tiempo desgreñado,
estaba ahora ordenado en un peinado a raya brillante y exacto. Arrojó su gorra, en la
que había bordado un monograma dorado, probablemente el de un banco, sobre el
canapé a través de la habitación formando un arco, y se dirigió hacia Gregorio con el
rostro enconado, las puntas de la larga chaqueta del uniforme echadas hacia atrás, y
las manos en los bolsillos del pantalón. Probablemente ni él mismo sabía lo que iba a
hacer, sin embargo levantaba los pies a una altura desusada y Gregorio se asombró
del tamaño enorme de las suelas de sus botas. Pero Gregorio no permanecía parado,
ya sabía desde el primer día de su nueva vida que el padre, con respecto a él, sólo
consideraba oportuna la mayor rigidez. Y así corría delante del padre, se paraba si el
padre se paraba, y se apresuraba a seguir hacia delante con sólo que el padre se
moviese. Así recorrieron varias veces la habitación sin que ocurriese nada decisivo y
sin que ello hubiese tenido el aspecto de una persecución, como consecuencia de la
lentitud de su recorrido. Por eso Gregorio permaneció de momento sobre el suelo,
especialmente porque temía que el padre considerase una especial maldad por su
parte la huida a las paredes o al techo. Por otra parte, Gregorio tuvo que confesarse a
sí mismo que no soportaría por mucho tiempo estas carreras, porque mientras el
padre daba un paso, él tenía que realizar un sinnúmero de movimientos. Ya
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comenzaba a sentir ahogos, bien es verdad que tampoco anteriormente había tenido
unos pulmones dignos de confianza. Mientras se tambaleaba con la intención de
reunir todas sus fuerzas para la carrera, apenas tenía los ojos abiertos; en su
embotamiento no pensaba en otra posibilidad de salvación que la de correr; y ya casi
había olvidado que las paredes estaban a su disposición, bien es verdad que éstas
estaban obstruidas por muelles llenos de esquinas y picos. En ese momento algo,
lanzado sin fuerza, cayó junto a él, y echó a rodar por delante de él. Era una
manzana; inmediatamente siguió otra; Gregorio se quedó inmóvil del susto; seguir
corriendo era inútil, porque el padre había decidido bombardearle. Con la fruta
procedente del frutero que estaba sobre el aparador se había llenado los bolsillos y
lanzaba manzana tras manzana sin apuntar con exactitud, de momento. Estas
pequeñas manzanas rojas rodaban por el suelo como electrificadas y chocaban unas
con otras. Una manzana lanzada sin fuerza rozó la espalda de Gregorio, pero resbaló
sin causarle daños. Sin embargo, otra que la siguió inmediatamente, se incrustó en la
espalda de Gregorio; éste quería continuar arrastrándose, como si el increíble y
sorprendente dolor pudiese aliviarse al cambiar de sitio; pero estaba como clavado y
se estiraba, totalmente desconcertado.
Sólo al mirar por última vez alcanzó a ver cómo la puerta de su habitación se abría de
par en par y por delante de la hermana, que chillaba, salía corriendo la madre en
enaguas, puesto que la hermana la había desnudado para proporcionarle aire
mientras permanecía inconsciente; vio también cómo, a continuación, la madre
corría hacia el padre y, en el camino, perdía una tras otra sus enaguas desatadas, y
cómo tropezando con ellas, caía sobre el padre, y abrazándole, unida estrechamente a
él, –ya empezaba a fallarle la vista a Gregorio– le suplicaba, cruzando las manos por
detrás de su nuca, que perdonase la vida de Gregorio.
III: La grave herida de Gregorio, cuyos dolores soportó más de un mes, –la manzana
permaneció empotrada en la carne como recuerdo visible, ya que nadie se atrevía a
retirarla– pareció recordar, incluso al padre, que Gregorio, a pesar de su triste y
repugnante forma actual, era un miembro de la familia, a quien no podía tratarse
como a un enemigo, sino frente al cual el deber familiar era aguantarse la
repugnancia y resignarse, nada más que resignarse.
Y si Gregorio ahora, por culpa de su herida, probablemente había perdido agilidad
para siempre, y por lo pronto necesitaba para cruzar su habitación como un viejo
inválido largos minutos, –no se podía ni pensar en arrastrarse por las alturas– sin
embargo, en compensación por este empeoramiento de su estado, recibió, en su
opinión, una reparación más que suficiente: hacia el anochecer se abría la puerta del
cuarto de estar, la cual solía observar fijamente ya desde dos horas antes, de forma
que, tumbado en la oscuridad de su habitación, sin ser visto desde el comedor, podía
ver a toda la familia en la mesa iluminada y podía escuchar sus conversaciones, en
cierto modo con el consentimiento general, es decir, de una forma completamente
distinta a como había sido hasta ahora.
Naturalmente, ya no se trataba de las animadas conversaciones de antaño, en las que
Gregorio, desde la habitación de su hotel, siempre había pensado con cierta nostalgia
cuando, cansado, tenía que meterse en la cama húmeda. La mayoría de las veces
transcurría el tiempo en silencio. El padre no tardaba en dormirse en la silla después
de la cena, y la madre y la hermana se recomendaban mutuamente silencio; la
madre, inclinada muy por debajo de la luz, cosía ropa fina para un comercio de
moda; la hermana, que había aceptado un trabajo como dependienta, estudiaba por
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la noche estenografía y francés, para conseguir, quizá más tarde, un puesto mejor. A
veces el padre se despertaba y, como si no supiera que había dormido, decía a la
madre: «¡Cuánto coses hoy también!», e inmediatamente volvía a dormirse mientras
la madre y la hermana se sonreían mutuamente.
Por una especie de obstinación, el padre se negaba a quitarse el uniforme mientras
estaba en casa; y mientras la bata colgaba inútilmente de la percha, dormitaba el
padre en su asiento, completamente vestido, como si siempre estuviese preparado para
el servicio e incluso en casa esperase también la voz de su superior. Como
consecuencia, el uniforme, que no era nuevo ya en un principio, empezó a ensuciarse
a pesar del cuidado de la madre y de la hermana. Gregorio se pasaba con frecuencia
tardes enteras mirando esta brillante ropa, completamente manchada, con sus
botones dorados siempre limpios, con la que el anciano dormía muy incómodo y, sin
embargo, tranquilo.
En cuanto el reloj daba las diez, la madre intentaba despertar al padre en voz baja y
convencerle para que se fuese a la cama, porque éste no era un sueño auténtico y el
padre tenía necesidad de él, porque tenía que empezar a trabajar a las seis de la
mañana. Pero con la obstinación que se había apoderado de él desde que se había
convertido en ordenanza, insistía en quedarse más tiempo a la mesa, a pesar de que,
normalmente, se quedaba dormido y, además, sólo con grandes esfuerzos podía
convencérsele de que cambiase la silla por la cama. Ya podían la madre y la hermana
insistir con pequeñas amonestaciones, durante un cuarto de hora daba cabezadas
lentamente, mantenía los ojos cerrados y no se levantaba. La madre le tiraba del
brazo, diciéndole al oído palabras cariñosas, la hermana abandonaba su trabajo para
ayudar a la madre, pero esto no tenía efecto sobre el padre. Se hundía más
profundamente en su silla. Sólo cuando las mujeres lo cogían por debajo de los
hombros, abría los ojos, miraba alternativamente a la madre y a la hermana, y solía
decir: «¡Qué vida ésta! ¡Ésta es la tranquilidad de mis últimos días!», y apoyado
sobre las dos mujeres se levantaba pesadamente, como si él mismo fuese su más
pesada carga, se dejaba llevar por ellas hasta la puerta, allí les hacía una señal de
que no las necesitaba, y continuaba solo, mientras que la madre y la hermana
dejaban apresuradamente su costura y su pluma para correr tras el padre y continuar
ayudándolo.
¿Quién en esta familia, agotada por el trabajo y rendida de cansancio, iba a tener
más tiempo del necesario para ocuparse de Gregorio? El presupuesto familiar se
reducía cada vez más, la criada acabó por ser despedida. Una asistenta gigantesca y
huesuda, con el pelo blanco y desgreñado, venía por la mañana y por la noche, y
hacía el trabajo más pesado; todo lo demás lo hacía la madre, además de su mucha
costura. Ocurrió incluso el caso de que varias joyas de la familia, que la madre y la
hermana habían lucido entusiasmadas en reuniones y fiestas, hubieron de ser
vendidas, según se enteró Gregorio por la noche por la conversación acerca del
precio conseguido. Pero el mayor motivo de queja era que no se podía dejar esta casa,
que resultaba demasiado grande en las circunstancias presentes, ya que no sabían
cómo se podía trasladar a Gregorio. Pero Gregorio comprendía que no era sólo la
consideración hacia él lo que impedía un traslado, porque se le hubiera podido
transportar fácilmente en un cajón apropiado con un par de agujeros para el aire; lo
que, en primer lugar, impedía a la familia un cambio de casa era, aún más, la
desesperación total y la idea de que habían sido azotados por una desgracia como no
había igual en todo su círculo de parientes y amigos. Todo lo que el mundo exige de
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la gente pobre lo cumplían ellos hasta la saciedad: el padre iba a buscar el desayuno
para el pequeño empleado de banco, la madre se sacrificaba por la ropa de gente
extraña, la hermana, a la orden de los clientes, corría de un lado para otro detrás del
mostrador, pero las fuerzas de la familia ya no daban para más. La herida de la
espalda comenzaba otra vez a dolerle a Gregorio como recién hecha cuando la madre
y la hermana, después de haber llevado al padre a la cama, regresaban, dejaban a un
lado el trabajo, se acercaban una a otra, sentándose muy juntas. Entonces la madre,
señalando hacia la habitación de Gregorio, decía: «Cierra la puerta, Greta», y
cuando Gregorio se encontraba de nuevo en la oscuridad, fuera las mujeres
confundían sus lágrimas o simplemente miraban fijamente a la mesa sin llorar.
Gregorio pasaba las noches y los días casi sin dormir. A veces pensaba que la
próxima vez que se abriese la puerta él se haría cargo de los asuntos de la familia
como antes; en su mente aparecieron de nuevo, después de mucho tiempo, el jefe y el
encargado; los dependientes y los aprendices; el mozo de los recados, tan corto de
luces; dos, tres amigos de otros almacenes; una camarera de un hotel de provincias;
un recuerdo amado y fugaz: una cajera de una tienda de sombreros a quien había
hecho la corte seriamente, pero con demasiada lentitud; todos ellos aparecían
mezclados con gente extraña o ya olvidada, pero en lugar de ayudarle a él y a su
familia, todos ellos eran inaccesibles, y Gregorio se sentía aliviado cuando
desaparecían. Pero después ya no estaba de humor para preocuparse por su familia,
solamente sentía rabia por el mal cuidado de que era objeto y, a pesar de que no
podía imaginarse algo que le hiciese sentir apetito, hacía planes sobre cómo podría
llegar a la despensa para tomar de allí lo que quisiese, incluso aunque no tuviese
hambre alguna. Sin pensar más en qué es lo que podría gustar a Gregorio, la
hermana, por la mañana y al mediodía, antes de marcharse a la tienda, empujaba
apresuradamente con el pie cualquier comida en la habitación de Gregorio, para
después recogerla por la noche con el palo de la escoba, tanto si la comida había sido
probada como si –y éste era el caso más frecuente– ni siquiera hubiera sido tocada.
Recoger la habitación, cosa que ahora hacía siempre por la noche, no podía hacerse
más deprisa. Franjas de suciedad se extendían por las paredes, por todas partes había
ovillos de polvo y suciedad.
Al principio, cuando llegaba la hermana, Gregorio se colocaba en el rincón más
significativamente sucio para, en cierto modo, hacerle reproches mediante esta
posición. Pero seguramente hubiese podido permanecer allí semanas enteras sin que
la hermana hubiese mejorado su actitud por ello; ella veía la suciedad lo mismo que
él, pero se había decidido a dejarla allí. Al mismo tiempo, con una susceptibilidad
completamente nueva en ella y que, en general, se había apoderado de toda la
familia, ponía especial atención en el hecho de que se reservase solamente a ella el
cuidado de la habitación de Gregorio. En una ocasión la madre había sometido la
habitación de Gregorio a una gran limpieza, que había logrado solamente después de
utilizar varios cubos de agua, –la humedad, sin embargo, también molestaba a
Gregorio, que yacía extendido, amargado e inmóvil sobre el canapé– pero el castigo
de la madre no se hizo esperar, porque apenas había notado la hermana por la tarde
el cambio en la habitación de Gregorio, cuando, herida en lo más profundo de sus
sentimientos, corrió al cuarto de estar y, a pesar de que la madre suplicaba con las
manos levantadas, rompió en un mar de lágrimas, que los padres, –el padre se
despertó sobresaltado en su silla– al principio, observaban asombrados y sin poder
hacer nada, hasta que, también ellos, comenzaron a sentirse conmovidos. El padre, a
su derecha, reprochaba a la madre que no hubiese dejado al cuidado de la hermana
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la limpieza de la habitación de Gregorio; a su izquierda, decía a gritos a la hermana
que nunca más volvería a limpiar la habitación de Gregorio. Mientras que la madre
intentaba llevar al dormitorio al padre, que no podía más de irritación, la hermana,
sacudida por los sollozos, golpeaba la mesa con sus pequeños puños, y Gregorio
silbaba de pura rabia porque a nadie se le ocurría cerrar la puerta para ahorrarle este
espectáculo y este ruido.
Pero incluso si la hermana, agotada por su trabajo, estaba ya harta de cuidar de
Gregorio como antes, tampoco la madre tenía que sustituirla y no era necesario que
Gregorio hubiese sido abandonado, porque para eso estaba la asistenta. Esa vieja
viuda, que en su larga vida debía haber superado lo peor con ayuda de su fuerte
constitución, no sentía repugnancia alguna por Gregorio. Sin sentir verdadera
curiosidad, una vez había abierto por casualidad la puerta de la habitación de
Gregorio y, al verle, se quedó parada, asombrada con los brazos cruzados, mientras
éste, sorprendido y a pesar de que nadie le perseguía, comenzó a correr de un lado a
otro.
Desde entonces no perdía la oportunidad de abrir un poco la puerta por la mañana y
por la tarde para echar un vistazo a la habitación de Gregorio. Al principio le
llamaba hacia ella con palabras que, probablemente, consideraba amables, como:
«¡Ven aquí, viejo escarabajo pelotero!» o «¡Miren al viejo escarabajo pelotero!»
Gregorio no contestaba nada a tales llamadas, sino que permanecía inmóvil en su
sitio, como si la puerta no hubiese sido abierta. ¡Si se le hubiese ordenado a esa
asistenta que limpiase diariamente la habitación en lugar de dejar que le molestase
inútilmente a su antojo! Una vez, por la mañana temprano –una intensa lluvia
golpeaba los cristales, quizá como signo de la primavera que ya se acercaba– cuando
la asistenta empezó otra vez con sus improperios, Gregorio se enfureció tanto que se
dio la vuelta hacia ella como para atacarla, pero de forma lenta y débil. Sin embargo,
la asistenta, en vez de asustarse, alzó simplemente una silla, que se encontraba cerca
de la puerta, y, tal como permanecía allí, con la boca completamente abierta, estaba
clara su intención de cerrar la boca sólo cuando la silla que tenía en la mano acabase
en la espalda de Gregorio.
– ¿Conque no seguimos adelante? –preguntó– al ver que Gregorio se daba de nuevo
la vuelta, y volvió a colocar la silla tranquilamente en el rincón.
Gregorio ya no comía casi nada. Sólo si pasaba por casualidad al lado de la comida
tomaba un bocado para jugar con él en la boca, lo mantenía allí horas y horas y, la
mayoría de las veces acababa por escupirlo. Al principio pensó que lo que le impedía
comer era la tristeza por el estado de su habitación, pero precisamente con los
cambios de la habitación se reconcilió muy pronto. Se habían acostumbrado a meter
en esta habitación cosas que no podían colocar en otro sitio, y ahora había muchas
cosas de éstas, porque una de las habitaciones de la casa había sido alquilada a tres
huéspedes. Estos señores tan severos –los tres tenían barba, según pudo comprobar
Gregorio por una rendija de la puerta– ponían especial atención en el orden, no sólo
ya de su habitación, sino de toda la casa, puesto que se habían instalado aquí, y
especialmente en el orden de la cocina. No soportaban trastos inútiles ni mucho
menos sucios. Además, habían traído una gran parte de sus propios muebles. Por ese
motivo sobraban muchas cosas que no se podían vender ni tampoco se querían tirar.
Todas estas cosas acababan en la habitación de Gregorio. Lo mismo ocurrió con el
cubo de la ceniza y el cubo de la basura de la cocina. La asistenta, que siempre tenía
mucha prisa, arrojaba simplemente en la habitación de Gregorio todo lo que, de
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momento, no servía; por suerte, Gregorio sólo veía, la mayoría de las veces, el objeto
correspondiente y la mano que lo sujetaba. La asistenta tenía, quizá, la intención de
recoger de nuevo las cosas cuando hubiese tiempo y oportunidad, o quizá tirarlas
todas de una vez, pero lo cierto es que todas se quedaban tiradas en el mismo lugar en
que habían caído al arrojarlas, a no ser que Gregorio se moviese por entre los trastos
y los pusiese en movimiento, al principio obligado a ello porque no había sitio libre
para arrastrarse, pero más tarde con creciente satisfacción, a pesar de que después de
tales paseos acababa mortalmente agotado y triste, y durante horas permanecía
inmóvil.
