Pratchett, terry mundodisco 31 - monstruoso regimiento

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  • 1. MONSTRUOSOREGIMIENTO[1] porTerry Pratchett
  • 2. Polly se cortaba el pelo enfrente del espejo, sintiéndose ligeramenteculpable de no sentirse muy culpable por hacerlo. Se suponía que era lacoronación de su belleza, y todos decían que era hermoso, perogeneralmente lo llevaba en una red cuando estaba trabajando. Siempre sehabía dicho que era un desperdicio sobre ella. Pero ponía cuidado en quetodos los largos rizos dorados cayeran en el pequeño lienzo extendido paratal propósito. Si llegara a admitir alguna emoción fuerte en este momento, era elabsoluto fastidio porque un corte de pelo era todo lo que necesitaba hacerpara pasar por muchacho. Ni siquiera necesitaba vendarse el pecho, quesegún había oído era práctica normal. La naturaleza se había asegurado deque apenas tuviera problemas en esta área. El efecto de las tijeras era... irregular, pero no era peor que los demáscortes de pelo masculinos por aquí. Serviría. Sentía frío en la nuca, pero sóloera parcialmente debido a la pérdida de su largo pelo. Era también por laMirada. La Duquesa la observaba desde arriba de la cama. Era una pobre talla, pintada a mano en colores principalmente azul yrojo. Mostraba una mujer franca y de edad madura cuya barbilla hundida yojos ligeramente prominentes le daban la cínica sensación de que alguienhabía puesto un gran pez en un vestido, pero el artista había logrado captaralgo adicional en esa expresión extraña y en blanco. Algunas imágenestenían ojos que te perseguían por la habitación; ésta miraba directo a travésde ti. Era una cara que se encontraba en cada casa. En Borogravia, crecíascon la Duquesa observándote.[2] Polly sabía que sus padres tenían una de las imágenes en su habitación,y también sabía que cuando su madre vivía solía hacerle una reverenciatodas las noches. Extendió la mano y giró esta imagen de modo que mirarahacia la pared. Un pensamiento en su cabeza dijo No. Fue anulado. Se habíadecidido. Entonces se vistió con ropa de su hermano, volcó el contenido del lienzo
  • 3. en una pequeña bolsa que colocó al fondo de su mochila junto con la muda,puso la nota sobre su cama, recogió la mochila y salió por la ventana. Por lomenos, Polly salió por la ventana, pero fueron los pies de Oliver los queaterrizaron livianamente en el suelo. El amanecer comenzaba a convertir el mundo oscuro en monocromocuando se escurrió a través del patio de la posada. La Duquesa también laobservó desde el cartel. Su padre había sido un gran leal, por lo menoshasta la muerte de su madre. El cartel no había sido repintado este año, yuna cagada de ave al azar le había provocado bizquera a la Duquesa. Polly verificó que el carro de reclutamiento del Sargento todavía estabaenfrente del bar, con sus brillantes estandartes ahora sin gracia y pesadospor la lluvia de la noche anterior. Por el aspecto de ese gran Sargento gordo,pasarían horas antes de que se pusiera en marcha otra vez. Ella teníamucho tiempo. Parecía un lento comedor de desayunos. Salió por la puerta del muro posterior y se dirigió cuesta arriba. En lacima se volvió y miró el pueblo que despertaba. El humo surgía de algunaschimeneas, pero ya que Polly era siempre la primera en despertar, y teníaque sacar a las empleadas fuera de sus camas a gritos, la posada todavíaestaba dormida. Sabía que la Viuda Clambers se había quedado toda lanoche (‘llueve demasiado fuerte para que ella se vaya a casa’, según elpadre de Polly) y, personalmente, esperaba para su propio bien que sequedara todas las noches. El pueblo no tenía escasez de viudas, y EvaClambers era una cariñosa dama que cocinaba como un campeón. La largaenfermedad de su esposa y la larga ausencia de Paul habían dejado sinmucho ánimo a su padre. Polly se alegró de que algo de él estuvieraregresando. Las viejas damas que pasaban los días mirando por la ventanapodían espiar y rabiar y mascullar, pero lo habían estado haciendodemasiado tiempo. Ya nadie las escuchaba. Levantó su mirada. El humo y el vapor ya estaban ascendiendo dellavadero de la Escuela de Trabajo para Niñas. Se alzaba en un extremo delpueblo como una amenaza grande y gris, con ventanas altas y angostas.Siempre estaba silenciosa. Cuando era pequeña, le habían dicho que allí ibanlas Niñas Malas. La naturaleza de la ‘maldad’ no era explicada, y a la edad
  • 4. de cinco años Polly tenía la vaga idea de que consistía en no ir a la camacuando le ordenaban. A los ocho años había aprendido que era el lugardonde tenías la suerte de no ir por haberle comprado una caja de pinturas asu hermano. Le dio la espalda y se puso en camino entre los árboles, queestaban llenos de cantos de aves. Olvida que alguna vez fuiste Polly. Piénsate muchacho, ésa era lacuestión. Tirarse pedos ruidosamente y con la satisfacción de un trabajo bienhecho, moverse como una marioneta con un par de cordeles cortados, nuncaabrazar a nadie y, si te encuentras con un amigo, golpearlo. Algunos añosde trabajo en el bar le habían provisto de abundante material deobservación. No tenía problemas en no balancear sus caderas, al menos. Lanaturaleza también había sido muy escasa allí. Y entonces, para completar, estaba la caminata de muchacho. Al menoslas mujeres sólo balanceaban sus caderas. Los muchachos balanceabantodo, desde los hombros para abajo. Tienes que tratar de ocupar muchoespacio, pensó. Te hace parecer más grande, como un gato mullendo sucola. Lo había visto muchas veces en la posada. Los muchachos trataban decaminar a lo grande en defensa propia contra todos esos otros muchachosgrandes de ahí. Soy malo, soy feroz, estoy tranquilo, me gustaría una pintade cerveza con limonada y mi mami me quiere en casa antes de las nueve... Veamos, ahora... brazos lejos del cuerpo como si sujetara un par debolsas de harina... revisado. Los hombros deben balancearse como si seestuviera abriendo camino a través de una multitud... revisado. Las manosligeramente cerradas y haciendo movimientos cíclicos y rítmicos como sigiraran dos asas independientes conectadas a la cintura... revisado. Laspiernas moviéndose hacia adelante con holgura y como las de un simio...revisado... Resultó durante unas pocas yardas hasta que hizo algo mal y laresultante confusión muscular la lanzó dentro de un arbusto de acebos.Después de eso, se rindió. El trueno regresó mientras se apuraba a lo largo del sendero; a vecesuno podía andar por las montañas durante días. Pero por lo menos aquí elsendero no era un río de barro, y los árboles todavía tenían las hojas
  • 5. suficientes para darle alguna protección. No había tiempo para esperar unmejor clima, de todos modos. Tenía un largo camino por delante. La partidade reclutamiento cruzaría en el trasbordador, pero los hombres conocían devista a Polly y el guardián querría ver su permiso de viajar, queindudablemente Oliver Perks no tenía. De modo que eso representaba unlargo desvío hasta el puente troll en Tübz. Para los trolls todos los humanosse veían igual y cualquier trozo de papel serviría como un permiso, ya queno sabían leer. Luego podría bajar por los bosques de pino hasta Plün. Elcarro tendría que parar allí a pasar la noche, pero el sitio era uno de esospueblos que existían sólo para evitar la vergüenza de tener grandes espaciosen blanco sobre el mapa. Nadie la conocía en Plün. Nunca nadie fue allí. Eraun basurero. Era, a decir verdad, exactamente el lugar que necesitaba. La partida dereclutamiento se detendría allí, y podría enrolarse. Estaba bastante segurade que el Sargento grande y gordo y su Cabo pequeño grasiento no habríannotado a la muchacha que les sirvió la noche anterior. Ella no era, segúndecían, convencionalmente hermosa. El Cabo había tratado de pellizcarle eltrasero, pero probablemente por hábito, como si matara una mosca, y nofue un gran pellizco, tampoco. Se sentó sobre la colina por encima del trasbordador y tomó un últimodesayuno de papa fría y salchicha mientras observaba al carro cruzar. Nadiemarchaba detrás de él. Esta vez, ningún muchacho había sido reclutado enMunz. La gente se mantuvo alejada. Demasiados jóvenes partieron durantelos últimos años, y no regresaron los suficientes. Y, de los que sí volvieron, aveces no había regresado con lo suficiente del hombre. El Cabo podíagolpear su gran tambor todo lo que quisiera. Munz se estaba quedando sinhijos casi tan rápido como acumulaba viudas. La tarde llegó pesada y húmeda, y una curruca amarilla la seguía dearbusto en arbusto. El barro de la noche pasada echaba vapor cuando Pollyllegó al puente troll, que cruzaba el río en un desfiladero angosto. Eraesbelto y garboso, construido, se decía, sin argamasa en absoluto. Y sedecía que el peso del puente lo anclaba cada vez más profundamente en laroca de ambos lados. Se decía que era una maravilla del mundo, excepto
  • 6. que pocas personas por aquí alguna vez se preguntaban algo sobre cualquiercosa y apenas eran conscientes del mundo. Costaba un penique cruzarlo, ocien piezas de oro si tenías un macho cabrío.[3]1 A mitad camino, Polly espiósobre el parapeto y vio que el carro, lejos y abajo, avanzaba a lo largo delangosto camino justo encima de las blancas aguas. La tarde iba cuesta abajo, a través de los pinos oscuros de este lado deldesfiladero. No se apresuró y, hacia la puesta del sol, descubrió la posada. Elcarro ya había llegado, pero por su aspecto el Sargento de reclutamiento nisiquiera se había molestado en hacer un esfuerzo. No se escuchaba ningúnretumbar de tambores parecido al de la noche anterior, ningún grito de‘¡Enrólense, mis jóvenes! ¡Hay una gran vida en los Entrar-y-Salir!’ Siempre había una guerra. Generalmente era una disputa fronteriza, elequivalente nacional a las quejas porque el vecino dejaba crecer su setodemasiado alto. A veces era más grande. Borogravia era un país pacífico enmedio de enemigos traicioneros, engañosos y belicosos. Tenían que sertraicioneros, engañosos y belicosos, de otra manera no estaríamos luchandocontra ellos, ¿eh? Siempre había una guerra. El padre de Polly había estado en el ejército antes de que se hicieracargo de La Duquesa del abuelo de Polly. No hablaba mucho de eso. Habíatraído su espada, pero en lugar de colgarla sobre la chimenea la usaba paraatizar el fuego. A veces aparecían viejos amigos y, cuando los bares secerraban a la noche, se reunían alrededor del fuego y bebían y cantaban. Lajoven Polly encontraba excusas para quedarse levantada y escuchar lascanciones que cantaban, pero eso había terminado cuando se metió enproblemas por usar una de las palabras más interesantes enfrente de sumadre; ahora que ella era mayor, y servía la cerveza, se suponía quepresumiblemente conocía las palabras o que pronto averiguaría quésignificaban. Además, su madre se había ido donde las malas palabras ya nola ofenderían y, en teoría, nunca se dirían. Las canciones habían sido parte de su infancia.[4] Sabía toda la letra de‘El Mundo Patas Arriba’, y de ‘El Diablo Será Mi Sargento’, y de ‘Johnny Se1 Los trolls podían no ser pensadores rápidos pero no olvidan aprisa, tampoco. (Nota del autor)
  • 7. Ha Hecho Soldado’, y de ‘La Chica Que Dejé Atrás’, y después de que labebida había estado circulando durante un tiempo, había memorizado‘Coronel Crapski’, y ‘Ojalá Nunca La Hubiera Besado’. Y luego, por supuesto, hubo una ‘Dulce Polly Oliver’. Su padre solíacantarla cuando era pequeña y estaba irritable o triste, y se reía alescucharla simplemente porque tenía su nombre en ella. Sabía al dedillo lasletras antes de conocer qué significaba la mayoría de ellas. Y ahora... . . . Polly empujó la puerta. El Sargento de reclutamiento y su Cabolevantaron la mirada de la manchada mesa donde estaban sentados, losjarros de cerveza a medio camino de sus labios. Ella respiró hondo, caminócon paso firme, e hizo un intento de saludo. —¿Qué quieres, muchacho? —gruñó el Cabo. —¡Quiero alistarme, señor! El Sargento se volvió hacia Polly y sonrió, lo que hizo que sus cicatricesse movieran curiosamente y que un temblor agitara todas sus barbillas. Conhonestidad, la palabra ‘gordo’ no podía aplicarse a él, no cuando la palabra‘obeso’ se movía pesadamente hacia adelante para captar tu atención. Erauna de esas personas que no tenían cintura. Tenía ecuador. Tenía gravedad.Si cayera en cualquier dirección se mecería. El sol y la bebida habíanquemado su roja cara. Unos pequeños ojos oscuros brillaban en la rojezcomo el destello del borde de un cuchillo. A su lado, sobre la mesa, había unpar de anticuados alfanjes, armas que tenían más en común con una cuchillade carnicero que con una espada. —¿Sólo así? —dijo. —¡Sísseñor! —¿De veras? —¡Sísseñor! —¿No quieres que te pongamos completamente borracho primero? Estradicional, ¿sabes? —¡Nosseñor! —No te he contado sobre las maravillosas oportunidades de progreso ybuena fortuna, ¿verdad? —¡Nosseñor!
  • 8. —¿Mencioné que el flamante uniforme rojo significará que tendrás quequitarte a las muchachas con un palo?[5] —¡No lo creo, señor! —¿O la comida? ¡Cada comida es un banquete cuando marchas connosotros! —El Sargento se palmeó el estómago, lo que causó temblores enregiones remotas—. ¡Soy la prueba viviente! —Sí, señor. No, señor. ¡Sólo quiero alistarme para luchar por mi país yel honor de la Duquesa, señor! —¿De veras? —dijo el Cabo, incrédulo, pero el Sargento pareció noescucharlo. Miró a Polly de arriba para abajo, y ella tuvo la definitivaimpresión de que el hombre no estaba tan borracho ni era tan estúpidocomo parecía. —Se lo juro, Cabo Strappi, parece que lo que tenemos aquí es nadamás ni nada menos que un buen patriota a la antigua —dijo, mientras susojos examinaban la cara de Polly—. ¡Bien, has venido al lugar correcto, mimuchacho! —Empujó un fajo de papeles hacia él con aire cómplice—. ¿Sabesquiénes somos? —El Décimo de Infantería, señor. Infantería ligera, señor. Conocidocomo los ‘Entrar-y-Salir’, señor —dijo Polly, rezumando alivio. Era evidenteque había pasado alguna especie de prueba. —Correcto, muchacho. Los alegres viejos Queseros. El mejor regimientoque hay, en el mejor ejército del mundo. ¿Ansioso por alistarte, entonces? —¡Sumamente ansioso, señor! —dijo Polly, consciente de los ojosrecelosos del Cabo sobre ella. —¡Buen muchacho! El Sargento destapó una botella de tinta y mojó una pluma en ella. Sumano se sostuvo en el aire sobre el papel. —¿Nombre, muchacho? —preguntó. —Oliver, señor. Oliver Perks —dijo Polly. —¿Edad? —Diecisiete este domingo, señor. —Sí, correcto —dijo el Sargento—. Tienes diecisiete y yo soy la GranDuquesa Annagovia. ¿De qué estás escapando, eh? ¿Tienes una dama joven
  • 9. encinta? —Tendrían que haberle ayudado —dijo al Cabo, sonriendo torcido—.Chilla como un muchacho pequeño. Polly se dio cuenta de que estaba empezando a ruborizarse. Peroentonces, el joven Oliver se ruborizaría también, ¿verdad? Era muy fácilhacer que un muchacho se ruborizara. Polly podía hacerlo con sólo mirarlo. —No importa de todos modos —dijo el Sargento—. Pon tu marca sobreeste documento, besa a la Duquesa y eres mi pequeño muchacho,¿comprendido? Mi nombre es Sargento Jackrum. Seré tu madre y tu padre,y aquí, el Cabo Strappi será exactamente como tu hermano mayor. Y la vidaserá filete y tocino todos los días, y alguien que quiera arrastrarte de aquítendrá que arrastrarme también, porque estaré colgando de tu cuello. Y bienpodrías estar pensando que no hay nadie que pueda llevar todo eso, Sr.Perks. —Un pulgar grueso señaló el papel—. Justo ahí, ¿correcto? Polly recogió la pluma y firmó. —¿Qué es eso? —dijo el Cabo. —Mi firma —dijo Polly. Escuchó que la puerta se abría detrás de ella, y giró. Algunos jóvenes...se corrigió, algunos otros jóvenes habían entrado en el bar ruidosamente, ymiraban a su alrededor con cautela. —¿Puedes leer y escribir también? —dijo el Sargento, echando unvistazo a los otros y luego a ella—. Sí, ya veo. Una bonita cursiva, también.Tienes material de oficial. Dele el chelín, Cabo.[6] Y la imagen, por supuesto. —Correcto, Sargento —dijo el Cabo Strappi, sosteniendo un marco porel asa, como un espejo—. Enderézate, Soldado Parts. 2 —Es Perks, señor —dijo Polly. —Sí, correcto. Besa a la Duquesa ahora. No era una buena copia de la famosa imagen. La pintura detrás delvidrio estaba descolorida y algo como una especie de musgo —o algo—estaba creciendo en el interior mismo del vidrio rajado. Polly lo rozó con loslabios mientras contenía la respiración.2 Chiste perdido. El Cabo dice Private Parts, o sea literalmente ‘partes íntimas’. (Nota del traductor)
  • 10. —Huh —dijo Strappi, y empujó algo en su mano. —¿Qué es esto? —dijo Polly, mirando el pequeño cuadrado de papel. —Un vale. Estamos escasos de chelines ahora mismo —dijo el Sargentomientras Strappi sonreía tontamente—. Pero el posadero te servirá una pintade cerveza, gentileza de su gracia. Se volvió y miró a los recién llegados. —Bien, nunca llueve pero ahora diluvia. ¿Ustedes muchachos vinieronaquí a enrolarse también? Caramba, y ni siquiera tuvimos que tocar eltambor. Debe ser el asombroso carisma del Cabo Strappi. Acérquense, nosean tímidos. ¿Quién es el siguiente candidato? Polly miró al siguiente recluta con un horror que deseó que quedaraoculto. No lo había notado en la penumbra, porque vestía de negro —no elnegro elegante y con estilo, sino un negro polvoriento, la clase de traje quele ponen a una persona para ser enterrada. Por el aspecto, esa personahabía sido él. Estaba cubierto de telarañas. El muchacho tenía puntadas através de la frente. —¿Tu nombre, muchacho? —dijo Jackrum. —Igor, sseñor. Jackrum contó las puntadas. —¿Sabe? Tenía un presentimiento de que iba a suceder —dijo—. Y veoque tiene dieciocho. ---- —¡Despertad![7] —Oh, dioses... —El Comandante Samuel Vimes se puso las manos sobrelos ojos. —Le ruego me disculpe, su gracia —dijo el cónsul de Zlobenia en Ankh-Morpork—. ¿Está enfermo, su gracia? —¿Cuál es su nombre otra vez, joven? —dijo Vimes—. Lo siento, perohe estado viajando durante dos semanas, sin dormir lo suficiente, y me hepasado todo el día conociendo personas con nombres difíciles. Eso es malopara el cerebro.
  • 11. —Es Clarence, su gracia. Clarence Chinny. —¿Chinny? —dijo Vimes, y Clarence leyó todo en su expresión. —Eso me temo, señor —dijo. —¿Era usted un buen luchador en la escuela? —preguntó Vimes. —No, su gracia, pero nadie podía golpearme después de una carrera decien yardas. Vimes rió. —Bien, Clarence, cualquier himno nacional que comience con‘¡Despertad!’ va a terminar en problemas. ¿No se lo enseñaron en la oficinadel Patricio? —Er... no, su gracia —dijo Chinny. —Bien, ya lo averiguará. Continúe, entonces. —Sí, señor. —Chinny se aclaró la garganta—. El Himno Nacional deBorogravia —anunció, por segunda vez. ¡Despertad, lo siento, su gracia, hijos de la patria! Nunca vuelvan a probar el vino de manzanas ácidas ¡Leñadores, agarrad las hachas! ¡Granjeros, masacrad al enemigo con la herramienta antes usada paralevantar remolachas! Frustrad las interminables artimañas de nuestros enemigos En la oscuridad marchamos cantando Contra todo el mundo que viene en armas ¡Pero ved la luz dorada sobre las cumbres! ¡El nuevo día es un grandioso pez! —Er... —dijo Vimes—. ¿Esa última parte...? —Es una traducción literal, su gracia —dijo Clarence, nervioso—.Significa algo como ‘una asombrosa oportunidad’, o ‘un brillante premio’, sugracia. —Cuando no estemos en público, Clarence, ‘señor’ será suficiente. ‘Sugracia’ es sólo para impresionar a los nativos. —Vimes se reclinó en suincómoda silla, con la barbilla en la mano, y luego hizo una mueca de dolor.
  • 12. —Dos mil trescientas millas —dijo, cambiando de posición—. Y eshelado viajar sobre un palo de escoba, sin importar qué tan bajo vuele. Yluego la barcaza, y luego el coche... —Hizo otra mueca de dolor—. Leí suinforme. ¿Cree que es posible que una nación entera esté loca? Clarence tragó. Le habían dicho que estaba hablando con el segundohombre más fuerte de Ankh-Morpork, incluso si el propio hombre actuabacomo si ignorara el hecho. En esta habitación fría de la torre, su escritorioestaba destartalado; había pertenecido hasta ayer al jefe conserje de laguarnición de Kneck. Los papeles atestaban la superficie marcada y seapilaban detrás de la silla de Vimes. Según Clarence, el propio Vimes no se veía como un duque. Parecía unvigilante que de hecho, y según Clarence entendía, lo era. Esto ofendía aClarence Chinny. Las personas en la cima deben verse como si pertenecieranallí. —Es una muy... interesante pregunta, señor —dijo—. Quiere decir quelas personas... —No las personas, la nación —dijo Vimes—. Para mí, Borogravia estámal de la cabeza, por lo que he leído. Espero que las personas sólo hagan lomejor que puedan y continúen criando a sus niños lo cual, podría decir, yodebería estar haciendo ahora mismo también. Mire, sabe lo que quiero decir.Considere un puñado de personas que no parecen diferentes de usted y demí, pero cuando las pone todas juntas atrapan esta especie de inmensodesvarío maniático con las fronteras nacionales y un himno. —Es una idea fascinante, señor —dijo Clarence, diplomáticamente. Vimes miró la habitación a su alrededor. Las paredes, piedra desnuda.Las ventanas, angostas. Era condenadamente fría, incluso en un día soleado.Toda esa mala comida, ir de un lado al otro y dormir en malas camas... ytodo eso de viajar en la oscuridad, también, sobre barcazas enanas por suscanales secretos bajo las montañas —sólo los dioses saben a qué intrincadadiplomacia ha recurrido Lord Vetinari para conseguirlo, aunque el Rey Bajole debe a Vimes algunos favores... ... todo eso por este frío castillo sobre este frío río entre estos paísesestúpidos, con su estúpida guerra. Sabía qué quería hacer. Si hubieran sido
  • 13. personas peleando en una zanja habría sabido qué hacer. Les habríagolpeado cabeza contra cabeza y tal vez les habría hecho pasar la noche enlas celdas. No se podía golpear las cabezas de los países. Vimes levantó algunos papeles, los ojeó, y los dejó otra vez. —Al infierno con esto —dijo—. ¿Qué está ocurriendo ahí afuera? —Tengo entendido que hay algunos focos de resistencia en algunas delas áreas más inaccesibles del torreón, pero lo están solucionando. Para todopropósito práctico el torreón está en nuestras manos. Ése fue un trucoingenioso, su gra... señor. Vimes suspiró. —No, Clarence, fue un truco viejo y aburrido. No debería ser posiblemeter hombres en una fortaleza vestidos como lavanderas. ¡Tres de ellostenían bigotes, por amor del cielo! —Los Borogravianos son bastante... anticuados sobre cosas como ésas,señor. Sobre ese tema, parece que tenemos unos zombis en las criptas másbajas. Cosas horribles. Muchos militares Borogravianos de alto rango fueronenterrados ahí abajo durante siglos, aparentemente. —¿De veras? ¿Qué están haciendo ahora? Clarence levantó las cejas. —Tambaleándose, señor, creo. Gimiendo. Cosas de zombis. Algo parecehaberlos inquietado. —Nosotros, probablemente —dijo Vimes. Se levantó, cruzó la habitacióna grandes pasos, y abrió la puerta pesada y grande—. ¡Reg! —gritó. Luego de un momento, apareció otro vigilante y saludó. Era de rostrogris, y Clarence no pudo evitar notar que la mano y los dedos estabancosidos cuando el hombre saludó. —¿Conoce al Agente Shoe, Clarence? —dijo Vimes alegremente—. Unode mi equipo. Ha estado muerto por más de treinta años, y ama cadaminuto de ese tiempo, ¿eh, Reg? —Correcto, Señor Vimes —dijo Reg, sonriendo y mostrando muchosdientes marrones. —Hay algunos de tus compatriotas abajo en el sótano, Reg. —Oh, cielos. Tambaleándose, ¿verdad?
  • 14. —Eso me temo, Reg. —Iré y tendré una palabra con ellos —dijo Reg. Saludó otra vez y saliócon un atisbo de tambaleo. —¿Es, er, de aquí? —dijo Chinny, que se había puesto muy pálido. —Oh, no. Del país no-descubierto —dijo Vimes—. Está muerto. Sinembargo, para dar crédito donde se debe, no ha permitido que eso lodetenga. ¿No sabía que tenemos un zombi en la Guardia, Clarence? —Er... no, señor. No he estado en la ciudad por cinco años. —Tragó—.Deduzco que las cosas han cambiado. Para empeorar, según la opinión de Clarence Chinny. Ser cónsul enZlobenia era un trabajo fácil que le dejaba mucho tiempo para continuar consus asuntos. Y entonces las grandes torres de semáforo desfilaron a lo largodel valle, y de repente Ankh-Morpork estaba a una hora de distancia. Antesde los clacks, una carta desde Ankh-Morpork tardaba más de dos semanasen llegar, y por tanto nadie se preocupaba si demoraba uno o dos días enresponder. Ahora las personas esperaban una respuesta al día siguiente. Sesintió muy feliz cuando Borogravia destruyó varias de esas condenadastorres. Y entonces, se había soltado todo el infierno. —Tenemos todos los tipos en la Guardia —dijo Vimes—. Y losnecesitamos ahora, Clarence, con los Zlobenianos y Borogravianos peleandoen las calles por alguna maldita pelea que comenzó hace mil años. ¡Es peorque los enanos y los trolls! ¡Todo porque la bis-bis-bis-bisabuela de alguienle dio una bofetada al bis-bis-bis-tío de alguien! Borogravia y Zlobenia nisiquiera pueden acordar una frontera. Escogieron el río, y cambia de cursocada primavera. De repente, las torres de clacks están ahora sobre tierra deBorogravia —o barro, en todo caso— así que los idiotas las queman porrazones religiosas. —Er, hay más que eso, señor —dijo Chinny. —Sí, lo sé. Leí la historia. La riña anual con Zlobenia es sólo lacompetencia local. Borogravia lucha contra todo el mundo. ¿Por qué? —Orgullo nacional, señor. —¿Por qué? ¡No hay nada ahí! Hay algunas minas de sebo, y no sonmalos granjeros, pero no hay gran arquitectura, ni grandes bibliotecas,
  • 15. ningún compositor famoso, tampoco una montaña muy alta, ningúnmaravilloso panorama. Todo lo que se puede decir sobre el sitio es que noestá ningún otro lugar. ¿Qué hay de tan especial en Borogravia? —Supongo que es especial porque es suya. Y por supuesto estáNuggan, señor. Su dios. Le he traído una copia del Libro de Nuggan.[8] —Ojeé uno allá en la ciudad, Chinny —dijo Vimes—. Me parecióbastante estú... —No sería una edición reciente, señor. Y sospecho que no estaría, er,muy actualizado tan lejos de aquí. Éste lo está —dijo Chinny, poniendo unlibro pequeño pero grueso sobre el escritorio. —¿Actualizado? ¿Qué quiere decir con eso? —dijo Vimes, perplejo—. Lostextos sagrados son... escritos. Haz esto, no hagas eso, no codiciar el bueydel vecino... —Hum... Nuggan no lo pone sólo de esa manera, señor. Él, er...actualiza las cosas. Principalmente las Abominaciones, para ser franco. Vimes tomó la nueva copia. Era perceptiblemente más gruesa que laque había traído consigo. —Es lo que llaman un Testamento Viviente —explicó Chinny—. Ellos...bien, supongo que podría decir que se ‘mueren’ si son sacados deBorogravia. No podrían... actualizarse. Las Abominaciones más recientesestán al final, señor —dijo Chinny, servicial. —¿Es un libro sagrado con un apéndice? —Exactamente, señor. —¿En una carpeta de anillas? —Muy cierto, señor. Las personas ponen páginas en blanco y lasAbominaciones... aparecen. —¿Quiere decir como por arte de magia? —Supongo que quiero decir religiosamente, señor. Vimes abrió una página al azar. —¿Chocolate? —preguntó—. ¿No le gusta el chocolate? —Sí, señor. Ésa es una Abominación. —¿Ajo? Bien, no me gusta mucho, de modo que de acuerdo... ¿Gatos? —Oh, sí. Realmente no le gustan los gatos, señor.
  • 16. —¿Enanos? ¡Aquí dice ‘La raza enana que venera al Oro es unaAbominación para Nuggan’! Debe estar loco. ¿Qué ocurrió allí? —Oh, los enanos que estaban aquí cerraron sus minas ydesaparecieron, su gracia. —Apuesto a que sí. Reconocen un problema cuando lo ven —dijo Vimes.Dejó pasar ‘su gracia’ esta vez; evidentemente, Chinny sacaba algunasatisfacción de hablar con un duque. Hojeó las páginas, y se detuvo. —¿El color azul? —Correcto, señor. —¿Qué tiene de abominable el color azul? ¡Es sólo un color! ¡El cielo esazul! —Sí, señor. Los Nugganitas devotos tratan de no mirarlo estos días.Hum... —Chinny había sido educado como un diplomático. No le gustabadecir directamente algunas cosas—. Nuggan, señor... hum... es bastante...cascarrabias —articuló. —¿Cascarrabias? —dijo Vimes—. ¿Un dios cascarrabias? ¿Qué, se quejapor el ruido que hacen sus niños? ¿Pone objeción a la música fuerte despuésde las 9 de la noche? —Hum... recibimos el Times de Ankh-Morpork aquí, señor,eventualmente, y, er, diría, er, que Nuggan es muy semejante, er, a la clasede personas que escriben en su columna de lectores. Ya sabe, señor. De laclase que firma su carta como ‘Disgustado de Ankh-Morpork’... —Oh, quiere decir que realmente está loco —dijo Vimes. —Oh, nunca diría algo así, señor —dijo Chinny apresuradamente. —¿Qué hacen los sacerdotes sobre esto? —No mucho, señor. Creo que simplemente ignoran algunas de las, er,Abominaciones más extremas. —¿Quiere decir que Nuggan pone objeciones a los enanos, a los gatos yal color azul y que hay mandamientos más locos? Chinny tosió cortésmente. —Muy bien, entonces —gruñó Vimes—. ¿Los mandamientos másextremistas?
  • 17. —Ostras, señor. No le gustan. Pero no es un problema porque nadiejamás ha visto una ostra allí. Oh, y los bebés. Los Abominaba, también. —Supongo que las personas todavía los hacen por aquí. —Oh, sí, su gra... lo siento. Sí, señor. Pero se sienten culpables por ello.Los perros que ladran, era otra. Las camisas con seis botones, también. Y elqueso. Er... las personas sólo más bien, er, evitan las más duras. Incluso lossacerdotes parecen haber renunciado a tratar de explicarlas. —Sí, creo que puedo ver por qué. Así que lo que tenemos aquí es unpaís que trata de organizarse sobre los mandamientos de un dios que, segúnsienten las personas, puede estar llevando los calzoncillos sobre su cabeza.¿Ha Aborrecido los calzoncillos? —No, señor —suspiró Chinny—. Pero probablemente sólo sea cuestiónde tiempo. —¿Así que cómo se las arreglan? —En estos días, las personas principalmente ruegan a la DuquesaAnnagovia. Puede ver sus íconos en cada casa. La llaman Pequeña Madre. —Ah, sí, la Duquesa. ¿Puedo verla? —Oh, nadie la ve, señor. En más de treinta años nadie la ha vistoexcepto sus criados. Para serle sincero, señor, probablemente está muerta. —¿Sólo probablemente? —Nadie lo sabe en realidad. La historia oficial es que está de luto. Esalgo triste, señor. El joven Duque murió una semana después de que secasaron. Recibió una cornada de un cerdo salvaje durante una cacería, creo.Ella entró en duelo en el viejo castillo en Príncipe-Marmaduke-Piotre-Albert-Hans-Joseph-Bernhardt-Wilhelmsberg y no ha aparecido en público desdeentonces. El retrato oficial fue pintado cuando tenía aproximadamentecuarenta años, creo. —¿Ningún hijo? —No, señor. A su muerte, la línea habrá quedado extinta. —¿Y le rezan? ¿Como a un dios? Chinny suspiró. —Puse esto en mi resumen informativo, señor. La familia real enBorogravia siempre ha tenido un estado casi religioso, sabe. Son la cabeza
  • 18. de la iglesia y los campesinos, por lo menos, les rezan en la esperanza deque intercederán con Nuggan. Son como... santos vivientes. Intermediarioscelestiales. Para serle sincero, así es cómo estos países funcionan en todocaso. Si quiere que algo sea hecho, tiene que conocer a las personascorrectas. Y supongo que es más fácil rezar a alguien en una imagen que aun dios a quien no puede ver. Vimes se sentó y observó al cónsul durante algún tiempo. Cuando hablódespués, asustó al hombre hasta sus botas. —¿Quién heredaría? —dijo. —¿Señor? —Sólo si la monarquía continúa, Sr. Chinny. Si la Duquesa no está en eltrono, ¿quién estaría? —Hum, es increíblemente complejo, señor, debido a los matrimonios ya los diversos sistemas jurídicos, que por ejemplo... —¿Quién es la apuesta segura, Sr. Chinny? —Hum, el Príncipe Heinrich de Zlobenia. Ante el asombro de Chinny, Vimes rió. —Y se está preguntando cómo es que la tía sigue viva, supongo. Loconocí esta mañana, ¿verdad? No puedo decir que me caiga simpático. —Pero es un amigo de Ankh-Morpork —dijo Chinny con tono dereproche—. Estaba en mi informe. Educado. Muy interesado en los clacks.Tiene grandes planes para su país. Solían ser Nugganáticos en Zlobenia,pero ha prohibido la religión y, francamente, casi nadie se opuso. Quiere queZlobenia vaya hacia adelante. Admira mucho a Ankh-Morpork. —Sí, lo sé. Parece casi tan loco como Nuggan —dijo Vimes—. Está bien,de modo que lo que probablemente tenemos es una charada elaborada paramantener fuera a Heinrich. ¿Cómo es gobernado este lugar? —No hay mucho. Un poco de recaudación de impuestos, y eso es todo.Pensamos que algunos de los funcionarios superiores de la corte sólocontinúan como si la Duquesa estuviera viva. Lo único que realmentefunciona es el ejército. —Muy bien, ¿y qué dice de los policías? Todos necesitan policías. Por lomenos tienen sus pies en el suelo.
  • 19. —Creo que los informales comités de ciudadanos hacen cumplir ley deNuggan —dijo Chinny. —Oh, dioses. Toca-narices, agitadores de cortinas y vigilantes —dijoVimes. Se puso de pie y espió la llanura más abajo a través de la angostaventana. Era de noche. Las hogueras en el campamento enemigo formabandemoníacas constelaciones en la oscuridad. —¿Le dijeron por qué he sido enviado aquí, Clarence? —dijo. —No, señor. Mis instrucciones eran que usted, hum, supervisaría lascosas. El Príncipe Heinrich no está muy feliz por ello. —Oh, bien, los intereses de Ankh-Morpork son los intereses de todos losamantes del diner... ups, lo siento, de todos los amantes de la libertad entodos lados —dijo Vimes—. No podemos tener un país que devuelvenuestros coches de correo y sigue derribando las torres de clacks. Eso escostoso. Están cortando el continente por la mitad,[9] son el cuello en el relojde arena. Voy a llevar las cosas a un final ‘satisfactorio’. Y francamente,Clarence, me pregunto incluso si vale la pena atacar a Borogravia. Será másbarato sentarnos aquí y esperar a que estalle. Aunque noto... dónde estáese informe... ah, sí... que morirán de hambre primero. —Lamentablemente cierto, señor. --- Igor estaba de pie, callado, enfrente de la mesa de reclutamiento. —No veo a menudo a tu gente en estos días —dijo Jackrum. —Sí, están escasos de cerebros frescos, ¿verdad? —dijo el Cabo, demala manera. —Bueno, Cabo, ningún reclamo por eso —dijo el Sargento, reclinándoseen la silla, que crujió—. Hay muchos muchachos ahí afuera caminando sobreunas piernas que no tendrían si no hubiera sido por un Igor amigable, ¿eh,Igor? —¿Sí? Bien, yo supe de personas que se despertaban y encontrabanque su amigable Igor les había robado el cerebro en medio de la noche yque salían a la disparada a venderlo —dijo el Cabo, mirando furioso a Igor.
  • 20. —Le asseguro que ssu sserebro esstá completamente a sslavo de mí,Cabo —dijo Igor. Polly empezó a reírse, y paró cuando se dio cuenta de queabsolutamente nadie más lo estaba haciendo. —Sí, bien, conocí a un Sargento que dijo que un Igor le puso las piernasde un hombre hacia atrás —dijo el Cabo Strappi—. Qué bien para unsoldado, ¿eh? —¿Podía avanssar y retirarsse al missmo tiempo? —dijo Igortranquilamente—. Ssargento, conossco todass lass hisstoriass, y no ssonnada máss que infamess calumniass. Ssólo bussco sservir a mi paíss. Noquiero problemass. —Correcto —dijo el Sargento—. Ni nosotros. Pon tu marca, y tienes queprometer no tontear con el cerebro del Cabo Strappi, ¿de acuerdo? ¿Otrafirma? Caramba, puedo ver que tenemos un condenado colegio de reclutashoy. Dele su chelín de cartón, Cabo. —Grassiass —dijo Igor—. Y me gusstaría limpiar la imagen, ssi a usstedle da lo missmo. —Sacó un pequeño paño. —¿Limpiarla? —dijo Strappi—. ¿Está permitido, Sargento? —¿Para qué quieres pasarle un trapo, mister? —dijo Jackrum. —Para quitar loss demonioss invissibless —dijo Igor. —No puedo ver ningún demon... —empezó Strappi, y se detuvo. —Sólo lo permitiremos, ¿de acuerdo? —dijo Jackrum—. Es una de suspequeñas manías graciosas. —No me parece bien —farfulló Strappi—. Prácticamente una traición... —No veo por qué sería un error sólo dar una lavada a la vieja muchacha—dijo el Sargento brevemente—. El siguiente. Oh... Igor, después de limpiar cuidadosamente la imagen manchada y darleun somero beso, se paró junto a Polly, con una sonrisa avergonzada. Peroella estaba mirando al siguiente recluta. Era bajo y muy delgado, que era bastante usual en un país donde erapoco frecuente conseguir suficiente comida para engordar. Pero estabavestido de negro y con lujo, como un aristócrata; incluso tenía una espada.Por consiguiente, el Sargento se veía preocupado. Era evidente que unhombre podía meterse en problemas si hablaba mal a una persona de clase
  • 21. que puede tener amigos importantes. —¿Está seguro de haber venido al lugar correcto, señor? —dijo. —Sí, Sargento. Deseo enrolarme. El Sargento Jackrum se removió, inquieto. —Sí, señor, pero no estoy seguro de que a un caballero como usted... —¿Va a enrolarme o no, Sargento? —No es normal que un caballero se inscriba como soldado común, señor—masculló el Sargento. —Lo que usted quiere decir, Sargento, es: ¿viene alguien detrás de mí?¿Hay precio por mi cabeza? Y la respuesta es no. —¿Y qué me dice de una multitud con horcas? —dijo el Cabo Strappi—.¡Él es un maldito vampiro, sarge! ¡Cualquiera lo puede ver! ¡Es un CintaNegra! ¡Mire, tiene la insignia! —La que dice ‘Ni una gota’ —dijo el joven tranquilamente—. Ni una gotade sangre humana, Sargento. Una prohibición que he aceptado durante casidos años, gracias a la Liga de Abstinencia. Por supuesto, si tiene unaobjeción personal, sargento, sólo tiene que dármela por escrito. Lo que decía era bastante ingenioso, pensó Polly. Esa ropa costababastante dinero. La mayoría de las familias vampiras eran muy refinadas.Nunca sabías quién estaba conectado con quién... no exactamenteconectado con quién, a decir verdad, sino con quiénes. Esos quienes eranposiblemente más molestos que tus quienes ordinarios de todos los días. ElSargento estaba divisando una milla de áspero camino. —Hay que moverse con la época, Cabo —dijo, decidiendo no ir por allí—. Y ciertamente necesitamos a los hombres. —Sí, ¿pero suponga que quiere chuparme toda la sangre en medio de lanoche? —dijo Strappi. —Bien, sólo tendrá que esperar hasta que el Soldado Igor termine debuscar su cerebro, ¿verdad? —replicó el Sargento—. Firme aquí, mister. La pluma rascó sobre el papel. Después de uno o dos minutos, elvampiro lo giró y continuó escribiendo del otro lado. Los vampiros teníannombres largos. —Pero usted puede llamarme Maladict —dijo, colocando la pluma de
  • 22. nuevo en el tintero.[10] —Muchas gracias, debo decir, señ... soldado. Dele el chelín, Cabo. Québueno que no sea uno de plata, ¿eh? ¡Ja ja! —Sí —dijo Maladict—. Así es. —¡El siguiente! —dijo el Sargento. Polly observó mientras un muchachode granja, pantalones cortos sujetos con cordel, se movió hasta ponerseenfrente de la mesa y miró la pluma con la perplejidad resentida de aquellosconfrontados con las nuevas tecnologías. Ella fue hasta la barra. El propietario la miró a la manera de los malospropietarios de todos lados. Como su padre siempre decía, si tienes unaposada te gustan las personas o te vuelves loco. Curiosamente, algunos delos locos eran los mejores a la hora de cuidar su cerveza. Pero por el olor delsitio, éste no era uno de ésos. Se inclinó sobre la barra. —Una pinta, por favor —dijo, y observó abatida mientras el hombrehacía un gesto de reconocimiento y se volvía hacia los grandes barriles.Estaría avinagrada, lo sabía, porque cada noche volverían a poner dentro lasgotas que caían en el balde bajo el grifo, y la espita sin reponer, y... sí, seríaservida en un pichel de cuero que probablemente nunca había sido lavado. Un par de nuevos reclutas ya estaba golpeando sus pintas vacías, sinembargo, con cada signo audible de placer. Pero esto era Plün, después detodo. Cualquier cosa que te hiciera olvidar que estabas ahí eraprobablemente digna de ser bebida. —Deliciosa pinta ésta, ¿eh? —dijo uno de ellos. Y el muchacho a su lado eructó y dijo: —La mejor que he saboreado, sí. Polly olfateó el pichel. El contenido apestaba como algo que no daría decomer a los cerdos. Tomó un sorbo, y su opinión cambió totalmente. Sí se lodaría de comer a los cerdos. Esos muchachos nunca antes han probadocerveza, se dijo. Es como papá decía. En el país hay muchachos que seenrolarían por un par de pantalones desocupados. Y beberán esta mugre yfingirán disfrutarla como hombres, oigan, bebimos un poco anoche, ¿eh,muchachos? Y luego lo siguiente...
  • 23. Oh, cielos... eso la hizo recordar. ¿Cómo sería el retrete aquí? El de loshombres en el patio trasero allá en casa era bastante malo. Polly lanzabados grandes baldes de agua en él todas las mañanas mientras trataba de norespirar. Había un raro musgo verde sobre el piso de baldosas. Y La Duquesaera una buena posada. Tenía clientes que se quitaban las botas antes deacostarse. Estrechó los ojos. Este tonto estúpido enfrente de ella, un hombre quetrataba que una ceja larga hiciera el trabajo de dos, les estaba sirviendobazofia y asqueroso vinagre justo antes de que marcharan a la guerra... —Essta sservessa —dijo Igor, a su derecha—, ssabe a piss de caballo. Polly retrocedió. Incluso en un bar así, era acabar con la charla. —Oh, lo sabrías, ¿verdad? —dijo el barman, acercándose al muchacho—. Has bebido pis de caballo, ¿verdad? —Ssí —dijo Igor. El barman puso un puño enfrente de la cara de Igor. —Ahora escúchame, tú pequeño ceceoso... Un delgado brazo negro apareció con velocidad asombrosa y una pálidamano golpeó la muñeca del hombre. La única ceja se retorció en repentinaagonía. —Ahora, así es como va —dijo Maladict tranquilamente—. Somossoldados de la Duquesa, ¿de acuerdo? Sólo diga ‘aargh’. Debe haber apretado. El hombre gimió. —Gracias. Y usted está sirviendo como cerveza un líquido mejordescrito como agua fétida —continuó Maladict en el mismo tono coloquial—.Yo, por supuesto, no bebo... orina de caballo,[11] pero tengo un sentido delolfato muy desarrollado, y preferiría no decir en voz alta la lista de cosas quepuedo oler en estas tinieblas, así que sólo diremos ‘excremento de rata’ y lodejaremos así, ¿quiere? Sólo gima. Buen hombre. —Al final de la barra, unode los nuevos reclutas vomitó. Los dedos del barman se habían puestoblancos. Maladict asintió con satisfacción. —Incapacitar a un soldado de su gracia en tiempo de guerra es undelito de traición —dijo. Se inclinó hacia adelante—. Sancionable, porsupuesto, con la... muerte. —Maladict pronunció la palabra con cierto
  • 24. deleite—. Sin embargo, si ocurre que hay otro barril de cerveza por el lugar,usted sabe, cosa buena, lo que usted guardaría para sus amigos si tuvieraalgún amigo, entonces estoy seguro de que podremos olvidar este pequeñoincidente. Ahora, voy a soltar su muñeca. Puedo deducir por su ceja que espensador, y si está pensando en volver corriendo aquí con un gran palo, megustaría que en cambio pensara en esto: me gustaría que usted pensara enesta cinta negra que llevo. Sabe qué significa, ¿verdad? El barman hizo una mueca de dolor, y masculló: —Liga de Abstinencia... —¡Correcto! ¡Bien hecho! —dijo Maladict—. Y un pensamiento más parausted, si tiene lugar. Sólo hice la promesa de no beber sangre humana. Noquiere decir que no puedo patearle la ingle tan duro que se quede sordorepentinamente. Soltó la muñeca. El barman se enderezó despacio. Bajo la barra tendríaun corto garrote de madera, Polly lo sabía. Cada barra tenía uno. Incluso supadre tenía uno. En épocas de preocupación y confusión era una granayuda, decía. Vio que los dedos de la mano utilizable se encogían. —No lo haga —dijo—. Creo que habla en serio. El barman se relajó. —Un pequeño malentendido, caballeros —masculló—. Puse el barrilequivocado. Sin intención de ofender —Se alejó, con su mano latiendo casivisiblemente. —Ssólo dije que era piss de caballo —dijo Igor. —No causará problemas —dijo Polly a Maladict—. Será tu amigo desdeahora. Ha averiguado que no puede derrotarte así que va a ser tu mejorcompañero. Maladict la sometió a una mirada pensativa. —Yo lo sé —dijo—. ¿Cómo es que tú lo sabes? —Solía trabajar en una posada —dijo Polly, sintiendo que su corazónempezaba a latir más rápido, como siempre que las mentiras formaban fila—. Se aprende a conocer a las personas. —¿Qué hacías en la posada? —Barman.
  • 25. —Hay otra posada en este agujero, ¿verdad? —Oh no, no soy de por aquí. Polly protestó ante el sonido de su propia voz, y esperó la pregunta:‘¿Entonces porqué vienes aquí a enrolarte?’ No llegó. En cambio, Maladictsólo se encogió de hombros. —No debería pensar que alguno es de por aquí. Un nuevo par de reclutas llegó al bar. Tenían el mismo aspecto;avergonzados, un poco desafiantes, con ropa que no les quedaban bien.Ceja reapareció con un pequeño barrilete, que colocó reverentemente sobreuna base y palmeó con suavidad. Sacó un genuino pichel de peltre de abajode la barra, lo llenó, y lo ofreció a Maladict, con algo de turbación. —¿Igor? —dijo el vampiro, desechándolo. —Me quedo con la orina de caballo, si le da igual —dijo Igor. Miró a sualrededor en medio del silencio repentino—. Mira, nunca dije que no megustaba —continuó Igor. Empujó su jarro al otro lado de la pegajosa barra—. ¿Lo missmo otra vess? Polly tomó el nuevo pichel y lo olió. Entonces tomó un sorbo. —No es mala —dijo—. Por lo menos sabe como... La puerta se abrió de golpe, dejando entrar el sonido de la tormenta.Entró aproximadamente dos tercios de un troll, y luego se las arregló parapasar el resto de sí. A Polly le caían bien los trolls. A veces los encontraba en los bosques,sentados entre los árboles o caminando resueltamente a lo largo de lossenderos hacia donde fueran los trolls. No eran amigables, eran...resignados. El mundo tiene humanos, vive con eso. No merecen unaindigestión. No puedes matarlos a todos. Camina alrededor de ellos. Pisarlosno resulta a largo plazo. Ocasionalmente un granjero podía contratar alguno para hacer eltrabajo pesado. A veces aparecían, a veces no. A veces aparecían,caminando alrededor de un campo y arrancando tocones como si fueranzanahorias, y luego se iban sin esperar a ser pagados. Muchas de las cosasque los humanos hacían dejaban perplejos a los trolls, y viceversa. Engeneral, se evitaban.
  • 26. Pero no veía a menudo trolls tan... troll como éste. Parecía una rocaque había pasado siglos en los húmedos bosques de pinos. Los líquenes locubrían. El musgo gris colgaba en cortinas desde su cabeza y barbilla. Teníael nido de un ave en una oreja. Tenía un genuino garrote troll, hecho de unárbol arrancado. Era casi un troll de broma, excepto que nadie se reiría. El extremo de la raíz del árbol rebotaba sobre el piso mientras el troll,observado por los reclutas y un horrorizado Cabo Strappi, se acercaba condificultad a la mesa. —Dezeo En Rolarme —dijo—. Haré mi parte. Deme chelín. —¡Es un troll! —explotó Strappi. —Bueno, bueno, nada de eso, Cabo —dijo el Sargento Jackrum—. Nopregunte, no cuente.[12] —¿Que no pregunte? ¿Que no pregunte? ¡Es un troll, sarge! ¡Tienepeñascos! ¡Hay hierba que crece bajo sus uñas! ¡Es un troll! —Correcto —dijo el Sargento—. Enrólelo. —¿Quieres pelear con nosotros? —chilló Strappi. Los trolls no teníansentido del espacio personal, y lo que era —para propósitos prácticos— unatonelada de roca se inclinó sobre la mesa. El troll analizó la pregunta. Los reclutas permanecieron en silencio, losjarros a mitad de camino a las bocas. —No —dijo el troll por fin—. Voy a pelear con el Ejérzito. Loz diozezzalven a... —El troll hizo una pausa y miró el techo. Sea lo que fuera queestaba buscando allí parecía no ser visible. Entonces se miró los pies, dondecrecía hierba. Entonces miró su mano libre y movió los dedos como sicontara algo—... la Duqueza —dijo. Había sido una larga espera. La mesacrujió cuando el troll colocó una mano sobre ella, palma hacia arriba—.Deme chelín. —Sólo tenemos trozos de pape... —comenzó el Cabo Strappi. ElSargento Jackrum le clavó un codo en las costillas. —Lo juro, ¿está loco? —siseó—. ¡Hay una recompensa de diez hombrespor enrolar a un troll! —Metió su otra mano en el bolsillo de su chaqueta,sacó un verdadero chelín de plata, y lo puso con delicadeza en la inmensamano—. ¡Bienvenido a tu nueva vida, amigo! Ahora escribiré tu nombre,
  • 27. ¿quieres? ¿Cómo te llamas? El troll miró el techo, los pies, el Sargento, la pared y la mesa. Polly vioque sus labios se movían. —¿Carborundum? —probó. —Sí, probablemente —dijo el Sargento—. Er, ¿te gustaría afei... cortaralgo de ese pel... musgo? Tenemos una, una especie de... regla... Pared, piso, techo, mesa, dedos, Sargento. —No —dijo Carborundum. —Correcto. Correcto. Correcto —dijo el Sargento rápidamente—. No esuna regla en sí, en realidad, es más una advertencia. Una absurda, también,¿eh? Siempre lo he pensado. Me alegro de tenerte con nosotros —añadiófervientemente. El troll lamió la moneda, que brillaba como un diamante en su mano.Tenía hierba que crecía bajo las uñas también, notó Polly. EntoncesCarborundum se acercó a la barra. La multitud se abrió en un instante,porque los trolls nunca tenían que estar en la parte posterior del dique decuerpos, agitando el dinero y tratando de captar la mirada del barman. Partió la moneda en dos y dejó caer ambas mitades sobre la barra. Cejatragó. Se veía como si hubiera dicho ‘¿Está seguro?’, excepto que ésta noera una pregunta que los barman dirigían a personas que pesaban más demedia tonelada. Carborundum pensó durante un rato, y luego dijo: —Deme trago. Ceja asintió, desapareció brevemente en la habitación detrás de labarra, y volvió portando un jarro de doble manija. Maladict estornudó. Losojos de Polly lagrimearon. Era esa clase de olor que se siente con losdientes. El bar podría hacer fétida cerveza como siempre, pero esto eravinagre que picaba los ojos. Ceja dejó caer la mitad de la moneda de plata en él, y luego sacó unpenique de cobre del cajón del dinero y lo sostuvo sobre el jarro humeante.El troll asintió. Con apenas un atisbo de ceremonia, como un camarero decóctel dejando caer el pequeño paraguas en un Doble Sentido, Ceja dejócaer el cobre. Más burbujas brotaron. Igor observaba con interés. Carborundum
  • 28. recogió el jarro con dos dedos de cada mano del tamaño de palas, y tragó elcontenido de una vez. Se quedó de pie, inmóvil, por un momento, entoncespuso el jarro cuidadosamente sobre la barra. —Ustedes caballeros podrían desear retroceder un poco —murmuróCeja. —¿Qué va a ocurrir? —dijo Polly. —Les da a todos de manera diferente —dijo Ceja—. Parece que éste...no, allí va... Con considerable estilo, Carborundum se fue para atrás. No huboninguna flexión en las rodillas, ningún femenino intento de suavizar la caída.Sólo pasó de estar de pie, una mano fuera, a echado, una mano arriba.Incluso se meció suavemente durante algún tiempo después de golpear elpiso. —No tienen cabeza para su bebida —dijo Ceja—. Característico de losjóvenes. Quiere jugar al troll grande, entra aquí, ordena un ElectrickFloorbanger,[13] y no sabe cómo manejarlo. —¿Va a volver en sí? —preguntó Maladict. —No hasta el amanecer, calculo —dijo Ceja—. El cerebro deja detrabajar. —No debería afectarlo demasiado, entonces —dijo el Cabo Strappi,acercándose—. Correcto, montón miserable. Van a dormir en el cobertizo dela parte posterior, ¿comprendido? Prácticamente impermeable, apenasninguna rata. ¡Saldremos de aquí al amanecer! ¡Están en el ejército ahora! --- Polly estaba tendida en la oscuridad, sobre una cama de paja rancia. Notenía sentido que nadie se desvistiera. La lluvia martillaba sobre el techo y elviento se colaba a través de una rajadura bajo la puerta, a pesar del intentode Igor de taparla con paja. Hubo un poco de conversación desganada,durante la cual Polly descubrió que estaba compartiendo el frío y húmedocobertizo con ‘Tonker’ Halter, ‘Shufti’ Manickle, ‘Wazzer’ Goom y ‘Lofty’Tewt. Maladict e Igor no parecían haber adoptado apodos reproducibles. Ella
  • 29. se convirtió en Ozzer por acuerdo general. Ante la absoluta sorpresa de Polly, el muchacho ahora conocido comoWazzer había sacado una pequeña imagen de la Duquesa de su mochila y lacolgó, nervioso, en un viejo clavo. Nadie dijo nada mientras le rezaba. Sesuponía que así debía ser. Dijeron que la Duquesa estaba muerta... Polly se estaba lavando cuando escuchó a los hombres conversar, tardeuna noche, y es una pobre mujer la que no puede escuchar mientras haceruido al mismo tiempo. Muerta, dijeron, pero las personas en Príncipe-Marmaduke-Piotre-Albert-Hans-Joseph-Bernhardt-Wilhelmsberg no lo admitían. Eso era porqueal no haber ningún niño allí, y con las realezas casándose con los primos ylas abuelitas de los otros todo el tiempo, el trono ducal sería para el PríncipeHeinrich de Zlobenia. ¡Ahí tiene! ¿Puede creerlo? Es por eso que nunca lavemos, ¿de acuerdo? ¿Y no ha habido una nueva imagen todos estos años?Le hace pensar, ¿eh? Oh, dicen que ha estado de luto por el joven Duque,¡pero eso fue hace más de setenta años! Dicen que fue enterrada en secretoy... En ese punto su padre silenció al que hablaba. Hay algunasconversaciones donde ni siquiera quieres que nadie recuerde que estabas enla misma habitación. Muerta o viva, la Duquesa velaba por ti. Los reclutas trataban de dormir. Ocasionalmente, alguien eructaba o pedeaba ruidosamente, y Pollyrespondió con algunos falsos erutos propios. Eso pareció inspirar mayoresfuerzo de parte de los otros durmientes, hasta el punto donde el techotraqueteó y cayó polvo, antes de que todos amainaran. Una o dos vecesescuchó que alguien salía tambaleante a la ventosa oscuridad, en teoríahacia el retrete pero probablemente, teniendo en cuenta la impaciencia
  • 30. masculina en estos temas, mucho más cerca de la casa. Una vez, entrando ysaliendo de un sueño problemático, creyó escuchar que alguien sollozaba. Tomando cuidado para no hacer demasiado ruido, Polly sacó la últimacarta de su hermano, muy plegada, muy leída y muy manchada, y la leyó ala luz de la solitaria vela que se fundía. Había sido abierta y excesivamentemutilada por los censores, y llevaba la estampilla del Ducado. Decía: Mis queridos todos, Estamos en XXX que es XXX con una XXX cosa grande con pomos. EnXXX haremos XXX que es lo mismo porque XXX afuera. Estoy bien de salud.La comida es XXX. XXX iremos XXX en el XXX pero mi compañero XXX diceque no me preocupe, que todo terminará cerca de XXX y que todosrecibiremos medallas. ¡No se desanimen! Paul Estaba escrita con la mano cuidadosa, excesivamente clara y bienformada de alguien que tiene que pensar cada letra. La dobló despacio otravez. Paul quería medallas, porque eran brillantes. Había sucedido casi unaño atrás, cuando alguna partida de reclutamiento que pasó se fue con lamejor parte de un batallón, y hubo personas que los despidieron conbanderas y música. A veces, ahora, volvían partidas más pequeñas dehombres. Los que tenían suerte sólo les faltaba un brazo o una pierna. Nohabía banderas. Desplegó otro trozo de papel. Era un panfleto. Estaba encabezado ‘¡Delas Madres de Borogravia!’ Las madres de Borogravia estaban muy segurasde querer enviar sus hijos a la guerra contra el Agresor de Zlobenia yusaban muchos signos de exclamación para decirlo. Y esto era raro, porquelas madres en Munz no parecían muy entusiastas con la idea de enviar sushijos a la guerra, y positivamente trataban de traerlos de regreso. Parecíaque algunas copias del folleto habían llegado a cada casa, aun así. Era muypatriótico. O sea, hablaba de matar extranjeros. Polly había aprendido a leer y escribir en cierta forma porque la posadaera grande y era un negocio y las cosas tenían que ser contadas y anotadas.
  • 31. Su madre le había enseñado a leer, que era aceptable para Nuggan, y supadre se aseguró de que aprendiera a escribir, que no lo era. Una mujer quesabía escribir era una Abominación para Nuggan, de acuerdo con el PadreJupe;[14] algo que ella escribiera sería por definición una mentira. Pero de todos modos Polly había aprendido porque Paul no, por lomenos con el nivel necesario para administrar una posada tan concurridacomo La Duquesa. Podía leer si pasaba el dedo despacio a lo largo de laslíneas, y escribía cartas a paso de tortuga, con mucho cuidado y pesadarespiración, como un hombre montando una pieza de joyería. Era grande,amable y lento y podía levantar barriletes de cerveza como si fueranjuguetes, pero no se sentía cómodo con el papeleo. Su padre había sugeridoa Polly, muy suavemente pero muy a menudo, que debería estar detráscuando le llegara el momento de administrar La Duquesa. Solo, sin nadieque le dijera qué hacer, su hermano se quedaría parado mirando las aves. Paul insistió en que le leyera todo el ‘¡De las Madres de Borogravia!’,incluso las partes sobre los héroes y que no habría mejor bien que morir porsu país. Ahora deseaba no haberlo hecho. Paul hacía lo que se le decía.Desafortunadamente, también creía lo que le decían. Polly dejó los papeles a un lado y dormitó otra vez, hasta que su vejigala despertó. Oh, bien, por lo menos a esta hora de la mañana tendría elcamino despejado. Tomó su mochila y caminó hacia la lluvia tan silenciosacomo pudo. Principalmente caía de los árboles ahora, que rugían en el viento quesoplaba desde el valle. La luna estaba escondida en las nubes, pero habíaluz suficiente para distinguir los edificios de la posada. Cierta grisuraindicaba que se aproximaba lo que pasaba por amanecer en Plün. Localizó elretrete de los hombres que, efectivamente, apestaba por mala puntería. Un montón de planificación y práctica se pusieron en marcha en estemomento. Era ayudada por el diseño del pantalón, que era del tipoanticuado con generosa bragueta abotonada, y también por losexperimentos que hizo muy temprano por la mañana cuando hacía lalimpieza. En pocas palabras, con cuidado y atención al detalle, habíadescubierto que una mujer podía hacer pis de pie. Indudablemente había
  • 32. resultado en casa, en el retrete de la posada, que había sido diseñado yconstruido para la segura expectativa de falta de rumbo de los clientes. El viento hacía temblar el frío y húmedo edificio. En la oscuridad pensóen la Tía Hattie, que se había puesto un poco extraña cerca de susexagésimo cumpleaños y acusaba a los jóvenes que pasaban de mirar suvestido. Se ponía aun peor después de un vaso de vino, y tenía una broma:‘¿Qué hace que un hombre se ponga de pie, que una mujer se siente, y queun perro levante la pata?’ Y luego, cuando todos estaban demasiadoavergonzados para responder, triunfalmente chillaba: ‘¡Dar la mano!’, y secaía hacia atrás. La Tía Hattie era toda una Abominación por sí sola. Polly se abotonó el pantalón con una sensación de euforia. Sentía quehabía cruzado un puente, una sensación que era reforzada por lacomprensión de que había mantenido los pies secos. Alguien dijo: —¡Psst! Fue apenas había terminado de mear. El pánico le estrujó todos losmúsculos en un instante. ¿Dónde se estaba escondiendo? ¡Éste era sólo unviejo cobertizo podrido! Oh, había algunos cubículos, pero sólo el olorsugería muy enérgicamente que los bosques más allá serían una muchomejor propuesta. Incluso en una terrible noche. Incluso con el agregado delobos. —¿Sí? —tembló, y luego se aclaró la garganta y preguntó, con un pocomás de rudeza—: ¿Sí? —Necesitarás esto —susurró la voz. En la fétida penumbra distinguióalgo que asomaba sobre el borde de un cubículo. Extendió la mano nerviosay tocó blando. Era un bulto de lana. Sus dedos la exploraron. —¿Un par de medias? —dijo. —Correcto. Póntelas —dijo roncamente la voz misteriosa. —Gracias, pero he traído varios pares... —empezó Polly. Se escuchó un apagado suspiro. —No. No en tus pies. Mételas en la parte delantera de tu pantalón. —¿Qué quiere decir? —Mira —dijo el susurrador pacientemente—, no abultas donde no
  • 33. deberías abultar. Eso es bueno. Pero no abultas donde debes abultar,tampoco. ¿Sabes? ¿Más abajo? —¡Oh! Er... yo... pero... no pensé que las personas se dieran cuenta...—dijo Polly, encendida de vergüenza. ¡Había sido descubierta! Pero no habíaagitación ni gritos, ninguna cita enfadada del Libro de Nuggan. Alguien laestaba ayudando. Alguien que la había visto... —Es algo gracioso —dijo la voz—, pero más notan lo que falta que loque está. Sólo un par, sugiero. No te pongas ambiciosa. Polly vaciló. —Hum... ¿es obvio? —dijo. —No. Es por eso que te di las medias. —Quiero decir que... que no soy... que soy... —No realmente —dijo la voz oculta—. Eres bastante buena. Vienescomo un muchacho joven y asustado que trata de parecer grande y valiente.Podrías hurgarte la nariz un poco más a menudo. Sólo un consejo. Pocascosas interesan más a un joven que el contenido de su nariz. Ahora tengoque pedirte un favor a cambio. Yo no le pedí ninguno, pensó Polly, totalmente molesta al ser tomadapor un muchacho joven y asustado cuando estaba segura de haber dado laimpresión de un muchacho joven, fresco y tranquilo. Pero dijo con calma: —¿Qué es? —¿Tienes algún papel? Sin palabras, Polly sacó ‘¡De las Madres de Borogravia!’ de la camisa yse lo pasó. Escuchó el sonido de un fósforo que se encendía y un olor aazufre que solamente mejoró las condiciones generales. —Vaya, ¿es éste el blasón de su gracia la Duquesa lo que veo enfrentede mí? —dijo el susurrador—. Bien, no estará enfrente de mí durante muchotiempo.[15] Lárgate... muchacho. Polly salió rápidamente en la noche, conmocionada, aturdida,confundida y casi asfixiada, y llegó a la puerta del cobertizo. Pero apenas lacerró y todavía estaba parpadeando en la negrura cuando se abrió de golpeotra vez para dejar entrar al viento, a la lluvia y al Cabo Strappi. —¡Muy bien, muy bien! ¡Manos afuera de... bien, ustedes no serían
  • 34. capaces de encontrarlas... y arriba con medias! Hup hup hi ho hup hup...[16] De repente unos cuerpos saltaron o cayeron alrededor de Polly. Susmúsculos debían haber obedecido directamente la voz, porque ningúncerebro se puede poner en marcha tan rápidamente. El Cabo Strappi, enobediencia a la ley de los suboficiales, respondía haciendo la confusión másconfusa. —¡Santo cielo, un montón de ancianas podría moverse mejor queustedes! —gritó con satisfacción mientras las personas se agitaban a sualrededor buscando abrigos y botas—. ¡Atención! ¡Afeitarse! ¡Todos loshombres del regimiento deben estar bien afeitados, es una orden! ¡Vístanse!¡Wazzer, tengo mis ojos sobre usted! ¡Moverse! ¡Moverse! ¡Desayuno encinco minutos! ¡El último no recibe salchicha! ¡Oh cielos, qué condenadallovizna! Los cuatro jinetes menores, Pánico, Perplejidad, Ignorancia y Gritostomaron el control de la habitación, para el obsceno regocijo del CaboStrappi. Polly, sin embargo, se escurrió por la puerta, sacó de su mochila unpequeño jarro de estaño, lo metió en un tonel de agua, lo acomodó sobre unviejo barril detrás de la posada, y empezó a afeitarse. También lo había practicado. El secreto estaba en la vieja navaja dedegollar que había desafilado cuidadosamente. Después de eso, todo estabaen la brocha y el jabón. Ponerse mucha espuma, afeitar mucha espuma, yhas tenido una afeitada, ¿verdad? Debe hacerlo, señor, sienta qué suaveestá la piel... Había llegado a la mitad cuando una voz gritó junto a su oído: —¿Qué crees que estás haciendo, Soldado Partes? También por eso la hoja estaba desafilada. —¡Perks, señor! —dijo, frotándose la nariz—. ¡Me estoy afeitando,señor! ¡Es Perks, señor! —¿Señor? ¿Señor? No soy un señor, Partes, soy un maldito Cabo,Partes. Eso significa que tú me llamas ‘Cabo’, Partes. Y te estás afeitando enun jarro oficial de regimiento, Partes, qué no te ha sido entregado,¿correcto? ¿Eres un desertor, Partes? —¡No, señ... Cabo!
  • 35. —¿Un ladrón, entonces? —¡No, Cabo! —¿Entonces, cómo es que tienes un maldito jarro, Partes? —¡Lo tomé de un hombre muerto, señor... Cabo! La voz de Strappi, elevada hasta el grito en todo caso, se convirtió enun chillido de rabia. —¿Eres un saqueador? —¡No, Cabo! El soldado... ... casi había muerto en sus brazos, sobre el piso de la posada. Había media docena de hombres en esa partida de héroes queregresaban. Deben haber caminado con la cara triste por días, volviendo alos pequeños pueblos en las montañas. Polly contó nueve brazos y diezpiernas entre todos, y diez ojos. Pero los aparentemente enteros estaban peores, en cierto modo.Mantenían sus hediondos abrigos bien abotonados, en lugar de vendas,sobre cualquier desastre indescriptible que hubiera debajo, y tenían el olorde la muerte sobre ellos. Los clientes habituales de la posada les hicieronespacio, y hablaron bajo, como personas en un lugar sagrado. Su padre,generalmente un hombre no propenso al sentimentalismo, pusosilenciosamente un generoso trago de brandy en cada jarro de cerveza, yrechazó todo pago. Entonces resultó que llevaban cartas de los soldados quetodavía peleaban, y uno de ellos había traído la carta de Paul. La empujó através de la mesa hacia Polly mientras les servía estofado y entonces, conmuy poco alboroto, se murió. El resto de los hombres se marcharon tambaleantes más tarde ese día,llevando con ellos, para darlas a los padres, la medalla de metal que estabaen el bolsillo del abrigo del soldado y la mención de honor oficial del Ducadoque venía con ella. Polly le había echado un vistazo. Estaba impresa, inclusola firma de la Duquesa, y el nombre del hombre había sido llenado, algoapretado, porque era más largo que el promedio. Las últimas letras seapiñaban. Son los detalles pequeños como ésos los que se recuerdan, mientras larabia candente sin dirección llena la mente. Aparte de la carta y la medalla,
  • 36. todo lo que el hombre dejaba era un jarro de estaño y, sobre el piso, unamancha que no se borraría. Cabo Strappi escuchó impaciente una versión ligeramente ajustada.Polly podía ver su mente trabajar. El jarro había pertenecido a un soldado;ahora pertenecía a otro soldado. Ésos eran los hechos del asunto, y no habíamucho que pudiera hacer sobre ello. En cambio, recurrió al terreno másseguro del abuso general. —¿Así que piensas que eres inteligente, Partes? —dijo. —No, Cabo. —Bien, me alisté, Cabo —dijo Polly mansamente. En algún lugar detrásde Strappi, alguien se rió con disimulo. —Tengo mis ojos sobre ti, Partes —gruñó Strappi, temporalmentederrotado—. Sólo pon un pie equivocado, eso es todo. —Salió a grandeszancadas. —Hum... —dijo una voz junto a Polly. Se giró para ver a otro joven quellevaba ropa usada y un aire de nerviosismo que no ocultaba totalmente algode cólera bullente. Era grande y pelirrojo, pero tenía el pelo tan corto queera sólo pelusa. —Eres Tonker, ¿correcto? —dijo. —Sí, y, er... ¿podrías prestarme tu navaja de afeitar, correcto? Polly miró una barbilla tan libre de pelo como una bola de billar. Elmuchacho se ruborizó. —Tengo que comenzar algún día, ¿correcto? —dijo desafiante. —La navaja necesitará ser afilada —dijo Polly. —Está bien, sé cómo hacerlo —dijo Tonker. Polly le entregó el jarro y la navaja sin palabras, y aprovechó laoportunidad de meterse en el retrete mientras todos los demás estabanocupados. Era trabajo de un momento poner las medias en su lugar. Fijarlasera el problema, que solucionó desenrollando parte de una y metiéndolabajo el cinturón. Se sentían raras, y extrañamente pesadas para ser unpequeño paquete de lana. Caminando un poco torpemente, Polly entró paraver qué horror traería el desayuno.
