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Lecturas Document Transcript

  • 1. La L ibreta de Calificaciones Era miércoles, 8:00 a.m., llegué puntual a la escuela de mi hijo. - No olviden venir a la reunión, es obligatoria - fue lo que la maestra escribió en el cuaderno del niño. - ¡Pues qué cree la maestra! ¿Cree que podemos disponer del tiempo a la hora que ella diga? Si supiera qué importante era la reunión que tenía a las 8:30 a.m., de aquí dependía un buen negocio y... ¡tuve que cancelarla!... Ahí estábamos todos, papás y mamás, la maestra empezó puntual, agradeció nuestra presencia y empezó a hablar. No recuerdo qué dijo, mi mente estaba pensando cómo resolver lo de ése negocio, probablemente podríamos comprar una nueva televisión con el dinero que recibiría. Juan Rodríguez!... escuché a lo lejos. ¿No está el papá de Juan Rodríguez? dijo la maestra. - Sí, sí, aquí estoy!! Contesté pasando a recibir la boleta de mi hijo. Regresé a mi silla y me dispuse a verla. - ¿Para esto vine? ¿Qué es esto?... La boleta estaba llena de rojos 08 y 07. Guardé las calificaciones inmediatamente, escondiéndola para que ninguna persona viera las porquerías de calificaciones de mi hijo. De regreso a la casa aumentó más mi coraje a la vez que pensaba...., ¡si le doy todo! ¡Nada le falta ¡Ahora sí le va a ir muy mal!... Me estacioné y salí del carro, entré a la casa, tiré la puerta y grité: - Ven acá Juan!!! Juan estaba en su recámara y corrió a abrazarme. - ¡Papi!... - ¡Qué papi, ni que nada!- Lo retiré de mí, me quité el cinturón y no sé cuantos latigazos le di, al mismo tiempo que decía lo que pensaba de él. ¡¡¡¡ Y te me vas a tu cuarto!!! - terminé. Juan se fue llorando, su cara estaba roja y su boca temblaba. Mi esposa no dijo nada, solo movió la cabeza negativamente y se fue...
  • 2. Cuando me fui a acostar, ya más tranquilo, mi esposa me entregó otra vez la libreta de calificaciones de Juan, que estaba dentro de mi saco y me dijo: Léela despacio y después toma tu decisión... Ésta decía así: BOLETA DE CALIFICACIONES PARA EL PAPÁ TIEMPO QUE LE DEDICA A SU HIJO CALIFICACIÓN 1. En conversar con él a la hora de dormir 08 2. En jugar con él 07 3. En ayudarlo a hacer la tarea 08 4. En salir de paseo en Familia 07 5. En contarle un cuento antes de dormir 08 6. En abrazarlo y besarlo 07 7. En ver la televisión con él 08 Él me había puesto ochos y sietes, a mí!!! Yo me hubiese calificado con menos de cinco... Me levanté y corrí a la habitación de mi hijo, al verlo quise llamarlo y se me hizo un nudo en la garganta y dos gruesas lágrimas rodaron por mi mejilla en ese instante lo abracé y lloré...Quería regresar el tiempo, pero era imposible... Juanito abrió sus ojos, aún estaban hinchados por sus lágrimas, me sonrió, me abrazó y me dijo: ¡te quiero papi! Cerró sus ojos y se durmió. ¡Que duro es ver nuestros errores como padres desde esta perspectiva!.... Démosle el VALOR a lo que realmente es de valor para nosotros: Nuestra familia!!! HAY MUCHAS PERSONAS QUE DESEAN UN HIJO Y NO LO TIENEN, DIOS TE DIO UNA FAMILIA APRECIALA, AMALA, COMPRENDELA. EL DIA DE MAÑANA EL SEÑOR TE PEDIRA CUENTAS POR TU FAMILIA Y ¿QUE LE VAS A CONTESTAR? Espero te haya gustado... una gran leccion.
  • 3. DEL CAMPO A LA CIUDAD En el Perú, como en otros países, mucha gente del campo decide ir a vivir a las ciudades. ¿Te has preguntado por qué ocurre esta migración rural y qué consecuencias trae? La pobreza campesina es una de las causas del explosivo traslado de la población rural hacia las ciudades. Otras de las causas de este problema es que en las ciudades se encuentran los grandes adelantos tecnológicos que no existen en el campo. La migración trae como consecuencia la superpoblación urbana : las ciudades albergan más personas de las que pueden atender. Otra consecuencia, ligada a la anterior, es que los migrantes muchas veces viven en condiciones de extrema pobreza, pues no encuentran trabajo ni vivienda. Muchos de ellos sienten nostalgia de su tierra y no consiguen hacer realidad las expectativas que los llevaron a la ciudad. ¿Qué hacer frente a estos problemas? ¿Qué propondrías tú para actuar solidariamente en busca del bien común? ESOS GRANDES BLOQUES DE PIEDRA Las pirámides eran las tumbas de los faraones. Se las considera entre los edificios de piedra más antiguos del mundo, ya que tienen unos 5 000 años de antigüedad. ¿Quién no se asombra hoy en día al contemplar esas gigantes moles de piedra que son las pirámides? ¡Si parece increíble que puedan haberse construido hace tanto tiempo! ¿Sabes cómo se construían? Primero, se nivelaba el suelo. Era imprescindible tener una buena base sobre la cual construir la pirámide. Luego, se hacían las mediciones necesarias para situar la base cuadrada de la pirámide. Para no equivocarse, los encargados de medir tenían en cuenta la posición de las estrellas. A continuación, se ponían los cimientos. Después se levantaban unas rampas para poder construir la pirámide por adentro. Para ello, se traían grandes bloques de piedra a través del río Nilo y se colocaban formando escalones. ¡A veces se necesitaban cientos de hombres para arrastrar uno de esos bloques! Una vez construida la pirámide, se recubría con piedras calizas blancas. Así se tapaban los escalones y la pirámides quedaban tal y como hoy las vemos… ¡magníficas! LAS TRANSFUSIONES DE SANGRE
  • 4. Una transfusión consiste en introducir la sangre de una persona en los vasos sanguíneos de otra. La persona que da su sangre se llama donante y la que la recibe se llama receptor. Las transfusiones se conocen desde el siglo XVII, pero no se practicaron de forma general hasta el siglo XX. Fue entonces cuando el doctor Kart Landsteiner descubrió que la sangre del donante y la del receptor tenían que ser compatibles para que la transfusión fuera un éxito. Ahora se sabe que el donante debe ser una persona joven que no haya tenido ninguna enfermedad contagiosa (por ejemplo, la hepatitis). Gracias a las transfusiones y a la generosidad de los donantes, se han salvado muchas vidas. 1.- LA PALOMA Y LA HORMIGA (Francia - Jean de La Fontaine, 1621-1695) Había una vez una paloma muy blanca que se paseaba por la orilla de un arroyo. Como tenía mucha sed se acercó al agua, metió el pico dentro y después levantó la cabeza al aire para tragarse el agua. Había también una hormiguita negra. Se paseaba por la otra orilla del arroyo y se subió a una brizna de hierba que crecía cerca del agua para beber mejor... Y el arroyo se la llevó lejos, muy lejos de la orilla. La hormiguita trató de nadar moviendo deprisa las patas, pero de nada le sirvió. Menos mal que la paloma vio a la hormiguita que estaba a punto de ahogarse. Pobrecita!, pensó. La ayudaré a salir del agua, pero si la cojo, con el pico tan grande que tengo le haré daño. Ah, ya sé! Le acercaré una brizna de hierba. Podrá subirse y volver así a la orilla. Y va, arranca una brizna de hierba verde y la tira muy cerca de la hormiga. La brizna de hierba era muy larga y encalló en la orilla del arroyo. La hormiga trepó y corrió por encima de ella hasta llegar a tierra. Entonces se secó las patas bien secas y fue a dar las gracias a aquella paloma tan amable. La hormiga estaba muy contenta, y la paloma también porque había salvado a la hormiguita. Se despidieron y cada una se fue a su casa. La hormiga al hormiguero y la paloma al palomar. Pero... mientras la hormiga se iba a su hormiguero vio a un hombre que iba por la orilla del arroyo. Era un cazador. Llevaba una escopeta colgada al hombro para matar pájaros. El cazador vio a la paloma, coge la escopeta y se pone a punto de disparar. Mira, pensó. Qué bien! Ya tengo carne para el arroz de mañana. Pero...la hormiga que lo estaba mirando ¡Huy!, dijo. Hay que hacer algo para que el cazador no mate a mi amiga. Corriendo se acercó al hombre, trepó a su pie y le picó muy fuerte en el dedo gordo. El cazador dio un grito: Ayyy! Y movió la cabeza para ver qué le había picado. Miró y miró, pero no vio nada. La hormiga era muy pequeña y se había escondido entre la hierba. Y la paloma, al oír el grito, vio al cazador y se fue volando cielo arriba, hasta que se perdió de vista. Y cuando el cazador quiso disparar ya no supo verla. 2.- EL ZAR Y LA CAMISA (Rusia - León Tolstoi, 1828-1910) Estaba muy enfermo el zar, y dijo: Daría la mitad de mi reino a quien me curase! Entonces todos los sabios del reino se reunieron para ver de curarle, pero no
  • 5. encontraban el medio. Uno de ellos sin embargo, declaró que sabía cómo podía curarse el zar. -Si se encuentra un hombre feliz sobre la tierra-dijo- que le quiten su camisa y se la pongan al zar. Entonces quedará curado. El zar mandó a buscar un hombre feliz por todo el mundo. Los enviados del soberano recorrieron todos los países pero no hallaron lo que buscaban. No encontraron un solo hombre que estuviera contento con su suerte. El uno era rico, pero enfermo, el otro estaba sano, pero era pobre, aquél rico y sano, se quejaba de su mujer; éste de sus hijos: todos deseaban algo más y no eran felices. Un día el hijo del zar, que pasaba por delante de una pobre choza, oyó que en su interior alguien exclamaba: -Gracias a Dios he trabajado y comido bien. Soy feliz, qué más puedo desear? El hijo del zar se sintió lleno de alegría e inmediatamente mandó por la camisa de aquel hombre, a cambio de todo cuanto pidiera. Los enviados se presentaron a toda prisa en la choza del hombre feliz para quitarle la camisa, pero el hombre era tan pobre que ni siquiera usaba esa prenda. 3.- HISTORIA DEL JOROBADITO (Arabia - Las mil y una noches) Allá en tiempos remotos vivía en la ciudad de Casgar, situada en los confines de la Gran Tartaria, un honrado sastre que amaba con delirio a su esposa. Un día se presentó a la puerta de la tienda un jorobadito cantando tan bien al son del tamboril, que el sastre le invitó a entrar en la casa para que su mujer le oyese. Después que el jorobadito cantó lo que sabía, se pusieron los tres a la mesa a cenar un plato de pescado; pero el jorobadito se tragó una espina y a los pocos momentos había dejado de existir. Llenos de pena marido y mujer, y temerosos de que la justicia les castigase como asesinos, resolvieron, después de mil planes y proyectos, llevar al jorobadito a casa de un médico judío que habitaba en la vecindad. Así lo hicieron a una hora avanzada de la noche, depositando el cadáver en lo alto de la escalera. Salió a abrir la puerta un esclavo, a quien dijo el sastre que aquel jorobadito era un pobre enfermo que necesitaba sin tardanza de los auxilios de la ciencia. Puso una moneda de plata en manos del criado para que pagase al médico su trabajo, y salió a escape de la casa. Apresuróse el médico judío a ir en busca del enfermo, pero con la precipitación se olvidó de la luz y tropezó con el cuerpo del jorobado, que rodó estrepitosamente por las escaleras. Bajó el judío, trajeron luces, reconocieron espantados que el jorobadito no existía, y creyeron que había muerto a consecuencia de la caída. El médico, a pesar de su trastorno, tuvo la precaución de cerrar la puerta, subió el cadáver a su cuarto y pasó toda la noche imaginando los medios de librarse del terrible conflicto. Al amanecer se le ocurrió al fin arrojar el cadáver a la chimenea de la casa inmediata, habitada por uno de los proveedores del sultán, chimenea cuyo cañón daba a la azotea del médico judío. Ató, en efecto, al jorobado por debajo de los brazos con una cuerda y lo hizo descender de modo que quedó en pié como si estuviese vivo. El proveedor entró poco después en la habitación, y creyendo que aquel hombre era un ladrón que penetraba así en la casa para robarle, se apoderó de un palo y dio repetidos golpes al jorobadito, hasta que notó que el cuerpo no tenía movimiento. Dios mío!, exclamó. He llevado muy lejos mi venganza quitando la vida a este infeliz! Ahora vendrán a prenderme y ya mi único porvenir es el
  • 6. cadalso. Pero el proveedor no era un hombre lento en sus resoluciones y tomó en seguida la de sacar el cadáver a la calle, colocándolo en pie junto al umbral de la primera tienda que encontró. Luego, y sin atreverse a volver la cabeza atrás, se refugió en su casa. Un mercader cristiano que quería aprovechar las primeras horas de la mañana para ir al baño sin ser visto de los musulmanes, tropezó en la calle con el jorobado; creyó que era un malhechor y le derribó al suelo de un puñetazo, gritando ¡socorro! Llegó la guardia y los soldados, al ver que el jorobadito había muerto a manos de un cristiano, se indignaron en contra del mercader. Por qué habéis maltratado de esa manera a un musulmán?, le preguntaron. Quiso robarme, me cogió por el cuello y... Le matasteis!, le interrumpieron. El pobre mercader fue conducido a presencia del juez de policía, quien, enterado del hecho por los guardias, fue a dar cuenta al sultán de lo sucedido. No puedo ser clemente, le dijo éste, con los cristianos que matan a los musulmanes, cumplid, pues, con vuestro deber. Entretanto habíasele disipado la borrachera al mercader, el cual, por más que lo pensaba, no acertaba a comprender cómo se podía matar a un hombre de unos simples pescozones. El desgraciado fue conducido al patíbulo y ya el verdugo echábale al cuello el lazo fatal, cuando se oyó al proveedor diciendo a gritos: Deteneos! Deteneos! Yo soy el verdadero criminal y ese hombre es inocente. Al oir la confesión pública, ratificada por dos veces, los guardias mandaron al verdugo que ahorcase al proveedor en vez del mercader cristiano; pero próxima a consumarse la ejecución, apareció entre la multitud el médico judío, jurando por el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob que él había sido, involuntariamente el matador del jorobado. El juez ordenó que fuera ahorcado el médico en lugar del mercader cristiano. Ya tenía aquel la cuerda al cuello, cuando llegó el sastre gritando: Señor, ése también es inocente. Si os dignáis oírme, pronto sabréis quién fue el que mató al jorobadito. Ayer tarde mientras yo trabajaba en mi tienda, llegó el jorobadito completamente borracho. Después de haber cantado un rato, le propuse que pasara la noche en mi casa, y él aceptó gustosísimo. Nos sentamos a la mesa, y al comerse un pescado, se le atravesó una espina en la garganta y murió en el acto. Afligidos, mi mujer y yo, y asustados a la par por temor de que se nos achacase aquella muerte, llevamos el cadáver a casa del médico judío, el cual, al salir de su habitación, tropezó con el cuerpo y lo echó a rodar por las escaleras, y por eso creyó que lo había matado, pero el médico es inocente. Deja en libertad al judío, dijo el juez al verdugo, y ahorca al sastre, ya que confiesa su delito. El verdugo se disponía a obedecer la orden, cuando evitó la ejecución un hecho inesperado. El sultán de Casgar, que no podía estar un momento separado de su jorobadito, que era su bufón, preguntó a uno de sus oficiales a qué obedecía la prolongada ausencia de aquél. Señor, le contestó el oficial, el jorobadito por quien tanto se preocupa vuestra majestad, emborrachóse ayer y contra su costumbre, salió de palacio y ha sido encontrado muerto esta mañana. Conducido el supuesto asesino a presencia del juez éste ordenó que se levantase en seguida el patíbulo. Al oír esto último el sultán llamó a otro de sus oficiales y le dijo: Id al lugar del suplicio y decid de mi parte, al juez de policía que, sin pérdida de tiempo, conduzca aquí al acusado y el cuerpo del jorobadito. Llegó el mensajero del sultán en el preciso momento en que el verdugo ponía el dogal al cuello del sastre. El juez acompañado del mercader, del sastre y del judío y seguido por cuatro hombres que transportaban el cadáver del jorobadito, se dirigió a palacio, se postró a los pies del sultán y cuando obtuvo permiso para levantarse, contó la historia del bufón. El sultán la oyó con mucha complacencia, y apenas el juez terminó su relato, dijo a los circunstantes: ¡Ahorquen al jorobadito! Al oir la voz del sultán, el jorobadito dio un respingo y al expulsar la espina que tenía
  • 7. atravesada se vio que en realidad no había ni crimen ni cadáver. ¿Habéis oído jamás cosas tan sorprendentes como lo ocurrido con el jorobadito? 4.- EL LAGARTO ESTÁ LLORANDO (España - Federico García Lorca,1898-1936) El lagarto está llorando. La lagarta está llorando. El lagarto y la lagarta con delantaritos blancos. Han perdido sin querer su anillo de desposados. ¡Ay, su anillito de plomo., ay, su anillito plomado! Un cielo grande y sin gente monta en su globo a los pájaros. El sol, capitán redondo, lleva un chaleco de raso. ¡Miradlos qué viejos son! ¡Qué viejos son los lagartos! ¡Ay cómo lloran y lloran. ¡ay! ¡ay!, cómo están llorando! 5.- LA TORTUGA GIGANTE (Uruguay - Horacio Quiroga, 1878-1937) Había una vez un hombre que vivía en Buenos Aires, y estaba muy contento porque era un hombre sano y trabajador. Pero un día se enfermó, y los médicos le dijeron que solamente yéndose al campo podría curarse. El no quería ir, porque tenía hermanos chicos a quienes daba de comer; y se enfermaba cada ía más. Hasta que un amigo suyo, que era director del Zoológico, le dijo un día: Usted es amigo mío, y es un hombre bueno y trabajador. Por eso quiero que se vaya a vivir al monte, a hacer mucho ejercicio al aire libre para curarse. Y como usted tiene mucha puntería con la escopeta, cace bichos del monte para traerme los cueros, y yo le daré plata adelantada para que sus hermanitos puedan comer bien. El hombre enfermo aceptó, y se fue a vivir al monte, lejos, más lejos que Misiones todavía. Hacía mucho calor, y eso le hacía bien. Vivía solo en el bosque, y él mismo se cocinaba. Comía pájaros y bichos del bosque, que cazaba con la escopeta, y después comía frutas. Dormía bajo los árboles, y cuando hacía mal tiempo construía en cinco minutos una ramada con hojas de palmera, y allí pasaba sentado y fumando, muy contento en medio del bosque que bramaba con el viento y la lluvia. Había hecho un atado con los cueros de los animales, y lo llevaba al hombro. Había también agarrado, vivas, muchas víboras
  • 8. venenosas, y las llevaba dentro de un gran mate, porque allá hay mates tan grandes como una lata de querosene. El hombre tenía otra vez buen color, estaba fuerte y tenía apetito. Precisamente un día en que sentía mucha hambre, vio a la orilla de una gran laguna un tigre enorme que quería comer una tortuga, y la tenía parada de canto para meter dentro una pata y sacar la carne con las uñas. Al ver al hombre el tigre lanzó un rugido espantoso y se lanzó de un salto sobre él. Pero el cazador, que tenía una gran puntería, le apuntó entre los dos ojos y le rompió la cabeza. Después le sacó el cuero, tan grande que él solo podría servir de alfombra para un cuarto. Ahora, se dijo el hombre, voy a comer tortuga, que es una carne muy rica. Pero cuando se acercó a la tortuga, vio que estaba ya herida, y tenía la cabeza casi separada del cuello, y la cabeza colgaba casi de dos o tres hilos de carne. A pesar del hambre que sentía, el hombre tuvo lástima de la pobre tortuga, y la llevó arrastrando con una soga hasta su ramada y le vendó la cabeza con tiras de género que sacó de su camisa, porque no tenía más que una sola camisa, y no tenía trapos. La había llevado arrastrando porque la tortuga era inmensa, tan alta como una silla, y pesaba como un hombre. La tortuga quedó arrimada a un rincón, y allí pasó días y días sin moverse. El hombre la curaba todos los días, y después le daba golpecitos con la mano sobre el lomo. La tortuga sanó por fin. Pero entonces fue el hombre quien se enfermó. Tuvo fiebre y le dolía todo el cuerpo. Después no pudo levantarse más. La fiebre aumentaba siempre, y la garganta le quemaba de tanta sed, El hombre comprendió que estaba gravemente enfermo, y habló en voz alta, aunque estaba solo, porque tenía mucha fiebre. Voy a morir, dijo el hombre. Estoy solo, ya no puedo levantarme más, y no tengo quien me dé agua siquiera. Voy a morir aquí de hambre y de sed. Y al poco rato la fiebre subió más aun, y perdió el conocimiento. Pero la tortuga lo había oído, y entendió lo que el cazador decía. Y ella pensó entonces: El hombre no me comió la otra vez, aunque tenía mucha hambre, y me curó. Yo lo voy a curar a él ahora. Fue entonces a la laguna, buscó una cáscara de tortuga chiquita, y después de limpiarla bien con arena y ceniza la llenó de agua y le dio de beber al hombre, que estaba tendido sobre su manta y se moría de sed. Se puso a buscar en seguida raíces ricas y yuyitos tiernos, que le llvó al hombre para que comiera. El hombre comía sin darse cuenta de quién le daba la comida, porque tenía delirio con la fiebre y no conocía a nadie. Todas las mañanas la tortuga recorría el monte buscando raíces cada vez más ricas para darle al hombre, y sentía no poder subirse a los árboles para llevarle frutas. El cazador comió así días y días sin saber quién le daba la comida, y un día recobró el conocimiento. Miró a todos lados, y vio que estaba solo, pues allí no había más que él y la tortuga, que era un animal. Y dijo otra vez en voz alta: Estoy solo en el bosque, la fiebre va a volver de nuevo, y voy a morir aquí, porque solamente en Buenos Aires hay remedios para curarme. Pero nunca podré ir, y voy a morir aquí. Y como él había dicho, la fiebre volvió esa tarde, más fuerte que antes, y perdió de nuevo el conocimiento. Pero también esta vez la tortuga lo había oído, y se dijo: Si queda aquí en el monte se va a morir, porque no hay remedios, y tengo que llevarlo a Buenos Aires. Dicho esto, cortó enredaderas finas y fuertes, que son como pieles, acostó con mucho cuidado al hombre encima de su lomo, y lo sujetó bien con las enredaderas para que no se cayese. Hizo muchas pruebas para acomodar bien la escopeta, los cueros y el mate con víboras, y al fin consiguió lo que quería, sin molestar al cazador, y emprendió entonces el viaje. La tortuga cargada así, caminó, caminó y caminó de día y de noche. Atravesó montes, campos, cruzó a nado ríos de una legua de ancho, y atravesó pantanos en que quedaba casi enterrada, siempre con el hombre moribundo encima. Después de ocho o diez horas de caminar se detenía, deshacía los nudos, acostaba al hombre con
  • 9. mucho cuidado, en un lugar donde hubiera pasto bien seco. Iba entonces a buscar agua y raíces tiernas, y le daba al hombre enfermo. Ella comía también, aunque estaba tan cansada que prefería dormir. A veces tenía que caminar al sol; y como era verano, el cazador tenía tanta fiebre que deliraba y se moría de sed. Gritaba: agua! Agua!, a cada rato. Y cada vez la tortuga tenía que darle de beber. Así anduvo días y días, semana tras semana. Cada vez estaba más cerca de Buenos Aires, pero también cada día la tortuga se iba debilitando, cada día tenía menos fuerza, aunque ella no se quejaba. A veces quedaba tendida, completamente sin fuerzas, y el hombre recobraba a medias el conocimiento. Y decía, en voz alta: Voy a morir, estoy cada vez más enfermo, y sólo en Buenos Aires me podría curar. Pero voy a morir aquí, solo en el monte. El creía que estaba siempre en la ramada, porque no se daba cuenta de nada. La tortuga se levantaba entonces, y emprendía de nuevo el camino. Pero llegó un día, un atardecer, en que la pobre tortuga no pudo más. Había llegado al límite de sus fuerzas, y no podía más. No había comido desde hacía una semana para llegar más pronto. No tenía más fuerza para nada. Cuando cayó del todo la noche, vio una luz lejana en el horizonte, un resplandor que iluminaba el cielo y no supo qué era. Se sentía cada vez más débil, y cerró entonces los ojos para morir junto con el cazador, pensando con tristeza que no había podido salvar al hombre que había sido bueno con ella. Y, sin embargo, estaba ya en Buenos Aires, y ella no lo sabía. Aquella luz que veía en el cielo era el resplandor de la ciudad, e iba a morir cuando estaba ya al fin de su heroico viaje. Pero un ratón de la ciudad, posiblemente el ratoncito Pérez, encontró a los dos viajeros moribundos. Qué tortuga! dijo el ratón. Nunca he visto una tortuga más grande. Y eso que llevas en el lomo, qué es? Es leña? No, le respondió con tristeza la tortuga, es un hombre. Y adonde vas con ese hombre? Añadió el curioso ratón. Voy...voy...quería ir a Buenos Aires, respondió la pobre tortuga en una voz tan baja que apenas se oía. Pero vamos a morir aquí, porque nunca llegaré... Ah zonza, zonza! dijo riendo el ratoncito. Nunca vi una tortuga más zonza! Si ya has llegado a Buenos Aires! Esa luz que ves allá, es Buenos Aires. Al oír esto, la tortuga se sintió con una fuerza inmensa porque aún tenía tiempo de salvar al cazador, y emprendió la marcha. Y cuando era de madrugada todavía, el director del Jardín Zoológico vio llegar a una tortuga embarrada y sumamente flaca, que traía acostado en su lomo y atado con enredaderas, para que no se cayera, a un hombre que se estaba muriendo. El director reconoció a su amigo, y él mismo fue corriendoa buscar remedios, con los que el cazador se curó en seguida. Cuando el cazador supo cómo lo había salvado la tortuga, cómo había hecho un viaje de trescientas leguas para que tomara lremedios, no quiso separarse más de ella. Y como él no podía tenerla en su casa, que era muy chica, el director del Zoológico se comprometió a tenerla en el Jardín, y a cuidarla como si fuera su propia hija. Y así pasó. La tortuga, feliz y contenta con el cariño que le tienen, pasea por todo el jardín, y es la misma gran tortuga que vemos todos los días comiendo el pastito alrededor de la jaula de los monos. El cazador la va a ver todas las tardes y ella conoce de lejos a su amigo, por los pasos. Pasan un par de horas juntos, y ella no quiere nunca que él se vaya sin que le dé una palmadita de cariño en el lomo. 6.- LOS TRES DESEOS (Francia - Jeanne Leprince de Beaumont, 1711-1780) Había una vez un hombre que no tenía bienes de fortuna y que se casó con una mujer muy guapa. Una tarde de invierno, estando al amor del fuego, se pusieron a hablar de la