Como los huéspedes a veces tomaban la cena en el cuarto de estar, la puerta
permanecía algunas noches cerrada, pero Gregorio renunciaba gustoso a abrirla,
incluso algunas noches en las que había estado abierta no se había aprovechado de
ello, sino que, sin que la familia lo notase, se había tumbado en el rincón más oscuro
de la habitación. Pero en una ocasión la asistenta había dejado un poco abierta la
puerta que daba al cuarto de estar y se quedó abierta incluso cuando los huéspedes
llegaron y se dio la luz. Se sentaban a la mesa en los mismos sitios en que antes
habían comido el padre, la madre y Gregorio, desdoblaban las servilletas y tomaban
en la mano cuchillo y tenedor. Al momento aparecía por la puerta la madre con una
fuente de carne, y poco después lo hacía la hermana con una fuente llena de patatas.
La comida humeaba. Los huéspedes se inclinaban sobre las fuentes que había ante
ellos como si quisiesen examinarlas antes de comer, y, efectivamente, el señor que
estaba sentado en medio y que parecía ser el que más autoridad tenía de los tres,
cortaba un trozo de carne en la misma fuente con el fin de comprobar si estaba lo
suficientemente tierna, o quizá tenía que ser devuelta a la cocina. La prueba le
satisfacía, la madre y la hermana, que habían observado todo con impaciencia,
comenzaban a sonreír respirando profundamente.
La familia comía en la cocina. A pesar de ello, el padre, antes de entrar en ésta,
entraba en la habitación y con una sola reverencia y la gorra en la mano, daba una
vuelta a la mesa. Los huéspedes se levantaban y murmuraban algo para el cuello de
su camisa. Cuando ya estaban solos, comían casi en absoluto silencio. A Gregorio le
parecía extraño el hecho de que, de todos los variados ruidos de la comida, una y otra
vez se escuchasen los dientes al masticar, como si con ello quisieran mostrarle a
Gregorio que para comer se necesitan los dientes y que, aun con las más hermosas
mandíbulas, sin dientes no se podía conseguir nada.
– Pero si yo no tengo apetito, –se decía Gregorio preocupado– pero me apetecen estas
cosas. ¡Cómo comen los huéspedes y yo me muero!
Precisamente aquella noche –Gregorio no se acordaba de haberlo oído en todo el
tiempo– se escuchó el violín. Los huéspedes ya habían terminado de cenar, el de en
medio había sacado un periódico, le había dado una hoja a cada uno de los otros dos,
y los tres fumaban y leían echados hacia atrás. Cuando el violín comenzó a sonar
escucharon con atención, se levantaron y, de puntillas, fueron hacia la puerta del
vestíbulo, en la que permanecieron quietos de pie, apretados unos junto a otros.
Desde la cocina se les debió oír, porque el padre gritó:
– ¿Les molesta a los señores la música? Inmediatamente puede dejar de tocarse.
– Al contrario. –dijo el señor de en medio– ¿No desearía la señorita entrar con
nosotros y tocar aquí en la habitación, donde es mucho más cómodo y agradable?
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– Naturalmente. –exclamó el padre, como si el violinista fuese él mismo–
Los señores regresaron a la habitación y esperaron. Pronto llegó el padre con el atril,
la madre con la partitura y la hermana con el violín. La hermana preparó con
tranquilidad todo lo necesario para tocar. Los padres, que nunca antes habían
alquilado habitaciones, y por ello exageraban la amabilidad con los huéspedes, no se
atrevían a sentarse en sus propias sillas; el padre se apoyó en la puerta, con la mano
derecha colocada entre dos botones de la librea abrochada; a la madre le fue ofrecida
una silla por uno de los señores y, como la dejó en el lugar en el que, por casualidad,
la había colocado el señor, permanecía sentada en un rincón apartado.
La hermana empezó a tocar; el padre y la madre, cada uno desde su lugar, seguían
con atención los movimientos de sus manos; Gregorio, atraído por la música, había
avanzado un poco hacia delante y ya tenía la cabeza en el cuarto de estar. Ya apenas
se extrañaba de que en los últimos tiempos no tenía consideración con los demás;
antes estaba orgulloso de tener esa consideración y, precisamente ahora, hubiese
tenido mayor motivo para esconderse, porque, como consecuencia del polvo que
reinaba en su habitación, y que volaba por todas partes al menor movimiento, él
mismo estaba también lleno de polvo. Sobre su espalda y sus costados arrastraba
consigo por todas partes hilos, pelos, restos de comida… Su indiferencia hacia todo
era demasiado grande como para tumbarse sobre su espalda y restregarse contra la
alfombra, tal como hacía antes varias veces al día. Y, a pesar de este estado, no sentía
vergüenza alguna de avanzar por el suelo impecable del comedor.
Por otra parte, nadie le prestaba atención. La familia estaba completamente absorta
en la música del violín; por el contrario, los huéspedes, que al principio, con las
manos en los bolsillos, se habían colocado demasiado cerca detrás del atril de la
hermana, de forma que podrían haber leído la partitura, lo cual sin duda tenía que
estorbar a la hermana, hablando a media voz, con las cabezas inclinadas, se retiraron
pronto hacia la ventana, donde permanecieron observados por el padre con
preocupación. Realmente daba a todas luces la impresión de que habían sido
decepcionados en su suposición de escuchar una pieza bella o divertida al violín, de
que estaban hartos de la función y sólo permitían que se les molestase por
amabilidad. Especialmente la forma en que echaban a lo alto el humo de los
cigarrillos por la boca y por la nariz denotaba gran nerviosismo. Y, sin embargo, la
hermana tocaba tan bien… Su rostro estaba inclinado hacia un lado, atenta y
tristemente seguían sus ojos las notas del pentagrama. Gregorio avanzó un poco más
y mantenía la cabeza pegada al suelo para, quizá, poder encontrar sus miradas. ¿Es
que era ya una bestia a la que le emocionaba la música?
Le parecía como si se le mostrase el camino hacia el desconocido y anhelado
alimento. Estaba decidido a acercarse hasta la hermana, tirarle de la falda y darle así
a entender que ella podía entrar con su violín en su habitación porque nadie podía
recompensar su música como él quería hacerlo. No quería dejarla salir nunca de su
habitación, al menos mientras él viviese; su horrible forma le sería útil por primera
vez; quería estar a la vez en todas las puertas de su habitación y tirarse a los que le
atacasen; pero la hermana no debía quedarse con él por la fuerza, sino por su propia
voluntad; debería sentarse junto a él sobre el canapé, inclinar el oído hacía él, y él
deseaba confiarle que había tenido la firme intención de enviarla al conservatorio y
que si la desgracia no se hubiese cruzado en su camino la Navidad pasada, –
probablemente la Navidad ya había pasado– se lo hubiese dicho a todos sin
preocuparse de réplica alguna. Después de esta confesión, la hermana estallaría en
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lágrimas de emoción y Gregorio se levantaría hasta su hombro y le daría un beso en
el cuello, que, desde que iba a la tienda, llevaba siempre al aire sin cintas ni adornos.
– ¡Señor Samsa! –gritó el señor de en medio al padre y señaló, sin decir una palabra
más, con el índice hacia Gregorio, que avanzaba lentamente–
El violín enmudeció. En un principio el huésped de en medio sonrió a sus amigos
moviendo la cabeza y, a continuación, miró hacia Gregorio. El padre, en lugar de
echar a Gregorio, consideró más necesario, ante todo, tranquilizar a los huéspedes, a
pesar de que ellos no estaban nerviosos en absoluto y Gregorio parecía distraerles
más que el violín. Se precipitó hacia ellos e intentó, con los brazos abiertos,
empujarles a su habitación y, al mismo tiempo, evitar con su cuerpo que pudiesen ver
a Gregorio. Ciertamente se enfadaron un poco, no se sabía ya si por el
comportamiento del padre, o porque ahora se empezaban a dar cuenta de que, sin
saberlo, habían tenido un vecino como Gregorio. Exigían al padre explicaciones,
levantaban los brazos, se tiraban intranquilos de la barba y, muy lentamente,
retrocedían hacia su habitación.
Entre tanto, la hermana había superado el desconcierto en que había caído después
de interrumpir su música de una forma tan repentina, había reaccionado de pronto,
después de que durante unos momentos había sostenido en las manos caídas con
indolencia el violín y el arco, y había seguido mirando la partitura como si todavía
tocase, había colocado el instrumento en el regazo de la madre, que todavía seguía
sentada en su silla con dificultades para respirar y agitando violentamente los
pulmones, y había corrido hacia la habitación de al lado, a la que los huéspedes se
acercaban cada vez más deprisa ante la insistencia del padre. Se veía cómo, gracias a
las diestras manos de la hermana, las mantas y almohadas de las camas volaban
hacia lo alto y se ordenaban. Antes de que los señores hubiesen llegado a la
habitación, había terminado de hacer las camas y se había escabullido hacia fuera.
El padre parecía estar hasta tal punto dominado por su obstinación, que olvidó todo
el respeto que, ciertamente, debía a sus huéspedes. Sólo les empujaba y les empujaba
hasta que, ante la puerta de la habitación, el señor de en medio dio una patada
atronadora contra el suelo y así detuvo al padre.
– Participo a ustedes –dijo, levantando la mano y buscando con sus miradas también
a la madre y a la hermana– que, teniendo en cuenta las repugnantes circunstancias
que reinan en esta casa y en esta familia, –en este punto escupió decididamente sobre
el suelo– en este preciso instante dejo la habitación. Por los días que he vívido aquí
no pagaré, naturalmente, lo más mínimo: por el contrario, me pensaré si no procedo
contra ustedes con algunas reclamaciones muy fáciles, créanme, de justificar.
Calló y miró hacia delante como si esperase algo. En efecto, sus dos amigos
intervinieron inmediatamente con las siguientes palabras:
– También nosotros dejamos en este momento la habitación.
A continuación agarró el picaporte y cerró la puerta de un portazo. El padre se
tambaleaba tanteando con las manos en dirección a su silla y se dejó caer en ella.
Parecía como si se preparase para su acostumbrada siestecita nocturna, pero la
profunda inclinación de su cabeza, abatida como si nada la sostuviese, mostraba que
de ninguna manera dormía. Gregorio yacía todo el tiempo en silencio en el mismo
sitio en que le habían descubierto los huéspedes. La decepción por el fracaso de sus
planes, pero quizá también la debilidad causada por el hambre que pasaba, le
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impedían moverse. Temía con cierto fundamento que dentro de unos momentos se
desencadenase sobre él una tormenta general, y esperaba. Ni siquiera se sobresaltó
con el ruido del violín que, por entre los temblorosos dedos de la madre, se cayó de su
regazo y produjo un sonido retumbante.
– Queridos padres, –dijo la hermana y, como introducción, dio un golpe sobre la
mesa– esto no puede seguir así. Si ustedes no se dan cuenta, yo sí me doy. No quiero,
ante esta bestia, pronunciar el nombre de mi hermano, y por eso solamente digo:
tenemos que intentar quitárnoslo de encima. Hemos hecho todo lo humanamente
posible por cuidarlo y aceptarlo; creo que nadie puede hacernos el menor reproche.
– Tienes razón una y mil veces. –dijo el padre para sus adentros– La madre, que aún
no tenía aire suficiente, comenzó a toser sordamente sobre la mano que tenía ante la
boca, con una expresión de enajenación en los ojos.
La hermana corrió hacia la madre y le sujetó la frente. El padre parecía estar
enfrascado en determinados pensamientos; gracias a las palabras de la hermana, se
había sentado más derecho, jugueteaba con su gorra por entre los platos, que desde la
cena de los huéspedes seguían en la mesa, y miraba de vez en cuando a Gregorio, que
permanecía en silencio.
– Tenemos que intentar quitárnoslo de encima. –dijo entonces la hermana,
dirigiéndose sólo al padre, porque la madre, con su tos, no oía nada– Los va a matar
a los dos, ya lo veo venir. Cuando hay que trabajar tan duramente como lo hacemos
nosotros no se puede, además, soportar en casa este tormento sin fin. Yo tampoco
puedo más. –y rompió a llorar de una forma tan violenta, que sus lágrimas caían
sobre el rostro de la madre, la cual las secaba mecánicamente con las manos–
– Pero hija. –dijo el padre compasivo y con sorprendente comprensión– ¡Qué
podemos hacer!
Pero la hermana sólo se encogió de hombros como signo de la perplejidad que,
mientras lloraba, se había apoderado de ella, en contraste con su seguridad anterior.
– Sí él nos entendiese… –dijo el padre en tono medio interrogante–
La hermana, en su llanto, movió violentamente la mano como señal de que no se
podía ni pensar en ello.
– Sí él nos entendiese… –repitió el padre, y cerrando los ojos hizo suya la convicción
de la hermana acerca de la imposibilidad de ello– entonces sería posible llegar a un
acuerdo con él, pero así…
– Tiene que irse, –exclamó la hermana– es la única posibilidad, padre. Sólo tienes
que desechar la idea de que se trata de Gregorio. El haberlo creído durante tanto
tiempo ha sido nuestra auténtica desgracia, pero ¿cómo es posible que sea Gregorio?
Si fuese Gregorio hubiese comprendido hace tiempo que una convivencia entre
personas y semejante animal no es posible, y se hubiese marchado por su propia
voluntad: ya no tendríamos un hermano, pero podríamos continuar viviendo y
conservaríamos su recuerdo con honor. Pero esta bestia nos persigue, echa a los
huéspedes, quiere, evidentemente, adueñarse de toda la casa y dejar que pasemos la
noche en la calle. ¡Mira, padre, –gritó de repente– ya empieza otra vez!
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Y con un miedo completamente incomprensible para Gregorio, la hermana abandonó
incluso a la madre, se arrojó literalmente de su silla, como si prefiriese sacrificar a la
madre antes de permanece cerca de Gregorio, y se precipitó detrás del padre que,
principalmente irritado por su comportamiento, se puso también en pie y levantó los
brazos a media altura por delante de la hermana para protegerla.
Pero Gregorio no pretendía, ni por lo más remoto, asustar a nadie, ni mucho menos a
la hermana. Solamente había empezado a darse la vuelta para volver a su habitación
y esto llamaba la atención, ya que, como consecuencia de su estado enfermizo, para
dar tan difíciles vueltas tenía que ayudarse con la cabeza, que levantaba una y otra
vez y que golpeaba contra el suelo. Se detuvo y miró a su alrededor; su buena
intención pareció ser entendida; sólo había sido un susto momentáneo, ahora todos lo
miraban tristes y en silencio. La madre yacía en su silla con las piernas extendidas y
apretadas una contra otra, los ojos casi se le cerraban de puro agotamiento. El padre
y la hermana estaban sentados uno junto a otro, y la hermana había colocado su
brazo alrededor del cuello del padre.
«Quizá pueda darme la vuelta ahora», pensó Gregorio, y empezó de nuevo su
actividad. No podía contener los resuellos por el esfuerzo y de vez en cuando tenía
que descansar. Por lo demás, nadie le apremiaba, se le dejaba hacer lo que quisiera.
Cuando hubo dado la vuelta del todo comenzó enseguida a retroceder todo recto… Se
asombró de la gran distancia que le separaba de su habitación y no comprendía
cómo, con su debilidad, hacía un momento había recorrido el mismo camino sin
notarlo. Concentrándose constantemente en avanzar con rapidez, apenas se dio
cuenta de que ni una palabra, ni una exclamación de su familia le molestaba.
Cuando ya estaba en la puerta volvió la cabeza, no por completo, porque notaba que
el cuello se le ponía rígido, pero sí vio aún que tras de él nada había cambiado, sólo
la hermana se había levantado. Su última mirada acarició a la madre que, por fin, se
había quedado profundamente dormida. Apenas entró en su habitación se cerró la
puerta y echaron la llave.
Gregorio se asustó tanto del repentino ruido producido detrás de él, que las patitas se
le doblaron. Era la hermana quien se había apresurado tanto. Había permanecido en
pie allí y había esperado, con ligereza había saltado hacia delante, Gregorio ni
siquiera la había oído venir, y gritó un «¡Por fin!» a los padres mientras echaba la
llave.
«¿Y ahora?», se preguntó Gregorio, y miró a su alrededor en la oscuridad.
Pronto descubrió que ya no se podía mover. No se extrañó por ello, más bien le
parecía antinatural que, hasta ahora, hubiera podido moverse con estas patitas. Por
lo demás, se sentía relativamente a gusto. Bien es verdad que le dolía todo el cuerpo,
pero le parecía como si los dolores se hiciesen más y más débiles y, al final,
desapareciesen por completo. Apenas sentía ya la manzana podrida de su espalda y la
infección que producía a su alrededor, cubiertas ambas por un suave polvo. Pensaba
en su familia con cariño y emoción, su opinión de que tenía que desaparecer era, si
cabe, aún más decidida que la de su hermana. En este estado de apacible y letárgica
meditación permaneció hasta que el reloj de la torre dio las tres de la madrugada.
Vivió todavía el comienzo del amanecer detrás de los cristales. A continuación, contra
su voluntad, su cabeza se desplomó sobre el suelo y sus orificios nasales exhalaron el
último suspiro.
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Cuando, por la mañana temprano, llegó la asistenta –de pura fuerza y prisa daba
tales portazos que, aunque repetidas veces se le había pedido que procurase evitarlo,
desde el momento de su llegada era ya imposible concebir el sueño en toda la casa–
en su acostumbrada y breve visita a Gregorio nada le llamó al principio la atención.
Pensaba que estaba allí tumbado tan inmóvil a propósito y se hacía el ofendido, le
creía capaz de tener todo el entendimiento posible. Como tenía por casualidad la
larga escoba en la mano, intentó con ella hacer cosquillas a Gregorio desde la puerta.
Al no conseguir nada con ello, se enfadó, y pinchó a Gregorio ligeramente, y sólo
cuando, sin que él opusiese resistencia, le había movido de su sitio, le prestó atención.
Cuando se dio cuenta de las verdaderas circunstancias abrió mucho los ojos, silbó
para sus adentros, pero no se entretuvo mucho tiempo, sino que abrió de par en par
las puertas del dormitorio y exclamó en voz alta hacia la oscuridad.
– ¡Fíjense, ha reventado, ahí está, ha reventado del todo!