  • 37. Trajo pan-caballo pasado, salchicha y cerveza muy aguada. Agarró unasalchicha y una rebanada de pan y se sentó. Tenías que concentrarte para comer ese pan-caballo. Había mucho másen estos días, un pan hecho de harina molida con guisantes deshidratados,frijoles y restos de verdura. Solía ser hecho para los caballos, para ponerlosen buena condición. Ahora a duras penas veías otra cosa sobre la mesa, ytambién tendía a ser cada vez menos. Necesitabas tiempo y buenos dientespara abrirte camino por una rebanada de pan-caballo, así como necesitabasuna total falta de imaginación para comer una salchicha moderna. Polly sesentó y se concentró en mascar. La única otra área en calma estaba alrededor del Soldado Maladict, quebebía café como un joven relajado en una mesa en la acera, con el aire dealguien que tiene la vida totalmente resuelta. Inclinó la cabeza hacia Polly. ¿Era él en el retrete?, se preguntó. Volví a entrar justo cuando Strappiempezó a gritar y todos empezaron a correr de un lado para otro y adentroy afuera. Podría haber sido cualquiera. ¿Usan los vampiros el retrete? Bien,¿lo hacen? ¿Alguien alguna vez se ha atrevido a preguntar? —¿Dormiste bien? —preguntó. —Sí. ¿Y tú? —dijo Polly. —No podía soportar ese cobertizo, pero el Sr. Ceja me permitiógentilmente usar su sótano —dijo Maladict—. Los viejos hábitos tardan enmorir, ¿sabes? Por lo menos —añadió—, los viejos hábitos aceptables. Nuncame he sentido feliz si no cuelgo de algo. —¿Y conseguiste café? —Llevo mi propio suministro —dijo Maladict, señalando una pequeñamáquina de hacer café, exquisita y dorada, sobre la mesa junto a su taza—,y el Sr. Ceja hirvió gentilmente un poco de agua para mí. —Sonrió,mostrando dos largos dientes caninos—. Es asombroso lo que se puedelograr con una sonrisa, Oliver. Polly asintió. —Er... ¿Es Igor tu amigo? —preguntó. En la siguiente mesa Igor habíaobtenido una salchicha, presumiblemente cruda, de la cocina, y la estabaobservando atentamente. Un par de alambres corrían de la salchicha a un
  • 38. horrible jarro de cerveza avinagrada, que estaba borboteando. —Nunca lo he visto en mi vida —dijo el vampiro—. Por supuesto, siconoces uno, conoces a todos ellos en cierto sentido. Teníamos un Igor encasa. Maravilloso trabajador. Muy leal. Muy confiable. Y, por supuesto, tanbueno para coser cosas, si sabes qué quiero decir. —Esas puntadas alrededor de su cabeza no parecen muy profesionales—dijo Polly, que estaba empezando a molestarle la permanente expresión desuperioridad fácil de Maladict. —Oh, ¿eso? Es un cosa Igor —dijo Maladict—. Es una Moda. Como...marcas tribales, ¿sabes? Les gustan para mostrarlas. Ja, una vez tuvimos uncriado que tenía puntadas todo alrededor del cuello, y estaba sumamenteorgulloso de ellas. —¿De veras? —dijo Polly débilmente. —¡Sí, y lo gracioso de todo eso era que ni siquiera era su cabeza! Ahora Igor tenía una jeringa en la mano, y observaba la salchicha conaire de satisfacción. Por un momento, Polly creyó ver que la salchicha semovía... —¡Muy bien, muy bien, el tiempo se ha terminado, ustedes horriblemontón! —ladró el Cabo Strappi, entrando en la habitación—. ¡Atención!¡Eso quiere decir alinearse, ustedes partida! ¡Eso va para ti también, Partes!Y tú, Sr. Vampiro, señor, ¿te nos unirá para una ligera marcha militarmatutina? ¡Sobre tus pies! ¿Y dónde está ese maldito Igor? —Aquí, sseñor —dijo Igor, a tres pulgadas detrás del espinazo deStrappi. El Cabo dio media vuelta. —¿Cómo llegaste allí? —bramó. —Ess un don, sseñor —dijo Igor. —¡Nunca te ponga detrás de mí otra vez! ¡Ponte en línea con el resto!Ahora... ¡Atención! —Strappi suspiró teatralmente—. Eso significa ‘pararsederecho’. ¿Lo tienen? ¡Una vez más con sentimiento! ¡Atención! ¡Ah, ya veoel problema! ¡Tienen pantalones que están permanentemente en descanso!¡Creo que tendré que escribir a la Duquesa y decirle que debe pedirles quele devuelvan su dinero! ¿Por qué estás sonriendo, Señor Vampiro? —Strappise colocó enfrente de Maladict, que se cuadró perfectamente.
  • 39. —¡Feliz de estar en el regimiento, Cabo! —Sí, correcto —masculló Strappi—. Bien, no serás tan... —¿Todo en orden, Cabo? —preguntó el Sargento Jackrum, que aparecióen la entrada. —Podríamos esperar mejor, Sargento —suspiró el Cabo—. Deberíamosdevolverlos, oh cielos, sí. Inútiles, inútiles, inútiles... —Está bien, muchachos. Descansen —dijo Jackrum, echando unamirada menos que amigable a Strappi—. Hoy bajaremos hacia Plotz, dondenos reuniremos con las demás partidas de reclutamiento y les seránsuministrados sus uniformes y armas, muchachos con suerte. ¿Alguno deustedes ha usado un arma? ¿Tú, Perks? Polly bajó la mano. —Un poco, sarge. Mi hermano me enseñó un poco cuando estaba encasa de permiso, y algunos de los ancianos en el bar donde trabajaba medieron algunos, er, consejos. —Lo habían hecho, seguro. Era graciosoobservar a una niña que agita una espada a su alrededor, y habían sidobastante amables cuando no se estaban riendo. Aprendía rápido, pero sehabía propuesto parecer torpe mucho después de haber logrado el tactopara la hoja, porque usar una espada era también ‘trabajo de un Hombre’ yuna mujer que lo hacía era una Abominación para Nuggan. Los viejossoldados, en general, se tomaban con calma las Abominaciones. Seríagraciosa mientras fuera inútil, y estaría a salvo mientras fuera graciosa. —Experto, ¿verdad? —dijo Strappi, sonriendo desagradablemente—. Unverdadero genio con el florete, ¿verdad? —No, Cabo —dijo Polly mansamente. —Muy bien —dijo Jackrum—. Alguien más... —Espere, sarge, calculo que a todos nos gustaría un poco de instruccióndel maestro de esgrima Partes —dijo Strappi—. ¿No es correcto,muchachos? —Se escuchó un murmullo general desde el escuadrón y seencogieron de hombros; reconocían a un correcto pequeño bastardointimidante cuando lo veían pero se alegraban de no haberse metido con él. Strappi sacó su propia espada. —Préstele una de las suyas, sarge —dijo—. Vamos. Sólo un poco de
  • 40. diversión, ¿eh? Jackrum vaciló, y echó un vistazo a Polly. —¿Qué me dices, muchacho? No tienes que hacerlo —dijo. Tendré que hacerlo tarde o temprano, pensó Polly. El mundo estaballeno de Strappi. Si retrocedías, sólo seguían avanzando. Tenías que pararlosdesde el principio. Suspiró. —Está bien, sarge. Jackrum sacó uno de sus alfanjes de la funda y lo pasó a Polly. Parecíaasombrosamente afilado. —No te lastimará, Perks —dijo mientras miraba al sonriente Strappi. —Trataré de no lastimarlo tampoco, señor —dijo Polly, y luego semaldijo por la idiota bravata. Deben haber sido las medias las que hablaban. —Oh, bien —dijo Strappi, retrocediendo—. Veamos de qué estás hecho,Partes. De carne, pensó Polly. De sangre. De cosas que se cortan fácilmente.Oh, bien... Strappi agitó su sable como los viejos muchachos habían hecho, bienabajo, en caso de que fuera una de esas personas que pensaban que toda laidea era golpear la espada del otro hombre. La ignoró, y observó sus ojos,que no era ningún placer. No la clavaría, no a muerte, no con Jackrumobservando. Intentaría algo que doliera y que hiciera a todos reírse de ella.Ése era el estilo de Strappi hasta la médula. Cada posada contaba con uno odos entre sus clientes habituales. El Cabo la probó más agresivamente un par de veces, y por dos veces,con suerte, logró quitar la hoja del camino. La suerte se acabaría, sinembargo, y si parecía que estaba ofreciendo un espectáculo decente, Strappila pondría en vereda con ganas. Entonces recordó el consejo del viejoGomoso Abbens, un Sargento jubilado que perdió su brazo izquierdo por unaespada ancha y todos sus dientes por la sidra: ‘¡Un buen espadachín odiatoparse contra un novato, chica! ¡La razón es que no sabe qué va a hacer elcabrón!’ Movió el alfanje alocadamente. Strappi tuvo que bloquearlo, y por unmomento las espadas se trabaron.
  • 41. —¿Es lo mejor que puedes hacer, Partes? —se burló el Cabo. Polly extendió la mano y agarró su camisa. —No, Cabo —dijo—, pero esto lo es. —Tiró duro y bajó la cabeza. La colisión dolió más de lo que había esperado, pero escuchó crujir algoy no le pertenecía. Retrocedió rápidamente, ligeramente mareada, con elalfanje listo. Strappi había caído de rodillas, chorreando sangre por la nariz. Cuandose levantó, alguien iba a morir... Jadeante, Polly apeló silenciosamente al Sargento Jackrum, que habíacruzado los brazos y miraba el techo con inocencia. —Apuesto a que no aprendiste eso de tu hermano, Perks —dijo. —No, sarge. Aprendí eso de Gomoso Abbens, sarge. De repente, Jackrum la miró, sonriendo. —¿Qué, el viejo Sargento Abbens? —¡Sí, sarge! —¡Ése es un nombre del pasado! ¿Todavía está vivo? ¿Cómo está eseviejo borrachín malvado? —Er... bien conservado, sarge —dijo Polly, todavía tratando derecuperar la respiración. Jackrum rió. —Sí, lo apostaría. Hizo lo mejor peleando en bares, eso hizo. Y apostaréa que ése no es el único truco que te dijo, ¿eh? —No, señor. —Y los otros hombres habían regañado al viejo pordecírselo, y Gomoso había reído en su jarro de sidra, y de todos modoshabía pasado mucho tiempo antes de que Polly averiguara qué significaba‘joyas de la familia’. —¿Escucha eso, Strappi? —dijo el Sargento al hombre que maldecía,goteando sangre sobre el piso—. Parece que usted tiene suerte. Pero no hayningún premio para peleas justas en tumultos, muchachos, como yaaprenderán. Muy bien, la diversión ha terminado. Vaya y póngase un pocode agua fría sobre eso, Cabo. Siempre se ve peor de lo que es. Y éste es elfinal, para los dos. Es una orden. Una palabra para el sabio. ¿Comprendido? —Sí, sarge —dijo Polly mansamente. Strappi lanzó un gruñido.
  • 42. Jackrum miró al resto de los reclutas. —Está bien. ¿Alguno del resto de ustedes muchachos ha sujetado unpalo? Correcto. Veo que vamos a tener que empezar despacio y trabajarmucho... Se escuchó otro gruñido de Strappi. Tenías que admirar al hombre. Derodillas, con la sangre chorreando a través de la mano que cubría la narizlastimada, podía encontrar tiempo para hacerle a alguien la vida difícil dealguna manera. —El Foldado Chupafangre tiene una efpada, Fargento —dijoacusadoramente. —¿Eres bueno con ella? —dijo el Sargento a Maladict. —No realmente, señor —dijo Maladict—. Nunca tuve entrenamiento. Lallevo por protección, señor. —¿Cómo puedes protegerte llevando una espada si no sabes cómousarla? —No yo, señor. Otras personas. Ven la espada y no me atacan —dijoMaladict pacientemente. —Sí, pero si lo hicieran, muchacho, no serías nada bueno con ella —dijoel Sargento. —No, señor. Probablemente me conformaría con sólo arrancarles lacabeza, señor. Eso es lo que quiero decir con protección, señor. La suya, nola mía. Y recibiría un infierno de la Liga si lo hiciera, señor. El Sargento lo miró durante un rato. —Bien pensado —masculló. Se escuchó un ruido sordo detrás de ellos y una mesa se volcó. El trollCarborundum se incorporó, gimió, y cayó hacia atrás otra vez. En elsegundo intento logró mantenerse erguido, con ambas manos agarrando sucabeza. El Cabo Strappi, ahora sobre sus pies, debía haberse sentido intrépidopor la cólera. Se dirigió hacia el troll a toda velocidad, y se paró enfrente deél, vibrante de rabia y todavía rezumando sangre en chorros pegajosos. —¡Tú, pequeño hombre horrible! —gritó—. ¡Tú...! Carborundum bajó la mano y, con cuidado y sin aparente esfuerzo, lo
  • 43. levantó por la cabeza. Lo acercó a un ojo cubierto de costras y lo giró de unlado al otro. —¿Me uní al ejérzito? —tronó—. Oh, coprolito... —¡Efto ef afalto a un ofifial fuperior! —gritó la voz amortiguada delCabo. —Baja al Cabo Strappi, por favor —dijo el Sargento Jackrum. El trolllanzó un gruñido, y dejó el hombre en el piso. —Lamento ezo —dijo—. Creí que uzted era un enano. —Ecfijo que efte hombre fea arreftado por... —empezó Strappi. —Claro que no, Cabo, claro que no —dijo el Sargento—. No es elmomento. Ponte de pie, Carborundum, y en línea. Te lo juro, si intentas esepequeño truco una vez más tendrás problemas, ¿comprendido? —Zí, Zargento —gruñó el troll, y se puso de pie ayudándose con losnudillos. —Correcto, entonces —dijo el Sargento, retrocediendo—. Veamos, mismuchachos con suerte, hoy vamos a aprender sobre algo que llamamosmarchar... Dejaron Plün hacia el viento y la lluvia. Aproximadamente una horadespués de que se esfumaron detrás de una curva en el valle, el cobertizoen el que habían dormido ardió hasta los cimientos, misteriosamente. --- Hubo mejores intentos de marcha, y la habían hecho unos pingüinos. ElSargento Jackrum, trepado a la parte trasera del carro, gritabainstrucciones, pero los reclutas se movían como si nunca antes hubierantenido que ir de un lugar a otro. El Sargento gritaba el ritmo de sus pasos;detuvo el carro y le dio a algunos una lección improvisada sobre conceptoscomo ‘derecha’ e ‘izquierda’ y, gradualmente, dejaron las montañas. Polly recordaba esos primeros días con sentimientos encontrados. Todolo que hicieron fue marchar, pero ella estaba acostumbrada a las largascaminatas y sus botas eran buenas. Los pantalones dejaron de raspar. Unsol acuoso se tomaba la molestia de brillar. Hacía frío. Habría sido bueno, sin
  • 44. el Cabo. Se preguntaba cómo haría Strappi para manejar la situación entre ellos,con una nariz que tenía el mismo color de una ciruela. Resultó que tenía laintención de fingir que no había ocurrido, y también teniendo que ver conPolly lo menos posible. No se salteó a los otros, aunque era selectivo. Maladict eraestrictamente dejado solo, también Carborundum; fuera lo que fuera,Strappi no era suicida. Y estaba desconcertado con Igor. El pequeño hombrehacía cualquier tarea estúpida que Strappi encontraba para él, y la hacíarápidamente, con eficiencia, y daba la impresión de que se sentía feliz con eltrabajo, y eso dejaba al Cabo totalmente perplejo. Se metía con los otros sin ninguna razón en absoluto, los sermoneabahasta que cometían algún error trivial, y luego los regañaba. Su blancopreferido era el Soldado Goom, mejor conocido como Wazzer, que eradelgado como un palo, con ojos redondos, y nervioso; bendecía en voz altaantes de las comidas. Al final del primer día, Strappi podía hacerle vomitarcon sólo gritarle. Y entonces se reía. Pero Polly notó que él nunca reía realmente. Lo que se escuchaba encambio era una especie de gárgara chillona de saliva en la parte posterior dela garganta, un ruido como ghnssssh. La presencia del hombre estropeaba todo. Jackrum rara vez seinmiscuía. Observaba a Strappi a menudo, sin embargo, y una vez que Pollycaptó su mirada, le hizo un guiño. Durante la primera noche, sacaron del carro una carpa a los gritos deStrappi, y levantada a los gritos y, después de una cena de pan pasado ysalchicha, les gritaron enfrente de una pizarra para ser gritados. A través dela pizarra Strappi había escrito PARA QUÉ PELEAMOS y al costado y haciaabajo había escrito 1, 2, 3.[17] —¡Correcto, presten atención! —dijo, golpeando la pizarra con unavarilla—. Hay algunos que piensan que ustedes muchachos deben saber paraqué estamos peleando esta guerra, ¿de acuerdo? Bien, aquí viene. PuntoUno, ¿recuerdan el pueblo de Lipz? ¡Fue violentamente atacado por soldadosde Zlobenia hace un año! Ellos...
  • 45. —Perdone, pero pensé que nosotros atacamos Lipz, ¿verdad, Cabo? Elaño pasado dijeron... —dijo Shufti. —¿Estás tratando de ser listo, Soldado Manickle? —preguntó Strappi,nombrando el pecado más grande en su lista personal. —Sólo quiero saberlo, Cabo —dijo Shufti. Era robusto, tirando aregordete, y una de esas personas que se esfuerzan por ser útiles de unamanera suavemente molesta, encargándose de los trabajos pequeños queno te hubiera molestado hacer por ti mismo. Había algo raro en él, aunquetenías que considerar que estaba actualmente sentado junto a Wazzer, quetenía suficiente rareza para todos y probablemente era contagiosa... ... y había captado la mirada de Strappi. No era divertido ir contraShufti, pero Wazzer, bueno, Wazzer siempre merecía un grito. —¿Estás escuchando, Soldado Goom? —gritó. Wazzer, que estaba sentado y mirando hacia arriba con los ojoscerrados, despertó con una sacudida. —¿Cabo? —tremoló, mientras Strappi avanzaba. —Dije, ¿estás escuchando, Goom? —¡Sí, Cabo! —¿De veras? ¿Y qué escuchaste, puedo preguntar? —dijo Strappi, conuna voz de melaza y ácido. —Nada, Cabo. Ella no está hablando. Strappi tomó una bocanada intensa y deliciosa de aire malvado. —Tú eres una inútil y despreciable pila de... Se escuchó un sonido. Era un sonido pequeño, anodino, uno queescuchabas todos los días, un ruido que hacía su trabajo pero que nuncaesperaba ser, por ejemplo, silbado ni formar parte de una interesantesonata. Era sólo el sonido de piedra raspando metal. Del otro lado del fuego Jackrum bajó su alfanje. Tenía una piedra deafilar en la mano. Miró al grupo. —¿Qué? Oh. Sólo mantengo el filo —dijo inocentemente—. Lamento sidetuve su discurso, Cabo. Continúe. Un instinto básico de supervivencia animal llegó en ayuda del Cabo.Dejó al tembloroso Wazzer tranquilo, y regresó a Shufti.
  • 46. —Sí, sí, nosotros atacamos Lipz también... —dijo Strappi. —¿Fue antes de que los Zlobenianos lo hicieran? —preguntó Maladict. —¿Quieren escuchar? —exigió Strappi—. ¡Atacamos Lipz valientementepara reclamar lo que es territorio de Borogravia! Y entonces los traicioneroscomedores de colinabo lo volvieron a robar... Polly dejó de escuchar un poco en este punto, ahora que no había unaposibilidad inmediata de ver a Strappi decapitado. Conocía lo de Lipz. Lamitad de los ancianos que venían a beber con su padre habían atacado elsitio. Pero nadie esperaba que ellos quisieran hacerlo. Alguien simplementehabía gritado, ‘¡Al ataque!’ El problema era el Río Kneck. Corría a través de la llanura cenagosa yfértil como un trozo de cordel, pero a veces una repentina inundación oincluso un gran árbol caído provocarían su apertura como un látigo,lanzando partes de río sobre regiones a millas de su lecho previo. Y el río erala frontera internacional... Volvió al presente para escuchar: —... pero esta vez todos están de su lado, ¡bastardos! ¿Y saben porqué? ¡Por culpa de Ankh-Morpork! Porque detuvimos los coches de correoque iban por nuestro país y derribamos las torres de clacks, que son unaAbominación para Nuggan. Ankh-Morpork es una ciudad sin dios... —Creía que tenía más de trescientos lugares de culto —dijo Maladict. Strappi lo miró con una rabia que era incoherente hasta que logró tocarfondo otra vez. —Ankh-Morpork es una ciudad terrible —continuó—. Venenosa,exactamente igual que su río. Apenas apta para los humanos ahora. Dejaronentrar a todos —zombis, lobizones, enanos, vampiros, trolls... —Recordó asu audiencia, titubeó y continuó—... quienes en algunos casos pueden serbuenos, por supuesto. Pero es un lugar asqueroso, obsceno, sin ley ysuperpoblado, ¡y por eso el Príncipe Heinrich lo ama tanto! Ha sidoabsorbido por él, comprado con juguetes baratos, porque ésa es la maneraen que Ankh-Morpork juega, hombres. Los compran, ellos ¡quieres dejar deinterrumpir! ¿Cómo puedo tratar de enseñarles bien las cosas si vas a seguirhaciendo preguntas?
  • 47. —Sólo me preguntaba por qué está tan lleno de gente, Cabo —dijoTonker—. Si es tan malo, quiero decir. —¡Es porque son un pueblo degradado, Soldado! Y han enviado unregimiento aquí para ayudar a Heinrich a apoderarse de nuestra patriaamada. Ha abandonado el camino de Nuggan y abrazó el espanto sin dios deAnkh-Morpork. —Strappi parecía contento por haberlo señalado, ycontinuó—. Punto Dos: además de sus soldados, Ankh-Morpork ha enviado aVimes el Carnicero, el hombre más malvado en esa ciudad malvada. ¡Estánempeñados en nada menos que nuestra destrucción! —Escuché que Ankh-Morpork estaba enojada porque derribamos lastorres de clacks —dijo Polly. —¡Estaban en nuestro territorio soberano! —Bien, era Zlobenia hasta... —empezó Polly. Strappi agitó un dedo enfadado hacia ella. —¡Escúchame, Partes! ¡No se puede llegar a ser un gran país comoBorogravia sin hacer enemigos! Lo cual me lleva al Punto Tres, Partes, queestás sentado allí pensando que eres muy listo. Como todos ustedes. Puedoverlo. Bien, sean listos con esto: podría ser que no les guste todo en su país,¿eh? Podría no ser el lugar perfecto, pero es nuestro. Podrían pensar que notenemos las mejores leyes, pero son nuestras. Las montañas podrían no serlas más lindas o las más altas, pero son nuestras. ¡Estamos luchando por loque es nuestro, hombres! —Strappi estampó su mano sobre el corazón. ¡Despertad, hijos de la patria! Nunca vuelvan a probar el vino de manzanas ácidas... Se unieron, en diversos niveles de zumbido. Tenías que hacerlo. Inclusosi sólo abrías y cerrabas tu boca, tenías que hacerlo. Incluso si sólo decías‘ner, ner, ner’, tenías que hacerlo. Polly, que era exactamente esa clase depersona que mira subrepticiamente a su alrededor en momentos comoéstos, vio que Shufti lo estaba cantando perfectamente y que Strappirealmente tenía lágrimas en sus ojos. Wazzer no estaba cantando enabsoluto. Estaba rezando. Ése era un buen resuello, dijo una de las áreas
  • 48. más traicioneras de la mente de Polly. Ante la perplejidad de todos, Strappi continuó —solo— a lo largo de lasegunda estrofa, que nunca nadie recordaba, y luego les sonrió a la manerapetulante del que cree que soy-más-patriota-que-ustedes. Después, trataron de dormir sobre tanta blandura como dos mantaspodían suministrar. Permanecieron tendidos allí en silencio durante algúntiempo. Jackrum y Strappi tenían carpas propias, pero instintivamentesabían que por lo menos Strappi espiaría y escucharía por las solapas. Después de aproximadamente una hora, cuando la lluvia repiqueteabasobre la lona, Carborundum dijo: —Eztá bien, entonzez, creo que lo he entendido. Zi laz perzonaz zonzoder estúpidaz, entonzez pelearemoz por la zoder eztupidez, porque eznueztra eztupidez. Y ezo ez bueno, ¿zí? Varios del escuadrón se incorporaron en la oscuridad, asombrados anteesto. —Me doy cuenta de que debería saber estas cosas, ¿pero qué significa‘zoder’? —dijo la voz de Maladict en la húmeda oscuridad. —Ah, bien... cuando, correcto, un papá troll busca a una mamá troll... —Bien, correcto, sí, creo que lo tengo, gracias —dijo Maladict—. Y loque tienes allí, mi amigo, es patriotismo. Mi país, bien o mal. —Deberías amar a tu país —dijo Shufti. —De acuerdo, ¿qué parte? —preguntó la voz de Tonker, desde la otraesquina de la carpa—. ¿La luz matutina sobre las montañas? ¿La horriblecomida? ¿Las malditas Abominaciones locas? ¿Todo mi país excepto el lugardonde Strappi está parado? —¡Pero estamos en guerra! —Sí, allí es donde te tienen —suspiró Polly. —Bien, no lo estoy comprando. Todo es engaño. ¡Te mantienenreprimido y cuando hacen pis en algún otro país, tienes que luchar por ellos!¡Es solamente tu país cuando quieren que te hagas matar! —dijo Tonker. —Todas las buenas partes de este país están en esta carpa —dijo la vozde Wazzer. Un silencio avergonzado descendió.
  • 49. La lluvia amainó. Después de un rato, la carpa empezó a gotear. Al finalalguien dijo: —¿Qué ocurre, hum, si te alistas pero entonces decides que no quiereshacerlo? Ése era Shufti. —Pienso que lo llaman desertar y te cortan la cabeza —dijo la voz deMaladict—. En mi caso sería una desventaja pero tú, Shufti querido,descubrirías que significa un obstáculo en tu vida social. —Nunca besé su maldita imagen —dijo Tonker—. ¡La hice girar cuandoStrappi no miraba y la besé por atrás! —Sin embargo, todavía dirán que besaste a la Duquesa —dijo Maladict. —¿B-b-besaste a la D-Duquesa por a-a-atrás? —dijo Wazzer,horrorizado. —Era la parte de atrás de la imagen, ¿de acuerdo? —dijo Tonker—. Nofue su real parte trasera. ¡Huh, no la habría besado si así fuera! —Seescuchó una risita no identificada desde varias esquinas y sólo un asomo derisa tonta. —¡Eso fue ver-vergonzoso! —siseó Wazzer—. ¡Nuggan desde el cielo tevio ha-hacerlo! —Era sólo una imagen, ¿de acuerdo? —farfulló Tonker—. De todosmodos, ¿cuál es la diferencia? ¡Delante o detrás, estamos todos juntos aquíy no veo filete y tocino! Algo rugió por encima. —Me alizté para ver lugarez ecztranjeroz eczitantes y conozer perzonazeróticaz —dijo Carborundum. Eso trajo un momento de reflexión. —Creo que quiere decir exóticas —dijo Igor. —Zí, eza claze de cozaz —aceptó el troll. —Pero ellos siempre mienten —dijo alguien, y luego Polly se dio cuentade que había sido ella—. Ellos mienten todo el tiempo. Sobre todas lascosas. —Amen a eso —dijo Tonker—. Luchamos por unos mentirosos. —Ah, podrán ser mentirosos —respondió Polly, en una pasable imitación
  • 50. del ladrido de Strappi—, ¡pero son nuestros mentirosos! —Bueno, bueno, niños —dijo Maladict—. Tratemos de dormir un poco,¿quieren? Pero he aquí un pequeño sueño feliz de su Tío Maladict. Sueñoque cuando entremos en batalla, el Cabo Strappi nos esté conduciendo. ¿Nosería divertido? Después de un rato, Tonker dijo: —¿Delante de nosotros, eso quieres decir? —Oh, sí. Puedo ver que estás conmigo, Tonk. Justo enfrente. Sobre uncampo de batalla ruidoso y desesperado y confuso, dónde oh tantas cosaspueden salir mal. —¿Y tendremos armas? —dijo Shufti pensativo. —Por supuesto, tendremos armas. Somos soldados. Y el enemigo estájusto enfrente... —Ése es un buen sueño, Mal. —Duerme con él, muchacho. Polly se dio la vuelta, y trató de acomodarse. Son todas mentiras,pensó para sí misma. Algunas son apenas más lindas que otras, eso es todo.Las personas ven lo que creen que está ahí. Incluso yo soy una mentira.Pero me está saliendo bien. Un cálido viento otoñal volaba las hojas de los serbales 3 mientras losreclutas marchaban entre los pies de las colinas. Era la mañana del díasiguiente, y las montañas quedaban detrás. Polly pasaba el tiempoidentificando las aves en los setos. Era un hábito. Conocía la mayoría deellas. Ella no estaba preparada para ser un ornitólogo. Pero las aves lerecordaban a Paul vivo. Toda la... lentitud del resto de sus pensamientos seconvertía en un destello de relámpago en presencia de las aves. De repente,él conocía sus nombres, hábitos y hábitats, podía silbar sus canciones y,después de que Polly ahorrara para comprarle una caja de pinturas de un3 Árbol rosáceo, de hojas imparipinadas, flores blancas en corimbo y fruto en pomo, comestible cuando estápasado (Sorbus domestica) (Nota del traductor)
  • 51. viajero en la posada, había dibujado un chochín tan real que podíasescucharlo. Su madre estaba viva entonces. El jaleo había continuado por días. Lasimágenes de criaturas vivientes eran una Abominación a los Ojos deNuggan. Polly preguntó por qué había imágenes de la Duquesa por todoslados, y fue castigada por hacerlo. La imagen fue quemada, las pinturasdesechadas. Fue algo terrible. Su madre era una mujer amable, o tan amable comouna mujer devota podía ser, que trataba de seguir los caprichos de Nuggan,y que murió lentamente entre imágenes de la Duquesa y ecos de oracionessin respuesta, pero ése era el recuerdo que se escurría traicioneramente enla mente de Polly todo el tiempo: la cólera y la reprimenda, mientras lapequeña ave parecía aletear en las llamas. En los campos, unas mujeres y unos ancianos estaban entrando en eltrigo malogrado después de la lluvia de la noche anterior, esperando salvarlo que pudieran. No se veía a ningún hombre joven. Polly vio que algunos delos otros reclutas echaban una mirada furtiva a los grupos que rebuscaban,y se preguntó si estaban pensando lo mismo. No vieron a nadie en el camino hasta mediodía, cuando la partidamarchaba a través de un paisaje de colinas bajas; el sol había evaporadoalgunas nubes y, por un momento al menos, el verano regresó —húmedo,pegajoso y suavemente desagradable, como un invitado que no se iba acasa. Un bulto rojo en la distancia se convirtió en un bulto algo más grande yse resolvió en un grupo suelto de hombres. Polly supo qué esperar tanpronto como lo vio. Por su reacción, también supo que algunos de los otrosno lo sabían. Hubo un momento de choque y confusión cuando las personascaminaron unas contra otras, y luego la partida se detuvo, y los miró. A los hombres heridos les llevó un poco de tiempo llegar hasta ellos, yun poco de tiempo pasar. Dos hombres sanos, según Polly pudo distinguir,movían una carretilla sobre la cual un tercer hombre estaba tendido. Otroscojeaban con muletas, o tenían los brazos en cabestrillos, o llevabanchaquetas rojas con una manga vacía. Tal vez los peores eran ésos como el
  • 52. hombre en la posada, de rostro gris, mirando derecho adelante, laschaquetas firmemente abotonadas a pesar del calor. Uno o dos de los heridos echaron un vistazo a los reclutas mientraspasaban tambaleándose, pero no había ninguna expresión en sus ojosaparte de una terrible determinación. Jackrum refrenó al caballo. —Muy bien, veinte minutos de respiro —farfulló. Igor se giró, hizo un gesto hacia la partida de heridos que se dirigíaninexorablemente hacia adelante, y dijo: —¿Permisso para ver ssi puedo hasser algo por elloss, ssarge? —Tendrás tu oportunidad bastante pronto, muchacho —dijo elSargento. —¿Ssarge? —dijo Igor, y parecía herido. —Oh, muy bien. Si debes hacerlo. ¿Quieres que alguien te dé unamano? El Cabo Strappi lanzó una risa desagradable. —Algo de assisstencia ssería una ayuda, ssí, Ssargento —dijo Igor, condignidad. El Sargento miró al escuadrón, y cabeceó. —¡Soldado Halter, un paso adelante! ¿Sabes algo sobre doctores? El pelirrojo Tonker se adelantó rápidamente. —He matado cerdos para mí mamá, sarge —dijo. —¡Genial! Mejor que un cirujano del ejército, lo juro. Puedes ir. ¡Veinteminutos, recuerden! —¡Y no permitas que Igor traiga ningún recuerdo! —dijo Strappi, ylanzó su risa rasposa otra vez. El resto de los muchachos se sentó sobre la hierba junto al camino, yuno o dos de ellos desaparecieron en los arbustos. Polly fue por el mismomandado, pero mucho más lejos, y aprovechó la oportunidad para hacer unpequeño ajuste en las medias. Tenían tendencia a deslizarse si no teníacuidado. Se congeló al escuchar un crujido detrás de ella, y luego se relajó.Había tenido cuidado. Nadie habría visto nada. ¿Así que, qué tal si otra
  • 53. persona estaba pishando? Simplemente volvería al camino y no haría caso... Lofty se levantó de un salto cuando Polly separó los arbustos, elpantalón en los tobillos, la cara roja como una remolacha. Polly no pudo evitarlo. Tal vez fueron las medias. Tal vez fue lasuplicante expresión en la cara de Lofty. Cuando alguien transmite ‘¡Nomires!’, los ojos tienen mente propia, y van donde no son deseados. Loftysaltó, arrastrando su ropa. 4 —No, mira, todo está... bien —empezó Polly, pero era demasiado tarde.La muchacha se había ido. Polly miró los arbustos, y pensó: ¡Maldición! ¡Hay dos de nosotras!¿Pero qué habría dicho después? Está bien, también soy una chica. Puedesconfiar en mí. Podíamos ser amigas. Oh, y aquí tienes un buen consejosobre medias. Igor y Tonker regresaron tarde, sin una palabra. El Sargento Jackrumno dijo nada. El escuadrón arrancó. Polly marchaba en la retaguardia, con Carborundum. Esto significabaque podía mantener un ojo precavido sobre Lofty, sea quien fuera. Porprimera vez, Polly realmente la miró. Era fácil perderla, porque siempreestaba por así decir a la sombra de Tonker. Era baja —aunque ahora quePolly sabía que era una chica podía usar la palabra ‘pequeña’decentemente—, oscura y de cabello oscuro; tenía una expresión extraña yabstraída, y siempre marchaba con Tonker. Ahora que lo pensaba, tambiéndormía siempre cerca de él. Ah, así que de eso se trataba. Está siguiendo a su muchacho, pensóPolly. Era un poco romántico, y sumamente tonto. Ahora que sabía ver másallá de la ropa y el corte de pelo, podía ver todas las pequeñas pistas de queLofty era una chica, y una que no había planeado lo suficientemente. Vio queLofty susurraba algo a Tonker, quien medio se giró y le lanzó una mirada deodio y un atisbo de amenaza.4 Cuestión de gramática. El original dice ‘her clothes’, lo cual significa ‘las ropas de ella’. Ahora sabemos que laremolacha Lofty es una chica, y entenderemos lo que Polly dice a continuación. (Nota del traductor)
  • 54. No puedo decírselo, pensó. Ella se lo diría. No puedo permitirme que losepan. He puesto demasiado en esto. No sólo me corté el pelo y me puse unpantalón. Hice planes... Ah, sí... los planes. Había comenzado como una extraña fantasía repentina, pero continuócomo un plan. Primero, Polly empezó a observar de cerca a los muchachos.Esto fue retribuido esperanzadamente por algunos, con su posteriordecepción. Observó cómo se movían; escuchó el ritmo de lo que pasaba,entre ellos, por una conversación; notó cómo se daban puñetazos alsaludarse. Era un mundo nuevo. Ella ya tenía buenos músculos para ser una chica, porque llevar unagran posada implicaba mover cosas pesadas, y se encargó de una cantidadde tareas más enérgicas, que curtieron bien sus manos. Incluso se puso unviejo pantalón de su hermano bajo su larga falda, para acostumbrarse altacto. Podían golpear a una mujer por esa clase de cosas. Los hombres sevisten como hombres y las mujeres como mujeres; hacer lo contrario era‘una Abominación blasfema contra Nuggan’, de acuerdo con el Padre Jupe. Y ése era probablemente el secreto de su éxito, pensó, mientrascaminaba con dificultad por un charco. Las personas no buscaban a unamujer en pantalones. Para el observador casual, la ropa, el pelo corto y unpoco de meneo al caminar era lo que se necesitaba para ser un hombre. Oh,y un segundo par de medias. Eso la había estado royendo, también. Alguien sabía de ella, tal comoella sabía de Lofty. Y él no la había delatado. Sospechaba que era Ceja, perolo dudaba; se lo habría dicho al Sargento, era de ese tipo. Ahora mismosuponía que era Maladict, pero quizás se debía a que él parecía saber todo ytodo el tiempo. Carbor... no, había estado afuera en frío, y en todo caso... no, no eltroll. E Igor ceceaba. ¿Tonker? Después de todo, sabía de Lofty de modo quepodía ser... no, porque ¿por qué querría ayudar a Polly? No, no había nadamás que peligro en confesarse con Lofty. Lo mejor que podía hacer eratratar de asegurarse de que la chica no las delatara a ambas.
  • 55. Podía escuchar que Tonker le susurraba a su chica. —... acababa de morir de modo que le cortó una de sus piernas y unbrazo y se los cosió a los hombres que los necesitaban, ¡exactamente comoyo hubiera zurcido un roto! ¡Deberías haberlo visto! ¡No podía ver cuandosus dedos se movían! Y tiene todos estos ungüentos que son... —La voz deTonker se apagó. Strappi estaba sermoneando a Wazzer otra vez. —Eze Ztrappi realmente me tiene hazta miz peñazcoz —farfullóCarborundum—. ¿Quierez que le zaque la cabeza? Lo haría parezer unaczidente. —Será mejor que no —dijo Polly, pero consideró la idea por unmomento. Habían llegado a un cruce, donde el camino que bajaba de las montañasse unía con lo que parecía una ruta principal. Estaba llena de gente. Habíacarros y carretillas, personas que conducían manadas de vacas, abuelas quellevaban todas las pertenencias de la familia en la espalda, un alborotogeneral de cerdos y niños... y todos se dirigían hacia una dirección. Era la opuesta a la que seguía el escuadrón. Las personas y losanimales los evitaron como una corriente alrededor de una rocainconveniente. Los reclutas se apretujaron. Era eso o ser separados por lasvacas. El Sargento Jackrum se paró sobre el carro. —¡Soldado Carborundum! —¿Zí, Zargento? —tronó el troll. —¡Al frente! Eso ayudó. La corriente todavía fluía, pero al menos la multitud se abríaa una distancia un poco más adelante y esquivaban al escuadrón con másespacio. Nadie quiere abrirse paso contra un troll de lento movimiento. Pero las caras miraban mientras las personas pasaban rápidamente.Una anciana se apartó por un momento, metió a presión una rebanada depan pasado en las manos de Tonker, y dijo: ‘¡Ustedes pobres muchachos!’,antes de ser arrastrada por la multitud. —¿De qué se trata todo esto, sarge? —preguntó Maladict—. ¡Éstosparecen refugiados!
  • 56. —¡Una charla como ésa difunde Alarma y Desaliento! —gritó el CaboStrappi. —¿Oh, quiere decir que sólo son personas que se van temprano devacaciones para evitar los apuros? —dijo Maladict—. Lo lamento, meconfundí. Debe haber sido esa mujer que acabamos de pasar y que llevabatodo un almiar. —¿Sabes qué puede pasarte por replicar a un oficial superior? —gritóStrappi. —¡No! Dígame, ¿es peor que cualquier cosa de lo que estas personasestán huyendo? —¡Tú firmaste, Señor Chupasangre! ¡Tú obedeces órdenes! —¡Correcto! ¡Pero no recuerdo que nadie me ordenara no pensar! —¡Basta de eso! —interrumpió Jackrum—. ¡Menos gritos ahí abajo!¡Sigan adelante! Carborundum, les das un empujón a las personas si noabren camino, ¿me escuchaste? Siguieron adelante. Después de un rato la presión de las personas seredujo un poco, de modo que lo que había sido una corriente se convirtió enun hilo. Ocasionalmente venía un grupo familiar, o sólo una mujer apurada,cargada con bolsas. Un anciano estaba luchando con una carretilla llena delos nabos. Incluso están sacando los cultivos de los campos, notó Polly. Ytodos se movían en una especie de media carrera, como si las cosas fueranun poco mejores cuando hubieran alcanzado la masa de personas adelante.O simplemente pasaban el escuadrón, quizás. Hicieron sitio para una anciana doblada en dos bajo el peso de un cerdoblanco y negro. Y entonces sólo quedó el camino, desigual y embarrado. Unaneblina vespertina subía de los campos a cada lado del escuadrón, silenciosay húmeda. Después del ruido de los refugiados, el silencio del campo bajoera repentinamente agobiante. El único sonido eran los pasos y el chapoteode las botas de los reclutas. —¿Permiso para hablar, sarge? —dijo Polly. —¿Sí, soldado? —dijo Jackrum. —¿Qué tan lejos está Plotz? —¡No tiene que decirles, sarge! —dijo Strappi.
  • 57. —A unas cinco millas —dijo el Sargento Jackrum—. Recibirán susuniformes y armas en el depósito ahí. —Es un secreto militar, sarge —gimió Strappi. —Podríamos cerrar los ojos de modo que no veamos qué estamosvistiendo, ¿qué me dice? —dijo Maladict. —Para con eso, Soldado Maladict —dijo Jackrum—. Sólo siguemoviéndote, y cuida esa lengua. Continuaron a paso lento. El camino se puso más embarrado. Selevantó una brisa, pero en lugar de llevarse la neblina simplemente la movíaa través de los húmedos campos con formas tortuosas, pegajosas,desagradables. El sol se volvió una pelota naranja. Polly vio que algo grande y blanco ondeaba al otro lado del campo,movido por el viento. Al principio pensó que una pequeña garceta migratoriaque estaba un poco retrasada, pero claramente estaba siendo movido por elviento. Se desplomó una o dos veces y luego, cuando una ráfaga lo atrapó,voló a través del camino y envolvió la cara del Cabo Strappi. Gritó. Lofty agarró la cosa que ondeaba, que estaba húmeda. La rompiócon sus manos, y la mayor parte liberó al forcejeante Cabo. —Es sólo un trozo de papel —dijo. Strappi lo manoteó. —Lo sabía —dijo—. ¡Nunca te lo pregunté! Polly recogió uno de los restos rotos. El papel era delgado, y estabamanchado con barro, aunque reconoció la palabra Ankh-Morpork. La ciudadterrible. Y el genio de Strappi consistía en que cualquier cosa que rechazabaautomáticamente parecía atractivo. —El Times de Ankh-Morpork... —leyó en voz alta, antes de que el Cabose lo arrebatara de la mano. —¡No puedes leer cualquier cosa que veas, Partes! —gritó—. ¡No sabesquién lo escribió! —Dejó caer las páginas rotas y húmedas al barro y laspisoteó—. ¡Ahora sigamos adelante! —dijo. Siguieron adelante. Cuando el escuadrón tomó más o menos el ritmo, ysin mirar otra cosa que sus botas o la neblina por delante, Polly levantó la
  • 58. mano derecha hasta la altura del pecho y giró cuidadosamente la palmahacia arriba para poder ver el fragmento de papel que se había quedadopegado cuando le quitó el resto. ‘Ninguna rendición a la Alianza’ dice la Duquesa (97) De William de Worde, Valle del Kneck, 7 de Sektober Las tropas de Borogravia ayudadas por Lord V Infantería Ligera tomó el Torreón Kneck en este mo después de una feroz pelea cuerpo a cuerpo fig Escribo que sus armas son apuntadas a los rest fuerzas de Borogravia acr Su Gracia Comandante Señor S dijo al Times que la rendición ha sido rech ver el comandante enem montón de tontos testarudos, no en el papel. Se comprende situación muy grave familias disper a través de t Ningún altern invas Estaban ganando, ¿verdad? ¿Así que de dónde venía la palabra‘rendición’? ¿Y qué era la Alianza? Y entonces estaba el problema de Strappi, que empezaba a aumentar.Podía ver que también le crispaba los nervios a Jackrum, y que lo tenía bajoexamen, un cierto... adelantarse, como si realmente estuviera a cargo.Quizás era sólo antipatía general, pero... —¿Cabo? —dijo. —¿Sí, Partes? —dijo Strappi. Su nariz todavía estaba muy roja. —Estamos ganando esta guerra, ¿verdad? —dijo Polly. Había dejado de
  • 59. corregirlo. De repente, cada oreja del escuadrón escuchaba. —¡No te preocupes por eso, Partes! —respondió con brusquedad elCabo—. ¡Tu trabajo es pelear! —Correcto, Cabo. De modo que... estaré peleando del lado ganador,¿verdad? —¡Oho, tenemos alguien aquí que hace demasiadas preguntas, sarge!—dijo Strappi. —Sí, no hagas preguntas, Perks —dijo Jackrum, distraídamente. —¿Así que estamos perdiendo, entonces? —dijo Tonker. Strappi sevolvió hacia él. —¡Eso es difundir Alarma y Desaliento otra vez, eso es lo que es! —chilló—. ¡Eso está ayudando al enemigo! —Sí, termínala, Soldado Halter —dijo Jackrum—. ¿De acuerdo? Ahoratomen un... —Halter, te estoy poniendo bajo arresto por... —Cabo Strappi, una palabra en su oreja con aspecto de concha, ¿porfavor? ¡Ustedes hombres, paran aquí! —rugió el Sargento, bajándose delcarro. Jackrum caminó unos cincuenta pies camino abajo. Mirando furioso alescuadrón, el Cabo se pavoneó tras él. —¿Estamos en problemas? —preguntó Tonker. —Adivina —dijo Maladict. —Es seguro —dijo Shufti—. Strappi siempre puede tenerte para algo. —Están discutiendo —dijo Maladict—. Lo cual es raro, ¿no creen? Sesupone que un Sargento le dé órdenes a un Cabo. —Estamos ganando, ¿verdad? —dijo Shufti—. Quiero decir, sé que hayuna guerra, pero... quiero decir, tenemos armas, verdad, y nosotros... bien,tienen que entrenarnos, ¿correcto? Probablemente habrá terminado paraentonces, ¿correcto? Todos dicen que estamos ganando. —Le preguntaré a la Duquesa en mis oraciones esta noche —dijoWazzer. El resto del escuadrón se miró con una expresión compartida.
  • 60. —Sí, correcto, Wazz —dijo Tonker gentilmente—. Hazlo. El sol se ponía rápidamente, medio escondido en la neblina. Aquí, sobreel camino embarrado entre campos húmedos, de repente se sintió muy frío. —Nadie dice que estamos ganando, excepto tal vez Strappi —dijoPolly—. Sólo dicen que todos dicen que estamos ganando. —Los hombres que Igor... reparó ni siquiera lo decían —dijo Tonker—.Decían ‘ustedes pobres bastardos, huyan si tienen algún juicio’. —Gracias por compartirlo —dijo Maladict. —Parece como si todos se sintieran apenados por nosotros —dijo Polly. —Ssí, bien, también yo, y ssoy nossotross —dijo Igor—. Algunoss deessoss hombress... —¡Muy bien, muy bien, dejen esos corrillos, todos ustedes! —gritóStrappi, acercándose a la marcha. —¿Cabo? —dijo el Sargento con calma, subiéndose otra vez al carro.Strappi hizo una pausa, y luego con una voz que goteaba almíbar ysarcasmo continuó: —Discúlpeme. El Sargento y yo mismo estaríamos agradecidos siustedes valientes héroes se unen a nosotros para marchar un poco. ¡Muybien! Y habrá bordado más tarde. ¡El mejor pie adelante, damas! Polly escuchó la exclamación de Tonker. Strappi giró, con los ojoscentelleando de expectación siniestra. —Oh, a alguien no le gusta ser llamado dama, ¿eh? —dijo—. Santocielo, Soldado Halter, tienes mucho que aprender, ¿verdad? Eres unapequeña dama mariquita hasta que hagamos un hombre de ti, ¿de acuerdo?Y tengo miedo de pensar cuánto tiempo va a tomar. ¡A moverse! Lo sé, pensó Polly, mientras se ponían en camino. Toma unos diezsegundos, y un par de medias. Una media, y puedes hacer un Strappi. --- Plotz resultó ser como Plün, pero peor porque era más grande. La lluviaempezó otra vez mientras marchaban en la plaza adoquinada. Parecía queaquí siempre llovía. Los edificios eran grises, y salpicados con barro cerca
  • 61. del suelo. Las canaletas de los techos rebosaban, vertiendo lluvia sobre losadoquines y lanzando un rocío sobre los reclutas. No había nadie por allí.Polly vio puertas abiertas golpeándose por el viento, y trozos de escombrosen las calles, y recordó las apresuradas líneas de personas sobre el camino.No había nadie aquí. El Sargento Jackrum se bajó del carro mientras Strappi les gritaba quese alinearan. Entonces el Sargento tomó el mando, dejando al Cabo con elceño fruncido a un costado. —¡Esto es el maravilloso Plotz! —dijo—. ¡Echen una mirada alrededor,de modo que si los matan y van al infierno, no será como una conmoción!¡Harán vivaque en ese barracón ahí, que es propiedad militar! —Agitó unamano hacia un ruinoso edificio de piedra que se veía tan militar como unestablo—. Les será suministrado su equipo. Y mañana será una larga ybonita marcha hasta Crotz, donde llegarán como niños y partirán comohombres ¿dije algo extraño, Perks? ¡No, eso pensé, también! ¡Atención! ¡Esosignifica que se pongan derechos! —¡Eso es derecho! —gritó Strappi. Un hombre joven cruzaba la plaza sobre un caballo marrón, cansado yflaco, que era muy apropiado porque él era un hombre cansado y flaco. Laflacura era reforzada por el hecho de que llevaba una guerrera que habíanhecho evidentemente para alguien un par de tallas más grande. Lo mismoera aplicable a su yelmo. Debería haberlo forrado, pensó Polly. Si tose lotendrá sobre los ojos. El Sargento Jackrum hizo un saludo cuando el oficial se acercó. —Jackrum, señor. ¿Usted será el Teniente Blouse, señor? —Bien hecho, Sargento. —Éstos son los reclutas de río arriba, señor. Buen cuerpo de hombres,señor. El jinete se fijó en el escuadrón. En realidad, se inclinó hacia adelantesobre el cuello del caballo, y la lluvia se volcó de su yelmo. —¿Esto es todo, Sargento? —Sísseñor. —La mayor parte de ellos parece muy joven —dijo el teniente, que no
  • 62. parecía muy viejo. —Sísseñor. —¿Y no es ése un troll? —Sísseñor. Bien señalado, señor. —¿Y hay uno con puntadas alrededor de la cabeza? —Es un Igor, señor. Una especie de clan especial de las montañas,señor. —¿Pelean? —Puede desarmar a un hombre muy rápidamente, señor, segúnentiendo —dijo Jackrum, sin que su expresión cambiara. El joven teniente suspiró. —Bien, estoy seguro de que son todas buenas personas —dijo—. Buenoentonces, er... hombres, yo... —¡Presten atención y escuchen lo que el teniente tiene que decir! —gritó Strappi. El teniente se estremeció. —... gracias, Cabo —dijo—. Hombres, tengo buenas noticias —añadió,pero con la voz de uno que no las tenía—. Probablemente esperaban una odos semanas en el campo de entrenamiento en Crotz, ¿sí? Pero me alegrode poder decirles que la... la guerra está avanzando de modo que... demodo... de modo, bien, ustedes irán directamente al frente. Polly escuchó uno o dos gritos entrecortados, y una risilla del CaboStrappi. —Todos ustedes irán a las líneas —dijo el Teniente—. Eso lo incluyetambién, Cabo. ¡El momento de la acción ha llegado por fin para usted! La risilla se detuvo. —¿Perdone, señor? —dijo Strappi—. ¿Al frente? Pero usted sabe quesoy... bien, usted conoce los deberes especiales... —Mis órdenes dicen todos hombres sanos, Cabo —dijo Blouse—.Supongo que está ansioso por entrar en la refriega después de todos estosaños, ¿eh, un joven como usted? Strappi no dijo nada. —Sin embargo —dijo el Teniente, rebuscando bajo su capa empapada—
  • 63. , tengo aquí un paquete para usted, Sargento Jackrum. Uno muybienvenido, no lo dudo. Jackrum tomó el paquete cautelosamente. —Gracias, señor, lo veré más tarde... —empezó. —¡Todo lo contrario, Sargento Jackrum! —dijo Blouse—. ¡Sus últimosreclutas deben ver esto, ya que usted es tanto un soldado como, por asídecir, un ‘padre de soldados’! ¡Y es sólo correcto que vean a un buensoldado recibir su recompensa: una licencia honrosa, Sargento! —Blouse dijolas palabras como si tuvieran nata y una pequeña cereza encima. Aparte de la lluvia, el único sonido ahora era el dedo regordete deJackrum abriendo despacio el paquete. —Oh —dijo, como un hombre conmocionado—. Bien. Una imagen de laDuquesa. Ya tengo dieciocho ahora. Oh, y, oho, un trozo de papel que diceque es una medalla, de modo que parece que incluso nos hemos quedadosin metal de olla ahora. ¡Oh, y mi baja con una firma impresa de la propiaDuquesa! —Giró el paquete y lo sacudió—. No mis tres meses de sueldo, sinembargo. —¡Tres fuertes hurras para el Sargento Jackrum! —dijo el teniente a lalluvia y el viento—. Hip-hip... —¡Pero pensé que necesitábamos a todos los hombres, señor! —dijoJackrum. —A juzgar por todas las notas agregadas en ese paquete, lo ha estadosiguiendo por años, Sargento —dijo Blouse—. Usted conoce la milicia. Ésa essu baja oficial, me temo. No puedo rescindirla. Lo siento. —Pero... —empezó Jackrum. —Tiene la firma de la Duquesa, Sargento. ¿Discutirá con eso? Dije quelo siento. En todo caso, ¿qué haría usted? No estaremos mandando máspartidas de reclutamiento. —¿Qué? ¡Pero siempre necesitamos hombres, señor! —protestóJackrum—. Y estoy en forma y bien otra vez, tengo la resistencia de uncaballo... —Usted era el único hombre para regresar con reclutas, Sargento. Asíes este asunto.
  • 64. El Sargento vaciló por un momento, y luego saludó. —¡Sísseñor! ¡Muy bien, señor! ¡Veré que los nuevos muchachos seacomoden, señor! ¡Placer de haber servido, señor! —¿Puedo preguntar algo? —intervino Maladict. —No te diriges a un oficial directamente, Soldado —dijo Jackrum. —No, permita que el hombre hable, Sargento —dijo el teniente—. Éstosson... tiempos anormales, después de todo. ¿Sí, mi hombre? —¿Le escuché decir que vamos a entrar en batalla sin entrenamiento,señor? —Oh, bien, casi indudablemente la mayor parte de ustedes seránlanceros,[18] jaja —dijo el teniente, nervioso—. No se necesita muchoentrenamiento, ¿eh? Sólo tienen que saber cuál extremo es cada uno, jaja.—Parecía que quería morir. —¿Lanceros? —dijo Maladict, perplejo. —Escuchaste al teniente, Soldado Maladict —dijo el Sargento. —Sí, señor. Gracias, señor —dijo Maladict, regresando a las filas. —¿Hay alguna otra pregunta? —dijo Blouse, mirando a lo largo de lalínea—. Muy bien, entonces. Partimos con el último bote, a medianoche.Continúe, Sargento... por ahora. Qué era lo otro... oh, sí. Y necesitaré unordenanza. 5 —¡Voluntarios para ser el ordenanza del teniente, dar un paso adelante!¡No tú, Soldado Maladict! —dijo el Sargento. Nadie se movió. —Oh, vamos ya —dijo el teniente. Polly levantó una mano lentamente. —¿Qué es un ordenanza, señor? El Sargento sonrió sin alegría. —Pregunta justa —dijo—. Un ordenanza es, bueno, un criado personalque cuida al oficial. Le busca sus comidas, cuida que se vea elegante yresplandeciente, ese tipo de cosas. De modo que quede libre para llevar acabo sus deberes más adecuadamente.5 Un detalle interesante. Ordenanza, en inglés ‘batman’, que nosotros entendemos como hombre vampiro. (Notadel traductor)
  • 65. Igor se adelantó. —Loss Igor esstamos acosstumbradoss a sservir, Ssargento —dijo. Usando los asombrosos poderes de sordera y visión restringida a vecesdisponibles incluso para los oficiales más nerviosos, el teniente pareció nonotarlo. Miraba a Polly fijamente. —¿Y qué me dices, Soldado? —dijo. —El Soldado Perks solía trabajar en un bar, señor —dijo el Sargento. —Genial. Preséntate en mi cuartel en la posada a las seis, SoldadoPerks. Continúe, Sargento. Mientras el flaco caballo se alejaba tambaleándose, el Sargento Jackrumlanzó una mirada intensa al escuadrón, pero no había verdadero fuego enella. Parecía estar operando en automático, con la mente en otro lugar. —¡No se queden allí parados tratando de verse bonitos! ¡Adentro hayuniformes y armas! ¡Busquen su equipo! ¡Si quieren comida, cocínenla!¡Inmediatamente! ¡Váyanse! El escuadrón corrió hacia el barracón, propulsado por el volumen. PeroPolly vaciló. El Cabo Strappi no se había movido desde que le cortaron larisilla. Miraba fijo el suelo sin comprender. —¿Está bien, Cabo? —le preguntó. —Vete, Partes —dijo el Cabo, con una voz baja que era mucho peor quesu normal grito caprichoso—. Sólo vete, ¿de acuerdo? Se encogió de hombros, y siguió a los otros. Pero había notado que lahumedad echaba vapor alrededor de los pies del Cabo. Adentro era el caos. El barracón era realmente sólo una gran habitaciónque hacía las veces de comedor, habitación de reunión y cocina, con grandeshabitaciones con literas más allá. Estaba vacío, y en buen camino a ladecadencia. El techo goteaba, las altas ventanas estaban rotas, unas hojasmuertas habían entrado y corrían sobre el piso, entre excremento de rata.No había lanceros, ni centinelas, ni personas. Había una gran olla hirviendosobre la chimenea tiznada, sin embargo, y su siseo era la única cosa viva enel sitio. En algún momento parte de la habitación había sido montada comouna especie de tienda de oficiales, pero la mayoría de los estantes estabanvacíos. Polly esperaba alguna clase de cola, alguna clase de orden,
  • 66. posiblemente alguien que entregara pequeñas pilas de ropa. Lo que había, en cambio, era un puesto de objetos usados. Muyparecido a un puesto de objetos usados, de hecho, porque nada parecía sernuevo y muy poco parecía digno de tener. El resto del escuadrón ya estabamanoseando lo que podía ser mercadería si hubiera alguna posibilidad deque alguien pudiera ser convencido de comprarla. —¿Qué es esto? ¿Único Tamaño, No Le Queda Bien A Nadie? —¡Esta guerrera tiene sangre! ¡Sangre! —Bien, ess una de lass manchass rebeldess, ssiempre muy durass dequitar ssin... —¿Dónde está la armadura correcta? —¡Oh, no! ¡Hay un agujero de flecha en ésta! —¿Qué ez ezto? ¡Nada le queda bien a un troll! Un anciano pequeño y curtido estaba atrincherado detrás de la mesa, yse encogía bajo la feroz mirada de Maladict. Llevaba una chaqueta deuniforme roja y mal confeccionada, con las barras de Cabo manchadas ydesteñidas sobre la manga. El pecho izquierdo estaba cubierto con medallas. Un brazo terminaba en un gancho. Tenía un ojo cubierto por un parche. —¡Vamos a ser lanceros, dijo el teniente! —dijo el vampiro—. Esosignifica una espada y una lanza por hombre, ¿correcto? Y un escudo por lasdudas haya una tormenta de flechas, ¿correcto? Y un yelmo pesado,¿correcto? —¡Incorrecto! ¡No puedes gritarme de ese modo! —dijo el hombre—.¿Ves estas medallas? Soy un... Una mano cayó desde arriba y lo levantó por encima de la mesa.Carborundum sujetó al hombre cerca de su cara y asintió. —Zí, puedo verlaz, señor —tronó—. ¿Y...? Los reclutas se habían quedado en silencio. —Bájalo, Carborundum —dijo Polly—. Suavemente. —¿Por qué? —No tiene piernas. El troll enfocó. Entonces, con cuidado exagerado, bajó al viejo soldadoal suelo. Se escucharon unos pequeños sonidos cuando las dos patas de
  • 67. madera tocaron el entablado. —Lamento ezo —dijo. El hombrecillo se apoyó contra la mesa y colocó los brazos alrededor deun par de muletas. —Muy bien —dijo rudamente—. No ha pasado nada. ¡Pero observa, otravez! —¡Pero esto es ridículo! —dijo Maladict, volviéndose hacia Polly yagitando una mano a la pila de trapos y metal doblado—. No podría equipara tres hombres con esta basura. ¡Ni siquiera hay botas decentes! Polly miró a lo largo de la mesa. —Se supone que seremos bien equipados —dijo al hombre de un soloojo—. Se supone que somos el mejor ejército del mundo. Es lo que nosdijeron. ¿Y no estamos ganando? El hombre la miró. Por dentro, ella se miró a sí misma. No había queridohablar de ese modo. —Así que eso dicen —dijo él, con una expresión ausente. —¿Y q-qué dice usted? —dijo Wazzer. Había tomado una de las pocasespadas. Estaba manchada y mellada. El Cabo echó un vistazo arriba a Carborundum, y luego a Maladict. —¡No s-soy estúpido, sabe! —continuó Wazzer, la cara roja ytemblando—. ¡Todas estas cosas son de hombres m-muertos! —Bien, es una lástima desperdiciar buenas botas... —empezó elhombre. —Somos los u-últimos, ¿no? —dijo Wazzer—. ¡Los últimos r-reclutas! El Cabo de patas de madera echó el ojo a la entrada distante, y no vioque llegara ningún alivio en su dirección. —Tenemos que quedarnos aquí toda la noche —dijo Maladict—. ¡Noche!—continuó, provocando que el viejo Cabo se tambaleara sobre sus muletas—. Cuando quién sabe qué maldad cruza fugazmente las sombras, dandomuerte sobre alas silenciosas, buscando a una víctima desafortunada que... —Sí, muy bien, muy bien, ya vi tu cinta —dijo el Cabo—. Miren, voy acerrar después de que se hayan ido. Sólo administro las provisiones, eso estodo. ¡Es todo lo que hago, honestamente! ¡Estoy al décimo de mi sueldo,
  • 68. yo, por la situación de la pierna, y no quiero problemas! —¿Y es todo lo que tiene? —preguntó Maladict—. ¿No tiene algopequeño... por decir...? —¿Estás diciendo que soy deshonesto? —dijo el Cabo ferozmente. —Digamos que estoy abierto a la idea de que podría serlo —dijo elvampiro—. Vamos, Cabo, dijo que somos los últimos en ir. ¿Qué estáguardando? ¿Qué tiene? El Cabo suspiró, y se dirigió con sorprendente velocidad hacia unapuerta, que abrió. —Es mejor que vengan y miren —dijo—. Pero no es bueno... Era peor. Encontraron algunos petos más, pero uno estaba cortado porla mitad y otro era una gran abolladura. Un escudo estaba en dos partes,también. Había espadas dobladas, yelmos aplastados, sombreros destruidosy camisas rotas. —Hice lo que pude —suspiró el Cabo—. Martillé cosas y lavé la ropa,pero han pasado semanas sin nada de carbón para la forja y no se puedehacer nada con las espadas sin una forja. Han pasado meses sin recibirnuevas armas y, déjenme decirles, desde que los enanos se robaron el acerohemos estado recibiendo porquería de todos modos. —Se frotó la nariz—. Séque piensan que los intendentes son un montón de ladrones y no diré queno podamos tomar un poco de nata cuando las cosas están saliendo bien,¿pero estas cosas? Un escarabajo no podría vivir de esto. —Sorbió otravez—. Ni ser pagado cada tres meses, tampoco. Supongo que un décimo denada no es tan malo como nada, pero nunca fui tan bueno en filosofía. Entonces se animó. —Tengo mucha comida, por lo menos —dijo—. Si les gusta el caballo, osea. Personalmente prefiero la rata, pero sobre gustos no hay nada escrito. —¡No puedo comer caballo! —dijo Shufti. —Ah, ¿serías un hombre de rata? —dijo el Cabo, saliendo de la granhabitación. —¡No! —Ya aprenderás a serlo. Todos aprenderán —dijo el pequeño Cabo deun décimo, con una sonrisa malvada—. ¿Han comido scubbo alguna vez?
  • 69. ¿No? Nada como un cazo de scubbo cuando uno está hambriento. Puedesponer cualquier cosa en el scubbo. Cerdo, res, carnero, conejo, pollo, pato...cualquier cosa. Incluso ratas, si las tienes. Es comida para el hombre quemarcha, el scubbo. Tengo un poco en la olla ahí afuera ahora mismo.Pueden tomar un poco, si quieren. El escuadrón se animó. —Ssuena bueno —dijo Igor—. ¿Qué tiene adentro? —Agua hirviendo —dijo el Cabo—. Es lo que llamamos ‘scubbo ciego’.Pero tendrá un viejo caballo en un minuto a menos que tengan algo mejor.Mejora con algunos condimentos, al menos. ¿Quién está cuidando al rupert? Se miraron unos a otros. El Cabo suspiró. —El oficial —explicó—. Todos se llaman Rupert o Rodney o Tristram oalgo. Reciben mejor comida que ustedes. Podrían tratar de gorrear algo enla posada. —¿Gorrear? —dijo Polly. El anciano blanqueó su único ojo. —Sí. Gorrear. Gorrear, birlar, tomar prestado, pedir, robar, recoger,adquirir, apoderarse. Es lo que aprenderán, si van a sobrevivir a estaguerra. Que ellos dicen que estamos ganando, por supuesto. Siemprerecuerden eso. —Escupió vagamente en dirección al fuego, errándole a laolla posiblemente sólo por accidente—. Sí, y todos los muchachos a quienesveo volver por el camino de la mano de Muerte probablemente exageraronla celebración, ¿eh? Es tan fácil perder la mano si abren una botella decham-pa-ña de la manera equivocada, ¿eh? Veo que tienen un Igor conustedes, demonios con suerte. Ojalá hubiéramos tenido uno cuando marchéa la batalla. No habría quedado despierto por la carcoma, entonces. —¿Tenemos que robar nuestra comida? —preguntó Maladict. —No, puede morirse de hambre si es su deseo —dijo el Cabo—. Hepasado hambre pocas veces. No hay futuro en eso. Comí la pierna de unhombre cuando la nieve en la campaña de Ibblestarn pero, lo justo es justo,él se comió la mía. —Miró sus caras—. Bien, se trata, verdad, de no comer lapropia pierna. Probablemente se quedarían ciegos.
  • 70. —¿Ustedes intercambiaron piernas? —dijo Polly, horrorizada. —Sí, yo y el Sargento Hausegerda. Fue su idea. Hombre sensato, elSargento. Eso nos mantuvo vivos por una semana y para entonces el relevohabía cruzado. Nos sentimos indudablemente aliviados por eso. Oh, cielos.¿Dónde están mis modales? Cómo les va, muchachos, mi nombre es CaboScallot. Me llaman Trespartes. —Extendió el gancho. —¡Pero eso es canibalismo! —dijo Tonker, retrocediendo. —No, no lo es, no oficialmente, no a menos que se coma a toda unapersona —dijo Trespartes Scallot tranquilamente—. Reglas militares. Todos los ojos se volvieron hacia la gran olla burbujeando sobre elfuego. —Caballo —dijo Scallot—. No tengo otra cosa que caballo. Se los dije.No les mentiría, muchachos. Ahora tomen el mejor equipo que puedanencontrar. ¿Cuál es tu nombre, hombre de piedra? —Carborundum —dijo el troll. —Tengo un decente bocadillo de antracita guardado allá atrás,entonces, y un poco de decente pintura roja oficial porque todavía nunca meencontré con un troll que quisiera llevar chaqueta. Al resto de ustedes,recuerden lo que les digo: llénense con comida. Llenen la panza con comida.Llenen la panza con comida. Llenen sus botas con sopa. Si cualquieratropieza con un pote de mostaza, lo recogen... es asombroso lo que ayudarála mostaza. Y cuiden a sus compañeros. Y no se pongan en el camino de losoficiales, porque no es saludable. Eso es lo que aprenden en el ejército. Losenemigos realmente no quieren luchar contra ustedes, porque el enemigo esprincipalmente un tipo como ustedes que quiere irse a casa con todas suspartes todavía. Pero los oficiales harán que los maten. —Scallot los miró enredondo—. Bueno. Lo he dicho. Y si hay un político entre ustedes: señor,puede ir y contarles cuentos y al demonio con usted. Después de unos pocos momentos de embarazoso silencio Polly dijo: —¿Qué es un político? —Como un espía, pero de tu propio lado —dijo Maladict. —Eso es correcto —dijo Scallot—. Hay uno en cada batallón estos días,chivando a sus compañeros. Consiguen los ascensos de ese modo, ¿lo ven?
  • 71. No quieren disenso en las filas, ¿eh? No quieren charla disoluta sobre perderbatallas, ¿correcto? Lo cual es un montón de condenados soplos, porque lainfantería masculla todo el tiempo. Gemir es parte de ser soldado. —Suspiró—. De todos modos, hay un cuarto con literas allí atrás. Golpeo lascosas regularmente así que es probable que no haya muchas pulgas. —Otravez miró las caras inexpresivas—. Eso es colchones de paja para ustedes.Vamos, sírvanse. Tomen lo que les guste. Voy a cerrar después de que sevayan, de todos modos. Debemos estar ganando ahora que estosmuchachos se alistan, ¿correcto? --- Las nubes se habían abierto cuando Polly salió a la noche, y una medialuna llenaba el mundo con frío plateado y negro. Al frente de la posada habíaotro edificio desvencijado que vendía mala cerveza a los soldados. Apestabaa viejas sobras, incluso antes de abrir la puerta. El cartel estabadesconchado e ilegible, pero pudo distinguir el nombre: El Mundo Al Revés.Empujó la puerta. El olor empeoró. No había ningún cliente ni señal deStrappi o Jackrum, pero Polly vio que un criado desparramabametódicamente la suciedad de la posada a través del piso con un trapeador. —Disculpe s... —empezó, y luego recordó las medias, levantó la voz ytrató de sonar enfadada—. Hey, ¿dónde está el teniente? El criado la miró e hizo un gesto con un pulgar hacia arriba de laescalera. Había sólo una vela encendida allá, y llamó a la puerta máscercana. —Entre. Entró. El Teniente Blouse estaba de pie en medio del piso en pantalonesy mangas de camisa, sujetando un sable. Polly no era ninguna experta enestos temas, pero creyó reconocer la pose de estilo extravagante quetienden a adoptar los principiantes justo antes de ser apuñalados en elcorazón por un luchador más experto. —Ah, Perks, ¿verdad? —dijo, bajando la hoja—. Sólo, er, calentándome. —Sí, señor.