  • 10. felicidad de sus vecinos, que eran más ricos que ellos. ¡Ay! qué feliz sería yo, dijo la mujer, si pudiera tener cuanto deseo, mucho más feliz que toda esa gente. Igual me pasaría a mí, dijo el marido. Y En aquel mismo momento, vieron aparecer en la habitación una señora muy guapa, que les habló en estos términos: Soy un hada y os prometo concederos las tres primeras cosas que me pidáis. Pero pensadlo con cuidado, porque después de pedidas esas tres no os concederé ninguna más. Desapareció el hada y el matrimonio quedó sumido en un mar de dudas. No voy a formular ningún deseo todavía, dijo la mujer, pero tengo bien claro lo que querría. Para mí no hay nada mejor que ser bella, rica y gran señora. Bueno, dijo el marido, pero eso no te libraría de la enfermedad o de la tristeza; y también podrías morir joven. A mí me parece más sensato desear alegría, salud y una larga vida. Y para qué quieres una larga vida sin dinero?, replicó ella. También el hada, te digo la verdad, nos tendría que haber dejado pedir una docena de dones. Tienes razón, dijo el marido, pero vamos a tomarnos tiempo para pensarlo hasta mañana. Miraremos bien a ver cuáles son las tres cosas que nos hacen más falta y las pediremos. Pero mientras tanto, ven a calentarte, que hace frío. La mujer cogió las tenazas, se puso a avivar el fuego y, viendo que había muchos carbones bien encendidos, exclamó sin darse cuenta: Qué fuego tan bueno! Quién pudiera tener una vara de morcilla y asarla tan a gusto para la cena! No bien había dicho estas palabras cuando una vara de morcilla cayó por el hueco de la chimenea. Maldita glotona con su dichosa morcilla!, explotó el marido. Vaya un deseo más desperdiciado! Ya sólo nos quedan dos. Me desesperas, ojalá tuvieras la morcilla en la punta de las narices. En el mismo momento el hombre se dio cuenta que estaba más loco que su mujer, porque atendiendo a este segundo deseo, la morcilla había saltado a las narices de ella y no había manera de despegarla de allí. ¡Qué desgraciada me siento!, exclamó la mujer, cómo has podido desearme esto? Te aseguro querida, repuso él, que lo he hecho sin darme cuenta, no sabes cuánto lo siento. Voy a pedir ahora una gran fortuna y te encargaré un estuche de oro para esconder la morcilla. Vaya solución! Ni se te ocurra, repuso la mujer, prefiero morirme que vivir con esto pegado a la nariz para siempre. Por favor te lo pido, nos queda un deseo, déjamelo a mi o me tiro por la ventana. Y diciendo esto, se precipitó a abrir la ventana. Su marido, que la quería mucho, gritó: No, por Dios, alto, querida, te dejo que pidas lo que se te dé la gana. Pues que la morcilla caiga al suelo- dijo la mujer. Inmediatamente la morcilla se despegó de su nariz y cayó. La mujer, que tenía sentido del humor, le dijo a su marido: El hada se ha burlado de nosotros, pero mira, mejor. Quién sabe si no hubiéramos sido más desgraciados volviéndonos ricos. Sabes lo que te digo querido?, que nos dejemos de deseos y tomemos las cosas como nos la quiera ir mandando Dios. Y ahora, por de pronto, vamos a cenar, que de todos nuestros deseos lo único que nos queda es esta morcilla. El marido le dio la razón, cenaron en paz y no se volvieron a preocupar por las cosas que habían tenido intención de pedir. 7.- EL PÍCARO PAJARILLO (España - Fernán Caballero, seud. de Cecilia Böhl de Faber, 1796-1877)) Había una vez un pajarito que se fue a un sastre y le mandó que le hiciera un vestido de lana. El sastre le tomó medidas y le dijo que a los tres días lo tendría acabado. Fue en seguida a un sombrerero y le mandó hacer un sombrerito, y sucedió lo mismo que con el sastre; y por último, fue a un zapatero, y el zapatero le tomó medida, y le dijo como los otros, que volviera por ellos al tercer día. Cuando llegó e! plazo señalado, se fue al sastre que tenía e! vestido de lana acabado, y le dijo: Póngamelo usted sobre el piquito y le pagaré! Así lo hizo e! sastre; pero en lugar de pagarle, el picarillo se echó a volar, y lo propio sucedió con el sombrerero y con el zapatero. Vistióse e! pajarito con su ropa
  • 11. nueva y se fue al jardín del Rey, se posó sobre un árbol que había delante del balcón del comedor y se puso a cantar mientras el Rey comía: Más bonito estoy yo con mi vestido de lana, que no el Rey con su manto de grana. Más bonito estoy yo con mi vestidito de lana, que no el Rey con su manto de grana. Y tanto cantó y cantó lo mismo que su real Majestad se enfadó y mandó que lo cogiesen y se lo trajesen frito. Así sucedió. Después de desplumado y frito, se quedó tan chico, que el Rey se lo tragó enterito. Cuando se vio el pajarito en el estómago del Rey, que parecía una cueva más oscura que media noche, empezó sin parar a dar sendos picotazos a derecha e izquierda. El Rey empezó a quejarse y a decir que le había sentado mal la comida y que le dolía el estómago. Vinieron los médicos y le dieron a Su Majestad un mejunje de la botica para que vomitase; y conforme empezó a vomitar, lo primero que salió fue el pajarito, que se voló más súbito que una exhalación. Fue y se zambulló en la fuente, y en seguida se fue a una carpintería, y se untó todo el cuerpo con cola; fuese después a todos los pájaros y les contó lo que le había pasado, y les pidió a cada uno una plumita, y se la iban dando; y como estaba untado de cola, se le iban pegando; como cada pluma era de su color, se quedó el pajarito más bonito que antes, con tantos colores como un ramillete. Entonces se puso a dar voleteos por todo el árbol que estaba delante del balcón del Rey, cantando que se las pelaba: ¿A quién pasó lo que a mí? En el Rey me entré, del Rey me salí. El Rey dijo: ¡Que cojan a ese pícaro pajarito! Pero él, que estaba sobre aviso, echó a volar que bebía los vientos, y no paró hasta posarse sobre las narices de la luna. 8.- AVENTURA DEL BARÓN DE MÜNCHHAUSEN CON EL CIERVO (Alemania - Versión de Rudolf Eric Raspe, 1737-1799) A buen seguro que habréis oído hablar, señores míos, de San Huberto, patrón de los cazadores, y también del hermoso ciervo encontrado por él en cierta ocasión en los bosques de Ardenas, llevando la Santa Cruz entre los cuernos. No sé si han existido ciervos como el tal hasta hace poco tiempo, ni si hay alguno todavía; me limitaré a contaros lo que yo vi. Cierto día cuando ya había gastado mi provisión de perdigones y balas, me encontré, cuando menos podía esperarlo, frente al ciervo más hermoso de este mundo, que me miró irónicamente, como si hubiese sabido que yo no disponía de municiones. Cargué a toda prisa la escopeta con pólvora, a la que incorporé, luego de despojarlos rápidamente de su pulpa, huesos de cereza; disparé hiriéndole en mitad del testuz, entre los cuernos. El golpe lo aturdió y le hizo tambalearse; pero pudo escapar. Uno o dos años después cazando en el mismo bosque, encontré un hermosísimo ciervo que llevaba entre los cuernos un cerezo de diez pies de alto. Recordando entonces mi aventura del disparo con huesos de cereza, y considerando al ciervo aquel que cosa que de mucho tiempo atrás me pertenecía legítimamente, lo derribé de un solo tiro, procurándome al propio tiempo la comida y el postre, pues el árbol hallábase atestado de cerezas, que eran las más exquisitas que en mi vida haya podido comer. 9.- EL GIGANTE EGOÍSTA (Inglaterra, Oscar Wilde, 1854-1900)
  • 12. Cada tarde, a la salida de la escuela, los niños se iban a jugar al jardín del Gigante. Era un jardín amplio y hermoso, con arbustos de flores y cubierto de césped verde y suave. Por aquí y por allá, entre la hierba, se abrían flores luminosas como estrellas, y había doce albaricoqueros que durante la primavera se cubrían con delicadas flores color rosa y nácar, y al llegar el Otoño se cargaban de ricos frutos aterciopelados. Los pájaros se demoraban en el ramaje de los árboles, y cantaban con tanta dulzura que los niños dejaban de jugar para escuchar sus trinos. ¡Qué felices somos aquí!, se decían unos a otros. Pero un día el Gigante regresó. Había ido de visita donde su amigo el Ogro de Cornish y se había quedado con él durante los últimos siete años. Durante ese tiempo ya se habían dicho todo lo que se tenían que decir, pues su conversación era limitada, y el Gigante sintió el deseo de volver a su mansión. Al llegar, lo primero que vio fue a los niños jugando en el jardín. ¿Qué hacen aquí?, rugió con su voz retumbante. Los niños escaparon corriendo en desbandada. Este jardín es mío. Es mi jardín propio, dijo el Gigante, todo el mundo debe entender eso y no dejaré que nadie se meta a jugar aquí. Y, de inmediato, alzó una pared muy alta, y en la puerta puso un cartel que decía: ENTRADA ESTRICTAMENTE PROHIBIDA BAJO LAS PENAS CONSIGUIENTES Era un Gigante egoísta. Los pobres niños se quedaron sin tener dónde jugar. Hicieron la prueba de ir a jugar en la carretera, pero estaba llena de polvo, plagada de pedruscos, y no les gustó. A menudo rondaban alrededor del muro que ocultaba el jardín del Gigante y recordaban nostálgicamente lo que había detrás. ¡Qué dichosos éramos allí!, se decían unos a otros. Cuando la primavera volvió, toda la comarca se pobló de pájaros y flores. Sin embargo, en el jardín del Gigante Egoísta permanecía el invierno todavía. Como no había niños, los pájaros no cantaban, y los árboles se olvidaron de florecer. Sólo una vez una lindísima flor se asomó entre la hierba, pero apenas vio el cartel, se sintió tan triste por los niños que volvió a meterse bajo tierra y volvió a quedarse dormida. Los únicos que ahí se sentían a gusto eran la nieve y la escarcha. La primavera se olvidó de este jardín, se dijeron, así que nos quedaremos aquí todo el resto del año. La nieve cubrió la tierra con su gran manto blanco y la escarcha cubrió de plata los árboles. Y en seguida invitaron a su triste amigo el viento del norte para que pasara con ellos el resto de la temporada. Y llegó el viento del norte. Venía envuelto en pieles y anduvo rugiendo por el jardín durante todo el día, desganchando las plantas y derribando las chimeneas. ¡Qué lugar más agradable!, dijo. Tenemos que decirle al granizo que venga a estar con nosotros también. Y vino el Granizo también. Todos los días se pasaba tres horas tamborileando en los tejados de la mansión, hasta que rompió la mayor parte de las tejas. Después se ponía a dar vueltas alrededor, corriendo lo más rápido que podía. Se vestía de gris y su aliento era como el hielo. No entiendo por qué la Primavera se demora tanto en llegar aquí, decía el Gigante Egoísta cuando se asomaba a la ventana y veía su jardín cubierto de gris y blanco, espero que pronto cambie el tiempo. Pero la primavera no llegó nunca, ni tampoco el verano. El otoño dio frutos dorados en todos los jardines, pero al jardín del Gigante no le dio ninguno. Es un gigante demasiado egoísta, decían los frutales. De esta manera, el jardín del Gigante quedó para siempre sumido en el invierno, y el viento del orte y el granizo y la escarcha y la nieve bailoteaban lúgubremente entre los árboles. Una mañana, el Gigante estaba en la cama todavía cuando oyó que una música muy hermosa llegaba desde afuera. Sonaba tan dulce en sus oídos, que pensó que tenía que ser el rey de los elfos que pasaba por allí. En realidad, era sólo un jilguerito que estaba cantando frente a su ventana, pero hacía tanto tiempo que el Gigante no escuchaba cantar ni un
  • 13. pájaro en su jardín, que le pareció escuchar la música más bella del mundo. Entonces el granizo detuvo su danza, y el viento del norte dejó de rugir y un perfume delicioso penetró por entre las persianas abiertas. ¡Qué bueno! Parece que al fin llegó la primavera, dijo el Gigante, y saltó de la cama para correr a la ventana. ¿Y qué es lo que vio? Ante sus ojos había un espectáculo maravilloso. A través de una brecha del muro habían entrado los niños, y se habían trepado a los árboles. En cada árbol había un niño, y los árboles estaban tan felices de tenerlos nuevamente con ellos, que se habían cubierto de flores y balanceaban suavemente sus ramas sobre sus cabecitas infantiles. Los pájaros revoloteaban cantando alrededor de ellos, y los pequeños reían. Era realmente un espectáculo muy bello. Sólo en un rincón el invierno reinaba. Era el rincón más apartado del jardín y en él se encontraba un niñito. Pero era tan pequeñín que no lograba alcanzar a las ramas del árbol, y el niño daba vueltas alrededor del viejo tronco llorando amargamente. El pobre árbol estaba todavía completamente cubierto de escarcha y nieve, y el viento del norte soplaba y rugía sobre él, sacudiéndole las ramas que parecían a punto de quebrarse. ¡Sube a mí, niñito!, decía el árbol, inclinando sus ramas todo lo que podía. Pero el niño era demasiado pequeño. El Gigante sintió que el corazón se le derretía. ¡Cuán egoísta he sido!, exclamó. Ahora sé por qué la primavera no quería venir hasta aquí. Subiré a ese pobre niñito al árbol y después voy a botar el muro. Desde hoy mi jardín será para siempre un lugar de juegos para los niños. Estaba de veras arrepentido por lo que había hecho. Bajó entonces la escalera, abrió cautelosamente la puerta de la casa, y entró en el jardín. Pero en cuanto lo vieron los niños se aterrorizaron, salieron a escape y el jardín quedó en invierno otra vez. Sólo aquel pequeñín del rincón más alejado no escapó, porque tenía los ojos tan llenos de lágrimas que no vio venir al Gigante. Entonces el Gigante se le acercó por detrás, lo tomó gentilmente entre sus manos, y lo subió al árbol. Y el árbol floreció de repente, y los pájaros vinieron a cantar en sus ramas, y el niño abrazó el cuello del Gigante y lo besó. Y los otros niños, cuando vieron que el Gigante ya no era malo, volvieron corriendo alegremente. Con ellos la primavera regresó al jardín. Desde ahora el jardín será para ustedes, hijos míos, dijo el Gigante, y tomando un hacha enorme, echó abajo el muro. Al mediodía, cuando la gente se dirigía al mercado, todos pudieron ver al Gigante jugando con los niños en el jardín más hermoso que habían visto jamás. Estuvieron allí jugando todo el día, y al llegar la noche los niños fueron a despedirse del Gigante. Pero, ¿dónde está el más pequeñito?, preguntó el Gigante, ¿ese niño que subí al árbol del rincón? El Gigante lo quería más que a los otros, porque el pequeño le había dado un beso. No lo sabemos, respondieron los niños, se marchó solito. Díganle que vuelva mañana -dijo el Gigante. Pero los niños contestaron que no sabían dónde vivía y que nunca lo habían visto antes. Y el Gigante se quedó muy triste. Todas las tardes al salir de la escuela los niños iban a jugar con el Gigante. Pero al más chiquito, a ese que el Gigante más quería, no lo volvieron a ver nunca más. El Gigante era muy bueno con todos los niños pero echaba de menos a su primer amiguito y muy a menudo se acordaba de él. ¡Cómo me gustaría volverlo a ver!, repetía. Fueron pasando los años, y el Gigante se puso viejo y sus fuerzas se debilitaron. Ya no podía jugar; pero, sentado en un enorme sillón, miraba jugar a los niños y admiraba su jardín. Tengo muchas flores hermosas, se decía, pero los niños son las flores más hermosas de todas. Una mañana de invierno miró por la ventana mientras se vestía. Ya no odiaba al invierno pues sabía que era simplemente la primavera
  • 14. dormida, y que las flores estaban descansando. Sin embargo, de pronto se restregó los ojos, maravillado, y miró, miró… Era realmente maravilloso lo que estaba viendo. En el rincón más lejano del jardín había un árbol cubierto por completo de flores blancas; todas sus ramas eran doradas, y de ellas colgaban frutos de plata. Debajo del árbol estaba parado el pequeñito a quien tanto había echado de menos. Lleno de alegría el Gigante bajó corriendo las escaleras y entró en el jardín. Pero cuando llegó junto al niño su rostro enrojeció de ira, y dijo: ¿Quién se ha atrevido a hacerte daño? Porque en la palma de las manos del niño había huellas de clavos, y también había huellas de clavos en sus pies. ¿Pero quién se atrevió a herirte?, gritó el Gigante. Dímelo, para tomar la espada y matarlo. ¡No!, respondió el niño. Estas son las heridas del Amor. ¿Quién eres tú, mi pequeño niñito?, preguntó el Gigante, y un extraño temor lo invadió, y cayó de rodillas ante el pequeño. Entonces el niño sonrió al Gigante, y le dijo: Una vez tú me dejaste jugar en tu jardín; hoy jugarás conmigo en el jardín mío, que es el Paraíso. Y cuando los niños llegaron esa tarde encontraron al Gigante muerto debajo del árbol. Parecía dormir, y estaba entero cubierto de flores blancas. 10.- EL PRÍNCIPE FELIZ (Inglaterra - Oscar Wilde, 1854-1900) En la parte más alta de la ciudad, sobre una columnita, se alzaba la estatua del Príncipe Feliz. Estaba toda revestida de madreselva de oro fino. Tenía, a guisa de ojos, dos centelleantes zafiros y un gran rubí rojo ardía en el puño de su espada por todo lo cual era muy admirada. Es tan hermoso como una veleta, observó uno de los miembros del Concejo que deseaba granjearse una reputación de conocedor de arte. Ahora, que no es tan útil, añadió temiendo que le tomaran por un hombre poco práctico. Y realmente no lo era. ¿Por qué no eres como el Príncipe Feliz?, preguntaba una madre cariñosa a su hijito, que pedía la luna. El Príncipe Feliz no hubiera pensado nunca en pedir nada a voz en grito. Me hace dichoso ver que hay en el mundo alguien que es completamente feliz, murmuraba un hombre fracasado contemplando la estatua maravillosa. Verdaderamente parece un ángel, decían los niños hospicianos al salir de la catedral, vestidos con sus soberbias capas escarlatas y sus bonitas chaquetas blancas. ¿En qué lo conocéis, replicaba el profesor de matemáticas, si no habéis visto uno nunca? ¡Oh! Los hemos visto en sueños, respondieron los niños. Y el profesor de matemáticas fruncía las cejas, adoptando un severo aspecto, porque no podía aprobar que unos niños se permitiesen soñar. Una noche voló una golondrinita sin descanso hacia la ciudad. Seis semanas antes habían partido sus amigas para Egipto; pero ella se quedó atrás. Estaba enamorada del más hermoso de los juncos. Lo encontró al comienzo de la primavera, cuando volaba sobre el río persiguiendo a una gran mariposa amarilla y su talle esbelto la atrajo de tal modo que se detuvo para hablarle. ¿Quieres que te ame?, dijo la Golondrina, que no se andaba nunca con rodeos. Y el Junco le hizo un profundo saludo. Entonces la Golondrina revoloteó a su alrededor rozando el agua con sus alas y trazando estelas de plata. Era su manera de hacer la corte. Y así transcurrió todo el verano. Es un enamoramiento ridículo, gorjeaban las otras golondrinas. Ese Junco es un pobretón y tiene realmente demasiada familia. Y en efecto, el río estaba todo cubierto de juncos. Cuando llegó el otoño, todas las golondrinas emprendieron el vuelo. Una vez que se fueron sus amigas, sintióse muy sola y empezó a cansarse de su amante. No sabe hablar, decía ella. Y además temo que sea inconstante porque coquetea sin cesar con la brisa. Y realmente, cuantas veces soplaba la brisa el Junco multiplicaba sus más
  • 15. graciosas reverencias. Veo que es muy casero, murmuraba la Golondrina. A mí me gustan los viajes. Por lo tanto, al que me ame, le debe gustar viajar conmigo. ¿Quieres seguirme?, preguntó por último la Golondrina al Junco. Pero el Junco movió la cabeza. Estaba demasiado atado a su hogar. ¡Te has burlado de mí!, le gritó la Golondrina. Me marcho a las Pirámides. ¡Adiós! Y la Golondrina se fue. Voló durante todo el día y al caer la noche llegó a la ciudad. ¿Dónde buscaré un abrigo?, se dijo. Supongo que la ciudad habrá hecho preparativos para recibirme. Entonces divisó la estatua sobre la columnita. Voy a cobijarme allí, gritó. El sitio es bonito. Hay mucho aire fresco. Y se dejó caer precisamente entre los pies del Príncipe Feliz. Tengo una habitación dorada, se dijo quedamente después de mirar en torno suyo. Y se dispuso a dormir. Pero al ir a colocar su cabeza bajo el ala, he aquí que le cayó encima una pesada gota de agua. ¡Qué curioso!, exclamó. No hay una sola nube en el cielo, las estrellas están claras y brillantes ¡y sin embargo llueve! El clima del norte de Europa es verdaderamente extraño. Al Junco le gustaba la lluvia; pero en él era puro egoísmo. Entonces cayó una nueva gota. ¿Para qué sirve una estatua si no resguarda de la lluvia?, dijo la Golondrina. Voy a buscar un buen copete de chimenea. Y se dispuso a volar más lejos. Pero antes de que abriese las alas, cayó una tercera gota. La Golondrina miró hacia arriba y vio... ¡Ah, lo que vio! Los ojos del Príncipe Feliz estaban arrasados de lágrimas, que corrían sobre sus mejillas de oro. Su faz era tan bella a la luz de la luna, que la Golondrinita sintióse llena de piedad. ¿Quién sois?, dijo. Soy el Príncipe Feliz. Entonces, ¿por qué lloriqueáis de ese modo?, preguntó la Golondrina. Me habéis empapado casi. Cuando estaba yo vivo y tenía un corazón de hombre, replicó la estatua, no sabía lo que eran las lágrimas porque vivía en el Palacio de la Despreocupación, en el que no se permite la entrada al dolor. Durante el día jugaba con mis compañeros en el jardín y por la noche bailaba en el gran salón. Alrededor del jardín se alzaba una muralla altísima, pero nunca me preocupó lo que había detrás de ella, pues todo cuanto me rodeaba era hermosísimo. Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz y, realmente, era yo feliz, si es que el placer es la felicidad. Así viví y así morí y ahora que estoy muerto me han elevado tanto, que puedo ver todas las fealdades y todas las miserias de mi ciudad, y aunque mi corazón sea de plomo, no me queda más recurso que llorar. ¡Cómo! ¿No es de oro de buena ley?, pensó la Golondrina para sus adentros, pues estaba demasiado bien educada para hacer ninguna observación en voz alta sobre las personas. Allí abajo, continuó la estatua con su voz baja y musical, allí abajo, en una callejuela, hay una pobre vivienda. Una de sus ventanas está abierta y por ella puedo ver a una mujer sentada ante una mesa. Su rostro está enflaquecido y ajado. Tiene las manos hinchadas y enrojecidas, llenas de pinchazos de la aguja, porque es costurera. Borda pasionarias sobre un vestido de raso que debe lucir, en el próximo baile de corte, la más bella de las damas de honor de la Reina. Sobre un lecho, en el rincón del cuarto, yace su hijito enfermo. Tiene fiebre y pide naranjas. Su madre no puede darle más que agua del río. Por eso llora. Golondrina, Golondrinita, ¿no quieres llevarle el rubí del puño de mi espada? Mis pies están sujetos al pedestal, y no me puedo mover. Me esperan en Egipto, respondió la Golondrina. Mis amigas revolotean de aquí para allá sobre el Nilo y charlan con los grandes lotos. Pronto irán a dormir al sepulcro del Gran Rey. El mismo Rey está allí en su caja de madera, envuelto en una tela amarilla y embalsamado con sustancias aromáticas. Tiene una cadena de jade verde pálido alrededor del cuello y sus manos son como unas hojas secas. Golondrina, Golondrina, Golondrinita, dijo el Príncipe, ¿no te quedarás conmigo una noche y serás mi mensajera? ¡Tiene tanta sed el niño y tanta tristeza la madre! No creo que me agraden los niños, contestó la