El matrimonio Samsa estaba sentado en la cama e intentaba sobreponerse del susto
de la asistenta antes de llegar a comprender su aviso. Pero después, el señor y la
señora Samsa, cada uno por su lado, se bajaron rápidamente de la cama. El señor
Samsa se echó la colcha por los hombros, la señora Samsa apareció en camisón, así
entraron en la habitación de Gregorio. Entre tanto, también se había abierto la
puerta del cuarto de estar, en donde dormía Greta desde la llegada de los huéspedes;
estaba completamente vestida, como si no hubiese dormido, su rostro pálido parecía
probarlo.
– ¿Muerto? –dijo la señora Samsa, y levantó los ojos con gesto interrogante hacia la
asistenta a pesar de que ella misma podía comprobarlo e incluso podía darse cuenta
de ello sin necesidad de comprobarlo–
– Digo, ¡ya lo creo! –dijo la asistenta y, como prueba, empujó el cadáver de Gregorio
con la escoba un buen trecho hacia un lado; la señora Samsa hizo un movimiento
como si quisiera detener la escoba, pero no lo hizo–
– Bueno, –dijo el señor Samsa– ahora podemos dar gracias a Dios. –se santiguó y las
tres mujeres siguieron su ejemplo–
Greta, que no apartaba los ojos del cadáver, dijo:
– Miren qué flaco estaba, ya hacía mucho tiempo que no comía nada. Las comidas
salían tal como entraban.
Efectivamente, el cuerpo de Gregorio estaba completamente plano y seco, sólo se
daban realmente cuenta de ello ahora que ya no le levantaban sus patitas, y ninguna
otra cosa distraía la mirada.
– Greta, ven un momento a nuestra habitación –dijo la señora Samsa con una sonrisa
melancólica, y Greta fue al dormitorio detrás de los padres, no sin volver la mirada
hacia el cadáver– La asistenta cerró la puerta y abrió del todo la ventana. A pesar de
lo temprano de la mañana ya había una cierta tibieza mezclada con el aire fresco. Ya
era finales de marzo.
Los tres huéspedes salieron de su habitación y miraron asombrados a su alrededor en
busca de su desayuno; se habían olvidado de ellos:
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– ¿Dónde está el desayuno? –preguntó de mal humor el señor de en medio a la
asistenta, pero ésta se colocó el dedo en la boca e hizo a los señores, apresurada y
silenciosamente, señales con la mano para que fuesen a la habitación de Gregorio–
Así pues, fueron y permanecieron en pie, con las manos en los bolsillos de sus
chaquetas algo gastadas, alrededor del cadáver, en la habitación de Gregorio ya
totalmente iluminada.
Entonces se abrió la puerta del dormitorio y el señor Samsa apareció vestido con su
librea, de un brazo su mujer y del otro su hija. Todos estaban un poco llorosos; a
veces Greta apoyaba su rostro en el brazo del padre.
– Salgan ustedes de mi casa inmediatamente. –dijo el señor Samsa, y señaló la puerta
sin soltar a las mujeres–
– ¿Qué quiere usted decir? –dijo el señor de en medio algo aturdido, y sonrió con
cierta hipocresía– Los otros dos tenían las manos en la espalda y se las frotaban
constantemente una contra otra, como si esperasen con alegría una gran pelea que
tenía que resultarles favorable.
– Quiero decir exactamente lo que digo. –contestó el señor Samsa, dirigiéndose con
sus acompañantes hacia el huésped– Al principio éste se quedó allí en silencio y miró
hacia el suelo, como si las cosas se dispusiesen en un nuevo orden en su cabeza.
– Pues entonces nos vamos. –dijo después, y levantó los ojos hacia el señor Samsa
como si, en un repentino ataque de humildad, le pidiese incluso permiso para tomar
esta decisión–
El señor Samsa solamente asintió brevemente varias veces con los ojos muy abiertos.
A continuación el huésped se dirigió, en efecto, a grandes pasos hacia el vestíbulo;
sus dos amigos llevaban ya un rato escuchando con las manos completamente
tranquilas y ahora daban verdaderos brincos tras de él, como si tuviesen miedo de que
el señor Samsa entrase antes que ellos en el vestíbulo e impidiese el contacto con su
guía. Ya en el vestíbulo, los tres cogieron sus sombreros del perchero, sacaron sus
bastones de la bastonera, hicieron una reverencia en silencio y salieron de la casa.
Con una desconfianza completamente infundada, como se demostraría después, el
señor Samsa salió con las dos mujeres al rellano; apoyados sobre la barandilla veían
cómo los tres, lenta pero constantemente, bajaban la larga escalera, en cada piso
desaparecían tras un determinado recodo y volvían a aparecer a los pocos instantes.
Cuanto más abajo estaban tanto más interés perdía la familia Samsa por ellos, y
cuando un oficial carnicero, con la carga en la cabeza en una posición orgullosa, se
les acercó de frente y luego, cruzándose con ellos, siguió subiendo, el señor Samsa
abandonó la barandilla con las dos mujeres y todos regresaron aliviados a su casa.
Decidieron utilizar aquel día para descansar e ir de paseo; no solamente se habían
ganado esta pausa en el trabajo, sino que, incluso, la necesitaban a toda costa. Así
pues, se sentaron a la mesa y escribieron tres justificantes: el señor Samsa a su
dirección, la señora Samsa al señor que le daba trabajo, y Greta al dueño de la
tienda. Mientras escribían entró la asistenta para decir que ya se marchaba porque
había terminado su trabajo de por la mañana. Los tres que escribían solamente
asintieron al principio sin levantar la vista; cuando la asistenta no daba señales de
retirarse levantaron la vista enfadados.
– ¿Qué pasa? –preguntó el señor Samsa–
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La asistenta permanecía de pie junto a la puerta, como si quisiera participar a la
familia un gran éxito, pero que sólo lo haría cuando la interrogaran con todo detalle.
La pequeña pluma de avestruz colocada casi derecha sobre su sombrero, que, desde
que estaba a su servicio, incomodaba al señor Samsa, se balanceaba suavemente en
todas las herida de Gregorio, cuyos dolores soportó más de un mes, –la manzana
permaneció empotrada en la carne como recuerdo visible, ya que nadie se atrevía a
retirarla– pareció recordar, incluso al padre, que Gregorio, a pesar de su triste y
repugnante forma actual, era un miembro de la familia, a quien no podía tratarse
como a un enemigo, sino frente al cual el deber familiar era aguantarse la
repugnancia y resignarse, nada más que resignarse.
– ¿Qué es lo que quiere usted? –preguntó la señora Samsa que era, de todos, la que
más respetaba la asistenta–
– Bueno, –contestó la asistenta, y no podía seguir hablando de puro sonreír
amablemente– no tienen que preocuparse de cómo deshacerse de la cosa esa de al
lado. Ya está todo arreglado.
La señora Samsa y Greta se inclinaron de nuevo sobre sus cartas, como si quisieran
continuar escribiendo; el señor Samsa, que se dio cuenta de que la asistenta quería
empezar a contarlo todo con todo detalle, lo rechazó decididamente con la mano
extendida. Como no podía contar nada, recordó la gran prisa que tenía, gritó
visiblemente ofendida: «¡Adiós a todos!», se dio la vuelta con rabia y abandonó la
casa con un portazo tremendo.
– Esta noche la despido. –dijo el señor Samsa, pero no recibió una respuesta ni de su
mujer ni de su hija, porque la asistenta parecía haber turbado la tranquilidad apenas
recién conseguida– Se levantaron, fueron hacia la ventana y permanecieron allí
abrazadas. El señor Samsa se dio la vuelta en su silla hacia ellas y las observó en
silencio un momento, luego las llamó:
– Vamos, vengan. Olviden de una vez las cosas pasadas y tengan un poco de
consideración conmigo.
Las mujeres lo obedecieron enseguida, corrieron hacia él, lo acariciaron y
terminaron rápidamente sus cartas. Después, los tres abandonaron la casa juntos,
cosa que no habían hecho desde hacía meses, y se marcharon al campo, fuera de la
ciudad, en el tranvía. El vehículo en el que estaban sentados solos estaba totalmente
iluminado por el cálido sol. Recostados cómodamente en sus asientos, hablaron de las
perspectivas para el futuro y llegaron a la conclusión de que, vistas las cosas más de
cerca, no eran malas en absoluto, porque los tres trabajos, a este respecto todavía no
se habían preguntado realmente unos a otros, eran sumamente buenos y,
especialmente, muy prometedores para el futuro. Pero la gran mejoría inmediata de
la situación tenía que producirse, naturalmente, con más facilidad con un cambio de
casa; ahora querían cambiarse a una más pequeña y barata, pero mejor ubicada y,
sobre todo, más práctica que la actual, que había sido escogida por Gregorio.
Mientras hablaban así, al señor y a la señora Samsa se les ocurrió casi al mismo
tiempo, al ver a su hija cada vez más animada, que en los últimos tiempos, a pesar de
las calamidades que habían hecho palidecer sus mejillas, se había convertido en una
joven lozana y hermosa. Tornándose cada vez más silenciosos y entendiéndose casi
inconscientemente con las miradas, pensaban que ya llegaba el momento de buscarle
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un buen marido, y para ellos fue como una confirmación de sus nuevos sueños y
buenas intenciones cuando, al final de su viaje, fue la hija quien se levantó primero y
estiró su cuerpo joven.
K3 – Tratado como perro (k3)
Levanté mi cabeza al sentir pasos que se acercaban. Posiblemente me habría quedado
dormido o habría tenido un ligero desvanecimiento. Pero indudablemente ahora me
sentía bien y con la mente despejada. Estaba en una posición relativamente cómoda,
a pesar de sentir el frío de las baldosas que penetraba por mi barriga.
Los pasos se oían fuertes y claros. Se ve que no se tomaban precauciones para no ser
escuchados. Los pasos por momentos corrían y por momentos trotaban, por
momentos se detenían y quedaban silenciosos, por momentos se acercaban y por
momentos muy lejos se escuchaban. Y luego de unos instantes de gran expectación,
desde mi posición observé que cuatro piernitas entraban en la cocina, un par primero,
y otro casi enseguida. El segundo portaba soquetes blancos hasta casi la rodilla.
Como un relámpago un par de zapatos se dirigieron al placard, y el otro par a la
puerta que salía al jardín. A mí no me vieron pues estaba debajo de la mesa, y como
el volado del mantel era abundante, tendrían que levantarlo para poder descubrirme.
¡Pero mi suerte no iba a durar para siempre! Sin duda no había elegido un buen
lugar. El volado del mantel se levantó, y una transpirada carita de niño apareció
fugazmente, y luego desapareció detrás de los listones amarillos y blancos que con
graciosas ondulaciones volvían a su lugar.
Se oyó una voz de niña diciendo: «¿Ya buscaste debajo de la mesa?»
– Sí –respondió el niño– pero ahí sólo está Batuque.
Miré hacia el suelo, y mi corazón pegó un brinco. Debajo de mis ojos se veían las dos
manitos de un perro. «Pero no es posible. ¡Qué está pasando!» –pensé con
desesperación–
Moví mi cabeza a los lados, y pude reconocer el pelo largo y de varios colores de
Batuque, la mascota de la casa. Todo parecía indicar que estaba dentro del cuerpo de
ese perro, pero ello era imposible. ¡Debería tratarse de un sueño, de una pesadilla!
«Nunca supuse que el juego de las escondidas fuera tan peligroso. –dije para mis
adentos– Sé muy bien que mis hijos tienen una imaginación prodigiosa, pero nunca
sospeché que ellos tuvieran facultades tan poderosas como para transformar la
fantasía en realidad.»
De inmediato se me vino a la mente las palabras de la pequeña Marina, cuando cierto
día me dijo que mucho le gustaría que yo fuera un perro. Y al preguntarle porqué
quería eso, muy dulcemente me respondió que así no tendría que ir a la oficina, y
podría quedarme todo el día jugando con ella. ¡Que ternura la de esa niña! ¡Cómo
me conmovió! ¡Cómo cimbró mi corazón!
De súbito entró mi esposa preguntando en voz alta: «¿Dónde está papá?» Y los niños
respondieron: «Está escondido.»
– Papá, Julián, sal de tu escondite, pues de la oficina avisan que ya mandaron el
chofer a buscar los documentos para la reunión de mañana.
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Recordé de inmediato la importante reunión del lunes con los japoneses, y salí de mi
escondite saltando y brincando frente a mi mujer, como si quisiera decirle: «Aquí
estoy, aquí estoy.»
– Batuque, busca a papá, busca a Julián, tuque, tuque. –dijo mi esposa agachándose,
y sólo pude responderle con ladridos–
Pensando que así no avanzaría gran cosa, como un relámpago se me vino a la mente
que los documentos estaban en mi escritorio dentro de mi portafolio, y con velocidad
de saeta salí corriendo para allí. Al llegar encontré la puerta cerrada, y entonces
comencé a brincar y a brincar, pero pronto me di cuenta que no podría abrir esa
puerta. Con mis saltos llegaba sin dificultad al pomo, pero éste era redondo, así que
en mi actual estado nunca podría hacerlo. Entonces comencé a ladrar.
– Ah, parece que Batuque ya encontró a Julián. –escuché que decía mi esposa–
Niños, niños, vayan a ver, que seguro que el perrito ya lo encontró.
Mis hijos pronto estuvieron junto a mí. Yo les hice mi mejor sonrisa, mientras
jadeaba frente a la puerta cerrada, y mientras con gran energía movía mi colita.
Al abrirse la puerta fui quien entró primero, y de un ágil salto me subí a mi escritorio.
Con mi patita derecha traté de separar las carpetas que tapaban mi portafolio,
mientras claramente sentía mi colita que continuaba con sus frenéticos movimientos
de un lado a otro, sin duda fruto de la ansiedad. De repente, unas fuertes manos me
tomaron del cuerpo y me levantaron en vilo.
– No Batuque, no. –dijo mi hijo muy seriecito moviendo su dedo índice– Si te hubiera
visto papá sobre su escritorio, ahora te estaría dando una soberana paliza con un
diario.
Resignado, me dejé transportar mirando mi portafolio de reojo con cierto
conformismo.
Mi esposa ya estaba hablando al teléfono, diciendo que el esposo –o sea yo– había
salido por un momento, pero que no habría problema, que seguro vendría enseguida
y todo le sería entregado al chofer.
Bueno, ahora habría que esperar al coche de la oficina. Daniel me soltó, y me fui con
un trotecito indiferente hacia el escritorio, para no despertar sospechas. Pero no, no
tuve suerte, los niños habían cerrado bien esa puerta tal como se los había pedido
tantas y tantas veces. «¡Oh, si al menos esta vez hubieran desobedecido!» –me dije a
mi mismo con tristeza y angustia–
Me senté frente a la puerta cerrada de mi cuarto de trabajo esperando no sé bien qué.
Y allí me quedé, meditando, cavilando, rumiando mis ideas, pensando en mi nueva e
incómoda condición.
– Batuque, Batuque. –gritó mi esposa–
«¿Qué es lo que querría de mí? ¡Pero que digo! ¿Qué querrá con el perro?» –pensé–
Esto de estar preso en el cuerpo de un perrito indudablemente estaba trastocando mis
ideas. ¡Cuándo se acabará esta pesadilla! ¡Cuándo volverá todo a la normalidad! De
inmediato corrí junto a mi esposa, junto a mi ama, junto a mi esposa, pues en las
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actuales circunstancias no era cosa de disgustarla con desobediencias. Pero seguía
exprimiéndome el cerebro pensando en una idea fija: ¿Cómo diablos podría informar
a mi querida compañera que el perro era yo?
¿Cómo podría resolver este embrollo? ¿Cómo podría salirme de ésta? ¿Al menos
cómo podría avisar a mi familia lo que pasaba?
Mi esposa me hizo salir al patio… hizo salir al patio a la mascota de la casa, mientras
decía: «Busca busca, busca Batuque, busca a papá, busca a Julián.»
Me hice una carrerita en círculos por el patio, casi llegando a la puerta del garaje,
como para dar la impresión que acataba la orden, cuando de repente un
inconfundible y atrayente aroma me hizo cambiar mi trayectoria. Olfateando la
hierba y el aire seguí el rastro hasta llegar al alambrado que separaba nuestro solar
de la casa del vecino.
«Hum. ¡Qué delicioso aroma venía del terreno lindero! ¡Qué exquisita fragancia!
¡Qué perfume maravilloso! Seguro que lo había dejado la perrita que vivía al lado.»
Horrorizado por estas inclinaciones, retorné junto a mi esposa justo en el preciso
momento que sonaba el timbre de calle. Sin duda sería el chofer de la empresa en
búsqueda de los papeles, que con prontitud debían ser foliados y fotocopiados, para
que todo estuviera pronto para la reunión del lunes.
Troté junto a mi esposa, y estaba junto a ella cuando se abrió la puerta.
– Buenas tardes señora Delia, –dijo el chofer en tono amable– ¿está su esposo?
– No Humberto, seguro que aparecerá de un momento a otro. –respondió mi esposa–
Debería hacer algo en ese preciso instante, y como un rayo me disparé hacia mi
escritorio y comencé a ladrar frente a la puerta cerrada. De lejos escuché a mi esposa
que decía: «Niños, niños, vayan a ver si Batuque encontró a papá». Sin duda esa
podría ser mi gran oportunidad.
En breves instantes los niños aparecieron junto a mí, y diligentemente me abrieron la
puerta. ¡Justo lo que esperaba! Esta vez estaba decidido a que no me pillaran.
A velocidad de relámpago entré y salté sobre el escritorio, con la lógica consecuencia
que el portafolio y las carpetas cayeron al suelo. De inmediato con otro ágil
movimiento bajé al suelo, tomé el portafolio con mis dientes, y justo a tiempo logré
evadir a mis hijos que intentaban agarrarme. Hice una retirada estratégica hacia
detrás del escritorio, me escabullí por debajo del gran mueble, y salí victorioso por el
otro lado. Y con el camino ya despejado logré alcanzar el corredor, y con rapidez
corrí hacia la entrada principal. Al llegar, deposité el portafolio a los pies de mi
esposa, y junto a ella me quedé jadeando.