  • 72. —Hay alguna ropa sucia en la bolsa ahí. Espero que alguien en laposada la lave. ¿Qué hay para cenar? —Preguntaré, señor. —¿Qué están comiendo los hombres? —Scubbo, señor —dijo Polly—. Posiblemente con cab... —Tráeme un poco entonces, ¿quieres? Estamos en guerra, después detodo, y debo dar el ejemplo a mis hombres —dijo Blouse, envainando laespada en el tercer intento—. Eso sería bueno para la moral. Polly echó un vistazo a la mesa. Había un libro abierto en la cima deuna pila de otros. Parecía un manual de manejo de la espada, y estabaabierto en la página cinco. Al lado, unas gafas con gruesos cristales. —¿Eres un hombre de leer, Perks? —dijo Blouse, cerrando el libro. Polly vaciló. Pero, entonces, ¿qué le importa a Ozzer? —Un poco, señor —admitió. —Sospecho que tendré que dejar la mayoría de éstos aquí —dijo—.Toma uno si lo quieres. —Agitó una mano hacia los libros. Polly leyó lostítulos. El Arte De La Guerra. [19] Principios De La Confrontación. Estudios DeBatalla. Defensa Táctica. —Todos un poco pesados para mí, señor —dijo—. Gracias lo mismo. —Dime, Perks —dijo Blouse—, ¿están los reclutas con, er, buenespíritu? Le lanzó una mirada con aparentemente genuina preocupación.Realmente no tenía barbilla, notó. Su cara simplemente se convertía encuello sin mucha perturbación en el camino, excepto su nuez, vaya, ésa eraun campeón. Subía y bajaba por su cuello como una pelota en un resorte. Polly había servido como soldado solamente un par de días, pero yahabía desarrollado un instinto. En resumen, era mentir a los oficiales. —Sí, señor —dijo. —¿Consiguieron todo lo que necesitan? El instinto mencionado anteriormente sopesó las oportunidades deconseguir algo más de lo que ya tenían como resultado de una queja, y Pollydijo: —Sí, señor.
  • 73. —Por supuesto, no es para nosotros cuestionar nuestras órdenes —dijoBlouse. —No lo estaba haciendo, señor —dijo Polly, momentáneamenteperpleja. —Incluso a veces podríamos sentir... —empezó el teniente, y comenzóotra vez—. Obviamente la guerra es algo muy imprevisible, y la marea de labatalla puede cambiar en un momento. —Sísseñor —dijo Polly, todavía mirándolo. El hombre tenía una pequeñamancha donde las gafas rozaban su nariz. El teniente parecía tener algo en mente, también. —¿Por qué te alistaste, Perks? —preguntó, palpando la mesa yencontrando las gafas al tercer intento. Tenía guantes de lana, con los dedoscortados. —¡Deber patriótico, señor! —dijo Polly inmediatamente. —¿Mentiste sobre tu edad? —¡Nosseñor! —¿Sólo deber patriótico, Perks? Había mentiras, y luego había mentiras. Polly se movió torpemente. —Me gustaría averiguar qué le pasó a mi hermano Paul, señor —dijo. —Ah, sí. —La cara del Teniente Blouse, que no era una imagen defelicidad para empezar, de repente tenía una expresión acorralada. —Paul Perks, señor —dijo Polly. —Yo, er, no estoy realmente en posición de saberlo, Perks —dijoBlouse—. Estaba trabajando como un... estaba, er, a cargo de, er, estabacomprometido en un trabajo especial allá en los cuarteles, er... obviamenteno conozco a todos los soldados, Perks. ¿Era... es tu hermano mayor? —Sísseñor. Se unió el año pasado a los Entrar-y-Salir, señor. —Y, er, ¿tienes otros hermanos menores? —dijo el Teniente. —No, señor. —Ah, bien. Eso es algo porque estar agradecido, de todos modos —dijoBlouse. Eran palabras extrañas. La frente de Polly se arrugó con perplejidad. —¿Señor? —dijo. Y entonces sintió una desagradable sensación de movimiento. Algo
  • 74. estaba resbalando despacio por el interior de su muslo. —¿Hay algún problema, Perks? —preguntó el Teniente, viendo suexpresión. —¡Nosseñor! ¡Sólo un... un poco de calambre, señor! ¡Por toda lamarcha, señor! —Sujetó la rodilla con ambas manos y retrocedió hacia lapuerta—. ¡Sólo iré y... veré lo de su cena, señor! —Sí, sí —dijo Blouse, mirando la pierna—. Sí... por favor... Polly hizo una pausa fuera de la puerta para levantar sus medias, metióla punta de una bajo el cinturón como ancla, y bajó deprisa a la cocina de laposada. Una mirada le dijo todo lo que quería saber. La higiene de la comidaconsistía en hacer un poco de esfuerzo para no escupir en el estofado. —Quiero cebollas, sal, pimienta... —empezó. La empleada que estaba revolviendo la olla negra de hollín sobre lacocina negra de hollín levantó la vista, se dio cuenta de que le había habladoun hombre, y se quitó el pelo húmedo de los ojos apresuradamente. —Es estofado, señor —anunció. —No quiero nada. Sólo quiero las cosas —dijo Polly—. Para el oficial —añadió. La empleada de la cocina apuntó un pulgar ennegrecido por el hollín auna puerta cercana y le lanzó a Polly lo que probablemente pensó que erauna sonrisa pícara. —Estoy segura de que puede haber algo que atraiga sus deseos, señor—dijo. Polly miró los dos estantes que habían sido dignificados con el nombrede despensa, y agarró un par de cebollas grandes, una en cada mano. —¿Puedo? —preguntó. —¡Oh, señor! —rió tontamente la empleada—. ¡Espero que no sea unode esos soldados toscos que se aprovecharían de una doncella indefensa,señor! —No, er... no. No soy uno de ellos —dijo Polly. —Oh. —No parecía ser la respuesta correcta. La empleada puso lacabeza a un lado—. ¿Ha tenido mucho que ver con mujeres jóvenes, señor?—preguntó.
  • 75. —Er... sí. Mucho —dijo Polly—. Er... un montón, realmente. —¿De veras? —La empleada se acercó. Olía principalmente a sudor,matizado con hollín. Polly levantó las cebollas como una especie de barrera. —Estoy segura de que hay cosas que le gustaría aprender —ronroneó laempleada. —¡Estoy seguro de que hay algo que usted no! —dijo Polly, y giró ycorrió. Mientras salía al aire frío de la noche, una voz dolorida detrás de ellagritó: —¡Salgo a las ocho! --- Diez minutos después, el Cabo Scallot estaba impresionado. Polly tuvola sensación de que esto no ocurría a menudo. Shufti había calzado un petoviejo junto al fuego, había martillado algunas lajas de carne de caballo hastaque estuvieron tiernas, las untó en un poco de harina, y las estaba friendo.Las cebollas cortadas chisporroteaban junto a ellas. —Siempre sólo las hiervo —dijo Scallot, observándolo con interés. —Sólo pierde todo el sabor si lo hace —dijo Shufti. —¡Hey, muchacho, las cosas que he comido, no querrías probarlas! —Saltee las cosas primero, especialmente las cebollas —continuóShufti—. Mejora el sabor. De todos modos, cuando las hierve debe hervirlasdespacio. Eso dice siempre mi mamá. Asar rápido, hervir despacio, ¿deacuerdo? No es carne mala, para ser caballo. Lástima hervirla. —Asombroso —dijo Scallot—. Podría haber venido bien en Ibblestarn. Elsarge era un buen hombre pero un poco, ya sabe, duro de pierna. —Un adobo habría ayudado, probablemente —dijo Shufti distraída,volteando una rebanada de carne con una espada quebrada. Se volvió haciaPolly—. ¿Había más cosas en la despensa, Ozz? Puedo hacer un poco decaldo para mañana si podemos... —¡No voy a entrar en esa cocina otra vez! —dijo Polly. —Ah, ¿sería Molly Talonesredondos? —dijo el Cabo Scallot, levantando
  • 76. la mirada y sonriendo—. Ha enviado muchos muchachos al camino delplacer. —Metió un cucharón en la olla de scubbo hirviendo junto a lacacerola. Una carne gris desintegrada se cocinaba en unas pulgadas deagua. —Eso servirá para el rupert —dijo, y recogió un tazón manchado. —Bien, dijo que quería comer lo que comen los hombres —dijo Polly. —Oh, esa clase de oficial —dijo Scallot poco amablemente—. Sí,algunos jóvenes prueban esas cosas, si no han estado leyendo los librosequivocados. Algunos tratan de ser amigos, los bastardos. —Escupióexpertamente entre las dos cacerolas—. Espera a que pruebe lo que comenlos hombres. —Pero si vamos a comer filete y cebollas... —No gracias a las personas como él —dijo el Cabo, sirviendo el puré enel tazón—. Los soldados de Zlobenia reciben como mínimo una libra de res yuna libra de harina al día, más grasa de cerdo o mantequilla y media libra deguisantes. A veces, una pinta de melaza, también. Nosotros recibimos pan-caballo pasado y lo que gorreamos. Él comerá scubbo y le gustará. —Nada de verduras frescas, nada de frutas —dijo Shufti—. Es una dietamuy severa, Cabo. —Sí, bien, en cuanto comience la batalla calculo que ustedesdescubrirán que el estreñimiento es lo último en su mente —dijo Scallot.Extendió la mano hacia arriba, empujó algunos trapos, y sacó unapolvorienta botella de un estante. —El rupert no tendrá nada de esto, tampoco —dijo—. Lo tomé delequipaje del último oficial que pasó, pero lo compartiré con ustedes, porqueson buenos muchachos. —Golpeó casualmente la tapa de la botella contra elborde de la chimenea—. Es solamente jerez, pero los pondrá borrachos. —Gracias, Cabo —dijo Shufti y tomó la botella. Volcó mucho sobre lacarne que se freía. —¡Hey, lo que está desperdiciando es buen trago! —dijo Scallot,recuperando la botella. —No, sazonará la carne realmente bien —dijo Shufti, tratando de tomarla botella—. ¡Será... azúcar!
  • 77. La mitad del líquido se fue al fuego mientras las dos manos peleabanpor ella, pero no fue eso lo que se había sentido como una pequeña vara deacero disparada a través de la cabeza de Polly. Miró al resto del escuadrón,que parecía no haber... Maladict le hizo un guiño y un ademán diminuto con la cabeza hacia elotro extremo de la habitación, y caminó tranquilamente en esa dirección.Polly lo siguió. Maladict siempre encontraba algo donde recostarse. Se relajó en lassombras, miró las vigas, y dijo: —Bueno, digo que un hombre que sabe cómo cocinar no es menoshombre por eso. ¿Pero un hombre que usa ‘azúcar’ para maldecir? ¿Algunavez has escuchado a un hombre decirlo? No, ¿verdad? Puedo asegurarlo. De modo que fuiste tú quien me dio las medias, pensó Polly. Sabes demí, puedo asegurar que es así, ¿pero sabes de Lofty? Y tal vez Shufti fueeducado muy cortésmente... pero una mirada a la sonrisa perspicaz deMaladict le hizo decidir no probar ese camino. Además, en cuanto mirabas aShufti con la idea de que tal vez era una chica, veías que lo era. Ningúnhombre diría ‘¡azúcar!’ Tres muchachas hasta ahora... —Y estoy bastante seguro sobre Lofty, también —dijo Maladict. —¿Qué vas a hacer con... ellas? —dijo. —¿Hacer? ¿Por qué debo hacer algo sobre alguien? —dijo Maladict—.Soy un vampiro que oficialmente finge no ser uno, ¿correcto? Soy la últimapersona que dirá que alguien tiene que jugar la mano que le dieron. Demodo que buena suerte para... él, digo. Pero podría gustarte llevarlo a unlado más tarde y tener una palabra con él. Ya sabes... de hombre a hombre. Polly asintió. ¿Había un reconocimiento en ese comentario? —Es mejor que vaya y lleve el scubbo al teniente —dijo—. Y...maldición, olvidé su ropa sucia. —Oh, no me preocuparía por eso, viejo amigo —dijo Maladict, y mostróuna sonrisa pequeña—. Por la forma en que las cosas están sucediendo aquí,probablemente Igor sea una lavandera disfrazada.
  • 78. Polly lavó la ropa sucia, al final. No estaba segura de poder eludir aMolly por segunda vez, y no tenía tanto problema. Después la colgó enfrentedel fuego, que rugía. El caballo estuvo asombrosamente bueno, pero no tan asombroso comola reacción de Blouse ante el scubbo. Se sentó ahí vestido con su uniformede gala —ponerse ropa especial sólo para sentarse y comer completamentesolo era nuevo para Polly— y lo saboreó y la envió con el tazón por más. Lacarne estaba blanca de tanto hervir y tenía verdín encima. El escuadrón sepreguntó qué clase de vida podía haber llevado un oficial que lo predisponíaa gustarle el scubbo. —No sé mucho de él —dijo Scallot, a las preguntas—. Ha estado aquípor dos semanas, ansioso por llegar a la guerra. Trajo todo una carga delibros, escuché. Me parece un típico rupert. Estaban todos detrás de lapuerta cuando repartieron las barbillas. Un Sargento que pasó dijo que no esrealmente un soldado, sólo algún cerebrito de los cuarteles que es buenocon las sumas. —Oh, grandioso —dijo Maladict, que estaba preparando su café junto alfuego. La pequeña máquina gorjeaba y siseaba. —No creo que pueda ver muy bien sin sus gafas —dijo Polly—. Pero esmuy, er, cortés. —No ha sido un rupert durante mucho tiempo, entonces —dijo Scallot—. Son más de ‘¡Hey allí! ¡Tú! ¡Malditos tus ojos, fuá fuá fuá!’ Sin embargo, hevisto al Sargento antes, el viejo Jackrum. Ha estado por todos lados, já.Todos conocen al viejo Jackrum. Estaba con nosotros en la nieve allá enIbblestarn. —¿A cuántas personas comió él? —preguntó Maladict, y hubo risageneral. La cena había sido buena, y todavía había suficiente jerez para unvaso cada uno. —Digamos que escuché que no bajó mucho más delgado que cuandosubió —dijo Scallot. —¿Y el Cabo Strappi? —dijo Polly. —Nunca lo vi antes, tampoco —dijo Scallot—. Pequeño cabrónintratable. Político, diría. ¿Por qué se fue y los dejó aquí? Tiene una cómoda
  • 79. cama bonita en la posada, ¿verdad? —Espero que él no vaya a s-ser nuestro Sargento —dijo Wazzer. —¿Él? ¿Por qué? —dijo Scallot. Polly relató los eventos de esa la tarde más temprano. Para susorpresa, Scallot rió. —Están tratando de librarse del viejo cabrón otra vez, ¿verdad? —dijo—. ¡Eso es gracioso! Benditos sean, necesitarán más de un puñado de gawainsy rodneys para arrancar a Jackrum de su propio ejército. Vaya, lo hanllevado a corte marcial dos veces. Se salvó en ambas. ¿Y saben que una vezque le salvó la vida al General Froc? Ha estado en todos lados, consigue lobueno de todos, tiene más recursos que yo y yo sé unos cuantos, recuerdenlo que digo. Si mañana quiere marchar con ustedes lo hará, y ningúnpequeño rupert flaco se cruzará en su camino. —¿Entonces qué estaba haciendo como oficial de reclutamiento unhombre así? —dijo Maladict bruscamente. —Porque se cortó la pierna entrando a Zlobenia y mordió a losserrucha-huesos que trataron de examinarlo cuando la herida se puso mala,chico ingenioso —respondió Scallot—. Se limpió él mismo con gusanos ymiel, entonces bebió una pinta de brandy y se cosió, y estuvo acostado ensu cama con fiebre por una semana. Pero el general lo atrapó, escuché, vinoy lo visitó mientras estaba demasiado débil para protestar y le dijo que iba atocar el tambor por un año y sin discusión. Ni siquiera el mismo Froc leentregaría sus papeles, no después de que Jackrum lo cargara en la espaldapor catorce millas a través de las líneas enemigas... La puerta se abrió y entró el Sargento Jackrum, las manos metidas enel cinturón. —No se molesten en saludar, muchachos —dijo, mientras se girabancon culpa—. Nas tardes, Trespartes. Es bueno ver su casi toda persona otravez, ingenioso evasor de dioses. ¿Dónde está el Cabo Strappi? —No lo hemos visto en toda la noche, sarge —dijo Maladict. —¿No vino con ustedes aquí? —No, sarge. Pensábamos que estaba con usted. No se movió ningún músculo en la cara de Jackrum.
  • 80. —Ya veo —dijo—. Bien, ya escucharon al teniente. El bote se marcha amedianoche. Deberíamos estar bien río abajo en el Kneck antes delamanecer del miércoles. Duerman unas horas si pueden. Mañana va a serun largo día, si tienen suerte. Y con eso, giró y salió otra vez. El viento aullaba fuera, y se cortócuando la puerta se cerró. Estaremos bien río abajo en el Kneck, notó Polly.Bien hecho, Trespartes. —¿Un Cabo perdido? —dijo Scallot—. Ahora sucede algo. Generalmentees un recluta el que se larga. Bien, escucharon al Sargento, muchachos. Estiempo de lavarse y acostarse. Había un baño y una letrina, de estilo tosco y precario. Polly encontróun momento en que ella y Shufti estuvieron a solas. Se había devanado elcerebro sobre cómo mejor plantear el tema, pero como resultó sólo senecesitó una mirada. —Fue cuando me ofrecí a hacer la cena, ¿verdad? —farfulló Shufti,mirando dentro del sumidero de piedra, que tenía musgo. —Ésa fue una pista, sí —dijo Polly. —¡Muchos hombres cocinan, lo sabes! —dijo Shufti ferozmente. —Sí, pero no los soldados, y no con entusiasmo —dijo Polly—. No hacenadobos. —¿Se lo has dicho a alguien? —masculló Shufti, con la cara roja. —No —dijo Polly, que era, después de todo, estrictamente verdad—.Mira, lo hacías bien, me engañaste hasta ‘azúcar’. —Sí, sí, lo sé —susurró Shufti—. Puedo eructar y caminarestúpidamente y picarme la nariz, ¡pero no me sale jurar como ustedes loshombres! Nosotros los hombres, pensó Polly. Oh, cielos. —Somos la soldadesca tosca y licenciosa. Me temo que sea mierda otraste —dijo—. Er... ¿por qué estás haciéndolo? Shufti miró dentro del sumidero de piedra, frío y húmedo, como si elextraño lodo verde fuera muy interesante, y masculló algo. —Lo siento, ¿qué dijiste? —dijo Polly. —Voy a buscar a mi marido —dijo Shufti, sólo un poco más alto.
  • 81. —Oh, cielos. ¿Cuánto tiempo habías estado casada? —dijo Polly, sinpensar. —... no nos casamos aún... —dijo Shufti, en una voz tan alta como unahormiga. Polly echó un vistazo a la gordura de Shufti. Oh, cielos. Oh, cielos. Tratóde sonar razonable. —No creo que deberías... —¡No me digas que me vaya a casa! —dijo Shufti, volviéndose haciaella—. ¡No hay nada para mí en casa excepto la desgracia! ¡No voy a casa!¡Voy a la guerra y voy a encontrarlo! ¡Nadie va a decirme que no lo haga,Ozzer! ¡Nadie! ¡Esto ha ocurrido antes, de todos modos! ¡Y terminó bien!¡Hay una canción sobre eso y todo! —Oh, eso —dijo Polly—. Sí. Lo sé. —Deberían dispararle a los cantantesfolclóricos—. Lo que iba a decir era que podrías encontrar que esto ayuda aldisfraz... —Sacó un suave cilindro de medias de lana de su mochila y se loofreció silenciosamente. Era algo peligroso, lo sabía, pero ahora sentía unaespecie de responsabilidad por ésos cuya repentina fantasía extraña nohabía sido seguida por un plan. De camino de regreso a su colchón, vio a Wazzer colgando su pequeñaimagen de la Duquesa en un gancho cercano en la ruinosa pared encima desu cama. Miró furtivamente a su alrededor, no descubrió a Polly en lassombras de la entrada, y se inclinó rápidamente y con cortesía ante laimagen. Una cortesía, no una reverencia. Polly frunció el ceño. Cuatro. Apenas estaba sorprendida, ahora. Y lequedaba un par de medias limpias. Esto pronto iba a ser un ejércitodescalzo. --- Polly podía saber el tiempo por el fuego. Tenías una sensación decuanto tiempo ardía un fuego, y los troncos en éste eran grises con brillodebajo de la ceniza. Habían pasado las once, decidió. Por los sonidos, nadie estaba durmiendo. Se levantó después una hora
  • 82. o dos de estar acostada en el ruidoso colchón de paja, mirando la oscuridady escuchando cosas que se movían debajo de ella; se habría quedado mástiempo allí, pero algo en la paja parecía querer empujarle la pierna fuera.Además, no tenía mantas secas. Había mantas en el barracón, peroTrespartes les había advertido contra ellas porque provocaban, como lo dijo,‘la Picazón’. El Cabo había dejado una vela encendida. Polly leyó la carta de Paulotra vez, y echó otra mirada al trozo de papel impreso rescatado del caminoembarrado. Las palabras estaban incompletas y no estaba segura de todasellas, pero no le gustaba el sonido de ninguna de ellas. ‘Invas’ tenía unsonido particularmente desagradable. Y luego estaba el tercer trozo de papel. No podía evitarlo. Había sido uncompleto accidente. Lavó la ropa sucia de Blouse y por supuesto unaregistraba los bolsillos antes de lavarla, porque nadie que alguna vez hayatratado de desenrollar una salchicha empapada y desteñida que una vezfuera un billete de banco no quería hacerlo dos veces.[20] Y allí estaba estetrozo de papel doblado. Indudablemente, no necesitaba desdoblarlo y,después de desdoblarlo, no necesitaba leerlo. Pero hay algunas cosas quesimplemente haces. Era una carta. Presumiblemente Blouse se la metió en un bolsillo y seolvidó de ella cuando se cambió de camisa. No necesitaba leerla otra vezpero, a la luz de vela, lo hizo. Mi muy querida Emmeline, ¡Fama y Fortuna aguardan! ¡Después de solamente ocho años comoSegundo Teniente he sido ascendido y voy a tener un comando! Porsupuesto, esto significa que no quedarán oficiales en el Departamento deMantas, Camas y Forraje de Caballo del General Ayudante, pero heexplicado mi nuevo sistema de clasificación a Cabo Drebb y creo que esSensato. Sabes que no puedo entrar en cuestiones de detalle, pero creo que éstaserá una perspectiva muy excitante y estoy ansioso de estar ‘frente alenemigo’. Soy bastante audaz para esperar que el nombre de Blouse entre
  • 83. en historia militar. Mientras tanto, estoy repasando mis ejercicios de espaday ‘recuerdo’ todo definitivamente. Por supuesto, el ascenso trae no menosde un chelín adicional ‘per Diem’,[21] más un subsidio de tres peniques paraforraje. A este fin he comprado un ‘caballo de batalla’ al Sr. Jack ‘Honesto’Slacker, un caballero muy entretenido, aunque me temo que su descripciónde las ‘destrezas’ de mi corcel puede haber sido propensa a un poco deexageración. Sin embargo, por fin me estoy ‘moviendo’, y si Destino mesonríe esto adelantará mucho el día cuando pueda... Y eso era todo, afortunadamente. Después de pensarlo un poco, Pollyfue y mojó la carta cuidadosamente, entonces la secó rápidamente sobre losrestos del fuego y la deslizó en el bolsillo de la camisa lavada. Blouse podríaregañarla por no sacarla antes de lavar, pero lo dudaba. Un mostrador de mantas con un nuevo sistema de clasificación. Unalférez durante ocho años, en una guerra donde el ascenso podía ser rápido.Un hombre que ponía comillas alrededor de cualquier palabra o frase quepensara como incluso ligeramente ‘atrevida’. Repasando sus ‘ejercicios deespada’. Y tan miope que le había comprado un caballo a Jack Slacker, quepasaba por todas las ferias de caballos-basura y vendía viejos tornillosretorcidos que perdían una pierna antes de llegar a casa. Nuestro líder. Estaban perdiendo la guerra. Todos lo sabían, pero nadie lo diría. Eracomo si sintieran que si no decían las palabras en voz alta entonces noestaba ocurriendo realmente. Estaban perdiendo la guerra y este escuadrón,sin entrenamiento y sin práctica, peleando con las botas de hombresmuertos, sólo podía ayudar a perderla más rápido. ¡La mitad eran chicas!Por alguna maldita canción estúpida, Shufti estaba metiéndose en unaguerra para buscar al padre de su niño, y ése era un mandado desesperadopara una chica, incluso en tiempos de paz. Y Lofty seguía a su muchacho,que probablemente era romántico hasta cinco minutos dentro de unabatalla. Y ella... ... bien, sí. También había escuchado la canción. ¿Entonces qué? Paulera su hermano. Siempre le había vigilado, incluso cuando era pequeña.
  • 84. Mamá estaba siempre ocupada, todos estaban siempre ocupados en LaDuquesa así que Polly se había convertido en una hermana mayor de unhermano quince meses mayor que ella. Le enseñó a soplarse la nariz, leenseñó a formar letras, fue y lo encontró cuando unos niños crueles lodejaron perdido en los bosques. Correr detrás de Paul era un deber que sehabía convertido en un hábito. Y entonces... bien, no era la única razón. Cuando su padre murió, sulado de la familia perdería La Duquesa si no había ningún hombre que laheredara. Ésa era la ley, clara y simple. La ley de Nuggan decía que loshombres podían heredar ‘las Cosas de los Hombres’, como tierra, edificios,dinero y todos los animales domésticos excepto los gatos. Las mujerespodían heredar ‘las Cosas de las Mujeres’, que eran principalmentepequeños artículos de joyería personal y ruecas que pasaban de madres ahijas. Por cierto, no podían heredar una taberna grande y famosa. Así que La Duquesa pasaría a Paul si estaba vivo, o si estaba muerto sepermitía que pasara al marido de Polly si estaba casada. Y ya que Polly noveía la posibilidad de eso, necesitaba a un hermano. Paul podía ser felizcargando barriles por el resto de sus días; ella administraría a La Duquesa.Pero si estaba sola, una mujer sin hombre, entonces como máximo todo loque conseguiría era tal vez la oportunidad de vivir allí mientras las escrituraspasaban al primo Vlopo, que era un bebedor. Por supuesto, todo eso no era la razón. Ciertamente no. Pero era unarazón, a pesar de todo. La razón era, simplemente, Paul. Siempre lo habíaencontrado y llevado a casa. Miró el sombrero en sus manos. Había yelmos, pero ya que todos teníanagujeros de flecha o rasgaduras el escuadrón se había inclinado por lossombreros más blandos, silenciosamente. Uno moriría de todos modos, ypor lo menos no tendría dolor de cabeza. La insignia del sombrero mostrabael símbolo del regimiento: un queso llameante. Tal vez un día averiguaríapor qué. Polly se lo puso, recogió su mochila y la pequeña bolsa de ropasucia, y salió a la noche. La luna se había ido, las nubes habían regresado.Cuando terminó de cruzar la plaza estaba empapada; la lluvia caíahorizontal.
  • 85. Abrió la puerta de la posada y vio, a la luz de una vela que chorreaba...el caos. Ropa desparramada sobre las baldosas, alacenas abiertas. Jackrumbajaba la escalera, un alfanje en una mano, una linterna en la otra. —Oh, eres tú, Perks —dijo—. Limpiaron el sitio y se largaron. InclusoMolly. Escuché cuando se iban. Empujando un carro, por el sonido. ¿Quéestás haciendo aquí? —Ordenanza, sarge —dijo Polly, sacudiendo el agua de su sombrero. —Sí. Correcto. Ve y despiértalo, entonces. Está roncando como unaserradero. Espero por el demonio que el bote esté todavía ahí. —¿Por qué se lar... fueron, sarge? —preguntó Polly y pensó: ¡Azúcar! Sise trata de eso, ¡tampoco digo palabrotas! Pero el Sargento no parecía darsecuenta. Le lanzó una mirada que era conocida como anticuada; ésta teníadinosaurios adentro. —Se olieron algo, no lo dudo —dijo—. Por supuesto, estamos ganandola guerra, lo sabes. —Ah. Oh. Y no seremos invadidos en absoluto, supongo —dijo Polly, conun cuidado igualmente exagerado. —Muy correcto. Detesto a esos demonios traicioneros que nos hacencreer que un vasto ejército está a punto de barrer el país cualquier día —dijoJackrum. —Er... ¿alguna señal del Cabo Strappi, sarge? —No, pero no he volteado cada piedra por el momento... ¡sh! Polly se congeló, y se esforzó por escuchar. Eran pisadas de pezuñas,que se oían más fuertes a medida que se acercaban, y cambiaron de ruidossordos a sonidos resonantes de herraduras sobre adoquines. —Patrulla de caballería —susurró Jackrum, dejando la linterna sobre labarra—. Seis o siete caballos. —¿Nuestros? —Lo dudo, condenación. El ruido disminuyó la velocidad, y se detuvo afuera. —Hazlos hablar —dijo Jackrum, bajando la mano y corriendo el cerrojode la puerta. Giró y fue hacia la parte trasera de la posada.
  • 86. —¿Qué? ¿Sobre qué? —susurró Polly—. ¿Sarge? Jackrum había desaparecido. Polly escuchó murmullos afuera de lapuerta, seguidos por un par de golpes secos. Se quitó la chaqueta. Arrancó el sombrero de su cabeza y lo tiró detrásde la barra. Ahora no era un soldado, al menos. Y, mientras la puerta eraagitada contra el cerrojo, vio algo blanco tirado entre los escombros. Era unaterrible tentación... La puerta reventó al segundo golpe, pero los soldados no entraroninmediatamente. Tendida bajo la barra, luchando por ponerse la enaguasobre el pantalón arremangado, Polly trató de encontrar sentido a lossonidos. Hasta donde pudo deducir de los crujidos y ruidos, cualquiera queesperara dentro de la entrada con una emboscada en mente lo habríalamentado de manera breve y terminal. Trató de contar a los invasores;sonaba como si al menos fueran tres. En el silencio tenso, el sonido de unavoz que hablaba en tono normal llegó como una conmoción. —Escuchamos que corría el cerrojo. Eso quiere decir que está aquí enalgún lugar. Hágalo fácil para usted mismo. No queremos tener quebuscarlo. Tampoco quiero que lo haga, pensó Polly. ¡No soy un soldado! ¡Váyase!Y entonces el siguiente pensamiento fue: ¿Qué quieres decir, que no eres unsoldado? Tomaste el chelín y besaste la imagen, ¿verdad? Y de repente unbrazo se metió bajo la barra y la agarró. Por lo menos no tuvo que actuar. —¡No! ¡Por favor, señor! ¡No me lastime! ¡Sólo me asusté! ¡Por favor! Pero por dentro había cierta... hombría de medias que se sentíaavergonzada, y quería salir a las patadas. —Por los dioses, ¿qué es usted? —dijo el caballero, levantándola en altoy mirándola como si fuera alguna clase de objeto. —¡Polly, señor! ¡Camarera, señor! ¡Sólo que ellos se largaron y medejaron! —¡No haga tanto ruido, chica! Polly asintió. Lo último que necesitaba ahora era que Blouse bajaracorriendo la escalera con su sable y su Práctica para Principiantes. —Sí, señor —chilló.
  • 87. —Camarera, ¿eh? Tres pintas de lo que probablemente llame su mejorcerveza, entonces. Eso podía ocurrir en automático por lo menos. Había visto los jarrosbajo la barra, y los barriles detrás de ella. La cerveza era floja y ácida peroprobablemente no disolvería un penique. El soldado de caballería la observaba mientras llenaba los jarros. —¿Qué le pasó a su pelo? —dijo. Polly estaba lista para esto. —¡Oh, señor, lo cortaron, señor! ¡Porque sonreí a un soldado deZlobenia, señor! —¿Aquí? —En Drok, señor. —Era un pueblo mucho más cerca de la frontera—. ¡Ymi mamá dijo que estaba avergonzando a la familia y me envió aquí, señor! Sus manos temblaban cuando puso los jarros sobre la barra, y apenasestaba exagerando. Apenas... pero un poco, sin embargo. Estás actuandocomo una niña, pensó. ¡Sigue así! Ahora podía hacer el inventario de los invasores. Llevaban uniformesazul oscuro,[22] y botas grandes, y pesados yelmos de caballería. Uno deellos estaba junto a las ventanas cerradas con contraventana. Los otros dosla estaban observando. Uno tenía las barras de un Sargento y una expresiónde sospecha profunda. El que la había agarrado era capitán. —Esta cerveza es terrible, chica —dijo, olfateando el jarro. —Sí, señor, lo sé, señor —parloteó Polly—. No me escuchaban, señor, yles dije que tienen que poner un lienzo húmedo sobre los barriles en esteclima tormentoso, señor, y Molly nunca limpia la espita y... —Este pueblo está vacío, ¿lo sabe? —Se largaron todos, señor —dijo Polly seriamente—. Iba a haber unainvasión, señor. Todos lo dicen. Tienen miedo de ustedes, señor. —Excepto usted, ¿eh? —dijo el Sargento. —¿Cómo se llama, chica que sonríe a los soldados de Zlobenia? —dijo elcapitán, sonriente. —Polly, señor —dijo Polly. Su mano encontró lo que estaba buscandobajo la barra. Era el amigo del barman. Siempre había uno.
  • 88. —¿Y tiene miedo de mí, Polly? —dijo el capitán. El soldado junto a laventana soltó una risilla. El capitán tenía un bigote bien recortado, encerado en punta, y unosseis pies de altura, calculó Polly. Tenía una bonita sonrisa también, que dealguna manera era mejorada por la cicatriz sobre su cara. Un círculo devidrio le cubría un ojo. Su mano agarró el garrote escondido. —No, señor —dijo, mirando un ojo y un vidrio—. Er... ¿para qué es esevidrio, señor? —Es un monóculo —dijo el capitán—. Me ayuda a verla, de lo que estoyeternamente agradecido. Siempre digo que si tuviera dos haría unespectáculo de mí mismo. 6 Eso recibió una risa de cumplido del Sargento. Polly parecía en blanco. —¿Y va a decirme dónde están los reclutas? —dijo el capitán. Se esforzó para que su expresión no cambiara. —No. El capitán sonrió. Tenía buenos dientes, pero ahora no había calidez ensus ojos. —No está en posición de ser ignorante —dijo—. No los lastimaremos, selo aseguro. Se escuchó un grito en la distancia. —Mucho —dijo el Sargento, con más satisfacción que la necesaria. Seescuchó otro grito. El capitán hizo un gesto hacia el hombre junto a lapuerta, que se escurrió. Polly tomó el sombrero de abajo de la barra y lo sepuso. —Uno de ellos le dio su gorra, ¿verdad? —dijo el Sargento, y susdientes no eran ni cerca tan buenos como los del oficial—. Bien, me gustauna chica que le sonríe a un soldado... El garrote le dio a lo largo de la cabeza. Era viejo endrino, y bajó comoun árbol. El capitán dio un paso hacia atrás mientras Polly salía de detrás dela barra con el garrote preparado otra vez. Pero no había sacado la espada,y se estaba riendo.6 Jugo de palabras entre espectáculo y gafas, ambas spectacle en inglés. (Nota del traductor)
  • 89. —Ahora, chica, si quiere... —Le agarró el brazo mientras lo balanceaba,la arrastró hacia él con fuerza, todavía riéndose; se dobló casi en silenciomientras la rodilla de Polly conectaba con su cajón de medias. Gracias,Gummy. Mientras él caía, ella retrocedió y bajó el garrote contra su yelmo,haciéndolo sonar. Estaba temblando. Se sentía enferma. Su estómago era un bultopequeño y ardiente. ¿Qué más podía haber hecho? ¿Se suponía que pensaraHemos encontrado al enemigo y es amable?[23] De todos modos, no lo era.Era petulante. Sacó un sable de su vaina y se deslizó afuera, a la noche. Todavíaestaba lloviendo, y una neblina que llegaba a la cintura subía del ríoempujada por el viento. Afuera había más o menos media docena decaballos, pero sin atar. Un soldado esperaba con ellos. Débilmente, contra elruido de la lluvia, le escuchó hacer sonidos tranquilizadores para calmar auno de ellos. Deseaba no haberlo escuchado. Bien, había tomado el chelín.Polly agarró el garrote. Había dado un paso cuando la neblina entre ella y el hombre se levantódespacio mientras algo surgía de ella. Los caballos se movieron inquietos. Elhombre se volvió, una sombra se movió, el hombre cayó... —Aceite —susurró Polly. La sombra giró. —¿Ozzer? Soy yo, Maladict —dijo—. El sarge me envió para ver sinecesitabas ayuda. —¡El maldito Jackrum me dejó rodeada por hombres armados! —siseóPolly. —¿Y? —Bien, yo... golpeé a dos de ellos —dijo, sintiendo que cuando lo decíase estropeaba su caso como víctima—. Uno salió al camino, sin embargo. —Creo que teníamos a ése —dijo Maladict—. Bien, digo ‘teníamos’...Tonker casi lo destruyó. Hay una muchacha con lo que llamaría asuntos sinresolver. —Dio media vuelta—. Veamos... siete caballos, siete hombres. Sí. —¿Tonker? —dijo Polly. —Oh, sí. ¿No la habías descubierto? Se puso loca cuando el hombre
  • 90. cargó contra Lofty. Ahora, echemos una mirada a tus caballeros, ¿quieres?—dijo Maladict, dirigiéndose hacia la puerta de la posada. —Pero Lofty y Tonker... —empezó Polly, corriendo para seguirle elpaso—. Quiero decir, la manera en que actúan, ellos... pensé que era suchica... pero pensé que Tonker... quiero decir, sé que Lofty es una chi... Incluso en la oscuridad, los dientes de Maladict brillaron cuando sonrió. —El mundo se está desplegando indudablemente ante ti, ¿eh? ¿Ozzer?Cada día, algo nuevo. Práctica de travestismo ahora, veo. —¿Qué? —Tienes puesta una enagua, Ozzer —dijo Maladict, entrando en el bar.Polly se miró, con culpa, y empezó a tirar de ella, y luego pensó: Espera unmomento... El Sargento había logrado levantarse contra la barra, donde estabamareado. El capitán gemía sobre el piso. —¡Buenas noches, caballeros! —dijo el vampiro—. Por favor, prestenatención. Soy un vampiro reformado, que es decir, soy un manojo deinstintos reprimidos sujetos con saliva y café. Sería un error decir que lacarnicería violenta y desgarrante no me viene fácilmente. No es eso dearrancarles la garganta lo que no me viene fácilmente. Por favor, no lohagan más penoso. El Sargento se apartó del borde de la barra y lanzó un embotadomanotazo a Maladict. Casi distraídamente, Maladict se alejó de él y luego ledevolvió un golpe que lo hizo caer. —El capitán se ve mal —dijo—. ¿Qué trataste de hacerles a los pobrespequeños? —Trátame bien —dijo Polly, mirando furiosa a Maladict. —Ah —dijo el vampiro. Maladict tocó suavemente a la puerta del barracón. Se abrió unamínima parte, y luego del todo. Carborundum bajó su garrote. Sin palabras,Polly y Maladict arrastraron adentro a los dos soldados de caballería. ElSargento Jackrum estaba sentando sobre un taburete junto al fuego,bebiendo un jarro de cerveza. —Bien hecho, muchachos —dijo—. Pónganlos con los otros. —Agitó el
  • 91. jarro vagamente hacia la otra pared, donde cuatro de los soldados estabanacurrucados hoscamente bajo la mirada de Tonker. Habían sido esposadosjuntos. El último soldado estaba sobre una tabla, e Igor trabajaba en él conaguja e hilo. —¿Cómo lo está llevando, Soldado? —preguntó Jackrum. —Esstará bien, ssarge —dijo Igor—. Sse veía peor de lo que esstaba,realmente. Menoss mal, porque hassta que lleguemos al campo de batallano consseguiré ningún repuessto. —¿Tienes un par de piernas para el viejo Trespartes? —dijo Jackrum. —Está bien, sarge, nada de eso —dijo Scallot sin tono. Estaba sentadodel otro lado de la chimenea—. Sólo déjeme sus caballos y sillas de montar.A sus muchachos les vendrán bien sus sables, no tengo duda. —Nos estaban buscando, sarge —dijo Polly—. Somos sólo un grupo dereclutas sin formación y nos estaban buscando. ¡Incluso pudieron matarme,sarge! —No, conozco el talento cuando lo veo —dijo Jackrum—. Bien hecho,muchacho. Tuve que largarme, porque un hombre grande con todo eluniforme enemigo no es fácil de no ver. Además, ustedes muchachosnecesitaban despertar. Ése es el pensamiento militar, eso es. —Pero si no los hubiera... —Polly vaciló—. Si no los hubiera engañado,¡podrían haber matado al teniente! —¿Lo ves? Siempre hay un costado positivo, de cualquier manera que lomires —dijo Scallot. El Sargento se puso de pie, se secó la boca con el revés de la mano y seajustó el cinturón. Se dirigió hacia el capitán, bajó la mano, y lo levantó porla chaqueta. —¿Por qué estaba buscando a estos muchachos, señor? —preguntó. El capitán abrió su ojo y lo concentró en el hombre gordo. —Soy un oficial y un caballero, Sargento —farfulló—. Hay reglas. —No hay muchos caballeros por aquí en este momento, señor —dijo elSargento. —Condenadamente cierto —susurró Maladict. Polly, sintiéndoseborracha por el alivio y la relajación, tuvo que ponerse la mano sobre la
  • 92. boca para dejar de reír tontamente. —Oh, sí. Las reglas. Prisioneros de guerra y todo eso —continuóJackrum—. Eso significa que incluso tiene que comer las mismas cosas quenosotros, pobres diablos. ¿Así que usted no va a hablarme? —Soy el... Capitán Horentz del Primero de Dragones Pesados. No le dirénada más. —Y algo en la manera en que lo dijo codeó el cerebro de Polly.Está mintiendo. Jackrum lo miró sin comprender por un momento, y luego dijo: —Bien, ahora... parece que aquí tenemos un problema el cual, mismuchachos de los Queseros, es definido como un obstáculo en el camino delprogreso. ¡Propongo enfrentarlo de este modo! —Soltó la chaqueta delhombre y el capitán cayó hacia atrás. El Sargento Jackrum se quitó el sombrero. Entonces se quitó lachaqueta, también, mostrando una camisa manchada y brillantes tiradoresrojos. Todavía era casi esférico; de su cuello, unos pliegues de piel caíanhacia las regiones tropicales. El cinturón debía estar ahí sólo conforme a lasreglas, pensó Polly. Levantó una mano y desató un trozo de cordel de alrededor de sucuello. Hacía un lazo a través de un agujero en una moneda sin brillo. —¡Cabo Scallot! —dijo. —¡Sí, sarge! —dijo Scallot, saludando. —Notará que estoy quitándome la insignia y que le estoy entregando michelín oficial; lo cual significa, ya que la última vez que firmé era por doceaños y fue hace dieciséis, ¡que ahora soy completa y legalmente uncondenado civil! —Sí, Señor Jackrum —dijo Scallot alegremente. Entre los prisioneros,unas cabezas se alzaron al sonido del nombre. —Y que siendo ése el caso, y ya que usted, capitán, está invadiendonuestro país de noche y bajo la cubierta de la oscuridad, y que yo soy unhumilde civil, creo que no hay ninguna regla que evite que golpee a sietetipos de porquería hasta que me diga por qué vino aquí y cuándo va a llegarel resto de sus compañeros. Y eso podría llevarme un poco de tiempo,señor, porque hasta ahora sólo he descubierto cinco tipos de porquería. —Se
  • 93. enrolló las mangas, levantó al capitán otra vez y mandó atrás un puño... —Sólo teníamos que poner a los reclutas bajo custodia —dijo una voz—.¡No íbamos a lastimarlos! ¡Déjelo ahora, Jackrum, maldita sea! ¡Todavía estáviendo estrellas! Era el Sargento de la posada. Polly miró a los otros prisioneros. Inclusocon Carborundum y Maladict observándolos, y Tonker también, había unasensación positiva de que el primer golpe que le diera al capitán iba acomenzar un tumulto. Y Polly pensó: son muy protectores, verdad... Jackrum debe haberlo sentido también. —Ah, ahora estamos hablando —dijo, bajando al capitán suavementepero todavía sujetando su abrigo—. Sus hombres hablan bien por usted,capitán. —Es porque no somos esclavos, maldito comedor de escarabajos[24] —gruñó uno de los soldados. —¿Esclavos? Todos mis muchachos se unieron por propia voluntad,cabeza de nabo. —Tal vez pensaban que sí —dijo el Sargento—. Usted les mintió. Les hamentido por años. ¡Todos van a morir por sus estúpidas mentiras! ¡Lasmentiras y su vieja puta mentirosa, gastada y podrida de la duquesa! —¡Soldado Goom, tranquilo! ¡Es una orden! ¡Tranquilo, dije! ¡SoldadoMaladict, quítale esa espada al Soldado Goom! ¡Ésa es otra orden!¡Sargento, ordene a sus hombres que retrocedan despacio! ¡Despacio!¡Hágalo ahora! ¡Le juro que no soy un hombre violento, pero cualquierhombre, cualquier hombre que me desobedezca, por dios, ese hombre veráuna costilla fracturada! Jackrum gritó todo eso en una larga explosión de sonido sin quitar susojos del capitán. La reacción, la orden y la inmovilidad intensa habían llevado sólo unossegundos. Polly miró la repentina escena mientras sus músculos seaflojaban. Los soldados de Zlobenia se estaban tranquilizando. El garrote quelevantaba Carborundum empezó a bajar suavemente. El pequeño Wazzerfue levantado del suelo por Maladict, que le había arrancado la espada de la
  • 94. mano; posiblemente sólo un vampiro podía haberse movido más rápido queWazzer mientras cargaba contra los prisioneros. —Custodia —dijo Jackrum, con voz tranquila—. Es una palabra graciosa.Mire a mis pequeños muchachos, ¿quiere? Ni siquiera un pelo en la barba deninguno todavía, salvo el troll, y los líquenes no cuentan. Todavía estánverdes. ¿Qué hay de peligroso en un inofensivo grupo de muchachos degranja que preocuparía a un puñado de buenos soldados de caballería comoustedes? —¿Podría alguien por favor venir y poner ssu dedo ssobre esste nudo?—dijo Igor, desde su mesa de operaciones improvisada—. Cassi lo heterminado. —¿Inofensivo? —dijo el Sargento, mirando a Wazzer que forcejeaba—.¡Son un grupo de malditos locos! —Quiero hablar con su oficial, condenación —dijo el capitán, queparecía un poco más concentrado ahora—. Tiene un oficial, ¿verdad? —Sí, tenemos uno en algún lugar, según recuerdo —dijo Jackrum—.Perks, ve a buscar al rupert, ¿quieres? Mejor si te quitas ese vestidoprimero, también. Nunca se sabe, con los ruperts. —Bajó al capitáncuidadosamente sobre un banco, y se enderezó. —¡Carborundum, Maladict, córtenle cualquier cosa a cualquierprisionero que se mueva, y a cualquier hombre que trate de atacar a unprisionero! —dijo—. Entonces... oh, sí. Trespartes Scallot, deseo alistarmeen tu maravilloso ejército, con sus muchas oportunidades para un hombrejoven deseoso de servir. —¿Algún servicio previo? —dijo Scallot, sonriendo. —Cuarenta años luchando contra todos los capullos dentro de cienmillas de Borogravia, Cabo. —¿Destrezas especiales? —Mantenerme vivo, Cabo, venga lo que venga. —Entonces permítame que le presente con un chelín y el inmediatoascenso al rango de sargento —dijo Scallot, entregándole el abrigo y elchelín—. ¿Quiere Oscular a la Doxie? —No en esta época de mi vida —dijo Jackrum, poniéndose la chaqueta
  • 95. otra vez—. Bueno —dijo—. Todo listo, todo ordenado, todo legal. Vete,Perks, te di una orden. Blouse estaba roncando. Su vela se había terminado. Un libro estabaabierto sobre su manta. Polly se lo quitó suavemente de los dedos. El título,casi invisible sobre la tapa manchada, era: Tacticus: Las Campañas. —¿Señor? —susurró. Blouse abrió los ojos, la vio, y luego se giró y rebuscódesesperadamente junto a la cama. —Aquí están, señor —dijo Polly, pasándole las gafas. —Ah, Perks, gracias —dijo el teniente, incorporándose—. Medianoche,¿verdad? —Un poco después, señor. —¡Oh, cielos! ¡Entonces debemos apurarnos! ¡Rápido, pásame elpantalón! ¿Han tenido los hombres buena noche? —Fuimos atacados por soldados de Zlobenia, señor. Primero deDragones Pesados. Los tomamos prisioneros, señor. Ninguna baja, señor. —... porque no esperaban que peleáramos. Querían tomarnos vivos. Ytropezaron con Carborundum, Maladict y... yo. Había sido difícil, muy duro, usar ese garrote. Pero en cuanto lo hizo,fue fácil. Y entonces se sintió avergonzada por ser atrapada con una enagua,aunque tenía su pantalón debajo. Simplemente había pasado de chico achica con pensarlo, y había sido tan... fácil. Necesitaba algo de tiempo paraconsiderarlo. Necesitaba tiempo para pensar en muchas cosas. Sospechabaque el tiempo iba a ser escaso. Blouse todavía estaba sentado allí con el pantalón a medio poner,mirándola. —Dime eso otra vez, ¿quieres, Perks? —dijo—. ¿Has capturado aalgunos de los enemigos? —No sólo yo, señor, solamente tomé a dos de ellos —dijo Polly—.Nosotros, er, entramos todos en tropel, señor. —¿Dragones Pesados? —Sísseñor. —¡Es el regimiento personal del Príncipe! ¿Han invadido?
  • 96. —Creo que era más una patrulla, señor. Siete hombres. —¿Y ninguno de ustedes está lastimado? —Nosseñor. —¡Pásame la camisa! ¡Oh, maldición! Fue entonces cuando Polly notó la venda alrededor de su manoderecha. Estaba roja de sangre. Él vio su expresión. —Algo como una herida autoinfligida, Perks —dijo, nervioso—.Repasaba mi práctica de espada después de la cena. Nada serio. Sólo unpoco ‘oxidado’, ya sabes. No puedo prenderme los botones. Si fueras tanamable... Polly ayudó al teniente a colocarse el resto de su ropa, y puso sus pocaspertenencias en una bolsa. Se necesita ser un tipo especial de hombre,reflexionó, para cortarse la mano derecha con su propia espada. —Debería pagar mi cuenta... —dijo el teniente entre dientes, mientrasbajaban la oscura escalera. —No puede, señor. Todos han huido, señor. —Quizás debería dejarles una nota, ¿no crees? No me gustaría quepensaran que ‘escapé’ sin... —¡Todos se han ido, señor! —dijo Polly, empujándolo hacia la puertaprincipal. Se paró afuera del barracón, se enderezó el abrigo y lo miró a lacara—. ¿Se lavó anoche, señor? —No había... —empezó Blouse. La respuesta fue automática. Aunque era quince meses menor, habíaestado haciendo de madre de Paul por demasiado tiempo. —¡Pañuelo! —exigió. Y, ya que algunas cosas son programadas en elcerebro en una edad temprana, él le entregó uno, obediente. —¡Escupa! —ordenó Polly. Entonces usó el pañuelo húmedo para quitaruna marca de la cara de Blouse y se dio cuenta, mientras lo estabahaciendo, que lo estaba haciendo. No había marcha atrás. La única salidaera seguir adelante. —Muy bien —dijo bruscamente—. ¿Tiene todo? —Sí, Perks. —¿Ha pasado por el retrete esta mañana? —siguió su boca, mientras su
  • 97. cerebro se encogía de temor a una corte marcial. Estoy conmocionada,pensó, y también él. Así que aférrate a lo que conoces. Y no puedes parar... —No, Perks —dijo el teniente. —Entonces debe ir apropiadamente antes de que subamos al bote, ¿deacuerdo? —Sí, Perks. —Vaya, entonces, es un buen teniente. Se apoyó contra la pared y recuperó el aliento con algunas bocanadasapresuradas mientras Blouse entraba en el barracón, entonces se deslizótras él. —¡Oficial presente! —ladró Jackrum. El escuadrón, ya alineado, secuadró en diferentes grados de atención. El Sargento hizo un saludoenfrente de Blouse, causando que el joven se tambaleara hacia atrás. —¡Aprendimos la partida de exploración enemiga, señor! ¡Asuntocompletamente peligroso, señor! ¡En vista de la urgente naturaleza de laemergencia, señor, y viendo que usted no tiene ningún suboficial ya que elCabo Strappi ha desertado, y viendo que soy un viejo soldado de prestigio,se permite que usted me reclute como un auxiliar bajo las Reglas de laDuquesa, Regla 796, Sección 3 [a], Párrafo ii, señor, gracias, señor! —¿Qué? —dijo Blouse, mirando alrededor con los ojos llorosos yllegando a la conclusión de que en un mundo de agitación repentina habíaun gran abrigo rojo que parecía saber qué estaba haciendo—. Oh. Sí. Muybien. ¿Regla 796, dice? De acuerdo. Bien hecho. Continúe, Sargento. —¿Está usted al mando aquí? —gritó Horentz, poniéndose de pie. —Efectivamente, capitán —dijo Blouse. Horentz lo miró de arriba para abajo. —¿Usted? —dijo, rezumando desdén de la palabra. —Efectivamente, señor —dijo Blouse, estrechando los ojos. —Oh bien, tendremos que hacer lo que podamos. Ese gordo bastardo —dijo Horentz, apuntando un dedo amenazador a Jackrum—, ¡ese bastardome amenazó con violencia! ¡Como a un prisionero! ¡En cadenas! ¡Y ese...muchacho —añadió el capitán, escupiendo la palabra hacia Polly—, me pateólos privados y me aporreó casi hasta la muerte! ¡Exijo que nos deje ir!
  • 98. Blouse giró hacia Polly. —¿Le pateaste los ‘privados’ al Capitán Horentz, Partes? —Er... sísseñor. Un rodillazo, en realidad. Y es Perks en realidad, señor,aunque puedo ver por qué cometió el error. —¿Qué estaba él haciendo en ese momento? —Er... me abrazaba, señor. —Polly vio que las cejas de Blouse subían, ycaían en picada—. Estaba temporalmente disfrazado como una chica, señor,para desviar sospechas. —¿Y luego tú... lo aporreaste? —Sísseñor. Una vez, señor. —¿Qué diablos te poseyó para detenerte en una vez? —dijo Blouse. —¿Señor? —dijo Polly, mientras Horentz lanzaba un grito ahogado.Blouse se volvió con una expresión casi seráfica de placer sobre la cara. —Y usted, Sargento —continuó—, ¿acaso de hecho colocó una manosobre el capitán? Jackrum se adelantó un paso y saludó con elegancia. —No como un hecho per se y tal, señor, no —dijo, manteniendo los ojosfijos en un punto aproximadamente a doce pies de altura sobre la paredlejana—. Simplemente consideré, ya que había invadido nuestro país paracapturar a nuestros muchachos, señor, que no haría daño si experimentabatemporalmente sensaciones de conmoción y temor, señor.[25] Se lo juro,señor, no soy un hombre violento. —Por supuesto que no, Sargento —dijo Blouse. Y ahora, mientrastodavía sonreía, dejó entrever una especie de regocijo malévolo. —Por el amor de Dios, estúpido, no puede creerle a estos paletosignorantes, son la escoria de... —empezó Horentz. —Les creo, efectivamente —dijo Blouse, sacudido por nervioso desafío—. Creería en su testimonio contra el suyo, señor, si me dijeran que el cielo esverde. Y parecería que siendo tan inexpertos como son, han vencido aalgunos de los mejores soldados de Zlobenia con ingenio y arrojo. Tengocompleta confianza de que tienen guardadas sorpresas adicionales paranosotros... —Si baja sus calzones las vería —susurró Maladict.
  • 99. —¡Cállate! —siseó Polly, y luego tuvo que meterse un puño en la bocaotra vez. —Lo conozco, Capitán Horentz —dijo Blouse, y sólo por un momento elcapitán pareció preocupado—. Quiero decir que conozco a los de su clase. Hetenido que lidiar con ellos toda mi vida. Grandes bravucones joviales, con elcerebro en su pantalón. ¿Se atreve a entrar cabalgando en nuestro país ypiensa que vamos a tenerle miedo? ¿Cree que puede recurrir a mí sobre lascabezas de mis hombres? ¿Usted exige? ¿Sobre el suelo de mi país? —¿Capitán? —murmuró el sargento de la caballería, mientras Horentzmiraba boquiabierto al teniente—, pronto estarán aquí... —Ah —dijo Horentz, vacilante. Entonces, con un poco de esfuerzo,pareció recuperar la compostura—. Los refuerzos vienen —dijo—. Libérenosahora, usted idiota, y yo podría agregar esto a la estupidez nativa. De otromodo me aseguraré de que las cosas vayan sumamente mal para usted ysus... já... hombres. —¿Siete soldados de caballería no se consideran suficientes paraarreglarse con muchachos de granja? —dijo Blouse—. Está sudando, capitán.Está preocupado. ¿Y sin embargo vienen refuerzos? —¡Permiso para hablar, señor! —ladró Jackrum, y pasó directo a—:¡Queseros! ¡Armarse otra vez ahora mismo! ¡Maladict, entrégale al SoldadoGoom su espada otra vez y deséale buena suerte! ¡Carborundum, agarra unpuñado de lanzas de doce pies! El resto de... —Están éstas también, sarge —dijo Maladict—. Muchas de ellas. Lastomé de las sillas de montar de nuestros amigos. —Levantó lo que a Polly lepareció un par de grandes ballestas de gatillo, aceradas y lustrosas. —¿Ballestas? —dijo Jackrum, como un niño abriendo un maravillosoregalo de Vigilia de los Puercos—. Eso es lo que consiguen por llevar unavida honesta y seria, mis muchachos. Pequeñas máquinas temibles.¡Tomemos dos cada uno! —No quiero violencia innecesaria, Sargento —dijo Blouse. —¡Tiene razón, señor! —dijo el Sargento—. ¡Carborundum! ¡Al primerhombre que entre corriendo por esa puerta, lo quiero clavado a la pared! —Captó la mirada del teniente, y añadió—: ¡Pero no demasiado duro!
  • 100. ... y alguien golpeó a la puerta. Maladict le apuntó dos arcos. Carborundum levantó un par de lanzas encada mano. Polly levantó su garrote, un arma que por lo menos sabía cómousar. Los otros muchachos, y muchachas, levantaron cualquier arma queTrespartes Scallot les había procurado. Hubo silencio. Polly miró a sualrededor. —¿Que pase? —sugirió. —Sí, correcto, eso debería servir —dijo Jackrum, blanqueando los ojos. La puerta fue abierta y entró cautelosamente un hombrecillo pulcro. Encomplexión, color y peinado se parecía a Mala... —¿Un vampiro? —dijo Polly suavemente. —Oh, maldición —dijo Maladict. La ropa del recién llegado, sin embargo, era anormal. Era un anticuadoabrigo de noche sin mangas y con muchos bolsillos cosidos por todos lados.Enfrente, alrededor del cuello, había una gran caja negra. Contra todosentido, sonrió al ver una docena de armas en posición de brindarle unamuerte por perforación. —¡Marafilloso! —dijo, levantando la caja y desplegando tres patas queformaron un trípode—. Pero... ¿podría el troll moferse un poco a suizquierda, por fafor? —¿Huh? —dijo Carborundum. Los del escuadrón se miraron unos aotros. —Sí, ¿y si el Sargento fuera tan amable de moferse más hacia el centro,y lefantar esas espadas un poco más alto? —continuó el vampiro—.¡Grandioso! Y usted, señor, si usted pudiera darme un grrrrh... —¿Grrrrh? —dijo Blouse. —¡Muy fien! Realmente feroz ahora... Hubo un destello cegador y un breve grito ‘Oh, mier...’, seguido por eltintineo de vidrios rotos. Donde el vampiro estaba parado había un pequeño cono de polvo.Parpadeando, Polly observó que subía como un chorro y se convertía unavez más en una forma humana, el vampiro. —Oh cielos, creía que ese nuefo filtro resultaría —dijo—. Oh, fien, fifir y
  • 101. aprender. —Sonriendo ampliamente, añadió—: Ahora, ¿cuál de ustedes es elCapitán Horentz, por fafor? --- Había pasado media hora. Polly todavía estaba perpleja. El problema noera que no comprendiera qué estaba ocurriendo. El problema era que antesde que pudiera comprenderlo, tenía que comprender muchas otras cosas.Una de ellas era el concepto de ‘periódico’. Blouse parecía sucesivamente orgulloso y preocupado, pero siemprenervioso. Polly lo observaba cuidadosamente, en gran parte porque estabahablando con el hombre que había entrado detrás del iconografeador. Vestíaun gran abrigo de cuero y pantalones de montar, y pasaba la mayor partedel tiempo escribiendo cosas en una libreta, con ocasionales miradasperplejas al escuadrón. Finalmente, Maladict, que tenía buen oído, se acercóa los reclutas dejando su sitio junto a la pared. —Está bien —dijo, bajando la voz—. Todo es un poco complicado,pero... ¿alguno de ustedes conoce un periódico? —Ssí, mi ssegundo primo Igor en Ankh-Morpork me contó ssobre elloss—dijo Igor—. Sson una esspessie de anunssio del gobierno. —Hum... algo así. Pero no son escritos por el gobierno. Son escritos porpersonas corrientes que escriben cosas —dijo Maladict. —¿Como un diario? —preguntó Tonker. —Hum... no... Maladict trató de explicar. El escuadrón trató de comprender. Todavíano tenía sentido. A Polly le sonaba como alguna clase de espectáculo detíteres. De todos modos, ¿por qué confiaría en algo escrito? Ciertamente noconfiaba en ‘¡Las Madres de Borogravia!’, y eso era del gobierno. Y si nopodías confiar en el gobierno, ¿en quién podías confiar? En casi todos, si se ponía a pensarlo... —El Sr. de Worde trabaja en un periódico en Ankh-Morpork —dijoMaladict—. Dice que estamos perdiendo. Dice que las bajas estánaumentando y que los soldados están desertando y que todos los civiles van
  • 102. hacia las montañas. —¿P-por qué deberíamos creerle? —preguntó Wazzer. —Bien, hemos visto muchas bajas y refugiados, y el Cabo Strappi no haestado por aquí desde que escuchó que iba al frente —dijo Maladict—. Lolamento, pero es verdad. Todos lo hemos visto. —Sí, pero es sólo algún hombre de un país extranjero. ¿Por qué n-nosmentiría la Duquesa? Quiero decir, ¿por qué nos enviaría simplemente amorir? —dijo Wazzer—. ¡Ella n-nos cuida! —Todos dicen que estamos ganando —dijo Tonker, inseguro, despuésde ese momento de vergüenza. Las lágrimas corrían por la cara de Wazzer. —No, no lo dicen —dijo Polly—. Tampoco creo que estemos ganando. —¿Acaso alguien lo piensa? —dijo Maladict. Polly miró todas las caras. —Pero decirlo... es como traicionar a la Duquesa, ¿verdad? —dijoWazzer—. Es difundir Alarma y Desaliento, ¿verdad? —Tal vez deberíamos estar alarmados —dijo Maladict—. ¿Saben cómollegó hasta aquí? Viaja escribiendo las cosas sobre la guerra para su hoja denoticias. Se encontró con éstos de la caballería en el camino. ¡En nuestropaís! Y le dijeron que acababan de oír que los últimos reclutas de Borograviaestaban aquí y no eran nada sino, er, ‘un puñado verde de niños quechillan’. Dijeron que nos capturarían para nuestro propio bien y que podíatomarnos una imagen para su periódico. Podría mostrarles a todos qué cosashorribles éramos, dijeron, porque somos la raspa del fondo del barril. —¡Sí, pero los derrotamos de modo que estaba confundido! —dijoTonker, sonriendo desagradablemente—. No tiene nada que escribir ahora,¿eh? —Hum... no realmente. ¡Dice que esto es aun mejor! —¿Mejor? ¿De qué lado está él? —Es un enigma, realmente. Viene de Ankh-Morpork, pero no estáexactamente de su lado. Er... Otto Chriek, que hace las imágenes para él... —¿El vampiro? ¡Se hizo polvo cuando brilló la luz! —dijo Polly—.¡Entonces él... volvió! —Bien, estaba parado detrás de Carborundum en ese momento —dijoMaladict—, pero conozco la técnica. Probablemente tenía una delgada
  • 103. ampolla de vidrio con s... san... sanu... no, esperen, lo puedo decir...sangre. —Suspiró—. ¡Bueno! No hay problema. Una delgada ampolla de... loque acabo de decir... que se hace añicos en el suelo y reúne el polvo otravez. Es una idea grandiosa. —Maladict sonrió vagamente—. Creo querealmente se preocupa mucho por lo que hace, saben. De todos modos, medijo que de Worde sólo trata de encontrar la verdad. Y entonces la escribe yla vende a cualquiera que quiera comprarla. —¿Y las personas le permiten hacerlo? —dijo Polly. —Aparentemente. Otto dice que una vez a la semana pone furioso alcomandante Vimes, pero que nunca pasó nada. —¿Vimes? ¿El Carnicero? —dijo Polly. —Es duque, dice Otto. Pero no como el nuestro. Otto dice que nunca lovio matar a nadie. Otto es un Cinta Negra, como yo. No mentiría a uncompañero de Cinta. Y dice que esa imagen que tomó se enviará esta nochepor los clacks de la torre más cercana. ¡Estará en el periódico mañana! ¡Yellos imprimen una copia aquí! —¿Cómo puedes enviar una imagen en los clacks? —dijo Polly—.Conozco a personas que los han visto. ¡Sólo son muchas cajas sobre unatorre que hacen clack-clack! —Ah, Otto también me lo explicó —dijo Maladict—. Es muy ingenioso. —¿Cómo funciona, entonces? —Oh, yo no comprendí lo que dijo. Era todo acerca de... números. Peroindudablemente sonaba muy inteligente. ¡De todos modos, de Worde le dijoal ten... al rupert que la noticia sobre un grupo de muchachos dándoles unapaliza a unos soldados experimentados haría que las personas prestaranatención! Todos se miraron unos a otros, tímidamente. —Fue un poco de casualidad, y de todos modos teníamos aCarborundum —dijo Tonker. —Y yo los engañé —dijo Polly—. Quiero decir, no podría hacerlo dosveces. —¿Y qué? —dijo Maladict—. Lo hicimos. ¡El escuadrón lo hizo! ¡Lapróxima vez lo haremos de manera diferente!
  • 104. —¡Sí! —dijo Tonker. Y hubo un momento de euforia compartida en elque eran capaces de cualquier cosa. Duró todo... un momento. —Pero no resultará —dijo Shufti—. Sólo hemos tenido suerte. Sabesque no resultará, Maladict. Todos saben que no resultará, ¿correcto? —Bien, no estoy diciendo que podríamos, ya saben, enfrentar a todo unregimiento a la vez —dijo Maladict—. Y el ten... rupert podría estar un pocoverde. Pero podríamos ayudar a hacer una diferencia. El viejo Jackrum sabequé está haciendo... —Le juro que no soy un hombre violento... ¡bam! —dijo Tonker por lobajo, y se escucharon algunas... sí, risillas, eran risillas del escuadrón. —No, no lo eres —dijo Shufti rotundamente—. Ninguno de nosotros loes, ¿correcto? Porque somos chicas. Hubo un completo silencio. —Bien, no Carborundum ni Ozzer, de acuerdo —continuó Shufti, comosi el silencio le extrajera las palabras rebeldes—. Y no estoy segura sobreMaladict e Igor. Pero sé que el resto de nosotros lo somos, ¿correcto? Tengoojos, tengo orejas, tengo cerebro. ¿Correcto? En el silencio se escuchó el lento retumbo que precedía a unadeclaración de Carborundum. —Zi algo ayuda —dijo, con una voz repentinamente más arenosa queáspera—, mi verdadero nombre ez Jade. Polly sintió que unos ojos interrogantes la taladraban. Estabaavergonzada, por supuesto. Pero no por la razón obvia. Era por la otra, lapequeña lección de que la vida a veces golpea tu casa con un palo: no eresla única que observa el mundo. Las otras personas son personas; mientraslas observas ellas te observan, y piensan en ti mientras piensas en ellas. Elmundo no es sólo tú. No había ninguna posibilidad de salir de esto. Y en cierto modo era unalivio. —Polly —dijo, casi en un susurro. Miró a Maladict, interrogante, y él sonrió de una manera claramenteevasiva. —¿Es éste el momento? —dijo.