  • 16. Golondrina. El invierno último, cuando vivía yo a orillas del río, dos muchachos mal educados, los hijos del molinero, no paraban un momento de tirarme piedras. Claro es que no me alcanzaban. Nosotras las golondrinas volamos demasiado bien para eso y además yo pertenezco a una familia célebre por su agilidad; mas, a pesar de todo, era una falta de respeto. Pero la mirada del Príncipe Feliz era tan triste que la Golondrinita se quedó apenada. Mucho frío hace aquí, le dijo, pero me quedaré una noche con vos y seré vuestra mensajera. Gracias, Golondrinita, respondió el Príncipe. Entonces la Golondrinita arrancó el gran rubí de la espada del Príncipe y, llevándolo en el pico, voló sobre los tejados de la ciudad. Pasó sobre la torre de la catedral, donde había unos ángeles esculpidos en mármol blanco. Pasó sobre el palacio real y oyó la música de baile. Una bella muchacha apareció en el balcón con su novio. ¡Qué hermosas son las estrellas, le dijo, y qué poderosa es la fuerza del amor! Querría que mi vestido estuviese acabado para el baile oficial, respondió ella. He mandado bordar en él unas pasionarias ¡pero son tan perezosas las costureras! Pasó sobre el río y vio los fanales colgados en los mástiles de los barcos. Pasó sobre el gueto y vio a los judíos viejos negociando entre ellos y pesando monedas en balanzas de cobre. Al fin llegó a la pobre vivienda y echó un vistazo dentro. El niño se agitaba febrilmente en su camita y su madre se había quedado dormida de cansancio. La Golondrina saltó a la habitación y puso el gran rubí en la mesa, sobre el dedal de la costurera. Luego revoloteó suavemente alrededor del lecho, abanicando con sus alas la cara del niño. ¡Qué fresco más dulce siento!, murmuró el niño. Debo estar mejor. Y cayó en un delicioso sueño. Entonces la Golondrina se dirigió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz y le contó lo que había hecho. Es curioso, observa ella, pero ahora casi siento calor, y sin embargo hace mucho frío. Y la Golondrinita empezó a reflexionar y entonces se durmió. Cuantas veces reflexionaba se dormía. Al despuntar el alba voló hacia el río y tomó un baño. ¡Notable fenómeno!, exclamó el profesor de ornitología que pasaba por el puente. ¡Una golondrina en invierno! Y escribió sobre aquel tema una larga carta a un periódico local. Todo el mundo la citó. ¡Estaba plagada de palabras que no se podían comprender!... Esta noche parto para Egipto, se decía la Golondrina. Y sólo de pensarlo se ponía muy alegre. Visitó todos los monumentos públicos y descansó un gran rato sobre la punta del campanario de la iglesia. Por todas parte adonde iba piaban los gorriones, diciéndose unos a otros: ¡Qué extranjera más distinguida! Y esto la llenaba de gozo. Al salir la luna volvió a todo vuelo hacia el Príncipe Feliz. ¿Tenéis algún encargo para Egipto?, le gritó. Voy a emprender la marcha. Golondrina, Golondrina, Golondrinita, dijo el Príncipe, ¿no te quedarás otra noche conmigo? Me esperan en Egipto, respondió la Golondrina. Mañana mis amigas volarán hacia la segunda catarata. Allí el hipopótamo se acuesta entre los juncos y el dios Memnón se alza sobre un gran trono de granito. Acecha a las estrellas durante la noche y cuando brilla Venus, lanza un grito de alegría y luego calla. A mediodía, los rojizos leones bajan a beber a la orilla del río. Sus ojos son verdes aguamarinas y sus rugidos más atronadores que los rugidos de la catarata. Golondrina, Golondrina, Golondrinita, dijo el Príncipe, allá abajo, al otro lado de la ciudad, veo a un joven en una buhardilla. Está inclinado sobre una mesa cubierta de papeles y en un vaso a su lado hay un ramo de violetas marchitas. Su pelo es negro y rizoso y sus labios rojos como granos de granada. Tiene unos grandes ojos soñadores. Se esfuerza en terminar una obra para el director del teatro, pero siente demasiado frío para escribir más. No hay fuego ninguno en el aposento y el hambre lo ha rendido. Me quedaré otra noche con vos, dijo la
  • 17. Golondrina, que tenía realmente buen corazón. ¿Debo llevarle otro rubí? ¡Ay! No tengo más rubíes, dijo el Príncipe. Mis ojos es lo único que me queda. Son unos zafiros extraordinarios traídos de la India hace un millar de años. Arranca uno de ellos y llévaselo. Lo venderá a un joyero, se comprará alimento y combustible y concluirá su obra. Amado Príncipe, dijo la Golondrina, no puedo hacer eso. Y se puso a llorar. ¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita!, dijo el Príncipe. Haz lo que te pido. Entonces la Golondrina arrancó el ojo del Príncipe y voló hacia la buhardilla del estudiante. Era fácil penetrar en ella porque había un agujero en el techo. La Golondrina entró por él como una flecha y se encontró en la habitación. El joven tenía la cabeza hundida en las manos. No oyó el aleteo del pájaro y cuando levantó la cabeza, vio el hermoso zafiro colocado sobre las violetas marchitas. Empiezo a ser estimado, exclamó. Esto proviene de algún rico admirador. Ahora ya puedo terminar la obra. Y parecía completamente feliz. Al día siguiente la Golondrina voló hacia el puerto. Descansó sobre el mástil de un gran navío y contempló a los marineros que sacaban enormes cajas de la cala tirando de unos cabos. ¡Ah, iza! gritaban a cada caja que llegaba al puente. ¡Me voy a Egipto!, les gritó la Golondrina. Pero nadie le hizo caso, y al salir la luna, volvió hacia el Príncipe Feliz. He venido para decirte adiós, le dijo. ¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita!, exclamó el Príncipe. ¿No te quedarás conmigo una noche más? Es invierno, replicó la Golondrina, y pronto estará aquí la nieve glacial. En Egipto calienta el sol sobre las palmeras verdes. Los cocodrilos, acostados en el barro, miran perezosamente a los árboles, a orillas del río. Mis compañeras construyen nidos en el templo de Baalbeck. Las palomas rosadas y blancas las siguen con los ojos y se arrullan. Amado Príncipe, tengo que dejaros, pero no os olvidaré nunca y la primavera próxima os traeré de allá dos bellas piedras preciosas con que sustituir las que disteis. El rubí será más rojo que una rosa roja y el zafiro será tan azul como el océano. Allá abajo, en la plazoleta, contestó el Príncipe Feliz, tiene su puesto una niña vendedora de cerillas. Se le han caído las cerillas al arroyo, estropeándose todas. Su padre le pegará si no lleva algún dinero a casa, y está llorando. No tiene ni medias ni zapatos y lleva la cabecita al descubierto. Arráncame el otro ojo, dáselo y su padre no le pegará. Pasaré otra noche con vos, dijo la Golondrina, pero no puedo arrancaros el ojo porque entonces os quedaríais ciego del todo. ¡Golondrina, Golondrina, Golondrinita!, dijo el Príncipe, haz lo que te mando. Entonces la Golondrina volvió de nuevo hacia el Príncipe y emprendió el vuelo llevándoselo. Se posó sobre el hombro de la vendedorcita de cerillas y deslizó la joya en la palma de su mano. ¡Qué bonito pedazo de cristal!, exclamó la niña, y corrió a su casa muy alegre. Entonces la Golondrina volvió de nuevo hacia el Príncipe. Ahora estáis ciego. Por eso me quedaré con vos para siempre. No, Golondrinita, dijo el pobre Príncipe. Tienes que ir a Egipto. Me quedaré con vos para siempre, dijo la Golondrina. Y se durmió entre los pies del Príncipe. Al día siguiente se colocó sobre el hombro del Príncipe y le refirió lo que había visto en países extraños. Le habló de los ibis rojos que se sitúan en largas filas a orillas del Nilo y pescan a picotazos peces de oro; de la esfinge, que es tan vieja como el mundo, vive en el desierto y lo sabe todo; de los mercaderes que caminan lentamente junto a sus camellos, pasando las cuentas de unos rosarios de ámbar en sus manos; del rey de las montañas de la Luna, que es negro como el ébano y que adora un gran bloque de cristal; de la gran serpiente verde que duerme en una palmera y a la cual están encargados de alimentar con pastelitos de miel veinte sacerdotes; y de los pigmeos que navegan por un gran lago sobre anchas hojas aplastadas y están siempre en guerra con las mariposas. Querida Golondrinita, dijo el Príncipe, me cuentas cosas maravillosas, pero más maravilloso aún
  • 18. es lo que soportan los hombres y las mujeres. No hay misterio más grande que la miseria. Vuela por mi ciudad, Golondrinita, y dime lo que veas. Entonces la Golondrinita voló por la gran ciudad y vio a los ricos que se festejaban en sus magníficos palacios, mientras los mendigos estaban sentados a sus puertas. Voló por los barrios sombríos y vio las pálidas caras de los niños que se morían de hambre, mirando con apatía las calles negras. Bajo los arcos de un puente estaban acostados dos niñitos abrazados uno a otro para calentarse. ¡Qué hambre tenemos!, decían. ¡No se puede estar tumbado aquí!, les gritó un guardia. Y se alejaron bajo la lluvia. Entonces la Golondrina reanudó su vuelo y fue a contar al Príncipe lo que había visto. Estoy cubierto de oro fino, dijo el Príncipe, despréndelo hoja por hoja y dáselo a mis pobres. Los hombres creen siempre que el oro puede hacerlos felices. Hoja por hoja arrancó la Golondrina el oro fino hasta que el Príncipe Feliz se quedó sin brillo ni belleza. Hoja por hoja lo distribuyó entre los pobres, y las caritas de los niños se tornaron nuevamente sonrosadas y rieron y jugaron por la calle. ¡Ya tenemos pan!, gritaban. Entonces llegó la nieve y después de la nieve el hielo. Las calles parecían empedradas de plata por lo que brillaban y relucían. Largos carámbanos, semejantes a puñales de cristal, pendían de los tejados de las casas. Todo el mundo se cubría de pieles y los niños llevaban gorritos rojos y patinaban sobre el hielo. La pobre Golondrina tenía frío, cada vez más frío, pero no quería abandonar al Príncipe: lo amaba demasiado para hacerlo. Picoteaba las migas a la puerta del panadero cuando éste no la veía, e intentaba calentarse batiendo las alas. Pero, al fin, sintió que iba a morir. No tuvo fuerzas más que para volar una vez más sobre el hombro del Príncipe. ¡Adiós, amado Príncipe!, murmuró. Permitid que os bese la mano. Me da mucha alegría que partas por fin para Egipto, Golondrina, dijo el Príncipe. Has permanecido aquí demasiado tiempo. Pero tienes que besarme en los labios porque te amo. No es a Egipto adonde voy a ir, dijo la Golondrina. Voy a ir a la morada de la Muerte. La Muerte es hermana del Sueño, ¿verdad? Y besando al Príncipe Feliz en los labios, cayó muerta a sus pies. En el mismo instante sonó un extraño crujido en el interior de la estatua, como si se hubiera roto algo. El hecho es que la coraza de plomo se habla partido en dos. Realmente hacia un frío terrible. A la mañana siguiente, muy temprano, el alcalde se paseaba por la plazoleta con dos concejales de la ciudad. Al pasar junto al pedestal, levantó sus ojos hacia la estatua. ¡Dios mío!, exclamó. ¡Qué andrajoso parece el Príncipe Feliz! ¡Sí, está verdaderamente andrajoso!, dijeron los concejales de la ciudad, que eran siempre de la opinión del alcalde. Y levantaron ellos mismos la cabeza para mirar la estatua. El rubí de su espada se ha caído y ya no tiene ojos, ni es dorado, dijo el alcalde. En resumidas cuentas, que está lo mismo que un pordiosero. ¡Lo mismo que un pordiosero!, repitieron a coro los concejales. Y tiene a sus pies un pájaro muerto, prosiguió el alcalde. Realmente habrá que promulgar un bando prohibiendo a los pájaros que mueran aquí. Y el secretario del Ayuntamiento tomó nota para aquella idea. Entonces fue derribada la estatua del Príncipe Feliz. ¡Al no ser ya bello, de nada sirve!, dijo el profesor de estética de la Universidad. Entonces fundieron la estatua en un horno y el alcalde reunió al Concejo en sesión para decidir lo que debía hacerse con el metal. Podríamos, propuso, hacer otra estatua. La mía, por ejemplo. O la mía, dijeron los concejales uno a uno. Y acabaron disputando. ¡Qué cosa más rara!, dijo el oficial primero de la fundición. Este corazón de plomo no quiere fundirse en el horno; habrá que tirarlo como desecho. Los fundidores lo arrojaron al montón de basura en que yacía la golondrina muerta. Tráeme las dos cosas más preciosas de la ciudad, dijo Dios a uno de sus ángeles. Y el ángel se llevó el
  • 19. corazón de plomo y el pájaro muerto. Has elegido bien, dijo Dios. En mi jardín del Paraíso este pajarito cantará eternamente, y en mi ciudad de oro el Príncipe Feliz repetirá mis alabanzas. 11..- EL SUCESO DE LA ARDILLA (Suecia - Fragmento de “El Maravilloso viaje de Nils Holgersson a través de Suecia”, de Selma Lagerlöf, 1858-1940) Una vez, a orillas del Vombsjo, en una rama de avellano había sido cogida una ardilla, a la que llevaron a una granja próxima. Todos los moradores de la granja, jóvenes y viejos, alegrábanse infinito al ver el pequeño animal, tan hermoso con su bonita cola, sus ojos inteligentes y curiosos y sus patitas delicadas. Imaginaban ya un bello espectáculo para todo el verano al contemplar los movimientos de la ágil ardilla, su manera de descortezar rápidamente las avellanas y sus ojos despiertos y alegres. La ardilla fue instalada en una vieja jaula a modo de una casita pintada de verde y una rueda de alambre. La casita, que tenía puertas y ventanas, servía para comedor y dormitorio, y allí se le preparó un lecho de hojas y se le puso un poco de leche y un puñado de avellanas. La rueda sería el lugar de esparcimiento, donde el animalito podría correr y trepar. Las gentes de la granja encontraron admirable cuanto habían hecho para mayor comodidad de la ardilla; por eso fue tan grande su asombro al descubrir que ésta no encontraba agradable su habitación. Permanecía triste e inmóvil en un rincón de la jaula y de tiempo en tiempo exhalaba un suspiro quejumbroso. Al ver que no probaba alimento, decían las gentes: Es que tiene miedo. Mañana, cuando no extrañe su encierro, comerá y jugará. Las mujeres de la casa sintieron de súbito la necesidad de comer. En seguida comenzaron a amasar pan, y bien porque un hechizo retrasara el trabajo impidiendo la levadura de la pasta, o bien porque la pereza se apoderara de todos, el caso es que hubo que trabajar hasta muy entrada la noche. En la cocina reinaba una actividad febril, y no había tiempo para pensar en la ardilla. En la casa había una anciana harto cargada de años para que pudiese ayudar a hacer el pan, y aunque se daba perfecta cuenta de ello, no se resignaba a que los demás prescindieran de sus servicios. Como su tristeza no la dejaba dormir, optó por sentarse junta a una ventana y mirar hacia fuera. A causa del calor habían dejado abierta la puerta de la cocina y la luz que en ella había iluminaba todo el corral, rodeado de una cerca tan baja que permitía ver la casa de enfrente, tan bien alumbrada entonces que la anciana podía distinguir los agujeros y hendiduras de las paredes. Veía también la jaula de la ardilla, puesta en el lugar más iluminado, pudiendo observar que durante la noche la ardilla no cesó de ir de la casita a la rueda y de ésta a la casita. Pensó que del animal se había apoderado una extraña inquietud, sin dejar de suponer que la causa de la misma podía ser la fuerte luz que le imposibilitaba dormir. Entre el establo y la cuadra había un largo corredor cubierto que conducía a la puerta de entrada y el cual estaba situado de tal modo que la luz llegaba hasta él. Ya bastante adelantada la noche la anciana vio entrar de repente por el hueco de la puerta a un hombrecito que no mediría un palmo y que andaba a pasitos. Calzaba y llevaba pantalones de cuero como los obreros. La vieja comprendió al punto que no podía ser otra cosa que el duende, y tuvo miedo. Siempre había oído decir que el duende habitaba
  • 20. por allí y que llevaba la felicidad a todas partes. Apenas llegó al corral dirigióse hacia la jaula donde estaba encerrada la ardilla. No pudiendo alcanzarla, buscó una caña que colocó contra la jaula y por la cual trepó con la misma rapidez y maestría que un marino a lo largo de un mástil. Golpeó la puerta de la casita verde; pero la vieja quedóse tranquila al recordar que los niños la habían sujetado con una cadena por temor a que los hijos del vecino vinieran a robarles su ardilla. El duende no podía abrir la puerta, y la vieja vio cómo la ardilla salió para dirigirse a la rueda. Allí mantuvieron los dos un largo conciábulo, terminado el cual descendió el duende a lo largo de la caña y desapareció por la puerta. La vieja creyó que ya no lo volvería a ver aquella noche; pero como permaneció en su sitio junto a la ventana, un instante después contemplaba de nuevo al duendecillo. Ahora sus pies parecían no tocar el suelo de tan aprisa que corrían en dirección a la jaula. La anciana pudo verlo perfectamente con sus ojos de présbita. Vio también que llevaba algo en sus manos, mas sin distinguir lo que era. Dejó en tierra lo que llevaba en su mano izquierda y subió a la jaula lo que llevaba en la derecha. De un puntapié hizo saltar una de las ventanas y entregó a la ardilla lo que llevaba. Volvió a bajar, recogió lo que dejara en el suelo y subió de nuevo. Hecho esto desapareció tan rápidamente que la anciana apenas si pudo seguirle con la mirada. Entonces fue la vieja la que no pudo permanecer tranquila en la casa, lentamente ganó la puerta y se ocultó tras la bomba del agua para espiar al duende. En la casa había otro ser que presenció lo sucedido y se mostraba también intranquilo; era el gato, que se deslizó silenciosamente hasta la pared y se detuvo un poco antes de llegar a la raya que dibujaba la luz. Allí esperaron largo tiempo, soportando el frío de aquella noche de marzo. Ya estaba la vieja dispuesta a retirarse cuando oyó pasos; era el duende que se aproximaba corriendo. Como antes, llevaba algo en las manos; pero lo de ahora chillaba y se agitaba. La vieja comprendió que había ido al bosque de avellanos a buscar a los hijos de la ardilla, y que ahora los dejaría con la madre para que no murieran de hambre. La vieja permaneció inmóvil para no asustarlo con el menor ruido, y el duende se mostraba tranquilo. Iba a dejar uno de los animalitos en el suelo para subir con el otro hasta la jaula cuando vio brillar muy cerca de donde estaba los ojos del gato. El duende quedó sin movimiento, desconcertado, con un pequeñuelo en cada mano, se repuso luego, miró a todos lados y al descubrir a la anciana no vaciló en correr hacia ella para entregarle uno de los bichitos. La vieja no quería mostrarse indigna de esta confianza. Se inclinó, tomó la ardillita con cuidado y la guardó hasta que el duende hubo llevado la otra a la jaula y volvió a coger la que dejara. Cuando a la mañana siguiente reuniéronse las gentes de la granja a la hora del desayuno, la vieja no pudo dejar de referir lo que había presenciado aquella noche. Todos se burlaron, naturalmente, diciéndole que era un sueño: Las ardillas no criaban en tal época del año. Pero ella estaba cierta de lo que les decía, y solo les rogaba que vieran la jaula. Así lo hicieron. Sobre el lecho de hojas había cuatro pequeñuelos todavía sin pelo y medio ciegos, que apenas si contarían tres días de existencia. Y al verles, dijo el dueño de la granja: Sea lo que sea, lo único cierto es que deberíamos estar avergonzados. Seguidamente sacó de la jaula la ardilla y sus pequeñuelos y poniéndoselos a la vieja en el delantal, le dijo: Llévalos al bosque de nogales y déjalos en libertad. Tal es el acontecimiento del que hablaron hasta los periódicos y que muchos se resistieron a creer porque no acertaban a explicárselo.
  • 21. 12.- AMIGOS (Arabia) Dos amigos viajaban por el desierto y en un determinado punto del viaje discutieron. El otro, ofendido, sin nada que decir, escribió en la arena: Hoy mi mejor amigo me pegó una bofetada en el rostro. Siguieron adelante y llegaron a un oasis donde resolvieron bañarse. El que había sido abofeteado y lastimado comenzó a ahogarse, siendo salvado por el amigo. Al recuperarse tomó un estilete y escribió en una piedra: Hoy mi mejor amigo me salvó la vida. Intrigado, el amigo preguntó: ¿Por qué, después que te lastimé, escribiste en la arena, y ahora escribes en una piedra? Sonriendo, el otro amigo respondió: Cuando un gran amigo nos ofende, deberemos escribir en la arena donde el viento del olvido y el perdón se encargarán de borrarlo y apagarlo. Y cuando nos pase algo grandioso, deberemos grabarlo en la piedra de la memoria del corazón donde viento ninguno en todo el mundo podrá borrarlo. 13.- EL CHICO Y EL COCODRILO (África) Un chico preguntó a sus padres: Madre y padre ¿puedo ir a la selva a buscar leña? Sus padres le dieron permiso y el chico cogió un hacha y un canasto para llevar en su cabeza. Se adentró en la selva, y hacia el mediodía había recogido un montón de leña. La puso en el canasto y buscó una cuerda para atarla bien. Subió una gran colina y vio un lago a poca distancia. El chico pensó: Tengo sed, iré a beber antes de coger la cuerda. Pero mientras estaba bebiendo se encontró cara a cara con un cocodrilo. Empezó a correr pero el cocodrilo lo llamó: Niño, ayúdame, por favor. Hace tres días que estoy aquí sin comida. Si te vas, seguramente moriré. El cocodrilo se llamaba Bambo. Pensó que ese chico podría ser bueno para comer y le dijo: Mi problema es similar a éste. ¿Sabes que el viento arrastra hojas secas por el suelo y las mete en un agujero? Y este mismo viento que las ha arrastrado hasta allí no podrá sacarlas de nuevo. Y las hojas tampoco podrán nunca salir por sí mismas. Pues lo mismo me pasa a mí. Vine a este lago desde el río, pero ahora el río se ha secado y no puedo regresar. Chico, debes ayudarme a regresar, si no seguro que moriré. El muchacho empezó a llorar, estaba preocupado por el cocodrilo y no quería que muriese. No hay por qué llorar, chico, dijo Bambo, no voy a comerte. ¿Cómo voy a poder transportarte? Tú eres más grande que yo, y más fuerte que yo, y más largo que yo, preguntó el pequeño. Ese no es ningún problema: coge tu hacha y corta dos largos palos, respondió Bambo. El chico siguió las instrucciones del cocodrilo. Cortó los palos y puso uno de ellos en el suelo, luego puso al cocodrilo encima, el otro palo sobre la espalda del cocodrilo y finalmente ató al cocodrilo desde la cabeza hasta la cola. Lo alzó un poco y lo arrastró hasta el río. Mientras, lloraba y cantaba: Oh, tengo miedo al cocodrilo, tengo miedo al cocodrilo, tengo miedo porque me comerá. Bambo le dijo: No voy a comerte. Si lo hiciera significaría que habría recompensado tu buena acción con malicia. Pero el chico continuó cantando su canción. Cuando
  • 22. finalmente llegaron al río, el muchacho quiso poner al cocodrilo de espaldas, pero Bambo dijo: Si me dejas aquí de este modo no habrás mantenido tu promesa. Me has traído a través de toda la colina desde donde he estado sin comida durante tres días. Fuiste tú, chico, quien me salvó. Después de hacer tan buena acción, por favor, no me dejes así tan cerca del río. Por lo tanto, el chico introdujo al cocodrilo en el río, hasta que el agua le cubrió la cintura. Un poco más, un poco más, imploró Bambo. Es que el agua me llega hasta la cintura, contestó el chico, y no sé nadar. Si realmente deseas que la recompensa no se torne en malicia, deja que te suelte aquí mismo. Por favor, muchacho, sólo un poco más lejos. El chico continuó unos cuantos pasos más, hasta que el agua le llegó al cuello. Déjame soltarte aquí, rogó el muchacho. De acuerdo, contestó Bambo. Lo soltó y luego desató las cuerdas desde la cabeza hasta la cola. Inmediatamente el cocodrilo se dio la vuelta y apresó con sus enormes garras al chico. Tres días de ayuno en el lago seco habían despertado un gran apetito en Bambo. ¿Cómo puedes hacer algo así?, gritó enfurecido y sollozando el chico. Ya has olvidado tu promesa. Bien. Debiste pensar que esa promesa no iba muy en serio. Después de todo, estaba atrapado en el lago; pero ahora, si te dejo escapar, no tendré comida. Es un poco desafortunado para ti, pero debes comprender mi situación, expuso Bambo. Sabía que me comerías, replicó el chico. Por esto he estado llorando todo el rato. Sabía que recompensarías mi buena acción con malicia. Pero debo comerte, dijo Bambo, porque estoy hambriento. Y si te dejo escapar, nunca más encontraré una presa mejor. Había un árbol en la orilla del río. El chico dijo al cocodrilo: Antes de comerme, podríamos exponer nuestro caso ante este árbol. Vamos a ver qué dice. Al cocodrilo le pareció bien y los dos expusieron sus historias al árbol. Cuando terminaron, el árbol sacudió sus ramas y habló: Cocodrilo. ¡Sí!, exclamó Bambo. Creo que esta vez tienes razón. Nosotros los árboles sabemos lo ingratos que pueden ser los humanos. Vienen y se sientan bajo nuestra sombra, y los protegemos del sol abrasador. Nosotros les proporcionamos medicamentos y los ayudamos a que llueva mucho para el bien de sus tierras. Pero tan pronto como somos grandes y fuertes, vienen y nos cortan para sus egoístas propósitos. Son locos y desagradecidos. Cocodrilo, coge tu presa, sentenció solemne el árbol. Bambo quedó encantado con lo que el árbol había dicho. Ya lo has oído, dijo, es cierto que puedo comerte. Todo el mundo sabe lo ingratos que son los humanos. El chico empezó a cantar esta canción: Oh, tengo miedo al cocodrilo, tengo miedo al cocodrilo. Tengo miedo porque me comerá. Justo en ese momento, una vaca venía de beber del río. El chico le dijo al cocodrilo: Podríamos exponer nuestro caso a esta vaca también. Estoy seguro de que ella no estaría de acuerdo con el árbol. Deja que veamos lo que ella nos tiene que decir. Bambo estuvo de acuerdo y llamaron a la vaca, que ya había terminado de beber. Cuando ambos terminaron de contar su historia la vaca levantó la cabeza y dijo: Cocodrilo. ¿Si?, preguntó Bambo. Puedes comértelo. Los humanos son las criaturas más ingratas que existen. Mientras era joven y los humanos podían beber mi leche, me daban comida y agua, pero ahora que soy vieja y mi leche se ha secado me han abandonado y no me dan ni siquiera agua para beber. Tú mismo has podido ver el largo camino que he recorrido sólo para beber. Por lo tanto, cocodrilo, creo que tienes razón. Puedes comerte a tu presa, sentenció la vaca. El chico empezó a cantar su canción de nuevo. Oh, tengo miedo al cocodrilo, tengo miedo al cocodrilo. Tengo miedo porque me comerá.