– Oh, el portafolio de mi esposo –murmuró mi esposa–
– Oh. –replicó el chofer, preguntando enseguida– ¿No será que los papeles que debo
llevarme están ahí? – No lo sé, fíjese usted. –respondió mi mujer ofreciendo el
portafolio al cortés y ceremonioso Humberto–
El hombre reconoció de inmediato que los importantes papeles efectivamente allí
estaban, pues al frente había una carta-borrador de mi puño y letra con precisas
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recomendaciones para mis asistentes. Y antes de cerrar el portafolio, con la vista y a
vuelo de pájaro, el hombre recorrió los folios que estaban convenientemente
engrampados en tres partes.
Con una leve inclinación de cabeza y con frases de cortesía, Humberto agradeció, se
disculpó por haber llegado en un mal momento, y partió.
Bueno, etapa cumplida, etapa felizmente culminada. Ahora debería pensar cómo es
que manejaba lo de la reunión con los japoneses.
Sin duda no podía dejar escapar esa importante oportunidad. La empresa necesitaba
nuevos negocios, y no siempre se tenía un contacto internacional en el que el interés
inicial había estado del otro lado. Pero antes tenía que informar a mi esposa sobre
toda la inusual situación. Sin ella de mi parte con certeza nada podría hacer.
Pensé, pensé, y finalmente decidí que primero debía convencer a Marina. Sin duda
ella era la más fantasiosa de la familia, y la que primero creería en mi historia.
Así que seguí a mi hija a todos lados, esperando mi oportunidad. La rutina pronto se
apoderó de mis hijos, aunque mi esposa tenía cara de preocupada, y de a ratos hacía
alguna llamada telefónica a un vecino, a la confitería de la esquina, al almacén de
mitad de cuadra, en fin, a los lugares del barrio a donde eventualmente yo hubiera
podido ir un domingo de tardecita.
Por suerte mi oportunidad pronto se presentó.
– ¿Por casualidad tomaste mi cartuchera con mis lápices de colores? –preguntó
Marina mirando a su hermano–
– Sí. –respondió Daniel con aire despreocupado– Creo que la dejé sobre mi cama.
A toda carrera me dirigí a la habitación de Daniel, y pronto volví al comedor donde
los dos hermanos trabajaban en sus tareas domiciliarias. Me paré de manos, me
apoyé en el borde de la silla, y en el regazo de Marina deposité la cartuchera.
– Oh, –dijo la niña– gracias Batuque.
– Esa es mi cartuchera. –dijo Daniel con inusitada y exagerada energía– Y ella no
contiene lápices de colores, sino cucharitas de lapiceras, gomas de borrar,
semicírculo, compás, tiralíneas…
No esperé más. Como flecha volví al dormitorio de mi hijo, y pronto descubrí otra
cartuchera pero no sobre la cama sino sobre una de las sillas. Seguro esa debía ser la
que precisaba Marina. La tomé, en un santiamén estuve junto a los niños, y repetí mi
acto anterior depositando esta otra cartuchera también en el regazo de mi hija.
– Gracias Batuque. –dijo la niña con una amplia sonrisa– Gracias Batuque. –repitió
dándome palmaditas en la cabeza– Ahora llévale esta cartuchera a Daniel. –dijo
poniendo el otro estuche al alcance de mi boca–
Y con asombro los niños observaron como Batuque, como yo, como Batuque,
dócilmente llevaba la cartuchera de una silla a la otra.
– ¡Oh! –exclamaron los niños a coro– Batuque entiende lo que se le pide. –dijo
Daniel– Batuque es muy obediente. –dijo Marina–
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Y allí comenzó el juego. Los niños dejaron de hacer sus deberes escolares, y
comenzaron a pedirme de todo, respondiendo yo con docilidad a todos los pedidos y
sin equivocarme… Las pantuflas de papá. –o sea mis propias pantuflas, que traje una
a una frunciendo mi nariz por el olorcito que de ellas emanaba– La pelotita de goma
que desde pequeñito usaba Batuque para jugar. El atizador de la estufa, el que debido
a su peso arrastré con alguna dificultad. La pequeña canasta de compras que Marina
siempre llevaba cuando ella nos acompañaba al supermercado. El baldecito de playa
y los moldecitos de colores. La mochila que Marina llevaba a la escuela, y que por
suerte para mí estaba a la vista y vacía. La almohadita que usaba Batuque para
dormir. Una a una fui depositando las cosas solicitadas en el suelo, e incluso traté de
formar una hilera con ellas, para así intentar dar idea que el perrito no se
comportaba como perrito.
En eso entró mi esposa, y al ver todo ese despliegue preguntó: «¿Qué es todo este
desorden? ¿Qué es lo que están haciendo?»
– Es que Batuque entiende nuestro idioma. –dijo Daniel con una gran risotada y con
boca de sapo–
– ¡Pero qué disparate estás diciendo! ¿Acaso eres un bobalicón? –replicó la madre,
replicó Delia, replicó mi esposa–
– Es verdad, es verdad. –acotó Marina–
– Es verdad, es verdad. –repitió Daniel– Ahora Batuque es muy inteligente y cumple
todas nuestras órdenes. Mira todo lo que a nuestro pedido nos ha traído. –argumentó
el niño señalando los objetos que estaban por el suelo formando una imperfecta y
larga hilera–
La madre aún desconfiada dijo a sus hijos en un tono burlón: «¿Bueno, si es verdad
lo que ustedes dicen y para convencerme, no se opondrán a que también yo le dé
órdenes a Batuque y le pida que traiga cosas?»
– Prueba. –dijeron desafiantes los niños– Pero no exageres pidiendo cosas difíciles.
Y vino una andanada de órdenes: «Batuque, siéntate. Ahora quiero verte echado, con
la barriga bien en el piso. Ahora ve al rincón entre el aparador y el espejo. Ahora ven
junto a mí y haz unas cuantas cabriolas. Ahora ladra dos veces. Ahora quédate un
ratito en silencio, sin jadear, y con la lengua dentro de tu boca.» Por cierto yo
cumplía todas estas indicaciones al pie de la letra.
– ¿Pero que está pasando aquí? ¿Qué le ha ocurrido al perrito? –inquirió mi esposa
con voz un tanto quebrada y emocionada, frente a la carita asombrada de nuestros
hijos que pensaban que Batuque solamente era capaz de traer lo que se le pedía–
– Mamá, mamá pregúntale a Batuque cuándo fue que aprendió nuestro idioma, y
como fue que lo logró. –solicitó el niño–
– Bueno, –sugirió la madre, Delia, mi esposa, un tanto cabizbaja y pensativa– no
seamos tan exigentes con Batuque. Vamos a plantearle preguntas que solamente
puedan contestarse con sí o con no. –y dirigiéndose a mí dijo enseguida– Atención
Batuque, ahora vienen preguntas que tú debes responder con ladridos, un ladrido
será sí y dos ladridos será no. ¿Entiendes bien lo que te voy a pedir? –y ladré una sola
vez, emocionado con la oportunidad que se me ofrecía en bandeja–
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Francamente estaba radiante con la manera como se estaban desarrollando los
acontecimientos. Y con la nueva metodología de preguntas y respuestas sugerida por
mi inteligente esposa, sin duda poco a poco se iría ella aproximando a lo que estaba
realmente ocurriendo, a lo que realmente le estaba sucediendo a Batuque y a mí. Al
menos eso pensaba. Al menos eso deseaba que pasara con todo mi corazón.
Y vino una andanada de preguntas, luego de la cual mi esposa se puso a reflexionar
en voz alta.
– Recapitulemos un poco. Te preguntamos si dos mas dos era igual a cinco y
respondiste que no. Entonces te preguntamos si dos más dos daban cuatro y
respondiste que sí. Te preguntamos si sabías donde estaba Julián y nos dijiste que sí,
te preguntamos si estaba fuera de la casa y dijiste que no, te preguntamos si estaba en
esta habitación y dijiste que sí, e inmediatamente en círculos te pusiste a perseguir tu
colita. ¿Acaso quieres decir que Julián está en tu colita? –inquirió mi esposa, y estuve
a punto de responder con un ladrido, pero me contuve porque en realidad Julián, o
sea yo, me encontraba en el cerebro del animal, me encontraba en la zona más noble
del perrito y no en su extremidad posterior; quise decir «caliente caliente», pero no
sabía cuántos ladridos debería hacer para que se comprendiera esa respuesta–
– Atención Batuque, piensa bien antes de responder. ¿Acaso Julián está atrapado
dentro de Batuque? –preguntó mi esposa con cierta lentitud, como si temiera
escuchar la respuesta–
No solamente respondí con un ladrido, sino que rematé mi contestación con unas
cuantas cabriolas, para así demostrar mi felicidad ante el resultado obtenido con las
preguntas y respuestas.
Oh, oh, oh. –mi familia estaba asombrada y aún un tanto incrédula con lo que
habían descubierto–
Bueno, haré esta historia un poco más corta, eliminando detalles que no son ni
importantes ni relevantes, para así no cansar a los lectores.
Mi inteligente esposa pronto empezó a preguntar por la reunión con los japoneses, y
entre ambos concebimos una estrategia que dadas las circunstancias era la más
adecuada. El lunes de mañana ella llamaría a la oficina diciendo que yo no me sentía
muy bien, y que estaba descansando, pero que prometía llegar una media hora antes
del inicio a la reunión con los japoneses. A esa hora mi esposa se presentaría en la
empresa junto con Batuque, digo junto conmigo, afirmando que dada mi condición
física, dada la condición física del esposo, a éste le era imposible asistir a la reunión,
pero que ya había puesto al tanto a su esposa, a Delia, de todos los entretelones del
negocio y de la estrategia a seguir. A la reunión por tanto en mi lugar asistiría Delia,
mi esposa, a quien legalmente pertenecía la mitad de la empresa pues ésta era un bien
ganancial. Y ella se excusaría frente a los japoneses expresando que por cábala
quería asistir a la reunión con el perrito, argumentando firmemente que el animalito
siempre le traía suerte. ¡Sin duda los japoneses pensarían que eso era un caprichito
de mujer, o una infrecuente costumbre occidental! Cuando mi esposa, cuando Delia,
debiera responder con un sí a una propuesta de los nipones, yo rozaría mi húmedo
hocico en su pierna derecha, y cuando la respuesta debiera ser no, haría lo mismo
pero sobre la pierna izquierda. Si no hiciera ninguna de estas dos cosas, mi
inteligente esposa, mi inteligente media naranja, la inteligente Delia, respondería con
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evasivas o con alguna expresión dubitativa o ambigua, o eventualmente respondería
afirmando que ese detalle sería definido a la brevedad posible en el correr de los
próximos días. Y listo. Esto era todo. Nuestra propuesta base estaba detallada en mis
papeles, y bien podría ser leída al inicio por mis asistentes. Dada nuestra presente
falencia sin duda la suerte un poquito estaba del lado de los japoneses, aunque por
nuestro lado seguro que tampoco haríamos un mal papel. Y en las circunstancias
actuales no podríamos desplegar una estrategia mejor que ésta.
A la mañana siguiente se escuchó a mi esposa dando órdenes en la casa. ¿Sería que
estaba practicando para mejor desempeñarse en la empresa, o sería que los humos se
le habrían subido a la cabeza?
– Llamen por teléfono a mi peluquera para que venga a casa a hacerme la tinta y a
peinarme. Llamen a la carnicería para que traigan dos kilos de lomo para que todos
en la casa hoy día podamos comer buena carne, incluido también Batuque. Que la
cocinera saque del placard mi traje de chaqueta, y si tiene alguna manchita o alguna
arruguita que se la saque de inmediato. Cambien el agua de Batuque, o mejor, su
bebedero lo cambian por un plato de sopa bien hondo, y allí le ponen agua mineral.
K4 – Comentarios breves sobre el escrito “Tratado como perro” (k4)
Este divertido cuento perfectamente podría ser interpretado como lo que aparenta ser,
una narración fabulada de una serie de amenas y graciosas situaciones, que
posiblemente provoquen las delicias en la gente menuda, y que tal vez puede que
incluso agrade a los adultos, arrancándoles algunas sonrisas de vez en cuando.
Por cierto, quedan abiertas las posibilidades de leer este escrito escudriñando entre
líneas lo que eventualmente el autor podría haber querido transmitir. Al ser este
cuento una narración fantástica con ciertas aristas sobrenaturales, esta posibilidad
ciertamente queda abierta y marcada. Y en este sentido, en vez de dar aquí una
versión más o menos oficial sobre esta posible intencionalidad subyacente, bien
podría ser más interesante y creativo dejar esta tarea a los eventuales lectores que se
interesen en ello.
Solamente para demostrar que en este caso una segunda lectura es posible,
señalemos que una interpretación alternativa podría consistir en pensar que el
problema que se plantea en “Tratado como perro”, es el de las personas que por edad
avanzada, o por haber sufrido un accidente, o por tener una minusvalía transitoria o
permanente, o por cualquier otra razón, son arbitrariamente desplazadas en forma
injusta y autoritaria y agraviante de sus funciones habituales, bajo el supuesto que ya
no sirven, bajo el supuesto que ya no son competentes, bajo el supuesto que tienen un
bajo rendimiento, bajo el supuesto que sus habilidades y que su conocimiento han
quedado obsoletos o retardados o en algún aspecto minimizados… Cuando en
realidad y bien por el contrario, muchas de estas personas conservan plenamente sus
facultades intelectuales y su experiencia, por lo que si las dejaran perfectamente
podrían ellas continuar desempeñando sus habituales tareas laborales, y esto
haciendo con eficiencia, con originalidad, con brillantez, con entusiasmo, incluso a
veces con dedicación intensa y extendida.
Interpretado así el intríngulis, interpretado así el conflicto, el mensaje que de este
escrito podría extraerse, es que el entorno más cercano de las personas en la
situación recién señalada y especialmente sus respectivas familias, bien podrían
constituirse en nexo entre ellos y la sociedad que injustamente les valora y les
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rechaza, para de una forma subterránea e indirecta, ayudar a estos individuos a
continuar una actividad creadora que por un lado les permita a ellos mismos sentirse
plenamente realizados, y que por otro lado permita a la propia sociedad continuar
recibiendo los beneficios y los aportes de quienes de ninguna manera son trastos
viejos e inservibles.
L1 – Cien años de soledad (l1)
Hasta aquí han sido unos cuantos los ejercicios planteados a los lectores, y varios de
ellos de una manera o de otra se relacionaron con escritores famosos y/o con obras
conocidas.
Como modelo o como inspiración aquí se propone tomar a “Cien años de soledad”,
novela del escritor colombiano Gabriel García Márquez.
Esta obra es por cierto muy extensa, así que particularmente se recomienda centrarse
en el primer párrafo de este escrito, el cual es relativamente extenso dada la especial
forma de puntuación empleada allí por el citado pensador y periodista colombiano.
Este detalle en la presentación de un escrito no tiene nada de excepcional, ya que esta
técnica de puntuación también es usada por muchos otros escritores y ensayistas.
Aparte de lo indicado, ninguna otra restricción es impuesta. Aunque evidentemente lo
que todo escritor siempre debe recordar, es que el secreto para poder lograr un buen
escrito, es hacer sólo aquello con lo que uno disfruta, es hacer sólo aquello con lo que
al releerlo uno se sienta satisfecho y realizado.
L2 – Cien años de felicidad (l2)
Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano
Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el
hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava,
construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho
de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan
reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que
señalarlas con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos
desarrapados plantaba una carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos
y timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano
corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de
Melquíades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la
octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa
arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos,
las pailas, las tenazas, y los anafes, se caían de su sitio, y las maderas crujían por la
desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desclavarse, y aún los objetos
perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se los había buscado, y
se arrastraban en desbandada detrás de los fierros mágicos de Melquíades. «Las
cosas tienen vida propia, –pregonaba el gitano con áspero acento– todo es cuestión de
despertarles el ánima». José Arcadio Buendía, cuya desaforada imaginación iba
siempre más lejos que el ingenio de la naturaleza, y aún más allá del milagro y la
magia, pensó que era posible servirse de aquella invención inútil para desentrañar el
oro de la tierra. Melquíades, que era un hombre honrado, le previno: «Para eso no
sirve». Pero José Arcadio Buendía no creía en aquel tiempo en la honradez de los
gitanos, así que cambió su mulo y una partida de chivos por los dos lingotes
imantados. Úrsula Iguarán, su mujer, que contaba con aquellos animales para
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ensanchar el desmedrado patrimonio doméstico, no consiguió disuadirlo. «Muy
pronto ha de sobrarnos oro para empedrar la casa», replicó su marido. Durante
varios meses se empeñó en demostrar el acierto de sus conjeturas. Exploró palmo a
palmo la región, inclusive el fondo del río, arrastrando los dos lingotes de hierro y
recitando en voz alta el conjuro de Melquíades. Lo único que logró desenterrar fue
una armadura del siglo XV con todas sus partes soldadas por un cascote de óxido,
cuyo interior tenía la resonancia hueca de un enorme calabazo lleno de piedras.
Cuando José Arcadio Buendía y los cuatro hombres de su expedición lograron
desarticular la armadura, encontraron dentro un esqueleto calcificado que llevaba
colgado en el cuello un relicario de cobre con un rizo de mujer.
– Bueno, ya está, se terminó, y ahora a dormir.
– Otra vez más, otra vez más. –gritaron los niños a coro–
– ¿Otra vez más? –dije con voz ronca– Pero si hoy les conté este pasaje ya cuatro
veces, aparte de las contadas que les vengo haciendo desde hace varias noches.
– Además el abuelo está cansado y con ganas de dormir, y ustedes también tienen que
dormir. ¡Ya casi son las nueve y media de la noche! Es demasiado tarde.