  • 105. —Muy bien, todos ustedes, ¿para qué están todos parados? —gritóJackrum, a seis pulgadas de la nuca de Maladict. Nadie lo vio llegar; semovía con la cautela de un suboficial, que a veces dejaba perplejos incluso alos Igor. La sonrisa de Maladict no cambió. —Vaya, estamos aguardando sus órdenes, Sargento —dijo, dandomedia vuelta. —¿Crees que eres inteligente, Maladict? —Hum... sí, sarge. Muy inteligente —aceptó el vampiro. No había mucho humor en la sonrisa de Jackrum. —Bien. Me alegra escucharlo. No quiero otro Cabo estúpido. Sí, sé queni siquiera eres un soldado correcto aún, pero por la gloria, serás un Caboahora porque necesito uno y eres la persona que se viste más elegante.Pídele unas barras a Trespartes. El resto de ustedes... ésta no es unamaldita reunión de madres, partimos en cinco minutos. ¡Muévanse! —Pero los prisioneros, sarge... —empezó Polly, todavía tratando dedigerir la revelación. —Vamos a arrastrarlos hasta la posada y dejarlos atados, desnudos, ycon grilletes —dijo Jackrum—. Pequeño demonio cruel cuando se despierta,nuestro rupert, ¿eh? Y Trespartes está tomando sus botas y caballos. Noirán demasiado lejos durante un tiempo, no desnudos. —El hombre que escribe, ¿no los dejará ir? —dijo Tonker. —No te preocupes —dijo Jackrum—. Probablemente podría cortar lassogas, pero dejaré caer la llave de los grilletes en el retrete, y eso necesitaráun poco de pesca. —¿De qué lado está él, sarge? —dijo Polly. —No lo sé. No confíen en ellos. Ignórenlos. No les hablen. Nunca hablencon las personas que escriben. Regla militar. ¡Bueno, sé que acabo de darlesuna orden porque escuché el maldito eco! ¡A cumplirla! ¡Nos vamos! —Camino a la perdición, muchacho, el ascenso[26] —le dijo Scallot aMaladict, acercándose con dos barras colgando de su gancho. Sonrió—. Esoes que te pagan tres peniques más por día ahora, pero no los recibirásporque no nos están pagando, pero para considerar el lado bueno, no
  • 106. tendrás retenciones, y son un demonio para las retenciones. ¡Como yo loveo, retrocede y tus bolsillos rebosarán! --- La lluvia había parado. La mayor parte del escuadrón estaba desfilandofuera del barracón donde ahora había una pequeña carreta que pertenecía alescritor del papel de noticias. Una gran bandera colgaba de un palo fijado aél, pero Polly no pudo distinguir el diseño a la luz de la luna. Junto a lacarreta, Maladict estaba en profunda conversación con Otto. El centro de atención, sin embargo, era la línea de caballos de lacaballería. Uno había sido ofrecido a Blouse, pero lo había desechado conuna expresión de alarma, farfullando algo sobre ‘ser leal a su corcel", que ala vista de Polly parecía un portatostadas auto propulsado con mala actitud.Pero probablemente había tomado la decisión correcta, porque eran grandesbestias, anchas, hechas a la batalla y de ojos brillantes; si Blouse se sentabasobre una de ellas se haría un desgarrón en la entrepierna del pantalón, y siintentaba frenarla le arrancaría los brazos de los hombros. Ahora cadacaballo tenía un par de botas colgando de su silla de montar, excepto elcaballo conductor, una bestia realmente magnífica sobre la que el CaboScallot estaba sentado como un agregado de último momento. —Como sabe, no soy galopador de burros, Trespartes —dijo Jackrum,mientras terminaba de atar las muletas detrás de la silla—, pero es uncondenado buen caballo lo que usted tiene aquí. —Condenadamente cierto, sarge. ¡Podría dar de comer a un pelotóndurante toda una semana! —dijo el Cabo. —¿Seguro que no vendrá con nosotros? —añadió Jackrum,retrocediendo—. Calculo que todavía debe tener una o dos cosas quecortarles a los bastardos, ¿eh? —Gracias, sarge, es una amable oferta —dijo Trespartes—. Pero losrápidos caballos van a ser muy solicitados pronto, y estaré en mi elemento,como podría decir. Este grupo valdrá el sueldo de tres años. —Se volviósobre la silla y saludó con la cabeza al escuadrón—. La mejor de las suertes,
  • 107. muchachos —añadió alegremente—. Caminarán con Muerte todos los días,pero lo he visto y se sabe que hace guiños. Y recuerden: ¡llenen sus botascon sopa! —Animó a los caballos y desapareció con sus trofeos en lapenumbra. Jackrum lo observó mientras se iba, sacudió la cabeza, y se volvió hacialos reclutas. —Muy bien, damas... ¿Qué es gracioso, Soldado Halter? —Er, nada, sarge, sólo... pensé algo... —dijo Tonker, casi ahogado. —No te pagan para pensar en cosas, te pagan para marchar. ¡Hazlo! El escuadrón salió marchando. La lluvia no aminoraba nada pero elviento aumentó un poco, golpeando ventanas, soplando a través de lascasas desiertas, abriendo y cerrando puertas como si estuviera buscandoalgo que alguien aseguraba haber puesto aquí apenas hace un momento.Era todo lo que se movía en Plotz, a excepción de la llama de una vela, cercadel piso en la habitación trasera del barracón desierto. La vela estaba inclinada para que se apoyara contra un hilo de algodónsujeto entre las patas de un taburete. Significaba que cuando la vela sequemara lo suficiente, cortaría el hilo y caería hasta el piso y sobre unirregular rastro de paja que llegaba a una pila de colchones sobre los que sehabían colocado dos antiguas latas de aceite de lámpara. Se necesitaría aproximadamente una hora para que sucediera en lanoche húmeda y triste, y luego todas las ventanas volarían. El día siguiente cayó sobre Borogravia como un grandioso pez. Unapaloma levantó vuelo sobre los bosques, planeó ligeramente, y fue directohacia el valle Kneck. Incluso desde aquí era visible el negro volumen depiedra del torreón, emergiendo del mar de árboles. La paloma aceleró, unachispa de determinación en la nueva mañana fresca... ... y graznó cuando la oscuridad cayó del cielo, apoderándose de ella ensus garras de acero. El halcón ratonero y la paloma cayeron por unmomento, y luego el halcón ganó un poco de altura y se alejó aleteando. La paloma pensó: ¡OOOOOOO! Pero si fuera más capaz de pensar con
  • 108. coherencia, y supiera sobre cómo las aves de presa atrapan palomas, 7podría haberse preguntado por qué era agarrada tan... gentilmente. Erasujetada, no apretada. Y en ese caso, todo lo que pudo pensar fue:¡OOOOOO! El halcón llegó al valle y empezó a volar alrededor del torreón. Mientrasgiraba, una figura diminuta se separó del arnés de cuero de la espalda y semovió lentamente alrededor del cuerpo y bajó a las garras, con grancuidado. Alcanzó la paloma aprisionada, se arrodilló sobre ella y puso susbrazos alrededor del cuello del ave. El halcón pasó rozando un balcón depiedra, se detuvo en el aire, y dejó ir a la paloma. Ave y hombre diminutorodaron y rebotaron a través de las baldosas en un rastro de plumas, y sequedaron quietos. Eventualmente, desde algún sitio debajo del ave, llegó una voz quedijo: —Cabrón... Unas urgentes pisadas corrieron sobre las piedras y la paloma fuequitada del Cabo Buggy Swires. Era un gnomo, y de apenas seis pulgadas dealtura. Por otro lado, como jefe y único miembro de la sección Aérea de laGuardia de la Ciudad de Ankh-Morpork, pasaba la mayor parte de su tiempotan alto que todos parecían pequeños. —¿Estás bien, Buggy? —preguntó el Comandante Vimes. —No muy mal, señor —dijo Buggy, escupiendo una pluma—. Pero nofue elegante, ¿verdad? Lo haré mejor la próxima vez. El problema es que laspalomas son demasiado estúpidas para ser guiadas... —¿Qué tienes para mí? —¡El Times envió esto desde su carro, señor! ¡Lo seguí todo el camino! —¡Bien hecho, Buggy! Se escuchó un frenesí de alas y el halcón aterrizó en las almenas. —Y, er... ¿cómo se llama? —añadió Vimes. El halcón le lanzó la miradaloca y distante de todas las aves.7 Y teniendo en cuenta el hecho de que todas las palomas que saben cómo atrapan las aves de presa estánmuertas, y por lo tanto capaces de una ligeramente menor capacidad de pensar que una paloma viva. (Nota delautor)
  • 109. —Ella es Morag, señor. Entrenada por los pictos. Ave maravillosa. —¿Pagamos por ella un cajón de whisky? —Sí, señor, y vale cada dracma. La paloma forcejeaba en la mano de Vimes. —Entonces espera allí, Buggy, y haré que Reg venga con algo de conejocrudo —dijo, y entró en su torre. La Sargento Angua estaba esperando junto a su escritorio, leyendo elTestamento Viviente de Nuggan. —¿Es una paloma mensajera, señor? —preguntó, mientras Vimes sesentaba. —No —dijo Vimes—. Sujétala un minuto, ¿quieres? Quiero echar unamirada dentro de la cápsula de mensaje. —Parece una paloma mensajera —dijo Angua, dejando el libro. —Ah, pero los mensajes que vuelan por el aire son una Abominaciónpara Nuggan —dijo Vimes—. Las oraciones de los creyentes rebotan en ellas,aparentemente. No, creo que es la mascota perdida de alguien y esperoencontrar el nombre y la dirección del propietario en este pequeño tubo,porque soy un hombre amable. —De modo que realmente no está interceptando información de campodel Times, entonces, señor[27] —dijo Angua, sonriendo. —No tanto así, no. Sólo soy un lector apasionado que quiere ver hoy lasnoticias de mañana. Y el Sr. de Worde parece tener el don de encontrarcosas. Angua, quiero evitar que estas estúpidas personas sigan peleandopara que todos podamos volver a casa, y si eso implica permitir que unaocasional paloma cague sobre mi escritorio, así será. —Oh, lo siento, señor, no me di cuenta. Espero que se pueda limpiar. —Vete y dile a que Reg busque algo de conejo para el halcón, ¿quieres? Cuando se fue, Vimes desenroscó el extremo del tubo con cuidado ysacó un rollo de papel muy delgado. Lo desdobló, lo alisó, y leyó la diminutaescritura, sonriendo mientras lo hacía. Entonces giró el papel y miró laimagen. Todavía la estaba mirando cuando Angua regresó con Reg y mediobalde de crujientes partes de conejo.
  • 110. —¿Algo interesante, señor? —dijo Angua ingenuamente. —Bien, sí. Podrías decir eso. Todos los planes han cambiado, todas lasapuestas cerraron. ¡Já! Oh, Sr. de Worde, usted pobre tonto... Le pasó el papel. Ella leyó la historia con cuidado. —Bien por ellos, señor —dijo—. La mayoría parece de quince años, ycuando una ve el tamaño de esos dragones, bien, tengo que quedarimpresionada. —Sí, sí, podrías decir eso, podrías decir eso —dijo Vimes, la carabrillando como la de un hombre con una broma a compartir—. Dime, cuandollegó de Worde, ¿entrevistó a los altos funcionarios de Zlobenia? —No, señor. Tengo entendido que no lo recibieron. Realmente no sabenqué es un reportero así que deduzco que el asistente lo expulsó y le dijo queera una molestia. —Santo cielo, pobre hombre —dijo Vimes, todavía sonriendo—.Conociste al Príncipe Heinrich el otro día. Descríbemelo... Angua se aclaró la garganta. —Bien, señor, era... verde la gran parte, sombreado con azul, con notade grllss y un rastro de... —Quise decir que me lo describas sobre la suposición de que no soy unlobizón que ve con su nariz —dijo Vimes. —Oh, sí —dijo Angua—. Lo siento, señor. Seis pies dos pulgadas, cientoochenta libras, pelo rubio, ojos verde-azul, cicatriz de sable sobre la mejillaizquierda, lleva un monóculo en su ojo derecho, bigote encerado... —Bien, bien observado. Y ahora mira al ‘Capitán Horentz’ en la imagen,¿quieres? Miró otra vez, y dijo, muy suavemente: —Oh cielos. ¿No lo conocían? —Él no iba a decirles, ¿verdad? ¿Habrían visto una imagen? Angua se encogió de hombros. —Lo dudo, señor. Quiero decir, ¿dónde la verían? Nunca hubo unperiódico aquí hasta que los carros del Times aparecieron la semana pasada. —¿Algún grabado, tal vez? —No, es una Abominación, a menos que sea de la Duquesa.
  • 111. —Así que realmente no lo conocían. Y de Worde nunca lo vio —dijoVimes—. Pero lo viste cuando llegamos el otro día. ¿Qué piensas de él? Sóloentre nosotros. —Un arrogante hijo-de-perra, señor, y sé de qué estoy hablando. Esaclase de hombre que cree que sabe lo que le gusta a una mujer y es élmismo. Todo muy amigable hasta que le dicen que no. —¿Estúpido? —No lo creo. Pero no tan inteligente como él cree. —Correcto, porque no le dijo su verdadero nombre a nuestro amigoescritor. ¿Leíste la parte del final? Angua lo leyó: «Perry, el capitán, me amenazó y sermoneó después de que se fueronlos reclutas. Desgraciadamente, no tuve tiempo de buscar la llave de losgrilletes en el retrete. Por favor, hagan saber al Príncipe dónde están lo máspronto posible. WDW» —Parece que a William tampoco le cayó simpático —dijo—. Me preguntopor qué estaba el Príncipe con una partida de exploración. —Dijiste que era un arrogante hijo-de-perra —dijo Vimes—. Tal vez sóloquería aparecer inesperadamente y ver si su tía todavía estaba respirando... Su voz se fue apagando. Angua miró la cara de Vimes, que veía através de ella. Conocía a su jefe. Pensaba que la guerra era sólo otrocrimen, como el homicidio. No le gustaban las personas con títulos, yconsideraba que ser un duque era la descripción de un trabajo más que unapalanca a la grandeza. Tenía un raro sentido del humor. Y tenía sentido paralo que creía que eran presagios, esas pequeñas pajas en el viento queavisan que viene una tormenta. —Desnudos —dijo riéndose—. Podían haberles cortado la garganta. Nolo hicieron. Se llevaron sus botas y los dejaron para que regresaran a casabrincando y desnudos. —Al parecer, el escuadrón había encontrado a unamigo. Ella esperó. —Siento pena por los Borogravianos —dijo. —Yo también, señor —dijo Angua.
  • 112. —¿Oh? ¿Por qué? —Su religión los ha arruinado. ¿Ha visto las Abominaciones másrecientes? Aborrecen el olor de las remolachas y las personas pelirrojas. Enescritura bastante defectuosa, señor. Y los tubérculos son básicos aquí. Hacetres años era una Abominación cultivar raíces y tubérculos en la tierra dondese había cultivado grano o arvejas. Vimes parecía en blanco, y recordó que era un muchacho de ciudad. —Significa que no hay verdadera rotación de cosechas, señor —explicó—. El suelo se deteriora. Aumentan las enfermedades. Usted teníarazón cuando dijo que se estaban volviendo locos. Estos... mandamientosson tontos, y cualquier granjero lo puede ver. Imagino que las personas losobedecen lo mejor que pueden, pero tarde o temprano tienen que violarlos ysentirse culpables, o respetarlos y sufrir. Por ninguna razón, señor. Heechado una mirada por aquí. Son muy religiosos, pero su dios los hadesilusionado. No me asombra que mayormente recen a su familia real. Observó que miraba la pieza de correo durante rato. Entonces él dijo: —¿A qué distancia está Plotz? —A unas cincuenta millas —dijo Angua, añadiendo—: a la velocidad delobo, tal vez seis horas. —Bien. Buggy te tendrá vigilada. El Pequeño Henry va a brincar sucamino a casa, o encontrarse con una de sus patrullas, o una enemiga... loque sea. Pero la mierda va a golpear el molino cuando todos vean esaimagen. Apuesto a que de Worde lo habría dejado libre si hubiera sido buenoy educado. Eso le enseñará a no interferir con el impresionante poder de unaprensa justa y libre, jaja. —Se enderezó y se frotó las manos como unhombre que piensa en negocios—. Ahora, dejemos a esa paloma seguir sucamino otra vez antes de que la echen en falta, ¿eh? Dile a Reg que seacerque a donde paran las personas del Times y que les diga que su palomase metió en la ventana equivocada. Otra vez. --- Ése era un buen momento, recordaba Polly.
  • 113. No fueron a la dársena del río. Podían ver que allí no había ningún bote.No habían aparecido y el barquero había partido sin ellos. En cambio,cruzaron el puente y se dirigieron a los bosques, con Blouse a la cabezasobre su anciano potro. Maladict le seguía y... Jade en el fondo. No necesitasuna luz por la noche cuando un vampiro encabeza el camino, y un troll atrásdesanima indudablemente a los perezosos. Nadie mencionó el bote. Nadie hablaba en absoluto. La cosa era... lacosa era, según reflexionaba Polly, que ya no estaban marchando solos.Compartían el Secreto. Era un inmenso alivio, y ahora mismo no necesitabanhablar de él. Sin embargo, era probablemente una buena idea mantener unacantidad regular de pedos, eructos, picadas de nariz y rascaduras de ingle,por las dudas. Polly no sabía si sentirse orgullosa de haber sido tomada por unmuchacho. Quiero decir, pensó, he trabajado mucho para hacerlo bien,domino la caminata, aunque supongo que lo que realmente hice fuesubyugar la caminata, jaja, inventé la rutina de trucar la afeitada y las otrasni siquiera lo pensaron, no me he limpiado las uñas por días y tengo elorgullo de poder eructar como el mejor. De modo que, quiero decir, estabatratando. Era apenas ligeramente molesto descubrir que había tenido tantoéxito. Después de unas pocas horas, cuando el verdadero amanecer estabarayando, olieron humo. Había una pálida mortaja entre los árboles. ElTeniente Blouse levantó una mano para detenerlos, y Jackrum se reunió conél para susurrar una conversación. Polly se adelantó. —¿Permiso para susurrar también, sarge? Creo que sé qué es esto. Jackrum y Blouse la miraron. Entonces el Sargento dijo: —Muy bien, Perks. Entonces ve y averigua si tienes razón. Era un aspecto que Polly no había considerado, pero había quedadoexpuesta. Jackrum se ablandó cuando vio su expresión, hizo un gesto haciaMaladict, y dijo: —Ve con él, Cabo. Dejaron atrás el escuadrón y avanzaron cuidadosamente sobre un lecho
  • 114. de hojas recién caídas. El humo era pesado y fragante y, sobre todo,evocador. Polly se dirigió hacia donde el sotobosque más espesoaprovechaba la luz de un claro, e ingresó en una espesura de avellanos algodispersos. El humo era más denso aquí, y apenas se movía. Los árboles terminaron. A unas yardas de distancia, en un amplioparche de tierra limpia, había un montículo como un pequeño volcán quevomitaba llamas y humo en el aire. —Horno de carbón —susurró Polly—. Sólo arcilla empastada sobre unapila de madera de avellano. Debería pasar días ardiendo. Probablemente lopescó el viento de anoche y el fuego se avivó. No hará buen carbón ahora,se está quemando demasiado rápido. Lo rodearon, todavía entre los arbustos. Otras cúpulas de arcillasalpicaban el claro, con ligeras nubes de vapor y humo saliendo de laspuntas. Había un par de hornos en proceso de ser construidos, la arcillafresca apilada junto a unos montones de palos de avellano. Había unacabaña, y las cúpulas, y nada más excepto el silencio, aparte del crujido delfuego descontrolado. —El quemador de carbón está muerto, o casi —dijo Polly. —Está muerto —dijo Maladict—. Hay olor a muerte aquí. —¿Puedes olerla por encima del humo? —Sí —dijo Maladict—. Somos buenos oliendo algunas cosas. ¿Pero cómolo sabías? —Observan las quemas como halcones —dijo Polly, mirando la cabaña—. No dejaría que se saliera de control si estuviera vivo. ¿Está en la cabaña? —Están en la cabaña —dijo Maladict rotundamente. Se puso en caminoa través del suelo lleno de humo. Polly corrió detrás de él. —¿Hombre y mujer? —dijo—. Sus esposas a menudo viven lejos con... —No puedo saberlo, no si son viejos. La cabaña era solamente temporal, hecha con avellano tejido y techadacon lona; los quemadores de carbón se mudaban mucho, de bosquecillo enbosquecillo. No tenía ventanas, pero sí una entrada con un trapo por puerta.El trapo estaba corrido; la entrada era oscura.
  • 115. Tengo que ser un hombre en esto, pensó Polly. Había una mujer sobre la cama, y un hombre sobre el piso. Había otrosdetalles que el ojo veía pero que el cerebro no enfocaba. Había muchasangre. La pareja era vieja. Ya no serían más viejos. Otra vez afuera, Polly tomó desesperadas bocanadas de aire. —¿Crees que lo hicieron aquellos soldados de caballería? —dijo por fin,y luego se dio cuenta de que Maladict estaba temblando—. Oh... la sangre...—dijo. —¡Puedo encargarme de esto! ¡Estoy bien! ¡Sólo tengo que enderezarmi mente, estoy bien! —Se apoyó contra la cabaña, respirandopesadamente—. De acuerdo, estoy bien —dijo—. Y no puedo oler caballos.¿Por qué no usas tus ojos? Buen barro blando por todos lados después de lalluvia, pero ninguna pisada de pezuña. Muchas pisadas humanas, sinembargo. Nosotros las hicimos. —No seas absurdo, estábamos... El vampiro había bajado la mano y sacó algo de entre las hojas caídas.Le quitó el barro con un pulgar. En delgado latón impreso, era la insignia delQueso Llameante de los Entrar-y-Salir. —Pero... pensaba que éramos los tipos buenos —dijo Polly débilmente—. Si fuéramos tipos, quiero decir. —Creo que necesito un café —dijo el vampiro. --- —Desertores —dijo el Sargento Jackrum, diez minutos después—.Ocurre. —Tiró la insignia en el fuego. —¡Pero estaban de nuestro lado! —dijo Shufti. —¿Y entonces? No todos son caballeros bonitos como tú, SoldadoManickle —dijo Jackrum—. No después de unos años de recibir disparos y decomer scubbo de rata. En la retirada de Khrusk no tuve agua durante tresdías y luego me lancé de cara en un charco de orina de caballo, unacircunstancia que no hizo nada por mis sentimientos de buena voluntadhacia mis compañeros o caballos. ¿Sucede algo, Cabo?
  • 116. Maladict estaba de rodillas, revisando su mochila con aire distraído. —Mi café ha desaparecido, sarge. —No debes haberlo empacado apropiadamente, entonces —dijoJackrum sin simpatía. —¡Lo hice, sarge! Lavé la máquina y la llené con el saquito de frijolesdespués de la cena anoche. Sé que lo hice. ¡No tomo el café a la ligera! —Si otra persona lo hizo, va a desear nunca haber nacido —gruñóJackrum, mirando al resto del escuadrón—. ¿Alguien más perdió algo? —Er... no iba a decir nada, porque no estaba seguro —dijo Shufti—,pero mis cosas parecían revueltas cuándo abrí mi mochila ahora mismo... —¡Oh-ho! —dijo Jackrum—. Bien, bien, bien. Lo diré una vez,muchachos. Robar a los compañeros es un delito castigado con la horca,¿comprendido? Nada destruye la moral más rápido que algún pequeñocabrón furtivo metiendo los dedos en la mochila de las personas. Y sidescubro que alguien lo ha estado haciendo, ¡le azotaré los talones! —Mirófurioso al escuadrón—. No les voy a exigir que todos vacíen sus mochilascomo si fueran criminales —dijo—, pero es mejor que verifiquen que nadales falte. Por supuesto, uno de ustedes podría haber empacado por accidentealgo que no era suyo, de acuerdo. Empacar con prisa, mala luz, fácil quesuceda. En tal caso, lo solucionan entre ustedes, ¿comprendido? Ahora, mevoy a afeitar. El Teniente Blouse está vomitando detrás del refugio despuésmirar los cadáveres, pobre tipo. Polly rebuscó en su mochila desesperadamente. La había empacadoarrojando cosas de cualquier manera la noche pasada, pero lo que buscabadesesperadamente... ... no estaba. A pesar del calor de las cúpulas de carbón, tembló. Los bucles habían desaparecido. Febrilmente, trató de recordar loseventos de la noche anterior. Se deshicieron de sus mochilas tan prontocomo entraron en el barracón, ¿de acuerdo? Y Maladict se había preparadoun poco de café en la cena. Había lavado y secado la pequeña máquina... Escuchó un pequeño gemido. Wazzer, con el escaso contenido de lamochila disperso a su alrededor, sostenía en alto la máquina de café. Estabacasi completamente aplastada.
  • 117. —P-p-p... —empezó. La mente de Polly funcionaba más rápido, como una rueda de molino enuna inundación. Entonces todos llevaron las mochilas a la habitación traseracon todos los colchones, ¿verdad? De modo que todavía estarían ahí cuandoel escuadrón luchó contra los soldados... —Oh, Wazz —dijo Shufti—. Oh, cielos... ¿Quién podía haberse escurrido por la puerta trasera? No había nadiepor aquí excepto el escuadrón y los soldados de caballería. Quizás alguienquería observar, y de paso causar un poco de problema... —¡Strappi! —dijo en voz alta—. ¡Debe haber sido él! ¡La pequeñacomadreja tropezó con la caballería y luego regresó a hurtadillas paraobservar! ¡Le venía conde... condenadamente bien revisar nuestras mochilasen la parte posterior! Oh, vamos —añadió, mientras la miraban—, ¿puedenver a Wazzer robando? De todos modos, ¿cuándo tuvo la oportunidad? —¿No lo habrían tomado prisionero? —dijo Tonker, mirando la máquinaaplastada en las manos temblorosas de Wazzer. —Si sólo se quitaba el sobrero y la chaqueta sería otro estúpido civil,¿verdad? O podía decir que era un desertor. Podía inventar alguna historia —dijo Polly—. Saben cómo era con Wazzer. Revisó mi mochila también.Robó... algo mío. —¿Qué era? —dijo Shufti. —Sólo algo, ¿de acuerdo? Sólo quería... armar lío. —Observó quepensaban. —Suena convincente —dijo Maladict, asintiendo abruptamente—.Pequeña comadreja. De acuerdo, Wazz, sólo pesca los frijoles y haré lomejor que pueda... —N-no hay f-f-f... Maladict se puso una mano sobre los ojos. —¿Ningún frijol? —dijo—. Por favor, ¿alguien tiene los frijoles? Hubo una búsqueda general, y una general ausencia de resultados. —Ningún frijol —gimió Maladict—. Tiró los frijoles... —Vamos, muchachos, tenemos que apostar centinelas —dijo Jackrum,acercándose—. Todo solucionado, ¿verdad?
  • 118. —Sí, sarge. Ozz piensa... —empezó Shufti. —¡Fue todo un poco de descuido al empacar, sarge! —dijo Pollyrápidamente, ansiosa de mantenerse lejos de cualquier cosa relacionada conbucles faltantes—. ¡Nada por qué preocuparse! Todo solucionado, sarge. Nohay problemas. Nada para preocupar a nadie. Nada... de... nada, sarge. Jackrum miró desde el sobresaltado escuadrón hasta Polly, y deregreso, y hacia atrás otra vez. Sentía que su mirada la traspasaba,desafiándola a cambiar su expresión de loca y tensa honestidad. —S-sí —dijo despacio—. Correcto. Solucionado, ¿eh? Bien hecho, Perks.¡Atención! ¡Oficial presente! —Sí, sí, Sargento, gracias, pero pienso que no tenemos que serdemasiado ceremoniosos —dijo Blouse, que parecía algo pálido—. Unapalabra con usted cuando haya terminado, ¿quiere? Y creo que debemosenterrar, er, los cuerpos. Jackrum saludó. —Tiene razón, señor. ¡Dos voluntarios para cavar una tumba para esaspobres almas! Goom y Tewt... ¿qué está haciendo? Lofty estaba junto al llameante horno de carbón. Sujetaba una ramaardiendo a uno o dos pies de su cara y la giraba de un lado al otro,observando las llamas. —Me haré cargo, sarge —dijo Tonker, caminando junto a Wazzer. —¿Qué son ustedes, casados? —dijo Jackrum—. Tú estás de guardia,Halter. Dudo que haya algo que los haga volver, pero si lo hacen, grita, ¿deacuerdo? Tú e Igor vienen conmigo, y les mostraré sus puestos. —Nada de café —gemía Maladict. —Porquería asquerosa, de todos modos —dijo Jackrum, alejándose—.Una taza de té dulce y caliente es buena amiga del soldado. Polly agarró la tetera para el agua de afeitar de Blouse, y se alejódeprisa. Eso era otra cosa que aprendías en la milicia: parecer ocupado.Pareces ocupado y a nadie le preocupa demasiado en qué estás ocupado. ¡Maldito, maldito Strappi! ¡Tenía su pelo! Trataría de usarlo contra ellasi podía, era seguro. Ése era su estilo. ¿Qué haría ahora? Bien, querríamantenerse lejos de Jackrum, ésa era otra certeza. Esperaría, en algún
  • 119. lugar. Ella también tendría que hacerlo. El escuadrón había hecho campamento contraviento del humo. Sesuponía que era una parada de descanso, ya que nadie había dormidomucho la noche anterior, pero mientras Jackrum repartía las tareas lesrecordaba: —Hay un viejo dicho militar: Mala Suerte Para Ti. De ninguna manera iban a usar la cabaña tejida, pero había unosmarcos cubiertos con lona construidos para mantener seca la maderaacopiada. Los que no tenían trabajo se acostaron sobre las pilas de troncos,que eran blandas y no hedían, y en todo caso eran mejores que loscolchones habitados del barracón. Blouse, como oficial, tenía un refugio para él solo. Polly había apiladounos manojos de ramas para hacer una silla que era por lo menos elástica.Ahora le acercó las cosas de afeitar y giró para irse... —¿Podrías afeitarme tú, Perks? —dijo el teniente. Afortunadamente, Polly estaba de espaldas y no vio su expresión. —Esta maldita mano está muy hinchada, me temo —continuó Blouse—.Normalmente no te lo pediría, pero... —Sí, por supuesto, señor —dijo Polly, porque no tenía ningunaalternativa. Bien ahora, veamos... tenía algo de práctica en pasarse lanavaja desafilada sobre su cara desprovista de pelo, sí. Oh, y había afeitadoalgunos cerdos muertos en la cocina de La Duquesa, pero sólo porque anadie le gusta el tocino peludo. Eso no contaba realmente, ¿verdad? Elpánico aumentó, y aumentó más rápido al ver que Jackrum se acercaba. Ibaa cortarle la garganta a un oficial en presencia de un Sargento. Bien, cuando dudes, apresúrate. Regla militar. Apresúrate, y ruega quehaya un ataque de sorpresa. —¿No está siendo un poco estricto con los hombres, Sargento? —dijoBlouse, mientras Polly le colocaba una toalla alrededor del cuello. —No, señor. Mantenerlos ocupados, ése es el secreto. De otra manerase deprimen —dijo Jackrum con confianza. —Sí, pero acaban de ver un par de cadáveres gravemente mutilados —dijo Blouse, y se estremeció.
  • 120. —Buena práctica para ellos, señor. Verán muchos más. Polly se volvió al equipo de afeitar que había colocado sobre otra toalla.Veamos... navaja de degollar, oh cielos, la piedra gris para un afilado tosco,la piedra roja para un afilado fino, el jabón, la brocha, el tazón... bien, por lomenos sabía cómo hacer espuma... —Desertores, Sargento. Mal asunto —continuó Blouse. —Siempre los hay, señor. Es porque siempre la paga llega tarde.Caminar por una paga con tres meses de atraso hace pensar dos veces a unhombre. —El Sr. de Worde, el hombre del periódico, dijo que hay muchasdeserciones, Sargento. Es muy extraño que tantos hombres deserten de unlado que gana. Polly hizo girar la brocha enérgicamente. Jackrum, por primera vezdesde que Maladict se enroló, parecía incómodo. —¿Pero de qué lado está él, señor? —dijo. —Sargento, estoy seguro de que usted no es un hombre estúpido —dijoBlouse, mientras, detrás de él, la espuma se desbordaba del tazón y caía alpiso—. Hay desertores desesperados por todas partes. Nuestras fronterasparecen estar bastante descuidadas para permitir que el enemigo a caballoopere cuarenta millas dentro de ‘nuestro bello país’. Y el Alto Comandoparece estar tan desesperado, sí, desesperado, Sargento, que incluso mediadocena de hombres sin entrenamiento y, francamente muy jóvenes deben iral frente. La espuma ahora tenía vida propia. Polly vaciló. —Primero una toalla caliente, por favor, Perks —dijo Blouse. —Sísseñor. Lo siento, señor. Se me olvidó, señor —dijo Polly, mientrasel pánico aumentaba. Tenía un vago recuerdo de haber pasado delante de labarbería en Munz. Toalla caliente sobre la cara. Correcto. Agarró una toallapequeña, la mojó con agua hirviendo, la retorció y la puso sobre la cara delteniente. En realidad, él no gritó, por decir. —Aaaaagh otra cosa me preocupa, Sargento. —¿Sísseñor? —La caballería debe haber atrapado al Cabo Strappi. No puedo ver otra
  • 121. manera de que se enteraran sobre nuestros hombres. —Buena idea, señor —dijo el Sargento, observando que Polly aplicabaespuma sobre boca y nariz. —Espero que no ppfff torturaran al pobre hombre —dijo el Teniente.Jackrum se mantuvo en silencio sobre ese asunto, pero mirando conintención. Polly deseaba que no siguiera mirándola. —¿Pero por qué iría un desertor ppfff directamente hacia ppfff el frente?—dijo Blouse. —Tiene sentido, señor, para un viejo soldado. Especialmente unopolítico. —¿De veras? —Confíe en mí, señor —dijo Jackrum. Detrás de Blouse, Polly pasaba lanavaja una y otra vez sobre la piedra roja. Ya estaba tan suave como elhielo. —Pero nuestros muchachos, Sargento, no son ‘viejos soldados’. Senecesitan ppfff dos semanas para convertir un recluta en un ‘combatiente’ —dijo el Teniente. —Son material prometedor, señor. Podría hacerlo en un par de días,señor —dijo Jackrum—. ¿Perks? Polly casi se cortó el pulgar. —Sí, sarge —tembló. —¿Piensas que podrías matar a un hombre hoy? Polly le echó un vistazo a la navaja. El borde brillaba. —¡Lamento decir que creo que lo haría, señor! —Allí lo tiene, señor —dijo Jackrum, con una sonrisadesproporcionada—. Hay algo en estos muchachos, señor. Son rápidos. —Caminó hasta detrás de Blouse, tomó la navaja de la mano agradecida dePolly sin una palabra, y dijo—: Hay algunos temas que deberíamos discutir,señor, en privado. Pienso que Perks debería irse a descansar un poco. —Por supuesto, Sargento. Pas devant les soldats jeuttes, ¿eh? —Y ellos también, señor —dijo Jackrum—. Puedes irte, Perks. Polly se alejó con la mano derecha todavía temblando. Detrás de ella,escuchó que Blouse suspiraba y decía:
  • 122. —Son tiempos difíciles, Sargento. El Comando nunca ha sido tanpesado. El grandioso General Tacticus dice que en tiempos peligrosos elcomandante debe ser como el águila y verlo todo, y con todo todavía sercomo el halcón y ver cada detalle. —Sísseñor —dijo Jackrum, deslizando la navaja mejilla abajo—. Y siactúa como un tipo común, señor, puede colgar patas arriba todo el día ycomer tocino grasoso. —Er... bien dicho, Sargento. --- El quemador de carbón y su esposa fueron enterrados con elacompañamiento, para la no-sorpresa de Polly, de una pequeña oración deWazzer. Pidió a la Duquesa que intercediera con el dios Nuggan para dardescanso eterno y cosas similares a los difuntos. Polly la había escuchadomuchas veces antes; se había preguntado cómo funcionaba el proceso. Nunca volvió a rezar desde el día que quemaron el ave, ni siquieracuando su madre estaba moribunda. Un dios que quema aves pintadas nosalvaría a una madre. Un dios así no merecía una oración. Pero Wazzer rezó por todos. Wazzer rezó como un niño, los ojoslevantados y las manos apretadas hasta que se le pusieron blancas. Lapequeña voz aflautada temblaba con tanta fe que Polly se sintió incómoda, yluego avergonzada y, finalmente, después del resonante ‘amén’, asombradade que el mundo no pareciera diferente al de antes. Por uno o dos minutos,había sido un lugar mejor... Había un gato en la cabaña. Se acurrucaba bajo la tosca cama y escupíaa cualquiera que se acercara. —Toda la comida ha sido tomada pero hay zanahorias y chirivías en unpequeño jardín colina abajo —dijo Shufti, cuando se alejaban. —Sería r-robar a los muertos —dijo Wazzer. —Bien, si se oponen pueden esperar, ¿verdad? —dijo Shufti—. ¡Yaestán bajo tierra! Por alguna razón eso fue, en este momento, gracioso. Se habrían reído
  • 123. de cualquier cosa. Ahora eran Jade, Lofty, Shufti y Polly. Todos los demás estaban deguardia. Se sentaron junto al fuego, sobre el cual hervía una pequeña olla.Lofty cuidaba el fuego. Siempre parecía más animada cerca de un fuego,notó Polly. —Estoy haciendo scubbo de caballo para el rupert —dijo Shufti, cayendofácilmente en una jerga aprendida veinte horas antes—. Lo pidióespecíficamente. Tiene mucha cecina de caballo de Trespartes, pero Tonkerdice que puede voltear algunos faisanes mientras está de guardia. —Espero que pases un poco de tiempo atenta a los enemigos también—dijo Polly. —Tendrá cuidado —dijo Lofty, atizando el fuego con un palo. —Saben, si nos encuentran, seremos golpeados y enviados de regreso—dijo Shufti. —¿Quién lo hará? —dijo Polly, tan de repente que se sorprendió—.¿Quién lo hará? ¿Quién va a intentarlo, aquí? ¿Quién se preocupa aquí? —Bien, er, llevar ropa de hombres es una Abominación para Nuggan... —¿Por qué? —Sólo lo es —dijo Shufti con firmeza—. Pero... —... tienes ropa de hombres —dijo Polly. —Bien, era la única manera —dijo Shufti—. Y me la probé y no mepareció demasiado abominable. —¿Has notado que los hombres hablan de manera diferente? —dijoLofty con timidez. —¿Hablar? —dijo Polly—. Escuchan de manera diferente, también. —No se quedan mirándote todo el tiempo —dijo Shufti—. Ya sabes quéquiero decir. Tú eres sólo una... otra persona. Si una chica caminara por lacalle llevando una espada un hombre trataría de quitársela. —Con loz trollz, no noz permiten llevar garrote —dijo Jade—. Zolamenterocaz grandez. Y no eztá bien que una chica lleve líquenez, porque loz chicozdizen que la calva es pudoroza. Tuve que frotarme cagada de ave en micabeza para que creciera este montón. Eso era un discurso bastante largo para un troll.
  • 124. —No lo sabíamos —dijo Polly—. Er... los trolls nos parecen todosiguales, más o menos. —Zoy naturalmente ezcarpada —dijo Jade—. No veo por qué deberíaluztrarme. —Hay una diferencia —dijo Shufti—. Creo que son las medias. Es comoque te empujan hacia adelante todo el tiempo. Es como si todo el mundogirara alrededor de las medias. —Suspiró y miró la carne de caballo, quehabía hervido hasta casi ponerse blanca—. Está hecho —dijo—. Es mejor quevayas y se lo des al rupert, Polly... quiero decir, Ozzer. Le dije al sarge quepodía hacer algo mejor pero me dijo que el teniente decía qué bueno estuvoel de anoche... Un pequeño pavo salvaje, un par de faisanes y un par de conejos, todosatados juntos, aterrizaron enfrente de Shufti. —Qué bueno que estábamos vigilando, ¿eh? —dijo Tonker, sonriendo ygirando una honda vacía en una mano—. Una roca, un almuerzo. Maladict sequedó de guardia. Dijo que olfateará a cualquiera antes de que lo vean yque está demasiado nervioso para comer. ¿Qué puedes hacer con esemontón? —Cazuela de caza —dijo Shufti con firmeza—. Tengo los vegetales ytodavía me queda media cebolla. 8 Estoy segura de que puedo hacer unhorno con esos... —¡De pie! ¡Atención! —interrumpió Jackrum, que se había acercadosilenciosamente. Retrocedió con una ligera sonrisa sobre la cara mientras seponían de pie—. Soldado Halter, debo tener una vista condenadamenteasombrosa —dijo, cuando estuvieron más o menos verticales. —Sí, sarge —dijo Tonker, mirando directo hacia adelante. —¿Puedes adivinar por qué, Soldado Halter? —No, sarge. —¡Porque sé que estás de guardia sobre el perímetro, Halter, peropuedo verte tan claro como si estuvieras de pie aquí mismo enfrente de mí,Halter! ¿Puedo, Halter?8 A una mujer siempre le queda media cebolla, sin importar el tamaño de la cebolla, el plato o la mujer. (Nota delautor)
  • 125. —¡Sí, sarge! —¡También resulta que todavía estás de guardia en el perímetro,Halter, porque la pena por ausentarse de su puesto en tiempos de guerra esla muerte, Halter! —Yo sólo... —¡Ningún sólo! ¡No quiero escuchar ningún sólo! ¡No quiero que piensesque soy un hombre gritón, Halter! ¡El Cabo Strappi era un hombre gritón,pero era un condenado político! ¡Te juro que no soy un hombre gritón perosi no estás de regreso en tu puesto dentro de treinta segundos te arrancaréla lengua! Tonker huyó. El Sargento Jackrum se aclaró la garganta y continuó conuna media voz: —Esto, mis muchachos, es lo que llamamos un verdadero discurso deorientación, no una de las charlas políticas elaboradas que Strappi les dio. —Se aclaró la garganta—. El propósito de este discurso es permitirles saberdónde estamos. Estamos en el fondo de la mierda. No podría ser peor siestuvieran lloviendo anos. ¿Alguna pregunta? Ya que no había ninguna de los desconcertados reclutas, continuó,mientras empezaba un lento paseo alrededor del escuadrón. —Sabemos que las fuerzas enemigas están en la zona. En estemomento no tienen botas. Pero habrá otros con botas en abundancia.También puede haber desertores en el área. ¡No serán buenas personas!¡Serán descorteses! Por lo tanto el Teniente Blouse ha decretado queviajaremos lejos de los caminos y de noche. Sí, hemos encontrado alenemigo, y lo hemos derrotado. Eso fue de chiripa. No esperaban que fueransoldados duros, fuertes. Ni tampoco ustedes, de modo que no quiero que sesientan presumidos por eso. —Se inclinó hacia adelante hasta que su caraestuvo a unas pulgadas de la de Polly—. ¿Te sientes presumido, SoldadoPerks? —¡No, sarge! —Bien. Bien. —Jackrum retrocedió—. Vamos hacia el frente,muchachos. A la guerra. Y en una guerra desagradable, ¿dónde es el mejorlugar donde estar? Aparte de sobre la luna, por supuesto. ¿Nadie?
  • 126. Despacio, Jade levantó una mano. —Vamos, entonces —dijo el Sargento. —En el ejérzito, zarge —dijo el troll—. Porque... —Empezó a contar conlos dedos—. Uno, tienez armaz, y armadura, y todo ezo. Doz, eztáz rodeadopor otroz hombrez armadoz. Er... Muchos, te pagan y comez mejor comidaque laz perzonaz en Calle Zivil. Er... Montón, incluzo zi te rindez, ereztomado prizionero y hay reglaz como No Patear la Cabeza de loz Prizionerozy cozaz azí, porque zi uzted patea la cabeza de zuz prizioneros ellozpatearán la cabeza de zuz prizioneros de modo, bueno, que ze estarápateando zu propia cabeza, pero no hay ninguna regla que diga que nopuede patear la cabeza de un enemigo civil. Hay otraz cozaz también, perome quedé zin númeroz. —Les mostró una sonrisa de diamantes—. Podremozzer lentoz pero no zomoz eztúpidoz —añadió. —Estoy impresionado, Soldado —dijo Jackrum—. Y tienes razón. ¡Laúnica avispa en la mermelada es que ustedes no son soldados! Pero puedoayudarlos. Ser un soldado no es difícil. Si lo fuera, los soldados no podríanhacerlo. Hay solamente tres cosas que tienen que recordar, que son, asaber: uno, obedecer las órdenes, dos, darle al enemigo bien y duro, tres,no morir. ¿Lo tienen? ¡Correcto! ¡Casi han llegado! ¡Bien hecho! ¡Mepropongo asistirlos en la ejecución de las tres! ¡Ustedes son mis pequeñosmuchachos y los cuidaré! ¡Mientras tanto, tienen deberes! ¡Shufti, siguecocinando! ¡Soldado Perks, encárgate del rupert! ¡Y después de eso, practicatu afeitada! ¡Ahora visitaré a los que están de guardia y les impartiré lapalabra sagrada! ¡Pueden irse! Se quedaron en algo como atención hasta que él estuvo probablementefuera del alcance del oído, y luego se aflojaron. —¿Por qué grita siempre? —dijo Shufti—. Quiero decir, sólo tiene quepedir... Polly sirvió el horrible scubbo en un tazón de estaño, y casi corrió alrefugio del teniente. Él levantó la mirada de un mapa y le sonrió como si leestuviera ofreciendo un banquete. —Ah, scubbo —dijo. —En realidad, tenemos otras cosas, señor —dijo Polly—. Estoy seguro
  • 127. de que hay lo bastante para todos... —Santo cielo, no, han pasado muchos años desde que comí una comidaasí —dijo Blouse, recogiendo la cuchara—. Por supuesto, en la escuela no laapreciábamos tanto. —¿Tenía comida como ésta en la escuela, señor? —preguntó Polly. —Sí. La mayoría de los días —dijo Blouse con felicidad. Polly no podía encajar esto en su cabeza. Blouse era una persona declase. Las personas de clase comían comida de clase, ¿verdad? —¿Había hecho algo malo, señor? —No puedo imaginar qué quieres decir, Perks —dijo Blouse, sorbiendoruidosamente las horribles gachas flacas—. ¿Están descansados loshombres? —Sí, señor. Las personas muertas fueron un poco de conmoción... —Sí. Mal asunto —suspiró el teniente—. Así es la guerra,desgraciadamente. Sólo lamento que tengan que aprender tan rápido. Unterrible desperdicio todo el tiempo. Estoy seguro de que las cosas puedenestar solucionadas cuando lleguemos a Kneck, sin embargo. Ningún generalpuede esperar que unos jóvenes como ustedes sean soldados al instante.Tendré algo para decir sobre eso. —Sus rasgos conejiles se vieroninusitadamente resueltos, como si un hámster hubiera descubierto unabrecha en su cinta rodante. —¿Me necesita para alguna otra cosa, señor? —dijo Polly. —Er... ¿los hombres hablan de mí, Perks? —No realmente, señor, no. El Teniente parecía desilusionado. —Oh. Oh, bien. Gracias. Perks. --- Polly se preguntaba si Jackrum alguna vez dormía. Ella hizo un turno deguardia, y él le salió por atrás. —¡Adivina quién, Perks! Estás de vigilancia. Deberías ver al temible
  • 128. enemigo antes de que te vean. ¿Qué son las cuatro eses? 9 —¡Forma, sombra, silueta y brillo, sarge! —dijo Polly, poniéndose enatención. Estaba esperando esto. Eso causó una pausa momentánea del Sargento antes de decir: —Sólo lo sabías, ¿verdad? —¡Nosseñor! ¡Un pajarillo me lo dijo cuando cambiamos la guardia,señor! ¡Dijo que le había preguntado, señor! —Oh, así que los pequeños muchachos de Jackrum se están uniendocontra el viejo y amable Sargento, ¿verdad? —dijo Jackrum. —¡Nosseñor! ¡Compartimos información importante para el escuadrónen una vital situación de supervivencia, sarge! —Tienes una boca rápida, Perks, lo admito. —¡Gracias, sarge! —¡Pero veo que no estás parado en una condenada sombra, Perks, nihas hecho nada para cambiar tu condenada forma! ¡Se destaca contra lacondenada luz, y tu sable está brillando como un diamante en la condenadaoreja de un deshollinador! ¡Explica! —¡Es por la única C, sarge! —dijo Polly, todavía mirando directoadelante. —¿Y eso es? —¡Color, sarge! ¡Visto de condenado rojo y blanco en un condenadobosque gris, sarge! Se arriesgó a mirar de soslayo. En los pequeños ojos porcinos deJackrum brillaba un rayo. Era el que veías cuando estaba secretamentecomplacido. —¿Avergonzado de tu sumamente encantador uniforme, Perks? —dijo. —No quiero que me vean muerto dentro de él, sarge —dijo Polly. —Jaja. Por así decirlo, Perks. Polly sonrió, directo adelante. Cuando dejó la guardia y fue por un tazón de guiso de caza, Jackrum leestaba enseñando a Lofty y Tonker esgrima básica, usando varas de9 Idioma. Lo de las cuatro eses es cierto si se dice en inglés: Shape, shadow, silhouette, shine. (Nota del traductor)
  • 129. avellano como espadas. Para cuando Polly terminó, le estaba enseñando aWazzer algunos de los puntos más sutiles de cómo usar una ballesta depistola de gran rendimiento, especialmente el que decía no dar media vueltasin seguro y decir: ‘¿Para q-qué es esta parte, sarge?’ Wazzer manejaba lasarmas como una mujer meticulosa que se deshace de un ratón muerto —a ladistancia de un brazo y tratando de no mirar. Pero incluso ella era mejor queIgor, que no parecía cómodo con la idea de lo que sólo era, para él, cirugía. Jade estaba dormitando. Maladict colgaba por sus rodillas bajo el techode uno de los cobertizos, con los brazos cruzados sobre el pecho; debía decirla verdad cuando dijo que había algunos aspectos de ser un vampiro queeran difíciles de abandonar. Igor y Maladict... Todavía no estaba segura sobre Maladict, pero Igor tenía que ser unchico, con esas puntadas alrededor de la cabeza, y con esa cara que sólopodía ser llamada acogedora. 10 Era tranquilo, y pulcro, pero tal vez asíactuaban los Igors... Despertó cuando Shufti la sacudió. —¡Nos movemos! ¡Mejor ve y encárgate del rupert! —¿Qué? ¿Huh? Oh... ¡correcto! Había ajetreo a su alrededor. Polly se puso de pie, tambaleante, y fuerápidamente al cobertizo del Teniente Blouse, donde estaba de pie enfrentede su desgraciado caballo, sujetando la brida con expresión perdida. —Ah, Perks —dijo—. No estoy para nada seguro de que estoy haciendolo correcto... —No, señor. Tiene las bridas retorcidas y los estribos patas arriba —dijoPolly, que a menudo había ayudado en el patio de la posada. —Ah, sería por eso que me resultó tan difícil anoche —dijo Blouse—.Supongo que debería saber este tipo de cosas, pero en casa teníamos unhombre que lo hacía... —Permítame, señor —dijo Polly. Enderezó las bridas con algunosmovimientos cuidadosos—. ¿Cómo se llama, señor?10 E incluso entonces era esa clase de casa que tiene un vehículo calcinado sobre el césped. (Nota del autor)
  • 130. —Thalacephalos —dijo Blouse tímidamente—. Era el legendariosemental del General Tacticus, ya sabes. —No lo sabía, señor —dijo Polly. Se reclinó y echó un vistazo entre laspatas traseras del caballo. Wow, Blouse era realmente miope, verdad... La yegua la miró en parte con sus ojos, que eran pequeños y malvados,pero principalmente con sus dientes amarillos, de los que tenía una cantidadenorme. Tenía la impresión de que estaba pensando en reír con disimulo. —Lo sujetaré mientras monta, señor —dijo. —Gracias. ¡Ciertamente se mueve un poco cuando lo intento! —Supongo que sí, señor —dijo Polly. Sabía sobre caballos difíciles; éstetenía todos los distintivos de un completo bastardo, uno de ésos que no seintimidan en absoluto por la obvia superioridad de la raza humana. La yegua la miró y le mostró los dientes amarillos mientras Blousemontaba, pero Polly se había colocado cuidadosamente lejos de los postesdel refugio. Thalacephalos no era del tipo de corcovear y patear. Era del tipofurtivo, pudo ver Polly, del tipo que pisaba tu pie... Movió su pie justo mientras la pezuña bajaba. Pero Thalacephalos,furioso por la frustración, giró, se retorció, bajó la cabeza, y mordió a Pollyen las medias enrolladas. —¡Caballo malo! —dijo Blouse severamente—. Lamento eso, Perks.¡Creo que está ansioso por llegar a la refriega! ¡Oh, caramba! —añadió,bajando la vista—. ¿Estás bien, Perks? —Bien, está tirando un poco, señor... —dijo Polly, mientras eraarrastrada de costado. Blouse se puso blanco otra vez. —Pero te mordió... te atrapó de las... justo en las... El penique cayó. Polly bajó la vista, y recordó rápidamente lo queescuchaba durante las numerosas peleas sin reglas del bar. —¡Oh... ooo... argh... caray! ¡Justo en la fruta! ¡Aargh! —se lamentó, yluego, ya que parecía buena idea en ese momento, bajó ambos puñospesadamente sobre la nariz de la yegua. El Teniente se desmayó. ---
  • 131. Se necesitaron algunos momentos para que Blouse volviera en sí, peropor lo menos Polly tuvo tiempo de pensar. Abrió los ojos y los fijó en ella. —Er, cayó de su caballo, señor —dijo Polly. —¿Perks? ¿Estás bien? Mi querido muchacho, te tomó de las... —¡Sólo necesita algunas puntadas, señor! —dijo Polly alegremente. —¿Qué? ¿De Igor? —Nosseñor. Sólo la tela, señor —dijo Polly—. El pantalón es un pocogrande para mí, señor. —Ah, correcto. Demasiado grande, ¿eh? Fiu, ¿eh? Cerca de perderlo allí,¿eh? Bien, no debo quedarme echado aquí todo el día... El escuadrón le ayudó a montar Thalacephalos, que todavía reía sinremordimiento. Sobre el asunto de ‘demasiado grande’, Polly tomó notamental de hacer algo sobre su chaqueta la siguiente vez que se detuvieran.No era muy buena con una aguja, pero si Igor no podía hacer algo para quese viera mejor entonces no era el hombre creía. Y ésa era una frase queevadía una cuestión. Jackrum gritó para que hicieran orden. Ahora eran mejores en eso. Másordenados, también. —¡Muy bien, Entrar-y-Salir! Esta noche nosotros... Un juego de inmensos dientes amarillos le quitó la gorra. —¡Oh, me disculpo, Sargento! —dijo Blouse detrás de él, tratando desofrenar a la yegua. —¡Ninguna molestia, señor, estas cosas ocurren! —dijo Jackrum,recuperando su sombrero furiosamente. —Me gustaría dirigirme a mis hombres, Sargento. —¿Oh? Er... sí, señor —dijo Jackrum, y se veía preocupado—. Porsupuesto, señor. ¡Entrar-y-Salir! ¡Atenciónesperarsupalabra! Blouse tosió. —Er... hombres —dijo—. Como saben, debemos llegar a toda velocidadal valle Kneck dónde, aparentemente, nos necesitan. Viajar de nocheevitará... enredos. Er... —Los miró, la cara retorcida por alguna luchainterior—. Er... tengo que decir que no creo que somos... es decir, toda la
  • 132. evidencia es... er... no me parece que... er... creo que debería decirles...er... —¿Permiso para hablar, señor? —dijo Polly—. ¿Se siente bien? —Sólo tenemos que esperar que aquellos puestos en el poder sobrenosotros estén tomando las decisiones correctas —masculló Blouse—. Perotengo toda la confianza en ustedes y estoy seguro de que harán todo loposible. ¡Larga vida a la Duquesa! Continúe, Sargento Jackrum. —¡Entrar-y-Salir! ¡Formar! ¡Marchar! Y se dirigieron hacia el anochecer y hacia la guerra. --- El orden de la marcha era como el de la noche anterior, con Maladictadelante. Las nubes mantenían algo de calor, y eran lo bastante delgadaspara insinuar la luz de la luna aquí y allá. Los bosques por la noche nosignificaban problemas para Polly, y en todo caso éste no era un verdaderobosque salvaje. Y a decir verdad, tampoco era marchar lo que hacían. Eramás como deslizarse a alta velocidad, de uno y de a dos. Había tomado dos de las ballestas, ahora metidas torpemente entre lascorreas de su mochila. Eran unas cosas horribles, más bien una cruza entreuna pequeña ballesta y un reloj. Había mecanismos en el grueso mango, y elarco mismo era de apenas unas seis pulgadas de ancho; de algún modo, siinclinabas tu peso sobre ella, podías gatillarla con la energía suficiente paradisparar una pequeña y peligrosa flecha de metal a través de una tabla deuna pulgada de espesor. Eran de metal azulado, brillantes y malvadas. Perohay un viejo dicho militar: mejore que te dispare que tú disparándome,bastardo. Polly demoró su paso a lo largo de la línea hasta que quedó caminandojunto a Igor. Él la saludó con un gesto en la penumbra, y luego centró suatención en el camino. Tenía que hacerlo, porque su mochila era el doble deltamaño de las demás. Nadie se sentía inclinado a preguntarle qué llevaba enella; a veces, uno pensaba que podía escuchar un líquido chapoteando. Los Igors pasaban a veces por Munz, aunque técnicamente eran una
  • 133. Abominación a los ojos de Nuggan. A Polly le parecía que usar partes dealguien que estaba muerto para ayudar a tres o cuatro personas apermanecer vivas era una idea sensata, pero en el púlpito el Padre Jupehabía argumentado que Nuggan no quería que las personas vivieran, queríaque vivieran apropiadamente. Se habían escuchado murmullos generales deacuerdo de los feligreses, pero Polly sabía a ciencia cierta que allí había unpar de personas con una mano o un brazo o una pierna que eran un pocomenos curtidos o un poco más peludos que el otro. Había leñadores en todaslas montañas. Los accidentes ocurrían, accidentes rápidos, repentinos. Y, yaque no había mucho trabajo para un leñador manco, los hombres semarchaban y buscaban a un Igor para hacer lo que ninguna cantidad deoración podía lograr. Los Igors tenían un lema: lo que se va, vuelve. No tenías que pagarlesdespués. Tenías que pagarles por adelantado, y eso, francamente, era laparte donde las personas se preocupaban. Cuando estuvieras moribundo, unIgor llegará misteriosamente al umbral y pedirá que le permitan llevarsecualquier parte urgentemente necesitada por otros en su ‘pequeña lissta’.Aceptaría muy feliz esperar hasta que el sacerdote se hubiera ido y, se decíaque cuando llegaba el momento hacía un trabajo muy ordenado. Sinembargo, ocurría muy a menudo que cuando un Igor aparecía el posibledonante se atemorizaba y recurría a Nuggan, a quien le gustaban todas laspersonas. En ese caso el Igor se marcharía silenciosa y cortésmente, ynunca volvería. Nunca volvería a todo el pueblo, o a todo el campamento deleñadores. Ni tampoco otros Igors. Lo se va, regresa... o se detiene. Hasta donde Polly podía saber, los Igors creían que el cuerpo no eranada más que un tipo de ropa más complicado. Curiosamente, eso era loque también pensaban los Nugganitas. —¿Te alegra haberte enrolado, Igor? —dijo Polly, mientras trotaban. —Ssí, Ozz. —¿Podrías echarle un vistazo a la mano del rupert la próxima vez queparemos, por favor? Se la ha cortado gravemente. —Ssí, Ozz. —¿Puedo pedirte algo, Igor?
  • 134. —Ssí, Ozz. —¿Cómo se llaman las Igors de sexo femenino, Igor? Igor tropezó y continuó avanzando. Se mantuvo en silencio durante untiempo, y luego dijo: —Muy bien, ¿qué hice mal? —A veces te olvidas de cecear —dijo Polly—. Pero principalmente... essólo un presentimiento. Pequeñas cosas sobre la manera en que te mueves,tal vez. —La palabra que estás buscando es ‘Igorina’ —dijo Igorina—. Noceceamos tanto como los chicos. Continuaron en más silencio hasta que Polly dijo: —Pensaba que era bastante malo cortarme el pelo... —¿Las puntadas? —dijo Igorina—. Puedo quitármelas en cincominutoss. Son sólo para aparentar. Polly vaciló. Pero, después de todo, los Igors tenían que ser confiables,¿verdad? —¿No te cortaste el pelo? —En realidad, sólo lo quité —dijo Igorina. —Puse el mío en mi mochila —continuó Polly, tratando de no mirar laspuntadas alrededor de la cabeza de Igorina. —También yo —dijo Igorina—. En un pote. Todavía cresse. Polly tragó. Necesitabas de una falta total de imaginación gráfica parahablar con un Igor de sus asuntos personales. —El mío fue robado allá en el barracón. Estoy segura de que fue Strappi—dijo. —Oh cielos. —¡Odio pensar que lo tiene! —¿Por qué lo trajiste? Y ésa era la pregunta. Había planeado, y había sido buena en losplanes. Incluso había engañado al resto. Había sido sensata y se mantuvoserena, y no sintió más que una leve puntada al cortarlo... ... y lo había traído. ¿Por qué? Podría haberlo desechado. No eramágico. Era sólo pelo. Podría haberlo desechado, simplemente así.
  • 135. Fácilmente. Pero... pero... ah, correcto, las empleadas podían haberloencontrado. Eso era todo. Tenía que sacarlo de la casa rápidamente.Correcto. Y entonces podría enterrarlo en algún lugar cuando estuviera lejos.Correcto. Pero no lo había hecho, verdad... Había estado muy ocupada. Correcto, dijo la traicionera voz interior.Había estado muy ocupada engañando a todos excepto a sí misma,¿correcto? —¿Qué podría hacer Strappi? —dijo Igorina—. Jackrum lo golpearía enel momento en que lo viera. ¡Es un desertor, y un ladrón! —Sí, pero podría decírselo a alguien —dijo Polly. —De acuerdo, entonces di que es un mechón de pelo de la novia quedejaste atrás. Muchos soldados llevan un guardapelo o algo así. Ya sabes:‘Su pelo dorado en rizoss rubioss’, como dice la canción. —¡Era todo mi pelo! ¿Un guardapelo? ¡No podría meterlo todo en tusombrero! —Ah —dijo Igorina—. ¿Entonces podrías dessir que la quieres mucho? A pesar de todo, Polly empezó a reír, y no pudo parar. Se mordió lamanga y trató de seguir avanzando, los hombros sacudiéndose. Algo que se sentía como un pequeño árbol la pinchó; en la espalda. —Uztedez doz deberían hazer menoz ruido —tronó Jade. —Lo siento. Lo siento —siseó Polly. Igorina empezó a canturrear. Polly sabía la canción. Estoy solo desde que crucé la colina Y pasé el páramo y el valle... Y juró: no esa canción tampoco. Una canción es suficiente. Y quierodejar a la niña atrás, pero parece que la traje conmigo... En ese momentosalieron de los árboles y vieron el resplandor rojo. El resto del escuadrón ya se había reunido, y lo observaban. Cubríamucho del horizonte, y aumentaba y disminuía en algunas partes mientraslo miraban.
  • 136. —¿Es eso el infierno? —preguntó Wazzer. —No, pero los hombres lo han convertido en eso, me temo —dijo elTeniente—. Es el valle Kneck. —¿Está en llamas, señor? —dijo Polly. —Bendito seas, es sólo la luz de las hogueras que se refleja en lasnubes —dijo el Sargento Jackrum—. Siempre se ve mal por la noche, uncampo de batalla. ¡No se preocupen, muchachos! —¿Qué están cocinando, elefantes? —dijo Maladict. —¿Y qué es eso? —dijo Polly, señalando una colina cercana, más oscuratodavía contra la noche. Sobre ella, una pequeña luz parpadeaba de vez encuando, muy rápido. Se escuchó un ‘swosh’ y un ‘pop’ metálico cuando Blouse sacó unpequeño telescopio y lo abrió. —¡Es una luz de clacks, los demonios! —dijo. —Hay otra máz allá —tronó Jade, señalando una colina mucho máslejana—. Zentelleo, zentelleo. Polly miró la rojez en el cielo, y luego la pequeña luz fría, prendiéndosey apagándose. Luz tranquila, suave. Luz inofensiva. Y detrás de ella, un cieloen llamas... —Estará en clave —dijo Blouse—. Espías, estoy seguro. —¿Una luz de clacks? —dijo Tonker—. ¿Qué es eso? —Una Abominación a los ojos de Nuggan —dijo Blouse—. Por desgracia,porque serían muy útiles si pudiéramos tenerlas también, ¿eh, Sargento? —Sísseñor —dijo Jackrum automáticamente. —Los únicos mensajes que cruzaran el aire deberían ser las oracionesde los creyentes. Alabanzas a Nuggan, Alabanzas a la Duquesa, etcétera,etcétera —dijo Blouse, entrecerrando los ojos. Suspiró—. Una lástima. ¿Aqué distancia está esa colina, diría usted, Sargento? —Dos millas, señor —dijo Jackrum—. ¿Vale la pena tratar de acercarnosa hurtadillas? —Deben saber que las personas las verán y vendrán a mirar, de modoque espero que no ‘anden por allí’ por mucho tiempo —reflexionó Blouse—.En todo caso, ah, esas cosas serían muy direccionales. Las perdería en
  • 137. cuanto se meta en el valle. —¿Permiso para hablar, señor? —dijo Polly. —Por supuesto —dijo Blouse. —¿Cómo hacen para que la luz brille tanto, señor? ¡Es blanco puro! —Alguna clase de cosas de fuegos artificiales, creo. ¿Por qué? —¿Y envían mensajes con la luz? —Sí, Perks. ¿Y tu punto es...? —¿Y las personas que reciben esos mensajes envían mensajes deregreso del mismo modo? —perseveró Polly. —Sí, Perks, ésa es toda la idea. —Entonces... tal vez no tenemos que hacer todo el camino hasta esacolina, señor. La luz está apuntando hacia nosotros, señor. Todos se volvieron. La colina que estaban rodeando se alzaba encimade ellos. —¡Bien hecho, Perks! —susurró Blouse—. ¡Vámonos, Sargento! —Sebajó del caballo, que automáticamente se movió de costado para asegurarsede que se cayera cuando pisara tierra. —¡Tiene razón, señor! —dijo Jackrum, ayudándolo—. Maladict, llévate aGoom y Halter y rodea por la izquierda, el resto por la derecha... no tú,Carborundum, sin ofender, pero esto tiene que ser silencioso, ¿de acuerdo?Tú te quedas aquí. Perks, vienes conmigo... —También iré yo, Sargento —dijo Blouse, y sólo Polly vio la mueca deJackrum. —¡Buena idea, señor! —dijo el Sargento—. Sugiero... sugiero que Perksy yo vayamos con usted. ¿Lo entendieron todos? Lleguen a la cima pulcra ysilenciosamente y nadie, nadie se mueve hasta que escuchen mi señal... —Mi señal —dijo Blouse con firmeza. —Es lo que quise decir, señor. ¡Rápido y sigiloso! ¡Golpéenlos duro peroal menos quiero uno vivo! ¡Váyanse! Los dos grupos se desplegaron en abanico a la derecha y a la izquierday desaparecieron. El Sargento les dio ventaja de uno o dos minutos, y luegose puso en camino a velocidad anormal para un hombre de su tamaño, demodo que por un momento Polly y el Teniente se quedaron parados. Detrás
  • 138. de ellos, una Jade abatida observaba la partida. Los árboles se adelgazaron en la empinada pendiente, pero no habíasuficientes arbustos de donde agarrarse. Polly encontró más fácil avanzar encuatro patas, agarrándose de matas y de árboles jóvenes. Después de unrato sintió un olorcillo de humo, químico y acre. Estaba segura también de que podía escuchar un apagado ruido declicks. Un árbol extendió una mano y la empujó bajo su sombra. —No digas una condenada palabra —siseó Jackrum—. ¿Dónde está elrupert? —¡No lo sé, sarge! —¡Condenación! ¡No se puede dejar que un rupert corra suelto por allí,no se puede decir qué se le meterá en la pequeña cabeza, ahora que tiene laidea de que está a cargo! ¡Eres su guardaespaldas! ¡Búscalo! Polly se deslizó hacia abajo de la pendiente y encontró a Blouseapoyado contra un árbol, jadeando suavemente. —Ah... Perks —jadeó—. Parece que mi asma... está... regresando... —Lo ayudaré, señor —dijo Polly, agarrando su mano y tirando de élhacia adelante—. ¿Podría jadear un poco más silenciosamente, señor? En etapas, arrastrando y empujando, cobijó al hombre a la sombra delárbol Jackrum. —¡Me alegro que se pueda reunir con nosotros, señor! —siseó elSargento, con la cara retorcida en una expresión de afabilidad furiosa—. Sino le importa esperar aquí, Perks y yo nos arrastraremos hacia arriba de... —Yo también voy, Sargento —insistió Blouse. Jackrum vaciló. —Sísseñor —dijo—. Pero con todo respeto, señor, sé de escaramuzas... —Vámonos, Sargento —dijo Blouse, cayendo al suelo y empezando aarrastrarse hacia adelante. —Sísseñor —farfulló Jackrum. Polly también inició su camino hacia adelante. El pasto aquí era máscorto, mordisqueado por los conejos, con pequeños arbustos aquí y allá. Seconcentró en mantener los ruidos bajos, y apuntó hacia los clicks. El olor del
  • 139. humo químico se hizo más fuerte. Colgaba en el aire a su alrededor. Y,mientras se movía hacia adelante, vio luz, pequeñas chispas. Levantó lacabeza. Había tres hombres a unos pies de distancia, perfilados contra la noche.Uno de ellos sostenía un gran tubo, de unos cinco pies de largo, un extremoequilibrado sobre su hombro y el otro sobre un trípode. Ese extremoapuntaba a la colina distante. En el otro extremo, a un pie más o menosdetrás de la cabeza del hombre, había una gran caja cuadrada. La luzescapaba por las juntas; encima, un humo pesado salía por una pequeñachimenea. —Perks, a la cuenta de tres —dijo Jackrum, a la derecha de Polly—.Uno... —Quédese quieto, Sargento —dijo Blouse tranquilamente, a suizquierda. Polly vio que la gran cara rojiza de Jackrum se volvía con una expresiónde asombro. —¿Señor? —Mantenga la posición —dijo Blouse. Encima de ellos, continuaban losclicks. Secretos militares, pensó Polly. ¡Espías! ¡Enemigos! ¡Y sólo estamosobservando! Era como ver sangre saliendo de una arteria. —¡Señor! —siseó Jackrum; la furia le salía como humo. —Mantenga la posición, Sargento. Es una orden —dijo Blouse concalma. Jackrum cedió, pero sólo con la calma engañosa de un volcán a puntode estallar. El parloteo implacable de los claks continuaba. Parecía que ibana continuar para siempre. Junto a Polly, el Sargento Jackrum rabiaba ymaldecía como un perro con correa. Los clicks pararon. Polly escuchó un distante murmullo de conversación. —Sargento Jackrum —susurró Blouse—, ¡puede ‘tomarlos’ a todavelocidad! Jackrum saltó del césped como una perdiz. —¡Muy bien, mis muchachos! ¡Arriba muchachos y a ellos!