  • 23. El chico cantaba y el cocodrilo se disponía a comérselo cuando un asno se acercó al río para beber. Espera, reclamó el chico. Deja que contemos nuestras historias al asno. ¡Chico!, gritó enfurecido Bambo, no importa lo que él diga, te voy a comer de todos modos. Aun así deja que escuchemos lo que él tiene que decir, rogó el joven. El asno bebió hasta que tuvo lleno el estómago, y entonces ambos le contaron sus historias. Después de escuchar atentamente, dijo: ¡Cocodrilo! ¿Sí?, replicó Bambo. Cuando yo era joven los humanos ponían sobre mí todo tipo de cargas, pero ahora soy viejo y casi no puedo cargar ni conmigo mismo, me han abandonado. Dejaron de darme hierba para comer y me negaron incluso el agua para beber. Los humanos son los seres más ingratos de este mundo. Puedes comértelo, sentenció el asno. ¡Ah!, exclamó Bambo, no pienso dejarte libre, no hay nada que te pueda salvar. Pero antes de que pudiera comérselo, un conejo pasó corriendo hacia el río. Contemos también nuestra historia al conejo, suplicó de nuevo el muchacho. ¡Chico! Tengo hambre y empiezo a estar aburrido de este juego, exclamó el cocodrilo. ¡Oh! ¡Por favor! Sólo una vez más, insistió el chico. De acuerdo, pero el conejo va a ser el último al que vamos a consultar. Cuando el conejo hubo bebido hasta tener lleno su estómago, los miró y les preguntó qué ocurría. El cocodrilo le contó lo que venía al caso. El chico empezó a contar sus razones, pero el conejo de repente lo interrumpió. ¡Cállate! He oído hablar de ti. Todo el mundo aquí sabe lo testarudo que eres. Que hable primero el cocodrilo. En medio de las explicaciones se giró hacia el cocodrilo y le dijo: Perdona. Mis orejas son muy grandes pero no oigo muy bien. ¿Podrías acercarte a mí un poco más? El cocodrilo y el chico se acercaron al conejo. El nivel del agua bajó hasta el pecho del muchacho. El cocodrilo volvió a contar su historia y cuando terminó, el conejo dijo: Cocodrilo, aún no puedo oírte. Por favor acércate hasta la orilla. No te preocupes, es seguro. No veo ninguna posibilidad de que este chico pueda escapar de ti. El chico y el cocodrilo así lo hicieron. Ahora, dijo el conejo ¿podrían contarme una vez más sus historias? El cocodrilo explicó su versión y después dejó que el muchacho contara la suya. Cuando terminaron el conejo dijo. Chico, eres un mentiroso. Eres tan pequeño y el cocodrilo tan grande que no hay ninguna posibilidad de que puedas cargar con el cocodrilo desde la colina hasta aquí. Si esto es posible, déjame ver cómo lo haces. El cocodrilo desconfiaba, pero el conejo lo calmó: Acérquense y salgan del agua, te prometo que pronto vas a comértelo. El chico cogió dos largos palos, puso al cocodrilo encima de uno de ellos y el otro sobre su lomo. Después lo ató desde la cabeza hasta la cola. ¡El cocodrilo estaba atrapado! No podía moverse. Entonces el conejo preguntó al muchacho: ¿Le gusta la carne de cocodrilo a tu gente? Es la única carne que les gusta, contestó el chico. Bien, entonces aquí tienes tu presa, dijo el conejo. El chico cargó con el cocodrilo y lo llevó hasta su casa. Mientras tanto el cocodrilo cantaba: Oh, tengo miedo al chico, tengo miedo al chico. Tengo miedo porque me comerá. Cuando su gente lo vio llegar con el cocodrilo atado entre dos palos, empezaron a gritar: ¡Miren!¡Nuestro muchacho se fue a buscar leña y trae un cocodrilo! Esto no es todo, dijo el chico, también hay un conejo entre los matorrales. Tenemos que ir a cazarlo. Todos los niños siguieron al chico y llevaron a sus perros. El conejo, al oír tanto ruido, se dijo: Debo marcharme de este lugar y ocultarme, los humanos son los seres más ingratos que existen. Los niños lo buscaron por todas partes pero no lo pudieron encontrar. Cuando finalmente desistieron y estaban volviendo a casa, el conejo llamó al muchacho y le dijo. Lo que dijeron el árbol, la vaca y el asno sobre los seres humanos es totalmente cierto. Fui yo, el conejo, quien te salvó la vida, y ahora tú quieres
  • 24. comerme del mismo modo como el cocodrilo quería comerte. No quiero saber nada de ti. Se dice que por esta razón los conejos corren tan rápido cuando ven a un ser humano. Antes de que esto sucediera, si alguien se perdía en la selva, un conejo siempre salía para indicarle el camino de regreso. 14.- JESUCRISTO Y LA VIEJITA (Perú - Tradición de Suyo, recogida por José Zapata) Cristo andaba por este mundo con San Pedro y San Juan, caminaban en un desierto y llegaron a una casa donde vivía una mujer mayor, muy pobre. Lo único que tenía era un vaso de oro en el que creía como si fuera su dios. Llegaron ellos y le pidieron agua. Ella sacó el vaso de oro y les dio el agua, tomaron los tres y a la hora de irse Jesús le robó el vaso a la señora. Luego llegaron a un lugar donde había un rey y Jesús le regaló el vaso de oro. San Pedro le dijo: No, Señor, no puedes hacer eso, ¿cómo le quitas a esa pobre mujer que no tiene nada, para regalárselo al que tiene tanto? Pedro, tú no sabes, yo sé lo que hago, dijo Jesús. Pedro insistió tanto que Jesús aceptó cambiarle la fortuna a la viejita. Así, de la noche a la mañana la viejita se hizo rica, pero se volvió mala, insultaba a los empleados, no hablaba con los pobres. Pasado el tiempo, los tres regresaron por ahí, pero San Juan y San Pedro no se acordaban de la viejita, dónde vivía, cómo era. Llegaron a la casa a pedir posada. Llamaron pero no salió la señora sino sus empleados, y cuando éstos le avisaron que había unos pobres pidiendo posada, la mujer dijo que no, que seguramente eran ladrones. Ellos insistieron y finalmente les permitió que se quedaran con los animales. Jesús echó a Pedro en una esquina, a Juan en medio y Él se echó en un rincón. A la madrugada la señora empezó a gritar a los empleados para que se fueran los viajeros. Pero ellos no se iban, hasta que se levantó la mujer y al ver a Pedro lo atacó furiosa. Pedro le decía a Jesús: Vámonos, Señor, que esta mujer me ha pegado. No, todavía no es hora, más tarde nos vamos, dijo Jesús, y tú échate al medio para que Juan pase a la esquina. Al rato salió la viejita de nuevo, y al ver que no se habían ido le empezó a pegar al del medio, que era Pedro otra vez. Señor, mira que esta vieja me ha vuelto a pegar, y ¿por qué no te pega a ti ni a Juan? Ya, Pedro, échate al rincón y yo me paso a la esquina, dijo Jesús. Cuando regresó la mujer le volvió a pegar a Pedro que ahora estaba en el rincón. Señor, que esta mujer me va a matar, gritaba Pedro. Ya nos vamos, dijo el Señor. Ya en el camino, Pedro le pidió a Jesús que castigara a la vieja por haberle pegado. No, Pedro, dijo Jesús, yo no la puedo castigar ahora porque es la misma viejita a la que le quité el vaso y que tú quisiste que le cambiara la fortuna. 15.- EL MARAVILLOSO VIAJE DE NILS HOLGERSSON A TRAVES DE SUECIA (Suecia - Selma Lagerlöf, 1858-1940) Érase un muchacho que no pasaría de los 14 años, alto, desmadejado, de cabellos rubios como el cáñamo. El pobre no servía para maldita la cosa. Dormir y comer eran sus ocupaciones favoritas y era también muy dado a juegos. Un domingo por la mañana disponíanse sus padres a marchar a la iglesia. El muchacho, en mangas de camisa y
  • 25. sentado sobre un ángulo de la mesa, regocijábase al verles a punto de partir pensando en que iba a ser dueño de sí durante un par de horas.. Cuando se vayan, pensaba para sus adentros, podré descolgar la escopeta de mi padre y hacer un disparo sin que nadie se meta conmigo. Se hubiera dicho que el padre adivinaba las intenciones del muchacho por cuanto en el momento de salir le dijo: Ya que no quieres venir al templo conmigo y con tu madre, podrías muy bien leer en casa los sermones del domingo. ¿Me prometes hacerlo? Lo haré si usted quiere, dijo, pensando, como era de suponer, que no leería más que lo que le viniese en gana. Jamás había visto el muchacho que su madre procediera con tanta prisa. En un abrir y cerrar de ojos se fue hasta el armario colgado de la pared, sacó el sermonario bíblico y lo dejó en la mesa, ante la luz de la ventana y abierto por la página del sermón del día. Presurosamente buscó también el evangelio de tal domingo y lo puso junto al sermonario. Por último, aproximó a la mesa el gran sillón que comprara el año precedente en la subasta de la casa del cura de Vemmenhog, y en el que de ordinario solo el padre tenía derecho a sentarse. Sentóse el rapaz pensando que la madre se procuraba hartas molestias para prepararle la escena, ya que apenas si llegaría a leer una o dos páginas. Pero el padre pareció adivinarle nuevamente las intenciones que abrigaba al decirle con voz severa: Conviene que leas detenidamente, porque cuando regresemos te preguntaré página por página; y ay de ti si has saltado alguna! El sermón tiene catorce páginas y media, añadió la madre como para colmar la medida, debes comenzar en seguida si quieres tener tiempo para leerlo. Por fin partieron. Desde la puerta vio el muchacho cómo se alejaban. Estarán muy contentos, murmuraba, con creer que han hallado el medio de tenerme sujeto al libro durante su ausencia. Mas el padre y la madre estaban, por el contrario, muy afligidos. Eran unos modestos terratenientes, su posesión no era más grande que el rincón de un jardín. Cuando se instalaron en ella apenas si bastaba para el sustento de un cerdo y un par de gallinas. Duros para la faena, trabajadores y activos, habían logrado reunir algunas vacas y patos. Se habían desenvuelto bien y en esta hermosa mañana hubieran partido muy contentos camino de la iglesia de no haber pensado en su hijo. Al padre le afligía verlo tan perezoso y falto de voluntad, no había querido aprender nada en la escuela; solo era capaz de cuidar los patos. Su madre no negaba que esto fuese verdad; pero lo que más le entristecía era verl tan insensible, cruel con los animales y hostil al trato con los hombres. Dios mío, acaba con su maldad y cambia su modo de sentir, suspiraba, porque de lo contrario, hará su desgracia y la nuestra! El muchacho reflexionó largo rato acerca de si leería o no el sermón, y, por último comprendió que esta vez lo mejor era obedecer a sus padres. Se arrellenó en el sillón y estuvo un rato leyendo a media voz, hasta que le adormeció su mismo sonsonete, comenzando a dar cabezadas. Hacía un magnífico tiempo de primavera. Estábamos a 20 de marzo y como el muchacho vivía en la parte oeste del distrito de Vemmenhog y hacia el sur de la provincia de Escania, la primavera se había iniciado ya francamente. Los árboles no reverdecían todavía; pero apuntaban los primeros brotes y los vástagos comenzaban a desarrollarse. Corría el agua por todos los regatos y el tusílago florecía en los bordes de los caminos. El musgo y los líquenes que adornaban las paredes de las casas parecían bruñidos y brillaban al sol. El bosque de bayas, que cubría el fondo, se hinchaba a ojos vistas y parecía expresarse a cada instante. El cielo se veía muy alto y su color era de un azul purísimo Por la puerta entreabierta de la casita penetraba el canto
  • 26. de la alondra. En el corral picoteaban las gallinas y los patos. Las vacas, que sentían la fragancia primaveral, aún encerradas en su establo, dejaban oír de tiempo en tiempo un largo mugido. El muchacho leía, se amodorraba y daba cabezadas en su lucha contra el sueño. No quiero dormirme, porque entonces no acabaría de leer en toda la mañana. Pero, a despecho de esa resolución, acabó por dormirse. ¿He dormido mucho tiempo o solo unos instantes?, se preguntó al despertarlo un ligero ruido que oyó a sus espaldas. En el alféizar de la ventana, frente a él descubrió un lindo espejito, en el que se reflejaba casi toda la habitación. Lo vio en uno de sus movimientos de cabeza y quedó atónito al ver que la tapa del cofre de su madre había sido levantada. La madre poseía un gran cofre de roble, pesado y macizo, con guarniciones de herraje, que nunca dejó abrir a nadie. Allí conservaba todas las cosas que heredara de su madre y que tenía en mucha estima. Eran trajes de aldeana a la antigua usanza, de paño rojo, con corpiño y falda plisada y plastrones bordados en perlas. Eran cofias blancas, tiesas por el almidón, y broches y cadenas de plata. Las gentes no querían llevar estas cosas pasadas de moda, y la madre se había propuesto repetidas veces deshacerse de ellas; pero nunca acabó por decidirse: las tenía muy grabadas en el corazón. El muchacho vio en el espejo que el cofre estaba abierto. No comprendía cómo había sido esto posible, porque estaba seguro que su madre cerró el cofre antes de partir; jamás lo hubiera abierto quedando su hijo solo en casa. Al punto sintió que se apoderaba de él un gran malestar. Temía que un ladrón se hubiera deslizado en la casa. No se atrevía ni a respirar: inmóvil, miraba fijamente al espejo. Sentíase atemorizado en espera que apareciera el ladrón, cuando le extrañó ver cierta sombra negra sobre el borde del cofre. Miraba y remiraba, sin creer lo que sus ojos veían. Poco a poco fue precisándose lo que al principio no era más que una sombra y tardó poco en darse cuenta de que la sombra era una realidad. No era más ni menos que un pequeño duende que, sentado a horcajadas, cabalgaba en el canto del cofre. El muchacho había oído ciertamente hablar de los duendes; pero jamás pudo imaginar que fuesen tan pequeños. No tendría mayor altura que el ancho de la mano, sentado como se hallaba en el borde del cofre. Su cara avejentada era rugosa e imberbe y vestía larga levita con calzón corto y sombrero negro de anchas alas. Su aspecto era elegante y distinguido: llevaba blandas blancas en mangas y cuello, zapatos con hebilla y ligas con grandes lazos. Del fondo del cofre había sacado un plastrón bordado y lo examinaba tan detenidamente que no pudo advertir que el muchacho se había despertado y no salía de su asombro pero en verdad tampoco se asustó de tal duende. No creía del caso tener miedo por cosa tan pequeña y como quiera que el duende hallábase absorto en su contemplación hasta el punto de no ver ni oír nada, pensó el muchacho que sería muy divertido hacerle blanco de una jugarreta: meterle, por ejemplo, dentro del cofre y echar sobre él la tapa o algo por el estilo. Su valor no llegaba hasta el extremo de atreverse a coger al duende con sus manos, por lo que se dedicó a buscar con la vista un objeto que le permitiera propinarle un golpe. Sus miradas iban de la cama a la mesa y de la mesa a la cocina, donde por la puerta abierta de la alacena vio cacerolas, cuchillos y tenedores. Al desviar la vista dio con la escopeta de su padre que colgaba de la pared entre los retratos de la familia real de Dinamarca y, un poco más allá, las plantas que florecían ante la ventana. Por último, clavó sus ojos en una vieja manga para cazar mariposas que había en lo alto de la
  • 27. ventana. Distinguirla o cogerla fue todo uno, y enarbolándola corrió hacia el cofre. Su satisfacción no tuvo límites al ver lo felizmente que había llevado al cabo su hazaña. El duende quedó preso en la red, bajo la cual yacía el pobrecito imposibilitado para trepar. En el primer momento el muchacho no supo qué hacer de su presa. Sólo se preocupaba de agitar la manga hacia uno y otro lado para que el duende no estuviera tranquilo y evitar que trepase. Cansado el duende de tanta andanza, le suplicó que le devolviera la libertad alegando que le había hecho bien durante muchos años y que por ello debía dispensarle mejor trato. Si lo dejaba en libertad le regalaría una antigua moneda de plata, una cuchara del mismo metal y una moneda de oro tan grande como la tapa del reloj de plata de su padre. El muchacho no encontró muy generoso el ofrecimiento pero le tomó miedo al duende después de tenerle en su poder. Se daba cuenta de que ocurría algo extraño y terrible que no pertenecía a su mundo, y no deseaba otra cosa que salir de la aventura, así que no tardó en acceder a la proposición del duende y levantó la manga para que pudiera salir. Pero en el momento en que su prisionero estaba a punto de recobrar la libertad, se le ocurrió que debía asegurar la obtención de grandes extensiones de terreno y todo género de cosas. Como anticipo debía exigirle, por lo menos, que el sermón se le grabara sin esfuerzo en la cabeza. Qué tonto hubiera sido dejarlo escapar!, se dijo. Y se puso de nuevo a agitar la manga. Pero en este mismo instante recibió una bofetada tan formidable que su cabeza parecía estallar. Primero, fue a dar contra una pared, después contra la otra, y, por último, rodó por los suelos, donde quedó exánime. Cuando recobró el conocimiento estaba solo en la estancia, no quedaba ni rastro del duende. La tapa del cofre estaba cerrada; la manga pendía como de costumbre junto a la ventana. De no sentir el dolor de la bofetada en la mejilla, hubiera creído que todo era un sueño. Sea lo que sea, murmuraba, mis padres serán los primeros en afirmar que todo ha sido un sueño. Seguramente que me perdonarán lo del sermón a causa de lo sucedido. Por lo tanto, lo mejor es que me ponga a leer de nuevo. Se dirigía a la mesa haciéndose estas reflexiones, cuando de repente observó algo extraño. No era posible que la casa se hubiera hecho más grande. Pero ¿cómo podía explicarse de otro modo la gran distancia que tenía que recorrer para llegar a la mesa? ¿Y qué le pasaba a la silla? A la vista, era la misma; pero para sentarse tuvo que subir hasta el primer travesaño y ascender hasta el asiento. Lo mismo ocurría con la mesa, cuya superficie no podía ver sino escalando el brazo del sillón. ¿Qué significa esto? Yo creo que el duende ha encantado el sillón, la mesa y toda la casa. El sermonario continuaba abierto sobre la mesa, y, al parecer, sin cambiar en lo más mínimo; pero algo extraordinario ocurría cuando para leer una sola palabra tenía que ponerse de pie sobre el mismo libro. Después de leer algunas líneas, levantó la cabeza. Sus ojos se fijaron de nuevo en el espejo y no pudo menos que exclamar en voz alta: ¡Otro duende! En el interior del espejo veía claramente un hombrecito, muy pequeño con su gorro puntiagudo y sus calzones de piel. Viste exactamente como yo, gritaba, juntando las manos con la mayor sorpresa. Entonces, el hombrecito del espejo hizo el mismo ademán. El muchacho se tiraba de los cabellos, se pellizcaba, se mordía, hacía piruetas, y el hombre del espejo reproducía al punto sus movimientos. Rápidamente le dio una vuelta al espejo para ver si había alguien oculto tras él; pero no vio a nadie.
  • 28. Entonces se echó a temblar porque, de repente, comprendió que el duende lo había encantado y que la imagen que reflejaba el espejito no era otra que la suya propia. 16.- LA PATA DE PALO (España - José de Espronceda, 1808-1842) Voy a contar el caso más espantable y prodigioso que buenamente imaginarse puede, caso que hará erizar el cabello, horripilarse las carnes, pasmar el ánimo y acobardar el corazón más intrépido mientras dure su memoria entre los hombres y pase de generación en generación su fama con la eterna desgracia del infeliz a quien cupo tan mala y tan desventurada suerte. Oh cojos! Escarmentad en pierna ajena y leed con atención esta historia, que tiene tanto de cierta como de lastimosa; con vosotros hablo, y mejor diré con todos, puesto que no hay en el mundo nadie, a no carecer de piernas, que no se halle expuesto a perderlas. Érase que en Londres vivían, no ha medio siglo, un comerciante y un artífice de piernas de palo, famosos ambos: el primero, por sus riquezas, y el segundo, por su rara habilidad en su oficio. Y basta decir que ésta era tal, que aún las dos piernas más ágiles y ligeras envidiaban las que solía hacer de madera, hasta el punto de haberse hecho de moda las piernas de palo, con grave perjuicio de las naturales. Acertó en este tiempo nuestro comerciante a romperse una de las suyas, con tal perfección, que los cirujanos no hallaron otro remedio más que cortársela, y aunque el dolor de la operación le tuvo a pique de expirar, luego que se encontró sin pierna, no dejó de alegrarse pensando en el artífice que con una de palo le habría de librar para siempre de semejantes percances. Mandó llamar a Mr. Wood al momento (que éste era el nombre del estupendo maestro pernero), imaginándose ya con su bien arreglada y prodigiosa pierna, que, aunque hombre grave, gordo y de más de cuarenta años, el deseo de experimentar en sí mismo la habilidad del artífice le tenía fuera de sus casillas. No se hizo esperar mucho tiempo, que era el comerciante rico y gozaba renombre de generoso. Mr. Wood, le dijo, felizmente necesito de su habilidad de usted. Mis piernas, repuso Wood, están a disposición de quien quiera servirse de ellas. Mil gracias; pero no son las piernas de usted, sino una de palo lo que necesito. Las de ese género ofrezco yo, replicó el artífice, que las mías aunque son de carne y hueso, no dejan de hacerme falta. Por cierto que es raro que un hombre como usted que sabe hacer piernas que no hay más que pedir, use todavía las mismas con que nació. En eso hay mucho que hablar; pero al grano; usted necesita una pierna de palo, no es eso? Cabalmente, replicó el acaudalado comerciante, pero no vaya usted a creer que se trata de una cosa cualquiera, sino que es menester que sea una obra maestra, un milagro del arte. Un milagro del arte, eh!, repitió Mr. Wood. Sí señor; una pierna maravillosa y cueste lo que costare. Estoy en ello; una pierna que supla en un todo la que usted ha perdido. No, señor; es preciso que sea mejor todavía. Muy buen. Que encaje bien, que no pese nada, ni tenga yo que llevarla a ella sino que ella me lleve a mí. Será usted servido, dijo el artífice. En una palabra, quiero una pierna..., vamos, ya que estoy en el caso de elegirla, una pierna que ande sola. Como usted guste, contestó Mr. Wood. Con que ya está usted enterado. De aquí a tres días, respondió el pernero, tendrá usted la pierna en casa, y prometo a usted que quedará complacido. Dicho esto se despidieron, y el comerciante quedó entregado a mil sabrosas y lisonjeras esperanzas, pensando que de allí a tres días se vería provisto de la mejor pierna de palo que hubiera en todo el reino unido de la Gran Bretaña. Entretanto, nuestro ingenioso artífice se ocupaba ya de la construcción de su
  • 29. máquina con tanto empeño y acierto, que de allí a tres días, como había ofrecido, estaba acabada su obra, satisfecho sobremanera de su adelantado ingenio. Era una mañana de mayo y empezaba a rayar el día feliz en que habían de cumplirse las mágicas ilusiones del despernado comerciante, que yacía en su cama muy ajeno de la desventura que le aguardaba. Faltábale tiempo ya para calzarse la prestada pierna, y cada golpe que sonaba a la puerta de la casa retumbaba en su corazón. Ese será, se decía a sí mismo; pero en vano, porque antes que su pierna llegaron la lechera, el cartero, el carnicero, un amigo suyo y otros mil personajes insignificantes, creciendo por instantes la impaciencia y ansiedad de nuestro héroe. Pero nuestro artífice cumplía sus palabras, y ¡ojalá que no la hubiese cumplido entonces! Llamaron, en fin, a la puerta, y a poco rato entró en la alcoba del comerciante un oficial de su tienda con una pierna de palo en la mano, que no parecía sino que se iba a escapar. Gracias a Dios, exclamó el banquero. Veamos esa maravilla del mundo. Aquí la tiene usted, replicó el oficial, y crea que mejor pierna no la ha hecho mi amo en su vida. Ahora veremos, y enderezándose en la cama pidió de vestir, y luego que se mudó la ropa interior, mandó al oficial de piernas que le acercase la suya de palo para probársela. No tardó mucho tiempo en calzársela. Pero aquí entre la parte más lastimosa. No bien se la colocó y se puso en pie, cuando sin que fuerzas humanas fuesen bastantes a detenerla, echó a andar la pierna de por sí sola con tal seguridad y rapidez tan prodigiosa, que, a su despecho, hubo de seguirla el obeso cuerpo del comerciante. En vano fueron las voces que daba a sus criados para que le detuvieran. Desgraciadamente, la puerta estaba abierta, y cuando ellos llegaron, ya estaba el pobre hombre en la calle. Luego que se vio en ella, ya fue imposible contener su ímpetu. No andaba, volaba; parecía que iba arrebatado por un torbellino, que iba impelido de un huracán. En vano era echar atrás el cuerpo cuanto podía, tratar de asirse a una reja, dar voces que le socorriesen y detuvieran, que ya temía estrellarse contra alguna tapia, el cuerpo seguía a remolque el impulso de la alborotada pierna; si se esforzaba a cogerse de alguna parte corría peligo de dejarse allí el brazo, y cuando las gentes acudían a sus gritos, ya el malhadado ricachón había desaparecido. Tal era la violencia y rebeldía del postizo miembro. Y era lo mejor, que se encontraba algunos amigos que le llamaban y aconsejaban que se parara, lo que era para él lo mismo que tocar con la mano al cielo. Un hombre tan formal como usted, le gritaba uno, en calzoncillos y a escape por esas calles, eh! Eh! Y el hombre, maldiciendo y jurando hacía señas con la mano de que no podía absolutamente pararse. Cuál le tomaba por loco, otro intentaba detenerle poniéndose delante y caía atropellado por la furiosa pierna, lo que valía al desdichado andarín mil injurias y picardías. El pobre lloraba. En fin, desesperado y aburrido se le ocurrió la idea de ir a casa del maldito fabricante de piernas que tal le había puesto. Llegó, llamó a la puerta al pasar; pero ya había traspuesto la calle cuando el maestro se asomó a ver quién era. Sólo pudo divisar a lo lejos un hombre arrebatado en alas del huracán que con la mano se las juraba. En resolución, al caer la tarde, el apresurado varón notó que la pierna, lejos de aflojar, aumentaba en velocidad por instantes. Salió al campo y, casi exánime y jadeando, acertó a tomar un camino que llevaba a una quinta de una tía suya que allí vivía. Estaba aquella respetable señora, con más de setenta años encima, tomando un té junto a la ventana del parlour y como vio a su sobrino venir tan chusco y regocijado corriendo hacia ella, empezó a sospechar si habría llegado a perder el seso, y mucho más al verle tan deshonestamente vestido. Al pasar el desventurado cerca de sus ventanas lo llamó y, muy seria, empezó a echarle una exhortación muy grave acerca de lo ajeno que era en un hombre de su carácter andar de aquella manera.
  • 30. Tía!, tía! También usted!, respondió con lamentos su sobrino perniligero. No se le volvió a ver más desde entonces, y muchos creyeron que se había ahogado en el canal de la Mancha al salir de la isla. Hace, no obstante, algunos años que unos viajeros recién llegados de América afirmaron haberle visto atravesar los bosques de Canadá con la rapidez de un relámpago. Y poco hace se vio un esqueleto desarmado vagando por las cumbres del Pirineo, con notable espanto de los vecinos de la comarca, sostenido por una pierna de palo. Y así continúa dando la vuelta al mundo con increíble presteza, la prodigiosa pierna, sin haber perdido aún nada de su primer arranque, furibunda velocidad y movimiento perpetuo. 17.- CUENTO DE EMBUSTE (España - Fernán Caballero, seud. de Cecilia Böhl de Faber, 1796-1877) Había una vez y vez una Princesa muy estrafalaria que le dijo a su padre, el cual deseaba que tomase estado, que no se casaría sino con aquel que supiese mentir más que ella, y ella lo hacía de manera que nadie podía sobrepujarla. Llegó esto a oídos de un pastorcillo que andaba por el campo. Yo me presentaré, dijo para sus adentros, que de seguro le gano la palma en mentir a la Princesa; que mentir me lo ha enseñado una culebra descendiente de la del Paraíso. Y se fue a Palacio. ¿Qué traes?, le preguntó al verlo la Princesa. Sepa Vuestra Alteza Real, respondió el pastorcillo, que he viajado mucho, y que vengo a relatar mis viajes. Bien está, dijo la Princesa; pero si dices una palabra de verdad, te mando echar a la calle con cajas destempladas. Mi primer viaje fue largo, dijo el pastorcillo, porque estando sembrando una palma, creció tan de pronto y tan alta, que me levantó consigo hasta el cielo. Llegué allí en tan buena ocasión que me hallé en la boda de las once mil vírgenes; y porque a una de ellas eché un requiebro, me largó San Pedro un puntapié que me botó fuera. Atravesé en mi caída el mar y me encontré con la luna, en la que me entré por un ojo, y me hallé que tenía los sesos de plata y los cabellos de oro. Me descolgué por uno de ellos; la luna volvió la cara, y al verme se cortó el cabello de un bocado; éste se desprendió, y caí en una calabaza, donde lo pasé muy bien, hasta que llevaron mi casa a la plaza donde la compraron para un convento de monjas. Las monjas creyeron que era yo un gusano, y me tiraron con la basura a la huerta del convento; habiendo caído en un agujero me nací allí. Cortéme las raíces con mi navaja y eché a andar por esos mundos. Llegué a un río, eché las redes, y pesqué un borrico; me monté en él, y seguí caminando. A los dos días vi que tenía el animal una matadura; se la enseñé a un albeitar que me mandó que le pusiera habas; se las puse, y nació un habar que parecía un bosque; cogí una escopeta y me puse a cazar en él, y maté a un jabalí, que era hembra, y después de muerta parió una vieja, que bauticé y le puse Naci-Tarde. La Tía Naci-Tarde se enamoró de mí, y por verme libre de ella me subí a una tortuga que corría más que el viento, y en un santiamén me llevó a los más profundos centros de los mares. Allí me encontré con un convento de sardinas, de que era priora una ballena, que al verme abrió su bocaza y me tragó; pero con un chorro de agua que echó por las narices me lanzó a la orilla. Allí me encontraron tendido unos marineros, y como la sal del mar se había cuajado, y estaba yo todo blanco y agarrotado, me vendieron a unos santi- barati, que a su vez me vendieron a un sevillano, que me puso en el patio de su casa rodeado de tiestos con mata. La primera noche llovió, y con eso se me derritió la sal y
  • 31. pude echar a correr. Supe que Su Alteza Real buscaba para premiarlo a uno que fuese más embustero que ella, y dije: Allá voy a probarle que yo lo soy. Pues ya dijiste una verdad, pues mientes más que yo, dijo la Princesa, por lo cual no te puedes casar conmigo; pero como has mentido tan bien, y mejor que otro alguno, es justo que te premie y te dé un buen destino. ¿Qué destino hay vacante?, preguntó Su Alteza Real al Ministro. Señora, respondió el Ministro, no hay otro alguno que el de Director de la Gaceta, por haber muerto esta mañana el que lo era. Pues que sea inmediatamente dado dicho destino a este pastor por los méritos que ha contraído, repuso la Princesa. Y así sucedió, y el pastorcillo siguió mintiendo en la Gaceta, por lo cual las gentes dieron en decir: Mientes más que la Gaceta; dicho que se hizo refrán, y dura hasta el día. 18.- EL REYEZUELO Y EL OSO (Alemania - Wilhelm Grimm, 1786-1859 y Jacob Grimm, 1785-1863) Un hermoso día de verano, el oso y el lobo se paseaban por el bosque. El oso oyó el canto armonioso de un pájaro. Hermano lobo, dijo ¿cuál es el pájaro que canta tan bien? Es el rey de los pájaros, contestó el lobo. Nos tenemos que inclinar ante él. Era efectivamente, el reyezuelo. Si es así, declaró el oso, deseo ardientemente conocer su palacio; te ruego que me lleves. No es tan fácil como crees, dijo el lobo. Hay que esperar a que regrese la reina. En esto llegó la reina. El rey y ella traían en el pico el alimento para su cría. El oso los hubiera seguido de buena gana, pero el lobo lo retuvo por la manga, diciéndole: Hay que esperar que el rey y la reina hayan salido de nuevo. Se fijaron el sitio que ocupaba el nido y siguieron su camino. Pero el oso no tenía reposo hasta ver el palacio del reyezuelo, y poco rato después volvió cerca del nido y miró adentro. En aquel momento el rey y la reina estaban ausentes. Se arriesgó a echar una ojeada y vio cinco o seis pequeños arrebujados en el nido. Este es el palacio del rey de los pájaros?, exclamó el oso. Es un palacio bien miserable; no son hijos de rey! Son unos plebeyuelos! Los reyecillos se enojaron mucho al escuchar tales palabras, y gritaron: No, no somos lo que tú dices, nuestros padres son nobles. Oso ¡pagarás cara esta injuria! Estas palabras asustaron profundamente al oso y al lobo, quienes se apresuraron a refugiarse en sus guaridas. Los reyecillos continuaron gritando y protestando; cuando sus padres regresaron con el alimento, les dijeron: El oso vino aquí a insultarnos. No nos moveremos de aquí y no tomaremos ningún alimento hasta que ustedes hayan probado que somos realmente nobles. Quédense tranquilos, dijo el padre. Su honor será restablecido. Voló con la reina hasta la guarida del oso y le gritó: Viejo gruñón, por qué insultaste a mis hijos? Te pesará, pues te vamos a hacer una guerra a muerte. Así fue declarada la guerra al oso. Todos los cuadrúpedos, el buey, el asno y el ciervo, el gamo y todos sus semejantes fueron convocados. Por su parte, el reyezuelo llamó a todos los animales que vuelan por los aires, no solamente a los pájaros, grandes o chicos, sino también a las moscas, a los mosquitos, a las abejas y a los zánganos. Como ya estaba cerca el día de la batalla, el reyezuelo envió a sus espías para enterarse de quién era el general del ejército enemigo. El mosquito era el más taimado de todos, voló al bosque, hacia el lugar en que se reunía el adversario. Se escondió bajo la hoja de un árbol cerca del cual estaban deliberando. Allí se encontraba el oso, quien llamó al zorro y le dijo: Zorro, eres el más astuto de los animales; tú serás nuestro general y nos conducirás al combate.