– Es que no tenemos sueño. –dijo Martín–
– Es que este cuentito me gusta mucho. –dijo Seba–
– ¿Qué es un rizo? –preguntó Martín–
– Un rizo es un mechón de pelos, es un montón de pelos, un montón de cabellos, que
salieron de la cabeza de alguien, en este caso de la cabeza de una mujer.
– ¿Y quien fue que se los dio al esqueleto? –inquirió Martín con cierta extrañeza y
desconfianza–
– Bueno, con lo que se dice aquí no se sabe. Y para saberlo habría que leer todo el
escrito, el que es muy largo, y el que no tengo aquí. Lo leído es el comienzo de una
novela.
– ¿Y quién se robó lo que falta? –preguntó Seba muy asombrado y preocupado–
– Lo que falta del escrito no se lo robó nadie. A mí en el taller literario solamente me
dieron esta parte, pues con ella debo hacer un trabajito.
– Cuando sea grandote grandote, también voy a buscar oro –afirmó Seba–
– ¿Y para qué quieres tener oro? ¿Acaso deseas hacerte una medallita?
– Para tener mucho mucho dinero, así mamá no tendrá que trabajar tanto, y podrá
jugar un poquito más conmigo. –contestó el niño–
– Ah, ya veo, ya entiendo, el oro y el dinero se lo vas a dar a tu mamá.
El niño asintió con la cabeza.
– Bueno, eso está muy bien, quiere decir que quieres mucho a tu mamá, y que piensas
ayudarla en todo.
El niño continuó moviendo la cabeza de arriba a abajo.
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– ¿Y porqué el esqueleto se metió en el río? –preguntó Martín, quien se ve que aún
estaba pensando en la historia–
– Bueno, por lo que se dice en el escrito el señor con la armadura era un soldado, así
que probablemente lo mataron en una pelea y luego lo tiraron al río. O tal vez lo que
pasó fue que el señor se cayó accidentalmente al río y se ahogó. ¿Ustedes saben lo
que es una armadura?
Los niños no respondieron, pero sus ojos bien abiertos mostraban que seguían la
conversación con mucha atención. Así que continué con mis explicaciones.
– Una armadura es como un traje de metal, que los soldados se ponen para que en la
guerra sea más difícil herirles con espadas y con flechas. Incluso los hombres se
protegen la cabeza con un casco de metal. El inconveniente es que la armadura es
mucho más pesada que una camisa, un buzo, y un pantalón, y el casco es también
mucho más pesado que un sombrero, así que una persona con armadura y casco se
mueve torpemente, se mueve con dificultad.
Estaba sentado al borde de la cama, y a pesar de que los niños me seguían mirando
con los ojos bien abiertos, su silencio estaba indicando que había llegado el momento
de mi retirada.
– Bueno, –dije– la noche está demasiado conversada, y el abuelo está muy cansado.
Así que voy a apagar la luz y me voy a ir a dormir. Pero antes ustedes se van a
despedir con un beso.
Me incliné para recibir lo mío, y lo recibí. Apreté luego el botoncito de la veladora, y
salí de la habitación con una muy amplia sonrisa.
M1 – Escritos sobre acciones ilegales o delictivas (m1)
En mayor o menor grado, el estilo policial o de misterio o de suspenso es conocido
por todos, y ciertamente en este tipo de escritos, de una manera o de otra, siempre se
plantean acciones ilegales o delictivas. Este enfoque es pues uno de los que el lector
podría retener para llevar a buen puerto el ejercicio aquí planteado.
En esta sección, concretamente el escrito que se solicita concebir y generar, consiste
en orientarse a narrar los pensamientos y los preparativos de alguien que quiere o
que piensa cometer una acción ilegal o delictiva. Y el estilo literario que de
preferencia se solicita aplicar, es el de monólogo interior.
Quien realice este experimento tendrá libertad para enfocar el trabajo solicitado de la
forma que entienda más conveniente, en lo que se refiere y respecta a otros detalles
aquí no explicitados.
Por ejemplo, el personaje que se seleccione concretamente puede ser una persona que
recién salió de la cárcel después de cumplir su condena, y que planea un nuevo delito
porque no consigue un empleo, porque no consigue ganarse la vida en forma
honrada, y porque además necesita dinero en forma muy urgente.
También podría seleccionarse un personaje que por alguna razón concibe la idea de
cometer su primer acto delictivo o ilegal, y en este caso una orientación posible podría
ser la de centrar la atención sobre los cuestionamientos morales que se le plantean
por pensar en llevar adelante este proyecto.
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Claro, en caso de seleccionar esta particular orientación, la parte estrictamente
policial o de suspenso tal vez se minimizaría o incluso desaparecería, a favor de un
planteamiento de corte más bien ético, moral, espiritual, mucho más dirigido hacia
las relaciones humanas, hacia los sentimientos humanos, hacia los valores humanos.
También corresponde hacer notar que al encararse este escrito como un monólogo
interior, lo más probable es que al menos en el momento que se desarrolla la
reflexión, el sujeto se encuentre tranquilamente en algún lado y sin especiales
apremios, por lo que la parte estrictamente policial o de misterio probablemente sólo
podría plantearse a través de los recuerdos del protagonista o de la protagonista.
Y antes de dejar tranquilo al lector para que desarrolle este ejercicio, una última
observación referida a la selección del personaje o de los personajes. Según sea el
giro que se quiera dar a la historia, serán los personajes que deban incluirse en la
misma.
Por cierto, suele ser más sencillo vestir a un personaje con las características de
alguien conocido, aunque debamos cambiarle algunas cosas, por ejemplo la edad, por
ejemplo la nacionalidad, por ejemplo la profesión. ¿Y por qué decimos esto?
Un personaje creíble, un personaje que no sea acartonado o forzado, se distingue en
los detalles, se distingue en las pequeñeces, en sus gustos, en la forma de expresarse,
en sus objetivos de vida, en la forma de razonar. Y claro, si conocemos a alguien que
se aproxime a lo que necesitamos pues mucho mejor, pues podemos tomarlo como
modelo y reproducir los pequeños detalles que rodean la vida de esa persona.
Por cierto, nuestras experiencias de vida son limitadas, y no siempre conocemos a
alguien que se nos acomode a las circunstancias de una historia. Por ejemplo, si
estamos muy lejos del mundo carcelario, y si ni siquiera conocemos a por lo menos
un excarcelado, tal vez al escribir una historia de hampones y de ladrones no
podamos impedir que estos reprochables personajes se expresen como universitarios y
tengan modales demasiado formales y gentiles.
Una cosa que puede recomendarse a los escritores, es que vayan puliendo poco a
poco a sus personajes de ficción, pensando en ellos, jugando con ellos, escribiendo
diferentes narrativas que los incluyan, para así enfrentar a los mismos personajes a
diferentes situaciones, y para así en la ficción convivir con ellos en diversas y
variadas maneras. Incluso hasta podríamos escribir la biografía de los personajes que
pensemos utilizar en nuestras novelas y en nuestros cuentos, como un acto
preparatorio o un acto paralelo a la propia concreción de nuestros escritos literarios.
En resumen, lo que recomendamos a los escritores es que no se olviden de los
personajes de una obra cuando la damos por concluida. En el futuro siempre
podremos incluir algunos de estos personajes en otra obra, aunque sea en un rol de
menor importancia, aunque sea en un rol secundario.
M2 – Tiemblan las raíces de los árboles (m2)
Problemas adentro y problemas afuera, Conflictos antes y conflictos también ahora,
Remordimientos y cuestionamientos que surgían naturales por la juventud, pero que
también vuelven y vuelven en la madurez, ¿Es que no habrá un lugar y un momento
en el que se pueda vivir tranquilamente y en paz?
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En el convento en cierto sentido siempre me sentí un poco incómodo, incluso al
principio, Por cierto, no tenía mala opinión de los compañeros y menos de las
jerarquías, pero se me ocurría que en alguna medida, que en algún grado, casi todos
ellos eran un poco falsos, un poco acartonados, un poco hipócritas, Parecía como que
no siempre actuaban según lo que predicaban, como si su fe no siempre se
encontrara bien consolidada y bien orientada,
Durante muchas noches, antes de dormirme, meditaba en todo ello, meditaba en
círculos, meditaba en rectángulos, meditaba en rombos, Pero me decía: «Cálmate y
discúlpate„ serán ideas mías„ seguro me equivoco…»„ Y me refugiaba en Jesús y en
su prédica, Finalmente era lo que importaba, era lo que debía primar, era lo que
debía guiar mi camino,
Jesús de Judea, El gran transformador, El gran reformador, El gran revolucionario,
El que quiso quitarnos la venda de nuestros ojos, El que quiso señalarnos que mal
interpretábamos el Antiguo Testamento y la palabra de Dios,
Hay pasajes de la Biblia que me conmovieron, que me impactaron, que me
quemaron, que me cambiaron, A tal punto que algunos de ellos recuerdo de memoria,
palabra por palabra, y sin realizar el más mínimo esfuerzo,
< Números (31,1-3): Y JEHOVÁ habló a Moisés, diciendo: Haz la
< venganza de los hijos de Israel sobre los madianitas, después serás
< recogido a tus pueblos. Entonces Moisés habló al pueblo, diciendo:
< Armaos alguno de vosotros para la guerra, e irán contra Madián, y
< harán la venganza de Jehová en Madián.
Jesús nos señaló un Dios sereno y bondadoso, y no un Dios vengativo, La idea
subyacente en el mensaje cristiano, es que hay que estar en contra de los conflictos y
de las enemistades, y no en contra de los enemigos o supuestos enemigos,
«Amaos los unos a los otros,» –afirmaba y predicaba el Mesías, y actuaba según
predicaba– «Y quien desee ser primero deberá ser postrero y servir a los demás,»
Si incluso en el momento más difícil, en el momento de la crucifixión, no se le escapó
a Jesús ni una amenaza, ni un reproche, ni una intimidación, ni una injuria, Qué
ejemplo de amor, qué ejemplo de perdón, qué ejemplo de no violencia,
< Lucas (23,34): Y Jesús decía: Padre, perdónalos, perdónalos, porque no
< saben lo que hacen.
Pasado algún tiempo, de improviso se me cayó la venda, y con claridad percibí la
doble moral, la doble escala de valores, el metro patrón que a comodidad se alargaba
o se acortaba, Y eso no en cualquier lado, Nada menos que en la Casa de Dios, en el
Convento, en el patio y a la sombra de la Iglesia,
Ay, y también fui más conciente del ajetreo, Padre Mateo para aquí, Padre Mateo
para allá, Padre Mateo, favor termine pronto el desayuno que ya hay gente
esperándole en el confesionario, Ah, y no se olvide que mañana es sábado, y que debe
supervisar la feria americana, Esa feria es importante, Tenemos expectativas de
poder recaudar suficientes fondos para sin problemas financiar nuestra olla popular,
Y esta tarde sin falta al Banco República lleve el producido de las colectas, y lo
deposita en nuestra cuenta, Por orden, por seguridad, ese dinero no debe permanecer
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aquí durante el fin de semana, Es peligroso, No está bien, El Padre Mateo siempre
fue el comodín, siempre era el más dispuesto, siempre era a quien se recurría, y
cuando el profesor de primer año de la escuela sacerdotal fue internado en el Hogar
con la salud quebrantada, el Padre Mateo fue el profesor sustituto,
Me cansé de todo eso, Una primera vez quise colgar la sotana y Monseñor me
disuadió, Total, para qué cornos‼ Si ellos años más tarde discutían entre sí sobre la
conveniencia de excomulgarme, o por lo menos de trasladarme a una localidad
pequeñita y aislada, Y todo por el supuesto lío de Adrián, Ni siquiera se molestaron
en averiguar bien lo que había pasado‼ Y a Adrián, tal vez apenas conocían de vista,
o ni tanto,
Les facilité las cosas y anuncié que quería colgar la sotana, Y la dispensa tardó y
tardó y tardó, como si ahora también dudaran si eso era o no lo mejor, Pero qué más
querían‼ Si les servía en bandeja lo que ellos pensaban era lo más acertado‼
Pero ya está, etapa superada, Ahora he vuelto a la vida secular y me he integrado,
Pero aquí también hay peligros, hay dudas, hay conflictos, hay tentaciones que mi
vida en el convento había aletargado, Los años allí pasados, los años allí tal vez
perdidos y desperdiciados, Ay de mí, ¡Qué ciego he sido! Si tal vez hay quienes se
acercan a la Iglesia porque les acomoda, y no por fe, y no por vocación de servicio,
Ahora me libré de todo eso, ahora me libré de ese embrollo, pero aquí fuera, en las
calles, veo a algunas mujeres y mi corazón pega un brinco, Y fantaseo que quiero
arrojarme sobre ellas y arrastrarlas a la plaza, para escondernos detrás de los
arbustos y hacer lo que nos plazca,
Pero lo que más me preocupa es mi inclinación por Síbila, Extraño nombre de pila,
Seguro griego, No puede ser de otro origen, ¿Cómo habrán podido inscribir ese
nombre tan raro en el registro? Sin duda ella se me insinúa demasiado, Me trata con
demasiada amabilidad y simpatía, Cuando me ve en la pensión viene hacia mí con
una sonrisa y me da un cariñoso beso en la mejilla, Eso en sí mismo no está mal, Por
cierto no tiene nada de malo, Pero cómo se va a presentar ante mí, toda
despechugada, sin sostén, y con el primer botón de la blusa desprendido‼
¿Pero en qué planeta vive esta gurisa? Porque Síbila es muy joven, demasiado joven,
al menos para mí, Mi edad más que duplica a la de ella, ¡Pero es tan linda, tan
simpática, y tiene curvas tan atrayentes! Incluso hasta se me pasó la idea de pedirla
en matrimonio, Para hacer todo como corresponde, para ir por derecha, Pero no, esto
no puede ser, En nuestra comunidad que no es tan chica pero que tampoco es
demasiado grande, esto sin duda sería un escándalo, y por años daría para el
cuchicheo, Y en el convento, e incluso en la Catedral de Montevideo, los rumores
surgirían con fuerza: «Viste, Por algo yo decía que ese no era trigo limpio, Primero se
acercó a un tal Adrián, y ahora le atraen las menores de edad,»
Porque Síbila tiene solamente quince años, y recién cumplidos, Claro, es grandota y
muy desarrolladita, Sus curvas tal vez ya han alcanzado su máximo esplendor, Y
parece demasiado despabilada, tal vez demasiado, Tal vez ya lo hizo, Tal vez ya tiene
experiencia, Tal vez ya no es virgen, ¿Quién sabe? Hoy día eso es lo más probable, ¿Y
entonces, una vez más que diferencia puede establecer? Pero si además eso no sería
forzado, pues sin duda ella se me ofrece, Ay de mi, si lo hago, y se enteran, qué lío‼
Ya me veo esposado y llevado de un lado a otro por la policía, Porque es un delito que
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un mayor seduzca a una menor, ¿Delito o falta? No sé bien, pero qué importa, al
final la justicia la hace el griterío de la gente, Que disparate, En qué embrollo me he
metido, No me aguanto, Tengo que decidirme, O se lo propongo, o me voy para la
capital, huyendo una vez más,
Al fin un pestañeo, Se ve que el sueño ya va llegando, ¡Qué suerte! Así lo decido
mañana en la mañana, Así lo consulto con la almohada, como dicen muchos, como
dicen los que hacen literatura, No hay que tomar decisiones precipitadas, No hay que
tomar decisiones a la ligera,
¿Y si mejor lo decido ahora? Total la puerta de mi pieza está junto a la de ella, Y ella
tal vez tenga el sueño suave, y oiga mi llamado por más que el mismo sea discreto,
Golpearé a su puerta despacito, bien despacito, suficientemente alto para que ella
escuche, y suficientemente bajo para que otros no oigan, Y a esta hora seguro el
corredor está oscuro, silencioso, vacío, Y seguro que ella reconoce mi voz, aún medio
dormida, y aún con la puerta cerrada, Qué lío‼ Qué tensión‼ Tal vez incluso me dejó
la puerta sin llave, Podría ir a fijarme, Ya oigo los latidos de su delicioso corazón, y
veo el rítmico subir y bajar de sus pechos mientras respira, pero también oigo allá
lejos los insultos de la gente, ¿Qué hago? ¿Qué hago? ¿Será delito? ¿Será falta?
¿Será algo? ¿Será nada? ¿Trascenderá? ¿Se enterará la gente? ¿No se enterarán?
¿Alguien podrá darse cuenta? Qué lío¡! La mentira y la ocultación tienen patitas
cortas, pero a veces, pero a veces, pero algunas veces, no se destapan las cosas, no se
descubren los hechos, no se difunden con ese malicioso boca a boca de los pueblos,
M3 – El dilema (m3)
Justo ahora, justo esto tiene que ocurrir ahora, ¡Qué contrariedad! ¡Qué injusticia!
¿Y ahora qué hago? En otras circunstancias podría aceptarlo, pero hoy por hoy no,
Ernesto me dejó hace casi cinco semanas, ¡Qué disparate! ¡Cómo pasa el tiempo!
Dejarme después de convivir seis años‼ Todos en el barrio nos trataban como
matrimonio, Y no es para menos‼ Seis años es mucho tiempo, es demasiado tiempo,
Ernesto ya fue, Ernesto ya es historia, Ernesto siempre fue un poco loquillo, Irse
detrás de un esqueleto teñido, que probablemente ni siquiera le quiere‼ Eso no va a
durar, Pero a mí, eso finalmente que me importa‼ Tengo que sacarme a Ernesto de
la cabeza,
¿Y ahora qué hago? ¿Cómo organizaré mi vida de ahora en más?