  • 140. La primera idea de Polly, mientras saltaba y corría, fue que la distanciaera de repente mucho más amplia que lo que parecía. Los tres hombres habían girado al grito de Jackrum. El del tubo declacks ya lo estaba dejando caer y buscando una espada, pero Jackrum loatacó como una avalancha. El hombre cometió el error de mantenerse firmeen su lugar. Hubo una breve lucha de espadas y luego un tumulto, y elSargento Jackrum era un tumulto bastante mortal por sí solo. El segundo hombre pasó volando junto a Polly pero ella iba por eltercero. Se alejaba de ella, todavía con la mano en la boca, entonces girópara correr y se encontró frente a frente con Maladict. —¡No lo dejes tragar! —gritó Polly. El brazo de Maladict se alzó, y lo levantó por la garganta; el hombre sedebatía, indefenso. Habría sido una operación perfecta si el resto del escuadrón no hubierallegado, con todo su esfuerzo en correr y sin dejar nada para disminuir lavelocidad. Hubo algunos choques. Maladict se vino abajo cuando su cautivo le pateó el pecho y el hombretrató de alejarse a gatas, chocando con Tonker. Polly saltó sobre Igorina,casi fue atropellada por Wazzer que caía y se lanzó desesperadamente haciala presa, ahora de rodillas. Él había sacado una daga y la agitabadesenfrenadamente enfrente de ella mientras se agarraba la garganta con laotra mano y hacía ruidos de ahogado. Le quitó el cuchillo con un golpe,corrió detrás de él y le pegó en la espalda tan duro como pudo. Cayó haciaadelante. Antes de que pudiera agarrarlo, una mano lo levantó y la voz deJackrum rugió: —¡No puedes dejar que el pobre hombre se ahogue hasta morir, Perks!—Su otra mano le dio un puñetazo en el estómago con un ruido comocuando la carne golpea una tabla. Los ojos del hombre se cruzaron y algogrande y blanco voló de su boca y pasó sobre el hombro de Jackrum. Jackrum lo dejó caer y se volvió hacia Blouse. —¡Señor, protesto, señor! —dijo, temblando de cólera—. ¡Estábamostendidos allí y observamos que estos demonios transmitían a quién sabequién un mensaje, señor! ¡Espías, señor! ¡Podríamos haberlos tomado en
  • 141. ese mismo momentos, señor! —¿Y entonces, Sargento? —dijo Blouse. —¿Qué? —¿No cree que las personas a las que estaban hablando sepreguntarían qué había ocurrido si los mensajes se detenían a medio enviar?—dijo el Teniente. —Incluso así, señor... —Mientras que ahora tenemos su aparato, Sargento, y sus superioresno saben que lo tenemos —dijo Blouse. —Sí, bien, pero usted dijo estaban enviando mensajes con clave, señor,y... —Er, creo que también tenemos su libro de claves, sarge —dijoMaladict, adelantándose con el objeto blanco en la mano—. Ese hombretrató de comerlo, sarge. Papel de arroz. Pero se le cruzó la comida, podríadecir. —Y usted lo desatoró, Sargento, y probablemente salvó su vida. ¡Bienhecho! —dijo Blouse. —Pero uno de ellos escapó, señor —dijo Jackrum—. Pronto llegará a... —¿Sargento? Jade se estaba alzando sobre la hierba. Mientras se acercaba condificultad vieron que arrastraba a un hombre por el pie. Cuando estuvo máscerca fue obvio que el hombre estaba muerto. Las personas vivas tienenmás cabeza. —¡Escuché los gritos y él vino corriendo, y salté y él vino derecho haciamí, de cabeza! —se quejó Jade—. ¡Ni siquiera tuve una oportunidad degolpearlo! —Bien, Soldado, por lo menos podemos decir fue detenidodefinitivamente —dijo Blouse. —Sseñor, esste hombre está moribundo —dijo Igorina, arrodillada juntoal hombre a quien el Sargento Jackrum había salvado de morirse ahogado—.¡Ha ssido envenenado! —¿Sí? ¿Por quién? —dijo Blouse—. ¿Está seguro? —La esspuma verde que ssale de la boca ess una pissta ssegura,
  • 142. sseñor. —¿Qué es gracioso, Soldado Maladict? —preguntó Blouse. El vampiro reía entre dientes. —Oh, lo lamento, señor. Les dicen a los espías, ‘Si eres atrapado,cómete los documentos’, ¿verdad? Una buena manera de asegurar de queno develen ningún secreto. —¡Pero tienes el... libro venenoso en tus manos, Cabo! —Los vampiros no pueden ser envenenados tan fácilmente, señor —dijoMaladict con calma. —Probablemente ssólo era fatal en la boca en todo casso, sseñor —dijoIgorina—. Cosas terribles. Cossass. Esstá muerto, sseñor. No puedo hacernada. —Pobre tipo. Bien, tenemos la clave, de todos modos —dijo Blouse—.Es un grandioso descubrimiento, hombres. —Y un prisionero, señor, y un prisionero —dijo Jackrum. El único hombre sobreviviente, el que operaba los clacks, gimió y tratóde moverse. —Un poco contuso, supongo —añadió Jackrum, con algo desatisfacción—. Cuando aterrizo sobre alguien, señor, se queda enterrado. —Dos de ustedes, tráiganlo con nosotros —dijo Blouse—. Sargento,faltan unas horas para el amanecer, y quiero estar bien lejos de aquí. Quieroa los otros dos enterrados en algún lugar en el bosque, y... —Sólo tiene que decir ‘continúe, Sargento’, señor —dijo Jackrum, y eracasi un gemido—. ¡Así es como funciona, señor! ¡Usted me dice qué quiere,yo les doy las órdenes! —Los tiempos cambian, Sargento —dijo Blouse. Mensajes, volando a través del cielo. Eran una Abominación paraNuggan. La lógica le sonaba impecable a Polly mientras ayudaba a Wazzer acavar dos tumbas. Las oraciones de los creyentes ascendían hacia Nuggan,
  • 143. volando hacia arriba. Una variedad de cosas invisibles, como la santidad y lagracia, y una lista de las abominaciones de la semana, bajaban de Nuggan alos creyentes, hacia abajo. Lo que estaba prohibido eran los mensajes de unser humano a otro que fuera por así decir de un lado al otro. Podría haberchoques. Si creías en Nuggan, eso es. Si creías en la oración. El verdadero nombre de Wazzer era Alice; se lo confió mientrascavaban, pero era difícil aplicar el nombre a un pequeño muchacho delgadocomo un palo y con un mal corte de pelo, sin mucha destreza con la pala,que tenía el hábito de ponerse apenas demasiado cerca y que miraba apenasligeramente a la izquierda de tu cara cuando te hablaba. Wazzer creía en laoración. Creía en todo. Eso hacía que fuera tan... difícil hablar con ella, si túno creías. Pero Polly sentía que debía hacer el esfuerzo. —¿Qué edad tienes, Wazz? —dijo, paleando suciedad. —D-d-diecinueve, Polly —dijo Wazzer. —¿Por qué te enrolaste? —La Duquesa me dijo que lo hiciera —dijo Wazzer. Por eso las personas no hablaban mucho con Wazzer. —Wazz, sabes que llevar ropa de hombres es una Abominación,¿verdad? —Gracias por recordármelo, Polly —dijo Wazzer, sin rastros de ironía—.Pero la Duquesa me dijo que nada de lo que hiciera en mi búsqueda seráconsiderado Abominable.[28] —Una búsqueda, ¿eh? —dijo Polly, tratando de sonar jovial—. ¿Y quéclase de búsqueda es ésa? —Debo tomar el mando del ejército[29] —dijo Wazzer. A Polly se le pararon los pelos de la nuca. —¿Sí? —dijo. —Sí, la Duquesa caminó fuera de su imagen cuando estaba dormida yme dijo que fuera a Kneck inmediatamente —dijo Wazzer—. La PequeñaMadre me habló, Ozz. Me ordenó. Guía mis pasos. Me condujo fuera de lainfame esclavitud. ¿Cómo puede ser una Abominación? Tiene una espada, pensó Polly. Y una pala. Esto necesita un manejocuidadoso.
  • 144. —Eso es bueno —dijo. —Y... y debo decirte que... nunca en mi vida he sentido tanto amor ycamaradería —continuó Wazzer seriamente—. Los últimos días han sido losmás felices de mi vida. Todos ustedes me han mostrado tanta gentileza,tanta amabilidad. La Pequeña Madre me guía. Nos guía a todos nosotros,Ozz. Crees en eso, también. ¿Verdad? —La luz de la luna reveló huellas delágrimas en la mugre sobre las mejillas de Wazzer. —Hum —dijo Polly, y buscó desesperadamente una manera de evitar lamentira. La encontró. —Er... ¿sabes que quiero encontrar a mi hermano? —dijo. —Bien, eso te hace honor, la Duquesa lo sabe —dijo Wazzerrápidamente. —Y, bien... también lo estoy haciendo por la Duquesa —dijo Polly,sintiéndose desgraciada—. Pienso en la Duquesa todo el tiempo, deboadmitirlo. —Bien, eso era verdad. Sólo que no era honesto. —Me alegro tanto de escuchar eso, Ozz, porque pensé que eras unreincidente —dijo Wazzer—. Pero lo dijiste con tanta convicción. Quizás seríamomento para que nos pongamos de rodillas y... —Wazz, estás parada en la tumba de otro hombre —dijo Polly—. Hay untiempo y un lugar, ¿sabes? Regresemos con los otros, ¿eh? ¿El día más feliz de la vida de la muchacha había pasado patrullando losbosques, cavando tumbas y tratando de esquivar soldados de ambos lados?El problema con Polly era que tenía una mente que hacía preguntas inclusocuando real, realmente no quería saber las respuestas. —Entonces... la Duquesa todavía te sigue hablando, ¿verdad? —dijo,mientras se abrían paso entre los árboles oscuros. —Oh, sí. Cuando estábamos en Plotz, durmiendo en el barracón —dijoWazzer—. Dijo que todo estaba resultando. No, no hagas otra pregunta, dijo parte de la mente de Polly, pero laignoró por su absoluta y terrible curiosidad. Wazzer era bonita —bueno, másbien bonita, de una manera ligeramente asustadiza— pero hablar con ellaera como escarbar una costra; sabías qué era posible encontrar bajo la
  • 145. cáscara, pero escarbabas de todos modos. —Entonces... ¿qué solías ser, antes en el mundo? —dijo. Wazzer le sonrió, acosada. —Solía ser golpeada. --- El té se estaba haciendo en un pequeño hueco cerca del sendero.Algunos del escuadrón montaban guardia. A nadie le gustaba la idea de unoshombres con ropa oscura moviéndose furtivamente. —¿Un jarro de saloop? —dijo Shufti, ofreciéndoles. Unos días atrás lohabrían llamado ‘té dulce lechoso’, pero incluso si todavía no podían caminarla caminata estaban determinados a charlar la charla lo antes posible. —¿Qué está ocurriendo? —dijo Polly. —No lo sé —dijo Shufti—. El sarge y el rupert se fueron por ese ladocon el prisionero pero nadie nos dice a los gruñosos nada. —Es ‘bisoños’, 11 creo —dijo Wazzer, tomando el té. —Les preparé un par de jarros, de todos modos. Mira lo que puedesaveriguar, ¿eh? Polly se bebió el té de un trago, agarró los jarros y salió deprisa. Al borde del hueco, Maladict estaba apoyado contra un árbol. Estotenían los vampiros: nunca podían verse desaliñados. En cambio, eran...cómo era la palabra... déshabille. Quiere decir desordenado, pero con bolsasy bolsas de estilo. En este caso la chaqueta de Maladict estaba abierta yhabía metido su paquete de cigarrillos en la cinta del sombrero. La saludócon la ballesta mientras pasaba. —¿Ozz? —dijo. —¿Sí, Cabo? —¿Hay algo de café en sus mochilas? —Lo siento, Cabo. Solamente té. —¡Maldición! —Maladict golpeó el árbol detrás de él—. Hey, te fuiste11 Sólo en inglés hay confusión. Grunt, bisoño, también quiere decir ‘gruñido’. (Nota del traductor)
  • 146. derecho hacia el hombre que se estaba comiendo la clave. Derecho hacia él.¿Cómo fue? —Sólo suerte —dijo Polly. —Sí, correcto. Trata otra vez. Tengo muy buena visión nocturna. —Oh, de acuerdo. Bien, el de la izquierda empezó a correr y el delmedio dejó caer el tubo de clacks y sacó su espada, pero el de la derechapensó que ponerse algo en la boca era aun más importante que pelear oescapar. ¿Satisfecho? —¿Resolviste todo eso en un par de segundos? Eso fue inteligente. —Sí, correcto. Ahora, por favor olvídalo, ¿de acuerdo? No quiero sernotada. Particularmente no quiero estar aquí. Sólo quiero encontrar a mihermano. ¿De acuerdo? —Muy bien. Sólo pensé que te gustaría saber que alguien lo vio. Y esmejor que lleves ese té antes de que traten de matarse mutuamente. Por lo menos, yo era alguien que observaba al enemigo, pensó Polly confuria mientras se alejaba. Yo no era uno que observaba a otro soldado.¿Quién se piensa él que es? ¿O ella? Escuchó las voces levantadas mientras se abría camino a través de unaespesura. —¡No puede torturar a un hombre desarmado! —Ésa era la voz deBlouse. —¡Bien, no estoy esperando que se arme, señor! ¡Sabe cosas! ¡Y es unespía! —¡No se atreva a patearle las costillas otra vez! ¡Ésa es una orden,Sargento! —Preguntarle de buenos modos no resultó, ¿verdad, señor? ¡‘Bonito porfavor con espolvoreado por encima’ no es un método reconocido deinterrogatorio! ¡Usted no debería estar aquí, señor! ¡Debería decir‘¡Sargento, averigüe lo que pueda del prisionero!’, y luego irse a algún lugary esperar hasta que le diga qué le saqué, señor! —¡Lo hizo otra vez! —¿Qué? ¿Qué? —¡Lo pateó otra vez!
  • 147. —¡No, no lo hice! —¡Sargento, le di una orden! —¿Y? —¡Ha llegado el té! —dijo Polly alegremente. Ambos hombres giraron. Las expresiones cambiaron. Si hubieran sidoaves, sus plumas se habrían asentado suavemente. —Ah, Perks —dijo Blouse—. Bien hecho. —Sí... buen muchacho —dijo el Sargento Jackrum. La presencia de Polly pareció bajar la temperatura. Los dos hombresbebieron su té y se echaron el ojo cautelosamente. —Habrá notado, Sargento, que los hombres estaban usando el uniformeverde oscuro del Primer Batallón, el Cincuenta de Arqueros de Zlobenia. Unbatallón que sabe de escaramuzas —dijo Blouse, con fría cortesía—. Ése noes el uniforme de un espía, Sargento. —¿Sísseñor? Pero sus uniformes estarían muy sucios, entonces. Sinbrillo en los botones, señor. —Patrullar detrás de líneas enemigas no es espiar, Sargento. Usteddebe haberlo hecho en su tiempo. —Más veces que las que podría contar, señor —dijo Jackrum—. Y sabíaperfectamente que si me atrapaban merecía una buena pateadura en losprivados. Pero los de las escaramuzas son los peores, señor. Usted cree queestá seguro en las líneas, y al siguiente momento resulta que algún bastardosentado en los arbustos sobre una colina ha estado calculando viento ydistancia y ha dejado caer una flecha justo a través de la cabeza de sucompañero. —Recogió un arco largo de apariencia extraña—. ¿Ve estascosas que tiene? Burleigh & Stronginthearm Recurvado Número Cinco, hechoen la condenada Ankh-Morpork. Una verdadera arma asesina. Digo que ledemos a elegir, señor. Puede decirnos qué sabe, y salir con calma. O seguircalladito, y salir difícil. —No, Sargento. Es un oficial enemigo tomado en la batalla y tienederecho a un trato justo. —No, señor. Es un Sargento, y no se merecen respeto en absoluto,señor. Debo saberlo. Son astutos e ingeniosos, si son buenos. No me
  • 148. preocuparía si fuera un oficial, sir. Pero los Sargentos son inteligentes. Se escuchó un gruñido del prisionero atado. —Afloja esa mordaza, Perks —dijo Blouse. Instintivamente, aun cuandoel instinto tenía un par de días de edad, Polly echó un vistazo a Jackrum. ElSargento se encogió de hombros. Ella bajó el andrajo. —Hablaré —dijo el prisionero, escupiendo una mota de algodón—. ¡Perono a ese tarro de manteca de cerdo! Hablaré con el oficial. ¡Mantenga a esehombre lejos de mí! —¡No está en posición de negociar, soldadito! —gruñó Jackrum. —Sargento —dijo el teniente—, estoy seguro de que tiene cosas quehacer. Por favor, hágalas. Envíe a un par de hombres aquí. No puede hacernada contra cuatro de nosotros. —Pero... —Ésa fue otra orden, Sargento —dijo Blouse. Se volvió hacia elprisionero mientras Jackrum se alejaba a grandes pasos—. ¿Cuál es sunombre, hombre? —Sargento Towering, teniente. Y si es un hombre sensato, me soltará yse rendirá. —¿Rendirme? —dijo Blouse, mientras Igorina y Wazzer entraban en elclaro, armadas y perplejas. —Sí. Hablaré bien de usted cuando los muchachos nos alcancen. Noquiera saber cuántos hombres los están buscando. ¿Podría tomar algo, porfavor? —¿Qué? Oh, sí. Por supuesto —dijo Blouse, como si hubiera sidopescado con malos modales—. Perks, ve por un poco de té para el Sargento.¿Por qué nos buscan las personas, por favor? Towering sonrió torcido. —¿No lo sabe? —No —dijo Blouse fríamente. —¿Realmente no lo sabe? —Ahora Towering estaba riendo. Estabademasiado relajado para ser un hombre atado, y Blouse sonaba demasiadoa un hombre bueno y preocupado que trataba de parecer firme y resuelto.Para Polly, era como ver a un niño que fanfarronea al póquer contra un
  • 149. hombre llamado Doc. —No deseo jugar, hombre. ¡Dígalo ya! —dijo Blouse. —Todos saben de ustedes, teniente. ¡Ustedes son el RegimientoMonstruoso, eso es! —dijo—. Sin querer ofender, por supuesto. Dicen quetiene un troll y un vampiro y un Igor y un lobizón. ¡Dicen que usted... —Empezó a reír entre dientes—... dicen que usted redujo al Príncipe Heinrich ya su guardia y que robó sus botas y que le hizo salir brincando desnudo! En la espesura, algo más lejos, cantó un ruiseñor. Durante bastantetiempo, sin interrupción. Entonces Blouse dijo: —Jaja, no, a decir verdad está equivocado. El hombre era el CapitánHorentz... —¡Sí, correcto, mire si le diría quién era con su espada apuntándole! —dijo Towering—. Escuché de uno de mis compañeros que uno de ustedes lopateó en la carne-y-dos-vegetales, pero no he visto la imagen aún. —¿Alguien tomó una imagen cuando era pateado? —chilló Polly,empapada de un horror repentino. —Nada de eso, no. Pero por todas partes hay copias de él encadenado yescuché que ha sido enviada por los clacks a Ankh-Morpork. —¿Está... está enojado? —tembló Polly, maldiciendo a Otto Chriek y sumáquina de imágenes. —Bien, bueno, déjeme ver —dijo Towering sarcásticamente—.¿Enojado? No, no pensaría que está enojado. ‘Furioso’ es la palabra, creo.¿O ‘rabioso’? Sí, creo que rabioso es la palabra. Ahora hay muchas personasque lo buscan, muchachos. ¡Bien hecho! Incluso Blouse podía ver la angustia de Polly. —Er... Perks —dijo—, fuiste tú, lo fuiste, quien... Una y otra vez, en la cabeza de Polly giraban y giraban las palabras o-dios-pateé-la-fruta-y-los-vegetales-del-Príncipe, como un hámster en unarueda incontrolable hasta que, de repente, chocó contra algo sólido. —Sísseñor —dijo—. Estaba forzando a una mujer joven, señor. ¿Lorecuerda? El gesto fruncido de Blouse desapareció, y se convirtió en una sonrisade duplicidad infantil.
  • 150. —Ah, sí, efectivamente. Estaba ‘planchando su traje’ de manera nopequeña, ¿verdad? —¡Planchar no estaba en su mente, señor! —dijo Polly fervientemente. Towering echó un vistazo a Wazzer, que agarraba con determinaciónuna ballesta a la que temía, Polly lo sabía a ciencia cierta, y a Igorina, quemejor estaría sosteniendo el cuchillo de cirujano que el sable en su mano yque se veía muy preocupada. Polly vio su breve sonrisa. —Y allí lo tiene, Sargento Towering —dijo el teniente, volviéndose alprisionero—. Por supuesto, todos sabemos que hay algunos atrocescomportamientos en tiempos de guerra, pero no es la clase de cosa queesperaríamos de un príncipe real. 12 Si vamos a ser perseguidos porque unjoven soldado valiente impidió que los asuntos se pusieran aun másrepugnantes, entonces así será. —Ahora estoy impresionado —dijo Towering—. Un real caballeroandante, ¿eh? Es un honor para usted, teniente. ¿Alguna noticia de ese té? El pecho flaco de Blouse se hinchó visiblemente por el cumplido. —Sí, Perks, el té, si eres tan amable. Dejando a ustedes tres con este hombre que está positivamenteirradiando una intención de escapar, pensó Polly. —¿Podría tal vez el Soldado Goom ir a buscar...? —empezó. —¿Una palabra en privado, Perks? —interrumpió Blouse. La trajo máscerca, pero Polly mantuvo el ojo sobre el Sargento Towering. Podía tener lospies y manos atados, pero no confiaría en un hombre que sonriera de esemodo aunque estuviera clavado al techo. —Perks, estás haciendo una gran contribución pero realmente nopermitiré que mis órdenes sean cuestionadas continuamente —dijo Blouse—.Eres mi ordenanza, después de todo. Creo que conduzco una ‘embarcaciónfeliz’ aquí, pero seré obedecido. ¿Por favor? Era como ser atacado salvajemente por un pez dorado, pero debíaadmitir que él tenía razón. —Er... lo siento, señor —dijo, retrocediendo tanto como le fue posible12 El Teniente Blouse leía solamente los libros de historia más técnicos. (Nota del autor)
  • 151. para no perderse el final de la tragedia. Entonces giró y corrió. Jackrum estaba sentado junto al fuego, con el arco del prisionero através de sus inmensas rodillas, cortando una especie de salchicha negracon un gran cortaplumas. Masticaba. —¿Dónde está el resto de nosotros, señor? —dijo Polly, rebuscando unjarro. —Los envié a explorar un amplio perímetro, Perks. No se puede tenerdemasiado cuidado si el muchacho amistoso tiene amigos ahí afuera. ... lo cual era perfectamente sensato. Sólo significaba que la mitad delescuadrón había sido enviado lejos... —Sarge, ¿sabe de ese capitán allá en el barracón? Era... —Tengo buenas orejas, Perks. Pateaste los Derechos Reales, ¿eh? ¡Ja!Eso lo hace todo más interesante, ¿eh? —Va a salir mal, sarge, simplemente lo sé —dijo Polly, arrastrando latetera fuera del fuego y derramando la mitad del agua mientras la llenaba. —¿Mascas, Perks? —dijo Jackrum. —¿Qué, sarge? —dijo Polly, distraída. El Sargento levantó un pequeño trozo de... una cosa pegajosa y negra. —Tabaco. Tabaco de mascar —dijo Jackrum—. Prefiero Blackheart sobreJolly Sailor, porque está empapado de ron, pero otros dicen...[30] —¡Sarge, ese hombre va a escapar, sarge! ¡Lo sé! El Teniente no está acargo, él lo está. ¡Es todo amigable y todo, pero puedo decirlo por sus ojos,sarge! —Estoy seguro de que el Teniente Blouse sabe qué está haciendo, Perks—dijo Jackrum muy formal—. No me estás diciendo que un hombre atadopuede vencer a cuatro de ustedes, ¿verdad? —¡Oh, azúcar! —dijo Polly. —Ahí abajo, en la vieja lata negra —dijo Jackrum. Polly puso un poco enla peor taza de té jamás hecha por un soldado de servicio y volvió corriendoal claro. Asombrosamente, el hombre todavía estaba en posición sentada, ytodavía atado de pies y manos. Sus compañeros Queseros lo observabancon desaliento. Polly se relajó, pero sólo un poco.
  • 152. —... y allí lo tiene, Teniente —decía—. No hay nada de malo en hacerlas paces, ¿eh? Él lo cazará muy pronto, porque ahora es personal. Pero sime acompañara, haría todo lo posible para ver que sea fácil para usted. Noquiere ser atrapado por los Dragones Pesados ahora mismo. No tienenmucho sentido del humor... —Llegó el té —dijo Polly. —Oh, gracias, Perks —dijo Blouse—. Creo que podemos liberar lasmanos del Sargento Towering por lo menos, ¿verdad? —Sí, señor —dijo Polly, queriendo decir ‘No, señor’. El hombre estirósus muñecas atadas, y Polly extendió la mano con el cuchillocautelosamente, mientras sujetaba el jarro como un arma. —Muchacho ingenioso tiene aquí, Teniente —dijo Towering—. Calculaque voy a quitarle su cuchillo. Buen muchacho. Polly cortó la soga, sacó la mano de cuchillo con rapidez, y luego ofrecióel jarro con cautela. —Y ha hecho el té tibio para que no le duela cuando lo salpique en sucara —continuó Towering. Lanzó a Polly la mirada firme y honesta delbastardo nato. Polly la sostuvo, mentira a mentira. —Sí. Las personas de Ankh-Morpork tienen una pequeña imprenta enun carro, del otro lado del río —dijo Towering, todavía observando a Polly—.Para la moral, dicen. Y enviaron la imagen a la ciudad, también, sobre losclacks. No me pregunte cómo. Sí, una buena imagen. ‘Los Valientes NovatosAplastan lo Mejor de Zlobenia’, escribieron. Cosa graciosa, pero parece queel escritor no descubrió que era el Príncipe. ¡Pero todos lo hicimos! Su voz se puso aun más amigable. —Ahora miren, compañeros, soy soldado de infantería como ustedes yestoy completamente a favor de que los condenados burros se vean tontos,de modo que si me acompañan me aseguraré de que por lo menos mañanano duerman encadenados. Es mi mejor propuesta. —Tomó un sorbo de té, yañadió—: Es mejor que la que recibió la mayor parte del Décimo, lesaseguro. Escuché que su regimiento fue barrido. La expresión de Polly no cambió, pero sintió que se hacía un diminuto
  • 153. ovillo detrás ella. Mira los ojos, mira los ojos. Mentiroso. Mentiroso. —¿Barrido? —preguntó Blouse. Towering dejó caer su jarro de té. Tomó la ballesta de la mano deWazzer con un golpe de su mano izquierda, agarró el sable de Igorina con sumano derecha, y puso la hoja curvada contra la soga entre sus piernas.Ocurrió rápido, antes de que ninguno pudiera concentrarse en el cambio desituación, y luego el Sargento se puso de pie, abofeteó a Blouse y lo sujetócon una llave de brazo. —Y tenías razón, chico —dijo a Polly, sobre el hombro de Blouse—. Unaverdadera lástima que no seas oficial, ¿eh? Lo último del té caído chorreaba en la tierra. Polly extendió lentamentela mano hacia su ballesta. —No lo hagas. Un paso, un solo movimiento de cualquiera de ustedes, ylo cortaré —dijo el Sargento—. No será el primer oficial a quien hayamatado, créanme... —La diferencia entre ellos y yo es que a mí no me importa. Cinco cabezas giraron. Allí estaba Jackrum, perfilado contra la lumbredistante. Tenía el arco del propio hombre, tensado, y apuntado directamentehacia el Sargento con total indiferencia al hecho de que la cabeza delTeniente estaba en el medio. Blouse cerró los ojos. —¿Le dispararía a su propio oficial? —dijo Towering. —Sí. No sería el primer oficial a quien he matado, tampoco —dijoJackrum—. Usted no va a ningún lugar, amigo, excepto abajo. Fácil odifícil... no me importa. —El arco crujió. —Sólo está fanfarroneando, señor. —Se lo juro, no soy un hombre fanfarrón. Creo que nunca fuimospresentados, a propósito. Jackrum es el nombre. El cambio en el hombre fue todo un evento corporal. Pareció hacersemás pequeño, como si cada célula se hubiera dicho a sí misma ‘oh cielos’muy calladamente. Se dobló, y Blouse se desplomó un poco. —¿Puedo...? —Demasiado tarde —dijo Jackrum. Polly nunca olvidó el sonido que hizo la flecha.
  • 154. Hubo silencio, y luego un ruido sordo mientras el cuerpo de Toweringfinalmente perdía el equilibrio y golpeaba al suelo. Jackrum dejó el arco a un lado cuidadosamente. —Averiguó con quién se estaba metiendo —dijo, como si no hubieraocurrido nada—. Lástima, realmente. Parecía un tipo decente. ¿Quedó algode saloop, Perks? Muy despacio, el Teniente Blouse levantó la mano a su oreja, que laflecha había perforado camino de su blanco, y luego miró con extrañodesinterés la sangre sobre sus dedos. —Oh, lamento eso, señor —dijo Jackrum jovialmente—. Sólo vi la unaoportunidad y pensé, bien, es la parte carnosa. ¡Consígase un arete de oro,señor, y estará a la moda! Un arete de oro bastante grande, tal vez. »No crean todos ustedes en esas cosas sobre los Entrar-y-Salir —continuó Jackrum—. Eran sólo mentiras. Me gusta cuando pasa algo. Así quelo que hacemos ahora es... ¿puede alguien decirme qué hacemos ahora? —Er... ¿enterrar el cuerpo? —arriesgó Igorina. —Sí, pero revisa sus botas. Tiene pies pequeños y los de Zlobeniatienen botas mucho mejores que nosotros. —¿Robar las botas de un hombre muerto, sarge? —dijo Wazzer, todavíaen conmoción. —¡Más fácil que sacárselas a uno vivo! —Jackrum suavizó la voz unpoco cuando vio sus caras—. Muchachos, esto es la guerra, ¿comprendido?Él era un soldado, ellos eran soldados, ustedes son soldados... más omenos. Ningún soldado verá que se desperdicie comida o buenas botas.Entiérrenlos decentemente y digan las oraciones que puedan recordar, ydeseen que se hayan ido donde no haya enfrentamientos. —Levantó la vozotra vez a su bramido normal—. ¡Perks, reúne a los otros! ¡Igor, cubre elfuego, trata de que se vea como si nunca hubiéramos estado aquí! ¡Nosestamos yendo en diez minutos! ¡Podemos hacer algunas millas antes de lasalida del sol! ¿Es correcto, eh, Teniente? Blouse todavía estaba paralizado, pero pareció despertar ahora. —¿Qué? Oh. Sí. Correcto. Sí, efectivamente. Er... Sí. Continúe,Sargento.
  • 155. El fuego se reflejó sobre la cara triunfal de Jackrum. En el brillo rojo,sus pequeños ojos oscuros eran como agujeros en el espacio, su sonrisa lavía de acceso a un infierno, su mole algún monstruo del Abismo. Dejó que ocurriera, Polly lo sabía. Obedeció las órdenes. No hizo nadamal. Pero podía haber enviado a Maladict y a Jade para ayudarnos, en lugarde Wazzer e Igor, que no son rápidos con las armas. Envió a los otros lejos.Tenía el arco listo. Jugó un juego y nosotros éramos las piezas, y ganó... Pobre viejo soldado, cantaban su padre y sus amigos mientras seformaba la escarcha sobre los vidrios, ¡pobre viejo soldado! Si alguna vezme enrolo otra vez... ¡el diablo será mi Sargento! A la luz de la lumbre, la sonrisa del Sargento Jackrum era una medialuna de sangre, su abrigo del color del cielo de un campo de batalla. —Ustedes son mis pequeños muchachos —rugió—. Y yo los cuidaré. Hicieron más de seis millas antes de que Jackrum anunciara un alto, yel terreno ya estaba cambiando. Había más rocas, menos árboles. El valleKneck era rico y fértil y era de aquí que la fertilidad había sido lavada; eraun paisaje de barrancos y monte espeso de malezas, con algunas pequeñascomunidades que vivían rascando de la tierra empobrecida. Era un buenlugar para esconderse. Y, aquí, alguien ya se había escondido. Era unahondonada cavada por un arroyo, pero al final del verano la corriente erasólo un hilo entre las rocas. Jackrum debía haberlo encontrado por olfato,porque no se podía ver desde el sendero. En la pequeña hondonada, las cenizas del fuego todavía estaban tibias.El Sargento se levantó, torpemente, después de inspeccionarlas. —Algunos muchachos como nuestros amigos de anoche —dijo. —¿No podría ser simplemente un cazador, sarge? —dijo Maladict. —Podría, Cabo, pero no lo es —dijo Jackrum—. Les traje hasta aquíporque parece una hondonada oculta y hay agua y buenos puntos de vistaallá y ahí —apuntó—, y hay un decente saliente para protegernos del clima yes difícil que alguien se deslice sobre nosotros. Militarmente, en otraspalabras. Y anoche alguien más pensó lo mismo que yo. Así que mientrasnos están buscando ahí afuera, nos sentaremos cómodos donde ya hanmirado. Pon a un par de muchachos de guardia ahora mismo.
  • 156. Polly hizo la primera vigilancia, encima del pequeño despeñadero alborde de la hondonada. Era un buen sitio, indudablemente. Aquí podríaesconderse un regimiento. Nadie podía acercarse sin ser visto, también. Yestaba haciendo su parte de trabajo como un miembro correcto delescuadrón así que con un poco de suerte Blouse encontraría a alguien que loafeitara antes de terminar su guardia. A través de una brecha en las copasde los árboles de más abajo podía ver un camino que pasaba por el bosque.Lo mantuvo vigilado. Al final, Tonker la relevó con una taza de sopa. Del otro lado de lahondonada, Wazzer estaba siendo reemplazada por Lofty. —¿De dónde eres, Ozz? —dijo Tonker, mientras Polly saboreaba lasopa. No podía haber daño en decirlo. —Munz —dijo Polly. —¿De veras? Alguien dijo que trabajabas en un bar. ¿Cómo se llamabala posada? Ah... allí estaba el daño, exactamente allí. Pero apenas podía mentir,ahora. —La Duquesa —dijo. —¿Ese gran lugar? De mucha clase. ¿Te trataban bien? —¿Qué? Oh... sí. Sí. Bastante bien. —¿No te golpeaban en absoluto? —¿Eh? No. Nunca —dijo Polly, nerviosa por dónde iba esto. —¿Trabajabas duro? Polly tuvo que considerarlo. En verdad, trabajaba más duro que ambasempleadas, y ellas tenían por lo menos una tarde libre todas las semanas. —Era generalmente la primera en levantarme y la última en la cama, sies lo que quieres saber —dijo. Y para cambiar el tema rápidamente,continuó—: ¿Y tú? ¿Conoces Munz? —Ambas vivíamos allí, yo y Tilda... quiero decir Lofty —dijo Tonker. —¿Oh? ¿Dónde? —En la Escuela de Trabajo para Niñas —dijo Tonker y apartó la mirada. Y ésa es esa clase de trampa en la que la charla puede meterte, pensó
  • 157. Polly. —No un buen lugar, creo —dijo, sintiéndose estúpida. —No era un buen lugar, no. Un lugar muy desagradable —dijo Tonker—. Wazzer estaba ahí, creemos. Creemos que era ella. Solían enviarla muchoa hacer trabajo pago. —Polly asintió. Una vez vino una muchacha de laescuela y trabajó como empleada en La Duquesa. Llegaba todas lasmañanas, novata fregona con mandil limpio, sobresaliendo de una fila demuchachas muy similares guiadas por un profesor y flanqueadas por un parde hombres grandes con largos palos. Era flaca, cortés de una maneraapagada, como ensayada, trabajaba muy duro y nunca hablaba con nadie.Se fue en tres meses, y Polly nunca supo por qué. Tonker miró en los ojos de Polly, casi burlándose de su inocencia. —Creemos que era una que a veces solían encerrar con llave en lahabitación especial. Esa era la cuestión sobre la escuela. Si una no se hacemás fuerte, la cabeza se pone graciosa. —Supongo que te alegraste de partir —fue todo lo que Polly pudopensar en decir. —La ventana de sótano estaba sin cerrojo —dijo Tonker—. Pero prometía Tilda que volveríamos un día el próximo verano. —¿Oh, de modo que no era tan malo, entonces? —dijo Polly, agradecidapor algo de alivio. —No, arderá mejor —dijo Tonker—. ¿Alguna vez tropezaste con alguienllamado Padre Jupe? —Oh, sí —dijo Polly, y sintiendo que se esperaba algo más de ellaañadió—: Solía venir a cenar cuando mi madre... solía venir a cenar. Unpoco pomposo, pero parecía bien. —Sí —dijo Tonker—. Era bueno pareciendo. Otra vez hubo un abismo oscuro en la conversación sobre el que nisiquiera un troll podía tender un puente, y todo lo que podías hacer eraalejarte del borde. —Es mejor que me vaya a ver al ten... al rupert —dijo Polly, poniéndosede pie—. Muchas gracias por la sopa. Deshizo su camino a través de las piedras y los matorrales de abedul
  • 158. hasta que apareció junto al pequeño arroyo que corría por la hondonada. Y,como un horrible dios del río, estaba el Sargento Jackrum. Su chaqueta roja, una carpa para hombres de menor tamaño, estabadoblada cuidadosamente sobre un arbusto. Él mismo estaba sentando sobreuna roca sin la camisa y con los inmensos tiradores colgando, de modo quesólo un chaleco de lana amarillenta salvaba al mundo de la visión del pechodesnudo del hombre. Por alguna razón, sin embargo, no se había quitado elsombrero. Su equipo de afeitar, con una navaja como un pequeño machetey una brocha que se podía usar para poner papel tapiz, estaba sobre la rocajunto a él. Jackrum se estaba mojando los pies en la corriente. Levantó la miradacuando Polly se aproximó, y asintió amablemente. —Nos días, Perks —dijo—. No te apures. Nunca te apures por losruperts. Siéntate un rato. Quítate las botas. Deja que tus pies sientan el airefresco. Cuida tus pies, y tus pies te cuidarán. —Sacó el gran cortaplumas yla salchicha de tabaco de mascar—. ¿Seguro que no mascarás conmigo? —No, gracias, sarge. —Polly se sentó sobre una roca del lado opuestodel arroyo, que tenía sólo un pie de ancho, y empezó a tirar de sus botas.Sentía como si le hubiera dado una orden. Además, ahora mismo sentía quenecesitaba el impacto del agua limpia y fría. —Buen muchacho. Mal hábito. Peor que fumar —dijo Jackrum, cortandoun trozo—. Empecé con esto cuando era apenas un muchacho. Mejor queencender un fósforo por la noche, ¿lo ves? Uno no quiere dar a conocer suposición, porque uno tiene que escupir muy a menudo, pero escupir en laoscuridad no delata. Polly chapoteó con sus pies. El agua helada se sentía efectivamenteplacentera. Parecía revivirla. En los árboles alrededor de la hondonada, unasaves cantaban. —Dilo, Perks —dijo Jackrum, después de un rato. —¿Decir qué, sarge? —Oh, condenado infierno, Perks, es un buen día, no me fastidies. Hevisto la manera en que me has estado mirando. —Muy bien, sarge. Usted asesinó a ese hombre anoche.
  • 159. —¿De verdad? Demuéstralo —dijo Jackrum con calma. —Bien, no puedo, ¿verdad? Pero usted lo armó. Incluso envió a Igor y aWazzer para vigilarlo. No son buenos con las armas. —¿Qué tan buenos tendrían que ser, qué crees? ¿Cuatro de ustedescontra un hombre atado? —dijo Jackrum—. Nah. Ese Sargento estabamuerto en cuanto lo tomamos, y él lo sabía. Se necesitaba un condenadogenio como tu rupert para hacerle pensar que tenía una oportunidad.Estábamos en los bosques, muchacho. ¿Qué iba a hacer Blouse con él? ¿Aquién lo pasaríamos? ¿Lo llevaría el teniente con nosotros? ¿O lo ataría a unárbol y lo dejaría que pateara los lobos hasta que se cansara? Mucho máscaballeroso que darle un tranquilo cigarrillo y un rápido tajo donde muerarápido, que es lo que él estaba esperando y lo que yo le habría dado. Jackrum se metió rápidamente el tabaco en la boca. —¿Sabes qué es la mayor parte del entrenamiento militar, Perks? —continuó—. ¿Todos esos gritos de pequeños escupitajos como Strappi? Esconvertirte en un hombre que, a la palabra de mando, clavarás tu hoja enalgún pobre diablo exactamente como él, que ocurre que está usando eluniforme equivocado. Él es como tú, tú eres como él. Él realmente no quierematarte, tú realmente no quieres matarlo. Pero si no lo matas primero, él tematará. Ése es el principio y el final de esto. No viene fácil sinentrenamiento. Los ruperts no tienen ese entrenamiento, porque soncaballeros. Bien, te juro que no soy ningún caballero, y mataré cuando tengaque hacerlo, y dije que los mantendría a salvo y ningún condenado rupert vaa detenerme. ¡Me dio mis papeles de baja! —añadió Jackrum, irradiandoindignación—. ¡A mí! ¡Y esperaba que le agradeciera! Cada uno de los otrosrupert a los que serví tuvieron el juicio de escribir ‘No apostado aquí’, o ‘Enpatrulla prolongada’, o algo y meterlo de regreso en el correo, ¡pero no él! —¿Qué fue lo que le dijo al Cabo Strappi que lo hizo escapar? —dijoPolly, antes de poder detenerse. Jackrum la miró durante un rato, sin expresión en sus ojos. Entonceslanzó una pequeña y extraña risa ahogada. —Bueno, ¿por qué un pequeño muchacho como tú diría una pequeñacosa como ésa? —dijo.
  • 160. —Porque simplemente se esfumó y de repente alguna vieja reglasupone que usted está de regreso en la fuerza, sarge —dijo Polly—. Por esodije esa pequeña cosa. —¡Ja! Y no hay ninguna regla así, tampoco, no como ésa —dijoJackrum, chapoteando con los sus pies—. Pero los ruperts nunca leen el librode reglas a menos que estén tratando de encontrar una razón para colgartede modo que allí estaba seguro. Strappi era un temeroso cobarde, lo sabes. —Sí, pero podía haberse escabullido más tarde —dijo Polly—. No eraestúpido. ¿Escapar hacia la noche? Debe haber tenido algo realmente cercapara tener que huir, ¿correcto? —Ostras, qué cerebro malvado tienes allí, Perks —dijo Jackrum feliz.Otra vez Polly tenía la clara sensación de que el Sargento lo estabadisfrutando, exactamente parecía complacido como cuando protestó sobre eluniforme. No era un bravucón como Strappi —trataba a Igorina y a Wazzercon algo se acercaba a preocupación paternal— pero empujaba todo eltiempo a Polly, Maladict y Tonker, buscando una reacción. —Hace su trabajo, sarge —dijo. —Sólo tuve un pequeño tate-a-tate con él, por decir. Tranquilo, másbien. Le expliqué todas las cosas desagradables que pueden ocurrir vis-a-visla confusión de la guerra. —¿Como ser encontrado con la garganta cortada? —dijo Polly. —Se sabe que ha ocurrido —dijo Jackrum inocentemente—. Sabes,muchacho, vas a ser un condenado buen Sargento un día. Cualquier tontopuede usar los ojos y las orejas, pero tú usas ese cerebro para conectarlos. —¡No voy a ser Sargento! ¡Voy a terminar el trabajo e irme a casa! —dijo Polly con vehemencia. —Sí, yo dije eso una vez, también. —Jackrum sonrió—. Perks, nonecesito ninguna cosa que haga clack. No necesito ningún papel lleno denoticias. El Sargento Jackrum sabe qué está ocurriendo. Habla con loshombres que regresan, los que no hablan con nadie más. Sé más que elrupert, a pesar de que recibe pequeñas cartas del cuartel que lo preocupantanto. Todos hablan con el Sargento Jackrum. Y en su gran cabeza gorda, elSargento Jackrum pone todo. El Sargento Jackrum sabe qué está
  • 161. ocurriendo. —¿Y qué es, sarge? —dijo Polly inocentemente. Jackrum no respondió inmediatamente. En cambio, bajó la mano con ungruñido y se frotó uno de los pies. El oxidado chelín en un cordel, que estabaapoyado inocentemente sobre el chaleco de lana, se balanceó haciaadelante. Pero había otra cosa. Por un momento algo dorado se deslizó delcuello abierto del chaleco. Algo ovalado y dorado, en una cadena de oro,destelló a la luz del sol. Entonces él se enderezó y quedó fuera de la vista. —Ésta es una condenada guerra rara, muchacho —dijo—. Es verdad queno sólo hay soldados de Zlobenia ahí afuera. Los muchachos dicen que hayuniformes que nunca habían visto antes. Hemos pateado muchos traseroscon el paso de los años de modo que tal vez ellos realmente se han juntadoy va a ser nuestro turno. Pero lo que sé es que están atascados. Tomaron eltorreón. Oh, sí, lo sé. Pero tienen que mantenerlo. Y viene el invierno ytodos esos muchachos de Ankh-Morpork y de todos lados están muy lejos decasa. Todavía podríamos tener una oportunidad. Ja, especialmente ahoraque el Príncipe están muy decidido a encontrar al joven soldado que le dioun rodillazo en el regalo de bodas. Eso quiere decir que está enfadado.Cometerá errores. —Bueno, sarge, yo creo... —Me alegro de que lo hagas, Soldado Perks —dijo Jackrum, de repenteconvertido en un Sargento otra vez—. Y yo creo que después de que tehayas encargado del rupert y tomado una siesta, tú y yo le vamos a mostrara los muchachos un poco de esgrima. Aunque sea una condenada guerra,tarde o temprano el joven Wazzer va a tener que usar esa hoja que menea.¡Márchate! Polly encontró al Teniente Blouse sentado de espaldas al despeñadero,comiendo scubbo de un cazo. Igorina empacaba su equipo médico, y la orejade Blouse estaba vendada. —¿Todo bien, señor? —dijo—. Lamento no haber... —Totalmente comprendido, Perks, debes hacer tu turno como los otros‘muchachos’ —dijo Blouse, y Polly escuchó que las comillas sonaban en susitio—. Tomé una placentera siesta y la hemorragia y, además el temblor, ha
  • 162. parado totalmente. Sin embargo... todavía necesito una afeitada. —Usted quiere que yo lo afeite —dijo Polly, con el alma en los pies. —Debo poner el ejemplo, Perks, pero tengo que decir que ustedes‘muchachos’ hacen mucho esfuerzo en avergonzarme. ¡Todos ustedesparecen tener caras ‘tan suaves como el culo de un bebé’, diría! —Sí, señor. —Polly sacó el equipo de afeitar y caminó hasta el fuego,donde la tetera hervía permanentemente. La mayor parte del escuadróndormitaba pero Maladict, sentado con las piernas cruzadas junto al fuego, lehacía algo a su sombrero. —Escuché sobre el prisionero anoche —dijo, sin levantar la vista—. Nocreo que ET vaya a durar mucho, ¿verdad? —¿Quién? —El Teniente. Por lo que escucho, probablemente Blouse va a tener unaccidente desagradable. Jackrum cree que es peligroso. —Está aprendiendo, como nosotros. —Sí, pero se supone que ET sabe qué hacer. ¿Piensas que lo sabe? —Jackrum también está atascado —dijo Polly, llenando la tetera conagua fría—. Yo creo que deberíamos seguir. —Si hay algún lugar allí donde llegar —dijo Maladict. Levantó elsombrero—. ¿Qué piensas? Había escrito con tiza las palabras ‘Nacido Para Morir’ al costado delsombrero, cerca del paquete de cigarrillos. —Muy... original —dijo Polly—. ¿Por qué fumas? No es muy... devampiro, realmente. —Bien, se supone que no soy muy vampiro —dijo Maladict, encendiendouno con mano temblorosa—. Es para chupar. Lo necesito. Estoy en tensión.Tengo el nerviosismo de la falta de café. No soy bueno con los bosques entodo caso. —Pero eres un vam... —Sí, sí, si esto fuera una cripta, no habría problema. Pero sigopensando que estoy rodeado por montones de estacas puntiagudas. Laverdad... está empezando a doler. ¡Es como volverme un frío murciélagootra vez! Estoy teniendo las voces y los sudores...
  • 163. —Sssh —dijo Polly, cuando Shufti lanzó un gruñido en sueños—. Nopuedes serlo —siseó—. ¡Dijiste que te habías reformado hace dos años! —Oh, sa... san... ¿sangre? —dijo Maladict—. ¿Quién dijo algo sobresangre? ¡Estoy hablando de café, maldita sea! —Tenemos suficiente té... —empezó Polly. —¡No comprendes! Se trata de... ansias. ¡Nunca dejas de ansiar, sólo locambias por algo que no cause que las personas te conviertan en unapequeña brocheta! ¡Necesito el café! ¿Por qué yo?, pensó Polly. ¿Tengo un pequeño cartel que dice ‘Dime tusproblemas’? —Veré lo que puedo hacer —dijo, y llenó el jarro de afeitarapresuradamente. Polly volvió con el agua, acomodó a Blouse contra una roca, y agitópara hacer un poco de espuma. Afiló la navaja, demorando todo lo quepudo. Cuando él tosió impaciente tomó posición, levantó la navaja, y rezó... ... pero no a Nuggan. Nunca a Nuggan, desde que murió su madre... Y entonces Lofty cruzó corriendo el terreno, tratando de gritar unsusurro. —¡Movimiento! Blouse casi perdió el lóbulo de la otra oreja. Jackrum salió de la nada, las botas puestas pero los tiradores colgando.Agarró a Lofty por el hombro y la hizo girar. —¿Dónde? —preguntó. —¡Hay un sendero ahí abajo! ¡Soldados! ¡Carros! ¿Qué hacemos, sarge? —¡Mantenernos sin hacer ruido! —farfulló Jackrum—. ¿Se dirigen haciaaquí? —¡No, iban pasando derecho, sarge! Jackrum giró y lanzó una mirada satisfecha al resto del escuadrón. —Está bien. Cabo, toma a Carborundum y a Perks, ve y echa unamirada. El resto, tomen el equipo y traten de ser valientes. ¿Eh, Teniente? Blouse, perplejo, chorreaba espuma de la cara. —¿Qué? Oh. Sí. Hágase cargo, Sargento. Veinte segundos después, Polly corría detrás de Maladict pendiente
  • 164. abajo. Aquí y allá, podía verse el fondo del valle a través de los árboles, ymientras miraba hacia abajo vio que la luz del sol se reflejaba sobre algo demetal. Por lo menos los árboles habían cubierto el piso del bosque con unacapa de agujas, y, contrario a la opinión popular, la mayoría de los bosquesno están llenos de ramas que se rompen sonoramente. Llegaron al borde delbosque, donde unos arbustos luchaban entre sí por su lugar al sol, yencontraron un sitio con buena vista. Había solamente cuatro soldados de caballería, con uniforme pocofamiliar, cabalgando en parejas delante y detrás de un carro. Éste erapequeño, y tenía una cubierta de lona. —¿Qué hay en un pequeño carro que cuatro hombres tengan queproteger? —dijo Maladict—. ¡Debe ser valioso! Polly señaló la enorme bandera que colgaba floja de un palo del carro. –Pienso que es el hombre del periódico —dijo—. Es el mismo carro. Lamisma bandera, también. —Entonces es bueno que pasen derecho —siseó Maladict—. Esperemosque estén fuera de la vista y nos vayamos como buenos ratones pequeños,¿de acuerdo? La partida avanzaba a la velocidad del carro y, en este momento, losdos jinetes de adelante se detuvieron y giraron en sus sillas de montar,esperando a los otros. Entonces uno de ellos señaló, más allá de losespectadores escondidos. Se escuchó un grito, demasiado lejano para sercomprendido. Los soldados de atrás trotaron hasta el carro, se reunieron consus compañeros, y los cuatro volvieron a mirar hacia arriba. Hubo un pocode discusión, y dos jinetes regresaron trotando a lo largo del camino. —Oh, maldición —dijo Polly—. ¿Qué han descubierto? Los jinetes pasaron más allá de su escondite. Unos momentos después,oyeron que los caballos entraban en el bosque. —¿Corremoz y loz tomamoz? —dijo Jade. —Deja que Jackrum lo haga —dijo Maladict. —Pero si lo hace, y los hombres no regresan... —empezó Polly. —Cuando no regresen —la corrigió Maladict. —... entonces esos otros dos sospecharán, ¿verdad? Probablemente uno
  • 165. se quedará aquí, el otro irá a conseguir ayuda. —Entonces nos acercaremos y esperaremos —dijo Maladict—. Miren,han desmontado. El carro se ha detenido, también. Si parece que estánpreocupados, iremos sobre ellos. —¿Y haremos qué, exactamente? —dijo Polly. —Amenazar con dispararles —dijo Maladict con firmeza. —¿Y si no nos creen? —Entonces amenazaremos con dispararles con una voz mucho másfuerte —dijo Maladict—. ¿Feliz? ¡Y espero por el infierno que tengan un pocode café! --- Hay tres cosas que un soldado quiere hacer cuando hay un descanso enel camino. Una involucra encender un cigarrillo, una involucra encender unfuego, y la otra no involucra ninguna llama en absoluto pero, en general,necesita un árbol. 13 Los dos soldados de caballería tenían un fuego a pleno y un cazoechando vapor cuando un joven saltó del carro, estiró los brazos, miró,bostezó, y se paseó un poco dentro del bosque. Encontró un árbolconveniente y, un momento más tarde, estaba aparentemente revisando lacorteza a la altura de los ojos con estudiado entusiasmo. La punta de acero de una flecha de ballesta se apretó contra su nuca yuna voz dijo: —¡Levante las manos y dé media vuelta despacio! —¿Qué, ahora mismo? —Hum... muy bien, no. Puede terminar lo que está haciendo. —En realidad creo que va a ser muy imposible. Permítame sólo, er...correcto. De acuerdo. —El hombre levantó las manos otra vez—. ¿Se dacuenta de que sólo tengo que gritar?13 En realidad un árbol no es, técnicamente, necesario, pero parece que se insiste por razones de estilo. (Nota delautor)
  • 166. —¿Y entonces? —dijo Polly—. Sólo tengo que apretar este gatillo.¿Haremos una carrera? El hombre dio media vuelta. —¿Ven? —dijo Polly, retrocediendo—. Es él otra vez. De Worde. Elhombre que escribe. —¡Ustedes son ellos! —dijo. —¿Elloz quién? —dijo Jade. —Oh cielos —dijo Maladict. —¡Miren, daría cualquier cosa por hablar con ustedes! —dijo de Worde—. ¿Por favor? —¡Usted está con el enemigo! —siseó Polly. —¿Qué? ¿Ellos? ¡No! Son del regimiento de Lord Herrumbre.[31] ¡DeAnkh-Morpork! ¡Han sido enviados para protegernos! —¿Soldados para protegerlo en Borogravia? —dijo Maladict—. ¿Dequién? —¿Usted quiere decir de quién? Er... bien... de ustedes, en teoría. Jade se inclinó hacia abajo. —Efizientez, verdad... —Miren, debo hablar con ustedes —dijo el hombre con urgencia—. ¡Estoes asombroso! ¡Todos los están buscando! ¿Ustedes mataron a esa viejapareja en el bosque? Unas aves cantaron. Lejos, se escuchó la llamada de la hembra delpájaro carpintero de penacho azul. —Una patrulla encontró las tumbas recientes —dijo de Worde. Arriba, a gran altura, una garza de hielo, emigrante del invierno del Eje,lanzó un feo bocinazo mientras buscaba los lagos. —Supongo que no, entonces —dijo de Worde. —Los enterramos —dijo Maladict fríamente—. No sabemos quién losmató. —Tomamos algunas verduras —dijo Polly. Recordó que se había reídopor eso. Lo cierto es que fue sólo porque era eso o empezar a llorar, peroaun así... —¿Han estado viviendo de la tierra? —Había sacado una libreta del
  • 167. bolsillo y estaba haciendo garabatos con un lápiz. —No tenemos que hablar con usted —dijo Maladict. —¡No, no, deben hacerlo! ¡Hay tanto que tienen que saber! Ustedesestán en el... Arriba-y-Abajo, ¿correcto? —Entrar-y-Salir —dijo Polly. —Y ustedes... —empezó el hombre. —Ya he tenido suficiente de esto —dijo Maladict; se alejó del árbol yentró en el claro. Los dos soldados levantaron la mirada del fuego, y huboun momento de inmovilidad antes de que uno buscara su espada. Maladict balanceó el arco rápidamente de uno al otro, hipnotizándoloscon la punta como un reloj de péndulo. —Solamente tengo un tiro pero hay dos de ustedes —dijo—. ¿A quién ledispararé? Ustedes eligen. Ahora, escuchen muy cuidadosamente: ¿dóndeestá su café? Tienen café, ¿verdad? ¡Vamos, todos tienen café! ¡Suelten losfrijoles! Miraron la ballesta y sacudieron la cabeza lentamente. —¿Y qué me dice de usted, hombre escritor? —gruñó Maladict—.¿Dónde ha escondiendo el café? —Sólo tenemos cocoa —dijo el escritor, levantando las manosrápidamente cuando Maladict se volvió contra él—. Si quiere servirse... Maladict dejó caer su ballesta, que se disparó directo en el aire, 14 y sesentó con la cabeza entre sus manos. —Todos vamos a morir —dijo. Los soldados se movieron como paralevantarse, y Jade alzó su árbol. —Ni ziquiera pienzen en ezo —dijo. Polly se volvió hacia el escritor. —¿Quiere que hablemos con usted, señor? Entonces usted hable connosotros. ¿Se trata de... las medias... del Príncipe Heinrich? Maladict se puso de pie con un movimiento loco.14 Y falló de darle a algo, especialmente a un pato. Es tan poco habitual en situaciones como ésta que debería serinformado bajo nuevas reglas de humor. Si le hubiera acertado a un pato, que graznaría y luego aterrizaría en lacabeza de alguien, por supuesto que habría sido muy gracioso e indudablemente habría sido informado. En cambio,continuó un poco en la brisa y se clavó en un roble, a unos treinta pies de distancia, donde falló a una ardilla.(Nota del autor)
  • 168. —¡Digo que terminemos con todos ellos y nos vayamos a casa! —dijo, anadie en particular—. ¡Uno, Dos, Tres! ¡Para Qué Peleamos![32] —¿Medias? —dijo el escritor, mirando nervioso al vampiro—. ¿Quétienen que ver unas medias con todo esto? —Acabo de darte una orden, Polly —dijo Maladict. —¿Qué cree usted que no sabemos? —insistió Polly, mirando furiosa ade Worde. —Bien, para empezar son todo lo que queda de Entrar-y-Salir... —¡Eso no es verdad! —Oh, hay prisioneros y heridos, creo. ¿Pero por qué les mentiría? ¿Porqué lo llamó Polly? —Porque sé mucho sobre las aves —dijo Polly, maldiciendomentalmente—. ¿Cómo sabe qué sucede con el regimiento? —Porque es mi trabajo saber cosas —dijo el hombre—. ¿Qué ave es ésaallá arriba? Polly levantó la vista. —No tengo tiempo para juegos estúpidos —dijo—. Y ésa es una... —paró. Algo estaba girando a gran altura, en el azul prohibido. —¿No lo sabe? —dijo de Worde. —Sí, por supuesto que lo sé —dijo Polly con irritación—. Es un halcónratonero de cuello blanco. Pero creía que nunca llegaban tan lejos en lasmontañas. Sólo alguna vez vi uno en un libro... —Levantó el arco otra vez, ytrató de tomar el control—. ¿Tengo razón, señor Es-mi-trabajo-saber-cosas? De Worde levantó las manos otra vez y sonrió pálido. —Probablemente —dijo—. Vivo en una ciudad. Distingo gorriones deestorninos. Después de eso todo es un pato hasta donde sé. Polly lo miró furiosa. —Miren, por favor —dijo el hombre—. Tienen que escucharme. Tienenque saber cosas. Antes de que sea demasiado tarde. Polly bajó el arco. —Si quiere hablar con nosotros, espere aquí —dijo—. Cabo, nos vamos.¡Carborundum, recoge a esos soldados! —Espera —dijo Maladict—. ¿Quién es el Cabo en este escuadrón?
  • 169. —Tú —dijo Polly—. Y estás babeando, y balanceándote, y tus ojos seven raros. Entonces, ¿cuál era tu idea, por favor? Maladict lo consideró. Polly estaba cansada y asustada y en algún lugardentro de ella todo esto se estaba convirtiendo en cólera. La suya no erauna expresión que quisieras ver en el otro extremo de una ballesta. Unaflecha no podía matar a un vampiro, pero no quería decir que no doliera. —Correcto, sí —dijo—. ¡Carborundum, recoge a esos soldados! ¡Nosvamos! --- Se escuchó un silbido de ave mientras Polly se acercaba al escondite. Loidentificó como el sonido del Muy Mal Imitador de Aves, y tomó nota paraenseñarles a las chicas algunas llamadas de aves que por lo menos sonaranreales. Era más difícil de hacer que lo que pensaba la mayoría de laspersonas. El escuadrón estaba en la hondonada, armado y por lo menos parecíapeligroso. Hubo cierta cantidad de alivio cuando vieron que Jade cargaba alos dos soldados atados. Dos más estaban sentados desconsoladamentecontra el despeñadero, las manos atadas por detrás. Maladict caminó elegantemente hacia Blouse y saludó. —Dos prisioneros, ET, y Perks piensa que hay alguien ahí abajo conquien usted debería hablar. —Se inclinó—. El hombre del periódico, señor. —Entonces nos mantendremos a buena distancia de él —dijo Blouse—.¿Eh, Sargento? —¡Correcto, señor! —dijo Jackrum—. ¡Nada más que problema, señor! Polly saludó locamente. —¡Por favor, señor! ¡Permiso para hablar, señor! —¿Sí, Perks? —dijo Blouse. Polly vio que había una oportunidad, y solamente una. Tenía queaveriguar sobre Paul. Ahora su mente trabajaba tan rápido como la nocheanterior sobre la colina, cuando atacó al hombre con el libro de claves. —Señor, no sé si merece que le hable, señor, pero puede merecer ser
  • 170. escuchado. Incluso si piensa que sólo nos dirá mentiras. Porque a veces,señor, por la manera en que las personas mienten, si le dicen suficientesmentiras, bien, de alguna manera... le muestran qué forma tiene la verdad,señor. Y no tenemos que decirle la verdad, señor. Podríamos mentirle,también. —No soy por naturaleza un hombre mentiroso, Perks —dijo Blousefríamente. —Me alegra escucharlo, señor. ¿Estamos ganando la guerra, señor? —¡Para con eso ahora mismo, Perks! —rugió Jackrum. —Era solamente una pregunta, sarge —le reprochó Polly. El escuadrón esperaba alrededor del claro, con las orejas chupandocada sonido. Todos conocían la respuesta. Esperaban que él la dijera en vozalta. —Perks, esta clase de charla difunde Desaliento —empezó Blouse, perolo dijo como si no lo creyera y que no le importaba quién lo sabía. —No, señor. No realmente. Es mejor que ser engañado —dijo Polly.Cambió la voz, le dio ese tono que su madre solía usar con ella cuando laestaba regañado—. Mentir es malvado. A nadie le gusta un mentiroso.Dígame la verdad, por favor. Algún armónico de ese tono debía haber encontrado un lugar en unaantigua parte del cerebro de Blouse. Cuando Jackrum abrió la boca pararugir, el teniente alzó la mano. —No estamos ganando, Perks. Pero todavía no hemos perdido. —Creo que todos lo sabemos, señor, pero es bueno escucharle decirlo—dijo Polly, con una sonrisa alentadora. Eso también pareció resultar. —Supongo que no hay daño en ser por lo menos cortés con eldesgraciado —dijo Blouse, como si pensara en voz alta—. Puede revelarinformación valiosa bajo un astuto interrogatorio. Polly miró al Sargento Jackrum, que miraba hacia arriba como unhombre en oración. —Permiso para ser el hombre que interrogue al caballero, señor —dijoel Sargento.
  • 171. —Permiso denegado, Sargento —dijo Blouse—. Me gustaría que viva yno quiero perder otro lóbulo. Sin embargo, puede llevar a Perks al carro yconducirlo hasta aquí. Jackrum le hizo un elegante saludo. Polly ya había aprendido areconocerlo; significaba que Jackrum ya había hecho planes. —Muy bien, señor —dijo—. Vamos, Perks. Jackrum se mantenía callado mientras caminaban sobre la pendientealfombrada de agujas. Entonces, después de un rato, dijo: —¿Sabes por qué los soldados de caballería encontraron nuestropequeño rincón, Perks? —No, sarge. —El teniente ordenó a Shufti que apagara el fuego inmediatamente. Nisiquiera hacía humo. Así que Shufti va y vuelca la tetera sobre él. Polly lo pensó unos segundos. —¿El vapor, sarge? —¡Correcto! En una condenada gran nube que subía. No fue culpa deShufti. Los soldados no fueron problema, sin embargo. Por lo menos lobastante inteligentes para no tratar de escapar de media docena deballestas. Son inteligentes para ser soldados de caballería. —Bien hecho, sarge. —No me hables como si fueras un rupert, muchacho —dijo Jackruminmediatamente. —Lo siento, sarge. —Veo que estás aprendiendo cómo dirigir a un oficial, sin embargo.Tienes que asegurarte de que te dé las órdenes correctas, ¿lo ves? Harás unbuen Sargento, Perks. —No quiero serlo, sarge. —Sí, correcto —dijo Jackrum. Podía significar cualquier cosa. Después de observar el sendero uno o dos minutos salieron y fueronhacia el carro. De Worde estaba sentado sobre un taburete junto a él,escribiendo en una libreta, pero se puso de pie apresuradamente cuando losvio. —Sería buena idea salir del sendero —dijo, tan pronto como se
  • 172. acercaron—. Hay muchas patrullas, entiendo. —¿Patrullas de Zlobenia, señor? —dijo Jackrum. —Sí. En teoría, esto... —señaló la bandera que colgaba floja del carro—... debería mantenernos a salvo, pero todos están un poco nerviosos por elmomento. ¿No es usted el Sargento Jack Ram? —Jackrum, señor. Y le agradeceré que no escriba mi nombre en supequeño libro, señor. —Lo lamento, Sargento, pero ése es mi trabajo —dijo de Wordealegremente—. Tengo que escribir las cosas. —Bien, señor, ser soldado es mi trabajo —dijo Jackrum, trepando alcarro y recogiendo las riendas—. Pero usted notará que en este momento nolo estoy matando. Nos vamos, ¿eh? Polly se trepó en la parte posterior del carro mientras arrancabapesadamente. Estaba llena de cajas y equipo, y mientras alguna vez podíahaber estado organizado prolijamente, esa organización era ahora sólo unrecuerdo distante, clara señal de que este carro era propiedad de unhombre. Junto a ella, dormitaba media docena de las palomas más grandesque alguna vez hubiera visto, sobre una percha en una jaula de alambre, yse preguntó si era una despensa viviente. Una de ellas abrió un ojo y dijoperezosamente ‘¿Lollollop?’, que en paloma quiere decir ‘¿Duh?’ La mayor parte del resto de las cajas tenían etiquetas como —se inclinómás cerca— ‘Bollos de Campo Patente del Capitán Horace Calumney’, y‘Estofado Deshidratado’. Mientras reflexionaba que a Shufti le hubieragustado meter sus manos en una o dos de esas cajas, un bulto de ropa quecolgaba del techo del carro que se mecía se movió ligeramente y aparecióuna cara. —Fuen dia —dijo, cabeza abajo. William de Worde dio media vuelta sobre el asiento de adelante. —Es solamente Otto, Soldado —dijo—. No tema. —Sí, no lo morderé —dijo la cara alegremente. Sonrió. La cara de unvampiro no se ve mucho mejor al revés, y una sonrisa en estascircunstancias no hace nada para mejorarla—. Eso está garantizado. Polly bajó la ballesta. Jackrum se habría impresionado al ver qué rápido
  • 173. la había levantado. También ella, y se sentía avergonzada. Las mediasestaban teniendo ideas otra vez. Otto bajó muy elegantemente a la cama del carro. —¿A dónde famos? —dijo, sujetándose cuando rebotaron sobre unaraíz. —A un pequeño lugar que conozco, señor —dijo Jackrum—. Bonito ysilencioso. —Fien. Tengo que ejercitar a los duendes. Se ponen irritafles si estánencerrados demasiado tiempo. —Otto empujó a un lado una pila de papel yreveló su gran caja de hacer imágenes. Levantó una pequeña escotilla. —Lefántense y frillen, muchachos —dijo. Se escuchó un coro de vocesagudas desde el interior. —Es mejor que marque sus cartas respecto a Tigre, Sr. de Worde —dijoJackrum, mientras el carro rodaba cuesta arriba por una vieja huella deleñadores. —¿Tigre? ¿Quién es Tigre? —Oops —dijo Jackrum—. Lo siento, así es como llamamos al Teniente,señor, teniendo en cuenta que es tan valiente. Olvide que lo dije, por favor. —Valiente, ¿eh? —dijo de Worde. —E inteligente, señor. No deje que lo engañe, señor. Es una de lasgrandes mentes militares de su generación, señor. La boca de Polly se abrió. Había sugerido que le mintieran al hombre,pero... ¿esto? —¿De veras? Entonces, ¿por qué es sólo un teniente? —dijo el escritor. —Ah, puedo ver que nadie lo engaña, señor —dijo Jackrum, irradiandocomplicidad—. Sí, es un enigma, señor, por qué dice que es un teniente. Sinembargo, me atrevo a decir que tiene sus razones, ¿eh? Como Heinrichdiciendo que es un capitán, ¿correcto? —Se tocó el costado de la nariz—.¡Veo todo, señor, y no digo una palabra! —Todo lo que pude encontrar fue que hizo alguna clase de trabajo deescritorio en sus cuarteles, Sargento —dijo de Worde. Polly vio que sacabasu libreta, lenta y cautelosamente. —Sí, supongo eso es lo que usted encontraría, señor —dijo Jackrum,
  • 174. con un enorme guiño conspirador—. Y entonces, cuando las cosas se ponenpeores, lo dicen, señor. Lo sueltan, señor. Yo, no sé nada, señor. —¿Qué hace, explosivos? —dijo de Worde. —¡Jaja, qué bueno, señor! —dijo Jackrum—. No, señor. Lo que hace,señor, es evaluar situaciones, señor. No lo comprendo, señor, no soy ungran pensador, pero la prueba del pudín, el señor, está en el comerlo, yanoche cuando fuimos atacados por ocho... veinte soldados de Zlobenia,señor, y el teniente simplemente evaluó la situación en un instante y ensartóen una brocheta a cinco cabrones, señor. Como un kebab, señor. Mansocomo la leche si lo mira, pero excítelo y es un remolino de muerte. Porsupuesto, usted no lo escuchó de mí, señor. —¿Y está a cargo de un grupo de reclutas, Sargento? —dijo de Worde—.No me parece muy probable. —Reclutas que capturaron algunos soldados de caballería de primera,señor —dijo Jackrum, con aspecto dolido—. Eso es liderazgo para usted.Llega el momento, llega el hombre, señor. Soy sólo un viejo y simplesoldado, señor, los he visto llegar e irse. Se lo juro, no soy un hombrementiroso, señor, pero miro al Teniente Blouse con admiración. —Me pareció confundido, a mí —dijo de Worde, pero había un atisbo deincertidumbre en su voz. —Estaba un poco conmocionado, señor. Se dio un golpazo que habríaderribado a un hombre menor, y todavía sigue de pie. ¡Asombroso, señor! —Hum —dijo de Worde, tomando nota. El carro chapoteó a través de la pequeña corriente poco profunda y sebamboleó en la hondonada. El Teniente Blouse estaba sentado sobre unaroca. Había hecho un esfuerzo, pero su guerrera estaba sucia, sus botasembarradas, su mano hinchada y una oreja, a pesar de los cuidados deIgorina, todavía inflamada. Tenía la espada sobre sus rodillas. Jackrumdetuvo el carro cuidadosamente junto a un matorral de abedules. Los cuatrosoldados enemigos estaban atados, contra el despeñadero. Aparte de ellos,el campamento parecía estar desierto. —¿Dónde está el resto de los hombres, Sargento? —susurró De Wordemientras se deslizaba del carro.