  • 32. Bueno, dijo el zorro. Pero qué señales habremos de convenir? Nadie abrió la boca, excepto el zorro que dijo: Tengo una hermosa cola, larga y espesa como un penacho rojo. Mientras la mantenga erguida querrá decir que las cosas van bien y continuaremos adelante. Pero si la dejo caer, será la señal del sálvese quien pueda. El mosquito lo había oído todo, volvió a escape para informar minuciosamente al reyezuelo sobre esta reunión. Llegó finalmente el día en que debía darse la batalla. En cuanto amaneció, acudieron los cuadrúpedos galopando tan fuertemente que la tierra temblaba. Por su parte el reyezuelo llegó por los aires con todo su ejército, que zumbaba, gritaba y revoloteaba por todos lados, de manera que producía vértigo. El reyezuelo despachó al zángano con la orden de posarse sobre la cola del zorro y picarle con todas sus fuerzas. Al primer aguijonazo, el zorro no pudo dejar de dar un brinco, pero mantuvo la cola erguida. Al segundo, se vio obligado a bajarla un instante. Al tercero, no aguantó más, lanzó un fuerte aullido y apretó la cola entre las patas. Viendo lo cual los cuadrúpedos pensaron que todo estaba perdido y se dieron a la huída, para llegar lo más rápidamente posible a sus guaridas. Fue así como los pájaros obtuvieron la victoria. El rey y la reina volaron hasta su nido para encontrar a sus hijos. Niños, alégrense, coman y beban, hemos ganado la guerra. Pero los reyezuelos replicaron: No comeremos aún. Antes tiene que venir el oso ante nuestro nido para disculparse y declarar que somos nobles. Entonces el reyezuelo voló hasta la guarida del oso y le gritó: Viejo gruñón, vas a venir a pedir perdón ante el nido de mis hijos y a decirles que son nobles; si no, ay de tus costillas! El oso, asustado, llegó arrastrándose y se excusó. Los reyecillos se dieron entonces por satisfechos y todos juntos, llenos de alegría, comieron y bebieron hasta la noche. 19.- EL REY, EL CIRUJANO Y EL SUFI (Arabia) En la antigüedad, un rey de Tartaria estaba paseando con algunos de sus nobles. Al lado del camino se encontraba un Abdal, que es un sufí errante, quien exclamó: Le daré un buen consejo a quienquiera que me pague cien dinares. El Rey se detuvo y dijo: Abdal, ¿cuál es ese buen consejo que me darás a cambio de cien dinares? Señor, respondió el Abdal, ordena que se me entregue dicha suma y te daré el consejo inmediatamente. El Rey así lo hizo, esperando escuchar algo extraordinario. El sufí le dijo: Este es mi consejo: nunca comiences nada sin que antes hayas reflexionado cuál será el final de ello. Ante estas palabras, los nobles y todos los presentes estallaron en carcajadas, diciendo que el Abdal había sido listo al pedir el dinero por adelantado. Pero el Rey dijo: No tienen motivo para reírse del buen consejo que este Abdal me ha dado. Nadie ignora que deberíamos reflexionar antes de hacer cualquier cosa. Sin embargo, diariamente somos culpables de no recordarlo y las consecuencias son nefastas. Aprecio mucho este consejo del derviche. Así, el Rey decidió recordar siempre el consejo y ordenó que fuese escrito en las paredes con letras de oro, e incluso grabadas en su vajilla de plata. Poco después, un intrigante concibió la idea de matar al Rey. Sobornó al cirujano real con la promesa de nombrarlo primer ministro si clavaba una lanceta envenenada en el brazo del Rey. Cuando llegó el momento de extraer sangre al Rey, se colocó una jofaina para recoger la sangre. De repente, el cirujano vio las palabras grabadas allí: Nunca comiences nada sin que antes hayas reflexionado cuál será el final de ello. Fue entonces cuando el cirujano se dio cuenta de que, si el intrigante se convertía en rey, lo primero que haría sería ejecutarlo,
  • 33. y así no necesitaría cumplir su compromiso. El Rey, viendo que el cirujano estaba temblando, le preguntó que le ocurría, y éste le confesó la verdad inmediatamente. El autor de la intriga fue capturado; el Rey reunió a todas las personas que habían estado presentes cuando el Abdal le dio el consejo, y les dijo: ¿Todavía se ríen del derviche? 20.- HISTORIA DE RABOTITY (África) Rabotity se encaramó en un árbol pero la rama estaba podrida. Se cayó y se lastimó la pierna. Rabotity dijo: El árbol ha roto la pierna de Rabotity; nada hay más fuerte que el árbol. Yo soy fuerte, dijo el Árbol, mas el viento me azota y me troncha. Rabotity dijo: El viento azota y troncha el árbol; el árbol rompe la pierna de Rabotity; nada hay más fuerte que el viento. Yo soy fuerte, dijo el Viento, mas donde el muro se levanta, yo no puedo pasar. Rabotity dijo: El muro pone freno a los vientos; los vientos tronchan el árbol; el árbol rompe la pierna de Rabotity; nada hay más fuerte que el muro. Yo soy fuerte, dijo el Muro, mas el ratón roe el cemento y abre en él un boquete. Rabotity dijo: El ratón desportilla el muro; el muro contiene los vientos; el viento troncha el árbol; el árbol rompe la pierna de Rabotity; nada hay más fuerte que el ratón. Yo soy fuerte, dijo el Ratón, mas el gato me come. Rabotity dijo: El gato se come al ratón; el ratón desportilla el muro; el muro contiene los vientos; el viento troncha el árbol; el árbol rompe la pierna de Rabotity; nada hay más fuerte que el gato. Yo soy fuerte, dijo el Gato, mas la cuerda me estrangula. Rabotity dijo: La cuerda estrangula al gato; el gato se come al ratón; el ratón desportilla el muro; el muro contiene los vientos; el viento troncha el árbol; el árbol rompe la pierna de Rabotity; nada hay más fuerte que la cuerda. Yo soy fuerte, dijo la Cuerda, mas el cuchillo me corta. Rabotity dijo: El cuchillo corta la cuerda; la cuerda estrangula al gato; el gato come al ratón; el ratón desportilla el muro; el muro contiene los vientos; el viento troncha el árbol; el árbol rompe la pierna de Rabotity; nada hay más fuerte que el cuchillo. Yo soy fuerte, dijo el Cuchillo, mas el fuego me funde. Rabotity dijo: El fuego funde el acero; el acero corta la cuerda; la cuerda estrangula al gato; el gato se come al ratón; el ratón desportilla el muro; el muro contiene los vientos; el viento troncha el árbol; el árbol rompe la pierna de Rabotity; nada hay más fuerte que el fuego. Yo soy fuerte, dijo el Fuego; mas el agua me extingue. Rabotity dijo: El agua extingue el fuego; el fuego funde el acero; el acero corta la cuerda; la cuerda estrangula al gato; el gato se come al ratón; el ratón desportilla el muro; el muro contiene los vientos; el viento troncha el árbol; el árbol rompe la pierna de Rabotity; nada hay más fuerte que el agua. Yo soy fuerte, dijo el Agua, mas los navíos flotan sobre mi espalda. Rabotity dijo: El navío flota sobre el agua; el agua extingue el fuego; el fuego funde el acero; el acero corta la cuerda; la cuerda estrangula al gato; el gato se come al ratón; el ratón desportilla el muro; el muro contiene los vientos; el viento troncha el árbol; el árbol rompe la pierna de Rabotity; nada hay más fuerte que el navío. Yo soy fuerte, dijo el Navío, mas al dar contra las rocas me estrello. Rabotity dijo: Contra las rocas se estrella el navío; el navío flota sobre el agua; el agua extingue el fuego; el fuego funde el acero; el acero corta la cuerda; la cuerda estrangula al gato; el gato se come al ratón; el ratón desportilla el muro; el muro contiene los vientos; el viento troncha el árbol; el árbol rompe la pierna de Rabotity; nada hay más fuerte que la roca. Yo soy fuerte, dijo la Roca, mas el cangrejo anida en mí. Rabotity dijo: El cangrejo anida en la roca; contra la roca se estrella el navío; el navío flota sobre el agua; el agua extingue el fuego; el fuego funde el acero; el acero corta la cuerda; la cuerda estrangula al gato; el gato se come al ratón;
  • 34. el ratón desportilla el muro; el muro contiene los vientos; el viento troncha el árbol; el árbol rompe la pierna de Rabotity; nada hay más fuerte que el cangrejo. Yo soy fuerte, dijo el Cangrejo, mas el hombre me caza y arranca las patas. Rabotity dijo: El hombre caza al cangrejo; el cangrejo anida en la roca; contra la roca se estrella el navío; el navío flota sobre el agua; el agua extingue el fuego; el fuego funde el acero; el acero corta la cuerda; la cuerda estrangula al gato; el gato se come al ratón; el ratón desportilla el muro; el muro contiene los vientos; el viento troncha el árbol; el árbol rompe la pierna de Rabotity; nada hay más fuerte que el hombre. Yo soy fuerte, dijo el Hombre; mas Zanahary, el dios de Madagascar, me envía la muerte. Rabotity dijo: Zanahary envía la muerte al hombre; el hombre caza al cangrejo; el cangrejo anida en la roca; contra la roca se estrella el navío; el navío flota en el agua; el agua extingue el fuego; el fuego funde el acero; el acero corta la cuerda; la cuerda estrangula al gato; el gato se come al ratón; el ratón desportilla el muro; el muro contiene los vientos; el viento troncha el árbol; el árbol rompe la pierna de Rabotity; nada hay más poderoso y fuerte que Zanahary. 21.- LA COMADREJA Y SU MARIDO (África)La Comadreja dio a luz un hijo, y, llamando a su marido, le dijo: Búscame unos pañales como a mí me gustan y tráemelos. El marido quería complacer a su mujer y le preguntó: ¿Qué pañales son esos que a ti te gustan? Y respondió la Comadreja: Quiero una piel de elefante. El pobre marido se quedó perplejo ante tales pretensiones y no pudo abstenerse de preguntar a su cara mitad si por ventura no había perdido la cabeza. La Comadreja, por toda contestación, le arrojó la criatura a los brazos y salió inmediatamente y a toda prisa. Buscó al Gusano, y, así que lo encontró, le dijo: Compadre, mi tierra está llena de hierba; ayúdame a renovarla un poco. Y cuando vio al Gusano atareado, escarbando, la Comadreja llamó a la Gallina y le dijo: Comadre, mi hierba está plagada de gusanos y necesito tu ayuda. La Gallina echó a correr, se comió al Gusano y se puso a rascar el suelo. Un poco más adelante, la Comadreja encontró al Gato y le dijo: Compadre, andan gallinas en mi tierra; bien pudieras en mi ausencia dar una vuelta por mis posesiones. Un instante después el Gato había devorado a la Gallina. Mientras el Gato comía a sus anchas, la Comadreja dijo al Perro: Patrón, ¿vas a dejar al Gato en posesión de esa tierra? El Perro, furioso, espantó al Gato porque no quería que hubiese allí más amo que él. Pasó por aquellos lugares el León, y la Comadreja lo saludó con respeto y le dijo: Señor mío, no te acerques a ese campo, que pertenece al Perro. Al oír esto el León, poseído de envidia, se arrojó sobre el Perro y lo hizo mil pedazos. Por fin asomó el Elefante, y la Comadreja le pidió auxilio contra el León. Y el Elefante entró como protector en la tierra de la que le imploraba auxilio. Pero ignoraba la perfidia de la Comadreja, que había abierto un hoyo muy grande, disimulándolo con infinidad de ramas. El Elefante, al caer en el lazo, se pegó un buen golpe pero antes de caer desmayado había ahuyentado al León, que, temeroso, se refugió a toda prisa en la selva. La Comadreja arrancó un poco de piel del Elefante y se la presentó a su marido, diciéndole: Te pedí una piel de elefante y me llamaste loca porque juzgaste mi deseo como el mayor desatino. Mediante Dios, la he obtenido y aquí la tienes. El marido de la Comadreja ignoraba que su compañera era el animal más astuto del mundo y ni remotamente soñaba que lo fuese más que él. Pero entonces lo comprendió. Tal fama consiguió la señora con su ardid que, desde lo ocurrido, se dice: ¡Es más astuto que una Comadreja!
  • 35. 22.- EL POLLITO QUE SE HIZO REY (África) Erase un pollito muy chiquitito a quien no gustaba ni pizca la miel. Vino al mundo siendo ya huérfano, y dijo: ¡Mi padre ha muerto de hambre, y el rey le debía un grano de maíz! Descolgó el zurrón de su difunto padre y, anda que te anda, partió a cobrar aquella deuda. Apenas había andado media docena de pasos, cuando encontró en el camino un palo que lo hizo tropezar y caer. El Pollito se levantó y dijo: ¡Ah! Palo, ¿aquí estás tú? No te había visto. ¿Adónde vas?, le preguntó el Palo. Voy a cobrar un crédito de mi difunto padre. Vamos juntos, dijo el Palo. El Pollito cogió al Palo y se lo metió en el zurrón. Anda que te anda, se encontró con un gato que, al verlo, exclamó: ¡Ah, qué bocado más tierno! No, replicó el Pollito, yo no valgo la pena. ¿Y adónde vas?, preguntó el Gato. Voy a cobrar un crédito de mi padre. Pues vamos allá juntos, dijo el Gato, tal vez encuentre allí algo bueno que comer. El Pollito cogió al Gato y lo metió en el zurrón. Y encontró a una hiena que le preguntó: ¿Adónde vas con el zurrón? Voy a cobrar un crédito de mi padre, explicó el Pollito. Vamos allá juntos, dijo la Hiena. El Pollito cogió a la Hiena y la metió en el zurrón. Anda que te anda encontró a un león. ¿Adónde vas? A cobrar un crédito de mi difunto padre. Vamos allá juntos, dijo el León. El pollito cogió al melenudo animal y lo metió en el zurrón. Encontró a un Elefante que estaba hartándose de plátanos. El Elefante le preguntó cordialmente: ¿Adónde vas, Pollito? A cobrar un crédito de mi difunto padre. Pues, entonces, vamos juntos, dijo el paquidermo. El Pollito cogió al elefante y lo metió en el zurrón. Anda que te anda encontró a un guerrero, que le preguntó: ¿Adónde vas con ese zurrón tan repleto? Voy a cobrar una deuda. ¿A casa de quién?, preguntó el Guerrero. Al palacio del rey, contestó el Pollito. Vamos juntos allá, dijo el Guerrero. El Pollito lo cogió y lo metió en el zurrón. Por fin llegó a la ciudad donde vivía el rey. La gente corrió a anunciar al soberano que el Pollito había llegado y que pretendía cobrar el crédito de su difunto padre. Hagan hervir un caldero de agua y tírenselo hirviendo; así ese insolente polluelo morirá y no tendremos que pagar la deuda. La hija del monarca se puso a gritar: Yo le tiraré el agua hirviendo. Al verla venir, el Pollito le dijo al Palo: ¡Palo, ahora es la tuya! El Palo hizo tropezar y caer a la hija del rey. El agua hirviente se derramó y la hija del rey quedó escaldada. La gente de la ciudad dijo entonces: Hay que encerrarlo en el gallinero con las gallinas, que lo matarán a picotazos. Pero el Pollito sacó al Gato del zurrón y le dijo: ¡Te devuelvo la libertad! El Gato cogió la gallina más gorda y se escapó con su botín. La gente dijo entonces: ¡Que lo encierren en el corral con las cabras; allí lo pisotearán! El Pollito dijo entonces: ¡Hiena, ya eres libre! La Hiena escogió la cabra más gorda y se escapó. La gente dijo entonces: ¡Que lo encierren en el corral de los bueyes! Y allí lo metieron. Pero el Pollito dijo: ¡León, ahora es la tuya! El León salió del zurrón, escogió el buey más gordo y lo devoró en un santiamén. ¡Este polluelo es un desvergonzado que no quiere morir! Gritaban las gentes furiosas ¡Lo encerraremos con los camellos! Ellos lo pisotearán y matarán. Lo encerraron. Pero el Pollito dijo: Compañero Elefante: sálvame la vida. Ahora es la tuya. Y sacó al paquidermo del zurrón. El Elefante miró a los camellos, los desafió y los hizo huir. La gente del pueblo fue a ver al rey y le dijo: Este insolente polluelo no morirá aquí; démosle lo que se debía a su padre y que se vaya. El soberano ordenó abrir su real tesoro y le dieron al Pollito el grano de maíz que se le debía. Y el Pollito abandonó, con su tesoro, el pueblo. Entonces todo el mundo montó a caballo, hasta el mismo rey, y se lanzaron en pos del Pollito. Pero el Pollito sacó al Guerrero del zurrón y le dijo: ¡Guerrero, he aquí llegada tu hora! ¡Demuestra que eres hombre de armas tomar! El Guerrero hizo trizas a
  • 36. todos. Y el Pollito volvió entonces a la ciudad del rey y se proclamó soberano de aquel pueblo al que, en buena lid, había vencido 23.- EL CONEJO DE LA LUNA (Leyenda mexicana) Quetzalcóatl, el dios grande y bueno, se fue a viajar una vez por el mundo en figura de hombre. Como había caminado todo un día, a la caída de la tarde se sintió fatigado y con hambre. Pero todavía siguió caminando, caminando, hasta que las estrellas comenzaron a brillar y la luna se asomó a la ventana de los cielos. Entonces se sentó a la orilla del camino, y estaba allí descansando, cuando vio a un conejito que había salido a cenar. ¿Qué estás comiendo?, le preguntó. Estoy comiendo zacate. ¿Quieres un poco?, dijo el conejito. Gracias, pero yo no como zacate. ¿Qué vas a hacer entonces?, preguntó el conejito. Morirme tal vez de hambre y de sed. El conejito se acercó a Quetzalcóatl y le dijo: Mira, yo no soy más que un conejito, pero si tienes hambre, cómeme, estoy aquí. Entonces el dios acarició al conejito y le dijo: Tú no serás más que un conejito, pero todo el mundo, para siempre, se ha de acordar de ti. Y lo levantó alto, muy alto, hasta la luna, donde quedó estampada la figura del conejo. Después el dios lo bajó a la tierra y le dijo: Ahí tienes tu retrato en luz, para todos los hombres y para todos los tiempos. 24.- EL ANCIANO Y EL NIÑO (Cuento hindú) Eran un anciano y un niño que viajaban con un burro de pueblo en pueblo. Llegaron a una aldea caminando junto al asno y, al pasar por ella, un grupo de mozalbetes se rió de ellos, gritando: ¡Mirad qué par de tontos! Tienen un burro y, en lugar de montarlo, van los dos andando a su lado. Por lo menos, el viejo podría subirse al burro. Entonces el anciano se subió al burro y prosiguieron la marcha. Llegaron a otro pueblo y, al pasar por el mismo, algunas personas se llenaron de indignación cuando vieron al viejo sobre el burro y al niño caminando al lado. Dijeron: ¡Parece mentira! ¡Qué desfachatez! El viejo sentado en el burro y pobre niño caminando. Al salir del pueblo, el anciano y el niño intercambiaron sus puestos. Siguieron haciendo camino hasta llegar a otra aldea. Cuando las gentes los vieron, exclamaron escandalizados: ¡Esto es verdaderamente intolerable! ¿Han visto algo semejante? El muchacho montado en el burro y el pobre anciano caminando a su lado. ¡Qué vergüenza! Puestas así las cosas, el viejo y el niño compartieron el burro. El fiel jumento llevaba ahora el cuerpo de ambos sobre sus lomos. Cruzaron junto a un grupo de campesinos y éstos comenzaron a vociferar: ¡Sinvergüenzas! ¿Es que no tienen corazón? ¡Van a reventar al pobre animal! El anciano y el niño optaron por cargar al burro sobre sus hombros. De este modo llegaron al siguiente pueblo. La gente se apiñó alrededor de ellos. Entre las carcajadas, los pueblerinos se mofaban gritando: Nunca hemos visto gente tan boba. Tienen un burro y, en lugar de montarse sobre él, lo llevan a cuestas. ¡Esto sí que es bueno! ¡Qué par de tontos! De repente, el burro se revolvió, se precipitó corriendo por el camino y desapareció de la vista de todos. 25.- EL BARQUERO INCULTO (HINDÚ)
  • 37. Se trataba de un joven erudito, arrogante y engreído. Para cruzar un caudaloso río de una a otra orilla tomó una barca. Silente y sumiso, el barquero comenzó a remar con diligencia. De repente, una bandada de aves surcó el cielo y el joven preguntó al barquero: Buen hombre, ¿has estudiado la vida de las aves? No, señor, repuso el barquero. Entonces, amigo, has perdido la cuarta parte de tu vida. Pasados unos minutos, la barca se deslizó junto a unas exóticas plantas que flotaban en las aguas del río. El joven preguntó al barquero: Dime, barquero, ¿has estudiado botánica? No, señor, no sé nada de plantas. Pues debo decirte que has perdido la mitad de tu vida, comentó el petulante joven. El barquero seguía remando pacientemente. El sol del mediodía se reflejaba luminoso sobre las aguas del río. Entonces el joven preguntó: Sin duda, barquero, llevas muchos años deslizándote por las aguas. ¿Sabes, por cierto, algo de la naturaleza del agua? No, señor, nada sé al respecto. No sé nada de estas aguas ni de otras. ¡Oh, amigo!, exclamó el joven. De verdad que has perdido las tres cuartas partes de tu vida. Súbitamente, la barca comenzó a hacer agua. No había forma de achicar tanta agua y la barca comenzó a hundirse. El barquero preguntó al joven: Señor, ¿sabes nadar? No, repuso el joven. Pues me temo, señor, que has perdido toda tu vida. 26.- LA SOPA DE PIEDRA (Cuento tradicional europeo) Un monje estaba haciendo la colecta por una región en la que las gentes tenían fama de ser muy tacañas. Llegó a casa de unos campesinos, pero allí no le quisieron dar nada. Así que como era la hora de comer y el monje estaba bastante hambriento dijo: Pues me voy a hacer una sopa de piedra riquísima. Ni corto ni perezoso cogió una piedra del suelo, la limpió y la miró muy bien para comprobar que era la adecuada, la piedra idónea para hacer una sopa. Los campesinos comenzaron a reírse del monje. Decían que estaba loco, que vaya chaladura más gorda. Sin embargo, el monje les dijo: ¡Cómo! ¿No me digan que no han comido nunca una sopa de piedra? ¡Pero si es un plato exquisito! ¡Eso habría que verlo, viejo loco!, dijeron los campesinos. Precisamente esto último es lo que esperaba oír el astuto monje. Enseguida lavó la piedra con mucho cuidado en la fuente que había delante de la casa y dijo: ¿Me pueden prestar un caldero? Así podré demostrarles que la sopa de piedra es una comida exquisita. Los campesinos se reían del fraile, pero le dieron el puchero para ver hasta dónde llegaba su chaladura. El monje llenó el caldero de agua y les preguntó: ¿Les importaría dejarme entrar en su casa para poner la olla al fuego? Los campesinos lo invitaron a entrar y le enseñaron dónde estaba la cocina. ¡Ay, qué lástima!, dijo el fraile. Si tuviera un poco de carne de vaca la sopa estaría todavía más rica. Una señora le dio un trozo de carne ante la rechifla de toda su familia. El viejo la echó en la olla y removió el agua con la carne y la piedra. Al cabo de un ratito probó el caldo: Está un poco sosa. Le hace falta sal. Los campesinos le dieron sal. La añadió al agua, probó otra vez la sopa y comentó: Desde luego, si tuviéramos un poco de berza los ángeles se chuparían los dedos con esta sopa. El padre, burlándose del monje, le dijo que esperase un momento, que enseguidita le traía un repollo de la huerta y que para que los ángeles no protestaran por una sopa de piedra tan sosa le traería también una patata y un poco de apio. Desde luego que eso mejoraría mi sopa muchísimo, le contestó el monje. Después de que el campesino le
  • 38. trajera las verduras, el viejo las lavó, troceó y echó dentro del caldero en el que el agua hervía ya a borbotones. Un poquito de chorizo y tendré una sopa de piedra digna de un rey. Pues toma ya el chorizo, mendigo loco. Lo echó dentro de la olla y dejó hervir durante un ratito, al cabo del cual sacó de su zurrón un pedacillo de pan que le quedaba del desayuno, se sentó en la mesa de la cocina y se puso a comer la sopa. La familia de campesinos lo miraba, y el fraile comía la carne y las verduras, rebañaba, mojaba su pan en el caldo y al final se lo bebía. No dejó en la olla ni gota de sopa. Bueno. Dejó la piedra. O eso creían los campesinos, porque cuando terminó de comer cogió el pedrusco, lo limpió con agua, secó con un paño de la cocina y se lo guardó en la bolsa. Hermano, le dijo la campesina ¿para que te guardas la piedra? Pues por si tengo que volver a usarla otro día. ¡Dios los guarde, familia! 27.- LOS PIOJITOS DE LA PRINCESA (Cuento tradicional europeo) Las princesas son, en medio de todo, infelices criaturas. Solamente pueden jugar con sus iguales y de éstos hay, en verdad, muy pocos. Por eso, la pequeña princesa tenía que lanzar completamente sola su pelota de oro al aire y volverla a coger de nuevo, cuando salía a jugar en el jardín del palacio. Pero esto la aburría. Un día, desde el otro lado del muro, llegó hasta ella el rumor de alegres risas. La princesita escuchó, y luego miró hacia la camarera que la vigilaba. Ésta se hallaba sentada en un banquillo; pero era evidente que estaba a punto de dormirse, pues el tiempo era bochornoso: tan pronto llovía como hacía un calor sofocante. En este momento se cerraron los ojos de la doncella. La pequeña princesa conocía la puertecilla que había en el muro. Pero sabía también que un soldado la guardaba constantemente. Pero, ¡qué suerte! También el soldado se había dormido un poco en su garita, a causa del bochorno. Así pudo deslizarse la princesita como un ratoncillo, sin ser vista. Con curiosidad miró calle arriba, calle abajo. Un niño y una niña estaban sentados en el borde de la acera, entretenidos en hacer correr barquitos de papel en un arroyo de la calle. Con las puntas de los pies descalzos o con bastoncitos de caña, desviaban los barquitos que querían deslizarse en la alcantarilla. Sin embargo, si esto sucedía, reían fuertemente los dos y él hacía entonces un nuevo barquito. Nunca había visto la princesa un juego tan agradable y entretenido como aquél. ¿Puedo jugar con ustedes?, les rogó la princesita. Por mí... , dijo el muchacho. Sí, con mucho gusto, dijo la muchacha. Entonces abrazó la princesa a la muchacha y se sentó junto a ella en el borde de la acera. Parecía que ahora empezaba para ella una nueva vida, y esta maravilla duró casi media hora. Hasta que de pronto se oyó gritar detrás del muro: ¡Princesa! ¡Princesa! Al punto se abrazaron las dos muchachas, y la princesa dijo: ¡Qué lástima que no pueda quedarme siempre a tu lado! Acompañada por siete doncellas, regresó de nuevo la hija del rey a palacio, y tras ella marchaba el soldado. En el palacio se llevaban las doncellas las manos a la cabeza y gemían con desconsuelo: ¡Ha jugado con niños de la calle! ¡Desnúdenla y arrojen todos los vestidos al fuego!... Después la bañaron cuidadosamente. Pero cuando comenzaron a peinarle los cabellos, lanzó la primera doncella un fuerte grito. ¿Qué te ocurre?, preguntó la princesa, compasiva. ¡Terror sobre terror!, lamentó la doncella, y pidió a gritos una bandeja de oro. Sobre ella colocó un pequeño puntito de color pardo, que se agitaba alegremente. Luego reunió a las demás doncellas del servicio de la princesa. Todas se inclinaron sobre un diminuto animalillo, y la más vieja sentenció, llena de espanto: Es un piojito. Lo ha cogido de esa muchacha andrajosa. ¡Al fuego con él! Pero entonces exclamó la
  • 39. princesita: ¡No es ninguna muchacha andrajosa! Es mi amiga. Y el piojillo quiero conservarlo yo. No ha de ir al fuego. Entonces se desmayaron las siete doncellas al oír semejantes cosas. La princesa, sin embargo, se apresuró a ir con la bandeja de oro hacia la reina: Reina, querida madre. ¡Quieren quitarme el piojito, el regalo de mi amiga!, exclamó. Entonces se desmayó también la reina, y se llamó apresuradamente al rey. Éste se echó a reír cuando supo de qué se trataba y dijo: Princesa, princesa, ¡Ese pequeño animalito muerde! Hizo una seña a un soldado, y éste se llevó la bandeja de oro en que estaba el piojito. La princesita, entonces, comenzó a llorar amargamente, y no había manera de consolarla. Como al tercer día aún siguiera llorando, el rey hizo venir a su orfebre, que era un hombre hábil y famoso en su oficio. El rey le ordenó que hiciera para la princesa un piojo de oro, el cual resultó en extremo maravilloso. Pero la princesita arrugó, al verlo, la naricilla y dijo: Éste no puede andar. Entonces ordenó el rey al orfebre que hiciera otro piojillo de oro que pudiera caminar. El orfebre se dio gran maña y, después de siete días de trabajo, pudo regalar el rey a su hija un magnífico piojillo que corría con sus seis ligeras patas. La princesita gritó de júbilo, y puso el piojillo sobre sus rizos. ¡Oh! ¡Cómo cosquilleaba! La princesita reía, y el rey exclamaba lleno de alegría: ¡Orfebre, tú has de hacer cien de estos piojitos para la princesa! Así se hizo, como el rey mandaba, y nadie se sentía más feliz que la princesa. Pero sólo duró tres días esta felicidad. Al cuarto día, dejó caer la triste cabecita y se lamentó: Mis piojitos pueden caminar, pero no pueden morder. ¡Qué bien lo tienen los niños que viven fuera del palacio!... Sus piojillos muerden. En su terquedad, no quiso ver ya siquiera los cien dorados animalitos que traía el orfebre. Los encerró todos en una cajita y los lanzó en amplio círculo por encima del muro del palacio. Allí estaban jugando como siempre los dos pilletes: el niño y la niña de las barquitas de papel. La chiquilla abrió la cajita y comenzaron a huir de allí todos los piojitos de oro. Tan rápidos corrían, que cada uno de los dos muchachos sólo pudo atrapar a uno de ellos. Luego los llevaron a sus padres. ¡Cómo se asombraron éstos del hallazgo! Los dos piojitos de oro no sólo podían caminar, sino también buscarse para bailar los dos juntos. El padre, un diestro afilador de cuchillos y tijeras, se dio cuenta enseguida de que estos animalitos eran muy valiosos. Por temor de que el rey pudiera hacerlos buscar de nuevo, se trasladó con su familia a otro país. Esto le era fácil, pues vivían en un carro, y medios para poder vivir afilando cuchillos y tijeras los hay en todos partes. En el país extranjero a que llegaron fueron admirados también grandemente los habilidosos animalitos. Tanto, que el rey de aquel país oyó hablar de ellos como de algo maravilloso. Entonces mandó llamar al afilador de tijeras y le compró por una gran suma los dorados piojitos bailadores. ¿Pueden imaginarse lo que, ante todo, se compraron los vagabundos con este dinero? Un peine muy fino. Con él peinó la madre los cabellos de sus hijos y sacó de ellos todos los piojitos. Desde entonces no tuvieron ya que rascarse más y pudieron dormir en adelante tranquilos. No podía negarse que eran la gente más feliz de este mundo. La princesa lamentó, sin embargo, durante toda su vida que el orfebre del rey no fuera capaz de fabricar piojitos que no sólo caminaran y bailaran, sino que pudieran también morder. Sí, sí; así son las princesas.