Si las cosas se me ponen feas, siempre podría recurrir a Lorenzo, Oh, oh, tal vez
debería haberle dicho que sí a Lorenzo, pero no pude, pero aún no puedo, Soy
sincera, y no puedo mentir, Je suis comme ça, et je peux pas faire autrement, Siempre
pensé en Lorenzo como un amigo y no como un marido, Y cuando me propuso
matrimonio se lo dije con claridad, No puedo casarme contigo porque no te quiero,
Sin duda herí sus sentimientos, y a pesar de ello, me respondió que nunca se casaría
con otra, por las dudas que cambiara de opinión, pues si esto ocurría no quería tener
ningún impedimento, Cuando eso me dijo no le creí, Pero hasta hoy día ha
permanecido soltero, y a pesar que le veo regularmente nunca le conocí una pareja,
ni siquiera una amiguita o una noviecita informal,
¿Tal vez ha llegado el momento de decirle a Lorenzo que lo acepto? Sin duda le daría
una gran alegría, y seguro que me aceptaría, Aún así no puedo, Lorenzo es
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demasiado simplote, demasiado sencillo, y también un poco pasadito de peso, Y a mí
sólo me atraen los hombres delgados,
El año pasado tuve un gran trastorno financiero, y se me ocurrió recurrir a Lorenzo,
y por cierto él me prestó lo que necesitaba, Fue quien me ayudo, cuando en realidad
debería haber sido Ernesto, Pero no, Ernesto siempre fue y será un desordenado con
las finanzas, Claro, también yo me porté bien con Lorenzo, también yo cumplí con él,
pues poco a poco le fui devolviendo lo que le debía, pero cuando le hacía una entrega
Lorenzo siempre decía que no había apuro, y que si quería podía conservar ese dinero
unos días más, ¡Qué generosidad! ¡Qué buen corazón! Pero qué le voy a hacer, una
quiere tener en la cama a alguien que le guste, y no solamente a alguien que tenga
buenos sentimientos,
Pero no nos desviemos de tema, Qué hago ahora‼
A mi madre no puedo recurrir, eso está descartado, No puedo agregar leña al fuego,
No puedo darle razones que toda la vida me va a refregar por la nariz, Mamá es una
porfiada y una caprichosa, y siempre lo será,
Lorenzo seguro que me ayudará, Lorenzo seguro que me apoyará, Lorenzo es todo un
caballero, pero seguro que tampoco querrá desaprovechar esta oportunidad, Ya me lo
veo venir,
Sin duda es muy católico, así que sus primeras argumentaciones vendrán por ese
lado, Hasta casi me parece que le escucho, Dirá que no se puede tronchar una vida
así como así, También dirá que me comprende, por lo difícil que es criar a un hijo sin
ayuda de un padre, pero que todo se puede arreglar, Dirá que se ofrece, y no por
caridad, y no por compasión hacia la criatura, sino por amor hacia mí, y por amor
hacia todo lo que salga de mis entrañas,
Conozco a Lorenzo, y sé que va a responder más o menos así, Pero también estoy yo,
No puedo atar toda mi existencia junto a un hombre que no quiero, Eso está
descartado, Y madre soltera y sin pareja tampoco quiero ser, La decisión está tomada,
Hay un único camino, Veré si puedo conseguir una buena clínica, Seguro que
Lorenzo me adelanta el dinero, pero no puedo decirle para qué será, Se va a oponer,
Y con sus argumentos tal vez me haga cambiar de opinión, Lorenzo es muy simplote,
pero también muy insistente y muy persuasivo,
La decisión está pues tomada, Julieta es estudiante de medicina, y seguro que me
consigue la clínica, Y Lorenzo seguro que me adelanta el dinero, Y ya está,
N1 – Practicando distintos formatos narrativos (n1)
Las formas narrativas en prosa evidentemente son muy diversas y variadas. Y a pesar
de todos los ensayos realizados en los últimos tres milenios, y a pesar de los “ríos de
tinta” empleados en los últimos dos mil quinientos años, siempre surgen escritores
aquí o allá que se ingenian para crear escritos que en cuanto a la presentación y/o a
la estructura contienen innovaciones y novedades dignas de destaque.
De todas formas y al margen de considerar la extensión como un posible criterio
tipológico, como un posible criterio clasificatorio, es claro que pueden señalarse dos
grandes clases o grupos de narraciones en prosa: (1) las narraciones escénicas, y por
supuesto (2) las narraciones contadas o narraciones propiamente dichas.
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En los escritos del segundo grupo, lo fundamental es lo que expresa el autor o el
narrador imaginario, de quien podríamos decir es el actor principal o el elemento
central, y quien al expresarse va desarrollando la trama, va describiendo los
escenarios y los personajes, va explicando las situaciones, va señalando los conflictos,
va enumerando las situaciones y los hechos, va comentando los desenlaces, a veces
incluso va sugiriendo interpretaciones o conclusiones, etcétera, etcétera. En este
grupo de escritos por cierto también podrían señalarse distintos subgrupos, distintos
agrupamientos subalternos, entre los que se destacan: (a) epístolas, (b) biografías y
autobiografías, (c) ensayos, (d) trascripción y explicación de notas, (e) memorias
históricas escritas por los propios protagonistas que vivieron y sufrieron los hechos,
(f) mini y micro relatos, (g) novelas, (h) cuentos, (i) monólogos, (j) crónicas y
reportajes, (k) entrevistas, (l) historias anecdóticas, (m) presentaciones de tipo
discursivo-argumental, (n) parábolas y fábulas, (ñ) bitácoras de viajes, (o) bitácoras
de diario íntimo, (p) mitos y leyendas, (q) recopilaciones, (r) antologías.
En las narraciones escénicas, lo fundamental y lo más extenso son los diálogos, lo
fundamental es lo que dicen los distintos personajes, lo que se destaca son los dichos
de los personajes.
En las narraciones de este tipo, el narrador omnisciente y omnipresente por cierto
puede estar presente, pero es un elemento secundario y de acompañamiento, es un
elemento que sirve para hacer que la obra sea más amena, más llevadera, menos
dura, más clara, más fácil de comprender.
Así se da cierta mayor relevancia a los hechos puntuales que a la propia historia. Así
estos escritos se acercan más al habla. Así se pretende que el lector se imagine que él
es un espectador que observa a los personajes y que escucha el dialogado, tal y como
lo haría una persona que asiste a una función de teatro. Así estos escritos son más
fáciles de adaptar para cine, o para teatro, o para folletín de televisión.
El ejercicio que aquí se propone al lector es el de al menos desarrollar dos historias,
dos cuentos, uno de ellos en estilo típico de narración escénica, y el otro en estilo
típico de narración contada.
Ñ1 – Practicando narradores de ambos sexos (ñ1)
Por cierto nuestro sexo nos define en una larga serie de cuestiones. Por cierto nuestro
sexo nos condiciona en más de un aspecto.
La mujer tiende a largar el llanto cuando la ocasión lo amerita, y así mejor descarga
sus tensiones. La mujer con frecuencia exterioriza sus sentimientos y no los esconde.
La mujer suele tener una psicología bien diferente a la del hombre, y suele defender
puntos de vista que en líneas generales y en ciertos detalles suelen ser diferentes a los
defendidos por el hombre.
El hombre por el contrario generalmente es más reservado que la mujer, porque la
sociedad toda precisamente espera eso de él, y porque él es educado para que
precisamente reaccione de esta manera. El hombre suele reprimir el llanto cuando la
angustia anuda su garganta, y suele esconder sus sentimientos bajo apariencia de
indiferencia, despreocupación, fortaleza, serenidad, estabilidad, aplomo. El hombre
se suele sentir responsable de su familia, y con una actitud aparentemente firme y
decidida tiende a trasmitir tranquilidad a la familia toda.
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Ciertamente estas diferentes peculiaridades e idiosincrasias que venimos de poner de
relieve y que caracterizan a los dos sexos, sin duda también se reflejan en los
escritores y en los escritos. Evidentemente en los escritos de ficción por lo general hay
personajes de ambos sexos, pues en la realidad hay personas de ambos sexos y de
diferentes inclinaciones sexuales. Sin embargo, el sexo del narrador de la historia
con mucha frecuencia o bien es indefinido, o bien coincide con el sexo del escritor, y
esto es generalmente así pues precisamente el escritor se suele identificar con el
narrador. Por lo general la historia está teñida con los puntos de vista del narrador,
los que naturalmente suelen ser los puntos de vista del escritor en la mayoría de los
casos.
Lo que se propone al lector desde esta sección, es concretar una narración en primera
persona en la cual el personaje-narrador sea de un sexo distinto al del escritor. O sea
que si el escritor es hombre se pide que el escrito narre las peripecias de un personaje
femenino, y viceversa, si el escritor es mujer el personaje central debe ser hombre.
Como disparador de la historia, se solicita imaginar que el personaje central recibe
un anónimo más o menos redactado en los siguientes términos: «Sé bien que lo
hiciste, así que tenemos que hablar. Nos vemos en tal o cual lugar mañana viernes a
la hora tal o cual. No faltes. Y no te preocupes pues yo te reconoceré, así que seré yo
quien primero me acercaré a ti y me daré a conocer.»
Ñ2 – Un conficto que estalla viniendo de lejos (ñ2)
Ese jueves llegué a casa un poco más tarde de lo habitual. Al entrar en el condominio
hice mi acostumbrada visita a la “boîte aux lettres”. La factura del teléfono, una
carta de Canadá con la inconfundible letra de Antonio, y una carta cerrada y sin
destinatario que supuse era de la Administración. Nada fuera de lo habitual.
Al salir del ascensor en el piso cinco, de inmediato me saqué los zapatos. Ya no los
aguantaba, ya no los soportaba. El par que había comprado la semana pasada en una
barata sin duda era muy elegante y llamaba la atención, pero estaba destrozando mis
pobres y sufridos piecitos.
No bien abrí la puerta de mi apartamento, Sultán se echó sobre mí con sus
acostumbradas muestras de cariño y afecto. Ah, si al menos tuviera una mujer que
me hiciera la limpieza y que de vez en cuando sacara al perro de paseo. Pero no, por
el momento no me podía dar esos lujos, al menos mientras Antonio no regresara
definitivamente a Lima.
Rápidamente me cambié de abrigo, me puse un par de zapatos de tacones bajos que
me iban a la perfección, puse la correa a Sultán, y allá salimos al acostumbrado
paseo vespertino. Sultán tenía tanta energía que no se sabía bien si él me llevaba a
mí, o si yo le conducía a él.
Al final Sultán era un estorbo. Por su causa mis paseos estaban limitados, muy
limitados.
Hacía ya una eternidad por ejemplo que no iba al museo del oro, allí en el distrito de
Santiago de Surco. Mi última visita a ese lugar había sido hacía ya unos cuantos
años, y naturalmente acompañada de mi prometido Antonio.
También por culpa de Sultán, al mediodía debía regresar a comer a casa, en lugar de
ir con las compañeras y con los compañeros de trabajo a algún chifa. Ay, hace ya
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tanto que no saboreo un pato laqueado, como el que un día descubrí en San Isidro,
en el conocido chifa Lung Fung. La comida china cantonesa sin duda es una delicia,
y el mestizaje de sabores criollos y chinos de los chifas limeños con toda certeza
genera las más destacadas especialidades gastronómicas peruanas, especialmente en
lo que concierne a la comida agridulce.
Claro, al final ciertamente Sultán no tenía toda la culpa. Al menos algunas veces me
las podría arreglar para hacer al menos un simple paseo por el centro histórico de
Lima, o para ir algún fin de semana a un teatro o a un cine… La música peruana y
las danzas peruanas sin duda tienen una riqueza sin parangón. Influencia nativa.
También influencia africana y china. También influencia española. ¡Qué música!
¡Qué danzas! ¡Qué coloridos vestuarios! La diablada de Puno. La marinera norteña.
La Zamacueca. La influencia africana y china en Perú es muy llamativa, pues entre
los siglos XVII a XIX muchos esclavos llegaron a esas costas desde África, y en el
siglo XIX la inmigración china fue sumamente importante. A los chinos se los traía
con un contrato de trabajo que en realidad luego no se respetaba en la mayoría de los
casos, obligando a los inmigrantes a trabajar de una forma que mucho se parecía al
trabajo semiesclavo.
Habitualmente me encontraba tan cansada por el ajetreo de toda la semana, que no
tenía ánimo para arreglarme y salir. Además, está mal que una mujer salga sola,
especialmente por la noche y a algún espectáculo nocturno. Al menos en América
Latina está mal. Al menos en Perú está mal.
A raíz de estos pensamientos de inmediato comencé a añorar mi adorada estadía en
París. Ah, el Teatro Nacional Opéra-Comique. Ese teatro estaba situado frente a la
Place Boieldieu, y estaba bien cerca de la buhardilla donde vivía, octavo piso sin
ascensor. Allí con frecuencia se presentaban grupos de baile de Latinoamérica y de
África. Colombia, Egipto, Perú, Costa Rica, Senegal, Bolivia, Marruecos. ¡Oh, qué
inolvidables recuerdos! Mi estadía en Francia sin duda había sido maravillosa y de lo
mejor. Y en París fue donde conocí el amor, el verdadero amor…
Sultán sin duda es un estorbo, pero por lo menos no deja que me deprima y que me
sienta tan sola.
Las mujeres no deberían vivir solas porque necesitan alguien que las mime y que las
proteja. Debería haber una ley que obligara a los hombres a formalizar una familia
no bien ellos cumplieran la mayoría de edad. Y si luego de los veintidós o veintitrés
añitos un hombre continuara soltero, deberían imponerle una multa o algún tipo de
impuesto por ser tan desconsiderado…
Ya de regreso al apartamento, miré de reojo las cartas que resaltaban sobre la muy
oscura y lustrada tapa de la mesa del comedor, y me dirigí de inmediato a la cocina
diciendo: “Un momento Antonio, ya estoy contigo, me ocupo de la comida del perro y
en cinco minutos estoy contigo”.
Preparé el alimento de Sultán, y deposité el mismo en el piso de la terracita. Y luego
de cambiar el agua del bebedero, cerré la puerta de la terraza-lavadero. Quería estar
tranquila. Quería que Sultán no me distrajera.
Prendí la lámpara de la sala, me acomodé en el sillón, y di un suave y necesario
masaje a mis dolidos piecitos. Y luego de unos instantes de reposo y con los ojos
entornados, me puse en movimiento y abrí la carta de Antonio.
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Finalmente mi prometido no me decía nada nuevo, nada que yo no hubiera podido
imaginar. Había perdido el juicio de residencia tal como ya se sospechaba, y al menos
en teoría se vería forzado a salir del país a breve plazo.
Y por esto, porque no había logrado regularizar su situación en Canadá, tenía
muchas ganas de ingresar a EEUU en forma clandestina. Unos amigos suyos así
habían pasado sin problemas, y le habían dejado el contacto. Solamente debería
reunir el dinero para el viaje, y le llevarían hasta la frontera dejándole muy cerca de
un túnel ferroviario. Después el problema sería suyo. El túnel era bastante largo, y
únicamente debería tener mucha atención con los trenes que con frecuencia por allí
pasaban. Del otro lado del túnel y ya en territorio estadounidense, era fácil
escabullirse, era muy fácil escabullirse, especialmente de noche y con clima malo,
especialmente en primavera o en otoño, pues en invierno era imposible por allí pasar,
y en verano sin duda había demasiado movimiento y noches demasiado cortas.
Ya fuere en EEUU ya fuere en Canadá, sin duda a Antonio le sería muy pero muy
difícil levantar cabeza. O al menos eso le llevaría mucho muchísimo tiempo. Tengo
que resignarme, y admitir que ya lo he perdido. Claro, hace ya tres años que se fue a
probar suerte a Canadá y aún me escribe, y yo siempre le contesto. Pero esto no va a
durar para siempre. Lo intuyo. Lo siento bien claro, bien clarito, en el fondo de mi
alma. Tengo que resignarme. Debo resignarme. Por mi bien debo aceptar la realidad.
Puse la carta de Antonio en el sobre, y abrí la otra carta. Sin duda esperaba
encontrarme con una convocatoria a asamblea de copropietarios (la que debería
reexpedir al dueño), o con una aburrida circular relativa a la limpieza, o a la
necesidad de evitar hacer ruidos molestos. Pero no. El muy blanco papel-carta con
finas líneas azules, apenas tenía unas pocas líneas manuscritas, que expresaban lo
siguiente: «Te conozco. Sé bien quien eres. Sé bien que lo hiciste, así que tenemos
que hablar. Nos veremos mañana viernes a la hora 17 dentro de la Catedral que está
frente a la Plaza de Armas y junto al Palacio Arzobispal. No faltes, y sé puntual. Y no
te preocupes pues yo te reconoceré, así que seré yo quien primero me acercaré a ti
para darme a conocer.»
¡El sobre cerrado y en blanco contenía un anónimo, pues esas escuetas y
preocupantes líneas no tenían ningún tipo de firma!
Releí una y otra vez el mensaje hasta casi aprenderlo de memoria. ¡Qué disparate!
¡Quién habría podido escribirme algo así! ¿Estaría realmente dirigido a mí, o en
realidad sería una nota enviada a otro apartamento y colocada por error en mi
buzón?
Un escalofrío recorrió mi espalda. Esa nota me había estropeado la noche. Esa nota
había conseguido intranquilizarme. ¿Y qué es lo que haría? ¿Respondería a la cita, o
dejaría plantado al ignoto remitente de esta esquela?
De inmediato decidí que no iría, que no concurriría a esa extraña y enigmática cita.
No correspondía. La prudencia esto me indicaba. Ni siquiera siendo hombre y por
simple curiosidad respondería sumisamente a una convocatoria de este tipo, y siendo
mujer menos que menos. Ciertamente los anónimos eran totalmente improcedentes.
La decisión ya tomada me tranquilizó un poco. Pero aún así esa noche tuve mucha
dificultad para dormirme.
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A la mañana siguiente el despertador sonó a la hora habitual, pero dejé pasar su
llamado. Ya había decidido que ese día no concurriría al trabajo. Pediría el día libre
pretextando que tenía un fuerte dolor de cabeza, así que a eso de las nueve llamaría
al jefe para advertirle de este asunto. Y listo.