  • 175. —Oh, están por aquí, señor —dijo Jackrum—. Observándolo.Probablemente no sea buena idea hacer movimientos repentinos, señor. Nadie más era visible... y entonces Maladict apareció a la vista. Las personas en realidad nunca miran las cosas, Polly lo sabía. Echanun vistazo. Y lo que había sido un poco de maleza era ahora el CaboMaladict. Polly lo miró. Había cortado un agujero en el centro de su viejamanta, y el barro y las manchas de pasto sobre el gris mohoso lo habíanconvertido en parte del paisaje hasta que saludó. También había ramitasfrondosas alrededor de su sombrero. El Sargento Jackrum se quedó atónito. Polly nunca antes lo había vistoquedarse atónito, pero el Sargento tenía la cara para hacerlo a nivel decampeonato. Podía sentir que lanzaba su aliento mientras que al mismotiempo empalmaba palabrotas para un correcto trueno real —y entoncesrecordó que estaba haciendo de Sargento Gran Hombre Gordo y Alegre, y noera el momento de hacer una suave transición a Sargento Incandescente. —Muchachos, ¿eh? —rió entre dientes dirigiéndose a de Worde—. ¿Enqué pensarán después? De Worde asintió nervioso, sacó un montón de periódicos de abajo desu asiento, y avanzó hacia el Teniente. —El Sr. de Worde, ¿verdad? —dijo Blouse, poniéndose de pie—. Perks,¿puedes hacer una taza de, er, ‘saloop’ para el Sr. de Worde? Buenmuchacho. Tome una roca, señor. —Qué bueno que aceptara verme, Teniente —dijo de Worde—. ¡Pareceque usted ha estado en varias guerras! —añadió, en un intento dejovialidad. —No, solamente ésta —dijo Blouse, perplejo. —Quise decir que ha sido herido, señor —dijo de Worde. —¿Éstas? Oh, no son nada, señor. Me temo que la de mi mano seaautoinfligida. Práctica de espada, ya sabe. —¿Usted es zurdo entonces, señor? —Oh, no. Polly, lavando un jarro, escuchó que Jackrum decía por un costado de laboca:
  • 176. —¡Debería haber visto a los otros dos tipos, señor! —¿Está consciente del progreso de la guerra, Teniente? —dijo deWorde. —Usted dígame, señor —dijo Blouse. —Todo su ejército está encerrado en el valle Kneck. Atrincherado,principalmente, más allá del alcance del armamento del torreón. Sus fuertesa todo lo largo de la frontera han sido capturados. Las guarniciones en Drerpy Glitz y Arblatt están aplastadas. Hasta donde sé, Teniente, los de suescuadrón son los únicos soldados que todavía resisten. Por lo menos —añadió—, los únicos que todavía pelean. —¿Y mi regimiento? —dijo Blouse con calma. —Los restos del Décimo tomaron parte de un intento valiente pero,francamente, suicida de retomar el torreón de Kneck hace algunos días,señor. La mayoría de los supervivientes son prisioneros de guerra, y tengoque decirle que casi todo su alto mando ha sido capturado. Estaban en eltorreón cuando fue tomado. Hay calabozos grandes en ese fuerte, señor, yestán bastante llenos. —¿Por qué debería creerle? Yo le creo, pensó Polly. Así que Paul está muerto, herido o capturado. Yno ayuda mucho pensar que son dos posibilidades de tres de que esté vivo. De Worde lanzó sus periódicos a los pies del Teniente. —Todo está ahí, señor. No lo inventé. Es la verdad. Seguirá siendoverdad, lo crea o no. Hay más de seis países aliados contra ustedes,incluyendo Genua y Mouldavia y Ankh-Morpork. No hay nadie de su lado.Están solos. La única razón de que no estén vencido aún es porque no loadmiten. ¡He visto a sus generales, señor! ¡Grandiosos jefes, y sus hombrespelean como demonios, pero no se rendirán! —Borogravia no conoce el significado de la palabra ‘rendición’, Sr. deWorde —dijo el Teniente. —¿Puedo prestarle un diccionario, señor? —interrumpió de Worde, conla cara roja—. ¡Es muy similar al significado de ‘hacer alguna clase de pazmientras tiene oportunidad’, señor! ¡Es más o menos como ‘irse mientrastodavía tiene una cabeza’, señor! Santo cielo, señor, ¿no comprende? ¡La
  • 177. razón de que todavía haya un ejército en el valle Kneck es que los aliados nohan decidido qué hacer con él! ¡Están hartos de masacre! —¡Ah, así que todavía nos defendemos! —dijo Blouse. De Worde suspiró. —Usted no comprende, señor. Están hartos de masacrarlos a ustedes.Ahora tienen el torreón. Hay algunas grandes máquinas de guerra alláarriba. Ellos... francamente, señor, algunos de los aliados barrerían susrestos así de pronto. Sería como dispararle a ratas en un barril. Los tienen asu merced. Y con todo, siguen atacando. ¡Atacan el torreón! Está sobre rocapura y tiene murallas de cien pies de altura. Ustedes hacen avances a travésdel río. Están acorralados y no tienen dónde ir y los aliados simplementepodrían masacrarlos cuando quieran, y ustedes actúan como si sóloestuvieran enfrentando alguna clase de revés temporal. ¡Eso es lo que estáocurriendo realmente, teniente! Ustedes son sólo un último y pequeñodetalle. —Tenga cuidado, por favor —advirtió Blouse. —Excúseme, señor, pero ¿sabe algo sobre la historia reciente? En losúltimos treinta años les han declarado la guerra a cada uno de sus vecinospor lo menos una vez. Todos los países luchan, pero ustedes pelean. ¡Yentonces el año pasado invadieron Zlobenia otra vez! —Ellos nos invadieron, Sr. de Worde. —Ha estado mal informado, teniente. Ustedes invadieron la provincia deKneck. —Fue confirmada como Borograviana por el Tratado de Lint, hace másde cien años. —Firmado en punta de espada, señor. Y a nadie le importa ahora, entodo caso. Todo ha ido más allá de sus pequeñas y estúpidas refriegasreales. Porque sus hombres derribaron el Gran Baúl, mire. Las torres declacks. E hicieron pedazos el camino de los coches. Ankh-Morpork loconsidera una actividad de bandidos. —¡Tenga cuidado, dije! —dijo Blouse—. Noto que exhibe la bandera deAnkh-Morpork con evidente orgullo en su carro. —Civis Morporkias sum, señor.[34] Soy ciudadano de Ankh-Morpork.
  • 178. Podría decir que Ankh-Morpork me protege bajo su amplia y algo grasosaala, aunque estoy de acuerdo en que la metáfora podría necesitar un pocode trabajo. —Sus soldados de Ankh-Morpork no están en posición de protegerlo, sinembargo. —Señor, tiene razón. Podría matarme ahora mismo —dijo de Worde,sencillamente—. Usted lo sabe. Yo lo sé. Pero no lo hará, por tres razones.Los oficiales de Borogravia suelen ser honorables. Todos lo dicen. Es por esoque no se rinden. Y sangro muy penosamente. Y no necesita hacerlo, porquetodos están interesados en ustedes. De repente, todo ha cambiado. —¿Interesados en nosotros? —Señor, en cierto sentido podría ayudar mucho ahora mismo.Aparentemente las personas de Ankh-Morpork quedaron asombradascuando... mire, ¿ha escuchado sobre lo que llamamos ‘interés humano’,señor? —No. De Worde trató de explicar. Blouse escuchaba con la boca abierta y, alfinal, dijo: —¿Lo he entendido bien? ¿Aunque muchas personas fueron muertas yheridas en esta desgraciada guerra, no ha sido de mucho ‘interés’ para suslectores? ¿Pero ahora sí, sólo por nosotros? ¿Por una pequeña escaramuzaen una ciudad de la que nunca oyeron hablar? ¿Y por eso, de repente somosun ‘pequeño país valiente’ y las personas le están diciendo a su periódicoque su gran ciudad debería estar de nuestro lado? —Sí, Teniente. Pusimos una segunda edición anoche, mire. Después deaveriguar que el ‘Capitán Horentz’ era realmente el Príncipe Heinrich. ¿Losabía en ese momento, señor? —¡Por supuesto que no! —escupió Blouse. —Y tú, Soldado, er, Perks, ¿le habrías pateado los... lo habrías pateadode haberlo sabido? Polly dejó caer un jarro por el nerviosismo, y miró a Blouse. —Puedes responder, por supuesto, Perks —dijo el Teniente. —Bien, sí, señor. Lo habría pateado. Más duro, probablemente. Me
  • 179. estaba defendiendo, señor —dijo Polly, evitando cuidadosamente los detallesadicionales. No podías estar segura de qué haría con ellos alguien como deWorde. —Correcto, bueno, sí —dijo de Worde—. Entonces te pondrás contentocon esto. Nuestro caricaturista Fizz lo dibujó para la edición especial.[33]Estaba en la portada. Hemos vendido una cantidad récord de copias. —Lepasó un delgado trozo de papel, que había sido doblado muchas veces porlos pliegues que tenía. Era un dibujo lineal, con mucho sombreado. Mostraba una enormefigura con una gran espada, un monstruoso monóculo y un bigote tan anchocomo una percha, amenazando a una figura mucho más pequeña armadacon nada más que un instrumento para levantar remolachas —a decirverdad había una betarraga clavada en la punta. Por lo menos, eraevidentemente lo que había estado ocurriendo hasta el momento cuando lafigura más pequeña, que llevaba un regular intento de sombrero de losEntrar-y-Salir y una cara que se parecía ligeramente a la de Polly, pateaba alotro directamente en las regiones inguinales. Una especie de globo salía dela boca de Polly, conteniendo las palabras: ‘¡Eso es para sus DerechosReales, so Parásito!’ El globo que salía de la boca del otro, que sólo podía serel Príncipe Heinrich, decía: ‘¡Oh mi Sucesión! ¡Una Cosa tan Pequeña puedeDoler Tanto!’ Y en el fondo, una obesa mujer con vestido de noche arrugadoy un enorme yelmo anticuado apretaba sus manos contra un pechoincreíblemente grande, mirando la lucha con una mezcla de preocupación yadmiración, y su globo decía: ‘¡Oh mi Amante! ¡Temo que nuestro Amorío sehaya Abreviado!’ Ya que nadie más estaba diciendo nada, sino que simplemente miraban,de Worde dijo, algo nervioso: —Fizz es bastante, er, directo en estos temas, pero asombrosamentepopular. Ejem. Mire, lo curioso es que aunque Ankh-Morpork seaprobablemente la bravucona más grande por aquí, de una sutil manera,tenemos sin embargo debilidad por las personas que enfrentan a losbravucones. Especialmente a los de realeza. Tendemos a estar de su lado,siempre que no nos cueste demasiado.
  • 180. Blouse se aclaró la garganta. —Tiene un buen parecido a ti, Perks —dijo roncamente. —¡Sólo usé la rodilla, señor! —protestó Polly—. ¡Y esa obesa dama noestaba ahí, indudablemente! —Esa es Morporkia[35] —dijo de Worde—. Una especie de representaciónde la ciudad, excepto que en su caso no está cubierta de barro y hollín. —Y por mi parte tengo que añadir —dijo Blouse, con su voz de hablaren reunión—, que Borogravia es a decir verdad más grande que Zlobenia,aunque la mayor parte del país no sea más que unas laderas estériles... —Eso no importa en realidad —dijo de Worde. —¿No? —dijo Blouse. —No, señor. Es sólo un hecho. No es política. En política, señor, lasimágenes como ésta son poderosas. Señor, incluso los comandantes de laalianza están hablando de usted, y los Zlobenianos están enfadados yperplejos. Si ustedes, los héroes del momento, pudieran hacer unadeclaración a favor de un poco de sentido común... El Teniente respiró larga y profundamente. —Ésta es una guerra tonta, Sr. de Worde. Pero soy soldado. He ‘besadoa la Duquesa’, como decimos. Es un juramento de lealtad. No me tiente aque lo viole. Debo luchar por mi país. Rechazaremos a todos los invasores.Si hay desertores, los encontraremos y los recuperaremos otra vez.Conocemos el país. Mientras seamos libres, Borogravia será libre. Ya hatenido ‘su palabra’. Gracias. ¿Dónde está ese té, Perks? —¿Qué? ¡Oh, casi listo, señor! —dijo Polly, regresando al fuego. Había sido una repentina idea extraña, pero fue un plan estúpido.Ahora, aquí, eran visibles todas las desventajas. ¿Cómo haría para que Paulvolviera a casa? ¿Querría venir? ¿Podría lograrlo? Incluso si todavíaestuviera vivo, ¿cómo podía sacarlo de una prisión? —Así que será luchador de guerrillas, ¿eh? —dijo el Sr. de Worde,detrás de ella—. Locos, todos ustedes. —No, no somos irregulares —dijo Blouse—. Besamos a la Duquesa.Somos soldados. —Oh, bien —dijo de Worde—. Entonces admiro su espíritu, por lo
  • 181. menos. Ah, Otto... El vampiro iconografeador se acercó, y les sonrió con timidez. —No teman. Soy un Cinta Negra, exactamente como su Cabo —dijo—.La luz es mi pasión ahora. —¿Oh? Er... bien hecho —dijo Blouse. —Toma las imágenes, Otto —dijo de Worde—. Estos caballeros tienenuna guerra que pelear. —Por simple interés, Sr. de Worde —interrumpió Blouse—, ¿cómo enviólas imágenes a su ciudad tan rápidamente? Magia, supongo. —¿Qué? —De Worde pareció momentáneamente fuera de equilibrio—.Oh no, señor. Los Magos son costosos y el Comandante Vimes ha dicho queno habrá ningún uso de magia en esta guerra. Enviamos las cosas porpaloma a nuestra oficina en el torreón y luego por los clacks desde la torremás cercana. —Oh, ¿de veras? —dijo Blouse, mostrando bastante más animación quela que Polly había visto hasta ahora—. ¿Usando números para indicar unaescala de grises, quizás? —¡Mein Gotts! —dijo Otto. —Bien, sí, en realidad —dijo de Worde—. Estoy muy impresionado deque usted... —He visto las torres de clacks sobre la ribera opuesta del Kneck —dijoBlouse, los ojos encendidos—. Idea muy ingeniosa, usar grandes cajascerradas en vez de los anticuados brazos de semáforo. ¿Y estaría en lo ciertosi conjeturo que la caja encima, que abre sus obturadores una vez porsegundo, es una especie de sistema, er, un reloj que asegura que toda lalínea de clacks mantenga el paso? Oh, bien. Eso pensé. Un clack porsegundo es probablemente el límite de los mecanismos, ¿de modo queindudablemente todos sus esfuerzos ahora están concentrados en maximizarel contenido de la información contenida por obturador? Sí, imaginé que ésesería el caso. Como para enviar imágenes, bien, tarde o temprano todas lascosas son los números, ¿sí? Por supuesto, usted usaría cada una de las doscolumnas de cuatro cajas para enviar una clave de gris, pero debe ser muylento. ¿Ha considerado comprimir el algoritmo?[36]
  • 182. De Worde y Chriek intercambiaron miradas. —¿Está seguro de que no ha estado hablando con alguien sobre esto,señor? —dijo el escritor. —Oh, todo es muy elemental —dijo Blouse, sonriendo con felicidad—.Había pensado en eso en el contexto de mapas militares que son, porsupuesto, principalmente espacios en blanco. De modo que me preguntabasi sería posible indicar una sombra necesaria en una columna y, del otrolado, indicar la distancia que a lo largo de ese rango esa sombra persistiría.Y un encantador adicional aquí es que si su mapa está sólo en blanco ynegro, entonces incluso tiene más... —No ha visto el interior de una torre de clacks, ¿verdad? —dijo deWorde. —Desafortunadamente no —dijo Blouse—. Esto es sólo ‘pensar en vozalta’ sobre la base de la existencia de facto de su imagen. Creo que puedover una cantidad de otros, ejem, trucos matemáticos para que el pasaje dela información sea aun más veloz, pero estoy seguro de que ya se le hanocurrido a usted. Por supuesto, una modificación bastante menor podríapotencialmente duplicar la carga de información de todo el sistema en cadagolpe. Y eso es sin usar filtros de color por la noche, que estoy seguro deque incluso con el agregado de esfuerzo mecánico adicional seguramenteincrementaría el caudal de proceso y transferencia por... Lo siento, ¿dijealgo equivocado? Los dos hombres tenían una mirada vidriosa. De Worde se sacudió. —Oh... rr, no. Nada —dijo—. Er... parece haber entendido las cosas,bastante... rápidamente. —Oh, fue perfectamente sencillo en cuanto empecé a pensarlo —dijoBlouse—. Fue exactamente igual que cuando tuve que rediseñar el sistemade clasificación del departamento, mire. Las personas desarrollan algo quefunciona. Entonces las circunstancias cambian, y tienen que hacerlepequeños ajustes para que continúe funcionando, y están tan ocupadosjugando al mecánico que no pueden ver que es mejor idea desarrollar todoun nuevo sistema que se adapte a las nuevas circunstancias. Pero para unode afuera, la idea es obvia.
  • 183. —En la política además de, er, en los sistemas de archivo y en losclacks, ¿no cree? —dijo de Worde. La frente de Blouse se arrugó. —Lo siento, creo que no lo sigo... —dijo. —¿Estaría de acuerdo en que a veces el sistema de un país está tandesactualizado que solamente los de afuera pueden ver la necesidad de uncambio total? —dijo de Worde. Sonrió. El Teniente Blouse no. —Sólo un punto a considerar, tal vez —dijo de Worde—. Er... ya queusted desea lanzar al mundo un desafío, ¿se opone a que mi colega le tomesu imagen? Blouse se encogió de hombros. —Si le satisface —dijo—. Es una Abominación, por supuesto, pero estosdías es difícil encontrar algo que no lo sea. Debe decirle al mundo, Sr. deWorde, que Borogravia no se rendirá. No lo haremos. Seguiremos luchando.Escríbalo en su pequeña libreta, por favor. ¡Mientras podamos resistir,patearemos! —Sí, pero una vez más, ¿podría implorarle que usted...? —Sr. de Worde, estoy seguro de que escuchó el dicho de que la plumaes más fuerte que la espada. De Worde se esponjó un poco. —Por supuesto, y yo... —¿Quiere probarlo? Tome su imagen, señor, y luego mis hombres loacompañarán hasta su camino. Otto Chriek se puso de pie y se inclinó ante Blouse. Arregló su caja deimágenes. —Tan sólo tomará un minuto —dijo. Nunca es así. Polly observó con fascinación horrorizada mientras Ottotomaba imagen tras imagen del Teniente Blouse en una variedad de posesque él pensó como heroicas. Fue terrible ver a un hombre tratando de sacaruna barbilla que, a decir verdad, no tenía. —Muy impresionante —dijo de Worde—. Sólo espero que viva para verloen mi papel, señor. —Lo esperaré con expectación más aguda —dijo Blouse—. Y ahora,
  • 184. Perks, por favor ve con el Sargento y pon a estos dos caballerosnuevamente en su camino. Otto se movió sigilosamente hacia Polly mientras regresaban al carro. —Tengo que decirle algo sofre su fampiro —dijo. —¿Oh, sí? —¿Es su amigo? —dijo Otto. —Sí —dio Polly—. ¿Algo está mal? —Hay un proflema... —Se ha puesto nervioso porque se quedó sin café. —Desafortunadamente, si fuera tan simple. —Otto parecía incómodo—.Tiene que comprender que cuando un fampiro renuncia... a la palabra, hayun proceso que llamamos transferencia. Nos esforzamos a nosotros mismosa desear otra cosa. Para mí no fue doloroso. Ansío la perfección de luz ysombra. ¡Las imágenes son mi vida! Pero su amigo eligió... café. Y ahora notiene nada. —Oh. Ya entiendo. —Me pregunto si lo entiende. Profaflemente a él le parecía sensato. Esun deseo humano, y a nadie le molesta si usted dice, como ser, ‘me mueropor una taza de café’, o ‘mataría por una taza de café’. Pero sin el café,fueno, me temo que... se refierta. Comprenda, es muy difícil para mí haflarde... —la voz de Otto iba desapareciendo. —Por revertir, ¿quiere decir...? —Primero fendrán pequeños delirios, creo. Una susceptifilidad psíquicade toda clase de influencias que quien safe de dónde fienen, y los fampirosalucinan tan fuerte que puede ser contagioso. Creo que ya está ocurriendo.Se folferá... errático. Esto podría durar farios días. Y luego sucondicionamiento se quebrará y será, una fez más, un ferdadero vampiro.No más el Fuen Tipo Fefedor de Café. —¿No puedo hacer algo para ayudarlo? Otto colocó su caja de imágenes con cierta reverencia otra vez en laparte posterior del carro, y se volvió. —Puede fuscar un poco de café, o... puede tener listos una estaca demadera y un gran cuchillo. Estará haciéndole un fafor, créame.
  • 185. —¡No puedo hacer eso! Otto se encogió de hombros. —Encuentre a alguien que lo haga. --- —¡Es asombroso! —dijo de Worde, mientras el carro se mecía a travésde los árboles—. Sé que los clacks están en contra de su religión, peroparece comprender todo sobre ellos. —Como le dije, señor, asesora cosas —dijo Jackrum, sonriendo—.Mente como navaja. —Estaba hablando de los algoritmos de los clacks que las compañíasestán apenas investigando ahora —dijo de Worde—. Ese departamento delque estaba hablando... —Ah, puedo ver que no se le pasa nada, señor —dijo Jackrum—. Muysecreto. No se puede hablar de él. —Francamente, Sargento, siempre supuse que Borogravia era, bien...atrasada. La sonrisa de Jackrum era cérea y brillante. —Si parece que estamos muy atrás, señor, es sólo para que podamostomar velocidad. —Sabe, Sargento, es una gran lástima ver una mente asídesaprovechada —dijo de Worde, mientras el carro se tambaleaba sobre unaraíz—. No es una época de héroes, famosas resistencias y cargas pormuerte-o-gloria. Hágale un favor a sus hombres y trate de decírselo,¿quiere? —Ni soñar con eso, señor —dijo Jackrum—. Aquí está su camino, señor.¿Hacia dónde se dirige ahora? —Al valle Kneck, Sargento. Ésta es una buena historia, Sargento.Gracias. Permítame estrechar su mano. —Me alegra escuchar que lo piense, señor —dijo Jackrum, extendiendosu mano. Polly escuchó el apagado tintineo de monedas al pasar de mano amano. De Worde tomó las riendas.
  • 186. —Pero debo decirle, Sargento, que probablemente enviaremos nuestrascosas por paloma en una hora —dijo—. Tendremos que decir que tienenprisioneros. —No se preocupe por eso, señor —dijo Jackrum—. Antes de que suscompañeros salgan hacia aquí a rescatar a esos soldados, estaremos amedio camino de regreso a las montañas. Nuestras montañas. Partieron. Jackrum los observó mientras se perdían de vista, y se volvióhacia Polly. —Él con sus aires y modales —dijo—. ¿Viste eso? ¡Me insultó dándomeun consejo! —Echó un vistazo a su palma—. Hum, ¿cinco dólares deMorpork? Bien, por lo menos es un hombre que sabe cómo insultaragradablemente —añadió, y las monedas desaparecieron en su chaqueta convelocidad extraordinaria. —Creo que quiere ayudarnos, sarge —dijo Polly. Jackrum la ignoró. —Odio al condenado Ankh-Morpork —dijo—. ¿Quiénes son para decirnosqué hacer? ¿A quién le importa lo que piensan? —¿Cree que realmente podemos unirnos a los desertores, sarge? —Nope. Han desertado una vez, ¿qué los detendrá una segunda?Escupieron sobre la Duquesa cuando desertaron, no pueden besar y hacerlas paces ahora. Uno tiene un beso, eso es todo. —Pero el Teniente Blouse... —El rupert debe apegarse a las sumas. Cree que es un soldado. Nuncacaminó por un campo de batalla en su vida. Toda esa basura que le dio a tuhombre eran cosas de muerte-o-gloria. Y te diré, Perks, he visto a Muertemás a menudo de lo que quiero recordar, pero nunca vi a Gloria. Voy amandar a los tontos a buscarnos donde no estemos, sin embargo. —No es mi hombre, sarge —dijo Polly. —Sí, bien, te sientes cómodo con lectura y escritura —mascullóJackrum—. No se puede confiar en las personas que hacen esas cosas.Enredan las cosas con el mundo, y resulta que todo lo que uno sabe estáequivocado. Llegaron a la hondonada otra vez. El escuadrón había salido de sus
  • 187. diversos escondites, y la mayoría se agrupaba alrededor de uno de losperiódicos. Por primera vez, Polly vio la Imagen. Era en realidad muy buena, especialmente Shufti y Wazzer. Ella estabaen gran parte escondida por la mole de Jackrum. Pero se podían ver loshoscos soldados detrás, y sus expresiones eran toda una imagen por símismas. —La de Tonker es buena —dijo Igorina, que no ceceaba tanto cuandono había ningún oficial escuchando. —¿Crees que tener una imagen como ésta es una Abominación paraNuggan? —dijo Shufti nerviosa. —Probablemente —dijo Polly distraída—. La mayoría de las cosas lo son.—Corrió los ojos por el texto junto a la imagen. Estaba lleno de frases como‘valientes muchachos de granja’, y ‘humillación de una de las mejores tropasde Zlobenia’, y ‘picadura en la cola’. Entendió por qué había causadoproblemas. Pasó rápidamente a través de las otras páginas. Estaban atestadas deextrañas historias sobre lugares de los que nunca oyó hablar, e imágenes depersonas que no conocía. Pero una página era una masa de texto gris, bajouna línea de impresión mucho más grande que decía: Por Qué Este Loco Estado Debe Ser Detenido Desconcertada, su mirada recogió frases del mar de letras:‘vergonzosas invasiones de estados vecinos’, ‘creyentes engañados por undios loco’, ‘un bravucón que se pavonea’, ‘atrocidad tras atrocidad’, ‘se burlade la opinión internacional’... —No lean esa basura, muchachos, no saben dónde ha estado —dijo elSargento Jackrum jovialmente, acercándose por detrás—. Serán todasmentiras. Nos estamos yendo ahora... ¡Cabo Maladict! Maladict, saliendo de los árboles, lo saludó perezoso. Todavía tenía sumanta puesta. —¿Qué estás haciendo sin uniforme? —Tengo uniforme debajo, sarge. No queremos ser vistos, ¿correcto? De
  • 188. este modo que nos volvemos parte de la selva. —¡Es un bosque, Cabo! Y sin un condenado uniforme, ¿cómo diablosdistinguiremos a nuestros amigos de nuestros enemigos? Maladict encendió un cigarrillo antes de responder. —De la forma en que lo veo, sarge —dijo—, enemigos son todosexcepto nosotros. —Sólo un momento, Sargento —dijo Blouse, que había levantado lavista de un periódico y observaba la aparición con considerable interés—.Hay precedentes en la antigüedad, lo sabe. El General Song Sung Lo moviósu ejército disfrazado como un campo de girasoles, y el General Tacticusordenó que un batallón se vistiera como abetos una vez. —¿Girasoles? —dijo Jackrum, su voz rebosante de desdén. —Ambas acciones fueron exitosas, Sargento. —¿Sin uniformes? ¿Sin insignias? ¿Sin barras, señor? —Posiblemente usted podría ser una flor extra grande —dijo Blouse, ysu cara no traicionó ni una señal de broma—. Y seguramente habrá llevado acabo acciones por la noche, cuando todas barras son invisibles. —¡Sísseñor, pero la noche es noche, señor, mientras que los girasoles...son girasoles, señor! ¡He llevado este uniforme por más de quin... toda mivida, señor, y moverme furtivamente sin él es totalmente deshonroso! ¡Espara espías, señor! —La cara de Jackrum había pasado de rojo a carmesí, yPolly se asombró de ver lágrimas en sus ojos. —¿Cómo podemos ser espías, Sargento, en nuestro propio país? —dijoBlouse con calma. —ET tiene un punto, sarge —dijo Maladict. Jackrum giró como un toro impetuoso, y luego para asombro de Polly serelajó. Pero no quedó asombrada durante mucho tiempo. Conocía alhombre. No sabía por qué, pero había algo en Jackrum que podía leer.Estaba en los ojos. Podía mentir con ojos tan honestos y tranquilos como losde un ángel. Y si parecía que retrocedía, era efectivamente sólo para tomarvelocidad más tarde. —Muy bien, muy bien —dijo el Sargento—. Lo juro, no soy hombre dedesobedecer órdenes. —Y sus ojos brillaron.
  • 189. —Bien hecho, Sargento —dijo Blouse. Jackrum se calmó. —Sin embargo, no quiero ser un girasol —dijo. —Por suerte hay sólo abetos en esta área, Sargento. —Bien señalado, señor. —Jackrum se volvió hacia el impresionadoescuadrón—. Muy bien, Último Detalle —gritó—. ¡Escucharon al hombre! ¡Aser abetos! --- Era una hora después. Hasta donde Polly podía saber, habían salidohacia las montañas pero se habían movido en un amplio semicírculo demodo que terminaron dirigiéndose hacia donde habían venido, pero a unasmillas de distancia. ¿Blouse estaba conduciendo, o lo había dejado aJackrum? Ningún hombre se quejaba. El teniente convocó a un alto en una espesura de abedules, duplicandopor lo tanto su tamaño. Se podía decir que los efectos del camuflaje eraneficaces, porque el rojo brillante y el blanco se destacan sobre el verde y elgris. Más allá de eso, sin embargo, las palabras no alcanzaban. Jade se había raspado la pintura, y ahora era verde y gris de todosmodos. Igorina parecía un cepillo ambulante. Wazzer se estremecía como unálamo temblón constantemente así que sus hojas crujían todo el tiempo. Losotros habían hecho intentos más o menos razonables, y Polly estaba muyorgullosa de los propios. Jackrum era tan parecido a un árbol como unagran pelota de goma roja; Polly sospechaba que subrepticiamente le habíasacado brillo a sus cosas de latón, también. Cada árbol sostenía un jarro deté en rama o mano. Después de todo, habían parado por cinco minutos. —Hombres —dijo Blouse, como si acabar de llegar a esa conclusión—.Pueden haber deducido que regresamos hacia las montañas para reunir unejército de desertores allí. ¡Esta historia es, a decir verdad, un truco parabeneficio del Sr. de Worde! —Hizo una pausa, como si esperaba algunareacción. Ellos lo miraban. Continuó—: Seguimos nuestro viaje al valle
  • 190. Kneck, a decir verdad. Es lo último que el enemigo estará esperando. Polly echó un vistazo al Sargento. Sonreía. —Es un hecho establecido que una fuerza pequeña y ligera puedemeterse en lugares que un batallón no puede penetrar —continuó Blouse—.¡Hombres, seremos esa fuerza! ¿No es correcto, Sargento Jackrum? —¡Sísseñor! —Caeremos como un martillo sobre esas fuerzas más pequeñas quenosotros —dijo Blouse con felicidad. —¡Sísseñor! —Y de aquellos que nos superan en número, nos perderemossilenciosamente en el bosque... —¡Sísseñor! —Nos deslizaremos más allá de sus centinelas... —Eso está bien, señor —dijo Jackrum. —¡... y tomaremos el Torreón Kneck de abajo de sus narices! El té de Jackrum roció a través del claro. —Me atrevo a decir que nuestro enemigo se siente impenetrable sóloporque comanda un fuerte muy armado sobre un peñasco rocoso conparedes de cien pies de alto y veinte pies de grosor —continuó Blouse, comosi la mitad de los árboles no estuviera goteando té ahora—. ¡Pero será unasorpresa! —¿Está bien, sarge? —susurró Polly. Jackrum estaba haciendopequeños ruidos extraños con la garganta. —¿Alguien tiene alguna pregunta? —dijo Blouse. Igorina alzó una rama. —¿Cómo entraremos, señor? —dijo. —Ah. Buena pregunta —dijo Blouse—. Y todo será evidente a su debidotiempo. —Caballería aérea —dijo Maladict. —¿Perdone, Cabo? —¡Máquinas voladoras, señor! —dijo Maladict—. No sabrán dóndeesperarnos. Aterrizamos en un patio a la mano, los liberamos, y luego losbarremos.
  • 191. La frente despejada de Blouse se arrugó un poco. —¿Máquinas voladoras? —dijo. —Vi la imagen de una, hecha por alguien llamado Leonardo da Quirm.Una especie de... molino de viento volador. Es exactamente como un grantornillo en el cielo... —No creo que necesitemos uno de ésos, aunque el consejo esbienvenido —dijo Blouse. —¡No cuando aquí tenemos una gran metida de pata, señor! —logródecir Jackrum—. ¡Señor, es sólo un grupo de reclutas, señor! Todas esascosas sobre honor y libertad y todo eso eran sólo para el escritor, ¿correcto?¡Buena idea, señor! Sí, vayamos al valle Kneck, y entremos a hurtadillas ynos unamos al resto de los muchachos. Es donde deberíamos estar, señor.¡No puede hablar en serio sobre tomar el torreón, señor! No lo intentaría nicon mil hombres. —Yo podría intentarlo con media docena, Sargento. Los ojos de Jackrum sobresalían. —¿De veras, señor? ¿Qué hará el Soldado Goom? ¿Temblar ante ellos?El joven Igor los coserá, ¿verdad? ¿El Soldado Halter les lanzará una miradarencorosa? Son muchachos prometedores, señor, pero no son hombres. —El General Tacticus dijo que el destino de una batalla puede dependerde las acciones de un hombre en el lugar correcto, Sargento —dijo Blousecon calma. —Y teniendo un montón de soldados más que el otro cabrón, señor —insistió Jackrum—. Señor, debemos llegar al resto del ejército. Tal vez estáatrapado, tal vez no. Toda esa cosa sobre que ellos no quieren masacrarnos,señor, no tiene sentido. La idea es ganar, señor. Si el resto de ellos hadejado de atacar, es porque están asustados de nosotros. Deberíamos estarahí abajo. Ése es el lugar para los jóvenes reclutas, señor, donde puedenaprender. ¡El enemigo los está buscando, señor! —Si el General Froc está entre esos capturados, lo tendrán en el torreón—dijo Blouse—. Creo que era el primer oficial al que usted sirvió comosargento, ¿tengo razón? Jackrum vaciló.
  • 192. —Tiene razón, señor —dijo al final—. Y era el teniente más tonto quealguna vez haya conocido, excepto uno. —Estoy seguro de que hay una entrada secreta en el torreón, Sargento. El recuerdo codeó a Polly. Si Paul estaba vivo, estaría en el torreón.Captó la mirada de Shufti. La chica hizo un movimiento con la cabeza. Ellahabía estado pensando en el mismo sentido. No hablaba mucho de su...prometido, y Polly se preguntó qué tan oficial era el arreglo. —¿Permiso para hablar, sarge? —dijo. —De acuerdo, Perks. —Me gustaría tratar de encontrar una forma de entrar en el torreón,sarge. —Perks, ¿te estás ofreciendo para atacar el castillo más grande y másfuerte en quinientas millas a la redonda? ¿Solo? —También iré yo —dijo Shufti. —Oh, ¿dos de ustedes? —dijo Jackrum—. Oh, bien, eso está bienentonces. —Yo iré —dijo Wazzer—. La Duquesa me ha dicho que debo hacerlo. Jackrum bajó la vista a la pequeña cara delgada y a los ojos acuosos deWazzer, y suspiró. Se volvió hacia Blouse. —Sigamos adelante, señor, ¿quiere? Podemos hablar de esto después.Por lo menos estamos en camino a Kneck, primera parada en el camino alinfierno. Perks e Igor, tomen la punta. ¿Maladict? —¡Acá! —Er... explora adelante. —¡Lo escucho! —Bien. Mientras el vampiro pasaba a Polly, el mundo por un momento cambió;el bosque se volvió más verde, el cielo más gris, y ella escuchó un ruido porarriba, como un ‘whopwhopwhop’. Y entonces se fue. Las alucinaciones de los vampiros son contagiosas, pensó. ¿Qué estáocurriendo en su cabeza? Se adelantó presurosa con Igorina, y se pusieronen camino por el bosque otra vez. Unas aves cantaban. El efecto era pacífico, si no conocías sobre cantos
  • 193. de aves, pero Polly pudo reconocer llamadas de alarma cercanas yamenazas territoriales lejanas y, en todos lados, la preocupación por el sexo.Eso le quitaba placer. 15 —¿Polly? —dijo Igorina. —¿Mmm? —¿Podrías matar a alguien si tuvieras que hacerlo? Polly volvió al aquí y ahora. —¿Qué clase de pregunta haces? —Creo que es la clase que le haría a un ssoldado —dijo Igorina. —No lo sé. Si me estuvieran atacando, supongo. Lastimarlo lo suficientepara mantenerlo echado, de todos modos. ¿Y tú? —Tenemos un gran respeto por la vida, Polly —dijo Igorinasolemnemente—. Es fácil matar a alguien, y casi impossible revivirlo otravez. —¿Casi? —Bien, si no tienes un muy buen pararrayos. E incluso si lo tienes,nunca son totalmente lo mismo. Los cubiertos tienden a pegárseles. —Igorina, ¿por qué estás aquí? —El clan no es muy... entusiasta con que las niñas que se involucrendemasiado en el Gran Trabajo —dijo Igorina, alicaída—. ‘Apégate a tu laborde costura’, dice siempre mi madre. Bien, todo eso está muy bien, perotambién sé que soy buena en las verdaderas incisiones. Especialmente lasdifíciles. Y creo que una mujer sobre la laja se sentiría mucho mejor sobrelas cosas si supiera que hay una mano femenina sobre el interruptor desocios-de-muerte. De modo que pensé que un poco de experiencia en elcampo de batalla convencería a mi padre. Los soldados no son exigentessobre quién salva sus vidas. —Supongo que los hombres son iguales en todo el mundo —dijo Polly. —Por dentro, indudablemente. —¿Y... er... realmente puedes volver a ponerte tu pelo? —Polly lo había15 Es difícil ser un ornitólogo y caminar a través de un bosque cuando a tu alrededor el mundo está gritando:‘¡Lárgate, éste es mi arbusto! ¡Aargh, ladrón de nidos! ¡Ten sexo conmigo, puedo poner mi pecho grande y rojo!(Nota del autor)
  • 194. visto en su pote cuando desarmaron el campamento; giraba suavemente ensu botella de líquido verde, como un alga marina delgada y singular. —Oh, sí. Los trasplantes de cuero cabelludo son fáciles. Pica un pocodurante un par de minutos, eso es todo... Hubo movimiento entre los árboles, y luego el borrón se resolvió enMaladict. Sostenía un dedo contra sus labios mientras se acercaba, y susurróurgentemente: —¡Charlie nos está siguiendo![37] Polly e Igorina se miraron. —¿Quién es Charlie? Maladict las miró, y luego se frotó la cara distraído. —Estoy... lo siento, er... lo siento, es... miren, ¡nos están siguiendo! ¡Losé! El sol se estaba poniendo. Polly espió sobre la repisa rocosa hacia dondevenían. Podía distinguir el sendero, dorado y rojo a la luz del final de latarde. Nada se movía. El afloramiento estaba cerca de la cima de otra colinaredondeada; la parte trasera se convertía en el piso de un pequeño espaciocercado, rodeado de arbustos. Era un buen puesto de vigilancia parapersonas que querían ver sin ser vistas, y lo habían hecho en el pasadoreciente, por el aspecto de los viejos fogones. Maladict estaba sentado con la cabeza entre las manos, con Jackrum yBlouse a cada lado. Trataban de comprender, y no hacían mucho progreso. —¿De modo que no puedes escuchar nada? —dijo Blouse. —No. —¿Y no ves nada ni puedes oler nada? —dijo Jackrum. —¡No! ¡Ya le dije! Pero hay algo tras de nosotros. ¡Observándonos! —Pero si no puedes... —empezó Blouse. —Mire, soy un vampiro —jadeó Maladict—. Sólo confíe en mí, ¿deacuerdo? —Yo lo haría, ssarge —dijo Igorina, desde detrás de Jackrum—. LosIgorss a menudo sservimoss a vampiross. En momentoss de esstress ssuesspassio perssonal puede ecsstendersse tanto como a diess millass de ssucuerpo.
  • 195. Hubo la pausa acostumbrada que seguía a un ceceo prolongado. Laspersonas necesitaban tiempo para pensar. —¿Esstress? —dijo Blouse. —¿Sabe cómo alguien puede sentir que lo están mirando? —mascullóMaladict—. Bien, es como eso, multiplicado por mil. Y no es un... unasensación, es algo que sé. —Muchas personas nos están buscando, Cabo —dijo Blouse,palmeándole amable el hombro—. No quiere decir que nos encontrarán. Polly, bajando la mirada al bosque dorado, abrió la boca para hablar.Estaba seca. Nada salió. Maladict se sacudió la mano del teniente. —¡Esta... persona no nos está buscando! ¡Sabe dónde estamos! Polly se esforzó por la saliva, y trató otra vez. —¡Movimiento! Y entonces ya no estaba ahí. Habría jurado que había algo sobre elsendero, algo que se combinó con la luz, revelándose sólo por el cambiantepatrón vacilante de sombras mientras se movía. —Er... quizás no —farfulló. —Miren, todos hemos perdido sueño y todos estamos un poco‘hipertensos’ —dijo Blouse—. Calmemos las cosas, ¿de acuerdo? —¡Necesito café! —gimió Maladict, meciéndose atrás y adelante. Polly entrecerró los ojos hacia el sendero distante. La brisa agitaba losárboles, y caían unas hojas rojo-doradas. Por un momento hubo apenas unasugerencia... Se puso de pie. Mira las sombras y las ramas que se agitandurante el tiempo suficientemente y podrás ver cualquier cosa. Era como verdibujos en las llamas. —Está bien —dijo Shufti, que había estado trabajando sobre el fuego—.Podría resultar. Huele como café, de todos modos. Bien... casi como café.Bien... como café si el café fuera hecho de castañas, de todos modos. Había tostado algunas castañas.[38] Por lo menos en el bosque habíamuchas en esta época del año, y todo el mundo sabía que las bellotastostadas y molidas podían sustituir al café, ¿verdad? Polly estaba de acuerdoen que valía la pena intentarlo, pero según podía recordar nadie jamás, ante
  • 196. la elección, dijo ‘¡No, no volveré a tocar ese horrible café! ¡Para mí, es unLong Black de castañas molidas, con el adicional de partes arenosasflotando!’ Tomó el jarro de Shufti y se lo llevó al vampiro. Cuando se agachó... elmundo cambió. ... whopwhopwhop... El cielo era una neblina de polvo, convirtiendo el sol en un disco decolor rojo sangre. Por un momento Polly los vio en el cielo, gigantes ygordos tornillos que giraban en el aire, que se sostenían en el aire pero quese movían despacio hacia ella... —Está teniendo visiones laterales —susurró Igorina, en su codo. —¿Visiones laterales? —Como... visiones retrospectivas de otra persona. No sabemos nadasobre ellas. Podrían venir desde cualquier lugar. ¡Un vampiro en esta etapaestá abierto a toda clase de influencias! ¡Dale el café, por favor! Maladict agarró el jarro y trató de beberse el contenido tan rápidamenteque se vertió por su barbilla. Lo observaron tragar. —Sabe a barro —dijo, dejando el jarro. —Sí, pero ¿resultó? Maladict miró hacia arriba y parpadeó. —Los dioses, esa cosa es horripilante. —¿Estamos en un bosque o una selva? ¿Algún tornillo volador? —preguntó Igorina—. ¿Cuántos dedos tengo levantados? —Sabes, eso es algo que un Igor nunca debería decir —dijo Maladict,haciendo una mueca—. Pero... las... sensaciones no son tan fuertes. ¡Puedobajarlo! Puedo tragarlo. Polly miró a Igorina, que se encogió de hombros y dijo: —Está bien —y entonces hizo señas a Polly para alejarse. —Él, o posiblemente ella, está justo al borde —dijo. —Bien, todos lo estamos —dijo Polly—. Apenas estamos durmiendo. —Sabes qué quiero decir. Me he, er... tomado la libertad de, er... estarpreparada. —Sin más palabras, Igorina abrió su chaqueta, sólo por unmomento. Polly vio un cuchillo, una estaca de madera y un martillo, en
  • 197. pequeños bolsillos prolijamente cosidos. —No va a llegar a tanto, ¿verdad? —Espero que no —dijo Igorina—. Pero si lo hace, soy la única que conseguridad puede encontrar el corazón. La gente siempre piensa que estámás a la izquierda... —No va a llegar a tanto —dijo Polly con firmeza. El cielo estaba rojo. La guerra estaba a un día. Polly se deslizó hasta debajo de la cresta con la lata de té. Fue el té quemantuvo al ejército en pie. Recuerda qué es real... bien, eso le llevó algo detrabajo. Tonker y Lofty, por ejemplo. No importaba cuál estaba de guardia,la otra también estaría ahí. Y allí estaban, sentados lado a lado sobre unárbol caído, mirando pendiente abajo. Se sujetaban las manos. Siempre sesujetaban las manos cuando pensaban que estaban solas. Pero a Polly leparecía que no se sujetaban las manos como personas que eran, bien,amigas. Se sujetaban las manos con fuerza, como alguien, que resbalado deun despeñadero, sujetaría las manos de un salvador temiendo soltarse ycaer. —¡El té está listo! —tembló. Las chicas giraron, y llenó un par de jarros con té hirviente. —Saben —dijo tranquilamente—, nadie las odiaría si se escaparan estanoche. —¿Qué quieres decir, Ozz? —dijo Lofty. —Bien, ¿qué hay en Kneck para ustedes? Se escaparon de la escuela.Podrían irse a cualquier lugar. Apuesto que las dos podrían escurrirse... —Nos vamos a quedar —dijo Tonker seriamente—. Hablamos de eso.¿Adónde más iríamos? De todos modos, ¿supón que algo nos estásiguiendo? —Probablemente sólo un animal —dijo Polly, que ni siquiera lo creía. —Los animales no hacen eso —dijo Tonker—. Y no creo que Maladict seexcitaría tanto. Probablemente son más espías. Bien, los atraparemos. —Nadie va a hacernos retroceder —dijo Lofty. —Oh. Er... bien —dijo Polly, alejándose—. Bien, debo seguir, a nadie legusta el té frío, ¿eh?
  • 198. Se apuró alrededor de la colina. Siempre que Lofty y Tonker estabanjuntas, se sentía como una intrusa. Wazzer estaba de guardia en una pequeña cañada, observando laregión abajo con su acostumbrada expresión de intensidad ligeramentepreocupada. Giró cuando Polly se acercó. —Oh, Polly —dijo Wazzer—. ¡Buenas noticias! —Oh, bueno —dijo Polly débilmente—. Me gustan las buenas noticias. —Ella dice que estará bien que nosotras no llevemos nuestras bufandasde algodón —dijo Wazzer. —¿Qué? Oh. Bien —dijo Polly. —Pero sólo porque estamos sirviendo a un Propósito Más Alto —dijoWazzer. Y, tal como Blouse podía colocar comillas, Wazzer podía dejar caermayúsculas en una frase. —Eso es bueno, entonces —dijo Polly. —Sabes, Polly —dijo Wazzer—, pienso que el mundo sería mucho mejorsi fuera dirigido por mujeres. No habría guerras. Por supuesto, el Libroconsideraría tal idea como una Abominación Grave para Nuggan. Puede serpor error. Consultaré con la Duquesa. Bendice esta taza para que puedabeber de ella —añadió. —Er, sí —dijo Polly, y se preguntó qué le daba más miedo: Maladictconvertido de repente en un monstruo hambriento, o Wazzer llegando alfinal del viaje mental que estaba haciendo. Había sido empleada de cocina yahora sometía al Libro a un análisis crítico y hablaba con un icono religioso.Ese tipo de cosas conducía a una fricción. La presencia de los que buscan laverdad es infinitamente preferible a la de los que piensan que la hanencontrado. Además, pensó mientras observaba a Wazzer beber, sólo pensarías queel mundo sería mejor si fuera operado por mujeres si en realidad noconocieras a muchas mujeres. A las ancianas, por lo menos. Considera todaesa cosa sobre las bufandas de algodón. Las mujeres se tenían que cubrir elpelo los viernes, pero no había nada sobre esto en el libro, que era bastanteconden... condenadamente riguroso sobre la mayoría de las cosas. Era sólouna costumbre. Lo hacían porque siempre lo hicieron. Y si te olvidabas, o no
  • 199. querías hacerlo, las ancianas te pescaban. Tenían ojos como halcones.Prácticamente podían ver a través de paredes. Y los hombres tomaban nota,porque ningún hombre quería contrariar a las viejas en caso de queempezaran a observarlo, de modo que repartieran el castigo. Siempre quehubiera una ejecución, y especialmente cuando había azotaína, encontrabasa las abuelitas en la primera hilera, chupando caramelos de menta. Polly había olvidado su bufanda de algodón. Se la ponía en casa losviernes, por la única razón que era más fácil que no lo hacerlo. Juró que, sivolvía alguna vez, nunca lo volvería a hacer... —Er... ¿Wazz? —dijo. —¿Sí, Polly? —Tienes una línea directa con la Duquesa, ¿verdad? —Hablamos de cosas —dijo Wazzer en tono soñador. —Tú, er, podrías plantearle la cuestión del café, ¿verdad? —dijo Polly entono desdichado. —La Duquesa sólo puede mover cosas sumamente pequeñas —dijoWazzer. —¿Algunos frijoles, quizás? ¡Wazz, realmente necesitamos un poco decafé! No creo que las castañas sean un buen sustituto. —Rezaré —dijo Wazzer. —Bien. Hazlo —dijo Polly. Y, aunque era extraño, se sintió un poco másesperanzada. Maladict tenía alucinaciones, pero Wazzer tenía una seguridadalrededor de la que podías doblar acero. Era el opuesto de una alucinación,de algún modo. Era como si ella pudiera ver lo que era real y tú no. —¿Polly? —dijo Wazzer. —¿Sí? —No crees en la Duquesa, ¿verdad? Quiero decir la verdadera Duquesa,no tu posada. Polly miró la delgada cara intensa y enfermiza. —Bien, quiero decir, dicen que está muerta, y le rezaba cuando erapequeña, pero ya que lo preguntas yo exactamente no, hum, creo como... —parloteó. —Está parada detrás de ti. Justo detrás de tu hombro derecho.
  • 200. En el silencio del bosque, Polly giró. —No puedo verla —dijo. —Soy feliz por ti —dijo Wazzer, pasándole el jarro vacío. —Pero no vi nada —dijo Polly. —No —dijo Wazzer—. Pero diste media vuelta... Polly nunca había hecho demasiadas preguntas sobre la Escuela deTrabajo para Niñas. Ella era, por definición, una Buena Niña. Su padre eraun hombre influyente en la comunidad, y ella trabajaba mucho, no teníamucho que ver con hombres y, lo más importante, era... bien, lista. Era lobastante brillante para hacer lo que muchas otras personas hacían en lalocura crónica y sinrazón que era la vida diaria en Munz. Sabía qué ver y quéignorar, cuándo obedecer y cuándo simplemente presentar la cara de laobediencia, cuándo hablar y cuándo guardarse sus ideas. Aprendió lascostumbres del superviviente. La mayoría de las personas lo hacían. Pero site rebelabas, o eras simple y peligrosamente honesta, o tenías la claseequivocada de enfermedad, o no eras deseada, o eras una chica a quien legustaban los chicos más de lo que las ancianas creían que te debían gustary, peor, no eras buena para contar... entonces la escuela era tu destino. No sabía mucho sobre qué ocurría ahí dentro, pero la imaginación sedaba prisa en llenar la brecha. Y se preguntó qué te pasaba en esa infernalolla a presión. Si eras fuerte, como Tonker, te hacía dura y te daba unacáscara. Lofty... era difícil saberlo. Era callada y tímida hasta que veías lalumbre reflejada en sus ojos, y a veces las llamas estaban ahí sin ningúnfuego que reflejar. Pero si fueras Wazzer, con una mala mano para empezar,y encerrada, y muerta de hambre, y vencida, y maltratada Nuggan sabíacómo (y sí, pensó Polly, probablemente Nuggan sabía cómo) y empujadamás y más profundo dentro de ti misma, ¿qué encontrarías ahí abajo? Yentonces mirarías desde el fondo de esas profundidades a la única sonrisaque alguna vez vieras. El último hombre de guardia era Jackrum, porque Shufti estabacocinando. Estaba sentado sobre una roca musgosa, la ballesta sobre lasrodillas, mirando algo en su mano. Giró sobre sí cuando ella se acercó, yPolly captó el rayo del oro mientras era metido otra vez en su chaqueta.
  • 201. El Sargento tomó el arco. —Haces tanto ruido como un elefante, Perks —dijo. —Lo siento, sarge —dijo Polly, que sabía que no era así. Él tomó el jarrode té, y se volvió para señalar colina abajo. —¿Ves ese arbusto ahí abajo, Perks? —dijo—. ¿Justo a la derecha deese tronco caído? Polly entrecerró los ojos. —Sí, sarge —dijo. —¿Notas algo en él? Polly miró otra vez. Debía haber algo equivocado allí, decidió, de otromodo no le habría preguntado. Se concentró. —La sombra está mal —decidió por fin. —Buen muchacho. La razón es que nuestro amigo está detrás delarbusto. Ha estado observándome, y he estado observándole. Nada más queeso. Se pondrá alerta tan pronto vea que alguien se mueve, y estádemasiado lejos para lanzarle una flecha. —¿Un enemigo? —No lo creo. —¿Un amigo? —Diablo presumido, de todos modos. No le molesta que yo sepa queestá ahí. Vuelve colina arriba, muchacho, y trae ese arco grande quesacamos del... ¡Allí va! La sombra había desaparecido. Polly miró dentro del bosque, pero lalarga luz se estaba volviendo carmesí y el anochecer se desplegaba entre losárboles. —Es un lobo —dijo Jackrum. —¿Un lobizón? —dijo Polly. —Bueno, ¿qué te hace pensar eso? —El Sargento Towering dijo que teníamos un lobizón en el escuadrón.Estoy seguro de que no lo hay. Quiero decir, ya lo sabríamos, ¿verdad? Perome preguntaba si habían visto uno. —No podemos hacer nada sobre eso, de todos modos —dijo Jackrum—.Una flecha de plata serviría, pero no tenemos ninguna.
  • 202. —¿Y qué me dice de nuestro chelín, sarge? —Oh, ¿piensas que puedes matar a un lobizón con un vale? —Sí. —Entonces Polly añadió—: Usted tiene un verdadero chelín, sarge.Alrededor de su cuello con ese medallón de oro. Si podías haber torcido acero alrededor de la convicción de Wazzer,podías haberlo calentado con la mirada de Jackrum. —Lo que está alrededor de mi cuello no es asunto tuyo, Perks, y loúnico peor que un lobizón soy yo si alguien trata de quitarme mi chelín,¿comprendido? Se calmó cuando vio la expresión aterrorizada de Polly. —Seguiremos adelante después de comer —dijo—. Buscaremos unmejor lugar para descansar. Algún sitio más fácil de defender. —Todos estamos muy cansados, sarge. —De modo que quiero que todos nosotros estemos de pie y armados sinuestro amigo vuelve con sus compinches —dijo Jackrum. Siguió la mirada de Polly. El guardapelo de oro había resbalado fuera desu chaqueta, y colgaba culpable sobre su cadena. Lo escondió hábilmente. —Era sólo una... chica que conocí —dijo—. Eso es todo, ¿de acuerdo?Fue hace mucho tiempo. —No le pregunté, sarge —dijo Polly, retrocediendo. Los hombros de Jackrum cayeron. —Está bien, muchacho, no preguntaste. Y tampoco te estoypreguntando sobre nada. Pero calculo que es mejor que consigamos un pocode café para el Cabo, ¿eh? —¡Amén a eso, sarge! —Y nuestro rupert sueña con coronas de laureles alrededor su cabeza,Perks. Tenemos un maldito héroe aquí. No puede pensar, no puede pelear,ninguna condenada utilidad en absoluto excepto para una última y famosaresistencia y una medalla enviada a su vieja mamá. Y he estado en algunasúltimas y famosas resistencias, muchacho, y son carnicerías. Allí nos estáconduciendo Blouse, recuerda mis palabras. ¿Qué harán todos ustedesentonces, eh? Hemos tenido algunas refriegas, pero no es guerra. ¿Piensasque serás un hombre capaz de resistir, cuando el metal toque la carne?
  • 203. —Usted lo hizo, sarge —dijo Polly—. Dijo que estuvo en algunas últimasresistencias. —Sí, muchacho. Pero yo sujetaba el metal. --- Polly regresaba pendiente arriba. Todo esto, pensó, y ni siquiera hemosllegado allí. El sarge está pensando en la chica que dejó atrás... bien, eso esnormal. Y Tonker y Lofty sólo piensan una en la otra, pero supongo quedespués de haber estado en esa escuela... y en cuanto a Wazzer... Se preguntó cómo habría sobrevivido a la escuela. ¿Se había hecho másdura, como Tonker? ¿Se había escondido dentro, como las empleadas queiban y venían y que trabajaban mucho y que nunca tenían nombre? O quizásse había vuelto como Wazzer, y encontró alguna puerta en su propiacabeza... puedo ser humilde, pero hablo con los dioses. ... Wazzer había dicho ‘no tu posada’. ¿Le había contado a Wazzeralguna vez sobre La Duquesa? Seguramente no. Seguramente ella... pero,no, ella le había contado a Tonker, ¿verdad? Eso era todo, entonces. Todoexplicado. Tonker debe haberlo mencionado a Wazzer en algún momento.Nada raro en absoluto, incluso si prácticamente nadie jamás tenía unaconversación con Wazz. Era tan difícil. Era tan intensa, tan retorcida. Perotenía que ser la única explicación. Sí. No iba a permitir que hubiera ningunaotra. Polly tembló, y fue consciente de que alguien caminaba junto a ella.Levantó la vista y gimió. —Usted es una alucinación, ¿correcto? OH, SÍ. TODOS USTEDES ESTÁN EN UN ESTADO DE SENSIBILIDADAGUDA CAUSADA POR CONTAGIO MENTAL Y FALTA DE SUEÑO. —Si es una alucinación, ¿cómo lo sabe? LO SÉ PORQUE TÚ LO SABES. SIMPLEMENTE SOY MEJOR PARADECIRLO. —No voy a morir, ¿verdad? Quiero decir, ¿ahora mismo? NO. PERO LES DIJERON QUE CAMINARÍAN CON MUERTE TODOS LOS
  • 204. DÍAS. —Oh... sí. El Cabo Scallot lo dijo. ES UN VIEJO AMIGO. PODRÍAS DECIR QUE ESTÁ EN EL PLAN DE PAGOA PLAZOS. —¿Le molestaría caminar un poco más... invisible? POR SUPUESTO. ¿QUÉ TAL ASÍ? —¿Y callado, también? Hubo silencio, que fue presumiblemente la respuesta. —Y lústrese un poco —dijo Polly al aire vacío—. Y esa túnica necesita deun lavado. No hubo réplica, pero se sintió mejor por decirlo. Shufti había cocinado estofado de carne con pastelitos y hierbas. Estabamagnífico. Era también un misterio. —No recuerdo haber pasado una vaca, Soldado —dijo Blouse, mientraspasaba su plato de estaño para una segunda porción. —Er... no, señor. —¿Y sin embargo ha conseguido carne de res? —Er... sí, señor. Er... cuando ese escritor llegó en su carro, bien,cuando ustedes estaban conversando, er, me escurrí y eché un vistazodentro... —Hay un nombre para quien haga ese tipo de cosas, Soldado —dijoBlouse severamente. —Sí, es intendente, Shufti. Bien hecho —dijo Jackrum—. Si ese escritortiene hambre, siempre se puede comer sus palabras, ¿eh, Teniente? —Er... sí —dijo Blouse con cautela—. Sí. Por supuesto. Buena iniciativa,Soldado. —Oh, no fue mi idea, señor —dijo Shufti alegremente—. El sarge medijo que lo hiciera. Polly paró, cuchara a medio camino de los labios, y movió sus ojos delSargento al Teniente. —¿Enseña a saquear, Sargento? —dijo Blouse. Se escuchó que elescuadrón soltaba un grito entrecortado. Si éste fuera el bar de La Duquesa,los habituales estarían saliendo presurosos por la puerta y Polly estaría
  • 205. ayudando a su padre a sacar las botellas del estante. —No saquear, señor, no saquear —dijo Jackrum, lamiendo su cucharacon calma—. Bajo las Reglas de la Duquesa, Regla 611, Sección 1 [c],Párrafo i, señor, estaría haciendo pillaje, o sea contra un carro de propiedadde la condenada Ankh-Morpork, señor, que está cooperando con el enemigo.El pillaje está permitido, señor. Los dos hombres mantuvieron contacto ocular por un momento, y luegoBlouse extendió la mano detrás de él y dentro de su mochila. Polly vio quesacaba un libro pequeño aunque grueso. —Regla 611 —murmuró. Blouse echó un vistazo al Sargento, y pasó laspáginas delgadas y brillantes—. 611. Robo, Pillaje y Saqueo. Ah, sí. Y...déjeme ver... usted está con nosotros, Sargento Jackrum, por la Regla 796,creo que usted me la recordó en ese momento... Hubo otro silencio roto solamente por el rápido paso de las páginas. Nohay Regla 796, recordó Polly. ¿Van a discutir por esto? —796, 796 —dijo Blouse suavemente—. Ah... —Miró la página, yJackrum lo miró a él. Blouse cerró el libro con un sonoro flwap. —¡Absolutamente correcto, Sargento! —dijo alegremente—. ¡Lo elogiopor sus conocimientos enciclopédicos de las reglas! Jackrum parecía aturdido. —¿Qué? —¡Prácticamente la sabía al dedillo, Sargento! —dijo Blouse. Y había unbrillo en sus ojos. Polly recordaba cómo Blouse miró al capitán de lacaballería capturado. Era esa misma mirada, la mirada que decía: ahoratengo la ventaja. Las barbillas de Jackrum temblaron. —¿Tenía algo que añadir, Sargento? —dijo Blouse. —Er, no... señor —dijo Jackrum, su cara una abierta declaración deguerra. —Partiremos cuando salga la luna —dijo Blouse—. Sugiero que todosdescansemos hasta entonces. Y entonces... prevaleceremos. —Saludó algrupo con la cabeza, y caminó hasta donde Polly había extendido su manta
  • 206. al abrigo de los arbustos. Después de algunos momentos se escucharonronquidos, que Polly se negó a creer. Jackrum tampoco, indudablemente. Selevantó y se alejó a las zancadas del fuego. Polly corrió detrás de él. —¿Escuchaste eso? —gruñó el Sargento, mirando las colinasoscurecidas—. ¡El pequeño yoyo! ¿Qué derecho tenía, verificar en el libro depalabras? —Bien, usted citó capítulo y versículo, sarge —dijo Polly. —¿Y entonces? Se supone que los oficiales creen lo que les dicen. ¡Yentonces sonrió! ¿Lo viste? ¡Me atrapó y me sonrió! ¡Piensa que me haganado una, sólo porque me atrapó! —Usted mintió, sarge. —¡No lo hice Perks! ¡No es mentir cuando lo haces a los oficiales! ¡Espresentarles el mundo a la manera en que piensan que debería ser! No sepuede permitir que empiecen a controlar por ellos mismos. Tienen ideasequivocadas. Te lo dije, será la muerte para todos nosotros. ¿Invadir elcondenado torreón? ¡El hombre está mal de la cabeza! —¡Sarge! —dijo Polly urgentemente. —Sí, ¿qué? —¡Nos están haciendo señales, sarge! --- Sobre una cima distante, parpadeando como una estrella vespertina,destellaba una luz blanca. Blouse bajó su telescopio. —Están repitiendo ‘CQ’ —dijo—. Y creo que esas pausas más largas soncuando apuntan el tubo en diferentes direcciones. Están buscando a susespías. ‘TeBusco’, 16 ¿lo ven? ¿Soldado Igor? —Sabes cómo funciona ese tubo, ¿verdad? —Oh, ssí, sseñor. Ssimplemente enssiende una luss en la caja, y luego16 CQ, dicho en inglés se escucha como ‘siquiu’, que también vale para ‘seek you’, o sea ‘te busco’. (Nota deltraductor)
  • 207. ssólo apunta y pulssa. —Usted no va a responderle, ¿verdad, señor? —dijo Jackrum,horrorizado. —Voy a hacerlo, efectivamente, Sargento —dijo Blouseenérgicamente—. Soldado Carborundum, por favor monta el tubo. Manickle,por favor trae la linterna. Necesitaré leer el libro de claves. —¡Pero delatará nuestra posición! —dijo Jackrum. —No, Sargento, porque aunque este término podría ser desconocidopara usted intentaré lo que llamamos ‘mentir’ —dijo Blouse—. Igor, estoyseguro de que tienes unas tijeras, aunque le agradecería que no intentarasrepetir la palabra. 17 —Tengo algunoss de loss aparatoss que ussted menssiona, sseñor —dijo Igorina, muy tiesa. —Bien. —Blouse miró a su alrededor—. Está casi negro cuervo ahora.Ideal. Toma mi manta y corta, oh, un círculo de tres pulgadas, entonces atala manta sobre la parte delantera del tubo. —¡Esso quitará la mayor parte de la luss, sseñor! —Efectivamente lo hará. Mi plan depende de eso —dijo Blouse conorgullo. —Señor, verán la luz, sabrán que estamos aquí —dijo Jackrum, como sile repitiera las cosas a un niño. —Ya expliqué, Sargento. Mentiré —dijo Blouse. —No puede mentir cuando... —Gracias por su comentario, Sargento, eso será todo por ahora —dijoBlouse—. ¿Estamos listos, Igor? —Un momento, sseñor —dijo Igorina, atando la manta al otro extremodel tubo—. Esstá bien, sseñor. Enssenderé la llama cuando ussted lo diga. Blouse abrió el pequeño libro. —¿Listo, Soldado? —dijo. —Sí —dijo Jade. —A la palabra ‘larga’ sujetará el gatillo hasta la cuenta de dos, y luego17 La frase se refiere a tijeras, pero en inglés, que es scissors; Igor diría algo como ssissssorss. (Nota del traductor)
  • 208. lo soltará. A la palabra ‘corta’ lo sujetará hasta la cuenta de uno, y lo soltaráigual. ¿Lo tienes? —Sí, ET. Podría sujetarlo por muchos, si quiere —dijo Jade—. Uno, dos,muchos, montón. Soy bueno contando. Tanto como quiera. Simplementediga la palabra. —Dos serán suficientes —dijo Blouse—. Y tú, Soldado Goom, quiero quetomes mi telescopio y mires los destellos largos y cortos de esa luz ahí,¿comprendido? Polly vio la cara de Wazzer y dijo rápidamente: —¡Yo lo haré, señor! Una pequeña mano blanca se apoyó sobre su brazo. A la mezquina luzde la linterna oscura, los ojos de Wazzer brillaban con la luz de la seguridad. —La Duquesa guía nuestros pasos ahora —dijo, y tomó el telescopio delteniente—. Lo que estamos haciendo es su trabajo, señor. —¿Lo es? Oh. Bien... eso es bueno —dijo Blouse. —Bendecirá este instrumento de ver lejos para que pueda usarlo —dijoWazzer. —¿De veras? —dijo Blouse, nervioso—. Bien hecho. Ahora... ¿estamoslistos? Transmite lo siguiente... largo... largo... corto... El obturador en el tubo hizo clic y resonó mientras el mensaje cruzaba através del cielo. Cuando el troll bajó el tubo, hubo medio minuto deoscuridad. Y entonces: —Corto... largo... —empezó Wazzer. Blouse se llevó el libro de claves hasta la cara, moviendo los labiosmientras leía los puntos de luz que escapaban de las aristas de la caja. —W... R... U —dijo—. Y M... S... G... P... R... —¡Eso no es un mensaje! —dijo Jackrum. —Por el contrario, quieren saber dónde estamos porque tienen dificultadpara ver nuestra luz —dijo Blouse—. Transmite lo siguiente... corto... —¡Protesto, señor! Blouse bajó el libro. —Sargento, estoy a punto de decirle a nuestro espía que estamos sietemillas más lejos de lo que realmente estamos, ¿comprende? Y estoy seguro
  • 209. de que nos creerán porque he reducido artificialmente la salida de luz denuestro dispositivo, ¿comprende? Y les diré que sus espías han tropezadocon una partida muy grande de reclutas y desertores que van hacia lasmontañas y están tras sus talones, ¿comprende? Estoy haciendo queseamos invisibles, ¿comprende? ¿Comprende, Sargento Jackrum? El escuadrón contuvo la respiración. Jackrum se puso rígidamente en atención. —¡Completamente entendido, señor! —dijo. —¡Muy bien! Jackrum continuó en atención mientras continuaban intercambiandomensajes, como un alumno desobediente forzado a estar parado junto alescritorio del profesor. Los mensajes relampagueaban a través del cielo, de cima a cima. Unasluces parpadearon. El tubo de clacks traqueteaba. Wazzer gritaba cortos ylargos. Blouse garabateada en el libro. —S... P... P... 2 —dijo en voz alta—. Ja. Es una orden de quedarnosdonde estamos. —Más destellos, señor —dijo Wazzer. —T... Y... E... 3... —dijo Blouse, todavía tomando notas—. Eso es ‘estánlistos para ayudar’. N... V... A... S... N... Eso es... —¡Ésa no es una clave, señor! —dijo Polly. —¡Soldado, transmite lo siguiente ahora mismo! —gruñó Blouse—.Largo... largo... El mensaje se fue. Observaron mientras caía el rocío y, en el cielo,salían las estrellas y parpadeaban un mensaje que nunca nadie trataba deleer. Los clacks se quedaron en silencio. —Ahora partiremos lo antes posible —dijo Blouse. Tosió ligeramente—.Creo que la frase es ‘Larguémonos de aquí’. —Casi, señor —dijo Polly—. Muy... cerca. ---
  • 210. Había una vieja, muy vieja canción en Borogravia con más Zs y Vs enella que las que alguna persona de los países bajos pudiera pronunciar. Sellamaba ‘¡Plogviehze!’. Quería decir ‘¡El Sol Ha Salido! ¡Hagamos La Guerra!’.Necesitabas de una clase especial de historia para poner todo eso en unapalabra. Sam Vimes suspiró. Los países pequeños aquí peleaban por el río, portratados idiotas, por sucesiones reales, pero principalmente porque siemprehabían peleado. Hacían la guerra, a decir verdad, porque salía el sol. Esta guerra estaba atada en un nudo. Río abajo, el valle se estrechaba en un cañón antes de que el Kneckcayera en una cascada de cuarta milla de altura. Alguien que tratara depasar a través de las montañas irregulares se encontraría en un mundo dedesfiladeros, lomos afilados, hielo permanente y muerte aun máspermanente. Alguien que tratara de cruzar el Kneck hacia Zlobenia ahorasería matado sobre la costa. La única manera de salir del valle era regresara lo largo del Kneck, que pondría a un ejército bajo la sombra del torreón.Esto estaba bien con el torreón en manos de Borogravia. Ahora que habíasido capturado, pasarían al alcance de sus propias armas. ¡... y qué armas! Vimes había visto catapultas que podían lanzar unapelota de piedra a tres millas. Cuando aterrizaba, se agrietaba en metrallaafilada. O estaba la otra máquina que enviaba discos de acero de seis piesde diámetro por el aire. En cuanto golpeaban el suelo y rebotaban otra vezeran tan fiables como el infierno, pero sólo los hacía más terroríficos. Lehabían dicho a Vimes que el disco afilado probablemente continuaría unoscientos de yardas, sin importar cuántos hombres o caballos encontrara en elcamino. Y eran sólo las ideas más recientes. Había muchas armasconvencionales, si por eso se entienden arcos gigantes, y catapultas quelanzaban pelotas de fuego Efebano, que pegaban mientras quemaban. Desde aquí arriba, en su ventosa torre, podía ver los fuegos del ejércitoatrincherado cruzando la llanura. No podían retirarse, y la alianza, si asípodías llamar al petulante tumulto, no se atrevía a dirigirse valle arriba haciael corazón del país con ese ejército en su retaguardia, ya que no teníasuficientes hombres para sostener el torreón y acorralar al enemigo.