  • 40. 28.- EL REY MIDAS Había una vez un rey muy bueno que se llamaba Midas. Sólo que tenía un defecto: que quería tener para él todo el oro del mundo. Un día el rey Midas le hizo un favor a un dios. El dios le dijo: Lo que me pidas te concederé. Quiero que se convierta en oro todo lo que toque, dijo Midas. ¡Qué deseo más tonto, Midas! Eso puede traerte problemas, piénsalo, Midas, piénsalo. Eso es lo único que quiero, dijo el rey. Así sea, pues, dijo el dios. Y fueron convirtiéndose en oro los vestidos que llevaba Midas, una rama que tocó, las puertas de su casa. Hasta el perro que salió a saludarlo se convirtió en una estatua de oro. Y Midas comenzó a preocuparse. Lo más grave fue que cuando quiso comer, todos los alimentos se volvieron de oro. Entonces Midas no aguantó más. Salió corriendo espantado en busca de dios. Te lo dije, Midas, dijo el dios, te lo dije. Pero ahora no puedo librarte del don que te di. Ve al río y métete al agua. Si al salir del río no eres libre, ya no tendrás remedio. Midas corrió hasta el río y se hundió en sus aguas. Así estuvo un buen rato. Luego salió con bastante miedo. Las ramas del árbol que tocó adrede, siguieron verdes y frescas. ¡Midas era libre! Desde entonces el rey vivió en una choza que él mismo construyó en el bosque. Y ahí murió tranquilo como el campesino más humilde. 28.- LA REPARTICIÓN DE LOS 35 CAMELLOS (Cuento árabe) Hacía pocas horas que viajábamos sin ningún contratiempo, cuando nos sucedió una aventura digna de ser narrada, en la cual mi compañero Beremís puso en práctica, con gran talento, sus habilidades de incomparable algebrista. Muy cerca de una antigua posada medio abandonada, descubrimos a tres hombres que discutían enardecidamente al lado de un lote de camellos. Furiosos se gritaban improperios y deseaban plagas: ¡No puede ser!, decía uno. ¡Esto es un robo!, el otro, y el tercero: ¡No acepto! El inteligente Beremís trató de informarse de qué se trataba. El más viejo dijo: Somos hermanos, y recibimos esos 35 camellos como herencia. Según la expresa voluntad de nuestro padre, debo yo recibir la mitad, mi hermano Hamed Namir una tercera parte, y Harim, el más joven, una novena parte. No sabemos, sin embargo, cómo dividir 35 camellos de esa manera, y a cada división que uno manifiesta protestan los otros dos, pues la mitad de 35 es 17 y medio. ¿Cómo hallar la tercera parte y la novena parte de 35, si tampoco son exactas las divisiones? Es muy sencillo, contestó el hombre que calculaba. Me encargaré de hacer con justicia esa división si me permitís que junte a los 35 camellos de la herencia, este hermoso animal que hasta aquí nos trajo en buena hora. En ese instante traté de intervenir en la conversación: ¡No puedo consentir semejante locura! ¿Cómo podríamos dar término a nuestro viaje si nos quedáramos sin nuestro camello? No te procupes del resultado, bagdali, me contestó en voz baja Beremís. Sé muy bien lo que estoy haciendo. Dame tu camello y verás, al fin, a qué conclusión quiero llegar. Fue tal la fe y la seguridad con que me habló, que no dudé más y le entregué mi hermoso jamal, que inmediatamente juntó con los 35 que allí estaban, para ser repartidos entre los tres herederos. Voy, amigos míos, dijo dirigiéndose a los tres hermanos, a hacer una división exacta de los camellos, que son ahora 36. Y volviéndose al más viejo de los hermanos, así le habló:
  • 41. Debías recibir, amigo mío, la mitad de 35, o sea 17 y medio. Ahora recibirás en cambio la mitad de 36, o sea 18. Nada tienes que reclamar, pues es bien claro que sales ganando con esta división. Dirigiéndose al segundo heredero continuó: Tú, Hamed Namir, debías recibir un tercio de 35, o sea, 11 camellos y pico. Vas a recibir un tercio de 36, o sea 12. No podrás protestar, porque también es evidente que ganas en el cambio. Y dijo, por fin, al más joven: A tí, joven Harim, que según voluntad de tu padre debías recibir una novena parte de 35, o sea, 3 camellos y parte de otro, te daré una novena parte de 36, es decir, 4, y tu ganancia será también evidente, por lo cual sólo resta agradecerme el resultado. Luego prosiguió diciendo: Por esta ventajosa división que ha favorecido a todos vosotros, tocarán 18 camellos al primero, 12 al segundo y al tercero 4, lo que da un resultado de 34 camellos. De los 36 camellos sobran, por lo tanto, dos. Uno pertenece, como saben, a mi amigo bagdali, y el otro me toca a mí, por derecho, y por haber resuelto a gusto de todos el difícil problema de la herencia. ¡Sois inteligente, extranjero!, exclamó el más viejo de los tres hermanos. Aceptamos vuestro reparto en la seguridad de que fue hecho con justicia y equidad. El astuto Beremías, el hombre que calculaba, tomó luego posesión de uno de los más hermosos jamales del grupo y me dijo, entregándome por la rienda el animal que me pertenecía: Podrás ahora, amigo, proseguir tu viaje en tu manso y seguro camello. Tengo ahora yo, uno solamente para mí. Y seguimos nuestra jornada hacia la ciudad de Bagdad. 29.- TRES COSAS PIDIÓ DIOS (Cuento de Tambogrande) Después de haber Dios creado el mundo, recibió un día al añaz y al conejo que le iban a pedir más porte o estatura porque los demás no los respetaban. Entonces Dios les dijo: Les daré más porte si me traen tres cosas que necesito: el colmillo del león, la lágrima de la culebra y la pluma más linda del buitre. Así fue que ambos se pusieron a conversar sobre qué hacer para conseguir estas tres cosas. Decidieron ir a tumbar un monte por donde pasaba el león. Cuando éste bajaba les preguntó ¿qué hacen aquí? Estamos cortando este monte porque el rey ha anunciado que aquel que tumbe el monte se casará con la princesa, pero nosotros somos chiquitos en cambio usted es grande, túmbelo y se casa con la princesa. El león, entusiasmado, coge al árbol con las muelas y al primer sacudón se quiebra un colmillo. El conejo y el añaz lo recogieron prestamente y se alejaron con el colmillo. Luego fueron a un lugar donde habían visto una culebra tomando agua y como sabían que las culebas para tomar agua dejan su veneno, se lo escondieron rápidamente. Cuando terminó la culebra se dio con la sorpresa de que su veneno no estaba donde lo había dejado y empieza a buscarlo. En eso salen el conejo y el añaz y le ofrecen encontrar el veneno a cambio de llenar un pomito con las lágrimas de la culebra. La culebra aceptó y es así como obtuvieron las lágrimas de la culebra. ¿Qué haremos ahorita para conseguir la pluma más hermosa del buitre?, dijeron, porque ese animal vuela alto. Se quedó pensando el conejo, muy serio, y después dijo: vamos al parque, ahí hay un bebedero donde bajan todos los animales a tomar agua. Vamos, contestó el añaz. Y el conejo: tú te vas a hacer el muerto y yo me voy a esconder. Cuando bajó el buitre y vio al añaz estirado pensó que estaba muerto y se acercó para comérselo, pero el conejo lo empuñó de las patas. El añaz estaba muy molesto con el buitre y el buitre se disculpaba para que lo soltaran. No, no, nosotros te soltamos si tú nos regalas la mejor pluma. Está bien, dijo el buitre abriendo sus alas para que escogieran. Y es así como tuvieron todas las cosas que Dios les había pedido. Al llegar donde Él, Dios les preguntó ¿cómo han hecho para conseguirlo? El conejo y el añaz contestaron: al león lo engañamos que estábamos tumbando el monte para
  • 42. casarnos y como él es más grande era mejor que la princesa se casara con él. Para conseguir las lágrimas de la culebra, le escondimos su veneno. Después para conseguir la mejor pluma del buitre, el añaz se hizo el muerto, yo me escondí y lo empuñé de las patas, para soltarlo nos tuvo que dar la pluma más bonita. Muy bien, dijo Dios, agarró la correa y le dio dos correazos al añaz, por eso tiene la franja blanca y al conejo le jaló las orejas, es la razón de que sea bien orejudo, y les dijo: Si yo les diera más fuerza más mentirosos serían, así se quedarán mejor. 30.- UN HOMBRE, SU CABALLO, SU PERRO Y EL CIELO Un hombre, su caballo y su perro, caminaban por una calle. Después de mucho caminar, el hombre se dio cuenta de que los tres habían muerto en un accidente. Algunas veces lleva un tiempo para que los muertos se den cuenta de su nueva condición. La caminata era muy larga, cuesta arriba. El sol era fuerte y los tres estaban empapados en sudor y con mucha sed. Precisaban desesperadamente agua. En una curva del camino, avistaron un portón magnífico, todo de mármol, que conducía a una plaza calzada con bloques de oro, en el centro de la cual había una fuente de donde brotaba agua cristalina. El caminante se dirigió al hombre que desde una garita cuidaba de la entrada. Buen día, dijo el caminante. Buen día, respondió el hombre. ¿Qué lugar es este, tan lindo?, preguntó el caminante. Esto es el cielo, fue la respuesta. Qué bueno que llegamos al cielo, estamos con mucha sed, dijo el caminante. Usted puede entrar a beber agua a voluntad, dijo el guardián, indicándole la fuente. Mi caballo y mi perro también están con sed. Lo lamento mucho, le dijo el guarda. Aquí no se permite la entrada de animales. El hombre se sintió muy decepcionado porque su sed era grande. Mas él no bebería dejando a sus amigos con sed. De esta manera, prosiguió su camino. Después de mucho caminar cuesta arriba, con la sed y el cansancio multiplicados, llegaron a un sitio cuya entrada estaba marcada por un portón viejo semiabierto. El portón daba a un camino de tierra, con árboles de ambos lados que le hacían sombra. A la sombra de uno de los árboles, un hombre estaba recostado, con la cabeza cubierta por un sombrero: parecía que dormía... Buen día, dijo el caminante. Buen día, respondió el hombre. Estamos con mucha sed, yo, mi caballo y mi perro. Hay una fuente en aquellas piedras, dijo el hombre indicando el lugar. Pueden beber a voluntad. El hombre, el caballo y el perro fueron hasta la fuente y saciaron su sed. Muchas gracias, dijo el caminante al salir. Vuelvan cuando quieran, respondió el hombre. A propósito, dijo el caminante. ¿Cuál es el nombre de este lugar? Cielo, respondió el hombre. ¿Cielo? ¡Pero si el hombre en la guardia de al lado del portón de mármol me dijo que allí era el cielo! Aquello no es el cielo, aquello es el infierno. El caminante quedó perplejo. Dijo: Esa información falsa debe causar grandes confusiones. De ninguna manera, respondió el hombre. En verdad ellos nos hacen un gran favor. Porque allí quedan aquellos que son capaces de abandonar a sus mejores amigos. 31.- CUENTOS MÍNIMOS Este es el cuento de una ardilla, Este es el cuento de un soldado te lo cuento y se acaba enseguida. que no empezó y ya está acabado.
  • 43. Un ratoncito iba por un descampado Había una vez un pollito inglés y este cuentecito se ha acabado. Que se fue a Francia y se volvió francés Esta es la historia de un saltamontes Esto era una vez una serpiente que salta y baila y siempre se esconde. Que se cayó y se partió los dientes ¿Sabes tú dónde? 32.- EL ABAD Y LOS TRES ENIGMAS Esto era una vez un viejo monasterio, situado en el centro de un enorme y frondoso bosque, en el que vivían muchos frailes. Cada fraile tenía una misión diferente. Había un fraile portero, otro médico, otro cocinero, otro bibliotecario, otro pastor, otro jardinero, otro hortelano, otro maestro, otro boticario, es decir había un fraile para cada cosa y todos llevaban una vida monástica entregada al estudio y a la oración. Como en todos los monasterios, el fraile que más mandaba era el abad. Se cuenta que había llegado a oídos del Señor Obispo de aquella región que el abad del monasterio era un poco tonto y no estaba a la altura de su cargo. Para comprobar las habladurías de la gente le hizo llamar y le dio un año de plazo para que resolviera los tres enigmas siguientes: El primero: Si yo quisiera dar la vuelta al mundo ¿Cuánto tardaría? El segundo: Si yo quisiera venderme ¿Cuánto valdría? El tercero: ¿Qué cosa estoy yo pensando que no es verdad? El abad regresó al monasterio y sentó en su despacho a pensar y pensar, y pensó tanto que por las orejas le salía humo. Se pasaba todo el día pensando, pero no se le ocurría nada, solo pensar le daba un fuerte dolor de cabeza. Hasta entró en la biblioteca del monasterio por primera vez en su vida para buscar y rebuscar en los libros las soluciones y las respuestas que necesitaba. Pasaba el tiempo sin que el abad resolviera los enigmas que le había planteado el Señor Obispo. Cuando ya quedaban pocos días para que se cumpliera el año de plazo salió a pasear por el bosque y se sentó desesperado debajo de un árbol. Un joven y humilde fraile pastor que estaba cuidando las ovejas del monasterio lo oyó lamentarse y le preguntó qué le ocurría. El abad le contó la entrevista con el Señor Obispo y los tres enigmas que le había planteado para probar sus conocimientos. El frailecillo le dijo que no se preocupara más porque él sabría cómo contestar al Señor Obispo. Así que, el mismo día que se terminaba el año de plazo, se presentó el joven fraile ante el Señor Obispo disfrazado con el hábito del abad y la cabeza cubierta con la capucha para que el Obispo no pudiera reconocerlo. Después de recibirlo, el Señor Obispo quiso saber las respuestas a sus enigmas y volvió a plantear al falso abad la primera pregunta: Si yo quisiera dar la vuelta al mundo ¿Cuánto tardaría? Si Su Ilustrísima caminara tan deprisa como el sol, contestó rápidamente el frailecillo, sólo tardaría veinticuatro horas. El Obispo después de pensarlo un rato quedó satisfecho con la respuesta, así que pasó a la segunda pregunta: Si yo quisiera venderme ¿Cuánto valdría? El frailecillo respondió sin dudarlo: Quince monedas de plata. Cuando el Obispo oyó esta respuesta preguntó: ¿Por qué quince monedas? Porque a Jesucristo lo vendieron por treinta monedas de plata y es lógico pensar que Su Ilustrísima valga sólo la mitad. Le iban convenciendo al Señor Obispo las respuestas de aquel abad y empezaba a pensar que no era tan tonto como le habían dicho. Entonces realizó la tercera y última pregunta: ¿Qué cosa estoy yo pensando que no es verdad? Su Ilustrísima piensa que yo soy el abad del monasterio cuando en realidad sólo soy el fraile que cuida de las ovejas.
  • 44. Entonces el Obispo, dándose cuenta de la inteligencia de aquel joven fraile, decidió que el frailecillo ocupara el cargo de abad y que el abad se encargara de las ovejas. Y colorín colorado este cuento se ha acabado, si quieres que te lo cuente otra vez cierra los ojos y cuenta hasta tres. 33.- LAS AVENTURAS DE ULISES Ulises, ya viejo y cansado, volvía a su casa ansioso por ver de nuevo a Penélope, su esposa. Joven aún se había despedido de ella para ir como combatiente a la guerra de Troya. Volvía viejo, porque la guerra había durado tantos años que no le bastaban los dedos de la mano para contarlos. Pronto volveré a ver a mi querida Penélope, pensaba recostado en la borda de su barco. Se le debe de haber vuelto blanco el cabello de tanto esperarme. Se sentía ansioso. No sabía, ni se imaginaba, que antes de ver a Penélope tendría que enfrentarse con muchos, muchísimos peligros. Peligros cuya duración no sería corta ni pequeña, sino larga, muy larga. ¡Sí, unos cuantos años más separarían todavía a Ulises de su adorada esposa Penélope! El primer obstáculo en su travesía fue Polifemo, el gigante. Polifemo, más que gigante, era un CÍclope, porque tenía un solo ojo redondo, en medio de la frente. Y no era un Cíclope cualquiera. Era el más importante de todos ellos: el que tenía más ovejas, la cueva más grande, más quesos y más jarras de leche en ella. Tenía, además, unos gustos muy especiales: adoraba el vino y detestaba el hígado frito. No le gustaban los reyes, ni tampoco los héroes. Por eso, en cuanto vio desembarcar a Ulises y sus compañeros, los tomó prisioneros encerrándolos en su amplia cueva. Allí, mirándolos con su enorme ojo solitario, les preguntó de dónde venían. De Troya, contestaron en seguida los viajeros. Después les preguntó cómo se llamaba el jefe de todos ellos. Me llamo Nadie, mintió Ulises, que desconfiaba de aquel interrogatorio. ¡No me gusta ni tu nombre, ni la cara de tus compañeros! Por lo tanto, ahora me comeré dos de ellos, y al resto los dejaré encerrados un ratito más, hasta que me venga de nuevo el hambre, amenazó Polifemo contento. ¡Espera!, le gritó Ulises, asustado del peligro que corrían. ¡Toma antes este vino que te ofrezco! El Cíclope no se hizo rogar. Tomó una jarra tras otra, hasta caer borracho y quedar dormido como un ceporro. Aprovechando el sueño profundo del Cíclope, Ulises tomó una larga estaca de madera y hundió su extremo en el fuego. Cuando la punta estuvo al rojo vivo, la clavó en el ojo del gigante borracho, que bramó de dolor. Los gritos de rabia eran tan fuertes y agudos, que todos los Cíclopes del lugar corrieron a ver qué ocurría, mientras Ulises y sus compañeros huían hacia la nave, que los esperaba meciéndose al vaivén de las olas, a orillas del mar. ¿Qué te pasa, amigo?, le preguntaron los gigantes al herido, que se había quedado ciego. ¡Nadie me hirió!, gritó Polifemo, indignado. ¿Quién? ¡Nadie! Si nadie te hirió, debe de ser un castigo de los dioses, le hicieron observar sus amigos, retirándose cada cual a su trabajo y dejándolo solo. Así quedó ciego y engañado Polifemo, víctima del astuto Ulises, a quien él había querido devorar. La próxima parada de Ulises fue en la isla de Eolo, el rey de los vientos. Éste, a diferencia del Cíclope, era amable y gentil con las visitas. A los viajeros los convidó con ricos alimentos, los abrigó con buenas ropas y les preparó también mullidas camas para dormir por la noche. También les hizo una pequeña fiesta en su honor. Al día siguiente, en el momento de despedirse, hizo dos cosas. Primero le entregó a Ulises una bolsa que contenía todos los vientos malos. Después, los saludó varias veces con la mano, ordenando al mismo tiempo a los vientos buenos que empujaran la embarcación y la orientaran bien, por la buena ruta. Ulises vigilaba atentamente el desarrollo del
  • 45. viaje. Pero, como estaba muy cansado, se durmió, después de apoyar la cabeza en los brazos. Mientras él dormía, sus compañeros, creyendo que en la bolsa que le había dado Eolo había mucho oro, la abrieron para repartírselo. Y lo único que consiguieron fue que los vientos malos levantasen las olas y desviaran la nave de la verdadera ruta, llevándosela quién sabía dónde. Eolo, al ver aquello, se enojó muchísimo y no quiso ayudarlos más. Así que tuvieron que seguir remando con todas sus fuerzas, con todas sus fuerzas... Pero las olas fueron más fuertes que las fuerzas de los remeros y la nave se hundió. Ulises fue el único sobreviviente. Con el mástil de su hundida nave se construyó una especie de balsa, que las olas fueron llevando hasta una isla cercana: la isla de Calipso. Calipso era una ninfa del mar, una hermosa mujer que vivía rodeada de algas, peces de colores y estrellas de mar, y dotada de maravillosos poderes que la hacían superior al resto de las mujeres. Calipso podía ayudarlo, pero no lo hizo porque se enamoró de él y quiso retenerlo a su lado para siempre. Pero Ulises no pensaba más que en Penélope, su mujer, que fielmente lo esperaba y suspiraba por él. Una noche se escapó Ulises de la isla en una nave rudimentaria que se había fabricado a escondidas. Otra ninfa del mar, menos interesada que Calipso, le dio un cinturón flotador. Como la nave se hundió, Ulises, nadando con la ayuda del cinturón, llegó a una playa desconocida. Sin saberlo, se encontró que estaba en la tierra de Alcinoo, el rey de los feacios. Alcinoo era un rey muy rico y amado por su pueblo. El náufrago se acercó hasta la corte de Alcinoo y allí pidió a la reina que le facilitara las cosas necesarias para volver a su patria. Sin preguntarle quién era, lo agasajaron todos mucho y los jóvenes lo invitaron a competir con ellos en un deporte del país. Ulises no pudo decir que no. El juego consistía en arrojar una pesada piedra. El que la arrojaba más lejos, era el ganador. Algunos competidores no podían ni siquiera levantar la piedra. ¡Tan pesada era! Ulises la tomó sin dificultad alguna y la lanzó tan lejos, que nunca se la pudo encontrar ya. Todos quedaron admirados, especialmente la hija del rey, que pensó que seguramente aquél sería el mejor marido que podía elegir en toda su vida. El rey, asombrado, le pidió que, por favor, le contara su vida, que debía de ser muy interesante. Ulises no se hizo rogar. Contó cómo había dejado su palacio, su mujer y su hijo, para ir a la guerra de Troya. Contó cómo aquella guerra se había prolongado años y años y años, sin ganar ni el uno ni el otro bando. Contó cómo gracias a un enorme caballo de madera habían podido tomar la ciudad del enemigo, que era la ciudad de Troya. Esto les gustó tanto a los feacios, que le pidieron que les contara aquel episodio otra vez. Y Ulises se lo relató, fatigado, de nuevo: Construimos un caballo de madera de muchos metros de alto, que en su interior era hueco. Y allí, en la gran panza hueca del caballo, escondimos a nuestros soldados más aguerridos y valientes. Después, se lo ofrecimos como regalo a nuestros enemigos, que, confiados, lo introdujeron en su ciudad, la por nosotros tan ansiada Troya. Aquella noche, estando todos festejando el regalo, en medio de la oscuridad se abrió una puerta secreta y nuestros guerreros salieron del caballo. En pocas horas vencieron a los enemigos, tomados de sorpresa, y la ciudad que había resistido años tan largos, se rindió en una sola noche. El rey preguntó: ¿Quién fue el que tuvo la brillante idea del caballo de madera? Humildemente, Ulises tuvo que confesar que la idea había sido suya. Al enterarse de aquello, el pueblo hizo fila para hacerle regalos. Entretanto, una nave, ya lista, esperaba al héroe para llevarlo hasta su tierra. Se embarcó Ulises, se despidió de los feacios desde la nave, que se fue alejando, alejando de la playa e internándose más, cada vez más, en el mar.
  • 46. Veinte años hacía que se había ido Ulises de su patria querida. En aquellos veinte años, Telémaco, el hijo de Ulises, había crecido mucho y había salido en busca de su padre, a quien extrañaba muchísimo. La reina Penélope tuvo una sola preocupación en tanto tiempo: ahuyentar, alejar de sí, a los pretendientes que querían casarse con ella en ausencia de Ulises. Aquellos pretendientes se habían instalado en el propio palacio de la reina para no perder ninguna oportunidad de conquistarla. Y también para gastar la fortuna del pobre rey Ulises, que valientemente estaba arriesgando su vida en la lejana Troya. Al encontrarse Ulises con su hijo y contarle éste lo que estaba ocurriendo con los atrevidos pretendientes, idearon los dos un plan. El hijo disfrazó al padre de mendigo y se presentaron ambos en el palacio. ¡Hijo, qué suerte que has vuelto!, le dijo, abrazándolo, Penélope, que se había sentido muy sola ante los pretendientes, en ausencia últimamente, no ya sólo del esposo, sino también de su hijo. Los pretendientes fingieron también que se habían puesto muy contentos de ver de vuelta a Telémaco. ¡Con tal que no vuelva tu padre!, pensaron ellos con maldad. Al ver al mendigo que lo acompañaba, lo tomaron a risa y empezaron a burlarse de él. Le tiraron del pelo, le echaron vino a la cara, y le hacían mil morisquetas ridículas. Ulises los dejó hacer algún tiempo, esperando la mejor oportunidad para castigarlos. Penélope, que no sabía aún nada del retorno de Ulises disfrazado de mendigo, había preparado una prueba. El triunfador tendría derecho a tomarla por esposa. La reina sabía de antemano que el único que podía ganar, era Ulises. Pero ni se imaginaba que ya lo tenía allí, de vuelta. La prueba consistía en disparar una flecha que tenía que pasar por el centro de doce anillos, uno tras otro, sin tocarlos. Los pretendientes probaron y sucesivamente fracasaron, sin obtener ninguno de ellos el éxito apetecido. Penélope se sentía tranquila. Con aquello alejaría por algún tiempo de sí a los molestos y descarados pretendientes. Entre burlas y risas los pretendientes pidieron al mendigo que probara él a disparar también la flecha. Ulises tomó firmemente el arco, ajusto la cuerda, tiró de ella, apuntó y disparó: ¡la flecha, ante la sorpresa de todos, pasó exactamente por el centro de los anillos! ¡Ahora a otro blanco!, gritaron a un tiempo Ulises y Telémaco, y empezaron a disparar contra los pretendientes, que huyeron como ratas, despavoridos. Penélope le quitó el disfraz, sin poder creer lo que veía, y súbitamente un fuerte abrazo unió a marido y mujer, separados desde hacía tantísimos años. Telémaco, con los ojos húmedos de lágrimas, sonreía. Y, en adelante, Ulises quedó en compañía de su familia y dueño de su reino para siempre. 34.- LA GATA ENCANTADA Erase un príncipe muy admirado en su reino. Todas las jovenes casaderas deseaban tenerle por esposo. Pero él no se fijaba en ninguna y pasaba su tiempo jugando con Zapaquilda, una preciosa gatita, junto a las llamas del hogar. Un dia, dijo en voz alta: Eres tan cariñosa y adorable que, si fueras mujer, me casaria contigo. En el mismo instante apareció en la estancia el Hada de los Imposibles, que dijo: Príncipe, tus deseos se han cumplido. El joven, deslumbrado, descubrió junto a él a Zapaquilda, convertida en una bellisima muchacha. Al día siguiente se celebraban las bodas y todos los nobles y pobres del reino que acudieron al banquete se extasiaron ante la hermosa y dulce novia.