En realidad la cabeza no me dolía. Simplemente ese día parecía más sensato y sabio
no salir de la casa. Era por lo de la nota, era por lo del anónimo, que sin duda tenía
una redacción misteriosa e intimidante. Sin duda eso era lo mejor y lo más prudente.
No sabía bien si esa esquela estaba o no dirigida a mí, pero con certeza era más
razonable y seguro estar ya en la casa a la hora de la cita. En Perú no tenía a nadie
cercano a quien recurrir en caso de peligro. A esa hora pensaba encerrarme en mi
dormitorio a ver televisión y con la puerta bien cerrada. El resto de la casa sería para
Sultán. Si algo pasaba, el perro me defendería, o al menos causaría gran alboroto.
Mientras miraba las telenovelas y los documentales, me reía un poco de mi misma.
Estaba muy segura que nada malo había hecho en mi vida. Nadie podía estar
reprochándome algo o teniéndome manía. Sin duda no había cometido ningún ilícito.
En Perú mi residencia era absolutamente legal. Nadie en su sano juicio debería
preocuparse por mí, a tal punto de haberse tomado la molestia de enviarme un
anónimo, y a tal punto de querer causarme algún daño o darme algún disgusto.
Al apagar la televisión comencé a repasar mi vida en cámara rápida. El orfelinato en
Asunción. Mis empleos como doméstica en el Paraguay. Mi ingreso de pura suerte
como trabajadora en la casa particular del embajador francés en Paraguay. Luego mi
viaje a París junto al diplomático y a su familia. Los cinco años de gran lujo y de
poco trabajo pasados en la residencia de ese respetable grupo familiar. Luego mi
negativa a continuar sirviendo a la familia en Camboya, y por tanto mi decisión de
quedarme en Francia pues ya tenía la residencia legal en ese país.
Nadie nada podría reprocharme algo. Con nadie tenía deudas pendientes. Y no podía
haber ninguna autoridad migratoria ni ninguna gendarmería que por alguna razón
me buscara.
Ni siquiera Carlos José podía reprocharme algo. Muy por el contrario, en todo caso
era yo quien tenía cosas para reprocharle a él.
¡Oh, qué errores a veces se cometen en la vida! ¿Por qué le había entregado mi
corazón a ese argentino, así, sin precauciones y dándome por entero, cuando en
Asunción corrientemente se decía que había que desconfiar de los argentinos, y
especialmente de los argentinos-porteños?
Y yo, incauta, justamente vine a enredarme con un argentino-porteño allí en París,
ciudad muy cosmopolita en donde abundan las diferentes nacionalidades, y en donde
indudablemente los argentinos son minoría. París, ciudad encantadora, ciudad
maravillosa, megalópolis de más de catorce millones de personas, sin duda
generosamente me ofrecía miles de posibilidades. Pero no, bien podría decirse que fui
paciente e inconciente, y que esperé a ese argentino como si fuera mi tabla salvadora.
Oh, ¿por qué habré ido ese día a la “Maison de l’Amérique Latine” en el Boulevard
Saint-Germain? Porque fue allí que conocí a Carlos José.
Por cierto, tampoco puedo ser injusta con Carlos José. Los años que pasé junto a él
sin duda fueron maravillosos, emocionantes, diferentes, llenos de sentimientos hasta
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entonces desconocidos para mí. Sin duda ese argentino me hizo vibrar como nunca
antes nadie lo había hecho. Los años pasados junto a él fueron mis mejores años.
La cultura que ahora tengo en buena medida se la debo a él. Carlos José siempre se
inclinó por las artes y por la literatura y por la historia.
Junto a él visité museos y castillos casi hasta el hartazgo. Junto a él concurrí a
numerosos espectáculos teatrales. Junto a él descubrí la ópera de la mejor manera, a
través de una muy interesante y muy divertida representación heterodoxa que
combinaba una fresca historia policial con ensayos operísticos en un teatro. En esa
oportunidad disfruté trozos cortos de las mejores óperas italianas: “La traviata” de
Giuseppe Verdi, “El barbero de Sevilla” (“Il barbiere di Siviglia”), ópera bufa de
Giovacchino Rossini… Si hasta me acuerdo del nombre de esa obra poco ortodoxa
que disfruté en un teatro en los arrabales del norte de París: “Figaro cui, Figaro lá”.
También fue Carlos José quien me indujo a inscribirme en la “Fac de Vincennes”
(Paris VIII). Y gracias a él hoy día soy Licenciada en Civilización Hispánica de esa
prestigiosa universidad francesa.
Yo, que nunca conocí a mis padres. Yo, que fui criada en un oscuro orfelinato
paraguayo. Yo, que apenas completé tres años secundarios en Asunción. Yo, a pesar
de todas estas limitantes, hoy día puedo vanagloriarme de ser egresada universitaria,
y de dominar bastante bien tanto el español como el francés. Estoy orgullosa de mi
misma. «Je suis fière de ma vie, je suis très fière, je suis plein d´orgueil. Il y a une
belle fierté dans mes pensées.» Habiendo partido de tan bajo, sola y sin apoyo
familiar, evidentemente puede decirse que logré algo.
El famoso “mai soixante-huit” sin duda tuvo sus puntos positivos, pues ampliamente
abrió las puertas de dos centros universitarios en Nanterre y en Vincennes. Fue por
ello que sin dificultades pude inscribirme en la Universidad del Bois de Vincennes,
pues pude obtener una derogación respecto de la exigencia de tener aprobado el ciclo
secundario completo. Supuestamente por el simple paso de los años, cualquier
persona adquiere la madurez suficiente como para poder realizar estudios
universitarios, así que a los mayores de veintiséis o veintisiete años le dejaban
inscribirse en la Universidad Paris VIII con secundaria incompleta.
Está bien, tengo que reconocer que Carlos José me aportó muchas cosas positivas.
Pero luego me engañó. Pero luego me abandonó. Se fue a Buenos Aires diciendo que
debía atender ciertos asuntos familiares, pero que volvería en dos meses. Y luego
nada. Ni una carta, ni una mísera postal, ni un llamado telefónico. Disculpándolo,
como una tonta me fui a Bruselas a esperar su vuelo charter, pues por economía él
había comprado un billete aéreo en una línea belga, habiendo fijado fecha de ida y de
vuelta que eran inamovibles.
Con expectativa y con emoción contenida le esperé en la terminal aérea. ¡Qué tonta!
¡Qué ingenua! Pensé que vendría a pesar de su silencio.
Me abandonó como ni siquiera a un perro se abandona. ¡Qué disparate! Sus
confesiones de amor parecían sinceras.
Sin duda Carlos José tenía dotes de actor, pues me tenía convencida de su cariño.
Pero me engañó. Seguro que la idea de abandonarme siempre estuvo en sus planes.
Como todo en París me recordaba a él, decidí irme de esa ciudad y de Francia.
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¿Volver a Paraguay? Ni soñarlo. Mis recuerdos de la patria tampoco me eran gratos.
Gracias a mi nacionalidad francesa conseguí un contrato de trabajo en Perú, y aquí
me vine. Sin duda aquí pasaré el resto de mi existencia. Mis épocas cosmopolitas ya
pasaron. Mis épocas aventureras y emocionantes ya se terminaron.
El viernes finalmente pasó, y también el fin de semana, y nada extraño ocurrió. Así
que tiré el anónimo a la basura, y al lunes siguiente continué con mi vida normal,
como si nada. Mi trabajo. Las tareas de la casa. Mis paseos en el barrio con Sultán.
Mis lecturas tranquilas por las noches antes de dormirme.
El miércoles me acordé de Antonio, y me apresuré a escribirle.
Querido mío. Hace ya varios días que recibí tu carta. Perdona por mi retraso
en contestarte, pero he tenido unos días muy moviditos…
El siguiente fin de semana llegó, y el cambio de ritmo me permitió descansar
plenamente. Dormí como no había podido hacerlo en los siete días precedentes.
Recuperé fuerzas, y el lunes siguiente comencé la nueva semana con bríos renovados.
Esa tardecita, ese lunes, al entrar en el condominio y retirar mi correspondencia del
buzón, mi corazón pegó un brinco. Un sobre muy llamativo me esperaba. En él se
indicaba el nombre completo y el apellido que me había asignado el juez paraguayo:
Lucía Beatriz Umpiérrez. Lo curioso es que todo el mundo me conocía como Beatriz y
no como Lucía Beatriz, así que seguro que esas señas habían sido copiadas de algún
documento. Allí también se indicaba mi dirección limeña con toda precisión así como
mi actual número telefónico. ¡El envío había sido confiado a un correo privado, y el
sobre tenía un membrete con los datos de un estudio jurídico!
¿Qué será lo que contiene este sobre? –me pregunté con una mezcla de curiosidad e
intranquilidad– El suspenso y la ansiedad me hacían cosquillas en el estómago, pero
me contuve. De inmediato se me vino a la mente el asuntito del anónimo.
Después de atender a Sultán en paseo y comida, me enfrenté muy decidida al
enigmático sobre. Y la carta que allí encontré me dejó estupefacta.
< Por este medio se convoca a usted a concurrir a nuestras oficinas pasado
< mañana miércoles 12 del corriente a las 17 horas, por un tema que sin duda
< será de su máximo interés. Le rogamos encarecidamente que concurra.
< Como el tema por el cual la convocamos tiene algunas aristas delicadas,
< preferimos no adelantárselo en esta nota. Confíe en nosotros y venga.
< Somos un estudio jurídico-notarial serio, y de los más prestigiosos de Lima.
< Si le interesa, puede usted consultar nuestro sitio Web, donde se hace una
< presentación detallada de nuestra firma, de los profesionales que nos
< acompañan, y de nuestros principales clientes.
< Por cierto le reembolsaremos sus gastos de locomoción así como el eventual
< lucro cesante que usted pudiere tener por concurrir a nuestras oficinas en
< el día indicado. Además, si usted lo prefiere y para su mayor comodidad, le
< enviaremos una limusina para que la recoja en su domicilio o donde usted
< nos señale. Favor indicarnos telefónicamente si usted acepta este medio de
< transporte, para poder hacer los necesarios arreglos.
< Etcétera, etcétera, etcétera.
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Todo este asunto era raro, muy raro. ¿Para qué querría entrevistarme alguien de esa
oficina? ¿Y por qué estaban dispuestos a pagarme para que fuera?
Por un momento pensé en mis padres. ¡De niña había pedido tanto por ellos, tanto los
había necesitado! Pero de eso hacía ya demasiado tiempo, y no estaba muy segura de
querer conocerlos justo ahora. Sacudí la cabeza. Era mejor no pensar en nada.
Cualquier especulación de mi parte sería sin base, y por tanto lo más probable es que
fuera errada.
Decidí concurrir el miércoles a la cita. Por las dudas. Por curiosidad. Por si acaso
realmente fuera algo importante. Por cierto no pediría a la empresa que me vivieran a
buscar, pues bien podría tomar un taxi. Después de todo, mis finanzas aún me
permitían pagarme un corte de cabello y un taxi. Además, ellos habían prometido
reembolsarme los gastos, así que tal vez ni siquiera tendría que gastar de mi dinero.
Y así procedí. El miércoles pedí franco en mi trabajo (de sobra tenía licencias no
usufructuadas), me bañé, tuve una mañana bien tranquila, a las doce y treinta fui a
la peluquería del barrio, y listo. A la hora dieciséis ya estaba merodeando cerca de la
dirección de ese estudio jurídico. Era en el distrito de Miraflores, y el edificio era a
todo lujo, así que la cosa no parecía demasiado arriesgada.
Me metí en una confitería, y a las dieciséis y cuarenta y cinco ya estaba tocando el
timbre en la dirección que me habían dado. Sonó una chicharra y empujé la puerta.
De inmediato me atendió una recepcionista.
– ¿Qué se le ofrece? –preguntó con cortesía–
– Tengo una entrevista –dije– Mi nombre es Beatriz Umpiérrez, Lucía Beatriz
Umpiérrez.
– Ah, Señora Umpiérrez, la estábamos esperando. Por favor tome asiento en la salita
que el Doctor Carvajal enseguida la atiende. Perdón, ¿tal vez usted prefiera esperar
en el reservado en lugar de hacerlo en la sala de espera?
– No. –respondí un poco turbada– En la sala de espera está bien.
– ¿Desea la señora que se le sirva un café o una gaseosa?
– No. –respondí con rapidez– Me siento bien, y además hace poco tomé algo caliente
en una confitería de la zona.
Me ubiqué en la sala de espera justo frente a un par de personas que también
esperaban, un hombre y una mujer. No bien me vieron, empezaron a cuchichear
entre ellos con voz bien baja. Tomé una revista, pero mi atención estaba en ese
dialogado. Apenas pude percibir algo así como “se le parece bastante”. ¿Estarían
hablando de mí? Por un momento me sentí ligeramente intranquila.
A los pocos minutos se abrió la puerta y alguien dijo saliendo a la salita: “Por favor,
señoras, señores, pasen ustedes, el doctor Julio Carvajal les espera”. Al entrar la
puerta se cerró detrás de nosotros, y luego de los saludos y apretones de manos de
rigor, comenzó el dialogado.
De inmediato se me preguntó si conocía a Carlos José Rodríguez. Rápidamente
respondí que sí, que lo conocía, y a mi vez pregunté donde estaba, moviéndome
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nerviosamente en la silla. El señor Carvajal comenzó a responderme que en realidad
no sabían con certeza donde estaba en ese momento, pero el otro señor que se había
presentado como Isaac Beerman, le interrumpió diciéndome que se había alojado
casi un año en su domicilio particular, en la localidad de Liniers, en la Provincia de
Buenos Aires, localidad lindante con los Partidos de La Matanza y Tres de Febrero.
Este asunto prometía arrancarme el llanto, y con lágrimas en los ojos atiné a pedir
que se me contara lo sucedido, y preguntando si Carlos José había hablado de mí.
Isaac afirmó que sí, que Carlos José en varias oportunidades había hablado de mí, a
pesar de que naturalmente por su situación él era más bien reservado.
– ¡Por su situación! ¿De qué situación está hablando? –pregunté–
– Por la situación de su hermano, que era montonero. –me respondió Isaac con
mucha calma, preguntándome a su vez– ¿Usted no estaba enterada de este asunto?
Moví negativamente la cabeza, y luego de unos instantes de silencio logré balbucear
en voz baja: «No puede ser. Carlos José metido en política. ¡Pero si vivimos juntos un
poco más de seis años, y él sólo hablaba de historia y de literatura y de poesía, y
nunca de política! Además nunca me informó que tenía un hermano. A mí no me
importa la política y nunca me metí en política, y aparentemente en este aspecto
Carlos José era como yo. Tantas y tantas veces los amigos latinos nos invitaron a
manifestaciones y actos de protesta contra las dictaduras latinoamericanas, y por
cierto nosotros nunca participamos, nunca fuimos a ninguna de estas reuniones.»
– Bueno, –prosiguió Isaac con voz pausada, aún junto a su esposa que permanecía
callada y sin apariencia de querer interrumpirle– probablemente lo que usted dice
debe tener algo de cierto, porque por algo fue que estuvo preso un poco más de un
año y luego le soltaron.
– ¡Carlos José preso! –repetí en forma mecánica, como si quisiera asegurarme que
había entendido bien–
– Sí. –confirmó Isaac– Y cuando salió en libertad fue a buscarla a usted a Francia,
pero no logró ubicarla. Al menos eso fue lo que él nos contó.
Ya no daba más, sentí que todo el rostro se me contraía, y sobre mi piel percibí la
humedad de varias lágrimas mientras corrían por mis mejillas. Pero fui fuerte y logré
reprimir el llanto.
El doctor Carvajal que hasta ese momento había permanecido en silencio, me
preguntó: «Señora Umpiérrez, ¿desea usted tomar un café o alguna cosa? ¿O tal vez
prefiere un vaso de agua y una aspirina?»
– Estoy bien. –dije– Pero desearía pasar al baño para lavarme la cara y maquillarme
de nuevo. –y para salir del paso argumenté– No estoy acostumbrada a un ambiente
tan calefaccionado.
En el baño di rienda suelta al llanto. ¡Oh, Carlos José, Carlos José! ¡Cómo debes de
haber sufrido! ¡Cómo hemos sufrido ambos por culpa del destino! Mis pensamientos
iban y venían en torbellino. Me miré al espejo y me vi horrible.
Hacía esfuerzos pero no lograba recobrar la calma, y por ello volví al lugar de la
reunión al menos unos quince o veinte minutos más tarde. El señor y la señora
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Beerman estaban tomando café, y junto a mi silla habían ubicado una mesita chica
con café, gaseosa, agua, y un blister de aspirinas.
Nerviosamente ubiqué dos aspirinas en mi boca y las tragué con un poco de agua,
pidiendo a medias palabras que se me lo contara todo.
Al parecer Carlos José fue preso en averiguaciones no bien ingresó a la Argentina en
1979, y estuvo privado de libertad un poco más de un año. Luego salió, y en un plazo
tal vez relativamente breve volvió a Francia a buscarme. No tenemos una gran
certeza de la fecha exacta de su retorno a Francia, lo cierto es que no logró ubicarme.
Eso se explica. Me mudé a Grenoble a mediados de 1980 pues ya había abandonado
toda esperanza de que él volviera, y París me agobiaba. Y en 1981 partí para Perú con
mi contrato de trabajo recién otorgado.
A mediados de 1982 y ya de regreso a la Argentina, Carlos José se instaló como
huésped en la casa de la familia Beerman. Y una madrugada, en mayo de 1983, vino
a buscarlo la policía y se lo llevó. Y a partir de allí ya no se supo más de él, al menos
la familia Beerman no sabía nada más.
Lo que se me contaba era todo verosímil, pero el rompecabezas no estaba completo.