  • 211. Y en unas semanas empezaría a nevar. Los pasos se llenarían. Nadapodría pasar. Y todos los días, miles de hombres y caballos necesitaríanalimentación. Por supuesto, los hombres podían eventualmente comerse alos caballos, y por lo tanto resolver dos problemas de alimentación de unsolo golpe. Después de eso, tendría que ser la buena y vieja pierna rota, lacuál según Vimes supo por uno de los Zlobenianos más amigables, era unacaracterística común de la guerra de invierno por aquí. Ya que era el Capitán‘Rengo’ Splatzer, 18 Vimes le creyó. Y luego llovería, y luego la lluvia y el deshielo de nieve juntosconvertirían al maldito río en una inundación. Pero antes de eso la alianza sehabría separado y todos se habrían ido a casa. Todo lo que losBorogravianos tenían que hacer, a decir verdad, era sostener su terrenopara establecer un empate. Maldijo por lo bajo. El Príncipe Heinrich había heredado el trono en unpaís donde la exportación principal era una especie de zueco de maderapintado a mano, pero en diez años, lo juraba, ¡su ciudad capital de Rigoursería la ‘Ankh-Morpork de las montañas’! Por alguna razón, él pensaba queAnkh-Morpork se sentiría complacida por esto. Estaba ansioso, decía, por aprender la manera Ankh-Morpork de hacerlas cosas, esa clase de inocente ambición que bien podría llevar a unaspirante a gobernante... bien, a averiguar la manera Ankh-Morpork dehacer las cosas. Heinrich tenía una reputación local de astuto, pero hacía milaños que Ankh-Morpork había superado a los astutos, había sobrepasado alos taimados, había dejado atrás a los ingeniosos y ahora, por una rutaindirecta, había llegado a la sencillez. Vimes hojeó los papeles sobre el escritorio, y levantó la vista cuandoescuchó un grito agudo y áspero afuera. Entró un halcón en vuelo largo ybajo a través de la ventana abierta y se apoyó en una percha improvisadaen el otro extremo de la habitación. Vimes se acercó tranquilo mientras lapequeña figura sobre la espalda del ave se levantaba los anteojos paravolar.18 Hopalong en el original. Como ‘hop’ es brincar, y ‘along’ es andar o seguir, se traduce como ‘el que camina a losbrincos’ o ‘rengo’. (Nota del traductor)
  • 212. —¿Cómo va eso, Buggy? —dijo. —Están recelosos, Mister Vimes. Y la Sargento Angua dice que se estáponiendo un poco peligroso ahora que están tan cerca. —Dile que avance, entonces. —Correcto, señor. Y todavía necesitan café. —¡Oh, maldición! ¿No han encontrado nada? —No, señor, y se está poniendo difícil con el vampiro. —¡Bien, si están recelosos ahora entonces estarán seguros si dejamoscaer un pote de café sobre ellos! —La Sargento Angua dice que probablemente lo logremos, señor. Nodijo por qué. —El gnomo miró expectante a Vimes. También su halcón—.Han llegado lejos, señor. Para ser un grupo de muchachas. Bien...principalmente muchachas. Vimes extendió la mano distraído para acariciar el ave. —¡No lo haga, señor! ¡Le arrancará su pulgar! —gritó Buggy. Se escuchó una llamada a la puerta, y Reg entró con una bandeja decarne cruda. —Vi a Buggy en el cielo, así que pensé en ir rápido a la cocina, señor. —Bien hecho, Reg. ¿No te preguntan por qué quieres carne cruda? —Sí, señor. Les digo que la come usted, señor. Vimes hizo una pausa antes de responder. Reg tenía buenasintenciones, después de todo. —Bien, probablemente no le haga ningún daño a mi reputación —dijo—.A propósito, ¿qué está sucediendo abajo en la cripta? —Oh, no son lo que llamaría zombis correctos, señor —dijo Reg,seleccionando un trozo de carne y haciéndola oscilar enfrente de Morag—.Más como hombres muertos que caminan. —Er... ¿sí? —dijo Vimes. —Quiero decir que no hay real pensamiento allí —continuó el zombi,tomando otro trozo de conejo crudo—. Ninguno acepta la oportunidad deuna vida más allá de la tumba, señor. Son sólo muchos viejos recuerdossobre piernas. Ese tipo de cosas le dan mal nombre a los zombis, SeñorVimes. Me pone tan molesto —Morag trató de picotear otro trozo de pelo de
  • 213. conejo ensangrentado que Reg, inconsciente por el momento, estabaagitando sin sentido. —Er... ¿Reg? —dijo Buggy. —¿Qué difícil puede ser, señor, moverse con los tiempos? Ahora tomemi caso, por ejemplo. Un día desperté muerto. ¿Acaso... —¡Reg! —advirtió Vimes, mientras la cabeza de Morag se movía de unlado al otro. —... me quedé echado? ¡No! Y yo no... —¡Reg, ten cuidado! ¡Acaba de sacarte dos de tus dedos! —¿Qué? Oh. —Reg sujetó su mano despojada y la miró—. Oh, vaya,¿quiere ver eso? —Miró detenidamente el piso, en la esperanza de quehubieran sido arrojados—. Maldición. ¿Hay alguna posibilidad de quepodamos hacer que vomite? —Sólo metiendo tus dedos por su garganta, Reg. Lo siento. Buggy, hazlo que puedas, por favor. Y tú, Reg, vuelve abajo y ve si tienen algo de café,¿quieres? --- —Oh cielos —murmuró Shufti. —Es grande —dijo Tonker. Blouse no dijo nada. —¿No lo había visto antes, señor? —dijo Jackrum alegremente,mientras miraban el distante torreón desde donde estaban tendidos en unosarbustos a media milla de distancia. Si hay una escala para castillos de cuentos de hadas, donde el tope estáocupado por ésos blancos, llenos de agujas con los techos azulespuntiagudos, entonces el Torreón Kneck era bajo, negro y colgaba de suafloramiento como una nube de tormenta. Un lecho del Kneck corría a sualrededor; a lo largo de la península donde estaba construido el camino deacceso era amplio y sin cobertura y un paseo ideal para los que estabancansados de la vida. Blouse asimiló todo eso. —Er, no, Sargento —dijo—. He visto imágenes, por supuesto, pero... no
  • 214. le hacen justicia. —¿Alguno de los libros que lee le dicen qué hacer, señor? —dijoJackrum. Estaban tendidos en unos arbustos a media milla de distancia. —Posiblemente, Sargento. En El Arte de la Guerra, Song Sung Lo dice:ganar sin pelear es la mayor victoria. El enemigo desea que ataquemosdonde es más fuerte. Por lo tanto, lo decepcionaremos. Se presentará unamanera, Sargento. —Bien, nunca se me ha presentado, y he estado aquí docenas de veces—dijo Jackrum, todavía sonriendo—. ¡Ja, incluso las ratas tendrían quedisfrazarse como lavanderas para entrar en ese lugar! Incluso si cruza esecamino, tiene entradas angostas, agujeros en el techo por donde verteraceite caliente, por todos lados puertas que un troll no podría destruir, unpar de laberintos, cien pequeñas maneras en que le pueden disparar. Oh, esun maravilloso lugar para atacar. —¿Me pregunto cómo entró la alianza? —dijo Blouse. —A traición, probablemente, señor. El mundo está lleno de traidores. Oquizás descubrieron la entrada secreta, señor. ¿Sabe, señor? La que ustedestá seguro que está ahí. ¿O tal vez lo ha olvidado? Es la clase de cosas quepueden borrarse de su mente cuando está ocupado, supongo. —Haremos un reconocimiento, Sargento —dijo Blouse fríamente,mientras salían gateando de los arbustos. Se quitó las hojas del uniforme.Thalacephalos o, como Blouse le decía, ‘el confiable corcel’ se había perdidomillas atrás. No podías andar a hurtadillas a caballo y, como Jackrum señaló,la criatura era demasiado flaca para que alguien quisiera comerla ydemasiado cruel que alguien quisiera montarla. —Correcto, señor, sí, será mejor que lo hagamos, señor —decíaJackrum ahora, todo amabilidad jocosa—. ¿Dónde le gustaría hacer unreconocimiento, señor? —Debe haber una entrada secreta, Sargento. Nadie construiría un lugarasí con sólo una entrada. ¿De acuerdo? —Sísseñor. Pero, quizás la mantuvieron en secreto, señor. Sólo trato deayudar, señor. Giraron al sonido de una urgente oración. Wazzer había caído de
  • 215. rodillas, las manos juntas. El resto del escuadrón se alejó lentamente. Ladevoción es algo maravilloso. —¿Qué está haciendo, Sargento? —dijo Blouse. —Rezando, señor —dijo Jackrum. —He notado que reza mucho. ¿Eso, er, está dentro de las reglas,Sargento? —susurró el teniente. —Siempre es difícil, señor, ese punto —dijo Jackrum—. Yo mismo herezado muchas veces sobre el campo de batalla. Muchas veces me dijeronSoldado Rezador, señor, y no me molesta admitirlo. —Er... creo que no conozco esa oración —dijo Blouse. —Oh, calculo que las palabras le vendrán bastante pronto, señor,cuando esté frente al enemigo. Generalmente, sin embargo, son del estilo de‘Oh Dios, permíteme matar a este bastardo antes de que me mate’. —Jackrum sonrió ante la expresión de Blouse—. Ésa es la que llamo la VersiónAutorizada, señor. —Sí, Sargento, ¿pero dónde estaríamos si todos rezáramosconstantemente? —dijo el Teniente. —En el cielo, señor, sentados a la derecha de Nuggan —dijo Jackruminmediatamente—. Eso me enseñaron cuando era un chiquillo pequeño,señor. Por supuesto, estaría un poco lleno de gente así que simplemente nolo hacemos. En ese punto, Wazzer dejó de rezar y se puso de pie, quitándose elpolvo de las rodillas. Mostró al escuadrón su sonrisa brillante y preocupada. —La Duquesa guiará nuestros pasos —dijo. —Oh. Bien —dijo Blouse débilmente. —Nos mostrará el camino. —Maravilloso. Er... ¿mencionó alguna referencia en el mapa? —dijo elTeniente. —Nos dará ojos para que podamos ver. —¿Ah? Bien. Bien, muy bien —dijo Blouse—. Me siento definitivamentemucho mejor al saberlo. ¿Usted no, Sargento? —Sísseñor —dijo Jackrum—. Porque antes de esto, señor, no teníamosuna oración.
  • 216. --- Exploraron de a tres, mientras el resto del escuadrón permanecía en unprofundo hueco entre los arbustos. Había patrullas enemigas, pero no eradifícil evitar a media docena de hombres que se mantienen en los senderos yque no tienen cuidado de no hacer ruido. Los soldados eran de Zlobenia, yactuaban como si poseyeran el sitio. Por alguna razón Polly terminó patrullando con Maladict y Wazzer o,para decirlo de otra manera, un vampiro al borde y una muchacha queestaba posiblemente tan lejos sobre él que había encontrado un nuevo bordemás allá del horizonte. Ella estaba cambiando todos los días, ése era unhecho. El día que todos se enrolaron, una vida atrás, era una pequeñamuchacha de la calle, temblorosa y que se estremecía ante las sombras.Ahora, a veces parecía más alta, llena de alguna seguridad etérea, y lassombras huían de ella. Bien, no era un hecho real, lo admitió Polly. Perocaminaba como si lo fuera. Y entonces vino el Milagro del Pavo. Fue difícil de explicar. Los tres se movían a lo largo del despeñadero. Rodearon un par depuestos de vigilancia de Zlobenia, ocultos por el olor de hogueras pero,desafortunadamente, no por el olor de café. Maladict parecía estarmayormente en control, excepto por una tendencia de mascullar letras ynúmeros por lo bajo, pero Polly lo detuvo bajo amenaza de golpearlo con unpalo la próxima vez que lo hiciera. Llegaron a un borde del despeñadero que les daba otra vista deltorreón, y otra vez Polly levantó el telescopio y exploró las paredesdesnudas y rastrilló las rocas por cualquier señal de otra entrada. —Miren abajo, en el río —dijo Wazzer. El círculo de visión se puso borroso mientras Polly cambiaba el foco;cuando dejó de moverse vio la cosa blanca. Tuvo que bajar el instrumentopara ver lo que estaba mirando. —Oh cielos —dijo. —Tiene sentido, sin embargo —dijo Maladict—. Y hay un sendero a lo
  • 217. largo del río, ¿lo ven? Hay un par de mujeres sobre él. —Entrada diminuta, sin embargo —dijo Polly—. Y sería tan fácil registrara las personas por armas. —Los soldados no podrían pasar —dijo el vampiro. —Nosotros podríamos —dijo Polly—. Y somos soldados. ¿Verdad? Hubo una pausa antes de que Maladict dijera: —Los soldados necesitan armas. Las espadas y las ballestas se notan. —Habrá armas adentro —dijo Wazzer—. Me lo dijo la Duquesa. Elcastillo está lleno de armas. —¿Te dijo cómo hacer para que el enemigo las suelten? —dijo Maladict. —De acuerdo, de acuerdo —dijo Polly rápidamente—. Deberíamoscontarle al rupert lo antes posible, ¿de acuerdo? Regresemos. —Espera, yo soy el Cabo —dijo Maladict. —¿Bien? —dijo Polly—. ¿Y? —Regresemos —dijo Maladict. —Buena idea. Debería haber escuchado el canto de las aves, se dijo después. Losllamados frenéticos a la distancia le habrían contado las noticias, si sólohubiera estado lo bastante tranquila para escuchar. No habían caminado más de treinta yardas cuando vieron al soldado. Alguien del ejército de Zlobenia era peligrosamente inteligente. Sehabía dado cuenta de que la manera de descubrir a los intrusos no eramarchando ruidosamente a lo largo de los senderos trillados, sino escurrirsesilenciosamente entre los árboles. El soldado tenía una ballesta; tenía una suerte total... probablemente lasuerte total de que estuviera mirando hacia el otro lado cuando Polly salió deun arbusto de acebos. Se lanzó detrás de un árbol y gesticuló locamente aMaladict más allá en el sendero, que tuvo el sentido de cubrirse. Polly sacó su espada y la sostuvo con ambas manos contra su pecho.Podía escuchar al hombre. Estaba un poco más lejos, pero se dirigía haciaella. Probablemente el pequeño puesto de vigilancia que acababan deencontrar era un punto regular en la ruta de patrullas. Después de todo,pensó amargamente, era sólo la clase de cosas que unos idiotas sin
  • 218. formación podrían encontrar; tal vez una patrulla silenciosa incluso podíasorprenderlos allí... Cerró los ojos y trató de respirar normalmente. ¡Eso era esto eso eratodo eso era todo! Fue cuando lo averiguó. Qué recordar qué recordar qué recordar... cuando el metal encuentre lacarne... tú debes sujetar el metal. Podía sentir el gusto del metal en su boca. El hombre pasaría junto a ella. Estaría alerta, pero no tan alerta. Uncorte sería mejor que una cuchillada. Sí, un buen golpe a la altura de lacabeza mataría... ... el hijo de alguna madre, el hermano de alguna hermana, algúnmuchacho que seguía el tambor por un chelín y su primer traje nuevo. Sisólo hubiera sido entrenada, si sólo hubiera pasado unas semanasapuñalando hombres de paja hasta que pudiera creer que todos los hombresestaban hechos de paja... Se quedó congelada. Más abajo del recodo del sendero, quieta como unárbol, la cabeza inclinada, estaba Wazzer. Tan pronto como el exploradorllegara al árbol de Polly, la vería. Tendría que hacerlo ahora. Quizás los hombres lo hacían por eso. No lohacías para salvar duquesas, o países. Matabas al enemigo para evitar quematara a tus compañeros, que a su vez podrían salvarte... Podía escuchar los pasos cautelosos cerca del árbol. Levantó el sable,vio que la luz destellaba a lo largo de su borde... Un pavo salvaje surgió de la maleza del otro lado del sendero en unaascendente torre de alas, plumas y ruidos llenos de ecos. Medio volando,medio corriendo, saltó rápidamente hacia el bosque. Se escuchó el ruidosordo de un arco y un último graznido. —Oh, buen tiro, Woody —dijo una voz cercana—. ¡Parece uno grande! —¿Vieron eso? —dijo otra voz—. ¡Otro paso y lo habría pisado! Detrás de su árbol, Polly espiró. Una tercera voz, un poco más lejos, gritó: —Volvamos ahora, ¿eh, Cabo? ¡Por la forma en que salió, el Tigre debehaber corrido una milla!
  • 219. —Sí, y estoy tan asustado —dijo la voz más cercana—. El Tigre estádetrás de cada árbol, ¿correcto? —De acuerdo, demos por terminado el día. Mi esposa lo cocinará demaravillas... Gradualmente, las voces de los soldados se perdieron entre los árboles.Polly bajó la espada. Vio que Maladict espiaba desde su arbusto y la miraba.Ella levantó un dedo a sus labios. Él asintió. Esperó hasta que el canto de lasaves se calmó un poco antes de salir. Wazzer parecía estar perdida en suspensamientos; Polly la llevó de la mano con mucho cuidado.Silenciosamente, escondiéndose de árbol en árbol, regresaron al hueco. Másparticularmente, Polly y Maladict no hablaban. Pero se miraron a los ojosuna o dos veces. Por supuesto, un pavo se habría quedado oculto hasta que un cazadorcasi caminara sobre él. Por supuesto, debía haber estado ahí todo el tiempo,y sólo perdió su calma de ave cuando el explorador se acercó sigilosamente.Era un ave inusitadamente grande, una que ningún soldado hambrientopodría resistir, pero... ¿bien? Porque el cerebro no deja de pensar traicioneramente sólo porquequieres que lo haga, añadió Polly: ella dijo que la Duquesa podía movercosas pequeñas. ¿Qué tan pequeño es un pensamiento en la mente de unave? Solamente Jade e Igorina los esperaban en el hueco. Los otros habíanencontrado una mejor base a una milla de distancia, dijeron. —Encontramos la entrada secreta —dijo Polly tranquilamente, mientrasse alejaban. —¿Podemos entrar? —preguntó Igorina. —Es la entrada de las lavanderas —dijo Maladict—. Está justo río abajo.Pero hay un sendero. —¿Lavanderas? —dijo Igorina—. ¡Pero esto es una guerra! —La ropa todavía se ensucia, supongo —dijo Polly. —Más que antes, debo pensar —dijo Maladict. —Pero... ¿nuestras compatriotas? ¿Lavando ropa para el enemigo? —dijo Igorina, conmocionada.
  • 220. —Si es eso o morir de hambre, sí —dijo Polly—. Vi a una mujer quesalía llevando una canasta de panes. Dicen que el torreón está lleno degraneros. De todos modos, cosiste a un oficial enemigo, ¿verdad? —Eso es diferente —dijo Igorina—. Tenemos el deber obligatorio dessalvar a nuestros hom... personas. Nunca nada se ha dicho sobre su... ropainterior. —Podríamos entrar —dijo Polly—, si nos disfrazáramos como mujeres. El silencio dio la bienvenida a esta idea. Entonces: —¿Disfrazarnos? —dijo Igorina. —¡Sabes qué quiero decir! —dijo Polly. —¿Como lavanderas? —dijo Igorina—. ¡Éstas son las manos de unssirujano! —¿De veras? ¿Dónde las conseguiste? —dijo Maladict. Igorina le sacó lalengua. —De todos modos, no creo que debamos hacer ningún lavado —dijoPolly. —Entonces, ¿qué planeas? —dijo Igorina. Polly vaciló. —Quiero sacar a mi hermano si está ahí —dijo—. Y si pudiéramosdetener la invasión sería una buena idea. —Eso podría necesitar almidón adicional —dijo Maladict—. No quieroestropear el espíritu del momento, lo saben, pero ésa es una idea realmentehorrible. ET no estará de acuerdo con algo tan salvaje como eso. —No, tienes razón —dijo Polly—. Pero lo sugerirá. —Hum —dijo Blouse, un poco más tarde—. ¿Lavanderas? ¿Es esohabitual, Sargento Jackrum? —Oh, sí, señor. Supongo que lo hacen las mujeres de los pueblos poraquí, exactamente como lo hacían cuando nosotros teníamos el torreón —dijo Jackrum. —¿Quiere decir que ayudan y dan comodidad al enemigo? ¿Por qué? —Mejor que pasar hambre, señor. Hecho de la vida. No siempre termina
  • 221. con el lavado, tampoco. —¡Sargento, hay jóvenes aquí! —dijo Blouse con brusquedad,ruborizándose. —Tendrán que saber sobre planchar y zurcir tarde o temprano, señor —dijo Jackrum, sonriendo. Blouse abrió la boca. Blouse cerró la boca. —El té está listo, señor —dijo Polly. El té era algo asombrosamente útil.Te daba una excusa para hablar con cualquiera. Estaban en lo que quedaba de una granja en ruinas. Por el aspecto, nisiquiera las patrullas se molestaban en venir aquí —no había signo deantiguos fuegos ni siquiera de ocupación temporal. Apestaba a decadencia ymedio techo había desaparecido. —¿Las mujeres sólo vienen y van, Perks? —dijo el teniente. —Sí, señor —dijo Polly—. Y tuve una idea, señor. ¿Permiso para decirlemi idea, señor? —Vio que Jackrum levantaba una ceja. Estaba cargando lamano, tenía que admitirlo, pero el tiempo presionaba. —Hazlo, por favor, Perks —dijo Blouse—. De otro modo temo que vayasa estallar. —¡Podrían ser espías para nosotros, señor! ¡Podríamos inclusoconseguir que nos abran las puertas! —¡Bien hecho, Soldado! —dijo Blouse—. Me gusta que un soldadopiense. —Sí, correcto —gruñó Jackrum—. Un poco más agudo y se cortará a símismo. Señor, son lavanderas, señor, básicamente. Sin ofender al jovenPerks, muchacho agudo que es, pero un guardián promedio presta atencióncuando la Vieja Madre Riley trata de abrir las puertas. No hay sólo un par depuertas, tampoco. Hay seis pares, y pequeños patios bonitos entre ellas paraque los guardianes le echen un vistazo para ver si usted es enemigo, ypuentes levadizos, y techos llenos de puntas que caen si a alguien no legusta su aspecto. ¡Trate de abrir ese montón con manos jabonosas! —Me temo que el Sargento tiene un punto, Perks —dijo Blousetristemente. —Bien, suponiendo que un par de mujeres se las arreglaran para
  • 222. golpear a algunos guardianes, señor, podrían dejarnos entrar por supequeña puerta —dijo Polly—. ¡Incluso podríamos capturar al comandantedel fuerte, señor! Apuesto a que hay muchas mujeres en el torreón, señor.En las cocinas, y eso. ¡Podrían... abrir puertas para nosotros! —Oh, vamos, Perks... —empezó Jackrum. —No, Sargento. Espere —dijo Blouse—. Muy asombroso, Perks. En tuentusiasmo juvenil me has dado, aunque no te hayas dado cuenta, una ideamuy interesante... —¿Sí, señor? —dijo Polly, quien en su entusiasmo juvenil habíaconsiderado tatuar la idea sobre la cabeza de Blouse. Para ser alguien taninteligente, era realmente lento. —Efectivamente, Perks —dijo Blouse—. Porque, por supuesto, sólonecesitamos de una ‘lavandera’ que nos deje entrar, ¿verdad? Las comillas sonaban prometedoras. —Bien, sí, señor —dijo Polly. —Y, si uno como quien no quiere pensara ‘fuera de la caja’, ¡la ‘mujer’en realidad no necesita ser una mujer! Blouse estaba radiante. Polly permitió que su frente se arrugara enhonesta perplejidad. —¿No lo necesita, señor? —dijo—. Creo que no comprendo totalmente,señor. Estoy perplejo, señor. —¡‘Ella’ puede ser un hombre, Perks! —dijo Blouse, casi estallando deplacer—. ¡Uno de nosotros! ¡Disfrazado! Polly lanzó un suspiro de alivio. El Sargento Jackrum rió. —¡El Señor lo bendiga, señor, disfrazarse de lavandera es para salir delos lugares! ¡Reglas militares! —¡Si un hombre entrara, podría dejar incapacitado a cualquier guardiáncerca de la puerta, espiar la situación desde una perspectiva militar, ypermitir que el resto de los soldados entre! —dijo Blouse—. ¡Si fuera hechode noche, hombres, podríamos tener posiciones clave por la mañana! —Pero éstos no son hombres, señor —dijo Jackrum. Polly giró. ElSargento la estaba mirando, directo a través de ella. Oh maldición, quierodecir maldición... él lo sabe...
  • 223. —¿Perdone? —Son... mis pequeños muchachos, señor —continuó Jackrum, haciendoun guiño a Polly—. Muchachos agudos, llenos de coraje, pero no son paracortar gargantas y clavar corazones. Se enrolaron para ser lanceros en laurgencia, señor, en un ejército correcto. Ustedes son mis pequeñosmuchachos, les dije cuando los enrolé, y los cuidaré. ¡No puedo quedarme aun lado y dejar que los lleve a una muerte segura! —Es mi decisión, Sargento —dijo Blouse—. Estamos en ‘la bisagra deldestino’. ¿Quién, si fuera necesario, no está listo para brindar su vida por supaís? —En una correcta pelea de a pie, señor, no para ser golpeados en lacabeza por un grupo de hombres desagradables porque anduvieronalrededor de su fuerte. Usted sabe que nunca he sido de espías y deesconder colores, señor, nunca. —Sargento, no tenemos elección. Debemos aprovechar la ‘marea de lafortuna’. —Conozco de mareas, señor. Dejan jadeando a los pequeños peces. —El Sargento se puso de pie, los puños apretados. —Su preocupación por sus hombres le hace honor, Sargento, pero noscorresponde... —¿Una última y famosa resistencia, señor? —dijo Jackrum. Escupióexpertamente en el fuego de la chimenea en ruinas—. Al infierno con ellos,señor. ¡Es sólo una manera de morir famoso! —Sargento, su insubordinación se está poniendo... —Yo iré —dijo Polly tranquilamente. Ambos hombres pararon, giraron y la miraron. —Yo iré —repitió Polly, más alto—. Alguien debería ir. —¡No seas tonto, Perks! —dijo Jackrum con brusquedad—. No sabesqué hay ahí, no sabes qué guardianes esperan justo dentro de la puerta, nosabes... —Lo averiguaré, entonces, sarge, verdad —dijo Polly, sonriendodesesperadamente—. Tal vez pueda llegar a algún sitio que puedan ver yenviarles señales, o...
  • 224. —Sobre este asunto, al menos, el Sargento y yo somos de una mismaidea, Perks —dijo Blouse—. En realidad, Soldado, simplemente no resultaría.Oh, eres valiente, no hay dudas, ¿pero qué te hace pensar que tienes laposibilidad de pasar por una mujer? —Bien, señor... ¿qué? —Tu interés no pasará sin que se registre, Perks —dijo Blouse,sonriendo—. Pero, sabes, un buen oficial tiene un ojo en sus hombres ytengo que decir que he notado en ti, en todos ustedes, pequeños... hábitos,perfectamente normales, nada por qué preocuparse, como la profundaexploración ocasional de una fosa nasal tal vez, y una tendencia a sonreírdespués de lanzar ventosidades, una juvenil inclinación natural a, ejem,rascarse... en público... ese tipo de cosas. Ésta es la clase de pequeñosdetalles que te delatarán en un santiamén y que le dirían a cualquierobservador que eres un hombre con ropa femenina, créeme. —Estoy segura de que podría quitármelos, señor —dijo Pollydébilmente. Podía sentir los ojos de Jackrum sobre ella. Tú lo sab... tú losabes condenadamente bien, ¿verdad? ¿Desde cuándo lo sabes? Blouse sacudió la cabeza. —No, no se dejarían engañar ni por un instante. Son un buen grupo demuchachos, pero sólo hay un hombre aquí que tendría una posibilidad desalirse con la suya. ¿Manickle? —¿Sísseñor? —dijo Shufti, rígida con pánico instantáneo. —¿Crees que puedes conseguir un vestido para mí? Maladict fue el primero en romper el silencio. —Señor, ¿está diciéndonos... que tratará de meterse vestido como unamujer? —Bien, evidentemente soy el único que ha tenido alguna práctica —dijoBlouse, frotándose las manos—. En mi vieja escuela, nos poníamos ysacábamos faldas todo el tiempo. —Miró el círculo de caras completamenteinexpresivas—. Teatro de aficionados, ¿lo ven? —dijo alegremente—. Nohabía chicas en nuestro internado, por supuesto. Pero no permitíamos queeso nos detuviera. Vaya, todavía se comenta mi Lady Spritely en UnaComedia de Cornudos, según entiendo, y en cuanto a mi Yumyum... ¿Está
  • 225. bien el Sargento Jackrum? El Sargento se había doblado, pero con la cara al nivel de sus rodillaslogró gruñir: —Vieja herida de guerra, señor. Vino sobre mí de repente, parece. —Por favor ayúdalo, Soldado Igor. Dónde estaba... puedo ver que todosparecen perplejos, pero no hay nada extraño en esto. Buena y antiguatradición, hombres que se visten como chicas. En el sexto curso, losmuchachos solían hacerlo como broma todo el tiempo. —Hizo una pausa deun momento, y añadió pensativo—: Especialmente Wrigglesworth, poralguna razón... —Sacudió la cabeza como si quitara una idea y continuó—:De todos modos, tengo algo de experiencia en este campo, ¿lo ven? —¿Y... qué haría si... quiero decir cuando entre, señor? —dijo Polly—.No sólo tendrá que engañar a los guardianes. Habrá otras mujeres ahí. —Eso no presentará problemas, Perks —dijo Blouse—. Actuaré de unamanera femenina y tengo este truco de escenario, lo ves, donde mi vozsuena muy aguda, de este modo. —El falsete podría haber roto un vidrio—.¿Lo ven? —dijo—. No, si necesitamos una mujer, yo soy su hombre. —Asombroso, señor —dijo Maladict—. Por un momento hubiera juradoque había una mujer en la habitación. —Y ciertamente podría averiguar si hay otras entradas poco custodiadas—continuó Blouse—. Quién sabe, ¡podría incluso conseguir una llave de unode los guardianes por medio de artimañas femeninas! En todo caso, si lascosas están despejadas enviaré una señal. Una toalla que cuelga de unaventana, quizás. Algo evidentemente anormal, de todos modos. Hubo un poco más de silencio. Varios del escuadrón miraban el techo. —S-sí —dijo Polly—. Puedo ver que lo ha pensado cuidadosamente,señor. Blouse suspiró. —Si sólo Wrigglesworth estuviera aquí —dijo. —¿Por qué, señor? —Tipo asombrosamente inteligente en poner sus manos sobre unvestido, el joven Wrigglesworth —dijo el teniente. Polly captó la mirada de Maladict. El vampiro hizo una mueca y se
  • 226. encogió de hombros. —Hum... —dijo Shufti. —¿Sí, Manickle? —Tengo una enagua en mi mochila, señor. —¡Santo cielo! ¿Por qué? Shufti se puso roja. No había inventado una respuesta. —Vendajess, sseñor —intervino Igorina suavemente. —¡Sí! ¡Sí! ¡Eso es correcto! —dijo Shufti—. Yo... la encontré en laposada, allá en Plün... —Le pedí a loss muchachoss que tomaran cualquier lino apto quepudieran encontrar, sseñor. Por lass dudass. —¡Pensamiento muy sensato, hombre! —dijo Blouse—. ¿Alguien mástiene algo? —No me ssorprendería en abssoluto, sseñor —dijo Igorina, mirandoalrededor de la habitación. Unas miradas fueron intercambiadas. Unas mochilas fueron abiertas.Todas excepto Polly y Maladict tenían algo, presentado con ojos bajos. Unabata, una enagua y, en la mayoría de los casos, una bufanda de algodón,llevada por una especie de necesidad residual e inexplicable. —Obviamente deben haber pensado que nos harían daño seriamente —dijo Blouse. —No sse puede tener demassiado cuidado, sseñor —dijo Igorina. Sonrióa Polly. —Por supuesto, tengo el pelo algo corto actualmente... —musitó Blouse. Polly pensó en sus bucles, ahora perdidos y probablemente acariciadospor Strappi. Pero la desesperación rebobinó su memoria. —Parecían mujeres más viejas, principalmente —dijo rápidamente—.Llevaban pañuelos y tocados. Estoy seguro de que Igori... seguro de queIgor puede hacer algo, señor. —Nossotross los Igorss tenemoss muchoss recurssoss, sseñor —dijoIgorina, de acuerdo. Sacó una cartera de cuero negro de su chaqueta—.Diess minutoss con una aguja, sseñor, ess todo lo que nessessito. —Oh, puedo hacer ancianas maravillosamente bien —dijo Blouse. Con
  • 227. una velocidad que hizo saltar a Lofty, de repente puso ambas manosretorcidas como garras, torció la cara en una expresión de loca imbecilidad ygritó—: ¡Oh santo cielo! ¡Mis pobres pies viejos! ¡Las cosas hoy no son loque solían ser! ¡Caray! Detrás de él, el Sargento Jackrum puso la cabeza entre sus manos. —Asombroso, señor —dijo Maladict—. ¡Nunca he visto unatransformación como ésa! —¿Quizás sólo un poquito menos vieja, señor? —sugirió Polly, aunqueen verdad Blouse le había recordado a su tía Hattie con dos tercios de unvaso de jerez. —¿Eso crees? —dijo Blouse—. Oh, bien, si estás muy seguro. —Y, er, si se encuentra con un guardián, er, las ancianas generalmenteno tratan a, tratan de... —... besuquear... —susurró Maladict, cuya mente se había lanzadoevidentemente por la misma horrible pendiente. —... besuquearse con ellos —terminó Polly, ruborizándose, y luego depensarlo por segunda vez añadió—, a menos que haya tomado un vaso dejerez, de todos modos. —Y ssugiero que ussted vaya y sse dé una afeitada, sseñor... —¿Afeitada? —dijo Blouse. —Afeitarse, señor —dijo Polly—. Pondré el equipo, señor. —Ooh, sí. Por supuesto. No se ven muchas mujeres viejas con barbas,¿eh? Excepto mi tía Parthenope, según recuerdo.[39] Y... er... nadie tiene unpar de globos, ¿verdad? —Er, ¿por qué, señor? —dijo Tonker. —Un pecho grande siempre logra una risa —dijo Blouse. Miró la hilerade caras—. ¿No es una buena idea, quizás? Conseguí toda una enormeronda de aplausos como la viuda Trembler en Lástima Que Sea Un Árbol.[40]¿No? —Creo que Igor podría coser algo un poco más, er, realista, señor —dijoPolly. —¿De veras? Oh, bien, si lo crees realmente... —dijo Blouse condesaliento—. Sólo me iré y me pondré en carácter.
  • 228. Desapareció en la única otra habitación del edificio. Después de queunos segundos, le escucharon recitar ‘¡Caray, mis pobres pies!’, en variadostonos de rasguido de uñas. El escuadrón se agrupó. —¿De qué se trataba todo eso? —dijo Tonker. —Estaba hablando de teatro —dijo Maladict. —¿Qué es eso? —Una Abominación para Nuggan, por supuesto —dijo el vampiro—.Llevaría demasiado tiempo explicarlo, querida niña. Unas personas quefingen ser otras para contar una historia en una inmensa habitación donde elmundo es un lugar diferente. Otras personas están sentadas y los miran ycomen chocolate. Sumamente abominable. —Vi una función de títeres en el pueblo una vez —dijo Shufti—.Entonces sacaron al hombre a rastras y se convirtió en una Abominación. —Lo recuerdo —dijo Polly. No debían verse cocodrilos comiendo figurasde autoridad, aparentemente, aunque hasta la función de títeres nadie en elpueblo sabía qué era un cocodrilo. La parte donde el payaso golpeaba a suesposa también había constituido una Abominación, porque había usado unpalo más grueso que la reglamentaria pulgada.[41] —El teniente no durará un minuto, lo sabes —dijo. —Ssí, pero no esscuchará, ¿verdad? —dijo Igorina—. Trataré de hacerde él una mujer, lo mejor que pueda con mi tijera y mi aguja, pero... —Igorina, cuando hablas de este tipo de cosas algunas imágenes muyextrañas aparecen en mi cabeza —dijo Maladict. —Lo siento —dijo Igorina —¿Puedes rezar por él, Wazzer? —dijo Polly—. Creo que vamos anecesitar un milagro aquí. Wazzer cerró los ojos obediente y cruzó las manos por un momento;luego dijo tímidamente: —Me temo que ella dice que se necesitará más que un pavo. —¿Wazz? —dijo Polly—. ¿Realmente tú...? —Entonces paró, con lapequeña cara brillante observándola. —Sí, lo hago —dijo Wazzer—. Realmente hablo con la Duquesa.
  • 229. —Sí, bien, yo también solía hacerlo —interrumpió Tonker—. Solíarogarle, una vez. Esa estúpida cara sólo miraba y no hizo nada. Nuncadetuvo nada. Todas esas cosas, todas esas estúpidas... —La muchacha paró,demasiadas palabras le bloqueaban el cerebro—. De todos modos, ¿por quédebería contigo? —Porque yo escucho —dijo Wazzer con calma. —¿Y qué dice? —A veces sólo llora. —¿Ella llora? —Porque hay tantas cosas que las personas quieren, y no puede darlesnada. —Wazzer mostró a todos una de sus sonrisas que iluminaban lahabitación—. Pero todo estará bien cuando yo esté en el lugar correcto —dijo. —Bien, entonces está bien... —empezó Polly, en esa nube de profundavergüenza que Wazzer convocaba dentro de ella. —Sí, correcto —dijo Tonker—. Pero no le estoy rezando a nadie, ¿deacuerdo? Nunca más. No me gusta esto, Wazz. Eres una chica decente, perono me gusta la manera en que sonríes... —Paró—. Oh, no... Polly miró a Wazzer. Su cara era delgada y toda ángulos, y la Duquesaen la pintura se veía, bien, como un rodaballo sobrealimentado, pero ahorala sonrisa, la actual sonrisa... —¡No voy a aguantar eso! —gruñó Tonker—. ¡Para con eso ahoramismo! ¡De veras lo digo! ¡Me está dando escalofríos! ¡Ozz, tú la detienes...que no sonría así! —Sólo cálmate, todos ustedes... —empezó Polly. —¡Cállense condenación! —dijo Jackrum—. Un hombre no puedeescucharse mascar. Miren, están todos nerviosos. Eso ocurre. Y Wazzer tuvoun poco de religión antes de la pelea. Eso ocurre también. Y lo que ustedeshacen es guardarlo todo para el enemigo. Cálmense. Eso es lo que en lamilicia llamamos una orden, ¿de acuerdo? —¿Perks? —Era Blouse. —Es mejor que te apures —dijo Maladict—. Probablemente su corsénecesita ser ajustado...
  • 230. --- De hecho Blouse estaba sentado sobre lo que quedaba de una silla. —Ah, Perks. Una afeitada, por favor —dijo. —Oh, pensaba que su mano estaba mejor, señor... —Er... sí. —Blouse se veía incómodo—. El problema, Perks, es que...nunca me he afeitado en absoluto, para ser honesto. Tenía un hombre quelo hacía por mí en la escuela, y luego por supuesto en el ejército compartí unordenanza con Blitherskite y, er, los intentos que hice de mi parte fueronalgo sangrientos. Nunca pensé en eso realmente hasta que llegué a Plotz y,er... de repente era embarazoso... —Lamento eso, señor —dijo Polly. Era un extraño viejo mundo. —Más adelante quizás puedas darme unos cuantos consejos —continuóBlouse—. Te mantienes perfectamente afeitado, no puedo evitar notarlo. ElGeneral Froc estaría contento. Es muy anti-bigotes, dicen. —Si quiere, señor —dijo Polly. No tenía salida. Hizo un espectáculo delafilado de la navaja. Quizás podría lograrlo con apenas unos pequeñoscortes... —¿Piensas que debería tener una nariz enrojecida? —dijo Blouse. —Probablemente, señor —dijo Polly. El sarge sabe de mí, estoy segura,pensó. Sé que sí. ¿Por qué se queda callado? —¿Probablemente, Perks? —¿Qué? Oh. No... ¿por qué una nariz roja, señor? —dijo Polly, aplicandola espuma con vigor. —Se vería ppfff más divertido, quizás. —Seguramente no es ése el propósito del ejercicio, señor. Ahora, siusted sólo, er, se recuesta, señor... —Hay algo que debe saber sobre el joven Perks, señor. Polly gimió en realidad. Caminando tan silenciosamente como sólo unSargento puede hacerlo, Jackrum se había deslizado en la habitación. —¿ppfff Sargento? —dijo Blouse. —Perks no sabe cómo afeitar a un hombre, señor —dijo Jackrum—.
  • 231. Dame la navaja, Perks. —¿No sabe cómo afeitar? —preguntó Blouse. —Nosseñor. Perks nos mintió, ¿correcto, Perks? —De acuerdo, sarge, no hay necesidad de prolongarlo —suspiró Polly—.Teniente, soy... —... menor de edad —dijo Jackrum—. ¿Correcto, Perks? Sólo catorce,¿verdad? —Miró a Polly por encima de la cabeza del teniente, y le hizo unguiño. —Er... dije a una mentira para enrolarme, señor, sí —dijo Polly. —No creo que un muchacho así deba ser arrastrado al torreón, sinimportar qué tan dispuesto esté —dijo Jackrum—. Y no creo que sea elúnico. ¿Correcto, Perks? Oh, así que ése es el juego. Chantaje, pensó Polly. —Sí, sarge —dijo cansadamente. —No podemos tener una masacre de muchachos pequeños, señor,¿verdad? —dijo Jackrum. —Ya veo su punto ppfff, Sargento —dijo el teniente, mientras Jackrumle pasaba la hoja suavemente por la mejilla—. Sería delicado. —¿Mejor dar por terminado el día, entonces? —dijo Jackrum. —Por otro lado, Sargento, sé que usted se ppfff enroló siendo un niño —dijo Blouse. La hoja dejó de moverse. —Bien, todo era diferente en esos... —empezó Jackrum. —Tenía cinco años, aparentemente —continuó el teniente—. Mire,cuando escuché que iba a conocerlo, una leyenda en el ejército, porsupuesto eché una mirada a nuestros archivos de modo que pudiera, tal vez,hacer algunas bromas oportunas al presentarle su licencia honrosa. Ya sabe,¿pequeñas reminiscencias graciosas sobre los tiempos pasados? Imaginequé desorientado quedé, por tanto, al descubrir que parece haber recibidoverdaderos sueldos por, bien, era un poco difícil estar seguro, peroposiblemente no menos de sesenta años. Polly había afilado mucho la navaja. Descansaba contra la mejilla delTeniente. Polly pensó en homicidio —oh, de acuerdo, el asesinato de unprisionero que escapa— en el bosque. No será el primer oficial que he
  • 232. matado... —Probablemente uno de esos errores administrativos, señor —dijoJackrum fríamente. En la habitación en penumbras, con el musgo que ahoracubría las paredes, el Sargento se cernía amenazante. Un búho, apoyado sobre la chimenea, chilló. Resonó abajo en lahabitación. —A decir verdad no, Sargento —dijo Blouse, aparentemente ajeno a lanavaja—. Su contrato, Sargento, había sido alterado. En numerosasoportunidades. Una vez, incluso por el General Froc. Le quitó diez años a suedad y firmó el cambio. Y no fue el único. Francamente, Sargento, estoyforzado a llegar a una única conclusión. —¿Y cuál es, señor? —La navaja se detuvo otra vez, todavía contra elcuello de Blouse. El silencio pareció durar durante algún tiempo, cerrado ymuy prolongado. —Que había algún otro hombre llamado Jackrum —dijo Blouselentamente—, cuyos registros... se mezclaron con los suyos y... cada intentode ordenarlo por oficiales que no se, er, sentían completamente cómodoscon las cifras sólo lo hizo más confuso. La navaja empezó a moverse otra vez, con sedosa suavidad. —Creo que le ha puesto su derecho correcto en el asunto, señor —dijoJackrum. —Voy a escribir una nota explicativa y añadirla al paquete —continuóBlouse—. Me parece sensato preguntarle aquí y ahora cuántos años tieneusted. ¿Cuántos años tiene, Sargento? —Cuarenta y tres, señor —dijo Jackrum al instante. Polly miró haciaarriba, esperando el trueno genérico que debe acompañar una falsedad deltamaño del universo. —¿Está seguro? —dijo Blouse. —Cuarenta y cinco, señor. Las privaciones de la vida de soldado estánen la cara, señor. —Aún así... —Ah, recuerdo un par de cumpleaños adicionales que se habían borradode mi memoria, señor. Tengo cuarenta y siete, señor. —Polly notó que
  • 233. todavía no había ningún trueno de desaprobación celestial. —Er... sí. Muy bien. Después de todo, usted debería saberlo, ¿eh,Sargento? Lo corregiré. —Gracias, señor. —Exactamente como el General Froc lo hizo. Y el Mayor Galosh. Y elCoronel Legin, Sargento. —Sísseñor. Ese error de oficina me ha seguido por todas partes todoslos días de mi vida, señor. He sido un mártir de eso. —Jackrum retrocedió—.Ya estamos, señor. Una cara tan suave como el culo de un bebé. Suave escomo deben ser las cosas, ¿eh, señor? Siempre me han gustado las cosassuaves. --- Observaron al Teniente Blouse caminar a través de los árboles hacia elsendero. Observaron que se reunía con la línea irregular y rezagada demujeres camino a la puerta. Esperaron atentos unos gritos, y no escucharonninguno. —¿A-alguna mujer se balancea tanto? —dijo Wazzer, espiando a travésde los arbustos. —No legalmente, creo —dijo Polly, recorriendo el torreón con eltelescopio del teniente—. Bien, sólo tendremos que esperar alguna clase deseñal de que está bien. En algún lugar arriba, un halcón gritó. —No, lo habrán atrapado en cuanto cruzó la puerta —dijo Maladict—. Loapostaría. Dejaron a Jade en vigilancia. Con la pintura raspada, una troll podíaadaptarse a un paisaje rocoso tan bien que posiblemente nadie la notaríaantes de tropezar en ella, y para entonces sería demasiado tarde. Regresaron por el bosque, y casi habían llegado a la granja en ruinascuando ocurrió. —Lo estás llevando bien, Mal —dijo Polly—. ¿Tal vez esas castañas lolograron? No has mencionado el café en absoluto...
  • 234. Maladict se detuvo, y giró despacio. Para horror de Polly, de repente sucara estaba brillante de sudor. —Tenías que sacarlo a colación, ¿verdad? —dijo roncamente—. ¡Oh, porfavor, no! ¡Estaba esperando tan fuerte! ¡Lo estaba haciendo tan bien! —Cayó hacia adelante, pero logró ponerse sobre manos y rodillas. Entonceslevantó la cabeza, y sus ojos eran rojos, brillantes—. Busca a... Igorina —farfulló, jadeante—. Sé que está lista para esto... ... whopwhopwhop... Wazzer rezaba furiosamente. Maladict trató de ponerse de pie otra vez,cayó nuevamente de rodillas, y levantó los brazos implorando al cielo. —Aléjate de aquí mientras puedes —masculló, mientras sus dientes sealargaban visiblemente—. Yo... Hubo una sombra, una sensación de movimiento, y el vampiro sedesplomó hacia adelante, aturdido por un saco de ocho onzas de frijoles decafé que habían caído de un cielo claro. --- Polly llegó a la granja cargando a Maladict sobre los hombros. Lo pusotan cómodo como le fue posible sobre un poco de antigua paja, y elescuadrón hizo una consulta. —¿Piensas que debemos tratar de sacarle el saco de la boca? —dijoShufti nerviosa. —Traté, pero se niega —dijo Polly. —¡Pero está inconsciente! —¡Aun así no lo suelta! Lo está chupando. ¡Juraría que estaba frío, perosólo extendió la mano y lo agarró y mordió! ¡Cayó de un cielo claro! Tonker miró a Wazzer. —¿La Duquesa hace servicio de habitación? —dijo. —¡No! ¡Ella dice que n-no lo hizo! —Hay extrañas lluviass de peces —dijo Igorina, arrodillándose junto aMaladict—. Supongo que es posible que un remolino pasara por unaplantación de café, y entonces posiblemente un relámpago se descargara en
  • 235. el éter superior... —¿En qué punto sopló a través de una fábrica que hace pequeños sacosde café? —dijo Tonker—. Uno con un alegre hombre con turbante impreso yque aparentemente dice ‘¡Tostado Especial de Klatch! ¡Cuando Una PiquetaNo Es Suficiente!’ —Bien, si vas a ponerlo de ese modo, paresse un poco inverosímil... —Igorina se puso de pie, añadiendo—: Creo que estará bien cuando despierte.Posiblemente un poco hablador, sin embargo. —Está bien, muchachos, descansen un poco —dijo Jackrum, entrando—.Le demos al rupert un par de horas para que estropee las cosas, y luegopodremos correr alrededor del valle y deslizarnos y unirnos al resto delejército. Buena comida y mantas apropiadas para dormir, ¿hey? ¡Es lo quehace falta! —No sabemos que vaya a meter la pata, sarge —dijo Polly. —Sí, correcto, tal vez ya se haya casado con el comandante de laguarnición, ¿eh? Cosas más extrañas han ocurrido, aunque no puedorecordar cuándo. Perks y Manickle, están de guardia. El resto, a dormir unpoco. --- Una patrulla de Zlobenia pasó a la distancia. Polly la observó hasta queestuvo fuera de la vista. El día se estaba poniendo bueno, tibio con un pocode viento. Buen clima seco. Un buen día para ser una lavandera. Y tal vezBlouse tuviera éxito. Tal vez todos los guardianes eran ciegos. —¿Pol? —susurró Shufti. —Sí, Shuf... Mira, ¿cuál era tu nombre antes, en el mundo? —Betty. Es Betty. Er... la mayoría de los Entrar-y-Salir están en eltorreón, ¿correcto? —Aparentemente. —Así que allí es donde más probablemente encontraré a mi prometido,¿sí? Hemos hablado de eso, pensó Polly.
  • 236. —Podría ser. —Podría ser muy difícil si hay muchos hombres... —dijo Betty, unamujer con algo en mente. —Bien, si llegamos tan lejos como hasta los prisioneros y lespreguntamos es seguro que saben su nombre. ¿Cómo se llama? —Johnny —susurró Betty. —¿Sólo Johnny? —dijo Polly. —Er... sí... Ah, pensó Polly. Creo que sé cómo va esto... —Tiene pelo rubio y ojos azules, y creo que tenía un arete de oro, y... yun... uno de forma graciosa... ¿cómo se llama? Oh, sí... algo como undivieso en su, en su... culo. —Correcto. Correcto. —Hum... ahora que se lo digo a alguien, no parece de mucha ayuda,supongo. No a menos que estemos en posición tener una muy poco habitualrevista de identidad, pensó Polly, y no puedo imaginar qué posición sería. —No tanto —dijo. —Dijo que todos en el regimiento lo conocen —continuó Betty. —¿De veras? Oh, bien —dijo Polly—. Todo lo que tenemos que hacer espreguntar. —Y, er, íbamos a quebrar una moneda de seis peniques por la mitad, yasabes, como lo hacen todos, de modo que si tuviera que estar ausente poraños estaríamos seguros de encontrar a la persona correcta porque las dosmitades ajustarían... —Oh, eso sería un poco de ayuda, supongo. —Bien, sí, excepto que, bien, le di la moneda de seis peniques, y dijoque haría que el herrero lo quebrara en su yunque, y se marchó y, er, creoque lo llamaron... —La voz de Betty fue desapareciendo. Bien, eso era lo que esperaba, pensó Polly. —Supongo que pensarás que soy una muchacha tonta —masculló Bettydespués de un rato. —Una mujer tonta, quizás —dijo Polly, volviendo a observar el paisaje
  • 237. atentamente. —Fue, ya sabes, un romance relámpago... —Me suena más como un huracán —dijo Polly, y Betty sonrió. —Sí, fue un poco así —dijo. Polly respondió sonrisa por sonrisa. —Betty, es loco hablar de absurdo y tonto en momentos como éste —dijo—. ¿Dónde vamos a buscar sabiduría? ¿En un dios que odia losrompecabezas y el color azul? ¿En un gobierno fósil conducido por unaimagen? ¿En un ejército que piensa que terquedad es lo mismo que valor?Comparado con todo eso, ¡todo lo que tú tienes mal es el sentido de laoportunidad! —No quiero terminar en la escuela, sin embargo —dijo Betty—. Sellevaron a una niña de nuestro pueblo y estaba pataleando y gritando... —¡Entonces lucha contra ellos! —dijo Polly—. Tienes una espada ahora,¿verdad? ¡Defiéndete! —Vio la mirada de horror sobre la cara de Betty, yrecordó que no estaba hablando con Tonker—. Mira, si salimos vivas de estohablaremos con el coronel. Podría ayudar. —Después de todo, quizás deveras tu muchacho se llama Johnny, pensó, quizás de veras fue llamado derepente. La esperanza es algo estupendo. Continuó—: Si salimos de esto nohabrá ninguna escuela y ninguna paliza. No para ti ni para ninguna denosotras. No, si tenemos cerebro. No, si somos listas. Betty estaba casi llorando, pero logró sonreír otra vez. —Y Wazzer está hablando con la Duquesa, también. ¡Preparará lascosas! Polly miró el paisaje brillante, inalterado, vacío a excepción de unhalcón que hacía amplios círculos en el azul prohibido. —No estoy segura de eso —dijo—. Pero le gustamos a alguien de alláarriba. --- El crepúsculo era breve en esta época del año. No había ninguna señalde Blouse.
  • 238. —Obzervé hazta que no pude ver —dijo Jade, mientras se sentaba ymiraba a Shufti hacer estofado—. Algunaz de laz mujerez que zalieron eranunaz que vi entrar ezta mañana, también. —¿Estás seguro? —dijo Jackrum. —Podremoz zer torpez, zarge —dijo Jade, herida—, pero loz trollztienen gran... er... vizta muy preziza. Máz mujerez eztaban entrando eztanoche, también. —Turno de noche —dijo Tonker. —Oh bien, él lo intentó —dijo Jackrum—. Con un poco de suerte estaráen una celda caliente y bonita, y le habrán conseguido un par de pantaloneslargos. Levanten el equipo, muchachos. Nos escurriremos alrededor hacianuestras líneas y estarán cómodos en cama antes de medianoche. Polly recordó lo que había dicho, horas atrás, sobre pelear. Tenías queempezar en algún lugar. —Quiero intentar el torreón otra vez —dijo. —Eso quieres, Perks, ¿eso quieres? —dijo Jackrum, con falso interés. —Mi hermano está ahí. —Buen lugar seguro para él, entonces. —Podría estar herido. Voto por el torreón. —¿Votar? —dijo Jackrum—. Caramba, eso es nuevo. ¿Votar en elejército? ¿Quién quiere que lo maten, muchachos, por favor levanten lasmanos? Termínala, Perks. —¡Voy a intentarlo, sarge! —¡No lo harás! —¡Trate de detenerme! —Las palabras salieron antes de que pudierapararlas. Y ése es, pensó, el grito escuchado alrededor del mundo. No haymarcha atrás después de esto. He salido del borde del despeñadero y todoes cuesta abajo desde aquí. La expresión de Jackrum se quedó en blanco por uno o dos segundos, yluego dijo: —¿Alguien más vota por el torreón? Polly miró a Shufti, que se ruborizó. —Nosotros —dijo Tonker. Junto a ella, Lofty encendió un fósforo, y lo
  • 239. sostuvo para que llameara. Eso era casi un discurso de Lofty. —¿Por qué, por favor? —dijo Jackrum. —No queremos sentarnos a no hacer nada en un pantano —dijoTonker—. Y no nos gusta que nos den órdenes. —¡Deberías haber pensado en eso antes de enrolarte en un ejército,muchacho! —No somos muchachos, sarge. —¡Ustedes lo son si digo que lo son! Bien, no es como si no lo estuviera esperando, pensó Polly. He jugadocon esto bastantes veces en mi cabeza. Aquí va. —Muy bien, sarge —dijo—. Es tiempo de sacarlo, aquí y ahora. —Ooo, er —dijo Jackrum teatralmente, pescando su retorcido papel detabaco del bolsillo. —¿Qué? Jackrum se sentó sobre los restos de una pared. —Sólo inyectar un poco de sabor en la conversación —dijo—. Continúa,Perks. Toma la palabra. Pensé que llegarías a esto. —Usted sabe que soy una mujer, sarge —dijo Polly. —Sí. No confiaría que afeites un queso. El escuadrón miraba. Jackrum abrió su gran cuchillo y examinó eltabaco de mascar como si fuera la cosa más interesante en el lugar. —Entonces... er... ¿qué va a hacer sobre eso? —dijo Polly, sintiéndosedescarrilada. —No lo sé. No puedo hacer nada, ¿verdad? Naciste así. —¡No se lo dijo a Blouse! —dijo Polly. —Nope. Polly quería quitar con un golpe el desgraciado tabaco de la mano delSargento. Ahora que había pasado la sorpresa, había algo ofensivo en estafalta de reacción. Era como que alguien de repente abre una puerta justoantes de que tu ariete la golpee; de repente corrías a través del edificio y nosabías cómo parar. —Bien, todas somos mujeres, sarge —dijo Tonker—. ¿Y qué dice a eso? Jackrum cortó el tabaco.
  • 240. —¿Entonces? —dijo, todavía prestando atención al trabajo entre susmanos. —¿Qué? —dijo Polly. —¿Piensan que nunca nadie más lo intentó? ¿Piensan que son lasúnicas? ¿Piensan que el viejo sarge es sordo, ciego y estúpido? Ustedespodrían engañarse unas a otras y cualquiera puede engañar a un rupert,pero no pueden engañar a Jackrum. No estaba seguro sobre Maladict ytodavía no lo estoy, porque con un vampiro, ¿quién lo sabe? Y tampocosobre ti, Carborundum, porque con un troll, ¿a quién le importa? Sinofender. —No importa —tronó Jade. Captó la mirada de Polly y se encogió dehombros. —No soy tan bueno para leer las señales, no conozco a muchos trolls —dijo el Sargento—. Te tuve perfectamente en el primer minuto, Ozz. Algo enlos ojos, calculo. Como... estabas observando para ver qué buena eras. Oh, infierno, pensó Polly. —Er... ¿tengo un par de medias que le pertenecen? —Sí. Bien lavado, podría añadir. —¡Se las devolveré ahora mismo! —dijo Polly, rebuscando su cinturón. —Tómate tu tiempo, Perks, tómate tu tiempo, sin apuro —dijo Jackrum,levantando una mano—. Bien lavadas, por favor. —¿Por qué, sarge? —dijo Tonker—. ¿Por qué no nos delató? ¡Podríahabernos delatado en cualquier momento! Jackrum pasó su taco de mejilla a mejilla y permaneció sentadomascando durante un rato, mirando a la nada. —No, no son las primeras —dijo—. He visto unas pocas. La mayoríasolas, siempre asustadas... y la mayoría no duró mucho tiempo. Pero una odos de ellas fueron bonitos soldados, muy bonitos soldados realmente. Asíque las miré y pensé para mí mismo, bien ahora, pensé, ¿me pregunto cómoharán cuando descubran que no están solas? ¿Saben de los leones? —Asintieron—. Bien, el león es un grande y viejo cobarde, principalmente. Siquieren problemas, deben meterse con la leona. Son asesinas, y cazanjuntas. Es lo mismo en todos lados. Si quieres gran pena, acude a las
  • 241. damas. Incluso con los insectos, ¿correcto? Hay una clase de escarabajodonde ella con los dientes le arranca a él la cabeza mientras ejercita susdeberes conyugales, y eso es lo que llamo seria pena. Por otro lado, por loque escuché él continúa a pesar de todo, así que tal vez no es lo mismo paralos escarabajos. Miró a su alrededor las expresiones en blanco. —¿No? —dijo—. Bien, tal vez pensé, todo un grupo de muchachas deuna vez, eso es... extraño. Tal vez haya una razón. —Polly le vio echar unbreve vistazo a Wazzer—. De todos modos, no iba a avergonzarlas enfrentede un pequeño sapo como Strappi, y luego hubo todo ese asunto en Plotz, yentonces, bien, estábamos galopando, por así decir, metidos en las cosas sintiempo para salir. Lo hicieron bien, muchachas. Muy bien. En forma como losbuenos. —Voy a entrar en el torreón —dijo Polly. —Oh, no te preocupes por el rupert —dijo Jackrum—. Probablementeestá disfrutando de un buen tazón de scubbo ahora mismo. Fue a unaescuela para caballeros jóvenes, de modo que la prisión será exactamentecomo los viejos tiempos. —Todavía nos iremos, sarge. Lo siento —dijo Polly. —Oh, no digas que lo sientes, Perks, lo estabas haciendo bien hasta esemomento —dijo Jackrum, amargado. Shufti se puso de pie. —Yo voy también —dijo—. Creo que mi... prometido está ahí. —Tengo que ir —dijo Wazzer—. La Duquesa guía mis pasos. —Entonces, yo iré —dijo Igorina—. Probablemente me necesitarán. —No creo que pazaría como una lavandera —tronó Jade—. Me quedaréaquí y velaré por Mal. ¡Ja, zi todavía quiere zangre cuando dezpierte, va atener loz dientez romoz! Se miraron en silencio, avergonzadas pero desafiantes. Entoncesescucharon que alguien aplaudía, despacio. —Oh, muy bonito —dijo Jackrum—. ¿Una banda de hermanos, eh? Losiento... hermanas. Oh cielos, oh cielos. Miren, Blouse era un tonto.Probablemente fueron todos esos libros. Leía todas esas cosas sobre ser una
  • 242. cosa noble que muere por su país, supongo. Nunca fui tan aficionado a leer,pero sé que el trabajo lo está haciendo algún otro pobre diablo al morir porel suyo.[42] Movió su negro tabaco de un lado al otro. —Quería que ustedes estuvieran a salvo, muchachos. Abajo, en la presade hombres, calculaba que podía sacarlos de esto, sin importar cuántosamigos haya enviado el Príncipe tras ustedes. Los miro muchachos, ypienso: pobres muchachos, no saben nada sobre la guerra. ¿Qué harán?Tonker, es un tirador de primera, pero después de un tiro ¿quién lo apoyarámientras recarga? Perks, sabe uno o dos trucos, pero los tipos en el castillosabrán uno o cinco trucos tal vez. Es un buen cocinero, Shufti; lástima queva a estar demasiado caliente ahí. ¿La Duquesa desviará las flechas,Wazzer? —Sí. Lo hará. —Espero que tengas razón, mi muchacho —dijo Jackrum, lanzando a lachica una lenta y larga mirada—. Personalmente, encontré que la religión enla batalla es tan útil como un yelmo de chocolate. Necesitarás más de unaoración si el Príncipe Heinrich te atrapa, podría añadir. —Vamos a intentarlo, sarge —dijo Polly—. No hay nada para nosotrasen el ejército. —¿Vendrá con nosotras, sarge? —dijo Shufti. —No, muchacho. ¿Yo como una lavandera? Lo dudo. No parece haberuna falda en ningún lugar de mí, para empezar. Er... sólo una cosa,muchachos. ¿Cómo van a entrar? —Por la mañana. Cuando veamos a las mujeres entrar otra vez —dijoPolly. —¿Tienes todo planeado, general? ¿Y se vestirán como mujeres? —Er... somos mujeres, sarge —dijo Polly. —Sí, muchacho. Detalle técnico. Pero ustedes equiparon al rupert contodas sus pequeñas chucherías, ¿verdad? ¿Qué van a hacer, decirle a losguardianes que abrieron la alacena equivocada en la oscuridad? Cayó otro silencio embarazoso. Jackrum suspiró. —Ésta no es una guerra correcta —dijo—. Sin embargo, dije que los
  • 243. cuidaría. Ustedes son mis pequeños muchachos, dije. —Sus ojos brillaron—.Y todavía lo son, aunque el mundo esté patas arriba. Sólo tengo laesperanza, Srta. Perks, de que hayas aprendido algunos trucos del viejosarge, aunque calculo que puedes pensar algunos por ti misma. Y ahora esmejor que nos equipemos, ¿correcto? —¿Quizás podríamos escabullirnos y robar algo de los pueblos de dondevienen las criadas? —dijo Tonker. —¿De un grupo de mujeres pobres? —dijo Polly, con el corazónabatido—. De todos modos, habrá soldados por todos lados. —Bien, ¿cómo conseguimos ropa de mujer en un campo de batalla? —dijo Lofty. Jackrum rió, se puso de pie, se metió los pulgares en el cinturón ysonrió. —¡Les dije, muchachos, no saben nada sobre la guerra! —dijo. --- ... y una de las cosas que no sabían era que tiene bordes. Polly no estaba segura de qué había esperado. Hombres y caballos,obviamente. En su mente estaban trenzados en combate mortal, pero nopodías continuar haciendo eso todo el día. Así que habría carpas. Y hasta allíhabía visto el recuerdo, más o menos. No había visto que un ejército decampaña es una especie de gran ciudad portátil. Tiene solamente unempleador, y fabrica personas muertas, pero como todas las ciudadesatrae... ciudadanos. Lo que era perturbador era el sonido de los bebésllorando desde las hileras de carpas. No lo había esperado. Ni el barro. Ni lamultitud. Por todos lados había fogatas, y olor a comida. Esto era un sitio,después de todo. Las personas se habían instalado. Bajar a la llanura en la oscuridad fue fácil. Eran sólo Polly y Shuftisiguiendo al Sargento; dijo que mayor cantidad serían demasiadas y en todocaso las notarían. Había patrullas, pero el peligro era apagado por unaconstante repetición. Además, los aliados no esperaban que nadie hicieramucho esfuerzo por entrar en el valle, por lo menos en pequeños grupos. Y
  • 244. los hombres en la oscuridad hacen ruido, mucho más ruido que una mujer.Habían localizado a un centinela de Borogravia en la penumbra por el ruidoque hacía tratando de quitarse una pequeña porción de cena de los dientes.Pero otro los había ubicado cuando estaban a un tiro de piedra de lascarpas. Era joven así que todavía era despierto. —¡Alto! ¿Quién va allí? ¡Amigo o enemigo! —La luz de una hogueradestelló sobre una ballesta. —¿Ven? —susurró Jackrum—. Aquí es donde su uniforme es su amigo.¿No se alegran de habérselo quedado? Se adelantó, pavoneándose, y escupió el tabaco entre las botas deljoven centinela. —Mi nombre es Jackrum —dijo—. Es Sargento Jackrum. En cuanto a laotra parte... tú eliges. —¿Sargento Jackrum? —dijo el chico, la boca abierta. —Sí, muchacho. —¿Qué, el que mató a dieciséis hombres en la Batalla de Zop? —Había sólo diez, pero buen muchacho por saberlo. —¿El Jackrum que cargó al General Froc catorce millas por territorioenemigo? —Eso es correcto. Polly vio unos dientes en la penumbra mientras el centinela sonreía. —¡Mi papá me dijo que peleó con usted en Blunderberg! —¡Ah, ésa fue una batalla caliente, eso fue! —dijo Jackrum. —No, quiso decir en el bar, después. Le robó la bebida y usted le pegóen la boca y él le pateó los privados y usted lo golpeó en los intestinos y élle puso negro su ojo y luego usted lo golpeó con una mesa, y cuando volvióen sí sus compañeros le pagaron la cerveza de la noche por lograr colocarlecasi tres trompadas al Sargento Jackrum. Cuenta la historia todos los años,cuando es el aniversario y está borr... nostálgico. Jackrum pensó por un momento, y luego pinchó con un dedo al joven. —Joe Hubukurk, ¿correcto? —dijo. La sonrisa se ensanchó hasta el punto donde la parte de arriba de lacabeza del joven estuvo en peligro de caer.
  • 245. —¡Estará sonriendo todo el día cuando le diga que usted lo recuerda,sarge! ¡Dice que donde usted orina la hierba no crece! —Bien, ¿qué puede decir un hombre modesto a eso, eh? —dijoJackrum. Entonces el joven frunció el ceño. —Raro, sin embargo, él pensaba que usted estaba muerto, sarge —dijo. —Dile que le apuesto un chelín a que no lo estoy —dijo Jackrum—. ¿Y tunombre, muchacho? —Lart, sarge. Lart Hubukurk. —Te alegra haberte enrolado, ¿verdad? —Sí, sarge —dijo Lart lealmente. —Sólo estamos dando un paseo, muchacho. Dile a tu papá quepregunté por él. —¡Lo haré, sarge! —El chico se cuadró en atención como un únicoguardia de honor—. ¡Es un momento de orgullo para mí, sarge! —¿Todos lo conocen, sarge? —susurró Polly, mientras se alejaban. —Sí, casi todos. De nuestro lado, de todos modos. Sería tan audaz paradeclarar que mayoría del enemigo que me conoce no sabe nada muchodespués. —¡Nunca pensé que iba a ser así! —siseó Shufti. —¿Como qué? —dijo Jackrum. —¡Hay mujeres y niños! ¡Tiendas! ¡Puedo oler pan horneándose! Escomo una... una ciudad. —Sí, pero lo que buscamos no va a estar en las calles principales.Síganme, muchachos. —El Sargento Jackrum, de repente furtivo, se agachóentre dos grandes pilas de cajas y apareció junto a una herrería, su forjabrillando en el anochecer. Aquí las carpas eran de costados abiertos. Armeros y talabarterostrabajaban a la luz de linternas, las sombras parpadeando a través delbarro. Polly y Shufti tuvieron que salir del camino de un tren de mulas, cadaanimal cargaba dos barriles sobre el lomo; las mulas se apartaron paraJackrum. Tal vez las conoció antes, también, pensó Polly, tal vez realmenteconoce a todos.
  • 246. El Sargento caminaba como un hombre con la escritura del mundo.Reconocía a otros Sargentos con una inclinación de cabeza, saludabaperezosamente a los pocos oficiales que había por aquí, e ignoró a todos losdemás. —¿Ha estado aquí antes, sarge? —preguntó Shufti. —No, muchacho. —¿Pero sabe dónde va? —Correcto. No estuve aquí, pero conozco los campos de batalla,especialmente cuando todos tuvieron la oportunidad de atrincherarse. —Jackrum olfateó el aire—. Ah, correcto. Ésa es la cosa. Ustedes dos esperanaquí. Desapareció entre dos pilas de leña. Escucharon un distante mascullary, después de uno o dos momentos, reapareció sosteniendo una pequeñabotella. Polly sonrió. —¿Es ron, sarge? —Bien hecho, mi pequeño camarero de bar. Y no sería bueno si fueraron, les juro. O whisky o ginebra o brandy. Pero esto no tiene ninguno deesos nombres extravagantes. Esto es el genuino stingo, esto es verdugopuro. —¿Verdugo? —dijo Shufti. —Una gota y estás muerto —dijo Polly. Jackrum sonrió radiante, comoun maestro ante un alumno agudo. —Eso es correcto, Shufti. Es alcohol barato. En cualquier lugar donde sereúnan los hombres, alguien encontrará algo para fermentar en una bota degoma, lo destilará en una vieja tetera y lo venderá a sus compañeros. Hechode ratas, por el olor. Fermenta bien su rata corriente. ¿Gustas probar? Shufti huyó de la botella que le ofrecía. El Sargento rió. —Buen muchacho. Quédate con la cerveza —dijo. —¿Los oficiales no lo evitan? —dijo Polly. —¿Oficiales? ¿Qué saben sobre nada? —dijo Jackrum—. Y se lo compréa un Sargento, también. ¿Alguien nos observa? Polly espió en la penumbra.
  • 247. —No, sarge. Jackrum volcó un poco del líquido en la mano regordeta y lo salpicósobre su cara. —Ye-auch —siseó—. Pica como las llamas. Y a matar los gusanos de losdientes ahora. Haz el trabajo apropiadamente. —Tomó un rápido sorbo de labotella, lo escupió, y volvió a poner el corcho—. Porquería —dijo—. Deacuerdo, vámonos. —¿Adónde vamos, sarge? —dijo Shufti—. Puede decirnos ahora,¿verdad? —A un pequeño lugar tranquilo donde nuestras necesidades seránsatisfechas —dijo Jackrum—. Estará por aquí en algún lugar. —Usted no huele la mitad de un trago, sarge —dijo Shufti—. ¿Lodejarán entrar si huele a borracho? —Sí, Shufti, muchacho, lo harán —dijo Jackrum, poniéndose en caminootra vez—. La razón es que mis bolsillos tintinean y huelo a licor. A todos lesgusta un borracho rico. Ah... por este pequeño valle aquí, éste seránuestro... sí, tenía razón. Éste es el sitio. Apartado y delicado. ¿Ven algunaropa colgando afuera para secarse, muchachos? Había algunos tendederos colocados detrás de algo así como mediadocena de carpas tan sosas en este lado del valle que eran un poco más queun lavado retorcido por las lluvias de invierno. Si hubo algo en ellos habíasido recogido ante el pesado rocío. —Lástima —dijo Jackrum—. De acuerdo, de modo que tendremos quehacerlo a la manera difícil. Recuerden: sólo actúen natural y escuchen lo quedigo. —Estoy t-t-temblando, sarge —masculló Shufti. —Bien, bien, muy natural —dijo Jackrum—. Éste es nuestro lugar, creo.Bonito y silencioso, nadie nos observa, bonito y pequeño sendero hasta lacima de la ropa sucia... —Se detuvo en una carpa muy grande y tocó sobrela madera de afuera con su palo. —Las SóLidas PaLomas —leyó Polly.[43] —Sí, bien, estas damas no fueron contratadas por su escritura —dijoJackrum, abriendo la solapa de la carpa de mala reputación.