  • 47. Pero, de pronto, vieron a la joven lanzarse sobre un ratoncillo que zigzagueaba por el salón y zampárselo en cuanto lo hubo atrapado. El príncipe empezó entonces a llamar al Hada de los Imposibles para que convirtiera a su esposa en la gatita que había sido. Pero el Hada no acudió, y nadie nos ha contado si tuvo que pasarse la vida contemplando cómo su esposa daba cuenta de todos los ratones de palacio 35.- EL HONRADO LEÑADOR Había una vez un pobre leñador que regresaba a su casa después de una jornada de duro trabajo. Al cruzar un puente sobre el río, se le cayó el hacha al agua. Entonces empezó a lamentarse tristemente: ¿Cómo me ganaré el sustento ahora que no tengo hacha? Al instante ¡oh, maravilla!, una bella ninfa apareció sobre las aguas y dijo al leñador: Espera, buen hombre: traeré tu hacha. Se hundió en la corriente y poco después reapareció con un hacha de oro entre las manos. El leñador dijo que aquella no era la suya. Por segunda vez se sumergió la ninfa, para reaparecer después con otra hacha de plata. Tampoco es la mía, dijo el afligido leñador. Por tercera vez la ninfa buscó bajo el agua. Al reaparecer llevaba un hacha de hierro. ¡Oh gracias, gracias! ¡Esa es la mía! Pero, por tu honradez, yo te regalo las otras dos. Has preferido la pobreza a la mentira y te mereces un premio. 36.- EL HOMBRE QUE TENIA MALA SUERTE Erase una vez un hombre que siempre tenía mala suerte. Los años iban pasando y aunque se esforzaba mucho, todo era en vano, seguía teniendo mala suerte. Y así pasaron muchos años hasta que empezó a pensar de verdad en su situación. Después de darle muchas vueltas durante un buen rato, llegó a la conclusión de que necesitaba ayuda. Y... quién era más indicado para prestársela que Dios. Así que el hombre decidió ir a ver a Dios para pedirle que le cambiara su mala suerte. Metió todo lo necesario para el viaje en un atillo y se acostó. A la mañana siguiente se puso en marcha. Y caminó, caminó y caminó durante mucho, mucho tiempo. Al cabo de algunos dias, nuestro hombre llegó a la selva y, abriéndose paso entre la maleza, escuchó de repente una voz estridente: Ouuuuuuuuuuuuuh....ouuuuuuuuuuuuuh.... Asombrado, el hombre buscó el origen de esa voz pensando que a lo mejor alguien podía estar necesitando su ayuda. Encontró un lobo y ¡cómo estaba el pobre animalito!. Se le podían contar las costillas y el pelo se le caía a mechones; daba lástima verlo. ¿Qué te pasa, lobo?, le dijo. Estoy mal, de un tiempo a esta parte todo me va mal. No tienes más que observar mi aspecto... ¡No! no me cuentes nada más porque yo también tengo mala suerte, contestó el hombre. Por eso voy a ver a Dios a pedirle que me cambie la suerte. Por favor, replicó el lobo, pídele también un consejo para mí. Muy bien, no te preocupes que se lo pediré. Hasta pronto. Diciendo así, el hombre se fue. Y caminó, caminó y caminó, mucho, pero mucho tiempo. Por fin llegó a la sabana. Hacía mucho calor. El sol quemaba y la sabana no parecía tener fin. ¡Ay, que no daría yo por un poco de sombra!, suspiraba. Nada más pensarlo vio a lo lejos un maravilloso
  • 48. árbol frondoso que invitaba con su sombra. Pronto llegó y se recostó a descansar apoyándose en el tronco del árbol. Nada más cerrar los ojos oyó una voz. ¡Oooooooohh! ¡Ooooooooohh! El hombre abrió sobresaltado los ojos pero no pudo ver a nadie que estuviera quejándose. Nuevamente se recostó, y.... ¡otra vez escuchó aquella voz! ¡Oooooooohh! ¡Ooooooooohh! Así sucedió varias veces sin que averiguara la procedencia de aquellos quejidos. Hasta que por fin se le ocurrió preguntar: ¿Eres tú, árbol? Sí, yo soy, contestó el pobre árbol. ¿Qué te pasa? ¡No lo sé!, contestó el árbol. De un tiempo a esta parte todo me va mal. ¿No ves mis ramas torcidas y mis hojas marchitas?. ¡No sigas!, dijo el hombre. Ya sé de qué me estás hablando. Yo también tengo mala suerte; por eso voy a pedirle a Dios que me la cambie. Y el árbol contestó: Por favor, pídele también un consejo para mí. Lo haré, lo haré, afirmó el hombre. Y con esa promesa se marchó. Y caminó, caminó y caminó, mucho, mucho, mucho tiempo. Después el hombre empezó a adentrase en unos cerros que había más allá de la sabana. Un día, desde lo alto de una colina, avistó un maravilloso valle. Parecía un paraíso, lleno de árboles, flores, prados, un riachuelo, pájaros. Era una maravilla de lugar. Bajando al valle descubrió, en medio de aquel precioso paisaje una, casa muy acojedora. Se acercó y vio que en la terraza, delante de la casa, estaba una mujer muy hermosa que parecía esperarlo. Ven, viajero, ven a descansar, dijo la muchacha. El hombre aceptó de buen grado. Pasaron una velada muy especial. Tomaron una comida sabrosa y se contaron muchas cosas. Te veo triste, dijo el hombre. Sí, es verdad, de un tiempo para acá no me siento bien. Vivo en este lugar maravilloso y, sin embargo, noto que algo me falta. ¡No sigas!, la interrumpió el hombre. Conozco la sensación, por eso voy a ver a Dios para que me cambie la suerte. Pues dile que te dé un consejo para mí, dijo la mujer. Claro que lo haré, dijo el hombre. A la Mañana siguiente emprendió de nuevo su viaje. Y caminó, caminó y caminó, mucho, mucho, mucho tiempo. Al cabo de muchos días llegó al Fin del Mundo. Se asomó. Miró hacia abajo, a la derecha, a la izquierda y hacia arriba, pero no pudo ver nada. Sólo había estrellas. De repente se formó una nube enfrente de él que fue tomando la forma de la cara de un hombre. ¿Tú eres Dios?, preguntó el caminante. Sí, yo soy. Tú sabes que las cosas me van mal y he venido para pedirte que cambies mi suerte, rogó el hombre. Muy bien, dijo Dios. Estoy de acuerdo. Sólo hay una condición: tienes que estar muy atento para encontrar tu buena suerte porque está cerca tuyo. El Hombre muy contento se despidió de Dios. Quería llegar rápidamente a su casa para ver si su suerte había cambiado realmente. Y corrió y corrió y corrió durante mucho tiempo, hasta que llegó a aquel valle. Estaba pasando de largo frente a la casa cuando la mujer lo vió y lo llamó. ¡Eh! ¡Ven aquí! Cuéntame lo que ha pasado. He visto a Dios, dijo el hombre, y me ha prometido que me va a cambiar la suerte. Sólo me pidió que estuviera atento para encontrarla porque estará cerca mío. Ahora tengo que irme, tengo que buscar mi suerte. ¿Y no te ha dado un consejo para mí?, dijo la muchacha. A ver...a ver si recuerdo... ¡Ah! sí. Me dijo que lo que te faltaba era un hombre, un compañero que compartiera la vida contigo aquí en este valle. Al oir estas palabras a la mujer se le iluminó la cara y exclamó: ¡Sí! ¡Sí! eso es. Oye..y ¿quieres ser tú ese hombre? Me gustaría mucho pero no puedo. Tengo que seguir mi camino y buscar mi buena suerte. Adiós, me voy corriendo. Y corrió y corrió y corrió durante mucho tiempo. Después de varios días llegó nuevamente a la sabana y pasaba corriendo al lado del árbol, cuando escuchó su voz: ¿Qué ha pasado, buen hombre?, decía el árbol. Nuevamente el hombre relató su historia y nada más terminarla quiso salir corriendo; pero el árbol le preguntó: ¿Y para mí, para mí, Dios no te dió ningún consejo? A ver... a ver si recuerdo...¡ah! sí, me dijo que debajo de tus raíces había un enorme tesoro que te impide crecer. Lo único que tienes
  • 49. que hacer es sacar el tesoro; y todo te irá de nuevo bien. Después de oir al árbol, el hombre quiso salir corriendo. Pero nuevamente el árbol lo paró. Mira, yo no puedo sacar ese tesoro. Si tú lo quieres hacer por mí, te lo podrás llevar y así ser muy rico. A mí no me sirve y únicamente quiero que mis raíces crezcan de nuevo bien. Me encantaría ayudarte, dijo el hombre, pero tengo que seguir mi camino y buscar mi buena suerte. Lo siento, adiós. Y el hombre corriendo de nuevo se alejó. Corrió y corrió y corrió durante mucho tiempo. Llegó a la selva y no pasó mucho tiempo cuando de nuevo oyó aquellos temibles quejidos del lobo. Quiso pasar de largo, pero el lobo lo llamó. El hombre le contó de nuevo su historia. El lobo le preguntó: ¿Y para mí...., para mí no te dio Dios también un consejo?. A ver....a ver si me acuerdo...¡Ah! sí, me dijo que para ponerte de nuevo fuerte sólo tenías que hacer una cosa: comerte a la criatura más estúpida de la tierra, entonces te irá todo bien. Entonces el lobo se levantó con sus últimas fuerzas, se abalanzó sobre nuestro hombre y...¡Lo devoró!. 37.- EL REY, EL MAR Y EL DELFÍN Érase una vez un hombre que vivía muy lejos del mar y soñaba con la inmensidad. Había días felices, con paseos por el jardín y muchas risas. Entonces los amigos de este hombre solían decir: Míralo cómo se ríe, míralo qué contento está, se está acordando del mar. Y había días tristes, de melancolía, de pena: Míralo qué triste está, mira cómo se pierde su mirada, se está acordando del mar, decían entonces. Cierto día llegó a palacio un duende porque este hombre era un rey y le dijo: Señor, si dejaras de soñar terminaría tu tristeza. Pero tengo miedo de que termine también mi alegría, repuso el rey. ¿Por qué no emprendes un viaje, alteza, y ves el mar?, preguntó el duende. El rey lo pensó dos veces, luego cepilló la crin de su caballo, ensilló, montó y se perdió detrás de los montes Urivales, que eran los montes de aquel reino. Unas semanas después, cerca de la Pascua, el rey regresó a palacio. Traía la mirada profunda y la sonrisa a flor de labios. Encargó los asuntos del reino a un primo de nombre Archibaldo y declaró: Debo volver cerca del mar. Cepilló la crin de su caballo, ensilló, montó y se perdió detrás de los montes Urivales, que eran los montes de aquel reino. El rey pasaba los días sentado a la orilla del mar, mojándose las manos y chapoteando con los pies descalzos. La corona le estorbaba, así que se la regaló a una anguila. A la hora del crepúsculo el rey paseaba, recogía conchitas y disfrutaba el sonido espumoso que hacía la arena cada vez que una ola se retiraba. Así pasaron muchos años. Justo un día antes de que el rey empezara a ponerse viejo llegó un visitante de largas barbas. El visitante venía de las profundidades del mar, lo acompañaban sirenas y peces de todos tamaños. ¿Qué te trae por aquí?, preguntó el rey. Soy Neptuno y vengo a ofrecerte que vivas con nosotros, dentro del mar, respondió el visitante. ¡Acepto!, se apresuró a decir el rey. Neptuno tronó los dedos y el rey se convirtió en delfín. Entró al agua, se dio varios chapuzones, aleteó alegremente mientras los otros delfines miraban complacidos al rey que se había convertido en uno de ellos. El rey estaba tan contento de ser delfín que empezó a reírse. Oye, los habitantes del mar no acostumbramos reírnos, eso es cosa del hombre, dijo Neptuno. Pero ya era demasiado tarde: todos los delfines imitaban al rey y reían en el momento de alzar su cuerpo sobre las olas. Y hasta ahora los delfines ríen.
  • 50. 38.- EL SECRETO DEL GIGANTE Hace mucho tiempo había un rey que tenía un hijo muy valiente. Un día le dijo el príncipe a su padre: -Padre, voy a salir por el mundo en busca de aventuras. El rey se negaba a darle su permiso, pero tanto insistió el príncipe, que por fín el padre dió su consentimiento. Montó el príncipe un hermoso corcel y emprendió el viaje en busca de aventuras. Después de mucho caminar, llegó a un bosque por el cual tenía que atravesar. Al internarse en aquella espesura, oyó de repente rugidos, gruñidos, aullidos y graznidos. Al llegar al lugar de donde provenía aquel desconcierto encontrose con cuatro animales; un león, un galgo, una águila y una hormiga, todos disputándose un venado muerto. Al ver al príncipe, rugió el león, diciendo: - Un momento, hombre. Como ves, aquí peleamos porque no podemos decidir qué parte de este venado toca a cada uno. Dividelo tú entre nosotros y te recompensaremos. El príncipe dijo que lo haría con gusto, y partió el venado en cuatro partes, dando al león la parte trasera, al galgo las costillas, al águila las tripas y a la hormiga la cabeza. Los animales quedaron conformes y el león dijo: - Prometimos recompensarte y así lo haremos. Se arrancó un pelo de la melena y dándoselo al príncipe le dijo: "Toma este pelo. Cuando quieras volverte león nomás dices "Dios y león" y te volverás león. Para volverte hombre, dirás nada más "Dios y hombre." El galgo le dió tambien un pelo y le dijo al príncipe lo mismo que el león, solamente que para que se efectuara su transformación diría, "Dios y galgo." El águila le ofreció una pluma con las mismas palabras diciéndole que dijera "Dios y águila" cuando deseara volverse águila. La hormiguita ofreció al príncipe una de sus cuernitos diciéndole lo mismo que los otros animales, únicamente diciendo "Dios y hormiga" cuando quisiera volverse hormiga. Agradeció el príncipe los regalos y siguió su camino lleno de aventuras, hasta que un día llegó a un castillo al parecer desierto. Tuvo el príncipe vivos deseos de penetrar al castillo, pero como estaba enmurallado y bien resguardado no le era posible traspasar los umbrales. Acordóse de pronto de los regalos hechos por los animales del bosque y sacando la pluma del águila dijo, "Dios y águila," y volviéndose águila voló sobre el castillo. Al llegar a la torre más alta vió una ventana abierta. Se paró sobre el alfeizar y descubrió en el interior de aquella alcoba, a una mujer profundamente dormida. El príncipe dijo "Dios y hombre," y volviéndose hombre penetró en la alcoba para ver mejor a la joven. Despertó la dama en aquel instante y sobresaltada le preguntó al príncipe: - ¿Señor, que hace usted aqui? Si el gigante, dueño de este castillo lo encuentra, lo matará sin piedad. - Señora, dijo el principe, - no temo al gigante, ya que he salido a recorrer el mundo en busca de aventuras. Por lo que veo, usted parece estar prisionera en este inmeso castillo. Si en algo puedo servirle, dígamelo al momento. - En efecto, - dijo la joven, - soy prisionera del gigante, pero dificil será que persona alguna me ayude. El gigante vence a todos los que luchan contra él. En estos momentos se oyó una voz de trueno que hacía retumbar el castillo, y la dama le dijo al príncipe:
  • 51. - Estamos perdidos. El gigante viene y no hay ni un sitio donde pueda esconderse. - No tema, señora, - dijo el príncipe, y cogiendo el cuernito de la hormiguita, dijo las palabras mágicas y se volvió hormiga. Entró en aquel instante el gigante diciendo, - Señora, seguro estoy que hablabas con alguien. Buscó por todas partes pero no vió a la hormiguita. Satisfecho el gigante, salió de la alcoba. El príncipe luego dijo "Dios y hombre," y se volvió a se ser natural. La joven estaba tan contenta que no acertaba a decir una palabra, por fín dijo al príncipe: - Señor, quizá sí puedas salvarme. Pero para lograrlo tendrás que matar al gigante, y para conseguir esto hay que quebrar un huevo que el gigante tiene escondido, y en ese huevo, que nadie ha podido encontrar, tiene bien guardada su vida. Al día siguiente entró el gigante a la alcoba de la joven y ésta le dijo, - Señor, anoche soñé que vuestra vida estaba en peligro. Un hombre rompía el huevo que contiene vuestro secreto. - No se preocupe, señora, ese huevo esta muy bien escondido, dijo el gigante y se retiró pero interiormente sentía una preocupación por si su vida estuviera en peligro. En un abrir y cerrar de ojos, el gigante se volvió paloma y salió volando por la ventana. El príncipe que lo había estado atisbando, dijo "Dios y águila," y volviéndose águila salió persiguiendo a la paloma. La paloma llegó a una cueva de donde sacó una cajita en la que estaba un huevo. En este instante llegó el águila. La paloma al verla, se volvió coyote. El coyote se tragó el huevo y salió corriendo. Entonces el príncipe al decir "Dios y león" se convirtió en león y persiguió al coyote, pero éste al ver al león, se transformó en liebre escondiéndose en la maleza donde el león no podía encontrarla. El príncipe de pronto dijo "Dios y galgo" y transformándose en galgo siguió a la liebre que al verse casi atrapada logró volverse paloma. El príncipe de súbito tambien se volvió águila una vez más y siguiendo muy de cerca a la paloma logró atraparla. Descendiendo con la paloma muerta en las garras logró quitarle el huevo del buche, y de un picotazo lo deshizo, quedando en lugar de la paloma muerta el horrible gigante ya sin vida. El águila voló hasta el castillo y entrando a la alcoba de la joven dijo "Dios y hombre" volviendo a tomar su figura natural. Tomó en sus brazos a la bella joven y ya sin temor del gigante se casaron y vivieron muy felices transformando aquel castillo antes solitario y triste, en un nido de amor y felicidad. 39.- EL LEÓN DE ANDROCLES Un pobre esclavo de la antigua Roma, en un descuido de su amo, escapó al bosque. Se llamaba Androcles. Buscando refugio seguro, encontró una cueva. A la débil luz que llegaba del exterior, el muchacho descubrió un soberbio león. Se lamía la pata derecha y rugía de vez en cuando. Androcles, sin sentir temor, se dijo: -Este pobre animal debe estar herido. Parece como si el destino me hubiera guiado hasta aquí para que pueda ayudarle. Vamos, amigo, no temas, vamos... Así, hablándole con suavidad, Androcles venció el recelo de la fiera y tanteó su herida
  • 52. hasta encontrar una flecha profundamente clavada. Se la extrajo y luego le lavó la herida con agua fresca. Durante varios días, el león y el hombre compartieron la cueva. Hasta que Androcles, creyendo que ya no le buscarían se decidió a salir. Varios centuriones romanos armados con sus lanzas cayeron sobre él y le llevaron prisionero al circo. Pasados unos días, fue sacado de su pestilente mazmorra. El recinto estaba lleno a rebosar de gentes ansiosas de contemplar la lucha. Androcles se aprestó a luchar con el león que se dirigía hacia él. De pronto, con un espantoso rugido, la fiera se detuvo en seco y comenzó a restregar cariñosamente su cabezota contra el cuerpo del esclavo. -íSublime!¡Es sublime! ¡César, perdona al esclavo, pues ha sojuzgado a la fiera! -gritaron los espectadores. El emperador ordenó que el esclavo fuera puesto en libertad. Lo que todos ignoraron fue que Androcles no poseía ningún poder especial y que lo ocurrido no era sino la demostración de la gratitud del animal... 40.- EL PEZ DE ORO - Afanasiev En una isla muy lejana, llamada isla Buián, había una cabaña pequeña y vieja que servía de albergue a un anciano y su mujer. Vivían en la mayor pobreza; todos sus bienes se reducían a la cabaña y a una red que el mismo marido había hecho, y con la que todos los días iba a pescar, como único medio de procurarse el sustento de ambos. Un día echó su red en el mar, empezó a tirar de ella y le pareció que pesaba extraordinariamente. Esperando una buena pesca se puso muy contento; pero cuando logró recoger la red vio que estaba vacía; tan sólo a fuerza de registrar bien encontró un pequeño pez. Al tratar de cogerlo quedó asombrado al ver que era un pez de oro; su asombro creció de punto al oír que el Pez, con voz humana, le suplicaba: -No me cojas, abuelito; déjame nadar libremente en el mar y te podré ser útil dándote todo lo que pidas. El anciano meditó un rato y le contestó: -No necesito nada de ti; vive en paz en el mar. ¡Anda! Y al decir esto echó el pez de oro al agua. Al volver a la cabaña, su mujer, que era muy ambiciosa y soberbia, le preguntó: -¿Qué tal ha sido la pesca? -Mala, mujer -contestó, quitándole importancia a lo ocurrido-; sólo pude coger un pez de oro, tan pequeño que, al oír sus súplicas para que lo soltase, me dio lástima y lo dejé en libertad a cambio de la promesa de que me daría lo que le pidiese. -¡Oh viejo tonto! Has tenido entre tus manos una gran fortuna y no supiste conservarla. Y se enfadó la mujer de tal modo que durante todo el día estuvo riñendo a su marido, no dejándolo en paz ni un solo instante. -Si al menos, ya que no pescaste nada, le hubieses pedido un poco de pan, tendrías algo que comer; pero ¿qué comerás ahora si no hay en casa ni una migaja? Al fin el marido, no pudiendo soportar más a su mujer, fue en busca del pez de oro; se acercó a la orilla del mar y exclamó: -¡Pececito, pececito! ¡Ponte con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia mí!
  • 53. El Pez se arrimó a la orilla y le dijo: -¿Qué quieres, buen viejo? -Se ha enfadado conmigo mi mujer por haberte soltado y me ha mandado que te pida pan. -Bien; vete a casa, que el pan no les faltará. El anciano volvió a casa y preguntó a su mujer: -¿Cómo van las cosas, mujer? ¿Tenemos bastante pan? -Pan hay de sobra, porque está el cajón lleno -dijo la mujer-; pero lo que nos hace falta es una artesa nueva, porque se ha hendido la madera de la que tenemos y no podemos lavar la ropa; ve y dile al pez de oro que nos dé una. El viejo se dirigió a la playa otra vez y llamó: -¡Pececito, pececito! ¡Ponte con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia mí! El Pez se arrimó a la orilla y le dijo: -¿Qué necesitas, buen viejo? -Mi mujer me mandó a pedirte una artesa nueva. -Bien; tendrás también una artesa nueva. De vuelta a su casa, cuando apenas había pisado el umbral, su mujer le salió al paso gritándole imperiosamente: -Vete en seguida a pedirle al pez de oro que nos regale una cabaña nueva; en la nuestra ya no se puede vivir, porque apenas se tiene de pie. Se fue el marido a la orilla del mar y gritó: -¡Pececito, pececito! ¡Ponte con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia mí! El Pez nadó hacia la orilla poniéndose con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia el anciano, y le preguntó: -¿Qué necesitas ahora, viejo? -Constrúyenos una nueva cabaña; mi mujer no me deja vivir en paz riñéndome continuamente y diciéndome que no quiere vivir más en la vieja, porque amenaza hundirse de un día a otro. -No te entristezcas. Vuelve a tu casa y reza, que todo estará hecho. Volvió el anciano a casa y vio con asombro que en el lugar de la cabaña vieja había otra nueva hecha de roble y con adornos de talla. Corrió a su encuentro su mujer no bien lo hubo visto, y riñéndolo e injuriándolo, más enfadada que nunca, le gritó: -¡Qué viejo más estúpido eres! No sabes aprovecharte de la suerte. Has conseguido tener una cabaña nueva y creerás que has hecho algo importante. ¡Imbécil! Ve otra vez al mar y dile al pez de oro que no quiero ser por más tiempo una campesina; quiero ser mujer de gobernador para que me obedezca la gente y me salude con reverencia. Se dirigió de nuevo el anciano a la orilla del mar y llamó en alta voz: -¡Pececito, pececito! ¡Ponte con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia mí! Se arrimó el Pez a la orilla como otras veces y dijo: -¿Qué quieres, buen viejo?
  • 54. Éste le contestó: -No me deja en paz mi mujer; por fuerza se ha vuelto completamente loca; dice que no quiere ser más una campesina; que quiere ser una mujer de gobernador. -Bien; no te apures; vete a casa y reza a Dios, que yo lo arreglaré todo. Volvió a casa el anciano; pero al llegar vio que en el sitio de la cabaña se elevaba una magnífica casa de piedra con tres pisos; corría apresurada la servidumbre por el patio; en la cocina, los cocineros preparaban la comida, mientras que su mujer se hallaba sentada en un rico sillón vestida con un precioso traje de brocado y dando órdenes a toda la servidumbre. -¡Hola, mujer! ¿Estás ya contenta? -le dijo el marido. -¿Cómo has osado llamarme tu mujer a mí, que soy la mujer de un gobernador? -y dirigiéndose a sus servidores les ordenó-: Cojan a ese miserable campesino que pretende ser mi marido y llévenlo a la cuadra para que lo azoten bien. En seguida acudió la servidumbre, cogieron por el cuello al pobre viejo y lo arrastraron a la cuadra, donde los mozos lo azotaron y apalearon de tal modo que con gran dificultad pudo luego ponerse en pie. Después de esto, la cruel mujer lo nombró barrendero de la casa y le dieron una escoba para que barriese el patio, con el encargo de que estuviese siempre limpio. Para el pobre anciano empezó una existencia llena de amarguras y humillaciones; tenía que comer en la cocina y todo el día estaba ocupado barriendo el patio, porque apenas cometía la menor falta lo castigaban, apaleándolo en la cuadra. -¡Qué mala mujer! -pensaba el desgraciado-. He conseguido para ella todo lo que ha deseado y me trata del modo más cruel, llegando hasta a negar que yo sea su marido. Sin embargo, no duró mucho tiempo aquello, porque al fin se aburrió la vieja de su papel de mujer de gobernador. Llamó al anciano y le ordenó: -Ve, viejo tonto, y dile al pez de oro que no quiero ser más mujer de gobernador; que quiero ser zarina. Se fue el anciano a la orilla del mar y exclamó: -¡Pececito, pececito! ¡Ponte con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia mí! El Pez de oro se arrimó a la orilla y dijo: -¿Qué quieres, buen viejo? -¡Ay, pobre de mí! Mi mujer se ha vuelto aún más loca que antes; ya no quiere ser mujer de gobernador; quiere ser zarina. -No te apures. Vuelve tranquilamente a casa y reza a Dios. Todo estará hecho. Volvió el anciano a casa, pero en el sitio de ésta vio elevarse un magnífico palacio cubierto con un tejado de oro; los centinelas hacían la guardia en la puerta con el arma al brazo; detrás del palacio se extendía un hermosísimo jardín, y delante había una explanada en la que estaba formado un gran ejército. La mujer, engalanada como correspondía a su rango de zarina, salió al balcón seguida de gran número de generales y nobles y empezó a pasar revista a sus tropas. Los tambores redoblaron, las músicas tocaron el himno real y los soldados lanzaron hurras ensordecedores. A pesar de toda esta magnificencia, después de poco tiempo se aburrió la mujer de ser zarina y mandó que buscasen al anciano y lo trajesen a su presencia.
  • 55. Al oír esta orden, todos los que la rodeaban se pusieron en movimiento; los generales y los nobles corrían apresurados de un lado a otro diciendo: «¿Qué viejo será ése?» Al fin, con gran dificultad, lo encontraron en un corral y lo llevaron a presencia de la zarina, que le gritó: -¡Ve, viejo tonto; ve en seguida a la orilla del mar y dile al pez de oro que no quiero ser más una zarina; quiero ser la diosa de los mares, para que todos los mares y todos los peces me obedezcan! El buen viejo quiso negarse, pero su mujer lo amenazó con cortarle la cabeza si se atrevía a desobedecerla. Con el corazón oprimido se dirigió el anciano a la orilla del mar, y una vez allí, exclamó: -¡Pececito, pececito! ¡Ponte con la cola hacia el mar y con la cabeza hacia mí! Pero no apareció el pez de oro; el anciano lo llamó por segunda vez, pero tampoco vino. Lo llamó por tercera vez, y de repente se alborotó el mar, se levantaron grandes olas y el color azul del agua se obscureció hasta volverse negro. Entonces el Pez de oro se arrimó a la orilla y dijo: -¿Qué más quieres, buen viejo? El pobre anciano le contestó: -No sé qué hacer con mi mujer; está furiosa conmigo y me ha amenazado con cortarme la cabeza si no vengo a decirte que ya no le basta con ser una zarina; que quiere ser diosa de los mares, para mandar en todos los mares y gobernar a todos los peces. Esta vez el pez no respondió nada al anciano; se volvió y desapareció en las profundidades del mar. El desgraciado viejo se volvió a casa y quedó lleno de asombro. El magnífico palacio había desaparecidoy en su lugar se hallaba otra vez la primitiva cabaña vieja y pequeña, en la cual estaba sentada su mujer, vestida con unas ropas pobres y remendadas. Tuvieron que volver a su vida de antes, dedicándose otra vez el viejo a la pesca, y aunque todos los días echaba su red al mar, nunca volvió a tener la suerte de pescar al maravilloso pez de oro. 41.- EL NIÑO Y EL LADRÓN Cuento popular latinoamericano Un niño llamado Antonio estaba jugando en el patio de su casa cuando su madre lo llamó para decirle que tenía que ir al pueblo a comprar harina y mantequilla. Le dio unas monedas y le encargó que tuviera mucho cuidado, que no las vaya a perder. Antonio se las guardó bien guardadas en el bolsillo y se puso el sombrero y la manta por si hacía frío. Iba silbando muy alegre cuando de repente miró para atrás y vio a un hombre que lo venía siguiendo.