¿Por qué el señor y la señora Beerman se habían molestado en viajar de Argentina a
Perú a contarme todo esto? ¿Y sobre todo, cómo fue que se me localizó en Perú si no
me carteaba con nadie de Paraguay o de Francia? Así que esto pregunté.
El señor Beerman con voz firme dijo: «Fue el doctor Carvajal aquí presente quien me
llamó varias veces a Buenos Aires, y quien nos pidió a mi esposa y a mí que
viniéramos. Y este estudio jurídico es el que está sufragando todos nuestros gastos de
viaje y estadía.»
Volví mi vista hacia el enorme escritorio, y busqué los ojos del abogado que de
inmediato se puso a hablar.
– Créame señora Umpiérrez –dijo– que fue sumamente difícil ubicarla. Tengo
entendido que primero se intentó localizarla en Francia, y luego se hicieron intensas
pesquisas en España, Paraguay, y Argentina, todas con resultados negativos.
Agencias especializadas en búsquedas de personas se dedicaron a esto con muchísimo
esfuerzo y gran dedicación. Finalmente por un registro en Francia supimos de su
contrato de trabajo en Perú, y a partir de allí todo fue muy fácil.
– ¿Y quién se tomó tantas molestias para ubicarme, gastando probablemente mucho
dinero? –pregunté asombrada–
– Fue Jean-Pierre Bureau –respondió el abogado–
– ¿Y quién es ese señor –pregunté aún más desconcertada– No creo que lo conozca,
al menos no recuerdo ese nombre.
– Bueno. –dijo el abogado con voz firme pero hablando con mucha lentitud–
Tenemos muchos indicios que nos hacen suponer que es su hijo biológico.
El llanto y los sollozos me ahogaron, y todos en la habitación se acercaron a mí…
Me desperté sobresaltada, pues claramente escuché los rápidos y suaves golpecitos de
nudillos que se habían producido en la entrada, y de inmediato bajo la puerta
pasaron un sobre no muy grande, y con bastante impulso pues el mismo logró llegar
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casi hasta la mitad de la habitación contigua. Desde la cama podía ver ese sobre, así
como los sillones, el amplio barcito con espejo y luces indirectas aún encendidas, y el
piso oscuro y súper lustrado que brillaba.
El dormitorio comunicaba con ese espacioso ambiente a través de una enorme puerta
corrediza que estaba cerrada sólo a medias. Recorrí mi vista por el dormitorio, y vi las
seis puertas de placares, la mesita de maquillaje con espejo y de proporciones
exageradas que parecía destinada a una actriz de cine, y una puerta de dimensiones
normales que por lo que se veía daba a un baño. Un enorme cobertor de plumas
cubría mi cuerpo.
Me di un pellizco. El dolor me aseguró que no estaba soñando.
Corrí descalza y abrí el sobre.
< Señora Lucía Beatriz Umpiérrez:
< Siguiendo estrictamente sus instrucciones, adjuntamos a la presente el
< comprobante del giro bancario telegráfico por US$ 35000 hecho hoy día en
< la mañana a Canadá, y a favor de Antonio Gutiérrez Ruiz.
< Además le informamos que su perro Sultán ya fue trasladado a una
< guardería limeña, institución que conoce bien los trámites legales y
< sanitarios necesarios para que su mascota pueda viajar a Francia a la
< brevedad posible. Le advertimos no obstante que debido a las vacunas y a
< otros trámites, el perro no podrá reunirse con ustedes en Biarritz antes de
< mediados del mes entrante.
< También nos encargaremos de entregar su apartamento arrendado a sus
< propietarios limeños, saldando cualquier suma que corresponda por
< alquileres o por otros gastos.
< La agencia de viajes instalada en la galería comercial del Hotel Las
< Palmeras de San Isidro de Lima, ya se está encargando de los pasajes de
< avión tanto para usted como para el señor Jean-Pierre Bureau.
< No dude en contactarnos por cualquier otra cosa que usted pudiera
< necesitar.
< Le deseamos una muy buena jornada, y un mejor cierre de su estadía en el
< Perú. Atentos saludos.
< Julio Carvajal, Abogado-Director
Sentía un poquito de frío en los pies, pero igual fui descalza al escritorio que
recordaba haber visto en una habitación no exageradamente grande, que junto a la
enorme sala de estar, al baño, y al dormitorio de proporciones principescas,
completaban el reservado de ese hotel de lujo en donde ahora me alojaba.
Tomé una hoja de papel y un sobre, y con nerviosa letra escribí lo siguiente.
< Mi querido Antonio:
< Tengo miedo por ti. No cometas una locura. No pases a EEUU en forma
< clandestina. Eso es muy peligroso, y no vale la pena que te arriesgues tanto.
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< Por giro telegráfico te envío unos ahorros que tenía para una emergencia;
< adjunto el correspondiente comprobante.
< Con ese dinero contrata un buen abogado que se encargue de la apelación
< de tu juicio de residencia. Creo que lo mejor para ti es que te quedes en
< Canadá, y que allí rehagas tu vida.
< Por mi parte pienso volver a Francia para a mi vez iniciar una nueva vida.
< Bien siento que lo nuestro se enfrió, así que lo mejor es que cada cual siga
< su camino de la mejor manera posible.
< Toma el dinero que te envío como un regalo de despedida. No admitiré que
< me lo devuelvas. Sé bien que eres orgulloso, pero lo primordial ahora es que
< salgas adelante y que no arriesgues tu vida sin necesidad. Piensa en esto.
< En dos o tres días me tomaré un avión para Paris, y no estoy muy segura si
< continuaré o no escribiéndote. Muy probablemente una eventual relación
< epistolar a ambos nos haría más mal que bien. Y ciertamente es casi
< imposible que tú puedas venir a Francia o que yo pueda ir a Canadá.
< Suerte, mucha suerte.
< Beatriz
Con rapidez escribí las señas de Antonio en el sobre, y enseguida tomé el teléfono.
– Señorita, por favor, déme con la administración.
– Ah, bien, acabo de dejar correspondencia sobre mi escritorio, y desearía que la
misma fuera enviada de inmediato a Canadá. Sí, habitación 1029.
– Sí, sí, por el servicio de entrega inmediata está bien, pues así el destinatario recibe
el envío en pocos días.
Colgué y corrí al dormitorio.
La cama redonda y enorme se me ocurría era un poco grotesca. Seguro que en ella
podrían dormir bien tres o cuatro personas. ¡Qué inconducente lujo asiático!
El llamado telefónico me sobresaltó.
– Ah, Carlos Alberto, eres tú.
– Sí, en una hora nos vemos en el lobby del hotel para ir a almorzar.
– No, no me molesta para nada que tú quieras conservar tu actual nombre francés, lo
que por cierto es lo más lógico. Pero para mí siempre vas a ser Carlos Alberto
Rodríguez, Carlos Alberto Rodríguez Umpiérrez.
– Ah, y muchas gracias por haberme dado los 35000 dólares americanos. En su
momento Antonio me rescató de un problema, y tenía la obligación moral de
devolverle este dinero no bien me fuera posible.
– Sí, besos, nos vemos.
De inmediato me metí en la ducha. El jacuzzi no sabía bien como usarlo, y además no
tenía tanto tiempo ni estaba de humor como para eso.
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Comencé a pensar en todo lo que me estaba ocurriendo. ¡Qué enorme cantidad de
casualidades! ¡Qué cantidad de casualidades y de coincidencias! Las cosas estaban
saliendo bien, muy bien, pero de chiripa.
Primero la búsqueda emprendida por Carlos José en Francia y luego de que estuvo
preso en Argentina. Seguro que se enteró enseguida de lo de mi embarazo, y de que
me atendía en el Hospital Antoine-Béclèrc en Clamart, en la rue de la Porte de
Trivaux. La portera debe de haberle informado de todo esto.
Mucho más difícil para Carlos José, debe haber sido averiguar que había dado al
niño en adopción. A excepción de las autoridades, casi nadie sabía de esta cuestión.
Probablemente fue la sage-femme quien le informó. La partera que me atendió
durante el parto y mi subsiguiente internación, fue quien me informó de los trámites
de adopción cuando vio que dudaba de mi futuro, y que una de las posibilidades
podría ser la de dar al bebé a un matrimonio que pudiera criarlo como Dios manda.
Luego, la gran decisión de Carlos José de iniciar juicio de nulidad respecto de esa
adopción, en mérito a que él no había dado su consentimiento. ¡No sé cómo se le
ocurrió esa salida! ¡No sé quien pudo asesorarlo! Lo cierto es que el juez le dio la
razón, y le otorgó la tenencia del niño quitándosela a la familia adoptiva.
¿Posteriormente qué hizo Carlos José? De nuevo se fue a la Argentina, y en algún
momento, enseguida que llegó o después de algunas semanas, le alquiló una pieza a
Isaac Beerman. Según me contó este buen hombre, allí pasó unos cuantos meses.
Carlos José durante ese tiempo salía muy poco, y casi por entero se dedicaba al niño.
Pero se ve que recelaba de algo o de alguien, pues le advirtió al matrimonio Beerman
que si algo pasaba, que si en algún caso él no volvía, que atendieran al niño por un
par de días. Y que si su ausencia se prolongaba, que entonces avisaran a una familia
en Francia que quería adoptar al niño, que seguro ellos vendrían a buscarlo.
Los temores de Carlos José se ve que eran fundados, pues una madrugada a
mediados de 1983, concretamente el 26 de mayo de ese año, el matrimonio Beerman
se despertó porque con gran escándalo estaban llamando a la puerta de su casa. Casi
enseguida entró Carlos José al dormitorio de la pareja con el niño dormido en sus
brazos, y diciendo: «Seguro que vienen a buscarme. Si alguien pregunta digan que
este niño es vuestro sobrinito que está de visita. Y si luego de unos días no aparezco,
ya saben lo que hacer. Los documentos del niño y todos los datos de la familia en
Francia que quiere adoptarlo, están en mi bolso de mano en el placard del pasillo.»
Y el matrimonio Beerman cumplió con este pedido al pie de la letra. El jueves
siguiente y ya en junio de 1983, Isaac ya estaba escribiéndole a la familia francesa
cuyos datos estaban en el bolso de mano de Carlos José. Y una docena de días más
tarde Monique Bureau y un abogado ya estaban llamando a la puerta de la familia
Beerman en Buenos Aires.
Monique no escatimó ni precauciones ni gastos. Estimando que sería arriesgado
intentar llevar a Carlos Alberto a Francia con su pasaporte argentino, decidieron que
lo mejor era que mi hijo viajara como si fuera hijo del hermano de Isaac, quien tenía
dos hijas y cuatro hijos, el menor de los cuales apenas si tenía cuatro meses más que
Carlos Alberto. Y así se hizo. Rubén Beerman, el hermano de Isaac, sufría del
corazón y tenía un marcapasos, y mucho le habían recomendado no viajar en avión.
Así que todos fueron a Europa en un crucero. Y en ese barco viajaron los dos
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matrimonios Beerman, los cinco hijos mayores de Rubén, Carlos Alberto simulando
ser el sexto hijo, y también por cierto Monique Bureau. Cada uno de los chicos tenía
pasaporte independiente donde se les autorizaba a viajar con cualquiera de sus
padres o con terceras personas.
Por suerte no hubo el más mínimo problema de documentación ni con la salida de
Argentina ni con el ingreso en Francia.
Los Beerman pasaron varias semanas en los hoteles propiedad del matrimonio
Bureau en Europa, y luego todos ellos regresaron a Argentina en otro crucero, los
cuatro mayores y los cinco chicos.
Y Carlos Alberto se quedó en Francia y allí nuevamente pasó a ser Jean-Pierre
Bureau. Al matrimonio Bureau le fue relativamente sencillo obtener entonces la
custodia provisoria de Jean-Pierre y luego su custodia definitiva, aduciendo que el
padre biológico de la criatura, Carlos José Rodríguez, a ellos el niño les había
entregado voluntariamente, para así poder hacer un rápido viaje a la Argentina y por
un tiempo limitado, pero que luego les había llamado por teléfono desde su país,
informando que tenía problemas políticos, y que por muchos años probablemente no
podría volver a Francia a buscar a su hijo.
¡Oh, Carlos José, Carlos José! Voluntaria o involuntariamente diste la felicidad a
mucha gente, y tú fuiste el único gran perjudicado.
Y a mí me diste la felicidad absoluta, me hiciste el mejor de los regalos. Con tu
accionar directa o indirectamente permitiste que me reencontrara con mi hijo.
Y como broche de oro, Carlos Alberto aceptó las razones que le di, justificando por
qué lo había dado en adopción. Por cierto eso hice no por egoísmo o por razones
mezquinas. Sé bien lo que se siente crecer sin conocer a sus padres. Y no quería que
mi hijo sufriera algo parecido a lo que yo tuve que sufrir.
Claro, a ti Carlos Alberto pensé que solamente te faltaría la figura paterna, pues
estaba bien dispuesta a siempre estar a tu lado. Juzgué sin embargo que incluso esa
sola falencia sería para ti un sacrificio demasiado grande, pues argumenté que
permaneciendo a mi lado deberías crecer sin nunca siquiera haber visto a tu padre, y
teniendo una madre sólo de tiempo parcial. Pues para mantenernos ciertamente
hubiera tenido que trabajar muy fuerte, y hubiera podido estar a tu lado poca parte
del día.
Eso era lo que me angustiaba Carlos Alberto mientras te tenía en la panza, pues todo
parecía indicar que esa era la vida que podría darte. Y para ti Carlos Alberto quería
lo mejor de lo mejor, quería que tuvieras una infancia plena y feliz, y no la infancia
oscura y desgraciada y con frustraciones que a mí me tocó vivir.
Muchas gracias Carlos Alberto, por haberme comprendido y por haberme perdonado.
– Sube a la limusina, por favor… ¿Dónde quieres comer?
– En Lung Fung. Hoy quiero comer pato laqueado. Necesito llevarme ese sabor y ese
aroma a Francia.
– Creo que ya escuchó a mi mamá. Así que directo al restaurante Lung Fung en el
distrito de San Isidro. Y rápido, bien rapidito, que tenemos mucho apetito.
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Fin de la historia. No sé querido lector si esta narración le agradó mucho o poquito o
nada.
Si cette histoire vous a plut, tant mieux. Je trouve qu’elle emmène à beaucoup de
réflexions sur soi-même, et sur les événements qui sans interruption s’enchaînent
dans l’entourage. Si por el contrario la historia no gustó, la escritora le autoriza a
apropiarse de la trama, y modificar en este escrito todo lo que haya encontrado poco
logrado.
Sin duda la trama vale la realización de este esfuerzo. ¿No le parece?
En el relato precedente intenté introducir tensión y suspenso en la presentación, en
cierta medida imitando el muy particular estilo aplicado reiteradamente por el
conocido escritor Julio Cortázar. Este estilo consiste en poco a poco ir describiendo
escenarios y situaciones, de forma de así obligar al lector a reiteradamente ir
modificando sus hipótesis y sus suposiciones. Ah, este gran escritor de nacionalidad
argentina pero nacido en Bélgica, sin duda mucho amaba emocionalmente a la
ciudad de París, y en este sentido varios de sus cuentos provocan en mí una
resonancia especial, pues con toda certeza también amo a la bellísima ciudad-luz.
Moi aussi, j’adore Paris. Moi, je suis une francophile malgré ma nationalité
paraguayenne.
Otra de las particularidades de presentación del escrito precedente, es que hay tres o
cuatro abruptas interrupciones en la continuidad del tiempo. Este recurso estilístico
también ayuda a introducir interés y emoción en el relato, pues así el lector se ve
obligado a cubrir estas lagunas con su propia imaginación, y/o con recuerdos y
elucubraciones eventualmente manifestados posteriormente por el personaje.
La historia precedentemente presentada sin duda es ella factible, o sea tiene ella
características que perfectamente podrían haberse dado en la realidad, a pesar del
gran cúmulo de increíbles circunstancias, imponderables, y rebotes, que juegan con
la vida y con los sentimientos de los personajes.
¡Qué enorme cantidad de casualidades están presentes en este relato! ¡Qué cantidad
de casualidades y de coincidencias y de sinergias de todo tipo y color! Mi historia sin
duda tiene ribetes cinematográficos. Mi historia no parece haber sido trazada por el
simple azar y por un discurrir común y corriente de acontecimientos, sino que en ella
parece notarse el fino y emotivo toque del Creador.
Pero además, entremezclado con la trama principal que sin duda se refiere a los
sentimientos personales de Lucía Beatriz, a sus incertidumbres, a su relativa soledad,
a sus estrategias de subsistencia, a sus renuncias, a sus sacrificios para con un hijo
que vino sin anunciarse y para quien quiere lo mejor, también se presentan allí otras
interesantes y variadas cuestiones.
En primer plano se destacan los problemas de inserción y de integración de los
inmigrantes, a través de los avatares particulares que sufren Antonio Gutiérrez Ruiz
en Canadá, Carlos José Rodríguez en Francia, y la propia protagonista Lucía Beatriz
Umpiérrez en Francia y en Perú. En mayor o menor grado esta cuestión de la
inmigración está presente y con certeza ha afectado a un número muy grande de
latinoamericanos, pues quien no se ha desarraigado de la patria por un período más o
menos largo, en la mayoría de los casos tiene a familiares viviendo en el exterior, o al
menos conoce de cerca los casos de amigos y de compañeros de trabajo que han
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La escritura de ficción es mucho más que un pasatiempo - Depósito legal 345981 (Uruguay, Anselmi-2008)
Biblioteca Virtual Carlos J. Cúdita – Cátedra Club de Roma y de América
tomado el camino de la radicación en el exterior por razones políticas o económicas o
familiares o laborales, o al menos para mejor capacitarse profesionalmente.
Sin duda también está presente el drama de los niños que deben criarse en orfanatos
o que son dados en adopción, así como los desajustes de los niños que deben crecer
con solamente un referente paterno.
Otro de los asuntos visibles que también puede provocar la reflexión es el tema del
bilingüismo y del biculturalismo latente o presente en mu
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