  • 248. Adentro había una pequeña área mal ventilada, una especie deantecámara de lona. Una dama, llena de bultos, con aspecto de cuervo y conun vestido de bombasí negro, se levantó de una silla y lanzó al trío la miradamás calculadora que jamás Polly hubiera visto. Terminó poniendo precio asus botas. El Sargento se quitó la gorra y con una voz jovial y rotunda que pishababrandy y cagaba pudín de ciruelas dijo: —¡Buenas noches, Madam! ¡Sargento Smith es el nombre, síefectivamente! ¡Y yo y mis audaces muchachos hemos sido tan afortunadosde adquirir un botín de guerra, si usted sigue mi idea, y nada pude hacerpero ellos estaban clamando, clamando por ir a la casa de buena reputaciónmás cercana para hacerse hombres! Unos ojos pequeños y maliciosos ensartaron a Polly otra vez. Shufti,con las orejas calientes como balizas de señales, miraba fijo el suelo. —Parece que sería un trabajo y medio —dijo la mujer brevemente. —¡Nunca dijo una palabra más verdadera, Madam! —sonrió Jackrum—.Dos de sus rubias flores para cada uno debería ser suficiente, calculo. —Hubo un tintineo mientras Jackrum, bamboleándose ligeramente, poníaalgunas monedas de oro sobre la pequeña mesa destartalada. Algo en el brillo de ellas descongeló las cosas enormemente. La cara dela mujer se quebró en una sonrisa tan glutinosa como jugo de carne. —Bien ahora, siempre no sentimos honradas de entretener a los Entrar-y-Salir, Sargento —dijo—. ¿Si ustedes... caballeros quisieran caminar através del, er, santuario interior? Polly escuchó un sonido muy apagado detrás de ella, y giró. No habíanotado al hombre sentado sobre una silla justo junto a la puerta. Tenía queser un hombre, porque los trolls no eran rosados; hacía que Ceja allá enPlün pareciera alguna clase de mala hierba. Vestía cuero, lo que escucharacrujir, y tenía los ojos sólo ligeramente abiertos. Cuando vio que lo miraba,le hizo un guiño. No era un guiño amigable. Hay veces cuando de repente un plan no va a funcionar. Cuando estásen el medio, no es momento de descubrirlo. —Er, sarge —dijo. El Sargento giró, vio su mueca desesperada, y
  • 249. pareció descubrir al guardián por primera vez. —Oh cielos, ¿dónde están mis modales? —dijo, retrocediendotambaleante y rebuscando en su bolsillo. Sacó una moneda de oro que metióen la mano del asombrado hombre. Entonces dio media vuelta, tocándose elcostado de la nariz con una expresión de idiota complicidad. —Una palabra de consejo, muchachos —dijo—. Siempre den unapropina al guardián. Mantiene fuera a la gen-gentuza, muy importante.Hombre muy importante. Volvió a los tropezones hacia la dama de negro, y eructó enormemente. —Y ahora, Madam, ¿si podemos tener estas visiones de belleza queusted está escondiendo bajo esta canasta aquí? —dijo. Eso dependía, pensó Polly unos segundos después, de cómo y cuándo ydespués de beber cuánto y de qué que uno tuviera esas visiones. Sabía deestos lugares. Servir detrás de una barra realmente puede ampliar tueducación. Había una cantidad de damas allá en casa que no eran, como sumadre lo decía, ‘no mejores de lo que deberían ser’, y a los doce años Pollyhabía recibido una bofetada por preguntar qué tan buenas deberían habersido, entonces. Eran una Abominación para Nuggan, pero los hombressiempre han encontrado espacio en su religión para pecar un poco aquí yallá. La palabra para describir a las cuatro damas sentadas en la habitaciónmás allá, si quisiera ser amable, era ‘cansadas’. Si no quisiera ser amableuna escala entera de palabras estaba colgando en el aire. Miraban hacia arriba sin mucho interés. —Estas son Fe, Prudencia, Gracia y Comodidad —dijo la dama de lacasa—. El turno de noche no ha empezado todavía, me temo. —Estoy seguro de que estas bellezas serán una grandiosa educaciónpara mis tremendos muchachos —dijo el Sargento—. Pero... ¿puedo ser tanaudaz para preguntar su nombre, Madam? —Soy la Sra. Smother, Sargento. —¿Y tiene un primer nombre, puedo preguntar? —Dolores —dijo la Sra. Smother—, para mis... amigos especiales. —Bien ahora, Dolores —dijo Jackrum, y se escuchó otro tintineo de
  • 250. monedas en su bolsillo—, iré directo al grano y seré franco, porque puedover que es una mujer de mundo. Estas frágiles flores están todas muy bienen su camino, porque sé que la moda en estos días para las damas es tenermenos carne que el lápiz de un carnicero, pero un caballero como yo, que haestado alrededor del mundo y visto una o dos cosas, bien, aprende el valorde... la madurez. —Suspiró—. No mencione a Esperanza ni a Paciencia. —Las monedas tintinearon otra vez—. ¿Quizás usted y yo podríamos retirarnosa un pequeño rincón apropiado, Madam, y hablar del tema sobre uno o doslicores? La Sra. Smother miró desde el Sargento a los ‘muchachos’, echó unvistazo hacia la antesala, y volvió a mirar a Jackrum con la cabeza inclinadaa un lado y una delgada sonrisa calculadora en los labios. —S-sí —dijo—. Usted es una fina figura de hombre, Sargento Smith.Permita que le quitemos una carga de sus... bolsillos, ¿quiere? Se tomó del brazo del Sargento, quien guiñó con picardía a Polly y aShufti. —¡Estamos bien hechos, entonces, muchachos! —Rió entre dientes—.Ahora, no se entusiasmen, cuando sea tiempo de partir soplaré mi silbato yserá mejor que ustedes terminen lo que estén haciendo, jaja, y meencuentren pronto. ¡El deber llama! ¡Recuerden la buena tradición de losEntrar-y-Salir! —Riendo tontamente y casi tropezando, dejó la habitación delbrazo de la dueña. Shufti se acercó sigilosamente a Polly y susurró: —¿El Sarge está bien, Ozzer? —Acaba de beber un poco demasiado —dijo Polly en voz alta, mientraslas cuatro chicas se ponían de pie. —Pero él... —Shufti recibió un codazo en las costillas antes de quepudiera decir más. Una de las chicas dejó su tejido cuidadosamente, tomó elbrazo de Polly, le mostró rápidamente una expresión de interés finamenteensayada y dijo: —Usted es un joven bien configurado, verdad... ¿Cuál es su nombre,querido? Soy Gracia. —Oliver —dijo Polly. ¿Y qué diablos es la buena tradición de los Entrar-
  • 251. y-Salir? —¿Alguna vez vio a una mujer sin ropa antes, Oliver? —Las chicasrieron tontamente. La frente de Polly se arrugó mientras, sólo por un momento, eraatrapada por sorpresa. —Sí —dijo—. Por supuesto. —Ooo, parece que tenemos un Don Juu-ann profesional, chicas —dijoGracia, retrocediendo—. ¡Tendremos que enviar por refuerzos! ¿Por quéusted y yo y Prudencia no nos marchamos a un pequeño rincón queconozco, y su pequeño amigo será el invitado de Fe y Comodidad?Comodidad es muy buena con los jóvenes, ¿verdad, Comodidad? El Sargento Jackrum se había equivocado en su descripción de laschicas. Tres de ellas tenían efectivamente algunas comidas menos de unpeso saludable, pero cuando Comodidad se levantó de su gran sillón una sedaba cuenta de que era, a decir verdad, un sillón bastante pequeño y que lamayor parte era Comodidad. Para ser una mujer grande tenía una carapequeña, fija en un ceño de ojos de cerdo. Tenía el tatuaje de una calaverasobre un brazo. —Es joven —dijo Gracia—. Sanará. Venga, Don Juu-ann... En cierto modo, Polly sentía alivio. No se daba con las niñas. Oh, laprofesión podía hacer caer a cualquiera, pero había conocido a algunas delas damas de inquietante virtud de su pueblo y tenían un tono que no podíaencontrar aquí. —¿Por qué trabaja aquí? —dijo, mientras entraban en una habitaciónmás pequeña, cerrada con lona. Una cama destartalada ocupaba la mayorparte del espacio. —Sabe, usted parece demasiado joven para ser esa clase de cliente —dijo Gracia. —¿Qué clase? —dijo Polly. —Oh, un tipo santo —dijo Gracia—. ‘¿Qué hace una niña como usted enun lugar así?’, y todas esas cosas. Se siente apenado por nosotras, ¿verdad?Por lo menos si alguien se pone agresivo tenemos a Garry afuera y despuésde que acaba con el tipo, se lo dicen al coronel y meten al bastardo en
  • 252. chirona. —Sí —dijo Prudencia—. Por lo que escuchamos somos las damas másseguras en veinticinco millas. La vieja Smother no está tan mal. Tenemosdinero ahorrado y nos alimenta y no nos golpea, lo que es más de lo que sepuede decir de los maridos, y no se puede andar sola, ahora, ¿puede usted? Jackrum aguantaba a Blouse porque tenías que tener un oficial, pensóPolly. Si no tienes un oficial, algún otro oficial se encargará de ti. Y unamujer necesita a un hombre, mientras que un hombre solo es su propioamo. Pantalones. Ése es el secreto. Pantalones y un par de medias. Nuncasoñé que fuera así. Ponte el pantalón y el mundo cambia. Caminamosdiferente. Actuamos diferente. Veo a estas chicas y pienso: ¡Idiotas!¡Consíganse unos pantalones! —¿Puede sacarse la ropa, por favor? —dijo—. Pienso que es mejor quenos apuremos. —Uno de los Entrar-y-Salir, éste —dijo Gracia, deslizando su vestido delos hombros—. ¡Ten vigilados tus quesos, Pru! —Er... ¿porque quiere decir que estamos en los Entrar-y-Salir? —dijoPolly. Convirtió en un espectáculo en acto de desabotonar su chaqueta,deseando creer en alguien para rezarle de modo que pudiera rezar por elsilbato. —Es porque ustedes muchachos siempre tienen su ojo en los asuntos —dijo Gracia. Y tal vez había alguien escuchando, en ese momento. El silbato sonó. Polly agarró los vestidos y salió corriendo, ajena a los gritos detrás.Afuera chocó con Shufti, tropezó con la gimiente forma de Garry, vio que elSargento Jackrum mantenía la solapa de la carpa abierta, y se lanzó comobala hacia la noche. —¡Por aquí! —siseó el Sargento; la agarró por el cuello antes de que sealejara unos pies y la hizo girar—. ¡Tú también, Shufti! ¡Muévanse! Corrió subiendo el costado del lavadero como el globo de un niñosoplado por el viento, dejando que ellas treparan tras él. Sus brazos estabanllenos de ropa, que se enganchaba y bailaba a sus espaldas. Arriba habíamaleza hasta las rodillas, traicionera en la penumbra. Tropezaron y se
  • 253. tambalearon a través de ella hasta que llegaron a un terreno más firme,donde el Sargento las sujetó y las empujó bajo los arbustos. Las llamadas ylos gritos sonaban más apagados ahora. —Ahora sólo nos mantendremos en silencio, ya —susurró—. Haypatrullas por aquí. —Seguro que nos encuentran —siseó Polly, mientras Shufti jadeaba. —No, no lo harán —dijo Jackrum—. Primero, todos correrán detrás delos gritos, porque es natu... allí van... —Polly escuchó más gritos en ladistancia—. Y tontos cabrones que son, también. Se supone que esténprotegiendo el perímetro, y corren hacia los problemas dentro delcampamento. ¡Y corren directo hacia la luz de las lámparas, de modo que allíse va su visión nocturna! ¡Si yo fuera su Sargento se merecerían una buenapaliza! Vamos. —Se enderezó, y arrastró a Shufti hasta ponerla de pie—.¿Te sientes bien, muchacho? —¡Fue ho-horrible, sarge! ¡Una de ellas puso su mano... sobre... sobremis medias! —Algo que no ocurre a menudo, le apostaría a cualquier hombre —dijoJackrum—. Pero hicieron buen trabajo. Ahora, caminaremos tranquilos ysilenciosos, y no más charla hasta que lo diga, ¿de acuerdo? Caminaron con dificultad durante diez minutos, bordeando elcampamento. Escucharon algunas patrullas, y vieron otras sobre las cimasmientras la luna salía, pero Polly cayó en la cuenta de que, aunque los gritossonaban fuertes, eran sólo parte del inmenso mosaico de sonidos que selevantaba del campamento. Las patrullas a esa distancia probablemente nolo habían escuchado, o al menos estaban comandadas por soldados de laclase que no quería recibir una paliza. En la oscuridad, escuchó a Jackrum respirar hondo. —Está bien, esto está bastante lejos. No fue un mal trabajo,muchachos. ¡Ahora son verdaderos Entrar-y-Salir! —Ese guardián estaba frío afuera —dijo Polly—. ¿Lo golpeó? —Mira, soy gordo —dijo Jackrum—. Las personas no piensan que loshombres gordos pueden pelear. Piensan que los hombres gordos songraciosos. Piensan mal. Le metí un corte en la tráquea.
  • 254. —¡Sarge! —dijo Shufti, horrorizada. —¿Qué? ¿Qué? ¡Estaba viniendo hacia mí con su garrote! —dijoJackrum. —¿Por qué lo estaba haciendo, sarge? —dijo Polly. —Ooh, tú soldado astuto —dijo Jackrum—. Muy bien, reconozco queacababa de darle la quietud a la vieja madam, pero para ser justo sé cuándoalguien acaba de pasarme un condenado trago lleno de gotas para dormir. —¿Usted golpeó a una mujer, sarge? —dijo Polly. —Sí, y tal vez cuando despierte en su corsé decidirá que la próxima vezque entre un pobre hombre gordo, viejo y borracho no sería tan buena ideatratar de hacerlo rodar por su tabaco —gruñó Jackrum—. Estaría en unazanja sin mis pantalones y un condenado gran dolor de cabeza si se hubierasalido con la suya, y si ustedes dos fueran lo bastante locos para quejarseante un oficial, ella juraría negro por azul que yo no tenía ni un peniqueencima cuando entré y que estaba borracho y hacía desorden. Y al coronel leimportaría un comino, porque calcularía que tiene ante sí un Sargento lobastante tonto para dejarse atrapar de ese modo. Lo sé, miren. Cuido a mismuchachos. —Se escuchó un tintineo en la oscuridad—. Además algunosdólares adicionales no vendrán mal. —Sarge, no robó la caja, ¿verdad? —dijo Polly. —Sí. Tomé un buen puñado de su ropero, también. —¡Bien! —dijo Shufti fervientemente—. ¡No era un buen lugar! —Era mayormente mi dinero en todo caso —dijo Jackrum—. Losnegocios han estado un poco lentos hoy, por lo visto. —¡Pero son ingresos inmorales! —dijo Polly, y luego se sintiócompletamente tonta por decirlo. —No —dijo Jackrum—. Eran ingresos inmorales, ahora son losbeneficios de un robo común. La vida es mucho más fácil cuando se aprendea pensar derecho. Polly se alegró de que no hubiera ningún espejo. Lo mejor que se podíadecir de la nueva ropa del escuadrón era que las cubría. Pero era una
  • 255. guerra. Rara vez se veía ropa nueva sobre nadie. Todavía se sentíanincómodas. Y todo eso no tenía sentido. Pero se miraron unas a otras a lafría luz del amanecer y rieron tontamente de vergüenza. Vaya, pensó Polly,mírennos: vestidas como mujeres. Era curioso, pero la que realmente encajaba mejor en el papel eraIgorina. Había desaparecido en la otra habitación ruinosa cargando sumochila. Durante diez minutos el escuadrón escuchó algún gruñido ocasionalo un ‘auch’, y luego regresó con la cabeza llena de pelo rubio, hasta loshombros. Su cara tenía una forma correcta, sin los bultos y protuberanciasque solía tener. Y se habían reducido y desaparecido las puntadas de sufrente, como Polly vio asombrada. —¿Eso no duele? —dijo. —Pica un poco durante varios minutos —dijo Igorina—. Sólo tienes quetener el don. Y el ungüento especial, por supuesto. —¿Pero porqué hay una cicatriz curvada sobre tu mejilla ahora? —dijoTonker—. Y dejaste esas puntadas. Igorina bajó los ojos recatadamente. Incluso había remodelado uno delos vestidos como un traje tirolés, y parecía una joven empleada nueva delsótano de cerveza. Sólo con mirarla uno pedía mentalmente una orden depretzels grandes. —Tengo que tener algo para mostrar —dijo—. De otra maneradefraudaría al clan. Y en realidad creo que las puntadas son algoatractivas... —Bien, de acuerdo —concedió Tonker—. Pero habla un poco ceceosa,¿quieres? Sé que está totalmente equivocado, pero ahora te ves, oh, no sé...rara, supongo. —Está bien, formen fila —dijo Jackrum. Retrocedió, y les lanzó unamirada de teatral desdén—. Bien, nunca he visto tal montón de fula... delavanderas en toda mi vida —dijo—. Deseo a todas ustedes la suerte quecondenadamente necesitarán. Habrá alguien observando la puerta para quesalgan, y eso es todo lo que puedo prometer. Soldado Perks, para esto serásCabo suplente, no remunerado. Espero que hayas aprendido una o dospequeñas lecciones en nuestro paseo. Entrar y salir, es lo que deben hacer.
  • 256. Nada de famosas y últimas resistencias, por favor. Cuando tengan dudas,patéenlos en los privados y lárguense. La verdad es que si les temen comome temen a mí, no deberían tener problemas. —¿Está seguro de que no quiere venir con nosotras, sarge? —dijoTonker, todavía tratando de no reír. —No, muchacho. No me tendrás en faldas. Todos tienen su lugar,¿correcto? ¿El lugar donde trazan la línea? Bien, ése es el mío. Estoybastante macerado en pecado, de una manera u otra, pero Jackrum siempremuestra sus colores. Soy un viejo soldado. Pelearé como un soldado, en lasfilas, sobre el campo de batalla. Además, si entrara ahí sonriendotontamente con unas enaguas nunca escucharía el final de esto. —La Duquesa dice que hay un camino d-diferente para el SargentoJackrum —dijo Wazzer. —Y no sé si tú no me asusta más que todo, Soldado Goom —dijoJackrum. Enganchó su cinturón ecuatorial—. Tienes razón, sin embargo.Cuando estén adentro me deslizaré, bonito y silencioso, y me meteré ennuestras líneas. Si no puedo levantar un pequeño ataque de distracción, minombre no es Sargento Jackrum. Y ya que es Sargento Jackrum, eso lodemuestra. Ja, hay muchos hombres en el ejército de este hombre que medeben un favor —olfateó—, que no me dirían que no a la cara. Y muchosjóvenes prometedores que querrán decir a sus nietos que pelearon al ladode Jackrum, también. Bien, les daré su oportunidad de verdadera acción desoldados. —¡Sarge, será suicida atacar las puertas principales! —dijo Polly. Jackrum se palmeó la barriga. —¿Ven este montón? —dijo—. Es como tener una armadura propia. Untipo una vez clavó una hoja en ella hasta el puño y quedó tan sorprendidocomo el infierno cuando lo noqueé. De todos modos, ustedes muchachosharán tanto escándalo que los guardianes estarán distraídos, ¿correcto?Ustedes dependen de mí, yo dependo de ustedes. Eso es militar, sí lo es. Medarán una señal, cualquiera. Es todo lo que necesitaré. —La Duquesa dice que su camino lo lleva más lejos —dijo Wazzer. —¿Sí? —dijo Jackrum jovialmente—. ¿Y dónde es eso, entonces? ¡En
  • 257. algún lugar con un buen bar, espero! —La Duquesa dice, hum, que debería conducirlo al pueblo de Scritz —Wazzer lo dijo tranquilamente mientras el resto del escuadrón reía, menospor el comentario que como una manera de perder un poco de tensión. PeroPolly la escuchó. Jackrum es real, pero realmente bueno, pensó. La más fugaz expresiónde terror desapareció en un instante. —¿Scritz? Nada allí —dijo—. Pueblo aburrido. —Había una espada —dijo Wazzer. Jackrum estaba listo esta vez. No hubo ni una chispa de expresión, sólola cara en blanco que ponía tan bien. Y eso era raro, pensó Polly, porquedebería haber algo, incluso si sólo fuera perplejidad. —He manejado montones de espadas en mi tiempo —dijo con desdén—. ¿Sí, Soldado Halter? —Sólo hay una cosa que no nos dijo, sarge —dijo Tonker, bajando lamano—. ¿Por qué el regimiento se llama Entrar-y-Salir? —Primeros para entrar en la batalla, últimos en salir de la refriega —dijo Jackrum automáticamente. —Entonces, ¿por qué nos apodamos Queseros? —Sí —dijo Shufti—. ¿Por qué, sarge? Porque por la forma en quehablaban esas chicas, sonaba como que deberíamos saberlo. Jackrum hizo un ruido de exasperación. —Oh, Tonker, ¿por qué diablos esperaste hasta que terminaron desacarse los pantalones para preguntarme eso? ¡Me sentiré avergonzado aldecirlo ahora! —Y Polly pensó: ése es el cebo, ¿correcto? Quiere decirnos.Quiere hacer cualquier conversación lejos de Scritz... —Ah —dijo Tonker—. Es sobre sexo, entonces, ¿verdad? —No tanto así, no... —Bien, dígame, entonces —dijo Tonker—. Me gustaría saberlo antes demorir. Si le hace sentirse mejor codearé a las personas y diré gnher, gnher,gnher. Jackrum suspiró. —Hay una canción —dijo—. Empieza ‘Era un lunes por la mañana, toda
  • 258. en el mes de mayo...’ —Entonces es sobre sexo —dijo Polly rotundamente—. Es una canciónfolklórica, empieza ‘twas’, tiene lugar en mayo, lo que viene a demostrarque es sobre sexo. ¿Está una lechera involucrada? Apuesto a que sí. —Podría haber —admitió Jackrum. —¿Que va al mercado? ¿Para vender su mercadería? —dijo Polly. —Muy posible. —De acuerdo. Eso nos da el queso. Y ella se encuentra, veamos, con unsoldado, un marinero, un alegre granjero o sólo posiblemente un hombretodo vestido de cuero, supongo. No, ya que es sobre nosotros, será unsoldado, ¿correcto? Y ya que es uno del Entrar-y-Salir... oh cielos, sientovenir una frase graciosa con doble sentido. Sólo una pregunta: ¿qué partede su ropa cayó o se desató? —La liga —dijo Jackrum—. La has escuchado antes, Perks. —No, pero sólo sé cómo van las canciones folklóricas. Tuvimoscantantes folclóricos en la barra más baja en cas... donde trabajaba. Al finaltuvimos que conseguir un hombre con un hurón. Pero una recuerda cosas...oh, no... —¿Hubo besuqueo, sarge? —dijo Tonker, sonriendo. —Un viaje en bote, supongo —dijo Igorina, para risa general. —No, se robó el queso, ¿verdad? —suspiró Polly—. Cuando la pobremuchacha estaba allí tendida y esperando su liga, ejem, ejem, él se largócon su queso, ¿correcto? —Er... no condenación. No con la falda puesta, Ozz —advirtió Tonker. —Entonces no es Ozz, tampoco —dijo Polly—. ¡Llenen el sombrero conpan, llenen las botas con sopa! Y roben el queso, ¿eh, sarge? —Eso es correcto. Siempre hemos sido un regimiento muy práctico —dijo Jackrum—. Un ejército marcha sobre su estómago, muchachos. ¡Sobreel mío, por supuesto, podría desfilar con banderas! —Fue su propia culpa. Debería haber sido capaz de atarse su propia liga—dijo Lofty. —Sí. Probablemente quería que le robara su queso —dijo Tonker. —Palabras sabias —dijo Jackrum—. ¡Y ya se van, entonces... Queseros!
  • 259. --- La neblina era todavía espesa cuando se abrieron camino por el bosquehacia el sendero junto al río. La falda de Polly se enganchaba en las zarzas.Debía suceder lo mismo antes de enrolarse, pero nunca lo notó tanto. Ahorala estaba molestando seriamente. Subió la mano y se ajustó las mediasdistraídamente, que había separado para usarlas como relleno de otra parte.Era demasiado flaca, ése era el problema. Los bucles habrían sido útiles.Decían ‘chica’. En su ausencia, tuvo que usar una bufanda. —Muy bien —susurró, mientras el suelo se allanaba—. Recuerden, nojurar. Reírse tontamente, no con disimulo. No eructar. Ningún arma,ninguna. No pueden ser tan estúpidos ahí dentro. ¿Alguien trajo un arma? Sacudieron las cabezas. —¿Trajiste un arma, Tonk... Magda? —No, Polly. —¿Ningún artículo de alguna clase con cierta calidad de arma? —insistióPolly. —No, Polly —dijo Tonker recatadamente. —¿Algo, quizás, con un filo? —Oh, ¿quieres decir esto? —Sí, Magda. —Bien, una mujer puede llevar un cuchillo, ¿no? —Es un sable, Magda. Estás tratando de esconderlo, pero es un sable. —Pero sólo lo estoy usando como un cuchillo, Polly. —Tiene tres pies de largo, Magda. —El tamaño no es importante, Polly. —Nadie lo cree. Déjalo detrás de un árbol, por favor. Es una orden. —¡Oh, de acuerdo! Después de un rato, Shufti, que parecía haber estado pensandoprofundamente, dijo: —No puedo comprender por qué no se ató simplemente su propia liga... —Shuft, ¿qué carajo...? —empezó Tonker.
  • 260. —... demonios —corrigió Polly—, y estás hablando con Betty, recuerda. —¿De qué demonios estás hablando, Betty? —dijo Tonker, blanqueandolos ojos. —Bien, de la canción, por supuesto. Y no tiene que echarse para atarseuna liga en todo caso. Sería más difícil —dijo Shufti—. Todo es un pocotonto. Nadie dijo nada durante un rato. Era, quizás, fácil ver por qué Shuftiestaba en su búsqueda. —Tienes razón —dijo Polly eventualmente—. Es una canción tonta. —Una canción muy tonta —dijo Tonker, de acuerdo. Todas estaban de acuerdo. Era una canción tonta. Salieron al sendero del río. Por delante de ellas un pequeño grupo demujeres daba vuelta presuroso la curva del sendero. Automáticamente, elescuadrón levantó la vista. El torreón crecía en el escarpado despeñadero;era difícil ver dónde terminaba la roca virgen y dónde empezaba la antiguamampostería. No podían ver ninguna ventana. Desde aquí, era sólo unapared que se extendía hasta el cielo. Ninguna manera de entrar, decía.Ninguna salida. En esta pared había pocas puertas, y cerradas con carácterdefinitivo. A esta distancia del río hondo y lento, el aire helaba los huesos, y seponía más frío cuanto más arriba miraban. Dando la curva pudieron ver lapuerta trasera que estaba en el pequeño saliente de roca, y a las mujeresdelante de ellas que hablaban con un guardián. —Esto no va a resultar —dijo Shufti por lo bajo—. Le están mostrandounos papeles. ¿Alguien trajo los suyos? ¿No? El soldado había levantado la vista y observaba a las muchachas, conesa expresión oficial en blanco de alguien que no está buscando emocionesni aventuras en su vida. —Sigan moviéndose —murmuró Polly—. Si todo se pone realmente mal,échense a llorar. —Eso es repugnante —dijo Tonker. Sus pies traicioneros las estaban llevando más cerca todo el tiempo.Polly mantuvo sus ojos hacia abajo, como era correcto en una mujer soltera.
  • 261. Habría otros observando, lo sabía. Probablemente estarían aburridos, podíanno estar esperando problemas, pero arriba de esas paredes había ojos fijosen ella. Llegaron al guardián. Justo dentro de la entrada de piedra angostahabía otro, holgazaneado en la sombra. —Papeles —dijo el guardián. —Oh, señor, no tengo ninguno —dijo Polly. Había estado inventando eldiscurso en el camino a través del bosque. Guerra, temores de invasión,personas que huyen, no comida... no tenías que inventar cosas, sólo teníasque reensamblar la realidad—. Tuve que partir... —Oh, correcto —interrumpió el guardián—. ¿Sin papeles? ¡No hayningún problema! Sólo entre y vea a mi colega. ¡Muy bien por unirse anosotros! —Se puso a un lado y agitó una mano hacia la oscura entrada. Perpleja, Polly entró, con las otras siguiéndola. Detrás de ellas, lapuerta se cerró. Adentro, vio que estaban en un largo corredor con muchasaberturas en las paredes hacia habitaciones de cada lado. Desde lasaberturas brillaba luz de lámpara. Podía ver sombras más allá de ellas. Unosarqueros ocultos allí podían convertir a cualquiera atrapado aquí en picadillo. Al final del corredor otra puerta se abrió. Conducía a una pequeñahabitación en la cual estaba sentado, ante un escritorio, un joven con ununiforme que Polly no reconoció, aunque tenía la insignia de capitán. A unlado, de pie, estaba un hombre mucho, mucho más grande con el mismouniforme, o posiblemente dos unidos. Tenía una espada. Había algo en él:cuando este hombre sujetaba una espada, estaba claramente siendosujetada, y por él. Tenía los ojos clavados en ella. Incluso Jade se habríaimpresionado. —Buenos días, damas —dijo el capitán—. Sin papeles, ¿eh? Quítense lasbufandas, por favor. Y eso era todo, pensó Polly, mientras la parte inferior de su estómagose caía. Y pensábamos que éramos inteligentes. No había nada que hacerexcepto obedecer. —Ah. Me dirá que su pelo fue afeitado como castigo por confraternizarcon el enemigo, ¿eh? —dijo al hombre, apenas levantando la vista—.
  • 262. Excepto usted —añadió a Igorina—. ¿No tiene ganas de confraternizar conalgún enemigo? ¿Algo mal con los decentes muchachos de Zlobenia? —Er... no —dijo Igorina. Ahora el capitán sonrió breve y alegremente. —Caballeros, no hagamos los tontos, ¿quieren? Caminan mal.Observamos, lo saben. Caminan mal y se paran mal. Usted —señaló aTonker—, tiene un poco de jabón de afeitar bajo una oreja. Y usted, señor,es deforme o ha intentado el viejo truco de meter un par de medias bajo elchaleco. Carmesí de vergüenza y humillación, Polly bajó la cabeza. —Entrar o salir disfrazados como lavanderas —dijo el capitán,sacudiendo la cabeza—. Todos afuera de este estúpido país lo conocen,muchachos, pero la mayoría de ellos hacen más esfuerzo que ustedes. Bien,para ustedes la guerra ha terminado. Este lugar tiene grandes calabozos,muy grandes y no me molesta decirles que probablemente van a estar mejoraquí que afuera... Sí, ¿qué quiere? Shufti había levantado una mano. —¿Puedo mostrarle algo? —dijo. Polly no giró, pero miró la cara delcapitán mientras, al lado de Polly, la tela crujía. No podía creerlo. Shufti seestaba levantando la falda... —Oh —dijo el capitán, recostándose en su silla. Su cara se puso roja. 19 Se escuchó una explosión desde Tonker, pero era una explosión delágrimas. Salieron acompañadas de un largo y triste gemido, mientras setiraba al piso. —¡Venimos de ta-an lejos! ¡Nos tendimos en zanjas para escondernosde los soldados! ¡No hay comida! ¡Queremos trabajar! ¡Usted nos llamómuchachos! ¿Por qué es ta-an cruel? Polly se arrodilló y la levantó, palmeándole la espalda mientras loshombros de Tonker se sacudían con la fuerza de sus sollozos. —Ha sido muy difícil para todos nosotros —dijo el capitán con la caracolorada.19 Recordemos que Shufti, o sea Betty, está embarazada. (Nota del traductor)
  • 263. —Si puedes abatirlo, puedo ahorcar al otro con el cordel de mi mandil—susurró Tonker en su oreja, entre alaridos. —¿Ha visto todo lo que desea ver? —dijo Polly al capitán ruborizado,cada sílaba tintineando hielo. —¡Sí! ¡No! ¡Sí! ¡Por favor! —dijo el capitán, lanzando al guardián lamirada agonizante de un hombre que sabe que va a ser motivo de la risa detodo el fuerte dentro de una hora—. Una vez fue bastante... quiero decir, hevisto... mire, estoy completamente satisfecho. Soldado, vaya y busque unade las mujeres del lavadero. Lo siento tanto, damas, yo... tengo trabajo quehacer... —¿Lo disfruta? —dijo Polly, todavía helando. —¡Sí! —dijo el capitán apresuradamente—. ¡Quiero decir, no! ¡No, sí!Tenemos que tener cuidado... ah... El soldado grande había regresado, siguiendo el paso de una mujer.Polly la miró. —Algunas, er, nuevas voluntarias —dijo el capitán, señalandovagamente hacia el escuadrón—. Estoy seguro de que la Sra. Enid haráalgún uso de ellas... er... —Indudablemente, capitán —dijo la mujer, haciendo una reverenciarecatadamente. Polly todavía miraba. —Ustedes se van... damas —dijo el capitán—. Y si son buenastrabajadoras estoy seguro de que la Sra. Enid les dará un pase para que notengamos este problema otra vez... er... Shufti puso ambas manos sobre su escritorio, se inclinó hacia él y dijo:‘Boo’. Su silla golpeó la pared. —Puedo no ser inteligente —dijo a Polly—. Pero no soy estúpida. --- Pero Polly todavía miraba al Teniente Blouse. Había hecho unareverencia sorprendentemente bien. El soldado las escoltó a lo largo de un túnel que se abría en unantepecho sobre lo que era tanto una cueva como una habitación; estaba en
  • 264. ese nivel del torreón donde no había mucha diferencia. No era un lavadero,sino evidentemente alguna vida caliente y húmeda después de la muertepara ésos que requerían castigo con el adicional de fregar. El vapor rodabaal otro lado del techo, se condensaba, y goteaba a un piso que ya estabaempapado. Y continuaba para siempre, tina tras tina. Unas mujeres semovían como fantasmas a través de nubes de niebla que derivaban ygiraban. —Allí van, damas —dijo, y palmeó la nalga de Blouse—. ¿Te veodespués esta noche, entonces, Daphne? —¡Oh, sí! —trinó Blouse. —A las cinco, entonces —dijo el soldado, y salió por el corredor. —¿Daphne? —dijo Polly, cuando el hombre se fue. —Mi ‘nom de guerre’ —dijo Blouse—. Todavía no encontré una manerade salir de las áreas más bajas pero todos los guardianes tienen llaves ytendré la suya en mi mano a las cinco y media. ¿Perdón? —Creo que Tonker... lo siento, Magda sólo se mordió la lengua —dijoPolly. —¿Magda? Oh, sí. Bien hecho para mantenerse en el personaje, er... —Polly —dijo Polly. —Buena elección del nombre —dijo Blouse, bajando unos escalones—.Es un buen nombre común, algo como de doncella. —Sí, es lo que pensé —dijo Polly con gravedad. —Er... ¿el Sargento Jackrum no vino con ustedes, entonces? —dijo elteniente, con un rastro de nerviosismo. —No, señor. Dijo que iba a dirigir una carga sobre las puertasprincipales, señor, si le enviábamos una señal. Espero que no lo intenteantes. —Santo cielo, el hombre está loco —dijo Blouse—. Espléndido esfuerzode los muchachos, sin embargo. Bien hecho. Ustedes definitivamentepasarían por mujeres ante el observador casual. —Viniendo de usted, Daphne, es un gran cumplido —dijo Polly,pensando: vaya, soy realmente buena manteniendo una cara seria. —Pero no necesitaban venir tras de mí —dijo Blouse—. Lamento no
  • 265. haberles hecho una señal, pero la Sra. Enid permitió que me quedara apasar la noche, miren. Los guardianes no hacen tantos controles por lanoche así que usé mi tiempo para buscar el camino al torreón superior. Todocon puertas o realmente custodiado, me temo. Sin embargo, el SoldadoHauptfidel se ha prendado de mí... —¡Bien hecho, señor! —dijo Polly. —Perdone, quiero tenerlo claro, señor —dijo Tonker—. Usted tiene unacita con un guardián. —Sí, y sugeriré que vayamos a algún lugar oscuro lugar y luego cuandohaya conseguido lo que quiero le romperé el cuello —dijo Blouse. —¿No es ir un poco demasiado lejos en una primera cita? —dijo Tonker. —Señor, ¿tuvo problemas para entrar? —dijo Polly. Esto la había estadomolestando. Parecía tan injusto. —No, no en absoluto. Sólo sonreí y moví las caderas y me dejaronpasar. ¿Y ustedes? —Oh, tuvimos un pequeño... —dijo Polly—. Fue un poco espan... fuepoco elegante por un momento o dos. —¿Qué les dije? —dijo Blouse triunfal—. ¡Todo se trata de habilidadactoral! Pero ustedes eran muchachos valientes para intentarlo. Vengan yconozcan a la Sra. Enid. Una dama muy leal. ¡Las bravas mujeres deBorogravia están de nuestro lado! Y, efectivamente, había una imagen de la Duquesa en el hueco queservía de oficina a la encargada del lavadero. La Sra. Enid no era una mujerparticularmente grande pero tenía antebrazos como los de Jade, un mandilempapado, y la boca más movible que Polly jamás había visto. Sus labios ysu lengua dibujaban cada palabra como una gran forma en el aire; en unacaverna llena de siseos de vapor, ecos, agua cayendo y golpes de ropamojada sobre piedra, las lavanderas observaban los labios cuando las orejasquedaban aturdidas. Cuando escuchaba, su boca se movía todo el tiempo,también, como alguien tratando de sacarse un trozo de nuez de un diente.Tenía las mangas enrolladas encima de los codos. Escuchó impasible mientras Blouse presentaba al escuadrón. —Ya veo —dijo—. Correcto. Deje a sus muchachos aquí conmigo, señor.
  • 266. Debe regresar a la habitación de prensas. Cuando Blouse regresó rebotando y tambaleándose a través del vapor,la Sra. Enid las miró de arriba para abajo, y luego a los ojos. —Muchachos —gruñó—. ¡Ja! Es todo lo que sabe, ¿eh? ¡Que una mujerlleve la ropa de un hombre es una Abominación para Nuggan! —Pero estamos vestidos como mujeres, Sra. Enid —dijo Pollymansamente. La boca de la Sra. Enid se movió ferozmente. Entonces cruzó los brazos.Era como una barricada avanzando contra todo lo que era impío. —No es correcto —dijo—. Tengo un hijo y un marido prisioneros en estelugar y estoy trabajando como una esclava para el enemigo sólo paratenerlos vigilados. Van a invadir, lo saben. Es asombroso lo que escuchamosaquí abajo. De modo que qué bien les hará a sus hombres que los rescatencuando todos estamos bajo el tacón del zueco Zlobeniano pintado a mano,¿eh? —Zlobenia no invadirá —dijo Wazzer con confianza—. La Duquesavelará por ello. No tema. Wazzer recibió esa clase de mirada que siempre conseguía cuandoalguien la escuchaba por primera vez. —Estuvo rezando, ¿verdad? —dijo la Sra. Enid gentilmente. —No, sólo escuchando —dijo Wazzer. —Nuggan le habla, ¿verdad? —No. Nuggan está muerto, Sra. Enid —dijo Wazzer. Polly tomó el brazo delgado como fósforo de Wazzer y dijo: —Excúsenos un momento, Sra. Enid. —Escondió a la muchacha detrásde un inmenso escurridor, accionado por agua. Jadeaba y resonaba como unfondo a su conversación. —Wazzer, esto se está poniendo... —La lengua nativa de Polly no teníaninguna palabra para ‘anormal’, pero si hubiera conocido la palabra habríabienvenido su inclusión—... extraño. Está preocupando a las personas. Nopuedes andar diciendo por allí que un dios está muerto. —Pasado, entonces. Menguado... creo —dijo Wazzer, arrugando lafrente—. No más con nosotros...
  • 267. —Todavía tenemos las Abominaciones. Wazzer trató de concentrarse. —No, no son reales. Son como... ecos. Voces muertas en una antiguacueva, rebotando de un lado al otro, cambiando las palabras, diciendotonterías... como las banderas que fueron usadas para señales pero queahora sólo aletean en el viento... —Los ojos de Wazzer se desenfocaron y suvoz cambió, se puso más adulta, más segura—... y no vienen de ningúndios. No hay ningún dios aquí ahora. —¿Así que de dónde vienen? —De nuestro miedo... Vienen de la parte que odia lo Otro, que nocambiará. Vienen de la suma de toda la insignificancia, estupidez y torpeza.Tenemos miedo a mañana, y hemos hecho del miedo nuestro dios. LaDuquesa lo sabe. El escurridor de agua continuaba chirriando. Alrededor de Polly lascalderas siseaban, el agua corría a chorros en las canaletas. El aire estabacargado de olor a jabón y tela húmeda. —No creo en la Duquesa, tampoco —dijo Polly—. Fue sólo engaño en elbosque. Nadie miraba alrededor. No quiere decir que crea en ella. —Eso no importa, Polly. Ella cree en ti. —¿De veras? —Polly echó un vistazo alrededor de la cueva llena devapor y goteras—. ¿Está aquí, entonces? ¿Nos ha agraciado con supresencia? Wazzer no tenía ningún concepto de sarcasmo. Asintió. —Sí. Sí. Polly miró detrás de ella. —¿Acaba de decir que sí? —preguntó. —Sí —dijo Wazzer. Sí. Polly se relajó. —Oh, es un eco. Es una cueva, después de todo. Uh... ... lo que no explica por qué mi voz no vuelve rebotando... —Wazz... quiero decir, ¿Alice? —dijo pensativa.
  • 268. —¿Sí, Polly? —dijo Wazzer. —Pienso que sería una muy buena idea si no hablas demasiado sobreesto a los demás —dijo—. A las personas no les molesta creer, ya sabes, endioses y todo eso, pero se ponen muy nerviosas si les dices que estánapareciendo. Er... ella no va a aparecer, ¿verdad? —¿La persona en la que no crees? —dijo Wazzer, mostrando un destellode espíritu. —Yo... no digo que no existe —dijo Polly débilmente—. Sólo que no creoen ella, eso es todo. —Ella está muy débil —dijo Wazzer—. La escucho llorar en la noche. Polly buscó más información en la cara enfermiza, esperando que dealguna manera Wazzer se estuviera riendo de ella. Pero no vio nada másque inocencia perpleja. —¿Por qué llora? —dijo. —Las oraciones. La lastiman. Polly giró en redondo cuando algo tocó su hombro. Era Tonker. —La Sra. Enid dice que vayamos a trabajar —dijo—. Dice que losguardianes pasan y controlan... --- Era trabajo de mujeres, y por lo tanto monótono, agotador y social.Polly había pasado mucho tiempo sin meter las manos en una tina, y las deaquí eran largos bebederos de madera, donde veinte mujeres podíantrabajar al mismo tiempo. Unos brazos a cada lado de ella apretaban yaporreaban, retorcían prendas de vestir y las ponían con un golpe en elbebedero de enjuagar detrás de ellas. Polly se les unió, y escuchó elzumbido de conversación a su alrededor. Eran chismes, pero entre ellos flotaban trozos de información comoburbujas en la tina. Un par de guardianes se habían ‘tomado libertades’ —esdecir, más de las que ya se habían tomado— y aparentemente habían sidoazotados por eso. Esto causó mucho comentario a lo largo de la tina.Aparentemente algún gran milord de Ankh-Morpork estaba a cargo de las
  • 269. cosas y lo había ordenado. Era alguna clase de mago, dijo la mujer enfrente.Decían que podía ver las cosas que ocurrían por todos lados, y que sealimentaba de carne cruda. Decían que tenía ojos secretos. Por supuesto,todas sabían que esa ciudad era el hogar de las Abominaciones. Polly,frotando una camisa diligentemente sobre una tabla de lavar, pensó en esto.Y pensó en un halcón de tierras bajas en este país de tierras altas, y enalguna criatura tan veloz y furtiva que era sólo una sugerencia de sombra... Tomó un turno en las calderas de cobre, empujando las calientesprendas de vestir bajo la superficie borboteante, y notó que en este lugar sinarmas de ninguna clase estaba usando un pesado palo de tres pies de largo. Disfrutaba del trabajo, de una manera callada. Sus músculos hacíantodo el pensamiento necesario, dejando libre su cerebro. Nadie sabía conseguridad que la Duquesa estuviera muerta. Eso no importaba ni más nimenos. Pero Polly estaba segura de una cosa. La Duquesa había sido unamujer. Sólo una mujer, no una diosa. Oh, las personas le rezaban con laesperanza de que sus peticiones fueran envueltas para regalo y enviadas aNuggan, pero eso no le daba derecho de meterse con la cabeza de personascomo Wazzer, quien tenía bastantes problemas por sí sola. Los diosespodían hacer milagros, las duquesas posaban para pinturas. Por el rabillo del ojo Polly vio que una fila de mujeres tomaba grandescanastas de una plataforma al final de la habitación y salía a través de otraentrada. Arrastró a Igorina del bebedero del lavado y le dijo que se uniera aellas. —¡Y anota todo! —añadió. —Sí, Cabo —dijo Igorina. —Porque sé una cosa —dijo Polly, señalando las pilas de lino húmedo—,y es que este montón necesitará brisa... Volvió a trabajar, uniéndose ocasionalmente al parloteo para aparentar.No era difícil. Las lavanderas se mantenían lejos de algunos temas,particularmente ésos como ‘maridos’ e ‘hijos’. Pero Polly recogió pistas aquíy allá. Algunos estaban en el torreón. Algunos estaban probablementemuertos. Algunos estaban allá afuera, en algún lugar. Algunas de lasmujeres más viejas llevaron la Medalla de Maternidad, otorgado a las que
  • 270. habían perdido sus hijos por Borogravia. El metal falso se estaba oxidandoen la húmeda atmósfera, y Polly se preguntó si las medallas habían llegadocon una carta de la Duquesa, con la firma impresa al final y el nombre delhijo apretado para que entrara en el espacio: La honramos y felicitamos, Sra. L. Lapchic de Calle Bien,Manx, por la muerte de su hijo OttoPiotrHanLapcbic, el 25 deJunio en --- El sitio era siempre censurado en caso de que fuera de ayuda ycomodidad para el enemigo. A Polly le sorprendía descubrir que las medallasbaratas y las palabras desconsideradas, en cierto modo, eran de ayuda ycomodidad para las madres. Aquellas en Munz que las habían recibido lasllevaban con una especie de orgullo feroz, indignado. No estaba segura de confiar mucho en la Sra. Enid. Ella tenía un hijo yun marido en las celdas, y había tenido una oportunidad de sopesar aBlouse. Se estaría preguntando: ¿qué es más posible, que consiga sacarlos atodos y mantenerlos a salvo, o que vaya a ser un poderoso enredo que bienpodría dañarnos a todos? Y Polly no podía culparla si iba con las pruebas... Se dio cuenta de que alguien le hablaba. —¿Hum? —dijo. —Mira esto, ¿quieres? —dijo Shufti, agitando un empapado pantalónlargo de hombre delante de ella—. ¡Ponen los colores con los blancos! —¿Bien? ¿Y qué? Es el pantalón de un enemigo —dijo Polly. —¡Sí, pero hay algo que se llama hacerlo apropiadamente! ¡Mira,pusieron este rojo y todos los otros se están poniendo rosados! —¿Y? Solía gustarme el rosado cuando tenían unos siete años. 20 —¿Pero rosado claro? ¿Para un hombre? Polly miró la siguiente tina por un momento, y palmeó el hombro deShufti. —Sí. Es muy pálido, ¿verdad? Es mejor que busques un par más de20 Es un hecho establecido que, a pesar de todo lo que la sociedad pueda hacer, las niñas de siete años estánmagnéticamente atraídas al color rosado. (Nota del autor)
  • 271. cosas rojas —dijo. —Pero eso lo pondría incluso peor... —empezó Shufti. —Ésa fue una orden, soldado —susurró Polly en su oreja—. Y añade unpoco de almidón. —¿Cuánto? —Todo lo que puedas encontrar. Igorina regresó. Igorina tenía buenos ojos. Polly se preguntó si algunavez habían pertenecido a otra persona. Hizo un guiño a Polly y levantó unpulgar. Era, para alivio de Polly, suyo propio. --- En la inmensa habitación de planchado, sólo una persona trabajaba enlas largas mesas cuando Polly, aprovechando la ausencia temporal de la Sra.Enid, entró rápidamente. Era ‘Daphne’. Todas las demás mujeres estabanreunidas alrededor, como si observaran una demostración. Y eso hacían. —... el cuello, lo ven —dijo el Teniente Blouse, blandiendo una granplancha, llena de carbón y humeante—. Entonces los puños de las mangas yfinalmente las mangas. Hagan medio frente a la vez. Deberán colgarlasinmediatamente pero, y aquí tienen un útil consejo, no las planchen hastasecarlas totalmente. Es realmente cuestión de práctica, pero... Polly miraba en asombro fascinado. Odiaba el planchado. —Daphne, ¿podría tener una palabra? —dijo, durante una pausa. Blouse levantó la vista. —Oh, P... Polly —dijo—. Hum, sí, por supuesto. —Es asombroso lo que sabe Daphne sobre líneas de plisado —dijo unamuchacha, con admiración—. ¡Y prensa telas! —Estoy asombrada —dijo Polly. Blouse le pasó la plancha a la muchacha. —Allí tiene, Dympha —dijo generosamente—. Recuerde: siempreplanche el revés primero, y sólo hágalo del revés con la ropa oscura. Errorcomún. Ya voy, Polly. Polly taconeó durante un rato afuera, y una de las muchachas se acercó
  • 272. con una gran pila de cosas recién planchadas. Vio a Polly, y se inclinó haciaella mientras pasaba. —Todas sabemos que es un hombre —dijo—. ¡Pero se está divirtiendomucho y plancha como un demonio! —Señor, ¿cómo sabe de planchado? —dijo Polly, cuando estuvieron deregreso en la habitación del lavado. —Tenía que hacer mi propio lavado de ropa sucia allá en los cuarteles —dijo Blouse—. No podía pagar a una chica; el ordenanza era un estrictoNugganita y decía que era trabajo de mujer. Así que pensé, bien, no puedeser difícil, de otra manera no lo dejaríamos a ellas. Realmente no son muybuenas aquí. ¿Sabes que ponen juntos los colores y los blancos? —Señor, sabe que dijo que iba a robarle una llave de portón a unguardián y romperle el cuello —dijo Polly. —Efectivamente. —¿Sabe cómo romper el cuello de un hombre, señor? —Leí un libro de artes marciales, Perks —dijo Blouse, un pocoseveramente. —¿Pero en realidad no lo ha hecho, señor? —¡Bien, no! Estuve en los cuarteles, y no se permite practicar sobrepersonas reales, Perks. —Mire, la persona cuyo cuello quiere romper tendrá un arma en esemomento y usted no, señor —dijo Polly. —He probado el principio básico sobre una manta enrollada —dijoBlouse con tono de reproche—. Parece funcionar muy bien. —¿Estaba la manta luchando y haciendo fuertes ruidos de gorgoteo ypateándolo en las medias, señor? —¿Las medias? —dijo Blouse, perplejo. —A decir verdad pienso que su otra idea sería mejor, señor —dijo Pollyapresuradamente. —Sí... mi, er... otra idea... ¿cuál era ésa, exactamente? —Ésa donde escapamos del lavadero vía el área de secadero de ropa,señor, después de incapacitar silenciosamente a tres guardianes, señor. Hayuna especie de habitación móvil al fondo del corredor, señor, que es
  • 273. levantada todo el camino hasta el techo. Dos guardianes van allá con lasmujeres, señor, y hay otro guardián en el techo. Actuando juntos,eliminaríamos a cada guardián desprevenido, que sería más seguro queusted contra un hombre armado, con todo el debido respeto, señor, y esonos dejaría en muy buena posición de ir a cualquier lugar en el torreón víalos tejados, señor. ¡Bien hecho, señor! Hubo una pausa. —¿Yo, er, entré en todos esos detalles? —dijo Blouse. —Oh, no, señor. No tiene que hacerlo, señor. Los Sargentos y los Cabosse las arreglan con los detalles finos. Los oficiales están ahí para ver el granconcepto. —Oh, absolutamente. Y, er... ¿qué tan grande es este concepto? —dijoBlouse, parpadeando. —Oh, muy grande, señor. Un concepto muy grande, señor. —Ah —dijo Blouse, y se enderezó y asumió lo que consideraba laexpresión de alguien con visión panorámica. —Algunas de las damas solían trabajar en el torreón superior, señor,cuando era nuestro —continuó Polly rápidamente—. Anticipándome a susórdenes, señor, puse al escuadrón en conversación ligera con ellas sobre eldiseño del sitio, señor. Consciente del avance general de su estrategia,señor, pienso que he encontrado una ruta a los calabozos. Hizo una pausa. Había sido una buena palabrería, lo sabía. Casi dignade Jackrum. La había salpicado de tantos ‘señor’ como se atrevió. Y estabamuy orgullosa de ‘anticipándome a sus órdenes’. No había escuchado a Jackrum usarlo, pero con cierta cantidad decuidado era una justificación para hacer casi cualquier cosa. ‘Avance general’estuvo bonito, también. —Calabozos —dijo Blouse pensativo, perdiendo momentáneamente lavisión del gran concepto—. A decir verdad pensé que había dicho... —Sísseñor. ¡Porque, señor, si podemos sacar a muchos de losmuchachos de los calabozos, señor, estará al mando dentro del baluarte delenemigo, señor! Blouse creció otra pulgada, y luego se relajó otra vez.
  • 274. —Por supuesto, hay algunos oficiales muy superiores aquí. Todos ellossuperiores a mí... —¡Sísseñor! —dijo Polly, sobre el camino de graduarse en la EscuelaPara La Completa Manipulación de Ruperts del Sargento Jackrum—. ¿Quizássea mejor que tratemos de liberar a los soldados primero, señor? Noqueremos exponer a los oficiales al fuego enemigo. Era desvergonzado y estúpido, pero ahora la luz de la batalla estaba enlos ojos de Blouse. Polly decidió echarle aire, por las dudas. —Su liderazgo ha sido realmente un grandioso ejemplo para nosotros,señor —dijo. —¿De veras? —Oh, sí, señor. —Ningún oficial podría haber comandado a un mejor grupo de hombres,Perks —dijo Blouse. —Probablemente sí, señor —dijo Polly. —¿Y qué hombre se atrevería a desear tal oportunidad, eh? —dijoBlouse—. ¡Nuestros nombres estarán en los libros de historia! Bien, el mío loestará, obviamente, y me aseguraré de que ustedes tengan una mencióntambién. ¿Y quién lo sabe? ¡Quizás pueda recibir el más alto homenaje queun valiente oficial pueda obtener! —¿Cuál es, señor? —dijo Polly respetuosamente. —Tener un producto alimenticio o un artículo de ropa con su nombre —dijo Blouse, la cara radiante—. El General Froc consiguió ambos, porsupuesto. El Abrigo y la Carne Froc. Por supuesto, nunca podría aspirar atanto. —Bajó la vista tímidamente—. ¡Pero tengo que decir, Perks, que hecreado algunas recetas, por las dudas! —¿De modo que algún día estaremos comiendo un Blouse, señor? —dijoPolly. Estaba observando que apilaban canastas. —Posiblemente, posiblemente, si me atrevo a esperar —dijo Blouse—.Er... mi favorito es una especie de anillo de pasta, ya sabes, relleno de natay remojado con ron... —Eso es un Rum Baba, señor —dijo Polly distraída. Tonker y las demásobservaban las canastas apiladas, también.
  • 275. —¿Ya lo han hecho? —Eso me temo, señor. —¿Y... er... un plato de hígado y cebollas? —Se llama hígado-con-cebollas, señor. Lo siento —dijo Polly, tratandode no perder la concentración. —Er, er, bien, me he dado con que algunos platos han sido nombradospor personas cuando realmente sólo les hicieron pequeños cambios a unareceta básica... —¡Debemos irnos ahora, señor! ¡Ahora o nunca, señor! —¿Qué? Oh. Correcto. Sí. ¡Debemos irnos! Fue una maniobra militar sin registrar hasta ese momento. Elescuadrón, acercándose desde diferentes direcciones a la señal de Polly,llegó a las canastas justo delante de las mujeres que tenían el propósito detomarlas, agarraron las asas y avanzaron. Sólo entonces se dio cuenta deque probablemente nadie más quería el trabajo, y las mujeres estabanfelices por dejarle el esfuerzo a las idiotas recién llegadas. Las canastas erangrandes y el lavado mojado era pesado. Wazzer e Igorina apenas pudieronlevantar una canasta entre las dos. Un par de soldados esperaba junto a la puerta. Parecían aburridos, yprestaron poca atención. Era una larga caminata al ‘ascensor’. Polly no fue capaz de imaginarlo cuando se lo describieron. Tenías queverlo. Era sólo una gran caja abierta de pesados maderos, sujeta a una sogagruesa, y que subía y bajaba por una especie de chimenea en la roca.Cuando estuvieron a bordo, uno de los soldados tiró de una soga mucho másdelgada que desaparecía en la oscuridad de arriba. El otro encendió un parde velas, cuyo único papel era hacer de la oscuridad una penumbra. —¡No se desmayen ahora, chicas! —dijo. Su compañero rió entredientes. Dos de ellos y siete de nosotros, pensó Polly. El palo de cobre golpeabacontra su pierna mientras se movía, y sabía a ciencia cierta que Tonkerestaba cojeando porque se había atado un garrote de lavar bajo el vestido.Eso era para lavanderas serias; era un palo largo con lo que parecía untaburete de ordeñar de tres patas en el extremo, lo mejor para agitar ropa
  • 276. en un gran caldero de agua hirviendo. Probablemente se podía romper uncráneo con él. Las paredes de piedra pasaban hacia abajo mientras la plataformasubía. —¡Qué emocionante! —trinó ‘Daphne’—. Y esto va todo el camino arribaa través de su gran castillo, ¿verdad? —Oh, no, señorita. Tiene que cruzar la roca primero, señorita. Muchosviejos pozos y todo eso antes de llegar a esa altura. —Oh, pensé que ya estábamos en el castillo. —Blouse lanzó una miradapreocupada a Polly. —No, señorita. Sólo está el lavadero ahí abajo, por el agua. Ja, hayincluso una escalada y media hasta los sótanos más bajos. Es una suertepara ustedes que exista este ascensor, ¿eh? —Maravilloso, Sargento —dijo Blouse, y permitió que Daphne volviera—. ¿Cómo funciona? —Es Cabo, señorita —dijo el que tiraba del cordel, tocándose elflequillo—. Es tirado arriba y abajo por prisioneros en una rueda, señorita. —¡Oh, qué horroroso! —Oh no, señorita, es muy humano. Er... si está libre después deltrabajo, er, podía buscarla y mostrarle el mecanismo... —¡Sería adorable, Sargento! Polly se puso la mano sobre los ojos. Daphne era una desgracia para lacondición femenina. El ascensor tronaba hacia arriba, muy despacio. Principalmente pasabanroca desnuda pero a veces había antiguas rejas o áreas de mampostería,sugiriendo túneles bloqueados mucho tiempo atrás... Hubo una sacudida, y la plataforma dejó de moverse. Uno de lossoldados juró por lo bajo, pero el Cabo dijo: —No tengan miedo, damas. Esto ocurre a menudo. —¿Por qué deberíamos tener miedo? —dijo Polly. —Bien, porque estamos colgando de una soga a cien pies del suelo y lamaquinaria de elevar ha perdido un diente. —Otra vez —dijo el otro soldado—. Nada aquí trabaja apropiadamente.
  • 277. —A mí me suena como una buena razón —dijo Igorina. —¿Cuánto tiempo llevará repararlo? —dijo Tonker. —¡Ja! ¡La última vez que ocurrió estuvimos atorados por una hora! Demasiado tiempo, pensó Polly. Podían ocurrir demasiadas cosas. Miróhacia arriba a través de las vigas del techo. El cuadrado con luz de díaestaba muy lejos. —No podemos esperar —dijo. —Oh cielos, ¿quién nos salvará? —tembló Daphne. —Tendremos que encontrar una manera de pasar el tiempo, ¿eh? —dijouno de los guardianes. Polly suspiró. Era una de esas frases, como ‘Bien,mira lo que tenemos aquí’, que significaba que las cosas solamente iban aponerse mucho peores. —Sabemos cómo es, damas —continuó el guardián—. Sus hombreslejos, y todo eso. Es así de malo para nosotros, también. No puedo recordarcuándo besé a mi esposa por última vez. —Y yo tampoco puedo recordar cuándo besé a su esposa por última vez—dijo el Cabo. Tonker saltó hacia arriba, atrapó una viga, y se trepó al techo de lacaja. El ascensor se sacudió y, en algún lugar, un trozo de roca se soltó y seestrelló abajo del tiro. —¡Hey, no puede hacer eso! —dijo el Cabo. —¿Dónde lo dice? —dijo Tonker—. Polly, hay uno de esos túnelesamurallados aquí, pero la mayoría de las piedras han caído. Podríamosentrar fácilmente. —¡No puede salir! ¡Nos meteremos en problemas! —dijo el Cabo. Polly sacó la espada de su vaina. El espacio estaba demasiado atestadopara hacer mucho con ella excepto amenazar, pero la tenía, y él no. Hacíauna enorme diferencia. —Usted ya está en problemas —dijo—. Por favor no me obligue aempeorarlo. Salgamos de aquí. ¿Eso está bien, Daphne? —Hum... sí, por supuesto —dijo Blouse. El otro guardián puso una mano sobre su propia espada. —Está bien, chicas, esto ha ido... —empezó, y luego se desplomó.
  • 278. Shufti bajó su palo de cobre. —Espero no haberlo golpeado demasiado duro —dijo. —¿A quién le importa? Vamos, puedo darles una mano a todas parasubir —dijo Tonker. —Igorina, ¿podrías echarle una mirada, y...? —empezó Shufti nerviosa. —Es un hombre, y está gimiendo —dijo Tonker desde arriba—. Eso esbastante bueno para mí. Vamos. El guardián solitario observaba mientras las otras eran alzadas sobre lasvigas. —Er, discúlpeme —dijo a Polly, mientras ella ayudaba a Blouse. —¿Sí? ¿Qué? —¿Le molestaría darme un golpazo en la parte de atrás de mi cabeza?—dijo, con aspecto abatido—. Es que parece como si no hubiera dado peleacontra un grupo de mujeres. —¿Por qué no da pelea? —dijo Polly, estrechando los ojos—. Somos sóloun grupo de mujeres. —¡No estoy loco! —dijo el guardián. —Aquí, permítame —dijo Igorina, sacando su palo—. Los golpes en lacabeza son potencialmente perjudiciales y no deben ser realizados a laligera. Dé media vuelta, señor. Quítese el yelmo, por favor. ¿Unainconsciencia de veinte minutos estaría bien? —Sí, muchas grac... El guardián se dobló. —Realmente espero no haber lastimado al otro —gimió Shufti, desdearriba. —Está maldiciendo —dijo Polly, retirando su espada—. Eso suena comoque está bien. Subió las velas, y luego fue alzada hasta el tembloroso techo delascensor. Cuando tuvo pie firme en la boca del túnel buscó una tajada finade piedra y la golpeó con fuerza en el espacio entre la pared del tiro y elmarco de madera, que se sacudió. No iba a ir a ningún lugar durante unrato. Tonker y Lofty ya estaban investigando el túnel. A la luz de la vela,
  • 279. parecía de buena mampostería más allá del torpe intento de tapiarlo. —Deben ser sótanos —dijo Tonker—. Calculo que deben haber hecho elpozo no hace mucho tiempo y sólo tapiaron donde era cortado. Podríanhaber hecho un mejor trabajo, también. —Los sótanos están cerca de los calabozos —dijo Polly—. Ahora,apaguen una vela, porque así tendremos luz para el doble de tiempo, yentonces... —Perks, ¿una palabra por favor? —dijo Blouse—. ¿Por aquí? —Sísseñor. Cuando se detuvieron un poco aparte del resto del escuadrón, Blousebajó la voz y dijo: —No deseo desalentar la iniciativa, Perks, pero ¿qué estás haciendo? —Er... anticiparme a sus órdenes, señor. —¿Anticiparte? —Sísseñor. —Ah. Correcto. Todavía son cosas de pequeños conceptos, ¿verdad? —Exactamente, señor. —Entonces tus órdenes, Perks, son pasar a soltar a los presos convelocidad y cautela. —Bien hecho, señor. Pasaremos por esta... esta... —Cripta —dijo Igorina, mirando a su alrededor. La vela se apagó. En algún sitio delante de ellos, en la absolutaoscuridad, espesa como terciopelo, una piedra se movió sobre otra piedra. —¿Me pregunto por qué fue cerrado este pasadizo? —dijo la voz deBlouse. —Creo que he dejado de preguntarme por qué fue cerrado con tantoapuro —dijo Tonker. —¿Me pregunto quién trató de abrirlo? —dijo Polly. Se escuchó un estrépito, como podría ser el de una laja pesada que caede una tumba ornamentada. Podría haber sido media docena de otras cosaspero, de algún modo, ésa fue la idea que saltó a la mente. El aire muerto semovió un poco. —No quiero preocupar a nadie —dijo Shufti—, pero puedo escuchar el
  • 280. sonido de unos pies, como arrastrándose. Polly recordaba al hombre cuando encendió las velas. Había dejado caerel puñado de fósforos en el platillo de latón del candelabro, ¿verdad?Moviendo su mano lentamente, los buscó a tientas. —Si no querías preocupar a nadie —dijo la voz de Tonker desde laespesa y seca oscuridad—, ¿por qué demonios nos acabas de decir eso? Los dedos de Polly encontraron una astilla de madera. Lo subió a lanariz, y olfateó olor a azufre. —Tengo un fósforo —dijo—. Voy a tratar de encender la vela otra vez.Todos busquen una manera de salir. ¿Listos? Se movió sigilosamente hasta la invisible pared. Entonces raspó elfósforo sobre la piedra, y la luz amarilla llenó la cripta. Alguien gimió. Polly miró, olvidó la vela. El fósforo se apagó. —Está bien —dijo la voz tenue de Tonker—. Personas muertascaminando. ¿Y entonces? —¡El que está cerca del pasaje abovedado era el difunto GeneralPuhloaver! —dijo Blouse—. Tengo su libro sobre El Arte de la Defensa. —Será mejor no pedirle que lo firme, señor —dijo Polly, mientras elescuadrón se agrupaba. Se escuchó un gemido otra vez. Parecía venir desde donde Pollyrecordaba haber visto a Wazzer de pie. La escuchaba rezar. No podíadistinguir ninguna palabra, sólo un susurro feroz y urgente. —¿Tal vez estos palos de lavar los puedan detener un poco? —temblóShufti. —¿Más que ya estar muertos? —dijo Igorina. No, susurró una voz, y la luz llenó la cripta. Era apenas más brillante que una luciérnaga, pero un solo fotón puedehacer mucho trabajo en la oscuridad subterránea. Surgía de Wazzer,arrodillada, hasta que tuvo la altura de una mujer, porque era una mujer. O,por lo menos, la sombra de una mujer. No, Polly vio que era la luz de unamujer, una red móvil de líneas y destellos en la cual iba y venía, como lasimágenes en un fuego, una forma femenina. —Soldados de Borogravia... ¡Atención! —dijo Wazzer. Y debajo de su
  • 281. pequeño tono chillón había una voz sombría, un susurro que llenaba y volvíaa llenar la larga habitación. Soldados de Borogravia... ¡Atención! Soldados... ¡Soldados, atención! Soldados de Borogravia... Las figuras tambaleantes se detuvieron. Vacilaron. Se movieron haciaatrás. Con cierta cantidad de ruido y discusiones mudas, formaron dos filas.Wazzer se puso de pie. —Síganme —dijo. Síganme... ... me... —¿Señor? —dijo Polly a Blouse. —Creo que nos vamos, ¿verdad? —dijo el Teniente, que parecía hacercaso omiso de las actividades de Wazzer ahora que estaba en presencia delpoder militar de los siglos—. ¡Oh, dioses... está el Brigadier Galosh! ¡Y elComandante En Jefe Lord Kanapay! ¡El General Annorac! ¡He leído todo loque escribió! ¡Nunca pensé que lo vería en carne y hueso! —Parcialmente en carne, señor —dijo Polly, arrastrándolo haciaadelante. —¡Cada grandioso comandante de los pasados quinientos años fueenterrado aquí, Perks! —Estoy muy contento por usted, señor. Si sólo pudiéramos movernosun poco más rápido... —Es mi más preciada esperanza pasar el resto de la eternidad aquí,sabes. —Maravilloso, señor, pero no empiece hoy. ¿Podemos alcanzar a losdemás, señor? Mientras pasaban, mano deshilachada tras mano deshilachada fuelevantada en convulsivo saludo. Los ojos fijos brillaban en las caras huecas.La luz extraña se reflejaba sobre galones empolvados y telas manchadas,descoloridas. Y se escuchaba un ruido, más grueso que un susurro, grave ygutural. Sonaba como el crujido de puertas distantes, pero las voces
  • 282. individuales se alzaban y caían mientras el escuadrón pasaba las figurasmuertas... Muerte a Zlobenia... tómenlos... recuerden... denles el infierno...venganza... recuerden... no son humanos... vénguennos... venganza... Adelante, Wazzer había llegado a unas altas puertas de madera. Seabrieron a su toque. La luz se desplazaba con ella, y el escuadrón estabasobre sus talones. Quedarse demasiado a la zaga significaba estar en laoscuridad. —¿No podría pedirle al Comandante En Jefe...? —empezó Blouse,remolcado por la mano de Polly. —¡No! ¡Usted no puede! ¡No se entretenga! ¡Vamos! —ordenó Polly. Llegaron a las puertas, que Tonker e Igorina cerraron de golpe detrásde ellos. Polly se apoyó contra la pared. —Pienso que ése fue el momento más... asombroso de mi vida —dijoBlouse, mientras el estruendo se apagaba. —Pienso que éste es el mío —dijo Polly, luchando por recuperar elaliento. La luz todavía brillaba alrededor de Wazzer, que giró para mirar hacia elescuadrón con una expresión de placer beatífico. —Usted debe hablar al Alto Mando —dijo. Usted debe hablar al Alto Mando, susurraron las paredes. —Sea amable con esta niña. Sea amable con esta niña... ... esta niña... Polly sujetó a Wazzer antes de que golpeara el suelo. —¿Qué está ocurriendo con ella? —dijo Tonker. —Pienso que la Duquesa realmente está hablando a través de ella —dijoPolly. Wazzer estaba inconsciente, sólo se veía el blanco de sus ojos. Polly ladejó suavemente. —¡Oh, vamos! ¡La Duquesa es sólo una pintura! ¡Está muerta! A veces uno se rinde. Para Polly, ese momento fue el lapso que le llevócruzar la cripta. Si no crees, o no quieres creer, o si simplemente esperasque no haya nada que valga la pena creer, ¿por qué dar media vuelta? Y si
  • 283. no crees, ¿en quién estás confiando para que te saque del alcance de loshombres muertos? —¿Muerta? —dijo—. ¿Entonces qué? ¿Y qué me dices de los viejossoldados allí atrás, que no se han apagado? ¿Y la luz? Y escuchaste cómosonaba la voz de Wazzer. —Sí, pero... bien, ese tipo de cosas no les sucede a las personas queuno conoce —dijo Tonker—. Les ocurre a... bien, a extrañas personasreligiosas. ¡Quiero decir, hace algunos días ella estaba aprendiendo cómotirarse pedos sonoros! —¿Ella? —susurró Blouse a Polly—. ¿Ella? ¿Por qué está...? Otra vez una parte de la mente de Polly prevaleció sobre el pánicorepentino. —¿Perdone, Daphne? —dijo. —Oh... sí... por supuesto... no puede ser demasiado... sí... —murmuróel Teniente. Igorina se arrodilló junto a la muchacha y puso una mano sobre sufrente. —Está ardiendo —dijo. —Solía rezar todo el tiempo allá en la Casa Gris —dijo Lofty,arrodillándose. —Sí, bien, había mucho por qué rezar, si no eras fuerte —gruñóTonker—. ¡Y cada maldito día teníamos que rezar a la Duquesa paraagradecer a Nuggan por las sobras que no darían a un cerdo! ¡Y esa malditaimagen por todos lados, esa mirada sospechosa... la odio! Podía volverteloca. Es lo que le pasó a Wazz, ¿correcto? ¿Y ahora quieres que yo crea quela vieja chismosa y gorda está viva y que trata a nuestra amiga allí comoalguna... marioneta o algo? No lo creo. ¡Y si es verdad, no debería serlo! —Se está quemando, Magda —dijo Lofty tranquilamente. —¿Sabes por qué nos enrolamos? —dijo Tonker, la cara roja—. ¡Paraescapar! ¡Cualquier cosa era mejor que lo que teníamos! Tengo a Lofty yLofty me tiene a mí, y nos estamos quedando con ustedes porque no haynada más para nosotras. Todos dicen que los Zlobenianos son terribles,¿co