  • 56. Pensando que podría ser un ladrón aprovechó una curva del camino, se sacó el sombrero y lo puso sobre una piedra. Cuando llegó el hombre, que efectivamente era un ladrón, Antonio estaba sujetando fuertemente el sombrero. - ¿Qué tienes debajo de ese sombrero?, preguntó el hombre. - Una gallina encerrada, pero como es muy astuta la sujeto para que no se vuele. Tal vez podrías hacerme el favor de sostenerla un rato mientras yo voy a buscar una jaula, dijo el niño. El hombre pensó engañarlo diciéndole que cuidaría la gallina cuando en realidad quería robársela. Antonio se fue corriendo y cuando el hombre metió la mano bajo el sombrero para coger la gallina, lo que agarró fue una piedra y encima se golpeó los dedos. - Este chiquillo me ha engañado, se dijo el ladrón. Ni bien lo encuentre me las va a pagar. Se puso el sombrero y siguió al niño. Antonio ya había avanzado un largo trecho cuando se dio cuenta de que el hombre lo estaba alcanzando. Trepó el cerro hasta llegar a una piedra grande, se sacó la manta, la dobló bien doblada, la puso en la piedra y apoyó el hombro como si estuviera haciendo fuerza para atajarla. - ¿Qué estás haciendo con esa piedra?, preguntó el hombre cuando llegó al lugar. - ¡Cuidado!, dijo Antonio. Esta piedra se está por caer y nos puede aplastar a los dos y a todita la gente del pueblo que está allá abajo. ¿Por qué no la sostienes un ratito mientras yo voy a buscar ayuda? El ladrón se asustó y apoyando su hombro contra la manta se puso a sujetar la piedra. Esperó mucho rato y el niño no regresaba. Al final, como estaba muy cansado, decidió soltar la piedra sin importarle que pudiera causar daño. Soltó la piedra pero no pasó nada, la piedra ni se movió. - Este muchacho me volvió a engañar, renegó el ladrón. Ahora lo voy a alcanzar, le robaré todo lo que tenga y le daré una buena paliza. El hombre salió corriendo detrás de Antonio. El niño ya estaba entrando al pueblo donde tenía que hacer las compras para su mamá, cuando se dio cuenta de que el ladrón lo estaba por alcanzar. Se arrimó a un algarrobo y comenzó rápidamente a trenzar una cuerda. - ¿Qué haces con esa cuerda?, le preguntó el ladrón cuando llegó donde estaba el niño. - Estoy trenzándola para que quede muy resistente. La tierra se va a dar vuelta y todititos nos caeremos, menos los algarrobos, por eso me voy a amarrar bien amarrado a este árbol. - Ah, pequeño bandido, dijo el hombre. ¿Después de engañarme varias veces ahora me quieres dejar caer de la tierra? Ni hablar, primero me atas a mí porque si no te daré una paliza.
  • 57. Antonio lo amarró bien apretadito y se fue. Pasaron las horas y la tierra no se daba vuelta. Mientras tanto el niño había comprado la harina y la mantequilla que le había pedido su mamá y regresaba a su casa apuradito. Cuando pasó cerca del algarrobo donde había dejado al ladrón, el hombre le preguntó: - ¡Oye! ¿Cuándo me dijiste que iba a pasar eso que dijiste? - Lueguito, lueguito, contestó el niño. Pero mientras tanto, como está comenzando a hacer frío, me llevaré mi manta y mi sombrero para abrigarme. Le sacó el sombrero y la manta al bandido, se los puso y se fue silbando bien contento a su casa. 42.- PELEAS EN LA COCINA ¡Ay! ¡qué lío se armó en la cocina! Porque los fideos... desaparecieron. ¿Alguien sabe algo?, pregunta el caldo. La salsa, indignada, se queda callada. El morrón exige una explicación. ¡Yo los vi en la olla!, grita una cebolla. La harina interroga a las cacerolas, que están preocupadas pues no han visto nada. Con tanto barullo se asustan las papas. La ensalada mixma busca alguna pista. Muy nerviosas llegan unas berenjenas, mientras la sandía llama a la policía. Todas las lentejas presentan sus quejas, y los garbanzos dicen que quieren descanso. ¡Esto huele mal!, sospecha la sal. El queso, enojado, lo corre al pescado. Desde la mesada, bastante amargada, la carne protesta porque se hace tarde. Las verduras piden algo de cordura. Tengamos paciencia en esta emergencia. Y un zapallito, hablando bajito, dice que el pollo se quedó dormido de puro aburrido. Y la pobre sopa llora como loca porque los fideos se fueron de paseo. 43.- LA GALLINITA SABIA La gallina María Emilia encontró una semilla mientras paseaba por el campo. Aunque tenía hambre no se la comió porque prefirió sembrarla. Apenas llegó a su casa le mostró la linda semilla a sus pollitos quienes aplaudieron entusiasmados. Con tanto alboroto llegaron algunos vecinos muy curiosos. El chanchito Romualdo, que era más ancho que largo, tocó la puerta con don Perico, que traía una flor en el pico. - Con mucho gusto, estimada María Emilia, le cambiaremos su semilla por esta hermosa flor. - Caballeros, contestó la gallinita, la flor es linda en verdad, pero no cambiaría mi semilla por nada del mundo porque ella le dará de comer a mis hijitos. Cuando María Emilia se quedó a solas con los pollitos, hizo un hoyo en la tierra y sembró la semilla. Todos los días, al salir el sol, la gallinita la saludaba: Buenos días, semilla mía, ¿estás creciendo bien?, ¿te sientes cómoda? Y todas las noches, antes de irse a dormir, iba con los pollitos a regarla con agua fresca. Pronto la semilla empezó a crecer. Se transformó en una gran planta de trigo, llena de espigas doradas. La gallina y los pollitos molieron los granos para hacer harina y prepararon una rica torta. 44.- CUENTO EN VERSO: DON TOMATE COLORADO Don Tomate Colorado
  • 58. es un tipo muy malcriado, y lo insulta al pobre nabo porque es blanco y tiene rabo. Él le dice al rabanito que es un chueco y enanito y les grita a las arvejas: “Pildoritas perencejas”. A la humilda zanahoria le ha inventado fea historia, y avergüenza a las vainitas por verdosas y flaquitas. Cuando mira a la alcachofa, por sus púas le hace mofa, y se ríe del olluco porque es cholo y no es pituco. Y le ha puesto a don Repollo: “mil chalecos y un cogollo”. Al espárrago lo llama: “desnutrido, pura fama”. Y al tranquilo pepinillo: “Tú no vales ni el sencillo”. “Tienes cara de jumento”, le repite a don Pimiento. Y lo bota al pobre ají: “Flacuchento, sal de aquí”. Eres fresca y con arrugas, la critica a la lechuga. A la buena calabaza la persigue hasta su casa. Dice al choclo, así lo amarga: “El dientón de barbas largas”. Y al menudo perejil: “Como tú, conozco mil”. “Eres solo una bellaca” la hostiliza a la espinaca. Y al culantro, que está en medio “Pobretón de dos por medio”. Y se burla del camote: “Ordinario y sin cogote”. “Oye, zamba sin color”, llama a doña Coliflor.
  • 59. Y a la triste berenjena, “manganzona, me das pena”. Y la llama a la cebolla “la llorona de la olla”. “Hueles como un estropajo”, Lo censura al señor Ajo. Ya pareces una bola, la fastidia a la escarola. “Desabridos, incoloros”, les espeta al apio, al poro. “Solo yo soy muy hermoso, chapudito, delicioso” “Soy el rey de las verduras, ¿me oyen, feas criaturas?” Pero vino el cocinero y al tomate pendenciero por ser gordo y colorado lo metió en el estofado. 45.- POMPEYO EL HIPOPÓTAMO En el inmenso lago Victoria, allá en la lejana África, vivía Pompeyo el hipopótamo. Él era un excelente nadador y desde pequeño había participado en varias competencias en las que siempre quedaba en los primeros puestos. Un día las familias de animales empezaron a organizar un nuevo torneo y por supuesto Pompeyo se inscribió, al igual que otros hipopótamos que también vivían en el lago. Pompeyo practicaba mucho, nadaba todo el día. Ah, pero también se alimentaba muy bien, pues solo comía vegetales acuáticos que conseguía debajo de las aguas del río. Pompeyo no tomaba gaseosas ni comía demasiadas golosinas. Al igaul que Pompeyo, todos los demás hipopótamos se preparaban cada día para participar. El entusiasmo era grande, familias enteras de hipopótamos esperaban que llegara el momento del torneo. Llegó el gran día y empezó la competencia. Pompeyo puso toda su energía y nadó muy rápido tomando la delantera, pero también había otros hipopótamos que eran muy veloces. La competencia estaba muy reñida, pero Pompeyo seguía adelante muy concentrado en lo que tenía que hacer. De pronto algo muy extraño le ocurrió. Su enorme cuerpo empezó a brincar sin que él pudiera controlarlo. Era tan fuerte que el agua se movía como si fueran olas. Nadie podía pararlo, y él estaba desesperado por no saber lo que le ocurría. Los demás participantes se asustaron mucho, pues el hipopótamo daba unos brincos incontrolables.
  • 60. Pronto todos empezaron a alejarse. Y los que intentaban ayudar, no conseguían siquiera acercarse a él. La competencia se suspendió, pues las olas que Pompeyo formaba con sus brincos eran tan grandes que hacían totalmente imposible que alguien pudiera seguir nadando. Todos estaban tan preocupados por el hipopótamo que llamaron al veterinario encargado de cuidarlos para que revise al pobre Pompeyo. Gran sorpresa se llevaron todos cuando el veterinario, después de examinarlo, le dijo: “Tranquilo, Pompeyo. Tan solo tienes...hipo”. Las carcajadas de los hipopótamos se oyeron por todo el lago, pues el gran susto era tan solo un simple hipo. Si, ¡hipo! ¡Pompeyo, el hipopótamo, tenía hipo! Al poco rato se le pasó el hipo y los hipopótamos retomaron la competencia, en la cual Pompeyo resultó ganador. En el lago Victoria nunca olvidaron esa carrera tan accidentada y con un final tan emocionante. 46.- Miranda era una ratita que vivía en una hermosa cueva ubicada en el subsuelo de un edificio de departamentos de la gran ciudad. Sin embargo, cada día se sentía peor porque los vecinos la perseguían con tramperas, había muchos gatos y el portero hasta hablaba de poner veneno contra las ratoas. Ante esta situación, después de pensarlo durante tres días, Miranda decidió mudarse a la selva. Juntó sus pocas cosas en una mochila, miró con tristeza su cueva, se secó alguna lagrimita y caminó hasta la estación para colarse en un tren. Al rato, y por si acaso, le preguntó a un pasajero si el tren llegaba a la selva. ¡No, qué ocurrencia! ¿Dónde se ha visto un tren que llegue a la selva? Así que se bajó y se largó a caminar y caminar hasta encontrar la espesura. Pero... Miranda no sabía que la selva también tenía peligros. Eso lo descubrió una mañana, cuando aún no había terminado de adaptarse a su nuevo hogar. Resulta que al asomar sus bigotes desde la cueva que había cavado, ¡se encontró entre las patazas de un gran león! Miranda tembló, pensando que la fiera abriría su boca para ¡glup!, tragársela enterita. Pero, ante su sorpresa, alcanzó a escuchar que el león decía: ¡Linda ratita extranjera, bienvenida a nuestra selva! Seguro que vienes de la ciudad. Sí, sí, gimió la ratita muerta de miedo. Pero... Y el león la interrumpió: ¡Ese no es un buen lugar para los animales!, así me cuenta mi primo que vive en un circo. Y dicho esto, le dio un beso en cada oreja, le sonrió y se fue. Miranda lo miró alejarse con sus ojitos dilatados por el susto.
  • 61. ¡Qué buen león!, pensó. Ojalá algún día, yo, que soy tan pequeña y débil, pudiera serle útil en algo. Pasó el tiempo. Una tarde en que Miranda se aventuraba por los rincones del bosque y hacía nuevos amigos, escuchó unos rugidos conmovedores que venían de la zona del helecho gigante. Se acercó para espiar... ¡Era el león atrapado dentro de una red de cazador! Sin pensarlo dos veces, Miranda corrió hasta donde el pobre animal pataleaba en vano y, dando un salto, comenzó a roer velozmente la cuerda de la gruesa e infame red. Sus dientes filosos trabajaban sin parar, pensando que el cazador podría llegar en cualquier momento. Y no cesó de taladrar la cuerda hasta que la vio desflecarse y abrirse en un boquete por donde, nervioso y a empujones, el agradecido león pudo salir al fin hacia la libertad, que como todos saben es el bien más preciado de los animales de la selva. ¡Qué contenta estaba Miranda! Ella, tan pequeñita y débil, había logrado salvar al enorme y bravo león. 47.- CUENTO: LOS TRES CHANCHITOS Hace mucho tiempo tres chanchitos decidieron dejar la casa de sus padres y salir por el mundo en busca de aventuras. - Me gustaría encontrar un gran tesoro y volverme rico, dijo el chanchito menor. - Yo quisiera recorrer los siete mares en un gran barco, dijo el chanchito mediano. - Lo primero que debemos hacer es construir cada uno nuestra propia casa para estar a salvo del lobo feroz, dijo el mayor de los hermanos. - ¡Tienes razón, buena idea!, dijeron los otros dos. El chanchito menor, que era el más flojo de los tres, encontró por el camino un montón de paja, y en menos de dos horas construyó su casa, y se sintió tan cansado que decidió tomar una siestecita cuando de pronto escuchó varios golpes a su puerta y luego una potente voz que le decía: - Amigo chanchito, abre la puerta. Quiero darte la bienvenida y felicitarte por lo linda que ha quedado tu casita de paja. Desde la ventana, el chanchito pudo ver que se trataba de un lobo feroz, y con voz temblorosa contestó: - No te abriré, pues ya sé que me quieres comer. Ante esta respuesta, el lobo dijo furioso: - Pues entonces de un soplido derribaré tu fea casa de paja. Dicho y hecho, el lobo tomó una gran bocanada de aire y sopló y sopló y sopló, tan fuertemente que al cabo de pocos segundos la casita de paja quedó desbaratada. El chanchito menor, temblando de miedo, alcanzó a escapar dando gritos de espanto. El chanchito mediano, siempre pensando en el gran barco que lo llevaría por los siete mares, no creyó necesario esforzarse mucho en la construcción de su casa. De cualquier manera, sólo iba a vivir muy poco tiempo en ella. Recogió unos troncos gruesos y en una tarde terminó la construcción. Luego, pensando que se merecía una buena merienda, entró contento a su flamante casa pero ni bien había cerrado la puerta escuchó unos fuertes golpes y una potente voz que le decía: - Amigo canchito, abre la puerta. Quiero darte la bienvenida y felicitarte por lo linda que ha quedado tu casita de madera.
  • 62. Desde la ventana, el chanchito mediano pudo ver que se trataba de un lobo feroz y le contestó: - No te abriré pues ya sé que me quieres comer. Muy enfadado el lobo gritó: - Pues entonces de un soplido derribaré tu fea casa de madera. Dicho y hecho, el lobo tomó una gran bocanada de aire y sopló y sopló y sopló. Unos pocos troncos se movieron pero la casa resistió. Mientras el loco tomaba una segunda bocanada de aire, el chanchito mediano aprovechó para huir por la ventana. Con el segundo poderoso resoplido el lobo consiguió desbaratar la casita de madera, pero no encontró ni rastros del chanchito. - ¿Dónde se habrá metido este apetitoso chanchito?, se preguntó el lobo. Mientras tanto, el chanchito mayor, que era el más trabajador y juicioso, pensó mucho antes de empezar a construir su casita. La quería muy resistente para protegerse no solo del lobo feroz sino de cualquier otro peligro de los tantos que abundan en el bosque. Así que consiguió ladrillos y aunque trabajó todo el día, logró construirse una sólida y linda casita que tenía también una gran chimenea. De pronto, vio venir corriendo a sus dos hermanos menores. El lobo los espiaba y se relamía de antemano pensando comerse a los tres chanchitos juntos. Los tres hermanitos entraron a la casa de ladrillos del chanchito mayor y casi inmediatamente escucharon al lobo tocar la puerta. - Amigo chanchito, abre la puerta, quiero darte la bienvenida y felicitarte por lo linda que ha quedado tu casita de ladrillos. El cerdito mayor, asomándose a su ventana, le contestó: - No te abriré, pues ya sé que nos quieres comer. - Entonces soplaré y soplaré hasta derribar tu casa por más fuerte que sea. El lobo tomó una gran bocanada de aire y sopló y sopló y sopló, pero ni un ladrillos se movió de su sitio. - Sigue soplando, lobo feroz, sigue soplando. Ya sé que desbarataste las casas de mis hermanos pero ni ellos ni yo te tenemos miedo. ¡Nunca podrás derribar mi casa de ladrillos! El lobo, cansado de soplar y resoplar, sintiéndose cada vez más hambriento y humillado por no haber conseguido comerse a ningún chanchito, decidió entrar por la chimenea sin saber que el chanchito mayor había puesto a calentar una gran olla con agua. Cuando el lobo se deslizó por la chimenea cayó sobre la olla de agua caliente y se chamuscó todo, de la cola hasta el hocico. Adolorido y avergonzado se alejó en busca de un arroyo para refrescarse sus quemaduras. Cuando los chanchitos vieron que el lobo huía a la carrera, formaron una alegre ronda cantando a voz en cuello: - ¡No le tememos al lobo feroz! ¡No le tememos al lobo feroz! Nunca más volvieron a saber del lobo y vivieron felices y tranquilos en la casita de ladrillos que tanto trabajo le había costado construir al hermano mayor. 48.- LA PLAZA TIENE UNA TORRE La plaza tiene una torre, la torre tiene un balcón,
  • 63. el balcón tiene una dama, la dama una blanca flor. Ha pasado un caballero, quién sabe por qué pasó y se ha llevado la plaza con su torre y su balcón, con su balcón y su dama, su dama y su blanca flor. 49.- ESTABA LA RANA CANTANDO Estaba la rana cantando sentada debajo del agua, cuando la rana salió a cantar vino la mosca y la hizo callar. La mosca a la rana, la rana cantando sentada debajo del agua, cuando la mosca salió a cantar vino la araña y la hizo callar. La araña a la mosca, la mosca a la rana, la rana cantando sentada debajo del agua, cuando la araña salió a cantar vino el ratón y la hizo callar. El ratón a la araña, la araña a la mosca, la mosca a la rana, la rana cantando sentada debajo del agua, cuando el ratón salió a cantar, vino el gato y lo hizo callar. El gato al ratón, el ratón a la araña, la araña a la mosca, la mosca a la rana, la rana cantando sentada debajo del agua, cuando el gato salió a cantar vino el perro y lo hizo callar. El perro al gato, El gato al ratón, El ratón a la araña, La araña a la mosca, La mosca a la rana, La rana cantando sentada debajo del agua Cuando el perro salió a cantar, Vino Luchito y lo hizo callar. 50.- COCO, EL COCODRILO
  • 64. En el río Nilo, en Egipto, vivía un enorme cocodrilo al que llamaban Coco. Este cocodrilo era diferente a todos los demás. Pues a pesar de ser grande y fuerte, con unos dientes enormes, había algo que lo hacía distinto. Y es que Coco no era capaz de comerse ni un pez porque él era vegetariano. Coco era un animal muy sano, solo se alimentaba de los vegetales y frutas que crecían en los cultivos cercanos al río. En el río Nilo siempre han navegado diferentes embarcaciones, barcazas que transportan caña, cruceros con turistas que pasean por ahí conociendo el río. Un domingo muy temprano, Coco nadaba por el río observando todo lo que pasaba a su alrededor, veía a los turistas en los cruceros tomando fotos y se divertía mucho. De pronto pasó por el río una embarcación transportando grandes y deliciosas sandías, aunque a Coco le provocaron mucho, no intentó acercarse. No quería asustar a los tripulantes. Muy cerca del lugar también estaban dos enormes y hambrientos cocodrilos, que al ver a los tripulantes de la embarcación, nadaron hacia ella con tanta fuerza que voltearon la nave. Los hombres muy asustados querían nadar hacia la orilla, pero sabían que los cocodrilos en el agua eran más rápidos que ellos y podían morderlos. Ambos cocordilos eran muy feroces y estaban dispuestos a atacar a los hombres, quienes trataban de hallar una forma de salvarse. Coco, al darse cuenta de lo que pasaba, decidió ayudar. Nadí hacia los dos cocodrilos y con mucha fuerza usó su enorme cola para alejarlos. Luego se acercó a los tripulantes de la nave y los recogió con su enorme hocico, llevándolos hacia la orilla. Los hombres estaban aterrados, pensaban que Coco se los comería. Grande fue su sorpresa al ver que Coco, después de ponerlos a salvo, volvió al lugar donde se volcó la nave para comerse las sandías que flotaban sobre el agua. ¡Uhmmmmmmmmmm! ¡Qué delicia! ¡Esto es un manjar!, se relamía Coco. Después del banquete, Coco se acercó a los tripulantes de la nave y les agradeció por las ricas sandías que había comido, y ellos, aún sorprendidos por lo ocurrido, le agradecieron también por haberles salvado la vida. Pronto corrió la noticia por todo Egipto: “En el río Nilo vive Coco, un cocodrilo muy grande y valiente que tiene una cola inmensa y un enorme hocico. Pero no deben preocuparse, porque es vegetariano”. Coco, el cocodrilo, se hizo tan famoso que todos lo querían conocer, los turistas iban a buscarlo para tomarle fotos y, además, las embarcaciones que transportaban frutas y verduras siempre le llevaban algo para comer. 51.- DOMINGO SIETE Hace mucho tiempo vivían dos compadres que eran vecinos. Uno de ellos era muy, muy rico, pero tan avaro, tan tacaño que ni siquiera era capaz de regalar un poquito de sal para condimentar un huevo. El otro, en cambio, era muy pobre. Todos los viernes, el compadre pobre iba con su burro al monte a cortar leña que luego vendía en el mercado. Pero un viernes, cuando comenzaba a anochecer, el leñador se dio cuenta de
  • 65. que estaba perdido. Por más que daba vueltas y vueltas, no encontraba el camino de regreso. Cuando se hizo completamente de noche, el hombre, cansado, decidió quedarse allí y esperar el día. Descargó su burro, lo ató al tronco y luego trepó al árbol para protegerse de los animales que podían atacarlo en la oscuridad. Y desde allí arriba vio una luz a lo lejos. Quizás encuentre allí a alguien que pueda ayudarme, pensó. Bajó del árbol, montó en su burro y se dirigió hacia la luz. Cuando ya estaba ceca, vio una casa en la que parecía que estaban celebrando una fiesta porque se oían risas, voces que cantaban y música. El compadre pobre ató al burro y se aproximó a la casa en puntas de pie. Como la fiesta era en el fondo, las primeras habitaciones estaban vacías y el hombre pudo entrar sin que nadie lo viera. Cuando llegó al último cuarto, se escondió detrás de la puerta y espió por una rendija. Entonces vio que el lugar ¡estaba lleno de brujas! Brujas feas, horribles, espantosas. Era un aquelarre, una verdadera fiesta de brujas que bailaban a los saltos y cantaban a los gritos una única canción: - Lunes, martes, miércoles tres. Lunes, martes, miércoles tres Y siempre lo mismo. Pasaron dos, tres, cuatro horas y las brujas no se cansaban de bailar a los saltos y de cantar su monótona canción. Lunes, martes, miércoles tres. El hombre, aburrido de escuchar siempre lo mismo, no se pudo contener y cantó otra estrofa: Jueves, viernes, sábado seis. Las brujas dejaron de saltar y de cantar y se preguntaron: ¿Quién ha cantado? ¿Quién arregló nuestra canción? Porque queda mucho mejor así. El que lo hizo merece un premio. Y encontraron al hombre temblando de miedo detrás de la puerta. Pero las brujas contentas lo abrazaban y lo besaban. En agradecimiento le regalaron varias bolsas de oro y le indicaron el camino para regresar a su casa. Su familia se alegró al verlo pues pensaba que le había ocurrido algo malo. El hombre les contó todo y envió a su mujer a la casa del compadre rico a pedir una balanza para pesar el oro. A la esposa del rico le extrañó que le pidieran una balanza. Para averiguar qué iban a pesar untó el fondo de la balanza con cola. Cuando se la devolvieron, descubrió dos monedas de oro pegadas. Muerta de envidia, obligó a su marido a ir a la casa del compadre pobre para saber de dónde había sacado el oro. El compadre pobre le contó la verdad. La mujer del rico quiso que su marido fuera a la casa de las brujas con seis burros para que le dieran oro. Cuando el rico llegó, las brujas cantaban: Lunes, martes, miércoles tres, jueves, viernes, sábado seis. Entonces el rico agregó: - Y domingo siete! Las brujas se enfurecieron al escuchar eso que no rimaba. ¿Quién salió con el domingo siete? ¿Quién nos arruinó la canción? Cuando descubrieron al rico, le dieron una paliza y lo echaron a escobazos. Regresó a su casa, sin sus burros, todo golpeado, por supuesto sin pizca de oro y encima tuvo que soportar el enojo de su mujer. 52.- EL REY MANDÓN En un país llamado Mandamás, vivía un rey muy malhumorado y caprichoso que daba órdenes a todos sus súbditos. El rey les decía qué tenían que comer, con qué ropa vestirse, a qué hora debían dormirse, cuánto dinero podían gastar, cómo debían peinarse... El rey controlaba todo lo que pasaba en su reino y nadie movía un dedo sin consultarle primero a él. - Esto se hace así-, gritaba el rey cada mañana mientras uno de sus consejeros anotaba en un papel larguísimo todas las órdenes que le daba para no olvidarse ninguna.
  • 66. - Esto se hace así-, gritaba el rey desde una de las ventanas del palacio para que todo el pueblo lo escuchara. Y todos en Mandamás hacían las cosas así, como ordenaba el rey. No solo porque nadie se atrevía a desobedecerlo sino porque nunca habían hecho nada que el rey no les hubiera mandado. Estaban tan acostumbrados a obedecer que cumplían las órdenes sin chistar. Un día, mientras paseaba por el jardín, el rey tropezó con una piedra y... ¡PATAPLÚM!, cayó de cabeza al suelo. Se dio un golpe tan fuerte que le salió un chichón y le quedó la corona colgando de una oreja. Un poco mareado, se puso de pie y llegó tambaleando hasta el palacio donde lo esperaban para que diera sus órdenes. - Majestad, ¿qué debemos comer hoy?, le preguntaron. - Sopa de tierra y empanadas de papel, respondió el rey masajeándose el chichón y acomodándose la corona. Todos se miraron extrañados, pero ese día en Mandamás comieron sopa de tierra y empanadas de papel. Al otro día un ministro le preguntó al rey cómo tenían que vestirse. - Con los zapatos en las orejas, los guantes en la cabeza y el sombrero en los pies, dijo el rey sin sacarse la ropa de dormir. El ministro se asombró un poco pero no dijo nada. Ese día, en el reino, todos se pusieron los zapatos en las orejas, los guantes en la cabeza y los sombreros en los pies. - Alteza, preguntó un consejero, ¿cómo debemos caminar? - Con las manos, ordenó el rey. Y ese día en Mandamás todos caminaron con las manos. El rey siguió dando órdenes disparatadas. Había que tomar la sopa con tenedor y cuchillo, llevar a upa a los caballos y dormir debajo de la cama. La gente grande obedecía, pero los chicos renegaban, protestaban y hacían berrinches. Y cuando los chicos reniegan, protestan y hacen berrinches, las mamás se ponen molestas y los papás se quejan. Y todo el pueblo del reino de Mandamás empezó a desobedecer. Primero un poquito, después un poco más. Al final ya nadie le hacía caso a las locuras que ordenaba el rey. Cocinaban la comida que tenían ganas de comer, se vestían con la ropa que les gustaba, caminaban como querían... Al principio les costó un poco decidir cada día qué iban a hacer. Pero poco a poco se les ocurrían cosas nuevas. Y la gente de Mandamás se sentía muy feliz. Pero un día en que había ordenado que todos caminaran con la nariz, el rey vio que nadie lo obedecía. Claro, caminar con la nariz es muy incómodo. El rey enojadísimo gritó: - ¡Esto se hace así! Y trató de caminar con la nariz, pero... ¡PATAPLÚM!, se dio un golpe terrible en la cabeza. - ¿Qué pasó?, preguntó un poco mareado. - Se golpeó la cabeza cuando caminaba con la nariz - ¡Qué tontería! ¿A quién se le ocurre algo así?, dijo el rey, y desde ese día dejó de dar órdenes locas y de las otras, porque así él también pudo ser feliz.